29 jun. 2014

Cementerio de los Ingleses




(De Enrique Espina Rawson)

Este nombre alberga varias falacias; al menos dos.
Su nombre oficial fue Cementerio de los Disidentes, y allí eran enterrados no sólo los ingleses, sino también alemanes, judíos y cuantos, en definitiva, no compartían el dogma católico. En los primeros tiempos de Buenos Aires no había disidentes. Eran simplemente herejes, ocupación ciertamente peligrosa por esos años. Quienes no profesaban la religión oficial carecían de lugar de entierro, y se dice que se les daba sepultura en las barrancas de la orilla. No era el lugar más indicado, por cierto, ya que a la precariedad del terreno, se le sumaba la incertidumbre de las crecidas del Río de la Plata que arrastraban con todo lo que encontraban a su paso.
A partir de 1820, y sin duda presionado por el fuerte peso de la importante y poderosa colonia británica, el gobierno de Martín Rodríguez aprueba la creación de un cementerio para los susodichos “disidentes”. El estudiado término obvia, por rebuscado, el “por llamarlos de algún modo”.
Lo cierto es que ese cementerio existió sólo en los papeles, lugar evidentemente inadecuado para sepultar a nadie, disidente o no, y así fue que en 1833 la colonia no católica adquirió unos lotes en la zona (actualmente el barrio de Balvanera) conocida como “Hueco de los Olivos”, o Quinta de de la Serna.
En ese predio, hoy limitado por las calles Pasco, Hipólito Irigoyen, Pichincha y Alsina, se instaló entonces el Cementerio que se conoció popularmente como de los Ingleses, por la predominante mayoría de sus ocupantes. Casi podríamos haber agregado definitivos. Pero la verdad es que en esta vida, ni tampoco en esta muerte, como se verá, hay nada definitivo.
 En 1869, ante el crecimiento del barrio se dispone el cierre y desalojo del cementerio. Esta disposición corrió, por muchos años, la suerte de tantas disposiciones, normas, decretos, leyes, ordenanzas y otras yerbas: No se cumplió, y tanto fue así que los entierros siguieron como lo más natural del mundo, que lo son, por otra parte.
Finalmente, en 1891, se resolvió efectivizar la clausura y la paralela habilitación del Cementerio de los Disidentes en un sector del Cementerio del Oeste, es decir, la Chacarita.
El traslado de los restos se fue cumpliendo con toda la demora del mundo. Los directamente afectados no tenían apuro, y los encargados del trabajo, tampoco.
La Municipalidad ofreció comprar el terreno, pero los disidentes, haciendo gala de su natural rebeldía, se negaron una y otra vez a cualquier transacción, quizás en venganza por las humillaciones y demoras sufridas a lo largo de tanto tiempo. Al fin se llegó a un acuerdo, y hasta 1923 se siguieron transportando restos a la nueva morada, para finalmente, en 1925, inaugurar la plaza 1º de Mayo.
¡Todo un símbolo! Quizás para dar muestra del progreso de los nuevos tiempos, exhibiendo el contraste entre el descanso eterno y la dinámica laboral, se eligió esta fecha, Día de los Trabajadores, y adornar la plaza con un modesto Monumento al Trabajo, obra del escultor Ernesto Soto Avendaño.
Pero no todos los ocupantes fueron desalojados. Unos cuantos no fueron reclamados, quizás por extinción de las familias a las que pertenecían, y otros simplemente, se perdieron. Sí, se perdieron, del verbo perder. Entre ellos la esposa del almirante Brown, nada menos.
En 1951 la colectividad judía donó un inexpresivo monumento-mástil, y hace poco tiempo la plaza 1º de Mayo fue remodelada. Hoy luce sus añosos árboles, sus fuentes y sus caminos para satisfacción de los vecinos de Balvanera.
Pero siempre será, para los viejos habitantes “el Cementerio de los Ingleses”. Así lo recordaba Raúl González Tuñón en su “Réquiem para el Cementerio de los Ingleses”:

Donde ahora hay una plaza había un cementerio
Recatado y silvestre, casi familiar, íntimo
Vecino de la clásica silueta proletaria
Del Mercado Spinetto, a cuyo gris tejado
En cada primavera vuelven las golondrinas
(¿Es posible?... Es el mismo Mercado de mi infancia)

Yo miraba con ojos de niño fascinado
Esas tumbas severas de contornos floridos
Y esas lánguidas cruces y las losas calladas,
Ya con borrados nombres.

Una serenidad, una paz convincente
Fluía del conjunto de tumbas sin desvelo
Que abandonaron seres a su vez ya finados.
Y más que un cementerio era un jardín profundo
Como un patio del tiempo
En un rincón tendido, decoroso, del barrio.

A mi amiga Emily Bronté, la inglesa insólita,
Le hubiera seducido ese lugar fantástico
Sin memoria de muertos.
Indagar quienes fueron en la vida esos nombres
Y dialogar allí con el Silencio.
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Imagen: Monumento al Trabajo, de Ernesto Soto Avendaño.
Material y fotografía tomados de la página Fervor x Buenos Aires.

