29 ago. 2013

Sobre el "metrobús" y otras palabras sin sentido


(De Fernando Sánchez Zinny

Lo cuento antes de que se me vaya de la cabeza. Voy cada tanto a una dirección de la calle Bernardo de Irigoyen. Suelo tomar un colectivo para hacerlo y hasta pocas semanas atrás correspondía que me bajase en la esquina de Carlos Calvo, a media cuadra de mi destino. Pero hace unos pocos días fui y esta vez el vehículo no me dejó en ese lugar sino en un andén existente junto al carril especial habilitado recientemente en la Nueve de Julio, llamado “Metrobús”.
Por algún atavismo pueril se despertó mi curiosidad y permanecí un rato en la parada y en sus cercanías, deseoso de ver de cerca uno de esos famosos metrobuses (con perdón del impropio plural), suponiéndolo un vehículo digno de ese nombre ostentoso, pero nada. Los que pasaban eran colectivos comunes y silvestres, al contrario de lo que yo esperaba: uno más grande, quizás articulado y de dos pisos, y quién sabe de qué color insólito. Yo hasta presumía una empresa dedicada a explotar ese servicio, por otra parte implícitamente anunciado hasta con uno de esos rasgos tecnológicos, pues en el logo “metrobús” que figura con profusa asiduidad, una de sus letras centrales está reemplazada por líneas representativas de un fuelle. Decepcionado, retomé mi camino y al ingresar al edificio comenté la frustración con el empleado de seguridad y aun atribuí lo sucedido a la hora, pues eran las diez de la noche: “Tal vez ya no circulan…”. Pero, para mi extrañeza, el hombre me aseguró que por ahí nunca pasaban vehículos como ésos por mí supuestos, sino los “bondis” de siempre.
 Corroboré, después, que era así, lo que sumó a la mediana decepción cierta perplejidad idiomática que no consigo superar: Concretamente: ¿Por qué a eso se le llama “metrobús”? Pues me parece que la partícula “bus” –¡la malhadada expresión que hizo renunciar a Jorge Asís, cuando era  secretario de Cultura!–  ha venido a significar vehículo de transporte público y por ello tenemos, derivadas de ómnibus, autobús, microbús, minibús, trolebús, etc.
 Ateniéndonos a tal lógica, metrobús sería algo así como ómnibus metropolitano. Pero un tramo vial reservado a la circulación de determinados vehículos para nada es un vehículo, es un espacio de tránsito y no veo cómo podría haber en esto confusión: bien distinguimos bicisenda de bicicleta. Concluyo, siquiera provisoriamente y a la espera de que alguien me desasne, que lo que se ha querido decir no es lo que se dice, y que en el balbuceo burocrático se hallan aguardando turno, en calidad de reemplazos, unas cuantas variantes imprecisas y complejas del tipo de “metrovía-bús”, “metrocarril-bús” o “metropista-bús”. Aunque bastaría, al menos para un corrector inescrupuloso, la mucho más sencilla de “metrobuses”, siquiera para indicar que ahí se detienen esas cosas, comúnmente llamadas colectivos.
Ya sé, ya sé, este último plural es absurdo, pues toda esa familia viene de ómnibus, que sin acento es una palabra latina que significa “Para todos”, de modo que de antemano incluye la pluralidad, pero también es verdad que todas las otras variantes ya son deformaciones de ese antecedente, en las que se pierde el sentido original. Así, “autobús”, al prescindir del omni ya no significa etimológicamente “automóvil para todos”, sino sólo de una manera usual y vulgar. Por otra parte, lo de “buses” tiene hecho ya su camino y, si mal no recuerdo, fue el cartel municipal “Sólo buses”, lo que concretamente provocó el desistimiento histórico del Turco.
De acuerdo: convengamos que los incluidos en el “vulgo municipal y espeso” y en los cuadros de la gerencia de servicios no tienen por qué ser melindrosos a propósito de sutilezas idiomáticas y de hecho no lo son. Un ejemplo es el uso de ramal: decir “Ramal Sarmiento” o “Ramal Urquiza” es, en sí, un dislate, pues se trata de líneas únicas, la “Línea Sarmiento” y la “Línea Urquiza”. Veamos: ramal viene de rama y ésta remite a la noción de tronco, con lo que ramales son los desprendimientos de la línea troncal. Ocurre con el Roca donde, de la línea “general” que va a Temperley, sale, en Avellaneda, un desvío que va a La Plata; el “Ramal La Plata”.
Y esto viene de antiguo: obviamente gasómetro es un instrumento para medir el consumo de gas o su paso por un punto de la red de distribución. Claro, los depósitos de gas –aquellos tremendos cilindros de la ciudad de nuestra infancia– poseían el suyo para que los técnicos pudiesen saber cuánto estaban de llenos y a qué presión saldría el fluido. Debido a que en sus informes hablaban del “gasómetro”, la palabra terminó designando al depósito en su conjunto. Pero gasómetro no es sino el aparato que mide. De tal suerte y forzando un poco las cosas, tendríamos que la expresión “Nuevo Gasómetro” refiere, en puridad, a un nuevo control con que se registra la intensidad de las flatulencias sanlorencistas.
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Imagen: Construcción de una las paradas del metrobús en la avenida 9 de Julio (foto: diario "Clarín"). 

