23 dic. 2014

Yunque



(De Alba Gandolfi)

Arístides Gandolfi Herrero, Alvaro Yunque para las letras y el pueblo. Su hija Alba recuerda, en emotivas pinceladas, algunas de las vivencias que compartió con su padre, donde las penurias de la censura y el exilio se atemperan con el amor filial y los tiempos de resonante difusión de su obra.

Intento separar la imagen de Yunque-padre de la de Yunque-escritor: pero en mi memoria aparece el padre-escritor, sentado frente a su mesa, leyendo o escribiendo, desde la mañana hasta la noche.
Lo visitaban escritores jóvenes: Alfredo Varela y Raúl Larra, entre otros, con quienes mantenía sustanciosas charlas literarias y políticas. En verano muchas veces dejaba su escritorio para llevarnos a mi hermano y a mí al río, montados los tres en su bicicleta, “su pingo del asfalto”, como él la llamaba. Eso ocurría allá por los años 40. Vivíamos en Vicente López, 25 de Mayo 626, y nos llevaba a sus playas hoy desaparecidas donde nos enseñó a nadar, ya que fue un excelente nadador que además salvó varias vidas. De esos “salvatajes” le quedaron dos grandes amigos con cuyos hijos hoy me sigo tratando.
Después de unos años nos mudamos al barrio de Colegiales, Conesa 600 de la ciudad de Buenos Aires. Era una antigua casa “chorizo” que fue demolida hace muchos años, en cuanto nos mudamos.
Mi hermano Adalbo y yo, ya adolescentes, lo seguíamos acompañando en algunos de sus paseos en bicicleta, cada uno con su propio “pingo”. Visitábamos a sus amigos con afinidades intelectuales y/o ideológicas: a Córdova Iturburu en Belgrano, a Roberto Giusti en Olivos, a Emilio Biagosch, abogado, quien había sido activo participante de la Reforma Universitaria de Córdoba en 1918, al escultor Agustín Riganelli en la calle Bulnes, al pintor Carlos Giambiaggi en la calle Zapiola de nuestro barrio, a Miguel Sintes Amaya y a Juan Marengo, dos amigos muy queridos cuyas muertes tempranas lo llenaron de tristeza. En estas andanzas, mi padre cargaba una bolsa con sus libros recientemente editados para dedicárselos y regalarlos a los amigos.
Siendo muy chicos, a veces resultaba difícil tener un padre que no respondía a los cánones de aquella época (1940/50), ya que muchas de sus respuestas no eran bien recibidas por los maestros de entonces. Durante el primer gobierno de Perón, por ejemplo, en la escuela nos exigieron abrir una libreta de ahorro. Esa libreta se abría con un peso que no era aportado por el escolar, sino por el Estado. Mi padre no estaba de acuerdo con esa enseñanza; por el contrario, nos decía siempre: por ahora gasten, no ahorren; nunca tuvimos una alcancía. En esa oportunidad, a continuación de la nota de la maestra, escribió en el cuaderno: El ahorro es la avaricia en pañales, mis hijos no ahorran. Las libretas de ahorro se iniciaron porque eran obligatorias, pero nunca depositamos nada.
Cuando se implantó la enseñanza religiosa en las escuelas, escribió en mi cuaderno: La religión es el opio de los pueblos, no quiero que mis hijos aprendan religión en la escuela pública. Era nuestra madre quien intercedía siempre entre ese padre diferente y los sorprendidos maestros. Ella, su gran admiradora y compañera, era quien explicaba que éramos agnósticos, no forzosamente judíos o católicos, como pretendían que nos definiéramos.
Yunque nos educó, supongo, como todo anarquista hubiera educado a sus hijos: apostó a la libertad individual como objetivo último del hombre y siempre nos demostró coherencia entre su pensamiento y su acción. Pero el aprendizaje que brinda la experiencia de la vida y su necesidad de sentirse al lado de los desposeídos, de los que sufren, lo condujeron definitivamente al marxismo.
Sufrió censura durante los distintos gobiernos militares que padecimos: en 1944 publicó dos libros con el nombre de Enrique Herrero, seudónimo que respondía a su segundo nombre y a su apellido materno. Preso en Villa Devoto durante la dictadura de Edelmiro J. Farrell (1945) y luego exiliado en Montevideo durante varios meses. Al asumir Perón otorgó una amnistía general para los exiliados y presos políticos, lo que le permitió a Yunque volver a su querida Buenos Aires. Igualmente siguió censurado y una vez más utilizó su segundo seudónimo para poder publicar, en 1944, el Diario de Jules Renard y el prólogo a Echeverría por Ernesto Morales. En 1950 publicó Prosas del autor de Martín Fierro. Selección, prólogo y notas de Enrique Herrero.
Pasaron los años; recuerdo el 11 de setiembre de 1973, cuando mataron a Salvador Allende. La tristeza lo hundió en una profunda depresión de la que le costó mucho salir. Con Salvador Allende mataron también sus ilusiones y la esperanza de ver una América Latina libre de opresores. Nos dijo entonces: Cuando se gana en experiencia, se pierde en ilusiones.
La peor censura la sufrió durante la última dictadura: Tenía 87 años muy lúcidos cuando prohibieron su participación en la Feria del Libro de 1977 y en todas las subsiguientes. Decretos firmados por Videla y Harguindeguy ordenaron la quema y destrucción de sus libros, que fueron retirados de escuelas, editoriales y librerías.
En 1977 se fracturó la cadera. Tenía 88 años. En la ambulancia, para aliviar mi mal disimulada angustia, me dijo: No te pongas triste, la muerte es sólo una transmigración. Surgían en ese momento sus lecturas de filosofía yoga, que desde la juventud lo acompañaron a lo largo de su vida.
Son varios los escritores que confesaron haber descubierto su vocación literaria y su sensibilidad social al leer a Álvaro Yunque, entre ellos Pedro Orgambide y Humberto Costantini. También es posible que hoy, después de medio siglo, haya otros chicos que, como ellos, repitan esa historia y vivan la misma emoción de aquellos, que lo leían habitualmente.
Han cambiado algunos escenarios, pero lo que permanece más allá del discurso globalizado de la aldea total son las injusticias que sufren miles de chicos como los que pintó Yunque en sus cuentos, durante su larga vida de escritor prolífico y sensible.
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Imagen: Álvaro Yunque, dibujo del poeta Luis Alposta.

17 dic. 2014

Tango roto


 (De Teresa Vaccaro)

  
  Ayer empedrado y hoy asfalto.
    Cordón, vereda, umbral.

    Paisaje urbano.

    Afuera  el tránsito, la vida.
    Adentro un tango que se angustia,
    roto.
    Ya no sos el compadrito seductor de minas.
    Ahora te visten reciclado para turistas.

    En primera plana, con brillo nuevo.
    Mostrás hilacha de origen arrabalero.

