27 jul. 2015

Pasaje Giuffra, ¡piedra libre a la historia!



 (De Rocío Areal)

El traqueteo de carretas que aún resuena sobre la alfombra de adoquines, la estrechez de las veredas pateadas por el caminar de la historia y el curioso de los diminutos balcones de hierro que -a un lado y al otro- asoman a la memoria de un gigante. Silbando bajito, el pasaje Giuffra estampa sus apenas dos cuadras de longitud en una traza del interminable San Telmo.

DIVINO TESORO
Custodiado por la calle Defensa y la avenida Paseo Colón, el chiquitín pasaje no se anduvo con chiquitas a lo largo de su potente existencia. Las huellas de clasicismo italiano que aún ostentan algunas de sus construcciones dan cuenta de un pasado elitista. Reducto de familias acomodadas, San Telmo fue acaso un desfiladero de ricos comerciantes y señoras fifí. Al menos, hasta 1871, cuando la fiebre amarilla hizo de las suyas. sin embargo, la historia de nuestro pequeño gran protagonista se remonta aún más atrás en el tiempo.
Más precisamente, a aquellos tiempos de virreinato que corrieron en el siglo XVIII. Para entonces, la calma de esta callejuela fue elegida por Mariano Escobar, pescador oriundo de Luján, para llevar adelante su vida familiar en Buenos Aires. Y tan devoto resultó ser este buen hombre qe bautizó a cada uno de sus hijos con el nombre del santo del día en que nacieron. Incluso, fueron conocidos en la zona como “los lujancitos”.
Aunque de fe no sólo se vive. Tanto así lo sabía Escobar que, con las primeras luces de la mañana, dejaba su modesta casita para tirar las redes en las aguas del río. Hasta que lo impensado sucedió: el 8 de diciembre de 1806 (¡Nada menos que el día de la Inmaculada Concepción!) Mariano tuvo que hacer arduos esfuerzos para arrastrar el peso que guardaba su red. ¿Un pez gigante? ¡Ni por asomo! Se trató de una talega que, para sorpresa de Escobar y su esposa, contenía nada menos que onzas de oro. ¡Milagro! Acaso de eso se trató aquel hallazgo para este encomendado pescador. Sin embargo, la explicación sería otra. Y aquí se la develamos.  No vaya a ser, estimado amigo, que acabe lanzándose al Río de la Plata de sólo leer estas líneas.

TOMALO VOS, DÁMELO A MÍ
“El ladrón que roba a otro ladrón, tiene cien años de perdón”. Refrán que le caía como anillo al dedo a Escobar. ¿Por qué? Porque las onzas eran parte del tesoro que la armada inglesa, tras la invasión que protagonizara dicho año, le había confiscado al Virrey Sobremonte. Más precisamente, en Luján. Al fin y al cabo, ¡de los pagos de la virgen venía el asunto! Ocurrió que Sobremonte trasladó allí su fortuna para protegerla de los invasores. Y aunque éstos descubrieron la jugada del mandamás, el tiro les salió por la culata. O, mejor dicho, la talega se les escapó de la fragata. Esa que surcaba la bravura del río con destino a Londres.
Así las cosas, Escobar no iría a cometer el pecado de la avaricia. Y tras consultarlo con el Padre de la Iglesia de Belén, además de resolver sus apremios económicos, el devoto pescador decide utilizar la fortuna “enviada” para hacer obras de caridad.
Menuda historia la de Escobar y su hallazgo. Esa por la que nuestra calle protagonista tomó el nombre de Puentecito Luján. ¿Qué si allí terminó el cuento? Nada de eso; en este pasaje aún resonarían  más relatos... y de boca de grandes recitadores.

PICOTEO Y ME VOY
A mitad de camino, nada mejor que hacer una pausa. Y si bien esta corta callejuela no incitaba a descanso alguno: la pulpería “La Paloma” era casi una parada obligada. ¿Dónde? En el número 295, esquina Balcarce. Hijos de acomodados terratenientes, marineros arrojados por los buques mercantes y demás almas ávidas de un buen trago componían un verdadero popurrí.
Payada iba, payada venía; lo cierto es que en “La Paloma” se armaba más de un bailongo. Y a él han asistido personajes de todas las épocas: entre los muros de La Paloma, el negro Gabino Ezeiza daba rienda suelta a su inspiración. Mientras que Esteban Echeverría y su tocayo Esteban de Luca, dos que se embebían de romanticismo a puro recitado, ya habían hecho de las suyas mucho tiempo antes.
Aunque si de amigos de la casa se trata, “la ley” también decía presente en “La Paloma”. Y vaya si se hacía notar: cada vez que asomaban las narices los mazorqueros -policías del riñón de don Manuel de Rosas- ninguno se hacía el vivo. Especialmente si se trataba del jefe de serenos, don Ciríaco Oliden. Otro vecino de la zona que mantenía un noviazgo -no del todo correspondido- con la hija de un sargento, también mazorquero.
Por lo pronto, parroquiano amigo, ya sabe ahora que el pasaje Giuffra esconde historia de la linda en su estrecho recorrido. Una ventana a esa Buenos Aires que no se ve, pero que siempre invita a descubrirse desde sus más insólitos rincones.
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Ilustración: El pasaje Giuffra.
Nota y fotografía tomadas de la página www. buenosairessos.com

25 jul. 2015

La loca Baires



(De  Marcos Silber)

Quien la vio reina del plata,
y quien la ve ahora pura ruina,
con los pulmones afuera, perdida,
miserable trepada a las luces del centro;
agitada como nunca,
colosal de loca, de chiflada,
a los gritos clamando toda la bronca,
dice malditos cosacos mosqueteros traidores dice,

postergadores, hijos de un vagón de putas dice,
ministros bandoleros ratas tratantes dice,
señoras limpitas venerables canallas dice,
y solitos, muñecos de apuro, abdicadores,
aturdidos, viudos del amor,
amputados lisiados de la ternura dice,
vaciados,
tontitos,
y se agita y se mece
con su gorro frigio la piantada,
con esas ramas y esas hojas,
como un bouquet de tormentas entre los brazos

los laureles que supo conseguir.
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Ilustración: Buenos Aires, pintura de Aniko Szabó.

21 jul. 2015

Una placa generó la polémica

 
(De Mario Tesler)

Entre los años 1811 y 1813 Luis José Chorroarín se desempeñó como segundo bibliotecario de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, siendo designado director en 1818 y permaneció a cargo de este organismo hasta 1821; le sucedió Manuel Moreno hasta 1828.
Sobre el sepulcro de Luis José de Chorroarín, ubicado en la calle central de  Cementerio de la Recoleta, se colocó una lápida de mármol con una inscripción en latín, publicada con su traducción entre otros por Ludovico García de Loydi en Una luz en la Manzana de las Luces: Chorroarín. La lápida no había sido colocada por sus familiares y amigos, como por error dije en mi artículo publicado en La Biblioteca,  sino por las autoridades de ese entonces. La inscripción en la placa decía:

Aquí yace
don Luis Chorroarín
canónigo presbítero de la santa iglesia catedral
Rector por veinticinco años del Colegio Carolino
y fundador de la Biblioteca
Murió el día 11 de julio del año de 1823
Mil jóvenes dio él al foro, al altar, al ejército
y otras tantas lenguas agradecidas hacen que su fama sea imperecedera.