24 ago. 2013

Acerca del remoto origen de la palabra "mishio"


(De Luis Alposta)

Había una vez (y esto no es cuento) en la antigua región de Asia Menor, en lo que actualmente es el noroeste de Turquía, una comarca llamada Misia, en la que reinó Télefo en tiempos de la Guerra de Troya.
Según la mitología, este rey, hijo de Heracles y de Augea (de quien nos hablan Píndaro y Ovidio, entre otros), fue herido gravemente  en uno de sus muslos por la lanza de Aquiles, cuando los griegos en su viaje a Troya arribaron a las costas de su  país.
De esa herida, Télefo sólo pudo sanar al cabo del tiempo (siguiendo las indicaciones del oráculo de Apolo)  presentándose disfrazado de mendigo, ante el propio Aquiles, quien le aplicó en la llaga la herrumbre de la misma lanza con la que lo había herido.
En siglos posteriores, el mito de Télefo ha sido tratado por los grandes trágicos.
Del argumento de la obra de Esquilo sólo se conservan tres breves fragmentos. A Sófocles se le atribuye la autoría de "Misios", formando parte de una trilogía. En cuanto al "Télefo" de Eurípides, representado por primera vez en el 438 a. C, sabemos, por numerosas citas de autores de esa época, que ha sido muy popular.
Su argumento trata sobre el viaje del héroe a Argos para pedirle a Aquiles su curación.
El hecho de  representar al "rey de los misios" como a un mendigo y vistiendo harapos, era algo inusitado hasta entonces en la escena ateniense; no obstante, el personaje se popularizó de tal forma que los harapos pasaron a estar siempre presentes en las parodias de Aristófanes. Algo que nos da la medida de lo muy citada que ha sido esta tragedia por los antiguos.
Aristófanes aprovechó la comicidad que resultaba del contraste de la figura de un rey con disfraz de pobre, y utilizó, al menos en tres de sus comedias, el relato de este episodio.
En "Acarnienses" es donde aparece más veces el rey disfrazado. En ella, Diceópolis le pide a Eurípides "algún andrajo" de ese viejo drama suyo, refiriéndose  a "Télefo el misio"; y es cuando Eurípides le ordena a su criado que le dé "el andrajario de Télefo".
Las otras comedias en la que aparece el "rey misio", presentan menor interés respecto a la puesta en escena del personaje.
En "Las Nubes" (v. 922) sólo se lo alude cuando se le reprocha al Injusto su antigua conducta de mendicante pidiendo limosna como el "Télefo misio" con una "alforjita".
De Télefo se ocuparon también otros autores, de los que se conservan sólo fragmentos, que buscaron como motivo cómico su condición de mendigo.
Resumiendo: el mito de Télefo ha sido utilizado en la literatura griega desde la épica, donde figuraba en las "Ciprias" oponiéndose al ejército griego en la llanura de Teutrania y recibiendo de Aquiles una terrible herida, hasta la tragedia, sobre todo con Eurípides, y la comedia, en la que su disfraz de mendigo, cuando se presentó buscando su curación en la asamblea de los Aqueos, fue objeto de parodia.
Por otra parte, es para remarcar que entre los ligures fructificó en esos tiempos la difusión del alfabeto, el arte, las costumbres y las creencias griegas, entre las cuales, el mito de "Télefo", incluyendo el gentilicio aludido no estuvo ausente.
¿Raíz etimológica o coincidencia? Lo cierto es que tres mil años después, genoveses por medio, la palabra miscio devino voz lunfarda: mishio (y sus derivados mishiadura, shiome, shiomería), con el significado de pobre, indigente, falto de dinero (el DRAE registra "misio", de uso corriente en Perú con igual significado).
Mishio: una voz lunfarda para la que, presumo, treinta siglos "no es nada".
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Ilustración: Heracles y Télefo. Copia romana de un original del sigo IV a C. (Museos Vaticanos)

Cortázar y el subte


(De Carmen Ortiz)

