27 ene. 2014

La fuente Du Val D'Osne del Parque Lezama



(De  Miguel Ruffo)

Retornamos al Parque Lezama esta vez para referirnos a su arte fontanero representado por su fuente  Du Val D’Osne. A mediados del siglo XIX  “nuestra naciente economía no podía permitirse el lujo de comprar mármoles o bronces originales por lo elevado de sus precios. Por lo tanto se recurrió a los servicios de una importante fundición francesa, Du Val D’Osne, que ofrecía a buenos precios fuentes realizadas en hierro fundido patinado, compuestas por figuras alegóricas y variados elementos decorativos. […] Dos de esas fuentes se instalaron en la Plaza de la Victoria el 25 de mayo de 1868. En la actualidad ambas están colocadas sobre la avenida 9 de julio, en la intersección de la avenida Córdoba. […] En el caso de la fuente que nos ocupa […] tenemos dos esculturas: Neptuno joven y una Náyade. Ambas figuras están delicadamente realizadas con sus torsos desnudos. Sus rostros inexpresivos responden a los cánones de ‘Belleza Ideal’ de la cultura clásica. […] Esta fuente se habría instalado aproximadamente en 1931, oportunidad en que se quitaron las verjas artísticas que rodeaban los jardines privados de la residencia (de los Lezama)…” (1)
Tenemos pues una representación de Poseidón (Neptuno entre los romanos). El dios griego Posidón era el dios del mar y más antiguamente el dios de las aguas en general, fueran éstas o no de carácter marítimo. De manera que Poseidón se manifestaba en el mar, los ríos, lagos y también en las aguas procedentes de las lluvias. Tenía como atributo el tridente y con él se asociaban los maremotos y terremotos, todo lo que sacudía a la tierra con sus secuelas de calamidades. A Poseidón se le asociaban también los caballos y los delfines. Había competido con Atenea por el patrocinio de la ciudad de Atenas. Mientras ésta había ofrecido el olivo, Poseidón hizo lo propio con el caballo. Ganó Atenea. Y esta parte de los mitos griegos viene a cuento porque en el Parque Lezama también contamos con una escultura de Atenea. Recordamos que en estas páginas hemos hablado de los sistemas semióticos que se construyen en los espacios públicos. A la escultura de Poseidón la asociamos con la de Atenea como signos que remiten a los orígenes de Atenas; recordemos que el Parque Lezama como parque fundacional de la ciudad de Buenos Aires conecta los orígenes de ésta con los de Atenas y Roma. Pero volvamos a las aguas porque ellas nos permiten establecer otra relación semiótica. Tenemos en Poseidón a su dios y en el monumento a la Cordialidad Internacional, que también forma parte del patrimonio escultórico del parque, una representación que semeja una nao y las embarcaciones se desplazan en el agua. Y si esto es válido para el presente del parque, también lo es para la historia de la zona. En efecto, la fuente Du Val D’Osne se encuentra instalada en la parte del parque que da a la intersección de la calle Brasil con la avenida Paseo Colón. ¿Y dónde está el agua en este “mar de cemento”? No existe en el hoy, pero sí en el ayer, ya que el Río de la Plata, llegaba hasta lo que hoy es la avenida Paseo Colón. Es como si la escultura de Poseidón estuviese custodiando sus antiguos dominios: en este caso las aguas del río. En la fuente tenemos agua y ella nos permite otra conexión simbólica: la de vincularla con la Loba Romana, ya que esta escultura tiene dos vertederos de de agua, aunque hoy no funcionen y si se trata de lo que hemos perdido en el hoy, recordemos que el monumento a Pedro de Mendoza también disponía de una fuente. Así el arte fontanero del Parque Lezama enlazaba a Buenos Aires con Atenas y Roma, como un sistema de significados construidos a partir del agua: el Egeo, el Tíber, el Río de la Plata, en suma: el Parque Fundacional relacionando las ciudades por medio del agua. Y no olvidemos a Montevideo porque fue esta ciudad la que obsequió a Buenos Aires, el monumento a la Cordialidad Internacional, que también tenía su espejo de agua.
En cuanto a la náyade era una ninfa de agua dulce como lo son las aguas del Plata. En suma la fuente Du Val D’Osne del Parque Lezama nos permite trazar juegos de significados entre sus monumentos –en este caso sus fuentes– que apuntan a lo que siempre decimos: el Parque Lezama es el parque fundacional de la Ciudad de Buenos Aires.
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Notas:

(1) MAGAZ, María del Carmen y AREVALO, María Beatriz; “Historia de los Monumentos y Esculturas de Buenos Aires”, MCBA, Bs As, 1985, pp 153-154.

Fotografía: La fuente Du Val D`Osne en el Parque Lezama, en la esquina de Brasil y Paseo Colón.
Nota tomada del periódico Desde Boedo.

21 ene. 2014

Enrique Maciel


(De Raúl Lafuente)
  
