29 may. 2012

Coghlan, un laberinto urbano



(De  Jorge Luchetti)

La riqueza urbana de Coghlan, similar a la de aquellos rincones atípicos que hay en la ciudad, nace de la diversidad de accidentes urbanos que tanta identidad le dan a la zona. Estas barreras físicas han segmentado al barrio de tal forma que, como decía nuestro querido historiador Alfredo Noceti, “se hace difícil transitarlo si no es a pie”.

Los trazados en forma ortogonal, tan característicos de las ciudades latinoamericanas, con su plaza principal y su desarrollo a través de la manzana cuadrangular, tienen sus orígenes en algunas ciudades de la antigüedad donde ya se había implementado este modelo urbano. Hipodamo de Mileto, arquitecto y urbanista griego, fue perpetuado por Aristóteles como el creador del plano tópico (pueblos como Priene y la misma ciudad de Mileto son un buen ejemplo de esto). Su objetivo primordial pasaba por plantear la disposición lógica de la ciudad, en donde sus calles debían tener un trazado en ángulo recto y el ancho de éstas debía ser moderado y sin fantasía.
A las ciudades griegas le prosiguieron las romanas, que fueron herederas directas de las helénicas. Los planos ortogonales y las calles de igual ancho eran sus principales características. Incluso en las fundaciones de nuevas colonias, que en principio surgían como campamentos militares (como sucedió con la ciudad de Timgad, en Argelia), se respetaron estos trazados. Su construcción se hacía a través de la composición de dos ejes primarios, llamados Cardo (norte-sur) y Decumanu (este-oeste), que eran las líneas rectoras y de mayor ancho en toda la ciudadela.
Estos principios, pensados para cualquier tipo de ciudad e incorporados en las leyes de Indias, fueron ejecutados por los conquistadores españoles en su llegada a América. Así, por ejemplo, el delineado ortogonal de la ciudad de Buenos Aires se fue extendiendo por toda la pampa, tanto hacia el norte como hacia el sur y el oeste, casi sin alteraciones debido principalmente a la planicie del territorio. La monotonía del paisaje pampeano, tan característico por sus extensos llanos, sumado al repetitivo sistema de manzanas, dio como resultado un aburrido perfil de la metrópoli. Sin embargo, la transgresión a este delineado en algunos barrios de Buenos Aires ha sabido atesorar el paisaje de la ciudad, con alternativas poco comunes y sumamente interesantes.

LA RUPTURA DE LO CLÁSICO
Hay en la ciudad distintos barrios de características tradicionales que rompieron con la monotonía de la cuadrícula fundada por Juan de Garay. Algunas son propuestas muy novedosas, que fueron creciendo como una opción al tejido tradicional. Es el caso de Parque Chas, proyectado en 1925, diseño similar y tan complejo como el de una tela de araña de forma concéntrica, que como supo definir Alejandro Dolina “es aquel mágico sitio donde se pierden hasta quienes lo habitan”. También podemos mencionar con similares características al barrio parque Cornelio Saavedra, un proyecto de fines de los años 40. También de geometría centrada y calles sinuosas, aunque no tan enmarañado como Parque Chas, en más de una oportunidad nos hemos referido a él. Hay en estas muestras urbanas un claro ejemplo del sentido de evolución que puede tener cualquier conjunto habitacional. Los dos proyectos están basados en la idea de ciudad jardín, de la Inglaterra del siglo XIX.
En cualquiera de estos modelos también se puede observar la integración existente con los barrios aledaños, que logra romper con la monotonía de su traza sin dejar de amalgamarse con la trama convencional. A diferencia de Parque Chas, el conjunto habitacional Cornelio Saavedra y algún otro sector urbano transgresor de la ciudad respetaron la manzana típica y mantienen el tan mentado trazado ortogonal que tanto define a Buenos Aires. No obstante, dentro de la misma metrópoli existen lugares que por diferentes circunstancias fueron rompiendo de alguna manera ese dibujo primigenio. Un ejemplo de esto es lo que sucede en diferentes partes de Coghlan, donde los tesoros urbanos aparecen casi con naturalidad.
Este pequeño sitio de la ciudad, que a partir del tendido ferroviario y la ubicación de la estación dio origen y nombre al barrio, es el mismo que provoca una segmentación en la zona de calles y cortadas que termina por dar cierta particularidad y riqueza al lugar. Un ejemplo es la situación que se genera en el área comprendido por las calles Pedro Ignacio Rivera, Estomba, Washington y vías del ferrocarril Mitre, algo atípico para la ciudad y de gran valor patrimonial. A su vez la ocupación de dos manzanas por parte del Hospital “Pirovano” ayuda a fraccionar más la circulación vehicular, lo que hace que de esta forma aparezcan calles tranquilas, poco transitadas, casi privadas. O sea, pequeños rincones urbanos de características inusuales y de gran atractivo.

PARAÍSO TERRENAL
Del otro lado de la estación, en dirección al barrio de Villa Urquiza, la situación incluso es más singular. La bifurcación del ramal ferroviario, con las dos estaciones cercanas una de otra (Coghlan y Drago), crea un vértice urbano también poco frecuente, una especie de paraíso terrenal dentro de la vertiginosa silueta porteña. Pero también están las transformaciones producidas por los pasajes, cuyo origen generalmente nace de subdivisiones y particiones de las parcelas originarias, que dieron como resultado estas características callejas dentro de la metrópoli. Por ejemplo, juntos se encuentran los pasajes Sócrates y Plutarco, formados por un perfil de casitas bajas que hacen pintoresco al lugar.
Siguiendo el recorrido por la zona, también podemos tropezar con otros pasajes como Prometeo, Valderrama y San Francisco de Asís, todos de dos cuadras de largo. Este último es además paralelo a las vías del ferrocarril, tiene la particularidad de poseer una sola vereda, marca uno de los límites del barrio y finaliza su trayecto en una pequeña plazoleta que carece de nombre. Dicho sea de paso, sería interesante que los vecinos nos ocupáramos de bautizar a este anónimo espacio verde, el cual podría llevar el apelativo de alguna figura ilustre de las que habitaron en Coghlan, entre ellas Lino Spilimbergo, Athos Palma y, por qué no, Alfredo Noceti, que hicieron tanto por el país y el barrio.
Volviendo al tema que nos ocupa, y para poner un broche a estas riquezas urbanísticas que fueron generándose en el barrio producto del desarrollo de la ciudad, no podemos dejar de mencionar la ruptura que provoca la avenida Ricardo Balbín (ex Del Tejar). Su diagonal va desgarrando el entramado cuadricular, gestando así pequeñas plazuelas como la Curuzú Cuatiá, ubicada en Ricardo Balbín entre Quesada y Congreso, o la Francisco Fiorentino, en Ricardo Balbín y José P. Tamborini. Por todas estas peculiaridades que hacen al tipismo y singularidad de Coghlan, nuestro poeta e historiador Alfredo Noceti escribió en su Milonga del Centenario una muy buena descripción sobre el barrio y su gente, al que alguna vez se lo llamó “barrio dormitorio” porque sus habitantes trabajan fuera de él pero ansían su tranquilidad cuando regresan por la noche...:“Con calles interrumpidas / por el hospital y el riel / es difícil desandarlo / a menos que fuera a pie. / Hay edificios en torre; / bellos dúplex y chalets / y quedan casas chorizos con zaguán y con cancel, / el obelisco de Obras / pretendiendo de doncel / le guiña a la chimenea / de la fábrica Nestlé...”.
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Imagen: Construcción del túnel vehicular de la avenida Monroe bajo las vías del ferrocarril, 2011. (Foto rubderoliv).
Nota tomada del periódico El Barrio, Nº 81, 2005.

