25 jul. 2011

Desandar el camino


(De Pablo Bellocchio)

Dícese que en el porteño barrio de Parque Chas, las calles suelen encontrarse consigo mismas.
Rotondas perpetuas que en un espiral huracanado, absorben y obnubilan a todo aquel que ose caminarlas. Uno puede pasear por estas cuadras desesperanzadas y llegar a la esquina de Londres y Londres..., y  así también si camina por la calle Berlín. En algún momento, Berlín se cruzará consigo misma.
Con esa esperanza comenzó un día Danilo a caminar en círculos. Entrando por Marsella, se sumergió en la rotonda berlinesca con la idea fija de reencontrarse consigo mismo. De advertirle a su pasado  que no cometiera las equivocaciones que el cometió. Salvarse así de las garras crueles de más de una mujer que lo había atravesado. Aconsejaría Danilo a su pasado, dejar el trabajo. Dedicarse a pintar, como siempre quiso. Se advertiría a sí mismo sobre aquellos amigos que en realidad el tiempo demostró que no lo eran tanto.
Perpetuó entonces Danilo sus pasos en las baldosas agrietadas hasta mezclarse entre las diagonales. Sus huesos se hundieron hasta soldarse mientras el sonido apagado de las estaciones le peinaba la mirada. Arrastró su cuerpo de hombre aprisionado entre el diluvio otoñal y el arácnido verano. No tardaron los vecinos en transformarlo en una más de las leyendas del barrio. Conoció Danilo uso y horario de cada uno de los habitantes de Parque Chas. Caminó en círculos, con la esperanza ciega de deshacer su historia hasta el comienzo. Para luego rehacerla, claro está.
Cayó en la cuenta, luego de un tiempo de camino circulado, de que el amanecer, empezó a atardecerse. Vio a la luna rehacerse hasta mostrar su cara oscura. Así también, maravillado, sintió al suelo llover, empapando sus talones, y a las gotas subir, hasta embarazar las nubes. Los trotadores gimnastas de la mañana daban sus zancadas en franco retroceso. El viento succionaba, empujando sus pasos en silencio.
Finalmente una mañana (o una tarde, quien sabe) a lo lejos, bordeando la esquina de Berlín y Berlín, se encontró Danilo con su Danilo pasado. Se acercó.
Danilo pretérito, lo miró con el respeto que los ancianos se merecen.
Danilo caminante, sin pensarlo demasiado, le dijo... “No mires nunca para atrás”. Y así, Danilo, nunca volvió a Parque Chas.
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Imagen: Parque Chas, acrílico de Cecilia Novelli.
Este material fue tomado del periódico Desde Boedo, julio 2011.

19 jul. 2011

¿José? va embora


(De Horacio Caride Bartrons)

Entre los personajes más enigmáticos de nuestra historia arquitectónica, se le puede otorgar un lugar destacado a José Custódio de Sá y Faria. Tal vez no sea casual que su biografía, a cargo del padre Guillermo Furlong, haya ocupado el primer artículo del primer número de Anales, del IAA, en 1948. Pero con todos los años transcurridos, aun es necesario responder a una pregunta ¿Qué hacía un ingeniero militar portugués diseñando edificios y diversas construcciones para las colonias (enemigas) de España, especialmente en Montevideo y Buenos Aires en 1778?
A un año de ser creado el Virreinato del Río de la Plata (1777), Pedro de Cevallos avanzó sobre territorios del Reino del Brasil, sitiando y conquistando la isla de Santa Catarina, la actual Florianópolis. El derrotado fue el Gobernador de Río de Janeiro, un destacado militar que era nada más ni nada menos que José Custódio. Conocedor del fatal destino que el omnipotente Marqués de Pombal les reservaba en Lisboa a los políticos que rendían territorios de la Corona en manos de España, nuestro arquitecto decidió pasarse al bando contrario.
En la flamante capital virreinal fue el profesional del momento. Se le atribuyen los proyectos de las "casas redituantes", es decir, viviendas en alquiler, que eran toda una novedad para la época. También algunas obras en la que después sería conocida como "Manzana de las Luces" y acaso la "Casa de Comedias". Fue también un excelente cartógrafo (se conservan algunos mapas) y un importante ingeniero vial. Pero pasó a la historia porteña por su proyecto más famoso: la fachada de la Catedral, que nunca llegó a concretarse. De su escritorio también salieron la primera plaza de toros que tuvo la ciudad en el barrio de Montserrat y los cuarteles de la Plaza de Marte, que luego será Retiro.
Cansado y enfermo (quizás al final de sus días la deserción le pesara más que cualquier cosa), pidió al virrey retirarse a Luján, pueblo donde murió en 1792 a los 82 años de edad. Su cuerpo regresó a la ciudad que adoptó como propia y, paradójicamente, terminó a pocos metros de un prócer de la Independencia. Está en el Convento de Santo Domingo, no lejos de la tumba de Manuel Belgrano.
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Imagen: Proyecto para el frontispicio de la Iglesia Catedral de Buenos Aires de José Custódio de Sá y Faría.
Tomado de: saboogle.blogspot.com

Quinta de Crisol en el barrio de Balvanera


(De Carlos A. Rezzónico)