Chorroarín falleció el 11 de julio de 1823 y del texto de esta lápida, años después desaparecida de su emplazamiento, molestó que en ella se le atribuyera haber sido fundador de la Biblioteca. Una de las manifestaciones de descontento pertenece al hijo de Mariano Moreno, que también fue dependiente de la Biblioteca Pública de Buenos Aires entre los años 1824 y 1825; en cuanto a la otra, apareció firmada con el seudónimo Veritas. 
En la primera parte de la presentación de Mariano Moreno (h) ante las autoridades se lee: "Mariano Moreno ante V. E. en la forma que corresponde expongo que hacen cinco años que existe en el Cementerio público de esta ciudad una lápida destinada á conservar la memoria del finado Doctor Don  Carlos Chorroarín; yo estoy muy distante de desconocer en la carrera pública de aquel individuo servicios importantes y mérito suficiente  pa qe su memoria sea grata á sus conciudadanos; po tampoco me permiten mis deberes filiales sufrir en silencio que se le atribuya la fundación de la Biblioteca pública debida al celo y patriotismo de mi finado Padre Dr. Don Mariano Moreno; á nadie sino á él debe el país la fundación de aquel establecimiento y á él solo le corresponde el título honroso de ser fundador y protector que le acordó el Superior Gobierno, en (el decreto)  (periódico ministerial de que) adjunto que comprueban aquel hecho. Yo no he descuidado la reclamación de este ultraje a la digna memoria de mi padre, pero circunstancias imperiosas me obligaban a esperar (una)  oportunidad sin otro desahogo que lamentar en el seno de la amistad la triste situación, de que por falta de apoyo se ve imposibilitado de hacer uso de sus derechos. Yo estaba penetrado de la justicia que me asistía po qe conocía bien que sin más elementos hubiera sido emprender una lucha muy desigual ps qe mis circunstancias no eran las mismas que las del albacea del Dr. Chorroarín, y porque el Gobierno había dado pruebas de interesarse en perpetuar su memoria del modo más distinguido al paso que el nombre del benemérito Dr. Moreno estaba ya olvidado. Mas es preciso ser justos E.S. y agradecer los servicios de los buenos ciudadanos aun después de su muerte. Yo haría un agravio imperdonable á los sentimientos de la presente administración, si temiera que recibiese con frialdad mi solicitud, la considero incapaz de desatender el merito y los servicios del Patriota mas distinguido del año 10 y en esta confianza.
A V.E. pido y suplico se digne autorizarme para borrar de la lápida indicada las palabras que atacan los derechos de mi padre."
Este documento se conoció parcialmente en 1961 durante la gestión de Roberto Etchepareborda en la presidencia del Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires, cuando se dispuso su publicación junto con otros en homenaje a Mariano Moreno, con motivo del 150 aniversario de su fallecimiento. Pero el texto completo recién aparece en el artículo Mariano Moreno y la fundación de la Biblioteca que Ricardo Caillet-Bois hizo publicar en la revista del Museo de la Casa de Gobierno.    
 hora bien, entre los años que van desde la colocación de la lápida sobre la sepultura de Chorroarín, en 1823, y la presentación de Mariano Moreno (h), cinco años después, solamente se conoce otro reclamo a favor de Mariano Moreno  (padre), como fundador de la Biblioteca Pública, que apareció bajo el epígrafe Comunicado. Éste es de autoría atribuida y presenta un primer párrafo de índole conceptual para luego ocuparse del caso en particular; dice así:"Hay un autor que recogiendo los epitafios de un cementerio de Alemania compuso un libro interesante, y lleno de reflexiones morales y profundas. Lo mismo podría hacer un viajero en otros países civilizados. Pero en el nuestro la costumbre de las inscripciones sepulcrales es demasiado nueva para que presente todavía un objeto digno de atención; y debe temerse por las que se han empezado á usar, al menos una parte de ellas, que venga á establecerse  un mal gusto, ó una vanidad incompatible con lo sagrado del lugar, y sentimientos solemnes que inspira. 
En la inscripción de la lápida del Dr. D. Luis José de Chorroarín, en el cementerio del Norte, se nota una falsedad ó un error en titularlo fundador de la Biblioteca. Esto es tan distante de lo cierto que este finado ni perteneció á la Biblioteca al tiempo de su fundación. Tiempo después fue nombrado bibliotecario, cuyo destino sirvió hasta pocos años antes de su muerte, con sueldo y casa de valde, que no han tenido otros. Fue ascendido á canónigo de esta santa iglesia Catedral; pero siempre sería tan falso llamarlo fundador de la Biblioteca, porque fue su bibliotecario, como fundador de la Catedral porque fue su canónigo. Para corregir este error (pues el fundador fue el Dr. Moreno) pueden los que lo hubieron cometido, ver el establecimiento de la Biblioteca hecha por el primer gobierno patrio, y consta en la Gaceta del 13 de septiembre de 1810. Allí verán estas palabras: nombrando desde ahora por bibliotecarios al Dr. D. Saturnino Segurola y al reverendo padre Fr. Cayetano Rodríguez, que se han prestado gustosos á dar  esta nueva prueba de su patriotismo y amor al bien público; y nombra igualmente por protector de la Biblioteca al secretario de gobierno Dr. D. Mariano Moreno. Verán también en las siguientes los donativos públicos con que se erigió y en la del quince del  mismo septiembre una carta de los comerciantes ingleses residentes en esta ciudad oblando considerables sumas, á influjo y solicitud del Dr. Moreno. Es preciso pues no usurpar nada del honor que á otros corresponde, por recargar la memoria de un muerto con una ostentación mundana de las distinciones efímeras del mundo. Menos decir, y sobre todo no decir sino la verdad, sobre esa losa fría que encubre los huesos de un mortal
 Requiescat in pace.   
Veritas

Este reclamo, reivindicando a Mariano Moreno como fundador de la Biblioteca Pública apareció en el número 80 de El Argos (Buenos Aires) de 1823 medio periodístico en el cual Manuel Moreno cierto es que era uno de los redactores.
Sobre la firma Veritas, Gustavo Martínez Zuviría en el polémico libro Año X  estima que el autor se escondía detrás de un seudónimo, suponiendo que su firma no agregaría autoridad a la protesta y opina que: la precaución resulta inútil, porque lo apasionado del tono y los giros del lenguaje delatan que “Veritas” es Manuel Moreno, Director en ese tiempo de la Biblioteca.
Ricardo Caillet-Bois en el citado artículo, publicado en la revista Mayo, corroboró así esta atribución de Martínez Zuviría en Año X sobre la identidad del firmante de este reclamo: Manuel Moreno, hermano de Mariano, no permaneció indiferente ante lo que consideraba un despojo de la legítima gloria de su hermano. Y,  como es conocido, bajo el seudónimo de Veritas publica en El Argos de Buenos Aires (4 octubre de 1823) un comunicado […].
También Horacio González coincide con Martínez Zuviría que la protesta enfática contra esa atribución a Chorroarín, sin duda, manifiesta en Historia de la Biblioteca Nacional, corresponde a la autoría de Manuel Moreno, hermano de Mariano.
El antecedente que se toma para señalar a Manuel Moreno como presunto responsable de lo publicado en El Argos es ser autor de la primera biografía, Vida y Memorias de Mariano Moreno, publicada en Londres en 1812, donde le adjudica a su hermano tener la gloria de ser el fundador de una Biblioteca pública en Buenos Ayres.
En el libro sobre el pensamiento político de Mariano Moreno que le dedicó Enrique de Gandía en 1968, éste se ocupa de la atribución de Martínez Zuviría a Manuel Moreno respecto a lo publicado con el seudónimo Veritas, pero no vierte opinión alguna.
Tres libros sobre el ocultamiento autoral en nuestro país dan a Veritas como uno de los seudónimos usados por Manuel Moreno: Diccionario de alfónimos y seudónimos de la Argentina (1800-1930). Buenos Aires, Elche, 1962; Diccionario argentino de Seudónimos. Buenos Aires, Galerna, 1991; y Autores y Seudónimos porteños. Buenos Aires, Dunken, 2007. 
Cotejando los textos de la presentación de Mariano Moreno (h), ante las autoridades de gobierno, y el reclamo publicado por Manuel Moreno, en El Argos de Buenos Aires, podría replantearse el interrogante sobre quién fue realmente Veritas en esa oportunidad. 
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Ilustración: Retrato de Luis José Chorroarín. 


19 jul. 2015

Refutación de la memoria por la memoria



 (De Silvio Funes)