Acaso porque está asociado a lo misterioso, de alguna manera el tema del descenso al Hades, al Averno o simplemente al Infierno católico ha sido siempre atractivo y hasta recurrente para los escritores. Así conocemos textos como la leyenda mitológica griega de Eurídice, su descenso al Hades, y el de su amado Orfeo, convertida más tarde en ópera; el apasionante infierno del Dante en La Divina Comedia, o el recorrido y pruebas del héroe clásico de La Odisea -atribuida a Homero- narradas en el excelente libro de Joseph Campbell.(1)
Siempre la presencia del temido y desconocido infierno ha atraído a los autores, Cortázar no fue la excepción: el personaje de Oliveira en Rayuela dice de Talita cuando ésta baja a la morgue del manicomio, después de haberla confundido con La Maga: “Estaba en su pequeño y cómodo Hades refrigerado pero no había ninguna Eurídice que buscar…” Pero no es ésta la única mención del autor argentino a ese misterioso lugar, más aún, Cortázar tiene cuentos que se desarrollan tanto en el metro de París “Manuscrito hallado en un bolsillo” (2), como en el subterráneo de Buenos Aires, “Texto en una libreta”. Precisamente, quiero referirme a este relato que ocurre en Buenos Aires, en la línea A de subterráneos, entre 1940 y 1946.
Los trenes centenarios de la línea A de subterráneos de Buenos Aires hace unos meses han sido reemplazados por otros modernos y confortables, que no tienen, ni la atracción ni el misterio que el autor argentino encontró en aquéllos. Los antiguos eran de madera barnizada, su ritmo se marcaba con un ruido acompasado al desplazarse, con sus luces parpadeantes que muchas veces acompañaba mi lectura apurada de algo que debía estudiar para la Facultad o algún párrafo de una novela. A veces solía mirar aquellas viejas estaciones que con el tiempo fueron trasformándose con aditamentos más modernos, pero que no dejaban de sorprenderme, por ejemplo, como una estación fantasma, la clausurada estación Alberti, toda oscura y donde una vez vi ¿maniquíes? que simulaban bailarines danzando. Misterioso hallazgo que nadie me supo explicar.
No deja de ser interesante conocer el costado histórico de los reales trenes en que se desarrolla el cuento de Cortázar. Los antiguos vagones de madera con trabajo artesanal y donde hasta las bobinas fueron colocadas manualmente, habían sido fabricados en Brujas (Bélgica) y fueron el primer subterráneo del hemisferio sur, funcionado en Buenos Aires a partir de 1913. (3) El 12 de enero de este año hicieron su último viaje en nuestra ciudad y ya han sido desmantelados por orden del Jefe de Gobierno de la Ciudad y reemplazados por modernos coches de origen chino.
El cuento de Cortázar se llama “Texto en una libreta” (Queremos tanto a Glenda, cuentos, 1981). En él se percibe la transtextualidad (4) de “Informe sobre ciegos” (Sobre héroes y tumbas, novela, 1961) de Ernesto Sabato, allí el personaje va descubriendo paulatinamente las costumbres de una siniestra secta de ciegos que parece acecharlo. En el texto de Cortázar se trata de los habitantes  del subte “A”, y, en ambos, la cofradía amenaza al protagonista, es secreta y pretende apoderarse de todo, de la ciudad o acaso del mundo. Como en “Manuscrito hallado en un bolsillo” el título sugiere el final trágico del protagonista.
Después de la lectura sabemos que el narrador estaba haciendo un informe, lo sabemos por ese texto en una libreta, que es lo que queda, por lo que decidimos que ha desaparecido. La acción está ligada a los subterráneos de la línea A (Anglo), que va desde Primera Junta hasta Plaza de Mayo. El mismo personaje narrador nos cuenta del Hades: ”Es cierto que entre Loria y Plaza Once se atisba vagamente un Hades lleno de fraguas, desvíos y depósitos de materiales y raras casillas con vidrios ennegrecidos”. A medida que avanzan los hallazgos del protagonista es mayor su miedo y la sensación de estar vigilado. Si revela su descubrimiento pueden matarlo o recluirlo por loco, como lo sugiere Montesano, el inspector en jefe (léase: la sociedad). Porque este perseguidor innominado no cejará, llegará hasta el final de “un descenso progresivo y  cauteloso del subte, entendido como otra cosa”.
Tal vez el narrador haya sido muerto por la secta, recluido por loco o sometido. No lo sabemos, sólo podemos suponerlo. Si bien el cuento describe una verdadera pesquisa al estilo de una narración policial, la atmósfera alucinante y  el manejo de los distintos niveles lingüísticos lo colocan en otro tipo de ficción. Aunque el autor usa la ambigüedad propia de lo fantástico, la metáfora parece ser tan clara que creo conveniente no ubicarlo dentro de la literatura fantástica del autor sino en la realista. (5)
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(1)  CAPMBELL, Joseph, El héroe de las mil caras, Psicoanálisis del mito, México: FCE, 1972.
(2)  CORTÁZAR, Julio, Octaedro, Madrid: Alianza, 1981.
(3)  Ver “Argentine: le plus vieux métro du monde tire sa révérence”, Le Point, 9 janvier 2013.
(4)  GENETTE,Gérard, Palimseptos, Madrid: Taurus, 1989. “Transtextualidad: es todo aquello que relaciona, manifiesta o secretamente, a un texto con otros”.
(5)  ORTIZ, Carmen¸ Cortázar el Mago, Buenos Aires: Díada, 2010, págs.147-148. 
Imagen: Julio Cortázar.

Carne Hueso, algo hermoso que no para de girar



(De Mariana Kruk)
  