    Me cantás al oído. Me envolvés en tu dulzura.

    Me cercás a cada paso para cobrarme factura.
    No sé qué herencia de barrio creés que llevo escondida,
    si de tu generación no acompañé la música.
    No pretendas que siga tu juego, tu súplica, tu dolor.
    ¿Perdonarte? ¿Qué me perdones? ¡Tampoco!
    Vengo a darte pelea.
    No quiero que nadie a mí me diga
    que te invade una idea vengativa.   
    Sin terceros en el medio
    hablemos, mano a mano, de igual a igual,
    Tal vez lleguemos a un mal arreglo.
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Ilustración: Tinta de Carlos Benítez Carrasco. (Dibujo tomado de carlosbenitezobras.blogspot.com)

13 dic. 2014

Julio Cortázar, un escritor rebelde y sorprendente


(De Carmen Ortiz)

Quienes hayan leído profundamente la literatura de Cortázar y hayan transitado los distintos aspectos de su vida y su pensamiento, comprenderán por qué hoy se hacen tantos homenajes en el centenario de su nacimiento.
En mi primer libro sobre el autor  escribí: "…el 12 de febrero de 1984, moría de leucemia en París. La muerte reivindicó su personalidad ante la mojigatería de la derecha y la miopía de la izquierda que representan un número poco considerable de lectores pasivos, aquellos que jamás podrán comprender la aventura y la libertad de la propuesta cortazariana."(1)
"Como los rebeldes, como los renovadores, en fin, como los revolucionarios, pensaba y actuaba Cortázar". (2)
Vuelvo a citarme porque está relacionado con lo que voy a contar y que, a pesar de creer que he leído toda su obra y cuanto artículo o texto haya aparecido sobre él, esto que contaré lo desconocía. Dije en aquel primer libro: "Sé que misteriosamente en algún olvidado anaquel o en alguna caja escondida de una biblioteca puede estar esperándome un artículo, un ensayo, reseña o entrevista…"(3)
Este año 2014 se cumple el centenario del nacimiento de Julio Cortázar, y transcurridos los 30 años de su muerte, todavía siguen apareciendo datos casi desconocidos de su vida, como ser las clases de Literatura que el autor diera  en la Universidad de BerkeleyCalifornia, en 1980 sobre su propia obra. (4) Se trata de interesantes análisis de su literatura clasificada y enriquecida con sus comentarios de cine, música, y otros aspectos, con la participación de sus alumnos. Descontamos desde ya la 
"correspondencia" del autor que hemos podido leer en sucesivos libros.
Pero si algo hubiera faltado para hablar de lo polifacética de la personalidad de Julio Cortázar (que hasta escribió letras de tangos) ha trascendido también que cuando el autor aún firmaba como Julio Denis publicó un libro de poemas -del cual luego renegó- (5) y escribió el guión para una película.
La historia es la siguiente: entre 1939 y 1944 Cortázar vivió en Chivilcoy donde  daba clases de Literatura en la Escuela Normal. En julio de 1944 se alejó para ocupar los cargos de catedrático en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, en  que había sido nombrado, en las materias Literatura Francesa y Literatura de la Europa Septentrional.
En Chivilcoy Cortázar concurría  a las reuniones de amigos en el estudio del fotógrafo Ignacio Tankel (Ignacio Tankelevich) y, a propuesta de éste, participó en la realización de un guión cinematográfico para la película "La sombra del pasado" que se filmara entre agosto y diciembre de 1945 (6) y de la que  Tankel fuera su director.
La película se estrenó en el cine "Metropol", de Chivilcoy el 25 de mayo de 1947. El guión se basaba en la novela  "Sangre nuestra"  de Alberto Guiraldo, "que narra el asesinato en 1910 del poeta modernista Carlos Ortiz, en dudosas circunstancias; también recupera parte del juicio a los sospechosos -la Municipalidad fue intervenida en aquella época porque se creía que el líder político que gobernaba entonces estaba involucrado-", según cuenta el escritor Hernán Ronsino, autor de la novela "Lumbre" que narra historias que ocurrieron en Chivilcoy. La novela de Guiraldo parece haberse perdido y en cuanto a la película que originó, "La sombra del pasado", sus negativos originales se perdieron en un incendio pocos años después de su estreno. Pero la filmación de esta película no pasó inadvertida para el cineasta Panero que, según palabras de Sebastián Fernández cuenta: "Sesenta años después de aquellos sucesos, el cineasta Gerardo Panero (también de Chivilcoy) decide investigar lo que ocurrió con 'La sombra del pasado': aparentemente, la o las únicas copias que existían se perdieron en un incendio junto con los negativos. Ese es el punto de partida para su documental 'Buscando la sombra del pasado' (2004), de veintiún minutos de duración. Panero se propone reconstruir todo lo referente al film de Tankel, desde su concepción ideal hasta su destino incierto, acudiendo para ello al testimonio de partícipes y testigos. Por fortuna, 'Buscando la sombra del pasado', -el documental que filmó al respecto- no pasó inadvertido ni se extravió: entre otros reconocimientos, fue invitado a participar de la muestra Presencias; se lo proyectó en la Feria del Libro de Chajarí (Entre Ríos, Argentina) y obtuvo el premio especial Mártires del puente Pueyrredón, otorgado al director en el 1er Festival Jóvenes Documentalistas, segmento del 1er Festival Latinoamericano del Documental. Tal vez éste sea el único documento que mantenga viva la memoria de Tankel y su primer film. Mientras tanto, el interrogante sigue abierto: ¿existirá alguna copia que no conocemos, que algún coleccionista receloso oculta? Habrá que ver el documental para averiguarlo."
Frente a esta situación no podemos negar que el enigmático final de la película guionada por nuestro autor es absolutamente coherente con el universo cortazariano.
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Notas:
(1, 2, 3) Ortiz, Carmen: Julio Cortázar: una estética de la búsqueda; Buenos Aires, Almagesto, 1994.
(4) Julio Cortázar. Clases de Literatura. Berkeley, 2013.
 (5) Denis, Julio: Presencia; Buenos Aires, El Bibliófilo, 1938.
 (6) Astarita, Gaspar J.: Cortázar en Chivilcoy.

Ilustración: Julio Cortázar (Foto tomada de: letras,unmsm.edu.pe)
Nota tomada del periódico "Desde Boedo", Nº 149, diciembre 2014.

