29 abr. 2012

El Comega en 1934


(De Enrique Espina Rawson)

Francisco Canaro e Ivo Pelay estrenan su comedia musical “Rascacielos”, en la calle Corrientes. El título sintetizaba el afán de modernidad que caracterizaba a nuestra ciudad en esos años. Muchas cosas habían cambiado, se construían subterráneos, se ensanchaban avenidas (se decía que la 9 de Julio y Rivadavia eran, respectivamente la más ancha, y la más larga del mundo), ya circulaban colectivos carrozados como tales, la radio se había impuesto en todos los hogares, los teatros y las confiterías rebosaban de público, y, por sobre todo, Buenos Aires se transformaba ediliciamente. Surgían los rascacielos.
Existían ya, desde luego, famosos edificios altos como el Barolo, el Pasaje Güemes, las torres Bencich, y tantos otros, pero los de las décadas del 30 eran de la segunda generación. Otra cosa. Nombramos tres emblemáticos: el Kavanagh, el Safico y el Comega, y nos ocuparemos hoy de este último.
Los diferenciaba de sus antepasados no tanto la altura final, sino el diseño y los materiales. Aquellos se creían obligados a respetar los estilos clásicos, y cuando no lo hacían apelaban a una arquitectura fantasiosa, como de fábula de hadas (torres Bencich de Esmeralda y Córdoba) o a la extravagancia, como el Barolo.
Ubicado en la esquina sureste de Leandro Alem y Corrientes, el Comega, construido en 1933, es una expresión inobjetable del modernismo que se imponía en el mundo. No más adornos, no más ornamentaciones; líneas puras, claridad y limpieza, era la consigna. Los arquitectos Enrique Douillet y Alfredo Joselevich fueron los responsables de esta obra de hormigón armado de 88 m, 21 pisos y tres subsuelos. El mármol travertino en su exterior y el acero inoxidable como revestimiento interno, marcaban la línea de sobriedad impuesta desde su diseño.
Tenía grandes novedades, como el bar ubicado en el mirador del piso 19 (el mítico Comega Club), donde tomando una copa se podía ver la vecina Colonia en la otra orilla, o quizás asombrarse con la majestuosa pasada del “Graff Zeppelín” sobre Buenos Aires; o los ascensores de alta velocidad, de donde todos bajaban algo mareados, pero contentos de tener ocasión de comentar la experiencia.
Afortunadamente, el bar que había cerrado sus puertas en l969 para transformarse en oficinas, volvió a abrirlas el 2000 también como restaurante, y, actualmente, a partir de las 8 de la mañana, permanecen abiertas hasta la hora de cierre, que se prolonga en las charlas de sobremesa.
Si aún impresiona por su monumentalidad, cuesta imaginar que sensación habrá producido en ese 1933, con los paseantes con sombrero de paja, los taxis con capota y los carritos ambulantes que ofrecían sus mercancías.
Lo cierto es que se ha convertido en edificio emblemático de la ciudad, y ya es histórico. Como dijimos, vio pasar el “Graff Zeppelín” en junio del 34, el imponente sepelio de Gardel y la multitud que subía por la calle Corrientes en febrero del 36, y también el ensanche definitivo de la mítica arteria porteña, al ganar su ascenso a avenida.
Bueno… ¿y qué significa Comega? Muchos piensan que es el nombre de alguna constelación celeste o quizás de algún personaje de la mitología. Para nada. Son las tres primeras sílabas de la empresa que la construyó: Compañía Mercantil Ganadera SA.
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Imagen: El edificio Comega.
Material y fotografía tomados de: http://www.fervorxbuenosaires.com

27 abr. 2012

Una vieja casona de Belgrano que nos pertenece a todos


(De Osvaldo Mastromauro).

En el mes de noviembre de 2012 el barrio cumple 167 años, y si lo visualizamos desde la perspectiva de la época, fue parte del Pago de los Montes Grandes, distrito de tierras y heredades, extendido desde Retiro a San Isidro. Fue pueblo, fundado por decreto en 1855; en 1848, podemos encontrar en las raíces de Belgrano la primera casa de material; con el tiempo estas fértiles tierras vieron surgir grandes solares y caserones con quintas, y Rogelio Yrurtia, vástago descendiente de españoles, decide adquirir una vieja casona para albergar tanto su obra como a su familia.
Sigue la tradición ibérica de hacerlo junto a un arroyo, el Vega, hoy entubado bajo la calle Blanco Encalada. Allí rediseñó la casa según las normas imperantes en la época, estilo neocolonial, con dos torres, y erigiendo un jardín granadino que hoy se preserva casi idéntico a como él lo concibiera.
Es de destacar el estilo arquitectónico y monumentalista de Rogelio Yrurtia. Viajero incansable, fijó en esta residencia su destino final, legándola al Estado Nacional en 1942 a través de Alfredo Palacios, abriendo sus puertas al público un año después.
La obra y la Casa Museo de Rogelio Yrurtia se constituyen en complementarios para visualizar lo producido por uno de los más grandes artistas de nuestro país.
Su concepción arquitectónica y monumentalista, apreciable tanto en el inmueble como en las obras emplazadas en sitios públicos (“Canto al Trabajo”, “Monumento al Coronel Dorrego”, “Mausoleo de Rivadavia”), son muestras imprescindibles de su exquisita inspiración a un tiempo que rotunda tarea escultórica. La casa es habitada por un profuso conjunto de muebles, tapicería, pintura y otros objetos que denotan su aguda tarea de coleccionista, desarrollada en gran parte junto a Lía Correa Morales.
Destacan la amplia colección de esculturas, bocetos y estudios de Yrurtia, y yesos del tamaño de los monumentos emplazados en las calles de la ciudad, como el del “Moisés”, “La Victoria” y “La Justicia“ entre otras. Retratos en bronce, en yeso, torsos, pies y manos de distintos tamaños, todos estudios previos de diversas obras, conviven con obras de Lía Correa Morales, segunda esposa del escultor e hija de su primer maestro, don Lucio Correa Morales. También se pueden disfrutar pinturas de artistas argentinos como Malharro, Quinquela Martín, De la Valle, Julia Wernike, Eduardo Sívori, Bernaldo de Quirós, Octavio Pintos, etc. y objetos reunidos en distintos viajes por el mundo, tales como tapices, alfombras, vajilla, bronces y mobiliario de diferente procedencia. Otras presencias ilustran la amistad de Yrurtia con colosos tales como Pablo Picasso o Auguste Rodin, el Grupo Baleares, celosamente custodiados por sofisticados sistemas de vigilancia.
El jardín granadino hace de contrapunto con el estilo neocolonial del hábitat, poblado éste a la manera victoriana, en boga en su época, conservado tal como Yrurtia y su mujer Lía lo concibieron. Es dable destacar que los domingos, el día de la inauguración mensual, pintores, escritores, escultores, músicos y coleccionistas comparten con los habitantes de Belgrano, asiduos visitantes, una grata tertulia que se extiende por horas bajo la arboleda y junto a florecidos rosales, a punto tal que ese instante parece suspender el tiempo en ese lugar secreto y encantador.
Por último, y desde mi presencia en el museo, hace ya dos años y medio, es muy grato y reconfortante trabajar con un equipo de excelencia que se ha ido conformando en ese lapso de tiempo, cuidando y preservando el valioso patrimonio, investigando temas tales como los elementos masónicos presentes en la casa, promoviendo exposiciones temporarias que refrescan el aire del museo, y cuidando de los mínimos detalles como para que el visitante se sienta en un ámbito que de hecho pertenece a todos, y especialmente a los vecinos de Belgrano.

