27 ago. 2014

Acerca de Vicente Greco y la orquesta típica



(De Luis Alposta)

La familia de los Greco vivía en el famoso conventillo El Sarandí, que estaba situado en el 1356 de la calle del mismo nombre. Allí vivían también, en la pieza número 15, la legendaria pareja de “la Moreira” y “el Cívico”. A ese domicilio solían concurrir, para escuchar el fueye de Vicente, nada menos que Evaristo Carriego, Roberto J. Payró y el Dr. José Ingenieros.
Vicente Greco, “Garrote”, uno de los valores más jóvenes y más talentosos de su generación, quien a los doce años de edad actuaba ya como ejecutante profesional, fue músico, bandoneonista, director y autor de recordados tangos, tales como El flete, Racing Club, La viruta y Ojos negros, entre otros muchos.
 Digamos ahora que ha sido él, en 1911, quien al ser requerido por la Casa Tagini para grabar sus tangos, adoptó la feliz denominación de Orquesta Típica Criolla, la que pasó a ser al poco tiempo Orquesta Típica a secas.
Y digo feliz denominación, porque fue a partir de entonces y hasta la fecha, que bajo este rótulo se diferencian perfectamente los conjuntos de tango, de todos aquellos que interpretan repertorios populares de otros géneros. En síntesis, Orquesta Típica, un sello de identidad que nuestra música popular debe agradecerle a Vicente Greco, además de sus inolvidables tangos.
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Imagen: Vicente Greco y su Orquesta típica criolla.
Nota y fotografía tomadas del blog de L. A.: Mosaicos porteños.

15 ago. 2014

Sobre la buseca


(De  Silvia Long-Ohni)

En italiano, busecca –que solemos escribir buseca– , es una especie de guiso muy común en la Argentina y en Uruguay, aunque tal vez esto haya que referirlo a un cierto pretérito insinuado: plato casero y también de restaurantes baratos, este solo dato ya nos pone al borde de la nostalgia, sin perjuicio de que ahora tampoco las amas de casa son demasiado cocineras.
Los orígenes de la busecca son difusos: en España hay una preparación bastante semejante, los “callos”. Y en Italia, en la región de la Lombardía,  el dialecto de Varese menciona la büsèca (bu'zekka),  (del antiguo germánico butze, vísceras), suerte de sopa espesa preparada con mondongo.
Ese nombre originario se  convirtió en el dialecto lombardo en busa (panza) y derivó en bussech o busecca, de donde llegó al habla popular uruguaya y porteña no sólo para designar al plato del que hablamos, sino también para enriquecer al lunfardo con la expresión “busarda”, designación burlona del vientre prominente.
En el Río de la Plata, la aceptación alimenticia entre los criollos del consumo de las vísceras vacunas fue nula por años –“eso se le tira a los perros”–, a despecho del antecedente hispánico citado, por lo que no es arbitrario suponer que la ulterior difusión de esa costumbre más bien se debe a la influencia de la inmigración italiana. Sin duda, los genoveses de La Boca –no poco afines a los lombardos– tuvieron que ver con la imposición local y eminentemente urbana de la buseca.
 Naturalmente, la busecca sufrió modificaciones por la disimilitud de ingredientes que aquí pudieron hallarse e incorporarse: al mondongo –que es uno de los estómagos de la vaca– le sumamos papas, porotos o lentejas, chorizo colorado, ajíes morrones y tomate. A diferencia de muchos otros guisos, la gracia de la buseca consiste en que los ingredientes permanezcan sólidos al diente pese a que, entretanto, el hervor continúa hasta que el caldo se pone muy espeso; su nivel calórico es muy alto, lo que la vuelve grandemente recomendable en los días fríos, sobre todo acompañada con vino tinto.
Tanto aquí como en la vecina orilla, lo que entendemos por guiso de mondongo es variante directa de la “busecca lombarda”, aunque no cabe desdeñar la influencia subsidiaria de otros platos parecidos, también aportados por la inmigración de fines del siglo XIX, como los nombrados callos a la madrileña o a la asturiana, la trippa alla romana o alla fiorentina o de las tripes á la mode de Caen.
Lógicamente, un plato preparado con la panza de las reses es, con toda evidencia, propio de pobres, sobre todo en un país que, para aquella época, tenía cuatro veces más vacas que habitantes. Explica esto que su difusión fuese entonces rapidísima: por ejemplo, uno de los primeros libros uruguayos de recetas, El consultor culinario, de finales decimonónicos, trae seis versiones del guiso de mondongo, en algunos casos de oveja.
No olvidemos que a principios y mediados del siglo XIX, antes y después de su independencia, hubo un gran ingreso a la Banda Oriental de inmigrantes italianos, que dieron un marcado impulso a actividades como la horticultura y la gastronomía. Sus platos característicos pronto fueron adaptados a las condiciones locales y se fusionaron con especialidades españolas y criollas.
Curioso también es el nombre de mondongo. Se afirma, con bastante verosimilitud, que se trata de la deformación del vocablo español “mondejo” (panza de cerdo o carnero), difundida por esclavos recientes y todavía “bozales” –que sólo tenían nuestro idioma a medias–, y en cuya alimentación, justamente, abundaba esa víscera notoriamente despreciada por sus amos.
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Ilustración:  Buseca criolla servida en cazuela de barro.

