31 ene. 2012

Mujeres del tango


(De Roberto Selles)

DELIA, LA QUE NO SUPO CAMBIAR
Varias deben haber sido las damas que pusieron su cuota de amor en la vida del bandoneonista Eduardo Arolas (Lorenzo Arola, por vero nombre, Barracas, Buenos Aires, 24 de febrero de 1892 – París, Francia, 29 de setiembre de 1924), pese a que esa vida no sobrepasó los treinta y dos años. Entre tales nombres, quedaron los de Alice Lesage -con la que viajó a París en 1920 y a la que dedicó su tango Alice-, Flora Merino -un romance de su estadía madrileña, en 1924-, Bernadette -de cuyo apellido nadie tiene memoria, que era bailarina del cabaret “Le Perroquet” y fue su última relación amorosa- y retrocediendo en el tiempo, Delia López, que le inspiró su tango Delia en 1913.
Un año antes, el músico se encontraba en la bonaerense ciudad de Bragado. Había sido contratado para tocar con su trío -que se completaba con los violinistas Rafael Eulogio Tuegols y Ernesto Federico Zambonini- en un prostíbulo; por aquellos tiempos, no pocos de esos lugares solían ser, a la vez, sitios de baile. La mencionada Delia era una de las chicas que allí trabajaban. Pero esa realidad no fue óbice para que Eduardo y Delia vieran sus corazones atravesados por la flecha de Cupido en cuanto cruzaron sus miradas.
Eduardo regresó a Buenos Aires en compañía de Delia; ella había prometido no volver a su vida anterior y él la instaló en su hogar. Un año después, él se inspiraba en ella para un tango que, no por nada, tituló Delia, publicado con una carátula que reproducía estas palabras: “Delia, tango regalón para piano, por Eduardo Arolas”, con la dedicatoria “A mi amiguita Delia López”. En ella, se ve un rostro femenino obra del propio autor, que también era dibujante, y que, obviamente, nos devela las facciones de su amada. También le dedicó otro tango, Nariz, en cuya partitura original rezaba: “A mi más querida y estimada amiguita, Delia López”. El título tiene su razón de ser. A Delia solían llamarla “La Chiquita” -apodo que parece develar su estatura-, pero también, en un sentido jocoso, le decían “Nariz”, puesto que tenía el hábito de “afilarse” esa parte del rostro con el pulgar y el índice. Delia fue grabado por la orquesta de su autor en 1913 o 14, mientras que a Nariz no lo llevó al disco.
La vida venía sonriéndoles al compositor y a la muchacha de Bragado. Pero esa sonrisa se apagó un día de 1919. Fue cuando… El testimonio de nuestro amigo, el escultor Pedro Landetcheverry, pariente de Arolas a través de su abuela materna -prima de éste- puede narrar el resto, tomado de fuentes familiares: “Según mi tía Concepción, Eduardo tenía una novia llamada Delia. Cuando volvió de su primer viaje a Francia, fue su decepción; había descubierto que su hermano Enrique tenía relaciones con Delia. Y volvió a irse”. A veces, la tradición oral suele confundir los hechos; las circunstancias cronológicas nos dicen que no fue tras ese viaje sino luego de otros que realizó en 1919. Durante ese año, Arolas llevó a cabo una gira por cines del interior bonaerense y es muy probable que a su regreso se haya puesto al tanto de la cruda realidad, ya que el 7 de agosto estaba tocando en Montevideo con el quinteto Arolas-Warren, formado con el uruguayo Carlos Warren. Y aquí corresponde aplicar el “volvió a irse” de la tía de Pedro.
Ahora bien, Delia pasó a vivir con Enrique -guitarrista y letrista- y tiempo después, les nacería un hijo. El engañado decidió, entonces, poner distancia entre la que no supo cambiar y el hermano traidor. En Montevideo, pasó sus días en una piecita de la esquina de Julio Herrera y Obes y Canelones, y sus noches, tocando en las llamadas “pensiones”, que eran bailes con sus cuartos al fondo, en los que no se bailaba, precisamente. Y aunque le resultó duro olvidar a Delia -lo cual lo arrastró a su afición por el alcohol-, conoció a Alice Lesage, con la que, en 1920, viajó a la capital francesa. Tras la ruptura con Alice, regresó a Montevideo, a inicios de 1921, pero no quiso volver a pisar Buenos Aires, y actuó allí en los cafés “Au Bon Jules”, “Zunino” y “Welcome”. Desde el puerto montevideano se embarcó nuevamente rumbo a Francia, en 1924. Allí hubo otros romances, como quedó dicho y la temprana muerte a las 18.55 del 29 de setiembre de 1924, en el Hospital Bichat, ubicado en el número 39 del Boulevard Ney con un informe del deceso que aseguraba la causa con estas palabras: “Diagnostique: tuberculose pulmonaire” (diagnóstico: tuberculosis pulmonar). No obstante, es mucho más romántica la versión de un Arolas muerto a raíz de una golpiza de los “maquereaux” parisienses por intentar quitarles a la ya nombrada Bernadette.
 Había intentado regenerar con el amor a una segunda mujer. Y -si creemos en esta última historia- esta vez, las consecuencias fueron fatales.

¿QUIÉN ERA MILONGUITA?
El 12 de mayo de 1920, se estrenaba el sainete de Samuel Linnig y Alberto Weissbach Delikatessen Haus (Bar Alemán). En él se incluía el tango Milonguita, que acababan de componer Enrique Delfino (música) y el citado Linnig (letra). Lo entonaba la actriz María Esther Podestá y poco después, era llevado al disco por Carlos Gardel, lo que le otorgó perenne popularidad.
“¿Te acordás, Milonguita? Vos eras/ la pebeta más linda ‘e Chiclana”, decía la letra, pero ¿existió la inspiradora del célebre tango..? Para comenzar, se sabía su nombre real, según develaban sus versos; “Estercita,/ hoy te llaman Milonguita”. Fue así como José Barcia intentó dar con el apellido de Estercita. En principio, recogió varios testimonios que no aclararon gran cosa, hasta cruzarse con el doctor Miguel Pisano, que le informó: “Milonguita fue una criatura corpórea, llamada Esther o María Esther Torres, con domicilio, por los días en que apareció el tango, en Chiclana”.
A raíz de tal investigación, Ricardo Martín Llanes envió a la Academia Porteña del Lunfardo una comunicación en la que aseguraba que, por 1922 o 23, un señor Pereyra le había aportado otra información. Dijo haber conocido a la célebre protagonista del tango, cuyo domicilio correspondía a Chiclana y 24 de Noviembre. En 1966, Llanes se llegó hasta esa esquina, donde una vecina le informó que la muchacha se llamaba María Esther Dalton y su domicilio exacto estaba en el 3148 de Chiclana.
El asunto estaba aguijoneando a los investigadores porteños. En ese mismo año y en otra comunicación a la citada academia, Juan Carlos Etcheverrygaray afirmaba que la heroína tanguera se llamaba, realmente, María Esther Dalto y no Dalton, y había fallecido el 10 de diciembre de 1920, en Chiclana 3148, de meningitis, a la temprana edad de quince años. Tal precocidad para una cabaretera levantó sospechas acerca de la identidad del personaje…
En efecto, cuando, el 27 de agosto de 1972, Francisco García Jiménez publicaba en La Prensa un artículo en el que recogía la información citada, un tal señor Guillermo Durante, que se decía amigo de la infancia de la desdichada jovencita, protestó airadamente en carta a ese matutino porteño. Durante negaba rotundamente que su antigua amiguita hubiera sido una chica de cabaret.
A esas alturas, todo parecía indicar que la auténtica musa del tango nunca había tenido carnadura real. No obstante, dos décadas más tarde, nos topábamos con el recorte de una breve nota aparecida en el mismo diario La Nación, cuya fecha no pudo precisarnos la persona informante. Se titulaba Milonguita y no venía firmada. En ella, podía leerse: “Ni María Esther Dalton ni María Esther Torres fueron 'Milonguita'. ¿La verdadera? Esther Kerzberg, compañera de juegos de Samuel Linnig (autor del célebre tango), cuando ambos eran niños. Esther Kerzberg murió en plena madurez. Su tumba está en el cementerio judío de Avellaneda (Agüero y El Salvador, Villa Dominico)”.
Todo parecía ahora más claro. Esther es nombre judío, ya citado en el Antiguo Testamento, y lo mismo puede decirse del muy divulgado María. Por supuesto, esto no nos asegura que Milonguita fuera realmente judía, aunque muchas muchachas de esa procedencia haya habido en la trata de blancas de nuestra ciudad, desde los días de la Aschkenasi y la Varsovia, redes tenebrosas nacidas en los albores del siglo XX y luego  continuadas en la Askenasum y la célebre Zwi Migdal. Por otra parte, el artículo no ofrecía ningún aval.
Y bien, ¿era Milonguita Esther Kerzberg? Es probable. De todos modos, la investigación sigue en pie. ¿O realmente, Linnig se habrá llevado el secreto a la tumba..?

