28 ago. 2012

Rea emberretinada



 (De Silverio Manco)

Tenés la pinta de grela fula
y andás batiendo que sos muy papa,
cachito’e barro
sobra e’los reos
pucho ’e resaca!...

En tus mirones de vieja curda
hay un poema mistongo y reo
pobre percanta
que se da dique
y añapa vento.

Si lo que sobran son regias pibas
pa dar al alma sus emociones
sabelo, rea,
que ya lo saben
todos los orres.

Cuando mañana se canse el coso
de refalarte la ventolina
¿qué harás, araca,
rea fulera?...
¡Qué triste vida!...

Clásicos lindos los que has corrido
con más de un reo que te amuraba;
tus metejones
te castigaron
rea sin alma.

Las cayecitas de Buenos Aires
irás cruzando con el bagayo;
y en cada esquina
y a cada turro
le harás un alto.

Y todavía tenés coraje
de chamuyar que sos una papa…
qué berretines
de locatelli,
¡pobre garaba!...

Tenés la pinta de grela fula
y andás batiendo que sos muy papa,
cachito ’e barro,
sobra ’e los reos
¡pucho ’e resaca!...
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Imagen: Folletín ¡¡El triunfo del amor!!, comedia dramática de Silverio Manco. (Foto tomada del sitio Colecciones Teatrales. El original pertenece a la colección privada de Roberto Fama).

27 ago. 2012

El misterio de la casita en el río



(De Silvana Santiago)

La pregunta infantil apunta hacia las aguas de la Costanera Norte porteña. Hacia esa silueta fantasmagórica que se recorta en la superficie marrón y que aparece, misteriosa, como una rara casa abandonada, con una gran puerta principal pero sin ninguna ventana.
Si se trata del sombrero de un gigante sumergido, como imaginaron unos; del baño de los ocasionales nadadores del río, como arriesgaron otros, o del hogar de un secreto ermitaño, como apostaron algunos pescadores; nada se puede adivinar desde la costa. ¿Qué es? ¿Para qué sirve? Y ¿por qué está ahí? Cuentan que la idea de construirla empezó tras un gran pánico, similar al que provocó la gripe A, pero hace más de 140 años, cuando las amenazas en Buenos Aires eran el cólera y la peste amarilla.
Por esa época el riesgo de tomar agua contaminada o de estar próximo a aguas estancadas en la ciudad, era mayor. Esto favoreció la propagación de dos epidemias que dejaron 14.000 víctimas fatales –según registros incompletos– de entre las 190.000 almas que poblaban la ciudad en aquel entonces.
Cuando todavía no se habían esfumado los peores recuerdos de las pestes, se resolvió levantar lo que hoy se ve a lo lejos como una casa enigmática. Fue parte de un proyecto que en 1874 buscaba el aprovisionamiento de agua potable para 400.000 porteños. Básicamente, lo que hacía era tomar agua del río para enviársela a la planta de potabilización que en ese momento se encontraba en lo que hoy es el Museo de Bellas Artes.
El equipo bombeador tuvo una vida efímera, dada la expansión geométrica de la población en Buenos Aires de esos tiempos, por lo que fue dado de baja apenas cuatro décadas después de su inauguración. Estaba ubicado a 800 metros de la costa con una estructura que combinaba el cemento armado y los bloques de granito. Por fuera, mostraba cuatro caras de lo que los expertos llaman una "sobria arquitectura neoclásica", algo que la Ilustración y el Progreso habían impuesto por esos años, y que significaba la vuelta a las formas simples de la Antigua Grecia y Roma.
La estructura estaba coronada con una torre de metal que, en el momento en que fue construida sostenía en la parte superior una baliza de gas, porque en Buenos Aires todavía no había iluminación eléctrica. Los mismos parámetros estéticos dominantes hacían impensable que una obra de esa importancia no rematara en una veleta de hierro. En el interior, un revoque austero cubría las paredes que se prolongaban bajo el nivel del agua, en rejas que permitían la entrada del agua.
Detrás de la puerta que hoy permanece cerrada, una pequeña pasarela con una simple baranda metálica recorría todo el perímetro de la casa. Desde allí partía una escalera marinera para acceder a la baliza. En el centro del ambiente, un cilindro de 3 metros de diámetro, ubicado por sobre 2,60 metros del nivel máximo de crecidas y 10 metros por debajo del lecho del río, canalizaba las aguas para su potabilización en la Planta Recoleta.
Como era costumbre en todo lo que se compraba o ideaba en esa época, se recurrió a Europa para la elaboración del diseño. El elegido fue un ingeniero hidráulico inglés, John Bateman, quien envió al sueco Carl Nystromer a estas tierras para la puesta en marcha de su idea. Él resolvió que se ampliara la planta potabilizadora y que se construyera el palacio, todavía en pie en la avenida Córdoba y Riobamba, para contener en su interior un tanque en el que se almacenara todo el líquido a distribuir entre los habitantes de la ciudad.
A más de un siglo de su construcción, las cuatro caras de la casita, recubiertas de ladrillo vista, están tan oscuras como el agua del río. El avance de la ciudad hizo que hoy esté a pocos metros de la costa, mientras que la llegada de la electricidad y de las nuevas tecnologías hizo que la veleta y la baliza fueran reemplazadas por elementos de menor estilo arquitectónico.
Por eso hoy aquella toma de agua no le ofrecerá información meteorológica al observador ocasional que, armado de un catalejo como en el siglo XIX, apunte hacia la torre para saber si la veleta indica la probabilidad de una tormenta. Sí, en cambio, informa hoy sobre otras cosas. Algo que se parece a una óptica de automóvil (una moderna baliza) ilumina la zona donde se alza la construcción; otra señal, llamada balón negro en las nuevas reglamentaciones náuticas, indica que en ese lugar hay un objeto que no se desplaza en el agua.
Pocos registros quedaron de los años en que funcionó “la casita”. En los archivos de AySA (heredados de la ex Obras Sanitarias) sólo se conservan las copias de los planos originales, y el Archivo General de la Nación no almacenó imágenes de la torre en su tiempo de operaciones. ¿Cómo se veían la baliza de gas y la veleta de hierro perdidas? Otro enigma guardado por la casita en el río.
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Imagen: Edificio que guardaba en su interior el equipo de bombeo que enviaba el agua a la antigua planta potabilizadora. 
Nota e ilustración tomadas del periódico Primera Página.

