28 mar. 2013

La plaza Belgrano


(De Ricardo M. Llanes)

Dentro de la extensión de la ciudad de Buenos Aires, que mide 197 km2, figuran -y ello conforme con la ordenanza Nº 23.698 del 11 de junio de 1968- cuarenta y seis barrios (1) señalados  con los correspondientes límites que para cada uno indican las calles del nomenclador porteño. Algunos de estos barrios no cuentan con una sola plaza, los nombrados Boedo (2), Colegiales, Coghlan, etc; y en cambio no ocurre así con los denominados Palermo, Belgrano y Caballito, ricos en plazas y en parques. Claro está que el perímetro abarcado por éstos es mucho mayor que el comprendido por aquéllos. El barrio de Belgrano, además de los verdes espacios de las barrancas, tiene las plazas Castelli, General Paz, General Belgrano y, entre alguna otra, las llamadas República de Honduras y República del Ecuador, empero, la que debemos encontrar en el tiempo viejo, la verdadera plaza Belgrano, que entra en la traza del pueblo efectuada por don Saturnino Salas el 1º de diciembre de 1855, es la que está encuadrada por las calles Juramento, Echeverría, Cuba y Obligado, cuyos primitivos nombres fueron los de Lavalle, Rivadavia, Cerrito y Riobamba, respectivamente.
La plaza Belgrano, con sus 10.200 m2 de superficie, guarda de los históricos días de junio y julio de 1880 el levantado verbo de los tribunos que acompañaron al presidente Nicolás Avellaneda cuando éste debió, por imperio de las circunstancias, trasladarse al pueblo de Belgrano para instalar el Congreso en la casa de la Municipalidad. Y de ahí que en esta plaza se encontraran y dialogaran, respecto de la revolución declarada en aquellos días en la ciudad de Buenos Aires, prominentes figuras de preclaros argentinos. "Frente a la plaza -dice Héctor Iñigo Carrera en su palpitante Historia de Belgrano, pueblo, ciudad, capital y barrio-, la casa de Avellaneda veía llegar a Sarmiento, poniendo a disposición del Presidente su pluma y su espada. A Pellegrini, en constante ir y venir durante todos esos días entre los combates y la consulta al Poder Ejecutivo radicado de hecho en la casona (3) en la persona del Presidente. Y a Mitre, en solitaria y modesta grandeza, penetrar inesperadamente en Belgrano y llegar hasta la residencia del Presidente, por la calle lateral Riobamba -hoy Obligado- (4), a pocos pasos de la esquina de Echeverría, llevando en su mente la solución definitiva.
Así como en sus mejores tiempos resultó el ágora de oradores de color político o de patriótico corte, fue también el iluminado patio de los maestros y escolares entonando el Himno, como fue igualmente escenario colorido y bullicioso en las noches carnavalescas, con la fantasía y la gracia de sus palcos, que animaban las más bellas niñas de la sociedad tradicional. Y el prestigio de su historia luce sus diferentes anales en los recuerdos de sus cuatro cuadras: brilla en la imagen de Avellaneda, el procónsul de la dignidad patricia, como en los nombres de los arquitectos José Canale (1833-1883) y Juan A. Buschiazzo (1846-1917), que tuvieron a su cargo, cada cual en su tiempo, la construcción de la magnífica como original iglesia de la nave redonda, que es la Inmaculada Concepción. Frente a ella, el Museo Histórico Nacional, ocupando el edificio  de la que fuera Casa Municipal (obra también de Buschiazzo), que se dejara inaugurada en 1873. Y en esa misma cuadra, en Cuba 2041, el otro edificio en el que funcionan las Escuelas Nros. 1 y 2 del Consejo Escolar 10º, que lleva el nombre de Casto Munita, (1883-1933), el inolvidable filántropo belgranense que donó un millón de pesos con destino a la fundación de la Primera Escuela Graduada de Belgrano. Y en Juramento 2291, donde ahora tenemos el Museo de Arte Español "Enrique Larreta", vive la memoria de su primer propietario, el respetable hacendado que fuera don Francisco Chas, casado con doña Catalina Salas de Chas. Ellos serían los suegros del ilustre ingeniero Ernesto Bunge, que fue quien construyó la casa que con el tiempo pasaría a poder de la señora Mercedes Castellanos de Anchorena, y por herencia a su hija Josefina Anchorena de Larreta, esposa del autor de La gloria de don Ramiro, que fue don Enrique Larreta.
Y recuérdese que en tiempos del hotel "Watson's", el que por el año 1874 ya estaba en lo que hoy es Obligado 2070 (5), al costado de la iglesia, en casa con arcadas y mirador, la plaza tenía su larga hilera de postes que servían de palenques a los asistentes a los escaños del templo tanto como a las mesas del hotel.
Tuvo esta plaza una estatua del general Belgrano (6), la que a fines de 1879 fue derribada y destrozada por un grupo de vecinos, indignados con aquélla por considerarla un mamarracho. El monumento que hoy vemos en ella es obra del notable artista del cincel Héctor Rocha, y fue inaugurado el 24 de septiembre de 1961, después de cincuenta y un años del día en que se dejara colocada la piedra fundamental, que fue el 29 de mayo de 1910.  
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(1) Cuarenta y ocho en la actualidad (N. de la Redac.)
(2) Este barrio cuenta actualmente con una plaza: la Mariano Boedo, en el predio donde estuvo la estación de tranvías Vail (Sánchez de Loria desde Estados Unidos hasta Carlos Calvo). (N. de la Redac.)
(3) Era propiedad del médico José Mariano Astigueta, y en ella vivió el  presidente de la República doctor Nicolás Avellaneda durante tres meses y medio, aproximadamente, es decir, desde el 8 de junio hasta el 20 de setiembre de 1880. La entrada principal era la de Echeverría 2292. Fue demolida en noviembre de 1959, después de haber cerrado sus puertas el restaurante "Dietzel", que por varios años se mantuvo en el lugar.
(4 y 5) Actualmente Vuelta de Obligado. (N. de la Redac.)
(6) Para aquellos que no está en su conocimiento, digamos que el nombre de Belgrano dado a este barrio, así como a su plaza principal, responde a la inspiración del prócer don Bernardino Rivadavia, quien, al decretarse honores fúnebres al creador de la Bandera argentina, "invitó a los concurrentes a organizar una suscripción popular con el objeto de fundar una ciudad que llevara su nombre" (Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina). El anhelo rivadaviano quedaría cristalizado recién en el año 1855 (6 de diciembre), al fundar el gobernador doctor Valentín Alsina el pueblo de Belgrano, incorporado totalmente a la Capital Federal en 1888.

Imagen: Monumento a Manuel Belgrano en la plaza homónima (Foto tomada de skyscrapercity.com)

Nota tomada del libro de R. Llanes: Antiguas plazas de la ciudad de Buenos Aires, Colec. Cuadernos de Buenos Aires (XLVIII) 1ª Edic., Ediciones de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1977. 

27 mar. 2013

Historia de dos puentes



(De Fernando Sánchez Zinny)

