31 ago. 2010

Un caballito de latón


(De Mario Bellocchio)

Hace 186 años una veleta cobraba vida en los “pagos de Requejo”. El pequeño flete criollo comenzaba a galopar los vientos fundacionales sin saber que iba a dar nombre a todo su entorno.
Cuando Nicola Villa entró a la herrería de la calle Venezuela –entre Perú y Bolívar– quedó fascinado con un caballito paticorto recortado en chapa que Monteagudo, dueño del establecimiento, exhibía en su stock de chucherías como original coronación de una veleta. Nicola inmediatamente la agregó a sus compras del día. El nuevo chiche quedó a la espera de ubicación hasta que, tiempo después, los restos de una vieja ballenera encallada frente al Paseo de la Alameda llegaron en carreta para complementar las instalaciones de la casa que Villa acababa de edificar en la esquina sudoeste del cruce con el Camino a San José de Flores (hoy Rivadavia –desde 1857– y Emilio Mitre –desde 1909–).
Es la etapa de instalación del predio que Nicolás Vila –con la traducción de nombre y apellido que le obligaron a hacer– terminaba de adquirir el 15 de febrero de 1821 a don Juan Antonio Avalos: una hectárea circunscripta por las actuales Rivadavia, Emilio Mitre, Juan Bautista Alberdi y Víctor Martínez. Las tablas del viejo navío se convirtieron en cerca, y su mástil, al pie de los palenques de entrada, en adecuado pedestal para la veleta. Un acto simple, casi de coqueto decorativismo, pasó a ser fundacional. Desde ese momento todo parroquiano que se acercara al lugar comenzaría a recibir indicación de “a media legua del caballito”, “antes del caballito”..., enterrando para siempre la primitiva denominación de “pagos de Requejo”, tal el nombre del propietario de la hectárea contigua –hacia el oeste– desde 1799.
La casa estaba formada por cuatro amplias habitaciones de techo embaldosado con la finalidad ser utilizado como terraza. Una de ellas, la que formaba esquina, tenía acceso por ambas calles y resultó la elegida para las instalaciones de la pulpería y fonda, que comenzó a tener amplia actividad. Algunas destrezas de cocina de la Genova natal como los ravioli de los domingos –seguramente rellenos con borraja de cosecha propia– fueron sentando prestigio y atrayendo nuevos parroquianos. Ocho años después, en pleno auge del establecimiento, cuando ya el caballito se había constituido en referencia obligada, en un entrevero –nunca suficientemente aclarado– con un soldado de Lavalle, muere Nicolás Vila. Y tres años más tarde, en 1832, ante la imposibilidad de su viuda e hijo de seguir con la explotación del negocio se trasladan a la “quinta chica” ubicada en la hectárea contigua que había pertenecido a Requejo. Y la pionera pulpería cierra sus puertas.
Luis Naón, el nuevo propietario del local, decidió instalar un nuevo establecimiento en la esquina noroeste del cruce (hoy García Lorca –ex Cucha Cucha– y Rivadavia) y ahí fue a parar la veleta del caballito al galope corto de sus cortas patas. Allá por 1856 la sucesión Naón donó parte de la propiedad a la Comisión del Ferrocarril Oeste. Y tal resultó la notoriedad que el lugar recibía por su veleta, que a la actual García Lorca se la conocía –extraoficialmente– como la calle del Caballito, una huella que servía de acceso a la nueva estación ferroviaria bautizada, en su honor, con el mismo nombre. Lo que era algo así como un mote de lugareños y referencia para viajeros, se transformó en una denominación oficial: estación Caballito.
Larga fue la existencia del distintivo animalito de chapa en esa esquina. Superó la muerte de su primitivo dueño, la sucesión y la posterior adquisición por un norteamericano de nombre Henry James Ropes, quien supo adicionar productos de ultramar a las variadas ofertas del establecimiento y transformó el lugar jerarquizándolo con nuevas construcciones y un magnífico parque que el caballito de la veleta disfrutó desde las alturas de su nueva ubicación. La viruela pudo con Mr. Ropes pero no con la veleta que perduró en esa esquina hasta su venta y demolición en 1887.
Del otro lado de Rivadavia, Manuel Domato observaba, desde las ventanas de su almacén, el trabajo de la piqueta cuando decidió que no permitiría que la –ya por entonces– famosa veleta fuera a parar al desván de algún corralón. Cruzó la calle y negoció la pertenencia regresando orgulloso con el trofeo que colocó en el techo de su establecimiento. La esquina sudeste del cruce, el almacén de Domato, pasó a ser la nueva “caballeriza” y un hito geográfico ya conocido ampliamente. Allí perduró el caballito hasta 1925, en sus últimos años rodeado por una corola de luces que le daban marco y lo destacaban en las noches.
Ya lejos de aquel encantamiento inicial de Vila sobre el pequeño trabajo de herrería artesanal, el caballito comenzó su etapa de honras en el Museo de Luján. Enrique Udaondo inició la gestión y la familia Domato entregó el célebre pingo al museo en carácter de donación. Ahí le apareció un clon que recordó durante años las glorias de su hermano auténtico –coronando la esquina de su última ubicación, la sudeste– hasta que el edificio de planta baja de Emilio Mitre y Rivadavia fue sustituido por los pisos actuales. Y otra réplica, ésta salida de las hábiles manos del escultor Luis Perlotti, que, como en sus orígenes, engalana la punta de un mástil, esta vez en la plaza Primera Junta, donde aún se conserva.
Mientras tanto, el auténtico recorte de latón, el impensado causante del nombre del barrio más céntrico* de la Capital, sigue al resguardo de los muros de Luján. Un amago de galope hacia el Mercado del Progreso no tuvo rienda suficiente. El retorno al barrio parece que aguarda la finalización de obras del Museo Perlotti. Allí, cerca del lugar donde comenzó a señalar los vientos, el célebre caballito podría pialarse al definitivo palenque del recuerdo.
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(*) En la calle Avellaneda 1023 una placa anuncia: Municipalidad de Buenos Aires, Dirección General de Catastro. En esta parcela N° 14 de la manzana 9, sección 45, circunscripción 7, se halla el centro geométrico de la ciudad.
Caballito: nombre dado por Ordenanza N° 26.607 B.M. 14.288 del 4 de mayo de1972.
Día del Barrio: Ley 950 de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: institúyase el día 15 de febrero de cada año como Día del Barrio de Caballito, en conmemoración a la fecha en que se compró el predio que dio origen a la “Pulpería del caballito”.
Límites: Ordenanza N° 23.698 del 11 de junio de 1968 completada por la Ordenanza Nº 26.607 de 1972: se conforma el territorio que llevará el nombre de Caballito, fijándose los siguientes límites: Río de Janeiro, Av. Rivadavia, Av. La Plata, Av. Directorio, Curapaligüe, Av. Tte. Gral. Donato Alvarez, Av. Juan B. Justo, Av. San Martín y Av. Angel Gallardo.Población total (1991) y densidad poblacional (1998): total 183.740 habitantes (81.398 hombres y 102.342 mujeres), superficie: 7,1 km2; densidad poblacional: 28.337 habitantes por km2 (Fuente: Dirección General de Estadística y Censos, G.C.A.B.A., sobre la base de datos censales).
FUENTES CONSULTADAS:
Osvaldo C. Sidoli, El Barrio de la Veleta, H. Concejo Deliberante de la Ciudad de Bs. As., Bs. As., 1996. Angel Mazzei, Caballito, Fund. Bco. de Boston, Cuadernos del Aguila, Bs. As., 1990. Alberto G. Piñeiro, Las calles de Bs. As., Inst. Histórico de la ciudad de Bs. As., Bs. As., 2003.
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La Veletas símbolo del barrio de Caballito.