28 may. 2012

Esta pesada empresa de comenzar el día


(De Beatriz Arias)

Esta pesada empresa de comenzar el día,
desde el dolor anónimo de los hombres que pasan
como si no pasaran, de los hombres que mueren como
si no murieran. Esta guerra que al fin es tremenda
pero cotidiana, si a fuerza de insomnio y de locura
no cambiamos, no cambiamos. Nos hace
bien presentir esperanzas, pero ha llovido mucho
y llueve, y la lluvia es antigua y nos
pregunta: ¿qué estamos haciendo con la vida?
nos hace bien, sin embargo, que siga
preguntando.
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Imagen: Gente bajo la lluvia.

27 may. 2012

Había una vez una plaza... Fernando VII



 (De Maxine Hanon)

PARAJE DEL FUERTE VIEJO
Buenos Aires, mediados del siglo XVIII. Desde la Fortaleza gobierna José de Andonaegui. La gente principal vive en los alrededores de la Plaza Mayor o en los de la Plaza Chica, en Santo Domingo. Los barrios recios del Norte, del otro lado del arroyo Matorras (1), se prolongan en arrabales de mala muerte. El Asiento del Retiro y los terrenos de los ingleses represaliados a la Compañía del Mar del Sur son tierra de nadie. Con precarios títulos o sin  ninguno, se han ido cercando quintas, ranchos, corrales y alguna pulpería con techo de paja. Caminos de barro para llegar al pueblo, y senderos tortuosos entre rancho y rancho. La barranca se baja a los saltos por donde se encuentre una huella. En el bajo las toscas,  los pescadores que de a caballo se adentran en el río grande con sus enormes redes, mientras por las noches las sombras desembarcan  bultos de contrabando que vienen de la Colonia del Sacramento. Pululan los negros fugados y los vagos que se alimentan de huerta ajena y duermen bajo los sauces.
El límite confuso del ejido solo existe en los papeles, como los nombres oficiales de las calles,  que nadie recuerda. La gente vive en “la calle de Cueli” (2), en “la de Pablo Thompson” (3) o allá “en el barrio de don Alejandro”, por aquel Alejandro del Valle que va poniendo los pesos y el alma en una capillita que levanta bajo la advocación de Nuestra Señora del Socorro.
Los vecinos que residen en la hoy Avenida  9 de Julio y hacia las Cinco Esquinas –todavía no son esquinas ni cinco–  dicen que su barrio se llama “el paraje del Fuerte Viejo”. ¿Qué era y dónde estaba aquel fuerte tan perdido en la historia que no ha dejado rastros?
Su origen debe buscarse en la Real Cédula del 26 de febrero de 1680 que dio respuesta a los problemas de seguridad y defensa de Buenos Aires; desechó la vieja idea de fortificar y circunvalar la ciudad con una gran muralla, y ordenó construir un fuerte de mayor capacidad que el existente en la Plaza Mayor o, a criterio del gobernador, levantarlo en el extremo Sur o Norte de la ciudad (4). El gobernador José de Garro, tras larga deliberación, decidió “hacer dicha fortaleza en el paraje de San Sebastián, que cae en uno de los extremos de esta Ciudad a la parte del norte” (5). Y en 1682 se inició su construcción con 400 hombres. En 1685 se suspendieron los trabajos para pedir mejor opinión a los técnicos de Cádiz que aconsejaron continuar con su fabricación, pero las obras eran caras y obligaban a cobrar mayores impuestos por lo que finalmente se abandonó. En 1703, siendo gobernador Alonso de Valdez e Inclán, éste quiso ver el sitio donde sus antecesores habían iniciado la construcción pero se encontró con que las lluvias habían  borrado casi todos sus rastros. Ya por entonces el lugar elegido se consideraba totalmente a trasmano e inútil para la defensa de la ciudad.
Según Vicente Cutolo, el fuerte habría estado exactamente en la manzana que hoy ocupa la plaza Libertad, con portada sobre Paraguay entre Libertad y Cerrito (6). Se basa el historiador en el plano trazado por el Cabildo Eclesiástico para las mensuras de las primeras parroquias linderas a la ciudad, muy precario y muy posterior al fuerte, donde éste aparece en algún lugar de la costa norte, entre las hoy Cerrito y Libertad.
Sin embargo, creemos que el sitio donde se inició la construcción del fuerte no fue la hoy plaza Libertad sino sobre la barranca, entre Arenales y Arroyo, 9 de Julio y las Cinco Esquinas.
Veamos. En el plano titulado “Plan de la Ville de Buenos Ayres” (sin autor ni fecha), que dataría de 1745 y cuyo original se exhibe en el Museo del Banco Nación, podemos ver delineado nuestro fuerte con forma pentagonal y marcado como “Ruine de L'Ancien Fort”. Ahora bien, si estudiamos detenidamente el plano encontraremos que el fuerte proyectado ocupaba tres manzanas desde aproximadamente 9 de Julio y Arenales hacia Cinco Esquinas, es decir a unas cuatro cuadras del sitio donde estuviera la Cruz de San Sebastián (7). Esta ubicación coincide con varios documentos relacionados con terrenos de aquella zona. Así, cuando en 1730 un humilde Thoribio (sic) Sánchez pidió se le hiciera merced de la cuadra comprendida entre Carlos Pellegrini, Arenales, Juncal y Cerrito, dijo que el terreno que solicitaba estaba pegado al Fuerte Viejo. Andando los tiempos, en 1770, Tomás Alcaraz pidió al gobernador Bucareli la cuadra ubicada entre Libertad, Cerrito, Arenales y Juncal, y dijo que estaba en el paraje que llaman el Fuerte Viejo. De igual manera, casi todos los terrenos aledaños a las Cinco Esquinas –y hasta Talcahuano–  hacen referencia al Fuerte Viejo.
El sitio ya era un terreno poblado de ranchos y huertos en 1749 cuando el padre Fray Joaquín de la Soledad, Procurador del Real Hospital, pidió infructuosamente al Cabildo que se le hiciera merced del “terreno que llaman del Fuerte Viejo, para en él hacer fábrica de materiales y huertos” (8).