13 ago. 2014

Monumento a Juan Larrea



(Por Miguel Ruffo)

A Adolfo P. Carranza, primer director del Museo Histórico Nacional (MHN) le corresponden las ideas, iniciativas y asesoramiento a los artistas para erigir en la ciudad de Buenos Aires, monumentos destinados a perpetuar la memoria de los hombres que constituyeron la Primera Junta de Gobierno. Vale decir que si hoy la ciudad tiene en diversas plazas monumentos que recuerdan a los hombres de la Revolución ello se debe a Adolfo P. Carranza. 
Uno de los vocales de la Primera Junta fue Juan Larrea, tal vez injustamente olvidado frente a hombres de la talla de Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan José Castelli o Cornelio Saavedra. Pues bien, Juan Larrea perteneció a la burguesía comercial porteña, participó en la lucha contra los ingleses en 1806-1807, tuvo un rol activo en la polémica Revolución del 1º de Enero de 1809, luego fue, como ya dijimos, vocal de la Primera Junta, se pronunció a favor de Moreno, lo que lo condujo al confinamiento en el interior cuando el morenismo cayó en desgracia; luego fue diputado en la Asamblea del Año XIII y le cupo un papel fundamental en la formación de la flotilla que le permitió al almirante Guillermo Brown vencer a los realistas en El Buceo y sellar la suerte de Montevideo. Fueron muchas las alternativas posteriores en la vida de Juan Larrea: el exilio, tras la caída de la Asamblea en 1815, el regreso gracia a la ley del Olvido de 1822, la lucha por reconstituir su fortuna, la oposición al régimen de Rosas, nuevas expatriaciones y regresos y finalmente su suicidio en 1847. 
Vicente F. López dijo que “Era el más diestro comerciante y financista de su tiempo. Su especialidad culminante en ese ramo, le daba un influjo decisivo en la dirección y en el curso de los negocios públicos. Su vivacidad para comprender las necesidades del momento, para encontrar los recursos a crear y proyectar la manera de sistematizarlos, era tan reconocida que bastaba su dictamen para que se procediera de acuerdo a sus indicaciones.” (1)
El monumento que lo recuerda se levanta en la Plaza Herrera y cuando fue inaugurado en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo se pronunciaron discursos laudatorios, por parte de la comisión promotora de las esculturas de los hombres de Mayo y de la municipalidad, que recibía la obra de arte: Entonces se adelantó el contraalmirante Atilio Barilari –miembro de la Comisión gestada por Carranza para la erección de las esculturas–  y pronunció el siguiente discurso: “Felices los pueblos que saben honrar la memoria de sus benefactores, o saben rendir homenaje pagando el tributo debido a los que han comprometido la gratitud de la posteridad; porque los pueblos que así proceden tienen señalado un hogar prominente en el camino de la civilización y la grandeza.
Buenos Aires, como capital de la República, honrando a los próceres de la Primera Junta, o sea a los que formaron el primer gobierno patrio de esta parte del continente americano, se coloca en la senda venturosa que a de conducirla a ese destino.
Honor y gloria a la capital de la Nación Argentina, en cuyo seno germinó y se formó ese gobierno que fue el pedestal de nuestra libertad y el verdadero precursor de nuestra independencia.
[...] don Juan Larrea, una de las figuras más salientes de los miembros de la Primera Junta. Fue uno de los primeros comprometidos en el reducido número de los campeones que expusieron su porvenir y su vida preparando los acontecimientos de Mayo, y después formó parte de aquel gobierno que sin temor de equivocarnos podemos llamar, por sus hechos y proyecciones, famoso ante la historia, y aplicó en él todas sus energías, todas sus actividades y todos los sentimientos grandes y nobles que animaron su alma, para que irradiara los rayos de luz que debían iluminar el sendero de la emancipación.
[...]
Apagado el eco de los aplausos [...] se oyó la voz del intendente Guiraldes, quien dijo: “Como intendente de la ciudad de Buenos Aires tengo el honor de recibir este monumento, que entrego al respeto público. Él significa la expresión y el voto de los pueblos argentinos, el homenaje del sentimiento nacional, la consagración de uno de los más distinguidos miembros de la gloriosa Junta, de don Juan Larrea.” (2)
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Fuentes:
(1) Cutolo, Vicente Osvaldo; “Nuevo Diccionario Biográfico Argentino”, Elche, Bs. As., 1975, Tomo IV, pág. 92.
(2) “Memorándum sobre las estatuas inauguradas en 1910”, talleres gráficos Rinaldi Hnos., Bs. As., 1912, págs. 45-50.
Nota y foto tomadas del periódico "Desde Boedo".

