30 mar. 2012

De la vereda al mouse: la evolución de los juegos


(De Isabel Bláser)

Generalmente dicen que todo tiempo pasado fue mejor. A grandes rasgos, no creo que así sea, pero en el caso de los juegos infantiles le pongo una “ficha” al pasado y aquí expongo mis argumentos.
La vereda era nuestro gran patio, donde no sólo nos encontrábamos en un punto fijo de la calle sino donde los que tenían bicicleta (hace 50 años era un lujo para la mayoría) daban la vuelta a la manzana saludando rigurosamente a los vecinos que estaban charlando en la puerta de sus casas (porque si no lo hacíamos recibíamos el reto de nuestra mamá cuando ellos le comentaban nuestro descuido) y al terminar la vuelta se la prestaban al amiguito o lo subían en el volante o en la “parrillita” de atrás y salían juntos a recorrer las cuatro cuadras “sin bajar a la calle” –como la mamá les había indicado–, cosa que se cumplía a rajatabla salvo muy contadas excepciones a las que no se las veía por el barrio por un tiempo debido a la respectiva penitencia.
Algunos nos hacíamos dueños de un pedazo de esa vereda, dibujando –con una tiza– una rayuela  en sus baldosas y saltábamos durante toda la tarde en uno y dos pies demostrando nuestro virtuosismo corporal. Cuando nos aburríamos recurríamos a la soga y nos “peleábamos” para sostener cada punta de ella y dirigir la velocidad del giro, tratando de sorprender al saltarín o los saltarines de turno porque, a veces, se ponían dos o tres al mismo tiempo y era difícil que todos coordinaran sin que se les enrede en los pantalones o en los zapatos.
Mientras pasaba alguno “volando” en su bici, las nenas nos poníamos paradas paralelas al cordón de la vereda, enfrentadas, con las piernas abiertas sosteniendo un elástico –primero desde los talones y luego, si la destreza del acróbata lo permitía, hasta las rodillas–.
Claro que los varones no se “prendían” en esos juegos y traían en sus bolsillos las bolitas y los bolones de colores tornasolados que, con el dedo gordo sostenido por el índice, hacían rodar para arrimarlos o para la carambola en el zaguán o en las veredas más gastadas porque el piso era liso. Los cuidaban como oro en polvo y a veces canjeaban sin muchas ganas 6 bolitas por 1 bolón preferido. También cargaban con los autitos de plástico rellenos de masilla para que, con ese peso, en la carrera no “volcaran”; o las figuritas de cartón con forma de circunferencia que deslizaban por la pared –extendiendo el brazo lo más que podían, por sobre la cabeza– y la que caía parada, ganaba. Los que eran más inquietos corrían por toda la manzana jugando al policía y ladrón o a los cowboy, donde el “pum… pum… pum” de los “disparos” sonaban desde atrás de los troncos de los árboles o del buzón rojo para las cartas.
El vecindario estaba al tanto de nuestras correrías y nosotros no sentíamos miedo de nada ni de nadie porque todos nos protegían de una manera u otra, a través de la mirilla de la ventana o nos miraba la vecina que barría la vereda o el policía de la esquina que estaba atento a todo.
Los días lluviosos teníamos prohibido mojarnos por el supuesto resfrío que se avecinaría, entonces tomábamos por asalto la mesa del living o la de la cocina, cubríamos sus patas con sábanas o frazadas (dependiendo de la época del año) y se transformaba en nuestra casita, donde pasábamos las tardes encerrados inventando historias, leyendo revistas de historietas o, simplemente, charlando.
Cuando tuve a mis hijos la vereda ya le pertenecía a los transeúntes porque todo se hacía “puertas adentro”, lo que provocó que los chicos no pudieran corretear libremente y el lugar del encuentro para los juegos era la casa, generalmente pequeños departamentos, que conllevaba a que el entretenimiento se concentrara más en el juguete. Allí armaban ciudades para los playmobil y cuando terminaban de armarlas se aburrían y como no sabían qué hacer las desarmaban. Aprovechaban una distracción nuestra para saltar sobre el colchón de la cama grande para sacarse toda la energía acumulada y cuando se quedaban sin ella miraban películas como la de Ali Baba y los 40 ladrones o escuchaban música de las películas infantiles. Siempre había a mano un trencito eléctrico o a pilas presto para verlo recorrer el piso de un lado al otro repleto de animalitos de granja, y la pelota infaltable caía en la red de básquet en miniatura  o golpeaba en el techo o las paredes ante el horror nuestro –porque inmediatamente hacíamos cálculos mentales para saber cuánto nos saldría la pintura del cuarto–. Las nenas –entre las cuatro paredes– se las ingeniaban para armar coreografías de gimnasia o jugar al gallito ciego con almohadones, leían cuentos o inventaban historias con los pin y pon, los pequeños pony o con las barbies.
Ahora veo a mi nieto Gaspar de 3 años, andando en triciclo en el pasillo de su casa de departamentos o tratando de trepar a la silla de la computadora para agarrar el mouse para hacer clic sobre el programa de dibujitos que quiere ver, y cuando vamos a la plaza es imprescindible que lo haga del lado de la pared, porque los colectivos pasan “raspando”.
Nuestro mundo era –como mínimo– las cuatro cuadras de la manzana donde vivíamos. Ahora se fue reduciendo hasta los 30cm de la pantalla de la computadora. Nada es mejor o peor, pero convengamos que es muy diferente.
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Imagen:Niñas saltando a la soga (Dibujo tomado de portalescuela.blogspot.com)
Texto tomado de El sol de San Telmo.

27 mar. 2012

Mala suerte


(De Nyda Cuniberti)

De todo lo que lleva padecido:
bronca, quilombo, encane, pateadura, 
el colmo de la bruta mishiadura
para la paica, es no tener marido.

Mas no todo en la vida está perdido,
ni la porca miseria tanto dura, 
que al fin le llegó un gil con metedura
que le dio, entre otras cosas, apellido.

El fato fue que cuando abrió el paquete
que aportó al matrimonio la fulana
y descubrió un pastel de lagransiete,

recomenzó la historia a ser como era:
ella a seguir yirando la manzana,
y el avivado gil, en la catrera.
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Foto: Ilustración de tapa de la revista La canción moderna (fragmento).

24 mar. 2012

“Álvarez” y “Borges”: un monumento como la gente



(De Mario Sabugo)

Un monumento como se debe, o sea, con significado y calor popular: todo el tiempo hay gente, todo el mundo se saca la foto, pero llamativamente algunos no se van sin darle un beso de veneración a Olmedo, sobre todo, y algo menos a Portales. Es un monumento completamente “elocuente”, pues no hace falta preguntarle nada sobre él a ningún experto. Desde luego recuerda al de John Lennon en La Habana, también sentado en un banco y dejando lugar al visitante que se quiera sentar a su lado, con la desventaja de que se colocó en una plaza de tono barrial en el Vedado, más bien alejada del Centro y de las multitudes. Este, en Corrientes y Uruguay, se planta allí delante de todos, y a todos complace. Se aclara a los imberbes que desconozcan la obra humorística de estos dos capocómicos que pueden acudir a chequearla en You Tube.
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Imagen: Monumento homenaje a los capocómicos Alberto Olmedo y Javier Portales en la esquina de Corrientes y Uruguay, Bs. As.
El texto y la foto fueron tomados de saboogle.blogspot.com 

23 mar. 2012

Revistas


(De Bernardo González Arrili)