Con sumo placer he leído el aporte hecho a la página de “Buenos-Ayres” por el señor Martín Felipe Sosa, titulado “Saga con viajeros”. Me adelanto a decir que aprecio y hasta envidio su buena memoria dedicada a rescatar historias que todos hemos conocido y hace mucho olvidado. Aunque al respecto de ese trabajo, me siento, a la vez, en la obligación de expresar  una reserva de índole limitativa que –bien lo comprendo– entraña una inevitable crítica, en realidad puesta en camino de llegar a ser censura, lo que en verdad lamento.
Me ha agradado lo que escribió el señor Sosa, al que, por otra parte, no conozco y mal haría en no considerar positivo un trabajo que contribuye a ampliar nuestros recuerdos relativos a la ciudad en la que vivimos y a la que amamos, sin contar con que esa censura, de algún modo lateral, no estaría dirigida a él en persona, sino a toda una escuela de memorialistas porteños que está muy pero muy extendida, no sólo en estas páginas sino, también, por todos los vericuetos.
Voy al grano: cita Sosa a una serie de importantes viajeros, a partir de la evocación de un personaje al que maltrata con razón, pero obviando el hecho de que lo único real en el recuerdo o el olvido de la gente es el pobrecito Fabiolo, pues todos los otros no son sino fantasmas que cada tanto reaparecen provenientes de libros, de periódicos amarillentos, de testimonios de tercera mano, ya que nadie conoció a Enrico Ferri o a Keyserling, y que, por lo contrario, es posible que alguien sí se haya cruzado en la calle con ese derrengado aristócrata español. Poniendo esto en lenguaje pedantesco cabría resumir que, para nuestra  generación, Jean Jaurès es la teoría y Fabiolo, la praxis.
Mencionado el paso de este último por Buenos Aires, apunta Sosa que “después vino la televisión”. Sin desdeñar en absoluto la profunda implicancia que en todo orden de cosas ha venido teniendo esa innovación a partir de haberse implantado, bueno es señalar que en todas partes y también en Buenos Aires, la generalizada extinción de los recuerdos inmediatos es anterior  a ese fenómeno. Prescindamos del resto del mundo, asunto que no es para tratar en este momento y restrinjámonos a lo local; de hecho citas, protagonistas, anécdotas, filiaciones sentimentales, lugares determinantes y adhesiones de todo tipo son, en apabullante grado, anteriores a 1940, poco más o menos. En nuestro caso, todo –amigos, individualidades, peñas, tangos, costumbres, compadritos, banderas políticas, usos y curiosidades– remite invariablemente a la época del chambergo. Es como si después de una etapa que habría terminado quién sabe cuándo (para  indicar referencias: la muerte de Gardel, o la guerra española, o la mundial, o la aparición del peronismo) de muy poco uno se hubiese enterado, muy poco ocurrió y poquísimo interesa.
En primer lugar, que eso nos coloca en una situación de orfandad realmente incómoda: resulta que nosotros –y ya somos viejos y hasta viejitos– no hemos existido o, al menos, nunca hicimos nada que mereciera preservarse: junté figuritas en las que aparecían Juan Armando Benavídez y Roberto Resquín; he atisbado a “petiteros” de pantalón estrecho y tajitos en el saco –en aquel tiempo se decía que eran para facilitar prácticas homosexuales–; recuerdo el estruendo lejano de un bombardeo, las bañaderas con querosén, los “rumores”, el Floridita, Jauretche en el Youngmen’s, el Di Tella, los boliches del rock, la feria de los hippies, la Corrientes de las librerías, los muchachos formando cadenas de brazos para que la columna no se disgregue, las capuchas, los Falcon verdes, los ensayos de oscurecimiento con motivo de Malvinas, pero parece que todo eso lo he soñado, pues mis contemporáneos no lo recuerdan. ¿O es que presentándose como campechanos memoriosos, son, en realidad, investigadores de archivo, arqueólogos vocacionales? Dicho quizá brutalmente: conozco una Asociación de Amigos del Tranvía; no, en cambio, una de amigos del trolebús.
Segunda cosa: sospecho que en esa amnesia hay ideología pasada de contrabando, tal vez de manera inconsciente. Esa ideología refleja, para mí,  una actitud que hasta juzgo valiosa, en cuanto entresaco de su argumentación algunas verdades incuestionables, pero que mi índole de “librepensador” rehúsa aceptar como absolutas. Porque, en efecto, hay una línea conceptual que tiende a ver a la Argentina –y a Buenos Aires, sobre todo– como algo del pasado, cuyo esplendor fue y dejó de ser. Habría sido ése un mundo de esperanzas y proyectos, y, asimismo, de lacras y podredumbres, pero vital y creativo, con escritores, con polémicas, con inmigrantes y palacetes, con estadistas y pensadores, con luchadores y apóstoles, con trabajo y ganancias, con “linaje y multitud”, como diría Francisco García Jiménez, con el pulso de  la vida circulando por las venas.
¿Cuándo terminó ese caos que era, a la vez, una promesa de Jauja? Difieren los exégetas aunque barajan años cercanos entre sí: Juan Archibaldo Lanús hace coincidir el final de Aquel apogeo –así se llama su libro– con el relevo de Carlos Saavedra Lamas en el cargo de ministro de Relaciones Exteriores, o sea en 1938; otro volumen de no me acuerdo quién alega en la tapa cierta grandeza y entre paréntesis encierra los años 1889-1939. Por su parte, Escudé y Cisneros llaman “Argentina sometida” a la que se estableció a partir de 1942, con la asunción definitiva de Ramón Castillo como presidente de la Nación; Carlos Ibarguren no duda en atribuir a 1943 el carácter de hito, pero José Luis Torres lo lleva al año siguiente dado el peso que concede a la deposición de Ramírez, y supongo que, desde su empíreo, Juan Pablo Feimann optaría por el 45. Ludovico Vita sostenía, en charlas, que todo concluyó en 1947, cuando el Congreso aprobó las Actas de Chapultepec  “y nos sacamos la careta”.       
Está bien que esas personas piensen de esa manera; con variantes, son la derecha y la derecha genuina no es sino una arquitecturización de la nostalgia. De acuerdo, pero igual no me convencen mucho. Razono y razono y no acabo de ver por qué la ciudad de los conventillos habría de ser mejor, o más sugerente o más incitativa, que la ciudad de los departamentos. Claro, ya sé, para esos días se había hecho presente “el monstruo grande (que) pisa fuerte” vulgarmente llamado peronismo, y en el enchastre que hizo con sus patas elefantiásicas todo lo confundió: los oligarcas se hicieron mediáticos; los gremialistas derivaron en lumpen, los socialistas en “humanistas”, y los comunistas en “pequeños y medianos empresarios”. El desorden, el desorden que aborrecen en especial los intelectuales porque les dificulta pensar en abstracciones. Pero yo no soy intelectual sino un simple vecino que alguna vez ha hecho versos; sin embargo, también estoy en la confusión. Y me siento mal, incomprendido y desechado: pido perdón por ello.
¡Vemos que lo del amigo Sosa para nada se me hace baladí; por lo pronto me ha servido para hacer estas reflexiones!
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Imagen: El conde  Hermann Graf  Keyserling. 

15 jul. 2015

Vendedora de limones




(De Marta Kapustin

Marche-cante
de obreraje pobre
vendedora de limones en la feria
mano hacha extendiéndose de hambre
ojo cobre en los ojos ajándose.
India de pezones sueltos,
adormecida de chalas y palos de vino;
parada de descalza en la vereda
con los dineros arrugados
de apretarles los metales.

Atenta no te atrapen los guardianes
cuchicheándole el ajo a la vecina,
cargada de vientre y bolsas de chicos
con ombligo de paja y mate cocido.

Cante-marche
boliviana pobre
vendedora de limones en la feria:
qué miedo adentro
te empuja a mis ciudades,
con qué promesa de panes
te engaña Buenos Aires,
si no es distinta mi tierra a tu frontera:
tenemos  por bandera a la miseria.
______
Ilustración: Boliviana vendedora de verduras, dibujo de Juan Manuel Sánchez.

11 jul. 2015

Cafetín de Buenos Aires


  
(De Viviana Demaría y José Figueroa)

El café debe ser
negro como el demonio,
caliente como el infierno,
puro como un ángel,
dulce como el amor
Charles-Maurice de Talleyrand
(1754-1838)