Su perímetro estaría hoy señalado por las calles Belgrano, La Rioja, Moreno y Catamarca, ocupando esas dos manzanas  del actual barrio de Balvanera.
El 2 de noviembre de 1805 (1) don Manuel Prado vendió a Miguel Wassermayer, en tres mil pesos fuertes, un terreno compuesto de una cuadra de frente por dos cuadras de fondo, situado en el ejido de la ciudad, ese ancho marco verde del cuadro urbano compuesto de quintas y chacras, cercadas de pitas y tunas, como acertadamente describiera Groussac.
En 1809 (2), Agustín Olavarrieta, director general de Rentas de Chile, próximo a seguir viaje con ese destino y por poder de su hermano político Miguel Wassermayer, vendió la quinta con su edificio y los árboles frutales que en ella había, a Bernardo Carballo.
Muchos años estuvo la quinta en poder de este último, pues recién la enajenó a fines de 1826 (3). Su comprador fue un brasileño llamado Juan Bautista Romero, quien también la conservó por un largo período, vendiéndola en 1851 a Juan Crisol (4). En la escritura se comete el error de ubicar a la quinta “en la dirección de la calle Santa Clara, antes Potosí” por cuanto éstas fueron denominaciones que tuvo la actual calle Alsina y el inmueble estaba sobre la calle que hoy recuerda al prócer Mariano Moreno. Era la resultante de la confusa idea que, sobre estos arrabales, tenía la mayor parte de la gente de aquel entonces.
Juan Crisol había nacido en Mallorca, “Reyno de España”, y era hijo de José Crisol y Margarita March. Estuvo casado en primeras nupcias con Felisa Gándara de quien tuvo siete hijos: Juan, Felisa, Inés, Rosa, Margarita, Miguel y Benito. Al quedar viudo, contrajo matrimonio con Petrona Giadas, naciendo de esta unión una sola hija a quien se le impuso el nombre de su madre. El primero de los hijos nombrados se radicaría en Córdoba y sería el autor de un proyecto de ampliación de esta ciudad cuya ejecución se vio entorpecida por la crisis de 1890 (5).
Acaudalado comerciante y hacendado, Crisol tuvo negocios en común con Alejo Arocena y, sobre todo, con Ambrosio Plácido Lezica, de quien  era socio. Su relación con este último se extendió más allá de lo puramente económico, pues en su testamento no sólo lo designa albacea, sino que le encomienda la tutoría de los hijos del primer matrimonio (6). La sociedad existente entre ambos giraba con un capital que rondaba los cuatro millones y medio de pesos. Crisol explotaba, además, dos estancias en Arrecifes y otra en Bragado y había tenido un saladero en la Recoleta y una chacra en Punta Chica, Partido de San Isidro.
Al morir don Juan en 1851, se adjudicó la mitad de la quinta a su viuda, Petrona Giadas, y la otra mitad a la hija de ambos, Petrona Crisol (7).
En el predio había una casa grande compuesta de zaguán, unas ocho habitaciones en planta baja y otra en piso alto, cocina, “lugar común” (8) y patio con piletas para plantas y un aljibe con su correspondiente brocal. Por su frente corría una vereda de ladrillo de veinte metros de largo por un metro y medio de ancho. En una de las esquinas del terreno se levantaba un local –que presumimos destinado a pulpería– y una casa antigua. En otra parte del mismo había una casita compuesta de dos piezas y una cocina, para vivienda de los quinteros.
Al quedar viuda, Petrona Giadas contrajo nuevo matrimonio con Germán March y de esa unión nacieron tres hijos: Ignacio, Germán y Juan. Por este último, el de menor edad, la madre profesaba un especial afecto, y fue por eso que, al otorgar su testamento (9), lo mejoró con un tercio de sus bienes. Para esa fecha –abril de 1860– doña Petrona estaba ya gravemente enferma y sus fuerzas flaqueaban hasta el punto de no poder firmar. Cuando finalmente murió, se les adjudicó a los dos hijos mayores la parte del inmueble que a la progenitora le había correspondido por herencia de su primer esposo.
En un viaje que el viudo emprendió a Europa llevando a sus vástagos, murió el pequeño Germán, heredándolo su padre, quien en 1872 y a su pedido, fue autorizado judicialmente para proceder a la venta de los lotes en que se había vendido la quinta, incluyendo la parte de Petrona Crisol.
Poco tiempo después de su organización definitiva, la Sociedad Española de Beneficencia adquirió un terreno en la esquina de Belgrano y Rioja. En ese lote, ampliado por otras donaciones, se colocó el 30 de junio de 1872, la piedra fundamental del Hospital Español.
Dice Meyer Arana (10), que “el día de la Purísima Concepción del año 1877, siendo presidente de la Nación el doctor Nicolás Avellaneda y gobernador de la provincia don Carlos Casares, el canónigo José Sevilla Vázquez, vicario general castrense y Capellán del Excmo. Gobierno de la Nación, bendijo la capilla y el hospital en representación del obispo doctor Aneiros, siendo padrinos don Martín Berraondo y doña Josefa V. de Udaeta, y bajo la advocación de la Virgen María y de San Juan de Dios”. La colectividad española acudió en masa para presenciar un acto tan trascendental como ansiosamente esperado”(11).
Al filo del siglo XX se llevó a cabo su reedificación y posterior ampliación. En el piso alto que daba sobre Belgrano, dejó su impronta el arquitecto Julián García, uno de los más destacados cultores del modernismo catalán (12), cuya obra desgraciadamente sólo puede apreciarse en un sector de la esquina de la calle Deán Funes, debido a que nuevas modificaciones la destruyeron.
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Notas:
(1) AGN. Escritura pasada ante el escribano José Echevarría en el Registro Nº 2.
(2) AGN. Escritura de fecha 21 de febrero de 1809, pasada ante el escribano Juan Cortés en el Registro Nº 7.
(3) AGN. Escritura de fecha 14 de noviembre de 1826, pasada ante el escribano José María Jardón en el Registro Nº 5.
(4) AGN.  Escritura de fecha 27 de mayo de 1851, pasada ante el escribano Adolfo Conde en el Registro Nº 5.
(5) Nuevo diccionario biográfico argentino de Vicente Osvaldo Cutolo. Edic. Elche, Bs. As., 1969.
(6) AGN. Escritura de fecha 29 de noviembre de 1851, pasada ante el escribano Manuel José de Zeballos en el Registro Nº 6.
(7) AGN. Sucesión de Juan Crisol (Legajo 4881).
(8) Nombre que se daba a las letrinas.
(9) AGN. Escritura de fecha 10 de abril de 1860, pasada ante el escribano José Victoriano Cabral en el Registro Nº 1.
(10) La caridad en Buenos Aires de Alberto Meyer Arana, Bs. As., 1911 Tomo I, pág. 280.
(11) Suplemento del diario La Nación del año 1916, pág. 276.
(12) “La Buenos Aires modernista catalana” de Horacio Spinetto en Todo es historia, Nº 325, pág. 16.

Foto: El Hospital Español de Buenos Aires a comienzo del siglo XX (Archivo General de la Nación).
Nota tomada del libro del autor: Antiguas quintas porteñas, Bs. As., 1996. 

