28 mar. 2014

Del lazareto "San Roque" al hospital "Ramos Mejía"



(De Miguel Eugenio Germino)

Con Pedro de Mendoza desembarcaron también en la primitiva Buenos Aires de 1532, los primeros médicos, quienes comprobaron que la medicina practicada por los nativos era eficiente. Sin embargo, tras la segunda fundación por Juan de Garay en 1580, el estado sanitario en la colonia dejó mucho que desear; los pocos médicos que había eran de origen extranjero y sólo atendían a los sectores más privilegiados de la sociedad de entonces.
Por tal razón la salud popular era practicada por curanderos, veterinarios que oficiaban de médicos y hasta por barberos que incursionaban en las primeras cirugías.
El hombre, a lo largo de su historia fue siempre campo fértil para las epidemias, las grandes pestes; la ciencia llegó siempre con atraso para combatirlas.
Nuestra América, especialmente después de la conquista, fue asolada por plagas y pestes, muchas de ellas traídas desde Europa por los conquistadores. En una población sin defensas desarrolladas para las nuevas enfermedades, los resultados fueron desastrosos: causaron más muertes que las muchas que produjeron las campañas militares.
 Las más mortales fueron las epidemias de cólera, en 1856, 1886 y 1894, y las de fiebre amarilla, en 1852, 1858, 1880 y 1871 (la más mortífera), esta última produjo más de 14 mil muertes, lo que hizo rebasar al antiguo Cementerio del Sur (hoy Parque Ameghino en Caseros al 2300). Allí se levanta un monumento a los caídos por la fiebre amarilla de ese año.
A raíz de la experiencia que hubo de atravesar Buenos Aires con dichas enfermedades, para 1868, durante la gestión del Dr. Juan A. Aldao como presidente de la Comisión Municipal, se buscó un sector alejado del casco urbano, alto, seco y de buena vegetación, que sirviera para aislar y tratar a los pacientes. Y lo habilitaron, en una antigua quinta del barrio de Balvanera, aproximadamente entre las actuales calles Urquiza, México, 24 de Noviembre y Venezuela: el Lazareto “San Roque”.
En el año 1869 quedaron conformadas entonces dos grandes salas-barracas de madera, de 20 metros de largo por seis metros de ancho y cinco de alto, más 10 habitaciones de barro que se utilizaban para la administración, consultorios externos, botica y recinto de peones y enfermeros. Las construcciones, además de precarias resultaron insuficientes, por lo que se resolvió ampliarlas, aunque cuando promediaban las obras éstas quedaron paralizadas por unos seis años, por falta de presupuesto. Se reanudaron en 1881, con la intendencia de Torcuato de Alvear. La dirección estuvo a cargo del arquitecto Juan Bautista Buschiazzo, quien adoptó el estilo arquitectónico que dominaba en aquella época para los edificios destinados a la salud. Un estilo sencillo pero no desprovisto de elegancia.
Sobre un terreno de 16.900 metros cuadrados, en casi dos manzanas, el antiguo Lazareto pasó a ser el “Hospital San Roque”, inaugurado oficialmente el 12 de agosto de 1883.
El frente principal del edificio presentaba un cuerpo medio sobresalido, como logia arquitectónica, a modo de galería o pórtico sostenido por columnas y arcos. En planta baja funcionaban la dirección, administración, mesa de entradas y sala de guardia. El piso superior lo ocupaban los dormitorios de médicos y practicantes; contaba con ocho pabellones con capacidad para 240 camas, en aquel entonces exclusivo para hombres.
El acceso se realizaba por un zaguán de entrada que desembocaba en un gran jardín rectangular encuadrado por galerías de altas y elegantes columnas que unían los distintos pabellones. A un costado se integraba como parte del conjunto la capilla que conservaba el mismo estilo del hospital.
Era director de la entonces Asistencia Pública el Dr. José María Ramos Mejía (1850-1914), historiador, sociólogo y psiquiatra argentino.
En 1886 incorporan al hospital el servicio de medicina infantil dirigido por el Dr. Facundo Larguía, y se instaló también un horno de esterilización.
Las instalaciones de este centro de salud sufrieron múltiples ampliaciones y reformas. La primera fue en 1888, con la construcción de cuatro nuevos pabellones, más otros dos que quedaron habilitados en 1892 y con lo que ascendió a 600 el total de camas. En su nueva edificación se aprovechó una gran cantidad de elementos de la demolición provenientes de la apertura de la Avenida de Mayo, inaugurada en el año 1894.
En el año 1904 se ubicó en el establecimiento la Cátedra de Clínica Obstétrica y Ginecológica Eliseo Cantón, dependiente de la Facultad de Medicina, con lo que los servicios se ampliaron también a las mujeres.
 Tras la muerte del Dr. Ramos Mejía, en 1914, el establecimiento sanitario fue rebautizado con aquel prestigioso nombre, y un busto realizado en 1935 por el escultor José Fioravanti lo recuerda justo en la entrada.
Con tantas reformas que sufrió en sus 130 años de vida, la fisonomía distintiva del proyecto inicial quedó sepultada por toneladas de cemento, comenzando por su hermosa fachada original de la calle Urquiza 609, que quedó absolutamente desvirtuada, reemplazada por una absurda mezcla de estilos.
Otro tanto ocurrió con las galerías, que fueron cerradas con hierro y vidrio, para hacerlas más funcionales, aunque eso significó desestimar su estilo arquitectónico; no caben dudas de que faltó realizar un estudio previo y un proyecto que podría haber preservado sus rasgos originales. Asimismo, la capilla fue demolida hacia la década de 1920 y en su lugar construyó  otra en el centro del parque, que para nada respetó la elegancia sencilla del edificio inicial.
Por este acreditado establecimiento de salud desfilaron los más destacados especialistas, entre ellos los doctores Pedro Chutro y los premios Nobel, Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir, así como también el Dr. Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista.
Actualmente el Hospital Ramos Mejía es el único que cubre la salud pública en la amplia zona de los barrios de Balvanera, San Cristóbal, Almagro y Boedo. Sin embargo, se integra al conjunto de establecimientos públicos de salud con grandes deficiencias edilicias por falta de adecuado mantenimiento, escasez de insumos hospitalarios así como de personal médico y de enfermería, ambos deficientemente remunerados.
Las distintas políticas de descentralización hacia niveles inferiores de gobierno, tanto en el orden hospitalario como de educación llevadas adelante en la década de los noventa, vinieron a resquebrajar aun más el alicaído sistema público. En el caso de la salud, con la pretensión de suplirlo por las Obras Sociales Sindicales y un régimen privado caro y escasamente accesible.
El progreso, como se llamó a sí mismo, actuó disfrazado de tal arrasando todo a su paso, sin pensar que la mal entendida funcionalidad moderna pueda convivir con la belleza edilicia arquitectónica de un pasado que sólo es superado en apariencia, pero no en realidad, ya sea por la calidad de los materiales utilizados como por lo poco elegante de sus líneas.
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Fuentes:
-La Administración Sanitaria de la Ciudad de Bs. As. Tomo II, MCBA, 1908.
-Aslan, Liliana y otros, Bs. As. Balvanera 1817-1970, Facultad de Arquitectura de Bs. As.
-Piñero, Alberto G. y Trueba, Carlos M., Balvanera y El Once, Fundación Boston, 1996.
-Periódico Primera Página, nº 24 de octubre de 1995.
-http://arquitecto-buschiazzo.blogspot.com.ar/2009/10/caba-gralurquiza-609-ex-hospital-san.html
-http://www.taringa.net/posts/info/12010475/Resena-Historica-de-los-Hospitales-Portenos.html

Imagen: Entrada del hospital "Ramos Mejía" sobre la calle General Urquiza, en la actualidad. (Foto tomada de la página lajornadaweb.com.ar)
Nota tomada del periódico barrial “Primera página”.