A orillas del Maldonado


(De Jorge Antonio Laurini)

Un pequeño mundo con puertas y ventanas abiertas al misterio. Por la puerta lateral se encontraba lo prohibido; despacho de bebidas y cancha de bochas. En la esquina el ingreso era libre: hasta puede decirse alegre. En ocasiones había recompensas; la yapa se pedía sin sonrojos de vergüenza. El tema era la otra puerta, la de los hombres grandes.
Yo tuve suerte, la suerte es mujer, igual que Don Santiago, dueño del almacén. Gracias a ella, maestra de catecismo en la iglesia de San Bernardo (de mi Villa Crespo natal), logré pasar el umbral, aquel rectángulo que alguna vez había sido blanco.
Adentro, un olor penetrante de cigarrillos que me agradaba y que me acompaña todavía. Es el cortometraje, la breve película que en definitiva queda como recuerdo de la vida. La esquina del almacén, olor a tabaco y tierra mojada cuando llovía sobre la cancha de bochas. Y aquel otro perfume, el de Norma.
Éramos vecinos y mi madre le había pedido que me acompañase hasta la iglesia. No esperaba que pasara frente a mi casa, la iba a buscar por la puerta lateral y aguardaba ahí adentro. El mostrador se alzaba sobre mi cabeza con su reluciente estaño, como un gladiador, y con aquel risueño pez de boca abierta, haciendo en un extremo las veces de grifo.Junto a la ventana comenzaba la hilera de mesas; en la primera a la izquierda, un vaso de vino que le decían farol por lo grande, acompañaba a un hombre pequeño. Siempre me pareció gracioso que, sentado, sus pies apenas rozaran el suelo. No hablaba, ni miraba a nadie, siempre solo, acariciando el farol, como si fuera la lámpara de Aladino.
Apoyado en el estaño estaba Don Giovani, el albañil italiano, siempre ebrio. Haciendo bromas se decía que ya no tomaba, que con sólo pisar el corcho de una botella le bastaba.
Cuando terminaba el turno mañana de la escuela "Andrés Ferreyra", allí solía estar Giovani. Al grito de "¡Para los angelitos!", arrojaba monedas de cinco centavos. Eran tales los empujones y el griterío que se provocaba, que una tarde apareció el "autito", como solíamos llamar al antiguo patrullero de la policía. Los níquels de cinco ya no bailaban en el bolsillo, un murmullo asustado rodaba como las pequeñas monedas. "¡Se lo llevan a Giovani!", y respondiendo a la consigna rodeábamos al "autito" al grito de : "¡Que lo larguen!".
En unos instantes estaba en la vereda... llorando. Fue su despedida, su adiós agradecido a los angelitos. Desapareció junto a la del treinta, que agonizaba a orillas del Maldonado, con la Villa Crespo de Don Alberto Vacarezza y su Conventillo de la Paloma de la calle Serrano. Con el humo juguetón de la pipa de Leopoldo Marechal, sentado en el escalón de su casa de la calle Tres Arroyos, y la escuela "Andrés Ferreyra", la del poeta Héctor Gagliardi, y la mía. Si hasta creo que nos sentamos en el mismo banco: ¡el tercero al lado de la ventana! Y nos enamoramos de la misma maestra, la de los ojos que sonreían; no recuerdo el nombre, pero aún percibo su voz cuando me decía si estaba en clase o volando. ¡Y es tan lindo volar fascinado por las nubes!
Una mañana que siempre me pareció extraña, y justo en el último recreo, supe que se casaba. ¡Hasta el director la besó! A mí el frío me dolía en los ojos, siempre el frío duele en los ojos en el último recreo.
Caía la década del treinta, como una ilusión, sin hacer ruido.
Sobre el piano de Osvaldo Pugliese, los claveles rojos no habían florecido. Don Osvaldo, el maestro de la calle Corriente de mi barrio, "La Corrientes" que nunca fue angosta.
Poetas, músicos, borrachos y angelitos (que también fuimos el martirio de algunos vecinos).
La escuela, el conventillo, y el almacén de la esquina envueltos en un aroma lejano, tan lejano y tibio como como la sonrisa de Norma, la hija de Don Santiago, mi maestra de catecismo.
Todo a orillas del arroyo Maldonado, ya sepultado por la avenida Juan B. Justo.
Nostalgia de porteño. Recuerdos que golpean como las ruedas de aquel carro que me despertaba todas las mañanas. Ruido seco y monótono que hoy vuelve en melodía con olor a tabaco y tierra mojada.
¡Chau Giovani!
¡Que lo larguen, que lo larguen!
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El arroyo Maldonado en su paso por el barrio de Villa Crespo.

Soneto a Baires


(De Rubén Derlis)

Vos sos mía, ciudad, aunque se oponga
tu marido legal: el intendente,
y te amo en cada esquina, entre la gente,
o donde este habitarte lo disponga.

En el tango que busca tu inocencia
para arrastrarte hacia su desvarío,
en la música nueva, desafío
de luz-color llenando tu presencia.

A veces no venís cuanto te espero
–con más ganas de vos que de mí mismo–
para ser tu nostalgia un solo instante,
porque sabés a muerte que te quiero
aunque a veces lo niegue –por machismo–
y que habré de morir siendo tu amante.
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Grabado del libro de Ulrico Schmidl: Viaje al Río de la Plata del Año 1500.

Leve disquisición: bares o cafés


(De Leonardo Busquet)

En los lindes de la mesa, la vida de los otros se detiene. Adentro hay un extraño país…” (“El truco”, fragmento. Jorge Luis Borges)

¿Qué los diferencia? ¿O serán la misma cosa? La levedad filosófico-existencial de estas preguntas colocan el tema a la puerta de un debate que se adivina bizantino. Entonces, ¿vale la pena?
Los griegos del Bajo Imperio solían incurrir en debates interminables. Cuando los turcos llegaron a los límites de Constantinopla y la invasión era inevitable, los eruditos de Bizancio, en lugar de armar las defensas, desaprovecharon el precioso tiempo en discusiones superficiales, intrascendentes y sin sentido para ese momento crucial. Controversias que, como los debates atenienses, parecían no tener fin. Así aparece en la historia la expresión “discusión bizantina”: ociosos entredichos que pierden el eje de las cuestiones de fondo. Y eso que los griegos no tenían un Café a mano. Vale la pena en la medida en que la comparación nos permita elegir el mejor lugar y darnos unos minutos de nuestras acaloradas vidas para corregir algunos despropósitos con que se presenta este alterado mundo. Claro está que llegamos tarde para parar a los turcos. Además vale la pena, porque los porteños somos así: prepoteamos cualquier debate para agrandar el tiempo de la vida.
En el Café de la esquina (siempre hay una esquina dispuesta) se conjugan alegrías y desconsuelos, encuentros y soledades, se tejen artimañas o se mira hacia ninguna parte al recordar el amor perdido o el otro, que está por aparecer. En los versos borgeanos, atestados de dagas heredadas de Carriego y de patios, zaguanes profundos y perdidas calles de los suburbios, no aparece el Café, por lo menos como figura protagónica. Sólo llega sutil en alguna escena donde “ése”, viste “el decente traje negro” y porta “bigote ralo” y “una chalina como todos… En una esquina de la calle Piedras pide una caña brasilera”. Borges consigna algún que otro perdido almacén acribillado por mentiras del truco y el enjuague presto de la ginebra que templa los espíritus antes de la sangre confrontada. Evaristo Carriego nutrió su desolación en perdidos (o encontrados) cafetines. Esa es la parte existencial de la que Borges no pudo dar cuenta. El resto, suburbio y ciego incluidos, son de inspiración fiel de Carriego, aquel admirado poeta de Palermo que muy joven, en el 12, en la adolescencia del siglo, dio el mal paso en un desdichado entrevero con esa vieja harapienta que apuró y ganó la partida gracias a su socia, la tuberculosis. Borges reitera la figura de la “esquina cualquiera”, pero el Café no aparece porque el autor de El Aleph se aisló en sus limitadas vivencias que eran los patios y las calles sin introspección. Borges no fue un muchacho de cafés ni de barras de amigotes atorrantes. No había en su universo esquinas donde detenerse para penetrar en ese otro mundo. La esquina, para el notable poeta, solo era la excusa para seguir camino hacia el entrevero de afilados cuchillos. Sus pocas amistades se nutrían con afectos epistolares o en las paredes rutinarias de esa biblioteca de Almagro sur. El Café es otro mundo para Borges. Un mundo neblinoso, ajeno y sombreado por amarillentas perplejidades. ¿Cuántos amigos tuvo el poeta para justificar el tiempo perdido en un Café? Ese ámbito de conciliábulos humeantes siempre estuvo en la vereda de enfrente.
Una salvedad emerge con timidez: el recuerdo de su amigo Macedonio, en un rincón de una confitería del barrio de Once. Pero, claro, una confitería no es un Café, tampoco un bar. Ni siquiera roza el nivel de un fondín arrabalero.
Cierta vez, Borges, dijo: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo”. El trazo de su metáfora restringió al límite el mundo del Café. Es una forma de admitir su futura ceguera.