Por Puente Saavedra se entiende el lado sur –o metropolitano–  del paso de la General Paz sobre Cabildo, justo donde esta avenida cambia su nombre por el de Maipú, designación correspondiente al partido bonaerense de Vicente López. Sin perjuicio de ello, “puente Saavedra” –aquí sería pertinente el uso de la minúscula–, es también el complejo entramado de puentes y vías de acceso existente en ese lugar, sentido en el cual es frecuente escuchar, por ejemplo, “tres cuadras más allá de puente Saavedra”; en el anterior, describe el inmediato sector capitalino que abarca unas cuantas manzanas en semicírculo a partir de la mencionada referencia, como cuando decimos “X vive en Puente Saavedra”, o “la avenida San Isidro es bien de Puente Saavedra, es lo más característico que tiene”.
  Por motivos diversos, la denominación resulta curiosa; el primero y principal es que no suelen identificarse como puentes los pasos de la General Paz, por mucho que técnicamente lo sean; el segundo, que la expresión sólo define una especie de sub-barrio de la ciudad autónoma sin que, en cambio, tenga aplicación hacia el Norte, pues universal y exclusivamente se dice, entonces, que N vive “en Aristóbulo del Valle”. Y el tercero, lo llamativo del fortísimo arraigo que exhibe esa designación, pese a que su causa sería de antigüedad apenas relativa, ya que la General Paz no se inauguró sino en 1941. Tengamos en cuenta, al respecto, la ridiculez que entrañaría indicar, por ejemplo, que tal persona “vive en el Obelisco”. Por otra parte, un testimonio personal que me cupo recoger, señala que para 1947 la adyacente área de la provincia era conocida como Aristóbulo del Valle, y únicamente, de esta manera. 
Como se ve, el punto está rodeado de incertidumbres, al menos para  los porteños puntillosos. Para ayudar a disiparlas expongo un dato esclarecedor, aunque, convengo, una pizca estupefaciente: una vieja foto, atribuible a comienzos de la década del Veinte, muestra un puente de arco, construido con ladrillo a la vista. En la parte superior se atisban fragmentos de edificación y por el hueco pasa una doble vía férrea; en la aclaración al pie se lee: “Verdadero puente Saavedra y, al fondo, la estación Aristóbulo del Valle, que todavía no se llamaba así”, de lo que es fuente el libro Historia del Ferrocarril al Norte del Gran Buenos Aires, de Ariel Bernasconi, editado por Dunken en el 2012.
Con ayuda de ese autor y de algunos recuerdos y asociaciones, tratemos de fijar fechas: esos rieles fueron los últimos que se tendieron en la zona. Fue en 1912 y la Compañía del Central Córdoba, constructora de la línea, debió montar puentes para salvar las sucesivas vías de Vicente López y de Florida; con el fin de mantener una altimetría congruente con esa exigencia tuvo, a la vez, que cavar una trinchera para atravesar la barranca que se halla entre Maipú y la costa, razón por la cual esa avenida, en aquel tiempo empedrada y con bulevar, fue cruzada bajo nivel y la parada inmediata quedó, asimismo, por debajo de la superficie del terreno. Esa parada se llamó Kilómetro 12 e, informalmente, Parada Bosch, para recibir bautismo definitivo en 1924: estación Aristóbulo del Valle. En tanto, el puente excavado bajo Maipú se llamó “puente Saavedra” y adquirió inevitable notoriedad por ser él único que había en todo el “camino del Norte”, a partir del “de Pacífico”. Se asegura que en algún momento la totalidad de los alrededores, en ambas jurisdicciones, fue conocida como Puente Saavedra, hasta que, con el tiempo, la gente de la Provincia tomó como propia y excluyente la denominación que le proponía el cartel de la estación ferroviaria, fenómeno identificatorio quizá similar al que selló el ocaso de Barracas al Sur, nombre diluido tras el impuesto al partido, Avellaneda, en una alteración que terminó afianzando la singularidad del paraje, escindiéndolo para siempre del que está entre el Riachuelo y Constitución.
Pues lo de Saavedra, en efecto tenía que ver con el barrio de nuestra ciudad –para entonces, mejor zona, porque mayormente era campo–, no obstante estar aquel puente unos 200 metros metido en la jurisdicción provincial, pero la imprecisión venía ya de antes: el tranvía Lacroze llegaba hasta el extremo de la Capital y tenía su terminal saliendo de ella, en ese terreno en que ahora hay un playón donde concluyen su recorrido varias líneas de colectivos. La terminal –que nuestra generación conoció como de trolebuses–, se llamaba –incorrectamente, según los formalismos de hoy– “Estación Saavedra”, y justo a su lado estaba el puente de ese nombre. Que, en realidad, sigue estando, disimulado por las obras que luego se superpusieron, pero está –advirtamos– no en el sector homónimo sino en Aristóbulo del Valle. 

Un serio equívoco de ubicación retrospectiva lo origina en nuestra ciudad el puente de la Noria, ostentosa réplica neocolonial del puente Alsina actual, hoy mero ornamento sin uso situado en la finalización hacia el Sur de la General Paz, donde ésta –salvado el Riachuelo-Matanzas– se convierte en el Camino Negro, apelativo criollo y escondedor de una excelente autopista a la que, con la escasa inventiva acostumbrada, se llama Presidente Juan Domingo Perón.
Por cierto, ahora existe un nuevo puente de la Noria, adecuado a los presentes requerimientos viales, que es el tercero de ese nombre. El primero fue construido en 1905, unos tres mil metros más cerca de la desembocadura del Riachuelo que el sitio asignado a sus sucesores en la denominación. Se hallaba en terrenos que hoy pertenecen a la provincia, debido a la rectificación de ese curso de agua, en la proyección imaginaria de las calles Ameghino o Mozart, bastante cerca de la dársena o ensanche  que marca la confluencia del Cildáñez. Antes ahí había habido un vado llamado “de la Noria”, por la proximidad de una movida por caballos, propiedad –en época indeterminada– del vecino Gregorio Rodríguez. Ese puente, orientado completamente hacia el Sur en razón de los meandros del río se construyó cuando en el andurrial era todo barro y más barro, pajonales y bañados, con el fin de facilitar el acceso de las tropas de ganado a los Mataderos, habilitados en 1900.
Por el lado de la provincia se conectaba con un camino que venía de  Cañuelas, cuya traza en las inmediaciones coincidía, poco más o menos, con la actual calle Olazábal, en el Partido de Lanús. Por el de la Capital venía a dar a una tablada en la que eran encerrados los animales, posteriormente Parque de la Tablada y, por último, parque Julio A. Roca, aunque también se lo conoce como Parque Interama.
Desapareció esa estructura, con su río incluido, al rectificarse el cauce del Riachuelo, y al despuntar los años cuarenta se tendió –de hecho, en plena pampa–, la presuntuosa reemplazante, con sus tejados y espadañas, que, aguas arriba, reitera la silueta del puente Alsina. Un enigma lo constituye el porqué se le dio el nombre del anterior puente, situado en realidad lejos. Aunque aventurado, no es ilógico suponer que medió la intención de preservar una partícula de nuestras más bien recientes y apenas relevantes tradiciones. Al fin y al cabo, esos eran años de entusiasta nacionalismo cultural, hispanista y criollista, corroborado hasta por el estilo arquitectónico elegido para la obra; tal vez se haya creído conveniente o enaltecedor conservar un nombre que aunaba ambas sugerencias, a despecho de que al hacerlo se incurriese en una inexactitud topográfica.
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Imagen: Tranvía Nº 31 de la Corporación cruzando el viejo puente Saavedra (Foto circa 1957).  

19 mar. 2013

Los primeros carros de basura de la ciudad de Buenos Aires




(De Ángel O. Prignano)
                                                                                               