10 dic. 2014

Antequera y Mompox: dos cortadas que se cortan



(De Silvia  Long-Ohni)

Justo en el límite entre los barrios de Parque de los Patricios y Constitución, a la altura de Entre Ríos y Brasil, aparecen dos cortadas cortas que se cortan y… una cabeza cortada: Antequera y Mompox.
Antequera remata en Solís y sale a Entre Ríos. Mompox remate en Brasil y sale a Juan de Garay y las dos tienen apenas dos cuadras de extensión, cuadras cortitas, empedradas, escasamente transitadas, como lo delatan los mojones de yuyitos que brotan verdes entre las juntas. Casa bajas, viejas, alguna empalizada que augura una cercana demolición, una entrada o salida de albergue transitorio y, por ahí, como extranjero, algún edificio de propiedad horizontal, pero más allá de esto, podría decirse que la soledad, el silencio y la oscuridad son sus habitantes.
Pocos son los tacheros que conocen estos nombres y sus extrañas referencias y pocos los valientes que se atreven a meterse a altas horas de la noche aun cuando peligro, no hay ninguno. Sólo se trata de un par de cuadritas donde van los perritos que tienen perdida la fe.
Nada grave, salvo la historia. En 1717, la población asunceña se convierte en la primera colonia en reclamar por la ilegalidad del mandato del gobernador Diego de los Reyes Balmaceda, quien, amparado en la anormalidad, comete todo tipo de abusos. Los maltratos, que estaban dirigidos principalmente a la comunidad de indios payaguáes, llegaron a oídos de la Audiencia de Charcas, la que le ordena a Reyes Balmaceda la renuncia al cargo y la libertad de los apresados, pero como Reyes Balmaceda no claudica, la Audiencia envía, como jurisconsulto, a José de Antequera y Castro, quien prueba los cargos contra el gobernador.
José de Antequera y Castro, de ilustre linaje, nació en Panamá el 1º de enero de 1689. Estudió jurisprudencia en la Universidad de San Javier, en Panamá y residió en España por varios años. En 1721 lo encontramos ya como  juez pesquisidor en Paraguay y, casi de inmediato, como gobernador de Asunción luego de la destitución de Reyes Balmaceda.
Con Antequera a la cabeza, los asunceños formularon graves cargos contra los jesuitas quienes recurrieron al virrey del Perú, que los amparaba en tanto que la Audiencia de Charcas operaba a favor de Antequera y los comuneros. Pero el virrey del Perú depone a Antequera y esto genera un levantamiento de los asunceños al mando de Antequera y Juan de Mena, entre otros. El resultado fue la expulsión de los jesuitas del Paraguay. Pero el triunfo duraría poco.
El nuevo virrey del Perú, Marqués de Castelfuerte envía al Paraguay a Mauricio de Zavala con la consigna de apresar a Antequera y nombrar nuevo gobernador. Pero Antequera logra escapar, llega hasta la Audiencia de Charcas y luego es derivado al Perú, donde se le inició un proceso que duró seis años. Allí, en prisión, conoció a Fernando de Mompox y Zayas, abogado, supuestamente nacido en Asunción, a quien convenció de sus ideales.
Mompox logró escapar de la cárcel en 1730, se dirigió al Paraguay, donde se unió a los comuneros y logró con ellos imponer el “poder común”, pero fue apresado en 1731 y enviado a Buenos Aires con el objetivo de devolverlo a Lima, ciudad a la que nunca llegó porque, desde Cuyo, logró fugarse y recalar en Brasil, donde se le perdió el rastro.
Entre tanto, el juicio contra Antequera y Juan de Mena concluyó con una sentencia a muerte que se ejecutó en 1731. Así fue como a Antequera le cortaron la cabeza en la Plaza de Armas de Lima, en medio de una trifulca en la que también fallecieron dos religiosos franciscanos. Su principal premisa había sido que el pueblo tenía derecho a elegir a sus gobernantes en el caso de que el gobernador no cumpliera correctamente con sus funciones.
La Revolución Comunera (1721-1735) fue definitivamente aplastada por un ejército de indios y soldados del Plata comandado por Zavala. La represión fue durísima: ejecuciones y destierros, las viviendas de los comuneros, incendiadas y sus tierras, sembradas de sal y, para más, se prohibió hablar del asunto y reunirse en junta. Esta revolución liderada por Antequera y Mompox fue considerada como la inmediata antecesora de las revoluciones de América del Sur.
Sólo queda por decir que Mompox, mientras estuvo preso, escribió con su sangre en las paredes de su celda la ya legendaria frase: “El pueblo unido jamás será vencido”.
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Imagen:"El pueblo unido jamás será vencido", frase de Fernando de Mompox y Zayas.

9 dic. 2014

El flaco Gardel


(De Negro Hernández)

El café es un lugar de contadores de cuentos o mejor dicho de cuentadores, tal vez porque allí son escuchados por un auditorio atento que entiende los códigos masculinos. Sus protagonistas suelen relatar infinidad de historias, algunas inverosímiles, otras trágicas, pero todas dignas de ser narradas por cualquier escritor, como la del flaco Páez que escuché con los muchachos una noche calurosa de verano. Ese mismo día el Gallego había contratado con la cervecería Quilmes el servicio de barriles para vender bebida suelta. Dicha empresa había enviado unas mesitas redondas con su sombrilla en el centro y las sillas de lona haciendo juego con todo el piripipí de la marca de la cerveza.
Estábamos allí tomando un balón cuando se aparece Páez y sin mediar ningún permiso, así de parado, se puso a contar una historia melodramática con lujos de detalle.
El flaco siempre quiso parecerse a Gardel, pero no tenía la pinta, ni la voz, ni siquiera el oído como para imitarlo. Una mañana se levantó temprano de la cama para ir al trabajo, entró al baño de la pensión y preparó la máquina de afeitar, la brocha y abrió las canillas del agua caliente de la ducha y del lavado. Luego se mojó la cara con las dos manos, desparramó un poco de crema jabonosa y mientras giraba la brocha sobre sus mejillas vio el rostro de Gardel en el espejo que se iba empañando con el vapor del agua. Al principio se asustó, no lo podía creer. Es un sueño, pensó, y cerró las canillas. Limpió el espejo turbio y lo vio al Zorzal del otro lado, hizo una mueca y la imagen le respondió, se tocó la nariz, y lo mismo, le entró a dar con la gillette y el Maestro se afeitó.
Todavía sin creerlo, se bañó apurado con la esperanza de poder reconocerse después de secarse con el toallón desteñido. Salió del baño, evitando mirarse, y volvió a la pieza. Se vistió con la ropa del trabajo, y ahora más tranquilo buscó el ropero  en cuya  puerta central pendía un espejo grande. Carlitos lo miró con un pantalón vaquero y una camisa color caqui que decía sobre el bolsillo derecho Mudanzas Veloz. “¡Se me hizo!”, dijo. “¡Gracias Señor, después de tantos ruegos!... ¡Si me viera la vieja!”.
Salió al pasillo agrandado el hombre y se cruzó con doña Emilia, buenos días. En la calle saludó al canilla sacando pecho, pasó por el Café, tomó un cortado en la barra y caminó las tres cuadras que lo llevaban al laburo. En el trayecto se dio cuenta que nadie lo había reconocido como Gardel. Se detuvo en la esquina de la  farmacia para mirarse en el reflejo de la vidriera, y sonrió con una sonrisa inigualable.
Nunca se sintió mejor. El patrón estaba en cama con gripe y él tenía un viaje para retirar unos canastos y por la tarde otro para entregarlos por allí cerca. Se pasó las horas en la oficina hablando con Rosita, la chica del teléfono que le gustaba tanto, y buscándose cada tanto en el espejo colgado detrás del escritorio pintado con el nombre de la empresa. Entre mate y mate se animó y la invitó a comer una pizza a la salida. Ella aceptó de muy buena gana. Caminaron hasta la avenida y en el boliche de la esquina pidieron una grande, mitad de muzzarela y mitad de anchoas. Entonces, después de inclinar los labios de costado, le tomó las dos manos y le dijo: “R.r.r.r.osita.a… quiero que seas mi novia”. Ella asintió con alegría bajando su mirada con vergüenza. Después fueron a la plaza del barrio iluminada por una enorme luna llena, y en el banco de la plaza la apretó entre sus brazos  para cantarle al oído “El día que me quieras”. Más tarde, venciendo su pudor, la invitó a la pieza de la pensión y pasaron la noche juntos.
Cuando el flaco se despertó a la mañana siguiente estaba solo en la cama arrugada. Co-rrió hacia el espejo del ropero y se vio a sí mismo. Desconsolado por tanta realidad sintió que el mundo se le derrumbaba, sin embargo sobre la almohada había un papelito escrito con lápiz de labios que era su única prueba: "Gracias Carlos, por una noche inolvidable. Rosita Quiroga".
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Imagen: Dibujo de Carlos Gardel por Hermenegildo Sábat.