22 ago. 2012

Una rebeldía creadora



(De Juan Alberto Núñez)

Creo que, en realidad, no hay otra forma de decirlo. Entre tantos y tantos otros, fui parte, junto a mis viejos y mi hermano, de ese fenómeno que alguien quiso gusanear como “el aluvión zoológico” y, aunque yo no llegué a meter los pies en la fuente, debo reconocer que ni siquiera conservo el nombre del simio que quiso decir eso, pero guardo en mí, muy adentro, a cada uno de los habitantes de aquel convoy de la calle Senillosa al 200 donde fuimos a parar con lo puesto, y entiendo que, de no haber vivido allí, de no sentirme parte de esa historia, de haberse cerrado y negado a incorporar ese anecdotario crapuloso, y al mismo tiempo fraternal y pleno de cotidianas y reconfortantes noblezas, no hubiera llegado a sentir a Boedo y su gente como “mi barrio” y, a través de ellos, decidirme un día a bajar por aquellos encaracolados escalones del Teatro del Pueblo y allí, en una oficinita llena de papeles, afiches, fotos y una máquina de escribir, conocer a don Leónidas Barletta; pero eso fue mucho después.
Uno puede llegar, se me ocurre, a un escritor de muchas maneras; yo llegué a él a través de sus libros. De los que había leído, si no todos, por lo menos unos cuantos. Comprados algunos, prestados otros, e incautados la mayoría, en las madrugadas de la mesa de saldos de alguna librería de las que, por entonces, no dormían  nunca. Pero creo que de arranque no más, fui dándome cuenta de que mucha de la gente que poblaba el conventillo habitaba, también,  sus libros. Sin saber cómo, intuí que Leónidas Barletta era uno más entre todos nosotros.
Habría llegado a él igualmente por lo que alguna vez, en uno de esos boliches humosos, cercanos al diario El Mundo, le había oído contar a Octavio Rivas Rooney, o a través de Pascual Naccaratti, uno de sus principales actores y socio de aquel inventor de la media vulcanizada, llamado Arlt. Don Pascual fue el que me anoticiara, pasado un tiempo, de aquel reviro adolescente al ser detenido por participar en una protesta popular contra el aumento del boleto de tranvía. Trasladado Barletta a la seccional, el comisario le recrimina el hecho de ser un chico y ya tan rebelde. El muchachito, sin pelos en la lengua y sin intimidarse, le retruca que la culpa la tienen “esos”, señalando una repisa donde, vaya a saber por qué razón, se amontonaban unos libros entre los que había advertido a Sarmiento, a Ameghino y a Ingenieros, entre otros.
Decir que el teatro fue su gran pasión es decir sólo una parte de lo que esa actividad representó para él. Fue uno de los iniciadores del teatro independiente, es decir, uno de los que luchó denodadamente por imponer un tipo de teatro que ayudara al desarrollo espiritual del hombre, revalorizara al autor nacional y como consecuente defensor de las ideas sarmientinas, impulsara a los debates que se producían, alimentados por el mismo Barletta al terminar las funciones, probando la forma inteligente de llevar a cabo con eficacia, practicidad y respeto por la gente, la idea del gran sanjuanino de educar al soberano.
“Las culpas más graves son la servidumbre y la cobardía”. Con estas palabras aparece en la escena políticocultural de nuestro país, el periódico quincenal Propósitos. Es el 12 de octubre de 1951. “La hojita voladora”, como la llamaría posteriormente el poeta de Esperanza, José Pedroni. La hojita del pueblo. Cuatro páginas cuyo editorial decía: “Más que una presentación lo que definirá el carácter de este periódico son sus artículos, escritos por personas de variadas concepciones pero concordantes en abordar los problemas argentinos de acuerdo a las exigencias progresistas y democráticas que surgen de la propia realidad actual.”
En los primeros momentos los diarieros no se animaban a mostrarlo abiertamente, pero el hombre común, ese al que nadie oye, tenía ahora su vocero. Propósitos es, por cierto, una voz distinta. No busca ni le interesa una oposición a ciegas. Sigue firme en su tarea de educar al soberano. De abrirle los ojos al hombre común sobre la realidad de un mundo que no va a cambiar si él no se propone intervenir y  hacerse oír.  “La hojita voladora” crece, alza el vuelo y llega cada vez más lejos. Eso ofusca a sus enemigos. Se la acusa de cualquier cosa. Han querido ganarla a través de la publicidad. Hubo quien quiso hacerlo honestamente, pero aún así, él nunca permitió que la publicidad pudiera restarle libertad para opinar sobre aquellos temas que era necesario opinar. El interés del país y su gente estaba de por medio. Comenzaron las amenazas, las persecuciones, los allanamientos, el secuestro de la publicación. Propósitos se vio obligado a cambiar varias veces de nombre. Su prédica no es contra las personas sino contra el mal desempeño de sus funciones. Alza su voz para denunciar a los que se enriquecen en función de gobierno. Contra el mundo del privilegio. Lo dice y lo repite, lo cual no evita las persecuciones de todo tipo.
La oficinita aquella, en un recodo de la escalera que lleva al hall de entrada al teatro, se ha ido convirtiendo en un lugar de reunión para obreros, estudiantes, gente de la cultura, campesinos que buscan cotidianamente la opinión de Barletta frente a sus problemas.
El escucha, bromea, toma nota, opina, sin descuidar sus obligaciones como director del teatro. Su labor es inacabable y su capacidad de trabajo sorprendente, porque él busca y quiere estar en todo: tanto en la cosita intrascendente, como en el editorial del diario, y no sólo eso, sino que se ve forzado a inventar otros colaboradores para ampliar las secciones dadas las exigencias que la difusión del periódico impone. Muchas veces es el editorialista y a la vez el articulista que opina sobre arte, la cuestión portuaria o la problemática docente. Su multiplicidad asombra. Ni la falencia física de última hora pudo impedirle seguir con su tarea. Nos dejó un 15 de marzo de 1975. Sobre la mesa de trabajo quedaba el editorial y otros artículos para que Pepa los acercara a la imprenta.
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Foto: Leónida Barletta.
Material tomado del periódico Desde Boedo.

17 ago. 2012

Calle de Garantías



 (De Ricardo de Lafuente Machain)