Los almaceneros, alguna vez los merceros, ocupaban una parte de sus escaparates a la calle, en la exposición de revistas o retratos. Contaban en casa que, antes de la Revolución del 90, en las vidrieras de almacenes y fondas se acostumbraba a colgar las dos páginas centrales de El Quuijote, semanario donde Sojo dibujaba sus caricaturas “de actualidad”. El dibujo era suficientemente ingenuo como para que todos le hallaran su doble o triple intención, concordara o no con el epígrafe en prosa o verso. La oposición  al gobierno del “unicato” crecía con aquellos dibujos; ser anti-algo, por ejemplo anti-juarista o anti-roquista, era coincidir de manera festiva con los dibujos y los chistes de aquellas hojas. Los almaceneros manifestaban a su vez las predilecciones políticas de ellos o de la mayoría de su clientela, colocando aquellas hojas en la vidriera para que pudieran leerlas cuantos no adquirieran el semanario. Ya en las proximidades de la revuelta, por detenerse a contemplar los inocentes dibujos, más de un ciudadano curioso durmió en la seccional pues “estaba prohibido” ser opositor al gobierno de Juárez.
En los días éstos de la calle Corrientes, el “unicato” era un recuerdo y el semanario festivo había dejado de aparecer en Buenos Aires, pero subsistía la costumbre de exponer en las vidrieritas de los almacenes de esquina y en las cantinas de la media cuadra, las hojas o las tapas de las revistas ilustradas. El gusto del espectador gratuito había cambiando un tanto. Ya no sonreía con la cara deformada del político nacional; ya se habían dejado de lado las denominaciones zoológicas aplicadas a los principales actores de la política; ya Roca no era el zorro, ni Pellegrini la jirafa, ni Juárez un burrito; ahora el público debía amargarse enterándose de las tragedias lejanas. En las vidrieras almaceniles o cantineras  se colgaban las tapas en colores del semanario italiano Le Corriere de la Domenica (1) que traía siempre dos episodios dramáticos del “más alto interés”, de la más fuerte sensación popular: un  naufragio; un choque de trenes expresos; un incendio en un séptimo piso; una degollación de inocentes; un suicidio conmovedor. Producían el interés buscado, no cabe dudarlo. Las personas mayores después de contemplar largo rato aquellas tapas de revistas manifestaban su emoción. Algunos, para distraer el arrugado corazón sensible, hablaban de que los dibujos eran tan excelentes  “que parecían talmente fotografías”. Los muchachos veíamos aquellos dibujos coloreados con diferentes grados de interés. Difícilmente se nos convencía de la exactitud fotográfica de los grabados italianos, aunque nos llamaba un poco la atención ésta o la otra escena marítima o guerrera. Los episodios de la guerra anglo-bóer siempre tuvieron su interés para chicos y grandes; volvieron a tenerlos los que se referían a la guerra ruso-japonesa.
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(1) La revista se llamaba La domenica del corriere. Sin duda un lapsus calami del autor. (N. de la R.).

Imagen: Tapa de La domenica del corriere, edición  Nº 33  (13-20 agosto de 1916).
Tomado del libro de B. González Arrilli: Calle Corrientes entre Esmeralda y Suipacha, Editorial Guillermo Kraft Ltda., Bs. As., 1952.

21 mar. 2012

Elogio de plaza Belgrano


(De Luis Alberto Ballester)

El arte de descubrir los aspectos más seductores de Buenos Aires requiere la detención del habitual frenesí, un apartarse de nuestra personalidad más superficial: quien sólo ve su yo pierde el mundo, afirmaba Tagore. En esta tarea, trascendente y celestial, el tiempo recobra su fuerza y el espacio se sacraliza, el pasado fulge en el momento presente y ahonda y afina al espectador.
Algunas plazas de nuestra ciudad contienen estas enseñanzas. El barrio de Belgrano goza de la amplitud de varias plazas, como también las ornamentadas barrancas, donde se elevan fuentes y pabellones de melalcólica belleza. Pero en su plaza principal los mensajes de tiempos pretéritos se manifiestan abiertamente, de un modo casi ritual. Planeada en 1855 por Saturnino Salas al asumir el trazamiento del entonces pueblo de Belgrano, hospedó posteriormente a la Iglesia de la Inmaculada Concepción, construida por los arquitectos José Canale y Juan A. Buschiazzo.
El templo, conocido como "la iglesia redonda" por la perfección circular de su planta, se empina protegido por árboles que en las tarde parecen elevar sus ramas en un piadoso rezo: en esos instantes susurran y el viento de las alturas agita sus sombras.
Antes la iglesia estaba flanqueada por el hotel "Watson's", misterioso, habitado por fantasmas translúcidos que hablaban con voces de pájaro, erguido frente a las anchas calles que se perdían en el horizonte.
Cerca del desaparecido hotel se recorta contra los matices del día el Museo Histórico Nacional, inagurado en 1873 (1). Concluye en una torre coronada por una veleta. En una de sus caras mide el tiempo un reloj antiguo y blanco, como incitándonos a estar despiertos ante el  momento que huye.
Sobre la plaza Belgrano reinan los espacios libres, un cielo monástico, el encanto de las recovas, la silueta colonial del Museo de Arte Español "Enrique Larreta". El solitario, al cruzar la plaza, puede recobrarse a sí mismo, encontrar sus voces secretas y tal vez despertar a la deslumbrante vigía interior.
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(1) Edificio donde funcionó la antigua municipalidad del pueblo de Belgrano, convertido en Museo Histórico Sarmiento en 1938 (No. de la R.).
Imagen: Las tres Gracias,  reprodución del grupo escultórico de Antonio Cánova (1757-1822) que se levanta en la plaza Belgrano, del barrio homónimo.  
Tomado del libro de L. A. B.: Revelación de Buenos Aires, Torres Agüero editor, Bs. As., 1985.

20 mar. 2012

Isidoro Cañones


 

(De Néstor Gustavo Giunta)