Desfiles y dirigibles



(De Manuel H. Santos)

Escribía los otros día sobre aviones y eso me trajo a la memoria una anécdota referida a los desfiles magnos que se realizaban en ocasión de las fiestas cívicas: ya verán ustedes por qué.
Recordemos un poco, primero, eso de los desfiles, circunstancia infantil importante en una época en que todavía no existía la televisión y en la que aun nuestra ingenua imaginación tendía a ver con un considerable lastre del patriotismo las manifestaciones militares criollas que se nos ofrecían.
Los desfiles constituían, en verdad, una fiesta, con aglomeraciones, cuerdas que impedían la invasión al espacio de la marcha y la venta de periscopios de cartón, para que los más pequeños pudiesen contemplarla. Era esto en la recién designada Avenida del Libertador, o acaso antes: Perón sonriente, al trotecito en su caballo pinto, hacía la revista previa, la banda estaba junto al palco y ante él se agolpaban las imágenes: la formación de cadetes haciendo paso de ganso, las filas de conscriptos con el viejo casco suizo y la mochila con el platito, el escuadrón de caballería con lanzas que llevaban banderines, la artillería de montaña repartidas las partes de sus cañones en lomos de mula, los andinistas con sus esquíes en cruz, los granaderos con su fanfarria, la marinería yendo a paso sosegado y un poco bamboleante como si quisiera compensar sobre cubierta la oscilación del buque, los infantes de marina con sus vehículos anfibios, los grandes camiones con puentes extensibles, los carriers, que eran tanques abiertos, y los tanques verdaderos –los Sherman– que nos parecían inmensos. Todo muy bien, pero a alguien le tocaba figurar menos que los demás y ese papel correspondía siempre a la aviación; porque un desfile aéreo es en sí una pavada, o un imposible: hay un ronroneo que crece, después unas figuritas negruzcas que pasan zumbando, y ahí termina la historia.
Muchos años más tarde, aventuras profesionales me llevaron a frecuentar a capitostes aeronáuticos. Y en alguna conversación ocasional tuve la ocurrencia de contar esa impresión antigua. Se apesadumbró el rostro de mi interlocutor y compungido confesó que ése era un tema que mucho preocupaba a él y a sus compañeros. “Cierto –me decía– ellos (el Ejército y la Armada) se lucen y a nosotros nos toca el papel de Cenicienta… La gente no nos conoce; somos el último orejón del tarro”.
Apenas por charlar avancé la idea de que eso se remediaría creando una unidad histórica, como los Granaderos o los Patricios.
¿Cómo, me respondió, si no tenemos historia, si somos de ayer?
Repuse que bien podían contar con una sección de globos en los que flameasen grandes banderas sujetas en las cuerdas que sostienen la barquilla. Podrían ser globos cautivos y permanecer durante toda la ceremonia sobre el eje del desfile, despertando el consiguiente entusiasmo patriótico en los asistentes.
Rechazó con displicencia la propuesta, “pues nunca tuvimos globos ni dirigibles ni nada por el estilo”; luego la conversación siguió otros rumbos. Primero, que ese aviador estaba en un error, corroboración del paradójico desinterés que experimentan los uniformados acerca del conocimiento histórico, pues ya en la Guerra del Paraguay hubo globos de observación, pero, además sucede que esa charla me volvió muy a la cabeza al descubrir una foto que mostraba que en el desfile del 9 de julio de 1926  sí había estado presente –y muy orondo– un dirigible. ¿Y esto? ¿De dónde salió? Hecha la averiguación supe que era verdad lo que me había dicho: no, no había sido de la Aviación, sino de la Aviación Naval.
Se trata de una cuestión bastante perdida en la nebulosa: en 1920 el denodado deportista barón Antonio De Marchi adquirió en Italia un dirigible que se hallaba en condición de “rezago de guerra”. Su intención era explotarlo en una Compañía de Excursiones Aéreas que, al parecer, nunca funcionó. El mamotreto fue vendido al año siguiente a la Armada, la que simultáneamente compró otro idéntico. De manera que hubo dos, ambos con una enorme escarapela en la proa y un ancla pintada en negro al lado. Se los destinó a patrullar el Río de la Plata y tuvieron base en Punta Indio, hasta 1929 cuando fueron radiados de servicio.
Estos dos dirigibles se avistaban a menudo en Buenos Aires y constituían una perpetua sensación, lo que se explica pues son artefactos mucho más llamativos que los aviones, por su tamaño y por volar más bajo y más lento, y todavía cabe encontrar en los barrios viejos bares que no en balde se llaman “El Dirigible”. Claro que la fama de esa dupla inicial quedó totalmente opacada con la aparición del gran dirigible, del arquetípico dirigible de Buenos Aires, que fue el "Graf Zeppelin", con motivo de su viaje en 1934, cuando desató una especie de locura colectiva, con multitudes que iban a Morón a verlo de cerca y a aplaudirlo, descomunal cigarro cuya imagen en proximidades de la cúpula del Barolo ha sobrevivido hasta hoy como una dimensión clásica de la ciudad esplendorosa y cosmopolita, y germanófila, que Buenos Aires supo ser, o creyó ser. O cree haber sido. Y hubo unos años en que todo se llamó “Zeppelin”, hasta el oscuro “pan radical”, que es pan de centeno. Daniel Giribaldi dice: “La pelota es grande como el 'Zeppelin': ¡y vos no la ves!”
Ya con éste tenemos tres dirigibles que anduvieron sobre Buenos Aires. Y hubo un cuarto, más pequeño y con finalidades explícitamente lucrativas, en muy exacta correspondencia con las tendencias del presidente Menem, del que fue coetáneo. Se lo veía allá por 1994, 1995, silencioso guardián de las terrazas porteñas; portaba la inscripción “La Serenísima” y era una mera publicidad.
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Imagen: Dirigible publicitario de la empresa láctea "La Serenísima" ( Foto tomada de la página vueloaventura.com.ar).