LOS ORÍGENES
Horacio Salas en su libro El Tango, recuerda: “El Café como sitio de reunión o 'fortín de la amistad', según la afirmación de Raúl Scalabrini Ortiz, posee una larga tradición heredada de las charlas interminables en los mesones del siglo XVII, del hábito europeo de dialogar frente a un pocillo o una copa, y de las tertulias donde se forjó buena parte de la ideología y la literatura españolas… En la Colonia, fueron en un comienzo tabernas y fondas, pero ya en 1764 se instaló el primer Café, bajo los arcos de la recova de la Plaza Mayor… Los cafés estuvieron en la génesis de la Independencia, y años después sus mesas fueron testigos de enfrentamientos dialécticos, de conspiraciones y de luchas políticas. Ya en el siglo XX, el Café se convirtió en una institución barrial, en el sitio elegido para encontrarse con amigos que conformaban una categoría particular… Discépolo lo compara con la figura materna: Cómo olvidarte en esta queja / cafetín de Buenos Aires, / si sos lo único en la vida / que se pareció a mi vieja…Más adelante el autor y poeta señala que “… Paralelamente a los cafés de barrio, los fondines de la ribera, en especial los ubicados en La Boca, de cara al Riachuelo, registran una temática similar, en donde los protagonistas son inmigrantes ahogados por los recuerdos de la patria lejana e irrecuperable.” Para Salas, en los cafés navega la nostalgia que se transforma en melancolía. Hubo un tiempo donde los cafés comenzaron a estar al servicio de la poesía metafísica con pizcas existencialistas de amor y desamor. Con el recuerdo de la tierra original y lejana. Es indudable que el proceso inmigratorio, con sus diversos matices, marcaron un cambio profundo en las costumbres e idiosincrasia porteñas. Los cafés no han perdido aquellas viejas costumbres genéticas. Por su parte, Bossio, en su trabajo Los Cafés de Buenos Aires, coincide con Salas en que en 1764 surgen en el Río de la Plata los viejos y primitivos cafés frecuentados por españoles y criollos. “Primero será la taberna o la fonda, luego el café”, aventura Bossio. Así aparecen el Café de Marco, de la Victoria, de los Catalanes y de la Comedia, algunos convertidos en peñas patrióticas o reductos de conspiración por imperio de las circunstancias políticas hacia 1810. Pero hay otro ámbito tradicional de la época: la pulpería. Para el diccionario de la Real Academia, pulpería es “el nombre dado en América a la tienda o comercio en la que se venden diferentes géneros para el abasto, como son vino, aguardiente o licores y géneros pertenecientes a buhonería, mercería, droguería, etc.” Como se ve, la pulpería era una suerte de almacén de ramos generales con despacho de bebidas. En invierno servía café, esa infusión original de Etiopía y que, desde Arabia, se extendió al mundo musulmán primero y después a Europa en el siglo XVI. Pero en verano, la pulpería ofrecía sangrías frescas preparadas con vino Carlón, azúcar, agua y frutos del litoral. El pulpero, según Bossio, operaba un aparato que extraía la pulpa de los cítricos para la sangría estival. Otros historiadores señalan que en las pulperías se vendía un licor, el pulpe o pulque, originario de México.
Además el pulpero era un buen intermediario del contrabando; al fin y al cabo, un sistema habitual del comercio local en los tiempos virreinales. Desde aquellos remotos orígenes hasta bien entrado el siglo XX, los cafés soportaron cambios y mixturas que lo hicieron confundir entre restaurantes, confiterías, fondas y bolichones de mala muerte. Por su parte, la figura del Bar se hizo presente para cubrir urgencias advenedizas por imperio del progreso (presunto). La escena central del bar es dominada por la barra con sus bancos altos. La palabra bar es de origen inglés. Significa barra o barrera y designa a la parte inferior del mostrador que sirve para descansar los pies mientras se degusta alguna copa. Por costumbre, también abarcó al mostrador y al local. La denominación se impuso en España en el final del siglo XIX y cruzó el océano para instalarse por estas tierras del sur. En EE.UU. se impuso el rápido Snack Bar, lugar donde a la copa se agrega una comida ligera. Nació en medio de oficinas céntricas y otros lugares de trabajo típicos de las metrópolis que contienen un reconcentrado conglomerado humano. El snack y su vorágine también llegaron a estos pagos, penetración cultural mediante. Una copa, algún licor, un cafecito corto, cierta menudencia sólida y a seguir, que el torbellino nos pisa los talones. El Café tiene otro ritmo. Hay paréntesis extendido para el ocio creativo. Un bar vive apremiado por las prisas cotidianas. Un Café se deja nutrir por la necesidad de arreglar el mundo, fichar las minas y polemizar sobre fóbal, Perón, Gardel o Piazzolla. Pero con los años y las nuevas formas de vida, el bar fue asimilando ciertos rictus del Café y viceversa. Esa es la historia que sigue. Por ahora nos quedamos con el tango Cuatro recuerdos: Café de un barrio porteño / en la noche del domingo. / Sexta edición, cubilete, / el tema: fútbol y pingos. / Cuatro muchachos charlando / en la mesa de rigor /…mientras están discutiendo / si es mejor River o Boca / si es mejor Legui que Antúnez / o qué orquesta es superior. / Anselmo cuenta sus penas, / Ricardo su mala suerte, / y José muy tristemente… / que sus cosas van peor. O los versos de José Muchnik: Toda poesía es bar / Versos mixtos tostados / Palabras jugo exprimidas / Acentos, satinado, ventanas / Pasaporte al destino / Intento a media luz / Ansias de vereda / Toda poesía es bar. / Todo bar es poesía / Mesa llamada deseo / Y una nostalgia doble / Alarga madrugadas / Toda poesía es bar”.
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Interior del café "La Poesía" de Chile y Bolívar.

Acerca de algunas expresiones del escolaso


(De Luis Alposta)

Hubo una época, en que el Café supo ser una especie de escuela de la fraseología porteña derivada del naipe. Carlos Giuria, en su Indagación del porteño, nos recuerda que el jugador que se va a baraja es el que renuncia a intervenir en la mano que se ha dado, y es el que no cree conveniente arriesgar posibilidades. Es una manera de apartarse del riesgo. Pero fuera del ámbito del juego, irse a baraja es sinónimo de arrugar, es aceptar la inferioridad en algo, aun a costa del desprecio. El que arruga, es el que se va a baraja buscando el mazo de la seguridad. También se dice irse al mazo. Retirarse puede ser también prudencia o cálculo que permite volver al entrevero y jugarse entonces hasta el resto, en una nueva mano. Otras veces, considerando que la mano ha venido bien, conforme con lo recibido, y hasta esperando ganar, se dice: ¡Me planto! Algo que bien podemos ilustrar con estos versos de Celedonio Flores: En la timba de la vida me planté con siete y medio./ Siendo la única parada de la vida que acerté./ Yo ya estaba en la pendiente de la ruina sin remedio / pero un día dije planto y ese día me planté.
Y plantarse no es irse del juego ni renunciar al triunfo. Plantarse es un hecho que requiere voluntad, tanta voluntad como el saber jugarse, jugarse en una carta o en una situación arriesgándolo todo. Por supuesto que para saber plantarse se requiere de cierta carpeta. Y tener carpeta, con la que se alude al paño verde que cubre la mesa de juego, es sinónimo de experiencia.

La casa de la esquina de San Juan y Oruro


(De Raúl González Tuñón)

Todavía está de pie, quizás espera
que alguien la pinte antes de morir.
(Enrique: ¿dónde están los rostros
del Café Japonés sobre cuyos escombros
se alza un gris edificio sin memoria?)

Un día fueron jóvenes también las madreselvas.

Dejen allí esa casa de la esquina con cielo,
de pie, como la tarde.
Ustedes que vendrán, sucesos años,
lluvias, color del aire.
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(Esta casa estaba en el ángulo que forman las calles Oruro y 24 de Noviembre en su encuentro con la avenida San Juan. Fue demolida circa 1970; allí se levantó un edificio de departamentos que al igual que el café Japonés es "un gris edificio sin memoria".)
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Foto de Raúl González Tuñón.