Los secretos de la Casa Amarilla



(De Jorge Eduardo Padula Perkins)

Hay edificios históricos y edificios con historia. La actual Casa Amarilla del almirante Guillermo Brown es un edificio histórico.
Su historia propiamente dicha apenas si se remonta a unas décadas atrás, cuando la Armada Argentina procedió a su inauguración.
No obstante se trata de una construcción histórica, esto es, referente o relativa a la historia, en tanto y en cuanto constituye un monumento de recordación del Almirante a través de una fachada que rememora la desaparecida casa qne la que realmente habitara Brown durante más de 40 años.
Hacia 1812 Guillermo Brown adquirió al sacerdote fray José Ramón Grela, del Convento de Predicadores, el terreno de 350 varas de frente por 315 de fondo en el "bañado de Santa Lucía" y encargó al arquitecto Mateo Reid (para algunos autores Reed) la construcción de una casa que, a la sazón, tendría notable semejanza con la vivienda de la familia Brittain y la del propio Reid, responsable de las tres edificaciones.
Con fecha 23 de junio de 1812 el escribano porteño Juan Cortés inscribía en su registro Nº 7, folios 72 vuelta y 73, la escritura de compra-venta de la propiedad ubicada en el "Quartel Nº 25" de Barracas, a favor de Brown.
Todas ellas vecinas, las casas constituyeron una trilogía que en ocasiones indujo a confusiones, más aún, si se tiene en cuenta que el Almirante estuvo alojado en dos oportunidades en la casa del arquitecto.
Fue en aquella construcción, la de la  familia Reid, en donde Brown hacía uso del mirador de la tercera planta (de la que carecían tanto su vivienda como la de James Brittain) para otear el río. Fue también en ella en donde estaba la familia cuando su hija mayor, Eliza, perdió trágicamente la vida.
La casa del almirante Guillermo Brown en Barracas estaba ubicada en el predio señalado hoy en la calle Martín García 584, en donde una placa así lo indica: "En este lugar se alzó la casa donde vivió el almirante Guillermo Brown y aquí falleció el III de marzo de MDCCCLVII".
La construcción original del marino fue demolida, pero documentos escritos, pictóricos y fotográficos prueban claramente su existencia. No era, eso sí, la única casa amarilla de la zona, pero era una de ellas, la históricamente más valiosa porque albergó el prohombre hasta los días de su muerte, acaecida, como se dijo, precisamente en esa estancia, en marzo de 1857.
El 22 de junio de 1948 se denominó "Solar del Almirante Brown" y se declaró lugar histórico al predio en donde construyera su casa-quinta y viviera durante más de cuatro décadas con su familia, en Martín García al quinientos.
En 1983 se inauguró la actual Casa Amarilla, sede del Departamento de Estudios Históricos Navales de la Armada y del Instituto Browniano, que no es una réplica, sino un monumento en homenaje al Almirante levantado en terrenos que formaran parte del lote de su propiedad, con el objeto de rescatar para la memoria nacional su afincamiento en el lugar. Una Casa Amarilla que solamente reproduce la fachada del hogar de Brown, sin pretensiones de ser una réplica edilicia.
Nacido en Irlanda en 1777, Brown había quedado huérfano siendo niño y elegido la dura profesión del mar, aprendiendo con esfuerzo las faenas propias del navegante hasta llegar a constituirse en un joven capitán mercante.
Casado ya en Inglaterra con Eliza Chitty viajó varias veces al Río de la Plata hasta que en 1811 se afincó definitivamente en Buenos Aires.
A principios de 1814 ya la familia habitaba la casa de Barracas. Esto es, su esposa, y sus hijos Eliza y Guillermo, ambos ingleses nacidos respectivamente en octubre de 1810 y febrero de 1812.
La vivienda era sencilla. La conformaban dos pisos de planta rectangular con puerta al centro y ventanas simétricamente distribuidas a los lados, una de las cuales, la del piso superior que se ubicaba sobre la entrada, tenía un balconcito montado sobre dos columnas.
Frente a la misma había un portón que por sus dos lados tenía una reja de hierro alternada con soportes de mampostería. Dos pequeños jardines se expandían a ambos lados de la puerta y en el espacio que quedaba entre el portón y la entrada se alzaban dos cipreses. Dos cañoncitos en el frente daban lugar a que la Casa Amarilla, llamada la "Kinta" por la familia, también recibiese la denominación de Casa de los Cañones.
Según señala el historiador Alfredo Taullard, era una "casa de altos, del más típico estilo inglés, pintada de amarillo".
Trabajaron en la realización de la obra, los maestros mayores de carpintería y de albañilería, Manuel de San Martín Pila y Manuel Martínez de Castro.
Vivieron los Brown en la quinta de Barracas las alternativas de la Guerra de la Independencia. El 17 de mayo de 1814 el entonces teniente coronel de marina Guillermo Brown daba triunfante final a las acciones iniciadas dos meses antes completando el apresamiento y destrucción de la escuadra realista en Montevideo y provocando la caída del bastión enemigo en ese lugar.
En octubre de 1815 el marino inicia un crucero de corso contra naves mercantes españolas convenido con el Director Provisorio Ignacio Alvarez Thomas, mientras su familia queda residiendo en la Casa Amarilla.
Ya en 1817, mientras el navegante arriba a Londres para apelar una medida de las autoridades inglesas de Antigua que habían confiscado su embarcación, su esposa y sus para entonces cuatro hijos, ya que habían nacido en el Río de la Plata Martina Rosa y Eduardo, abandonan en forma oculta la residencia al serle negados los pasaportes en razón de conflictos políticos que involucraban a la expedición de Brown.
Así la quinta queda vacía, sólo al cuidado de un sirviente negro de cerca de 24 años.
Cuando el marino llega a Buenos Aires, en octubre de 1818, es apresado y procesado por supuesta desobediencia al gobierno en la realización del corso y le son embargados sus bienes incluyendo la Casa de los Cañones.
Liberado el 17 de septiembre de 1819 y gozando por resolución judicial sólo del privilegio del uso de su grado de coronel, Brown se muda, por invitación del matrimonio Reid, a la casa de éstos. Fue en ella donde padeció las consecuencias de al fiebre tropical adquirida durante la travesía, el encierro de 9 meses en prisión y el alejamiento de su familia, que lo sumieron en una depresión capaz de inducirlo a un intento de suicidio, tal como el mismo lo relata en su "Memoria del viaje al Pacífico".
Pasó Brown larga convalecencia en la casa de Reid y volvió a su quinta, que le había sido restituida a fines de diciembre de 1821 tras la acción de su defensor en el largo pleito reivindicatorio, el abogado Juan Manuel de Alzaga, y recién cuando su familia regresó de Inglaterra, a mediados de 1822.
A partir de entonces el audaz navegante se cobijó en la casa de sus sueños dedicándose con humildad a las faenas de agricultor. Amén de sauces y álamos, su quinta tenía casi doscientos manzanos, más de cuatrocientos cincuenta durazneros, cinco damascos, quince naranjos chinos, cinco guindos, un gran alfalfar, un maizal y una huerta.
