8 feb. 2014

El terremoto de San Juan



(De Mario Bellocchio)
  
A las 9 menos diez de la tarde-noche del 15 de enero de 1944 se producía la mayor catástrofe de origen natural de que se tenga registro en nuestro país en cuanto a la destrucción y el número de víctimas fatales consecuentes. Un terremoto de 7.4 grados en la escala de Richter derruía completamente casi la totalidad de las viviendas de la ciudad de San Juan. El fenómeno duró apenas 90 segundos pero su intensidad y la precariedad de las construcciones, muchas de ellas de adobe,  fueron letales. Cuentan las crónicas de la época que “En pocos segundos se derrumbaron más del 90 % de las edificaciones. Apenas entre 30 y 40 casas permanecieron intactas. De inmediato se interrumpieron los servicios públicos y sobrevino el caos. Al día siguiente, aproximadamente cuatro mil cadáveres fueron apilados y por recomendación de las autoridades sanitarias se los quemó para evitar epidemias. El 10 % de la población fue arrasado, murieron 10 mil personas y otras 12 mil resultaron heridas. Más de mil niños quedaron huérfanos y otros cientos separados de sus padres que aún vivían”.
 Recuerda el “Diario de Cuyo” que: “Desde la mañana los animales se habían comportado de manera extraña: los gallos no cantaron al amanecer sino al atardecer, los caballos relincharon inquietos y los perros, gimiendo, quizá de miedo, buscaron sin cesar algún lugar oscuro donde refugiarse. Pero nadie se apercibió de lo que anunciaban y cuando las grietas se abrieron, ya era demasiado tarde: en minutos todo se vino abajo, la Catedral incluida.
Y hasta los que habían logrado escapar hacia la calle, fueron aplastados por la mampostería de los viejos edificios que se bambolearon y finalmente cayeron, incapaces de resistir, porque inexplicablemente –desde 1900 se sabía que San Juan estaba situada en zona altamente sísmica– no habían sido hechos para eso”.
[…] “como era usual los sábados, a la hora en que se produjo el terremoto se celebraban casamientos en las principales iglesias, cuatro de las cuales –Concepción, Catedral, Trinidad y La Merced– se derrumbaron sobre los contrayentes, los sacerdotes y centenares de invitados”.
“El Regimiento 22 de Infantería de Montaña organizó en la madrugada del 16 de enero los primeros socorros a la población y dos trenes, uno mendocino y otro cordobés, llegaron de inmediato con personal médico para asistir a los heridos. Inclusive los 500 presos de la cárcel de Marquesado fueron liberados para que auxiliaran a sus familiares”.
“Miles de heridos de gravedad comenzaron a ser llevados al día siguiente en tren o en autos de familiares a hospitales de provincias vecinas, ya que los de San Juan habían resultado dañados y se carecía de luz eléctrica”.
“Ese 16 al mediodía, el coronel Juan Domingo Perón habló por la Red Argentina de Radiodifusión: ‘Se hace necesario ahora la colaboración del pueblo argentino que reclamo en estos momentos y que, descuento, se concretará en los cuatro puntos cardinales...’, dijo”.
“El terremoto cambió totalmente la fisonomía de San Juan, que de ciudad colonial pasó a ser moderna y antisísmica, pero la reconstrucción no fue una tarea fácil: duró hasta 1960 y demandó la ayuda suplementaria de la Nación”.
 “Tras el acto de beneficencia en el Luna Park, donde Perón conoció a Evita, también los porteños se movilizaron para ayudar: en los días subsiguientes comenzaron a salir desde Buenos Aires trenes cargados con alimentos y ropa para los damnificados”.