Boedo: literatura y símbolo


(De Carlos Penelas)

Desde lo cotidiano vamos viendo una simbología que nos acerca a zonas íntimas, a zonas interiores. El hombre actual, escribió Orson Welles, sólo está reelaborando todo el patrimonio cultural anterior. Eso lo dijo en un momento determinado, en una circunstancia cultural y social donde se pensaba que era así. Y en el fondo es una realidad, es una verdad. Sucede que en estos tiempos todo pasa por la industria cultural, una degradación aguda de lo ideológico, de lo formativo.
Si alguien desea saber qué representa en mí Piñeiro, de inmediato contestaría: el arrabal, el suburbio, las calesitas en los terrenos baldíos, la cancha de Independiente, el rango en el veredón. Y una esquina donde los muchachos eran mito. Nosotros, niños, los admirábamos y les teníamos recelo.
Si me preguntan qué significa para mí Boedo, respondería: una parte de la cultura en la cual me formé. Por supuesto que con el tiempo el profesorado en Letras Mariano Acosta, la búsqueda y el encuentro con otros textos fueron recreando una mirada, una visión más amplia. Pero Boedo representó en mi juventud el descubrimiento de lo social. Se percibía en ese apellido (de origen gallego) la expresión del mundo del trabajo. Las reivindicaciones sociales que tanto deseábamos, que tanto soñábamos. La revista Los pensadores y luego Claridad fueron testimonios en los primeros años de la década del veinte. Se hablaba de luchas sociales, se leían textos comunistas, socialistas o anarquistas. Con el tiempo descubrimos fisuras y hasta cierta cuota de simplificación en ellos. Pero el instinto de rebeldía, de insurrección siempre siguió firme. Ese es el espíritu que me sigue entusiasmando. Era una literatura de signo social. Como lo eran sus pintores y sus artistas plásticos. Dos nombres: Adolfo Bellocq y Abraham Vigo.
Tuve la suerte de conocer a varios de ellos. Y la emoción, por los años setenta, fue mayúscula. Con la aparición de mi primer libro me escribió Elías Castelnuovo. Luego Leónidas Barletta, Alvaro Yunque, César Tiempo. Esos eran los escritores que marcaban un camino, los que anhelaba conocer. Junto a ellos leía los poemas de Gustavo Riccio y Nicolás Olivari -me introdujo en sus obras Aristóbulo Echegaray- y los inolvidables cuentos de Roberto Mariani.
Hoy se ha perdido esa intensidad literaria, ese espíritu donde lo literario y lo ético, donde el poema y la revolución, iban de la mano. Y se perdió, además, la devoción por conocer a escritores de prestigio, seres alejados del sensacionalismo, de la promoción, de la frivolidad. Porque automáticamente al leer, al vincularse con estos autores, con estos hombres, la referencia era clara. Aparecían Gorki y Dostoiesvsky. El universo era inmenso, formidable. Nuestra imaginación crecía de la mano de estos seres, que nos llevaban al cine de Eisenstein y al neorrealismo italiano. Y por supuesto a la Guerra Civil Española, a León Felipe, a Miguel Hernández, a Federico García Lorca, a Pablo Neruda, a César Vallejo…
Ese era el camino, el sendero que Boedo nos indicaba. Quien no lo entienda así no termina de comprender un movimiento, una actitud, una forma de combatir al capitalismo. Aparecían Barbusse, France, Rolland. Y sin duda el teatro de Ibsen, de Pirandello, de Miller. Uno se cansa de comentar en conferencias o en clases la importancia vital de Boedo, su significado profundo. No se trata de abrir una nueva e inútil polémica entre dos grupos literarios o dos corrientes. Intento decir lo que representaba para muchos de nosotros esa forma de ver la creación, esa manera de militancia cultural. Porque junto a ellos venían Payró, Ghiraldo, Barret. Muchos jóvenes de mi generación a partir de estos seres descubrieron el teatro independiente: Pedro Asquini, Alejandra Boero, Onofre Lovero. Muchos pudieron saber de Diderot, Voltaire, Mirabeau, Rousseau, Condorcet. Una lectura crítica de la sociedad, una lectura política, una lectura comprometida con los desheredados. Sin populismo, con sentido pedagógico si se quiere. La función del escritor era la profundización de la lucha de clases, el compromiso con la clase trabajadora. Una visión internacionalista, solidaria, fraternal. Eran los años en que hablábamos de la burguesía y del proletariado.
Tal vez resulte utópico o infantil ciertas declaraciones o determinadas obras. Es posible que muchas de ellas no tuvieran una verdadera mirada estética. Y que muchas fueron producto de una burocracia literaria. Es muy posible. Pero el espíritu, el clima, el tono en contra de la opresión, la injusticia y la desigualdad fue un ejemplo. Porque más allá de ciertas proclamas o manifiestos, generaron pasión y sueño. El grupo de Boedo produjo una vindicación y una mística. Lucharon contra lo infame, contra la humillación. Buscaban, además, en cada página, sinceridad. No hay que olvidar que estaban rodeados de polvo, de callejones, de conventillos. De comités, de compadritos, de pesquisas. De doctorcitos iletrados. En esa época no se veían otras posibilidades que el catecismo, la policía brava y la jerarquía militar. En el fondo fueron místicos sin Dios. No creían en el soborno del cielo ni en el soborno de las elecciones.
En ninguno de ellos rigió la retórica. Sostenían el fervor y la convicción de la esperanza. Fueron artífices de una decisión, no de una necesidad como podría estar en muchos de ciertos saltimbanquis contemporáneos. Finalmente..., conocí a Lubrano Zas, uno de nuestros cuentistas evangélicos. Se formó con ellos. Cabe imaginar que las arcanas redenciones siguen vigentes.
Ahora vivimos el aislamiento, cada uno proyecta su neurosis. El aislamiento -vale recordarlo- se transforma en locura, en imbecilidad, en egoísmo.
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Foto: San Juan y Boedo en 1935.

La fuente de Las Nereidas


(De Miguel Ruffo)

A principios del siglo XX la Argentina y en particular Buenos Aires estaba atravesando por profundas transformaciones socioeconómicas, políticas y culturales como resultado de la capitalización interna facilitada por la economía agroexportadora. La burguesía dominante aspiraba a convertir a Buenos Aires en la París de la América del Sur. Desde fines del siglo XIX se había abierto la Avenida de Mayo –por entonces La Avenida–, se construyeron numerosos palacios y palacetes como el Palacio Anchorena (1909), en la arquitectura pública se destacaba el nuevo edificio del Congreso Nacional (1906), en lo que hace a las artes líricas deslumbraba el Teatro Colón (1908) y Carlos Thais la embellecía con sus parques y jardines. Esa ciudad que cambiaba aceleradamente es la urbe para la cual Dolores Mora Vega –más conocida como Lola Mora– produce su majestuosa Fuente de las Nereidas. En un comienzo nuestra primera escultora había proyectado la fuente para ser instalada en Plaza de Mayo. “Es posible que las grandes transformaciones edilicias de Buenos Aires le hayan permitido atreverse a soñar con engalanar la Plaza de Mayo con su fuente, imitando así, de algún modo, las muchas fontanas que había conocido en la península europea” (1). Pero la pacata sociedad de la época no podía permitir los desnudos escultóricos en el centro cívico de la ciudad y mucho menos frente a la Catedral. Se la inauguró el 21 de mayo de 1903 en el parque Colón, plazoleta ubicada en la avenida Paseo de Julio (Leandro N. Alem) y Cangallo (Perón), pero en 1918 la Municipalidad la trasladó al Balneario Sur.
En el proyecto original la fuente tendría como personaje central a Nereo, dios marino de la mitología griega, hijo de Ponto y de Gea; padre de las 50 Nereidas. Pero, como sus bocetos fueron rechazados, cambió la figura central de su programa mitológico y sustituyó a Nereo por Afrodita o Venus. La base de la fuente es la valva de un molusco, de esta emanan tres tritones que sostienen a tres caballos. El pilar central, formado por rocas, es el elemento en el cual se enroscan las Nereidas, que simbolizan el juego de las olas del mar. En el pensamiento mitológico griego estas criaturas, mitad mujeres y mitad peces, protegían a los navegantes. Una segunda valva se eleva y en su impulso ascensional, sostiene el nacimiento de Afrodita. Era esta la diosa griega del amor sensual y de la belleza. Había nacido de entre las olas del mar fecundada por la sangre de Urano mutilado por Cronos. “El argumento de la obra es mitológico; más aún constituye toda una lección de mitología.” (2). En la mitología olímpica el mar se relacionaba con Poseidón, que había perdido la competencia con Atenea, en el patrocinio de Atenas, al ser su don los caballos, vencidos en el juicio de los dioses, por el olivo ofrecido por Atenea. Del mar había nacido, como dijimos, Afrodita, cuyo origen se vincula con la castración del padre (Urano) por su hijo Cronos. Los tritones, hijos de Poseidón y Anfitrite, personifican las olas del mar. Las Nereidas, hijas de Nereo y de Doris pueden considerarse como representaciones de los diversos fenómenos marítimos. Cabalgaban sobre las olas en delfines o caballos y vivían en el fondo del mar. Todo un programa mitológico pagano y con proliferación de desnudos, que nos remiten a la belleza clásica, que Lola Mora había estudiado en Italia. “Nadie concebía que pudiesen ponerse a veinte metros de la Catedral hombres y mujeres desnudos”, cuenta Virginia Bergerón en la revista El Hogar” (3). Pero los amigos de Lola Mora, entre ellos el presidente Julio Argentino Roca, mediaron ante el intendente Adolfo Bullrich, para que se aceptaran, con algunas modificaciones, sus bocetos. La fuente fue objeto de arduas polémicas: desde quienes la defendían como una eximia obra de arte, hasta quienes la detractaban por sus desnudos, alegando que era inconcebible emplazarla en un espacio público. José María Peña sostiene que el lenguaje escultórico de principios del siglo XX era simbólico y académico, pero las mujeres de las Nereidas eran señoras de 1903 y esto era lo que más encrespaba los ánimos. Los juicios que mereció la “fuente de Lola Mora” fueron numerosísimos. En su época Leopoldo Lugones sostuvo, entre otros conceptos, “que la primera impresión es buena, y esto supone ya en la artista dominio del conjunto, elemento capital en arte. Inclinada sobre la concha que las dos sirenas del grupo sostienen, la figura superior está llena de sencillo donaire. [...] Señorita, gracias a usted encuentro posibles las mujeres de talento. ¡Qué talento tiene usted!” (4). Contra sus propios prejuicios, hubo Lugones de admitir que la fuente de Las Nereidas era obra de una mujer.
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(1)LUNA, Félix (director de la Colección); “Lola Mora” en “Grandes Protagonistas de la Historia Argentina”, Planeta, Bs. As., 2001, p. 56.
(2)“La Nación”, por la corresponsalía en Roma, 23 de abril de 1901 en LUNA, Félix, ob.cit., p. 47.
(3)LUNA, Félix; ob. cit., pp. 59-60.
(4)LUGONES, Leopoldo; “La Fuente de Lola Mora” en “Tribuna”, 27 de mayo de 1903 en MALOSETTI COSTA, Laura (Selección y prólogo); “Cuadros de Viaje. Artistas Argentinos en Europa y Estados Unidos (1880-1910)”, FCE, Bs As, 2008, pp 291-295.
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Detalle de la fuente de Las Nereidas, de Lola Mora.