Creado por Dante Quinterno en el año 1935, el personaje tuvo como antecedente a algunos de los primeros personajes del mismo autor, específicamente “Manolo Quaranta”, “Don Gil Contento”, “Julián de Montepío” e “Isidoro Batacazo”. Su primera aparición tuvo lugar en la primera de las aventuras de Patoruzú que fuera publicada en el diario El Mundo (el 11 de diciembre de 1935), donde regenteaba un circo, y se convertía en su padrino. Aunque el objetivo inicial de esto era cuidar los intereses de su ahijado, Isidoro siempre tratará, a partir de ese momento, de sacar partido de la fortuna del indio. De todas formas, a partir de ahí el personaje del padrino pasa a ser un compañero inseparable de Patoruzú en todas sus aventuras.
Sin embargo, el desarrollo del personaje de Isidoro, una vez creado, tuvo dos rumbos bastante particulares: por un lado era el padrino de Patoruzú, siendo su contraparte en las historietas compartidas por ambos, y por otro lado, era el auténtico “Playboy mayor de Buenos Aires” (tal como se lo solía denominar), pero ya viviendo sus propias aventuras; es en este segundo caso, a partir de 1940, cuando el personaje se haría más popular (y querido por el público). Vale señalar que, en las historietas compartidas por ambos, Isidoro es nombrado solamente como “padrino” (nunca por su nombre).
En las aventuras de Patoruzú, el personaje del padrino es presentado como irresponsable, timbero, interesado, vago, cobarde, corruptible y desvergonzado, o sea una antítesis de su ahijado (ya que Patoruzú es un ejemplo de moral, valentía, honradez y rectitud, entre otras virtudes). En estas historietas, Isidoro alternaría, entre los distintos escenarios, el campo y la ciudad. Ya para el año 1939, en una tira, aparecería, por primera vez, su tío, el Coronel Urbano Cañones. Un año después, y más que nada debido a la simpatía del personaje, Isidoro tendría sus propias aventuras como protagonista de su propia tira, en este caso en la revista Patoruzú Semanal, ya con historias totalmente ajenas a las del héroe sureño: Isidoro presenta una familia y una vida ajena a la que lleva en las historias que comparte con el indio como el “padrino”, ya que vive con su tío, el Coronel Cañones, en la casa de éste, en lugar de compartir el techo con Patoruzú. Pero las tiras de Patoruzú siguen adelante, así que, al mismo tiempo, pero en este caso como el “padrino” (no como Isidoro), continúa compartiendo las otras historietas con el indio.
Una de las razones del éxito del personaje se debía a que, a diferencia de los otros héroes de historieta (al menos en esa época), Isidoro tenía una vida como la de muchos de los lectores, en un mundo de tentaciones. Del mismo modo en que Patoruzú encarnaba todas las virtudes humanas casi hasta el aburrimiento, Isidoro se reservaba para sí una gran cuota de verosimilitud y realismo. Otro de los aciertos de la historieta fue hacer constantes alusiones a las marcas y lugares de moda, lo que acentuaba aún más el realismo y la consiguiente identificación por parte de los lectores; así, la historieta mostraba una Buenos Aires que existía en la realidad, y no una “neutra”, como la de Patoruzú y otros personajes de historieta. En sus propias tiras (o sea sin Patoruzú), Isidoro era un fiel representante del típico “chanta porteño”, y recreaba el prototipo del hombre de la noche. Sus andanzas fascinaban aún a aquellos que no comulgaban con su ética y sus métodos, y lograba que muchos anhelaran vivir la vida como él, una vida que, en sus comienzos, representaba a todo un sector del país, que, sin ser de la elite económica, vivía y conocía el Buenos Aires nocturno, y disfrutaba de las fiestas de la alta sociedad.
Para quienes no accedían a las boites y al  jet-set, Isidoro era una forma de vivir y conocer a Buenos Aires de noche. Incluso, todavía, en los años '40, era necesario vestir esmoquin y moñito para entrar en las fiestas de la alta sociedad (a propósito del tema, el apellido “Cañones”, Isidoro sólo lo usaba como aquella dote que le permitía acceder a ciertos lugares paquetes y presentarse en sociedad). De todas formas, el Isidoro de hoy casi que es el mismo de siempre, aunque encarnó al hombre de la noche en los años '40 y '50. Otro acierto de las historietas de Isidoro era el lenguaje sumamente coloquial que utilizaban los personajes, reflejo de cómo se hablaba en la calle y en las altas esferas.
¿Cómo definirlo? Según el escritor Luis Guzmán, “Isidoro era un playboy de otro tiempo y hacía gala de un cinismo casi inocente; era un tarambana, y a su vez un antihéroe algo querible a partir de sus fracasos, nunca demasiado malo ni demasiado cínico como para juzgarlo”. Por su parte, el filósofo Omar Bello dijo que “nadie sintetizó mejor al porteño y, por añadidura, al argentino promedio: un chanta irresponsable, pero increíblemente carismático. Ladrón, pero sin sangre ni violencia. Estafador del ingenio”. Andrés Accorsi expresó, entre otras cosas, que “Isidoro no estaba del lado de los buenos: estaba del lado de Isidoro. Si descubría las fallas del sistema, era en su propio beneficio y no para cambiar una situación injusta. La suya era una revolución frívola, que bien justificaba las infames estafas de las que se valía con tal de obtener guita, chapa y chicas”. Es importante señalar también, por supuesto, lo que dijo una vez, acerca del personaje, el semiólogo Oscar Steimberg: “Isidoro tenía el optimismo del pequeño triunfador cotidiano, a quien le importa lo que pasa hoy y no mañana”.
La valentía, como se dijo, no era su fuerte, y, aunque Isidoro Cañones era tramposo y algo indolente, en el fondo era de buen corazón, lo que lo hacía querible. Isidoro era aficionado a la vida fácil, a las carreras de caballos, a los autos deportivos descapotables (en general, el modelo de auto que utilizaba Isidoro era un BMW Cabriolet 503), y a su inseparable “Scotch”, que lo acompañaba diariamente. Generalmente con polera negra, saco cruzado (de anchas solapas), mocasines relucientes, pelo a la gomina (aunque con algunos pelos eternamente parados), y un vaso de whisky “Chivas Regal” para entonarse, Isidoro iba de fiesta en fiesta buscando diversión y viviendo la vida a su manera, ya que saldría a festejar cualquier asunto que sería de su agrado. También podía pasar jornadas enteras jugando al póquer. Otra cosa que le gustaba era bailar, sobre todo con música joven y popular, aunque dominaba distintos ritmos.
Isidoro siempre se las ingeniaba para pasar las horas a cuerpo de rey, con mujeres hermosas y de curvas insinuantes, pilchas de novela (una de sus cuentas pendientes casi siempre eran con el sastre, Popoff), lugares fenomenales, una “barra” de amigos dispuestos a hacer lo que se les ocurriera, y emprendimientos de los que (sin perjuicio de los tragos amargos de cada episodio) siempre salía ileso y bien parado. A propósito de su barra de amigos, sin dudas que Isidoro era un líder natural, ya que sus compañeros parecían sin iniciativa cuando no lo tenían a él. También hay que mencionar que a Isidoro le gustaba renovar su guardarropas, y por eso, en una sola aventura, podía variar entre distintos estilos de vestimenta: traje y corbata, saco blanco con un moñito al cuello, saco sport blanco con polera negra, saco deportivo a cuadros, esmoquin, etc. Con el tiempo, también se animó a la ropa informal, como ser los jeans, camisa, chomba, etc. Incluso apareció, alguna vez, con unos correctos “breeches” cuando tuvo que pasar una temporada en la estancia del Coronel.
Isidoro era capaz de dar una respuesta ingeniosa para impresionar a la barra de amigos o seducir a una mujer. Era el galán atrevido y el trasnochador que le huía al trabajo (nunca se le había conocido alguno fijo). Es más, para él, trabajar era casi denigrante. Se pasaba el día tratando de inventar negocios fantásticos y pensando a quién embaucar. A esa ocupación, se le sumaba el Isidoro conquistador. Sus conquistas permitían ir agregando personajes a la trama. Los amores de Isidoro, mujeres rubias, con dinero, y preferentemente de doble apellido, eran lo que entonces se denominaba “la crema de Buenos Aires”. Como dijo una vez Fontanarrosa, “Isidoro no alcanzaba a ser un dandy sino más bien un solterón empedernido”.
La trama de las historietas cuenta que Isidoro, que vivía con su tío, el Coronel Urbano Cañones en una hermosa mansión, llevaba una vida de playboy muy alejada de las heroicas andanzas de Patoruzú. Isidoro intentaba vivir sin trabajar y darse todos los gustos que quisiera a través de la riqueza de su tío, que una y otra vez quería, en vano, hacerlo cambiar de vida y sentar cabeza. Es más, Isidoro tenía pocos escrúpulos y era capaz de reclamar sus derechos de trabajador respecto a la pensión vitalicia que el tío le pasaba mensualmente, solicitando, por ejemplo, vacaciones, doble aguinaldo y aumento retroactivo según la inflación. La ciudad en la que Isidoro se movía era, sobre todo, una Buenos Aires nocturna. Un ejemplo de una jornada sería un coktail en “Polifemo”, ir a comer a la parrilla “La Raya”, seguir con café y copas en el “Petit Café” y, para reventar la noche, baile en “Karim”. También frecuentaba lugares como “Mau Mau”, “Hippopotamus”, “La Biela”, “Camerún”, “Pigalle”, la parrilla “Happening”, etc. Justamente, en “Mau Mau”, que era la boite más exclusiva de los '60, y casi un segundo hogar para Isidoro, el personaje deleitaba a la barra con sus shows siempre espontáneos y su ágil danza en la pista.
Por supuesto que también asistía al Hipódromo de Palermo, y, cuando armaba una “bienal de Isidoro” generalmente alquilaba la Rural o la cancha de River. Por su parte, Mar del Plata, con sus exclusivas boites forradas de leopardo, era la Meca; en los ’40 era el lugar obligado para cualquier cajetilla que gustase cambiar de paisaje de vez en cuando, y para Isidoro, desde siempre, era el horizonte perfecto para un fin de semana salvaje. Por eso, con el tiempo, “La Feliz” fue un punto de encuentro casi obligado, en el verano, para la barra. Luego, con el paso del tiempo, Isidoro se fue convirtiendo en un personaje sin fronteras. Así, con los años comenzó a vivir aventuras también en distintas ciudades de Latinoamérica y Estados Unidos, y, sobre todo, en Europa (más que nada en Mónaco, París, Londres, Roma y Montecarlo). También visitó, ocasionalmente, alguna isla paradisíaca. Y no solamente estaba bien informado de los lugares de diversión en cada sitio, sino que también se demostraba conocedor de las bebidas características de cada ciudad a la que visitaba.
Con Isidoro se pasó del relato de aventuras de Patoruzú a la comedia de enredos. En 1968 apareció su propia revista (Locuras de Isidoro), sitio donde aparecería otro personaje, Manuel. Ese año, el protagonista comenzó a “zafarse”. Allí, los guionistas Faruk y Mariano Juliá, (los dibujos eran de Tulio Lovato) pensaron cómo convencer a Quinterno de que Isidoro necesitaba ampliar sus horizontes, abrir las fronteras y lanzarse a conquistar el mundo entero. Además, el playboy debía conseguir una compañera que lo secundara en sus estafas y negociados, aunque Faruk recuerda especialmente lo difícil que fue persuadir al dibujante.
Así, no pasó mucho tiempo antes de que el camino de Isidoro se cruzara con el de la hermosa Cachorra, en pleno viaje a Mar del Plata, ciudad en la que nuestro playboy ha pasado noches inolvidables, asomado alguna que otra vez por la playa con gafas oscuras. Cachorra era tan “bandida” como Isidoro, y además su cómplice, pero ante los ojos del Coronel Cañones se mostraba como una chica de familia, estudiosa, responsable, recatada y trabajadora, y se convirtió en una mujer recurrente en la vida de Isidoro. Curiosamente, el abuelo de Cachorra, el misterioso general Bazuka, nunca fue mostrado, pues siempre cuando Isidoro lo iba a conocer, el militar estaba en el exterior.
La popularidad del personaje fue tal en la década del '70 que, en los años 1973 y 1974 aparecieron 2 discos de “La Discoteca de Isidoro”, con los temas de moda de la época. El personaje ofició de compilador de los dos long play con éxitos de la época. Las colecciones incluían desde “Roll over Beethove”, de Electric Light Orchestra, hasta “Who was”, de Hurricane Smith, “Miss Ruth Ann”, del conjunto Gallery, o “Mama Loa”, de los Humphries Singers. Hits irresistibles que recalaban en la música disco, el soul, la canción americana y el lounge. Como para estar en onda con la nueva ola.
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Imagen: Isidoro Cañones, personaje de historieta creado por Dante Quinterno.
Nota e ilustración tomadas del sitio http://www.todohistorietas.com.ar