UN POCO DE HISTORIA
Rogelio Yrurtia nació en Buenos Aires el 6 de diciembre de 1879. Realizó sus primeros estudios de escultura en el taller de un santero llamado Casals; ingresó en 1898 a la Sociedad Estímulo de Bellas Artes; allí fue su maestro Lucio Correa Morales; un año más tarde obtuvo una beca para proseguir sus estudios en Europa. Llegó a París a los 20 años, concurrió a la Academia Julien y al estudio del escultor Jules Félix Coutan, siguiendo al mismo tiempo un curso de dibujo en la Academia Colarossi.
En ese momento Auguste Rodin, que está en el apogeo de su fama, realiza una elogiosa crítica sobre una obra expuesta por el joven Yrurtia en el Salón de la Sociedad de Artistas Fanceses. Allí, en 1903, expone la obra “Las Pecadoras”, grupo escultórico de seis figuras, que tuvo una buena recepción por parte del público y la crítica y en 1904 obtiene el Gran Premio de Honor en la Exposición Universal de Saint Louis (Estados Unidos). En 1904 ejecuta el monumento al doctor Alejandro Castro, actualmente emplazado en el hall central del Hospital de Clínicas de la Ciudad de Buenos Aires.
En 1907 se le adjudicó por concurso la realización del monumento al Coronel Dorrego (Viamonte y Suipacha); la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires le encarga el grupo “Canto al Trabajo” (Paseo Colón entre Independencia y Estados Unidos). y el Jockey Club “El poeta ante el dolor humano”, obra que no llegó a culminar. En 1916 inicia los trabajos para el mausoleo a Bernardino Rivadavia (Plaza Miserere) que se le había encargado; trabajó varios años en el mismo y finalmente fue inaugurado en 1932.
Durante los últimos años de su vida trabajó en el proyecto que había concebido en 1923 para el gran monumento “Al triunfo de la República”(maqueta ubicada en la sala Garaje del Museo)
Rogelio Yrurtia falleció en Buenos Aires el 4 de marzo de 1950.
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Imagen: Museo Rogelio Yrurtia, en O`Higgins 239, barrio de Belgrano.
La nota y la fotografía fueron tomadas de la página www.mibelgrano.com.ar 

23 abr. 2012

San Cristóbal, Boedo y Martín Coronado en mi barrio



 (De Edgardo Lois)

Hace veinte años que conservo un reloj de arena entre las señales físicas que anclan mi vida a la memoria, mi gente, mi casa y el barrio. En realidad es un reloj de mentirita, apenas un juguete, un simulacro basado en aquellos otros con cuerpos de metal o madera vieja y con vidrio nacido en la cantera del último misterio, esas máquinas del sueño que tomaban temperatura a través de la caricia de una arena amanecida en alguna costa olvidada. Mi simulacro está construido, y otra vez los diminutivos, de maderitas y arenita, y lleva vidrio pequeño de imitación. Pero me queda claro que en él, a través de su alma, circula, transita, mi amigo, el tiempo, que ofrece una vez más un trago en vaso chico, ofrece el elixir de lo vital y lo frágil, un tinto inevitable cosechado en la más pura y eterna dualidad: felicidad y desamparo, y por favor: todo a fondo blanco.
El relojito tiene doce centímetros de altura, me acompañó por todas mis casas provisorias, y tengo la costumbre de volcarlo cada día para que fluya su sangre, de color celeste y símil arena, durante el minuto con cuarenta segundos que tiene de caminata entre nacimiento y muerte. Es una pequeña ceremonia, un saludo a la vida, que hago cada vez que, por accidente o por elección, detecto su presencia en el paisaje. Es el tiempo que respira, sí, siempre el tiempo y su hermana, la memoria. El tiempo transita, y nosotros en él, con él. El susodicho es el empujón que nos lleva tanto hacia el mañana como al barrio de los recuerdos; que sigue siendo barrio, pero algo distinto, guarda calles y coincidencias antojadizas, es barrio con un aire cargado de mucha verdad y mucha mentira, aire que respira en coctelera salvaje en la que además se anotan nuestros sueños. Por suerte me sucede que, si de barrio se trata, siempre conservo más de una certeza. Si bien siempre hay invitaciones para la elucubración literaria, sé cuáles son las calles por donde circula la esencia de mis patrias internas.
Un sistema válido de viaje en el tiempo, desprovisto de cables y parafernalia futurista, un contrasentido cuando lo que se busca es el pasado, es andar por la senda propuesta por el grande de Woody Allen en su película Medianoche en París. El muchacho se sirve primero de un auto viejo y luego de un carruaje como maquinola fantástica para hacer el viaje. Para trasladarse en el tiempo es mucho más efectivo un medio de transporte probado que algún tipo de alambique despeinado con lucecitas computadas. Al señor Allen se le ocurrió hacer una película de viaje al pasado y al mismo tiempo hacer una de fantasmas, todos amigables, humanos.
El viaje en el tiempo, debo admitir, me tienta bastante seguido, pero hoy aparece la necesidad debido a situaciones muy precisas. Necesito entrar en mi barrio de los recuerdos. En él se terminan las geografías, los límites ciudadanos son puestos en duda, parecen dispuestos por el poeta Derlis, que sabe de medir fronteras tomando únicamente como referencia el sentimiento. En mi barrio memorioso, Boedo, así como se pega a San Cristóbal, está a un toque de viaje mínimo de mi Martín Coronado de infancia. Luego de ver la película citada y darle cuerda a mi relojito de arena, caminé hasta la plaza de Boedo, de madrugada, que es cuando los misterios juegan más sueltos, esperé a que saliera el primer tranvía de los galpones y viajé. Ni cuenta me di, llegué enseguida. Mi infancia en Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires, me reclamaba porque mi vieja, hace unos días, me había dicho que iban a cerrar la Escuela Nº 22 Martín Miguel de Güemes, mi escuela primaria. Me ganó la sorpresa: ¿Cómo que no van pibes?, es una locura. Se dice que el ambiente no es bueno, dijo ella. Los que viven cerca de la 22 evitan terminar en sus aulas. Ni que se tratara de un castillo habitado por fantasmas malos.