16 jul. 2011

Acerca de Borges y Villa Urquiza


(De Luis Alposta)

En 1922, y en años posteriores, Jorge Luis Borges, que vivía entonces en Palermo, en la calle Bulnes, tomaba periódicamente el tranvía 7 y se bajaba en Triunvirato y Pampa. Desde allí se dirigía a la casa de su prima Nora Lange, que estaba ubicada en Villa Mazzini, en la calle Tronador 1746.
Recordemos ahora cómo vio a Villa Urquiza desde la parada del tranvía: “Yo no he sentido el liviano tiempo en Granada, a la sombra de torres cientos de veces más antiguas que las higueras, y sí en Pampa y Triunvirato: insípido lugar de tejas anglizantes ahora, de hornos humosos de ladrillos hace tres años, de potreros caóticos hace cinco.” (De Evaristo Carriego, 1930).
Hace un par de años me visitaron unos alumnos que estaban estudiando literatura argentina, para pedirme que les consiguiese una entrevista con Borges.
Lo hice. La encargada de la gestión fue Marcela Ciruzzi, y la tan ansiada entrevista no se hizo esperar. Borges los recibió en su casa poco después. Fue el 28 de junio de 1979.
Aquella mañana les habló de Carriego, de Echeverría, de Macedonio Fernández, del lunfardo, de Buenos Aires de principios de siglo. (En este punto, entre otras cosas, dijo que la nuestra era una ciudad que tenía tan sólo tres puntos cardinales. Y es cierto. Cuando los porteños hablamos de Buenos Aires, casi nunca nos referimos al Este).
Y también se habló de Villa Urquiza. Dijo que éste era un barrio que él conocía muy poco, y pasó inmediatamente a recordar sus visitas a la casa de su prima.
Después se acordó de La Siberia como de un barrio bravo, para terminar preguntando si en Villa Urquiza todavía existían quintas. Atendido de amor y rica esperanza,/ ¡cuántas veces he visto morir sus calles agrestes/ en el Juicio Final de cada tarde!/ La frecuente asistencia de un encanto/ acuña en mi recuerdo con predilecta eficacia/ ese arrabal cansado, / y es habitual evocación de mis horas/ la vista de sus calles;/ el horizonte que se acurruca a lo lejos;/ las quintas que interrumpen el cielo baldío;/ la calle Pampa, larga como un beso;/ las alambradas que son afrentas del campo,/ y la dichosa resignación de unos sauces./ Paraje que arraigó una tradición de amor/ en el alma,/ no ha menester vanaglorioso renombre;/ ayer fue campo, hoy es incertidumbre/ de la ciudad que del despoblado se adueña:/ bástale, para conseguir las laudes del verso, / ser el sitio implorado de una pena.(“Villa Urquiza”, de la primera edición de su libro Fervor de Buenos Aires, publicado en 1923, poema no recogido en las sucesivas ediciones ni en las obras completas). 
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Fotografía: Jorge Luis Borges en su juventud.

14 jul. 2011

Cuatro metros cuadrados


(De Héctor González)

Los primeros destellos de recuerdos me vienen desde el 47. Tengo grabados en la memoria tres quioscos que me vienen de ese tiempo: el que estaba sobre la vereda de San Juan que mira al sur, casi es­quina Boedo, pegadito al Nuevo Banco Italiano, el después Banco de Crédito Argentino y hoy Banco Francés (que no es de los franceses sino de los ga­llegos. Cosas de la globalización.) Voy casi co­rriendo hasta allí a entregar un recado que alguien me ha dado. No compro en ningún quiosco porque tengo el mío. Antes de cruzar miro hacia ambos la­dos: Boedo es de doble mano y van y vienen los tranvías. Cuando regreso paso frente al teatro “Boedo”, a la “Munich”, a la casa “Tuyó”, a la za­patería “Nosotros”, y en la esquina del café “Río de Oro”, en Carlos Calvo, vuelvo a mirar hacia ambos lados porque doblan los tranvías 76 y 48. Cruzo justo frente a “Salemi”, rumbeo rapidito hacia Co­lombres y alcanzo la cortada. Ya estoy en casa. Eran cuadrados, sin ángulos, con esquinas convexas. El otro estaba en la vereda impar de Boedo, casi es­quina Carlos Calvo, enfrentando a la farmacia “La Europea”. Ahí no más, cerquita al “Select Boedo” del mallorquín Quetglas. Los martes día de damas. Justo al lado del café “El Japonés”. Ya con los lar­gos cuántas horas a tres bandas, con lujos. Prohi­bido tirar masse. Todaro, el Torta, Luchini, Luis, Resnick. Amigos unos; otros, por ser mayores: ami­gos y consejeros. El pase inglés después de las tres de la mañana. Pero eso mucho más adelante (cuando estaban los “viejos japoneses” no pasaba). La gente comía en el centro pero el café lo tomaban aquí. Se fue Inoue, su socio; se fue el café y se lleva­ron la fórmula del feca de filtro con espuma. El otro –para mí el más querido– estaba casi esquina Inde­pendencia, también en la cuadra de los números im­pares de Boedo, a pocos metros de la “Pitman” que estaba en los altos de la librería y papelería “Peu­ser”, donde se halla el Banco Supervielle. Ese era el quiosco de mi viejo (que no vivía ahí con toda su familia, como dijo hace poco una escritora eviden­temente mal informada en una nota en el diario Cla­rín. En fin, deslices de las frondosidades de la ima­ginación). Como mi padre no cerraba sino hasta muy tarde le pasaba la posta al fiel Victorino que era del mismo pueblo de Galicia: Nogueira. Victorino so­brellevaba los ronquidos de su asma fumando ciga­rrillos medicinales del Doctor Andreu entre marqui­llas de Commander, Clifton, American Club, Piloto, y los negros más humildes: Tecla o Gavilán. Tam­poco faltaban los toscanos Avanti o Reggia Italiana que hacían las delicias de los tanos inmigrantes que aún luchaban con el castellano. Por ahí caía uno que pedía Chesterfield o Pall Mall, que cuando lo pren­dían aromaba toda la cuadra. Y también estaban mis delicias: caramelos Media Hora, Misky, chocolatines Godet, pastillas Renomé y cuanto pudiera imaginar. Por eso dije que yo no compraba en ningún quisco. ¿Para qué? Aquí lo tenía todo. Y además: ¿con qué? Y con alguna golosina regreso a casa. Mientras len­güeteo un chupetín paso frente a “La Martona”; el “Dante”, donde a veces recala Julián Centeya y donde para la “barra de la goma” de San Lorenzo. La pizzería de don Tranquilo, que cuando los Santos ganan, el domingo por la noche nos dan una por­ción gratis de mozzarella. La peluquería “Los Veinte Oficiales”, llena de asientos, y donde hay que pedir hora para un pelo y barba; y la amplia en­trada del cine “Los Andes”, con toda su magia en continuado, y donde si mañana no hay cole, seguro vengo. Por Estados Unidos no hay tanto tránsito y cruzo confiado. Paso frente al “Gran Boedo” donde se fundó el Boedo Billar Club y donde Carreras y los hermanos Navarra hacen maravillas con el taco. Supero el frente donde estuvo la imprenta de Rañó, y la vidriera de la pequeña armería junto al viejo “Trianón”, que tiene una ventana en la ochava  de San Ignacio, que todos se disputan. Pego la vuelta hacia la cortada, apurado, porque tengo que la­varme las rodillas para ir al colegio. Y cuando lle­gan las vacaciones el viejo me deja estar junto a él en el quiosco. Ahora tengo plena conciencia de la alegría que eso significaba. Me fascinaban los bille­tes de lotería con sus distintos colores y todos esos números. Y había tanta venta que se reservaban. El número de la concesión era el 1617.
Cuando mi padre vino de España, indocumentado, se fue al campo a levantar las cosechas; quiso algo más y se largó para la capital. Recaló en este barrio y aquí puso su primer quiosco, que entonces eran de chapa, redondos, y cuya cupulita remataba en una bola que sostenía una pequeña lanza. “Si compra dos atados le regalamos una caja de fósforos”, Los que tiene “gomita”, o los de cera. Pavada de oferta. Es el tiempo de Rugilo, el león de Wembley. Farro, Pontoni, Martino es la trilogía imbatible. ¡Por fa­vor! Paran en el “Dante”. Hoy me pregunto cuánto valdrían.
Cargando sobre sus espaldas catorce horas diarias de trabajo (“Que si lo comparás con el campo no es nada”, según él) no tenía tiempo para romances pa­sajeros. Así que fue a lo serio. La tarde que una sir­vienta que trabajaba muy cerca de allí se acercó al quiosco a comprar una estampilla, que entonces se vendían en todos lados y que el viejo las tenía en una cajita al lado de las revistas Patoruzú, Tit-Bits, Mundo Argentino, El campeón, Para Ti... El diá­logo: “¿La estampilla es para escribirle a su novio?”, preguntó solemne pero con aire de conquistador, González. “No, señor; es para mi familia en Es­paña”, responde la frágil galleguita. “Yo no tengo novio”, remató. El la miró: delgada, esbelta, feme­nina, dulce. “Muy inocente”, pensó, pero le dijo: “Entonces espero tener el gusto de invitarla a tomar algo cuando usted pueda. Yo también soy soltero”. Y fin. Un día del 36 se casaron y se fueron a vivir a la cortada de San Ignacio. La cortada termina contra el frente de la Casa Balear. En esta callecita está la escuela de las hermanas Maidana, la casa del negro de La Perra, la de Horacio Salgan, la de Pepe Arias. Los aires de milonga cuando hay baile en “la Balear”. Las glicinas. La mejor canchita del barrio por su empedrado parejo. Nadie nos gana. Quiero decir: al CASI, o sea Club Atlético San Ignacio. Chan se conoce todos los piques. El Pocho al arco, defendiendo el Petaca y el gallego Amor; después Nenín, el hijo del quiosquero de Carlos Calvo; el tano Pancho, el flaco Aguja, los hermanos Barrios, el ruso Pedro, Monti, Bartolini y pará que ya esta­mos todos. En el próximo juegan García, Pasante, Miguelito y los demás. Tenemos como doscientos socios con carné de cuero y todo. Dale, saquen del medio de una vez antes que mi vieja me llame a to­mar la leche. Después llegó el tiempo de darle una mano en el quiosco y allí me fui enterando de la historia viva del barrio. Detalles y pormenores, trá­gicos y risueños. Vivir que le dicen. Cuando alguna muchacha venía a comprar una revista y estaba como para mirarla, me quedaba embobado. Entonces el viejo preguntaba: “¿A usted le gustan las muje­res?” “Y... papá... ¡cómo no me van a gustar!”. “Entonces trate de ser hombre, sólo los hombres se casan con mujeres. Solamente una mujer puede hacerlo feliz. Si se casa con una mina, usted no es nada más que un tipo. Luche, no se equivoque”. Y la dejaba picando mientras atendía a un cliente. Así era el viejo, te la decía sin anestesia, cosa de que uno se fuera acostumbrando.  El día que cayó fue porque lo vencieron los fríos de tantas cosechas sin identidad, tal vez la añoranza del terruño que seguiría siendo el mismo pero que había quedado definitivamente muy lejano. ¿Cayó? En una de esas estoy equivocado. No cayó: dijo basta porque supuso que ya era suficiente. Y se fue.
A veces paso por el quiosco que no está –porque ahora es otro– pero que para mí sigue estando: lo veo y me veo. El, extendiendo una mano que busca lo que un invisible transeúnte le solicita; yo, eli­giendo una golosina sin decidirme por ninguna... Que en cuatro metros cuadrados se haya generado tanta vida, a veces me parece que es cosa de no creer.
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Foto: Esquina de Boedo y Carlos Calvo en el 2004, donde se ven algunos de los negocios a los que hace referencia el autor. (Foto rubderoliv).