18 mar. 2012

Evocación


 

(De Osvaldo Calatayud)

Cuando contaba pocos años de edad, la palabra Boedo era para mí el nombre de un país maravilloso donde ocurrían cosas fantásticas.
Tanto mi abuela como mi madre hacían referencias a ellas en conversaciones domésticas. La alusión a Betinoti, que era “un hombre muy triste” como siempre comentaba la abuela, o la sangre derramada en la huelga de Vasena, eran temas que incentivaban mi imaginación haciendo que Boedo fuera más familiar en mi infancia.
Con el tiempo, otra atracción fue el teatro “Boedo”. Se hablaba mucho de él, ya que mi tío Pepe Cortazzo fue administrador de ese teatro varios años. Allí conoció a mi tía Maruja que había llegado un carnaval como figuranta en una comparsa que pasó por el teatro. Mi madre decía que la había raptado y que se había peleado por ella a cuchillo en la cortada de Oruro. Era en mi mente el tío Pepe un cuchillero digno de un poema de Borges.
Por eso, si mi abuela decía: “Cuando vivíamos en Treinta y tres” y comenzaban las anécdotas, yo concentraba toda mi atención en ellas para no perderme ningún detalle. Así conocí la leyenda de un ladrón llamado La Viuda, porque se disfrazaba de negro y cubría su rostro con un velo como las antiguos viudas, para asaltar a la gente. El incendio del bar “Biarritz” también me fue familiar. En casa había una silla que perteneció al bar y que me tío Pepe había traído al rescatarla del incendio.
Pero lo que siempre me había convulsionado era el busto de José González Castillo que había creado Agustín Riganelli y que estaba presidiendo el comedor de casa. Ese rostro ceñudo y esa frente amplia me inspiraba temor y otras veces una gran ternura. En una oportunidad lo vi personalmente. Llegó a casa en busca de mi tío Alberto y allí pude comprobar que Riganelli no se había equivocado al dar a su trabajo ese dejo de ternura que yo había descubierto.
Por supuesto que alrededor de todos esto estaba mi tío Alberto P; la P, descubrimos ya de mayores, era de Pantaleón. Este tío bohemio, nocturno y hablador, que me llenó también de anécdotas y de conocimiento. Este tío que muchas noches nos contaba historias de la peña El Fondeadero; de cómo don Luis Arata cenó una vez en casa y mi abuela se lamentaba de que el pan era del día anterior; de cómo Belisario Roldán sabía de memoria todos sus discursos; de cómo Alfredo Palacios atacó siempre la censura y defendió muchas veces a los autores censurados; de la peña Pacha-Camac; en fin, de muchas cosas que fueron formando mi personalidad y que hicieron que toda mi vida la dedicara a investigar ese tiempo y esos hombres.
Pero si bien el tío Alberto fue mi guía y referencia, la palabra Boedo en mi niñez, impulsó mi fantasía ante la nostalgia de mi abuela y de mi madre.
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Imagen. El teatro “Boedo” en 1930.
Texto tomado del libro Pasión de Boedo Aires, poemas y prosas, Buenos Aires, 2000.

16 mar. 2012

Recuerdos de la movida cultural de los 80 y los 90


(De Leonardo Aguirre)