LA VERDADERA MADAME IVONNE
Leyendo El gran Troilo, de Horacio Ferrer, nos enteramos de que, cierta vez, se encontraba este autor en el parisiense café “Le Morvan”, cuando se le acercó una mujer y le dijo ser la madame Ivonne del tango. Esa lectura nos hizo recordar que, allá por los años finales del decenio de 1980, nuestra amiga Josée Marie Utard, a la que llamábamos La Francesa, porque lo era, nos refería haber conocido a un señor que se identificó como hijo de la inspiradora de ese mismo tango. Podría sospecharse que si uniéramos ambas historias llegaríamos a la inspiradora de Madame Ivonne. Pero no…
Le contaba Eduardo “Chon” Pereyra, el compositor de esa página -la letra es de Enrique Cadícamo-, a Ernesto Segovia -nombre tras el que se ocultaba el bueno de León Benarós-: “Cuando yo escribía composiciones como Madame Ivonne, los editores y mucha gente me decían que no escribiera tan difícil, que escribiera más fácil. Quizás, en mi medida, me estaba adelantando a mi tiempo. Ahora se escriben cosas avanzadas, con una inquietud que yo ya tenía entonces”.
Era el prologuito para develar cómo había nacido dicha obra: “El tango Madame Ivonne -continuaba Pereyra- está inspirado en la Rapsodia Nº 2 de Liszt. Yo tenía 10 o 12 años, usaba pantalón corto cuando estudiaba la famosa rapsodia en el piano. Había comprado la partitura por un peso con veinte centavos, y me lo pasaba embelesado con la composición aquella. Así fue que, muchos años más tarde, cuando compuse Madame Ivonne, utilicé el primer compás de la rapsodia. Después, ya me aparto y hago lo mío, algo que está de acuerdo con aquel comienzo”.
¿Y la inspiradora de la obra..? Con aquellas palabras que pronunció “El Chon” ante Benarós en el hoy lejano 1963 llegaremos a saber quién fue realmente: “La gente cree que inevitablemente debe haber una mujer de por medio en composiciones como ésta. No hay tal cosa”. Pero no nos desalentemos; seguidamente, Pereyra aclara: “En realidad hubo, sí, una mujer, pero no con el sentido que casi todos imaginan”.
Parece tratarse de un enredo verbal. No obstante, el compositor pone pronto las cosas en claro: “La mujer del tango no fue un viejo amor mío sino, sencillamente, la que me cobraba la pensión en Montevideo, durante el tiempo en que viví en aquella ciudad”. Y llega, por fin, la aclaración: “Vivía yo en una pensión, en la calle Ciudadela al 1400 y pico. La dueña era una señora francesa, de nombre Louise, y la administradora también una francesa, de nombre, precisamente, Ivonne”.
Pero no es ése el final. A Pereyra, que se ganaba la vida tocando el piano, se le había infectado un dedo y le resultaba imposible trabajar. Pasaba el tiempo, el dedo no sanaba e Ivonne se veía obligada a reclamar el alquiler ya vencido. “Le pagaré inmediatamente en cuanto pueda volver al piano”, fue la respuesta. No sabemos qué excusa habrá puesto ante madame Louise, pero la mujer se las arregló de alguna manera para poder ayudar el pobre Pereyra.
Por fin, curado el bendito dedo, el pianista pudo volver a trabajar y saldó lo adeudado. Cuando llegó el momento de regresar a Buenos Aires, “El Chon” no olvidó la solidaridad de aquella dama. De modo que quiso agradecerle con un tango. “Por supuesto, no le dije -no me gusta hacerlo- que le dedicaría ese homenaje”, aclaró. Lo tituló Madame Ivonne, por supuesto, y se lo confió a Cadícamo para que lo versificara… “Inventó entonces -seguía rememorando Pereyra- otra Madame Ivonne, aquella que se enamoró de un argentino ‘que entre tango y tango (sic) la alzó de París’. Hizo un precioso poema. Yo no lo trabé en su libre albedrío”.
A estas alturas, el lector debe estar decepcionado. Pero ésa es la realidad. En suma, madame Ivonne, la musa, no era la que “con ojos muy tristes” bebía su champán en Buenos Aires, recordando a “aquel argentino/ que entre tango y mate la alzó de París” sino una ignota y buena casera de una pensión perdida en Montevideo. De todos modos, siempre nos es grato volver a escuchar al inmenso Carlos Gardel, que lo grabó el 6 de noviembre de 1933 -¿es preciso decir que como nadie?-, cuando arranca con “ ‘Mamuasel’ Ivonne era una pebeta/ que en el barrio posta del viejo Montmartre…”.

¿QUÉ HABRÁ SIDO DE LUCÍA?
Nuestro inolvidable amigo Leopoldo Díaz Vélez, letrista, compositor y cantor, que, como tantos otros amigos, nos aventajaba en muchos años -gracia que supo brindarnos el tango- fue autor -ya como músico, ya como letrista- de no pocas páginas de gran repercusión. Entre ellas, ¿Quién tiene tu amor?, su gran éxito, grabado por Elsa Rivas, Alfredo De Ángelis, Ángel Vargas, Los Panchos, Chucho Avellanet, Ráfaga y tantos otros. Pero, además, también de enorme difusión, Muchachos, comienza la ronda -originalmente, Muchachos, se armó la milonga-, Entre tu amor y mi amor, Si es mujer, ponele Rosa, La milonga y yo, y para no continuar con las citas, ¿Qué habrá sido de Lucía?  
A propósito, el 6 de noviembre de 1947, Alberto Marino, acompañado por la orquesta que dirigía Emilio Balcarce, llevaba por primera vez al disco el tango que había compuesto ese director con letra de Leopoldo titulado ¿Qué habrá sido de Lucía?
Leopoldo, que, dicho sea de paso, era descendiente de un héroe de la Independencia, el general Eustaquio Díaz Vélez, nos refirió cierta noche, en el café “Tortoni”, cómo había nacido, poco tiempo antes de esa grabación, aquel tango: “Lucía existió realmente. Se trataba de una chica que, junto a otras compañeras, viajaba desde el Bajo Belgrano hacia Flores, en el ómnibus 63.  Por mi parte, utilizaba esa misma línea para ir al correo, en Juan Bautista Alberdi y Azul, donde por entonces trabajaba. Algunas de ellas y yo debíamos bajar en Azul y Rivadavia, de modo que solíamos conversar bastante durante el trayecto.
“Un día, Lucía dejó de viajar. ‘¿Qué habrá sido de Lucía?’, pensaba para mí, de manera que le pregunté, finalmente, por ella a una de las chicas. La respuesta fue que no tenía noticia alguna. Por mi parte, no me quedó más alternativa que seguir pensando ‘¿qué habrá sido de Lucía?’. Y ahí estaba la cosa, porque el repetido interrogante me dio el tema y el título para versificar una melodía que Balcarce me había entregado poco antes”.
Los versos no demoraron en surgir: “¿Qué habrá sido de Lucía,/ que era tan rubia, que era tan mía?/ ¿Qué habrá sido de Lucía,/ que no la vi nunca más..?”. Pero eso no bastaba; las palabras “que era tan mía”, una simple necesidad de rima, le dieron el pie para esa continuación. Seguía narrándonos Leopoldo: “Jamás tuvo lugar un romance con la tal Lucía, aunque no me faltaban ganas de que hubiera ocurrido. Lo real es que desapareció un día y el resto fue producto de mi fantasía. Era preciso condimentar la letra. Por eso escribí cosas como 'Fue un paisaje de novela nuestro querer,/ tema humilde y sensiblero;/ un pedacito de cielo/ en sus ojos pude ver'”.
Además de aquella inicial de Marino, el tango tuvo otras grabaciones a lo largo del tiempo, como la de José Basso con la voz de Carlos Rossi en 1969, la de Rubén Juárez en 1980 o la de Hugo Araujo en 2010. Volviendo a Marino, hubo una coincidencia entre el letrista, el compositor y el primer intérprete de la obra. En los días finales de 1930, Díaz Vélez, que también era cantor, había integrado, en calidad de tal, la orquesta de Balcarce. Lo hizo en reemplazo de Alberto Demare, un pronto olvidado intérprete, al menos a través del nombre, porque el tal  Alberto Demare se llamaba realmente Alberto Marinaro, es decir, el mismo que se conoció luego como Alberto Marino. En 1947, ¿Qué habrá sido de Lucía? volvía a reunirlos con motivo de un tango que tuvo su momento de popularidad y que, vuelta a vuelta, volvió a ser grabado.
Aquel tango que finalizaba con una simbiosis de realidad y fantasía que le dio el toque necesario para el éxito que obtuvo: “¿Qué habrá sido de Lucía,/ tan mía..?/ ¡Y tanto como la amé!”.
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Imagen: Partitura de Delia, tango de Eduardo Arolas.