Arribé de mañana, un ratito antes del timbre de entrada. Adrián Díaz había comprado caramelos gomita de frutilla, los mordía a la mitad, y exhibía la parte que quedaba entre sus dedos enfocando hacia Claudio Franciosa, que una vez más desviaba la vista: le daba asco, decía que los caramelos eran de sangre. Volví a ver la llegada de Patricia Llado, vivía a media cuadra de la escuela, seguía siendo tan linda como siempre, ella fue la primera mujer que contemplé esperanzado. Volví a un día de segundo grado, antes de la muerte de Roberto Ferrazo, porque ahí estaba, y si bien en este barrio los muertos están más cerca de los vivos, Roberto no tenía el raspón chiquito que le quedó entre ceja y ceja después de que lo atropellara su tío con el auto, ahí, a veinte metros de la puerta de la 22, frente a su casa, que es donde él vivió su vida y vive su muerte. El día era de segundo grado porque al principio no estaba Néstor Ortiz, el sanjuanino, que sí apareció después, cuando estábamos en el patio. Por lógica era más grande que los demás, él había entrado al grado en cuarto y nos acompañó hasta el final de la primaria. Hasta su muerte, que sucedió cuando teníamos catorce años, fuimos amigos. Por eso digo que en la escuela de este barrio con caricia de memoria los muertos están más cerca, y todos, sin distingos, construyen el recuerdo. El viaje convoca a la escuela, a los pibes vivos: Jorge Apanasionek, Mario Anglada, Claudio Ariola, César Cirelli, Hugo Hansen, Beatriz Ríos, Adriana Panarelli, Liliana Simio, a los muertos, a las maestras: Susana, Beatriz, Elvira, Raquel. La mañana transcurría cómoda entre presencias, mañana fresca y amable hasta que noté la diferencia.
También en el sueño, me dije, como me pasó la vez de mi único regreso físico: la escuela se había achicado. Cuántos años tenía yo en el sueño, me pregunté. Creía que volvía a ser un pibe mientras guardaba conciencia de grande. Pero al entrar en la escuela los pasillos se hicieron angostos, el patio gigante no lo fue tanto, las aulas se hicieron de juguete, como para ubicarlas a un lado de mi reloj de arena. Estuve de regreso en las caras amigas, otra vez en las miradas. Y respiré tranquilo porque supe que mi barrio de hoy, Boedo/San Cristóbal, Derlis me dijo que se puede fundar uno propio, por ejemplo sin la calle Loria en el medio, está a salvo de la incomodidad.
Cuando inicié el viaje de regreso, que se dio porque sí nomás, conecté un 252 manejado por Juan Cacabelos, el gallego, amigo de la cuadra donde está la casa de mis viejos, y conecté con el tranvía que me esperaba un recuerdo más adelante. Bajé antes de que la máquina se guardara bajo el esqueleto metálico del techo que ya no sostiene chapas porque devino en presencia decorativa de la flamante plaza de Boedo. Las enredaderas crecen aferradas a las columnas, pronto habrá techo verde en la vieja estación Vail. Entré a la plaza en un recuerdo cercano, era sábado de mayo, casi de noche. Mi barrio de los recuerdos, al ser territorio mágico, me permitió encontrarme otra vez con Mario Bellocchio en el centro de la plaza: conectaba cables mientras un telón colgado de un alambre se balanceaba en el viento. Me dijo que había cine. Tomé asiento. Había mucha gente, el espacio convoca. Pibes por todos lados. Estaban Celia y Marcelo, los libreros de El gato escaldado, la librería de Boedo, con su instalación colorida que invita a un picnic de lectura. En mi barrio vi el corto de Bellocchio: Desaparecidos, la música de Charly García (Los dinosaurios) y León Gieco (La memoria argentina) acompaña las imágenes: fotos con el ejército en las calles, represión, las Madres de Plaza de Mayo, los desaparecidos del barrio, y varias fotos de la muestra del artista fotógrafo Gustavo Germano: el artista parte de una foto original, simple, cotidiana, donde aparecen personas entre las que luego habrá uno o varios desaparecidos; obtiene después una imagen actual de los sobrevivientes en el mismo paisaje: aparece así el vacío que provoca la ausencia. Bellocchio desgrana la primera foto, libera la segunda y provoca la representación explícita de aquello que significa entrar en la niebla de la desaparición. Volví a tomar aire, la garganta apretada, la lágrima que se balancea entre el adentro y el afuera. Desaparecidos es cuestión de minutos; distintos son los tiempos de La Santa Cruz, refugio de resistencia, el documental de María Cabrejas y Fernando Nogueira que se proyectó a continuación. La historia de la Santa Cruz, la iglesia que se puede ver sobre la calle Estados Unidos, una presencia a la mano, en el barrio, en contacto directo con la gente, porque sus religiosos, de compromiso ético con los perseguidos de distintas historias, trajeron al Dios de las alturas y lo invitaron a caminar la calle. El documental es memoria, deja sin aire, es emoción frente a la lucha: en él las monjas francesas, las fundadoras de Madres, y el cobarde de Astiz marcando personas que querían saber dónde estaban sus amigos, sus familiares. La iglesia fue refugio, y es refugio y memoria. Cuando me alejé caminando de la plaza y de mi barrio de recuerdos, pensé en una foto que no quiero: una escuela sin pibes, pensé en que la escuela, con el tiempo, puede achicarse, y que hasta ahí uno puede entender la distorsión sensitiva; y pensé además que respiro gustoso al saber que mi barrio está a salvo de ese desdibuje: sus calles no se angostan, se quedan anchas de memoria. En ellas conviven los vivos y los muertos. Son tiempo y recuerdo, así marca mi relojito de arena, un simulacro de pobre que no descuida el paso de la sangre a través de los días: marcha a conciencia en mi barrio de Boedo/San Cristóbal y también lo hace en el mágico, donde todo vuelve para tomar más fuerza: no se debe olvidar la historia ni los amigos.
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Imagen: Fuente de la plaza Martín Fierro en el barrio de San Cristóbal (Foto tomada de la página www.latidobuenosaires.com ).