12 jul. 2011

Vitrolera


(De Joaquín Gómez Bas)

La mersa te junaba desde abajo.
Tu trabajo
era un esgunfio eterno con vitrola.
Si en tu noche, tan sola,
se daba carambola,
enganchabas al punto con biyuya
que te llamaba suya
por el derecho mishio de unos mangos…

 
Rebajé los tamangos
chamuyándote en curda por la yeca
cuando al salir del feca
ibas a apoliyar dura de frío…
Por vos anduve medio chichipío;
como un gil deshojé la margarita…
Y nada más. Para bancar tu hastío
me sobró labia y me faltó la guita.
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Imagen: "La vitrolera", óleo de Carlos Torrallardona.

8 jul. 2011

La editorial Haynes y el diario “El Mundo”


(De Miguel Eugenio Germino)

En el límite Oeste del barrio de Almagro, dado por la calle Río de Janeiro, allí donde hace intersección con Querandíes-Bogotá, inaugura el 29 de diciembre de 1923 el matutino El Mundo su nueva casa.
Era un macizo edificio terminado en significativa cúpula, y sobre ella dos atlantes de piedra sostenían una esfera terrestre de bronce; todo lamentablemente demolido tras la quiebra de la editorial y el remate de sus bienes en 1971.
Sin embargo queda para rememorarlo como testigo que fuera, en la esquina NO, un edificio de similar factura, aunque irreconocible hoy por el injerto de un anexo que se le ha hecho en su parte baja; por aquella época funcionaba allí la Asistencia Pública (sección Oeste).