Músico diverso y compositor sensible, creador de valiosas canciones. Fino compositor, intérprete de armonio, piano, bandoneón y guitarra. Este último instrumento es el que lo identificó permanentemente en el recuerdo de los adictos al tango.
Realizó sus primeros estudios musicales en un colegio religioso de Buenos Aires, los que continuó aún después de sus primeras actuaciones profesionales en el año 1915. Su primer tango, "Presentación", permanece inédito.
Integró pequeños conjuntos actuando en casas de baile y recorriendo las provincias argentinas. Entre sus compañeros, recordaba con cariño al bandoneonista Angel Danesi.
En 1920, en Bragado, conoció al poeta Enrique Maroni y con su colaboración publicó inmediatamente el tango "La tipa", llevado al disco tres años más tarde por Rosita Quiroga. Un año después, Maciel pasó a ser quitarrista del sello R.C.A.-Victor donde acompañó al dúo chileno Glos-Balmaceda.
Allí conoció a José María Aguilar, junto a quien realizó grabaciones en dúo de guitarras, acompañando además a los artistas de aquel sello; en primer término a Feria-Ítalo y luego a Rosita Quiroga.
La circunstancia de que Maciel también fuera intérprete de piano le valió la triplicación de la exigua paga que tenía entonces en la grabadora. En el tango "Sollozos" de los hermanos Fresedo acompañó a Rosita Quiroga en armonio.
En 1925, el pianista Carlos Vicente Geroni Flores le presentó a Ignacio Corsini, quien le tomó una prueba a Maciel, contratándolo inmediatante luego de escucharlo en guitarra y piano. Las actuaciones junto a Corsini se prolongarían hasta el año 1943. Sus primeros compañeros en guitarras fueron José Aguilar y Rosendo Pesoa. En 1928, Aguilar deja el conjunto y se incorpora Armando Pagés.
Formó posteriormente una orquesta típica, y debutó en Radio Argentina y luego en Radio Porteña. Poco a poco fue espaciando sus actuaciones y en la década del '50 se retiró para jubilarse.
Hubo dos personajes fundamentales que no pueden faltar en una semblanza veraz de Enrique Maciel. El intérprete que llevara al disco y tuviera en su repertorio de públicas actuaciones la mayor de de sus obras: Ignacio Corsini y el gran escritor y poeta Héctor Pedro Blomberg.
En 1929 iniciaron sus colaboraciones Maciel y Blomberg con tres obras: el tango "La mazorquera de Monserrat" y los valses "La pulpera de Santa Lucía" y "La guitarrera de San Nicolás"; en el año siguiente realizaron dos grandes tangos: "La viajera perdida" y "La que murió en París". En ellos, se apartó Blomberg del clima de casi toda su producción para el cancionero, centrado en la época de Juan Manuel de Rosas, en el Buenos Aires de 1840 y otras obras de carácter evocativo. Sin ninguna duda son dignos de figurar entre las producciones de los grandes letristas del tango.
Además de Héctor Pedro Blomberg y Enrique Maroni, Enrique Maciel colaboró musicalmente en otras composiciones con el mismo Ignacio Corsini ("Aquel cantor de mi pueblo"), Juan Velich, Enrique Dizeo ("Siempre tuyo", vals), el uruguayo Francisco Brancatti ("Bicho feo", "En la vieja pulpería", "Señor"), Eugenio Cárdenas ("Ansias sublimes", vals), Enrique Cadícamo ("Picaflor", "Que pare el baile", "El barrio está triste"), Agustín Magaldi y Pedro Noda ("Desprecio", milonga), Horacio Sanguinetti ("Morocha triste", canción) y Celedonio Flores ("Mala entraña"), entre otros.
Fue Maciel un hombre humilde y afectuoso. La modestia adornó la gran figura de quien hizo tan importante aporte al tango y al cancionero en general. Había nacido el 13 de julio de 1897 y falleció el  24 de enero de 1962).
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Fotografía: Enrique Maciel.
Tomado de la página web todotango.com, donde se aclara que esta biografía fue publicada en "Cuadernos de difusión del Tango", Nº 20, dirigida y editada por Salvador Arancio.

19 ene. 2014

Acerca de ratas y ratones



 (De Luis Alposta)

Rata es una palabra que proviene del antiguo alemán y es la que designa al mamífero roedor que el diccionario, como al mejor estilo de un purasangre, nos lo presenta con una cabeza pequeña, hocico puntiagudo, orejas tiesas, cuerpo grueso, patas cortas, cola delgada y pelaje gris oscuro.
Hacerse la rata, en el lenguaje popular, es faltar a clase a escondidas de los padres; es faltar al empleo para hacer fiaca; es hacerse la rabona.
Rata se le dice a la persona vil y despreciable. Rata se le llama al indigente, al sumamente pobre, al que es más pobre que una rata. Ratero se le dice al ladrón de poca monta; y rati, que es tira al revés, al pesquisa, o policía.
Ratón, que adjetiva al pichinchero y al pichulero tanto como a la persona falta de recursos, es el nombre que, en una época, se le dio a unos automóviles con capacidad para dos personas, provisto de tres ruedas, motor trasero y puerta al frente. El ratón, cuyo femenino es ratona, o sea, una mesa baja, puede llegar a serlo, también, de biblioteca.
Tener ratones en la cabeza es tener ideas fijas y extravagantes; hacerse uno los ratones o ratonearse, es fantasear sexualmente.
Y a propósito, vayan estos versos para un fabulario lunfa:
  
RATA CRUEL
-No te hagás la rata cruel
que el queso igual se te acaba-
dijo el ratón, como al rato,
a su rata que, de a ratos,
de su bulín se rateaba.
 Moraleja:
Si la rata es ratera,
por más que uno la rete,
te deja los ratones en la sesera.
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Imagen:  La última cena protagonizada por ratas y ratones, según una publicidad de un producto de desinfección.
Nota tomada de la página web Mosaicos porteños, del autor.

15 ene. 2014

Un poeta pasó por Villa Pueyrredón



(De Eduardo Criscuolo

Ricardo Molinari, poeta esencial de nuestra literatura, residió en la calle Gavilán 4782 a fines de la década del veinte. También tuvo una breve estadía en Villa Urquiza, barrio donde vivió con una tía. Aunque son muy escasos sus datos biográficos, debido a que se ocupó de ocultarlos celosamente, aquí trazamos un perfil del escritor fallecido en 1996.