En diciembre de 1825 el Imperio del Brasil declara la guerra a las Provincias Unidas del Río de la Plata e inicia un bloqueo naval frente a Buenos Aires. Como consecuencia de ello, en enero de 1826 Brown es nombrado Coronel Mayor de Marina y es reincorporado al mando de la escuadra por ser considerado el único jefe capaz de hacer frente a la poderosa flota brasileña.
Durante la larga contienda se suceden diversas batallas navales entre las que se destaca el combate de Los Pozos el 11 de junio de ese año, ocasión en que Brown, aún con desventaja numérica, logra rechazar el ataque de la flota enemiga habiendo arengado a sus hombres con una de las sentencias que ornamentan la entrada de la actual Casa Amarilla: "Fuego rasante que el pueblo nos contempla".
La otra proclama del marino que se recuerda en la actual casa monumento de la avenida Almirante Brown al cuatrocientos es la pronunciada en oportunidad del combate naval de Quilmes en julio de 1826, cuando sus fuerzas enfrentaban, otra vez en desventaja de número y poder de fuego, a la escuadra del Imperio, la que finalmente debiera abandonar el ataque ante el riesgo de que sus buques quedasen varados por la bajante de las aguas: "Es preferible irse a pique que rendir el pabellón".
En medio de esta guerra tiene lugar la segunda estancia de Guillermo Brown en la residencia de los Reid que obedeció a dos razones de carácter militar.
La primera de ellas por el uso del mirador, esa tercera planta de la que carecía su casa, como puesto personal de vigilancia de los movimientos de la escuadra imperial sitiadora durante los pocos días que permanecía en tierra durante la contienda.
La segunda razón fue la seguridad personal y familiar al descubrirse un complot brasileño para quitarle la vida en su mansión de Barracas.
Se produce por entonces, el 27 de diciembre de 1827, la muerte de su hija Eliza, ahogada en el Riachuelo, a los fondos de la casa de los Reid. Poco tiempo antes su prometido, el sargento mayor de marino Francisco Drummond, a las órdenes del propio Brown, había perdido la vida en la heroica acción durante el combate de Monte Santiago.
En agosto de 1828 se firma una convención preliminar de paz con el Brasil y, poco después, el gobierno de la Provincia de Buenos Aires encargado del Poder Ejecutivo Nacional, en premio a sus heroicos servicios en aquella contienda extiende a Guillermo Brown los despachos de Brigadier General de Ejército al servicio de la Marina, título máximo del escalafón naval de entonces.
Durante un corto mandato como Gobernador Delegado de Buenos Aires entre fines de 1828 y mayo de 1829, Brown reside en el Fuerte e intenta sin éxito evitar la muerte de Dorrego mediante un pedido expreso a Lavalle, tras lo cual presenta su renuncia.
Vivió Brown a partir de entonces al margen de los enfrentamientos políticos de la época en los que no quiso involucrarse, años de tranquilidad y paz en su Casa Amarilla de Barracas, hasta el otoño de 1838 cuando fuerzas navales francesas declaran un bloqueo al puerto de Buenos Aires y el litoral del Plata, momento en que ofrece sus servicios al gobierno de Rosas para la defensa de la Patria y a los 61 años vuelve a alistarse al mando de la escuadra.
Los diversos conflictos internos y externos que enfrenta Rosas incluyen la presencia hostil de naves inglesas y francesas en la zona y la declaración de guerra del mandatario uruguayo Rivera.
Frente a la escuadra de la Confederación bloqueará Brown a Montevideo y causará varias derrotas a las naves orientales entre ellas la de Costa Brava en donde tuviera como jefe adversario a José Garibaldi, en agosto de 1842.
Tras la derrota de Rivera por parte de Urquiza en 1845 y después de un hostigamiento sobre Montevideo, las aguas de la política, más tormentosas que las de los ríos y mares, pondrán a Brown en la dolorosa situación de tener que entregar su escuadra a las fuerzas anglo-francesas contras las que tenía órdenes expresas de evitar todo acto de violencia.
A raíz de ello el marino decía en nota al gobierno que: "Tal agravio demandaba el sacrificio de la vida con honor, y sólo la subordinación a las superiores órdenes de V.E. para evitar la aglomeración de incidentes que complicasen las circunstancias, pudo resolver al que firma a arriar un pabellón que durante treinta y tres años de continuos triunfos ha sostenido con toda dignidad en las aguas del Plata".
La impresión que el vejamen sufrido le produjo, lo decidió a retirarse definitivamente del servicio activo y consagrarse desde ese momento a la vida de hogar.
Por un tiempo se retiró a su chacra de Quilmes dedicándose al cultivo de la tierra y a la venta de hacienda y en 1847 viajó a su tierra natal.
De regreso en Buenos Aires se instaló en la Casa de los Cañones en donde escribía sus Memorias y recibía numerosas visitas, aún de los que otrora fueran sus adversarios como el jefe naval brasileño Juan Pascual Grenfell.
Su presencia era habitual en las ceremonias religiosas del templo de San Telmo y con regularidad apoyaba obras de beneficencia, tal como la se las monjas Catalinas a las que donaba parte de su sueldo militar.
En enero de 1857 la Casa Amarilla alberga a un Guillermo Brown enfermo. Los periódicos informan diariamente acerca de su desmejorado estado de salud y su confesor y amigo, el padre Fahy, lo visita con inusitada frecuencia.
En la noche del 2 de marzo su respiración se hizo dificultosa y acudieron con premura a la casona el médico, el sacerdote y varios de sus amigos, entre ellos el Coronel de Marina Luis Murature.
Cuéntase que con elocuentes palabras de corte marinero Brown se dirigió a éste diciéndole: "Comprendo que pronto he de cambiar de fondeadero" y mirando al padre Fahy, agregó "pero ya tengo el práctico a bordo...". Apenas iniciado el 3 de marzo, dejó de existir.
La oración fúnebre que pronunciara el entonces Ministro de Guerra de Buenos Aires, coronel Bartolomé Mitre, ponía, junto a las glorias del Almirante, la imagen de su residencia, a la que mencionara como "su risueña morada de Barracas... albergue pintoresco y apacible, donde el audaz marino reposaba de sus fatigas en los mares procelosos de la vida".
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Bibliografía y Fuentes:
-Arguindeguy Pablo E., "La quinta de Brown en Barracas estuvo pintada color amarillo", revista Del Mar, Instituto Browniano, Nº 128, Buenos Aires, octubre de 1988.
-Arguindeguy Pablo E., "Las estancias del Almirante Brown en la Casa Amarilla, ídem.
-Eleta Fermín y Barros Marcelo, "Las campañas navales del Amirante Brown entre 1841 ? 1845", Comisión de Estudios Históricos Navales del Instituto Browniano, Bs. As., 1980.
-Muzzio Rodolfo A., "Reseña biográfica del Amirante Guillermo Brown", Comisión Nacional de Homenaje al Almirante Guillermo Brown en el bicenterario de su nacimiento, Bs.As., 1978.
-Piccirilli Ricardo y Gianello Leoncio, "Biografías Navales", Dpto. de Estudios Históricos Navales, Bs.As., 1963.
-Ratto Héctor R., "Historia del Almirante Brown", Instituto de Publicaciones Navales, Bs.As., 1985.
-"Casa Amarilla. Comisión Nacional Ejecutiva Ley 21.586", Buenos Aires, sin fecha.
-Revista Del Mar, Instituto Browniano, Nº 118, Buenos Aires, enero-junio 1982.
-Periódico "Gaceta Marinera", Buenos Aires, 23 de junio de 1983.
-Periódico "Gaceta Marinera", Bahía Blanca, 30 de junio de 1984.