Ya nada es lo que era. Y no es que “todo tiempo pasado fue mejor”, pero sucede que hubo una Buenos Aires que, allá por los lejanos fines de los 80 y hasta bien entrados los 90, rebosaba de cultura, diversión, hedonismo, encuentros, desbordes… ese cosquilleo que producía la incertidumbre de no saber qué podía suceder, que estimulaba y ya no se encuentra más.
Se perdió el espíritu y también se han perdido los lugares. Donde se podía sentir el pulso de la escena underground del rock ahora hay un garaje. Donde se encontraba la gente más desprejuiciada de la noche ahora hay un restaurante. Donde se podía bailar extasiado hasta bien entrado el amanecer ahora hay persianas bajas. Donde se podía ver el teatro más experimental ahora hay un sindicato de porteros.
Ya ven, como supo cantar Gustavo Cerati, “nada nos libra, nada más queda”; ahora sólo nos quedan recuerdos de ese pasado. Llorar tiempos que no volverán no sirve de mucho. Pero si, en cambio, recordamos aquellos años de una burbujeante movida cultural y nocturna que marcó a fuego a una generación, seguramente podamos recuperar el espíritu y proyectarlo a estos tiempos normalizados e intramuros tan acordes con el mundo 2.0.
Cuando llegué del campo a Buenos Aires, la nutrida agenda de eventos que el suplemento “Sí” del diario Clarín ofrecía cada viernes era una invitación concreta a salir. Y, por supuesto, allí fui. Para concretar tan ansiados sueños tenía que ubicarme en la ciudad. Mis conocimientos incipientes de las calles porteñas me indicaron que casi todo lo interesante sucedía principalmente en “el centro”, esa zona difusa ubicada al este de la Avenida 9 de Julio y al sur de la Avenida de Mayo.
Como buen fanático de la música, el primer destino fue “Cemento”, en Estados Unidos al 1200. Así fue como pasé gran parte de las noches y madrugadas de la década del 90 en ese galpón alargado y despojado, decorado sólo con cemento, ladrillos, hormigón y asfalto, ideado por Omar Chabán y Katja Alemann como un espacio interdisciplinario y multicultural, y que con los años se convirtió en la verdadera catedral del rock. Allí conocí a mis mejores amigos mientras esperábamos charlando en la cola, esperando ver algún show de Babasónicos, Martes Menta, Tía Newton, Juana La Loca, Suárez, El Otro Yo o Peligrosos Gorriones, las bandas que renovaron la escena de rock a principios de esa década.
Tenía dos espacios bien diferenciados: uno para recitales, obras de teatro o simplemente baile, y otro con la barra y las gradas para charlar. Rock, teatro experimental (recuerdo haber visto una función donde el público debía desnudarse y poner la ropa en una bolsa que te daban en la entrada) y, principalmente, un lugar de encuentro y socialización donde se pasaba data. Allí conocí bandas de las que nunca había escuchado, recibí invitaciones para ir al “Lugones” a ver ciclos de cine de directores que nunca había oído mencionar.
Y así, como de repente empecé a ver mucho cine a raíz de esas recomendaciones, también empecé a ver teatro: otro teatro, no el de la avenida Corrientes. Y el lugar indicado para eso era el “Parakultural”, la creación de Omar Viola y Horacio Gabín. A pesar del aire dark, tan de esa época, que lo sobrevolaba, desde Venezuela al 300 comenzó a darle brillo a esa zona oscura de San Telmo (1) con la provocación de las obras de Gambas al Ajillo, Alejandra Flechner, Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, quienes en alguna de las tres funciones, que incluía una de trasnoche, le cambiaban la cara al teatro y lo actualizaban con el lenguaje de aquellos tiempos.
Luego era la hora de las bandas y allí se podía ver a Don Cornelio y la Zona, Sumo o Los Fabulosos Cadillacs. Cuando el sindicato de porteros decidió ampliar su sede fue el tiempo de mudarse a un galpón en una zona más residencial del barrio, Chacabuco al 1000, y el “Parakultural” experimentó los mismos problemas que “Cemento”: se enfrentaron con la necesidad de los vecinos de dormir tranquilos. No obstante, el espíritu continuó y en cualquiera de los “jueves experimentales” del “Parakultural” se podía ver a Alfredo Casero, Mariana Briski o Carlos Belloso; distinto edificio pero el mismo delirio provocador.
No todo era recital o teatro, había bares también. Salido de la imaginación de Sergio De Loof, en México al 300 (una zona donde los fantasmas parecían materializarse y caminar), el bar “Bolivia” ofrecía una versión local del glamour con colores fluorescentes, ropas floreadas y una estética trash rococó que presagiaba los años venideros. Platos económicos y populares (polenta y guiso), vino de damajuana y una colección de freaks inquietos y creadores decretaban el fin de la oscuridad reinante.
Y, por supuesto, se bailaba, y mucho, por las ganas de dar rienda suelta a un hedonismo que chocaba con el discurso economicista de los 90. “El Dorado”, que también contaba con la impronta del artista De Loof, era el lugar. En Hipólito Yrigoyen al 900, a metros de la Avenida 9 de Julio, uno se adentraba en un mundo under ecléctico y glamoroso que se sentía ni bien se atravesaban las cortinas de color rojo intenso y se veía la decoración a mitad de camino entre el Cotolengo Don Orione y Once. Un mundo donde no se segmentaba, como sucede hoy, por la elección de un objeto de placer (no era un boliche hétero, homo, lésbico, etc.), sino por intereses. Uno encontraba gente de mentalidad abierta, que no se espantaba por superficialidades y que se entregaba sin culpas al dionisíaco experimento del placer con la música que acaba de editarse, los clásicos de siempre, los rescatados, los “mal vistos”, lo popular, las bandas que con desparpajo cantaban vidas cotidianas (Satélite, de Cristian Peyón, uno de los dueños del lugar, cantaba sobre lúmpenes que afirmaban su derecho a disfrutar) y cualquier delirio imaginable. No es casual que haya sido la primera disco que contrató Drag Queens, que le daban al lugar un glamour propio (recuerdo a La James y Cristian Dior con maquillaje de principiante y pelucas de Once).
Si la idea era cambiar de lugar se podía caminar unos metros hasta Hipólito Yrigoyen al 800, donde estaba “Morocco”, la creación de Diana Ruibal e Ignacio Cubillas. En poco tiempo, este lugar con dos plantas que mezclaban lo latino con el glamour; lo under con las modas; lo peligroso con lo esnob; los VIPs con los freaks, se convirtió en un espacio de mixtura, intensidad y diferencias, una especie de pequeño parque de diversiones ecléctico.
Pero también había vida durante el día. Un lugar en el mundo, una tienda gigantesca en Humberto I al 300, frente a la iglesia (luego fue la sede del canal de música Much Music), donde se encontraba la ropa vintage que en unos años sería moda, los discos en vinilo (recién muertos por el perfeccionismo digital del CD) de bandas que se consideraban grasas (allí descubrí que Leonardo Fabio también brillaba en la música) y la data de lo que había que hacer esa noche o el fin de semana.
Sería injusto dejar de mencionar los petit hotel abandonados, que hoy son hostels o departamentos reciclados para gente que invierte en el barrio, donde se celebraban fiestas memorables que o bien podían terminar repentinamente por algún altercado ocasionado por alguna sustancia o bien durar hasta el mediodía siguiente y fueron marco de las primeras fiestas Brit o raves.
Podríamos seguir mencionando lugares que en “el centro” –esa zona difusa que incluía Constitución, San Telmo y la City– marcaron a una generación. La cultura se veía como un campo para probar ideas, alternativas al discurso oficial. La noche era un ámbito de hedonismo y búsqueda, sin prejuicios ni histerias ni compartimentos cerrados y la música buscaba dar cuenta de los tiempos y prefigurar los venideros. Eso existió. Yo lo viví. Me gustaría vivirlo ahora o mañana. Si alguien quiere, me avisa y armamos algún plan.
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(1) En realidad, Monserrat, San Telmo nace en la calle Chile (N. de la R.)
Imagen: El Centro Parakultural, cuando estaba en la calle Venezuela 336 frente a la cortada 5 de Julio.
Nota y fotografía tomadas del periódico El sol de San Telmo.