En el barrio de Floresta late Carne Hueso, un taller de calesitas y carruseles. Leonel Bajo Moreno y Mariano Sidoni, ambos diseñadores gráficos, tenían la necesidad de crear “algo hermoso”, ambos estaban pasando por un momento emocionalmente movilizante y se les hacía cada vez más pesado, como a tantos otros, el trabajo en oficina. Lo que los diferenció a Leo y a Mariano fue que no se quedaron en el molde, hipotecando sus vidas tras un escritorio gris, decidieron que tenían que hacer algo con su situación, “buscarle la vuelta” (nunca más ajustada la expresión). Tenían muchas ganas de encarar algo juntos que fuera más allá de la facultad o el trabajo sólo por subsistencia. Una noche fresca de primavera en la terraza, llegaron a la conclusión de que el único escape a toda esa alienación y tristeza era "hacer algo hermoso". Fue con esa premisa que empezaron a frecuentar en esos días más y más el taller de calesitas donde trabajaba el abuelo de Leo y donde él había pasado su infancia jugando y ayudando a Héctor ("el nono").  Así, y planeando una muestra-evento-fiesta en ese espacio increíble, en donde se evidencian casi 4 décadas de oficio, magia y trabajo desde el corazón, empezaron a restaurar y reacondicionar las figuras, el taller y el mismísimo oficio.
Las figuras que crean están inspiradas, según Mariano, en todo y en nada. Me contó que como diseñadores y artistas contemporáneos han sido sobre-estimulados visualmente. Los agotan las modas estéticas, y ya no les prestan atención alguna. Asume que son bastante críticos y cuidadosos al respecto. Tratan de ser lo más auténticos posible y se remiten solamente a cosas que atraviesen los años sin perder su significado ni peso conceptual. Son "amigos de lo eterno", como diría “el flaco” (L.A.Spinetta, referente artístico de Leo y Mariano). Los inspira su propio transitar por los días, la ciudad, las ganas de generar algo universal e imposible, como un lenguaje en el cual las posibilidades y combinaciones son infinitas. No tienen miedo a no ser comprendidos o aceptados y eso los convierte en auténticos.
Realizar cada calesita les lleva 3 o 4 meses de trabajo, aunque esto depende de varios factores. Muchas partes de los carruseles (en los carruseles los caballos suben y bajan, en las calesitas no) se reutilizan y a veces el tamaño cambia todo.
Ponen énfasis en cuidar al extremo tanto lo estructural como lo que cubre esa estructura, la piel.
Parece increíble que los niños que hoy nacen con la tecnología bajo el brazo aún se sientan fascinados con esta atracción anacrónica. Pero afortunadamente, la magia de las calesitas sigue iluminando de asombro y entusiasmo los ojos de los más chicos, Mariano piensa que esto tal vez tenga que ver con que el movimiento, las luces, las figuras y la música que los transporta a una especie de fiesta dedicada a cada uno. El día a día, "la realidad" no la pueden manejar ellos: ese mundo les pertenece a los adultos. En cambio en la calesita, como niño uno se aleja y se acerca tanto como es necesario de los adultos. Es un momento en el cual se experimenta algo muy parecido a la libertad. Con los videojuegos o los celulares hay una falsa libertad que a la larga los esclaviza.
Claro que también realizan sortijas. No nos podemos olvidar de este objeto bajo ningún punto de vista, esa suerte de buen augurio que tiene tanto encanto como las deslumbrantes figuras. Creen que la sortija es una parte fundamental de la experiencia "tradicional" que más se debe mantener. Ellos mismos tienen una en cada llavero que usan. Les sirve para que la gente termine de creer lo que hacen... y admite Mariano, también para “cancherear” un poco con que se ganaron otra vuelta.
Carne Hueso sigue creciendo en un taller de barrio, cada día Mariano y Leo se dedican a trabajar en “algo hermoso” como principal premisa para ellos, y como toda cosa hermosa, se escapa de las  manos de cualquiera y comienza a girar, contagiando indefectiblemente a los demás.
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Imagen: Calesita de una plaza porteña (Foto tomada de www.palermonline.com.ar)  
Nota tomada de la revista “Cacto”, Nº 3, marzo-abril de 2013

Los cafés y el tango



(De Diego Ruiz)
  