Imagen: La Casa Amarilla en la actualidad. (Foto tomada de wikimapia.org)
Nota tomada de la página http://www.devotomagazine.com. 

27 mar. 2014

La mariposa negra



(De Hilda Guerra)

(A Magdalena, a Rafael, en la galaxia en que estén)

Corrían los años 30, habían terminado los años locos. La gran ilusión de que no iba a haber más guerras. Doña Magdalena planchaba camisa tras camisa de sus seis hijos varones, y de vez en cuando miraba el cielo desde su ventanita de madera. La tarde era hermosa, apacible, había un silencio inusual en el patio; un desgano pesado se apoderó de ella. Se sentó en el banco de madera llevándose la mano a la cadera redonda y maternal, trató en vano de darse ánimo. Sus hijos estaban en la calle. Pasaban tantas cosas. Su marido traía historias raras del café. Decía que desde noviembre del 29 con la caída de la bolsa en Nueva York había comenzado todo, que la Argentina no podía vender carnes ni trigo. Ella no entendía de esas cosas, puso una brasa en el azúcar y luego la metió en el mate, el agua hacía burbujas grandes, trató en vano de distraerse. Se oyó un grito en el patio y un: si se lo contás a la mamma te mato. Angelina y José regresaban del colegio y como siempre él le tiraba el pelo. Los vio entrar en la pieza, pensó que su vecina vivía más tranquila, tenía los hijos chicos, estaban siempre cerca suyo: en la pieza, el patio o en el baldío de al lado. Por las noches se le arremolinaban todos, los dos más chicos dormían en la cama grande. En cambio ella esperaba horas enteras que se fueran ocupando las suyas. Nunca le había preocupado no haber tenido hijas mujeres; sin embargo ahora que se hablaba de anarquía y de la ley marcial sentía que si hubieran sido mujeres plancharían y coserían adentro como ella.
Los muchachos habían salido todos buenos, no se podía quejar, el único que no tenía trabajo era Eugenio y los otros lo ayudaban. Siempre le daban para el biógrafo, lo alentaban: ya vas a conseguir trabajo, Rafael le pidió al patrón que te haga entrar al taller. A Rafael lo quiere el patrón. Vas de aprendiz, los primeros tiempos no te va a pagar, pero Rafael te va a dar para el tranguay; de paso aprendés el oficio. Con él fue así y ahora está bien. No gana mucho pero se defiende. Mirá los que viven en los puentes de Palermo, nosotros no nos podemos quejar, el viejo todavía puede trabajar y la vieja se las arregla siempre.
Rafael. El mayor de sus hijos. El más serio. El más sufrido, con su ojo desviado. Con su pelo retinto como ella. Con sus manos callosas de tanto pulir los esmaltes. Por qué le costaba tanto retomar la plancha. Por qué se había quedado con la camisa a medio hacer. Removió las cenizas de la plancha y agregó más carbón. Había que seguir, mañana era sábado, los muchachos volvían más temprano. No quería planchar delante de ellos. No quería que la viesen con las camisas. Después de todo era mejor tener camisas que bombachas, como la de la última pieza. Cómo se las arreglaría la pobre Ofelia para casarlas en esta época. Casi siempre parían juntas. Ofelia mujeres, Magdalena varones. Ella tenía más leche, los varones chupan más fuerte. Ella usaba los martes la pileta, Ofelia los miércoles. Mientras lavaba los pañales a Magdalena se le iban poniendo tensos los pechos. Sentía que se le hinchaban como empanadas en aceite caliente. Debía apurarse con la ropa, tenía tanta para lavar, en cualquier momento berrearía el hijo menor. Seguramente el chico estaba al despertar porque la leche le caía por debajo del vestido y le corría por las piernas. Los hijos varones chupan más fuerte. Es mejor que tener colgadas bombachas aunque una esté más sola.
Ahora la plancha corría presurosa. Ya se estaba escondiendo el sol y Magdalena tenía que tener las camisas planchadas. Cuando mojó la última una mariposa negra entró en la cocina. Le dio dos vueltas a Magdalena y se posó un segundo en su frente, para salir despavorida por la ventanita; ella se llevó la mano al pecho y reprimió un grito que quería salírsele de la garganta. Terminó como pudo y puso a calentar el puchero del mediodía. Ya era hora de que llegaran.
Los primeros fueron Eugenio y Armando, después lo hizo el viejo. Eugenio había caminado toda la tarde. No confiaba que el aprendiz se fuera, todavía no sabía el oficio y la mesa era para tres. El cuarto lugar lo alquilaba un engarzador.
Magdalena no podía apartar de su mente la mariposa. Qué grande era. La primera que había visto esa temporada. El viejo se puso a hablar con Armando de la legión cívica, de los camisas negras, de los robos a los bancos. El viejo no estaba de acuerdo en que hubieran depuesto a Yrigoyen. Armando hablaba de los fascistas. Magdalena retrasaba el fuego. Hoy se demoraban los muchachos.
Al rato llegaron Agustín y Oscar, se unieron a la discusión. Armando preguntaba por qué no daba elecciones Uriburu, había hecho bastante biógrafo con su coche descubierto, rodeado de cadetes militares. Le tiraban flores como si fuera una reina. Agustín en cambio opinaba que por fin habían matado a Di Giovanni y Scarfó. Que el romance de Di Giovanni con la hermana de Scarfó sólo interesaba a los que leían “Crítica”. El viejo exigió el puchero, los que no estaban que comieran un sándwich de mortadela. Magdalena sentía la frente helada; un sudor frío la iba cubriendo. Los muchachos le festejaron el puchero. El viejo preparó y encendió su cigarro, luego se encaminó hacia el café. A ella le temblaban los platos bajo el agua. Había que matar a los anarquistas. La primera vez que se quebraba el régimen constitucional. Y qué le importaba eso.
Ella sabía que a la salida del taller Rafael merodeaba la ventana de Rosita. El padre no lo dejaba entrar, y Alberto iba al café, pero hoy era demasiado tarde. Dejó escurrir los vasos en la mesa, sintió pisadas que se acercaban por el empedrado. Salió al patio secándose las manos en el delantal. Se asomó a la calle, oyó un revuelo, varios muchachos corrían, uno gritó: la policía, la policía. En el tumulto vio a Alberto, el corazón quería salírsele del pecho. Abrió la puerta de par en par para cobijarlos, como cuando los corrían por la pelota. En ese momento oyó otro grito: “Alto” y una bala se dirigió a la frente de Rafael. En ella Magdalena vio posarse la mariposa negra.
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Imagen: Tapa del libro de cuentos “La mariposa negra” de Hilda  Guerra.

25 mar. 2014

El pibe Bermúdez



(De  Carlos  Waiss)   
                                                                             

Una parda te dio el dulce de su guita mal ganada
enganchada en la berreta de tu pálido cartel,
una mina de esas tantas, una paica carrereada,
que junaba el espejaime del asilo San Miguel.