En una recordada película dirigida por Jorge Coscia y Guillermo Saura -estrenada en la primavera democrática de 1987- hay un diálogo entre una pareja: “Me gusta tu gente, su sentido dramático y temperamental” le dice el Turco a Mirta -mientras, como música de fondo, se desgrana un tango sobre las aguas del Bósforo-. Le habla así de los argentinos, el pueblo de su mujer. Mirta llegó a Estambul desde Liniers, huyendo del terrorismo de Estado implantado en 1976.
En Estambul los gustos musicales -en especial el baile- no están circunscriptos a la danza del vientre o a la de los siete velos. La consolidación y popularidad del tango en Turquía tuvo su auge en la década del '30 hasta llegar a ser, en la actualidad, una de las capitales de este género musical argentino. Es más: la segunda mejor orquesta de tango del mundo se encuentra en Estambul. Tanto es así, que existe el denominado “tango turco”, donde sobresalieron cantantes como Ibrahim Ozgur o “La Gran Dama del Tango”: Seyyan Oskay. Para toda la región, desde Rusia a Egipto y los Balcanes, Estambul es el ombligo vibrante de la comunidad tanguera en aquellos arrabales de oriente.
Café 1930, es el segundo movimiento de la “Histoire du Tango” escrita por el “asesino del tango” Don Astor Pantaleón Piazzolla. Astor (un renegado que ya no creía ni en el compadrito ni en el farolito), compuso esta suite clásica para flauta y guitarra en 1985. “El tango es una música que si no se cambia totalmente, quedará en Buenos Aires y poco a poco se irá extinguiendo” le comenta a un amigo. Mientras era acusado de “antiargentino”, de hacer una música sin un sentimiento nacional, Piazzolla se ubica en la frontera musical del género como un alquimista dispuesto a hacer del carbón, oro. Esto lo pudo lograr gracias a que su padre le negó la posibilidad de acompañar al “Zorzal Criollo” en su gira por Medellín, donde -de haber ido- habría encontrado la muerte junto a Carlos Gardel.
Medellín es la “Capital del tango” y el tango, “un tatuaje en el alma” Desde el año 2000, a través de la Ordenanza 24, el tango es declarado “patrimonio artístico, cultural y social de Antioquia”. En Colombia, acercarse al tango, es llegar a un mundo sentimental lleno de símbolos, rituales, herencias, amores. Se trata de generaciones enteras cuyas historias se escriben en poesía tanguera: un mundo donde existen hijas con nombres como Malena o Marion, un mundo donde hay bares y cafés con nombres extraños: “9 de Julio”, “Adiós Muchachos”, “Bar D'Arienzo” o “Chanteclaire”. Donde la “Academia Nacional del Tango” dicta conferencias de lunfardo o se realizan cotidianos Festivales Juveniles como “Tango al Parque”; un mundo lleno de Academias de baile con nombres típicos como “Che tango” o “El último Café”, …un lugar donde el tiempo se ha detenido. Donde es posible escuchar en “El Málaga” la voz del “Morocho del Abasto” grabada en un 78 rpm desde una rocola Wurlitzer de 1946.
 Sting -en la hermosa canción de jazz “Un inglés en Nueva York”- dice en su letra I don't take coffee I take tea my dear, mientras la banda toca dentro de una cafetería en la Gran Manzana. Es obvio, que un inglés toma té y no café. Cabe aclarar, sin embargo, que la canción está dedicada –e inspirada- en Quentin Crisp, un escritor, crítico y exuberante actor inglés cuya manera insolente de vivir su homosexualidad (en una época en que era ilegal) lo convirtieron en un ícono gay. Quentin, en su exilio en Nueva York, frecuentaba la tertulia de los cafés, donde lucía su característica blusa impecablemente blanca, el colorido pañuelo al cuello y el elegante sombrero Fedora. A propósito de este enlace entre el té y el café, recordamos unos curiosos hechos históricos.
Fue en un café, el “Green Dragon” de Boston, donde se urdió la rebelión que culminó en el conocido “motín del té”, cuando los rebeldes norteamericanos lanzaron al mar el té sobretasado por la corona británica. Este acontecimiento dio lugar a la independencia de las colonias y a la Revolución Norteamericana y el café ganó popularidad y obtuvo el rango de bebida nacional. Es más, allí fue leída por primera vez la Declaración de Independencia. El café, ese lugar donde se lo bebía, estuvo ligado a otra revolución liberal. Alrededor de 1650 comenzó a ser importado y consumido en Inglaterra, y se comenzaron a abrir cafeterías en Oxford y en Londres, las cuales se convirtieron en lugares donde germinaron las ideas liberales que culminarían en la promulgación del “Bill Of Righs”. Por su parte, la Revolución Francesa de 1789 se dice que tuvo su origen en el Café Foy de París. También por estos rincones del mundo, Alzaga y otros patriotas complotados, planificaron en el “Café de Marco” hacer volar el Fuerte con explosivos y así aniquilar al Gobernador británico William Carr Beresford y su milicia. Y si bien es famosa la “Jabonería de Vieytes” en los preparativos de nuestra Revolución de Mayo, no lo es menos que el bullir revolucionario en los cuarteles y los cafés del Buenos Aires colonial.
Volviendo al mítico Estambul, fue en esa ciudad donde en el lejano año 1475 abrió por primera vez en el mundo un café legendario: el “Kiwa Han”. Dicho antro urbano, provocó innumerables controversias en oriente y occidente. No sólo por el brebaje que se servía, sino también por el espacio de sociabilidad que se originó al interior de sus paredes.
Fue por los mercaderes venecianos, que manejaban el mercado de las especias, que la nueva bebida llegó a Europa, hacia 1615. Su introducción en Italia dio lugar a controversias sobre si era lícito a los cristianos el uso de una bebida de los mahometanos. Se creía que como los árabes tenían prohibido el vino por el Islam, Satanás les habría dado el café como sustituto. El Papa Clemente VIII al probarlo dijo: “esta bebida satánica es tan deliciosa que sería una lástima dejar que los infieles disfruten del uso exclusivo de ella. Engañaremos a Satanás bautizándolo”. Dicho y hecho, el café fue legitimado como bebida “auténticamente” cristiana. Pero luego, fue particularmente reprobado en ciertos núcleos protestantes, sobre todo alemanes, sin llegar al desquicio de Rusia, donde estuvo prohibido con penas incluso de tortura y de mutilación a quienes lo saborearan. Y como una cosa iba con la otra, los mismos castigos se empleaban contra los fumadores de tabaco. Mala onda. En el año 1511, en La Meca, el emir Khair Bey empezó a estudiar sus características, ayudado por científicos y juristas, para decidir si el café se ajustaba a las normas del Corán. A raíz de esto, se prohibió su consumo pero su popularidad era tan grande que las autoridades terminaron derogando el decreto de prohibición, no sin antes sufrir masivas insurrecciones.
Retornando a Medellín, allí se dice que “se podrá discutir que Gardel nació en Uruguay, Argentina o Francia. Lo que nadie discute es que murió en Colombia. Y, para muchos, morir debe ser más determinante que nacer”. Quizás ése es el motivo principal de que sea esa ciudad, la primera capital del tango en las Américas -fuera del Río de la Plata-. Son los cafés y bares de Guayaquil (barrio de Medellín) la clave para comprender la evolución del tango en Colombia. Las formas como se daba la difusión de la música en las primeras décadas del siglo XX, hicieron de su apropiación y consumo un asunto público, que se vivía principalmente en escenarios como el café o el bar, único modo de escuchar los discos que venían de Estados Unidos. Luego, el cine traerá la imagen de Carlos Gardel. La influencia sustancial que el impecable aspecto del Zorzal tuvo en la vida de los hombres que habitaban Medellín, se comenzó a ver cuando empezaron a transformar sus hábitos higiénicos y de imagen: el pelo peinado a la gomina, los zapatos de cuero combinado con tacón francés, el sombrero funyi calzado a lo arrabalero, el traje espléndido.
El rito quedó así establecido: el lugar para flashear será el café, el bar de tango y milonga de rompe y raje. Como si fuese una película al vesre de “Saturday nigth Fever”. Y como esos varones compadritos, podrán acceder a la sociabilidad pública las mujeres del tango, que en esos inverosímiles cafés, no serán ya miradas como prostitutas. Sin embargo, será en los años 60, donde el café dejará de ser el lugar privilegiado de los varones. La liberación femenina arrasó con su exclusivo habitué cuando ésta dejó la coqueta confitería.
Revoluciones de toda especie: nacionales, de clase, culturales, colectivas, genéricas, estructurales, el mundo entero cambió cuando apareció el café y su territorio sagrado. Un lugar privilegiado para la socialización de inmigrantes, de encuentro policlasista, de nuevos lazos sociales. Un espacio abierto a la cultura urbana naciente, el club más popular, un territorio de la bohemia, la política y la creatividad, que vino al mundo para quedarse.

CAFÉ COLONIAL
Se bebe. Su aroma se desplaza por el aire y cuando es invierno provoca envidia mirar a través del cristal y descubrir a otros humanos acercar silenciosamente el pocillo blanco y tibio a los labios. En verano la brisa vespertina lo esparce por las vereditas y el bullicio de los bebientes inunda la ciudad.
Se está. De colores o de ladrillos; al ras del piso, en terrazas o subsuelos; en las esquinas o a mitad de la vereda; tradicional o temático; diurno o nocturno… El café es un lugar desde donde leer y pensar el mundo. Y aquí, en esta porción del universo es inimaginable la vida sin ellos.
 El derrotero de los términos “pulpería – almacén – bar – café” no es otro que el de las denominaciones de los espacios humanos donde tramitar la vida privada o pública en los diferentes segmentos de la historia. Y si bien el 4 de junio de 1998 la Legislatura porteña sancionó la Ley 35 de creación de la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires que instituye el 26 de octubre como el Día de los Cafés –fecha propuesta en conmemoración a la inauguración en 1894 de la entrada por Avenida de Mayo 825 del histórico Café “ Tortoni”– ya en 1794 los documentos del Cabildo daban noticias de la existencia del “Almacén del Rey” (génesis de lo que fue posteriormente el café “La sonámbula”).
Cierto es que la primera mención que los documentos coloniales registran no habla muy a favor de estos lugares. Las citas datan del año 1779 a instancias del virrey Vértiz y Salcedo quien promulgó un auto por el que ordenó a las autoridades que dentro del término de 24 horas debían notificar a la Secretaría de la Cámara de Gobierno, la prisión de toda persona mal entretenida o vagabunda cuya detención se hubiera producido en casa de truco, cafetería u otro lugar donde se hallaran jugando a naipes u otra clase de juegos prohibidos.
La “Casa de truco” contaba con una cafetería y –siguiendo los pasos de la antigua Europa– los cafés se replicarían como espacios de reunión en el viejo virreinato. Las tertulias y encuentros dejarían de estar circunscriptas a los salones de las familias adineradas para darse paso entre las calles de la ciudad, invitando al diálogo, el debate y las conspiraciones. Será también albergue de sueños y soledades; una institución fundamental de la cultura porteña, "el club menos oneroso al alcance de todos los bolsillos, sin más reglamento, disciplina y obligaciones que la convivencia humana". En sus mesas y mostradores se charla y monologa, pero también se calla. El café es un continente de la vida, un recipiente de sus contradicciones: uno puede ocultarse o exponerse, buscar la compañía o soportar la soledad. Allí nacen -y en un vértigo final- se marchitan amores como estrictamente lo relata don Cátulo Castillo.