 “Cuando Eva Duarte se encontró por primera vez con Juan Domingo Perón en el Luna Park, la noche del 22 de enero de 1944, en que se daba una función artística de beneficencia de los damnificados por el terremoto de San Juan, ella le dijo: ‘Gracias por existir’. O no se lo dijo nunca, para los términos de la historia mezquina que resiente de imaginaciones, porque la frase la inventó Tomás Eloy Martínez […] en su novela Santa Evita” (1)
 La intervención del Estado nacional junto al provincial fue inmediata. El ejército se encargó de la seguridad, removió escombros, retiró víctimas, limpió rutas y organizó el auxilio. Simultáneamente, se puso en marcha el mayor operativo sanitario de ayuda que registra la historia argentina en el que, incluso, se estableció un puente aéreo con Santiago de Chile.
Al otro día, en representación del presidente Ramírez, Juan Domingo Perón, como flamante secretario de trabajo, habló al país por la cadena radial informando sobre la situación y anunció la realización de una única colecta oficial de ayuda a las víctimas convocando a toda la ciudadanía a reunirse el lunes 18 en el actual Palacio Legislativo porteño, por entonces sede de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Ese mismo lunes, día de duelo nacional, el gobierno, temiendo disturbios y enfermedades, dispuso la evacuación de la capital sanjuanina. En cinco días fueron trasladadas más de 21 mil personas, decenas de miles por ferrocarril en trenes especiales, cientos en camiones. Tan solo Mendoza recibió 18 mil refugiados.
 Donaciones, colectas, festivales y, en general, una movilización popular nunca vista otorgaron el debido marco solidario a la catástrofe.
“Estamos en el cuarto día de actividad. Se han reunido ya por contribución popular ocho millones de pesos en efectivo. Se han recibido importantes donaciones en mercaderías cuyo valor alcanza también a 17 millones de pesos. Hemos enviado para atender las necesidades de San Juan, veinte trenes con una carga total de 600.000 kilogramos integrada por víveres, ropas, medicamentos, instrumental quirúrgico, camas, colchones y otros enseres reclamados con urgencia. Utilizando aviones del ejército, la armada y empresas particulares, se ha remitido gran cantidad de elementos sanitarios, así como personal técnico. Mucho nos queda aún por hacer”, dijo al país por radio el Secretario de Trabajo y Previsión la noche del miércoles.
La obra de la Secretaría fue enorme. Diariamente proveyó alimentos a 45.000 sobrevivientes y 18.000 refugiados. A Retiro arribó el primer tren con evacuados y Perón les dio la bienvenida. La mayoría era gente humilde que había perdido todas sus pertenencias.
El 4 de abril de 1944, en un acto efectuado en la Casa de Gobierno, Perón puso en manos de su amigo Edelmiro Farrell, ya presidente –con quien había compartido el ringside del Luna Park la noche del fatídico sábado 15 de enero–, la recaudación de la “Colecta Pro Víctimas del Sismo de San Juan”, algo más de 33 millones de pesos de aquella época. Ya vendría la laboriosa y prolongada reconstrucción, pero ese acto tenía un simbolismo solidario muy especial: instituciones y pueblo habían asumido, con su denodada tarea, el compromiso de ponerse a la altura de las aciagas circunstancias.
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(1) Sergio Ramírez para “La Nación”. Barranquilla, Colombia.