Mantener la higiene de la ciudad en óptimo estado requería algo que no existía: un equipamiento adecuado. Las primeras noticias que se tienen sobre la adquisición de carros para dedicarlos a la limpieza pública aparecen en 1800, cuando se mandó construir una docena de ellos que también se ocuparían del acarreo de piedras para la pavimentación de calles. Si bien se asignaron inmediatamente 4.512 pesos provenientes del ramo de la iluminación para adquirirlos junto a 222 bueyes con sus aperos correspondientes, recién tres años más tarde comenzarán a rodar para recoger la basura porteña.
Mientras tanto, debió lidiarse con los abastecedores de carne y pescado que entraban a la ciudad y dejaban los sitios donde se estacionaban en lamentable estado. "No hay viernes o vigilia que dejen de llegar a sus plazas 36 a 40 carretas cargadas y a las 10 de la mañana se retornan a sus casas", decía el Telégrafo Mercantil en 1802. "Estos pescadores y lo mismo los carniceros -continuaba- tienen la criminal costumbre de tirar el pescado y carnes sobrantes, de forma que en la misma Plaza Mayor, en las calles y paseos se encuentran diariamente multitud de estas especies corrompidas que exhalan muchas miasmas venenosas, inficionan el aire puro y causan muchas enfermedades. La sabia Policía no hay duda que aplicará toda su atención para corregir estos desórdenes", concluía.
A fines de aquel mismo año la peste volvió a ensañarse con Buenos Aires. La "fiebre pútrida con llagas en la garganta" empezó a propagarse cuando el verano aún no había llegado, por lo que el Cabildo se aprestó a actuar rápidamente. El Procurador Síndico General José de la Oyuela conjeturaba que el mal podía originarse en el desaseo de las calles, en las basuras acumuladas en las casas y en las que se juntaban en varios "huecos" de la ciudad. Aquellos zanjones denominados de Matorras y Rivera, entre tanto, seguían recibiendo el mayor volumen de desperdicios, lo que comenzó a ser muy cuestionado al caerse en la cuenta de que por ellos corrían las aguas de lluvia hasta el río, donde se surtía la población. Para colmo de males, ciertos aguateros no se tomaban el trabajo de internarse aguas adentro a cargar sus pipas y lo hacían cerca de la costa, donde precisamente se acumulaban los desperdicios arrastrados por las corrientes. En consecuencia, se insistió sobre la compra de aquellos carros para llevar las basuras a algún lugar que no ofreciera peligros a la salud de la población, previniéndose que "si las obras públicas, en que está metido este I. Cabildo, no diesen lugar para que se construyan dichos doce carros, se busquen seis mil pesos a réditos sobre la plaza de toros, que es lo más que pueden costar dichos carros". Finalmente se consideró suficiente construir sólo ocho de ellos. Estos carros y el personal para operarlos serían puestos a cargo del Regidor Diputado de Policía.
Las zonas bajas donde se habían extraído tierras para fabricar ladrillos y tejas fueron destinadas, en un principio, para alejar dichas basuras. Sin embargo, enseguida se decidirá volcarlas en la parte Sur de la ciudad, en los "parajes que echen sus aguas a los bañados del Riachuelo, o en ellos mismos". Probablemente, este sitio era el mismo en el que, casi un siglo atrás, se quemaban las ropas de los que fallecían en las recurrentes epidemias que asolaron la ciudad.
Mientras ya estaba creado el cargo de Capataz de Cuadrilla, el ramo del alumbrado una vez más no pudo proveer los fondos suficientes para cubrir el costo de los carros que la compondrían. Fue, entonces, que se comisionó a Martín Boneo, Capitán de Navío de la Real Armada a cargo de las Obras Públicas, para hacerlos construir de una vez por todas y entenderse con el Diputado de Policía para ponerlos en servicio. Y así lo hará.
Concluyendo el año 1803, sólo se tenían seis de los carros previstos, acordándose habilitarlos para no dilatar más la iniciación de la recolección de residuos fijada para el 28 de diciembre. Los restantes serían incorporados a medida que se fueran terminando. También se decidió buscar un lugar "que tenga la comodidad necesaria para encerrar bajo llave los carros, los caballos o mulas que han de servir a ellos y la paja que se necesita para mantenerlos". Del mismo modo se seleccionará "al sujeto adecuado de inteligencia y agilidad a cuyo cargo se pongan los carros", quien comenzaría el servicio el día indicado.
El lugar elegido podemos ubicarlo en lo que hoy es la porteñísima esquina de Corrientes y Esmeralda, pues el Regidor Diputado de Policía encargado de buscarlo alquiló la "barraca que fue de don José Chilaverto y hoy corre a cargo de don Pedro Cavallero sita dos cuadras de San Nicolás para el río". Por ella se pagarían seis pesos por mes. También apalabró a Juan Manuel de Indias para capataz o mayordomo con un sueldo de veinte pesos mensuales, "poniendo de su cuenta caballo y manutención". Los peones fueron contratados con un jornal de diez pesos al mes cada uno, con el sustento también a cargo de ellos.
Mientras se tomaban estas importantes decisiones, a fines de aquel mismo año de 1803 se dio a conocer una serie de instrucciones para poner en práctica dicho servicio. A nuestro criterio es el primer Reglamento de Limpieza que se redactó en Buenos Aires. Si bien contenía muchas de las recomendaciones y disposiciones emitidas con anterioridad, era la primera vez que se reunían ordenadamente en una única norma que, además, regulaba el uso del material disponible.
El artículo primero distribuía los seis carros en cuadrillas de tres por calle. Cada uno de ellos recibiría los residuos domésticos que los vecinos tendrían listos en cueros o tipas en las puertas de sus casas. Estos recipientes fueron los primeros "tachos" de basura homologados oficialmente en la ciudad porteña. El carro delantero de cada cuadrilla portaría un cencerro o campanilla para que los vecinos advirtieran su presencia y sacaran sus desperdicios. El artículo segundo determinaba la posible frecuencia semanal del servicio y el tercero la obligatoriedad de barrer las calles los martes y sábados para los vecinos o habitantes de casas o cuartos con frente a calzadas empedradas. El artículo cuarto exigía que los residuos producidos por artesanos y panaderos fueran sacados de sus locales por lo menos una vez a la semana y conducidos a los lugares fijados para depositar las basuras de calles y casas. Esos sitios serían el Bajo de la Residencia, llanura del bañado o potrero de los puestos del empedrado mientras no se designaran otros. En términos actuales estimamos estas ubicaciones en los alrededores de Paseo Colón y Humberto I hacia el Sur. El artículo quinto organizaba el modo en que los artesanos anteriormente nombrados podían hacer uso de los carros, previo pago mensual del servicio, y el sexto prohibía arrojar basuras y animales muertos en las zanjas de Matorras y Viera ni en los "huecos" de la ciudad. Lo ya depositado en esos sitios se iría recogiendo para volcarlo en los nuevos lugares habilitados. El artículo séptimo, por último, obligaba a los dueños de terrenos baldíos a cercarlos en un plazo de quince días con aplicación de diez pesos de multa para aquellos que no lo hicieran.
Como se ha dicho, esta reglamentación se puso en práctica a partir del comienzo de los servicios, es decir del 28 de diciembre de 1803, por lo que se fijaron carteles en lugares públicos para anunciarlo a la población. Si bien todo se había organizado aceptablemente, no se previó el método a seguir para el pago de los salarios y demás gastos que demandaría tal operación. Para implementarlo, enseguida se resolvió que el capataz llevara formalmente las cuentas de esos conceptos y las presentara mensualmente al Regidor Diputado de Policía para satisfacerlas.
Aunque nada hacía suponer el fracaso de este servicio, seis meses después de iniciado aparecieron numerosos inconvenientes debido a su ineficiente manejo y la creciente demanda de fondos para su administración. Se decidió, entonces, sacarlo a remate de una vez por todas, lo que fue anunciado públicamente mediante carteles colocados en lugares estratégicos de la ciudad.
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Imagen: Recolector de basura en Buenos Aires en las primeras décadas del siglo XX.
El presente texto fue tomado del libro “Crónica de la basura porteña”, de Ángel O. Prignano.

18 mar. 2013

Tapias




(De Enrique Espina Rawson)

Vieja pared del arrabal/ Tu sombra fue mi compañera/ De mi niñez sin esplendor/ La amiga fue tu madreselva…
La letra de “Madreselvas” no pretende evocarnos el arrabal sombrío, de torvos malevos y compadres provocadores, sino aquel otro más plácido, de sencillas y amigables tapias desbordantes de hojas y flores sobre las “vederas” del barrio.
Al azar, (siempre es así) traemos estas líneas de Borges: …haber sentido el círculo del agua/ En el secreto aljibe/ El olor del jazmín y la madreselva,/ El silencio del pájaro/ dormido,/ El arco del zaguán, la humedad/ Esas cosas, acaso, son el poema.
Aquella vieja pared del tango, no era por cierto la pared de un edificio, sino una cualquiera entre las tantas tapias blancas o rosadas, con sus manchas de líquenes rugosos y aterciopelado musgo en invierno, y su maraña de hojas lustrosas como recién enceradas de la primavera.
Hay noches en que el perfume de los jazmines, o de las madreselvas asombra al que pasa, como cuando, sin quererlo, recuperamos sensaciones remotas, que creíamos olvidadas ya sin retorno.
¿Qué hay detrás de esos pequeños muros, que intimidades se resguardan al amparo de ladrillos descascarados y rugosos tallos retorcidos? ¡Cuántas historias mínimas, leyendas de barrio, memorias de quienes transpusieron otrora las antiguas puertas de minúsculos jardines, transcurrieron con el transcurrir de los días y los años…
Las plantas son siempre las mismas: madreselvas, glicinas, un par de rosales, un jazminero y, desde luego, una palmera, ya en muchos casos desmesurada para el pequeño terreno que la vio crecer a lo largo de décadas.
Pero ya las tapias, las enredaderas y los jardincitos pertenecen al pasado, quien lo duda, y muy pocas alegran todavía algún rincón escondido de esta ciudad que se nos ha escapado de las manos sin darnos cuenta.
Pero, para nuestro consuelo siguen estando en la melodía, tal vez más persistente que los muros de cemento que las reemplazaron: Madreselvas en flor/ Que me vieron nacer/ Y en la vieja pared/ Sorprendieron mi amor…
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Imagen: Verdor en la tapia (Foto de Iuri Izrastzoff).
Material e imagen tomados del sitio Fervor x Buenos Aires.