EL HUECO DE DOÑA ENGRACIA
Muy cerca de las ruinas del Fuerte Viejo nació hacia 1770 el hueco que durante más de medio siglo se conoció como el “hueco de doña Engracia” o “doña Gracia”.(9)
¿Quién fue doña Engracia o Gracia? Posiblemente una mendiga parda que hacia 1770 apostó su rancho en un rincón de aquel hueco que no era de nadie. Carlos Ibarguren (h) conjetura que “Allí, entre una maraña de yuyos y tunales, cierta negra conocida por doña Engracia, levantó un rancho miserable: acaso un boliche que hiciera a las veces de sórdida mancebía. A partir de entonces, el nombre de esa negra se extendió al agreste reducto de sus hazañas; y el 'Hueco de doña Engracia', espontáneamente se incorporó a la nomenclatura ciudadana”. (10) Lo cierto es que para 1809 de doña Engracia ya no quedaba memoria, salvo su legendario nombre.
Y aquí empieza nuestra historia. Porque en julio de 1809 los vecinos del Socorro, capitaneados por don Fermín de Tocornal, (11) se presentaron ante el virrey para pedir que el hueco de doña Gracia fuera transformado en plaza. Firmaban el petitorio Fermín de Tocornal, Pascual Diana, Salvador Salces, Norberto Cabral, Juan Reynoso, Juan Ximénez, Antonio Lorenzo, Esteban Fuentes, Pascuala Correas, Bernardo Gutiérrez, Anselmo Piñero, José Rico, Fernando Otero, Pedro Martín Ibáñez, Petrona Vega, Francisco Romero, Juan Bautista Morón, Antonio Castillo, Pedro Ponce de León, Lázaro López, Juan Vázquez, José S. García, Anselmo Farías, Hilario González, Matías Juerz (?), Francisco Giraldes, Miguel Carlin, Martín de Monasterio, Martín de Elordi, Juan Ferreda,...Ilina. Algunos de estos vecinos serían futuros alcaldes de barrio, otros eran tan humildes que debieron pedir prestada una firma a ruego.
Y el escrito decía: “que desde tiempo inmemorial ha disfrutado el Publico de la citada Plaza colocándose en ella muchas de las carretas que vienen de fuera hasta que de allí toman su destino, y la situación en que se halla la hace desde luego muy precisa y necesaria pues está respecto de la Plaza Nueva (12) en la distancia de siete cuadras, y de la grande o de la Victoria más de doce, pero como hasta el presente no se haya autorizado para plaza formal es la causa de que no se haya poblado como corresponde y establecido en ella un tráfico cuan exige su posición, y conviniéndonos por lo tanto que se erija en Plaza para que con la seguridad de serlo se trate de su fomento y colocaciones de tiendas para el abasto a propósito de que pueda el vecindario surtirse del necesario con comodidad y sin la precisión de venirlo a buscar a mayores distancias, suplicamos a V.E, se digne oyendo previamente al Señor Síndico Procurador de la Ciudad expedir al efecto la providencia oportuna precediendo en caso preciso la información  correspondiente de no haberse conocido jamás aquel sitio con población ni sujeto a dominio alguno particular, y fijándose también carteles de convocatoria en los parajes públicos para que cualesquiera que se estime con derecho a el comparezca a deducirlo dentro del término que se le asignare bajo el apercibimiento de que pasado, sin haberlo hecho no será oído en manera alguna, y con la calidad que si lo esclareciere se le satisfará por su justo precio como a ello nos comprometemos, los ocurrentes, con el único objeto que no se prive al público del alivio que disfruta en aquella Plaza y las ventajas que resultan al vecindario del contorno, en que se habilite para tal para que de este modo puedan proprorcionarse sin incomodidad de cuanto suele expenderse en las de su clase...” Es decir que se pedía que instalara allí una plaza en el concepto que se daba a las plazas en aquel entonces: un sitio donde se vendían los comestibles y se realizaba el trato común de los vecinos y forasteros.
El Escribano Mayor del Virreinato, José Ramón de Basavilbaso, abrió expediente caratulado: “Expediente promovido por los vecinos de la Parroquia del Socorro, sobre que se erija en Plaza el sitio conocido con el nombre de Doña Gracia”. (13) y convocó a los más antiguos vecinos para que atestiguaran sobre la pertenencia del sitio. Así, Pablo Márquez, nacido y criado en el barrio, atestiguó que “jamás la ha visto poblado ni ha sabido que tenga dueño”. Lo mismo dijeron Pedro Rivera, Eugenio Lamaestra, Francisco Ramos y Francisco Xavier Macera (14). El vecino Agustín Pérez de la Rosa agregó que “había oído decir que el hueco era del Convento de Nuestra Señora de la Merced”.
A su vez, el escribano del Cabildo, Justo José Núñez, consultó los viejos papeles del repartimiento de Garay y a los distintos arreglos y mensuras hasta 1612, para informar que de esos documentos no surgía que “el hueco denominado hoy de doña Engracia” hubiera sido repartido o dado en merced a vecino alguno de aquel tiempo, ni tampoco que hubiera subsistido hasta entonces sin dueño. O sea que no encontró nada, salvo que el  hueco estaba comprendido dentro de la traza de la ciudad “cuya línea divisoria forma el costado del Oeste del mismo Hueco”.
Si bien los documentos consultados eran anteriores al Fuerte Viejo, nótese que no lo mencionan ni los antiguos testigos ni el escribano Núñez. Tampoco lo menciona el Síndico Procurador del Cabildo, Julián de Leiva, que el 11 de mayo de 1810 dictaminó que aun cuando ningún documento anterior a 1612 le adjudicara propietario, él estaba persuadido que lo tenía porque todos los de su alrededor estaban poblados, “de lo que debe deducirse, y lo persuade la denominación de aquel hueco, que ha tenido dueño y que acaso lo tiene hoy también, aunque ignorante de sus derechos. Sin embargo como esta indolencia, que parece ser muy antigua, es opuesta al fin de las poblaciones, y por otra parte el crecimiento de esta Capital necesita que se multipliquen sus plazas para comodidad del vecindario, le parece al Síndico que sería muy conveniente darle el destino que solicitan los ocurrentes, bajo la calidad a que se avienen de satisfacer el importe que resulte de su tasación, al dueño que acredite serlo dentro del término que se señale”. Y agregó Leiva que recomendaba destinar una parte del hueco “para construir en ella un Pósito que hace tanta falta, o cualquier otra obra pública” que el Cabildo también debía pagar si aparecía dueño. El Cabildo aprobó la moción de su Síndico –incluyendo el pósito o alhóndiga– (15) el día 18 de mayo de 1810 y lo pasó a Basavilbaso que a su vez ordenó su traslado al Fiscal Manuel Villota el 21 de mayo.
Tanto Leiva como Villota y el Cabildo entero estaban ocupados en aquellos días con cuestiones algo más importantes que el hueco de doña Engracia. Durante los días siguientes nuestro expediente pudo haber sido mudo testigo de los electrizantes discursos que se fueron sucediendo en la Sala Capitular, de los gritos que venían de la Plaza, de los conciliábulos secretos y finalmente de la creación de la Primera Junta patria.
Villota –gran jurisconsulto– había defendido las posiciones del partido español y votado por la permanencia de Cisneros. Éste, nuestro expediente, fue seguramente uno de los últimos que despachó. El 18 de junio aprobó el informe de Leiva y el 22, sorpresivamente, fue desterrado junto con el virrey Cisneros y embarcado en una fragata corsaria inglesa. El pobre Leiva tampoco llegó a saber si la plaza se abrió o no, porque a él también lo desterraron de  Buenos Aires, aunque volvió años después.
La cuestión es que el expediente siguió su curso y terminó donde tenía que terminar, en las oficinas de la Junta. En esos días en que se decidía la suerte de la revolución, entre el destierro del ex virrey Cisneros y la ejecución del héroe de la reconquista Santiago de Liniers, el 11 de julio de 1810, la Junta  se hizo un ratito para aprobar la solicitud  de los vecinos del Socorro y ordenar: “se proceda inmediatamente al establecimiento de esta nueva Plaza, que se denominará Fernando VII…”. Al pie estamparon sus firmas Saavedra, Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Alberti, Matheu y Larrea.
Concluida la cuestión, en agosto los vecinos fueron suscribiendo sus respectivas fianzas obligándose con sus personas y bienes a pagar el terreno a cualquier eventual dueño que pudiera aparecer. Entre ellos destacamos a Antonio Álvarez de Jonte –futuro integrante del Segundo Triunvirato– que lo hizo en nombre de su señora madre. El 6 de noviembre Pedro Capdevila, Regidor Juez Diputado de Policía, ordenó que se delineara la plaza y la parte del terreno para pósito o alhóndiga por el Maestro Mayor Juan Bautista Seguismundo, el mismo que en 1803 construyera la recova de la Plaza de la Victoria.
Finalmente, el 18 de enero de 1811, Seguismundo midió la plaza en 140 varas en cuadro y la tasó en $ 1.680. En su informe, el alarife se refiere a ella como “La Plaza titulada en honor de Nuestro Soberano el Señor Don Fernando 7º”.
Así fue como durante toda la guerra por la Independencia, Buenos Aires tuvo una plaza en honor al soberano que combatía. Pero, ¿alguna vez los vecinos la habrán llamado Fernando VII, o habrá ganado la pulseada el fantasma de doña Engracia? Don Fernando estaba tan desprestigiado que sin duda ganó la partida la humilde vasalla parda.
Sea como fuere, a partir de 1822 se le impuso el nombre que por su fecha de nacimiento debió haber llevado siempre: Plaza Libertad.
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Notas:
1) El arroyo de Matorras corría a la altura de Viamonte, torcía por Suipacha y seguía por Paraguay hasta desembocar en el río por la hoy Tres Sargentos.
2) Marcelo T. de Alvear, en Retiro.
3) Maipú, en Retiro.
4) Ver AGN IX 24-8-12, Reales Cédulas.
5) Citado por Rómulo Zabala y Enrique Gandía en Historia de la Ciudad de Buenos Aires, Tomo I, MCBA, 1980, pág. 383.
6) Buenos Aires, Historia de las calles y sus nombres, Edit. Elche, Bs. As., 1994, Tomo II.
7) La cruz y ermita de San Sebastián, desaparecida antes de 1682, estuvo en Arenales y Maipú.
8) Acta del Cabildo del 24-1-1749 (Actas del extinguido Cabildo de Buenos Aires, años 1745-1750).
9) Plaza Libertad, entre Cerrito, Marcelo T. de Alvear, Libertad y Paraguay.
10) La casa de Ibarguren en la calle Charcas, Buenos Aires, 1967, pág. 12.
11) Fermín de Tocornal, hijo único de Manuel Joaquín de Tocornal y Josefa Ville, fue destacado vecino del barrio y en 1800 primer Hermano Mayor de la Cofradía Hermandad de las Ánimas de la Iglesia del Socorro.
12) La Plaza Nueva o de “Amarita” estaba ubicada en la hoy Carlos Pellegrini, entre Sarmiento y Tte. Gral. J. D. Perón, en el mismo sitio donde después estaría el Mercado Del Plata.
13) AGN Tribunales Civiles S Nº  2, 1809.
14) Francisco Xavier Macera, sastre, fue marido de Margarita del Valle, hija del fundador del Socorro.
15) El pósito es un local público destinado a mantener acopio de granos, prestándolos en condiciones módicas, durante los meses de escasez. La alhóndiga, en cambio, almacena también otros comestibles.