La francesita que hoy salió a tomar el sol


(De Evaristo Carriego)

Un poco paliducha y adelgazada,
–¡estuvo tan enferma recientemente!–
caminando de prisa por la asoleada
vereda, va la rubia convaleciente


que, con rumbo a Palermo, dobló hacia el Norte.
¡Salud, la linda rubia: cara traviesa,
gesto de ¡viva Francia! y airoso el porte:
como que para eso nació francesa!


¿Será el desconocido que va adelante
o es la gracia burlona con que camina
que ahuyentó aquel capricho sentimental?


¡Adiós los ojos tristes del estudiante
que vio junto a la cama de su vecina
en la tarde de un jueves del hospital!...
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Foto de Evaristo Carriego.

Carlos de la Púa


(De Jorge A. Bossio)

Aunque no hubiera sido poeta, igualmente figuraría en la galería de los porteños señalados, por su figura, por su personalidad, que trasuntaba la imagen arquetípica de la porteñidad.
El 10 de mayo próximo (1) se cumplen veinticuatro años del día en que Carlos de la Púa saco pasaje en el Bondi que se detiene en la esquina de Corrientes y el cielo. Quizás si entornamos los ojos y soñamos un poco –¡cuánta falta hace soñar en estos tiempos en que las ilusiones se voltean a lonjazos!–, quizás, decía, soñando veríamos al Malevo abrazado a Nicolás Olivari, su rival en el cariño a Buenos Aires contemplándonos socarronamente. Su permanencia en esa esquina de recuerdo la ganó, por derecho propio, un derecho asumido con justicia, porque él le cantó en poemas a esta calle Corrientes que padece de insomnio; y por derecho propio, pues, cobra por derecha esa permanencia mitológica de “troesma”, como le llamó Cadícamo. Maestro de amigos, poeta, no porque acomodara palabras disciplinadamente, pues las palabras no son sino convenciones del hombre, sino porque a través de ellas expresara belleza y con ella el dolor humano. Y como la belleza es un modo de la verdad, él la asumió con todo valor para cantar a todos los que vivieran un sufrimiento. Su sensibilidad no pudo ignorar a aquellos seres en sus miserias, en sus tortuosidades, en sus barroquismos del alma y entonces quiso redimirlos con la poesía que es la gran purificadora de las almas anónimas.
No fue el suyo y grito lacerante de anarquista enardecido; el bermellón no fue el horizonte de su mirada; él era un vagabundo anclado en un muelle de ensueño donde su alma, navegante capitán de un barco empecinado en vivir, gustaba empolvarse de cielo azul y a veces ocultarse tras el plúmbico acerado de las nubes para espiar a a sus amigos de la Real.
Enamorado de la vida, el amor era para el Malevo Muñoz un dulce sentimiento que despeja de nubarrones la prístina belleza de la ilusión, y ésta, el fulcro en que se apoya la armonía de la felicidad.
Carlos de la Púa era hombre de humor punzante, de agudeza sin par, de sonrisa socarrona, con la que nos está mirando desde la inmensidad de su universo. Seguramente piensa que Buenos Aires tiene algo de angelical y que ese ángel se encuentra hoy concentrado en la Academia Porteña del Lunfardo, para rendirle este justo homenaje, mientras él, acodado en un estaño con un copetín en la mano. espera un tango, o una fija, o una palmera. Aunque en aquel mundillo de nada sirve la guita. allí se juega entero en la carrera del ensueño a una eternidad, en la que la triple se juega con vales de amor, de valor y de verdad y en la que se cobra con mangos de cariño y en ésa, Carlos de la Púa tiene una fija, porque él es millonario de los afectos de Buenos Aires.

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Palabras pronunciadas en la Academia Porteña del Lunfardo el 4 de mayo de 1974.

Homero Manzi


(De Mario Bellocchio)