Fuiste esparo de un chileno conocido de la pilcha
y enchacado jotrabaste una línea a San Martín,
champurreaste en los bulines pa´tallarla con la cincha
y arrastraste allá en Bermúdez la alpargata a lo piolín.

Para vos fue pique fácil hablar de sapos y suizas,
cabaletes, aguileras, caramayola, alcaucil,
el juez era el arzobispo, la indagatoria la misa,
las pilchas, lompa, sotana, yuguillo y camisulín.

Ya con eso te guillaste pa´la mersa de los ranas
y no fuiste aquel recluta que una mina de Bompland
enganchó con cuatro mangos de una guita mal ganada,
ya te habían dado el dulce p´aspirar a mucho más.

Garanfiñándote una lata te morfastes un plenario,
en Las Heras fuiste punto por un burro pateador,
con los vivos de tu clase se fabrican los prontuarios
a pesar que en las barriadas sos un héroe de cartón.

Gil debute y a la gurda te tuteás con los poliyas
que en Devoto hacen capote cuando llegan con el mes,
en la lleca vas tirando de aguantiña con la vida,
calavera de boliche, ¡pura pinta tu cartel!
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Imagen: La cárcel de encausados de Villa Devoto. (Foto tomada de www.devotomagazine.com.ar)

21 mar. 2014

"Flit", fliteros y mosquitos


(De José Muchnik)

 Cuando José era Josecito nos habían hecho creer, epidemia de polio mediante, que cuando pasara la camioneta fumigante de DDT era saludable abrir puertas y ventanas para desinfectar los ambientes. Hoy José recuerda aquellas impunidades toxicológicas y sus connotaciones como sólo aquel niño devenido hombre puede hacerlo. Una fliteada y volvemos.

¡Flit! ¡Flit! ¡Flit! como balines el soldadito del envase tiraba sobre los malditos insectos. Lenguajes hechos de sonidos y sentidos, a veces encajan como anillo al dedo, a veces les cuesta acordarse. Digamos “culo”, en castellano la palabra suena sólida, redonda, en armonía con su objeto, pero confieso que después de treinta y pico de años anclado/encallado en París me cuesta entender que “cul”, una palabra navaja con esa “u” tirando a “i”, pueda significar culo, al menos no un culo bonachón en pleno uso de su simpatía. Peor aún el “ass” inglés, tan seca, abrupta, sin redondeces, al punto que en Nueva York comienzan a usar “tujes”, vocablo yiddish que sin llegar a la sonoridad de culo, evoca mejor que “ass” las humanas nalgas y sus fonéticos potenciales, podría citar…, disculpen, disculpen, era para decir que cuando tenía diez años no dudaba que Flit formaba parte de la lengua castellana, como puloil, tiner o yilé (1).
No sé para qué contás esto Josecito, siempre lo mismo, esa obsesión por las palabras, al final cansa un poco ¿por qué te acordaste de Flit? no metas trampa, vos sabés cómo salen las notas de la ferretería vieja, una imagen que sube a la sesera enganchada de otra, la guarnición semiológica guardala para una charla en la facultad, acá nos interesa el bife de chorizo, bien jugoso, sin guarnición, desembuchá lo que te traés, vamos al grano, o al Flit si te parece.
Me volvieron loca nene, toda la noche, no te imaginás, me picaban por todos lados, él dormía, no sé cómo se las arregla para dormir, dice que se la agarran conmigo porque soy más dulce, además de los mosquitos tengo que aguantar al boludo de mi marido, sobre todo el zumbido, es lo más insoportable…, siguió hablando, yo ya no escuchaba, ni siquiera pensaba, estaba ahí, hipnotizado por las ondulaciones bajo el solero negro, aún sin pensar concluí a la ausencia de corpiño, las tetas vibraban eléctricas, escapándose de la noche de insomnio como de un naufragio, nadando hacia mí para que las rescatara, los cabellos negros como el solero desplegando su velamen con labios húmedos relatando el martirio, me imagino, no sé lo que relataban, a mí sólo me llegaba el movimiento, descarga de alto voltaje, paralizado…
Ya tienen la imagen amigos voyeuristas, me habían hablado de los lectores de “Desde Boedo”, del Director ni qué hablar, ahora saben por qué me acordé de Flit, ahora entienden los riesgos que corría un niño ferretero en el Boedo de los años 50, de la cama a la ferretería, así desembarcó la dama del solero negro (2), como una ola sensual en las orillas del mostrador, derramando su…, su…, sobre este inocente, ¿qué edad tenía?, exactamente no sé, ya les dije que los recuerdos suben enredados, calculo entre nueve y diez años, ¿se dan cuenta? ¿qué hacer a esa edad frente a tamaña descarga? Nada, absorber las radiaciones a cada vibración, a cada ondular del solero, a cada…, hasta perder los sentidos, petrificado…
¿Me escuchás nene? ¿Que hacés mirando como un bobo? Te pedí Flit, vuelvo a casa y los mato a todos, mosquitos de mierda. Flit ¿sabés lo qué es?, movete ¿qué te pasa?…, como un autómata busqué la lata con el soldadito, la envolví en papel de diario, agarré el billete que me alcanzaba, se lo di a mi viejo para que cobrara y le entregué el vuelto sin mirarla… ¿Ya estás avivado? ¿Ya debutaste? les gustaba preguntar a los mayores haciendo uso del derecho a imbecilidad que la edad otorga, sin entender la bronca/impotencia que nos daba no poder responder. Ahora, años después, puedo darme cuenta de cómo se deshacían las primeras fibras de inocencia, ahora sí veo que esas ondulaciones del solero negro me estaban avivando, ahora me doy cuenta de que Flit era un sonido perfecto para matar mosquitos. Lo agradable de estas notas son las sorpresas, aún para el que las escribe, avivado ya de tantas cosas busco un viejo diccionario inglés, me vengo a enterar, a medio siglo de distancia de los hechos relatados, que “flit” significa revolotear, moverse rápidamente de un lado a otro; todo concuerda, sonidos y sentidos, así revoloteaban los frutos prohibidos hipnotizando a Josecito.
¡Tantas cosas revela el pasar del tiempo! La dama del solero negro no podía/debía matar a todos los mosquitos de mierda, pese a las picaduras, los zumbidos, el dengue, la malaria… tenemos que bancarlos, como las abejas o las libélulas son una nota clave de la natura, polinizan plantas, procesan desperdicios, peces, murciélagos, lagartijas…, desaparecerían sin esa deliciosa comida, entonces… También sabemos hoy que el principio activo del Flit era el DDT, veneno que nos pulverizaban como si fuera Carnaval, como ahora pulverizan los glifosatos para tratar la soja (3).
Así van remontando imágenes del fondo de la ferretería, haciendo carambolas en el presente. Una imagen trae otra, se van entramando. No piensen mal de Josecito, también me acuerdo de las manos celestes de Don Luigi, no asociadas al Flit sino al flitero. Se me jodió cuando estaba por terminar la bici, per favore ragazzino dame un flitero, rápido, antes de que se seque la pintura, ni tiempo de lavarme las manos tuve. Les cuento que el flitero se usaba también para pintar bicicletas, heladeras… ¡hasta coches! Había que tener la mano, a Don Luigi le gustaba explayarse sobre el tema, guarda ragazzino, es más difícil pintar con un flitero que con un soplete, tenés que diluir la pintura hasta la consistencia adecuada, ni muy espesa ni muy chirla, luego tenés que bombear desplazando el…, yo miraba los gestos que acompañaban las palabras, le miraba las manos como si fueran mágicas…, bueno…, no tan mágicas como las ondulaciones del solero negro. 
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1. Puloil: Polvo limpiador usado en general para la vajilla, del inglés pull-oil, sacar las grasa; Tiner: Diluyente para pinturas, del inglés thin delgado, thinner adelgazador; Yilé, forma criolla de pronunciar Gillette, marca de la célebre hojita de afeitar que lleva el nombre de su inventor, a comienzos del siglo XX, King Camp Gillette.
2. Como es norma en estas notas, el autor guarda la discreción sobre la identidad de los personajes.
3. Comprobados ya hace tiempo los efectos desastrosos del DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano) sobre la salud humana y la naturaleza (una vez contaminado el suelo el DDT tarda decenas de años en degradarse) se ha prohibido su uso como insecticida en la mayoría de los países.