22 abr. 2012

Pequeño elogio a la vereda de mi infancia



(De Leonardo Busquet)

Aclaración necesaria: esta nota, cargada de garabatos, tenuemente alumbrados de porteñidad perpleja, se inspiró en un trabajo aparecido en Clarín el 20 de febrero pasado. El informe lo firma la periodista Mariana Iglesias y trata sobre la niñez sin calle. Abunda en reflexiones vinculadas a la vulnerabilidad y los miedos del piberío de hoy que tienen cada vez menos contacto con la ciudad. Se crían puertas adentro, mirando televisión o jugando con la PC. También recurre al testimonio de especialistas que indican que el encierro limita el desarrollo intelectual y emocional. Y así los hijos se llenan de inseguridades. Miré detenidamente las tres fotos que ilustran la información. Una es de 1900, otra de 1935 y la última de 1982. Los chicos están en la vereda, juegan sobre ella, corren, se esconden, aventuran un poliladron o derrochan habilidad con las figuritas o la pelota de trapo (más tarde la de cuero). La vereda era nuestra aliada y hoy parece una enemiga atroz. Entonces memoré mi infancia y salió esto. Aquí vamos.

La transformación deviene a transfiguración, algo que cambia y se distorsiona, se deforma. Algo que pierde su esencia, su origen. A la vereda le pasó eso: perdió su esencia, su génesis.
No son tan borrosos los recuerdos de la infancia. El viejo Anastasio sacaba la silla a la vereda. La giraba y se sentaba al revés. Tomaba mate y convidaba a los ocasionales transeúntes. Vecinos casi todos y algún que otro forastero de los que trajinaban el paso por Barracas. Ahí estaba el viejo. Se dejaba llevar por la vida que transcurría por la vereda del sur fabril, de una ciudad algo distinta, menos distorsionada. La vereda era el lecho del empedrado desigual que daba el tono cansino a esas calles perdidas. Isabel la Católica a la altura de California. Barracas en estado puro y a pocas cuadras, la Boca. Por ese tiempo se escuchaban los gritos de una década que se adivinaba tumultuosa. Los tanques del Ejército en las calles ponían el marco necesario para entender que ciertas cosas podridas de la política venían mal barajadas. Los años 60 tenían la carga agria de la inestabilidad, como aquellas tormentas de verano que dejaban lustroso el porfiado empedrado. El viejo ignoraba ciertos movimientos a sus espaldas, orientadas, según se sentaba, a la leve vorágine de Montes de Oca. La avenida trazaba un punto de encuentro en su cruce con California: “El Progreso”. Sus ventanales, esas mesas apaciguadas por la moderna cobertura de fórmica, los espejos biselados, sostenidos desde los techos. La barra con el riguroso estaño y la vajilla típica, creaban el trasfondo, la escena ideal para confirmar que en esa ochava  se levantaba el Café bar del barrio. Doña Purita paseaba por la vereda sus ostensibles glúteos, trabajados por sucesivos guisos, la pizza amasada de los sábados y las inexorables pastas domingueras. Paseaba la gorda y pispeaba las novedades de neto corte local. Con la información necesaria, procedía a desparramar las versiones (corregidas y aumentadas por su imaginación). Doña Purita era una chusma consagrada pero simpática. Sus usinas de rumores no lastimaban a nadie. A pocos metros pero de la vereda de enfrente, se levantaba el almacén de don Modesto. El módico comercio le rendía pleitesía al nombre de su dueño. Pero don Modesto tenía lo necesario, a veces..., y a veces no.
Una tarde mi vieja lo encaró airada porque osó envolverle los fideos frescos en papel de diario. –No sea sucio, hombre, y de paso límpiese las uñas que parecen carbón–, le soltó mi madre y le dejó los fideos, claro. No pasaron ni tres días que lo perdonó pero los fideos frescos los iba a comprar a la vuelta, dos cuadras antes de cruzar el delgado límite con la Boca. Por lo demás, mi casa, asistía siempre de mañana, al desfile de los dependientes. Los chicos con sus canastas de mimbre al brazo. Así llegaban las verduras, el pollo recién asesinado y otras menudencias que abastecían las necesidades gastronómicas de la familia. El lechero dejaba en la puerta las botellas panzonas, verdes y apretadas por la espesa capa de nata a la altura del cuello. Los fines de semana mi asombro se complicaba con la vereda para ver llegar al carro del mimbrero o silletero. Un diminuto señor que conducía el vetusto vehículo tirado por caballos, como el lechero, pero todo saciado de sillas, sillones, escobas, plumeros. Siempre me atrajo la duda sobre cómo carajo hacía el silletero para desmesurar su carro con tanta carga.
La misma pregunta, lo notaba, se la hacía el pobre caballo de tiro. La radio se prendía a determinadas horas. Todavía no había invadido la televisión.
El viejo tenía la costumbre de armar sus propios receptores de radio, era un capo. Y además funcionaban. Así pasaban el Glostora Tango Club o Los Pérez García.
Los domingos al mediodía eran para la Revista Dislocada. Después las pastas, mucho más ricas que las que devoraba Doña Purita. La radio estaba adentro. Pero en la casa se adivinaba la presencia vigilante de la vereda. Estaba ahí, siempre con nosotros. Sabíamos que podíamos contar con ella a la hora de despabilarnos. Aquellas imágenes, esos aromas, la mansedumbre del patio y los obligados juegos del piberío veredístico, (agrego el rumor de las hojas secas de otoño en la plaza Colombia), se guardan, con celo, en mi memoria algo desolada. ¿Por qué dejamos perder lo entrañable? ¿Cuándo sucedió que no nos dimos cuenta? ¿Acaso no se vivía mejor..., digamos, diferente? No era tanto el barullo de ansiedades perturbadas por las urgencias. Todavía me asiste la sana costumbre de “parar” en el Café. No sólo en uno, sino en cinco. Son parte sustancial de mi vida de grande. Me detengo a mirar la vida como lo hacía el viejo con la silla al revés, aunque ya no estoy por Barracas. Mi destino de mirador está por Boedo, San Telmo, San Cristóbal o el centro porteño. Pero no hay vuelta que darle, el sur me tira y me tira bien, me cae a medida. Miro por las ventanas y  registro las enormes diferencias con aquellas perplejidades infantiles. Hoy todo es vorágine, aceleración, urgencias para nada, incomunicación con celulares a mano, insolidaridad y tantas otras patologías sociales. A esta altura, si el paciente lector cree adivinar en mis conceptos un dejo de nostalgia y algo de melancolía, debo decir que no está en lo cierto. Ni dejo, ni algo. Mi remembranza es una débil lágrima que asoma con fastidio, es nostalgia y melancolía de pura cepa. Éramos felices con tan poco. Además le incorporo una buena dosis de bronca. No rechazo el paso del tiempo ni ciertas comodidades presentes. No tengo la mirada en la nuca pero me abruma un puñado cada vez mayor de injusticias, inequidades y ausencias. Sucede que, desde hace años (no sé cuántos), la vereda y yo nos aislamos, nos colmamos de miedos y enfermamos a la par.
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Imagen: Chicos jugando en la calle (Foto tomada del blog: elalmiranteruina.blogspot.com).

21 abr. 2012

Lola Mora en el Palacio del Congreso


 

(Miguel Eugenio Germino)

La controvertida y a la vez incomprendida artista, dejó su impronta en el barrio de Balvanera, en el mismo Congreso Nacional, en ocasión de su inauguración en el año 1906.
Eran cuatro grandes grupos escultóricos, instalados a ambos costados de las escalinatas de acceso sobre el frente de la avenida Entre Ríos en el Palacio de las Leyes recién inaugurado. Había dos grupos del lado izquierdo, compuestos por las alegorías a “La Libertad y al Comercio” (o el Progreso): una mujer de pie, apretando en su mano derecha unos eslabones rotos y con la mano izquierda semi levantada, sosteniendo la enseña patria.
Tiene el busto descubierto y sobre la cabeza un pequeño gorro frigio; los paños de la vestimenta, cubriendo el cuerpo desde la cintura, transparentaban las formas de la Libertad, alegoría que insinuaba un movimiento.
La otra pieza de ese grupo representaba “El Comercio” en la figura de un Mercurio en movimiento, levemente cubierto por una tela y adelante, “Dos leones”– parado el de la derecha y acostado el de la izquierda– formaban parte del grupo, con simbolismo desconocido.
El otro conjunto, a la derecha de la escalinata, estaba integrado por tres alegorías: la primera, masculina, representaba “El Trabajo”, en una clara alusión a la agricultura. En el centro una figura femenina, “La Paz”, insinuando un paso adelante con el pie derecho, con un seno al descubierto, acompañaba con el brazo derecho el movimiento de las piernas, sus formas destacadas por los pliegues de su vestimenta.
La última figura, “La Justicia”, tenía medio cuerpo al desnudo y de la cintura hacia abajo una larga túnica. Sostenía con la derecha la espada enhiesta de la justicia, con la izquierda la clásica balanza, y sobre su cabeza lucía una corona.
Durante todo 1905, la artista trabajó afanosamente en Italia y luego en un sector del Congreso, sobre la entrada de Rivadavia 1836, que le asignaran como taller y vivienda, para entregar a tiempo las alegorías que iban a decorar la entrada al futuro parlamento al año siguiente, cuando sería su inauguración.
Predominaba en su obra el desnudo estético, como lenguaje, despojado de todo contenido erótico, aunque el criterio tradicionalista de la época malinterpretó esas puras manifestaciones artísticas.
Las obras permanecieron allí cerca de una década, y dieron lugar a todo tipo de polémicas, hasta fueron tildadas de obscenas, incluso por dirigentes de partidos políticos llamados progresistas.
Sin embargo las críticas también escondían una sorda disputa entre el sector conservador gobernante entonces de signo “roquista” y sus detractores, que libraban un áspero debate acerca del alto costo de las obras del Palacio, amén de atribuirle a Lola Mora una relación amorosa con Roca.
Esta embestida contra la obra de Lola Mora era la continuación de la desatada con la inauguración de “La Fuente de las Nereidas”, que originalmente estaba destinada a adornar la Plaza de Mayo, el lugar desde donde se ejercía el poder político, pero que terminó desterrada a un sitio de extramuros, la Costanera Sur.
Hacia 1913 en el Congreso el embate fue liderado por el diputado radical Delfor Del Valle, que calificó a las esculturas de “adefesios que insultaban la memoria de los próceres que pretenden inmortalizar”. El propio líder socialista Alfredo Palacios, presentó documentación probatoria de habérsele abonado a la escultora 140 mil pesos entre 1906 y 1908.
Estas críticas se alineaban más bien detrás del escándalo sobre los manejos arbitrarios de fondos consumidos en la prolongada obra del Palacio Legislativo y en las peligrosas relaciones entre el poder y el arte.
A resultas de tan virulentas pasiones, las esculturas de Lola Mora fueron retiradas del lugar en 1915, y tras un período de estar guardadas en depósitos municipales, fueron trasladadas a la provincia de Jujuy, donde sí fueron recibidas con beneplácito. Luego en 1927, la artista fue recompensada con su nombramiento como Directora de Parques de la Comuna de San Salvador de Jujuy.
Cuatro de las obras: “La Paz”, “La Justicia”, “La Libertad” y “El Progreso”, desagregadas, fueron ubicadas en diversos flancos de la Gobernación, bajo supervisión de la autora. La figura “El Trabajo” fue situada en otro sector de aquella ciudad y “Los Leones” en la plaza central del Barrio Ciudad de Nieva, el lugar primitivo de la fundación de Jujuy.
En los últimos tiempos se realizaron sin éxito gestiones para devolverlas a su sitio original de 1906, y reivindicar con ello la obra de la escultora, muchos años después de su desaparición.
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Imagen: El Congreso Nacional con las obras escultóricas de Lola Mora posteriormente retiradas.