Villa Pueyrredón es un barrio de sosiego, de cielo rutilante, con árboles altos que ennoblecen (como dice el poeta Francisco López Merino) las tranquilas calles donde aún puede apreciarse ese aspecto familiar de un Buenos Aires que añoramos. En ese barrio viven y vivieron personas representativas de nuestro quehacer nacional en todos sus órdenes. Escritores, pintores, músicos y deportistas tuvieron su momento en Villa Pueyrredón. Es justo destacar que en la calle Gavilán 4782, allá por 1929, residió uno de los más prestigiosos poetas de nuestra literatura nacional: Ricardo Molinari, escritor nacido en nuestra ciudad el 20 de marzo de 1898.
Infortunadamente, son muy escasos los datos biográficos de este poeta esencial, que siempre los ocultó celosamente. Formó parte del grupo “Martín Fierro”, en 1927 publicó su primer libro de poemas, El Imaginero, y ese mismo año El pez y la manzana. Su característica literaria fue la de no romper con el pasado y continuar con la tradición hispánica y americana precedentes. Y así trabajó su poesía. Pero también se encuentran en su obra ráfagas de surrealismo, que hacia los primeros años de la década del 30 influía ya sobre la poesía de Pablo Neruda y Luis Cernuda. Durante muchos años se desempeñó como empleado del Congreso de la Nación, donde se jubiló. Su creación es una de las más altas del siglo XX, ya que su refinamiento innato en la elección del lenguaje, su melancolía vasta y sutil, la angustia temporal y su personal visión de la soledad existencial permanecieron intactas en sus poemas e hicieron de Molinari una voz inconfundible de nuestro panorama poético.

ODA A LA NATURALEZA
Especialmente notables son sus grandes odas, en las que canta la belleza fugitiva y permanente de nuestra tierra: sus grandes ríos, sus llanuras infinitas, sus aves... Veamos una muestra de su particular estilo: “Cuando yo esté ya desaparecido y puro, ¡oh Argentina, nación hermosa y soberana del sur! /, en qué incansable desmemoria de la belleza de la vida se moverán mi alma y el polvo contado de mis apagadas venas. / Alguna vez os acordaréis de mí, campos, flores, árboles: / tierra: patria solitaria del hombre... Y volveréis / a verme a orillas de los ríos, sentado, mirando / entrar en el agua las bagualadas / o viendo cómo se balancean los juncos con la / creciente y el viento” (fragmento de "Oda al mes de noviembre junto al Río de la Plata", incluida en el libro El huésped y la melancolía, 1946).
La obra poética de Ricardo Molinari abarca trabajos desde 1927 a 1977. Tuvo que soportar la angustia que desparramó el Proceso, que ni a él mismo respetó. Sus Obras completas (1973) fueron destruidas por la dictadura militar. “Me contaron que un soldadito, un conscripto, cuando quemaron mis libros fue a pedirle a un oficial que le diera un ejemplar y lo metieron en el calabozo -recordó alguna vez-. Son las cosas ‘agradables’ de la Argentina, que se ven toda la vida”. Quedaron, para la posteridad sus libros de poesía: Panegírico de Ntra. Sra. de Luján (1930), Delta (1932), Hostería de la rosa y el clavel (1933), Una rosa para Stefan George (1933), El desdichado (1933), El tabernáculo (1934), Epístola satisfactoria (1935), La muerte en la llanura (1935), Casida de la bailarina (1937), Libro de la paloma (1937), La corona (1939), Libro de las soledades del poniente (1939), Odas a orillas de un viejo río (1940), Seis cantares de la memoria (1941), El alejado (1943), El huésped y la melancolía (1946), Esta rosa obscura del aire (1949), Días donde la tarde es un pájaro (1954), Unida noche (1957), El cielo de las alondras y las gaviotas (1963), Una sombra antigua canta (1966), La hoguera transparente (1970), La escudilla (1973) y La cornisa (1977).
Ricardo Molinari tuvo, asimismo, una breve estadía en el barrio de Villa Urquiza, donde vivió con una tía. Tal vez es posible imaginar que las calles de Villa Pueyrredón y de Villa Urquiza le dieron motivos para escribir su bella poesía, que trascendió más allá de su muerte, acaecida el 31 de julio de 1996.
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 Imagen: Ricardo Molinari  (Foto tomada de la página web fundaciónkonex.com.ar).
Nota tomado del periódico “El  Barrio”, noviembre de 2003.

14 ene. 2014

Hesperidina: la marca registrada Nº 1, primera patente nacional. Ícono argentino


(De Gregoire Fabre)