14 mar. 2013

Pasaje Seaver




(De Rafael Vásquez)

Tarjeta de París en Buenos Aires,
vieja foto perdida
sólo recuperable a tientas en la memoria infiel.
Sus escaleras,
el balcón asomado
a la exigua apariencia de una calle francesa
prestada a mi ciudad
fueron a veces el destino
para mis caminatas sin horario ni rumbo.
Apenas a una cuadra
las siluetas ruidosas de los autos cambiaban el paisaje.
Nunca quise llegar a la avenida.
Ese rincón tranquilo,
falsificado en la ciudad, propicio,
ya no está más.
                         Un plano viejo
me recuerda las calles por donde me acercaba:
Suipacha, Arroyo, la curva de Posadas.
La autopista le impuso mandamiento de olvido.
No dejaron ni el hueco que supiera
justificar la pena.
Aquella vieja foto achicaba la imagen.
La memoria
la vuelve verosímil.
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Foto: Pasaje Seaver.

Instituto Bernasconi



(De Enrique Espina Rawson)

Nadie puede dudar de que es un palacio. Pero es más que eso: es un monumento.
Un monumento vivo, donde más de 3600 alumnos acuden diariamente a estudiar en las espléndidas aulas de sus nueve escuelas, otros centenares de personas visitan el complejo museológico que albergan sus paredes, sin contar con los que acuden a su maravilloso auditorio (una especie de Teatro Colón más pequeño), y muchos más que simplemente se paran a observar y sacar fotos del imponente edificio.
Nos referimos al Instituto Félix F. Bernasconi, ubicado en pleno Parque Patricios, en la manzana de Catamarca, Rondeau, Esteban de Luca y Cátulo Castillo, antes Pedro Echagüe.
Son tantas las historias que anteceden a su fundación, que no es fácil decidir un principio. Podemos decir que forma parte del predio donde una vez existiera la estancia “El Edén”, y en cuyo casco de ocho hectáreas viviera don Francisco P. Moreno, popularmente conocido como el Perito Moreno. No faltaban quienes creían que la P correspondía, justamente a la palabra perito, como si fuera un nombre, siendo que, en verdad, se trata de Pascasio. Esta quinta, conformada por el casco de la antigua heredad, estaba rodeada por una barriada muy humilde, por decirlo de alguna manera, que constituía el llamado barrio de las Ranas, o también de las Latas, aludiendo al principal material de construcción de las destartaladas viviendas. Y a ese vecindario socorría de mil maneras don Francisco Pascasio Moreno, abriendo sus puertas para todos los que quisieran recoger fruta del enorme huerto rico en higos, duraznos, naranjas y mandarinas, apetecibles golosinas de la miseria. También allí fundó dos escuelas para instruir en las primeras letras a las pobres criaturas de los alrededores.
Un rico hijo de inmigrantes suizos, don Félix Fernando Bernasconi, que poseía una gran fábrica de calzados, lega a su muerte tres millones de pesos fuertes al entonces Consejo Nacional de Educación para la compra del terreno y construcción del enorme palacio que nos ocupa y lleva hoy su nombre.
La piedra fundamental la coloca en 1921 el Presidente Dr. Hipólito Irigoyen, y en su segunda presidencia, en 1929, inaugura el Instituto, pensado como una especie de Sorbona del curso primario.
No se escatiman gastos: en el frente, flanqueando las escaleras de la entrada principal (calle Catamarca) se encuentran dos valiosísimos grupos escultóricos de Alberto Lagos, un gran reloj sobre la torre principal, dos piletas de natación con agua caliente en los subsuelos, escaleras de mármol de Carrara, carpintería de cedro de primera calidad y generosas dimensiones, columnas, arcadas, y todos los detalles de ornamentación e iluminación que corresponden a la gran arquitectura de la mejor época de nuestro país, están en este complejo educacional, que no tiene precedentes, ni, lamentablemente, sucesores.
El estilo corresponde, en general al renacimiento florentino, como prueba del eclecticismo de la época.
Dos detalles finales. En el gran parque subsiste un gran aguaribay, plantado por don Francisco en 1872, y en una de las vitrinas está, embalsamado, el que fuera uno de los perros más populares de la Argentina:
Fasulo. Este perrito fue rescatado por los bomberos en un incendio acaecido en 1950, en Buenos Aires. Los mismos bomberos curaron sus quemaduras y lo adoptaron. Durante diez años Fasulo fue la mascota de la institución, ayudaba en los derrumbes e incendios a localizar gente entre los escombros, y mereció cantidad de notas en revistas, diarios y televisión hasta su muerte en 1960. Hoy, el perrito Fasulo sigue rodeado del cariño de quienes lo recuerdan, y de la curiosidad y el respeto de los chicos que se detienen a leer su historia.
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Imagen: Edificio del Instituto  Félix  F. Bernasconi  (Foto de Iuri Izrastzoff).
Texto e ilustración tomados de la página http://www.fervorxbuenosaires.com

12 mar. 2013

El coleccionista de cafés



(De Diego Ruiz)