CAFÉ, TANGO E INMIGRACIÓN
Buenos Aires, hacia la segunda mitad del siglo XIX, estaba dejando de ser para siempre, una pequeña aldea donde todos se conocían. Extranjeros y desconocidos, en su gran mayoría varones, deambulaban por sus calles (en 1887, uno de cada dos habitantes de la ciudad había llegado de afuera). La plaza, la esquina y el patio del conventillo dejaron de ser la única alternativa de reunión social para tanta gente. Con el café, se institucionalizó un territorio privilegiado para la socialización de los inmigrantes: la escuela de todas las cosas y lo único que podía parecerse a la vieja, según don Enrique Santos Discépolo.
Supo haber en la cruzada de Suárez y Brandsen (territorio xeneixe) un “Café de los Negros” (bautizado así porque, obviamente, concurrían muchos afroamericanos).
Fueron éstos los primeros en hacer música en los cafés de la Boca. Guapos, compadritos y malevos se encontraban en el Café” Sabatino”, el “Almacén de la Milonga” y el “Bailetín del Palomar”. En los boliches de la calle Necochea de La Boca, empezaba a escucharse esta música alegre, juvenil y pícara que, bajo el ritmo del dos por cuatro, ejecutaban autodidactas que componían sin conocer las partituras. Dicen que el tango se registró en el “Bailetín del Palomar” conocido también como el “Boliche de Tancredi”, en alusión al tano José. Abrió sus puertas en 1878 en la famosa esquina de Suárez y Necochea. Tancredi – en persona- le cobraba a los bailarines, cinco centavos la pieza y para que ninguno bailara sin pagar, la cobranza la hacía con una mano mientras en la otra empuñaba un trabuco naranjero.
En sus antípodas –social y cultural y geográficamente hablando- en Santa Fe pasando Callao, existió el afamado “Petit Café”. Su clientela se destacó por ser oligarca, pituca y racista. Como tal, despreciaban a los actuales bosteros, dado que preferían el rugby al fútbol y el jazz al tango. Su indumentaria correspondía a los colegios privados del Barrio Norte, Belgrano y San Isidro y abusaban del “Glostora”. A esos los retrataron Canaro y Romero en “Tiempos Viejos”, manifestando que eran más hombres los nuestros. Con un estilo art-déco, espejos, bronce, mármol, sillas de cuero y una elegante peluquería al fondo, devino en los 50 en un baluarte antiperonista y golpista. Su elegancia quedó reducida a cenizas la noche del 15 de abril del 53.
Aunque Jorge Luis Borges lo desmiente enfáticamente, tanta fue la fama (buena y mala) de los cafetines del sur, que si el tango no nació en la Boca, pasó raspando. Viene al caso citar otra famosa esquina: Suárez y Necochea, donde se erguía el Café” Royal” conocido mejor por el “café del griego” de don Nicolás Bardaka, oriundo obviamente de Grecia. Allí, actuaba un trío: Canaro, Castriota y el primer bandoneonista Loduca. Entre las nieblas del Riachuelo, Castriota compuso “Mi Noche Triste” y también tocó allí Eduardo Arolas. A metros del “Royal”, se encontraba el Café “La Marina”, donde otro trío acrecentaba la música ciudadana: Genaro Expósito, Agustín Bardi y José Camerano. El “papá” del Tango, don Angel Villoldo, Juan de Dios Filiberto y Roberto Firpo, regenteaban otros cafés de la misma zona que amalgamaba por igual, tango y trifulca.
Y como ya habrán notado, los apellidos y nacionalidades de algunos dueños de aquellos históricos cafés eran mayoritariamente extranjeros: por cada 20 dueños de cafés en la Ciudad de Buenos Aires, sólo uno era argentino, los otros diez y nueve eran inmigrantes.

ÁNGELES DE BUENOS AIRES
El francés Jean Touan fue el que emplazó en 1858 el mítico Café “Tortoni”. Hasta 1880, fue vecino del Hotel Francés y el Hospital de Mujeres en Esmeralda y Rivadavia cuando fue trasladado a su ubicación actual, la planta baja de la residencia de Saturnino Unzué en la calle Rivadavia. Los lazos comerciales de Jean Touan y Curutchet estaban ligados por relaciones de parentesco. Así, en sus orígenes, el paso del Café “ Tortoni” de un dueño a otro quedaba en familia. Aquella “modesta casa del ramo” descripta por Manuel Láinez -el director de “El Diario”- de la mano del matrimonio vasco de Celestino Curutchet y Ana Artcanthurry terminaría por delinear su perfil definitivo. La apertura de la Avenida de Mayo alentó a sus propietarios a extenderse hacia la avenida y de la mano del arquitecto belga Alejandro Christophersen se modificó el edificio que alberga a este ícono porteño. Y si bien para realizar esta ampliación hubo que derribar la iglesia presbiteriana de San Andrés, el claustro celeste no parece haberse ofendido en lo más mínimo.
El Café comenzó a ser frecuentado por la bohemia artística porteña liderada por el pintor de La Boca, Quinquela Martín. Corría 1926 cuando los artistas “convencen” a Celestino Curutchet que les permita usar la bodega del subsuelo para sus tertulias. Los registros de la época señalan la perspicacia de don Celestino: “los artistas gastan poco, pero le dan lustre y fama al café”, habría dicho. Sólo un necio puede discutir su condición de templo pagano. Y si bien el “Tortoni” es –con sus más de 150 años de existencia– indiscutiblemente el café mítico de la ciudad, guarda en su historia –como todos los demás cafés de Buenos Aires– innumerables anécdotas dignas de ser contadas. Desde haber sido el primero que ostenta la singularidad de haber dispuesto sillas en la vereda hasta ser sede sustituta de la primera Legislatura porteña, las historias de amor no le fueron ajenas.
La pasión de Pirandello por su primera actriz y musa inspiradora, Marta Abba, fue arrullada por la voz del Zorzal una fría noche de junio de 1927. Percanta que me amuraste / en lo mejor de mi vida, / dejándome el alma herida / y espina en el corazón… Esas palabras fantasmales y la estampa de Gardel conmovieron el alma del sexagenario escritor en el sótano del “ Tortoni”.
El final del siglo XX también verá surgir desde sus entrañas, una voz que conmueve a todo el país: los hombres sensibles se darán cita cada medianoche para escuchar “La Venganza Será Terrible”, antídoto cotidiano contra los efectos de la Liga de los Refutadotes de Leyendas.
Mientras tanto en Billinghurst y Guardia Vieja, “El Banderín”, resiste a fuerza de pura dignidad el paso del tiempo y el pulular de cadenas de comida rápida. Nació en 1923 como “El Asturiano” almacén y bar, y finalmente lo segundo quedó como marca indeleble en las calles de Almagro. Los más de 600 banderines – siempre regalados, nunca comprados; siempre obsequios, recuerdos del paso de algún viajero o de un fiel concurrente que deja su huella de ese modo singular: aportando el banderín del club de sus desvelos –que adornan sus paredes hablan de la cadena de gratitudes que se establecieron allí. La valentía y el esfuerzo de la familia Riesco, con los vaivenes que les ha provocado 90 años de vida, convierte a esa esquina en un libro de historia donde el espíritu de  Ángel Firpo, Adolfo Pedernera, Aníbal Troilo, Pascualito Pérez, y Tato Bores (entre tantos otros conocidos y anónimos) sobrevuelan como el humito del café manteniendo viva la memoria de la ciudad.