Imagen: Detalle del plano sin autor ni fecha de ejecución titulado “Plan de la Ville de Buenos Ayres”.
Material e ilustración tomados  de la revista Historias de la Ciudad, septiembre 1999.

24 may. 2012

Del conventillo al convoy


(De Enrique Espina Rawson )

Todos creemos saber que es un conventillo; yotivenco al vesre- y/o convoy simplificando el nombre. Podemos descubrir rápidamente que la palabra viene de convento, y hasta podemos captar el sentido irónico que surge de la comparación entre una venerable casa religiosa y un destartalado “inquilinato”.
También hemos oído infinidad de veces que por causa de la fiebre amarilla de 1870, las tradicionales casonas de San Telmo fueron abandonadas, y que los antiguos moradores, o al menos los que quedaron de ellos, se trasladaron a la zona que hoy se conoce como Barrio Norte y Recoleta, y que esas antiguas y patriarcales mansiones fueron subdivididas en piezas, y arrendadas a inmigrantes que buscaban un lugar para acomodarse. No indagaremos si esto es lo que se denomina hoy un “mito urbano” o no, pero, como quiera que sea, no es toda la verdad.
Los que uno supone como barrios absolutamente aristocráticos, en realidad estaban minados de estas disminuidas “viviendas colectivas”. Muchos recordamos, por citar un caso, el popular conventillo “de los gitanos”, ubicado en José E. Uriburu casi Vicente López, demolido para la construcción del hoy Village Recoleta; pero sin apelar a nuestra memoria podemos consultar viejos expedientes municipales que nos hablan de intimaciones, clausuras y habilitaciones de estas deplorables viviendas.
Veamos por caso: Parroquia del Socorro, con fecha del 31 de agosto de 1875, se habilita un inquilinato de 17 habitaciones (no se especifican baños) en Juncal 75, propiedad de Manuel Ramos. Este mismo señor es beneficiado por una habilitación similar en un edificio que suponemos lindero, y de similares características: Juncal 81, el 16 de octubre de ese mismo año.
Otros conventillos: Libertad 651; Santa Fe 358; Libertad sin Nro. entre Juncal y el Bajo; Cerrito 710; Maipú 513; Montevideo 314. Si bien la numeración es antigua todas estas direcciones corresponden a la misma parroquia del Socorro. Podemos añadir otros paquetísimos lugares: Cerrito 500, Arenales 322, Santa Fe 74, Cerrito 718, y así tantas.
Lo cierto es que todo Buenos Aires estaba lleno de conventillos, que no eran sólo las viejas residencias abandonadas del barrio Sur, sino también, y mayoritariamente, ruinosas pero flamantes construcciones “ad hoc”. Estos míseros habitáculos, edificados con los elementos más deleznables que se pudieran conseguir, rendían proporcionalmente mucho más renta que las casas de buena calidad, y muchos avispados caballeros no vacilaban en invertir su dinero en estos espantosos antecesores de las “villas”.
En todos ellos las piezas no tenían ventanas, sólo puertas que daban al atestado patio, no había baños, sólo “sumideros”, uno o dos en total para todos los habitantes, hombres, mujeres, niñas, ancianos; la “cocina” era de uso común, lo mismo que los piletones para lavar ropa, y las sogas para colgarla.
Esta historia tiene muchas derivaciones: epidemias, incendios, huelgas de inquilinos, sangrientos desalojos, en fin,… no hay nada que no sea dramático. Bien se dice que el tiempo todo lo atenúa, y el tango y el sainete dieron, con los años, carácter pintoresco y a veces risueño a estas torvas realidades. Tal vez sea preferible recordarlos así, y así lo hacemos al tararearla colorida letra del viejo tango de Contursi: Mina que te manyo de hace rato/ Perdóname si te bato/ De que yo te vi nacer/ Tu cuna fue un conventillo/ Alumbrao a querosén… “Flor de fango” tango de Gentile y Contursi).
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Imagen: Patio de conventillo, dibujo de Omar Jesús Blanco.
Nota tomada de la página www.fervorxbuenosaires.com

De temas bíblicos en versos lunfardos



(De Luis Alposta)

Enrique Otero Pizarro fue abogado, juez, educador, ministro y por si todo esto fuese poco, fue también pintor, poeta y boxeador. Su obra literaria no es abundante. Escribió cuentos, teatro y poesía. En Buenos Aires, en 1967 se estrenó su drama El proceso de don Juan.
Enrique Otero Pizarro, que había nacido en Córdoba en 1915, fue un hábil sonetista, como lo demostró, por ejemplo, al parafrasear a Lope de  Vega, o al abordar temas tan especialmente delicados y hondos como el de ciertos pasajes bíblicos que se refieren a Jesucristo, cuya desacralización  no resulta en modo alguno irreverente; aunque sí grotesco por la conjunción de gracia y patetismo que alcanza.
Acostumbraba a firmar sus sonetos, que quedaron inéditos, con el seudónimo de Lope de Boedo. Y hoy quiero recordar éste:

Dos ladrones

Hay tres cruces y tres crucificados.
En la más alta, al diome, el Nazareno.
En la de un güin lloraba el grata bueno
mangándole el perdón de sus pecados.