26 jun. 2014

Acerca de algunos brasileñismos



(De Luis Alposta)

 Es sabido que en el habla de los argentinos, incluyendo el lunfardo, han fijado residencia diversas voces de origen portugués, y que muchas de ellas no nos han llegado precisamente de Portugal, sino de Brasil. Una cuestión de vecindad y el hecho de compartir fronteras son suficientes para darnos una explicación. Por otra parte, es oportuno recordar que, entre nosotros, la inmigración portuguesa ha sido más bien escasa.
Y algo que viene a cuento, quizá para complicar un poco más la cosa, es que las lenguas portuguesa y gallega son muy parecidas, y que al poseer no pocos vocablos comunes, nos dejan la duda con respecto a sus reales procedencias. Palabras de origen portugués que nos llegan a través de Brasil, o palabras de origen gallego que nos llegaron directamente con la inmigración.
 Sirvan aquí como ejemplos las palabras chumbo (revólver, bala, balazo; en gallego: plomo); calote (estafa, robo, clavo; en gallego: burla o timo) y cafúa (prisión, calabozo; en gallego: choza de terrones).
 Pero además existen brasileñismos que hemos incorporado, y que son de origen africano, tales como candombe (baile de origen africano / alboroto, desorden)  y batuque, esta última con el significado de barullo, desorden, bochinche, escándalo.
Muy interesante es la historia del lunfardismo fulo, adjetivo éste que significa furioso, enojado, o, para decirlo con otros lunfardismos, estar chivo o broncoso. Nos enteramos de que la palabra deriva de fula o fulani, denominación de una etnia  de Africa occidental; hombres de piel bronceada, con cierto tinte amarillento, muchos de ellos llevados a Brasil. El palidecer ante determinadas circunstancias dio base a la expresión ficar fula de raiva, “ponerse pálido de rabia”, y fula o fulo tomó así el significado de rabioso o furioso, siendo con esa acepción que comenzó a difundirse entre nosotros.
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Imagen: José Carioca, personaje de Walt Disney que personifica al nativo de Río de Janeiro, Brasil.
Tomado de “Mosaicos porteños”.

Cortázar y Troilo, habitantes del misterio


(De Álvaro Abos)

 Los aniversarios son una puerta a la estupidez, escribió Cortázar. Lo son porque convocan lugares comunes y alabanzas forzadas. A pesar de todo, transpongo esa puerta porque quiero enlazar a dos porteños que, a primera vista, poco tienen que ver. Julio Cortázar sería un refinado intelectual, venerado por la minoría culta que lee, y Aníbal Troilo, Pichuco, un músico popular. Vivieron en mundos diferentes. Pero ¿fueron dos mundos?
Nacieron en 1914 con un mes de diferencia. Troilo, en julio. Cortázar, en agosto. Separados por miles de kilómetros. Troilo vio la luz en una casa modesta de la calle Cabrera. Cortázar lo hizo en Bruselas, de padres argentinos (él diplomático) que lo trajeron a nuestro país a los cuatro años: infancia, adolescencia, juventud en Banfield y luego en el barrio de Agronomía. Cortázar caminó y conoció todo Buenos Aires. Vivió de joven en Bolívar, Chivilcoy y Mendoza, pero siempre volvía a su ciudad.
Fue diferente el tiempo de vida que les fue concedido. Troilo, sesenta años, y Cortázar, setenta. Pero Troilo empezó su faena muy joven, en cambio Cortázar dio muchas vueltas y encontró su verdadero lenguaje bastante tarde. Troilo tocaba el bandoneón a los 12 años, a los 16 formó un conjunto con Osvaldo Pugliese y Elvino Vardaro, y a los 23 ya dirigía su propia orquesta. Cortázar escribió desde muy chico, en experiencias necesarias pero dispersas: veinteañero, publicó un libro de poemas, luego una obra de teatro en verso. Sólo a los 37 años, en el libro Bestiario, encontró su voz.
No están unidos sólo por una fecha. No compartirán sólo los fastos celebratorios de la cronología, merecidos, pero a veces vacíos. Hay más. La clave de la secreta unión de Cortázar y Troilo está en el territorio que ambos exploraron e iluminaron. Y no me refiero sólo a Buenos Aires.
Los dos fueron habitantes del misterio.