28 ene. 2012

Sobre tus mesas que nunca preguntan


(De Eugenio Mandrini)

Hay dos clases de bares.
Los que están demasiado iluminados, los ostentosos de luz, cuyos dueños parecieran haber firmado un pacto con el sol del mediodía, porque no hay ni un miserable rincón de penumbra donde se cobije el misterio, y por eso nunca entrará allí un auténtico porteño de esos que, como aquel viejo reo de Transilvania, está siempre ansioso de hincar el diente en la yugular de la noche. Bares sin alma a los que sólo se va a pasar el rato.
Y los otros. Mis bares. Los nuestros. Esos donde allá, bien al fondo, en la esquina de la sombra, hay siempre una mesa dispuesta para algún solitario con su cara de otoño. Esos bares donde los domingos, a eso de las seis de la tarde, invariablemente, entra la muerte a convencernos de que no hay una vida mejor, pero sale derrotada porque allí dentro todos somos un poco Dios. Esos bares donde no se le niega la entrada a perros vagabundos, vendedores ambulantes o cualquier otro náufrago sin mar o Robinson sin isla. Esos bares en cuyo techo neblinoso habrá siempre una araña obsesiva y poética empeñada en tejer la trampa en la que ira a caer la soñada mosca blanca. Bares, esos, con un aura de tiempo, de leyendas, de fantasmas amados que perviven entre esa heterogénea fauna de tipos con un poco de locura en las ojeras (como la de aquel mozo que, en un bar de Cochabamba y avenida La Pata, a pocas cuadras de lo que fue el Gasómetro, aquel palacio del inmortal San Lorenzo, se dedicaba, pacientemente, a enderezar medialunas detrás del mostrador, porque como solía confesar: un hombre recto como él no podía tolerar ninguna forma torcida de la vida). Bares donde la contracara de la soledad es el culto de la charla, ese parlotear sobre la existencia alrededor de mesas que nunca preguntan, y donde uno acaba dejando de ser uno para convertirse, a la vez, en Discépolo y Nietzsche, en Mariano Moreno y Hamlet, en profeta y maldito, en inmortal y suicida. Bares, en fin, donde siempre estuvimos allí, aunque hayamos entrado por primera vez, orientados siempre por el amor y la aventura de almear (es decir: tutearnos con el alma).
De ahí que en esos bares, en esos verdaderos paraísos del infierno, siempre habrá una mesa confesional con una botella de oxígeno para aquellos que huyen de las tristes oficinas o de las macabras noticias del mundo, y siempre habrá también un estaño desde el cual, con dos medidas de whisky, se pueda resistir mejor el regreso a la mujer de siempre, a la cena de siempre, a la sábana con los gemidos de siempre, a los sueños inconclusos de siempre.
Y tampoco podrá faltar allí la mesa junto a la vidriera. Porque la vidriera del bar es la llave para entrar a los espejos, o mirar lo invisible y saberlo todo. Hablando de esto: ¿Saben cual es la diferencia entre la pantalla de Internet y la vidriera del bar? Les cuento. Internet nos informa, por ejemplo, sobre la vida y obra de Beethoven; pero la vidriera del bar nos hace ver cómo Beethoven apretaba los dientes o se reía endemoniado cuando el "la" le pegaba en la sangre. Lo mismo pasa con Van Gogh: Internet nos muestra hasta la oreja que Vincent se cortó; pero solo a través de la vidriera del bar se podrá ver que en un ojo de Van Gogh estaba el sol y en el otro la noche de toda su locura. E igual sucede con Poe: Internet nos llevará hasta el mismo vaso con que el gran aterrorizador se emborrachaba hasta el delirio; pero solo por la vidriera del bar sabremos cómo Poe le enseñó a hablar y escribir a las pesadillas que llevaba dentro. Es que Internet es solo conocimiento. Y la vidriera del bar es revelación.
Por eso a estos bares se entra para pensar y no para pasar el rato. Pero además de la penumbra, y el estaño, y la vidriera, y la araña aquella que persiste en tejer su viejo sueño, están los personajes funambulescos cuyas historias completan el cosmos de esos bares y los eternizan. Les cuento tres:
Primera historia: En aquella mesa, una pareja discutiendo. De pronto el tipo le manda un biandún de zurda, que suena como un escopetazo. Enseguida va otro y otro más. Hasta que alguien, apiadado, dice: "¡Pobre mina!". Y entonces el tipo le contesta: "¡Que pobre mina si es un travesti, y encima me cornea!". Un rato después los dos se van, despacito, abrazados y besándose. Ahí es cuando el de la mesa contigua a la mía, porteño él, dictamina: "¿Vio? El amor es como la religión: o te embrutece o te cura todos los males". Un sabio.
Segunda historia: De pie junto al estaño, un flaco con cara de insomnio, se vacía una ginebra y pide tres más. ¡Está solo y pide tres más! Se la sirven, las traga como el aljibe a la lluvia y pide cinco más. No lo puedo creer y me le acerco. "¿Se puede saber por qué de una ginebra pasó a tres y de tres a cinco?", le pregunto. "Y de cinco paso a siete –me contesta–, porque yo soy un hombre impar: voy de uno a tres, de tres a cinco, y así sucesivamente". Un loco imperdible, me digo. Y cuando estoy por la tercer ginebra y él por la séptima, ya somos viejos amigos.
Tercera historia: El tipo entra desorbitado: la boca abierta igual que un sediento y el pecho roncándole de agitación. Todos le hacemos paso. Entonces llega al mostrador y pide: "¡Pronto, un vaso de agua!". Y cuando el mozo se lo alcanza el tipo dulcemente, enamoradamente, becquerianamente, introduce en el vaso una rosa roja ya medio mustia. Lo aplaudimos.
Esto es lo que quería decir sobre ciertos bares, los míos, los nuestros. Y algo más. En esos días en que usted se sienta como sepultado en el fangal de la vida y quiera asomar la cabeza para mirar las estrellas, hágalo desde una mesa que esté junto a la vidriera de uno de esos bares. Y verá que las estrellas son más. Y hasta es posible que el duende de Gagarin, desde lo más azul de allá, lo salude pulgar en alto.
Y ya me fui. Pero cuídense porque anda suelta.
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Imagen: Café y bar "La Poesía" (Bs. Esquina de Chile y Bolívar, San Telmo, ", Bs. As.).
Tomado del sitio El muro. La guía cultural de Buenos Aires.