La Hesperidina es una bebida tónica a base de corteza de naranjas amargas o agrias y dulces de frutos inmaduros con propiedades medicinales para las funciones digestiva y circulatoria. El nombre Hesperidina recuerda al Jardín de las Hespérides donde se encontraba mágicas naranjas doradas. Su principal componente es la sustancia “hesperidina”, un flavonoide que se encuentra en los cítricos y que produce efectos antioxidantes.
En 1862, Melville Sewell Bagley, oriundo de Boston en los EEUU, llega  a la Argentina. Comenzó a trabajar en la farmacia  “La Estrella”, en la esquina de Defensa y Alsina, en el barrio porteño de Monserrat (pegado a San Telmo y con el cual comparte la calle Defensa).
En 1864, Melville Sewell Bagley, utilizando las naranjas de una vieja quinta ubicada en Bernal, inventa la fórmula ingeniosa de una bebida que va a revolucionar la vida de los argentinos.
El lanzamiento de la marca fue muy original y vanguardista para la época. Un día, los porteños comenzaron a ver las calles pintadas con enormes letreros con las palabras “Se viene la Hesperidina”. La curiosidad invadió a los 140.000 porteños de la época y la gente empezó a preguntarse qué era este producto. Durante más de dos meses, nadie podía descifrar su significado. Por fin, el 24 de diciembre de 1864, víspera de Navidad, se devela la incógnita en “La Tribuna”, uno de los periódicos más importantes del país: “El mejor y más original aperitivo del mundo nace en la Argentina y ya se puede comprar”. Con una entrada más bien dulce, de a poco se equilibra con esa cuota justa de amargor propio de un bitter; con su sabor suave y dulce este oro líquido sedujo el pueblo argentino.
Tanto fue el éxito que, inmediatamente, comenzaron a aparecer las falsificaciones o imitaciones de dudoso origen. Melville actuó rápidamente convenciendo al Presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, de la necesidad de crear un registro de marcas y patentes. El 27 de octubre de 1876 el registro fue creado y Hesperidina fue la primera marca que se registró en la Argentina. Para ajustar aún más los niveles de control “anti-piratería”, Melville imprime también las etiquetas de Hesperidina en la Bank Note Company de New York. Hesperidina es entonces la primera receta puramente argentina (la otra es el Pineral).
Mucho antes que Coca Cola, Melville registró también la forma de sus botellas.
Entre 1864 y 1870, durante la Guerra de la Triple Alianza, la Hesperidina es la reina de las tiendas de campaña para “revitalizar a los heridos”, pero también en los hospitales ¡para mejorar cualquier dolencia!
Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, señaló que “quien no conoce los hábitos del gauchaje, piensa que tomaban vino tinto recio. Nada de eso: bebían ginebra, caña y Hesperidina, como puede apreciarse en los inventarios de boliches”.
Julio Cortázar la menciona en dos de sus cuentos y el Polaco Goyeneche la tomaba cada vez que se acodaba en la barra de un bar. Molina Campos también la incluyó en varios de sus famosos almanaques.
Cura: úlceras varicosas, hemorroides, várices, hipertensión, reducción del colesterol, disminución de dolores y de inflamación, protectores de la actividad celular y mejora el estado de los vasos sanguíneos. Podría tener actividad anti-tumoral, contrarresta la pérdida ósea después de la menopausia, y posible efecto anti-age.
Hoy se sigue produciendo en la Argentina y se puede pedir sin problema en los bares. Es aceptada socialmente para el consumo de las mujeres en espacios públicos desde su creación.
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Ilustración: Propaganda de Hesperidina (Tomada de caseusmundi.com)
Nota tomada del periódico El Sol de San Telmo.

13 ene. 2014

Juan Crisóstomo Lafinur: un filósofo y Buenos Aires


(De Paulina Movsichoff)

 Llegué pues, a Buenos Aires, esa ciudad orillada por el río color leonado, ese mar dulce que sorprendiera a Solís y que no me cansaba de contemplar en mis diarios paseos,  a esa aldea que ya nos empeñábamos en considerar grande. Por sus calles de polvo ocre en tiempo seco y de lodo gris en tiempo lluvioso pasaban reses junto al matadero, pasaban perros sarnientos, pasaba el carro del aguatero cuyas enormes ruedas se atascaban continuamente en el barro y no era raro ver a vagos y malentretenidos colaborando con los presos en el esfuerzo por desatascarlo pues ay de nosotros si nos quedábamos sin el precioso líquido que tanto necesitábamos para el aseo y para refrescarnos el gaznate porque los pozos, a pesar de ser numerosos, no proporcionaban más que agua sucia. Pasaban los lecheritos a caballo, pasaban gauchos también montados y vestidos de chiripá  que llegaban del campo en busca de una pulpería donde apurar aguardiente o algún carlón, pasaban indios pampas recién llegados del desierto, rumbo a las rejas de los vecinos a través de las cuales vendían sus matras,  riendas para caballo, las hebillas, los huevos de ñandú, pasaban mendigos perdularios, pasaban reos con las espaldas desnudas y las manos atadas para ser azotados en el cruce de cualquier calle, pasaba en fin mi ilustre y desconocida persona en busca de alguna mirada que confirmase mi existencia perdida en medio de tanto anonimato, preguntándose si era el mismo individuo que hasta hacía muy poco formara parte la milicia de don Manuel Belgrano, el mismo que se matriculó aún imberbe en Córdoba de Maestro de Artes y que ya, a estas alturas de su existencia, que no eran tan altas pues apenas había cumplido los veinte, oyera y viera tantos sucedidos que podría haber llenado, con esa caligrafía que todos admiraban, quién sabe cuánta cantidad de infolios. Me prometía que alguna vez escribiría una novela de caballería, mi Amadís de Gaula, como si de tanto imitar novelas comenzase a reconocerme más en su en su realidad que en  su representación.  Porque en aquel laberinto que fuera hasta entonces mi vida errante me parecía que esa sería la forma de  indagar la relación entre el orden del mundo y la existencia personal.
Por ahora, Eulogia, sólo puedo decirte que Buenos Aires me conquistó enseguida. Me aboqué, pues, a lo más urgente que era conseguir un lugar donde vivir. No acepté la hospitalidad que generosamente me brindó Juan Cruz. Él había llegado bastante tiempo antes que yo y tenía ya ganado un lugar en lo más granado de esa sociedad. Estuve algunos días en su casa, un enorme caserón con patio de baldosas adornado con grandes tinajones de barro y fondo con higuera, granados, naranjos y hasta parral. Yo anhelaba una vida independiente y me conformaba con mucho menos, con un cuarto pobretón en donde desparramar los libros de los que ya sabes me es imposible prescindir, los papeles que garrapateaba en las horas muertas con sonetos, décimas y quintillas y con los apuntes de filosofía tomados en las arduas clases y conversaciones con Monsieur Lavaysse, allá en Tucumán. Juan Cruz me presentó a Florencia Aguado, una solterona que ya frisaba los cincuenta y que, a falta de familia y otros recursos se ganaba el pan alquilando habitaciones. Tenía una negra a su servicio, Circuncisión, que se encargaba de lavar la ropa blanca y  también de zurcirla. Una de esas tardes lloviznosas me acompañó al que sería mi cuarto, el último de una galería que daba al patio, pues ya tenía otros pensionistas. La humedad que flotaba en el aire se colaba por todas las rendijas de la puerta y, en días de miasmas, Florencia ordenaba a Circuncisión que me sahumara la pieza para que los hedores no me empañaran las entendederas. Poco a poco me fue ganando aquella vida en la que empecé a conocer y alternar no sólo con cómicos, gente que no era considerada la nata de la sociedad, sino también con la llamada de pro. Pero esto te lo contaré más adelante. De inmediato se me presentó el urgente problema del pago del alquiler. De mi vida de soldado no traía un duro pues sabes ya del misérrimo pasar de aquel ejército de desarrapados. Comprenderás entonces que llegué a aquella ciudad, como vulgarmente se dice, con una mano atrás y otra adelante. Por esos caprichos de la fortuna, misia Florencia poseía un piano Clement heredado de un tío que viajó a París y del que nunca más se supo. Dicen que murió allí en un duelo. El piano estaba ubicado en un rincón de su sala adornada con sillones Luis XVI tapizados en terciopelo granate y cuyas paredes ostentaban  pinturas marinas. Un día me senté a él para desentumir mis dedos y ella se mostró tan entusiasmada con mis dotes musicales que cada tarde, cuando entraba de mis vagabundeos me suplicaba le tocara alguna sonata de Haydn o de Mozart pues teníamos parejos gustos musicales.