Un cuento de Cortázar ilustra lo que trato de decir: “Las puertas del cielo”. Está narrado por el doctor Marcelo Hardoy, un elegante abogado porteño que frecuenta las milongas junto a una pareja amiga: Mauro, puestero del Abasto, y su mujer, la morocha Celina. Este cuento le trajo a Cortázar muchos problemas. Es que la descripción de los milongueros, “cabecitas negras” a los cuales el doctor Hardoy califica de “monstruos”, fue tomada por muchos como emanada del autor. El equívoco de confundir la opinión de un personaje con la del autor es un flagelo que nunca se disipa. Pero resulta que ese mismo doctor Hardoy tiene en el bailongo una experiencia que debería deponer todo prejuicio. Porque a ese cajetilla lo toca una revelación: Celina muere y los entristecidos Mauro y Hardoy, en un intervalo del velorio, y para distraerse, vuelven a la milonga, a ese Santa Fe Palace, de Plaza Italia, donde flota el espíritu de la muerta, y allí, entre los sones de orquestas como las de Canaro y D’Arienzo (o Troilo), ven a una mujer que les recuerda a Celina, que podría ser ella, pero no lo es, y los conmueve que la vida siga, tenaz, inexplicable.
Troilo entró al misterio cuando, en 1951, le avisaron que Homero Manzi había muerto. Entonces se encerró y compuso su tango más hermoso: “Responso”. Una elegía, una exploración del enigma final, que en Troilo no es, sin embargo, trágica como la de Piazzolla en su “Adiós Nonino”. El responso de Troilo es triste, pero sereno. Troilo y Piazzolla cumplieron una suerte de mandamiento del género: ofrecer un tango al colega que se fue. Horacio Salgán escribió “A don Agustín Bardi”; Osvaldo Pugliese, “A Orlando Goñi”, dedicado al mítico pianista de las manos mágicas.
Cortázar viajó a París en 1951 y se estableció allí hasta su muerte. Pero no es cierto que sólo volvió cuando cayó la dictadura militar. Volvía cada dos años (por lo menos así lo hizo hasta 1974) para ver a su madre. Y a su hermana, a su abuela y a su tía; o sea, el harén femenino que lo bancaba desde el departamentito de Artigas 3246. Sin embargo, en Buenos Aires no escribía. Necesitaba los doce mil kilómetros que separan al Plata del Sena para escribir. En cambio, Troilo creaba junto al público al que iba destinada su música. Troilo y su letrista, Cátulo Castillo, compusieron el tango “La última curda” durante una madrugada, en el departamento de Pichuco, en la calle Paraná, frente al cabaret Chantecler. Habían cenado y se pusieron a la tarea. Era verano y el departamento tenía el balcón abierto. Los que salían del Chantecler escuchaban una música maravillosa que bajaba del segundo piso. Y se quedaban en la vereda embelesados con ese tango que nadie había oído nunca. Y lo ovacionaban.
No hace falta ser de Buenos Aires para leer a Cortázar o para escuchar a Troilo, como no hace falta ser polaco para emocionarse con Chopin o portugués para hacerlo con Pessoa. Pero ir a una milonga y luego leer “Las puertas del cielo” o tomar el tren en Retiro y bordear el terraplén donde se juega el mágico teatro de “Final del juego” son experiencias que enriquecen al lector. Saber qué significó Homero Manzi  para Troilo ayuda a llorar mejor cuando se escucha “Responso”.
Troilo y Cortázar nunca cejaron en su empeño creador. Con sus altos y sus bajos, no se dieron tregua. Fueron dos artistas que, además de su arte, dejaron una lección ética. A saber: sólo la entrega tenaz es pasaporte, indispensable aunque no único, para la pervivencia. Troilo fue un músico completo, casi un renacentista: ejecutante, compositor, conductor de una orquesta que convocó a músicos, arregladores y cantantes de muy diverso cariz, pero de pareja excelencia. Lo hizo todo y lo hizo todo bien. Fue, en el auténtico sentido del concepto, un clásico. Parecía casado con el éxito, y sin embargo supo reservar espacio para una experiencia de creación ardua. Hablo de sus dúos con el guitarrista Roberto Grela. Un dúo, aunque era cuarteto, pues de fondo, como el rumor lejano de una brisa, sonaban también guitarrón y contrabajo. El que tocaba con Grela es un Troilo íntimo, sin artificios, desnudo, él y su fuelle en riesgoso diálogo con una guitarra.
Cortázar escribió muchísimo y dejó mucho en el cajón. A medida que han ido apareciendo los libros póstumos de Cortázar, hemos comprendido el rigor con que trató su volcánica productividad. Esos libros prolongaron largamente su vida. Veintiocho años después de partir, en 2012, se publicóCartas a Eduardo Jonquières, resumen de vida y resignificación de su obra.
Cortázar usó como epígrafe de “El perseguidor” la frase del Apocalipsis que podría ser el lema de uno y de otro, de esos dos porteños de ley que fueron Julio Cortázar y Aníbal Troilo: “Sé fiel hasta la muerte”.
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Imagen: "Rayuela" y bandoneón, montaje fotográfico. 
Tomado de la página web: Agenda de  reflexión

