26 nov. 2014

Liberty o Floreale

 

(De Enrique Espina Rawson)  

Si un residente del interior viajara a Buenos Aires por unos días, e intentara alojarse, tal vez por la recomendación de un amigo, en el acreditado Hotel Garay, de Rivadavia esquina Jean Jaurés, seguramente no sabría por donde ingresar al establecimiento. Sólo al rato, y tras prestar atención a un pequeño cartel ubicado en el frente, a la altura del segundo piso, se encaminaría a la entrada, situada -según el letrero aludido- en el 3113 de la Avenida Rivadavia, la otrora “más larga del mundo”.
Allí se sorprendería al comprobar que dicha entrada corresponde a una playa de estacionamiento, volvería sobre sus pasos, y tras corroborar que, efectivamente, ha ingresado al 3113, se animaría, un tanto perplejo, a preguntar al encargado del estacionamiento, sentado tras el vidrio de su habitáculo, por donde se ingresa al Hotel Garay, que se promociona con grandes -aunque cochambrosos- carteles en el exterior. Recibiría, seguramente, la información que recibimos nosotros, cuando, sorprendidos por la singularidad del edificio, recorrimos el periplo que seguiría nuestro imaginario viajero.
En síntesis: Viajeros y familias abstenerse: el Hotel Garay no funciona por el momento. Al igual que la planta baja, actualmente garage por horas, está siendo sometido a una reestructuración que contempla tanto los pisos superiores como la reinstalación de los locales originales que dan a la calle.
El visitante, frustrado huésped, al no encontrar vestigios de las obras en cuestión, escuchará con cierto escepticismo las entusiastas explicaciones del amable empleado, agradecerá la información, y marchará con sus maletas a algún destino más acogedor, que es exactamente lo que hicimos nosotros, claro que sin las maletas.
¿Y por qué toda esta investigación? Porque nos llamó la atención el tamaño del edificio, que se prolonga sobre Jean Jaurés (en los tiempos de su construcción esta calle se llamaba Bermejo), y la relativa buena conservación del frente y la ornamentación original, que en casas de este rango casi siempre está alterada o suprimida.
Esta casa (seguramente edificio de rentas en su origen) se asimila por su estilo a otras de la zona, pero nos llama la atención no hallarla en ningún registro, ni haber escuchado su mención como dato interesante.
Tiene una firma sobre el frente que da a Rivadavia, de un ingeniero sobre el cual tampoco encontramos datos: I. Chiccio, cerca de donde debería haber estado la entrada original, luego suprimida para el extraño injerto de hotel-estacionamiento. El edificio, de gran elegancia y armonía, corresponde al art-nouveau italiano, conocido también como Liberty o Floreale, que tuvo su origen, en la Esposizione di Torino de 1902. Desde luego, esto es una convención, las cosas no empiezan de un momento para otro, como surgiendo de la nada.
Según hemos leído, este estilo fue menos aplicado en Italia a edificios que a decoraciones y objetos, y se presume que hubo más muestras de este estilo en Buenos Aires que en su país de origen. Se atribuye este hecho al fuerte apego de ese país a las tradiciones, sobre todo en la arquitectura. Así dicen…
Por cierto, tampoco en Buenos Aires, este tipo de arquitectura fue patrimonio de la gran burguesía nacional. Es casi imposible encontrar el art-nouveau en los palacetes porteños del Barrio Norte y zonas aledañas. Su estilo tuvo preponderancia principalmente en los petit hotel de Congreso, Balvanera y Caballito, donde estaban afincadas las familias de la incipiente clase de comerciantes e industriales de origen itálico.
Volvamos a nuestro ex-hotel de incierto destino. Por lo que puede observarse desde la calle, la carpintería de las ventanas y el dibujo de las rejas de los balcones responde a diseños clásicos del modernismo. Por supuesto, no podemos informar sobre el interior del Hotel Garay. Presumimos que, por las características previsibles de estos establecimientos, cuya filosofía era sacar el mayor rédito posible al menor espacio posible, debe ser de imposible restauración en las disposiciones originales.
Vale la pena señalar los rostros femeninos ubicados arriba de las ventanas. Una imperceptible sonrisa casi irónica curva apenas sus labios, y sus ojos miran de frente. No han envejecido. Vieron aparecer y desaparecer los carros y los tranvías, y también vieron las jadeantes excavadoras que abrieron el túnel para el primer subterráneo de Sudamérica, la hoy denominada prosaicamente Línea A.
Aunque ya no sorprende es de lamentar el estado de degradación de la zona -fachadas, pavimentos, luminarias, limpieza, presencia policial, todo en fin- considerando que a pocas cuadras se encuentra el Congreso Nacional -tal vez una alegoría de nuestros tiempos- algo inimaginable en cualquier importante capital del mundo.
Pero pasamos el dato a curiosos y viandantes, vale la pena observar los detalles, que sabiamente no tienen la cargazón y barroquismo de otros de similar origen, quizás de mayor fama, pero de menor elegancia. Hay algo, además, que esta vieja casona transmite. Y es tal vez simpatía, algo que nos habla de un pasado más amable, más familiar, de cosas que hemos conocido y que, entre tantas cosas perdidas, sin duda para siempre, no hemos olvidado del todo.
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Imagen: Edificio de la esquina de avenida Rivadavia y Jean Jaurés.
Texto y fotografía tomados de la página Fervor x Buenos Aires (Foto de de Iuri Izrastzoff) (http://www.fervorxbuenosaires.com )

23 nov. 2014

El edificio "Monte Cúdine"



(De Miguel Eugenio Germino)