Se lamentaba este cronista de la desaparición de tantos cafés de Buenos Aires. La cosa había empezado a raíz de la consulta de un amigo en cuanto a la posibilidad de probar “documentalmente” ciertos aspectos de la historia popular, como la concurrencia de tal o cual personalidad a alguno de esos locales más allá de la tradición oral... Y este cronista pensaba en voz alta que con la piqueta, el cambio de firma o de ramo, seguramente se perdieron muchos testimonios que no fueron apreciados en su valor por los demoledores o los nuevos dueños y terminaron en la basura: fotografías, dedicatorias, los propios libros comerciales de los cafés con orquesta, donde debería haber constado los pagos a los músicos... En muchos casos se trató de una doble pérdida, ya que a los personajes y hechos que en ellos habían sido (lo que se llama patrimonio inmaterial o intangible) se añadían valores materiales. El viejo Café de los Angelitos era prácticamente un galpón, cuatro paredes con un techo de chapas, como lo han sido tantos, pero la confitería Richmond, centro de peñas literarias de la década de 1920 y del grupo de Florida, sumaba su arquitectura, su decoración, su mobiliario, todo lo que constituía su “espíritu”. Lo mismo podríamos decir de las confiterías del Águiladel Molino o de la París de Libertad y Marcelo T. de Alvear, para hablar de las más “paquetas”. Un progreso mal entendido, intereses inmobiliarios o comerciales o simplemente eso que se llama “la moda” los fueron arrasando, o modificándolos hasta hacerlos irreconocibles. El cronista frecuentó durante años el bar Gardel de Independencia y Entre Ríos, viejo reducto de puesteros del Mercado San Cristóbal convertido en uno de esos cafés hechos en serie, con los mismos dorados, revestimientos y helechos, amén de una figura en cartapesta del Mudo que da ganas de salir corriendo, y no puede menos de evocar el tango del “Cacho” Oscar Valles cuando decía: “y hasta el bodegón, bronca con razón,/ pues de restaurant lo han disfrazado...” (El Progreso, 1965).
Pero el cronista no se quiere poner “tanguero” porque piensa que al fin y al cabo la gastronómica es una actividad totalmente comercial y qué se puede esperar en cuanto a la preservación de los valores históricos y culturales que puede llevar aneja cuando en esta bendita ciudad se ha demolido teatros de la noche a la mañana... Así que prefiere dedicarse al hobby que comparte con destacadas personalidades como Adolfo Bioy Casares: coleccionar cafés. ¿Que cómo es esto? Pues muy simple, se basa en una impenitente frecuentación de bares, estaños, borracherías, almacenes-bar y otros peringundines a lo largo de la vida. El coleccionista de cafés, a diferencia de tantos otros, no desea la propiedad del objeto coleccionado ni su exclusividad; le basta con poseer su conocimiento o su recuerdo, con visitarlo o haberlo visitado, con poseer su secreto o compartirlo. Si usted escucha a dos parroquianos una conversación más o menos como ésta: “ —En Belgrano y Alsina de Avellaneda, al lado del comité radical, había un almacén y bar que se llamaba La Facultad, que hacía unos sánguches de cantimpalo que se la debo. —Ah, sí, el de los gallegos... Tenían un cuartito sobre Belgrano donde guardaban las cajas de bebidas que se convertía en ‘reservado’ para los amigos, y en mesa de juego por las noches—”, pues no lo dude, está en presencia de dos “coleccionistas de cafés”.
¿Y de dónde y cuándo nos vienen el café y los cafés? Más allá de las leyendas, más o menos coherentes y más o menos poéticas, se sabe que su origen es Etiopía y que, a través de los árabes primero y de los turcos luego, llegó a Europa a principios del siglo XVII, donde comenzó a ser consumido como medicina por las clases altas. Pero pronto se popularizó y a mediados del mismo siglo era vendido en las calles de Italia por los vendedores ambulantes de limonada, chocolate y licores; en 1683 se abrió la primera cafetería en Venecia y en 1686 el siciliano Francesco Procopio Dei Coltelli abrió el Café que aún lleva su nombre afrancesado –Procope– frente a la Comedia Francesa, en el corazón de París; allí la bebida se suavizó, en lugar de hervirlo “a la turca” comenzó a prepararse en infusión y luego se le agregó leche. La costumbre se extendió a Londres y a toda Europa y las cafeterías rivalizaron con las tabernas, con el beneficio de una disminución en el consumo de alcohol y, quizá por primera vez, permitiendo el acceso de mujeres en condiciones de igualdad con los habituales parroquianos. Estos establecimientos se convirtieron en nuevos ámbitos de sociabilidad, más refinados y propensos a la actividad intelectual de ese Siglo de las Luces, y en sus salones se incubó la Revolución Francesa, tanto comola de Mayo fue gestada en el Café de Marco de Bolívar y Alsina (denominaciones actuales), o el Café de la Comedia, de Reconquista y Cangallo, donde los jóvenes patriotas alternaban las arengas revolucionarias con las partidas de billar, mientras en la Fonda de los Tres Reyes (25 de Mayo entre Rivadavia y Bartolomé Mitre) rumiaban su bronca los realistas.
Pero los actuales cafés de Buenos Aires agregan a esta genealogía otra vertiente que se explica en su proceso de crecimiento de aldea a gran ciudad, una rama más popular que frecuentaban los grupos sociales a medio camino entre lo urbano y lo rural: las pulperías y los almacenes. Porque no se crea que las pulperías eran establecimientos propios solamente de campo afuera o de localidades del Interior: las actas del Cabildo y la legislación de época dan cuenta de su existencia desde principios del siglo XVIII, con múltiples advertencias para los propietarios, desde qué géneros podían vender y a qué precios hasta la prohibición ser atendidas por negros o negras, o la reglamentación de juegos de naipes o dados. Su condición de punto de reunión popular las convertían en objeto de cuidadosa atención policial, de lo cual dan testimonio los archivos judiciales, que constituyen una fuente maravillosa de información para los actuales historiadores que estudian las formas de sociabilidad de las clases subalternas, ésas olvidadas por la “gran Historia”, con lo que volvemos al origen de estas notas, en cuanto a si la historia popular puede ser basada en documentos. Y sí, documentos existen, pero en gran parte de ellos está basada en la óptica de las clases propietarias; si nos pusiéramos foucaultianos, podríamos decir que esos papeles reflejan la mirada del Poder.
Pero volviendo a lo nuestro, de esas pulperías urbanas descienden los almacenes con despacho de bebidas que fueron acompañando a la ciudad en su crecimiento, desde el antiguo casco fundacional hacia las chacras,  potreros y bañados que fueron convirtiéndose en los modernos barrios porteños, hasta llegar al día de hoy, donde prácticamente cada cuadra de Buenos Aires cuenta con un café o bar, algo que maravilla a los turistas y a lo que nosotros, los porteños, no damos la debida importancia porque es nuestro paisaje cotidiano. 
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Foto: Confitería "París" (1906).  

8 mar. 2013

Muerte de un símbolo



(De Diego Arandojo)

Desde hace más de 60 años, la emblemática “Galería Beiró” (avenida Francisco Beiró 5340) dotó al barrio de Villa Real de la magia de un pequeño centro comercial.
Por su pasillo han desfilado generaciones de jóvenes y adultos en busca de toda una variada cantidad de productos: desde anteojos hasta vestimenta a la moda y también videojuegos.
Pero este sitio se convirtió en algo más que un simple paseo de compras. Se convirtió en un lugar de encuentro de amigos, de vecinos que intercambiaban vivencias; un puente entre seres humanos. A excepción de las bicicletas. Siempre prohibidas.
Hacia el fondo de la “Galería Beiró” se encuentra la Calesita, en la cual tanto yo como cientos de miles de niños hemos pasado intensos momentos de la infancia, entre risas y también llantos (al tener que bajarnos y retirarnos del lugar, culpa de los padres).
Puede que suene un poco categórico, pero no puede existir Villa Real sin la “Galería Beiró”; dejó de ser patrimonio privado para ser patrimonio colectivo de los vecinos del área. No es una edificación más. Es cultura hecha cemento.
Sobre la fachada de la galería existía un cartel maravilloso, en estilo caligráfico de los años ’50, una preciosidad que rezaba “Galería Beiró”. Era el elemento que proveía de señalización a la galería. La Gárgola que protegía a todos los que visitaban este lugar.
El 1 de abril de 2011, la ordenanza que prohíbe los carteles publicitarios y las marquesinas devoró al mítico cartel de “Galería Beiró”. Las letras fueron arrancadas. Y les costó bastante trabajo a los operarios. Esa señal estaba allí desde el año 1950. Y jamás dañó o amenazó a nadie. El cartel soportó lluvias. Granizos. Días húmedos. Secos. Nevada. Ventisca.
Esta depredación visual (supuestamente apoyada en la meta de erradicar la publicidad, purgarla de cierta “toxicidad” que atenta contra los peatones) es una bestia desencadenada. No sólo le ha costado la vida a aquel bello cartel de la galería. Ha vejado a cientos de comercios del área, desnudando los frentes de los negocios, dejando en vilo a los comerciantes, quienes ahora deben desembolsar una suma de dinero para financiar este ultraje.
¿Merecía la “Galería Beiró” perder su icono, que era nuestro, el de todos los vecinos de Villa Real? ¿Era necesario destruirlo? ¿Eran cada una de sus letras una amenaza para la vida del peatón?
Quizás, a modo de opinión personal, se busca erradicar el pasado. Destruir la arquitectura pretérita, la de los nuestros abuelos, borrar el rastro anterior. Y debe ser por miedo. O por ignorancia.
Cada vez que veía el cartel de “Galería Beiró” me sentía conectado a Villa Real, al barrio que me vio crecer. Era una conexión con el pasado de uno y el de los demás.
Y ahora, sólo queda el vacío. Una noche de lluvia. Un llanto desde el cielo.
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Imagen: Carteles de la "Galería Beiró"
Texto y foto tomados de la página Barriada.

5 mar. 2013

Elegía de Coghlan




(De Rubén Derlis)

Cuando llegué a estas calles
tenía intactos la mayoría de los sueños,
el alma casi invicta
y el corazón con pocas mordeduras.

Envolvía al paisaje con más cielo que torres
un perfume de azahares y de naranja amarga,
fragancia de recónditos jardines
que al marchitarse
guardaron el último silencio de las siestas.

Salvo la adolescencia que la bebí por Boedo,
y alentando en Palermo
un nuevo resplandor de mis vivencias,
lo demás me lo comí por Coghlan:
con amargor de soledad los variados adioses,
con acritud de incertidumbre la mesa fría de 
   la espera,
con la alegría de un pan lleno de sol
la esperanza de amor y la poesía.