Recios aldabonazos se escucharon en la casa una de esas tardes. Circuncisión llamó a mi cuarto en donde, desde hacía algunas horas, me ocupaba en desentrañar un párrafo de Locke. Con los nervios trabándole el habla me dijo que unas señoras preguntaban por mí. Sentadas una junto a la otra en el sillón de la sala, dos mujeres, una ya madura y la otra una niña que apenas abría sus ojos a los engaños de este mundo, esperaban en un expectante silencio. Florencia había salido a sus quehaceres de novenarios y letanías, así es que no tuve más remedio que hacer yo de anfitrión. A la primer mirada comprendí que se trataba de  dos damas principales. La más grande no tardó en hablar con voz dulce aunque con un dejo de autoridad:
—Soy Clara Montalbán  de Funes— se presentó. Y señalando a la joven dijo —:Ella es Jimena, mi hija.
Contemplé con arrobo aquella figura de cautivadora languidez, de estilizada y aristocrática silueta. La dama continuó, imperturbable:
—Ayer pasamos por esta casa y escuchamos un piano. Misia Florencia nos comentó que el feliz intérprete de esa música era su nuevo pensionista, o sea usted.
  Asentí con la cabeza, sin disimular mis ojos fijos en la cara delicada de la joven, en su transparencia de porcelana, sugestiva para el pincel. De inmediato me sentí un Rodrigo Díaz de Vivar decidido a conquistar el  corazón de su Jimena. Doña Clara no cejaba en su discurso:
—He decidido que mi hija tome lecciones de piano con usted. Dígame el día que puede empezar y cuáles serán sus honorarios.
Yo no cabía en mí a causa del asombro y la satisfacción de que, de una manera tan fortuita, me viniera al encuentro la solución de mi problema monetario.
Fue así como Jimena comenzó a venir dos veces por semana acompañada de su madre, o en su defecto de la negrita que estaba a su servicio, que se llamaba Caridad. No tardé mucho en comprender que tenía un raro don para conferir emoción hasta a los ejercicios más simples, lo que me llevó a pensar que bajo aquella apariencia de etérea fragilidad se ocultaba un alma de artista.
Con Jimena comencé a vislumbrar lo precario de mi situación. Si bien Juan Cruz me había presentado ya a personas que se destacaban en el medio, la pobreza de mis recursos me inhibía el frecuentarlas. Soñaba con vestir a la moda, con pasear en coche por la ciudad como lo hacían las personas linajudas, con obtener de la vida lo que hasta entonces ésta me rehusara tal vez por mi propio descuido. Por esa misma época mi suerte dio un giro inesperado. Pero me canso, Eulogia. Ya no pido que escribas. Tan sólo que escuches estas palabras que hilvano mientras apartas con tu mano los mechones de  mi frente sudorosa, te recuestas sobre mi pecho y me dices que aún tendremos muchas horas para desplegar los recuerdos y yo siento que el deseo de tu cuerpo se agita en mi pecho como un pájaro herido y me pesa en los labios la sangre espesa de la sombra.
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Imagen: Tapa del libro de Paulina Movsichoff, Juan Crisóstomo Lafinur: la sensualidad de la filosofía. 
Fragmento de la novela homónima.

Primeras caricias del éxito



 (De Haydée Breslav)

 El 8 de enero de 1914 debutó en un escenario de Buenos Aires el dúo compuesto por Carlos Gardel y José Razzano. La presentación tuvo lugar en el teatro “Nacional”, de la avenida Corrientes 960.
El debut teatral se produjo poco después del que había cumplido el dúo en el lujoso cabaret “Armenonville”, ubicado en la intersección de la avenida Alvear y la calle Tagle. Las crónicas dicen que era frecuentado por hombres de lo que se llamó mucho tiempo la mejor sociedad y mencionan apellidos, entonces notorios, hoy perfectamente grises. Sólo el nombre de Jorge Newbery mantiene algo de brillo.
El show del local incluía la actuación de un conjunto típico in
tegrado nada menos que por Roberto Firpo al piano, Eduardo Arolas en bandoneón, Tito Roccatagliata en violín y Leopoldo Thompson en contrabajo. Recordemos sin embargo que el Zorzal todavía no había creado el tango canción, y el repertorio del dúo estaba compuesto en su totalidad por estilos, cifras, canciones criollas y otros ritmos folklóricos.
El dúo era muy celebrado por esa conspicua clientela, de la que formaban parte también las principales figuras de la escena nacional. Cuando, según contó Razzano, los oyó cantar Pablo Podestá, se lo comentó a Elías Alippi, quien, después de escucharlos a su vez, los invitó a presentarse en el teatro donde actuaba junto a Francisco Ducasse, con el que había formado una “compañía nacional de pochades y vaudevilles” en cuyo elenco revistaba, entre otros, Enrique Muiño.
Los cantores fueron contratados por veinte pesos por noche –suma exigua si se tiene en cuenta que en “Armenonville” cobraban setenta pesos, pero el precio de la platea había sido fijado en dos– como fin de fiesta de la compañía Ducasse-Alippi, que a la sazón estaba representando el vodevil “El paraíso” del francés Arthur Hannequin, obra no exenta al parecer de escenas escabrosas. No pasó mucho tiempo para que el fin de fiesta cosechara un éxito mucho mayor, tanto de público como de crítica, que la fiesta en sí.
No está de más consignar que el dúo cantaba acompañándose en guitarra, sin micrófonos, equipos de sonido ni nada por el estilo, de modo que los afortunados espectadores pudieron apreciar la voz de Gardel en todo su esplendor.
Las presentaciones de los cantores en el teatro Nacional se extendieron hasta el 20 de enero.
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Imagen: Dúo Gardel-Razzano.
Nota y fotografía tomadas del periódico barrial Tras Cartón  (Enero, 8, 2014).