Los boleros


(De Roberto Díaz)

¿Recuerdan aquella época cuando una música melosa, lenta y sensual, se nos metía por los poros y nos hacía bailar con los ojos entrecerrados y distantes?
Los tangos eran para lucirse. Para hacer malabarismo con las  piernas. Cortes, quebradas, ochos, servían para que se exhibieran los más dotados, los que tenían técnica, alma y sangre de bailarín.
En cambio nosotros, que éramos bastante “troncos” de la cintura para abajo, preferíamos en la milonga esta música dulce, que no exigía ninguna habilidad especial, simplemente dejarse arrastrar por la pista a un ritmo de cámara lenta, ciñendo a nuestra compañera y meciéndonos lánguidamente al son de su compás.
¡Época romántica la del 50! Los enamorados, de parabienes. Aún se hablaba de la luna como de un elemento mágico en nuestros sentimientos. Aún, el pie prosaico y astronáutico de Neil Armstrong  no nos había tirado abajo  su encanto.
¡La luna, los parques y el bolero!
Época en que las madres acompañaban a sus hijas al baile y vigilaban, con ojo crítico, la menor o mayor estrechez del abrazo. Las cuidaban para futuras madres, para hacendosas amas de casa.
¡Cuántos noviazgos que luego cristalizaron en casamiento se forjaron al sonido de este ritmo importado, que nació en tierras tórridas, plagadas de bananeros y cielos estrellados!
Aprendimos, con él, una manera distinta de encarar el amor. Ya no era la rústica y salvaje pasión del tango ni era su dolor vivo, maceradamente contado. Era la lánguida nostalgia de alguien que recordaba a su muchacha morena y la tristeza no se tornaba desgarradora sino más bien introvertida, azucarada por el recuerdo. Además, ¡cómo lo cantaban! Voces excepcionales recorrieron el género. ¿Se acuerdan de Pedro Vargas? ¿De Juan Arvizu? ¿De Fernando Albuerne? Parecía que tenían una cortina de terciopelo en la garganta y unos pulmones con  más viento que el Pampero. Hacían unos gorgoritos, unas cosas extrañas con la voz, que nos ponían los pelos de punta.
Entonces tomábamos a nuestra novia del brazo, la mirábamos hondamente a los ojos y danzábamos, extasiados, siguiendo la melodía pegadiza, la letra llena de melancolía y sugerencia.
Los boleros son una parte importante de nuestra vida juvenil. Comprábamos los discos y nos reuníamos a escucharlos en grupo. Nos emocionaban las letras de Roberto Cantoral, tan líricas. (Ahora sabemos que este señor vive (1) como los dioses en sus pagos de México, gracias a los derechos de autor, en los que nosotros también contribuimos) o aquella romántica exaltación de Agustín Lara (tan, tan parecido físicamente a nuestro Discépolo): “¿Te acuerdas? Fue en Acapulco, María bonita, María del alma” y María Félix lo miraba con hastío, mientras se limaba las uñas: “Agustín, me tienes harta con esa canción. ¿Por qué, mejor, no me compras un brazalete?”.
A nosotros no nos importaba este trasfondo gris de los boleros. Tampoco nos interesaba que “Los Panchos” se agarraran a trompadas cuando se repartían las regalías de sus discos. Lo que estaba en pie, era esa música envolvente que nos estrujaba el corazón hasta dejarlo como una mandarina. Ese “te quiero” que brotaba solo, después que se apagaba la voz de Gregorio Barrios.
Época que nos hacía creer en el amor, que nos “motivaba”, como dicen ahora los psicólogos.
Cada vez que vemos una pareja abrazada sabemos que, detrás, aunque ya no se escuche, aunque nuevos ritmos lo hayan desalojado, hay un bolero. El bolero que la vida escribe a cada instante, cuando están juntos una mujer y un hombre.
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(1) Roberto Cantoral falleció en 2010. Esta crónica fue escrita en la década del 80 del siglo pasado.
Imagen: El cantante melódico Gregorio Barrios (1911-1978).
Tomado del libro de R. Díaz: Crónicas para el desayuno, Ediciones La ciudad, Avellaneda, Prov. de Bs. As.,  1983.  

13 mar. 2012

El hombre de bolso al hombro


(De Eduardo Dalter)

El hombre de bolso al hombro que va en el estribo,
agarrado como puede, y ve pasar las vías
velozmente, con sólo abrir su mano llegaría
no a la próxima estación sino al otro mundo,
el mundo ciego que lo mira, en la mañana
temprano, casi noche, y en la tarde. Pero
él sigue, y el país sigue, en el férreo estribo
de estos años, entre señales y señales, soberbias
y soberbias, canciones y canciones, esperando
que no llueva ni truene, y en llegar a la estación,
aunque con una tristeza que, a fuerza de sola costumbre,
ya es casi una alegría que merece un festejo.
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Imagen: Estación Once en la hora pico. 

12 mar. 2012

Una divagación sobre los "bosteros"


(De Fernando Sánchez Zinny)