Escracho torvo, dientes apretados,
mascaba el otro lunfa el duro freno
del odio y gargajeaba su veneno
con el estrilo de los rejugados.

¿No sos hijo de Dios? ¡Dale, salvate!
¿Sos el rey de los moishes? ¡Descolgate!
¿Por qué no te bajás? ¡Andá, che, guiso!..

Jesús ni se mosqueó. Minga de bola…
Y le dijo al buen chorro: estate piola,
que hoy zarparás conmigo al Paraíso.
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Imagen: El Calvario, de Andrea Mantegna.
Del libro de L.A.: Mosaicos porteños, Bs. As., 2005.

17 may. 2012

Manuel Gleizer: el último de los editores románticos


 (De Ana Ojeda Bär)

“Los editores son mártires. Cuántas veces le dije yo a Gleizer que si hubiera puesto una fábrica de impermeables, de betún o de caramelos, con la energía gastada, con la inteligencia derrochada, con el trabajo dilapidado en su editorial, sería a estas horas casi millonario.”
Esto opinaba el poeta Nicolás Olivari en octubre de 1929 acerca de la quijotesca empresa que marcó el derrotero de la literatura argentina de los años veinte. Para ese entonces, la editorial –que vino al mundo con el libro de semblanzas Cómo los vi yo, de Joaquín de Vedia– ya tenía siete años y había publicado, entre muchos otros, a Borges, Macedonio Fernández, Fijman, los hermanos González Tuñón, Gálvez, Lugones, Mallea, Olivari, Payró y Scalabrini Ortiz.
Manuel Gleizer llegó a la Argentina hacia fines de 1900 o principios de 1901, proveniente de un pequeño pueblo llamado Ataki, en Kisenief, actual Moldova (en ese entonces, Rusia). Allí había nacido, el 5 de junio de 1889, sobre la orilla derecha del río Dniester. Junto con sus cuatro hermanos (Marcos, Golde, Fishel y Samuel) y su madre, Raquel Groisman de Gleizer, hizo el viaje hacia la que sería su patria adoptiva. Se radicaron en una colonia agrícola de Entre Ríos, donde Manuel fue peón de campo. “Los judíos que llegaban estaban contratados para trabajar para otro –cuenta Julio Rudman, uno de sus nietos–. Sin embargo, hubo intentos aislados de cooperativizar el esfuerzo. En general, el proceso de asimilación fue muy pronunciado. En efecto, el escritor Alberto Gerchunoff, él mismo de origen ruso, retrató el mundo de la judería criolla en Los gauchos judíos.
La vida de campo, sin embargo, no era lo que el destino le tenía reservado a Manuel, que en 1918, con 29 años, recaló en el barrio de Villa Crespo.

VILLA CRESPO, BARRIO REO
Barrio con prosapia literaria equiparable con la de Palermo o Boedo, cantado, entre otros, por Enrique González Tuñón, Leopoldo Marechal y Alberto Vacarezza, Villa Crespo debe su nombre al apellido del intendente municipal Dr. Antonio F. Crespo, padrino de la instalación de una curtiembre. Como el negocio fue muy auspicioso, los fabricantes de calzado comenzaron a llamar el lugar, precisamente, Villa Crespo.
La “República de Villa Crespo” fue fundada el 14 de febrero de 1935, pero recién en 1972 se dieron a conocer sus límites exactos: vías del Ferrocarril General San Martín, avenida Dorrego, avenida Warnes, Paysandú, avenida San Martín, avenida Ángel Gallardo, Estado de Israel y avenida Córdoba. El Villa Crespo que conoció Gleizer, sin embargo, tenía el arroyo Maldonado como límite. Este era una de las fronteras naturales de la ciudad, antes de que se incorporaran los entonces pueblos de Belgrano y Flores. El arroyo, depósito de desperdicios, oficiaba de desagüe de terrenos que ocupaban una gran superficie. Cuando llovía, se transformaba en una enorme laguna de agua sucia. Por ello, a pesar de que era pintoresco, resultaba peligroso por sus desbordes, circunstancia que además restaba valor a los terrenos adyacentes. En 1929, las autoridades decidieron entubarlo, obra que requirió alrededor de 10 años de trabajo. Ya en 1936, sin embargo, se construyó sobre él una amplia calle, primero de tierra: la actual Juan B. Justo. Bajo ésta corre entubado el arroyo, y en su trayecto por la ciudad cruza los barrios de Liniers, Villa Luro, Vélez Sarsfield, Santa Rita, Villa General Mitre, Villa Crespo y Palermo.
Fue allí, entonces, donde hacia 1918 Manuel Gleizer abrió un negocio de venta de billetes de lotería. Sus clientes, se podría sospechar, eran los habitantes del barrio, en su mayoría inmigrantes españoles, italianos y judíos, mezclados algunos de ellos con árabes o con criollos. Y de éstos, seguramente más de uno viviría en el primer conventillo del barrio, edificado por la Fábrica Nacional de Calzados, fundada el 3 de junio de 1888. Construido con cuartos y cocinas de madera, cobijaba a los obreros, y se convirtió en el símbolo más característico de Villa Crespo. Llamado Conventillo Nacional, o La Paloma, tenía 112 habitaciones y fue inspirador de grandes sainetes.
Víctor García Costa, director del Centro Informatizado de Documentación para la Investigación Histórica, Económica y Social (Cidihes), reconstruyó el azaroso comienzo de Gleizer como librero: “Gleizer tenía un local en la antigua calle Triunvirato 556 (hoy Corrientes al 5200). Allí puso un negocio de venta de billetes de lotería, pero tuvo la mala suerte de que le quedaran sin vender unos enteros que no pudo devolver. Debió afrontar el pago de unos 300 pesos, que en ese tiempo era una fortuna. Para saldar la deuda, llevó de su casa 230 libros de la Biblioteca Blanca de Sempere y les puso un cartelito que decía: ‘0,40 el ejemplar’. Los vendió enseguida. Al día siguiente, repitió la operación, pero al revés: puso un cartelito que rezaba ‘Compro libros’. Así se convirtió en un librero de viejo”.
Luego de tres años de compraventa de libros, Gleizer se trasladó a una casa que quedaba enfrente, en Triunvirato 537, donde abrió por primera vez sus puertas la librería “La Cultura”.