20 abr. 2012

El Pabellón Argentino


(De Gustavo A. Brandariz)

Terminada la exposición de París en 1889, pese al proyecto original de su traslado a Buenos Aires, el Gobierno Nacional dispuso su venta, dada la difícil situación económica del país. A tal efecto llamó a licitación. La venta sería separada en 8 lotes, por lo que el Pabellón se desintegraría. Sin embargo, el Intendente de Buenos Aires, Francisco Seeber, logró frenar el remate y ofreció al Gobierno Nacional compartir los gastos de traslado a Buenos Aires. Aceptada la propuesta, el 1º de febrero de 1890, bajo la supervisión del ingeniero municipal, Juan B. Medici y siguiendo expresas indicaciones del arquitecto Albert Ballú, autor de la obra, empezó a ser desarmado. Se embarcaron 6.000 bultos en la barca naval “Ushuaia”, algunos de los cuales fueron arrojados al mar en el trayecto, en medio de una tempestad: la carga inicial pesaba 1.690 toneladas. Desarmado, llegó a Buenos Aires a fines de 1890. A partir de 1891, el edificio empezó a ser rearmado en terrenos de la actual plaza San Martín, obra que fue dirigida por el ingeniero holandés Juan Waldorp, terminada 1893. Allí se mantuvo hasta el año 1934. La empresa, del holandés Juan Waldorp Cía., asumió la tarea como concesionario municipal, facultado para la explotación comercial del Pabellón por un plazo de 15 años. La fecha de inauguración quedó fijada para el 14 de enero de 1894. La entrada del Pabellón se hallaba en Arenales 651, entre Maipú y Florida. Según narra Bonifacio del Carril, “se celebró un contrato con una empresa particular para explotarlo como sala de conciertos y teatro. En la bajada de Maipú se construyó otro edificio para servir de confitería, pero el negocio fracasó y allí quedó el Pabellón Argentino, solitario, en lo alto de la barranca, soportando las inclemencias del tiempo”. La confitería-cervecería anexa fue obra de Carlos Morra y luego sirvió como sede de la Comisión Nacional de Bellas Artes. En 1898, aprovechando las instalaciones del Pabellón, se construyeron ampliaciones en forma de alas, del mismo estilo, para realizar en ambas construcciones la Exposición Nacional de ese año.
En 1900 el Pabellón pasó a albergar el Museo de Productos Argentinos de la Unión Industrial Argentina.
En 1910 funcionó allí la Exposición Internacional de Arte del Centenario. Entre 1910 y 1931 el edificio del Pabellón Argentino fue sede del Museo Nacional de Bellas Artes. Hacia 1923, el Dr. Cupertino del Campo, que fue uno de los más meritorios directores de ese museo, inició una brega –que nunca logró éxito– para construir un nuevo edificio para la institución, frente a la plaza San Martín. A tal efecto, realizaron croquis los arquitectos Martín Noel, primero, y Herrera Mac Lean y Quartini Herrera más tarde. Mucho tiempo antes, el arquitecto Julio Dormal había preparado también un proyecto de edificio monumental para el museo.
En 1932 comenzaron los trabajos de ensanche de la plaza San Martín, demoliéndose las fincas ubicadas sobre la barranca, entre la calle Arenales y la Avenida del Libertador. En el transcurso de las obras, en 1934, el Pabellón fue desarmado nuevamente y los grupos escultóricos que lo integraban fueron dispersados por la ciudad. Por entonces, en pleno fervor modernizador, la demolición del Pabellón fue vendida en remate y por muchos años se perdió el rastro de la gran estructura metálica. En 1964 el arquitecto Mario J. Buschiazzo publicó un artículo de carácter histórico acerca del Pabellón y en 1988 Bonifacio del Carril volvió sobre el tema. No obstante, las investigaciones más profundas fueron realizadas por Olga Vitali, quien, finalmente en 1998 pudo ubicar en un terreno del barrio de Mataderos un tramo de la estructura original, convertido en galpón de una herrería.
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Imagen: Pabellón Argentino de la Exposición Universal de París (1889).
Texto y fotografía tomados del sitio La tragedia del patrimonio porteño.

18 abr. 2012

Escondidas entre el gris de la ciudad



 (De Jorge Luchetti)

La dinámica actual hace que la ciudad se transforme a diario. Esa mutación sin control provoca la pérdida del patrimonio arquitectónico. En Buenos Aires muchas obras del pasado se encuentran ocultas dentro de nuestra urbe y si no las ponemos a resguardo será difícil que subsistan a la depredación urbana. Dos perlitas en Villa Pueyrredón.
Me gusta desde siempre recorrer cada rincón de nuestra ciudad y detenerme a observar aquellos sitios que generalmente pasamos por alto. Por eso intento apreciar hasta los mínimos detalles de cada edificio para conocer más a fondo a Buenos Aires. A veces nos queda la sensación de haber descubierto todo su pasado arquitectónico; sin embargo, esta ciudad siempre nos deslumbra con alguna sorpresa. Es que suele suceder que, atrapadas entre híbridas construcciones, aparecen casi ocultas aquellas joyas de la arquitectura que hacen que nuestra metrópoli sea tan singular.
Hace pocos días tuve una experiencia muy grata visitando el ex Palacio Errázuriz de la Avenida del Libertador. Allí pude apreciar cómo los jardines, diseñados por el paisajista Achille Duchêne, empapados por la lluvia de aquel día, generaban un halo romántico de corte parisino. Cuento esta experiencia porque muchas veces los porteños pasamos por alto o desconocemos aquellos lugares diferentes que posee nuestra ciudad, lo que nos lleva siempre a caer en el típico paseo rutinario de algún shopping. Aquellos que suelen disfrutar reviviendo la arquitectura del pasado sabrán que nuestra ciudad es un museo a cielo abierto que ofrece un verdadero repertorio estilístico. Basta con recorrer la Avenida de Mayo, Santa Fe o Alvear para poder disfrutar del verdadero espectáculo arquitectónico en cada cuadra.
Con una mirada hacia a lo alto, la ciudad se transforma en otra; se nos abre un paisaje distinto, el cielo se llena de cúpulas, remates y torres que nunca antes percibimos, aunque siempre estuvieron allí. Pero no todo termina en aquellas calles históricas, ya que a lo largo de toda la ciudad podemos ir descubriendo varias maravillas que engalanan nuestros barrios. Es importante apresurarse en estos hallazgos, porque el negocio inmobiliario está arrasando con la arquitectura del pasado sin darnos tregua. A pesar de lo dicho, existen asociaciones como Basta de Demoler que están empeñadas y luchan porque Buenos Aires siga guardando su imagen de mixturada identidad.