26 ene. 2012

El patrón de la vereda


(De Inés Tropea)

¿Te acordás cuando éramos chicos y en el barrio casi nunca podíamos cruzar por esa vereda de la vuelta, esa en donde el gordito –el hijo del comisario- nos corría a pedradas o sacaba el doberman justo cuando pasábamos con la bici, practicando andar con una sola mano, y terminábamos tirados de bruces en el cordón, con el codo pelado y las rodillas sangrando?
Si bien el asunto había empezado en el segundo recreo de aquel tercer grado de la escuela primaria, la cosa se mantuvo igual hasta que el gordito se mudó; es decir que durante años y años el tipo siguió siendo el dueño de la vereda y vos ni siquiera un transeúnte, porque hasta cuando jugaban al carnaval a los baldazos vos te cuidabas muy bien de no pasar por esa esquina porque sabías que el tipo le ponía detergente al agua, le ponía, y te apuntaba a los ojos. No era un mal tipo, no. Era el patrón de la vereda y listo.
Pasaron los años y vos también te fuiste del barrio, y el mismísimo barrio se piantó de la foto, porque ni los ligustros le quedan. Las rejas administran los frentes de las casas como si fueran carceleros, y cada vez que pasás por ahí, te hacés una escapada a la cuadra prohibida y mirás con nostalgia el chalé de Miriam, esa nena de trenzas renegridas que te gustaba tanto y a la que renunciaste en cuanto supiste que vivía dos casas más allá de la del gordito, en la misma cuadra en la que él era el único e indiscutido patrón de la vereda.
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Imagen: Veredas de Buenos Aires (Foto de davorm).

Hermanos de sangre y adoquín


(De Rubén Derlis)


Núñez y Saavedra son los únicos barrios porteños que nacieron siameses. Hasta que el bisturí burocrático de una ordenanza municipal, separándolos, fijó sus límites, les resultaba harto difícil a los vecinos de estos extremos de la ciudad saber con justedad o precisión dónde empezaba uno y terminaba el otro. Aun hoy muchos no lo saben, y llevan más allá de sus fronteras ya delimitadas el inicio o el final de uno u otro.
Pero ambos barrios, sin embargo, poseen características propias, que a lo largo de sus respectivas historias le fue otorgando el vecindario: el color local que cada uno trasunta en sus calles y avenidas, y que los hacen lugares únicos, tipificándolos para que no se confunda con otros. Pero si tal confusión se diera y extraviara al meteco, no faltará el natural de uno u otro barrio, para hacerle saber que ese sitio es el que es, según da fe su cédula de porteñidad, y avalan, además, sus propios sentimientos. El equívoco pronto será aclarado, porque todo amante de la ciudad, y de su barrio en particular, no ve con buenos ojos ser adjudicatario de una pertenencia barrial que no le corresponde, y mucho menos que se le reste, por equivocación o falta de información, lo que por propio conocimiento sabe que le pertenece. No por desamor al barrio fronterizo, sino por un celoso y arraigado amor al propio.
Núñez y Saavedra, con sus innegables personalidades que testifican quiénes son –si se prefiere, ese algo, ese no sé qué que identifica a cada barrrio–, poseen lazos de hermandad imposibles de romper, pues –como se dijo– los dos son nacidos de una misma sangre urbana, la del pater familia Florencio Emeterio Núñez. Esta es una de sus características más notorias, sin menguas de muchas otras. De ahí que al hablar de ambos, al introducirse en las entretelas de sus pasados, al revisar sus anales, el historiador deba por fuerza abordarlos unívocamente, como un todo, hasta llegar al momento en que cada cual respiró por sí solo –previa ablación umbilical– para desarrollarse con autonomía. A partir de entonces, Buenos Aires vio crecer a dos nuevos barrios, sobre unas tierras donde los primitivos lugareños podían avizorar las lejanías sin mucho esfuerzo, en una llanura que ya comenzaba a retirarse porque el progreso irrumpía sin permiso.
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Imagen: Fotografía de Florencio Emeterio Núñez, fundador de los barrios de Saavedra y Núñez.

25 ene. 2012

Calles de Nobel literario


(De Héctor Ángel Benedetti)

La nomenclatura porteña tuvo cierta generosidad con los literatos. Nuestras calles los recuerdan: decenas de nombres de novelistas, cuentistas, poetas, dramaturgos, críticos y ensayistas se desparraman sobre el mapa de la ciudad; la mayoría de las veces, con plena justificación. Pero curiosamente los ediles se han mostrado apáticos con aquellos escritores que alguna vez recibieran el premio Nobel. Históricamente apenas hubo tres calles, y hoy solo queda una.
Ni siquiera hay una calle para quien instituyera el premio: el mismísimo Alfred Nobel recibió su tardío homenaje local en 1972, pero en forma de plaza; una plaza prácticamente secreta de Parque Chas.
¿Qué fue de las calles en memoria de los Nobel de Literatura?
Hubo una llamada José Carducci, como homenaje al laureado de 1906. Se trata de la acual y casi escondida Victoriano E. Montes, en el barrio de Saavedra. Giosuè Carducci (1835-1907), autor de las Odas bárbaras, fue elegido por unanimidad; un caso atípico en la historia de los premios Nobel, aunque luego habría de cuestionarse que, por elegirlo, aquel año se pasó por alto a Mark Twain, a Rainer María Rilke y a Henry James (quienes nunca habrían de recibir Nobel alguno). Fuera de Italia, Carducci solo fue popular en la Argentina; evaporada esta fama, en 1944 un decreto lo borró.
También desapareció Benavente, premio Nobel de 1922. Ya que no en la literatura, al menos en la topografía porteña Benavente era vecino de Carducci: era su calle paralela. Jacinto Benavente y Martínez (1866-1954) obtuvo el galardón luego de que la Academia ignorara a James Joyce (“¿Joyce? ¿Quién es Joyce?”, respondió un secretario en 1946, cuando alguien consultó acerca de esta omisión). Y como pasó con Carducci, a Benavente también se le cambió de nombre en 1944, aunque por un decreto distinto. Hoy es Juan Sebastián Bach.
Mejor suerte tuvo Gabriela Mistral, premiada en 1945. Su calle, que atraviesa Villa Devoto y Villa Pueyrredón, era antes Tequendama, topónimo que evocaba una cascada de Colombia. Por una ordenanza de 1961 se perdió este raro nombre y apareció en su lugar el de Mistral, pseudónimo de la poeta chilena Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga (1889-1957). Su premio esconde detrás una historia “política”. Los candidatos firmes para aquel año eran Jules Romains, Benedetto Croce y Hermann Hesse; pero un miembro del jurado, muy entusiasmado por los versos de Mistral, los tradujo al sueco solo para presionar a favor suyo. Resultó elegida: no podían desairar al académico traductor…
Y con ella, tan temprano, se cierra la lista de los Nobel de Literatura en las calles de nuestra ciudad. Nunca hubo una avenida Kipling, ni un pasaje Tagore, ni un boulevard France. Tampoco existió una calle Pirandello, una cortada Hemingway o una diagonal Neruda. Jamás alguien pudo leer en Buenos Aires chapas enlozadas de color azul con los apellidos Bergson, Mann, Gide, Beckett o Shaw.
Al momento de escribir estas líneas, más de cien autores fueron premiados con el Nobel desde aquel lejano primer otorgamiento de 1901 (a Sully-Prudhomme). Algunos, francamente discutibles; otros, en cambio, bien merecidos. Estos últimos, ¿dónde están? Argentinos, ya sabemos que no hubo; pero no importa: tampoco se demostró una gran solidaridad con la América hispana (dos chilenos, un colombiano, un mexicano, un peruano y un guatemalteco), ni con el idioma (once escritores premiados en lengua española).
¡Qué extraño resulta este descuido de quienes bautizan nuestras calles…!
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Imagen: Anverso de la medalla del premio Nobel con la efigie de Alfred Nobel.
Tomado del sitio Fervor x Buenos Aires.