“Monte Cúdine” fue una bebida amarga, “Amaro”, de origen italiano, que se popularizó en Buenos Aires a principios del siglo XX.
El barrio de Balvanera fue el lugar donde se radicó Giosué Bonomi, hombre emprendedor nacido en un pueblito cercano a Milán y al Monte Cúdine. Había recalado en las costas uruguayas en el año 1836. Con unos pocos ahorros y un pequeño crédito compró una nave que había encallado en la costa debido a un fuerte temporal, con el fin de desguazarla y vender la madera y otros aparejos navíos.
A este primer barco siguió un segundo que había corrido igual suerte. El buen resultado de estas operaciones hizo que Giosué se planteara que si existía un mercado para la madera usada, también podía existir uno para la madera nueva, con lo que dio inicio a la importación de tablas. El negocio fue un éxito, y le siguieron otros. Así fue como abrió una barraca a la que llamaría "La Barraca del Pontón".
Con esta actividad logró cierta posición económica. Ingresó a nuestras tierras, coincidentemente con las grandes inmigraciones europeas. Entonces adquirió un edificio en la calle Belgrano 2280, cuya construcción data del año 1870; lo acondicionó e instaló allí su empresa hacia el año 1871.
Posteriormente constituyó una sociedad con Juan Lamaison, para explotar una ferretería y un almacén naval. Finalmente en 1876 comenzó con la importación y envasado de su “Amaro”, que distribuyó en las pulperías de la ciudad y las poblaciones del interior.
El negocio resultó fructífero, y logró imponer la bebida en el gusto de los argentinos de la época; con el tiempo incorporó otros productos, como nuevos licores, vinos y el azafrán.
Vale hacer un poco de memoria sobre cómo era el país en aquella época: la población total llegaba a 3.250.000 habitantes; la Ciudad de Buenos Aires contaba con 430 mil almas, en una alta proporción inmigrantes.
El ejido urbano llegaba hasta la Calle de las Tunas (hoy Entre Ríos-Callao), llamada así por los cercos de las casas y quintas que delimitaban entonces las propiedades. Hacia el oeste se abrían en abanico numerosas quintas, algunas para los fines de semana de la incipiente burguesía local y otras, pequeñas unidades de producción de frutales y verduras, salpicadas entre pantanos y terrenos yermos.
Los caminos eran casi inexistentes a excepción del Camino Real, la actual Rivadavia. El primer ferrocarril, el Camino de Hierro al Oeste nacía por el año 1857, y las líneas de tranvías a caballo hacia 1868, entre ellas la de los hermanos Lacroze, que recorría desde Plaza de Mayo a Once. Estos primitivos tranvías iban por la calle Cangallo (hoy Perón) y regresaban por Piedad (hoy Bartolomé Mitre), que por cierto marcaron un antes y un después en el transporte y en los caminos.
Sobre el citado Camino Real se levantaba el teatro “Doria”, un amplio galpón con techo a dos aguas, predecesor del “Marconi”, también desaparecido (era considerado como de “óperas baratas”). Por entonces se abría el Colegio San José de los padres Bayoneses, en Cangallo y Azcuénaga, y el Gran Mercado Spinetto –mayorista-minorista– que aglutinaba a amplios sectores de la colectividad italiana.
En aquel ámbito nació “Monte Cúdine”, en los suburbios de una ciudad que avanzaba lentamente hacia el oeste, en las inmediaciones de los barrios negros, los Barrios del Tambor, como lo era una amplia franja del sur de Balvanera donde proliferaba la raza negra, con admiradores y protegidos de Rosas. Recién se revertirá esta mayoría y casi desaparecerán los negros, con la cruenta e injusta Guerra de la Triple “Infamia” contra el Paraguay, donde éstos fueron utilizados como carne de cañón.
Después vinieron las grandes inmigraciones de italianos y españoles que motivaron al gobierno de Roca a promulgar en 1884 la Ley 1.420 de Educación Laica, y en 1888 la Ley 2.393 de Matrimonio Civil. Hasta entonces tanto la educación, como los matrimonios y defunciones eran manejados por la Iglesia.
Con este escenario volvemos a “Monte Cúdine”, un amargo que caló fuerte en la población de entonces. Era importado, de origen italiano, desembarcado por Bonomi en las orillas bonaerenses y transportado en carretas hasta el gran caserón de Belgrano al 2200, donde era embotellado y distribuido.
En sus comienzos el establecimiento tenía piso de tierra. Más tarde adoquinaron una calle interior que llegaba hasta más allá de la mitad de la manzana. Allí se almacenaba el producto en grandes sótanos, algunos de los cuales aún hoy subsisten como depósitos del actual Pasaje del Mueble. En los fondos, y por la calle Venezuela, se hallaban las caballerizas.
Hacia el centro de la manzana, la familia Bonomi había construido su residencia de tres pisos, con ascensor, uno de los primeros de Buenos Aires; toda una novedad en las afueras de la ciudad de entonces.
Sobre Venezuela funcionaba también un cine, según recuerdan vecinos memoriosos, del que no contamos con precisiones; sí las hay del cine “Guaraní” que estaba en Belgrano y Pasco.
Todavía en las primeras décadas del siglo XX subsistían sobre la avenida Belgrano algunos de los amplios caserones que supieron albergar instituciones barriales, como el Registro Civil hacia la calle Pichincha, vereda impar, y una escuela primaria hacia Matheu, vereda par. En la esquina NE se levantaba una sucursal del bazar “Dos Mundos”, otro de los grandes emporios desaparecidos de la ciudad, y la tradicional zapatería “El Cañón”, por Pichincha a pocos metros de Belgrano. En esa esquina, en su pronunciada curva, resonaba diariamente el chirrido de las ruedas del tranvía, junto al chispazo del trole al rozar el electrificado conducto aéreo.
Con el correr del tiempo varios fabricantes independientes de bebidas se agruparon y crearon Licorerías Unidas, S.A. (LUSA). Uno de sus fundadores fue precisamente Luis G. Bonomi, quien aportó su negocio de Amaro. Finalmente esta sociedad fue adquirida por Martini & Rossi, y la familia Bonomi se concentró en el negocio de las especias y los condimentos.
Con el tiempo los gustos de Buenos Aires fueron variando, y el famoso Amargo “Monte Cúdine” desapareció como tantas otras bebidas tradicionales: “Pineral”, “Amargo Obrero”,” Hesperidina”, “Hierro Quina Bisleri”, hoy guardadas en el cofre de los recuerdos. Siempre existe algún coleccionista que pone en venta por Mercado Libre aquellas botellas a valores considerables, pero atractivos para el antiguo bebedor porteño.
Finalmente la cuarta generación de la familia de Giosué Bonomi emigró hacia Uruguay, donde continuó explotando la marca, claro está que con otros productos, especialmente sabores y condimentos, pero el tema es motivo de otra historia.
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Fuentes:
http://www.montecudine.com/compania_historia.php
http://listado.mercadolibre.com.ar/antigua-botella-amargo-monte-cudine
http://detallesdebuenosaires.blogspot.com.ar/2011/08/edificio-en-av-belgrano-2280-galeria.html
http://www.yelp.com.ar/biz/galer%C3%ADa-monte-cudine-buenos-aires

Fotografía: El viejo edificio, en avenida Belgrano 2280, hoy remozado como Paseo del Mueble.
Texto e imagen tomados del periódico barrial Primera Página.                                                

Parque de los Patricios: dos calles en su historia


(De Ricardo M. Llanes)