Como la de Callao, ésta fue proyectada por el ingeniero don Felipe de Senillosa durante el ministerio de don Bernardino Rivadavia, pero tardó muchos años antes de estar totalmente habilitada.
Respecto a su nombre, el doctor don Vicente F. López cuenta la siguiente anécdota: “Conversaba un día familiarmente en el despacho de Rivadavia, García y otras personas distinguidas. Estaba allí el gobernador y dirigiéndose a éste, Rivadavia le dijo:
–Ya me ha traído Senillosa el trazado de la calle de circunvalación (Callao) y la apertura de la calle de Garantías.
–¿Dónde queda esa calle? –preguntó García con malicia.
Rivadavia se la señaló:
 –Mi amigo, la ha puesto entre las tunas y demasiado distante para que nos pueda servir.
–Las tunas se cortan, y se edifica.
–Cuando tengamos medio millón de habitantes, y capitales para cortar tunas y hacer paredes. Lo que es por ahora, no les arriendo las ganancias a los que vayan a vivir por allá, fiados en el nombre de la calle.
–El señor ministro de Hacienda no tiene fe ni confianza en el porvenir de su país.
– Sí, tengo; y fuera de lo que he dicho por broma, al oír el nombre de la calle me vino la idea de que por esos andurriales hará mejor papel la partida de Alcaraz que nuestro sistema de garantías. Necesitamos mucho dinero, mi amigo don Bernardino, y medio millón de habitantes para llegar hasta allá.
– Pues eso es lo que incumbe al señor ministro de Hacienda. Hagamos un gobierno ejemplar, de orden y honrado, y yo le respondo a usted que en tres o cuatro años podremos deber sesenta millones; detrás de ellos vendrá el medio millón de habitantes que usted pide.
–Pero necesitarán primero enriquecerse para ir comprándonos las tunas y ayudarnos a pagar la deuda.
–Sí, señor; vendrán y se enriquecerán para hacer todo esto.”
Los augurios del ministro Rivadavia tardaron algunos años en ser realidad, pero lo fueron. Los tunales desaparecieron ante la demanda creciente de terrenos a medida que se extendía la población. Se alcanzó y sobrepasó el medio millón de habitantes añorado, y con rapidez se llegó y excedió a los “sesenta millones que podíamos deber”.
La calle Garantías se abrió y su nombre perduró hasta que un nuevo criterio substituyó los pocos tradicionales de la nomenclatura callejera por otros que implican  un homenaje a los próceres.
El intendente don Torcuato de Alvear quiso honrar la memoria de don Nicolás Rodríguez Peña, precursor y estadista de la Independencia, recordando sus servicios en el nombre de una calle.
Según manifestó a doña Catalina Rodríguez Peña de Cazón, hija del prócer, su deseo era consagrarle la de Callao, donde éste tuvo su quinta, pero circunstancias del momento se lo impidieron. Entonces al formar  una plaza frente a dicha quinta, la llamó “Rodríguez Peña”, e hizo extensiva la denominación a la calle Garantías, que la cruzaba.
Poco a poco se fue abriendo a través de las vastas propiedades que la cerraban y unos años más tarde llegó hasta el camino del Bajo, en plena zona de las lavanderas y chiquilines retozones.
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Imagen: Plaza  Rodríguez  Peña (Foto: panoramio.com)
Tomado del libro de R.D.L.M.: El barrio de la Recoleta, “Cuadernos de Buenos Aires”,  edición de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 2da. edic., Bs. As., 1962.

14 ago. 2012

Normas claras para el patrimonio



(De María Carmen Arias Usandivaras)
 
Miles de inmuebles están catalogados preventivamente, pero no por ley. Así, es posible retirarlos de esa condición a partir de reconsideraciones. Falta la catalogación definitiva de los bienes patrimoniales de la Ciudad.

El patrimonio porteño comprende el patrimonio arquitectónico-cultural-ambiental, concepto que implica englobar también sus espacios públicos exteriores con sus objetos artísticos y naturales incluidos, como así también sus parques, plazas y monumentos. La Nación delegó por mandato la guarda de esos bienes en los habitantes de nuestra Ciudad. La identidad y la memoria de los barrios de las que habla la Constitución de la CABA en su artículo 32 son, asimismo, los lugares donde se desarrollaron episodios de relevancia, edificios donde vivieron nuestros antepasados destacados, y la cultura popular que subyace en la música, el teatro y en todas las expresiones de nuestra porteñidad.
La Ley 2548, promulgada en el año 2007, estableció un régimen de protección al patrimonio edificado antes de 1941. Fecha de ninguna manera arbitraria pues fue el primer catastro de la ciudad –documentado con fotografías aéreas– y sólo protegía un pequeño polígono de la misma; las sucesivas prórrogas la extendieron a todo Buenos Aires. Su espíritu fue que, una vez evaluados la totalidad de esos inmuebles, estimados como el eslabón más débil de la cadena patrimonial, se consolidaría parcialmente el inventario general de la Ciudad, y para completarlo debían ser incluidas como política de estado, la totalidad de los edificios que, a posteriori de esa fecha, se consideran con valores para integrar este inventario.
Desde su origen llamó la atención que una ley perdiera vigencia anualmente pero, ante tanta presión ejercida transversalmente en todos los bloques con representación en la Legislatura, donde la corporación de arquitectos y desarrolladores inmobiliarios actuaron de manera mancomunada, ésta fue la única forma de proteger, un poco más, el patrimonio valioso edificado. Esta ley sólo establece un procedimiento de evaluación de los inmuebles para su demolición o modificación (previa solicitud de un particular) por el Consejo Asesor de Asuntos Patrimoniales, organismo compuesto con representantes del Ejecutivo y del Legislativo, así como varias instituciones cuyos miembros son en su mayoría arquitectos, faltando de esta manera la dimensión simbólica de los bienes culturales, donde la diversidad es lo que hace la diferencia y en la que seguramente se encontrarían otros elementos de valoración para su evaluación. Recalcamos que esta ley no inmoviliza a la Ciudad sino que evalúa lo que debe ser preservado. Con esta ley, las decisiones del órgano asesor son vinculantes: si consideran que el inmueble tiene valores, envían esa información al Ministerio de Desarrollo Urbano, Subsecretaría de Planeamiento, quien debe incorporarlo a un catálogo preventivo y comunicar esta restricción a la DGROC para que se inhiba la parcela. Luego pasa a la Legislatura para su tratamiento de catalogación. Constitucionalmente estas leyes son de doble lectura y audiencia pública entre ambas.
En la historia de Buenos Aires las demoliciones han sido una constante. Existen numerosos libros sobre “Buenos Aires Demolida” escritos, muchos de ellos, por funcionarios que debieran haber preservado más, y no sólo legarnos fotos. El tema “patrimonial” no existía en la opinión pública hasta que los ciudadanos vimos como día a día desaparecían piezas valiosas y nos unimos en organizaciones no gubernamentales para tratar de poner un coto a tanta destrucción, coincidiendo con la sanción de la Ley 2548. Antes de ella, se podía demoler todo… Es cierto que si la ley no se prorrogaba comenzaban otra vez las demoliciones indiscriminadas. La ley fue sólo un trámite más para algunos pues, aún con ella, no pararon las demoliciones de edificios históricos de manera ilegal. Distintos medios atestiguaron que en el conjunto de los actores de la industria de la construcción estaban esperando el 1º de enero del 2012 para proceder a demoler lo que hasta ese momento no se podía. Tampoco están establecidas las penalidades para quien destruye ilegalmente.
No son ciertas las estadísticas aportadas por el ministro Daniel Chain, que se manifiestan en falacias. Existen 140.000 edificios anteriores a 1941 y sólo están catalogados alrededor de 3.000, fuera de aquellos que integran un Area de Protección Histórica. Otros 2.500 están en el Catálogo Preventivo del Ministerio de Desarrollo Urbano y, como interpretamos que de manera maliciosa, no los envía a la Legislatura para convertirlos en ley, están en una zona peligrosa y fácil de retirarlos del catálogo por medio de reconsideraciones del mismo CAAP que ya una vez se expidió por su catalogación. Otro mecanismo, ilegal, es la descatalogación por ese Ministerio, siendo que solamente se puede realizar por una ley específica.
Hemos insistido en estos años que se finalizara con la evaluación de todos estos inmuebles, sin éxito. No nos consta que se haya celebrado un convenio con la FADU-UBA para la confección del catálogo definitivo. En los siete tomos de los Atlas publicados por el Gobierno porteño, figuran inmuebles ya demolidos (como el asilo San Vicente de Paúl, en Bustamante y Pacheco de Melo, o el garaje de Carlos Calvo 1456) y otros con resoluciones pero sin haberse convertido en ley, o sea no protegidos. Eso sí, todos magníficamente ilustrados.
Desde la publicación “Salvemos Buenos Aires”, que editamos junto con Fundación Ciudad, proponemos una mayor participación ciudadana en la defensa del patrimonio; un cuerpo normativo claro y de cumplimiento ineludible; un modelo de gestión coordinada y participativa a cargo de profesionales idóneos, elegidos por concurso público y con integración de las organizaciones sociales que trabajan en el tema. Y, por último, la definitiva y completa catalogación de todos los bienes patrimoniales de la ciudad.
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Foto: Demolición.