24 ene. 2012

Gruta de Plaza Constitución


(De Héctor Ángel Benedetti)

Lo admitimos: cuesta imaginárselo; pero en la Plaza Constitución hubo, entre 1887 y 1914, una extraña construcción parecida a un antiguo castillo en ruinas. Más insólita podrá resultar esta noticia si se añade un detalle fundamental: a diferencia de muchos otros edificios porteños, éste no acabó sus días como una ruina, sino que nació como tal…
Desde 1853 y por decisión del gobernador Pastor Obligado, Plaza Constitución fue, como Plaza Miserere, una gran playa para la concentración de carretas que traían mercancías de las provincias. Menos de cinco años después este parador ya era elevado a la categoría de mercado y su entorno comenzaba a florecer en prostíbulos y pulperías; pero este esplendor no habría de durar mucho: en 1865 el Ferrocarril Sud inauguró sus servicios con la estación de cabecera justo enfrente, y la actividad de los carros entró en rápida declinación. Casi estaba extinta para 1883, año en que asumió como primer intendente de Buenos Aires el montevideano Torcuato de Alvear. Ávido de dotar a la ciudad con edificios, paseos y monumentos que recordasen a París, Alvear pronto tuvo una inquietud: ¿qué hacer con aquel terreno enorme y barroso de Constitución, cuyo aspecto ofendía la estética que deseaba imponer? Naturalmente, debía parquizarlo.
El proyecto original para la plaza a cargo de Eugène Curtois (director general de Paseos Públicos) contemplaba hacia 1885 la división en cuatro sectores, pues así estaba desde los tiempos del mercado, cuando lo cruzaban por el medio las calles Lima y Pavón. En esta intersección se puso una glorieta con iluminación y bebederos (los había para transeúntes, para caballos y para perros). Las pocas carretas que todavía llegaban desde el sur fueron relegadas a uno de estos sectores, y no mucho después fueron desterradas por completo. Se trazaron lagos artificiales y jardines, y en medio de uno de ellos se instaló en 1887 lo que oficialmente fue denominada “Gran Rocalla”, pero que para todos fue La Gruta. Con este nombre pasó a la historia.
Consistía en una muy rara imitación de un castillo en ruinas, lo suficientemente alto (diez metros) como para no pasar desapercibido. Tenía torres almenadas, un atalaya, troneras; escaleras que llevaban hacia una especie de camino de ronda; poternas, matacanes, saeteras y todos los aditamentos de un alcázar legítimo. Pero no lo era: el objetivo de erigirlo en ruinas había sido darle al paseo una atmósfera “romántica”, y una vez acabado apenas si conseguía volverlo atroz.
Al año las ruinas ya eran peligrosas: se clausuró su acceso público y una parte debió demolerse por precaución. Pero siguió ahí. Docenas de tarjetas postales de la época se empeñaban en mostrarlo como una curiosidad simpática, aunque llovían las críticas: aquel monumental adefesio había costado cien mil pesos y era absurdamente caro de mantener; no gustaba a nadie (“Espléndido mamarracho” fue uno de los calificativos más cordiales que recibió por parte de la prensa), y acabó llenándose de gatos.
Los vecinos, entre los que se contaba el directorio del Ferrocarril Sud, pidieron que se lo retirase. Lo mismo hizo la Compañía de Tranvías Anglo-Argentina, que supuestamente construiría un tren subterráneo a pasar por allí (y que finalmente no concretó, porque la línea entre Constitución y Retiro fue tendida mucho después y por otra empresa).
En 1914 un decreto del intendente Anchorena borró para siempre del mapa porteño a la Gruta. A excepción de los gatos, nadie la extrañó.
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Imagen: Postal de la Gruta de Plaza Constitución.
Tomado del sitio Fervor x Buenos Aires, publicado el 15 de agosto de 2010.

23 ene. 2012

Nira de luna y barrio


(De Roberto Selles)

Nira es un viejo tango que canyengueaba Maffia
y en un ayer futuro nos cantará Gardel.
Nira, sin que lo sepa, es un cacho de barrio
al que algún dios de lengue dio forma de mujer.

Con la luna de un charco iluminó sus cuentos,
con un jardín de patio sus versos perfumó,
ciudadana de todas las esquinas porteñas,
dice todas las penas con el gris de su voz.

Por un paisaje de luna y barrio,
por un paisaje de barrio y luna,
esta Malena de las palabras
nos dice el verso como ninguna.

Se prende al pelo la flor del tango,
hada porteña, mina sin par,
desde su alma, su voz nos dice
todas las voces de la ciudad.

Nira abaraja calles, les desabrocha el alma
y un estriptís de sueños y broncas deja ver,
cuenta historias fulanas que la vida le copia
y reparte estampitas de San Carlos Gardel.

A la sombra del tiempo, prendió su sol de ganas
y si la mala arrecia, se banca el temporal,
va fraseando relatos con su fueye de letras,
se parece a ella misma porque no hay otra igual.
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Foto: La poeta y escritora Nira Etchenique (1926-2005).
Tomado del libro El tango en el barrio de Flores de Ángel O. Prignano.

20 ene. 2012

Haciendo cola


(De Sergio Núñez y Ariel Idez)

A fines de los años 40, un bioquímico de apenas 22 años que trabajaba para una fábrica de fernet catando bebidas y creando recetas, descubrió el que se consideraba uno de los secretos mejor guardados del mundo: la fórmula de la Coca-Cola. Ni lento ni perezoso, mudó el laboratorio al patio de su casa de Devoto, le ganó el primer juicio del mundo a la multinacional por el uso de la palabra “Cola” y empezó una empresa que en los siguientes veinte años se convertiría en un éxito nacional tan grande que hasta se le atribuía al mismísimo Perón. Y que murió con el desmantelamiento de la industria industrial, los almacenes y el sifón de mesa.

Si esta historia fuera una película, seguramente comenzaría en un laboratorio. Apenas iluminado por la luz mortecina de una bombita de 25 watts, la primera toma mostraría a un científico enfundado en su guardapolvo blanco en el preciso instante en que descubre, por accidente, una valiosísima fórmula secreta. Casi como si hubiera dado con la piedra filosofal del siglo XX, aunque en este caso, en vez de transmutar el plomo en oro, lograra convertir el agua en (algo similar a la) Coca-Cola. Sin embargo, la historia es real y su protagonista se llama Saúl Patrich, el creador de la bebida argentina más popular de los años 60: la Refres-Cola.