Algo he escrito no hace mucho para Buenos-Ayres acerca de usos paronomásticos y otros juegos con nombres; mientras lo hacía era imposible no tener presente cierta cuestión pendiente entre los curiosos de lo cotidiano de nuestra ciudad: ¿qué quiere decir "bostero" aplicado a los partidarios de Boca Juniors y cuál es la causa de esa depresiva adjetivación, transformada por los afectados en apelativo del que se sienten muy satisfechos? 
La historia oficial, que en este caso navega por la web, posee una respuesta para ese interrogante: "El término bostero –señala–, con el que se conoce a los hinchas de Boca Juniors, tiene su origen en la ubicación de la actual cancha de fútbol del club, ya que en ese mismo sitio, antes de levantarse el estadio, había una fábrica de ladrillos, que para su elaboración utilizaba como materia prima bosta de caballos". No tengo en principio motivo alguno para dudar de esa aserción y -me adelanto a reconocerlo abiertamente- tampoco me he dedicado a investigar los detalles de la trayectoria "xeneixe", pero a simple vista cabe hacer una objeción: la bosta no es, en absoluto, materia prima de los ladrillos, aunque sí puede ser utilizada como combustible para su cocción, si bien esto no es frecuente porque se requeriría una enorme cantidad.
Si uno se pone a hilar más fino, lo improbable de que eso haya sido tal como se cuenta asume magnitud considerable: ¿había un horno de ladrillos en la Boca, zona entonces tanto más sometida a inundaciones que ahora, en la que el consiguiente pozo se convertiría tras cada sudestada en lago? ¿Lo había en un área en la que los ladrillos se utilizaban poco pues las construcciones tendían a ser mayormente de chapa? En fin, ¿se lo habilitaría junto a una vía ferroviaria, con el riesgo de que el humo impidiese ver desde las locomotoras la señalización que precedía al puente sobre el Riachuelo?
De acuerdo, estas reticencias son sólo tangenciales y se refieren únicamente a la exactitud de lo citado. Pero Boca Juniors arribó al terreno en que habría de establecer su estadio definitivo, en Brandsen y Del Valle Iberlucea, en 1924 -las obras habían comenzado dos años antes-, tras haber hecho una larga recorrida, en la que incluso llegó a tener cancha en Wilde. Bien podría ser, pues, que lo del horno de ladrillos correspondiese a otro predio y no al actual, aparte de una explicación lateral y no desdeñable que asimismo he escuchado: las tierras de la Boca son bajas y en ellas la acción hídrica disuelve constantemente los componentes orgánicos que favorecen la germinación. Si alguien quería hacer allí una plantación o quintita -y así ocurre en toda la zona de la Costa- necesita abonar y de sobra es sabido que los italianos se valen abundante y clásicamente de las deposiciones del ganado para esa finalidad. Por tal razón se les habría dicho a los del barrio, "bosteros".
No me convence en absoluto, pero tomo de ese argumento un dato que juzgo de importancia y es la relación del término no ya con algo local y sólo sabido por los inmediatamente allegados al club, sino con la observación de que "así se les decía a los del barrio". Sí, eso ha sido muy común: los clubes de fútbol son asimilados a barrios y se los vincula con aquello característico de éstos: tenemos, entonces, que los de Huracán son "quemeros"; los de Chacarita Juniors,  "funebreros"; los de Quilmes, "cerveceros". ¿Y los de la Boca? A los de la Boca se llamaba "boteros" y además solían serlo, y todavía con yapa: de haber en efecto un botero sólo existía en la Boca, hasta cerca de 1890, único puerto de la ciudad. Véanse Eduardo y José Antonio Wilde, Aníbal Latino, Víctor Gálvez, Calzadilla, y se ha de encontrar ese término y también su constante entrelazamiento con la Boca: "barrio de boteros", "ahí viven los boteros y otra gentuza". Y hasta se hallará la abstracción consistente en extender el vocablo a gentilicio: "Era un muchacho botero que trabajaba de albañil".
Botero significa, con connotación despectiva, marinero o marino. Los oficiales del Ejército -e imagino que igual sucede en todos los países hispánicos-,  aun hoy día, cuando quieren ser cáusticos en relación con sus colegas de la Armada los califican de boteros. Brown, Mihanovich, Dodero y hasta Onassis han sido motejados de esa manera, y obviamente también lo fueron los vecinos de la Boca.
Confieso que la chocante similitud -aparte de la proximidad geográfica- entre botero y bostero me llamó siempre la atención y que asimismo me ha sorprendido no poco el empeño en desconocerla por parte de los futbolólogos, sin, por supuesto, querer rebatir nada ni afirmar nada taxativo. ¿Pero no podría ser -lo arriesgo como mera hipótesis- que alguien  deformase la palabra con designio denigratorio y que los agredidos -riéndose un día, tras haber bufado-  hayan tomado la maligna ocurrencia como galardón y luego hayan hecho gala de ella, hasta con orgullo?
Porque de casos así está repleto el lenguaje general. Lo que quiso ser un insulto -gaucho, descamisado, blandengue- fue adoptado como timbre de honor, y esto suele ser frecuente. Pero no vayamos tan lejos y permanezcamos en el ingenuo ámbito del fútbol, del que ya citamos el hiriente quemero y el algo más admisible funebrero. Hay otros casos en los que la voluntad de desprecio se acrecienta y, sin embargo, la recepción -que acaso fue de ofensa inicial- invariablemente sublima el término. Se le imputaba a los seguidores de Gimnasia y Esgrima de La Plata ser en su mayoría obreros de los frigoríficos y de ahí viene el torvo apelativo de "triperos". Como sus rivales de Estudiantes se descontaba  serlo de Medicina y como éstos daban en hacer herejías con los conejitos de Indias, fueron llamados "pincharratas".
En Santa Fe hay dos clubes de nota: Unión, que nació en el centro de esa ciudad y Colón, con afinidades en sus riberas anegadizas. Los primeros son los "tatengues" -voz exclusiva de allá, hoy en desuso, equivalente a nuestro también olvidado "tilingo"-, y los segundos, "sabaleros", tal vez porque comían algún mal sábalo si picaba la carnada y, con precisión de diccionario, sujeto de baja condición y hasta hampón, cuya pluralidad forma el turbio "sabalaje".
Peor es el panorama en Rosario, donde los "canallas" (Rosario Central) se oponen a los "leprosos" (Newell’s Old Boys); allí, sin ningún reparo, se predica acerca de la "gloria canalla" y de la  "machaza fuerza de los leprosos", extremos ante los que el pobre tano mostachudo y bostero se nos vuelve casi como un dandi.
Y eso es todo: la dejo picando.
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Imagen: "La Bombonera", estadio del club Boca Junior (Foto tomada de taringa.net).

9 mar. 2012

Casa Grimoldi


(De Enrique Espina Rawson)

Con este nombre se conoce al colosal edificio ubicado en Av. Corrientes (2248/58/60) entre Paso y Larrea. Se construyó en 1918, su primer propietario fue Alberto Grimoldi, y su diseñador, el arquitecto italiano Virginio Colombo, de quien ya hemos dado múltiples referencias en anteriores notas sobre algunas de sus obras. 
El apellido Grimoldi está asociado desde hace más de 100 años a la memoria de los porteños. Alberto Grimoldi fue un inmigrante italiano que en 1895 fundó una fábrica de calzados, que logró inmensa popularidad a través de los años, y que, como sabemos, aún existe. ¿Quién no recuerda a Grimoldi como “la marca del ½ punto? ¿Quién no oyó de Gomycuer?
Volviendo al edificio, digamos que sus dimensiones son heroicas: 8.200 m2 cubiertos en los 24 metros de frente x 87 de fondo. Supone para quienes habitan en el cuarto y último cuerpo del edificio de seis pisos, caminar casi una cuadra entre la puerta de su departamento y la puerta de calle. Asomarse a los interminables pasillos de las entradas correspondientes al 2248 y 2260, es contemplar un festival de diseño.
Desde las arañas tipo Tiffany, los coloridos vidrios de las puertas, las ornamentaciones que se desarrollan en las paredes y todos los detalles que evidencian la ejecución “a medida”, dan cuenta de la infinita minuciosidad del dibujo, la estupenda calidad de los materiales y la experiencia y profesionalidad de la mano de obra empleada. Sabido es, ya lo hemos dicho en alguna nota, que Colombo tenía su propia cuadrilla de operarios, traídos expresamente de Italia para trabajar en sus obras, que por cierto abundaban en  esos años. 
Podemos incluir un pequeño comentario al respecto. Lo que hoy tanto admiramos en el peculiar estilo Liberty que desarrolló Colombo con tanta fantasía y precisión, parece no haber entusiasmado demasiado a los residentes de la zona de Recoleta y Barrio Norte. No registramos ninguna obra de Colombo ni de sus émulos desde, digamos, la Av. Córdoba al norte. Todas parecen estar circunscriptas a las zonas céntricas, a Congreso, Abasto y fundamentalmente, vinculadas con exclusividad a los altos referentes de la colectividad italiana. Seguramente la exuberancia de elementos decorativos, no era considerada de muy buen gusto por quienes habitaban las zonas más caras y exclusivas de Buenos Aires, en las que predominaban los palacetes de estilo francés.
El edificio Grimoldi está dividido en dos mitades simétricas, con entrada principal a las unidades del primer cuerpo, en el 2254 de Av. Corrientes. El frente, realizado en parte en imitación piedra oscura y en otra revocado, es en verdad digno de estudio, y de no ligera descripción. Así, los balcones del primero y segundo piso aparecen enmarcados en una columnata clásica que se destaca en el extenso frente. En las bases de las columnas, a la altura del cielorraso de la planta baja, rugen cuatro pétreas cabezas de león, restauradas no hace mucho; y mientras las barandas de los balcones del segundo piso son de rejas, las del primero están realizadas en maciza y decorada mampostería, igual que en el tercer piso.
Bajo los ventanales del cuarto piso lucen dos blancos frisos poblados de querubines, mientras que el quinto, si bien participa de los lineamientos característicos generales, tiene un diseño distinto a los cuatro pisos anteriores. Este piso conforma un increíble duplex con el sexto, y ambos se unen con el segundo cuerpo a través de sendos puentes que atraviesan el primer patio de aire y luz. Este último piso está algo retirado de la línea de edificación y de las medianeras, posibilitando así terrazas laterales, otorgando al conjunto unacierta impronta babilónica, vinculándolo, por ese aire de familia al Palacio de Tribunales, cuya ornamentación estuvo a cargo, precisamente, de Virginio Colombo.
No podemos dejar de mencionar que el interior de los departamentos es suntuoso. Mármoles, piso de roble de Eslavonia, carpintería de cedro, mosaico veneciano y vitraux, son comunes a todos ellos, desde los internos más pequeños de 50 m2, los del frente que tienen 250 m2, hasta el gran dúplex mencionado de más de 500 m2. Varían los tamaños, no la calidad insuperable.
La descripción del edificio demandaría una vida, tanto de quien emprenda esta tarea como de quienes la lean, así es que nos limitaremos a mencionar algunas pocas cosas más. La entrada principal tiene un cielorraso abovedado de placas de mármol, en tanto que los muros laterales están cubiertos de frisos con motivos clásicos, también de mármol. También en ella podremos ver un grandioso pórtico de madera tallada, con dos cariátides, que da acceso al palier del ascensor, que es también una pieza de colección, seguramente única en el mundo.
Los patios interiores, lógica y lamentablemente, no pueden ser vistos desde la calle. Los laterales, más pequeños sí, y son observables por quienes se sitúen en la esquina de Paso y Corrientes. Son un modelo de lo que se dio en llamar “futurismo”, evidenciado en las grandes ventanas redondas, y en las aberturas metálicas curvas ornadas de vidrios de colores de alucinantes diseños.
 Afortunadamente las construcciones linderas son bajas, de modo que se puede apreciar todo el largo del edificio y disfrutar de los detalles de este vanguardista monumento a las artes. También, observando el pináculo de la casa, podrán asombrarse con una torre circular rodeada de rejas que corona con gracia y sutileza el edificio, y desde la cual, por esos años, se podía ver casi todo Buenos Aires. Cincuenta metros más allá de nuestra homenajeada, sobre la misma vereda, la estrambótica circulación vertical de una derruída galería comercial nos recuerda que el buen gusto y delicadez para construir parecen haberse perdido en nuestra ciudad -sin contar las excepciones- hace mucho tiempo.
La Casa Grimoldi fue sabiamente restaurada hace no mucho tiempo, y se la pudo despojar así de una cartelería abrumadora, y poner en valor muchos elementos decorativos del frente, algo deteriorados. Sólo molesta- ¡y cómo!- un  saliente brazo metálico, como de robot barato, que brota del tercer piso, con el nombre de una popular casa de hamburguesas y papas fritas. Casi una profanación.
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Foto: Casa Grimoldi (Foto de Iuri Izrastzoff).
El texto y la ilustración fueron tomados del sitio: Fervor x Buenos Aires, revista on line.