Andaba este cronista, en la entrega de julio, reseñando los cafés elegantes de principios del siglo XX y prometía, cerca del final, ocuparse de los cafés literarios que por esa época comenzaron a florecer en Buenos Aires. Pero repasando un poco sus archivos y la colección de Desde Boedo que piensa dejar para sus nietos cayó en la cuenta de que a lo largo de los años, desde 2010, había hablado largo y tendido tanto de La Helvética como del Aue’s Keller, de La Brasileña y de Los Inmortales, del almacén de Piaggio y de varios otros tugurios de la cortada Carabelas donde sentaban sus reales Rubén Darío, Florencio Sánchez, Evaristo Carriego, José González Castillo y tantos otros literatos de esos tiempos. Así pues, se dijo que en realidad, si quería seguir el hilo cronológico que venía desarrollando, le tocaba evocar los primeros cafés y establecimientos donde si bien no nació, se desarrolló el tango.
No es propósito del cronista terciar en la disputa sobre el lugar de nacimiento de ese género musical, en la que tanto se ha argumentado en favor de uno u otro barrio. Jorge Luis Borges, que para algunas cosas era muy perceptivo, decía en su “Historia del Tango” incluida como apéndice de su Evaristo Carriego: “He conversado con José Saborido, autor de Felicia y de La Morocha, con Ernesto Poncio, autor de Don Juan, con los hermanos de Vicente Greco, autor de La viruta y La Tablada, con Nicolás Paredes, caudillo que fue de Palermo, y con algún payador de su relación (...) Interrogados sobre la procedencia del tango, la topografía y aun la geografía de sus informes era singularmente diversa: Saborido (que era oriental) prefirió una cuna montevideana, Poncio (que era del barrio del Retiro) optó por Buenos Aires y por su barrio; los porteños del Sur invocaron la calle Chile, los del Norte, la meretricia calle del Temple o la calle Junín (...)”. Seguramente habría que incluir en esta nómina a los Corrales, pero lo cierto es que a fines del siglo XIX los lugares citados eran los arrabales de una ciudad que -citando la feliz frase de Chico Novarro- iba “creciendo a gritos”. La aparición del tranvía en 1871 interconectó esos suburbios entre sí y con el Centro, permitiendo a la población una movilidad hasta entonces desconocida en una ciudad aún ecuestre, en la que las victorias de alquiler no estaban al alcance de todos los bolsillos y que, por otra parte, dejaba mucho que desear en cuanto al estado de sus calles, aun en pleno Centro.
Con esta inopinada ayuda, el nuevo género pronto se extendió por los incipientes barrios y recaló en las “academias” o “cafés de camareras” de San Cristóbal -Solís y Estados Unidos, Solís y Comercio, Pozos e Independencia- y San Nicolás, por 25 de Mayo, por Maipú, por Viamonte (“la meretricia calle del Temple” que cita Borges), por las inmediaciones del Parque de Artillería y por la calle Paraná, donde existían lugares non sanctos en los cuales tocaban desde mediados de los años ochenta el violinista Casimiro Alcorta -quien habría compuesto allá por 1884 el tango Cara sucia, cuyo título original es irreproducible, luego recopilado por Francisco Canaro-, el violinista y guitarrista Eusebio Aspiazú y el flautista Vicente Pecci; en los famosos cafetines de la Boca; en el Bajo de la Batería; en los “clandestinos”, como el de Laura, en Paraguay y Centro América (hoy Pueyrredón), el de María la Vasca Rangolla, en Carlos Calvo 2721 -donde el moreno Rosendo Mendizábal estrenó El entrerriano allá por 1897 o 1898-, o el de Concepción Amaya (Mamita), en Lavalle 2177, donde habría hecho lo propio en 1900 Ernesto Ponzio, el pibe Ernesto, con su inaugural Don Juan, compuesto hacia 1898.
Otro rumbo, algo más presentable, fue el de los “Portones” de Palermo: el Pabellón de las Rosas, el Belvedere, El Tambito, El Quiosquito, el Pabellón de las rosas o el paradigmático Hansen que no eran propiamente cafés, sino cervecerías o restaurantes donde las patotas de “niños bien” se entreveraban con compadritos y pesados con resultados muchas veces sangrientos. Fue en El Tambito donde “Cielito” Traverso mató de una puñalada, en 1901, a Juan Carlos “Vidalita” Argerich, amigo de Jorge Newbery, por una cuestión ocasional, según algunos, pasional, otros, y ese enfrentamiento que refleja Celedonio Flores en los primeros versos de Corrientes y Esmeralda perduraría hasta bien entrada la segunda década del siglo. Acotemos que este “Cielito” Traverso era uno de los hermanos -Yiyo, Constancio, Félix y el nombrado- propietarios del café O’Rondeman de Humahuaca y Agüero, frecuentado por el joven Carlos Gardel y que eran los caudillos roquistas del Abasto, como hemos relatado en el número de diciembre de 2012 de esta columna.
Algo alejados de estas turbulencias, florecían por la misma época, por el Centro y aledaños, asociaciones de inmigrantes, que además de su objetivo primordial de “socorros mutuos” también organizaban bailes y otras actividades recreativas. Para ceñirnos solamente al Centro citaremos la Societá Colonia Italiana de Socorros Mutuos., de Paraná 555; la Societá Lago di Como, de Cangallo 1756; la Sociedad Filantrópica Suiza, de Rodríguez Peña 254; la Societá L’Operaio Italiano, de Cuyo (hoy Sarmiento) 1374, con sucursal en Andes (hoy José Evaristo Uriburu) 1240; la sociedad Federal Suiza, de Florida 753; el Centro Eslava, de Suipacha 441; Unione e Benevolenza, de Cangallo 1358; la Sociedad La Argentina, de Rodríguez Peña 361 y el mítico Salón San Martín, de la misma calle al 344, que fuera conocido como “el Rodríguez Peña” y al que Vicente Greco dedicó en 1911 su famoso tango homónimo. Sobre el salón Rodríguez Peña refiere García Jiménez en Así nacieron los tangos que “(...) competía entonces, con ventaja, en cuanto a la afición tanguista con otros de asociaciones mutualistas constituidas por honestos súbditos de Víctor Manuel II y Alfonso XIII (...) Éstos se arrendaban a la heterogénea clase media del tango, en noches de entre semana o domingos a la tarde, porque los sábados estaban dedicados a las propias fiestas de las colectividades (...) Reinaba allí el tango sin cortapisas. El lugar era algo así como un término divisorio entre el remoto piringundín de La Tucumana, alumbrado a querosene y con el arroyo Maldonado atrás, y la coqueta casa de madame Jeanne, en la calle Maipú al norte, con moblaje Luis XV y cortinados de seda (...)”.
El lector disculpará la larga parrafada pero al cronista le parecía necesaria para delimitar la cuestión porque todos los lugares nombrados eran, fundamentalmente, lugares de baile, de sociabilidad y también de transacciones amorosas; pero el café con palco u orquesta que estaba naciendo por la misma época era otra cosa. Allí no iban los hombres a bailar, sino a escuchar tangos, a poner los cinco sentidos (y quizás algunos más) en la música que los conmovía, y con la que se sentían identificados, en un rito silente en el cual los músicos oficiaban un culto destinado a configurar la identidad de Buenos Aires y de los porteños.
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Fotografía: El llamado Café de Hansen, en los bosques de Palermo.
Nota tomada del periódico Desde Boedo (agosto de 2013).