5 dic. 2014

Montoto te vigila


 (De Antonio Lizzano)

Multiplicación de cámaras y drones en la Ciudad de Buenos Aires. Los negocios detrás del miedo a la inseguridad. El control anónimo central. Las libertades individuales.

El panóptico es una construcción cuyo diseño permite observar la totalidad de su interior desde un único punto. Por lo tanto, ese tipo de estructuras facilitan el control de los habitantes que se hallan dentro.
El filósofo británico Jeremy Bentham fue el creador de este diseño. Bentham imaginó una cárcel en la que todos los presos están bajo el campo de visión de un vigilante, que los observa desde una torre en el centro de la construcción, sin que ellos sepan si son observados en todo momento. La estratégica ubicación de la torre le permite al vigilante controlar a todos los presos.
Otro filósofo, el francés Michael Foucault, fue un paso más allá al analizar el panóptico. Y extendió el concepto de las cárceles a otras instituciones, como las escuelas y las industrias. De esta manera, el panóptico se convirtió en una técnica de control social.
En la actualidad, la multiplicación de cámaras de seguridad -que se extiende hasta la utilización de drones- es el mejor ejemplo de lo que es una sociedad completamente vigilada. Donde la libertad individual se ve permanentemente amenazada en pro de una mejora en la seguridad pública, que rara vez se comprueba en los hechos. Sin embargo, los políticos afirman que las cámaras mejoran la seguridad ciudadana.
Si a este panorama, donde el ciudadano se encuentra en constante vigilancia, se le suma el negocio millonario de la compra e instalación de las cámaras, la situación empeora. En la Ciudad de Buenos Aires, desde el gobierno de Mauricio Macri se impulsó la instalación de cámaras de video en pro de una mejora en la seguridad, algo que en los hechos no sucedió. Y se terminó beneficiando a empresas que se quedaron con el negocio. Si además, se agrega el dato de que el Gobierno no cumple con el requisito de que la ubicación de las cámaras debe ser una información pública, claramente se está ante un problema grave. Ya que si no se informa donde están las cámaras, se pone en duda el beneficio en materia de seguridad quie prestan.
Pero el rompecabezas necesita ser reconstruido pieza por pieza.

LAS CÁMARAS: EL OJO MOCHO
“La efectividad de la videovigilancia está en discusión a nivel internacional porque son muy difíciles de evaluar. Las tecnologías de vigilancia son consideradas más efectivas cuanto menos complejos sean los escenarios de aplicación. Por ejemplo: los aeropuertos, las estaciones de tren y los estacionamientos de autos, son escenarios complejos. La principal utilidad es entonces la de disuadir e investigar lo ya ocurrido. Por eso hay que desconfiar del que presenta a las cámaras como una solución mágica”, le dijo el sociólogo y miembro de la Asociación Pensamiento Penal y del equipo Verde al Sur, Andrés Pérez Esquivel a Periódico VAS al analizar el tema en la Ciudad de Buenos Aires.
El especialista arroja la primera piedra y pone en duda la supuesta ventaja que los políticos esgrimen para colocar cada vez más cámaras.
“El Gobierno de la Ciudad dice que instaló 2.000 cámaras, para lo cual ya gastó 250 millones de pesos, y ahora quiere gastar 150 millones más. Vender cámaras a 200 mil pesos cada una es sin duda un negocio muy rentable para una empresa, de hecho cuestan más que un dron importado, que es de tecnología robótica avanzada. El negocio ha llegado tan lejos que ahora usan el Obelisco como cartel publicitario de esa empresa. Porque le han instalado cuatro cámaras en la cúspide a pesar de que abajo ya tiene cinco. Esto le permite a la empresa decir en el exterior que en Argentina es líder”, detalla Pérez Esquivel para echar luz sobre el negocio que esconde la video-vigilancia.
“Lo peor de todo es que ni siquiera sabemos si efectivamente son 2.000, porque se niegan a entregar el listado completo de la ubicación de las cámaras a la Legislatura, a la Defensoría del Pueblo y a la Auditoría General. Y han incumplido los plazos que les dio la justicia para informar cuántas cámaras privadas han incorporado a la red pública”, señaló el integrante de la Asociación Pensamiento Penal.

EL NEGOCIO DEL MIEDO
Las cámaras de seguridad se comenzaron a instalar en la Ciudad en el 2009. Entre agosto de ese año y julio 2010 se realizaron cinco contrataciones directas a la empresa Codesur. En un principio se informó que instalarían 300 cámaras, número que luego iría en aumento. Pese a esto, en enero de 2010 se empezó a trabajar en una licitación para un nuevo contrato. Dos empresas picaron en punta: Global View y Cablevisión. Sin embargo, cuando se realizó la evaluación económica y pese a que la oferta de Cablevisión era más barata, “detalles técnicos” la dejaron afuera de la licitación y Global View terminó adjudicándose el pliego. Uno de los dueños de esta empresa era Mario Montoto, quien también tenía acciones en Codesur.
Lo llamativo del caso, es que el Gobierno porteño terminó comprando 2000 cámaras por un valor de 250 millones de pesos, o sea que por cada una se pagaron 125 mil pesos, lo que según los especialistas en el tema, “es una barbaridad”, teniendo como referencia los precios del mercado. El partido de La Matanza pagó entre 11 mil pesos y 22 mil pesos cada cámara (según sea fija o móvil).
Alejandro Fabri es ingeniero industrial, filósofo y asesor asociado de la empresa proveedora de geoinformación Genmap. Según su criterio, existe un monopolio de empresas que venden este tipo de tecnologías a los gobiernos, augurándoles una disminución de la inseguridad, que les traerá aparejado réditos electorales a corto plazo. “El problema de las cámaras es que ponen en juego la libertad y la seguridad al mismo tiempo. Si se ponen cámaras de seguridad en todas las esquinas de la Ciudad es probable que haya mayor seguridad pero también se verán reducidas las libertades individuales.
El filósofo e ingeniero industrial fue un pasó adelante y planteó lo siguiente: “El actual uso de las videocámaras es un claro ejemplo de la no neutralidad de la tecnología. Porque al diseñarlas se manifiesta una relación de poder. Por eso, para superar esa lógica es necesario democratizar la manera en que son usadas. Democratizar significa abrir el debate con la gente para que así, el Gobierno decida junto a los ciudadanos en que puntos de la Ciudad las ubica y qué se hace con la información que se obtiene de las filmaciones”, señaló a Periódico VAS. “El gobierno de la Ciudad no está democratizando el uso de las cámaras sino que las está manejando de una manera autoritaria. De esa manera le agrega un valor negativo a las cámaras, que es la ausencia de democracia en su uso”, agregó Fabri.