18 jun. 2014

De Toledo a Villa Crespo vía Esmirna: "¿De ande vinitis? ¿Djidió sos o estambulí?"



 (De Santó Efendi)

 La historia de los muestros (1) puede entenderse mejor si apreciamos algunos factores que configuraron nuestra existencia desde la remota antigüedad. El autor español José María Lacalle, en su libro titulado Los judíos españoles (Sayma, Barcelona, 1964), menciona en forma vaga que los judíos de España llegaron por primera vez luego del exilio de Babilonia, navegando por el Mediterráneo hasta las Columnas de Hércules, o sea la zona del actual Peñón de Gibraltar. Si bien éste no es un hecho histórico científicamente demostrado, lo cierto es que hubo población judía en España desde los comienzos de la era común, es decir, desde hace unos 2.000 años, hasta  la expulsión de 1492. El Yishuv Sefarad (2) duró por lo menos 1.500 años; hace solamente 500 años que dejamos Iberia.
 El ladino, muestra lingua (3) luego de tantos siglos, está tan arraigada a nuestra propia existencia, porque hemos volcado en ella además de nuestra personalidad étnica, la experiencia ancestral de nuestra gente y los textos sagrados, ya que poco a poco hemos perdido el hebreo como lengua de uso común. A través de siglos de migraciones por la Europa del noroeste y por las costas del Mediterráneo, hemos incorporado naturalmente al idioma expresiones y conceptos de otros pueblos en los que hemos vivido.
Luego de los grandes pogroms sufridos en la España de 1391, que se extendieron durante todo un siglo, los descendientes de Shebet Yehuda (4), comprendieron que habían alcanzado el final de una época histórica y en 1492, desesperados, se lanzaron hacia los cuatro puntos cardinales en búsqueda de una salida salvadora. Parte de los muestros que se desplazaron hacia el este, lograron llegar luego de muchas penurias a las tierras de Bayazid II, el gran Sultán del Imperio Otomano ( 481 - 1512) que tuvo la visión de permitir a los inmigrantes sefardíes instalarse en sus tierras, pues traían oficios, conocimiento de la tecnología de la época, vinculaciones internacionales, y capacidad de convertirse en súbditos leales para beneficio del Imperio. Cecil Roth en su libro titulado Doña Gracia of the House of Nasi (The Jewish Publication Society of America, Philadelphia, 1977), describe la gesta de "los muestros" desplazándose hacia Levante, en busca de esas tierras que prometían un mañana mejor para ellos.
Cabe destacar que ya antes de la llegada de los exiliados, existía una pequeña e influyente colonia judía en el Imperio Otomano, que facilitó la absorción de los hermanos expulsados de Sefarad.
Así, desde Toledo y desde centenares de otras localidades españolas, llegaron a Estambul (ex Constantinopla), recientemente conquistada por el Imperio Otomano. En una carta dirigida a los judíos de Alemania, hacia el año 1400, el Rab Don Isaac Zarfatí escribe: "Hermanos, yo, Isaac Zarfatí os digo que Turquía es un país de abundancia, donde si queréis, encontraréis paz. Aquí, cada hombre puede llevar una existencia apacible a la sombra de su viña y su higuera" (Henri Nahum, Juifs de Smyrne, XIXe - XXe Siècle, Capítulo II, pág 25, Aubier, Paris, 1997). La referencia a la viña y la higuera es bíblica.
 Las condiciones de vida en el Imperio Otomano permitieron a los nuevos llegados crecer durante largos siglos y expandirse por la costa mediterránea del Imperio, formando comunidades en muchas localidades de lo que hoy es Turquía, Grecia, y otros países de la región balcánica. Es importante mencionar que en el siglo XVIII, el Rab Don Jacobo Khuli comenzó a publicar en Estambul el Meam Loez, un comentario bíblico que se desarrolló durante largos años, y fue completado por generaciones de estudiosos, hasta convertirse hoy en una obra de 20 volúmenes, traducida a muchos idiomas. Helena Gutkowski, en su libro Érase una vez Sefarad (Lumen, Buenos Aires, 1999, pp 229-230), menciona esta obra, que marca algo así como el renacimiento cultural sefaradí luego de los largos años de reasentamiento que siguieron al trauma de la expulsión de España. La población judía en lo que hoy es Turquía, llegó durante los años del Imperio a un máximo de unas 80.000 personas; la actual es de unas 23.000, concentradas principalmente en Estambul y Esmirna. Como es el caso de otras nacionalidades, hoy hay más djidios turcos fuera que dentro de Turquía. En ondas migratorias sucesivas nuestros padres dejaron Turquía en búsqueda de otros horizontes, fueron reestableciéndose en Europa, América, llegando a Villa Crespo y más recientemente en Israel.
Como muchas otras familias, la de mis padres se embarcó en Esmirna y llegó a la Argentina en 1923, luego de haber pasado por la odisea de los incendios de Esmirna y otras ciudades turcas, provocados por la guerra de liberación de la cual surgió la República Turca actual, liderada por Mustafá Kemal, llamado luego el padre de los turcos, "Ataturk". Patrik Balfour Kinross, Lord Kinross, estudioso británico de la historia turca, describe en su libro A Biography of Mustafa Kemal, Father of Modern Turkey (Quill, New York, 1964), los horrores de esa guerra, en la que los muestros perdieron sus casas y haciendas devoradas por el fuego, pero felizmente pudieron salvar sus vidas. Todavía recuerdo los años de mi infancia llenos de narraciones de mi madre y mi abuela sobre los ensendyios de Izmir (5). Esta experiencia traumatizante, colectivamente compartida por muchos de los muestros, contribuyó al sentido de unidad que el djidió de Buenos Aires siempre tuvo, buscando la proximidad de sus hermanos ya establecidos en la zona del centro de la ciudad: en la calle 25 de Mayo, o en los barrios de Once, Flores, o Villa Crespo. Hay que pensar que la ACIS puso la piedra fundamental de la Kehilá (6) de Camargo en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, antes del éxodo masivo de los djidiós de Esmirna hacia Europa y Sudamérica.
Cuando muchos de los muestros llegaron a Villa Crespo pocos años después, y se encontraron con este núcleo de paisanos con los cuales podían compartir sus sentimientos, su idioma, su mundo material y espiritual, la calle Gurruchaga se convirtió en el centro de la nueva Karatash, el barrio populoso de los djidios del Esmirna de entonces.
Éste es pues nuestro origen. Como Shebet Yehuda pasamos por Babilonia, por Sefarad, por Europa, por América en general y también por el barrio de Villa Crespo. Siempre firme con nuestra cultura y autoaprecio, conservamos las costumbres y el estilo de nuestros ancestros, en nuestras casas, en nuestras kehilot (7), en nuestras escuelas, clubes y en nuestros cementerios. El sefaradí típico se enorgullece de pertenecer a tan alta estirpe y se identifica con quienes son originarios de su ciudad o de su barriada en el viejo mundo. Así se formaron en Buenos Aires las comunidades de Ismirlis, Estambulis, Selaniklis, Marroquinos, Halabis, Damasquinos (8), etc., para sólo nombrar algunos grupos. Con el renacimiento de la patria ancestral, Israel, hemos visto a algunos de los muestros cruzar barreras y emparentarse con ashkenazim, cosa desusada durante el período del viejo Imperio. No obstante, conservamos la sensibilidad por la música de nuestros padres, los cuentos de Djohá (9), nuestros boios (10), huevos haminados (11), rakí (12), baklabá (13), kadaif (14), etc., que dan a nuestra vida un sabor muy particular y nos ayudan a encontrarnos a nosotros mismos. Los que vivimos esparcidos por el ancho mundo, lejos del Villa Crespo en el que nacimos y crecimos, tratamos en cuanto podemos de volver a Buenos Aires para visitar parientes y amigos, ziarar (15) a nuestros ancestros y por supuesto, sumergirnos en la calle Gurruchaga, los boios, la Kehilá de Camargo y el barrio todo, para volver a vivir aquellas sensaciones y emociones de la infancia y la juventud que siempre llevamos dentro. Solamente persisten y triunfan los pueblos con buena memoria.
______
Notas:
(1) Del ladino: los nuestros.
(2) Del hebreo: el asentamiento judío en Sefarad.
(3) Del ladino: nuestra lengua.
(4) Del hebreo: la Tribu de Yehuda.
(5) Del ladino: los incendios de Esmirna.
(6) Del hebreo: sinagoga.
(7) Del hebreo: plural de sinagoga.
(8) Así se los denomina a los originarios, de Esmirna, Estambul, Salónica, Marruecos, Alepo, Damasco, respectivamente.
(9) Personaje mítico de la tradición turca adoptado por los sefaradíes del Imperio Otomano.
(10) Bollos rellenos con diferentes ingredientes (queso, verdura, etc.) de la tradición culinaria, exclusividad judeo-española.
(11) Del ladino: huevos duros.
(12) Del turco: anís, bebida alcohólica.
(14) Del turco: postre oriental.
(15) Del turco: ziyaret, visita o peregrinaje (a un cementerio).