A CIEN AÑOS DEL COMIENZO
(AQUELLOS DUROS PRIMEROS TIEMPOS)
Es Día de todos los Santos. Sin embargo, las celebraciones de este año 1907 para los Manzione-Prestera pasarán por la bienvenida al sexto hijo que se anotará en la lista después de tres varones y dos chancletas. Papá Luis regresará pronto a los cultivos luego de escuchar los primeros berridos de Homero Nicolás. Y mamá Angela comenzará el primer intento de dar la teta al gritón ante la mirada, entre crítica y amorosa, de los cinco hermanitos. Añatuya es un mísero villorio, a la entrada del Chaco santiagueño, carente de todo, nacido de un descarrilamiento en 1890. Los vagones del accidente, usados como estación, pasaron a llamarse Nueva Añatuya, en recuerdo del cercano fortín homónimo. Pero en aquel 1º de noviembre aún sus críos carecían de anotación oficial. Casualmente –recuerda Homero–, el Registro Civil se instaló en Añatuya cuando nací yo. Soy pues el primer añatuense inscripto en sus actas. Mi tío, don Domingo Prestera, luchador de la primera hora, fue designado juez de paz, e hizo la inscripción.
Los primeros años vividos en el casco de la estancia “La 13” marcarían de forma indeleble la sensibilidad del poeta. Siempre aparecieron circunstancias propicias en su corta y prolífica vida de cuarenta y cuatro años, para justificar los recuerdos del pago natal: Añatuya es un lugar / que jamás podré olvidar / porque al fin es ¡Aña... mía...! dice apoderándose del nombre rebautizado amorosamente. Y en el óleo puntilloso de su descripción se derrama la nostalgia de la primera infancia por su tierra de origen.
Lo cierto es que ningún paisaje, ningún rincón de la Tierra, ha podido oscurecerme su color, su perfume, su horizonte, su sol, sus vientos, sus lluvias, sus animales [...] Me despertaban poco a poco los primeros ruidos del rancho. El vuelo pesado de las gallinas que se largaban desde la copa del algarrobo. Los golpes del hacha astillando trozos de vinal para reavivar el fuego escondido durante la noche en un tronco de quebracho, detrás de su ceniza blanca y transparente. Las pisadas y los balidos de las ovejas que ganaban el campo por el portillo abierto en el corral. Los gritos del ternero achiquerado y las contestaciones desgarradas de su madre, la overa macha. El ruido del azúcar dentro de un tarro que abría mi madre, para llenar la azucarera chica. El repiquetear del palo del mortero. Y más tarde, los sorbos que daba mi padre en la bombilla del mate.
Allí, con el mate, me levantaba. Las primeras puntas del sol, filtrándose en la hojarasca limpia del algarrobo, hacían más dulce la tarea de levantarme. Me calzaba las ushutas de cuero, me ponía el pantalón que colgaba del hombro por un tirador de una sola cinta cruzado sobre el pecho y me lavaba en el agua de la batea que había llenado mi madre, después de espantar a las gallinas, a los pavos y a los cuchis que bebían. ¡Qué gusto tan suave tenía el agua que se me colaba en los labios! Olor a pozo, a noche, a tierra. Ese gusto de la madrugada me duraba en la boca hasta que aquí mismo, bajo este mismo algarrobo grande partido ahora por un rayo, me sentaba en cuclillas, como los hombres, para tomar mates de leche y masticar tortilla hecha en el rescoldo. Yo era un chico de cinco años y el árbol era fuerte y verde. Tenía un tronco derecho y rugoso. Arriba, como a los tres metros, se abría en cuatro ramas gordas, una para cada rumbo. Sus hojas permanecían verdes durante todo el año.
Apenas si cambiaba el tono con cada estación. En el verano verde amarillo; en la primavera verde puro; en el otoño verde negro y en el invierno verde marrón. El algarrobo estaba siempre lleno de músicas. Nunca le faltaban chicharras o pájaros. Las chicharras comenzaban a cantar cuando las vainas de algarrobo estaban doradas, maduras.
A Homero la mansedumbre de esos años de campo le duró poco. Antes de su quinto cumpleaños un largo viaje en tren lo depositó, junto a su padres y hermanos, en la estación Retiro, y de ahí a la casa de Garay 3251, cerca del pasaje Danel. Una casa que albergó el resto de su infancia y los comienzos juveniles aunque retornaba, en los veranos, a sus pagos de origen, ya que el padre había conservado, a falta de mejor oferta, su trabajo de campo. Y allá iban a compartir los tórridos calores santiagueños todos los Manzione.
Con la llegada del otoño, el comienzo de las clases en la escuelita de la calle Humberto I imponía el retorno a una ciudad que no terminaba de mirar con carita de payuca deslumbrado por sus adoquines, sus carros, sus automóviles y, especialmente, por los ruidosos tranvías. En uno de esos inviernos infantiles debió afrontar el primer drama serio de su vida: su hermanito Roberto falleció víctima de las complicaciones de un sarampión que, para colmo, él mismo le había contagiado.
Las penurias y privaciones de la Primera Guerra, la ausencia del padre por sus tareas agrícolas y la desazón por la irreparable pérdida del hermano formaron una mezcla derramada sobre el comportamiento de Homero que papá y mamá Manzi decidieron corregir con el pupilaje en el Colegio Luppi de Pompeya: Los varones menores buscábamos la calle / y de ella traíamos malas inclinaciones./ Por eso nos hicieron vivir en pupilaje / bajo la recta mano de Colombo Leoni –escribirá tiempo después recordando a su maestro tutelar de aquellos años, un tano emigrado de su patria que recaló en la curtiembre de Luppi, por entonces el centro laboral de Pompeya. Leoni, reconocible padre sustituto de Homero, dejó profunda huella afectiva en su camino –festoneado de sapos redoblando en la laguna– en aquel pupilaje obligado por las circunstancias en el colegio que, según lo relata el mismo Homero, se alzaba, materialmente, entre pantanos, baldíos bajos, terraplenes y montañas de basura o desperdicio industrial. Ese paisaje de montones de hojalata, cercos de cina-cina, casuchas de madera, lagunas oscuras, veredones desparejos, terraplenes cercanos, trenes cruzando las tardes, faroles rojos y señales verdes, tenía su poesía. Y de ella dan testimonio Barrio de tango, Manoblanca y Sur, por nombrar las más difundidas.
De los trece a los dieciséis años los bancos del colegio fueron el seguro apoyo para garabatear los primeros poemas que sólo trascendieron en la voz de Los Presidiarios, una murga en la que saltimbanqueó las glosas de su autoría vestido con el traje a rayas confeccionado por sus hermanas: Con el cuento de la guerra / se nos llevan todo el grano / y nosotros, los criollos, / con la paja se contentamo. Eran los primeros bocetos que permitían atisbar al rebelde en ciernes.
Allí fuimos felices, entre juego y estudio. / Entre buenos amigos y humildes profesores. / Las pocas complacencias nos hicieron más duros. / Y los muchos deberes nos hicieron más hombres —diría recordando esos momentos cuando, en su celebridad, la ternura se permitía ganarle a la nostalgia. Algunos de aquellos buenos amigos del poema serían compañeros de ruta política cuando el bardo encaminara su trascendencia encolumnándose con Yrigoyen. Francisco Rabanal, aún ignora –aunque lo sospeche– que va a ser un notorio dirigente radical, cuando con su amigo Homero organiza escapadas desde el internado para devorar sándwiches de mortadela en el almacén de su padre. Y el santiagueño Raúl Gómez Alcorta, que sería más tarde un destacado periodista y correligionario de Manzi, todavía no supera la categoría de afable compinche del glosador de “Los Presidiarios”.
En la Luppi brota el retoño rebelde, los comienzos de la militancia sobrevienen al egreso, un tiempo difícil de renuncios alvearistas. De retorno de El Peludo abortado en su continuidad por la hora de la espada (1).
Irrumpe el tropel de Manziones desbocados. El que se juega a favor de Yrigoyen contra la usurpación de Uriburu, el fabricante de bombas caseras, el conspirador de la década infame, el que manda a la puta que los parió a los accionistas extranjeros abogando por la mentalidad nacional, el del sótano de la calle Lavalle en FORJA, el exonerado de su profesorado de Literatura. Un rebelde acorralado que inventa a Homero Manzi poeta y le hace un corte de manga al sistema.
Y no proclama con letra de denuncia –aunque no la esquiva–, le basta la celebridad que logra con la altísima calidad de su poesía costumbrista y evocativa para ponerle volumen al parlante de su activismo ejercido a ultranza hasta sus últimos días.
A los boedenses ni siquiera nos arredra en la devoción su profunda adhesión quemera (2). Nos basta su tránsito asiduo por nuestras veredas, la frecuentación de los cafés y lugares de cultura en sus épocas más creativas y combativas.
Y, casi como el acorde final, antes del Parnaso, su mirada nostálgica se dirige a un lugar del barrio que, mágicamente, pasa a ser el cruce donde gira el viento Sur: San Juan y Boedo, la esquina del mundo.

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(1) Peludo: mote con que se conocía a Hipólito Yrigoyen. Y La hora de la espada, célebre proclama de Leopoldo Lugones pronosticando tiempos por venir.
(2) Siempre manifestó su abierta simpatía por Huracán.
FUENTES CONSULTADAS:
* Homero Manzi; “Sur, barrio de tango”; Corregidor; Bs. As., 2000.
* Horacio Salas; “Homero Manzi y su tiempo”; Vergara; Bs. As., 2001.
Dibujo de Hermenegildo Sábat.

Pensaba Gardel


(De Alfredo de la Fuente)