Primero fue un florecimiento de potreros y después un muestrario de quintones que tardaron años en desaparecer al ser fraccionados, para que las arterias ya cuadriculadas en viejos proyectos alcanzaran separación y formaron cauces. Por éstos entraron las caballadas revoleando polvo, y los perros seguidores bebieron en los charcos aproximados junto a la línea de las futuras veredas enladrilladas. Y a todo eso con manchones barrosos y de color verde, lo festoneaban la perfecta disposición del trébol y la margarita con su botón de oro.
Como el de Villa Crespo, el de Parque de los Patricios es un barrio cuyo espacio se encuentra circunvalado por avenidas: al nortre, Juan de Garay; al sur, Amancio Alcorta; al oeste, Almafuerte-Loria (1); y al este, Entre Ríos-Vélez Sársfield. Dentro de ese radio, sus dos vías principales fueron (y continúan manteniendo primacía) la de Caseros y la de Rioja (2); dos caminos de comunicación hacia los puntos de la ciudad con estaciones ferroviarias y lugares de abastecimiento.
La historia de Parque de los Patricios tuvo su centro matriz, así como la irradiación de sus primeros hechos y novedades, en el cruce de Rioja y Caseros. De allí comenzaron a salir las carretas cargadas de medias reses, cuando el barrizal no permitía el paso del carro de dos ruedas, encargado de llevar aquéllas a los mercados Lorea, Modelo, Libertad y otros, como el llamado Florida (Florida y Paraguay a Córdoba) y el del Centro, o Mercado Viejo, de Alsina, y Perú. De allí también salió el primer tranvía rumbo al Puente Alsina y pueblo de ese nombre, y arrancaron los trotones del otro "tramway" de La Gran Nacional, en su viaje directo a la Plaza 11 de Septiembre.
El comercio minorista de telas y comestibles, el café y la botica, abrieron sus puertas de postigos con chavetas en esas primeras cuadras de Rioja, como siempre se la nombró indebidamente, pues es La Rioja; y en la de Caseros ofrecía su entrada la muy famosa fonda y posada de Santiago Cartasso, frente a los Corrales, donde el beberaje de corraleros y matarifes, abastecedores y jinetes rumbeadores, se componía de diversas cañas: de durazno, de quinoto, de uva, de ruda, paraguaya y guindado uruguayo, agregándose a las primeras unas gotas de bítter.Y claro está qye faltaría el agua, pero nunca el vino carlón, y mucho menos el ajenjo, de mucho expendio y de muchos estragos entre los que lo bebían sin control.
Fueron estas dos calles las primeras que se alumbraron con querosene y se pavimentaron en algunas de sus cuadras con piedra bola y cintones de trotadoras. Y cuando se las pavimentó en un alarde de adoquines desparejos, le extendieron las vías por las que iba y regresaba el mismo "tramway" tirado por un caballo, y cuyo conductor oficiaba a la vez de cobrador. Por la de Caseros se iba a la casa del marino Tomás Espora, aún existente y convertida en Museo de Marina; se iba a la quinta de Escalada, donde murió, vencida por su cruel enfermedad, María de los Remedios, la esposa del general San Martín. Por ella, asimismo, se llegaba a los Mataderos del Sur, o de la Convalecencia; a los potreros de Langdon, donde en el sitio de 1853 la bala buscó la frente del entonces coronel Bartolomé Mitre, como una señal de surco a la insinuación del laurel. Y por la de Caseros, igualmente, se llegaba a la quinta de Conde, que tomaba desde la de Perú a la de Montes de Oca, en cuyo escenario la noche del 21 de noviembre de 1814 se batieron a pistola el coronel chileno Luis Carrera y el general Juan Mackenna, irlandés, que resultó fatal para este último; y años más tarde podíase entrar a un terreno vecino al cementerio, donde el 20 de diciembre  de 1870 se enfrentaron en duelo singular el comandante Gimeno y el coronel Mariano Espina, cuya pistola cargada (pues la de Gimeno no lo estaba) trabó el gatillo, por segunda vez, salvándose por ello su adversario de una muerte segura.
Por la de Rioja, camino que recorrió Liniers para -en la noche del 2 de julio de 1807- atrincherarse en los corrales de Miserere en espera del ataque de la columna inglesa al mando del general Levison Gower, que lo derrotó; décadas más tarde se salía al encuentro de dos mujeres de altos dones y virtudes en sus diferentes proscenios: la famosísima Sarah Bernhardt, que era aplaudida por el pueblo en su visitas al Hospital Francés, y María Salomé Loredo y Otaola de Subiza, popularmente conocida por la Madre María, con su casa en Rioja casi esquina Independencia, que curaba a sus fieles con la generosa palabra de su persuasión y su mano abierta como una palma sobre la cabeza del paciente, la que significaba la fortaleza de su fe, animadora del alma de los desventurados.
También por la de Rioja se iba a las anchas puertas de la Plaza Eúskara, que ocupaba, con sus nueve pequeñas canchas y el gran frontón, la manzana Independencia, Estados Unidos, Rioja y Caridad (hoy General Urquiza). Allí el juego de pelota, en el que intervenían los grandes pelotaris vascongados, llevaba a toda la gente del barrio de los Corrales a jugarse, al saque del Chiquito de Eibar o al resto de Paysandú, más patacones de los que se tenía.(3)
Calles, estas dos, que forman el centro cruceño en la antigua resonancia del barrio de los Corrales, y que continúan constituyendo el punto de cita y encuentro de las actividades y negocios del Parque de los Patricios. Y digamos, en obsequio de los no enterados, que el nombre de Caseros tiene su origen en el que fuera propietario de las tierras del actual pueblo El Palomar (Provincia de Buenos Aires), don Diego Cassero, en cuyo campo se libró el 3 de febrero de 1852 la batalla conocida por ese nombre, dado a esta calle para memoria de aquélla.
De sur a norte, sin duda que era la calle más antigua y solicitada del barrio. Las otras paralelas se cortaban aquí y allá por la existencia de las quintas y grandes baldíos; la de Rioja no, pues desde muy antiguo se conocía la directa comunicación entre los Mataderos del Sur y los que fueran Corrales de Miserere. Así, Rioja se constituyó en sus primeras cuadras en "la calle" de Parque de los Patricios, la de mayor movimiento y actividad comercial y fabril. Por nuestros recuerdos pasan las imágenes del almacén "La Estrella", de Rioja y Brasil; el recurrido Café de Benigno, cercano a la de Caseros; el cine-teatro "Podestá" de Rioja 2153, y casi a su frente "El Triunfo", un muy solicitado negocio de pizzería. En Rioja, entre las de Inclán y Salcedo, estaba una fábrica de bolsas que ocupaba a centenares de obreros y operarias.Cuando cerró sus puertas, el local pasó a ser habitado por el Banco Municipal de Préstamos, que allí instaló su depósito de muebles. Y en Rioja y Chiclana se encontraba la fábrica de jabón, velas y grasas, de Alcántara. Otras fábricas y almacenes eran estos: el llamado "Florencio Sánchez", de Chiclana y Deán Funes, donde se reunían los entendidos y preparadores de cuadreras y riñas de gallos; la carnicería de Luis Paladino, de Jujuy y Progreso (hoy Pedro Echagüe). En esta esquina existían dos almacenes más: el de Barlaro y el de Ramón Cangoity; en el otro ángulo se alzaba el portón de la estación de tranvías La Gran Nacional. De los viejos almacenes, el que aún se mantiene con su edificio algo reformado, es el de Luna y Caseros (esquina sudoeste) (4) . En cambio, ha desaparecido el de Pipotto, de Rioja y Chiclana, que fue punto invariable de los cuarteadores que allí se reunían en espera de los carros cargados de reses, a los que prestaban ayuda (la cuarta) al subir la barranca de la calle Rioja, que se pronunciaba, como actualmente, hasta la avenida San Juan. 
El café "Manzanares", de los hermanos Díaz, se encontraba sobre la avenida Caseros, frente al restaurante "Sandrín" y a la zapatería de Murias. Otra fábrica de jabón y velas era la de la firma Seeber, de Monteagudo y Famatina; y la curtiduría "La Argentina" se encontraba en Monteagudo 345, allá por el 1907. Y como estamos en la calle Monteagudo, digamos de paso que el Mercado Municipal llamado "Coronel Pringles", de Caseros y Monteagudo, quedó inaugurado el 22 de marzo de 1909. Años más tarde accionarían los telares de la gran tejeduría de Patagones y Antofagasta (hoy llamada Juan Carlos Gómez).
En 1870, el Juzgado de Paz de la Parroquia de San Cristóbal abarcaba igualmente la zona del barrio de los Corrales; y en ese año, la casa de la seccional de Policía estaba en Rioja y Garay, así como la garita de los Bomberos, con sus herramientas, surtidora de agua, estaba en Rioja y Caseros. Dividida la ciudad por zonas con motivo de su ordenamiento en casos de incendio, la Segunda Zona Cuartel Corrales tuvo su asiento en Caseros 2845/47, atendiendo un radio extenso cuyos límites figuran en la obra Las Milicias del Fuego, del historiador Francisco L. Romay.
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Notas:
(1) Actual Sánchez de Loria.
(2) Actual La Rioja.
(3) Para ser exactos, hay que decir que el autor está hablando, ya desde el párrafo anterior, de la calle Rioja pero con pertenencia al barrio de San Cristóbal. (N. de la Redac.).
(4) Esto seguramente hasta la publicación de este libro (1974); no sabemos si existe en la actualidad (N. de la Redac.).