10 ago. 2014

Del teatro Odeón al Cafe du Croissant


(De Diego Ruiz)

Anda, este cronista callejero, recorriendo desde el año pasado cafés de Buenos Aires, especialmente aquellos que fueron protagonistas del nacimiento o el desarrollo del tango, pero cuando se disponía a continuar su periplo donde lo dejó hace un mes, en plena avenida Corrientes, una ráfaga de historia se le cruzó en el titular de un periódico tirado en el suelo: el 28 de julio se había cumplido un siglo del comienzo de la Primera Guerra Mundial, y sólo tres días después habían asesinado al único dirigente que no se dejó llevar por la locura chauvinista fogoneada por gobiernos y medios de comunicación.
Recordó entonces que en 2011, completando una serie de notas referidas a la Buenos Aires del Centenario, había escrito algunas semblanzas de personajes de la época, como el Payo Roqué, que encarnó con su dandismo uno de los aspectos –el más frívolo, si se quiere– del espíritu de la época, o a Evaristo Carriego, que fundó una poética inspirada en el pueblo, o a su “descubridor” Charles de Soussens, insigne dipsómano y centro de la bohemia intelectual durante más de dos largas décadas... Pero luego la cosa se complicó cuando entró en escena un médico de Boedo y San Cristóbal que protegió y alimentó –literalmente– a esos bohemios impenitentes, Martín Reibel, y como un matasanos llama a otro apareció Aldo Cantoni, médico de pobres, dirigente del Huracán de los primeros tiempos y destacado político socialista que más tarde sería gobernador de San Juan. Y como Cantoni había sido uno de los protagonistas de la ruptura del Partido Socialista a causa de la primera guerra mundial y fundador del Partido Socialista Internacional, la cosa terminó en algunos de sus conmilitones que trajinaron el barrio de Boedo, como Manuel Lorenzo Rañó, Rodolfo Ghioldi y José Penelón.
La cuestión es que a esta altura el relato se había independizado totalmente del cronista y seguía un curso a primera vista errático pero que, observado en perspectiva, denotaba los múltiples cruces e interacciones que van constituyendo la historia de una época. Repasando entonces lo escrito el cronista cayó en la cuenta de que a lo largo de esta cabalgata había mencionado en varias oportunidades la influencia ejercida por Rubén Darío durante su estada en Buenos Aires, entre 1893 y 1898, que revolucionó el remilgado campo artístico de la época y marcó a un par de generaciones de buenos y malos poetas, y se preguntó si habría alguna figura comparable en el terreno político que hubiera conmovido a esos hombres o muchachos anarquistas, socialistas o sindicalistas que protagonizarían las siguientes décadas de luchas sociales y culturales. Por suerte ese día las Musas estaban con el  cronista –cosa rara, realmente–, la respuesta no se hizo esperar y aquí va:
Una de las características del Centenario fue la afluencia de viajeros ilustres invitados a contemplar las “grandezas” de la joven Nación. Más allá de la Infanta Isabel de Borbón –la “chata” para los amigos–, cuyo principal aporte fue causar la instalación en la Casa de Gobierno de un ascensor, hoy de uso exclusivo presidencial, debido a que medía tanto de ancho como de alto y no podía subir más de dos escalones, vinieron invitados entre otros Georges Clemenceau, Anatole France y Adolfo Posada, que junto a Vicente Blasco Ibáñez, ya residente en el país, dictaron conferencias en el teatro Odeón y dieron a la imprenta sus impresiones sobre la Argentina y los argentinos. Blasco Ibáñez, en particular, publicó un impresionante tomo ilustrado bajo el título “Argentina y sus grandezas” con el que pretendía fomentar la inmigración y, de paso, sus emprendimientos en la Patagonia y en el Litoral, tema que merecería todo un callejeo.