13 ago. 2012

Un día lento en Buenos Aires



(De Edgardo Lois)
 
La muerte lenta de Gilberto anunció en forma cierta la lentitud del nuevo día.
Había empezado a morir hacia las seis de la tarde del día anterior. Poca comida, poca agua, pasos inseguros, como anunciando que en cualquier momento podía escorar su cuerpo hacia un lado o hacia el otro, y así finalmente hundirse en el cemento.
Alrededor de Gilberto el mundo, o mejor dicho, los restos del mundo, que era donde, para mayor precisión, él vivía, exhibía la misma mezcla de gritos, pibes corriendo, golpes diversos producidos por aún más diversos objetos de metal, de madera, de plástico, y de todos los materiales conocidos e imaginables que en algún momento pueden transformarse en mercadería lista para la venta. Todo en la vida de ese día estaba en orden, nada hacía prever que éste era el día anterior a la muerte de Gilberto y nada evidenciaba la lentitud del día siguiente.
Una muerte lenta en las primeras horas de una mañana anuncia la lentitud del día en que algo o alguien muere. Los días lentos en Buenos Aires no tienen la extensión normal que generalmente tienen los demás días. Un día lento en la ciudad, en los barrios que orbitan alrededor de los barrios centrales de la ciudad, está armado, momento más, momento menos, como un día más, porque al final de cuentas, en apariencia, es un día más, pero sólo hasta que aparece el detalle, la primera luz, una palabra, o una muerte lenta que lo define, que lo hace distinto.
Gilberto muere en un día lento de invierno que parece poseer la lentitud propia de un día lento de verano, días estos inmensamente más lentos en una ciudad como Buenos Aires tan rica, cuando quiere lastimar, en humedad y grados centígrados.
En días así, los viajes son lentos, las persianas de los comercios suben lentas, los cafés de la ciudad se habitan de manera lenta, el gris del cemento es lento, las sombras también, la vida toda bosteza, y así como bosteza la vida con su boca más lenta, la muerte, que no bosteza, pero que siempre llega, aparece y acaricia lenta. Es aconsejable en días lentos mantenerse lejos de todo tipo de conjeturas filosofales, Gilberto nunca supo de filosofías ni pensamientos, y era lógico que así fuera.
La idea de lentitud se origina en la cuesta arriba que presenta todo día lento que se precie, pero es un hecho que el día siempre se acaba, y también es un hecho que en todo día lento hay un quiebre, y que después de ese quiebre, viene la bajada hacia el final del día. A partir del quiebre viene la cuesta abajo, porque el final de los días no está arriba como se cree, sino abajo, y con la cuesta abajo aparece el ritmo perdido, la otra velocidad.
Si bien Gilberto había comenzado a morir a las seis de la tarde, no fue hasta las once de la noche que su cuerpo llegó hasta el cemento. Fue un momento, un primer golpe directo al mentón, que el jugador asimiló con bastante presteza teniendo en cuenta que el carro de madera ya estaba con algo de carga. El empeño mostrado en pararse no libró a Gilberto de varios golpes e insultos. El zumbido en el aire, la vara fina que se dobla en el aire, risas de pibes en el aire, la noche, toda la noche en el aire.
Hubo una segunda caída como a la una de la madrugada del día siguiente, día que todavía no era lento porque Gilberto acababa de morder el cemento por segunda vez, y por segunda vez se levantó en medio de la noche, la vara, las risas, los insultos.
A veces no es tan difícil ver el futuro; de proponérselo, el hombre lo lograría en relación a ciertas historias. Una cuestión simple si se piensa que con la costumbre de tan solo mirar, mucho camino se allanaría. El hombre podría, un hombre, pero otro, no el que abandona a Gilberto a las dos de la mañana, solo, al garete en enigmáticas mansedumbres, solo, irremediablemente acariciado de muerte al sereno de la noche. Poca comida, poco agua. Gilberto moría desde las seis de la tarde del día anterior, y exactamente a las tres comenzó un día lento de invierno en Buenos Aires, un día lento de invierno que parecía día lento de verano.
Los pibes que vivían en la casa que daba a la calle encontraron a Gilberto en su primera aparición por el terreno del fondo. Gilberto se había acercado hacia el portón de entrada, no estaba en su rincón, había muerto a mitad de camino, entre un árbol seco y el portón de madera.
No es fácil decidir qué es lo que se hace primero cuando hay un caballo muerto en el terreno; no es fácil decidir para el hombre que mira desconsolado el carro de madera; no es fácil decidir cuando se tienen que tomar decisiones en un día lento, en la lejanía de la noche y la tierra, en los barrios que orbitan alrededor de los barrios centrales de Buenos Aires.
Gilberto había quedado con los ojos abiertos, no faltó el pibe que llevó unas hormigas desesperadas para que caminaran sobre las vidrieras apagadas de esta última noche. Las hormigas caminaron lentas, patitas lentas en la lágrima, y las maldades inocentes de la niñez también fueron lentas, pero seguras.
El hombre miraba el caballo entre mate y mate, Caballo de mierda..., justo ahora te morís; el hombre miraba el caballo Gilberto y después miraba las pilas de cartón, la montaña de botellas vacías sobre la tierra, las maderas, el plástico, dos heladeras oxidadas, cubiertas de goma de autos que nunca tuvo, y otra vez volvía con sus ojos sobre Gilberto, sobre los ojos del cadáver, sobre las mismas hormigas desesperadas.
El día transcurrió lento, medio día estuvo el caballo muerto ocupando su lugar en el velorio lento del invierno. Luego llegó el camioncito, los tres hombres, las sogas, la chapa grande para que se deslice el cadáver de un caballo. El hombre no preguntó mucho, o mejor, no preguntó nada. Los tres hombres se llevaron a Gilberto y no cobraron una sola moneda.
El servicio funerario había finalizado, y todo el paisaje estaba igual de lento. El hombre miraba el lugar donde había caído Gilberto, no decía palabra, era posible que en nada pensara dada la lentitud alumbrada en la mañana.
Se acercó la mujer, no dijo nada, ofreció otro mate. Era la tarde, alguien se había guardado el sol en un bolsillo. Hacía frío. El hombre había salido a la calle, y había vuelto. De ida y vuelta, siempre caminó lento.
El hombre cerró y apretó fuerte los ojos, cuando volvió a abrirlos pensó en la basura de la ciudad, en las sobras de la vida de los que viven, de los que comen, las sobras que cada noche Buenos Aires ofrece tan generosa. Hacia el hombre viajaba una nueva noche. Una noche de tormenta, como cuando amenaza lluvia y entonces las hormigas salen disparadas de los hormigueros a conseguir la comida, a veces, esta es la idea que aparece en su cabeza. Antes de la lluvia, las hormigas, antes del nuevo día, muchos de los hombres de esta tierra.
La basura fue el quiebre, el final de la subida y ahora es tiempo de la bajada del día, porque los días no terminan arriba, terminan abajo, bien abajo con el ritmo cambiante de la calle marcando las horas, tiempo que ahora desaparece rápido y entonces es la noche, ha llegado la noche que es como si fuera tormenta, cada noche tormenta antes del nuevo día, así sobre esta Buenos Aires salvaje.
El hombre mira el carro de madera, el hombre exige con una palabra, los pibes entienden que deben bajar. El hombre se coloca al frente del carro vacío, le da la espalda, ocupa el lugar del caballo y tira.
Así el hombre era hombre y era el fantasma inmediato de Gilberto; podría alguien, quizá, desde la sombra en una esquina, y conociendo toda la historia, pensar que el hombre no era todo hombre, que era una mitad de hombre, y que tampoco era todo el fantasma apresurado y necesario de Gilberto, sólo la mitad.
El carro se mueve, el portón se abre, en la noche espera la basura.
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Foto: Carro de cartonero.