Acerca del arpa en las expresiones populares

 
(De Luis Alposta)

Los músicos que tocaban el arpa en el antiguo Egipto eran exclusivamente varones ciegos.
Entre nosotros, y lunfardo por medio, el acto de morir (y dejar chamuscada una silla) se traduce en: escatar, espichar, pinchar, sonar, finir, palmar, crepar, entregar el rosquete o irse por la rejilla. Lo que puede ocurrir en forma repentina o después de estar jugado, rifado o regalado durante algún tiempo. Hace muchos años, el actor Marcos Kaplan, hablándome de alguien que se encontraba en ese trance, me dijo lo siguiente: Dos afeitadas más y lo perdemos!
Entre las expresiones populares que aluden al acto de morir hay dos que le echan mano al arpa, y son las que dicen estar más cerca del arpa que de la guitarra y  sonar como arpa vieja. Veamos el sentido de esta última.
Debido a su aspecto delicado, resulta difícil imaginar que la estructura de un arpa sea capaz de soportar varias toneladas de tensión, ya que cada una de sus 46 o 47 cuerdas ejerce una tracción de alrededor de 100 kilos. Eso explica que no se conserven ejemplares de arpas antiguas. La enorme tensión hace que después de algún tiempo la cubierta de la caja se curve y finalmente el instrumento se rompa. Por eso, la vida de un arpa no suele sobrepasar los cincuenta años. De ahí la expresión: ¡Sonó como arpa vieja!
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Imagen: La danza de la muerte de Michael Wolgemut (1493)

7 mar. 2012

El barrio de la Recoleta


(De Ricardo de Lafuente Machain)

No es de los antiguos de la Capital.
Aparece a fines del siglo XVIII, cuando las extensas chacras y quintas de la zona que lo formaron, comenzaron a dividirse y ser edificadas.
Tomó su nombre del Convento de Recoletos descalzos, levantado en una chacra llamada “Los ombúes”, que recibió el vecino fundador y primer alcalde, Rodrigo Ortiz de Zárate, en el reparto de tierras hecho por el general Juan de Garay en 1583.
Por consiguiente se hallaba fuera de la traza de la ciudad, y al momento de fundarse el monasterio correspondía al Pagos de Montes Grandes, luego San Isidro, siendo por muchos años uno de los arrabales, con características rurales por lo despoblado y solitario.
Al aumentar la edificación y establecerse el matadero, así como el Cementerio del Norte, fue cambiando su aspecto, trasformando éste ya por completo al crearse el paseo de la Recoleta y convertirse en barrio residencial lujoso.
En sus comienzos, la peonada y clientes del matadero, así como bastantes “orilleros” se juntaban en las pulperías y reñideros de gallos de sus cercanías, convirtiéndolos en clubes populares donde pasaban el tiempo entregados a la bebida, oyendo payadas, jugando a la taba o a las cartas, y discutiendo asuntos del día que despertaban interés.
Esos lugares servían también para que vagos y maleantes se reunieran  con el fin de concretar alguna fechoría a realizarse en lugar más o menos cercano, descontando la impunidad merced a los recursos para esconderse y escapar, que ofrecían la oscuridad del barrio, los huecos, tunales y zanjones existentes.
Por todo ello, desde el anochecer, salvo en caso de necesidad ineludible, nadie cruzaba por allí, temeroso de sufrir un asalto o, por lo menos, pasar un susto dado por rateros y bandidos, quienes se valían de cuanto medio puede imaginarse para alcanzar el logro de sus empresas, explotando especialmente la ignorancia y la superstición del vulgo, que permitían crear y divulgar leyendas y patrañas, como la de “la viuda”, que aparecía llorosa, envuelta en crespones y mantos de duelo a los pasantes retardados, deteniéndolos casi siempre con perjuicio para su bolsillo; y la del “chancho”, cuyas andanzas puestas en coplas, muchísimos años después eran todavía cantadas por el pueblo y repetidas por los cocheros de tranvías al son de la corneta que manejaban hasta con abuso, para anunciar su aproximación o el cruce de las esquinas.
Una de las más populares decía más o menos:

Corré, que te corre el chancho,
corré, que te va a agarrar.
Cuidado que si te agarra,
te va hacer trastabillar.
Corré, que te corre el chancho,
corré, que te va agarrar,
mirá que si te descuidas,
el chancho te va a embromar.

La evolución de este barrio fue rápida. No pasó por la fase intermedia de la modesta vivienda del artesano. Plena campaña al mediar el siglo XVIII, cien años después era un conjunto de quintas, generalmente de veraneo, cuyos ocupantes hubieran podido decir como Charles Rollin, rurin et urbis incola. Medio siglo más tarde desaparecieron en su casi totalidad siendo reemplazadas por residencias que lo convirtieron en una de las zonas lujosas de la Capital.
Durante algunos años vióse todavía, de trecho en trecho, restos de las antiguas verjas, guardando parte de los jardines de antaño que escondían a medias la vieja casona, más o menos oculta, como avergonzada de verse junto a vecinas que ostentaban lozanía, mayor altura, y la fachada avanzada hasta la línea de la acera. Éstas, a su vez, cedieron su lugar a la vivienda comprimida y elevada de los rascacielos predominantes de hoy.
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Imagen. Escudo del barrio de la Recoleta.
Tomado del libro de R. De Lafuente Machain: El barrio de la Recoleta, Cuadernos de Buenos Aires, (Bs. As., 2da. Edic.) 1962.