Destino



(De Teresa Vaccaro)

Cada silla de mi casa espera,
una nube, un trueno, la lluvia.
Imagina barro en los adoquines,
algún mendigo durmiendo
en un umbral cualquiera bajo la cruz del sur.

Las sillas de mi casa
juegan a las cartas para pasar la tarde,
devanan lana para hacer el tejido
mientras se cuentan viejos secretos familiares.

Cada silla de mi casa
tiene deseos guardados:
encontrar la llave del tesoro,
la moneda en la fuente,
la sal de la vida.
Un eslabón que la enlace al destino.
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Ilustración: La silla de Van Gogh, óleo sobre tela.                 

3 ago. 2013

Luis Soler Cañas en el recuerdo


(De Luis Alposta)

Hay muchas maneras de comenzar un homenaje, y hacerlo con una elemental filiación del homenajeado es una de ellas.
Luis Soler Cañas fue periodista, historiador y escritor; cofundador de la revista “Latitud 34”; miembro fundador de la Asociación de Escritores Argentinos y del Sindicato de Escritores Argentinos; secretario del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas; miembro fundador de la Academia Porteña del Lunfardo. y uno de los críticos literarios más serios y centrados de la generación del 40.
El 6 de noviembre de 1918 y el 13 de septiembre de 1984, son las fechas que definen en el tiempo el ciclo de su vida.
Nos conocimos el 18 de octubre de 1963, en el Círculo de la Prensa. Aquel día Arturo López Peña pronunció su discurso de recepción como académico de número en la Academia Porteña del Lunfardo, que versó sobre la vida y la obra de Evaristo Carriego. Quien nos presentó fue José Barcia.
Simultáneamente con sus estudios universitarios, no concluidos, Luis Soler Cañas realizó sus primeras armas periodísticas y literarias, destacándose, tempranamente, por sus crónicas bibliográficas, por su objetividad, mesura de juicio y certero criterio. Ha sido redactor de prestigiosos periódicos y revistas; miembro de jurados designados por la Comisión Nacional de Cultura para premios literarios, nacionales y municipales, y actuó, también, en diversas instituciones de investigación histórica.
Volcado al revisionismo histórico, en 1951 dio a la prensa su primer libro:
“San Martín, Rosas y la falsificación de la historia” – Las inexactitudes de Ricardo Rojas –” en el que refuta diversos juicios de Rojas acerca de las relaciones existentes entre San Martín y Rosas. Editado por “Latitud 34”, en él reúne, en 123 páginas, una serie de artículos que ya habían sido publicados en la prensa diaria, como respuesta a un trabajo de Ricardo Rojas titulado “El sable de Maipú”, dado a conocer en el diario “La Prensa” un año antes.
El libro se agotó rápidamente y recibió elogiosos comentarios de Ramón Doll, Ignacio Anzoátegui y José María Rosa, entre otros.
Reconfortado por el éxito obtenido comienza a escribir sobre temas afines en la “Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas” y en el Boletín de dicha institución, en el que publica un trabajo acerca de “Rosas, el gobernante y el hombre” y sobre “Los fines del revisionismo histórico”, alegando, entre otras cosas, que “devolver al pueblo el sentido y la conciencia de su historia, es también restituirle el sentido y la conciencia de su propio valer.”
En dicho Instituto Soler Cañas integró su comisión directiva como vocal primero y luego como secretario, en tiempos en que lo presidía José María Rosa.
En 1968 “San Martín, Rosas y la falsificación de la historia” es reeditado por Ediciones Theoría. Esta vez con prólogo de Ramón Doll y una breve introducción aclaratoria del propio Soler, en la que, luego de aclarar que no ha modificado el texto original, nos dice: “hoy lo escribiría de otra manera, con menos epítetos y menor apasionamiento. Pero aquellos artículos son también, un testimonio y un recuerdo de los años batalladores de mi juventud que no tengo derecho a desvirtuar. Quiero conservar esa imagen de quien fui. No deseo que me reprochen lo mismo que yo critiqué alguna vez en otros.”
En 1953 la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo edita Canto” – Hojas de poesía, obra que lleva un enjundioso estudio introductorio de su autoría sobre la generación poética del 40. Con un claro sentido de lo nacional, en dicho prólogo nos dice: “Los jóvenes poetas de 1940 emprenden una cruzada por la Poesía; la revista “Canto” agrupa a la juventud lírica, pero ‘cada uno habrá de perseguir por sí mismo su sentido’, y esto se manifiesta muy claramente en las voces que presenta, todas con direcciones muy personales o, al menos, distintas entre sí (algún día podrá verse con claridad qué rica, qué variada, qué múltiple fue esa generación, cuántos matices y cuantas diferencias de tonos, de acento, de estilo y de contenido nos dan sus principales integrantes); el signo común estaría dado por el anhelo de construir una poesía de esencias nacionales, ligada por lo profundo a lo entrañable del país.”
“Negros, gauchos y compadres” en el Cancionero de la Federación” (1830 – 1848), fruto de pacientes investigaciones en archivos y bibliotecas; es un trabajo que trata de la hoy olvidada o desconocida poesía popular del tiempo de Rosas, que fue publicado en 1959 por Ediciones Theoría, una de las más consecuentes en la difusión de autores nacionales.