11 ago. 2012

De sombrerero a periodista


(De Osvaldo Guercio)

Como recuerdodependiente y por haber nacido en Boedo, aquí va una pequeña historia que pretende rescatar del olvido a un inmigrante, uno más de los tantos que hasta aquí llegaron.
A los seis años pisó la Argentina  y a las tres horas de su arribo conoció Boedo. Quintino Bocayuva al 700 lo vio crecer y de a poco se fue convirtiendo en un pibe más del barrio. Con el tiempo se le abrieron las puertas del café "Dante", de los "20 Billares", del "Trianón" y otras yerbas. Boedo era por ese entonces reunión de amigos, truco y codillo mediante, y dos pasiones devoraban a los muchachos de la barra: el fútbol y los burros. Y en ellas se anotó el piamontés. San Lorenzo y Palermo pasaron a formar parte activa de su vida... Tanto lo aporteñó Boedo que de italiano sólo le quedó el apellido y el recuerdo de su Moncalieri natal.
No es nuevo, pero es cierto que los veintitantos fueron difíciles y duros, y la orden del día era arreglárselas de cualquier forma, pero por derecha. En cuanto a moda masculina fueron tiempos en que la ecuación era muy simple: un hombre = un sombrero, y como el gringo venía de familia de sombrereros, no le fue imposible entrar como aprendiz en los grandes talleres de don Lagomarsino. Después de dos años de trabajar duramente, al cumplir los 18 lo llamó el capataz. Con una mano en el hombre le espectó: "Desde mañana usted es primer oficial". Por fin, Pedrito podía pensar en grande.
Y los años pasaron y entre ellos apareció María Brígida; asomó el amor. La familia se fue agrandando, la pieza quedaba chica y él era un buen sombrerero. Había llegado la hora, tenía que independizarse. Lagomarsino le quedaba chico, pensaba. Del brazo de su esposa (mi madre tiempo después) recorrieron Boedo buscando local con vivienda. Lo encontraron justo antes de la curva que pega Carlos Carlo para llegar a Boedo. Y en el 3651 de mi tan querida calle (porque allí nací), Pedro Guercio, el sombrerero, levantó a fines del 29, por primera vez, las persianas de su negocio.
Los sombreros se siguieron usando y "Sombreros Guercio" vió crecer su fama y los clientes. Los avisos rígidos de las pantalla y en el telón del viejo "Los Andes" anunciaban la presencia del Rey del sombrero en el barrio. Con su peculiar "mano"  para elegir el modelo adecuado a cada persona y la impecable terminación del fieltro, don Pedro continuó adornando cabezas. Por el negocio desfilaron boedistas de ley. Los chambergos, ranchos y panamás (auténticos) lucían en las cabezas del comisario Díaz, titular de la 10ª en los 30, y vecinos al igual que don  Pedro Bidegain. También vivían en Carlos Calvo entre Boedo y Colombres, frecuentando la sombrerería, los médicos Juan y Ángel Bracco, el doctor Morana, Bautista Rubillo que en la misma cuadra elaboraba artesanalmente sus famosos higos secos, apetitosos dulces y aceitunas; Matías García, que estaba al frente de la GDA ("Grandes Despensas Argentinas"); Alfredo Lamachia, un capo de los recorridos de diarios y el peluquero de hombres César Leyende, que tenía su local cerquita del bar-rotisería "Río de Oro".
A la pensión de los artistas (ubicada al lado de "Pinín", el restaurante de los pisos de largos tablones de pinotea, al que solíamos ir cuando el final de bandera verde favorecía a Pedrito) que regenteaba doña Rosita Serrano (La Serranita), la frecuentaban el recordado Federico Striano que integró junto a Buono el famoso dúo cómico, y los personajes que conformaban los elencos que desfilaban por las tablas del teatro "Boedo".
Y me tocó a mí crecer en  Boedo, me fue fácil, claro, era el hijo de Guercio. Si me perdía, algún cabo de parada se encargaba de restituirme a casa. Visitaba la bombonerìa de Salemi (aún hoy anclada en el ayer), elegía caramelos, bombones y me iba sin pagar..., me veía las películas en el "Alegría" sin comprar entrada..., el quiosco de la esquina supo también de mis mangazos. Mi viejo era pa mí, Aladino. Lo nombraba y ¡zas!, tenía lo que quería. Tardé un tiempo en enterarme de que luego de mis paseos de compra, don Pedro reconstruía el itinerario y pagaba puntualmente cada uno de mis gastos.
Una anécdota que vale la pena contar, nos habilita una vez más para volver a decir "todo tiempo pasado fue mejor". Los hechos sucedieron así: una mañana como tantas otras, don Pedro salió a la calle para levantar las persianas. Enseguida notó que la vidriera derecha, donde exhibía sombreros, también camisas y algunos casimires que le habían dejado en consignación, estaba mal cerrada, sin los candados que siempre ponía. "¡Qué b...!, me olvidé de cerrarla bien", pensó. La levantó con aquellos largos fierros que se usaban para subir o bajar las cortinas. No hizo falta llegar hasta arriba para darse cuenta de que los "amigos de lo ajeno" lo habían visitado fuera de horario. No dejaron nada. Después de mucho tiempo en la Argentina se acordó de que era piamontés. De la bronca no abrio la sombrerería; esperó la noche, llegado el momento tenía que hacer algo. El momento llegó. Caminó hasta Boedo, dobló la esquina hacia la izquierda y presuroso entró en el "Dante". Con una rápida mirada los ubicó; eran los de "la suave" y jamás "trabajaban" en el barrio. Fue hasta ellos. "¡Por Dios c..., ya no se puede creer en nadie!", les dijo y relató lo sucedido. "Pero, Pedrito... cómo vas a pensar que fuimos nosotros. Vos sabés muy bien quienes somos y que para nosotros el barrio es sagrado". A los pocos días, dos personas desconocidas para mi padre entraron en el negocio.Traían unos bultos. Tímida y respetuosamente preguntaron: "¿El señor Guercio?". "El mismo", respondió mi padre. "Esto es suyo, nos equivocamos". "Entonces todo está bien", contestó don Pedro. Al retirarse dejaron unos pesos sobre el mostrador: "Es por el vidrio, ¿sabe?, don...". Se fueron; nunca más los vio... Eran otros tiempos aquéllos.  