10 ene. 2014

Milongueando



(De Alicia Grinbank)

 Este animal
jadeante
interrumpida novia en otros brazos
ese calor que trae el vino
respiración que es pulso
de la sangre
Pulverizada    escombro toda
cuando el danzarín toma mi cintura
no hay amor que me contenga
la impredecible fragmentada
la ígnea    la pequeña
llora ese vino por los ojos    suda
pierde la palabra
cae en la fosa      húmeda
no quiere saber
delicadezas
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Imagen: Tango de Hermenegildo Sábat  (Ilustración tomada de elarcadigital.com.ar

Arroyo Medrano: en busca del sueño perdido



(De Jorge Luchetti)

Retomar la idea de un arroyo a cielo abierto puede parecer descabellada para algunos. Sin embargo existe Planeamiento Participativo, un espacio para que el ciudadano pueda ejercer el derecho a soñar una ciudad mejor a través del ejercicio y difusión de ideas. Los detalles de un proyecto que acabaría con las inundaciones en Saavedra.

Sabemos que a finales del siglo XIX la sociedad porteña soñaba con una ciudad distinta, con una ciudad moderna, la cual se fue desprendiendo de su aspecto colonial para poder equipararse con las urbes más destacadas de Europa. Los porteños pusieron principalmente su mirada en París. De allí que muchos encuentren ciertos parecidos entre las dos ciudades. Para ello se comenzaron a proyectar grandes edificios públicos e importantes bulevares; además se embellecieron y se desarrollaron plazas y parques. Más tarde aparecerían el subterráneo y las principales estaciones ferroviarias como exponentes de la modernidad.
Dentro de este sueño de ciudad moderna se incluía la idea de los canales a cielo abierto, los que servirían de paseos y lugares de recreo. Así funcionó por años el trayecto del Medrano en el barrio de Saavedra. Como ya hemos mencionado en alguna otra ocasión, en la zona del Parque Saavedra -conocido como Paseo del Lago- se había construido un lago artificial, que tenía puentes levadizos y estatuas, donde navegaban góndolas; los chicos se bañaban en aguas trasparentes surtidas por el propio arroyo. La jerarquía del lugar se acrecentó por el maravilloso lago. Los rematadores comenzaron las ventas de estas tierras utilizando al espejo de agua como atractivo urbano.

UN PUERTO CERCA DE SAAVEDRA
También se planteó una idea fabulosa: convertir la desembocadura del arroyo en el segundo puerto de la ciudad. Para ello el Congreso había dictado en aquella época la Ley 2676, donde se autorizaba la construcción de dos canales navegables, uno desde la desembocadura del Medrano y el segundo por el arroyo Maldonado, que partiendo del puerto de Palermo empalmaría con el anterior. Dentro de las bases se preveía un ancho de unos 30 metros, con una profundidad no superior a los cinco. Se incluían dos avenidas a cada lado con empedrado, ocupando unos 15 metros de ancho de piedra macadamizada (piedra comprimida con rodillo), y un gran cantero verde con tres hileras de árboles. Esto se concretaría con la inclusión de un tranvía que uniría los puertos de embarque y desembarque. El ambicioso plan de canalizar el arroyo y convertirlo en un segundo puerto de la ciudad incluía, además, la idea de levantar el Hotel de Inmigrantes en donde hoy está el Parque Saavedra.
En 1919 el proyecto fue archivado, cuando Obras Sanitarias de la Nación recomendó el entubamiento de los arroyos porteños como plan de urgencia para evitar las inundaciones que sufrían con frecuencia los barrios bajos. Por otra parte, esta nueva propuesta despertó interés ya que el entubado de los arroyos permitiría construir amplias avenidas. Además las aguas contaminadas por fábricas y curtiembres, como sucedía en el caso del Maldonado, quedarían ocultas, algo así como esconder la basura debajo de la alfombra. En 1933 comenzaron los trabajos de entubamiento y el sueño de un lugar distinto se terminó. Hoy estas aguas llevan décadas encerradas, el Paseo del Lago se perdió, la idea de puerto fue abandonada y las inundaciones año tras año se agravaron, pasando a ser un verdadero problema para Saavedra y los barrios aledaños.
En la edición de 1896 de la guía realizada por Jacobo Peuser, se publica un plano de la Ciudad de Buenos Aires donde se pueden apreciar cómo surcaban la ciudad los arroyos a cielo abierto. El Medrano es uno de los arroyos más importantes que tiene Buenos Aires y se forma a través de tres pequeños afluentes. La cuenca del arroyo Medrano tiene un área superior a las 5.000 hectáreas, de las cuales 1.713 corresponden a la Ciudad de Buenos Aires y las restantes a la Provincia de Buenos Aires. El Medrano posee una silueta sutilmente redondeada, producto de recolectar las aguas de sus afluentes. El suelo del arroyo, al igual que en todo este territorio, se asienta en el macizo cristalino de Brasilia, que es uno de los basamentos más antiguos del planeta.
El relieve original del lugar estaba constituido por pequeñas lomadas que formaban la llamada Pampa Ondulada, la cual se alteró a través de las intervenciones urbanas tras el crecimiento de la ciudad a lo largo del tiempo. La escasa pendiente del lugar evita que las aguas tengan fácil escurrimiento cuando las lluvias son importantes. Esto se acrecienta cuando hay sudestada, provocando que un incremento de las aguas del Río de la Plata vuelvan a los arroyos. En las zonas bajas era característica la abundancia de camalotes. También habían, próximos a su desembocadura, entre la barranca y el río, tupidos pajonales que alcanzaban hasta dos metros de altura. Hoy parte de estas zonas bajas fueron ganadas al río, de allí que también sean inundables.
En la actualidad el arroyo recibe el aporte pluvial proveniente de los partidos de Tres de Febrero, San Martín y Vicente López. Ingresa a la ciudad entubado, con excepción de un tramo cercano a la desembocadura con el Río de la Plata que permanece a cielo abierto. El límite entre ambas jurisdicciones -Provincia y Capital- está determinado por la avenida General Paz. La cuenca porteña ocupa la zona noroeste de la ciudad de Buenos Aires y comprende los barrios de Villa Devoto, Villa Pueyrredón, Villa Urquiza, Coghlan, Saavedra y Núñez.
El nombre que recibió el arroyo es consecuencia de que estas aguas pasaban por la propiedad de don Pedro Medrano de de la Vega, quien en 1744 adquirió estas tierras. Luego las heredaría su sobrino Luis María Saavedra, nieto del prócer.