Como vemos, en aquellos tiempos –y por muchas décadas más– las conferencias eran el furor de los porteños (recordemos el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa, hoy en día el Salón Dorado de la Casa de la Cultura) y, quizá para no ser menos, Juan B. Justo no tuvo mejor idea que invitar a pronunciar algunas en Buenos Aires a Jean Jaurès durante un Congreso socialista celebrado en Copenhague en 1910. A esa altura el francés, nacido en 1859, era la principal figura de la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), había fundado en 1904 el periódico L’Humanité y se había destacado junto con Emilio Zola en la defensa de Alfred Dreyfus, el oficial de ejército injustamente acusado de espionaje principalmente por su condición de judío. Seguramente Justo lo invitó por considerar su pensamiento afín, pues Jaurès no era estrictamente un marxista, sino que preconizaba una visión idealista, reformista si se quiere, del socialismo, que podría condensarse en su frase “[...] No es por el hundimiento de la burguesía capitalista sino por el crecimiento del proletariado por lo que el orden socialista se implementará gradualmente en nuestra sociedad”.
La cuestión es que Jaurès arribó a Buenos Aires el 1º de septiembre de 1911 y brindó cinco conferencias en el Odeón con su particular estilo oratorio. Pero acá empezaron los problemas. Jaurès era un orador poderoso, apasionado, que tronaba de pie mientras expresaba en amplios gestos..., tan amplios que en un momento uno de los puños de su camisa fue a parar al medio de la platea, circunstancia recordada por Ramón Columba gesticulaba –con dibujo incluido– en su ameno testimonio “El Congreso que yo he visto”. Pero esto hubiese sido lo de menos. La plana mayor del socialismo argentino era de una gran austeridad, una moralidad rayana en la mojigatería y acérrima enemiga del tabaco y el alcohol, tal vez por la profesión médica de gran parte de sus miembros. Y la cuestión es que Jaurès era una suerte de estereotipo del francés: rozagante, hedonista y pleno de vida, se comía todo, fumaba unos grandes habanos, bebía coñac como un cosaco y le apuntaba a cuanta falda se le cruzase, fuera ésta de una compañera o no.
Pero más allá de la anécdota risueña, Jaurès convocó a su paso por nuestra ciudad a multitudes que veían en él al apóstol de una nueva sociedad, al líder incorruptible que encarnaba a la Razón y a la Justicia en un mundo convulsionado que pronto estallaría en mil pedazos. Sería interesante, aunque imposible, saber cuántos jóvenes oyeron su palabra o la vieron impresa en los diarios de aquel tiempo; si los futuros internacionalistas, o boedistas, o artistas del pueblo conocieron su opinión de que “el proletariado era una fuerza histórica al servicio del derecho, de la libertad y de la humanidad”. Pero seguramente todos se conmovieron el 31 de julio de 1914 ante la noticia de que había sido asesinado a causa de su firme posición internacionalista en contra de la guerra. Una semana antes, en Lyon, había pronunciado un discurso responsabilizando a “la política colonial de Francia, la política hipócrita de Rusia y la brutal voluntad de Austria” por la situación bélica y llamado a los obreros de todos los países a  unirse para enfrentar “la horrible pesadilla”. Ese 31 de julio, tres días antes del inicio de las hostilidades, un oscuro personaje llamado Raoul Villain le disparó tres balazos. León Trotsky, en 1917, homenajeó a Jaurès en un artículo en el que describió la escena del crimen: “En 1915 visité el ya célebre Café du Croissant, situado a unos pasos de ‘L´Humanité’. Es un típico café parisino: suelo sucio cubierto de aserrín, banquetas de cuero, sillas usadas, mesas de mármol, techo bajo, vinos y platos especiales, en una palabra aquello que sólo se encuentra en París. Me mostraron un pequeño canapé junto a la ventana: allí fue abatido de un tiro el más genial de los hijos de la Francia actual”.
El Café du Croissant aún existe en el 146 de la calle Montmartre de París, mientras que el teatro Odeón, escenario de gran parte de nuestra historia, fue demolido gracias a un permiso otorgado por el ex Concejo Deliberante entre gallos y medianoche –que a esa hora se fragua lo inconfesable– para instalar una playa de estacionamiento..., aún existente. Sin comentarios...
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Imagen: Café du Croissant, en París.
Nota y foto tomadas del periódico “Desde Boedo”, agosto de 2014.