La adultez de los años se fue desmenuzando
por veredas conocidas y viejas.

Entonces había esquinas de suburbio
con mezquinos faroles de macilenta luz
hamacada sobre adoquines tropezados de lunas.

En la nocturnidad de los zaguanes
aguardaba un anticipo de más dulces sorpresas.
Alguna novia antigua que no pasó de eso
en su tristeza lánguida reafirma lo que escribo.

Si digo Guanacache, ¿quién lo sabe?
Si nombro Bebedero, ¿quién lo entiende?
Si leo Naón, ¿quién piensa en Forest?
Si resucito a Del Tejar, ¿quién lo celebra?

En las barreras de Congreso
el otoño guillotinaba crepúsculos
para exaltación de melancólicos;
los últimos baldíos en la frontera saavedrense
alaban de mariposas yuyales y biznagas;
las muchachas anticipaban el verano
liberando el amor y sus promesas de septiembre.

Aquel Coghlan de cervecerías con glorietas
y algún despacho de bebidas
con su sapo mohoso, sus bochas astilladas
y naipes desleídos
que otra ciudad barajó en una esquina.

Ese Coghlan
donde decíamos después
y aún había tiempo,
donde armábamos proyectos que duraban,
donde la vida me retuvo sin que me diera cuenta,
porque si se es feliz todo transcurre como en sueño.

Coghlan:
hay tanta intimidad de barrio bajo la amplitud de tu 
    cielo,
que se me cae de las manos.
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                                        Imagen: Andenes de la estación Coghlan (Foto rubderoliv)

Acerca de la chancha y los veinte



(De Luis Alposta)
  
El cerdo es un animal que, en América, recibió el nombre de chancho. Y chancho, según el señor Corominas, proviene de Sancho, nombre éste que en el siglo XVII se le aplicó a los cerdos como apodo. También están los que creen que es una palabra de origen araucano: chanchu o sanchu. De más está decir que, en este caso, la culpa no es del chancho sino de los que le buscan la etimología.
Y la palabra chancho resultó ser generosa. Tanto, que devino en chanchullo; le dio nombre al inspector de trenes y colectivos, a los jefes pusilánimes y, entre los instrumentos musicales, al contrabajo. Hacerse el chancho rengo significa remolonear, dar vueltas, resistirse a hacer algo. Ser como chanchos, es tener mucha confianza y familiaridad con alguien.
Ahora, si cambiamos de género, nos encontramos con que en el lenguaje delictivo, la chancha es el policía, y dentro de la jerga de la aeronáutica el avión Hércules de transporte.
Si consideramos que la cría de una cerda a través de su vida fértil rara vez llega a la veintena, decir que alguien se quiere quedar con el chancho, la chancha y los veinte lechones es una exageración que sirve para pintar al angurriento de cuerpo entero.
Claro, que con decir la chancha y los veinte es suficiente. Aunque nunca falte el exagerado que se quiera quedar con la chancha, los veinte... y la máquina de hacer chorizos.
Y aquí la yapa: el violinista Antonino Cipolla, antiguo vecino de Villa Urquiza, fue el autor del tango "A mí nunca me mordió un chancho". 
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Foto: Dibujo tomado del  blog: tapalqueneros.blogspot.com

Pares



 (De Rolando Revagliatti)
  
El despertador suena a las cinco y media. Es de noche. No debo pensarlo dos veces, y no lo pienso. Enciendo la luz del velador. Me incorporo (si puede decirse que ese paquete abotagado y que ofrece sólo una contundencia marmota y atravesada, lo que hace es incorporarse), me desplazo hacia el aparato de radio (debajo del lavatorio, sobre un banquito que hubiera podido construir el tío Pacho, o bien, mi padre), manoteo la perilla que me sitúa en la raspante descarga eléctrica que da paso a la voz del locutor de mis matinatas laborales, me quito el saco del piyama casi sin respetar los tres botones ensartados en sendos ojales (no exactamente los simétricos), y lo cuelgo en la perchita colorada que hará nueve días pegué con Poxipol a una altura cómoda para el Increíble Hulk. Enciendo la luz con la mano izquierda mientras con la derecha abro la canilla que indica FR A. Surge el chorro con mayores ínfulas que si abriera la CAL ENTE, y similar temperatura a esa hora del alba, puesto que la caldera del edificio todavía reposa. Echo despabilante agua sobre párpados, mejillas e inevitables adyacencias, y me complazco con los buches. Cierro la canilla, malseco la superficie salpicante con la toalla que me regalaron, en estas navidades, los únicos que me saludaran por las fiestas, y en el espejo del botiquín escruto las marcas de dobleces de funda que surcan mi frente. Cuelgo la toalla, descuelgo el saco del piyama con el que retorno hacia la cama donde una mujer duerme su intenso despatarro, sobre cama y mujer arrojo la prenda, apago la luz del velador, regreso al baño.
Radio Municipal de fondo y bajito, ya higienizado y con mucho talco berreta en el área afeitada, lavo mi ropita con el jabón de tocador y la tiendo en la estropeada cuerda de nailon que cruza la bañera. Preparo mi desayuno y lo tomo. Lavo, seco y guardo los utensilios. Me visto, y depositando besos en quien no cesa de dormir y soñar conmigo o  con su marido, de viaje, yéndome apago las luces y la radio y cierro la puerta de mi departamento. Son las siete.
Mientras bajo los modestos tres pisos por el ascensor y traspongo la puerta de calle, trazo mi plan. Pocos metros por Arenales, llego a Ayacucho. Por esa, una cuadra hasta Juncal. Por Juncal otra, hasta Junín. Por Junín todas las demás, hasta avenida Las Heras, cruzando. Subir al ciento diez (a una cuadra de los paredones de la Recoleta) preferentemente no después de las siete y quince. En Kerszberg S.A.C.I. no debo firmar la planilla de asistencia después de las ocho. Ayer recorrí Arenales hasta Junín y por Junín seguí hasta la parada. El viernes por Ayacucho fui hasta Las Heras y, por esa avenida, hasta Junín. El jueves por Ayacucho llegué a Pacheco de Melo, una por esa y otra por Junín. El miércoles por Ayacucho hasta Peña; por esa, una, y dos por Junín. El otro martes fue como hoy, doblé en Juncal, pero no caminé por las veredas pares.
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Imagen: Amanecer en Buenos Aires (foto tomada de www.minutouno.com)

El monumento a George Washington



(De Miguel Ruffo)