…cuando termine con esta gira voy a ver si descanso un poco este ritmo de trabajo es muy cansador pero a la vez me entusiasma y no paro ahora por ejemplo estas presentaciones en bogotá pero después que termine voy a ver si paso unos días en algún lado una playa o cosa así aquel tipo no me acuerdo como se llama me invitó a su estancia parece que tiene mucha guita yo prefiero la playa el mar el campo es lindo para las vacas aparte estás más a tiro de cualquier cosa uno no tiene que perder de vista lo que pasa con el telefún arreglás cualquier cosa lo llamás a defino o el me llama y listo este defino resultó macanudo se ocupa de todo me tiene al tanto no como josé que lo único que le importa son los burros se ve que no se quiere convencer de que yo necesito otras cosas siempre arreglando actuaciones mishias trabajitos después se cree que tratar con esta gente con los empresarios yonis o franchutes es lo mismo que arreglar actuaciones en algún bodegón de la boca no entiende que las cosas han cambiado eso hubiera sido lo de menos podíamos seguir juntos algo para que hiciera ya le iba a encontrar pero con el escolaso viejo no se puede no se puede ni tener confianza a mí también me gusta cierto pero no se puede rifar todo a las patas de un caballo aunque sea lunático que será de lunático la otra noche soñé con ese atorrante la debe estar pasando fenómeno me dio muchas satisfacciones pero el juego se acabó si los muchachos me invitan de vez en cuando a alguna fiestita en un stud o legui maschio o torterolo me llaman o los llamo son amigazos la pasamos fenómeno pero con el juego no quiero saber más nada hay que sentar cabeza y trabajar ahora que se puede no me imaginaba que iba a hacer tantas cosas cantar claro es lo mío pero tratar de superarse de hacer las cosas cada vez mejor como las películas eso me tiene entusiasmado el cine tiene un futuro que pocos imaginan en la argentina voy a seguir haciendo películas y serán las mejores del mundo van a ver ahora mismo no le tenemos nada que envidiar a los franceses ni a los norteamericanos con las que llevamos hechas el cine eso es el futuro como va a entender esto josé a él lo que le importa es fichar en palermo el que es un genio es alfredo tiene visión para el arte pensar que cuando lo conocí casi nos agarramos había publicado ese brulote en el diario me agarró una bronca que lo fui a pelear después nos hicimos amigos ahora está siempre conmigo vamos a terminar la gira juntos alfredo viejo éste si que sabe de cine que gran letrista que poeta sus letras son como a la medida la vez pasada se lo dije quiero letras para mí a mi medida vos necesitás un sastre no un letrista me dijo a veces broncamos así es el laburo pero después quedamos más amigos que antes lo mismo con los músicos actores técnicos los cachamos un rato a todos estos gringos son buena gente sobre todo si se hacen las cosas como ellos quieren a mi me importa que se hagan como yo quiero estoy un poco cansado de viajar pero ya pronto voy a parar disfrutar la amistad la compañía de un grupo de amigos queridos mi vieja la viejita se quiere volver a francia la tengo que convencer qué hago sin ella claro que si insiste las cosas se van a ir ordenando cuando llegue a buenos aires defino de representante alfredo y los muchachos en lo artístico estoy tranquilo tengo que pensar dónde lo pongo a este turro de josé si formamos la empresa de cine va a haber lugar para todos igual que los que vienen ahora en el avión barbieri le pera riverol aguilar en fin todos éstos como se llama el que maneja samper creo algunos están nerviosos claro el avión siempre da un poco de julepe debimos salir temprano pero anoche nos quedamos jugando al póker y al final nos acostamos tarde eso es lo que pasa pero una partidita de vez en cuando también es lindo lo que no va más son las carreras ya lo tengo decidido a mí también me inquieta un poco volar pero este samper parece que es un piloto fenómeno estamos en buenas manos quien iba a decir hace a ver cuántos años quince o veinte cuando lo escuché a gabino qué tipo el negro aquél en ese tiempo eran payadores los cantores no existían y menos los cantores de tangos no había radio ni cine circo y teatro nomás la gente pedía estilos milongas ahora todos quieren tango sobre todo por aquí y en europa es que el tango tiene una fuerza y después está el baile que le encanta al público vamos muchachos tranquilos no es para tanto es lindo volar ya llegamos al avión esta gira se me va haciendo larga todos se apoyan en mi es lógico qué estarán haciendo en buenos aires hay mucho cambio de política la política es para los políticos yo tengo que ocuparme del trabajo el canto el cine y compartir los buenos momentos con un grupo de amigos queridos mi vieja que más se puede pedir de la vida ahora subimos al avión este a ver saludemos salute entramos que ya cierran empecemos a ubicarnos por aquí a mí también me pone un poco nervioso el avión pero no se nota ya se sabe no es lo mismo que andar en tranvía sin embargo es lindo el tiempo no acompaña mucho había niebla ahora parece que no si no fuera por el póker nos hubiéramos acostado antes y madrugado aunque madrugar no me gusta a veces si estoy cómodo me siento bien es que tengo buena salud claro que me cuido pero a veces una trasnochada alguna copa de más lo que tengo que cuidar es la comida morfar menos siempre hay invitaciones compromisos engordo con facilidad ahora estoy bien tuve que hacer ese régimen porque estaba comiendo demás cuando vi esa foto que nos sacamos en la playa me asusté hay que cuidar el peso algunos dicen que hasta para la voz es malo yo creo que no lo que a veces me preocupa es la bala esa que me quedó en el pulmón según dijeron los médicos no la pueden extraer a mí no me molesta para respirar ni nada al principio un poco ahora ni me acuerdo qué barullo se armó esa noche en el armenonville y bueno me tocó a mí cosas de mamados pudo ser peor la saqué barata no se por qué me acuerdo ahora de esas cosas cuándo arranca el coso éste es un vuelo corto en un rato llegamos
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Foto: Carlos Gardel-
Texto de su libro inédito "Las historias de tango tienen vieja memoria" .

El amigo de la Mesa de Soñar


(De Rubén Derlis)

Nuestra amistad era reciente, apenas si tenía algo más de dos años, pero estaba abonada por iguales o parecidos recuerdos compartidos generacionalmente y por un andar sostenido por las calles de Boedo, cuando éstas tenían rechinar de carros, chispazos de trole de tranvías, y uno entraba en cualquier casa con sólo golpear la puerta con su mano de llamador. Que no es poco. En ese pasado nos adentrábamos sentados a la Mesa de Soñar junto a la ventana grande del café “Margot”.
Inveterados fumadores de pipa ambos, nos turnábamos en las volutas del tabaco, ya que nos parecía demasiado alevoso para los demás parroquianos, aspirar a dúo el dulzor del tabaco. Por eso, mientras compartíamos la misma mesa, en esto de fumar nunca fuimos un dúo.
Casualmente vivía en la calle Agrelo donde yo había pasado los primeros veinte años de mi transcurrir; casualmente le gustaba la poesía con sangre comprometida y garra para comunicar; casualmente tenía en alta estima el buen decir lunfardesco; casualmente le gustaba seguir con la mirada a las muchachas que desparraman primaveras y a las que ya han dejado de serlo para vestirse con recato otoñal. Casualmente resultó que no había casualidades porque gustábamos de las mismas bellezas y sus emociones, sin ninguna sutileza, a mordiscones de vida. Así empezamos a conocernos.
De sus andanzas por peringundines, cafés de extramuros y boliches de estaños astillados, le había quedado ese instinto para la certeza de afirmar quienes eran buenas, malas o pasables personas. Y no se equivocaba. Emitía juicios fundamentados en la praxis cotidiana y toda lucubración de carácter filosófico terminaba rematándola con un “puede que sea así, o puede que no”, no fuera que pudiera equivocarse en cuestiones del espíritu. Agnóstico en materia de religión, en el al pan pan y al vino vino de las minucias cotidianas, se jugaba por un pragmatismo al que no dejaba de aderezar con alguna pizca de romanticismo; después de todo era un romántico forjado en los 40, de 6 Grandes Bailes 6, seguidor de Pugliese por distintos salones, milonga en el Social Rivadavia y el inevitable remate con la naifa de turno en el cuartito alquilado de la casa de inquilinato, donde replegada ya su pesada artillería seductora, hacía suyo el bastión conquistado. Romanticismo versión porteña.
El Profesor, como todos lo llamaban, era historiador. Con la ya clásica cuestión de unitarios y federales –nuestro norte contra sur de tercer mundo– había llegado a una síntesis nada despreciable para la interpretación del anteayer argentino y este presente vapuleado.
Pero hay una planicie en este buceador de la porteñidad, andariego de las entretelas de Buenos Aires que no se puede dejar de transitar; es más: hay que hacer pie en ese territorio y buscar en su barro humano la greda más dúctil con la que amasó lo mejor de sí: su poesía.
No dejó mucho númen impreso –de hecho cuanto publicó está recogido en libros conjuntos– y no tuvo la suerte de ver encuadernado un título propio. Toda su producción difícilmente llegue al centenar de poemas; tal vez menos, pero no se trata de cantidad de versos como se pide en los concursos, sino de calidad, como falta en la mayoría de los concursos.
Apasionado del soneto, lo vi más de una vez acodado sobre su mesa preferida, concentrado, buscando la palabra esquiva, evitando la rima fácil, puliendo lo ya edificado como un albañil de la palabra, escandir versos que no dijeran más que lo que el poeta quiere decir, por aquello de que lo que se desboca no es poesía. Era tan cuidadoso en su decir poético que llegué a pensar que una coma podía desvelarlo. Un día se lo dije y me contestó que no. Sin embargo sigo creyendo que era así. Lo negaba por modestia: no fueran a creer que lo que hacía era importante.
Su mejor sangre poética corría por las venas del sentir lunfardo. Están en estos versos lo más acabado de su expresión puesta en líneas desparejas. Hay fervor, riqueza de vida acumulada, experiencia trasmisible en palabras asequibles a todos; en síntesis: en su poesía respira un hombre; lo digo asumiendo el riesgo de estar acaso parodiando al gran Whitman. Sea. Pero es lo que sus palabras me comunican cuando me asomo a ellas.
Ahora El Profesor no está, el amigo de la Mesa de Soñar se ha ido; y por fuerza, en esto de fumar mi pipa estaré obligado a ser solista. Nos dejó su poesía para entrar en ella cuando tengamos necesidad de ir a visitarlo. Se llamaba Ricardo de Biase.

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"Café Margot", óleo de Darío Mastrosimone.