Mientras, una pasión se sobreponía a la otra: San Lorenzo ganaba por varios cuerpos sobre Palermo. Pedro Guercio ya formaba parte del club. Integraba la Subcomisión de Fútbol y una idea lo perseguía día y noche. Con esa idea fija prosiguió adornando cabezas; yo lo acompañaba silencioso, sentado en el umbral del negocio, tratando de descifrar el destino del 26 o del 48, que traqueteando por las vías buscaban superar la curva para alcanzar los "nueve puntos", oyendo el monótono pacarite pa'polenta, lupine fresco, de los tanos que llevaban su mercadería en dos grandes canastas unidas por una vara que colgaba de un hombro; compadeciendo al ver el esfuerzo que hacían por viejos y cansados a aquellos caballos que arrastraban cansinamente, con sus gorritos en la cabeza para mitigar parte del bochorno del verano, los carros del canastero, del carbonero, los majestuosos y lúgubres fúnebres o los malolientes y grises de la Municipalidad. Me imaginaba que sólo se alegraban cuando olfateaban el agua de algún bebedero cercano, como aquellos que lucían su reluciente bronce en alguna esquina. 
Cuando llegaban los sábados y las doce se clavaban en el reloj, mi papá cumplía invariablemente con un rito: cerraba el negocio, me tomaba de la mano y cruzando la calle, por la vereda de la gran fábrica de fideos "Tampieri" me llevaba hasta el bar-almacén de Carlos Calvo y Colombres. Los vasos con Cinzano y Hesperidina sobre las ya viejas mesas de madera, unían a los buenos amigos. Yo compartía mi Naranjín con el hijo del gallego. 
El negocio iba bien, los sombreros se vendían. Pero don Pedro estaba decidido. Boca, River y hasta Huracán tenían sus revistas partidarias, San Lorenzo, no. Y ésa era precisamente la idea: los de Boedo también la tendrían. Sólo necesitaba  un consejo, un empujón. Para ello recurrió a un hombre que había sido fundamental para la existencia de los Gauchos De Boedo. Un enfervorizado don Pedro lo fue a ver y un  más enfervorizado padre Lorenzo Massa aplaudió la idea.
Así empezó el gran cambio: de sombrerero a periodista. Con unos pesos ahorrados, cambió el taller. Unas máquinas de escribir, unos escritorios, anaqueles y una mesa de dibujo dieron forma a la redacción. Allí surgio El Ciclón ("Una auténtica voz sanlorencista", como bajada de título). Hasta Carlos Calvo 3651 comenzaron a llegar otros personajes. No querían sombreros, buscaban plasmar el perfil periodístico que tendrían las páginas azulgrana. Para ello Enrique Torrado, Mora y Araujo, redactores; Sergio Pintos, diagramador y Ángel Tuma, fotógrafo, junto a don Pedro trabajaron incansablemente. Por fin, en agosto de 1943 desde Boedo salía el primer número de El Ciclón. A partir de ese día, el 45-8928 recibió otros llamados: felicitaciones, críticas, sugerencias, y la ex sombrerería fue la cita para el reportaje. Isidro Lángara, Ángel Zubieta, los vascos de San Lorenzo, porque allá en su tierra los aires franquistas no les sentaban; Reinaldo "Mamucho" Martino, Borgnia, Crespi, Oscar Basso, Colombo, Blazina y tantos otros pasaron por la redacción de la revista que, por aquel entonces, les hacía saber a sus lectores que, en el 44, Basso y Zubieta eran los mejores pagos del plantel azulgrana con 671 y 651 pesos, respectivamente.
Pero el gran  cambio no significó la muerte súbita de "Sombreros Guercio", las vidrieras de "Casa Armiño", en Boedo 881, fueron por un tiempo su nueva casa.
Desde los editoriales de El Ciclón, Pedro Guercio desnudó su apasionado fervor sanlorencista. No importaba tanto el último resultado, sino la marcha institucional del club. Claro que el resultado adverso le dolía, y cómo. Los domingos por la noche, cuando San Lorenzo se retiraba perdedor de la cancha, además de aguantar la luna del papi, nos quedábamos sin la bandeja de sfogliatella y napolitanos de la pizzería de don Tranquilo.
No le fue fácil el comienzo ni tampoco la continuidad de la revista. Hubo tiempo de privaciones para la familia, pero era prioritario que El Ciclón estuviera en los quioscos los miércoles, y en la cancha los domingos, ése había sido el compromiso contraído. Era una forma de agradecimiento del piamontés hacia el barrio que lo cobijo no bien llegó de su Italia, que lo moldeó, que le presentó a una argentina, y donde vió crecer a sus hijos. El 25 de agosto de 1946, el último número de la revista languidecía en los quioscos. El Ciclón había perdido fuerzas, pero los 310 números que conformaron  sus seis años de vida guardan celosamente las utopías e ilusiones de un hombre apasionado en todo lo que emprendió.
No sé si puedo afirmar si Pedro Guercio ha sido un vecino notable. De lo que sí estoy seguro es de que, sin duda, ha sido un personaje rescatable y al que me hubiese encantado presentar ante ustedes para que él mismo contara el Boedo de ayer..., pero no es posible porque el sombrerero-periodista de Carlos Calvo y la curva, bajó para siempre las persianas de su vida un caluroso y lluvioso febrero de 1988.
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Imagen: Revista El Ciclón, ejemplar Nº 137.
Tomado de la obra conjunta Pasión de Boedo Aires (Poemas y prosas), Ediciones Boedo 21, Bs. As., 2000.