LOS INICIACIADORES DE LA EDITORIAL
Todo comenzó con una modesta impresora Minerva que tenía arrumbada en su casa un profesor de inglés, quien se la ofrece a Alberto M. Haynes. Éste había llegado a Buenos Aires en 1887 procedente de Inglaterra y se había incorporado a la compañía inglesa de administración de ferrocarriles (empresa que tras la liquidación privatista del presidente Juárez Celman –1886-1890–, adquiere el Ferrocarril Oeste).
De ser una pequeña compañía periodística llegará a convertirse en la empresa editorial que en poco tiempo dejaría una marca indeleble en la edición gráfica nacional.
En el año 1904 nace la primera de sus publicaciones, El consejero del hogar (más tarde El Hogar a secas), una revista de audaz diseño con tapa a tres colores y una atractiva presentación para los medios de entonces. Abordará temas culturales, gustos y costumbres, vestimenta, formas de vida, así como extensas notas “sociales” destinadas al público femenino, en especial de la élite porteña de la época, de alto poder adquisitivo. Su tirada la ubicó por mucho tiempo como la revista argentina de mayor venta.
Pronto la editorial lanzaría nuevas publicaciones, dedicadas a los distintos segmentos de la sociedad, como MundoArgentino que dirigió Constancio C. Vigil (antes de formar su propio emporio de Editorial Atlántida con El Gráfico, ParaTi, y Billiken, entre otras); en 1955 llegará a dirigirla Ernesto Sábato.
Aparecerán Mundo Agrario, Mundo Infantil y MundoDdeportivo. Puede decirse que ambas editoriales, Haynes y Atlántida, cubrían el grueso de las publicaciones destinadas a un público mayoritariamente conformista de los valores de la sociedad de entonces.

EL DIARIO “EL MUNDO”
El 29 de diciembre de 1923 la editorial Haynes inaugura el emblemático edificio mencionado de la esquina de Río de Janeiro y Bogotá, donde se instalan las modernas maquinarias impresoras que más tarde editarán el matutino. Así es como el 14 de mayo de 1928 sale a luz el diario El Mundo, que dejará profundas huellas en la historia del periodismo gráfico local. Dicho estrictamente, aquel día ocurrió su segundo lanzamiento, puesto que hubo una anterior y efímera edición sin éxito comercial que se había publicado entre el 3 de abril y el 12 de mayo del mismo año, al precio de 10 centavos, bajo la dirección de Alberto Gerchunoff.
El nuevo matutino surgirá remozado, con un nuevo y revolucionario formato tabloide, de cómoda manipulación para la lectura en el tranvía (el más difundido medio de transportes de entonces), pleno de fotografías e ilustraciones y con un profundo cambio en el staff, esta vez bajo la dirección de Carlos Muzio Sáenz Peña, el hombre que lo manejaría durante muchos años. El precio de venta bajará a la mitad, 5 centavos. Además instituye novedosamente un premio semanal de mil pesos, en correspondencia a los resultados de los partidos de fútbol de primera división, una especie anticipada del PRODE.
En pleno apogeo del diario, fallece el 21 de junio de 1929 Alberto M. Haynes. Lo sucede su yerno Henry Wesley Smith, quien comandará la empresa hasta el comienzo del gobierno peronista.

LA LÍNEA EDITORIAL
De capitales ingleses y dirigido por ingleses, como no podía ser de otra manera, desde sus páginas se erigió como un sutil defensor de los intereses empresarios de ese origen en la Argentina, aunque con ciertas contradicciones, ya que colaboraron como columnistas del diario personajes tales como Roberto Arlt, que publicó allí sus famosas Aguafuertes Porteñas.
En 1947 se opera un cambio radical en los medios, cuando el gobierno peronista compra los diarios y revoca concesiones de radios, algunas de las cuales fueron entregadas más tarde a empresarios afines al gobierno. El matutino El Mundo y todas las publicaciones de la editorial pasarán a la órbita de la Secretaría de Comunicaciones del Gobierno, agregándose a la nómina Mundo Peronista y la reedición de la legendaria PBT.
Producido el golpe de 1955, el diario continuará un tiempo en manos del Estado, hasta su venta a un grupo empresarial encabezado por radio “Rivadavia”, Minera Aluminé y el Banco de Buenos Aires. A partir de entonces entrará en un período de cambios y sobresaltos, hasta que un fraude financiero coloca a la empresa en situación de quiebra.
En sus últimos años la línea editorial del diario giró hacia un perfil más progresista y fue uno de los pocos que se opuso al golpe de Estado contra Arturo Illia, en 1966. Reflexionaba “Mafalda” en su tira del día después del golpe: “¿Entonces eso que nos enseñaron en la escuela…?”. Landrú, con su Tía Vicenta (suplemento del diario El Mundo), será otro de los que sufrirán la censura del régimen militar.
En sus épocas de apogeo llegaron a trabajar en la empresa cerca de 3.000 personas, entre periodistas, empleados y obreros, siendo una de las más importantes empresas del barrio junto a su vecina IMPA, de la calle Querandíes.

RADIO “EL MUNDO”
Otra de las empresas que abordó editorial Haynes fue la puesta en marcha de radio “El Mundo”. Inaugurada en noviembre de 1935, se constituyó en el primer “multimedios” de la Argentina, con diario, radio y una serie de revistas, toda la gama de medios, considerando que entonces no existía ni la TV ni el Cable.
Para llevar adelante tamaña empresa construyó un moderno edificio en la calle Maipú 555, diseñado especialmente como estudio de radio, ya que contaba con siete salas y dos importantes auditorios, cada uno con capacidad para 500 personas.
La emisora poseía orquesta estable con una variada programación de música clásica, jazz, y tango. Desde allí se irradiaba el famoso Glostora Tango Club y el denominado Radio Show o Radio Espectáculo en vivo, abierto al público oyente.
Trasmitía en directo desde los estadios de fútbol los partidos de primera, y además los distintos encuentros de box. Marcó todo un estilo, desplazando a la competencia, excepto a la acreditada radio “Belgrano”, de Samuel Yankelevich.
Montó la llamada “Red azul y blanca de emisoras argentinas” con 15 repetidoras en el interior del país, y fue a su vez una especie de escuela profesional. Favoreció el lanzamiento al estrellato de muchísimas figuras, como Niní Marshall, Luis Sandrini, Lola Membrives, Zully Moreno, Narciso Ibáñez Menta, y locutores-animadores de la talla de Juan Carlos Thorry, Antonio Carrizo y Cacho Fontana.
Pasaron por radio “El Mundo” las orquestas típicas de Alfredo De Ángelis y Aníbal Troilo, y folkloristas como Atahualpa Yupanqui y Los Chalchaleros. También lo hicieron radioteatros del nivel de Los Pérez García y los auspiciados por Jabón Lux de tocador, donde el espectáculo se mezclaba y se unificaba con la publicidad.
Recién en 1951, cuando aparece la TV, el público oyente terminó de conocer el rostro de aquellas figuras que durante tanto tiempo sólo identificaba por su voz.
La radio, durante muchos años el principal vehículo de conexión con la población, fue instrumento de las sucesivas dictaduras militares que se sirvieron de ella y se encargaron de instaurar la más estricta censura –o bien forzar la autocensura– desde la Secretaría de Radiodifusión. Data del período de la última y más sangrienta de las dictaduras, iniciada en 1976, y hasta hace poco, la Ley de Medios que regulaba el sistema de radio y TV.
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Fuentes:
-Flavio Marque, en http://voluntarios.parquecentenario.blogspot.com/2007/01/la
-Hesz, Enrique G., Caballito, historia del barrio – Marymar, 1988.
-http://www. hcdn.gov.ar/dependencias/cceinformatica/correo%20…
-http://www.turismo530.com.noticia_ampliada.php?id=…
-http;//www.wikipedia.org/Wiki/El Mundo (Argentina)
-Matallana, Andrea, Todo es Historia, nº 464, marzo 2006.
Agradezco la colaboración de Guillermo Ibarra, que me suministró datos y fotografías (M.E.G).