Bernardo Ezequiel Koremblit dirá de esta obra, que se trata de “un libro fundamental, al cual habrá de volverse siempre que se quiera conocer a fondo la poesía popular de la roja época de Juan Manuel”.
Soler Cañas fue un estudioso, un pensador político y un escritor que alternó inquietudes intelectuales con Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Leonardo Castellani, Leopoldo Marechal, Ernesto Palacio, Fermín Chávez y José María Rosa, entre otros.
Gran parte de sus escritos tratan temas relacionados con nuestra historia y, más concretamente, con sus peculiaridades sociales, políticas y culturales. Escritos que nacen de su posición moral y política, comprometida, con su país y su tiempo.
Tenía -y conserva- un bien ganado prestigio en el campo de las letras, merced a una acción cultural continuada y fecunda, enraizada en la tradición católica del país y orientada siempre hacia la interpretación de las ideas populares. Buscó siempre la revalorización de lo popular; lo que tiene éste de auténtico y de valioso como expresión del alma colectiva.
Su dedicación y amplio conocimiento de la materia le permitió incorporar a la “Primera antología lunfarda” (1961), compilada con José Gobello, textos que permanecían desconocidos u olvidados (como Caló porteño de Juan A. Piaggio –auténtico clásico lunfardo de 1887– o el brochazo costumbrista de Juan F. Palermo titulado En el tango; las décimas lunfardas de Carriego, en su Día de bronca) y, también, le pertenecen, en el mismo libro, las notas bio-bibliográficas sobre Bartolomé. Aprile; Felipe Fernández, “Yacaré”, y muchos otros.
El 21 de diciembre de 1962, cuando nos estábamos despidiendo del tranvía, tres hombres (José Gobello, León Benarós y Luis Soler Cañas) amantes del estudio de las voces y expresiones populares, resolvieron seguir siéndolo, pero de un modo más enfático y aplicado: fundaron entonces la Academia Porteña del Lunfardo, nacida (bajo el lema "El pueblo agranda el idioma") con la finalidad de propender al estudio del lenguaje popular y de su literatura. En este campo, la dedicación de Soler Cañas a la investigación y al estudio ha sido siempre fecunda y continuada, cursando numerosas comunicaciones académicas sobre temas de su especialidad.
En una declaración fechada a un año de su creación, la Academia sostenía que "El idioma nacional no se corrompe; por el contrario, se enriquece con el aporte de nuevas voces, entre las que cuentan porteñismos y lunfardismos. Desde su creación la Institución editó boletines lexicográficos, organizó una biblioteca especializada, compiló bibliografías, exhumó la producción o la figura de autores olvidados, expidió acuerdos, produjo comunicaciones sobre aspectos relacionados con el lenguaje popular. Y en todo esto, la participación y los documentados aportes de Soler Cañas no han sido pocos.
En quince años de investigación sin pausa, llegó a fichar y clasificar un vasto material literario lunfardo, anónimo y firmado, de autores populares y cultos, parte del cual incluye en su libro “Cuentos y diálogos lunfardos” (1965), destinado principalmente a proporcionar una muestra documental del diálogo arrabalero. En él se incorporan oficialmente al itinerario de las letras lunfardas, por vez primera, escritores de bien ganada notoriedad en otros géneros y especialidades. Un libro que entraña, en suma, un valiosísimo y singular aporte, que, enriquecido por las profusas notas bio-bibliográficas acerca de los autores estudiados, abre nuevas perspectivas en una materia en la que sólo se había incidido principalmente en el aspecto lingüístico, con el olvido de su soporte puramente literario.
En su libro “Orígenes de la literatura lunfarda” (editado también en 1965) recoge un artículo titulado El conventillo de Aravena, publicado en “La Crónica” en 1883, donde textualmente se dice que: el lunfardo no es otra cosa que un amasijo de dialectos italianos de inteligencia común y utilizado por los ladrones del país que también le han agregado expresiones pintorescas; esto lo prueban las palabras ancun,(expresión de sorpresa: cuidado, alerta, ancún que viene la cana) estrilar, shacamento (engaño, estafa, del genovés siaccá, romper, violar) y tantas otras. Esta es, sin dudas, la más antigua definición existente del lunfardo como habla.
Las jergas, es decir, los códigos lingüísticos especiales que se originan y emplean en el seno de determinados ámbitos laborales o prácticas sociales, han sido siempre objeto de su interés, permitiéndole advertir cómo muchas de esas voces y acepciones, que en un comienzo fueron privativas del mundo marginal, lograron permear el lenguaje de las demás capas de la sociedad y pasar a formar parte del léxico general. 