8 ago. 2012

Buenos Aires terminal



(De Chico Novarro)
 
Buenos Aires  terminal. Hoy vengo para estar
presente en mi destino. Vamos ciudad
abrime hoy, que es otro día.
Voy a bañarte de poesía, con cosas que son mías,
tan mías como vos.

Quiero verte más linda todavía
porque vendrán los duendes, los locos de la vida.
Vestite bien de gris, que es tu color del alma
pero con mucha calma, pintate,
lustrate hasta el changuito de la feria
y no te pongas seria, sos terminal al fin.

Yo me pondría, (no sé vos)
un espejito con la foto del Morocho en la solapa
y entonces serás tapa de todas las revistas
y nocturnos taxistas festejarán tu día
con un submarino
y dos medialunas de panadería.

Buenos Aires terminal. Aquí estoy
con todos mis ratones,
llamando de nuevo a tus portones.
Sobre una baldosa floja de la calle Defensa
aún puedo dar un salto por tu historia y mi vergüenza
y al subir la escalera de un hotel de baja caña
un retrato de Juan Gálvez y un poema de Manzi me acompañan.

Yo me levanto y canto
frente a un cacho de luna en el ropero
medio frasco de gomina en el balero.
Y al promediar la ronda del último curdela
vuela un tamango izquierdo rumbo al altillo
donde ameniza un gato negro sobre una lata de membrillo.

Buenos Aires terminal. Aquí estoy
con dos de mis pulmones.
Mi vida está contada en tus zaguanes,
con letra fina, y en carnaval,
se enredó con serpentinas
en los guardabarros de los colectivos
que van a Paternal.

Buenos Aires ventiluz
mediasuelas con chapitas, de cafiolos vidalitas,
y un vermú con papas fritas en Corrientes y Maipú.
No sé si te acordás... yo soy el que esperaba la rubia de trencitas,
parado frente al kiosco, la esquina del Normal.
Hoy vuelvo para ser tu centrojás, ¿me dejás?
quiero cortar la torta en esta fiesta
colado entre la orquesta
metido en el montón, ¿qué más?
el negro terciopelo que gasta el bandoneón
micrófono a la zurda, viene la variación.
La mano del cantor sobre la oreja,
la nena con la vieja, estricta marcación.
Esmerada atención, ambiente familiar,
la casa se reserva el derecho de admisión.

Buenos Aires ilusión, ¿dónde estás?
Vengo a cobrar recuerdos que guardo en mi carpeta
la silla del abuelo, el patio, la pileta,
flores de fantasía sobre la mesa del comedor.
Ternura de mi hermano en camiseta
haciéndonos un circo de pan y morisqueta.
Buenos Aires terminal. No va más.
Fundí el motor. Hasta aquí llegó mi amor.
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Imagen: Obelisco, plaza de la República, de noche. (Foto: alojargerntina.com)

7 ago. 2012

"Graf Zeppelin"



(De Enrique Espina Rawson)

El objeto volador más grande que jamás surcó el cielo de Buenos Aires llegó de Alemania el 30 de junio de 1934.
Imaginemos que estamos en el puerto contemplando los enormes cargueros amarrados a los muelles. Veamos con la imaginación, ya que estamos, que uno de esos monstruos comienza a elevarse de la superficie y plácidamente se desliza por el aire hasta perderse de vista. Bueno, si logró imaginarse eso, tiene más o menos una idea aproximada del “Graf Zeppelín”, dirigible alemán de 236 m de largo que luego de sobrevolar Montevideo llegó a nuestro país.
Salvo las monjas de clausura y los moribundos no hubo porteño –ni porteña– que no estuviera en los balcones y en las terrazas con la vista clavada hacia el este, en esa fría mañana invernal. Algunos más afortunados ya habían partido a la madrugada hacia Campo de Mayo, donde amarraría el colosal artefacto.
Hay fotos y filmaciones del gigantesco aparato plateado sobrevolando el Barolo, el Congreso, la Casa de Gobierno, con la cruz nazi pintada en la popa, ante la estupefacción del público, que no atinaba a otra cosa que contemplar con la boca abierta las lentas evoluciones del dirigible.
Todavía estaba entablada la lucha por la conquista del aire entre los más pesados y los más livianos que el aire, como se denominaba a la porfía entablada entre los aviones y los dirigibles.
Los dos presentaban ventajas e inconvenientes, y hasta ese momento no podía deducirse un triunfador. Pero lo cierto es que el “Graf Zeppelin” había atravesado el Atlántico con pasajeros, tripulación y correspondencia sin el menor incidente, cosa que ningún avión había podido hacer hasta esa fecha, y que de hecho, no lo haría hasta una década después.
El aparato echó amarras –como un barco– en Campo de Mayo, ante la multitud hipnotizada, y los 200 soldados que se apresuraron a atar los cabos a un enorme mástil construido apresuradamente a tal efecto. Eran exactamente, como lo consignó la prensa, las 9,47 hs.
Se abrió la puerta y el primero en descender ante el entusiasmo y vítores de los miles de espectadores, fue el capitán, Dr. Hugo Eckener, de gorro naval y saco de cuero blanco. Se saludó con las autoridades, mientras se procedía a bajar la correspondencia y cargar agua.
Pocos minutos después se embarcaron quienes habían descendido y exactamente a las 10,30 hs, el “Graf Zeppelin” partió para nunca volver. Eso fue todo. Los gastos eran enormes para mantener un servicio permanente, y las posibles entradas no justificaban la inversión.
Hasta 1937 se mantuvo el vuelo de dirigibles entre Europa y Estados Unidos. La tragedia del “Hindenburg”, que se incendió y explotó al amarrar en New Jersey, terminó con el sueño de los “más livianos que el aire”.
El Zeppelín, como todos decían sin saber que aludían al apellido del conde Ferdinand von Zeppelin, aristócrata alemán que desde el siglo XIX se empeñaba (con éxito, cabe consignar) en construir y hacer volar mastodontes cada vez más grandes, es una de las leyendas de Buenos Aires. Nunca una visita tan corta tuvo efectos tan duraderos.
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Imagen: El "Graf Zeppelin", en tierra (Foto de: www.cruiselinehistory.com).