El texto y la fotografía del edificio de la editorial Haynes fueron tomados del periódico Primera Página.

6 jul. 2011

La libertad bajo fuego



(De Miguel Ruffo)

Un episodio poco recordado de la historia de nuestra ciudad que integra la saga de acontecimientos bélicos de aquellos años de revolución.

“El 15 de julio [de 1811] –dice Abad de Santillán– cinco buques de la escuadrilla de Montevideo, a las órdenes de Michelena, bombardearon Buenos Aires durante tres horas; dispararon sin previo aviso 31 bombas y tres cañonazos de bala rasa; a la mañana siguiente desembarcó un emisario que intimó el levantamiento del sitio de Montevideo, dando dos horas para la respuesta; en caso contrario continuaría el bombardeo hasta destruir la ciudad y sus inmediaciones. El gobierno patriota respondió enérgicamente rehusando toda negociación, pero el bombardeo no se reanudó y Michelena se retiró con sus buques el 17 por la mañana”. Tal es sucintamente la descripción de una parte del hecho. Para comprenderlo en toda su dimensión debemos trascender el aspecto fáctico e internarnos en el análisis conceptual de la situación de los frentes de guerra en el Río de la Plata hacia 1811.
Después de la Revolución de Mayo, uno de los primeros problemas que tuvo que enfrentar la Junta de Buenos Aires fue que su autoridad fuese acatada en el conjunto del espacio político que constituía lo que empezaba a ser el ex-virreinato; de allí las expediciones político-militares al interior. Una de ellas es la expedición a la Banda Oriental, en la que comenzó a destacarse la figura de José Gervasio Artigas.
La Revolución de Mayo, urbana por su forma, hubo de promover en la otra banda del Plata una revolución rural, ya que Montevideo, que era una importante base naval realista y la única ciudad amurallada de la región, se había pronunciado contra la Junta de Buenos Aires y había adherido al Consejo de Regencia. Sublevada la campaña oriental, Montevideo fue sitiada por las fuerzas de Buenos Aires. Sin embargo, la neta superioridad naval de aquella ciudad expuso a la capital del ex-virreinato al bombardeo enemigo desde el río. Los buques de guerra de los realistas se aproximaban a las costas de Buenos Aires y la bombardeaban.
Entre tanto, en el frente del noroeste, la victoria de Suipacha (1810) se había diluido con la derrota de Huaqui (1811) y el norte quedó expuesto a las incursiones de los realistas. En el noreste, es decir, en el Paraguay, el revés de Belgrano en Tacuarí (1811) determinó la pérdida de esa intendencia. A esta situación crítica, desde el punto de vista militar, se le deben sumar las luchas entre morenistas y saavedristas en el frente interno, que terminarían provocando la crisis y disolución de la Junta Grande y la formación del Primer Triunvirato (septiembre de 1811), cuya personalidad dominante fue el secretario Bernardino Rivadavia. Se había ordenado a Belgrano que en el norte retrocediese hasta Córdoba; mientras una revolución en Asunción –y la consiguiente formación de una Junta– disgregó la posibilidad de que el noreste fuese también un frente de guerra. Para incrementar la complejidad de la situación militar, el imperio de Portugal-Brasil invadió la Banda Oriental para auxiliar a la sitiada ciudad de Montevideo. ¿Qué hacer ante la rebelde ciudad puerto de la otra banda del Plata?
“El 20 de octubre [de 1811] –continúa Abad de Santillán– se concertó un armisticio, que establecía, entre otras cláusulas: ‘Ambas partes (…) no reconocen ni reconocerán jamás otro soberano que el señor don Fernando VII; la Junta reconoce la unidad indivisible de la nación española; Buenos Aires remitirá a España a la mayor brevedad los socorros pecuniarios que permita el estado presente de sus rentas; las tropas de Buenos Aires desocuparán la Banda Oriental del Río de la Plata hasta el Uruguay sin que en toda ella se reconozca otra autoridad que la del virrey [se está refiriendo al último virrey del Río de la Plata, Francisco Javier de Elío, que gobernaba en Montevideo]; los pueblos de Arroyo de la China, Gualeguay y Gualeguaychú quedarán sujetos al gobierno de Elío’”.
Mientras las fuerzas de Buenos Aires se retiraban y se levantaba el primer sitio de Montevideo (1811), las de Portugal-Brasil debían evacuar los territorios ocupados en la Banda Oriental. Este armisticio, que no fue del agrado de Artigas, daría origen al exilio del pueblo oriental, que siguió a su caudillo al campamento del Ayuí en Entre Ríos. Aquí se inician las discrepancias entre Artigas y Buenos Aires. La compleja situación militar se revirtió con los triunfos de Belgrano en Tucumán (1812) y Salta (1813) y de San Martín en San Lorenzo (1813). Montevideo sería sitiada por segunda vez en 1812-1814 y su caída en el último de los años mencionados sellaría de hecho la independencia del Río de la Plata.
El bombardeo de 1811, las incursiones de fuerzas navales realistas en 1812-1813 en el río Paraná y el desembarco en costas santafesinas, derrotado por San Martín, operaron como factores que indujeron al gobierno de Buenos Aires a formar una flota patriota. Esa flota estaría comandada por el Almirante Brown, quien en el combate del Buceo (1814) derrotaría a la realista y bloquearía a la Montevideo sitiada. La caída de esta en 1814 alejaría los frentes de guerra de Buenos Aires. La ciudad capital podía respirar tranquila.
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Imagen: Plano de Azara de la ciudad de Buenos Aires  (1800).
Material tomado del periódico Trascartón.