Ilustración: Rociador y envase del mata moscas y mosquitos Flit.

Guías de teléfono



(De Mónica López Ocón)

Quienes no acceden a la prestigiosa gloria póstuma de que su nombre figure en una enciclopedia encuentran una humilde perduración literaria en la guía telefónica. Aunque se trata de un producto literario modesto, su poética es de las más sutiles, pura austeridad y sugerencia. Toda una vida se esconde detrás de un nombre y del mensaje cifrado de un número.
El lector imaginativo encontrará, sin duda, un rostro, una expresión y una voz para Blanco, Alicia, de la calle Gurruchaga, cuyo número telefónico tiene un aura mística: el tres, que sugiere la Divina Trinidad y la trinidad humana de la pareja que se perpetúa en el hijo, aparece tres veces.
También el número de Blanco, Miguel, es curioso: la repetición del número siete trae desde el pasado el enigmático eco de los pitagóricos.
¿Tendrá Blanco, Omar, un perro que salte a su alrededor cada vez que regrese a su casa de la avenida San Juan al 400? ¿Cómo será esa casa? La dirección junto al número tiene el mismo misterio que las ventanas iluminadas que por la noche dibujan mundos rectangulares sobre las paredes yermas. Mundos que nos excluyen. Mundos que tienen en nuestra imaginación de transeúntes desterrados la geometría luminosa de la felicidad que está del otro lado de los cristales.
La guía telefónica es una curiosa antología de historias mínimas –apenas una línea– contadas en la poética lengua de los números por una Sherezade de hilos. El cuerpo de esta narradora es tan fino y elástico que es capaz de girar sobre sí mismo hasta convertirse en una espiral  para contarnos al oído historias enruladas, para ponernos rizos de voz en el relicario de la oreja.
Como los catálogos de las viejas tiendas, quizá la guía telefónica sea un catálogo de vidas donde la suerte, el amor, la desdicha y la muerte nos elijan por el número. Posiblemente el libro sagrado del azar sea esta Biblia numérica que narra la historia del mundo desde la nada inicial del cero  sobre la que el Dios de las cifras derramó la luz y amasó con barro el uno, al que más tarde le quitó una de las costillas que los mantenía en pie sobre el renglón del horizonte para hacer el dos.
En tanto taxonomía de nombres y apellidos, la guía participa también del carácter vegetal de las clasificaciones botánicas de Linneo. Como las diferentes variedades de orquídeas que nacieron de la orquídea primordial, los Pedros, los Juanes, las Lucías, son subespecies de la primigenia semilla de los Saldívar, los Sánchez o los Soria que se esparció montada en el caballo del viento en el que también jinetea el polen.
Según George Steiner, las guías de teléfono viejas forman parte de los objetos del pasado que integran el Museo Británico. Los anaqueles polvorientos están atestados de guías viejas que han perdido su función utilitaria y se han convertido en guardianas de la memoria de los muertos. En la noche del museo, los números a los que nadie llama producen un silencio ensordecedor. Cada muerto yace en la paz de su tumba de tinta bajo un epitafio numérico. Por ninguno de ellos dobla ya ninguna campanilla, y si acaso alguien los llama por error, el ring ring resuena en sus casas vacías con la tristeza de una campana que llama a misa de difuntos. ¿Qué lugar más acertado que un museo para guardar los vestigios que evocan lo que se ha perdido de manera irremisible? Las guías son en este caso los restos mudos de ciudades enteras de voces perdidas, sepultadas en el fondo de la memoria, donde, de vez en cuando, el recuerdo hace el milagro arqueológico de exhumar el resto desportillado de una frase, o una risa de barro, polvorienta y rajada como una vasija.
En mi infancia, quizá por solidaridad con las voces viudas, los teléfonos tenían aspecto funerario. Todos vestían riguroso luto. Los adultos volcaban palabras por una rejilla enorme que parecía la puerta de un confesionario y los mensajes navegaban quién sabe por qué oscuros laberintos hasta llegar a destino. Aprendí entonces que un número telefónico es una interpelación, la variante numérica del nombre, la formulación matemática de los pronombres donde le gustaba vivir al poeta Pedro Salinas. Más tarde aprendí también que esa extraña forma de nombrarnos es, además, nuestro número de condenados. Las viejas guías del Museo Británico son listados de prisioneros que han pagado el intento de huida  con su propia vida.
También yo figuraré alguna vez en el listado. Entonces mi número en la guía seguirá repitiendo lo que no se cansa de decir desde siempre. Que es insoportable la muerte que a cada instante me anuncia el cero, heraldo de la nada. Que no alcanza con el dos, con el cuatro, con el seis y con el ocho para darnos consuelo. Que es inútil, que todos nacemos, vivimos y morimos en la atroz soledad de los números impares.
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Ilustración: Antigua guía telefónica de la ciudad de Buenos Aires.

La serpentina (hoy espuma)



(De Mario Bellocchio)

Los Carnavales. Desde el virreinato hasta el presente pasando por la época de Rosas. La influencia de los negros y la inmigración de fines del siglo XIX. Las comparsas y las murgas. Los 8 grandes bailes 8. La desaparición durante el Proceso. Y los actuales corsos de un mes de vigencia en los fines de semana.