Abraham Vigo, un Artista del Pueblo


(De Carlos Caffarena)

“El hecho de que Boedo tomase como materia prima de sus inquietudes espirituales a la clase trabajadora, no se debió puramente a una determinación estética, sino a que la mayoría de sus componentes procedían de esa clase, y trabajaban o habían trabajado manualmente hasta esa fecha.” Las palabras de Elías Castelnuovo describían con sencillez al Grupo Boedo, a los Artistas del Pueblo. Hace cincuenta años fallecía el polifacético Abraham Vigo, destacado integrante de ese talentoso conjunto. El Museo de Bellas Artes “Quinquela Martín” organiza una muestra de su obra, testimonio de un tiempo de reivindicaciones sociales en el que nuestro barrio era protagonista.
Grandes acontecimientos nacionales y mundiales enmarcaron la época en que se definieron la personalidad y los caminos que determinarían el futuro de Abraham Regino Vigo, como hombre y como artista.
Nacido en Montevideo en 1893, comienza, con doce años, a trabajar como aprendiz de su padre —pintor y decorador de obras—, en una Buenos Aires que ya se mostraba opulenta y en rápido crecimiento. En 1910 concurre a los cursos nocturnos de la academia que un pintor italiano, de apellido Pollezzi, dirigía en Av. Callao, entre Lavalle y Tucumán.
Por consejo de su maestro se inscribe, dos años después, en la escuela de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, la primera institución artística creada en el país en 1875 por iniciativa de Eduardo Sívori. En 1912 estudia junto a jóvenes con los que Vigo establece una estrecha relación: Santiago Palazzo, José Arato, Adolfo Bellocq, Agustín Riganelli y Guillermo Facio Hebecquer, este último también uruguayo, quien ese mismo año había instalado un taller en Pedro de Mendoza y Patricios.
En 1916 se integran todos ellos al que sería conocido como Grupo o Escuela de Barracas, al tiempo en que Vigo participa también en el segundo Salón Anual de la Sociedad de Acuarelistas, Pastelistas y Aguafuertistas. Posteriormente y junto con otros artistas funda, en 1918, la Sociedad Nacional de Artistas, Pintores y Escultores, de carácter gremial, como oposición a la Academia Nacional, defensora a ultranza de la llamada cultura oficial o “plástica academicista”.
El momento será de gran importancia para el Grupo, ya que inauguran el “Primer Salón Nacional de Artistas Independientes sin jurados y sin premios”, con participación de 31 artistas; comienzan a publicar artículos —como grupo— en el periódico de izquierda "La Montaña"; Facio traslada su taller al barrio de Parque de los Patricios —desde donde se vincularían con los escritores del Grupo de Boedo—, reducto que pronto se convirtió en una especie de peña artística a la que concurrían Benito Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto, un joven Enrique Santos Discépolo y los escritores Juan Palazzo, Elías Castelnuovo, Gustavo Riccio y Enrique González Tuñón.
Su formación intelectual y la realidad en la que conviven contribuyen a unirlos en sus concepciones políticas. Así como las lecturas de las obras de escritores rusos y franceses ejercieron su influencia, la expansión internacional de las ideologías comunista y anarquista —a la que adhirieron— y el contexto social en el país que, desde principios de siglo, daba lugar a la lucha de clases y emergía en sucesos a menudo sangrientos, hicieron las veces de amalgama.
En 1920, en la trastienda de un local ubicado en la avenida Boedo 841, se fue formando una tertulia de escritores, plásticos y gente de teatro vinculada de una u otra forma al barrio. En los fondos del mismo edificio Antonio Zamora instaló, a partir de de 1924, su redacción con talleres, en la vieja imprenta La Internacional, que pasó a llamarse Editorial Claridad.
Elías Castelnuovo, Roberto Mariani, Leónidas Barletta, Nicolás Olivari, Gustavo Riccio, Juan Guijarro y Alvaro Yunque constituyeron el primitivo grupo Boedo, al que se agregaron otros más jóvenes.
La comunión de ideas y proyectos entrecruzó los dos grupos, el literario y el plástico. Castelnuovo define, con maestría, la razón de dicha identidad: “El hecho de que Boedo tomase como materia prima de sus inquietudes espirituales a la clase trabajadora, no se debió puramente a una determinación estética, sino a que la mayoría de sus componentes procedían de esa clase, y trabajaban o habían trabajado manualmente hasta esa fecha. Así, por ejemplo, Agustín Riganelli era tallista; Roberto Arlt, gomero; Nicolás Olivari, peón de almacén; César Tiempo, repartidor de soda; Roberto Mariani, oficinista […]; Abraham R. Vigo, José Portogalo y Antonio Gil, pintores de paredes; y Manuel Rojas, en el momento de ser premiado conmigo en el concurso organizado por 'La Montaña', ocupaba una plaza de linotipista en la editorial donde yo ocupaba otra […]”.
La Editorial Claridad contó con la colaboración del grupo “de los Cinco”, especialmente Vigo, que desarrollaría a lo largo de los años una importante obra como ilustrador, innovadora en el campo del diseño gráfico.
Mientras tanto, continúa trabajando y exponiendo en el IV Salón Anual de la Sociedad de Acuarelistas, Pastelistas y Aguafuertistas y en el VIII Salón Anual de la Comisión Nacional de Bellas Artes. En 1920 junto a Arato, Facio y Riganelli expone 20 pinturas y 13 grabados en el Salón Costa.
En 1927 el grupo, ya conocido como Artistas del Pueblo, inicia una nueva experiencia al participar en la fundación del primer teatro independiente de la Argentina, Teatro Libre. Sus proyectos se concretarían en el siguiente año cuando, ahora con el nombre de Teatro Experimental de Arte (T.E.A.), ponen en escena en el Ideal la obra de Castelnuovo “En nombre de Cristo”, con la compañía de Angelina Pagano. Vigo diseña y ejecuta los decorados y mobiliario en una faceta de artista-obrero que será una constante en su vida.
Su tarea escenográfica prosigue en los siguientes años tanto en T.E.A. como en el Teatro del Pueblo fundado por Leónidas Barletta; el Teatro Proletario con puestas en escena en los teatros Liceo y Marconi y en distintas salas comerciales. Es que su concepción escenográfica, alejada del naturalismo y cercana al expresionismo, había causado un gran impacto tanto en las puestas como en la Exposición de maquetas y escenografías que realiza, en 1928, en Amigos del Arte.
En los siguientes años continúa su labor como pintor, grabador y escenógrafo e incursiona en el diseño y construcción de juguetes y juegos didácticos. Ya para entonces, el momento histórico que se vivía revestía características de excepción: guerra civil en España; Mussolini en Italia por más de una década, y Hitler que, como canciller de Alemania, ya mostraba sus propósitos de dominio que, en breve, desencadenarían la Segunda Guerra Mundial.
Seguramente por eso, sus grabados muestran el profundo dolor que le provoca los que sufren hambre, miseria y discriminación racial, religiosa o política. Los títulos de las obras nos dan la clave: La quema; Por rojos; Por judío; Por negro.
En 1938, razones de salud lo llevan a viajar junto con su familia a Mendoza, donde sigue su trabajo y envía a salones obras que reciben variados premios. Además realiza muestras individuales en distintos puntos del país. Crea un teatro de títeres con el que da funciones en las chacras y, como su vocación gremial se mantiene intacta, prontamente funda una filial de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, con la que organiza salones de acuarelistas y grabadores y exposiciones en las provincias cuyanas. Por este tiempo, ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se afilia al Partido Comunista, del que será candidato a diputado provincial en 1940, tras adoptar la ciudadanía argentina.
Hasta 1947, año en que mejorada su salud regresa a Buenos Aires, sigue exponiendo y obteniendo premios y distinciones, ya volcado casi totalmente al grabado. De esa época son los premiados Campesina, el aguafuerte Faena, la acuarela Pescadores, el aguafuerte Fin de jornada y el aguafuerte Pan y dulce.
Se radica en Banfield y sigue trabajando: participa en más de 30 salones y exposiciones colectivas y realiza siete muestras individuales, obteniendo nuevas distinciones.
En 1957 su vieja enfermedad pulmonar se agrava, pero aún tiene tiempo para exponer en la Galería Julio de Banfield, en el Salón Anual de Santa Fe y en el Teatro Solís de Montevideo, donde realiza una muestra de 56 grabados organizada por la Comisión Nacional de Bellas Artes. Es un artista reconocido en el país e internacionalmente, y existen obras suyas en el Museo de Cultura de Moscú, The Riverside Museum de Nueva York, los Museos de Montevideo, de Budapest en Hungría, de Bucarest en Rumania, de La Habana en Cuba, de Jerusalén y de Tel Aviv en Israel, de Varsovia en Polonia, de Sofía en Bulgaria y de Leipzig, Alemania.
Abraham Regino Vigo, notable cultor de su arte y comprometido militante del campo político y social, fallece el 27 de julio de 1957.
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Abraham Vigo: Autorretrato (grabado).