RETOMANDO EL SUEÑO
Como ya expusimos en alguna oportunidad, el entubamiento de los arroyos no fue una solución acertada. Ya pasaron 80 años desde que estas aguas quedaron aprisionadas bajo la ciudad y el resultado no fue satisfactorio. Buenos Aires se siguió inundando y con mayor frecuencia, en gran medida debido al desborde de estos pequeños ríos. Por otra parte, sabemos que más allá de la necesidad de aumentar la cuenca del arroyo habrá que retomar aquel viejo proyecto ideado en 1925, según el cual se planteaba un sistema de reparo en las desembocaduras de los arroyos para disminuir los efectos de la sudestada. Esto es fundamental, ya que al producirse el reflujo de las aguas distintos sectores de la metrópoli comienzan a inundarse. Las gravísimas consecuencias de la última inundación que padeció nuestra ciudad, en abril de este año, han puesto sobre el tapete la eficacia del ensanche del entubamiento como única modalidad de obra hídrica que pueda enfrentar los efectos de las inundaciones.
Planeamiento Participativo es una red social donde se proyecta un espacio para ejercer nuestro derecho a soñar por una ciudad mejor, a través de la difusión de ideas y propuestas reales. Su objetivo es tomar medidas en el barrio contra las inundaciones, buscando soluciones rápidas, económicas y efectivas que no pasan por la construcción de un solo reservorio. Plantea la construcción de nueve de estas cisternas y un paseo inundable que llegue hasta el Río de la Plata.
La idea de un paseo peatonal sobre la Av. García del Río, por debajo del nivel de la calle actual, desde su intersección con Ciudad de la Paz hasta la desembocadura del arroyo Medrano en el Río de la Plata, tiene una doble función. El objetivo de la obra es que empiece a actuar como acequia contenedora y encausadora del agua en caso de precipitaciones, a fin de evitar el anegamiento de las zonas circundantes. El nivel de piso del paseo es el actual techo del arroyo Medrano entubado y la obra se complementa con espacios verdes de parque lineal a ambos lados. La calzada del paseo incluye bicisenda a los costados del arroyo.
La idea es que, mientras no llueva, el paseo permita la circulación peatonal y ciclística en todo el trayecto de García del Río, con espacios verdes como complemento de esparcimiento, reconectando así al barrio con el río y facilitando el acceso a los parques costeros. En días de lluvias fuertes, el lugar se transformaría en acequia, lo que evitaría el estancamiento e inundación de las calles aledañas.
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Imagen: El arroyo Medrano corriendo a cielo abierto a su paso por el Club Náutico Buchardo, próximo a su desembocadura en el Río de la Plata.
Nota e ilustración tomadas del periódico “El barrio”, Enero de 2014.

El barbero de Saavedra



(De Hugo Salerno)

Ernesto tiene nombre de guapo
como "El pibe»" el del violín
o aquel médico del libro y el fusil.
Y tiene de apellido Garabato,
nombre para tener en cuenta,
cuando por oficio
maneja la navaja.
Protector de su cuadra
no le toquen al árbol la vereda
ni a los vecinos,
ni al retrato de El Polaco
al que con la esgrima de la birome
versificó en un tango.
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               Ilustración: Antigua máquina de cortar el cabello.

9 ene. 2014

Acerca del Domingo siete



(De Luis Alposta)

En nuestro lenguaje cotidiano recurrimos con frecuencia a expresiones, de significado bien preciso, de las que desconocemos su origen.
Aunque muchas de ellas nos puedan dejar en ayunas con respecto a las circunstancias en que se generaron, otras, en cambio, encienden la imaginación. Tal el caso de la locución salir con un domingo siete, que, según una leyenda salvadoreña que conocí a través de Rafael Jijena Sánchez, ha tenido este origen:
Un leñador con su burro, después de haber estado perdido en el bosque durante la noche, llegó a una vieja casona. La puerta estaba abierta y de la habitación central, iluminada, provenían voces y cantos. La curiosidad lo hizo entrar y, escondido detrás de unas columnas, vio a unas brujas que bailaban y cantaban: Lunes, martes, miércoles tres... lunes, martes, miércoles tres. Y él, no pudiendo contenerse, salió del escondite y agregó: jueves, viernes, sábado seis. Las brujas lo rodearon y antes de despedirlo le llenaron sus alforjas con monedas de oro.
Ya en su casa, le contó la historia a su mujer. Historia que escuchó también su comadre, quien, a su vez, instó a su marido para que hiciese lo mismo. Y el pobre hombre, después de dar un sin fin de vueltas por el bosque ubicó finalmente la casona. Entró y vio a las brujas que, ahora, bailaban y cantaban: lunes, martes, miércoles tres, jueves, viernes, sábado seis. Él, sólo atinó a agregar: domingo siete.
Las brujas lo despacharon llenando sus alforjas con basura. Su pecado fue haber roto el ritmo. Haber salido con un domingo siete. 
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Imagen: Noche de brujas.
El texto y la ilustración fueron tomados de los "Mosaicos porteños" del autor. 