GLEIZER, EDITOR
“La Cultura” pronto se convirtió en un punto de encuentro para los escritores de la época. Arturo Cancela, Raúl Scalabrini Ortiz, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, César Tiempo, Leopoldo Lugones, Nicolás Olivari, los hermanos González Tuñón, Samuel Eichelbaum, son algunos de los que frecuentaban el lugar. Muchos de ellos, además de aprovechar los aires de peña intelectual que tenía la librería, pasaban a la casa de Gleizer, que quedaba al lado, y compartían la vida familiar del librero junto a su esposa, Manuela Dayenoff, y sus cuatro hijos: Dora, Meier, Jovita y Hugo.
En 1922, Gleizer editó su primer libro, por el cual le abonó al autor 450 pesos de ese entonces (equivalentes al 10% del precio de tapa del total de la tirada), en concepto de derechos de autor. Para hacerlo, pidió un préstamo bancario. Cómo los vi yo costó 2,5 pesos para el público y tuvo una tirada excepcional de 1.800 ejemplares.
La labor editorial de Gleizer se organizó, a partir de ese momento, en tres colecciones: una de temas judíos, otra de actualidad política y una tercera de contenidos generales. A las tres las identificó un sello en blanco y negro (o en blanco y color, según el libro), creado por el pintor José Bonomi. Era un perfil de Dante al que se le superponían rasgos faciales de doña Manuela. No obstante, fue la última de las colecciones la que pasó a la historia. En ella pronto aparecieron El idioma de los argentinos, de Borges; Molino rojo, de Fijman; No todo es vigilia la de los ojos abiertos, de Macedonio; El violín del diablo, de Raúl González Tuñón; Los aguiluchos, de Marechal; La musa de la mala pata, de Olivari; El hombre que está solo y espera, de Scalabrini Ortiz, y tantos más.
Los libros de Gleizer se imprimían a la vuelta del Arsenal de Guerra, en la calle Entre Ríos 1583/1585, donde desde 1910 se encontraba ubicada la librería e imprenta de los hermanos Porter, El Invencible. Así lo recuerda César Tiempo, hijo de la única mujer entre los Porter. Según él, una vez que Enrique González Tuñón hizo moda con sus notas periodísticas en el diario Crítica, de Natalio Botana, “inmediatamente apareció Manuel Gleizer, ubicuo y puntual como un nuevo San Antonio de Padua, y promovió al escritor sin libro a la notoriedad literaria”. Éste, entiende García Costa, es uno de los aspectos que hay que destacar de la labor de Gleizer: “Antes de Gleizer, de Jacobo Samet, de Glusberg, de Antonio Zamora, en la Argentina no existía la figura del editor. Había imprentas y había libreros. Unos y otros hacían de vez en cuando de editores, pero en realidad no lo eran. Los autores que se lo podían permitir, como Palacios, Justo, publicaban en Europa, en Francia, sobre todo en España. Y los que no, iban a un imprentero y hacían una edición de autor”.
La importancia de la figura de Gleizer radicó en que puso en marcha uno de los primeros emprendimientos editoriales argentinos. Para García Costa, como don Manuel no era un entendido, se lanzó a publicar lo que le llegaba a las manos, sin hacer mayores distinciones. Esto explicaría, por ejemplo, que en su catálogo El idioma de los argentinos, de Borges, figurara junto a Electrocardiografía y poligrafía clínicas, del Dr. Guillermo Bosco.
Con el tiempo, la editorial Gleizer terminó siendo identificada como aquella que apostaba a los autores jóvenes, promesas en ciernes de la literatura argentina. Gleizer publicaba a los que eran inéditos, a los desconocidos. Así, muchas de las primeras ediciones de escritores que luego adquirirían renombre nacional (y a veces también internacional) llevan su sello editorial.
Sin experiencia técnica previa y sin dinero, Gleizer editó a autores argentinos que hizo conocer tanto en el país como en el extranjero. Sus libros solían costar entre 50 centavos y 3,50 pesos de ese entonces. Las tiradas oscilaban, pero en general iban de 300 a 500 ejemplares. Había, por supuesto, excepciones. Una fue El hombre que está solo y espera, de Raúl Scalabrini Ortiz, del cual se hicieron 3.000 ejemplares. Corría 1931 y fue un éxito, tanto de crítica como de ventas.

UNA EMPRESA DIGNA DE RECUERDO
Manuel Gleizer llegó a publicar cerca de 300 títulos. Con su editorial aportó su granito de arena para que la profesionalización del escritor –que ya era constatable alrededor de 1910– terminara de afianzarse. “Si bien no solía pagar las ediciones, hay testimonios, más de uno, de la ayuda financiera a los autores. Por ejemplo, Manuel Gálvez lo cuenta en sus memorias”, asegura Julio Rudman, su nieto. Además, la editorial también organizaba certámenes literarios de los cuales surgían nuevos autores. “Hubo una relación muy linda, muy cálida, con Manuel Gleizer –recuerda Nélida Rodríguez Márquez de Tuñón, viuda de Raúl González Tuñón–. Al principio, quien tenía relación con Gleizer era el hermano mayor de Raúl, Enrique. En 1926, él le llevó a don Manuel los originales de El violín del diablo, de Raúl, para un certamen de poesía que organizaba la editorial. No sólo salió premiado el libro, sino que la tapa terminó ilustrándola un gran pintor tucumano, amigo de Enrique, llamado Thibon de Libian”
Durante más de diez años, Gleizer mantuvo la editorial y la librería en forma simultánea. En 1932 mudó la librería de la calle Triunvirato a la avenida. Santa Fe, y luego, en 1935, se fue a Beruti 3476, a una casa sin acceso directo desde la calle. “Eso marcó el ocaso de la librería –asegura García Costa–, que durante algunos años siguió adelante con la compra de los saldos de ediciones de autores argentinos y su provisión a la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares.”
En 1956, Gleizer reeditó la primera obra publicada por su sello, Cómo los vi yo, y al año siguiente alcanzó a sacar a la luz Violín y otras cuestiones, primer poemario de Juan Gelman, que fue reeditado por Seix Barral en su versión original. Sin embargo, los tiempos habían cambiado y “la editorial se fue apagando sola. Gleizer ya estaba viejo”, sostiene García Costa.
Manuel Gleizer, impulsor tal vez sin quererlo de las letras argentinas, murió el 3 de marzo de 1966.
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Imagen: Foto de Manuel Gleizer.
La nota y la ilustración fueron tomadas de la revista del diario La Nación (2 / 4 /2006).

El hombre de Corrientes y Esmeralda


(De Raúl Scalabrini Ortiz)