En este artículo nuevamente aludimos a la época del Centenario que tan relevante papel desempeñó en lo que hace al desarrollo del arte público en Buenos Aires. Lo hacemos para analizar el monumento a George Washington. Obra del escultor Charles Keck fue realizado en los EE.UU. y trasladado desde Nueva York a Buenos Aires e inaugurado el 4 de julio de 1913, en ocasión de un nuevo aniversario de la independencia del país del Norte. El monumento fue un regalo del gobierno de los EE.UU. y de los residentes norteamericanos en la Argentina al país al cumplirse el Centenario de la Revolución de Mayo. Inicialmente se había pensado en un monumento ecuestre, pero finalmente se optó por una figura de cuerpo entero del primer presidente de los EE.UU. Es una escultura de bronce, que se levanta sobre un pedestal de granito y se alza frente a la embajada de su país en la intersección de las Avenidas del Libertador y John F. Kennedy en los jardines de Palermo. “Este monumento no hace alusión iconográfica a la República Argentina, ni a sus cualidades como país. Instaura una figura que fue un paradigma de la historia norteamericana e incluso se eligió la fecha de la independencia norteamericana para la inauguración del monumento”. (1) Charles Keck (1875-1952) fue un escultor norteamericano, que estudió varios años en Roma, trabajando no sólo en la ciudad eterna sino también en Florencia (una de las cunas del Renacimiento), en París (la ciudad luz que tan importante función desempeñó en el desarrollo del urbanismo moderno, como así también en la renovación de la pintura, con el movimiento impresionista y en la renovación de las formas y técnicas escultóricas a través de la obra de Rodin) y también en Grecia (cuna del pensamiento filosófico, político y artístico de la cultura occidental). Consecuentemente en Charles Keck nos encontramos con un artista impregnado en las artes de Occidente.
George Washington nació en Bridges Creek en 1732 y falleció en Mount Vernon en 1799. Perteneció a una familia de terratenientes, fue diputado de la Asamblea de Virginia en 1758 y se convirtió en el símbolo de la lucha contra la dominación de los ingleses en las colonias del Norte. En el curso de los enfrentamientos con la corona Británica fue nombrado por el Congreso de Filadelfia jefe de los ejércitos independentistas. El Tratado de Versalles de 1783 reconocía la independencia de los Estados Unidos declarada en 1776. En 1789 ocupó la presidencia de la Convención de Filadelfia encargada de elaborar una constitución para el naciente estado burgués. Fue elevado a la presidencia de la Unión, cargo que ocupó hasta 1796. George Washington fue el héroe máximo de los Estados Unidos, uno de los padres fundadores de la nación del Norte.
La lucha por la independencia de las colonias inglesas en el norte de América se integra a las revoluciones democrático burguesas de fines del siglo XVIII. Esta independencia está relacionada con la Revolución Francesa de 1789, relación que está dada por el ascenso de la burguesía al poder del estado. Junto a la Revolución Industrial en Inglaterra, esta trilogía de acontecimientos marca el ascenso económico, social y político de la burguesía. Se iniciaba una nueva época en la historia de la humanidad, que había sido precedida por la revolución inglesa del siglo XVII.
Si alguno pensase que debido a la política imperialista de los EE.UU. respecto del mundo y en particular respecto de América Latina el monumento a George Washington debiese ser eliminado, consideramos que estaría cometiendo un error de evaluación histórica.
Independientemente de los valores plásticos del monumento, debe señalarse que recuerda a un hombre, a un dirigente de la época de las revoluciones democrático burguesas. Estas revoluciones constituyeron un gran progreso social. Lenin decía que las repúblicas burguesas, pese a su carácter de clase y sus limitaciones, representaban un enorme progreso respecto del feudalismo, el medievalismo y el absolutismo monárquico. Y es el principio de la república burguesa lo que debemos señalar en este monumento. No olvidemos, por ejemplo, que Manuel Belgrano, en el curso de la revolución rioplatense, traduce al castellano el discurso de despedida de Washington al pueblo de los Estados Unidos de Norteamérica. La Revolución de Mayo que representa el momento en que  la burguesía se inicia en el Río de la Plata, esta hermanada con las revoluciones inglesas,  de las colonias del norte de América y francesa. Son parte de los horizontes burgueses de toda una época en la historia de la humanidad. Ello representa el monumento a George Washington.
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Nota:
(1) MAGAZ, María del Carmen; “Escultura y Poder en el espacio público”, Acervo Editora Argentina, Bs. As., 2007, p. 79.

Imagen: Monumento a GeorgeWashington en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Del conventillo a la casa tomada


(De Mario Bellocchio)

 La trayectoria de un drama del que los porteños no tienen la exclusividad pero, seguramente, con su carga de miserias a cuestas, sobrellevan los papeles protagónicos afincados en la gran urbe que atrae como un inmenso faro e incinera a sus víctimas “culpables” de atreverse a tentar una vida mejor. Aquellos inmigrantes que escapaban de la miseria y las guerras europeas, más de un siglo después, trocan el origen a una más cercana América o al interior profundo, conservando intacta la precariedad, el hambre y la necesidad de permanecer cerca de un Moloch nutriente, aún a riesgo de ser devorados por sus llamas.

Aún cuando los antecedentes de los Altos de Escalada lo sindiquen como la primera casa de inquilinato porteña (1785), la irrupción del conventillo y su apogeo se sitúan a fines de la década de 1870 juntamente con la primera gran oleada inmigratoria, el regreso de los combatientes del Paraguay y las pestes cuyo amarillo broche trágico, en 1871, y su saldo de muertes, había terminado de concretar el éxodo del Sur con San Telmo como eje. Hubo quien vio en el abandono de su mansión una notable oportunidad de transformarla en una sucesión de pequeños cuartuchos adocenados sin criterio estético ni higiénico de ninguna índole, y aprovechar la bullente necesidad inmigratoria de un urgente rincón donde arrojar su alma y cuerpo para  las más primarias necesidades.
Mina que te manyo de hace rato, / perdoname si te bato / de que yo te vi nacer... / Tu cuna fue un conventillo / alumbrado a querosén. (1)
De ahí en más, esa miserable cuna fue de miles: a comienzos de 1880 en Buenos Aires había 1.770 conventillos, en los que vivían 51.915 personas repartidas en 24.023 habitaciones de material, madera y chapas. Para mediados de 1890, ya eran 2.249, para 94.743 inquilinos.
[...] El costo de vida aumentaba día a día y el salario iba teniendo casi un sentido testimonial para los miembros de los sectores populares. Uno de los rubros que había sufrido mayores aumentos frente a los rezagados salarios era el de los alquileres, que se llevaban un buen porcentaje de los ingresos familiares.
"Sea propietario", prometían los folletos de las agencias de promoción de la Argentina en Europa destinadas a los proletarios europeos que eran alojados a su arribo en el llamado Hotel de Inmigrantes, un depósito de seres humanos, del cual se los expulsaba a los cinco días, quedando librados a su escasa o inexistente fortuna.
A la salida del Hotel estaban los "promotores" de los conventillos, subidos a carros que trasladaban a los inmigrantes hacia su nuevo destino. No había contratos de alquiler; el primer recibo de pago se lo daban al inquilino a los tres meses, para poder desalojarlo por falta de pago cuando el encargado o el propietario lo dispusiese. (2)
La higiene parecía una palabra prohibida. Según narran los diarios de la época, "un tufo de aceite rancio impregnaba todos los ambientes". Durante las epidemias, los colchones y todos los enseres considerados sujetos a la infección pasaban a formar parte de un incendio general, para la desesperación de sus pobladores.
Para dormir, los más pobres tenían dos opciones: el sistema de "cama caliente", en el que se alquilaba un lecho por turnos rotativos para descansar una par de horas, o la maroma, que eran sogas amuradas a la pared a la altura de los hombros. Quien optaba por ese método debía pasarse las sogas por debajo de las axilas, dejar caer el peso del cuerpo y dormir parado. (3)

De aquellas fétidas pocilgas, cuyo aire jamás se renueva y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de las más terribles enfermedades, salen esas emanaciones, se incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella tal vez hasta los lujosos palacios de los ricos. Un día, uno de los seres queridos del hogar, un hijo, que es un ángel a quien rodeamos de cuidados y de caricias, se despierta ardiendo con la fiebre y con el sufrimiento de una grave dolencia.
[...] Acordémonos entonces de aquel cuadro de horror que hemos contemplado un momento en la casa del pobre. Pensemos en aquella acumulación de centenares de personas, de todas las edades y condiciones, amontonadas en el recinto malsano de sus habitaciones; recordemos que allí se desenvuelven y se reproducen por millares, bajo aquellas mortíferas influencias, los gérmenes eficaces para producir las infecciones, y que ese aire envenenado se escapa lentamente con su carga de muerte, se difunde en las calles, penetra sin ser visto en las casas, aun en las mejor dispuestas; y que aquel niño querido, en medio de su infantil alegría y aun bajo las caricias de sus padres, ha respirado acaso una porción pequeña de aquel aire viajero que va llevando a todas partes el germen de la muerte. (4)
Desde la perspectiva social, el conventillo se constituyó en el tipo habitacional más significativo, que si por un lado daba cuenta de la faz más inhumana del liberalismo con la desprotección de la clase trabajadora, el hacinamiento en tugurios céntricos de cuartos estrechos sin luz ni aire, pésimas instalaciones sanitarias y alquileres abusivos; por otra parte se constituía en un espacio cultural integrador, de alta sociabilidad, donde convivían polacos, italianos y españoles con criollos del interior, compartiendo fiestas, comidas y luchas reivindicativas, generando nuevas expresiones estéticas, musicales y de lenguaje. (5)
El patio, una suerte de Babel de convivencias que incluían los reclamos coincidentes y las contiendas que albergaban el nacimiento de familias, los dramas pasionales, el tango y el sainete. En su centro, el piletón, que hasta mediados de 1880, en que no hubo agua potable en la ciudad, era abastecido por carros aguateros; dramas de verano y uso generador de conflictos y reyertas.
Los –pomposamente llamados baños –una letrina de piso y una canilla, sin cloacas– se compartían, en el mejor de los casos, entre diez cuartos habitados por un promedio de seis personas cada uno. Sólo algunos conventillos tenían un estrecho y común lugar para cocinar. En los que no, el brasero en las habitaciones o los calentadores a querosén –los famosos “Primus”– sustituían a ese ambiente. Cada familia preparaba sus alimentos según sus propios gustos: los piamonteses y genoveses comían legumbres crudas, queso y pan; los asturianos y gallegos, tocino y pan y los criollos, puchero.
Los tufos y entreveros de la promiscuidad tenían su terreno salvador en el patio. El aire libre reunía penas y jolgorios:
El conventillo luce su traje de etiqueta; / las paicas van llegando, dispuestas a mostrar / que hay pilchas domingueras, que hay porte y hay silueta, / a los garabos reos deseosos de tanguear.
[...] El dueño de la casa / atiende a las visitas / los pibes del convento / gritan en derredor / jugando a la rayuela, / al salto, a las bolitas, / mientras un gringo curda / maldice al Redentor.
[...] Termina la milonga. Las minas retrecheras / salen con sus bacanes, henchidas de emoción, / llevando de esperanzas un cielo en sus ojeras / y un mundo de cariño dentro del corazón. (6)