LAS MENTIRAS QUE SIRVEN PARA VIGILAR Y CASTIGAR
El lunes 9 de junio el juez subrogante en lo Contencioso, Administrativo y Tributario de la Ciudad, Darío Reynoso, dio a conocer un fallo de 15 páginas en el que le ordenó al Gobierno de Mauricio Macri, que brinde en un plazo de 30 días “la información sobre la ubicación física de las cámaras de video vigilancia privadas incorporadas a la red pública” y además, le exigió publicar el mapa de cámaras de la Capital Federal, por ser una “información calificada que, por su vital importancia, no sólo debe estar disponible para quien la solicite, sino que el Estado la debe ofrecer y publicar permanentemente actualizada”.
A pesar de los meses que pasaron de esta sentencia la ubicación de las cámaras sigue siendo un misterio. “El Gobierno tenía un sitio web desactualizado e impreciso con la ubicación de sus cámaras. Por eso realicé un pedido de acceso a información en base a la Ley 104. La respuesta que recibí es que el registro de cámaras tenía carácter confidencial, y a los pocos días dieron de baja el sitio web”, expresó Pérez Esquivel.
Para Fabri, la instalación creciente de cámaras de seguridad se inscribe dentro de la lógica de un Estado cada vez más controlador de sus propios ciudadanos. Por eso los datos sobre la ubicación de las cámaras son secretos.
“El Estado moderno de derecho que conocemos hoy, nace con un poder coercitivo. Y no se puede tener ese poder sin un poder de policía. Esa policía -que es una fuerza coercitiva- es la encargada de hacer cumplir las leyes. El Estado construye una libertad social que está acotada y por consiguiente no es una libertad absoluta. Por eso libertad y seguridad son complementarias. La construcción da como resultado que a mayor seguridad haya menos libertad. Una comunidad totalmente segura es una comunidad en donde las libertades individuales son nulas”, manifestó Alejandro Fabri.
“Con la irrupción de la sociedad de masas nace un desarrollo tecnológico que en muchos casos se utiliza como un nuevo poder de policía, más eficaz y controlador, sobre esa misma sociedad de masas”, agregó.
El escritor mexicano Octavio Paz dijo que “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”. En el caso de las cámaras de seguridad se comprueba esta afirmación con una contundencia que asusta.
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Imagen: “Panóptico”. ( Ilustración sin mención de autor).
Ilustración y nota tomadas del periódico VAS –prensa alternativa porteña-  publicadas el 26 d noviembre de 2014.

4 dic. 2014

Oficios de "djidió" en Villa Crespo


(De Luis León)
  
En un estudio sobre los oficios en que se desempeñaban los djidiós (1) en Izmir, consigna que había entre otros: 100 albañiles, 150 vidrieros, 1.000 hojalateros, 150 fabricantes de espejos, etc. Figuran algunos que en la Argentina de las dos primeras décadas del siglo XX, no tenían cabida. Como...100 trenzadores de cordones de seda y 500 fabricantes de hilos de oro y plata. Pero es más curioso aún cuando se lee además que había 500 médicos, 50 boticarios y 700 barberos, además de 500 músicos y 10 equilibristas.
Por la falta de testimonios suficientes, es difícil averiguar a dónde fueron esos hombres y qué sucedió con esas actividades especializadas al dejar Turquía, además de su quehacer diario para ganarse la vida al llegar a Buenos Aires. Sólo se recuerdan algunos oficios o habilidades que a veces por ser curiosos, se mantuvieron en la memoria de la generación siguiente con tanta fuerza que aún son mencionados por los informantes.
Bardavid, se paseaba por las calles del Villa Crespo de los inmigrantes durante carnaval, montado a una bicicleta de una sola rueda, despertando sorpresa y admiración. En la década del 50, vivía del oficio de pegar brillantes sobre piezas de bijouterie, con que se ganaba la vida trabajando bajo el toldo del patio de su casa en la avenida Corrientes. Algunos recuerdan a Algranati que tocaba alegre, sin inhibiciones, su trompeta en la feria del barrio.
...560 bordadores, ...500 sastres, continúa la lista del mencionado estudio. Acá se recuerda con afecto a "Misodi" Eskenazi como importante diseñadora de ropa y modista de la esquina de Velazco y Acevedo. También a Luisa Dannon que por los años 40 vivía en la calle Malabia. Está también en la memoria Navarro el sastre "fino", de Gurruchaga 312, en el mismo inquilinato en que vivía Abraham Morás, encargado de confeccionar las mortajas para el cementerio. Su mujer, con todo cariño lo despedía todos los días en el patio frente a su habitación rogándole que Dios le diera siempre mucho trabajo, despertando la ira de los otros vecinos que le contestaban: Ah Dió, ¿ kualo´stás diziendo?... ¡Amudera ke te kaiga! (Ah Dios, ¿qué estás diciendo? ¿Muda que te quedes!).
...400 herreros y 1.000 hojalateros, y sólo el recuerdo de Mijael Carmona, el calailadjí, oficio muy solicitado, pues era el que arreglaba y calafateaba las ollas (tendjerés y pailones) antiguas que las djudías empleaban en sus cocinas. Vivía en Camargo junto al predio en que estaba la Kehilá (2) de Villa Crespo, y de su planta de murta (ruda) se cortaban las ramitas que semana a semana, siguiendo la tradición, se daba a los paisanos al salir de la sinagoga.
En la lista figuran 100 propietarios de casas de comida. Y se recuerda a Capulla, el primero en Villa Crespo, y se dice que en la ciudad, que comercializó el yogurt, y por supuesto a Alboger del bar “Izmir”, o a Buchuk que reunía a los parroquianos sefaradíes del barrio del centro en la calle 25 de Mayo.
De los 500 médicos del estudio sobre los oficios de los judíos de Esmirna, se recuerda en Villa Crespo al Dr. Abrameto que vivía en la esquina de Gurruchaga y Camargo, también al Dr. Levy con consultorio en Colegiales, y a quien vivía fuera del barrio, el Dr. Sadoc Nino, que concurría cuantas veces fuera necesario para socorrer a los (a veces alarmistas djidiós) que lo requerían con urgencia, sin cobrarles siquiera la visita.
A pesar de los compraventeros, y otros oficios que eligieron desempeñar, el tiempo los integró a ellos o a la siguiente generación en actividades y oficios adecuados a los nuevos tiempos que corrían, ya en otro Buenos Aires diferente al que conocieron al llegar.(*) (3)
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(*) Agradezco al Sr. Chuny Emanuel la información aportada para la redacción de este artículo (L.L.).
Notas:
(1) Judíos.
2)  Comunidad.