EUREKA: UN HALLAZGO ACCIDENTAL
En 1948, Patrich era un técnico químico especializado en bromatología que, pese a sus escasos 22 años, ya había trabajado para diversas firmas elaboradoras de bebidas como asesor y degustador profesional. Esta experiencia le había permitido desarrollar un “paladar absoluto” y con sólo probar un sorbo era capaz de detectar sus componentes. Tal vez por eso los dueños de Fernet Leocatta, para quienes trabajaba, acudieron a él como su última salvación: su fernet era un fracaso, pero un distribuidor se había comprometido a comprarles toda la producción si cambiaban de rubro y lograban una imitación de un conocido amargo serrano. “¿Usted puede hacerlo?”, le preguntaron a Patrich, y de inmediato le extendieron un vaso con el producto a emular. El joven técnico hizo un buche y dejó que el líquido recorriera su boca para estimular las papilas gustativas, sopesó sus componentes, realizó unos cálculos mentales, tragó y respondió: “Dénme una semana”.
Luego visitó una herboristería y compró todo tipo de hierbas, las llevó a su laboratorio, las trituró, las maceró en alcohol y elaboró ocho muestras distintas. De una de ellas derivaría el amargo serrano que le habían solicitado y las siete restantes serían descartadas. Pero sucedió algo inesperado: “En la prueba número 6 encontré una pista – recuerda como si narrara una investigación detectivesca–. Al principio no sabía adónde me iba a llevar, aunque intuí que podía ser algo grande; así que me dediqué día y noche a experimentar con esa muestra para ver si podía dar con la clave de ese gusto tan extraño”. Y si bien a él mismo le costaría creerlo, esa pesquisa resultó clave para acercarse al sabor de aquella gaseosa de color negro y nombre raro originaria de los Estados Unidos.
Seis años antes, el lunes 3 de agosto de 1942, Coca-Cola había llegado al país y su primer aviso publicitario se difundía en los principales diarios a página completa. “Usted no olvidará jamás la inefable sensación de frescura y exquisito sabor de Coca-Cola”, decía el spot, pero a la vez advertía: “Eso sí, pídala siempre ¡bien helada!”. Hasta ese momento, el mercado de las gaseosas estaba dominado por Bilz, Pomona y Crush, los chicos tomaban chocolatada Vascolet y deportistas como Juan Manuel Fangio y el futbolista Vicente de la Mata recomendaban Kero, una bebida nutritiva “rica en dextrosa (sic)”.
Para imponerse en el gusto popular, Coca-Cola desplegó una enorme campaña publicitaria que aún continuaba seis años después de su arribo a estas tierras, y de ese modo llegó a manos de quien desentrañaría su preciado secreto: “Una tarde encontré un camión gigante de Coca-Cola en la esquina de casa, en Beiró y Bermúdez”, rememora Patrich, y agrega con una sonrisa: “Había dos chicas lindísimas: una rubia y una morocha repartiendo botellitas. Como no me podía decidir, le pedí una a cada una”. Apenas entró a su hogar, el químico destapó uno de los envases y probó su contenido. “No está mal”, pensó. Era un gusto nuevo, absolutamente original. Guardó la segunda botella y sólo la retiró días más tarde, para llevarla a su precario laboratorio en la fábrica Leocatta y cotejar su contenido con los resultados de su experimento número 6. Allí trabajó día y noche, haciendo innumerables pruebas hasta dar con la fórmula. “Era medianoche –señala don Saúl–, pesé cada hierba por separado en la balanza de precisión y anoté cuidadosamente las cantidades. Luego hice un jarabe con 50 gramos de azúcar, y le agregué acidez tartárica. Mezclé todo, lo diluí con agua y lo probé, lo comparé con la Coca-Cola y grité: ‘¡Lo tengo!’”.

LA BATALLA POR EL NOMBRE
Al poco tiempo, Patrich dejó su puesto en la firma Leocatta y abrió su propia fábrica en los dos metros cuadrados que abarcaba el patio trasero de su casa. Allí ajustó su fórmula y preparó varias jarras que dio a probar entre familiares y vecinos.
—Es muy bueno. ¿Cómo se llama? —le preguntaban.
—Refres-Cola —respondía, con el pecho henchido de orgullo.
No obstante, pronto se toparía con un problema. “Yo quería registrar el nombre ‘Refres’ porque consideraba que ‘Cola’ era de uso genérico, pero Coca-Cola se oponía”, afirma. Claro que eso no lo amedrentó, todo lo contrario; y se puso a investigar a su contrincante. “Las bebidas cola son ácidas, y la acidez puede ser cítrica o tartárica, aunque en el caso de la Coca-Cola no detectaba ninguna de las dos”, explica el técnico, a quien le llevó tres años resolver el misterio: “Un día se me ocurrió consultar el código bromatológico de Estados Unidos y vi que ahí estaba permitido el ácido fosfórico. Entonces hice nuevas pruebas y descubrí que ésa era la sustancia responsable de la acidez de la Coca-Cola”.
Con ese dato, descubierto en los fondos de una modesta casa de Devoto, le inició juicio a una de las compañías más grandes del mundo: “Mi argumento era que la marca estaba mal concedida, porque ellos utilizaban ácido fosfórico, que en ese entonces no estaba habilitado por el código bromatológico de nuestro país”. Y debió ser un argumento de peso porque los abogados de Coca-Cola le propusieron llegar a un acuerdo para evitar el juicio. Así, la palabra “Cola” pasó a ser de uso genérico y pudo ser utilizada por otras bebidas.

LOS DUROS INICIOS
Patrich había ganado la batalla por el nombre, pero ahora tenía que convertirlo en una marca reconocida. Para empezar, la Refres-Cola no era una gaseosa sino un jarabe concentrado listo para ser diluido con soda. De hecho, su etiqueta mostraba una familia tipo con el padre en el acto de accionar un sifón. Sus ventajas consistían en que podía ser utilizada mucho después de abierto el envase, sin perder sus cualidades, y que cada persona podía regular la intensidad del sabor a su gusto, como una gaseosa bajo el concepto “hágalo usted mismo”. Aunque su principal atributo era económico, como proclamaba uno de sus slogans: “Con una botella sola / 40 vasos de Refres-Cola”. Es decir que rendía casi 10 litros por botella. “Y aparte era más saludable –añade don Saúl –  porque no contenía ácido fosfórico ni cafeína, que son las sustancias más cuestionadas de la Coca-Cola”. Pese a todo esto, no le fue sencillo imponer una bebida elaborada en el patio de su casa, con una cuba de madera de 200 litros sin bombeador ni filtro, y cuyas botellas eran llenadas, etiquetadas y encorchadas a mano, una por una, por el propio Patrich y sus hermanos.
El primer almacén que exhibió la Refres-Cola estaba en Canning y Warnes. El químico hacía el reparto a bordo del colectivo 124. “Cuando llegaba al comercio dejaba los cajones afuera, me asomaba y gritaba: ‘¡Un cajón de Refres-Cola!’. El dueño me pedía que lo bajara como si tuviera el transporte estacionado en la puerta. Entonces yo salía, esperaba un poco, y volvía a entrar con el cajón”, recuerda risueño. Luego alquiló una camioneta con chofer una vez por semana. La Refres-Cola empezó a ganar clientes y su dueño, dolores de espalda, por cargar los 12 kilos que pesaba cada cajón. Ese moderado éxito lo obligó a trasladar la “fábrica”: tras compartir una planta con otra firma en Haedo, tuvo su primera sede propia en un modesto galpón de Navarro  4547, equipado con una llenadora de seis picos, una encorchadora manual, una bomba y un filtrador. Las ventas crecieron bastante, pero después se estancaron. Sin embargo, a Patrich le aguardaba un inesperado golpe de suerte.

EL ENIGMÁTICO SEÑOR POLLAK
Una tarde de 1955, el técnico recibió la visita de un desconocido que se presentó como León Pollak, quien le ofreció comprar toda su producción para ser su representante exclusivo.
—¿Pero usted sabe cuál es nuestra producción? —le preguntó Patrich.
—No, pero eso es un detalle menor —contestó Pollak en tono despectivo.
El dueño rechazó la oferta. No obstante, días más tarde, recibió un llamado de Raúl Pereyra, director de la agencia de publicidad Naype: Pollak le había encargado una gigantesca campaña publicitaria para difundir la Refres-Cola y él había preparado afiches para vía pública y tenía reservados espacios en diarios, revistas y radios. Pero Pollak había desaparecido y la agencia quería saber cómo recuperar el dinero invertido. “Lo lamento –se excusó Patrich–. Yo tengo una pequeña fábrica y no puedo afrontar semejante gasto.” Entonces Pereyra le propuso un pacto de caballeros: él asumiría la inversión y si la campaña daba resultado, se cobraría los costos de las ganancias. En cambio, si fracasaba, el químico no tendría que pagar nada.
El slogan ideado por la agencia destacaba la principal virtud de la bebida, era efectivo y hasta admitía cierta belleza poética: “Haga cola con Refres-Cola... y verá que resulta más”. A las semanas, esa frase empapelaba las paredes de Buenos Aires, se leía en los laterales de los tranvías, en las páginas de los diarios y se escuchaba en forma de jingle por las principales radios. La repercusión fue descomunal y la capacidad productiva de la modesta sede de la calle Navarro se vio rápidamente desbordada. “Recibimos tantos pedidos que los camioneros se llevaban las botellas sin etiquetar y pegaban las etiquetas en el camino”, rememora don Saúl.