Ilustración: La sinagoga de la calle Camargo.
Material tomado de la página sefaraires.com

14 jun. 2014

Los poetas del domingo




(De Raúl González Tuñón)

“Haz como aquellos hombres que trabajan seis días/
y en los domingos podan unas plantas queridas” Banchs


No suelo desdeñar los versos sensibleros
con su luna barata y su candor legítimo
y tras cuyo sabor popular se adivina
la historia brava o la novela triste.
Puede allí estar la gracia; la insólita inocencia
típica de esos hombres que trabajan seis días
y pintan en domingo.

Ese clima inefable de las ventanas pobres
con los visillos cursis y los desvelos íntimos
y de los corralones de extramuros sureros.
Algo de lo que estaba detrás de Henri Rousseau,
el peintre du dimanche, con su novia increíble
y la Shilly Simphony de su violín fulero.

Y el silencio que llega con su carga de raso
que la intemperie perfumara.
La canaleta, el patio, la lámpara furtiva,
una foto de Tita Merello, desvaída.
Y atrás la calle con su río
y un sauce, un almacén, un suicidio y un  tango.
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Foto: El poeta Raúl González Tuñón en el living de su casa de la calle Amenábar al 100.

Héroes y canallas: bombardeo del 16 de junio de 1955




(De Viviana Demaría y José Figueroa)

LOS ELLOS
Ellos hace algunas horas que han aterrizado sus naves en Uruguay. El Presidente Batlle les ha concedido asilo político. También dispuso que se les proporcionara documentos, hospedaje, una suma semanal de dinero, un traje confeccionado en una selecta sastrería de la avenida 18 de Julio, dos camisas, una corbata, un perramus y hasta un cepillo de dientes. A ellos se los ve relajados, risueños y orgullosos. Atrás ha quedado la castigada Buenos Aires sumergiéndose lentamente en una desolada penumbra. Esa noche, al otro lado del río, ellos serán agasajados con una cena por su distinguido anfitrión. Habrá invitados especiales que -al igual que ellos- Batlle les ha brindado un refugio contra la tiranía del otro lado. Acá, la lluvia persistente es lo único que ahora cae del cielo. Cielo que llora toda esa noche el dolor por los cientos de muertos, por los miles de heridos. Ellos, allá, están relajados, risueños y orgullosos…

EL RECUERDOY EL OLVIDO
El acto de conmemorar invita a transitar espacios que navegan entre el recuerdo y el olvido. Ambos elementos son constituyentes de la memoria. Lo olvidado, tanto lo reprimido como lo negado (es decir lo desplazado como lo no inscripto) se convierte en un componente de las narrativas que nos conforman como sujetos y también como sociedad.
Estos términos son necesarios al momento de leer los hechos del 16 de junio de 1955, señalando en primer plano que el bombardeo de Plaza de Mayo sobre la población civil significó la inscripción y legitimación de la criminalidad de lesa humanidad que luego se manifestaría en magnitud suprema durante la última dictadura cívico-militar que padeció la Argentina.
Lo que resulta significativo en lo que se refiere a los sucesos de 1955 y sus derivados es la escasa investigación y difusión de sus causas y sus alcances sumado a la dificultad de nominarlo de un modo que resulte abarcativo y pertinente. ¿Bombas sobre Buenos Aires? ¿Matar a Perón? ¿Bombardeo a Plaza de Mayo? Son denominaciones que dicen algo acerca de lo sucedido pero que no dan cuenta ni develan el propósito que promovió la masacre mediante el bombardeo aéreo con bombas de fragmentación y la metralla con proyectiles explosivos. Este primer obstáculo, cierne un manto de oscuridad sobre aquel día que se extiende luego a través de la historia dificultando su resignificación y por ende, desplazando su verdadera dimensión terrorífica.
El intenso y persistente trabajo realizado para sostener un discurso que lograra minimizar la dimensión del horror ocasionado por el bombardeo, los comandos civiles y los insurrectos frente a la exaltación del relato de la quema de los templos, encapsuló ese segmento de la historia recortando su profundidad, su extensión y su sentido genuinos.
A modo de primer acercamiento advertimos que más allá de la evidente reescritura que ha sido impuesta y que, como tal, tuerce el horizonte de sentido de los acontecimientos, encontramos en la propia geografía de la ciudad y en los testigos signos y señales que colaboran en hacer visible lo invisibilizado en la producción de discursos acerca de la masacre del 16 de junio. Por ello una dimensión de lo expuesto puede hallarse en la perturbación que se desprende al interrogar el paisaje póstumo horas después del ataque masivo a la ciudad. ¿Cuánto tiempo fue necesario para retirar de las calles las bombas que no estallaron, los bloques de cemento derrumbados, los vehículos destruidos o quemados, los cuerpos sin vida, los fragmentos de cuerpos irreconocibles, apagar los incendios? ¿Cómo fue posible caminar entre las ruinas durante los días siguientes? ¿Acaso la lluvia impiadosa que se desató aquella noche del 16 de junio fue suficiente para lavar el dolor y el desconcierto de las subjetividades argentinas?

POLÍTICAS DEL SILENCIO
Para quienes –sin haber sido protagonistas del hecho histórico– nos interrogamos acerca de la transmisión intergeneracional de los sucesos y su influencia en el presente, hallamos en los laberintos de la memoria y en sus lógicas de construcción elementos para dilucidar cuánto ha habido de represión psíquica y cuánto de represión política en el silenciamiento del bombardeo. La tensión presente en las palabras utilizadas para la construcción del relato, la insistente disputa por el sentido de la historia y la fricción permanente que señala lo que puede ser dicho y lo que deberá permanecer oculto son tres premisas están ínsitas en el núcleo silente de la narrativa del bombardeo y en la construcción de la identidad tanto subjetiva como social que devino de los resultados de su eficacia simbólica. Por eso la posibilidad de bordear a los hechos con palabras que convoquen a los recuerdos expone las contradicciones del discurso oficial y habilita la salida de la clausura que ese relato impuso a lo largo de más de medio siglo.
Entendemos que a partir del análisis de estos vectores es posible hacer presente discursivamente a los que fueron destituidos de su lugar en su historia personal – por la proscripción sufrida – y en la memoria colectiva – por la negación del acontecimiento.
Es por esto que el punto de inflexión de los relatos que presentaremos a continuación, esta sostenido en el desafío de enlazar registros – siempre fragmentarios en tanto y en cuanto son producciones humanas y por lo tanto sometidas a las cualidades de nuestra condición de seres parlantes – constitutivos de la memoria social. Memoria “abierta al trabajo de rememoración colectiva que cualquier sociedad necesita realizar a la hora de pensar el presente y construir líneas de análisis pero también cursos de acción hacia el futuro”.