Cuando el Virrey Vértiz, allá por 1770, pena con azotes a quienes “toquen el tambor”, y sólo un año más tarde restringe los bailes a lugares cerrados, escandalizado por el “desenfreno”, no hace más que responder a la presión de las clases altas de la ciudad reacias a tolerar los bailes y juegos de agua, importados ya hacía tiempo en ese entonces, por los primeros conquistadores como parte de los “festejos populares” del Carnaval en Europa.
Resulta risueño aunque penoso leer en el lenguaje con que se publicaron, el texto de los edictos virreinales: “que se prohivan los bayles indesentes que al toque del tambor acostumbran los negros…, así mismo se prohiven las Juntas… prohiviéndose también los juegos de cualquier clase que sean; todo bajo pena de doscientos azotes, y de un mes de barraca a los que contrabiniesen”. Sin embargo, tras la inauguración del Teatro de la Ranchería –en  1783– iba a ser el Carnaval el que le diera rentabilidad a la sala y las primeras muestras –aún vigentes– de que se podía lucrar gracias a Momo.
La rebeldía popular, como esencia del Carnaval, se manifestaba en las calles del virreinato con juegos de agua o de harina. Y bailes callejeros espontáneos a los que la comunidad negra aportaba sus ritmos. Una particularidad de la época era arrojar huevos, a los que se había reemplazado su contenido de origen, por agua.
La Revolución de Mayo no contribuyó a la libertad con su aporte en ese sentido: en 1811 un bando del Cabildo ordenó que “en lugar de la bárbara costumbre del Carnaval, todas las músicas de los regimientos se repartiesen en los parajes públicos…, que se pudiera bailar en las plazas por todo género de personas, pero que en ninguno de estos actos se hiciese uso de agua…”.
Sienta basa –sin embargo– la liturgia de la rebelión por un día frente a la que, se sabe, hasta las más rigurosas tiranías giraron sus cabezas para evitar ver lo que obraba como válvula de escape con plazo fijo de finalización. Y el grado de pintoresquismo y morbo que constituían esas expresiones para las clases pacatas y que siempre obró, permisivo, como un reojo voyeurista. Véase, si no, un fragmento de la descriptiva de esas celebraciones que José María Ramos Mejía hacía en referencia a la época de Rosas: “los negros inundaban la ciudad al son de pintarreajeados tambores, cruzaban las calles, tocando monótonamente, no una música, sino un ruido del más desastroso efecto… […] Las negras… […] abalanzábanse a los carros enardecidas por las flagelaciones del agua y el bárbaro y obsceno entrevero se hacía general. Todo contribuía rabiosamente a estimular los más bajos deseos…”.
Por lo contrario, algunos grupos de mayor nivel, de costumbres más relajadas, recogían afirmaciones de este tenor: “Gracias a Dios que nos vienen tres días de desahogo, de regocijo, de alegría. Trabas odiosas, respetos incómodos, miramientos afectados que pesáis todo el año sobre nuestras suaves almas, desde mañana quedáis a nuestros pies, hasta el Martes fatal que no debiera aparecer jamás…, podemos estallar un huevo, relleno de lo que nos dé la gana, sobre la frente más dorada, sobre las niñas de más bellos ojos, sobre la nieve del más casto seno… Por mi parte, no puedo menos que aconsejar a las personas racionales y de buen gusto, que corran, salten, griten, mojen, silben, chillen, cencerreen a su gusto a todo el mundo, ya que por fortuna lo permiten la opinión y las costumbres, que son las leyes de las leyes”.
Hubo tensiones, sin embargo, en los Carnavales de los tiempos del Restaurador: lo que en principio fue permisivo y hasta auspiciante sufrió un brusco cambio en 1844: “las costumbres opuestas a la cultura social y al interés del Estado suelen pertenecer a todos los pueblos o épocas. A la autoridad pública corresponde designarles prudentemente su término. Considerando… que semejante costumbre es inconveniente a las habitudes de un pueblo laborioso e ilustrado; que son perjudicados los trabajos públicos…; que la higiene pública se opone a un pasatiempo del que suelen resultar enfermedades… El gobierno ha acordado y decreta: Art. 1º: Queda abolido y prohibido para siempre el Carnaval”.
Nada es para siempre. Ni los decretos de Rosas. Diez años después retornaban los festejos y, convenientemente reglamentados, con carteles en las entradas de los salones, se reanudaron los bailes mientras que los juegos de agua fueron perdiendo vigencia por sí solos.
En 1863 un edicto policial pone en vigencia el primer Reglamento para comparsas que abre un registro para anotación de postulantes.
Seis años más tarde, en 1869, se inaugura el primer corso oficial de la ciudad de Buenos Aires, sobre las calles Rivadavia, Florida y Victoria (Hipólito Yrigoyen), con la particularidad de que a la mayoría negra de las comparsas se agregan algunas integradas por jóvenes provenientes de clases altas, seguramente como parte de las actitudes “escandalizadoras” propias de los aristócratas de la época.
El comienzo del siglo XX sorprende a los festejos del Carnaval en la ciudad con la incorporación de las grandes masas inmigratorias.  Un par de decenas de corsos de los llamados grandes –con auspicio municipal– agregan a la estadística los vecinales. Ya no son sólo el centro –la Avenida de Mayo– y los barrios con historia de negritud: San Telmo y Monserrat. Belgrano, Barracas, Parque Patricios y La Boca se suman al listado de aquel tiempo en que los límites barriales eran tan imprecisos como la voluntad de pertenencia de sus vecinos.
En los años 20 cobran magnitud los bailes de Carnaval de los grandes clubes de fútbol (San Lorenzo) y las grandes entidades de origen inmigratorio (Centro Lucense, Club Italiano). Y los más pequeños aunque numerosos encuentros bailables de las asociaciones de fomento y agrupaciones barriales de colectividades como La Balear, en Boedo, o, poco después el club Mariano Boedo.
El corso de la avenida Boedo en las proximidades de San Juan se asienta y prestigia con sus desfiles de carrozas y concursos de máscaras.
Los años treinta y los cuarenta, sobre todo, recorren la época de mayor esplendor de las celebraciones del Carnaval. El ascenso social de los cuarenta fue generoso en aporte de familia, mascaritas, disfrazados, carrozas, bailes, orquestas de primer nivel en vivo, o el consabido “con las más selectas grabaciones” para aportar al “lleno” del modesto club barrial. La “liberta-fusiladora”, convengamos, en cuanto a las celebraciones del papel picado, sólo vigilanteó “permisos de disfraz”, que no retacearon brillo a las reuniones.
Allá por el 56, nacía para Boedo su murga decana, “Los Dandys”, que pudo mantenerse unida y festejante hasta la actualidad. Mientras tanto debieron sobrevivir a la decadencia de los setentas con desaparición procesista del Carnaval y todo. “En 1976 los militares no prohíben el Carnaval. Hacen con él, lo mismo que con tantos cuerpos, tantos espacios, tantas otras manifestaciones culturales: no lo prohíben, lo desaparecen. Mediante el decreto 21.329, firmado por Jorge Rafael Videla, Julio Bardi y Albano Harguindeguy, se declaran los días no laborables, omitiéndose los lunes y  martes de Carnaval (que hasta allí eran feriados nacionales). Esto es, los hace desaparecer, los borra, así, sin explicación alguna” (1).
En el 83 las diez murgas supérstites comienzan una paciente labor de regeneración. Quince años más tarde ya son cien que pelean por la reivindicación de los feriados y, finalmente, el 22 de abril de 2004 logran que se apruebe por unanimidad la ley 1.322 que declara como “días no laborables los lunes y martes de febrero que caigan 40 días antes de la celebración de la Pascua”. La ley finalmente se sanciona en junio, pero el feriado se reduce a “obligatorio para el Sector Público de la Ciudad de Buenos Aires, y optativo para las actividades industriales comerciales y civiles en general”: un triunfo condicionado, pero triunfo al fin.
“Gracias a Dios que nos vienen tres días de desahogo, de regocijo, de alegría. Trabas odiosas, respetos incómodos, miramientos afectados que pesáis todo el año sobre nuestras suaves almas, desde mañana quedáis a nuestros pies, hasta el Martes fatal que no debiera aparecer jamás…, podemos estallar un huevo, relleno de lo que nos dé la gana, sobre la frente más dorada, sobre las niñas de más bellos ojos, sobre la nieve del más casto seno…” decía la prédica anónima de la época de Rosas. Los tres días con el “fatídico martes” se han transformado en diez –mínimo–, y la reconquista de los feriados se desplaza en el almanaque –de corsos, por lo menos– a límites mayores a las bienvenidas tradiciones carnavaleras de todos los tiempos.
“Por cuatro días locos / que vamos a vivir. Por cuatro días locos / te tenés que divertir” (2), decía Alberto Castillo en los años cincuenta.
Pero son diez los días –noches– a puro choripán y espuma... ¡Y abstemias!
Una legítima conquista opacada por la desmesura, quizá reivindicándola como la esencia misma del Carnaval. 