Fotografía: Tapa del diario "Crítica" en su quinta edición.
Nota e imagen tomadas del periódico "Desde Boedo".

La sombra del italiano en el habla porteña



(De Fernando Sánchez Zinny)

Una nota leída en el diario, me permitió, los otros días, recuperar algo que tenía por completo traspapelado en el revoltijo de la memoria: en correcta habla gnomo se pronuncia “nomo”, prescindiendo del sonido de la ge, si bien se admite, como variante arcaica, intentar la hazaña de no hacerlo, procurando, en ese caso, que esa ge suene lo más débil posible de suerte de reducir al mínimo la intromisión de la inevitable vocal. Aseguro que yo trato, intento o me afano en pronunciar algo así como g-nomo –o g-nosis– y también que hasta cierto punto, pero no del todo, salgo bastante bien librado en tal aspiración que en este caso es literal, en cuanto a la secuencia.
La norma es clara y comprensible: cultismos castellanos derivados del griego es natural que, aun ajustando la ortografía al origen helénico, al pronunciarlos debamos atenernos a la posibilidad fónica que se nos consiente; corresponde, pues, también pronunciar con la referida quita gnoseología y otras, aunque convengamos que con esa palabra, como con la mencionada gnosis y con gnóstico, por lo común nos defendemos mejor, siendo además términos que sólo merodean bocas y peroratas eruditas, o al menos pretenciosas. Pero con gnomo, pasa que en Buenos Aires 999 personas de cada mil dicen “ñomo”, en flagrante italianización de lo escrito. Por supuesto, muchas de ellas saben o intuyen que afrontan el pecado de barbarismo y, puestos ya a la defensiva, optan por evitar el vocablo y por apelar a sustitutos razonables como enanito, genérico que incluye los gnomos pero que no los describe exactamente. Nos valemos entonces de la expresión consagrada “enanito de jardín” cuando en realidad se trata de un gnomo de jardín, con su gorro de dormir y demás atuendo mítico. E igual proceso de adaptación afecta a los siete de Blanca Nieves.
Pienso que en nuestro medio, tan y tan frecuentado por italianos y por lo italiano, ese relativo desbarre es una falta venial y, desde ya, esperable. Acostumbrados como estamos al senza vergogna (“vergoña”), y sobre todo a la marea de apellidos: Agnelli (Añeli), Magnasco (Mañasco), Cavagnaro (Cavañaro), Cagna (Caña), se me hace casi imperativa la internalización inconsciente de que la contigüidad de la ge y la ene equivale al sonido de la eñe. El caso me parece que ilustra de maravillas la intensa influencia del italiano en nuestra habla, que va mucho pero mucho más allá de las contribuciones al vocabulario jergal del lunfardo, habitualmente puesto como ejemplo exclusivo.
Basta con citar, en tren de hallar más campos de ese influjo, nuestro limitado y macarrónico latín de entre casa: riquiescat in pace se convierte para nosotros –asimismo por culpa de los curas, es verdad– en riquiescat in pache, con la curiosidad de que, a la vez, volvemos muda la u, tal como cuadra al castellano, con lo que finalmente tenemos un “descansa en paz” en latín cocolicheado.
Pero hay otro uso aproximadamente universal, que ha adquirido ya plena ciudadanía rioplatense, por lo que no vale la pena quejarse sino que, más bien, conviene asumir las cosas tales como son: es una vulgaridad de manual que en nuestro idioma la be y la ve suenan igual, o mejor dicho, que ésta última carece de sonido propio y sólo existe el de la be larga, que es labial; digamos: bobo. Tan verdad asentada y remota es ésta que desde siempre la preceptiva poética considera rimas perfectas –es decir, “consonantes”– palabras como esclavo, rabo, lavabo, cavo, cabo y recabo.
De acuerdo: pero cualquiera que haya caminado las calles de Buenos Aires, o de la Plata, o de Rosario, o de Montevideo, cualquiera que haya recorrido la Pampa Húmedala Pampa Gringa y aun las pampas ondulada o deprimida, sabe que en el rincón rioplatense del subcontinente esa regla no rige. Para nosotros las dos letras se distinguen perfectamente: la be larga tiene sonido labial y la ve corta, el labiodental y fricativo del francés… o del italiano. Y supongo –en tanto nadie me argumente en contrario de manera convincente– que esa peculiaridad lingüística es también legado de la inmigración peninsular: aquí bodegón, berenjena y bebedero suenan con una suavidad perceptiblemente diversa a la forma ahondada de varadero, vozarrón o viñeta. A todas luces –y orejas–, la ve de vaca no es la de burro, ni la be de batata la de vicuña.
De este modo, para nosotros barón y varón no son homófonos y nos resultan sumamente ridículos los vascos cuando en su clímax patriótico anotan de sí que son “baskos”, pues se nos hacen vascos lavados, posiblemente con lavandina.
Consigné, unos renglones atrás, que confiaría en lo que expongo en tanto no sea refutado congruentemente. Lo digo porque de esta cuestión vengo hablando desde hace tiempo  con personas diversas, sin que nadie acierte a aportar datos que induzcan a pensar distinto. Alguien ya fallecido y al que mucho estimé, profesor y latinista, afirmaba que la inmemorial identidad castellana entre ambas letras se había alterado modernamente debido a la alfabetización generalizada. Creía que ante clases cada vez más concurridas los maestros habían buscado facilitar el aprendizaje de la ortografía inventando una diferencia fonética entre esas letras, lo que de ser real –yo le objetaba– debería hacer que esa distinción existiese en todo el ámbito del idioma y no únicamente en la región rioplatense. Pero no es así y esto me confirma en la persuasión de que ese cambio se debe, en lo fundamental, a nuestros tanos.
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Imagen:  Llegada de inmigrantes al puerto de Buenos Aires. (Foto de documentositalianos.com.ar)