Imagen: Caseros y Rioja a fines de la década del 40 (Foto AGN).
Material tomado del libro El barrio de Parque de los Patricios de R. M. Ll., Cuadernos de Buenos Aires, 1ª Edic. Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1974.

22 nov. 2014

"El Tropezón"

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(De Javier Perpignan)

Originalmente “El Tropezón” fue un bar y fiambrería, que entre 1902 y mediados de la década del 60 funcionó en la esquina de Monroe y Bauness.
                      
Villa Urquiza tenía apenas quince años de vida cuando en la esquina de Monroe y Bauness José Álvarez decidió abrir un bar y un almacén. Si bien no hay datos precisos, la memoria se remonta hasta 1902: ese año “El Tropezón” llegó al barrio para quedarse. Tiempo más tarde se sumó su primo, Celestino Ramos, y juntos manejaron el negocio durante décadas. Tanto Álvarez como Ramos eran oriundos de España y cada familiar que inmigraba trabajaba en “El Tropezón”, hasta que encaminaba la vida hacia otros negocios. A mediados de la década del 30 llegó Ángel Álvarez, sobrino de José, quien permaneció en el negocio durante seis décadas.
Hoy, con 87 años, Ángel recuerda sus épocas en el primer Tropezón: “Tenía quince años cuando llegué. Yo estaba en la fiambrería e iba a la escuela para cumplir con el sexto grado. Después fui a la Academia Ferro para practicar un poco”. Sobre la distribución de los espacios, el sobrino de Álvarez lo recuerda perfectamente: “La despensa daba hacia la esquina de Bauness y el bar hacia Monroe”. En aquel barrio de la década del 40 la vida era mucho más tranquila, aunque ya se presagiaba el ajetreo por venir: “Me acuerdo de la Academia Pitman, que estaba ubicada enfrente 
-rememora Ángel-. En los días de verano, cuando abrían los ventanales, se escuchaba el ruido de las máquinas de escribir. Era impresionante. Era una esquina bastante tranquila, salvo cuando jugaba Boca y en la pizzería de enfrente había lío”.

TROPEZÓN QUE NO FUE CAÍDA
A medida que pasaron los años, la esquina de Monroe y Bauness se transformó en uno de los puntos de encuentro del barrio. La fama del lugar se acrecentó por los exquisitos fiambres, sobre todo el jamón crudo, y el bar, parada elegida durante muchos años: “Allá hice de todo: café express, atendía la gente en las mesas, cortaba los fiambres. Como la mayoría de la clientela provenía del tren, abríamos a las seis de la mañana”, recuerda Ángel. Por la puerta del local pasaba el tranvía 35, que unía Villa Devoto con Plaza Italia. Siempre que llegaba a la esquina de “El Tropezón” uno de los conductores de la línea detenía la unidad para bajar y beber una copita de licor a escondidas, detrás de la máquina de café, para que los pasajeros no lo vieran.
A fines de la década del sesenta, la situación había cambiado. El edificio estaba muy deteriorado y los costos para un arreglo superaban ampliamente los beneficios que dejaba el negocio. Ante esta situación, el final fue inevitable. “Nos fuimos de allí porque el lugar ya estaba viejo, había problemas con los desagües y no podíamos combatir a las ratas”, relata Ángel.
Sin embargo, “El Tropezón” no dejó de existir. El 7 de octubre de 1968 reabrió las puertas en el nuevo local de Bucarelli 2154, en esta oportunidad como un pequeño supermercado. Con los años, bajo la administración de María Ramos, hija de Celestino y la única que está trabajando desde 1968 en forma ininterrumpida, junto a su esposo Carlos Sánchez, se afianzó entre los vecinos como centro de compras, por lo que el lugar quedó chico.
Con el progreso se anexaron unos 2.150 metros cuadrados, por lo que se pudo mejorar la atención a los clientes. Se agregaron nuevos sectores de carnicería, verdulería, fiambrería y panadería. Eso sí, siempre con Ángel detrás del mostrador. “Estuve 60 años en ‘El Tropezón’. Unos treinta años allá y otros treinta acá. A mí me gustaba la fiambrería por el trato con la gente, que siempre nos acompañó. Del viejo local lo único que quedó es un ventilador con astas de madera que sigue funcionando, nunca se descompuso”, concluye.
Una metáfora de los más de 110 años de vida que ya tiene este viejo almacén de barrio.
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Imagen: Interior de “El Tropezón” a mediados de la década del 30. (Foto propiedad de la familia).
Nota tomada del periódico barrial “El Barrio”. 

20 nov. 2014

Los paraguas y el 25 de Mayo



(De Silvia Long-Ohni)

 25 de mayo de 1810. Una lluvia persistente. Cintas celestas y blancas. Una plaza, la Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Mayo, repleta de mujeres con faldas anchas y miriñaque y de hombres elegantes y compuestos. Un escenario cubierto de paraguas. Una postal estática, obra del artista Ceferino Carnacini realizada en 1938 que ilustró los billetes de la segunda mitad del siglo XX y que ha servido para crearnos la idea de la fundación de la Patria, pero, ¿qué tan fiel a la realidad es esa imagen que hoy sigue siendo parte de nuestra memoria histórica?
Sí se sabe que ese día llovía en Buenos Aires. También se sabe que las damas de esa época no usaban faldas anchas con miriñaque ni ceñidas a la cintura pues la moda vigente era el estilo imperio: vestidos livianos de muselina con el corte debajo de los senos. ¿Y la profusión de paraguas que son casi los protagonistas de esta escena? ¿Había paraguas en esta parte del mundo en 1810?
Curiosa pregunta que tiene también una curiosa respuesta.
Mucho antes de que el hombre conociera el paraguas existió el parasol o quitasol, y así puede observarse en un relieve en el que el rey de Asiria, 700 años a/C, va, al frente de sus soldados, cubierto con este artefacto que también fue de uso entre los griegos, etruscos y romanos. Pero fueron los persas los que asimilaron este objeto y lo convirtieron, poco a poco, en el paraguas que, de manera aproximada, es el que hoy conocemos.
Sin embargo, este aparato, al menos hasta mediados del siglo XVII, era enteramente desconocido en la mayor parte de las naciones europeas. Hubo de ser un hombre, un londinense llamado Jonás Hanway, nacido en 1712 quien, por sus actividades comerciales había recorrido muchos países y, entre ellos, Persia, donde conoció y apreció los buenos servicios del paraguas, el que lo introdujo en Londres.
Fue el primer hombre que se paseó por las calles de esa capital llevando paraguas alrededor de 1750, atrevimiento que le acarreó toda suerte de burlas y mofas de las personas mayores así como agresiones directas de la muchachada que no se abstenía de arrojarle todo tipo de verduras, de huevos y de otros proyectiles semejantes sin lograr que el hombre abandonara su determinación, aunque comprendiera que, para sus conciudadanos, esto de usar “sombrilla”, cosa de mujeres, no podía menos que causar rechazo.
Más allá, los dueños de carruajes de alquiler aseguraban que los paraguas arruinarían su negocio y, por cierto, se plegaban al mal trato. Pero el tal Jonás siguió firme en la suya y hasta se atrevió a asegurar: “Pronto será popular”.
Poco tiempo después, los dueños de posadas y cafés londinenses de cierta categoría acostumbraron a tener uno de estos objetos para cubrir a sus clientes desde la puerta hasta el carruaje. Y en poco tiempo más, el mentado paraguas, también formó parte de la vida en algunas casas particulares de personajes de alto rango, pero puede decirse que sólo 30 años después, es decir cerca de 1780, vino a generalizarse su uso en la capital británica.
Generalizarse es tan sólo una manera de decir, porque hasta esa fecha se trataba de un objeto bastante costoso y, a tal punto hacía a las diferencias, que por aquellas latitudes solía decirse que había tres clases de gentes: los dueños de un carruaje, los que se podían permitir el lujo de un paraguas y los extremadamente pobres.
Por fin, aceptado y adoptado el paraguas en Inglaterra, su uso se extendió a los otros países europeos y, más tarde, a América, donde, por mucho tiempo, continuó siendo un objeto de lujo.
Y entonces, ¿es veraz la imagen de ese 25 de mayo de 1810 inmortalizada por Carnacini? ¿Era posible esa inmensa profusión de paraguas en la Plaza de la Victoria? Seguramente, no, pues si bien había paraguas en Buenos Aires, los había solamente para los ricos en tanto que el resto, el común, se cubría con capotes.
Prueba de esta excepcionalidad es el paraguas que se conserva en el Museo Histórico Nacional y que perteneciera a un funcionario del Cabildo de 1810. Se trata de un paraguas colonial, grande, de tela marrón, cuyo mango es de marfil y que lleva grabado un escudo con el perfil de Fernando VII.
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Imagen: "El pueblo quiere saber de qué se trata", óleo de Ceferino Carnacini. 