DEL CENTRO A LOS BARRIOS
Desde el Microcentro porteño hasta los últimos recodos de la metrópoli podremos encontrarnos con muchas obras de arquitectura de prestancia, que son un distintivo de Buenos Aires y que en más de una ocasión pasan desapercibidas a los ojos de los propios transeúntes. Así, por ejemplo, escondida en pleno centro porteño se encuentra la ex usina generadora de electricidad ubicada en el pasaje Tres Sargentos. Esta fue construida en 1915 por la Compañía Italo Argentina de Electricidad. Su arquitectura ladrillera se distingue del resto de las fachadas grises de la cuadra. En la actualidad fue desafectada de su uso original y pasó a ser una especie de museo donde se guardan los autos usados por los distintos presidentes argentinos.
En el barrio de Flores, sobre el pasaje La Porteña, nos encontramos con el ex Palacio Las Lilas, de soberbio estilo Tudor, hoy transformado en la Escuela Técnica Fernando Fader. Aquí se guarda buena parte de la historia del barrio, ya que en los años 20 del pasado siglo este esplendoroso edificio fue sede del Club Flores. Si seguimos recorriendo esta zona encontraremos un grupo de viviendas para el personal ferroviario, de características muy singulares, ubicado en un rincón de Flores: a saber, Boyacá, Bacacay, Fray Luis Beltrán y las vías del ferrocarril. Este tipo de construcción, conocida como Sistema Chacón, responde a uno de los primeros métodos industrializados que usaba los ladrillos de canto para el cerramiento y pilares como estructura.
En el barrio de Palermo nos encontramos con otra obra de interesante porte; es conocida como La Colorada. La construcción data de 1911 y se encuentra en la calle Cabello 3791. Tiene un fuerte acento británico dado por el ladrillo rojizo (de allí su mote), importado desde Inglaterra. El patio central, a donde balconean las viviendas, está abrigado con una gran claraboya vidriada. En sus orígenes el edificio fue destinado a viviendas para los gerentes del ferrocarril. A pocas cuadras de allí, sobre la avenida Bullrich, unido al Regimiento de Patricios, velado por el hipermercado que lo circunda, se encuentra el único sobreviviente de los veinte pabellones realizados para el centenario de la Revolución de Mayo de 1810. La obra simbolizó al Servicio Postal en la Exposición Ferroviaria y de Transportes Terrestres de aquella época. El edificio, realizado por el arquitecto modernista Virginio Colombo, perdió parte de sus adornos pero no su encanto. Desde las terrazas del hipermercado aún podemos apreciar su suntuosa figura.
En el límite entre Colegiales y Belgrano nos encontramos con el pasaje Paz. Este no suele figurar en los mapas, pero es uno de los más interesantes que tiene la ciudad. Una de las entradas se encuentra en Ciudad de la Paz 561 y la otra en Zapata 532; fue construido por el Ing. Pedro Vinent. A pesar de estar cerca de la avenida Cabildo muchos desconocen su existencia, pero aquellos que recorran la zona podrán distinguir fácilmente el aire andaluz del pasaje, dado por las mayólicas del patio y el resto de la decoración. La otra particularidad está dada por una serie de puentes que atraviesan el pasaje de lado a lado, uniendo las viviendas de cada lateral.

ESCONDIDAS EN VILLA PUEYRREDÓN
A unas pocas cuadras de la Estación Pueyrredón, sobre la calle Obispo San Alberto, se encuentran dos construcciones que se destacan del resto de las fachadas linderas. Si bien aparecen medio ocultas en el barrio, no dejan de embellecer el lugar. Una de ellas, ubicada en el 2388 de la misma calle, es una vivienda particular de tinte colonial en buen estado de conservación. Las tejas musleras, que sirven de remate en los techos, junto a la herrería bien recargada en puertas y ventanas y la combinación cromática del ocre y blanco de su frente son las principales características de la arquitectura neocolonial, que tuvo su apogeo en los años 30 del pasado siglo y fue adoptada en esta casa. Es interesante difundir estos modelos arquitectónicos, que no abundan en nuestros barrios; lo más cercano que tenemos es el Círculo Urquiza de la calle Cullen, que guarda cierta relación estilística con la vivienda que describimos.
En la vereda opuesta, Obispo San Alberto 2379, se erige una espléndida mansión de líneas italianizantes. El edificio está decorado en su frente por orlas, guirnaldas y molduras que atavían la obra; algunas de estas ornamentaciones se han desprendido, como por ejemplo las ménsulas de uno de sus balcones. La escalinata y el pórtico de entrada describen la jerarquía del edificio. En la actualidad funciona en el lugar la Escuela Especial y Formación Laboral Nº 21 “Rosario Vera Peñaloza”. Estos dos ejemplos desconocidos por muchos porteños son parte del patrimonio de Villa Pueyrredón y de la metrópoli; deberemos protegerlos para que en el futuro no desaparezcan del paisaje del barrio.
Nuestra ciudad ya ha perdido varias construcciones de importante valor patrimonial. Muchas no tuvieron la suerte de ser evaluadas y directamente pasaron a demolición sin un juicio de valor previo. Es que nunca la ciudad puede quedar a merced de las leyes del mercado edilicio. La falta de una norma que salvaguarde el patrimonio arquitectónico porteño abrirá las puertas para que distintos proyectos inmobiliarios desdibujen el perfil de la ciudad, afectando así su identidad. La problemática de la salvaguarda de los bienes arquitectónicos porteños, su gestión y preservación preocupa y ocupa cada vez a más profesionales. La conservación es una disciplina científica y multidisciplinaria en su acción; proteger la vieja arquitectura es proteger el medio ambiente.
Dice Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles. “Si Amarilla es así por incompleta o por haber sido demolida, si hay detrás un hechizo o sólo un capricho, lo ignoro. El hecho es que no tiene paredes, ni techos, ni pavimentos, no tiene nada que la haga parecer una ciudad, excepto las tuberías de agua que suben verticales donde deberían estar las casas [...]”.
Esperemos que el destino de Buenos Aires no sea como el de Amarilla.
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Imagen: Palacio Errázuriz (Foto: palermo-buenos.aires.com)
Nota tomada del periódico “El barrio”, febrero 2012.            

16 abr. 2012

Ginkgo biloba, "el árbol de oro"


(De María Carmen Dufau)
 
Pocos árboles dan tanta belleza a parques y jardines como el Ginkgo. Su porte es majestuoso! Trascendió a los mismísimos dinosaurios y a la furia de todas las tempestades que azotaron el planeta desde hace mas de doscientos millones de años. Sobrevivió a las bombas atómicas de la Segunda Guerra Mundial en su lugar de origen: Japón.
Es un verdadero fósil viviente y es actualmente símbolo del renacimiento después de catástrofes y objeto de veneración en Japón. En muchos templos orientales hay bosquecillos de este árbol acompañando los lugares sagrados.
Llega a tener entre 10 y 15 metros de altura, de tronco recto y ramas extendidas lateralmente. Las hojas en forma de abanico adquieren un color amarillo dorado en el otoño y con el fuerte viento caen en forma de lluvia todas juntas.
Les recomiendo acercarse en junio a la plaza República. Oriental del Uruguay sobre la calle Tagle, enfrente a la Embajada de Chile y disfrutar!
Si coincide con un día de viento o brisa, tendrán el espectáculo de la lluvia dorada!
En Barrio Parque de Buenos Aires, hay varios ejemplares... En la vereda de la calle Dardo Rocha..., y en los jardines de la casa de Susana Giménez hay uno espectacular!
En la plaza principal de la ciudad de Pilar, pueden disfrutar de hileras arboladas con ginkgo! En la plaza Belgrano del barrio de Belgrano también hay un ejemplar altísimo.Y por supuesto, en el Jardín Japonés.
Aunque la madera es útil para carpintería en general es difícil encontrar superficies forestales aprovechables. Su flor es blanca cubriendo el follaje en verano y el fruto es carnoso pero con un olor desagradable. Cualidades: Absorbe la polución ambiental.
Genera materia prima para producir medicamentos que sirven para paliar problemas del desgaste cerebral.
Sus hojas resisten las plagas propias de jardines y parques. Se recomienda poner
hojas a secar, en libros antiguos para protegerlos de invasiones no deseadas.
En nuestro país ingresó a mediados del siglo XX.
También se conoce con el nombre de “árbol de los cuarenta escudos” o “de los cien escudos”. Se refiere al precio que se pagaba en épocas pasadas por un ejemplar, o se que hacía trueque con estos ejemplares.
Otras denominaciones: Árbol de la vida; Árbol de la pagoda. En inglés: “maidenhair tree”.
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Imagen: Ginkgos bilobas en la Facultad de Agronomía (Foto: Andrés Ferrari)
Material tomado del sitio:Árboles en Buenos Aires.