6 feb. 2014

La migración china hacia la Argentina




(De Laura Lucía  Bogado Bordazar)

El fenómeno de las migraciones internacionales no es nuevo, por el contrario, desde sus orígenes el hombre se ha trasladado de un lugar a otro movido por los más diversos factores: guerras, epidemias, hambrunas, sometimiento a situaciones de esclavitud, motivos económicos, demográficos, religiosos, entre otros. En las últimas tres décadas, los movimientos de personas en el mundo entero se han multiplicado, fundamentalmente por razones laborales, lo que ha transformado, en algunos aspectos, la dinámica poblacional de la sociedad internacional.
Al introducirnos en el estudio del proceso migratorio que se desarrolló en la República Popular China (China) y para conocer cómo se originó la ruta de acceso a nuestro país es necesario mencionar la situación particular de la región Asia Pacífico. Esta zona concentra el 50% de la población mundial y tiene el mayor mercado de trabajo del mundo. Solo la población económicamente activa de China ronda los mil millones de trabajadores y ese país presenta uno de los crecimientos demográficos más acelerados. La región Asia Pacífico ha experimentado, además, índices de crecimiento económico explosivos, sobre todo a partir de la década del ochenta, en Japón, Corea del Sur, Singapur, Hong Kong, Malasia, Tailandia y China, factor que ha influido de manera decisiva en los movimientos de personas y de mano de obra de un país a otro.
En el caso de China, su crecimiento sostenido ha sido el resultado del proceso de reformas económicas y “apertura” política que se inició a partir de 1978 (con el presidente Deng Xiaoping), y que produjo cambios importantes en todas las áreas de la sociedad. La flexibilización laboral y las privatizaciones –que liberaron grandes contingentes de trabajadores, muchos de los cuales no pudieron ser reabsorbidos por el mercado interno–, la movilidad campo-ciudad, la polarización de la distribución de la riqueza con la consecuente ampliación de la brecha entre ricos y pobres, y la migración regional e internacional fueron algunas de esas transformaciones.
Estos factores, sumados a las tendencias emigratorias que han caracterizado a los chinos a través de la historia, impulsaron el desplazamiento hacia una multiplicidad de destinos, entre ellos la Argentina.
Una fotografía de la distribución de los migrantes chinos, llamados chinos de ultramar, nos revela que alrededor de 64 millones residen fuera de China (China continental y Taiwán) y se distribuyen en los seis continentes. Según el Informe PNUD de 2009, el 64% del total de estos migrantes se concentra en la región Asia Pacífico, aunque en los últimos años ha aumentado la migración hacia países no asiáticos. El 23,3% se ubica en los Estados Unidos; el 7,2%, en Europa y el 0,9%, en América latina y el Caribe.
Si bien se encuentran migrantes chinos en aproximadamente 140 países, hay una correlación entre los lugares donde se forman las colonias más numerosas y los países geográficamente más extensos y los más ricos. Los migrantes chinos se concentran en las zonas urbanas de los países receptores y, sobre todo, en las grandes ciudades. En estas páginas iremos viendo cómo este esquema se reproduce en la Argentina.