Un prócer del tango



(De Haydée Breslav)

El pianista, director y compositor Roberto Firpo, verdadero prócer del tango, fue iniciador de una escuela evolucionista en el género, según lo definió Julio De Caro; dejó una notable obra autoral que impresiona por su originalidad y riqueza musical.
Cuentan sus biógrafos que nació en Las Flores, y que vivió su adolescencia entre esa localidad bonaerense y la ciudad de Buenos Aires, desempeñando diversos oficios.
Su primer maestro fue el gran pianista de la Guardia Vieja Alfredo Bevilacqua, autor de los tangos Independencia y Emancipación, entre otros. Con el clarinetista Juan Carlos Bazán y el violinista Francisco Postiglione integró un trío con el que debutó en el Velódromo de Palermo, pasando luego a lo de Hansen. De esa época son sus primeros tangos: La Chola, El compinche y La gaucha Manuela.
Formó después un dúo con el legendario bandoneonista Juan Deambroggio, “Bachicha”, que tuvo efímera duración, tras lo cual revistó en la orquesta de Genaro Sposito, “el tano Genaro”.
En 1913 debutó en el lujoso cabaret “Armenonville” con un cuarteto que integraban también Eduardo Arolas en bandoneón, Tito Roccatagliata en violín y Leopoldo Thompson en contrabajo, y que obtuvo gran éxito. Ese mismo año debutó también en el local el dúo Gardel-Razzano, interpretando canciones criollas: el Zorzal todavía no había creado el tango canción. Y en esa Nochebuena, Firpo compuso, junto con Arolas, Fuegos artificiales, así llamado por la pirotecnia que ya entonces estaba en boga.
Cuentan que pronto nació una amistad con los integrantes del dúo de cantores, con el que Firpo, al frente de un conjunto, desarrolló entre septiembre y diciembre de 1918 una gira por el interior de la provincia de Buenos Aires.                                                                    
Julio De Caro refiere que, después de pasar por otros sitios, Firpo viajó a Montevideo, donde estrenó La cumparsita, de Gerardo Matos Rodríguez, y dio a conocer su Alma de bohemio, estrenado en Buenos Aires y compuesto a pedido de Florencio Parravicini para una obra del mismo nombre, escrita y protagonizada por el actor. La letra de Juan Andrés Caruso se le adicionó una década después.
Previamente Firpo había compuesto varios otros tangos, entre los que se destacan El amanecer (inspirado en esa hora en que se juntan los obreros que van al trabajo y los calaveras que vuelven de la farra, en tiempos con árboles y pájaros cantando en ellos) y Argañaraz, que con el nombre de Aquellas farras y letra de Cadícamo grabó Gardel en 1930. Siete años antes le había grabado La muchacha, con letra de José Ferreyra y Leopoldo Torre Ríos.
Volviendo al relato de De Caro, nuevamente en Buenos Aires Firpo se presentó en el “Palais de Glace” con un conjunto que completaban Roccatagliata y Agesilao Ferrazzano en violines, Deambroggio en bandoneón, Alejandro Michetti en flauta y Thompson en contrabajo.
Así lo describe el autor de Tierra querida: “Este conjunto orquestal, que me cupo la suerte de escuchar en ese momento, era el más completo. Su sonoridad, perfectamente amalgamada, expresaba las interpretaciones con una modalidad desconocida, donde la brillantez de su afiattamento permitía netamente destacar individualmente a cada instrumentista”.
De Caro puntualiza que el conjunto “acrecienta aún más su nombradía grabando discos para la casa Max Glücksmann, que los compradores arrebatan”.
García Jiménez explica cómo se desarrolló el proceso de grabación (cabe pensar en la calidad de esos músicos, que lograron hacerla prevalecer por sobre la extrema precariedad de la técnica, y en no pocos contemporáneos que en vano tienen a su disposición los más sofisticados recursos).
Los intérpretes que intervinieron en las grabaciones fueron los ya mencionados, salvo Roccatagliata, reemplazado por Cayetano Puglisi, y Thompson, que no participó.
“La principal dificultad por resolver”, dice el poeta, “fue la concertación de las voces de bandoneón y piano, que se turnan en la función de cantantes o acompañantes de la melodía, debiendo encontrárseles planos apropiados. La habitación donde se ubicaban los intérpretes se defendía de ruidos extraños con unos pesados cortinados sobre las paredes, predecesores simplistas de los bloques aislantes que vendrían muy luego. Tres bocinas receptoras, en abanico, llevaban los sonidos por sendos huecos a la piecita anexa donde funcionaba la máquina que inscribía en la cera”.
Prosigue García Jiménez: “No hubo cambios de sistema con respecto a los violines y la flauta, tocados a la altura de las bocinas y junto a ellas. El problema del bandoneón se había resuelto colocando la silla de su intérprete sobre una pequeña tarima, a mediana altura, para alcanzar a la tercera bocina, de mayor anchura que las otras en toda su longitud”.
Y añade: “En cuanto al piano –eje del intríngulis– para él se agotaron los discurrimientos de aquella gente: se le construyó una corpórea tarima, en la cual fue colocado dominando en altura a los demás instrumentos, pero alejado de las bocinas y dando a ellas el reverso sonoro de la caja”.
Así, en un solo día de 1916, Firpo grabó sus tangos De pura cepa, Sentimiento criollo, Indiecita y De madrugada. Le siguieron El talento, Toda la vida, En la brecha, El amanecer, El solitario, Vea vea, Didí, Curda completa, El rápido, La murra, Alma de bohemio y otros.
Firpo desarrolló una trayectoria tan activa como extensa. Por sus sucesivas orquestas y conjuntos pasaron músicos de la talla de los violinistas Rafael Tuegols, Elvino Vardaro, Enrique Cantore, Antonio Rossi y José Nisso, el bandoneonista Pedro Maffia y los pianistas Osvaldo Pugliese, Armando Federico y Carlos García. A partir de la década del 30 formó también cuartetos que tuvieron distintas etapas, y en la siguiente integró con su hijo un dúo de pianos con el que realizó varias grabaciones.
De entre sus cantores, se destacó Roberto Díaz. Su orquesta también supo acompañar en grabaciones a don Ignacio Corsini. Según Horacio Ferrer, Firpo actuó y grabó hasta 1960.
Su producción autoral es vastísima, pero sólo unos pocos tangos, todos de su primera época, alcanzaron difusión masiva: curiosamente, la mayor parte de la obra de este proficuo autor es desconocida por el público –y también por muchos músicos–. La registrada consta de doscientos títulos, entre los que sobresale el precioso tango Honda tristeza. Esa producción incluye delicados valses como Ondas sonoras, Pálida sombra, Noche calurosa y Horizonte azul, entre otros.
Roberto Firpo murió en Buenos Aires el 14 de junio de 1969.
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Imagen: Roberto Firpo, corrigiendo una de sus composiciones.
Texto y fotografía tomados del periódico “Trascartón”.