Imagen: Tapa del libro: "Judíos sefardíes pioneros de la inmigración en la República Argentina" del doctor Marcos Edgardo Azerrad.
Esta nota fue tomada de la página Web SefarAires, donde su título original es: “Pequeñas historias de Villa Crespo. Oficios de djidió”.

Recuerdos con aviones


(De Manuel H. Santos)

Doy fe: hace mucho, pero mucho (¡como que era niño!) se me llevaba al Club Gimnasia y Esgrima –vulgarmente GEBA, el de Figueroa Alcorta–, con el lógico y precoz  resultado de aburrirme de lo lindo, sin perjuicio de que, además, se aburrían quienes me llevaban. La consecuencia eran caminatas por un callejón de tierra que, convenientemente acondicionado, es hoy la Avenida de los Ombúes, en el tramo que separa a ese club de la planta de Obras Sanitarias, en la actualidad AYSA.
Esa avenida hace un giro para empalmar con la Lugones, pero en aquel tiempo se prolongaba en línea recta hasta otra calle de tierra, paralela a los fondos del club y de la dependencia pública. Tras ella había una alambrada bien de campo, luego las vías del ferrocarril y, al cabo, un pequeño murallón gris puesto para prevenir las crecientes del río. Empinándose, uno veía más atrás malezas y terrenos pantanosos que sustentaban, a la distancia, la plácida horizontalidad del Plata. Pasaban, como ahora, barcos cada tanto, y también trenes, de habitual formaciones diésel plateadas; asimismo, a veces –¡oh maravilla! –, convoyes de carga, arrastrados por dos locomotoras resoplantes y que nunca llevaban más de 45 vagones, el furgón de cola incluido, dato que, como se ve, me ha quedado fijo.
Por ahí, a las cansadas, pasaba un avión, por lo común una avioneta. Es decir, que ya existía el aeroparque, y esto sería hacia 1949 o 1950. Aunque existía apenas y casi nadie lo sabía, aparte de tener una pista mucho más corta que la que conocemos. Más tarde supe que para esa época no operaban desde ese lugar sino los aparatos de LADE –otra antigualla ignota– y aviones militares de enlace que llevaban y traían funcionarios con motivo de los vuelos con cabecera en Ezeiza.
Hacían mínimo ruido o, al menos, así me parecía. Pero algo de ruido harían y es probable que cada vez hicieran más, pues el Aeroparque se hizo repentinamente notorio –habrá sido esto para el 53 o el 54– cuando su actividad motivó una borrascosa protesta de las autoridades del teatro “Colón”, las que plantearon que ese ruido impedía continuar con las temporadas de verano, al aire libre, que se daban ante las tribunas de la Rural, con entradas baratísimas. La Municipalidad convino en que la queja era fundada y dispuso trasladar esas funciones estivales al Parque Centenario, donde se construyó  un auditorio al efecto, que, sin pena ni gloria, fue utilizado por tres o cuatro años, hasta que aquel estimable empeño cultural “al alcance del pueblo”, se extinguió por inanición.
Claro, se manejaban con la ópera y con la música “de veras”, segmentos artísticos que requieren alto grado de recogimiento para su gustación, totalmente negado por el estruendo aeronáutico. Pero el algo posterior auditorio del Lago del Rosedal, ámbito de recitales, de música menos exigente y hasta de poesía invocatoria, se lo bancaba bastante más y pudo prosperar por un tiempo. Hasta que aparecieron los aviones de  reacción y, literalmente, los artistas debieron “meter violín en bolsa” y esfumarse, espantados por el rugido de los motores.
Esto de que los aviones vuelen sobre plena ciudad y, para peor, en el momento en que más ruido del que hacen nos llega, que es cuando están a altura relativamente baja, sea porque acaban de despegar o porque van a aterrizar, siempre lo he creído un soberano disparate, opinión coincidente con la de cuanto experto he consultado, menester en el que se me explicó, de paso, el peligro que entraña hacer esas operaciones sobre zonas densamente pobladas. Pero estos son ya temas de entidad mayor, lo mismo que el múltiple e intenso deterioro que muchas razones viene padeciendo el parque Tres de Febrero, que no es del caso tratar aquí, siquiera para no ponernos demasiado serios.
Cabe, igualmente, contraargüir con la aseveración de que siempre las cosas de la aviación fueron en las ciudades y que es por ese factor multitudinario que captaron la imaginación general con la fuerza con que lo han hecho. Y sí: entre nosotros los primeros y fallidos intentos de elevar un globo aerostático se hicieron en la plaza Lorea, y el primero exitoso en el Paseo de Julio. La partida del infortunado globo “Pampero” fue desde una quinta de Belgrano y las del “Huracán” –célebre en mi barrio,  Parque Patricios– lo eran desde el predio de la Sociedad Sportiva, ubicado donde ahora se encuentra el campo de polo. Después los aviones intervinieron en desfiles y trazaron con humo “Yerba Salus” o “Geniol”; ya el “Plus Ultra”, con Ramón Franco y sus compañeros, había amarrado, modoso, junto al Espigón Municipal, y, en una de las suyas, Carola Lorenzini efectuado un aterrizaje de emergencia en la Costanera, cerca del puerto arenero.
La popularidad de la actividad era grande en esa época y eso es lo único que justifica dar crédito a la presunta veracidad de la poesía “anónima”, pasmosamente admitida por Borges y Bioy: Quiero tener una mina / pa’hacerle un hijo aviador, / que bata un día el “recor” / de la aviación argentina.
Otra cosa muy extraña –e ilustrativa–  menciona el comodoro Juan José Güiraldes –nuestro amigo, el “cadete Güiraldes”–, en una historia de la Fuerza Aérea: relata que entre los primeros aviones traídos al país se hallaba uno –un Voisin o un Bleriot, no sé– que una vez armado nunca pudo levantar vuelo, al parecer por haberse desequilibrado al ensamblárselo. Carreteaba y carreteaba pero no conseguía despegar. Se lo utilizó entonces como elemento de instrucción, “dando vueltas por la pista del hipódromo”. La gente se enteró y quiso ver ese portento limitado, por lo que una vez circuló antes de una jornada de carreras, “en medio del aplauso frenético del público”.
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Imagen: El hidroavión "Plus Ultra" en exhibición permanente en el Museo de Luján de la Provincia de Buenos Aires. (Fotografía tomada del sitio taringa.net).