15 abr. 2012

Sobre tangos y barrios



(De Diego Ruiz)

Este cronista, aparte de vagabundear por esas calles de Dios, suele buscar inspiración para estas notas escuchando música. Y si bien puesto a escuchar le vienen bien tanto un takirari como una czarda, tanto Puccini como Louis Armstrong, tanto los Wawancó como Vivaldi, es innegable que para escribir sobre Buenos Aires no le queda otra alternativa que remitirse al tango. Ya sean discos o cassetes –que todavía los tiene– se da unas palizas bárbaras, preferentemente de temas instrumentales que le permiten dejar volar libremente su imaginación; pero cuando el medio elegido es la radio, no puede evitar que diversas letras lo lleven por el camino del éxtasis o, por el contrario, lo suman en un mar de dudas sobre qué quiso decir el poeta o, directamente, cómo pudo escribir semejante disparate. No pretende el cronista enmendarle la plana al distinguido bardo y amigo Fernando Sánchez Zinny, cuya erudición –tanto académica como rea– le permitió desbrozar la poética tanguera –en sus pros y sus contras– en Asedio a la poesía de las letras de tango. Tampoco ignora que una cosa es un poeta y otra un letrista; si se dan ambas condiciones, bienvenido sea, pues esos privilegiados han dado las mejores páginas de la cancionística popular, pero la diferencia existe y como muestra quizá baste un botón: hay un tema eterno, constantemente explotado por las radio y telenovelas, que es el de la diferencia social entre los enamorados, por lo que la tragedia de Romeo y Julieta se ha transformado en Rolando Rivas, taxista. Así, un tango y un vals, ambos muy conocidos, toman la temática con resultados dispares. El primero es La brisa, compuesto por Juan Andrés Caruso en 1929, que en su estribillo reza: “Mas no éramos iguales /y eso nos separaba,/ un mundo de distancia/ había entre los dos./ Tú eras de familia/ muy rica y distinguida,/ yo, en cambio, solamente/ era un trabajador.” Hasta ahí, todo bien, pero a continuación el autor desbarra, con plurales dignos de don Hipólito Yrigoyen, en una enumeración que denota por sus características oratorias sus simpatías por el anarquismo: “Vivías entre el lujo,/ en un regio palacio,/ ningún amor sincero/ podías tú sentir./ Tus autos y lacayos,/ tu oro y pedrería,/ tus sedas, tus encajes/ te alejaron de mí”. Véase en cambio cómo, salvando el contexto de época y de gustos populares, un poeta pudo condensar en sólo seis líneas el mismo desencuentro: “Pudo el amor ser un nudo/ mas dudo que pudo/ luchando vencer... / Una casa era pobre, otra rica... / Fácilmente se explica/ que no pudo ser”. Esto escribió Homero Expósito en Absurdo.
el amor ser un nudo/ mas dudo que pudo/ luchando vencer... / Una casa era pobre, otra rica... / Fácilmente se explica/ que no pudo ser”. Esto escribió Homero Expósito en Absurdo.
Ya ha dicho el cronista que no pretende hacerse el académico, no tiene con qué entrar en análisis morfológicos y sintácticos y menos aún dictaminar sobre mala o buena poética. Pero igualmente hay cuestiones que lo intrigan: ¿por qué el barrio o sus elementos constitutivos siempre son “viejos”, o “antiguos”? Lo podría entender en un autor contemporáneo, –que por desgracia, los hay muy pocos–, pero en algunos clásicos lo desorienta. Se podrá decir que es un recurso retórico o poético pero, ¿cómo puede hablar Francisco García Giménez, en el hermoso Barrio pobre, de “este barrio que es reliquia del pasado” si lo escribió en 1926, cuando la mayor parte de nuestros actuales barrios no llegaban al medio siglo? Lo puede aceptar en la milonga Viejo barrio del 80, de Héctor Pedro Blomberg –el de La pulpera de Santa Lucía y tantas otras piezas evocativas–, porque se está refiriendo a San Telmo, que tiene suficientes pergaminos de antigüedad ya que existía desde mucho antes de su erección como curato en 1806. Podría aceptarlo respecto de Monserrat o San Nicolás, nuestros barrios primigenios, y hasta de Balvanera..., pero el resto de los barrios porteños fueron naciendo después de 1871, cuando la movilidad barata del tranvía permitió a los trabajadores inmigrantes levantar su casita lejos del lugar de trabajo, en alguno de los innumerables lotes con que los antiguos propietarios de chacras y quintas dividieron su herencia, acabaron con rencillas familiares y, de paso, se alzaron con unos buenos morlacos. Lo mismo podría decirse de Madreselva, donde si bien Luis César Amadori no menciona directamente al barrio lo califica desde el comienzo: “Vieja pared del arrabal...”; si la pared es vieja, ¡cómo será el barrio! Por contraposición, Guillermo Barbieri (padre) y Eugenio Cárdenas titulan un tema Barrio viejo donde si bien no lo adjetivan en la letra, ya comienza mal: “Calles donde mi lindo barrio se alzó, calles que guardan mis recuerdos de ayer...”. ¿Cómo se alzó? ¿Está o no está el barrio en su lugar? Quizás el enigma y el intríngulis del cronista tengan un comienzo de resolución en la segunda parte, cuando dice: “Barrio que nunca te he podido olvidar/ aunque mi ausencia mucho tiempo duró./ Barrio, rincón de mi alegría,/ vengo a buscar la gloria/ de mis lejanos días...”. ¡Ah, ahí estaba la cosa! Es siempre el motivo del buen y viejo poeta latino Horacio: ubi sunt. Es decir, ¿dónde estarán?, ¿dónde se han ido?, ¿qué fue de mi juventud?, “¿dónde estará mi arrabal/ quién se robó mi niñez?”, es la elegía que tan bien supo manejar Homero Manzi. No es que el barrio sea realmente viejo, sino que nos remonta a nuestra infancia, a nuestra primera juventud, a un tiempo donde no existía el dolor. Por otro lado, dentro del universo del tango y encarnado en muchas de sus letras aparece también el barrio como espacio mítico idealizado, reivindicado como una especie de “Arcadia” suburbana frente a las “luces malas del Centro”: “Por estas calles iba en pálidas auroras/ con paso firme a la jornada de labor;/ cordial y simple era la ronda de mis horas: amor de madre, amor de novia... ¡siempre amor!”, insiste García Giménez. Y seguramente esta oposición refleja una realidad del nacimiento de nuestros barrios, de nuestros arrabales: la vieja sociedad criolla, semirrural y muy vinculada a los oficios ecuestres se iba retirando cada vez más hacia el interior, empujada por nuevos oficios y costumbres, por las oleadas inmigratorias, y el viejo cuarteador terminaba trabajando de tipógrafo, como es el caso de Angel Villoldo. Así pues, como “a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor” –según dijo el viejo poeta– todo lo de antaño fue bueno y noble... Hasta el propio cronista se ha sorprendido a sí mismo repitiendo el sonsonete que, seguramente, ya conocían los faraones egipcios: “Habrase visto..., esto en mis tiempos no pasaba...”.
Y bueno, cuando el cronista se pone a divagar... Otro tema que le preocupa es la aparente sinonimia de “barrio” y “arrabal”, buenas y viejas palabras árabes surgidas al filo del primer milenio. Aparente porque si bien su origen es similar, designando a las poblaciones que surgían fuera de las murallas de las ciudades, no siempre fueron utilizadas con el mismo sentido. Si decíamos que la carga semántica de “barrio” remite a lo bueno y puro, “arrabal” sufre una carga peyorativa que fue muy utilizada tanto en el tango como en obras literarias. Sin ir más lejos, el católico y aristocratizante Manuel Gálvez no tituló a una de sus mejores novelas naturalistas: Nacha Regules, ambientada en La Boca, como “Historia de barrio”, sino “Historia de arrabal”.  Sin embargo, permítase al cronista citar la mejor definición del barrio que conoce, debida a Aníbal Troilo: “Mi barrio era así, así, así. Es decir, ¿qué se yo si era así? ¡Pero yo me lo acuerdo así!”.
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Imagen: La calle Defensa a la altura de la avenida Caseros  (Foto: conexionbrando.com).
Nota tomada del periódico Desde Boedo.