AUGE Y CAÍDA
Dos años después de esa campaña, el 12 de octubre de 1957, quedó inaugurada la nueva fábrica de Refres-Cola: una planta modelo totalmente automatizada que ocupaba una manzana completa de Ciudadela; y con ella comenzó la edad dorada de la bebida, que se extendió desde fines de los 50 hasta principios de los 70. De Rivadavia 12120 partían 20 camiones por día a las órdenes de las 28 distribuidoras que hacían llegar la Refres-Cola a todo el país. Los salones de fiestas encargaban damajuanas para preparar sus propias jarras de gaseosa y hasta hubo un pedido de Aerolíneas Argentinas, que en uno de sus vuelos convidó a sus pasajeros con la cola nacional. “Pero se ve que no prosperó porque no volvieron a pedirla”, dice Patrich.
Durante los 60, Refres-Cola fue un habitual auspiciante de programas de radio y televisión. Su repercusión fue tal que los memoriosos aún recuerdan el rumor que afirmaba que la bebida había sido un invento de Juan Domingo Perón para amargarle la vida a los capitales foráneos, versión que el técnico desmiente a carcajadas.

PUBLICIDAD DIRECTA
Para posicionar su producto y competir con Coca-Cola, Saúl Patrich tuvo que recurrir al ingenio; y a tal fin le pidió ayuda al actor Max Berliner, con quien el técnico químico y su mujer tomaban clases de teatro en ídish en la escuela “Scholem Aleijem”.
De esa relación, una amistad que se mantiene hasta la actualidad, surgió la idea de montar una suerte de escena de teatro callejero en la que Berliner entraba a bares, restaurantes, cafés y almacenes a solicitar la primera cola nacional y detrás de él, separados por pocos minutos, ingresaba Patrich en su rol de vendedor.
—Por favor, una botella de Refres-Cola —pedía el actor.
—No, no tengo. Sólo me queda Coca-Cola —recibía siempre como respuesta.
—¿Cómo que no le queda? Yo quiero Refres-Cola —insistía el supuesto interesado.
Berliner recuerda: “Empezamos en la esquina de Corrientes y Canning (hoy Scalabrini Ortiz), primero por una vereda, hasta Juan B. Justo, y regresamos por la otra, hasta el mismo punto de partida”. Y agrega entre risas: “Como actor, Saúl era un poco duro, aunque evidentemente su parte no la hizo tan mal porque obtuvo un montón de pedidos”.
“El resultado final de esa gira fue 18 cajas vendidas, todo un record. Era el efecto de la publicidad directa”, rememora Patrich.
Los vaivenes de la industria a mediados de los 70 y la lenta aunque inexorable decadencia del almacén y el sifón, sus dos principales aliados, signaron el declive de la Refres-Cola, cuya producción continuó hasta fines de los 80, cuando los costos de distribución hicieron el negocio inviable. A principios de los 90, como un amargo signo de aquellos tiempos, don Saúl vendió la marca de la primera bebida cola argentina a una multinacional, que sólo la utilizó para una efímera campaña publicitaria. Hoy, a casi 60 años de su descubrimiento, Patrich se enorgullece: “Creé un producto nuevo y logré que entrara a todos los hogares. Esa es mi mayor satisfacción”, sostiene. Sin embargo, si bien no lo proclama, también es el responsable de un capítulo significativo en la memoria emotiva del país.
Quizás en algún bar desmemoriado todavía sea posible pedir una Refres-Cola, echar una medida en el vaso, agregar soda y brindar por eso.
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Ilustración: Botellas de Refres-Cola.
Material tomado de “Radar”, suplemento de Página 12 del 7 de enero de 2007.

19 ene. 2012

Y nosotros, ¿cómo nos llamamos?


(De Fernando Sánchez Zinny)