4 ene. 2014

David



(De Paulina Movsichoff)

Apenas llegó a la capital, David se empeñó en conseguir algún trabajo, no tanto porque la renta  que sus padres le enviaban le resultara insuficiente, sino porque deseaba liberarlo cuanto antes de la carga de mantenerlo. A través de la dueña de la pensión consiguió el empleo en una fábrica de galletas por el lado sur de la ciudad y decidió trasladarse a esa zona. Su nueva vivienda fue, pues, el conventillo que antiguamente sirviera de residencia a un Virrey. Nadie hubiera dicho que el cuarto donde ahora funcionaba el taller de planchado fuera el dormitorio de la virreina ni que en aquel patio de mosaicos pringosos en donde pululaba una heterogénea muchedumbre el Virrey jugara al tresillo con sus amigos. Ahora el edificio era un sórdido ámbito  en donde los cuartos se parecía más a palomares que espacios habitados por seres humanos. David pasaba afuera la mayor parte de  su tiempo que repartía entre la fábrica, las idas a la Facultad de Medicina y el estudio. Después de poco más de un año de vivir allí, casi no tenía relaciones entre los pensionistas. Sólo hablaba con Berenice, una de las planchadoras del taller. Era ella quien lo entretenía narrándole la historia de cada uno de los personajes con que se cruzaba en el patio y que lo saludaban como si lo conociesen de toda la vida. Pero era la historia de la propia Berenice la que lo atribulaba particularmente. Ella se lo refirió una tarde de diciembre, cuando sacaron sillas a la vereda para recibir el fresco de la calle luego de una agobiadora jornada. Trabajaba más de diez horas diarias para mantener a sus tres hermanos de los cuales era el único sostén. La madre era genovesa. Se llamaba Azucena y llegó al país siete años después que el marido. En un primer momento le pareció que jamás podía adaptarse al idioma, el mate y las dos piezas del conventillo en donde se encerraba a llorar la nostalgia de su aldea, de su madre y de sus amigos. Poco después comenzaron a venir los niños y el dinero escaseó en forma alarmante. Entonces recordó las palabras de su abuela: "A la mujer que no trabaja se la lleva el diablo" y comenzó a buscar ocupación. Como sabía coser, una amiga la conectó con el taller de costura en donde trabajó varios años como dependienta. Cada año, Azucena traía al mundo un crío y debía repartir sus magras fuerzas entre el taller, el cuidado de los niños y del marido. Con grandes sacrificios pudo comprarse una máquina de coser y esto la alivió de modo considerable, ya que en adelante no necesitó salir de la habitación. Los mayores comenzaron a trabajar en la fábrica apenas llegaron a los diez años y Berenice la ayudaba cuidando al más pequeño o pegando botones o cosiendo ruedos. Cuando murió su marido, en un accidente de la fábrica, Azucena se vistió rigurosamente de negro y siguió cosiendo. Una tarde de invierno, Berenice la encontró muerta, el dedal en la mano y la aguja enhebrada. Desde entonces planchaba. Las continuas horas de pie fueron la causa de sus várices prematuras y de un crónico dolor en la espalda. A David le resultaba penosa la idea de que aquella niña-mujer debiera pasar la vida en el cuarto de planchar. Pensaba que, si su corazón  no hubiese estado ocupado en el recuerdo de Luz, no le habría sido difícil enamorarse de ella. En realidad había desistido ya de la búsqueda. En los primeros tiempos de su llegada creyó reconocerla varias veces en la calle durante sus paseos y el corazón se le sobresaltó. Pero todo no pasó de un error. Por las noches, cansado de estudiar en la mísera pieza, se dedicaba a recorrer minuciosamente los barrios de la ciudad con la esperanza siempre renovada de encontrarla. Anduvo en todos los teatros sin que nadie pudiese orientarla sobre su paradero. El nombre de Amparo Infante y el de Luz, su hija, parecía no haber tocado jamás los oídos de aquellos empresarios a los que abordaba después de las funciones y que lo miraban con un dejo de distraída conmiseración. Cuando se cansó de los teatros comenzó el peregrinaje por la zona del puerto. Le gustaba internarse en ese atronador movimiento de marineros, inmigrantes y hampones entre los que pululaban borrachos y mujeres de mala vida que a la luz indecisa de los faroles se le antojaban máscaras trágicas. Una noche le pareció divisar a Amparo por una de las calles del centro. Había pasado varias horas deteniéndose ante escaparates inundados de chucherías, relojes, llaveros cortaplumas y sevillanas. Entre ese remolino de colores, olores y ruidos, vio avanzar a una mujer de cabellera rojiza y silueta parecida a la de Amparo que lo miraba como si lo reconociese. David se apresuró a salvar la distancia que los separaba pero cuando estuvo enfrente de ella comprobó una vez más que se había equivocado. La mujer murmuró una invitación y, cuando David la esquivó musitando una disculpa, ella lanzó una carcajada que resonó en la recova como una burla cruel.
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Imagen: Pintura al óleo de la recova de Pío Collivadino.
Tomado de la novela de Paulina. Movsichoff: Todas íbamos a ser reinas.