PEARL HARBOUR
Su nombre aparece vinculado a la primera expedición aérea argentina sobre la Antártida. Un 13 de Diciembre de 1947 aquel cielo fue surcado por primera vez por una aeronave de pabellón nacional. Cumplieron dicha proeza, un grupo de marinos argentinos bajo el comando del Contralmirante Gregorio A. Portillo a bordo del avión cuatrimotor Douglas C-54 Skymaster. La tripulación del 2-Gt-1 estaba compuesta -entre otros- por el Copiloto/Navegante Teniente de Navío (Aviador Naval) Jorge Alfredo Bassi.
Seis años después -en 1953- se embarcaba para realizar un rutinario viaje de instrucción en la Flota de Mar el –ahora- Capitán de Fragata Jorge Alfredo Bassi. Entre sus pertenencias llevaba una exótica bibliografía en la que resaltaba un documento del célebre Capitán de Navío de la Armada Imperial Japonesa: Mitsuo Fuchida. En esos registros de guerra -quien fuera Jefe de Ataque- diseminaba sus pedagogías bélicas como piloto imperial. Aquel golpe agresivo, preciso, devastador, estremecedor y fulminante que la Marina Imperial del Japón le asestó a la Flota del Pacífico de los Estados Unidos lo fascinaba. Él era aviador como Fuchida y también marino. Lo que lo diferenciaba de aquél, era su odio visceral a Perón, lo que lo acercaba, era su confianza ciega en la visión táctica del poder aéreo.
Un día no pudo más y se animó en una sobremesa. “¡Qué lindo imaginar la Casa Rosada como Pearl Harbor!” comentó. Imitar aquel bombardeo japonés para destruir la Casa Rosada y sepultar a Perón y a toda su comitiva bajo los escombros y poner punto ?nal a su tiranía… explicó, sin ruborizarse. Un ataque de tres minutos desde el aire, bajo la iniciativa de la Base Aeronaval de Punta Indio y la historia la comenzamos a escribir nosotros, afirmó. Sirvió una ronda de fino cognac y testeó la mirada de sus camaradas.
Los capitanes de fragata Antonio Rivolta y Néstor Noriega se guiñaron los ojos, Francisco Manrique y Recaredo Vázquez sonrieron satisfechos. Jorge Bassi ensayó un brindis. La conspiración había germinado a bordo y él era el dueño de una idea entusiasta, con estilo, moderna, sin ningún liderazgo militar. Duplicaría aquellos lejanos -y fríos- oropeles antárticos donde fuera un humilde copiloto… ¿quizás mañana primer mandatario?