1 dic. 2014

La lluvia en Buenos Aires



(De Mariana Kruk)

 en Buenos Aires la lluvia
sí que sabe llover,
calar el hueso,
cantar las cuarenta.

será que llueve estimulada,
porque sabe que es el único lugar
en el mundo en que para su hermosura
hay verdadera competencia.

Corrientes y sus librerías,
San Telmo y sus umbrales,
Costanera y sus carritos,
Almagro y sus cantores,
Constitución y su filo...

pero sobre todo vos
habitando sus calles,
desplegando tu  magia
de sonrisa  kilométrica
y musculosa debajo
de la camisa.
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Imagen: Lluvia en Buenos Aires (Foto tomada de noticiaya.com).

Durabilidad de lo precario



(De Astor Fernández Aráoz)  
       
Atrás de depósitos y terraplenes, entre charcos y terrenos cenagosos en potreritos donde algún pájaro crea, a veces, cierta sensación de rural lejanía, ahí, justamente ahí, aparecen las casillas. Un hombre astroso mira ausente y un perro duerme a sus pies. Unos chicos, más distantes, acaso acarrean cosas: por supuesto, remitlremos siempre imágenes de este tipo a un ámbito que conocemos, por ejemplo nuestra ciudad, pero podría ser cualquier otra, ¡tantas otras!, porque en todos lados la marginación, la incuria, el abandono, muestran sus lacras.
Un día las casillas son varias y transcurrido un tiempo resulta que son muchas, apiñadas como si quisieran mutuamente protegerse. Eso es, para nosotros, una villa miseria o –en el lenguaje intrascendente de los funcionarios– un “asentamiento”: Es lo mismo: nos entendemos.
Surgen convocadas quién sabe por qué. Tal vez, la necesidad “con cara de hereje”, las malditas fluctuaciones económicas, o el egoísmo de los que tienen. O acaso la ignorancia, la alienación, la haraganería, la desdichada falta de orgullo, esto sin contar la opinión de aquellos que  creen que se trata de un simple efecto de las etapas de prosperidad, que atraen a un número exagerado de migrantes. Es curioso: esa gente sostiene que coinciden los períodos de bienestar extendido con los de crecimiento de las villas miserias, en tanto que –afirman– las villas se reducirían durante los lapsos de recesión. Puede ser, pero dejemos ese tema arduo a los sociólogos, cuya baquía les permitirá adentrarse sin riesgos en él.
Se diría que toda población tiene sus marginales y que toda población grande tiende a agruparlos. Acá, mendigos, vagos y “apartados” hubo desde los años de Garay o, al menos, de Hernandarias. También existían barrios muy pobres, extremadamente pobres, por lo general en las cercanías de los mataderos y en donde paraban las carretas. Pero para encontrar la mención de uno específico de casillas, traperío y atorrantes, tenemos que llegar a 1885, cuando se inauguró el hoy desaparecido Arsenal, construcción almenada que ocupaba unas 20 hectáreas entre Garay, Pozos, 15 de Noviembre y Pichincha. Al ser descriptos los alrededores del cuartel se consignan datos según los cuales el espacio abarcado entre la avenida Garay y en las cuadras cortas que van desde Pozos a Entre Ríos, lo ocupaba lo que ahora llamaríamos una villa, una villa hecha y derecha, con todos los atributos correspondientes.
Bien pensado, estaríamos ante uno de los barrios más viejos de Buenos Aires, subsistente hasta hoy si le concedemos el don de ser itinerante. Porque a mediados de la década decimonónica del 90 esa aglomeración se ubicaba en la zona del actual Instituto Malbrán; después se corrió a lo que hoy son los playones del ferrocarril y, más tarde, se la halla donde ahora se asienta la imponente iglesia del Sagrado Corazón y en la inmediata plaza Pereyra. Se  fue yendo, pues, cada vez más hacia el Riachuelo y también más hacia adentro, de manera que en algún momento vino a topar con una humeante Quema, punto de arranque de sus días de apogeo, que hasta tuvo ribetes literarios. Fue entonces, imprecisamente, tanto “Barrio de la Quema”, “Barrio de las Ranas” y “Barrio de las Latas”,  y es hoy –mucho más encapsulado que antaño– las villas 21-24 y Zabaleta.
Semejante fenómeno de persistencia llama inevitablemente la atención; es claro en que esos asentamientos se produce una acelerada y constante renovación de vecinos, por los que nunca se encuentran en ellos “familias tradicionales”; sin embargo, las circunstancias favorables para la incorporación de nuevos pobladores deben ser muy fuertes, única forma de entender que eso “precario” haya durado nada menos que 130 años.
También más de un siglo tiene la villa 31, puesta a espaldas del Puerto Nuevo, lo que tampoco es moco de pavo. Como es sabido apareció con la construcción de las dársenas y, en buena medida, su población originaria hacía changas en esa obra. Para la época del Centenario era  todavía muy reciente, pero pronto, bajo el nombre de “villa Puerto Nuevo”, se hizo notoria y estableció fuertes códigos de sociabilidad, en parte reflejados en la película “Puerto Nuevo”, de 1936, dirigida por Luis César Amadori y Mario Soficci, y entre cuyos intérpretes estaban Pepe Arias, Charlo, José Gola y Sofía Bozán. En la ocasión, el pobrecito redimido por el amor de una niña copetuda –eterno tema, más antiguo que todos los barrios del mundo– fue Charlo, si bien, para ser estrictos, el papel que compuso más es de linyera que de villero.
Como sea, las villas duran, se estabilizan  y hasta prosperan, según vemos al presente, y esto a despecho del humor de la economía y de los  gobiernos, por distintos que éstos sean entre sí. Porque muchos con poder han querido quitar las villas de la ciudad, un poco como se quita la mancha de un traje, y han aplicado para lograrlo todas las políticas imaginables excepto la del desalojo inmediato y manu militari, seguramente porque nadie ha dispuesto de la fuerza para hacerlo. Y todos han fracasado, ya sea con planes de viviendas populares o de “radicación”, ofreciendo créditos o amenazando con abogados, por una razón obvia: en efecto, quienes están en la villa se van –como Charlo–, pero entretanto la sociedad le genera otros nuevos habitantes. Perón quiso ocultar con muros la villa que había en el Bajo Belgrano y, a su turno, Cacciatore  se dedicó a ejercer en todas un hostigamiento cruel, sistemático, innoble y, a la postre, inocuo; ambos también fracasaron.   
Pareciera que, en la relativa democracia argentina, la única arma admisible contra las villas es la urbanización de los predios en que se hallan, lo que, en rigor, tampoco acaba con ellas pero sí las aleja. Como ocurrió con el citado largo peregrinaje de la 21-24, y con el retroceso de la 31 –que un tiempo fue “Villa  Taxista” –, empujada hacia el norte por la construcción de la Terminal de Ómnibus.
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Imagen: Villa 31, en Retiro (Foto tomada de taringa.net).