5 jul. 2011

Batimento sobre el chamuyo arrabalero


(De Last Reason)

Hace una punta de días que un amigo tuvo la gentileza de enviarme un recorte de La Prensa con recomendación de que le diese juego al naipe sobre el tema del artículo, que se titulaba “Invectiva sobre el arrabalero”. No lo leí, pero me hice promesa de apuntarme un poroto en cuanto me faltara tema. ¿Quién era este fulano Jorge Luis Borges que se permitía el lujo de escupirnos el asado a los que chamuyamos la parla de la gente rea?  ¿Con qué derecho un fifí de La Prensa entraba al baile de alpargata dispuesto a voltearnos el candil? ¡Juna gran perra, ya vería el muy careta lo que se gana metiendo el dedo donde apenas caben alfileres! Y hoy, después de una semana, cacho el recorte y leo que mi nombre va prendido en el deschave y que se me unta el lomo con saliva, tal vez para que no ensille el de correr y le perdone la davi al de la invectiva. ¡Cha que te vas a ir sin cenar saliendo como carrito! El tal don Jorge Luis Borges se desabrocha y apunta contra el chamuyo sensa grupo que bate el justo desde donde empieza a echar mal olor el Maldonado hasta donde el Riachuelo jiede a perro muerto y la quema embalsama el ambiente con sus miasmas de miseria y de basura corrompida. Razona, analiza, juzga y nos condena.
¡Pero si es natural! Lo malo es que de puro guapo ni quiere darnos cana y nos absuelve por desgraciaditos. En lugar de tirar la bronca y fulminarnos con una contundencia altisonante, el hombre sonríe, escupe por entre los dientes y nos concede más beligerancia que la que se pudiera dar a un cuzco que se mata al sol las pulgas enseñando desvergonzadamente todas sus perrerías antiestéticas. Más aún, hasta nos niega nuestra triste condición de de perros flacos pero auténticos y declara que si la vamos de cuzcos lanudos es sólo darnos dique de que alzamos la pata a la moda de los dogos que muerden a la policía. Me gusta la guapeza del mocito. No le pego, lo saludo. Ha visto bien el hombre. La mitad de los que se echan el funghi a los ojos lo hacen por pura compadrada, por darse corte de bacanes a la gurda, por disfrazar su mishiadura de gilitos, con el saco abrochado abajo de los matones que shacan a las namis y asustan a los tanos en la puerta del boliche. Hay un mistongo lujo de ahuecar la voz y de llenarse la boca con aspamentos de guapos tipo Vacarezza. Hay un  ranfañoso togas de guapear de pogru, de engrupir a los otros y a sí mismos de hombrearse alzando un hombro y estirando la jeta hacia adelante. El gato, el otariún, el pipistrello, el vichuzo, el hortera, el cagatintas, el fifí, el botarate de colegio nacional; todos los tipos sin personalidad o con personalidad fulera, se recuestan al patrón de compadre que el sainete agiganta y el tango adorna y ennoblece con su melodía. Es curioso pero es muy humano. Lo amorfo, lo infeliz, lo carente de vigor para cuadrarse con gesto propio ante la correntada que se nos viene desde Europa, se respalda en lo malo, en lo infecto, en lo que está podrido pero se aguanta tieso y ceñudo, imponente y trágico, bravío y brutal parado en una esquina, con la zurda lista para el brollo y la derecha amagando la cintura. Y como el camino más fácil para doctorarse de gaviones, es de dar exámenes orales, por ahí agarran todos y atropellan al chamuyo arrabalero, orgullosos de haber cursado al trote el bachillerato y de ejercer sin patente la profesión honrosa de muchos tauras y ranunes. Hasta aquí, la tiro en yunta con Luis Borges y bronco con él contra el montón de falsos reos que se van de boca al batimento rantifuso por puro berretín de trovarse chomas de la noche a la matina. Que la parle así quien sienta subirle al pico las parolas; que la chamuye en orre quien no encuentre en la castilla lo necesario para spiantar de adentro lo que le duele; que quien mamó la chele agria del suburbio siga escariando copetines de a cinco y le juegue al burro un boleto por carrera, pero los que nunca supieron lo que es dormir de a cinco por bulín, ni fueron al colegio de doña Ranfañosa, ni escucharon la voz sombría de la miseria aconsejarles guardar la mugre como abrigo, esos, que se dejen de amolar la paciencia y sigan el camino de asfalto y hablen como los enseñó la mamá que les dio la teta.
Y si se me preguntara, por qué  yo, que no he nacido reo ni he cursado en el arrabal mis primeras letras de guarango; si se me preguntara por qué yo la parlo al vesrre y le juego cada mula tremenda a la gramática, y le ensucio el laburo a la Academia, entonces yo diría: Amigos, hay en la pobre gente que chamuya mal y feo, mucha gente que es buena, y que sufre, y que no comprende otro idioma que el tosco y rudo idioma suyo. El periodismo debe saber llegar a todas partes con su voz políglota de batidor sensa pelos en la lengua; y yo que me hice periodista para ver de encontrar acentos nuevos y llegar bien al fondo de los corazones yo hablo así porque adivino que así me arrimo más al alma torva y triste del suburbio y acaricio sus greñas sin gomina con mi espíritu alegre y dúctil de loco de verano. El arrabal es algo más y vale mucho más que lo que de él se supondrán quienes sólo lo conozcan de renombre. Allí la vida es vida; allí se sufre más, se quiere más y se pelea más por el bullón y la catrera, por el amor y por el trago. Miseria, sí, pero miseria con relieves que piden a gritos un mármol o un pincel. Odios y amores que se estrangulan en silencio y cuando estallan dejan marcas de sangre en la vereda. Y enamorado de ese aspecto vigoroso del arrabal que chamuya sin arte pero con alma, yo me puse a hablar de su lengua, en su idioma, en su bizarra germanía; no por capricho, sino por afecto, por cariño, por piedad.
No estoy valorizando mi persona. No le estoy dando lustre a mi pseudónimo. Explico un caso inexplicable para quienes me conozcan en lo que soy fuera del diario. Y termino conmigo y sigo con Luis Borges: Viejo, tu artículo tiene muchas cosas verdaderas, pero concluye con un paso de través. Hermano, erraste el saque al decir “que sólo hay un camino de eternidad para el chamuyo arrabalero, y ese camino es la pluma de otro Hernández que nos escriba la epopeya del compadraje y plasme en uno solo la diversidad de sus individuos”. ¿Y el tango, viejo, y el gotán? Pensalo bien, che, Jorge Luis. Pensalo, y vas a ver cómo te darás cuenta de que la epopeya del arrabalero está ya escrita en la letra mala de los tangos y en la melodía gangosa y doliente, sensual y penetrante que van llorando y riendo por ahí los organitos y los fuelles milongueros.
Hasta más ver, che viejo, y chocala sensa aspamento que todos hemos sido pobres.
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Imagen: Tapa de libro "A rienda suelta" (Editorial El Jagüel)
Tomado del diario Crítica del 18 de junio de 1926.