L.A GLORIOSA CLASE 34
Cuando los sortearon para la colimba, les tocó servir en el Regimiento de Granaderos a Caballo. De otro modo aquellos jóvenes provenientes de lugares tan diversos no se hubiesen conocido. Las madres de los muchachos estaban un poco más tranquilas que las demás y hasta orgullosas. Que fuesen destinados en Granaderos era mucho mejor que marina, aviación o simplemente el ejército. Ya sabían ellas el riesgo que corrían sus hijos. Lo sabían por sus padres, sus maridos y por todos los varones que habían pasado por esa experiencia. Algunos no hablaban nunca de eso, otros repetían la proclama de que se habían hecho hombres, otros barnizaban su paso por el servicio militar con una cuota de humor. Para éstos últimos, era el único modo que encontraban de tramitar la humillación que la Fuerza les había hecho vivir. Sabiendo que en casi dos años regresarían a sus vidas, la colimba garantizaba que el tiempo que pasaran allí fuese lo suficientemente penoso como para que no se olvidara jamás.
Así y todo, el Regimiento de Granaderos a Caballo, tenía otra impronta. Los trajes impecables, estar en Buenos Aires cerca del Presidente, atenuaba la crueldad inherente al servicio militar obligatorio.
Pero mucho más que el hecho de compartir aquel momento insalvable de sus vidas, fueron los hechos que escribieron la Historia los que llevaron a esos hombres a sellar un pacto que los mantendría unidos para siempre.
Aquella mañana del 16 de junio cerca del medio día correspondía el recambio de los cuarenta granaderos que estaban destinados a los diferentes espacios de la Rosada. Pero las cosas sucedieron de modo diferente.
La orden en las cuadras de armar a toda velocidad los escuadrones sonó fuerte y clara. Luego embarcarse en los camiones, comunicaciones interrumpidas, silencio, frío, miradas insoportables y humo. Al llegar a la Casa de Gobierno… el infierno.
El paisaje de los colectivos incendiados, los autos calcinados, la sangre y el profundo olor a muerte provoca el estupor de los granaderos. De pronto un disparo se escucha demasiado cerca y el camión pierde estabilidad. Desde atrás poco puede verse, pero mucho es lo que se puede imaginar.
Los gritos de la gente en las calles, desorientada y atónita, se mezclan con las órdenes.
Mientras los leales apostados en sus lugares asignados defienden a sangre y fuego la Casa de Gobierno con sus armas de principios del siglo XX –los fusiles Mauser de modelo a cerrojo que sólo cargaban cinco proyectiles– comienzan a llegar los refuerzos. A ese escenario llegó el 3º Escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo. Los conductores de los vehículos se encuentran entre las primeras bajas. Ramón Cárdenas es quien conducía uno de los vehículos de la columna que transportaba el refuerzo a la Casa de Gobierno. Maniobrando bajo el fuego enemigo, logra aproximarlo a la puerta de entrada para que sus compañeros puedan descender más a cubierto. Él fue alcanzado por las balas de los fusiles semiautomáticos FN de procedencia belga que había ingresado de contrabando el Almirante Rojas especialmente para la ocasión.
En esa circunstancia los granaderos del 3º Escuadrón tratan de ingresar por la puerta de la Custodia pero se encuentra cerrada. Al abrirse el portón algunos logran entrar durante los intervalos que dan las balas. Muchos resultan heridos. Finalmente otros, como José Alodio Baigorria, Laudino Córdoba, Mario Benito Díaz, Orlando Heber Mocca y Pedro Leonidas Paz tienen menos suerte. Mueren alcanzados por las balas sediciosas.
Entre tanto los francotiradores que están situados en el Ministerio de Asuntos Técnicos no dan tregua. Por las calles los insurrectos arrasan con lo que tienen a su paso y el cielo está virtualmente repleto de aviones. De todos lados surcan las balas y caen las bombas que arrojan los veinte North American AT6, los cinco Beechcraft AT11, los tres Catalinas y finalmente de los diez Gloster Meteor.
Dentro de la Casa de Gobierno están atrapadas alrededor de cuatrocientas personas –entre funcionarios, empleados y público– inmovilizados y aterrados frente a la masacre de la que son testigos. Protegerlos y luchar contra el enemigo son las órdenes que los granaderos tienen que cumplir.
Al mismo tiempo en la terraza del edificio otra batalla desigual se está librando. Víctor Enrique Navarro es uno de los granaderos integrante de la fracción que tenía a su cargo la defensa antiaérea de la Casa de Gobierno. La metralla leal defiende ese espacio sin descanso. En el momento de reabastecimiento de municiones, el granadero se desliza con rapidez… pero no la suficiente. Una ráfaga impiadosa de los aviones golpistas pinta de rojo su cuerpo dejándolo inerme para siempre.
Abajo, la orden de salir hasta Paseo Colón y detener a la infantería de marina no se hizo esperar. La consigna era hacerlos retroceder. En inferioridad de condiciones, número y armas los granaderos repelen a la infantería hacia el Ministerio. Entre los escombros, los cuerpos sin vida y los heridos comienzan a aparecer los tanques reforzando la posición aliada. Ese es el momento en que los marinos acorralados sacaron una bandera blanca y la agitaron en señal de rendición.
La hazaña de los granaderos parece llegar al final.
De pronto, un zumbido imposible, cruza el aire.
Ante la mirada atónita de todos cinco aviones Gloster avanzan desde La Boca y apuntan sus veinte cañones con proyectiles explosivos de 20mm directamente sobre la población inerme.
Los conspiradores ya se han rendido pero los infames que continúan en el aire ametrallan en son de escarmiento. No satisfechos con ello, sueltan sus tanques suplementarios de combustible de 800 litros sobre esa ciudad abrazándola en fuego.
No pudieron matar a Perón, pero no renunciaron al sueño de matar al peronismo en cada víctima que dejaron sin vida en las calles de Buenos Aires.
Recién después de eso, voltearon rumbo al Uruguay.
Los días posteriores abonaron al reinado del encubrimiento.
Francisco Robledo, Miguel Cernada, Diego Bermúdez, Héctor Sosa y Rubén Sosa ya son ancianos. Hablan de aquellos días y lloran y sufren como si los gemidos de dolor siguieran intactos en sus oídos. Como si la sangre, el humo y el polvo estuviesen pegados aún en sus narices.
Después de aquella entrega incondicional en favor de la defensa de la vida institucional y democrática de la nación, llegó el silencio. Un silencio doble: el silencio impuesto sobre el relato de los acontecimientos de la historia y el silencio producto de la impunidad.
Cincuenta años después la democracia comenzó a escuchar su sufrimiento. Es así que una escuela en la Matanza, lleva en sus aulas el nombre de los “Granaderos del Silencio” en honor a los nueve Granaderos que en forma heroica murieron cuando, cumpliendo la misión de escolta del Regimiento de Granaderos a Caballo defendieron al presidente constitucional durante la matanza del 16 de junio de 1955.
En la escuela EPB Nº 82 de “La Matanza”, nueve de sus aulas fueron bautizadas con los nombres de aquellos conscriptos de 21 años que resistieron el embate de cientos de militares insurrectos y francotiradores rebeldes que pugnaban por entrar al Palacio Presidencial. Sin nombre y rodeada de una villa, la escuela se levanta entre los escombros a fuerza de pura voluntad y convicción, tal como lo hicieran aquellos granaderos leales que defendieron la democracia en 1955 durante su paso por el servicio militar en el histórico batallón creado por San Martín.
En 2010, cincuenta y cinco años después se logra escribir la Investigación Histórica “Bombardeo del 16 de Junio de 1955”, publicación realizada por la Unidad Especial de Investigación sobre Terrorismo de Estado del Archivo Nacional de la Memoria, dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación.
También se erige un memorial y se conquistan reconocimientos previsionales para las víctimas del Terrorismo de Estado de 1955.
Sin embargo, cincuenta y siete años después, seguimos desenterrando los cadáveres de nuestros hermanos de entre los escombros, abrazados en la esperanza de que su presencia convoque a la Verdad, a la Memoria y a la Justicia para que los responsables civiles y militares (vivos o muertos) de este crimen de lesa humanidad no queden impunes.
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Foto: Víctimas dentro y fuera de un trolebús alcanzado por la metralla en la avenida Paseo Colón. 
Nota tomada de la revista El Abasto, N° 144 , junio 2012.