5 ago. 2012

Quinta de Zapiola, en los barrios de Almagro y Balvanera


(De Carlos E. Rezzónico)

Esta quinta se hallaba ubicada, aproximadamente, en el área comprendida entre las actuales calles Venezuela, 24 de Noviembre, México y Virrey Liniers.
En la reunión del Cabildo del 9 de julio de 1735, se resolvió acordar a doña Margarita Bolaños dos cuadras de tierra en la parte que expresaba su memorial.
Aparentemente existió una resolución posterior -que no hemos hallado- que amplió los límites de la quinta en los términos que se expresan al comienzo. A ella parece referirse una certificación dada por el escribano José Ferrera Feo el 27 de julio de 1745.
Doña Margarita había contraido matrimonio con el teniente de dragones Manuel Fernández quien, al fallecer aquélla, se casó en segundas nupcias con Antonia Pérez. Muerto el esposo, la propiedad se adjudicó a su viuda por partición aprobada el 7 de octubre de 1762 y ésta la vendió a Cayetano Rico en el año 1775 (1).
En esa época, había en la quinta una habitación  de adobe crudo y cocido, de dos tirantes y techo de paja; un rancho de adobe crudo y techumbre de paja, pozo de balde, cerco de tunas, arboleda y plantío.
Como en aquel entonces no existía la calle que hoy lleva el nombre 24 de Noviembre, en la escritura de  venta a Rico se aclaraba que, en caso de disponerse su apertura, el terreno necesario debía cederlo el comprador.
Cayetano Rico murió y la quinta paso a su hijo Juan José Rico quien la conservó hasta el año 1825, vendiéndola a Carlos Casal (2), quizás a aquel que fue gobernador de Corrientes entre 1811 y 1812.
Al mes siguiente (3), Casal vendió la quinta "con sus entradas y salidas, edificio, monte, zanjas y cercos" a Francisco Tejeda y, al fallecer éste, sus albaceas la vendieron a Olegario y Pedro Ángel Ortega (4).
En 1840 (5) la quinta es comprada por Climaco Daract (o Darac), comerciante harinero que abastecía a numerosas panaderías de Buenos Aires, a cuyos hijos, Máximo y Enrique, se les adjudicó en 1848, a raíz de su muerte. Al fallecer a su vez éstos, los heredó la abuela, doña Máxima Olmos de Tagle. Esta señora, viuda de don Benito Vidal (6), se había casado en segundas nupcias con el doctor Gregorio Tagle, a quien acompañó, con valentía y entereza, en los difíciles momentos que vivió este contravertido personaje. Así lo demostró cuando en 1822 su cónyuge fue detenido por conspirar contra el gobierno de Martín Rodríguez y ella bregó por obtener el levantamiento de la incomunicación a que lo habían sometido. Y también lo evidenció en la cooperación que brindó a su esposo cuando éste preparaba, por segunda vez, una asonada para derrocar a las autoridades; asonada que finalmente estalló en la madrugada del 19 de marzo de 1823 y fue rápidamente sofocada. Tagle huyó y, dos meses después, su esposa solicitaba permiso para atenderlo
en Colonia donde -según ella- se hallaba sumamente enfermo (7).
Pero doña Máxima Olmos, antes de contraer matrimonio por primera vez, había conocido al doctor Bonifacio Zapiola, abogado, hermano del brigadier general José Matías Zapiola, y del romance que mantuvieron, nació un hijo, Cecilio Zapiola (8), que fue criado por Anastasia Mansilla (9). A mediados de 1864, al fallecer su madre, Cecilio inició la sucesión de ella invocando su condición de hijo natural. Con la finalidad de probar el vínculo ofreció el testimonio de personas allegadas, entre las cuales figuraron el nombrado brigadier general Zapiola, el coronel Manuel Fernández Cutiellos, don Manuel J. Langenhein, doña María Ignacia Mansilla -hermana de Anastasia- y don Santiago Torres.
Cecilio Zapiola solicitó, asimismo, que se levantara un inventario de los bienes existentes "en la quinta situada a inmediaciones de la ciudad" y en el domicilio de la fallecida ubicado en la calle Belgrano, contiguo al templo de Santo Domingo, cuyas puertas habían sido selladas por la policía en la creencia de que no existían herederos.
Al filo de los años 70, la quinta quedó dividida por el trazado del ramal que el Ferrocarril del Oeste construyó con destino al transporte de las basuras de la ciudad. Las vías partían de la estación Once y, describiendo una curva, continuaban su recorrido por las que luego serían  las calles Sánchez Loria, Oruro, Deán Funes y Zavaleta, hasta llegar a la quema. Las basuras eran depositadas por los carros en la manzana que hoy circundan Rivadavia, Sánchez de Loria, Hipólito Yrigoyen y Esparza y allí las recogía el tren para llevarlas a su destino final. Este vaciadero perduró hasta abril de 1890. En sus orígenes, la primera de las calles nombradas fue conocida como "calle del Ferrocarril del Oeste" y también como "calle del Ramal del Ferrocarril de las Basuras" (10) y más tarde como calle Soria.
A fines de 1870 (11), Zapiola vendió a Federico Achával la fracción que había quedado al oeste de las vías. La respectiva escritura la describía como un terreno de 105,652 metros de frente al sur, 96,126 metros en el contrafrente y 356,90 metros de fondo, lindando, por el norte, calle Venezuela por medio, con Santo Arsenio; por el sur, calle México en medio, con Vicente Ortega; por el este, con el Ferrocarril del Oeste y el otorgante y por el oeste, con Luis González. Achával procedió a la inmediata subdivisión y venta de los lotes resultantes. Fue el principio del fin.
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Notas:
1. AGN. Escritura de fecha 9 de mayo de 1775, pasada ante el escribano Eufrasio José Boyso en el Registro Nº 5.
2. AGN. Escritura de fecha 25 de octubre de 1825, pasada ante el escribano Marcos Leonardo Agrelo en el Registro Nº 6.
3. AGN. Escritura de fecha 29 de noviembre de 1825, pasada ante el escribano Marcos Leonardo Agrelo en el Registo Nº 6. En esta escritura se ubica a la quinta, erróneamente, entre "Belgrano y Benezuela (sic)".
4. AGN. Escritura de fecha 5 de junio de 1838, pasada ante el escribano Luis López en el Registro Nº 1.
5. AGN. Escritura de fecha 19 de febrero de 1840, pasada ante el escribano Luis López en el Resgistro Nº 1. Se persiste en el error de ubicar a la quinta entre "Belgrano y Benezuela (sic)".     
6. Máxima Olmos había contraido matrimonio con Benito Vidal el 20 de mayo de 1810.
7. "Rivadavia y su tiempo" por Ricardo Piccirilli, Ed. Peuser, Bs. As., 1943, págs. 196/232.
8. Cecilio Zapiola nació el 28 de febrero de 1809.
9. AGN. Sucesión Máxima Olmos de Tagle. Legajo 7291.
10. AGN. Escrituras de fechas 1º de marzo de 1886 (Reg. 11) y 11 de octubre de 1878 (Reg. 28).
11. AGN. Escritura de fecha 21 de diciembre de 1870, pasada ante el escribano Feliciano Cajaraville en el Registo Nº 31.

Imagen: Plano de 1867 en el que se advierten la ubicación de la quinta y el trazado del Tren de las Basuras.
Nota e ilustración tomados del libro de C.A. R.: Antiguas quintas porteñas, edición conjunta Interjuntas - Fundación Nuevas Perspectivas, Bs., As. 1996.