Butteler, un pasaje porteño que conserva la fisonomía de ayer


(De  Willy G. Boullion)
  
No posee la belleza de los céntricos De la Piedad o Rivarola, pero el pasaje Butteler, enmarcado entre la avenida La Plata y las calles Cobo, Senillosa y Zelarrayán, en el límite de Parque Chacabuco y Boedo, exhibe características únicas entre las 40 configuraciones barriales de este tipo existentes en el radio capitalino. Parece haber sido concebido por Kafka y Borges, por lo que tiene de laberíntico y conjetural.
"Es un lugar tranquilo. Tal vez es lo mejor que tenemos, ya que si hablamos de progreso, éste es casi nulo. Sólo se remodeló la plaza, hace un par de años, y fueron recicladas algunas viviendas. Haría falta una renovación del vecindario, gente joven. Los más antiguos fallecen y van quedando sus hijos, que también ya son grandes", dice Felipe Devitta. Con sus 91 años, es la persona de mayor edad del pasaje. Hace 50 que vive allí. "Antes ocupaba una casa a unas cuadras de aquí; siempre viví en la zona", señala.
El pasaje Butteler es en realidad una manzana -de no más de 70 casas, la mayoría bajas y algunas que conservan la fisonomía del pasado-, pero de sólo dos calles en diagonal que forman una equis, de modo que aquéllas se convierten en cuatro callejuelas, todas con el mismo nombre, Azucena Butteler, según una ordenanza que data de 1911, poco después de su inauguración.
Explicar la numeración de las viviendas, unas 70, es un verdadero desafío. Veamos: progresan linealmente, en sentido contrario al de las agujas del reloj, desde la esquina de avenida La Plata y Zelarrayán, del 0 al 98, pero sólo se ven estos números en las casas situadas a la derecha.
Al llegar a Zelarrayán y Senillosa, después de haber transitado por los dos primeros brazos de la equis, la numeración recomienza en la vereda opuesta y en sentido inverso, con los impares, por lo cual el 5 puede quedar enfrente del 88. El recorrido completo, pues, termina dando la dislocante sensación de que el pasaje se inicia y finaliza en el mismo lugar.
Es también el único pasaje con plazoleta. El pequeño paseo de forma rectangular y con juegos infantiles se llamó originalmente Butteler, pero fue rebautizado Enrique Santos Discépolo en 1972. En su centro hay un busto del autor de "Cambalache", emplazado en 1982, obra del artista Domingo Páez Torres. Poco después de su inauguración, el vandalismo hizo de las suyas, por lo que debió ser retirado para restaurarlo y vuelto a colocar al año siguiente. Hoy muestra señales de nuevos ataques.
El presidente de la Junta de Estudios Históricos de Parque Chacabuco, Mauro Fernández, responsable de la edición de un cuadernillo en el que se cuentan el origen y la trayectoria de los "minibarrios" Cafferata, Emilio Mitre y Butteler, explica que este último se empezó a consolidar a partir de la aceptación por la municipalidad de Buenos Aires, en 1907, de una extensa quinta donada por Azucena Butteler, perteneciente a una familia de hacendados, para la construcción allí de casas destinadas a obreros de la zona.

LA PIEDRA FUNDAMENTAL
El 15 de diciembre de ese año se colocó la piedra fundamental, en un acto apadrinado por el presidente José Figueroa Alcorta y del que participaron, entre otros, Carlos Saavedra Lamas, Carlos Thays, Ramón Falcón y Alfredo Palacios.
"Por sus características, callecitas adoquinadas y veredas de 1,60 metros, a las que para estacionar debe subirse medio auto, el pasaje ha sido utilizado muchas veces por el cine, y más recientemente para telenovelas. En 1959 se filmó allí «Culpable», película protagonizada y dirigida por Hugo del Carril", recuerda Fernández.
En los primeros años de la década del 30, eran comunes en el pasaje los concursos de disfraces, y también se hicieron famosas sus fogatas de San Pedro y San Pablo. Entre los visitantes asiduos de aquellos años figuran Carlos Gardel, los actores Santiago Arrieta y Marisa Zinni y, sobre todo, Discépolo, al que era común verlo mateando en la calle con un residente amigo, razón por la cual fue propuesto y se aceptó denominar con su nombre a la que Germinal Nogués llamaba "la placita escondida".
Fernández desestima la veracidad de una versión que atribuye al pasaje haber sido "un reducto casi privado de la barra brava de San Lorenzo". Conjetura que eso surgió porque en un tiempo vivió allí un hincha fanático que pintó todo el frente de su casa con los colores de los “cuervos”. Así todavía está la fachada; también luce un mensaje, "¡Aguante Sanlo!", como una convocatoria a resistir todo hasta el fin de los tiempos. "La hinchada se reunía en una pizzería llamada ‘Miguelito’, que estaba en Viel y Cobo", aclara otro vecino, que sólo se identifica como Pablo. "A veces iba también el ‘enemigo’, o sea, los de Huracán. Y entonces había lío", agrega.
En realidad, resulta impensable el ajetreo -menos el futbolero- en el Butteler. Da la impresión de que su intimidad y su sosiego son invulnerables. Cuando pasamos de regreso por la plaza, se ve una hamaca yendo y viniendo, sola, recién abandonada por un niño. Eso parece todo lo que ocurre.
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Imagen: Plazoleta en el centro del pasaje, primero sin nombre, luego llamada Butteler y actualmente Enrique Santos Discépolo. (Foto Archivo General de la Nación).
Nota tomada  del diario “La Nación”.