El “Castillo del Ombú” de Barracas


 (De Mabel Alicia Crego)

El barrio de Barracas tiene sus rincones ocultos y una belleza arquitectónica muy particular que a pesar de los años aún conserva (en algunos casos en ruinosas condiciones) edificaciones de más de 180 años, que la desidia y poca importancia que le damos a nuestra historia, no ha mantenido.
Un caso es el “Castillo del Ombú” cuya construcción fue ordenada antes de las invasiones inglesas. Situado en la calle Brandsen al pie del terraplén del ferrocarril Roca, la leyenda dice que allí vivió el virrey Sobremonte y posteriormente en la época de Rosas fue cuartel de Cuitiño.
 Nos cuenta el historiador de Barracas Enrique Horacio Puccia en su libro “Barracas en la historia y en la tradición” que  la plaza Virrey Vértiz fue antiguamente quinta de verduras y el propietario de este predio, el señor Gregorini, integró la firma Gregorini- Crespo.
Esta empresa tuvo a su cargo la pavimentación de muchas calles de Barracas.
En el breve lapso que el señor Crespo ocupó la Intendencia municipal, fue secundado por dos vecinos de destacada actuación política: el coronel de intendencia don Antero Carrasco y el señor Eduardo P. Durán.
Parece ser que familiares del señor Crespo habitaron a fines de siglo “el castillo” con un enorme ombú al frente, al pie del puente del ferrocarril.
Algunas versiones expresan que tal mansión fue erigida como morada del virrey Sobremonte y su familia,  otros la ubican  como cuartel de Cuitiño durante el mandato de Rosas. Lo cierto es que la construcción fue ordenada por un acaudalado caballero de pura prosapia castellana, don Anselmo Sáenz Valiente en el año 1806, alcalde de segundo voto y miembro del Cabildo de Buenos Aires. Por aquel entonces Buenos Aires era la Capital del Virreinato del Río de la Plata y contaba con una población de 25.000 habitantes. En el año 1790 se había casado con Juana María de Pueyrredón Dogan, hermana del prócer del mismo apellido y una de las más admiradas mujeres de su época, no sólo por su belleza, sino por su distinción,  generosidad y patriotismo.
La mansión mostraba en sus muros el escudo de armas de la familia y poseía un lujoso moblaje, valiosas pinturas y delicadas ornamentaciones traídas de Francia. Fue escenario de brillantes reuniones sociales a las cuales asistían lo más destacado de la sociedad porteña (solamente se interrumpieron en la era rosista).
En los vastos terrenos de la propiedad, uno de los descendientes, el señor Bernardo Sáenz Valiente y Pueyrredón (su padre había fallecido en 1815) “guardaba sus potros chilenos de sangre árabe, los más hermosos y piafantes del Buenos Aires de un siglo atrás”, según lo expresa Adolfo Mitre.
Después de Caseros, las fiestas se reanudaron en la mansión con todo su brillo anterior.
Ya en la segunda década de este siglo, lejos de su pasado esplendoroso, “El Castillo del Ombú” como lo denominaban los vecinos, sirvió de morada a familias de humilde condición y luego a los peones del Ferrocarril del Sud, de cuya empresa pasó a ser propiedad hasta que fue demolido en abril de 1941. Pronto desapareció también el ombú,  testigo mudo de aquel brillante pasado. 
Hoy sólo queda en pie el muro que rodeaba el solar de la residencia, con una portada importante y dos puertas de rejas. Funcionaba allí la estación Sola del Ferrocarril Roca, que en el año 1880 adquirió los terrenos ubicados entre las actuales calles Suárez, Pinedo, Australia, Perdriel  hasta Vélez Sarsfield.
Se instaló una estación de cargas, compuestas de seis galpones y varios talleres destinados para pintura y reparación de vagones, que llevaba el nombre antiguo de la calle Sola. En 1886 fueron trasladadas a este lugar otras instalaciones que la empresa tenía en Avellaneda (Barracas al Sur). Cuando se construye el terraplén actual, la conexión entre el ramal principal y la estación se interrumpe y para mantener su utilidad se hace necesario el tendido de una vía que cruce el Riachuelo. Actualmente varios de los galpones son utilizados por empresas camioneras de transporte con depósito y espacio de carga y descarga. Envío y recibo de mercaderías y también almacenamiento de contenedores navieros. 
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Fuentes:
Barracas en la historia y en la tradición  de Enrique Horacio Puccia  G.C.B.A.
Puentes y ferrocarriles de Barracas  de Luis O. Cortese.
La calle de los locos  de Enrique H. Puccia.

 Imagen: Escudo del barrio de Barracas.
 Nota tomada de www.barriada.com.ar

1 jul. 2011

De los estaños


(De Juan Carlos Lamadrid)

Voy a cantar por milonga
a los estaños porteños;
milonga toda de historia,
de contrapinta y de sueños.

El Sur estaba de guapos
y el Norte de mozos reos,
mi Barrio Flores ardía
de Julietas y Romeos.

El Este se amontonaba
de picarones centreros;
tras el frú-frú de las minas
tranqueaban los cadeneros.

Lindo tiempo de cantores,
contradanza de este tiempo
volteador de los estaños,
¡de árboles y de sueños!

“La Estrella”

I
En el estaño “La Estrella”
don Ángel Introzzi, un púa,
flor de tano, aguantiñaba
las mangas y los mamúas;

todos éramos muchachos,
tal vez haya perdonado
las bravatas inocentes,
lo bebido y lo bailado;

a pulmón en el invierno,
cuando a carlón y a buseca
la farra fallaba al oro:
seca, seca: ¡siempre seca!

Son cosas de los estaños,
de poetas y varones.
El Hombre, el Vino y la Noche
se juntan por tres razones.

La primera es la aventura,
la segunda es la amistad
y la tercera es más grande:
¡es pura casualidad!
 
II
El café costaba quince.
Todos éramos cachorros
y nuestros amigos eran
obreros, giles y chorros.

Esa era la clientela
del café “El Germinal”,
¡cuántos de aquellos muchachos
habrán terminado mal…!

La orquesta arrancaba en firme
a las siete de la tarde
y el tango daba su misa:
La Mina, el Guapo, el Cobarde.

Así andaba entreverada
la paloma adolescente;
Simón en  la recalada,
Borges, en Luna d’Enfrente.
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Imagen: Frente del café "Dante" de Boedo, hoy desaparecido.
Tomado de la antología Breviario de poesía lunfarda, Bs. As., 1994.