14 abr. 2012

Barracas: descubriendo otro costado del sur porteño



(De Mariela Rodríguez Castro)
 
Una manera distinta de recorrer el barrio de Barracas a través de su historia es conocer esos edificios que, aunque hoy transformados a las necesidades actuales de la ciudad, siguen contando desde sus fachadas cómo supo ser la vida en este recodo del Riachuelo.
Ha sabido ser en épocas zona de curtiembres, en otras elegida por la aristocracia, luego arrabalera e inmigrante. Barracas guarda historias que hablan, también, de los vaivenes porteños a través de los siglos. Vale la pena redescubrir su costado fabril y ser parte de este nuevo giro en su fisonomía, aprendiendo a valorar los testimonios históricos.
Barracas es un barrio ubicado al sur de la capital porteña que por muchos años ha sido relegado al olvido, junto con la parte no turística de la Boca y Parque Patricios. Desde hace más de un lustro, cada vez está llamando más la atención de los capitalinos hasta el punto que ya casi no puede ignorarse.
Es que de la mano del boom de la construcción y la falta de espacios en las zonas más buscadas, el límite que separaba a Barracas del centro ha ido dejando de ser una barrera infranqueable. Si bien la elevada cantidad de edificios en torre que se están construyendo atentan de alguna manera al patrimonio arquitectónico del barrio, también la cada vez mayor cantidad de personas viviendo aquí hacen poner el foco sobre este lugar porteño.
Por si aún no estás al tanto, hace un año se abrió en Barracas el Centro Metropolitano de Diseño, un polo creativo que congrega a artistas de diferentes expresiones. En lo que fuera el antiguo Mercado del Pescado, en Algarrobo 1041 está este espacio abierto que ha recibido a Casa FOA y al Festival Internacional de Diseño en 2011 y que tiene tiendas donde visitar la obra de los artistas y comprar las que más gusten.
Otros grandes iconos fabriles del barrio están siendo transformados en módulos modernos para viviendas, como es el caso de lo que fuera la fábrica de Alpargatas en la avenida Patricios, y Canale, frente al parque Lezama. Dos iconos fabriles de la época en que Barracas era un hervidero de industrias de toda clase.
La yerbatera Cruz de Malta en Martín García también corrió la misma suerte hace unos años, cuando una entidad bancaria internacional la transformó en oficinas ultramodernas que hasta han convertido su azotea en un techo verde. Antes, la antigua fábrica Bagley –donde se hacían las galletitas más ricas– pasó a ser un gran complejo de lofts.
Ver estas transformaciones es una manera entretenida de conocer la historia de la ciudad y también de acompañar una nueva etapa en este entrañable barrio porteño.
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Imagen: La iglesia de Santa Felicitas. (Fotojardin.com)
Tomado del sitio: Eterna Buenos Aires.

Biaba


(De Celedonio Esteban Flores)

Ya se lo había dicho: "Del laburo
sin hacer estación, venite a casa.
No es que yo esté celoso, te lo juro,
pero si vos no estás... no sé qué pasa...."

"Si tardás en llegar, tengo pavura
de que te hayas peleao en la milonga,
vos sabés que no falta un cara dura...
y yo te manco bien, cara chinonga..."

Pero ella se olvidó, sucia y borracha
llegó como a las nueve la muchacha,
por seguirle la farra a un mishetón.

Los bifes -los vecinos me decían-  
parecían aplausos, parecían,
de una noche de gala en el Colón. 
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Foto: Tapa del libro "Chapaleando barro", versos lunfardescos de Celedonio Esteban Flores.

8 abr. 2012

Aporteñarse


(De Diana Bronzi)

Me enseñaron que tenía que ser responsable. De palabra me enseñaron y aprendí de palabra. De ejemplo me enseñaron y aprendí de palabra. Pero lo fui, sí lo era y demasiado.
 Virginiana como pocas, detallista enfermiza. Enmarcada en cuadros inamovibles confeccionados por mi clásica histeria femenina agravada por el vínculo zodiacal. Estructuras aprehensibles que aprehendí no sé por quién. Y malvada. Una ética estudiantil egoísta, moral maniquea y tan temprana, de temperamento terrenal e hiperactivo.
Y lo mío era el arte. Lo supe desde chica. Lo mío eran las tablas. Esas tablas bohemias por las que quería recorrer un mundo que iba más allá de las fronteras sureñas en las que había crecido. Había conocido Paris, había conocido el color y el romance de una melodía universal en el saxofón de la esquina.
Me enseñaron que el estudio era imperativo. Me enseñaron de palabra y aprendí literal. Lo viví literal y lo vivo.
Ahora soy el resultado de los restos de aquella bohemia, la desaparición del esquema y la nula cercanía del arte.  
Muchos dirán que esto no es cierto.
No son quienes me enseñaron culpables absolutos de esta parcial metamorfosis. Quizá la terapia. Tanto hurgar y desconfigurarme, perdí de vista los nodos centrales de una rutina productiva. Quizá migrar a esta ciudad tan ciudad, a esta cárcel sin viento, a este gris sin estepa, a este almacenamiento de vidas enlatadas, a esta crisis permanente en la que vivo desde que descubrí que el estrés existe y que se vuelve crónico en algunos, en mí por ejemplo. Este lugar repleto de no lugares. De espacios públicos de los que los públicos huyen en cuanto pueden.
Aprendí a esquivar a las personas en las veredas pequeñas e inmensas, a evitar la gota de aire acondicionado que amenaza siempre a precipitarse sobre el bolso de cuero de producción en serie, a no mirar a los ojos a las personas cuando se desata la guerra por quién se queda con ese asiento del colectivo, y a pasear con apuro, a correr bajo la lluvia coleccionando paraguas de puestos ambulantes, a percibir en los rostros ajenos la desidia frente al día que acaba de comenzar.
Y la tonada que creía neutra desapareció con el correr de los meses, de los años. Me calcé los tacos, me busqué elegante, me volví invisible. En la urbe, en hora pico, degustando mi décima dosis diaria de dióxido de carbono, soy sencillamente una más. Ahora soy pesimista, excepto cuando me enfurece el pesimismo de los otros y comienzo a sonreír a quienes no están preparados para ese choque enérgico.
Aporteñarse es volverse una parte ínfima de un todo sin mesura, insultar al vecino cuando desentonan sus ronquidos en la escena nocturna de un edificio hastiado. Aporteñarse –que se entienda, ser porteño es otra cosa– es apurarse, es irritarse, es depender de una agenda y de un subte sin demoras para justificar un sueldo. Aporteñarse es adueñarse de neologismos locales y repetirlos de modo automático por menos sentido que tenga su sinsentido y atribuirles entonces un sentido específico, temporal, contemporáneo, con fecha de caducidad.  Y caminar en los cruces de las anchas avenidas contemplando el neón de los teatros comerciales… y dejarse embeber por los designios luminosos de la noche porteña. Sentir un tango, una milonga. La nostalgia en la piel pintada de brillos oleosos y disueltos. La humedad que dibuja el contorno de las estaciones. El otoño sepia esculpiendo en un árbol la voracidad del tiempo, dejándolo desnudo, volviéndolo fértil.
Y aprender a ignorar la mirada cautiva de los insolentes.           
¿Cuándo me transformé en esto? Cuando me enamoré del primer esbozo de luz que ornamentaba la postal vivida de un sueño errante, la noche porteña, con ese misterio y esos rincones suyos. Me sentí insignificante. No era yo ya el centro del mundo, hermosa ficción provinciana e ingenua. No era yo ahora más que testigo. Un párrafo quieto del último verso de un tango inaudito.           
Única. Lejana. Nostálgica. Pequeña.
Aporteñada –aporteñada, insisto– en estas grietas de Buenos Aires.
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Imagen: Plaza de la República (Foto: buenos-aires-argentina.info)

Material tomado del sitio Buenos Aires Sos.