PALABRAS  FINALES
Buenos Aires, ahí donde la ven, fue escenario de una batalla por la preponderancia del café, allá por los 60. Brasil desató una campaña para destronar del mercado el reinado del café de Colombia que en aquellos tiempos tenía como estereotipo un tipo vestido de blanco que venía acompañado por un burro: Juan Valdez. La singularidad que ofrecía era ser el primer café que se vendía envasado al vacío. Por su parte, el embajador elegido por Brasil para esa tarea fue Vinicius de Moraes quien llegó a Buenos Aires donde luego viviera por diez años. Juan Valdez pasó a la historia mientras que aquellos recitales son recordados aun hoy por haber transformado a las callecitas de Buenos Aires en un sambódromo.
Fuera de los cafés y bares notables –que según la Honorable Legislatura Porteña ascienden a 53– cada esquina, cada rincón de los indiscutibles cien barrios porteños atesoran muchos más, que le dan a la Reina del Plata su singular aroma y color. Quizás la prueba más contundente sea el tango “Cafetín de Buenos Aires” de Discépolo, que desde hace 65 años lo han cantado diversas generaciones donde se encuentran entre otros desde Sara Montiel, Virginia Luque, Susana Rinaldi, Hugo del Carril, Julio Sosa, Roberto Yánez, Roberto Goyeneche, Edmundo Rivero, hasta Andrés Calamaro y Juan Carlos Baglietto. La letra de esta canción revela un lazo inquebrantable entre la gente, la ciudad y los cafés que ya son parte de la subjetividad porteña. Miguel Cantilo se pregunta “¿dónde va la gente cuando llueve?”. Seguramente a buscar refugio en un café.
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Notas:
Berruet, M. – “Bares y Cafés de Buenos Aires” – Buenos Aires, Universidad de Palermo, 21 de Julio de 2010.
Bossio, J. – “Los Cafés en la época de la Revolución de Mayo” – Buenos Aires, Cuaderno N·7 del Café “Tortoni”, Mayo de 2002. http://buenosairescultural.googlepages.com/jorgebossio
Brosio, L. – “Un bar histórico que conserva la magia” – Buenos Aires, Periódico Primera Página, Abril de 2010, http://primerapagina93.blogspot.com.ar/ 2010/04/cafe-el-banderin.html
Jaramillo Mutis, M. – “El Banderín: 90 años de historia porteña” – Colombia, Diario la Opinión, 09 de Junio de 2013. http://www.laopinion.com.co/demo/ index.php?option=com_content&task=view&id=421722&Itemid=93
Moeller, P. – “El Café ‘Tortoni’ y el Imperio Británico” – Buenos Aires, 5 de Marzo de 2013.
Ranzani, O. – “La ñata contra el siglo XXI” – Buenos Aires, Diario Página/12, marzo de 2004. http://elbanderin.com.ar/category/notas/page/ 2/#sthash.ufcX6bpM.dpuf
Riesco, S. – "El Banderín" Historia viva desde 1929 – Web Oficial de “El Banderín” http://elbanderin.com.ar/
Sabini, R. – “El Banderín” – Buenos Aires, Revista el Abasto Nº 39, octubre de 2002. Revista El Abasto, n° 39, octubre 2002.
Szwarcer, C. –“La presencia de Carlos Gardel en el Café ‘Tortoni’”– 2006, http://www.argentinauniversal.info/ mar07/extras/literat/nota_07.pdf

Imagen: Interior del Café "Tortoni" (Foto tomada de roundwego.com )
Esta nota fue tomada de la Revista del Abasto.

La noche que los tangueros durmieron en paz




(De  Rodolfo Jorge Rossi)

La historia comienza en 1884 al entrar en vigencia la Ley 1420, de enseñanza gratuita, pública y laica. Esa norma sancionada por el gobierno del General Julio A. Roca,  provocó una feroz crisis nerviosa en monseñor Luigi Matera, Nuncio Apostólico en Buenos Aires y por ende embajador del Papa.
La ley, considerada diabólica por la Iglesia,  dejaba la religión fuera de los colegios públicos; además hacían su aparición las temidas maestras normales, contratadas por el Poder Ejecutivo en los Estados Unidos.
El susodicho Matera, con toda la rabia junta, conspira para que la norma se derogue. Informado el Presidente Roca de que el curita aúlla  en los conventos, lo invita a retirarse. Le da veinticuatro horas para dejar el país. Además, la Argentina rompe relaciones diplomáticas con el Vaticano.
El Nuncio despechado fue compañero de seminario de un tal Giuseppe Sarto; al regresar a Roma, Matera  transmite toda su inquina a su viejo amigo, para terminar la triste historia de su vida en un sórdido sanatorio para enfermos mentales.
Sarto no perdonó jamás el deterioro emocional de su camarada; culpaba a la Argentina por su muerte. En 1903 es elegido Papa; se convierte en Su Santidad Pío X. Lo primero que hace cuando es ungido vicario de Cristo es  lamentar que su antecesor, León XIII, haya reanudado relaciones diplomáticas con nuestro país.
Es así que durante una reunión cardenalicia se entera que  el Káiser Guillermo ha prohibido que sus tropas bailen una danza procaz originada en el Río de la Plata.
La figura de Matera, loco y solo en un hospicio mugriento aparece en los sueños del  Papa; entonces éste inquiere sobre la danza  prohibida en Alemania.
-Es el tango, contesta un secretario, y agrega: su origen se remonta a las casas de mala vida en Buenos Aires.
Pío X dicta de inmediato una pastoral dirigida a los párrocos de Italia donde alerta acerca de una forma de bailar venida de Argentina que representa un gravísimo ultraje al pudor.  Ordena que los curas desde el púlpito informen a los fieles sobre las características diabólicas de la danza; sin duda  fue creada en el infierno. No sabía el Santo Padre que el tango ya había entrado fuerte en Italia; era el entretenimiento preferido de la nobleza. Cuando los grandes burgueses  se enteran de la prohibición ponen el grito en el cielo. Comienzan a presionar a la Santa Sede para que revea la medida de manera inmediata.
En primera instancia el Papa trata de resistir. Dice que ceder ante el tango es someterse ante el mismísimo Mandinga. Pero no soporta la presión ejercida por los poderosos, que además son su sostén económico; entonces busca una salida elegante ante el problema. La solución es brindada por el secretario: convoque a una pareja a bailar en su presencia y juzgue con sus propios ojos. El papado invita a unos milongueros que en ese momento hacen furor en Europa. Se trata de Casimiro Aín, apodado “el vasquito” y su pareja. La noche anterior a la prueba el vasquito reflexiona y cambia de compañera. Para bailar ante el Papa lleva a su hermana. Más inocente imposible, piensa. En la mañana de un lluvioso abril de 1913 se presentan ante Su Santidad en la Biblioteca Vaticana. El secretario pone en un gramófono acústico el tango “Ave María” de Francisco Canaro.
El Papa mira con atención el baile de la pareja. Cuando terminan dice: procaz no me pareció, pero me gustaría  que prueben con una danza folclórica de mis pagos venecianos  llamada “La Furlana”. Con lo expresado, Su Santidad demostró su total incapacidad para leer la realidad. Tal sutileza no estaba en la inteligencia del Sumo Pontífice, que era sin duda un cartonazo total.
Un hecho ridículo como la prohibición del tango tendría graves consecuencias en nuestro país. Si bien se comenzó ironizando con coplas criollas: “el tango tiene una gran languidez, por eso lo prohibió el Papa Pío X”, terminó con un gran resentimiento contra la Iglesia Católica. Éste tendría  su punto culminante  años más tarde.
La relación entre el Estado Argentino y el Estado Vaticano se normalizó. Durante mucho tiempo la rutina caracterizó el vínculo. Hubo tranquilidad hasta que se celebró en Buenos Aires el Congreso Eucarístico Internacional de 1934, donde monseñor Pacelli, futuro Pío XII, tuvo un papel destacado. Pacelli aprovechó este acercamiento para  reiniciar el fuego. Pidió que se devuelva la enseñanza católica a las escuelas públicas y se prohíba el tango.
Ante tamaño disparate la reacción no se hizo esperar. Los tangueros se unieron de inmediato  en defensa de la tanguidad. Al grito de: “curas a la horca”, comenzaron a trabajar para la consagración total de nuestra música. En 1935 se inicia la gloriosa “década del cuarenta”, que durará casi veinte  años. Culminará trágicamente en 1955. Las palabras del futuro Papa Pío XII causaron un efecto contrario al buscado.
Para colmo de males en 1943 el tango se consolida aún más a través de un personaje  que comienza a destacarse en una oscura oficina de gobierno, desde la cual, como Secretario de Trabajo y Previsión, emprende la tarea de ganarse a la masa obrera con la sanción del aguinaldo y las vacaciones pagas.
Se trata del coronel Juan Domingo Perón.
Sobre el discutido Coronel las opiniones están divididas. Algunos destacan sus estudios en Italia con  manifiesta simpatía hacia el fascismo, la falsa sonrisa gardeliana, su penoso agnosticismo moral y el uso demagógico de una densa megalomanía autoritaria. Otros resaltan el amor sincero por los obreros desprotegidos, parias, descamisados, escupidos, humillados y ofendidos. Lo que todos rescatan en el líder es su pasión ciega por el tango.
Para Juan Domingo sólo contaban los tangueros. Discépolo, Manzi, Troilo, Cátulo Castillo, fueron sus amigos más queridos. Además era un milonguero consumado del nivel del Cachafaz o del Tarila. En febrero de 1946 es elegido Presidente de la Nación; con el  General Perón el tango llega a su punto más alto. El país vive al ritmo del dos por cuatro. Los sábados los clubes rebalsan de parejas que bailan con sus orquestas preferidas; las hinchadas de tangueros no dan abasto. Los devotos de Osvaldo Pugliese se identifican con una curita en la mejilla izquierda, los de Troilo con un pañuelo blanco en el bolsillo superior del saco. A la salida  cruzan alguna trompada, pero la cosa no pasa de ahí.
La Iglesia mira azorada la felicidad argentina. El Papa Pío XII, gran odiador de nuestro ser nacional, no tiene mejor idea que canonizar al ínfimo Pío X, el que encendió la mecha. Es el 3 de septiembre de 1954 Perón se da cuenta de inmediato de la provocación. Decide contestar con el rigor que lo caracteriza.
En los primeros meses de ese año había aparecido en Buenos Aires un pastor evangelista llamado Theodore Hicks que decía hacer milagros mediante oraciones religiosas. Atendía en el estadio del Club Atlanta, en Villa Crespo; diariamente era visitado por miles de fieles que buscaban consuelo y paz interior. El Episcopado pide al gobierno que prohíba las funciones del pastor. Como respuesta Perón lo invita a conocer la quinta de Olivos para que vea a las chicas de la Unión de Estudiantes Secundarios. Luego, en motoneta, pasean juntos por Palermo.
Entonces, en una reacción desmesurada, la Iglesia apoya la fundación del Partido Demócrata Cristiano para oponerse al Justicialismo. Como contrapartida, el 17 de Octubre, en el tradicional acto de Plaza de Mayo, Perón se refiere a la Iglesia como “enemigo embozado, que como caca de paloma, no tiene olor”. La Curia contesta objetando moralmente a la mencionada Unión de Estudiantes Secundarios, especialmente  su rama femenina.
Los acontecimientos se precipitan. Perón sanciona la ley de profilaxis y aprueba el divorcio vincular. La Iglesia brama. Los estudiantes  -junto a los decrépitos sirvientes de Stalin del vetusto Partido Comunista Argentino- hacen causa común con los curas. Llegamos así al sábado 11 de junio de 1955 cuando se realiza la procesión de Corpus Christi. Ésta reúne una multitud. Todo el anti-tango sale a  la calle. La suerte está echada.
El 16 de junio, en una mañana fría y nublada, aviones de la Marina bombardean la  casa de Gobierno y la Plaza de Mayo con la intención de matar a Perón.
El saldo arroja casi cuatrocientos  muertos y miles de heridos. Ciudadanos que concurrían tranquilamente a sus trabajos en una ciudad abierta son masacrados.
Perón se escapa y se refugia en el Ministerio de Guerra, sabe que sólo le queda una salida, comunicarse  con sus amigos del tango. Les dice que se junten en un café de la cortada San Ignacio, en el barrio de Boedo, y esperen su llamado con instrucciones.
A las diez de la noche suena el teléfono. El gran bandoneonista escucha la voz áspera del Presidente: ¡Milongueros del mundo unidos hagan tronar el escarmiento!
Al grito de ¡tango si, frailes no!, marchan desde San Juan y Boedo hasta la Curia; le prenden fuego. Luego saquean la Catedral; se hacen fotos en la calle vestidos con hábitos, casullas y sotanas. Algunos sostienen un cáliz; otros, crucifijos gigantescos, también imágenes de madera arrancadas minutos antes. Se ponen los atavíos del obispo para formar una orquesta de tango; en la vereda  interpretan “La Cumparsita”. Al rato, con más tranquilidad, sonrientes, comienzan a quemar iglesias. La primera es la de Santo Domingo, en Belgrano y Defensa. Después San Francisco, en Defensa y Alsina. Siguen La Piedad y San Nicolás de Bari. Más tarde San Miguel, La Merced, San Juan y Nuestra Señora del Socorro. Cuando se retiran, sigilosos, eufóricos, felices, mascullan: fue una jornada de gloria infinita para  nuestro tango celestial.
Sesenta años después del gran incendio,  sabihondos y suicidas  afirman que esa noche los tangueros durmieron en paz; con la conciencia limpia y tranquila. Como angelitos.
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Imagen: La orquesta típica, óleo de Antonio Berni. 