Para no amilanarme ante los fantasmas que la imaginación procrea en las tinieblas, para no desorientarme en la maraña de variedades porteñas que a veces simulan desdecirse de un barrio y aun de una cuadra a otra, me dilaté en la nada fatua sino imprescindible creación de un hombre arquetipo de Buenos Aires: el Hombre de Corrientes y Esmeralda. En otro lugar aduciré las razones que me movieron a ubicarlo en esa encrucijada, para mí polo magnético de la sexualidad porteña.
Este hombre es el instrumento que permitirá hincar la viva carne de los hechos actuales, y en la vivisección descubrir ese espíritu de la tierra que anhelosamente busco. Será la guía, la linterna de Diógenes con que rastrearé el hombre en quien ese espíritu encarnar. Lo muy grande hay que inducirlo de la observación de una partícula, no del enfocamiento directo. El que mira todo el bosque de manzanos, no ve más que el bosque. Pero el que se reduce a mirar profundamente una sola manzana puede inferir el régimen de todas las manzanas.
El Hombre de Corrientes y Esmeralda es un  ritmo de las vibraciones comunes, un magnetismo en que todo lo porteño se imana, una aspiración que sin pertenecer en dominio a nadie está en todos alguna vez. Lo importante es que todos sientan que hay mucho de ellos en él y presientan que en condiciones favorables pueden ser enteramente análogos. El Hombre de Corrientes y Esmeralda es un ente ubicuo: es el hombre de las muchedumbres, el croquis activo de sus líneas genéricas, algo así como la columna vertebral de sus pasiones. Es. además, el protagonista de una novela planeada por mí, que ojalá alguna vez alcance el mérito de no haber sido publicada.
No se alboroten, pues, los políticos ni los granjeadores de voluntades. El Hombre de Corrientes y Esmeralda no es ladero para sus ambiciones. Su nombre no figura en los padrones electorales, ni en las cuentas corrientes de los bancos, ni en los directorios de las grandes compañías ni en las redacciones de los diarios, ni en las nóminas de comerciantes o profesionales. No es un obrero, ni un empleado anónimo.
El  hombre de Corrientes y Esmeralda es el vértice en que el torbellino de la argentinidad se precipita en su más sojuzgador frenesí espiritual. Lo que se distancia de él, puede tener más inconfundible sabor externo, peculiaridades más extravagantes, ser más suntuoso en su costumbrismo, pero tiene menos espíritu de la tierra.
Por todos lo ámbitos, la república se difumina, va desvaneciéndose paulatinamente. Tiene sabor peruano y boliviano en el norte pétreo de Salta y Jujuy; chileno, en la demarcación andina; cierta montuosidad de alma y de paisaje en el litoral que colinda con el Paraguay y Brasil y un polimorfismo sin catequizar en las desolaciones de la Patagonia.
El Hombre de Corrientes y Esmeralda está en el centro de la cuenca hidrográfica, comercial, sentimental y espiritual que se llama República Argentina. Todo afluye a él y todo emana de él. Un escupitajo o un suspiro que se arroja en Salta o en Corrientes o en San Juan, rodando en los cauces algún día llega a Buenos Aires. El Hombre de Corrientes y Esmeralda está en el centro mismo, es el pivote en que Buenos Aires gira.
El mismo Hombe vertió las palabras puntualizadoras de su efectividad en el arresto sin cálculo de un acaloramiento, de un querer demasiado tirante o de un pequeño descuido del recelo personal, pacientemente incubado por mí. El Hombre nació en apuntes apresurados de un partido de fútbol o de un asalto de box, en la agresión a un indefenso, en la palpitación de las muchedumbres de varones que escuchan un tango en un café, en el atristado retorno a la monotonía de sus barrios de los hombres que el sábado a la noche invaden el centro ansiosos de aventuras, en las confesiones amicales arrancadas por el alba, en los bailes de sociedad, en la embriaguez sin ambages de un cabaret, en algunos comentarios perspicaces y también en personas que exageraban involuntariamente un motivo mitigado por los demás.
En todos y en cada uno vive el Hombre de Corrientes y Esmeralda. Se le desconocía, porque el conocimiento es casi una verbalidad, y los hombres que podían metrificar su voz se irritaban la garganta amaestrando oraciones extranjeras o evaporaban sus propósitos en un silencio lleno de mañanas que perezosamente se trocaban en ayeres...
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Imagen: Tapa del libro editado por Plus Ultra.
Tomado de El hombre que está solo y espera; ed. Plus Ultra, Bs. As., (sin año de impresión)

Villa Crespo



(De Alberto Rodríguez Muñoz)

El Tiempo apura
la lerda tejeduría
del verano
con sus baratijas verdes
y verdes;
el paso imperceptible
y lento
de aguateros muertos,
fotografías de novias
de otras épocas;
el brillo obsceno
de iniciales de nombres olvidados
ante la mirada torcida de los viejos;
legendarios mendigos
de barbas de madera
y ojos madréporas
en las escalinatas de los bancos
viendo desfilar comparsas
y cortejos,
y la calle,
la jabalina de encendida punta
arrojada hacia el ocaso
ensangrentando los cielos,
las copas de los árboles,
las bombitas que cuelgan
aritméticas
por Villa Crespo.

Oh, esa fugaz fosforescencia
que hace tiritar a las viejas
e iluminan el caserío
por un rato
con luces de Bengala
y mustias oraciones
y resplandores
de fogatas de San Pedro.

Después
el baile del grillo
en las sartenes,
el piadoso olor a cebolla frita,
a láudano,
a pobreza
y a botas de conscripto.
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Imagen: Villa Crespo, antigua vista aérea donde se aprecia la Iglesia de San Bernardo (Tomada de fotomuseoargentino.com.ar)

16 may. 2012

Milonguero de patio

(De  Roberto Selles)
 