18 nov. 2014

Barracas: la esquina de "La Banderita"



(De Enrique H. Puccia)

Las actividades del barrio se concentraban en el cruce de Montes de Oca y Uspallata, donde se enfrentaban -esquinas sudeste y sudoeste- el almacén "La Luna" y el de Palet, luego ferretería de Chappe y Bosio; y en la esquina de Montes de Oca y Suárez, conocida por "La Banderita", que fue también la denominación que llevó un tiempo la segunda de las calles citadas, en su tramo hasta Sola (hoy Vieytes).
En ese cruce hacían alto las carretas, ante una Casilla allí instalada, a fin de abonar el "peaje", (establecido por la Honorable Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, el 19 de abril de 1834). En 1880 la calle sólo estaba empedrada en su parte media, siendo los costados de tierra. Las funciones inherentes a la Casilla fueron cumplidas en sus postrimerías por un viejo vecino, don José M. Irureta.
Ese lugar fue el más popular de Barracas de antaño. En la esquina noroeste -parada de "postas" en sus viajes al sur- se encontraba el despacho de bebidas de los hermanos Berisso, instalado en una casa de tipo colonial, con un gran alero de tejas y con postes y cadenas a su frente, que servían de palenques. En las inmediaciones se estacionaban coches y "breckes" a la espera de pasajeros, a fin de trasladarlos a lugares alejados de ese centro de actividades y aun a otros cercanos, cuyo trayecto se tornaba dificultoso por la carencia de aceras. También abundaban los "changadores", que provistos de un correón de cuero crudo y un pedazo de "cotín", esperaban  los llamados.
El 12 de mayo de 1887, "la Prensa" publicaba esta noticia: "La población de Barracas fue presa ayer de pánico por una novillada escapada de los corrales de abasto, que invadió sus calles, causando estragos  y haciendo víctimas de su furor a los transeúntes que encontró en el camino. Tomó por Montes de Oca y se repartió en las adyacentes". Viejos vecinos nos relataron hace años el hecho, recordando que muchos de los animales penetraron en el despacho de bebidas de los Berisso, derribando bancos y mesas en su avance, ante la sorpresa primero y la algazara después de los parroquianos.
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Imagen: Interior del café "La Banderita" poco antes de su cierre definitivo en abril de 1983. (Foto tomada de jhbarracas.blogspot com)
Texto tomado del libro de E. H. P.: "Barracas en la historia y en la tradición", Cuadernos de Buenos Aires, XXV, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1ª edic., Buenos Aires, 1964.

10 nov. 2014

Buenos Aires



(De Gabriela Delgado)

Este lugar que fue mío
cabe en un cáliz.
Desde el balcón de sus ojos ebrios
el río se pinta como un dintel al olvido.
Desordenada despedida.

Esta aldea que dejo
ha perdido sus gorriones,
se contorsiona en la herrumbre de antiguas rejas,
gime desolación en los desagües
y luce opaca en su falda de basura.
Un vidrioso extravío
venda al sol cada mañana,
apuñala sin remordimiento
todo intento de verde.

Esta bruja desamada
ha adoptado el invierno como único rostro,
reparte luto y penas.
Se vende al mejor postor.
Se ha vuelto feroz y arrugada.

Urbe de grandes caderas,
sombrero de muerte
y árida garra.
Me voy.

Este lugar que fue mío
cabe en una copa.
La bebo lentamente.
Muy a mi pesar
vendrá conmigo.
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Imagen: "Juanito Laguna going to the factory", óleo de Antonio Berni.

8 nov. 2014

Acerca de algunos gentilicios lunfardos


(De Luis Alposta)

 Son gentilicios los adjetivos calificativos que señalan el lugar de donde es originaria una persona o cosa, afirmando así su singularidad. Pueden indicar una ciudad, como rosarino, de Rosario; un continente, como americano, de América; un país, como argentino, de Argentina; o una región, como patagónico para el que está con los pies en la Patagonia , o rioplatense para el que los tiene en ambas orillas del Plata. Los gentilicios suelen formarse mediante una gran variedad de sufijos, respetando en parte el nombre del lugar de origen.
Veamos algunas excepciones:
Suele llamársele ruso, aunque no haya nacido en Rusia, a la persona de origen hebreo; y eso, por haber provenido la inmigración judía a la Argentina mayoritariamente de aquel país. En este caso, el hiddish le aportó al lunfardo la palabra moishe o móishele, diminutivo de Moisés, que, también, devino en gentilicio de judío.
Gaita, palabra lunfarda con la que llamamos al nacido en Galicia, al igual que gallego o yoyega, extiende su significado y pasa a ser sinónimo de español. Otro ejemplo lo encontramos en la palabra tano, que proviene del acortamiento de napolitano, y se utiliza no sólo para designar a los de Nápoles sino a los italianos todos.
Yoni, deformación de Johnny, Juancito, que ha pasado a ser gentilicio de inglés, por extensión pasó a serlo también de norteamericano.
Con el gentilicio turco, por lo general, no nos referimos en exclusividad al natural de Turquía, sino también a toda persona de ascendencia árabe o musulmana.
Y por último el che, que, debido a la frecuencia con que lo utilizamos, pasó a ser, preferentemente en Centro América, sinónimo de argentino.    
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Imagen: “Tranvía de inmigrantes”. de Buenos Aires en 1912. Iba del embarcadero al  Hotel de Inmigrantes.
Texto y foto tomados del blog “Mosaicos porteños”.

El primer "best-seller" argentino


(De Silvia Long-Ohni)