2 jul. 2015

Acerca de los botones



(De Luis Alposta)

Se dice que la palabra botón adquirió un nuevo significado durante la revolución de 1890. Fue en la mañana del 26 de julio de aquel año. Los revolucionarios junto a Alem, jefe civil del movimiento, estaban instalados en el Parque de Artillería, en Plaza Lavalle. A muchos de ellos, por no tener uniformes, se les dio boinas blancas  para ser reconocidos.
Las fuerzas que respondían al gobierno, acantonadas en Plaza Libertad, incluía a vigilantes y bomberos, “que eran en gran parte veteranos cumplidos”. Y éstos, formados en batallones, iniciaron la acción.
Los cívicos, entonces, dispararon sus “remington” desde los cantones, haciendo puntería sobre los numerosos y dorados botones de los uniformes policiales. La orden era tirar a los botones. Y desde entonces, la palabra botón, con la que se designa al capullo y, también, a la pieza pequeña, generalmente redonda, que se utiliza para abrochar o adornar los vestidos, pasó al lenguaje popular con el significado de vigilante, agente de policía o policía a secas.
En su acepción lunfarda, esta palabra significa soplón, delator, alcahuete, la que, con el mismo sentido, da origen al aumentativo botonazo y al verbo botonear.
En cambio, la expresión gauchesca al botón o al divino botón, quiere decir inútilmente, cosa hecha en vano, sin propósito determinado, sin ganancia, al divino cuete, al divino pepe, al ñudo.
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Imagen: Cantón revolucionario en los altos de Talcahuano y Piedad durante la llamada revolución del 90.

El canto social en Carlos Gardel


(De Haydée Breslav)