De todos los gentilicios adecuados a los hijos de esta ciudad, el que más me place –y el que personalmente prefiero que me endilguen– es el de porteño. Desdeño, en cambio, el de bonaerense, y voy a explicar por qué a partir de una aserción incongruente: en ese caso la idéntica mutación “ue” por “o”, me trae un fastidioso tufillo culterano, medio del tipo de aquella moda poética –coetánea de la Revolución de Mayo– que preconizaba el acaramelado Bonaria para designar a la hija de Garay y nieta de Mendoza.
Por otra parte, hace ya unos años los jefes políticos residentes en La Plata se han apoderado de la expresión y han dado en tratar de hacer creer que  corresponde exclusivamente a los nacidos o avecindados en jurisdicción de la provincia. Carecen de todo fundamento y, sin embargo, es cierto que el invento prosperó, siquiera por razones de comodidad, pues, en efecto, de alguna manera hay que distinguir lo que está de un lado o de otro de la General Paz, lo que se halla sobre una o sobre otra ribera del Riachuelo.
Está bien: bonaerense es de ellos, pese a que José Ceppi (Aníbal Latino) escribió sobre Tipos y costumbres bonaerenses con referencia tan sólo a la ciudad, pero ahí terminan las concesiones. No vaya a ser que, por aflojar demasiado, en una de ésas vuelvan a las andadas y nos pidan despropósitos como ése de que alterásemos el nombre de nuestra ciudad. “Para evitar confusiones” dijeron, en tanto esgrimían el recurso leguleyo de que, en los papeles originarios, esta ciudad se llamaba “de la Santísima Trinidad” y tan sólo el puerto era “de Santa María de los Buenos Aires”. Con lo cual –y no hace más de unos quince años– formal y asombrosamente el gobernador Eduardo Duhalde nos solicitó que, por vía de enmienda legal, pasásemos a ser “trinitarios”.
Chistes aparte, cuadra que lejos de achicarnos ante semejante compadrada de orilleros, le recordemos a esa runfla que, para su orgullo, son hijos nuestros y que todo lo que tienen no es sino por donación que les hicimos. Pues nuestras eran –porque eran una misma cosa, al igual que en todo en interior viejo, según  ilustra la historia colonial–, la ciudad y su campaña; es decir, Buenos Aires asentada donde la puso Garay y más allá los términos de su jurisdicción. En verdad, los españoles se limitaban a fundar ciudades cuya área añadida terminaba al comenzar las de otras ciudades: de las catorce provincias históricas, sólo una –Entre Ríos– no lleva el nombre de su ciudad genitora.  
Lo importante, lo esencial, era el damero urbano y sus arrabales. Al extinguirse “las afueras” se habrían caminos y rastrilladas que conducían –ya bien entrado el siglo XVIII– a estancias, poblados, postas, capillas, fortines: la pampa, en suma, y al respecto pareciera que si algún nombre distintivo habría de ser propio de esos agregados sería el de la Pampa, provincia de La Pampa si se quiere mayor precisión. ¿Que ya lo usa la ex gobernación de la Pampa Central? Problema de otros y que otros lo arreglen, pero no venga nadie a pedirnos que dejemos de ser quienes somos.
Con rigor puntilloso lo señala el poeta aquel de “Cada lugar en la tierra / tiene un rasgo prominente, etcétera...” Luis L. Domínguez expone, sin dejar lugar a la menor duda, que “Buenos Aires, patria hermosa / tiene la pampa grandiosa, / la pampa tiene el ombú”.
Porque a la sazón, todo era lo mismo y esa pampa constituía, con obvia certeza, la campaña porteña;  sus habitantes eran los gauchos porteños y cuando, en son de guerra, los ejércitos porteños salían a levantar polvaredas, iban en calidad de milicianos o enganchados tanto gente de la ciudad como del campo. En realidad, más de aquella que de éste, pues por estos rincones del orbe la macrocefalia urbana se dio siempre; vaya un botón de muestra: hacia 1800 Azara calculaba en 40.000 los pobladores de la ciudad, en tanto estimaba en no más de 30.000 la cantidad de quienes vivían en la jurisdicción anexa.
Convengamos que acaso haya cierto esquematismo en estas apreciaciones. Por supuesto, los pormenores históricos en que se apoyan responden a una etapa, a una instancia construida por la ciudad con anterioridad a su capitalización en 1880, como efecto del paulatino avance hacia el Norte, el Oeste y el Sur, de sus hombres y su influencia. Eso quedó cristalizado en un momento y es forzoso reconocer que el posterior desarrollo –ahora sí bonaerense en el sentido que se le quiere atribuir– habría de quedar al margen de la inmediata afinidad impuesta por la cercanía.
Pues las manecillas del reloj se detuvieron, pero no lo hizo la expansión ferroviaria. La gente de Bahía Blanca, de Patagones, de Tres Arroyos, de Carhué, de la Sierra de la Ventana, seguramente –y en buena ley– es ajena a la porteñidad. Acaso también lo sea la de San Nicolás –los antaño arroyeros y hoy nicoleños–, que siempre tuvo una peculiaridad muy marcada  y hasta un especial dejo en el habla, dentro del espíritu de lo litoraleño, posiblemente  extendido a los pagos de Colón y de Pergamino, y quizás al sector agreste de las islas del Delta.
Pero en cuanto al resto, hasta Arrecifes, hasta Junín, hasta Bragado, hasta Azul y Tandil, hasta Dolores y, más allá: hasta Lobería, Quequén y La Ballenera, e incluyendo todos los cangrejales del Tuyú, todo eso es, con pleno derecho, la campaña porteña y su gente se me hace tan porteña como la que más, por mucho que sea, o haya sido, del campo.
No se trata de imperialismo trasnochado, ni Dios permita que alguien aliente fantasías de ese tipo, sino de citar datos concretos y hechos presentes que constituyen una realidad sentimental incontestable y que, como es lógico, se ríen de las demagógicas disquisiciones de los funcionarios.
¿Que lo de porteño se refiere únicamente al puerto? Hasta por ahí no más, a estar a lo que hemos visto. Pero acerca de esto volvamos a Azara para rematar la argumentación, ahora desde otro ángulo: tras describir la ciudad “y sus calles tiradas a cordel”, informa que tiene dos puertos: el del Riachuelo y el de la Ensenada.
Bonaerense es un obvio culteranismo, propio de una época en que eran frecuentes. Toda América española se llenó de ellos en los años de la Independencia y un poco antes, cuando el afán libertario llevaba a cambiar e improvisar nombres por doquier, presuntamente para imprimir un cariz republicano: al Alto Perú le tocó llamarse Bolivia; a Nueva Granada, Colombia; a Quito, Ecuador. Nosotros optamos por las reminiscencias literarias, y ellas nos trajeron a las mientes que el arcediano Martín del Barco Centenera había reunido bajo el nombre de La Argentina –“título inmortal de una obra muerta”, al decir de don Ricardo Rojas–  el relato legendario de las gestas que acompañaron el descubrimiento y poblamiento de la zona del Plata.
Posteriormente, Manuel José de Lavardén y Vicente López y Planes tomaron el adjetivo como algo ya consagrado: del Río de la Plata, en versión poética, culterana y con sugerente etimología latina, tenemos “argentino”, como correspondiente al Virreinato del Río de la Plata, identificación que luego tuvieron las Provincias Unidas, paso previo al nombre de República Argentina, consagrado por la Constitución de 1826. La forma corriente de referirse a la región era “la del Plata” y así lo hacían los viajeros, costumbre que en idiomas extranjeros subsistió por añares, de lo que dan cuenta títulos de periódicos como Courrier de la Plata y La Plata Zeitung. Tenemos, entonces, que argentino quiere decir “platense” en el sentido de propio del río y, en una acepción más amplia, de las comarcas de las que ese curso de agua es eje; es curiosa y muy significativa la persistencia de ese adjetivo arcaico para designar a un club de fútbol del barrio de Núñez.
En esos días llegó, también, la utopía sarmientina que aspiraba a crear un país centrado en la isla Martín García y la ciudad que iba a fundarse en ésta se llamaría “Argirópolis” (Ciudad del Plata, esta vez en griego); pasadas tres décadas,  Dardo Rocha puso a su ciudad La Plata, para recordarle la proximidad del “argentino río”.
Estaba en las palabras y en el sentimiento de todos. El poeta se hacía eco de esa forma refinada de llamarnos porteños y la llevaba hasta el desplante: “He nacido en Buenos Aires…” y luego el enfático “¡Argentino hasta la muerte!”. La musa popular reiteró en tono coloquial la asociación y así vino a comparecer “la morocha argentina” que, muy de madrugada, cebaba un cimarrón al, precisamente, “noble gaucho porteño”.
Era una expresión nuestra, absolutamente nuestra; pero tuvo fortuna y, como es norma, cuando algo tiene suerte excesiva, al igual que el pajarito que comió, levanta vuelo. Se fue, se nos fue, se avecindó en los Andes, en la Puna, en la Patagonia, en el Chaco y remontó por los ríos hasta arribar a la roja tierra misionera. Y ya la designación argentino no quedó para nosotros sino para todos. Y la dimos con alegría, en prenda de hermandad.
Hasta los orientales –en rigor, no menos argentinos que el que más, en términos de la exactitud geográfica y esto aparte del afecto y de la historia– cayeron en la volteada. Argentino era un adjetivo que les iba perfectamente pero cuya posesión les estaba negada. Y platense se había vuelto gentilicio de La Plata. Había pues que idear un sustituto; se dieron maña y lo hicieron, porque de ellos y solamente de ellos es la ocurrencia de “rioplatense”.
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Imagen: Escudo de Buenos Aires (1880). 

Pasaje Rivarola: un pedazo de París


(De Gabriela Sharpe)

Simetría, sosiego y originalidad imperan en este pasaje construido en 1924 a semejanza de uno que existe en París.
No tiene el glamour del Bollini ni la elegancia del Corina Kavanagh.  Pasa inadvertido, se llega a él, en la mayoría de los casos, no por saber de su existencia sino por confusión, por azar o por error. Si bien está en el centro de la ciudad, el ruido de las calles aledañas no lo afectan; ubicado en el barrio  San Nicolás, entre Bartolomé Mitre,  y Tte. General Perón al 1300, y sus transversales Uruguay y Talcahuano, tiene la virtud de permanecer tal cual fue construido hace 88 años atrás. Persiste en el tiempo y eso es un logro que pocos lugares de la ciudad pueden vanagloriarse.
Dicen que los arquitectos Cruz, Petersen, Thiele, diseñadores del pasaje, lo pensaron a imagen y semejanza de uno que existe en París y comparte con su modelo francés la particularidad de que los frentes de ambas veredas son exactamente iguales, como si estuvieran reflejando un espejo: cúpulas, balcones, puertas, ventanas y los locales comerciales tienen su correspondiente réplica del otro lado de la calle.  Las dos fachadas enfrentadas son simétricas en todos sus puntos, aún en el remate edilicio en los accesos a Mitre y Perón, donde se alzan las cúpulas abovedada con un mirador que esconde un departamento, en cada una de ellas.
Su construcción fue ordenada por la compañía de seguros La Rural, motivo por el que llevó el nombre de la empresa hasta 1957. En ese año se decidió un cambio de nombre que actualmente rinde homenaje a Rodolfo Rivarola, uno de los últimos exponentes de la generación del 80, fundador de la Facultad de Filosofía y Letras.
Este pasaje, que invita a perderse dentro de la ciudad y poner la mirada en tantos detalles, que el visitante suele perder la noción del espacio, y también olvida el tiempo transcurrido, justamente en este pasaje del tiempo detenido un reloj grandote, redondo, nos vuelve a la realidad, es que la Casa Raab, más conocida como La Chacarita de los relojes, antigua relojería que tiene ejemplares de colección y es visitada por anticuarios de todo el mundo.
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Ilustración: Pasaje Doctor Rodolfo Rivarola (Foto www.skycrapercity.com)
Nota tomada del sitio Buenos Aires Sos.