Allá por 1907, época efervescente de rebelión obrera, la explotación de los conventillos tocó una cúspide que se tornó –para sus habitantes –, intolerable. Tanto, que unieron sus fuerzas los de Buenos Aires, La Plata, Rosario y Bahía Blanca y desataron la llamada “huelga de inquilinos” en reclamo de mejoras habitacionales y en las desmedidas pretensiones de alquiler.
Las acciones y la represión cobraron tal magnitud que resultaron incontenibles. Nacía el liderazgo policial de Ramón Falcón quien llegó a la crueldad de bañar a manguerazos con agua helada a familias enteras en el crudo invierno de 1907 (¡Ay las calles de Buenos Aires y sus “homenajes”!). Por el lado de los rebeldes, mientras tanto, un jovencito de tan solo quince años proclamaba: "Barramos con las escobas las injusticias de este mundo".
A los pocos días, una manifestación de escobas, -mayoritariamente compuesta por mujeres y niños, los que más horas por día padecían los males del conventillo–  recorrió Buenos Aires. Salían a la luz los invisibles. Eran miles de escobas portadas pacíficamente. El solidario gremio de los carreros se puso a disposición de los desalojados para trasladar a las familias a los campamentos organizados por los sindicatos anarquistas, donde el gremio gastronómico preparaba suculentas ollas populares financiadas con aportes que llegaban de todo el país.
Tras una durísima y desigual lucha, los huelguistas lograron parcialmente su objetivo de conseguir la rebaja de los alquileres y mejorar mínimamente las condiciones de vida.
Este original movimiento, que fue tomado como ejemplo y replicado en varias capitales del "primer" mundo, representó un llamado de atención sobre las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de la población que ocuparon por aquellos días las tapas y los editoriales de los principales diarios. (7)
El 5 de abril de 1929, en el Teatro Nacional, se estrenaba “El Conventillo de la Paloma”, de Alberto Vacarezza, en cuyos papeles estelares se destacaban Libertad Lamarque y Francisco Charmiello. La vida de estos singulares inquilinatos había trascendido sus propias fronteras que, en el caso de “La Paloma”, perdurarían hasta el presente con sus mitos y sus miserias. ¿Habrá vivido una bella mujer en aquel conventillo masculino, admirada y codiciada por el entorno o sólo fue Vacarezza el que imaginó la travesura?
“Nosotros, los habitantes actuales, somos la continuidad de los antiguos inmigrantes, trabajadores como ellos, y luchamos para que esto sea patrimonio cultural”, proclama Abel Acosta, desde Villa Crespo, uno de las seis decenas de personas que hoy habitan el lugar nacido a fines de la década de 1880 como casa habitación de los obreros de la Fábrica Nacional de Calzado.
La naciente empresa..., vio conveniente la adquisición de unas 30 hectáreas en esta zona prácticamente despoblada, con terrenos baratos y un arroyo próximo, el Maldonado, útil para arrojar los desechos industriales.
El conventillo El Nacional, llamado también el "Conventillo de la Paloma", llegó a tener más de cien habitaciones ubicadas en cuatro cuerpos. Un pasillo extenso y angosto de una cuadra recorría internamente la manzana, con entrada por Serrano 148-156 y otra por Thames 139-147. (8)
Boedo también tuvo su conventillo con su historia para el recuerdo: quedaba en Boedo e Independencia donde hoy tiene su sede el Banco Nación. Cuentan los memoriosos que allí nació el apasionado romance de El Cachafaz y Carmencita Calderón antes de su primer salto a la notoriedad.
Lo cierto es que (Carmencita Calderón, la destacada bailarina tanguera), haya nacido o pasado su niñez en Villa Urquiza, en Boedo o en ambos lugares a la vez, su fama se cimentó en la época que ocupaba una pieza del conventillo de Boedo e Independencia junto con el Cachafaz–. Alguien, en alguna oportunidad, describió esa habitación como un verdadero “nido de amor”, pulcro y acogedor, donde abundaban las fotos familiares.
[…] Sobre el célebre bailarín que habitaba el conventillo en Boedo... Rubio, de buena estampa, “picado” de viruela –lo cual no menguaba su atractivo– el Cachafaz (que debía su apodo, según algunos, a que sus travesuras de niño le hicieron exclamar a sus padres: “¡Mi hijo es un cachafaz!”; según otros, entre los que se encuentra don Augusto P. Berto –lo que es más probable–-, a que su padre tenía un comercio llamado “El Caccia”, que significa “El Cazador”) y Carmencita, de elegante figura, morena y atractiva, no tardaron en ser requeridos por el cine y el teatro. (9)

HOY COMO AYER
El acceso a la vivienda en la ciudad se ha visto restringido tanto por la evolución de la pobreza como por los precios que expulsan del submercado de viviendas de alquiler a grupos de población de menores recursos que se vuelcan a utilizar otras estrategias de supervivencia como la autoconstrucción en asentamientos y villas, alquileres de cuartos en inquilinatos y hoteles pensión, ocupaciones de edificios (casas tomadas) o vivir en la calle.(10)
Mientras esto se afirma, desde el propio Gobierno de la Ciudad poco y nada se hace en torno a la vivienda popular y, en cambio, se favorece la edificación ociosa y especulativa.
El conventillo renueva su vigencia y Vacarezza ya no está para aportarle su cuota romántica y su Paloma.
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Notas
(1) “Flor de fango”, tango, 1919, Música: Augusto Gentile, Letra: Pascual Contursi.
(2) Felipe Pigna. El Historiador
(3) La Nación, domingo 14 de mayo de 2000, “Todo comenzó en los conventillos”.
(4) Guillermo Rawson, 1885, “Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires”.
(5) “Arquitectura del habitar popular en Buenos Aires: el conventillo”, Arq. Jorge Ramos, noviembre de 1999.
(6) “Oro muerto” (Jirón porteño), tango, 1926, letra y música de Juan Raggi y Julio Navarrine).
(7)“Los inquilinos, en pie de guerra”, Felipe Pigna, Clarín, domingo 29 de julio de 2007.
(8) “‘El Conventillo de la Paloma’ un siglo después”, Carlos Szwarcer, Revista Cultural del CECAO. Año II Nº XIX. Mayo de 2004. Córdoba. Argentina.
(9) Alfredo Luis Soncini, “El Barrio de Boedo”.
(10) “Los habitantes de hoteles familiares, pensiones, inquilinatos y casas tomadas de la Ciudad de Buenos Aires: ¿dónde están?, ¿de dónde vienen?, ¿quiénes
son? y ¿cómo viven?”, Victoria Mazzeo y María Cecilia Roggi, Población de Buenos Aires, revista de la Dir. Gral. de Estadística y Censos de la Ciudad, N° 15, abril de 2012.

Foto: Interior de un conventillo; vecinos.
Material tomado del periódico Desde Boedo, febrero 2013.