Le decían “Finito”. A veces, “Fino”. Pero, según sus documentos, que nada saben de firuletes trazados en la pista, se llamaba Ramón Rivera, y había nacido en La Paternal el 24 de marzo de 1929.
A Ramón Rivera “Finito” lo admiraron algunos maestros del corte y la quebrada, como Virulazo, Lampazo, Petróleo u Oscar Coria, para no continuar con la lista. Lo cual no es poco tratándose de un milonguero.
Carlos Estévez “Petróleo” definió su arte con estas palabras: “Su baile era una conjunción de formas en busca de la belleza, hecha con un accionar de recursos naturales. Ora se deslizaba sin tocar el piso; otras veces, lo acariciaba, […] fue un grande sin proponérselo, porque dominaba los espacios, sin desplantes aparatosos”. Y concluía señalando que fue “un monumento de ideas hecho movimiento”.
Coria nos señaló durante una charla de 2003: “El estilo de ‘Finito’ se perdió; ahora no hay nadie que baile como él. Solía hacer un giro tan particular que, al reproducirlo, a los demás les era imposible mantener el equilibrio”. Petróleo coincidía: “Un mago del equilibrio”.
Y es así, no más; volvemos a verlo en un video que de él conservamos y no podemos sino coincidir con ambos milongueros y agregar que era la elegancia bailando. Y puesto que mencionamos ese video, agreguemos que el arte de aquel grande del tango bailado que fue conocido con el nombre de ‘Finito’ quedó en algunas filmaciones -muy pocas, lamentablemente- y en el recuerdo de quienes lo vieron milonguear, como Horacio Ferrer, que supo recordárnoslo con inocultable admiración.
También lo evocó, con igual admiración y con la nostalgia por el esposo perdido para siempre, María Teresa, su compañera en la vida y en las pistas:  ‘“Fino’, bailando, era una delicadeza... esos pies apenas si acariciaban la pista... ¡de no creer! Parecía que iba en el aire”.
Y como para resumir, viene a cuento su propia frase: “El tango te tiene que poner la piel de gallina, hermano; si no, no va”. ¡Cuántos bailarines actuales, dueños de una técnica mecánica pero sin que el corazón les baje a los pies, deberían aprender! O no. Esas cosas no se aprenden; se llevan adentro.
‘Finito’ nació en La Paternal y aquí se inició; con mayor precisión, fue en el Club Floreal, donde comenzó a ser un bailarín semi-profesional, cosa que siguió siendo durante toda su vida.
Porque ‘Finito’ era un milonguero de patio, ni más ni menos que un milonguero de patio. Esto significa que nunca vivió del baile sino de su oficio de mecánico. A propósito de los milongueros de patio, nos decía Luis Alposta que el mejor bailarín de tango es el milonguero anónimo. Es decir el que era sólo conocido en su barrio y quizá, poco más allá, y con el tiempo, su nombre quedaba en el olvido.
De ‘Finito’ podría decirse que fue eso. Si no fuera porque, en sus últimos años, lo de anónimo le quedó chico, y su nombre comenzó a trascender y a abandonar el destino que amenazaba con llevarlo al territorio del olvido. Para bien del tango.
Se le han adjudicado, como lugar de origen, los barrios de Villa Pueyrredón y de Villa Urquiza. Según la información que poseemos, era de La Paternal, y así lo confirmó otro de los grandes del corte y la quebrada, José Vázquez “Lampazo”, cuando Gabriel Angió le preguntó: “¿‘Finito’ era de Urquiza?”,  y él respondió sin dudar: “No. ‘Finito’ era de Boyacá y Juan B. Justo. Tirando más a La Paternal”.
Suponemos que la confusión proviene de la circunstancia que haber sido uno de los originadores del denominado “estilo Villa Urquiza”, que no eran, precisamente, milongueros de ese barrio sino los que acudían a bailar a las muy populares milongas del lugar: Sin Rumbo, Pinocho, Sunderland y Akarense, entre otras.
Al promediar la década de 1950, con la invasión del rock and roll, el tango comenzó a alejarse de la juventud. En el decenio siguiente, Los Beatles le aplicarían el golpe de gracia. En consecuencia, ‘Finito’, acuciado por el menosprecio en que había caído nuestra música, decidió abandonar el baile.
Pero supo, finalmente, retornar a las pistas; “siempre se vuelve al primer amor”, nos recuerda Le Pera, garganta de Gardel mediante. Lo hizo recién en 1980, cuando la situación comenzaba a cambiar tímidamente, gracias a la difusión internacional del espectáculo Tango Argentino y a un cambio de la mentalidad local; por ejemplo, el matutino Clarín andaba publicando, todos los jueves, dos hoy inolvidables páginas íntegras sobre la música porteña, con la insólita y beneficiosa inclusión de tangos nuevos.
El retorno tuvo lugar en la pista del club Vélez Sársfield junto, por supuesto, a María Teresa, que comentaba acerca de aquel regreso: “Él creía que, con tantos años sin bailar, se habrían inventado nuevas cosas o habría algo diferente. Pero era igual. Me miró, se sonrió, y me dijo: “Pero si todavía estamos como el primer día”. Salimos a la pista y estaba inspirado. Le salían todas. Y eso que en 26 años no habíamos ensayado. Hizo de todo. Cómo será que estaba Virulazo y empezó a preguntar por ‘ese flaco que la rompe’. Era por el ‘Fino’. Desde ahí no paramos más”.
Vinieron, entonces, las tanguerías, los teatros, la televisión, el cine, algún reemplazo cuando Juan Carlos Copes se iba de gira... Pero eso era de vez en cuando; ‘Finito’ seguía siendo el milonguero de club. Siempre con María Teresa, mostró su arte, que, afortunadamente, quedó en un par de películas, “Tango, bayle nuestro” y “Tango Bar”, y en algunos videos no comerciales, como ya comentamos.
“Finito” y María Teresa se habían casado en 1954 y tuvieron tres hijos, Diana, Alicia (hoy, abogadas) y Ramón (actualmente, comerciante). Su compañera en las pistas y en la vida lo sobrevivió hasta el 19 de setiembre de 1999, cuando transitaba por los sesenta y nueve años.
El actor Robert Duvall, entusiasta cultor del tango bailado, se maravilló al verlo lucir su arte (¿¡quién no!?) y le propuso participar en su próxima película. Tiempo después, al llamar desde los Estados Unidos, para confirmar la propuesta, se enteró de que “Finito” ya se había marchado a milonguear a otro Barrio...
Fue el 11 de mayo de 1987. “Terminamos de bailar un tango y le agarró un mareo. Nos retiramos a un costado y allí se quedó. Le falló el corazón. Murió como él quería, bailando”, recordaba María Teresa, ya con los pies solitarios y el corazón deshabitado.
Un ataque cardíaco lo había derrumbado en la milonga Akarense, en Donado 1355, Villa Urquiza. Murió en su ley.
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Imagen: Tema de tango, pintura de Sigfredo Pastor.

12 may. 2012

Las esculturas de la plazoleta de San Francisco


(De Miguel Ruffo)

En la plazoleta de San Francisco, ubicada en Alsina y Defensa, sobre la primera de las calles mencionadas, se encuentran cuatro esculturas que representan La Navegación, La Industria, La Astronomía y La Geografía. Muchas décadas atrás, a fines del siglo XIX, se hallaban en torno a la Pirámide de Mayo. En 1875, las estatuas realizadas por Dubourdieu, fueron sustituidas por otras de mármol blanco, procedentes del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Son ellas las esculturas que nos ocupan en el presente trabajo. ¿Por qué representar actividades productivas y disciplinas científicas por medio de esculturas femeninas? ¿De dónde procede esta simbología?  Debemos remontarnos a la antigua Grecia donde los escultores desarrollaron la representación antropomórfica de los dioses. De tal modo, en la Grecia clásica se produjeron esculturas de las diosas, las musas, los ríos, los bosques... Roma siguió, en este sentido, los cánones estéticos griegos y también representó escultóricamente a las vestales.
Las esculturas a las que nos referimos son, desde el punto de vista estilístico, neoclásicas, estilo predominante desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XIX, caracterizado por su admiración y copia de los modelos clásicos; vale decir, griegos y romanos. Ello nos habla del incremento de las imitaciones del estilo antiguo, tanto romano como griego. La mayoría de los grandes escultores europeos producían réplicas de estatuas clásicas para su exportación, de tal modo que no nos debe resultar extraño la presencia de esta estatuaria en Buenos Aires.
Nuestras cuatro esculturas se nos presentan como figuras femeninas de pie y de cuerpo entero, siguiendo líneas de corte clasicista en su composición. Cada una de ellas se asemeja a una matrona griega. Sus formas son macizas. Cierto contorneo de los cuerpos, y el movimiento de los rostros, contribuyen a darles un relativo dinamismo. Se destacan los pliegues de las túnicas que cubren sus cuerpos, sólo insinuados en las rodillas de algunas de ellas, además de dejar al descubierto sus manos y los pies. Se nos ocurre pensar que sus vestidos se corresponden con el antiguo chitón e himatión y no con el peplo, aunque tratados en su totalidad conforme al espíritu neoclasicista.
En la revista “Buenos Aires nos cuenta”, N° 15, leemos: "Como las estatuas realizadas por Dobourdieu [para la Pirámide de Mayo] eran de tierra cocida y estucada -corriente en la época- se deterioraron prontamente, razón por la cual fueron retiradas y reemplazadas por unas esculturas que se hallaban en el primer piso del Banco de la Provincia en la calle San Martín. [...]
Ornamentaban la terraza y la torre central unas esculturas realizadas en mármol blanco de Carrara. Con el correr del tiempo las construcciones realizadas alrededor hicieron perder perspectiva a este detalle ornamental. Por tal razón se decidió retirarlas. Fue entonces propicia la ocasión para colocar cuatro de ellas -La Geografía, La Astronomía, La Navegación y La Industria- en los cuatro ángulos de la base de la Pirámide. Allí permanecieron hasta 1912. Con motivo del nuevo ordenamiento de la plaza la Pirámide fue trasladada más hacia el este, en el lugar que actualmente ocupa; por consiguiente las estatuas fueron retiradas sin volverse a colocar después. Pasaron al depósito municipal. De allí fueron retiradas en 1968 para formar parte de la primera exposición del Museo de la Ciudad, institución dirigida por el arquitecto José María Peña. La exposición se realizó en los salones del Honorable Concejo Deliberante, finalizada la cual volvieron al depósito.
En octubre de 1972 con motivo de los festejos del Año del Turismo en las Américas el arquitecto Peña logró que fueran ubicadas en la antigua plazuela de San Francisco, frente a la Basílica, sobre la vereda de la calle Adolfo Alsina. Permanecen allí, alineadas, sometidas a la curiosidad de los paseante".
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Imagen: Las cuatro estatuas de la calle Alsina.
Texto e imagen tomados del periódico Desde Boedo.