CARNAVAL 1959 EN EL TEATRO "BOEDO"
Un programa del teatro "Boedo" que detalla el desfile artístico ofrecido para el Carnaval de 1959 nos lleva al recuerdo de aquellas festivas jornadas con derroche de alegría, disfraces, papel picado y serpentinas. “Nuevamente esta tradicional sala de Boedo brindará otra fiesta de alegría y sano humorismo, que como en años anteriores resulta un espectáculo maravilloso para la vista y el espíritu de grandes y chicos. Algunas de las 100 atracciones de comparsas, murgas, orfeones, centros gauchescos, humorísticos, acróbatas, clowns, payasos italianos, marinos, que en desfile ininterrumpido se presentarán en esta sala.” Así describe el texto de presentación del programa del teatro "Boedo" en lo que va del 7 al 15 de febrero de 1959 “en sus 41 años de ininterrumpida labor”.
Las “5 horas de maravilloso espectáculo” se anunciaban animadas y presentadas por “Seyer, flauta de extraordinario prestigio, de consagrada actuación como artista y director artístico”. Desfilaban por el escenario en una continuidad que comenzaba a las 9 de la noche y se prolongaba hasta las 2 de la mañana del día siguiente, una increíble variedad de números, preferentemente circenses, donde los payasos, cómicos, murgas y acróbatas constituían el núcleo con mayores representantes. No estaban ausentes las curiosidades anunciadas entre signos de admiración como “¡Don X, domador de fieras! y su jirafa amaestrada”, o  “Rinard y su circo de pajaritos”, la “¡Sensacional atracción! única en su género y exclusiva de esta sala: ‘Los diablitos’, troupe de potrillos comediantes” o los “Sin iguales” (diablos y noches), disciplinado centro de clowns y acróbatas, 150 personas en escena acompañados por banda. Uno imagina que no aparecerían juntos a riesgo de tener que desalojar la platea para producir el espacio necesario. Finalmente el programa nos informaba el precio de las entradas: 25 pesos por platea, pullman o entrada a palco. Y un palco con 4 entradas $120 (serpentina y papel picado aparte).
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Notas:
(1) Historia del Carnaval Porteño, Paula Horman y Daniel Vidal, 2007, www.agenciapacourondo.com.ar/ESPECIALES
* Los datos y citas mencionados tienen como fuente la nota referida.
(2) “Por cuatro días locos”, de Rodolfo Sciammarella, 1953.

Ilustración: Programa del teatro "Boedo" para los Carnavales de 1959.

El Tótem canadiense



(De Miguel Ruffo)

En los últimos años mucho se ha hablado y escrito acerca de los pueblos originarios; sin embargo hemos asistido poco tiempo atrás al cercenamiento de uno de los pocos testimonios escultóricos que a ellos remite: nos referimos al Tótem canadiense inaugurado en septiembre de 1964 en la plaza Canadá en la zona de Retiro. Había sido realizado por tallistas indígenas de la cultura Kwakiutl de la isla de Vancouver en Canadá. La embajada de ese país le dio a la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires las instrucciones precisas por medio de las cuales debía conservarse el monumento. Sin embargo, esas recomendaciones no fueron seguidas por las sucesivas autoridades municipales. Finalmente en 2008 el gobierno de Mauricio Macri determinó que el Tótem sería removido para su restauración. Fue todo un despropósito: fue talado con una motosierra, dividido en pedazos y desguazado. Félix de Álzaga, director de Monumentos y Obras de Arte señaló en 2009 “lamentablemente eso fue lo que hicieron con el tótem…” En 2012 las autoridades porteñas colocaron un nuevo Tótem en la plaza Canadá. Fue realizado en una sola pieza de cedro, tiene 12,9 metros de altura, siendo más pequeño que el original y entre los especialistas que participaron en su construcción en el país del norte, se encontraba Stant Hunt, quien pertenece a la cultura Kwakiutl y es hijo del artista que había tallado el Tótem originario.
¿Qué es un Tótem? Sigmund Freud señalaba “El psicoanálisis nos ha revelado que el animal totémico es, en realidad, una sustitución del padre, hecho con el que se armoniza la contradicción de que estando prohibida su muerte en época normal se celebre como una fiesta su sacrificio y que después de matarlo se lamente y llore su muerte. La actitud afectiva ambivalente, que aún hoy en día caracteriza el complejo paterno en nuestros niños y perdura muchas veces en la vida adulta, se extendería, pues, también el animal totémico considerado como sustitución del padre” (1)
En otras palabras: en las sociedades primitivas, basadas en el principio gentilicio (comunidad de parientes), se reputan como descendientes de un antepasado mítico común, asociado a un  animal. Para Freud en la infancia de la humanidad, los grupos protosociales sólo admitían un macho adulto, el único que tenía acceso a las hembras del grupo; hasta que los machos-hijos jóvenes conspiraron y mataron al macho-adulto-padre y accedieron a las hembras del grupo y para que no se reiterase la historia establecieron el principio del incesto (tabú, lo prohibido), debiendo los jóvenes buscar sus parejas por fuera de la gens o clan del que formaba parte el padre. Para decirlo con otras palabras: la tribu se dividía en gens o clanes y los machos pertenecientes a una gens, debían buscar hembra en las otras gens o clanes. Lo interesante es que ese padre sacrificado se asociaba a un animal. ¿Alguno de los animales del Tótem primitivo, como el águila, el león marino o la nutria marina, representaba a un padre sacrificado? Pero la cuestión no es tan sencilla: si para Freud en la sociedad originaria sólo se admitía un macho adulto; para Engels la transición de la animalidad a la humanidad se desarrolló en un estadio de promiscuidad sexual, en el sentido que no existían limitaciones a las relaciones sexuales recíprocas. Si en las manadas de animales hay un solo macho adulto, en la manada de antropoides que se estaban convirtiendo en hombres, los individuos estaban tan alterados sexualmente que en el grupo se admitía más de un macho adulto. Un animal tan inerme como el antropoide que se estaba convirtiendo en hombre pudo subsistir venciendo el estado de aislamiento del individuo por los lazos comunes de la horda y ello significaba más de un macho adulto  en el grupo social. Se daba la ausencia de celos entre los machos. Para Engels el amor como sentimiento se desarrolló tardíamente en la historia de la humanidad y la selección sexual fue avanzando desde la promiscuidad sexual hasta la familia sindiásmica (monógama) pasando por diversas formas de matrimonios grupales.
En suma, el Tótem canadiense nos está hablando de relaciones parentales, de antepasados, del rol del padre, de los celos o ausencia de ellos y de la metamorfosis en el pensamiento mítico de un hombre en animal totémico.
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 Notas:
1. Freud, Sigmund; “Tótem y Tabú” en “Obras Completas”, Siglo Veintiuno editores, Bs As, 2013, tomo 13, pp. 1837-1838.

Ilustración: el nuevo Tótem emplazado en la plaza Canadá.