UNA MIGRACIÓN NUEVA
Si bien la Argentina es un país con tradición inmigratoria, cuya sociedad se fue conformando, desde fines del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, con la integración y promoción de migrantes provenientes en su mayoría de Europa occidental, no desarrolló ninguna política explícita respecto de otras poblaciones como, por ejemplo, la china. Es más, aún pervive en la Constitución el artículo 25 que “fomenta la inmigración europea”.
Ahora bien, a comienzos de la década del ochenta, la Argentina empezó a recibir el primer flujo importante de migrantes chinos provenientes –en su mayoría– de la isla de Taiwán. En esos años, los motivos y las modalidades de emigración estuvieron relacionados, fundamentalmente, con el “factor miedo” de los habitantes de Taiwán frente a los rumores de expansión del sistema comunista chino hacia la isla, bajo el lema: “Un país, dos sistemas”. También influyó la necesidad de mejorar la calidad de vida del grupo familiar que parecía deteriorarse a causa de la “explosión demográfica”. Taipei, principal urbe de Taiwán, mostraba índices muy altos de densidad de población, con los problemas sociales, ambientales y de calidad de vida que ello implica. Estos motivos influyeron en la voluntad de emigrar de familias que, en general, elegían aquellos países donde residía algún pariente o amigo que le pudiera aportar conocimientos sobre la situación política y socioeconómica del lugar.
En esa época nuestro país retornaba al sistema democrático y prometía un desarrollo económico más dinámico que el de décadas anteriores. Esta coyuntura se presentó como una alternativa tentadora para los migrantes, que centraban su búsqueda en la seguridad personal/familiar y el bienestar económico como características fundamentales del país receptor.

LA FINALIZACIÓN DE LA REVOLUCIÓN CULTURAL EN CHINA […] ACELERÓ EL PROCESO EMIGRATORIO PRINCIPALMENTE DE JÓVENES, QUE COMENZARON A TRASLADARSE SOLOS (SIN EL GRUPO FAMILIAR), SIN CONTRATO DE TRABAJO Y CON MUY POCO CAPITAL PARA ESTABLECERSE EN EL EXTERIOR.
Ese primer flujo se caracterizó por la emigración del grupo familiar con capital propio, modalidad que resultó decisiva para su desarrollo económico. Esta situación facilitó la integración de los migrantes y la conformación de una colectividad china estable en la Argentina. Impulsó, además, el progresivo surgimiento de asociaciones civiles nacionales, que ampliaron su vinculación a otras redes internacionales y regionales de chinos de ultramar. Comenzaban, entonces, a funcionar las “redes de clanes” y en un ámbito más reducido, las “redes familiares”, como un sistema de contención para los nuevos migrantes, que les brindaba ayuda con el hospedaje y el idioma, asistencia en la búsqueda de trabajo, contactos y soporte psicológico. Los chinos de ultramar le asignan un valor fundamental a sus grupos familiares, pues consideran que la “trama de relaciones y lealtades” son su capital más importante. En la Argentina existen actualmente unas 14 asociaciones, congregadas de acuerdo con las regiones de procedencia de China y Taiwán, la religión que practican o la actividad económica que desempeñan, pero no se han nucleado en una asociación central, como sí sucedió en otros países donde se asentaron comunidades chinas.
El segundo flujo migratorio importante hacia la Argentina se inició en la década del noventa y se relaciona con un conjunto de factores diferentes de los del período anterior. La finalización de la Revolución Cultural en China (1989) trajo como consecuencia una mayor “apertura y flexibilización” que, entre otros motivos, aceleró el proceso emigratorio principalmente de jóvenes, que comenzaron a trasladarse solos (sin el grupo familiar), sin contrato de trabajo y con muy poco capital para establecerse en el exterior. En ese escenario, la Argentina resultaba un destino atractivo por el crecimiento económico que experimentaba y por la presencia de “paisanos”, de quienes –como ya dijimos– estos nuevos migrantes, en su mayoría provenientes de las regiones costeras del continente chino, esperaban recibir algún tipo de asistencia para su instalación.
Hacia fines del año 2000, fuentes extraoficiales coincidían en estimar que la comunidad china residente en la Argentina se acercaba a las 50.000 personas, de las que aproximadamente la mitad eran taiwaneses. Hasta los primeros años de la década del noventa, los chinos provenientes de Taiwán habían superado en número a los continentales, pero a partir del año 2000 esta tendencia comenzó a invertirse. Lógicamente, la grave crisis económica y política que afectó a la Argentina en 2001 representó un freno para la inmigración china. Se verificó incluso una corriente emigratoria de población china residente en la Argentina, y se conocieron casos de grupos familiares que reemigraron hacia otros países del continente, como Chile, México y el Brasil, que ofrecían estabilidad económica.
Esta retracción inmigratoria se mantuvo hasta el año 2005, cuando las nuevas proyecciones de crecimiento económico y la estabilidad social del país resultaron otra vez atractivas para los contingentes chinos. De esta manera se distinguen tres grandes flujos migratorios hacia la Argentina. En la actualidad se estima que la comunidad china residente asciende a 70.000 personas.
Por último, no podemos dejar de mencionar la sanción de la Ley Nacional de Migraciones (2004), que representó un amplio reconocimiento de los derechos de los migrantes y la aprobación de un programa de normalización documentaria, que favoreció la regularización de la situación de muchos de ellos. En este sentido, y según datos oficiales, en el año 2005 se regularizaron alrededor de 9000 migrantes provenientes de China.