En la "Antología del Lunfardo", de 1976, nos informa y documenta, que el primer vocabulario lunfardo en nuestro medio, se publicó el 6 de julio de 1878 en el diario “La Prensa”, bajo el título El dialecto de los ladrones. El autor anónimo del mismo, menciona como fuente de información de la “nueva lengua” que se incuba en el seno mismo de Buenos Aires, a un comisario de la Policía de la Capital, no identificado, consignando 29 voces y locuciones con sus respectivas traducciones, entre las que figura la voz lunfardo con el significado de ladrón. Es en este libro donde, a manera de introducción, nos dice en parte: El mismo prejuicio que existe, en general, sobre el vocabulario lunfardo, alcanza a la literatura lunfarda o lunfardesca. Pero el lunfardo no fue sólo la jerga del delito y la mala vida: fue también lenguaje de inmigrantes y con el correr del tiempo no sólo constituyó el habla corriente del arrabal sino el idioma cotidiano del pueblo rioplatense, en algunos casos sin distinción de clases sociales. Y aunque durante mucho tiempo, e incluso en el día de hoy, los escritores lunfardescos abrevaron considerablemente, y a veces hasta exclusivamente, en los temas del bajo fondo, también ese tipo de literatura es susceptible de inspirarse en motivos más elevados y hasta de dar cátedra de moral. Lo que prueba, a mi juicio, que ni dicho vocabulario es conceptualmente tan pobre como se pretende ni está exento de universalizarse válidamente la literatura que con él se elabora. …………………………………………………………………………………………..
 No hay que olvidar que el lunfardo fue el lenguaje de la vida pobre, del lumpen. “El lunfardo –como ha escrito el doctor Manuel María Oliver– se engendró en el dolor y la miseria”.
En su rutina diaria nuestro amigo jamás le dio tregua a la escritura. Y no era una cuestión de entrenamiento o disciplina. Escribir, era para él una necesidad vital.
Era tanto su amor por el periodismo, que a veces pienso –aunque incurra en un lugar común– que por sus venas corría tinta; y que en el grito callejero de los diarieros había un resto de su voz cansada.
A lo largo de su trayectoria intelectual tuvo que vencer varias adversidades: hostilidades oficiales y oficiosas, falta de medios, y de comprensión, muchas veces……
Hablo ahora de su decepción, de su desencanto, y trataré de hacerlo desde su lado más íntimo, hogareño y humano. Asumo el reto narrativo de revelar al hombre de "carne y hueso”, creíble, verosímil, tras la lectura de algunas de sus cartas y poemas.
Al que más de una vez, con su ya quebrantada salud, manifestó que su preocupación se centraba en explorar al ser humano que tenía conciencia de que se acercaba el fin, que la muerte le acechaba, mientras se sumía en la soledad.
Sus últimos años parecían hundirse en una oquedad, en un llamado a silencio, en un pensamiento fijo sobre las postrimerías. Como si aplicara a su vida -que le dolía- una frase de Molière: “Morimos sólo una vez, pero durante mucho tiempo.”
A fines de la década del sesenta -nos recuerda Pablo J. Hernández- época tan fructífera para Soler Cañas, en la que vio publicar algunos de sus mejores libros, y en la que sus trabajos periodísticos cubrieron prácticamente todo el país a través de diversos medios, mostrará también que el cansancio comenzó a llegar hasta él. Una fatiga, con mucho de nostalgia y no buena salud, lo llevará a escribir, el 24 de junio de 1968, a los 49 años, lo siguiente: -Ya no me afana la prisa por leer el libro que llevo conmigo en el colectivo o en el ómnibus. A veces puedo sentarme y hay luz suficiente, pero prefiero mirar por la ventanilla el anochecer ciudadano… Quisiera sentarme en casa a fumar mi pipa en paz, leer despaciosamente algún viejo volumen, escuchar a Vivaldi o a Haydn, beber demoradamente mi vaso de vino tinto y sentar en mis rodillas a una de mis hijas…   
Ahora me sorprendo recordando los buenos días de ayer, y veo que existe un ayer, y compañeros que no veo, y rostros que se fueron, y hasta quisiera empezar a fijar las imágenes ya huidizas de un pasado… la palabra mañana ya empieza a no tener sentido sino entre las risas y las pequeñas preocupaciones y los juegos pueriles aún de mis hijas… Ya no quiero forjar planes, ni acariciar ensueños, ni correr aprisa por las calles, ni anhelo –casi– este libro o aquél, ni me preocupa hacer esto o aquello que tanto entusiasmo rápidamente disuelto me despertó por la mañana… Envejezco…
Cómo no recordar a ese querible gordo del inseparable portafolios, que a pesar de    estar triste, sonreía. Al de la tristeza digna. A quien jamás conjugó el verbo medrar en primera persona. A ese hombre de extrema sensibilidad, modesto y afable, que no ocultaba su melancolía cuando le tocaba reflexionar sobre la realidad del país.
 El que bien pudo haber hallado su álter ego en ese personaje al que Manuel Gálvez   llamó Gabriel Quiroga, que conoció la soledad de su alma, que se replegó sobre sí mismo, desilusionado de los hombres y disgustado por las realidades de la vida.El que llegó a descreer de la política; quien guardó para sí sólo el dolor de su orfandad  y, junto con ello, el señorío y el adiós que nos dejó en su auto-epitafio, escrito catorce años antes de su muerte:
……………………….
No pudo ser feliz…
Cargaba demasiadas
soledades consigo.
Y esperó tanto, tanto,
la mano que no vino,
la voz que no llamó,
unos ojos ausentes…
Le quedó un hueco triste,
un espacio vacío,
una herida sin fin.
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.Fue, también, quien concluyó uno de sus poemas con estos versos:

Pies, manos, alma:
todo me está sangrando.
Pero la ley no escrita es caminar
y sigo caminando.

De moral intachable, de hondo patriotismo y de fidelidad a ideas y personas. La descripción de su obra no estaría completa si no se señalara una condición primordial de su personalidad: la vocación de servicio. Luis Soler Cañas investigó, estudió y escribió mucho, para comunicar lo hallado a los demás.
Así lo recuerdo.
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Imagen: Luis Soler Cañas.