El monumento a Domingo Faustino Sarmiento



(De Miguel Ruffo)

Domingo Faustino Sarmiento tal vez fue el intelectual más polémico de la Argentina del siglo XIX. Polémico por su confrontación con Juan Manuel de Rosas (pero esto sólo lo podemos decir, en cierta medida desde el hoy, ya que parte de este aspecto de su personalidad se debe a la reivindicación de Rosas por el revisionismo histórico); polémico por ciertas apreciaciones del gaucho en la dicotomía de civilización y barbarie y sobre todo por su “guerra de policía” contra Ángel Vicente Peñaloza, “El Chacho”; polémico por su enfrentamiento con la burguesía terrateniente pampeana cuando les dijo que eran una “aristocracia con olor a bosta”. Polémico Sarmiento, polémica la obra de arte que lo recuerda. “El monumento generó descontento popular debido a la falta de parecido del rostro de Sarmiento. El día de la inauguración estaba organizado como un verdadero festejo, incluyó la iluminación de la parte céntrica de la ciudad y de la Casa de Gobierno. Todas las celebraciones se vieron empañadas por el comentario generalizado de los asistentes al acto, cuando el monumento fue descubierto, la exclamación fue generalizada: ‘¡Ese no es Sarmiento’” (1). Las críticas florecían, desde la de Augusto Belín Sarmiento que veía en la representación fisonómica de su abuelo a un orangután, hasta la de Leopoldo Lugones que proponía cambiar la cabeza de la escultura. El autor del monumento a Domingo Faustino Sarmiento es Augusto Rodin, quién revolucionó el arte escultórico a fines del siglo XIX. Rodin expresaba: “para mí la escultura moderna no debe ser una imitación de la fotografía. El artista no solamente tiene que trabajar con su mano, sino, sobre todo, con su inteligencia” (2). Es que en la polémica suscitada resonaban antiguas concepciones estéticas desde las que se piensa al arte como mímesis o imitación de la realidad. Y esto estaba muy acentuado en el campo artístico de Buenos Aires desde los orígenes del arte argentino. Así, a nuestros primeros retratistas, no se les exigía vuelo estético en la composición del retrato, sino parecido físico entre el representado y su representación. Lo dicho para la pintura, vale también para la escultura. Podemos decir que la obra de Augusto Rodin irrumpió con el modernismo, en un medio escultórico local, donde lo dominante era el arte clásico o neoclásico. “Eduardo Schiaffino fue el defensor de Rodin y de su monumento […] trató de explicar la obra del escultor al público y al gobierno nacional, la justificaba porque era la expresión de un arte nuevo, reflejo de la modernidad.” (3). El monumento a Domingo Faustino Sarmiento fue inaugurado el 25 de mayo de 1900 y se lo emplazó en el Parque 3 de Febrero (Palermo). Es una figura de bronce, en la que el personaje está envuelto en una capa, en actitud de avanzar. Se apoya en un basamento en cuyo frente vemos un relieve de Apolo y una serpiente; mientras en la parte posterior se encuentra el escudo nacional. ¿Cuál es el simbolismo que se desprende de estas figuras y cómo se relacionan con Sarmiento? Apolo es una de las divinidades olímpicas, parte del ciclo o la era de Zeus, y representa la luz. Esta a su vez simboliza el pensamiento; recordemos al respecto que el siglo XVIII es denominado El Siglo de las Luces y su filosofía dominante, el iluminismo o la Ilustración, se encuentra en la génesis de la Revolución Francesa de 1789 y en la prolongación de la época burguesa al Río de la Plata con la Revolución de Mayo. La luz, el pensamiento, la razón; en oposición a la religión y el clericalismo. ¿Y a la serpiente, qué? Pensamos que esta serpiente no tiene el valor que le asigna el cristianismo como responsable del pecado y del mal; sino que simboliza la sabiduría, ya que la serpiente es por excelencia el símbolo del saber. Seguramente se trata de Pitón, la serpiente que mató Apolo, asumiendo a través de la pitonisa sus funciones oraculares o sapienciales.  Por consiguiente, tanto Apolo como la serpiente nos remiten al conocimiento, al pensar, a la razón. Y Sarmiento fue un pensador, un intelectual, al decir de Milcíades Peña. Sarmiento junto a Juan Bautista Alberdi fue uno de los dos intelectuales más relevantes del liberalismo en el siglo XIX.
Si polémico es Sarmiento como intelectual, si polémico es su monumento, no menos polémico es el lugar donde se lo emplazó: en las que fueron las mismísimas puertas de la Casa de Juan Manuel de Rosas en Palermo. Sarmiento fue uno de los más acérrimos rivales de Rosas cuando éste se desempeñó como gobernador de la Provincia de Buenos Aires; una de las obras de Sarmiento es “Facundo. Civilización y Barbarie” donde la figura de Facundo se convierte en el pretexto para atacar al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Lo que en Facundo era instintivo y emocional, en Rosas se convertía en un frío cálculo racional. Pues bien, los hombres de la Organización Nacional, asentaron a ésta en la derrota de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros en 1852 y como queriendo borrar el recuerdo de este gobernador, Palermo se convirtió en el Parque 3 de Febrero (día de la batalla de Caseros); posteriormente la Casa de Rosas fue dinamitada y desapareció del paisaje urbano. Y poco después como reforzando estas operaciones simbólicas se implanta el monumento de Domingo Faustino Sarmiento allí donde se levantaba la célebre casa del Restaurador de las Leyes. Finalmente digamos –que con el paso de décadas de historia, con sus luchas y avatares–, hoy en diagonal a la obra de Rodin, está emplazado el monumento a Juan Manuel de Rosas, como una ironía de la historia, para quien fuera su más enconado rival.
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Fuentes:
1.Magaz, María del Carmen; “Escultura y poder en el espacio público”, Acervo Editora Argentina, Bs. As., 2007, pág. 60
2.Rodin, Augusto citado por MAGAZ, María del Carmen; Ob. Cit., pág. 60
3. Magaz, María del Carmen; Ob. Cit., pág. 61.

Foto: El monumento a Sarmiento –obra de Augusto Rodin-  en el Parque 3 de Febrero de Buenos Aires.
El material y la ilustración fueron tomados del periódico “Desde Boedo”, junio de 2014.