ENTRE LA CULTURA ORIENTAL Y LA OCCIDENTAL
Mediante un relevamiento de personas de la comunidad china elegidas al azar en las ciudades de Buenos Aires y La Plata y una serie de entrevistas realizadas a miembros “destacados” de la colectividad, representantes de asociaciones comerciales y civiles y funcionarios de la Embajada de China, es posible elaborar un perfil de esta comunidad. En primer lugar, se puede afirmar que la convivencia entre chinos y taiwaneses residentes es totalmente pacífica y, en general, los migrantes entrevistados han reconocido idéntico origen y cultura.
Se trata de una población joven, en una etapa económicamente activa, aunque ya se puede hablar de la existencia de una “segunda generación”. Por otro lado, se caracteriza por un elevado nivel de instrucción (con estudios secundarios completos, terciarios y universitarios). En la mayoría de los casos, además, aprenden el idioma español después de llegar al país.
Los entrevistados coincidieron en expresar su tendencia y necesidad de mantener acciones y prácticas propias de su cultura como el idioma (chino mandarín) en los hogares, la medicina, las costumbres alimenticias, la celebración de fiestas tradicionales y, especialmente, los matrimonios dentro de la comunidad. Como parte de la decisión de conservar su cultura, se han establecido tres colegios chinos en la ciudad de Buenos Aires, a los cuales asisten, en su mayoría, los hijos de los migrantes y donde reciben en forma extracurricular (porque son instituciones no habilitadas oficialmente) programas de historia, cultura e idioma chino. A estos colegios también pueden asistir argentinos. En Buenos Aires se editan tres periódicos semanales con noticias internacionales, nacionales y locales escritos en chino mandarín, que se distribuyen entre la comunidad. En cuanto a la religión, un porcentaje elevado de estos migrantes (48%) practica el budismo.