Ya sabemos, hoy por hoy, el Martín Fierro no tiene, en el mundo, competencia alguna a la hora de definir la representación de la literatura argentina. Pero un best-seller es otra cosa, es un fenómeno comercial que ubica a una obra y a un escritor en la cima de un estrellato que puede, o no, ser fugaz.
1905 resulta ser, en este último sentido, una fecha clave para la historia literaria argentina, pues es en ese año en el que ve la luz el primer best-seller argentino, Stella, de César Duayen no dará descanso a editores, traductores y lectores en un fenómeno comercial que no volverá a repetirse con las siguientes obras escritas por la misma pluma.
Pero más allá, o junto con esta curiosidad, hay otra de no menor envergadura: César Duayen es, en realidad, una mujer, un personaje que se mantuvo enigmático gracias al amparo de editores y libreros.
Emma de la Barra (1861-1947), rosarina de nacimiento, cordobesa por linaje, porteña por actuación, esta escritora, por ser mujer, debía, a comienzos del siglo XX en la Argentina, echar mano del encubrimiento de su condición sexual puesto que, para esas épocas, el que una mujer escribiera y, por si fuera poco, una novela, era una audacia, un atrevimiento imperdonable, y más, si el texto iba a ocuparse de mostrar al desnudo los procederes y costumbres de nuestra aristocracia, con todos sus dobleces, sus mezquindades, su hipocresía y con la típica pacatería de esa moral siempre a medias con la que operaba el grupo al que ella misma pertenecía.
Esta mujer, criada junto a hombres todos periodistas, inmersa en su ocio aristocrático y en su tristeza de viuda reciente,  (su primer marido, su tío paterno, también De la Barra, había fallecido), se atreve a salir a la palestra literaria con el ánimo de ser veraz y de hacerle una mueca casi despiadada a la gente de su propia clase y asume, de manera incondicional, tanto cierta crítica elitista que la desdeña como la aceptación de un público lector que la consagra, antinomia sobre la que poco y nada se ha tratado y que no dejaba de ser sino un caso más de la tradicional oposición entre viejos y nuevos paradigmas de calidad.
Pero la cuestión del seudónimo encubridor de lo femenino no termina con esta experiencia. Casada en segundas nupcias con un importante folletinista, Julio Llanos, no tiene problemas a la hora de tener que sustituirlo escribiendo ella misma las colaboraciones que, desde Paría, Llanos debía enviar al diario La Nación, de modo que Emma de la Barca no fue sólo César Duayen sino, también, Julio Llanos.
Si bien la literatura “femenina” supo tener, después de este suceso, plumas inmortales, como la de Alfonsina Storni, y tiene hoy día una prolífica representatividad en las voces de muchas escritoras de calibre, aquel acierto de 1905 no volvió a repetirse en semejante magnitud. Agotada en tres días la edición de mil ejemplares, dos meses después fueron suficientes como para que vendiera nueve ediciones de mil ejemplares cada una y, para completar los éxitos, recibir un anticipo de cinco mil pesos que le entregaría la Casa Maucci para la edición de seis mil ejemplares de su siguiente novela, Mecha Iturbe, texto que no logró reiterar el éxito precedente.
Y por si fueran pocas las curiosidades que envolvieron la vida de esta mujer, hubo también otra: un “caballero inglés” publicó en La Prensa un aviso ofreciendo “quinientas libras esterlinas por los originales de puño y letra del libro Stella, famosa novela de actualidad”. Oferta en verdad estrafalaria de la que no sabemos, ni sabremos nunca, si era obra de un maniático y si provenía de autobombo.
Anticipó una suerte de Eva Perón en Mecha Iturbe, relato apasionado de preocupación por los trabajadores, por los humildes, por los desposeídos, por los necesitados, a punto tal que, tras esa novela, proyecta, utópicamente, un pueblo para esa gente, iniciativa que, fuera de la ficción, emprende cerca de La Plata, una suerte de barrio “como de mil casas” en el que invierte y pierde una fortuna.
Hasta el fin de sus días, Emma de la Barra va a insistir con su seudónimo cuando edita Eleonora y, por último, La dicha de Malena, insistente seudonimia cuyas razones ella misma explica en un reportaje otorgado a la revista El Hogar; expresa en él: “¿Cómo iba a atreverme a firmar una novela? ¡Qué esperanza! Era exponerme al ridículo y al comentario…”
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Imagen: Retrato de Emma de la Barra, que popularizó el seudónimo de César Duayen.

El bar y la esquina sin ochava



(De Raúl E. Levín)

Estanterías de espejos, botellones y anuncios de latón,
irradian calles abatidas, oscuros pasajes,
hedores estancados en veredas cenagosas,
mástiles meciendo sus crucetas,
esquinas sin ochavas, caminos pantanosos hacia quintas
de la periferia, benteveos asomados a la rutina
de los campanarios, casas de altos y arrebatos de sus balcones.
Concisa historia en la humeante penumbra
del perpetuo pocillo de café.
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Imagen: Interior del café "El Federal" (Foto de espacioliving.com)

El monumento a Domingo Matheu



(De Miguel Ruffo)

Para concluir con las esculturas destinadas a homenajear a los hombres de mayo, nos referiremos a aquella que recuerda a Domingo Matheu, obra del escultor Mateo Alonso. La escultura es de bronce sobre pedestal de granito y se encuentra en la plaza que lleva su nombre en la parroquia de San Juan Evangelista.
“Don Domingo Matheu fue uno de los personajes más benéficos y activos de la revolución de mayo. Hijo de Cataluña, y liberal de tradición, abrazó la causa emancipadora con el mismo calor y entusiasmo de un nativo. Aquí estaba su patria; en estas provincias se planteaba la indisoluble cuestión entre la autocracia y la libertad y él fue consecuente con sus ideas, como lo hubiera sido en cualquier otro lugar del territorio español.”
El monumento fue inaugurado el 5 de junio de 1910 y en esa oportunidad se pronunciaron los siguientes discursos:
El doctor Vicente F. López, miembro de la Comisión, hizo su entrega con estas palabras: “En estos días de efusiones patrióticas, de intensa sensibilidad para los corazones argentinos, venimos a pagar el tributo de respeto a este padre de la patria, miembro de su primer gobierno.
Y es justiciera coincidencia que sea hoy también la hermana mayor, la municipalidad de la capital, la descendiente en línea directa de aquel glorioso cabildo, la que en representación de toda la familia argentina consagre este homenaje.
El verdadero monumento de los próceres de Mayo es el país, formando sus campos y ciudades los bajo relieves de su grandioso progreso; pero es necesario fundir en bronce sus estatuas, no para el simple recuerdo de la imagen, sino para enseñar con el ejemplo al pueblo la veneración de la virtud y del carácter.
Don Domingo Matheu fue uno de los personajes más beneméritos y activos de la revolución de Mayo. Hijo de Cataluña, y liberal de tradición, abrazó la causa emancipadora con el mismo calor y entusiasmo de un nativo. Aquí estaba su patria; en estas provincias se planteaba la insoluble cuestión entre la autocracia y la libertad y el fue consecuente con sus ideas, como lo hubiera sido en cualquier otro lugar del territorio español.
(...) Señor Intendente: Habéis cumplido bien con vuestro deber de funcionario y ciudadano, realizando la erección de estos altares en las plazas del municipio. El culto del civismo ha sido y será la verdadera religión de todos los pueblos fuertes”.
Por su parte, el doctor Delio Aguilar, miembro de la Municipalidad, dijo lo siguiente: “En nombre de la comuna de Buenos Aires recibo este bloque de bronce que representa la imagen  de un hombre símbolo que como otros excelsos, un día, que fue como la síntesis de siglos, un destello de mentalidad suprema inspiroles la idea cuya prosecución fue la aspiración más noble de un pueblo y la libertad de un mundo.
Señores: quiere la luz diafanidad para llegar con sus destellos al infinito; quiere el peñasco prendido al vértice de la cima el abismo donde estrellarse; quiere el rodar de la ola murmurar un acento en el blanco rizo de la espuma y quiere el ave el espacio dilatado a donde llevar el caprichoso vuelo: y eso es libertad”
Concluimos con el monumento a Domingo Matheu nuestro recorrido por las esculturas que a iniciativa del primer director y fundador del Museo Histórico Nacional (MHN), Adolfo P. Carranza, se levantaron en la ciudad de Buenos Aires para homenajear y recordar a los hombres de la Revolución de Mayo. Todas ellas, reiteramos, fueron erigidas en el Centenario, un momento político fuerte de la República Conservadora. En gran medida el Centenario fue la gran fiesta de la Pampa exportadora; era la época en que las ventajas comparativas de la región pampeana como productora agropecuaria (renta diferencial ) permitió una amplia capitalización interna. Buenos Aires se transformó desde el punto de vista urbanístico y parte de esa transformación estuvo dada por los monumentos y esculturas que las colectividades extranjeras le obsequiaron en ocasión de los cien años de vida independiente. Las esculturas de los hombres de Mayo, que desde entonces forman parte del paisaje urbano, son un anclaje sensible para recordar los orígenes de la Nación.
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Fuente: “Memorandum sobre las estatuas inauguradas en 1910”, Talleres Gráficos Rinaldi Hnos, Bs As, 1912, pp 41-44.
Imagen: Monumento a Domingo Matheu.