LOS CHINOS DE ULTRAMAR LE ASIGNAN UN VALOR FUNDAMENTAL A SUS GRUPOS FAMILIARES, PUES CONSIDERAN QUE LA “TRAMA DE RELACIONES Y LEALTADES” SON SU CAPITAL MÁS IMPORTANTE.
Por otra parte, y siguiendo la tendencia que caracteriza a la mayor parte de las comunidades chinas en el mundo, en la Argentina, los chinos también se establecen en las zonas metropolitanas. Los principales centros son la ciudad y la provincia de Buenos Aires, y en menor proporción, las provincias de Santa Fe, Córdoba, Santa Cruz, Río Negro, Corrientes, Mendoza, Entre Ríos y San Juan.
Se dedican principalmente a la actividad comercial, y dentro de esta se concentran en los rubros de gastronomía y autoservicio (comercios de venta minorista de alimentos). La Cámara de Autoservicios y Supermercados de Propiedad de Residentes Chinos (Casrech) cuenta con 6000 asociados, ubicados en diversos puntos del país, de los cuales 4800 se hallan en la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires. Desarrollan, además, otras actividades como servicios de turismo, medicina, taller mecánico, peluquería, importación-exportación, etcétera.
Desde hace ya algunos años, en el barrio de Belgrano de la Ciudad de Buenos Aires entre las calles Arribeños y Mendoza se ha ido formando una especie de enclave, denominado “Barrio Chino”, considerado por la propia colectividad como un lugar de referencia e interacción social. Allí se han establecido gran cantidad de comercios, uno de los tres templos budistas de Buenos Aires y uno de los colegios antes mencionados.
Finalmente, un tema importante es el de la integración a la sociedad mayoritaria. En los últimos años se ha percibido un mayor acercamiento a ella que puede atribuirse a dos factores. Por un lado, se registra en la comunidad china una inclinación a destinar más dinero y tiempo a actividades de esparcimiento que comparte con la sociedad receptora. De algún modo esto indica una necesidad “de formar parte de” ella. Por otro lado, se observa una mayor preocupación de la comunidad china por dar a conocer sus tradiciones y costumbres. Un ejemplo de ello son las celebraciones masivas de sus festividades en el Barrio Chino. Claro que, sin perjuicio de este análisis, la comunidad china se presenta aún como una colectividad “conservadora”, que trata de mantener sus tradiciones y costumbres. No podemos olvidar que estamos ante una migración nueva en la Argentina, en plena expansión y desarrollo, que enfrenta permanentemente la disyuntiva de conjugar las particularidades de dos culturas muy diferentes: la oriental y la occidental.
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Imagen: Cartel de un negocio en el llamado “barrio chino”  en el barrio de Belgrano. (Foto: www. buenosairessos.com)
Nota tomada de: “Todavía”, Nº 25; mayo de 2011.

5 feb. 2014

Algo de la melancolía...



(De Silvia Palferro)

Algo de la melancolía apura
los pasos tal vez
para que la tinta
se haga verso sobre los vientos.

Y es colombina esta noche
como salida de un tango
o de la tela despintándose
los detalles de musa
y llovizna sobre la acera.

Desde la fantasmal
garganta del barrio
se dice Boedo hasta la entraña
gris del papel. Acaso con la misma voz
habría hecho su queja Homero en las tormentas
mientras recortaba otro poema
contra la piel del sur;
esquinando su charco de luz
en el cartel.
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Imagen: San Juan y Boedo, café "Esquina Homero Manzi". (Foto tomada de buenostour.com)

3 feb. 2014

Calle Honduras



(De Rubén Derlis)

 Hace bastantes años ya, en una nota breve y primeriza acerca de Palermo, comenzaba diciendo que no era necesario haber vivido en la calle Honduras para que su intimidad nos hiciera cómplices de este barrio. En ese entonces, y en mi caso, esa complicidad se había hecho más vívida, ya que habité allí al filo de los 60, en el primero de los edificios de alto levantado entre Bulnes y Salguero. Fue en un momento en que mi vida se iba transformando en medio de tantos aconteceres de todo orden, pero con menos celeridad que la que el progreso le imponía a la ciudad en su conjunto. Sin embargo algunos barrios parecían negarse a los bruscos cambios e intentaban resguardar ciertas costumbres de décadas pasadas; todo resultó inútil: aun aquellos que insistían en permanecer adormilados, finalmente comenzaron a sacudir su siesta real para no recuperarla nunca más.
Tal el caso de este Palermo, confidente como un libro de versos, sobrecogedor en la anécdota de daga y amor no correspondido, invitador al frescor de los zaguanes, que ahora evoco, y particularmente a su calle Honduras, en el tramo que va desde su inicio en Coronel Díaz o Mario Bravo (como se prefiera) hasta su encuentro con Gascón, donde un mandoble de luz decapita la acogedora sombra de su añosa arboleda, oasis bienhechor en los crepitantes veranos porteños. Esta calle conservaba todavía por aquella época un color sepia de vieja postal de Buenos Aires, pero que se iba diluyendo lentamente, como una fotografía expuesta a intensa luz, de manera irremediable. De Gascón hacia Colegiales era otra calle: se angostaba, se confundía entre las demás sin destacar, hasta que sorpresivamente, a la altura de Serrano, la detenía una mínima placita y volvía a ganar verdor y encanto por un instante más.
Pero yo hablo de la otra Honduras, la de Carriego y su casa humilde y entrañable como su poesía; la de la farmacia de la esquina de Medrano, que lucía frontispicio de colorido vitral art nouveau, y cuyas pócimas y remedios no lograron salvarla del dolor de desaparecer; del despacho de bebidas que estaba en la otra esquina, donde no faltaba algún habitué mentador de gestas palermitanas, y en cuyo patio, ya sin emparrado, había un juego al sapo cuya “vieja” de boca abierta clamaba por un tejo inexistente. La ancha calle que aún salvaba una de las últimas carbonerías en actividad cuando el gas llevaba años ya alimentando las hornallas caseras; pero ahí estaba, como para que no nos olvidáramos de la pobreza. El amplio espacio de las aceras siempre sombreadas, donde existía una librería de mostrador elevado, altas estanterías con puertas vidriadas –todo el conjunto construido en fina madera– tras de las cuales guardaban sus sueños de fantasías y aventuras novelas de ediciones Tor y Sopena que ya nadie compraba.
La Honduras que se me prendió en el alma cuando comencé a descubrirla y que dolió en poemas cuando necesité evocarla; la que en su esquina de Bulnes tenía un boliche como tantos otros, nacidos a comienzos del siglo, pero que se distinguía de los pocos que perduraban porque lucía original: riguroso estaño con bordes mellados, cilíndrica máquina express, vasos de grueso vidrio opacados por el uso, esbelto cisnegrifo, ilegibles afiches de bebidas y productos que habían dejado de producirse, gato ronroneador entre las piernas de los parroquianos, obligada baraja; en un paño de pared que el tiempo había desgarrado a zarpazos de años, una foto de Carriego de dimensiones generosas, agrisada por el humo del tabaco y el resbalar de los días, oficiaba de ángel tutelar. No pocas veces me he preguntado dónde estará esa foto, quién la atesora como codiciada reliquia ciudadana, ahora que a esa esquina la devoró el progreso y sólo la memoria me devuelve su ochava.
La calle que tenía vecinos curiosos de otros vecinos y que a la tardecita sacaban sus sillas a la vereda y así era posible enterarse de primera mano de cuanto sucedía; de la tienda mínima –abarrotada y abigarrada como un costurero de tía solterona–, en la esquina de Soler; de la tenue y parpadeante luciérnaga del quiosco “La Lucecita”, abierto a toda  hora para socorrer emergencias mínimas.
La Honduras empedrada y recogida de cuando a Palermo no lo llamaban Viejo, como ahora, cuando en realidad deberían llamarlo antiguo, que es muy otra cosa. Calle que si hoy es nervio vital de esa zona del barrio para desahogo del intenso tránsito, ayer fue vena por la que corrió la sangre inmigrante que hizo posible el tango, la poesía del suburbio y también alguna compadrada del niño bien llegado de la vecina Recoleta, al que el certero planazo del cuchillo de un taura supo llamar a sosiego.
Honduras de Palermo: nombre de calle de novia de Buenos Aires con apellido de estirpe porteña; del mismo Palermo donde Borges llevó a cabo la tercera fundación, su barrio al que volvía de tarde en tarde, cuando ya había renunciado a “morir peleando en una esquina del suburbio”, e imposibilitado de mirar con los ojos de vivir, lo hacía desde la profundidad de sus ojos de soñar.
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Imagen: La calle Honduras en la actualidad desde la altura del 3800 hacia el este. Foto rubderoliv).