A modo de homenaje a la memoria de Gardel, con motivo de cumplirse el 80º aniversario de la tragedia de Medellín donde perdió la vida, ofrecemos una reseña de algunos tangos de su repertorio de asunto social.
Ya hemos dicho más de una vez que Gardel fue, de entre los grandes intérpretes, el que más temas sociales grabó. Razones de espacio nos impiden referirnos a todos y nos ciñen a reseñar los que consideramos más significativos: el valor testimonial, la originalidad del enfoque, la contundencia del mensaje y la profundidad del pensamiento fueron algunos de los criterios de selección. El lector advertirá que en los casos más afortunados algunos de esos rasgos, o todos ellos, se plasmaron en estrofas de alto vuelo poético.
Los tangos se presentan en orden cronológico, según fecha de grabación. No se incluyen los correspondientes a 1933, que ya mencionamos en otra nota.
En 1920, el gran cantor graba Carne de cabaret, de Luis Roldán, con música de Pacífico Lambertucci: como anuncia el título, el tango se inclina sobre las desdichas de una víctima de la explotación sexual. La mirada del autor es piadosa, pero desesperanzada; si bien no condena ni zahiere a la protagonista, “la pendiente fatal” es el desenlace obligado (“Pobre percanta que está contratada / vendiendo su alma por un copetín, / que de una vida feliz engañada, / lleva en el alma tristeza y esplín”).
A 1923 corresponde la grabación del célebre Buenos Aires, con letra de Manuel Romero y música de Manuel Jovés. La prolífica producción de este autor no se caracteriza por la galanura de la palabra ni por la profundidad del concepto, pero revela un sagaz espíritu de observación. En este tango Romero ilustra, con encomiable síntesis, la amplitud de la brecha social cuya permanencia a través de tantos años indigna y avergüenza, y a la que achaca la tan mentada tristeza del género (“Risas y besos, farra corrida / todo se olvida con el champán. / Y a la salida de la milonga / se oye a una nena pidiendo pan. / Por eso es que en el gotán / siempre solloza una pena”).
En 1925 graba Caminito del taller; se trata de una de las primeras letras de Cátulo Castillo, que aún no había cumplido veinte años, y a quien también pertenece la música. El tango aborda el drama de las costureras a destajo; esta actividad era una de las pocas oportunidades laborales que la época ofrecía a las mujeres, y la que reunió al mayor número de ellas.
Una joven trabajadora, enferma de tuberculosis, camina hacia el taller en una mañana helada. La situación que plantea Cátulo es melodramática; pero logra resolverla dignamente, sin truculencia. En el primero de los versos que transcribimos, ya asoma el gran poeta de María, La última curda y A Homero (“Caminito al conchabo, caminito a la muerte / bajo el fardo de ropa que llevas a coser / quién sabe si otro día como este podré verte / pobre costurerita, camino del taller”).
Al año siguiente, más precisamente, el 4 de diciembre, el Zorzal graba un tango cuya música le pertenece, junto con José Razzano: se trata de Noche fría, con letra de José De Grandis. Si bien esta no se caracteriza por su valor literario, sí lo hace por el testimonial, pues pone de manifiesto una desdichada situación derivada de un orden social injusto (“Yo sé que la tragedia que derrumbó su hogar / fue hija de la miseria que acaba por matar. / Es el drama que sufren esos seres que van / vagando por las calles sin techo, luz ni pan”).
En el último día de ese año 1926 graba Gorriones, un poema de Celedonio Flores musicalizado por Eduardo Pereyra. En la estrofa que transcribimos el viejo refrán criollo, trasladado a las calles suburbanas, adquiere renovado sentido social al empalmarse con la mención de privaciones y latentes rebeldías (“El sol es el poncho del pobre que pasa / mascando rebelde blasfemias y ruegos / pues tiene una horrible tragedia en su casa / tragedia de días sin pan y sin fuego”).
Las estrofas que siguen están escritas en primera persona del plural –cosa muy poco frecuente en el tango–; el coro arrabalero, muy románticamente, zahiere a la riqueza y le canta a la libertad (“La vida fulera, tan mistonga y maula / nos talló rebeldes como los gorriones / que mueren de rabia dentro de la jaula / y llenan las plazas de alegres canciones”).
Vida amarga es un tango con versos de Eugenio Cárdenas y música de Pascual Mazzeo, grabado por Gardel el 23 de septiembre de 1927. Conmovido por la miseria que se despliega ante sus ojos, el autor sufre con quienes la padecen y eleva un lamento que, con sencillos recursos, logra expresar comprensión y solidaridad (“Mudo de pena me quedo / cuando llega la pobreza / hasta la mísera pieza / de un pobre trabajador”).
El 2 de diciembre de ese año fue el turno de La gayola, con letra de Armando Tagini y música de Rafael Tuegols, uno de los llamados entonces tangos caneros. No se ha destacado suficientemente el hecho de que varios de esos tangos pueden considerarse valiosas expresiones del policial negro, aún no desarrollado en la época por nuestra narrativa.
A pesar de contener algunos efectos de dudoso patetismo, La gayola es un relato simple e intenso, con un final coherente; Tagini le añade un vigoroso componente social. En la estrofa que da título al tango muestra, con sencillez y concisión admirables, que la libertad con hambre no es libertad; concepto que veinte y treinta años después, respectivamente, Juan Perón y Fidel Castro hicieron célebre (“Me encerraron muchos años en la sórdida gayola / y una tarde me largaron, pa´ mi bien o pa´ mi mal. / Fui vagando por las calles y rodé como una bola / pa’ comer un plato ‘e sopa, cuántas veces hice cola / las auroras me encontraron atorrando en un umbral”). 
La mordacidad, el desenfado y la desesperanza, características que conformarían lo que se denominó “filosofía discepoliana”, surgen por primera vez en ¡Qué vachaché!, escrito en 1926. El gran cantor lo grabó dos veces: la primera en Barcelona, el 9 de enero de 1928; la segunda en Buenos Aires, el 20 de junio de ese año. En este tango, una mujer cuestiona el idealismo de su compañero y le opone su propia y descarnada visión de la realidad (“¿Pero no ves, otario engominado, / que la razón la tiene el de más guita, / que a la honradez la venden al contado / y a la moral la dan por moneditas?”). Los dos últimos versos, que equiparan a Cristo con su compañero de calvario, inician una serie de expresiones que, a través de distintos tangos, señalan la confusión de valores de la sociedad y, por otro lado, revelan el profundo y atormentado sentimiento religioso de Discépolo (“Qué vachaché, si hoy ya murió el criterio / vale Jesús lo mismo que el ladrón”).
En 1929, con pocos días de diferencia, graba tres tangos de asunto similar, que cada autor enfoca y resuelve según su peculiar criterio y estilo. El primero, Esta vida es puro grupo, con letra de Enrique Carrera Sotelo y música de Alberto Tavarozzi, corresponde al 11 de octubre. Con pesimismo fatalista, el autor denuncia una suerte de darwinismo social donde la norma es imponerse por la fuerza o la astucia, y la imagen y el dinero constituyen condiciones necesarias para la supervivencia (“Lo demás es puro cuento, quién da puntada sin hilo / la razón es del más fuerte, tenelo por buen saber. / Podrás ser hombre instruido, laburante o tirifilo, / pero sin vento y sin pilchas, no tenés nada que hacer”). Tanto pesimismo se vuelve reaccionario: el protagonista termina por aceptar las reglas del juego, se beneficia de ellas y se asume como opresor (“Y cansao un día de todo, piqué en la punta y gané. / Pa’ qué más, se dio la racha y hoy soy bacán distinguido, / tengo razón, prepotencia, soy dueño, señor y juez”).
El 23 fue la fecha de grabación de Mentiras criollas, con letra y música de Oscar Arona. Algunos han querido ver en este tango un ejemplo de escepticismo; nos inclinamos a considerar, más bien, que el sentimiento que prevalece es de indignación por las falsedades que caracterizaban y envilecían a la sociedad de entonces. Para denunciarlas el autor se vale de la ironía, y con afilados dardos dispara contra las promesas de los políticos, el fraude financiero, la falacia de la compensación al esfuerzo, la publicidad engañosa, la deslealtad comercial, la mala praxis en la promoción de medicamentos, las trampas de los juegos de azar y otras modalidades de estafa a la buena fe. En líneas generales, el texto conserva demasiada vigencia (“Si querés vivir feliz / si ilusión querés tener / conformate con creer / sin entrar a discutir: / […] / que por diez dan dos de cien / cuando hay liquidación […] que te van a conseguir / un empleo nacional / [...] que firmás los pagarés / por la guita que te dan, / que el patrón te va a aumentar / si cinchás de sol a sol, / que de músico o doctor / por correo aprenderás / que el calmante pa’l resfrío / no te faja el corazón”).
Y el 13 de noviembre graba Por qué soy reo, de Miguel A. Meaños y Juan Velich, con música de la hermana de este último, Herminia: curioso tango, una especie de versión mistonga del nihilismo existencial. El desapego es la manera que encuentra el protagonista de atravesar sin sufrimiento el sinsentido de la existencia, del que se convenció constatando las debilidades de la naturaleza humana. Los autores logran el acierto de plasmar este proceso espiritual en palabras y ejemplos sencillos, y hasta le dan apariencia recia a la actitud negativa del reo (“Observando que la gente / rinde culto a la mentira, / y el amor con que se mira / al que goza de poder, / descreído, indiferente, / insensible, todo niego / para mí la vida es juego / de ganar o de perder”).
La triste condición de los excluidos vuelve a aparecer en Pordioseros, tango con letra y música de Guillermo Barbieri, grabado por el Zorzal el 28 de junio de 1930. En su interpretación memorable, esos versos dolientes irradian la sabiduría de la comprensión, la gracia de la compasión y la dignidad de la rebeldía (“Cuántas veces en las noches, al mirar los pordioseros / siento en mi pecho una pena que no puedo remediar / y me acerco a los que dicen, con sus ayes lastimeros / el dolor de estar durmiendo junto a un mísero portal. / […] / Me rebelo ante el destino cruel / que miserias y dolores da / y apenado me pregunto / ¿dónde está la caridad?”).
El 24 de abril de 1930 graba Pajarito, con letra y música del poeta anarquista Dante A. Linyera. Claramente inspirado en Canillita, el drama que otro anarquista, el gran Florencio Sánchez, escribió allá por el 900, y que puso nombre a ese personaje que ya no alborota las calles porteñas, el tango tiene además la particularidad de asignar valor vindicatorio a la canción del oprimido (“Mientras ganas tus centavos canta, bravo, / la canción de los esclavos, la canción / que en las urbanas arterias callejeras / vengará un día tus miserias de gorrión”).
Entre octubre y noviembre de ese año Gardel protagonizó los célebres “cortos de Morera”, una serie de cortometrajes sonoros, los primeros filmados en la Argentina, bajo la dirección de Eduardo Morera. Se trata de once cortos, en los que el Zorzal canta sendas piezas; en algunos casos los respectivos autores intervienen en la presentación: uno de ellos corresponde a Yira…yira…, donde Gardel dialoga con Discépolo. El registro fonográfico es del 16 de octubre de 1930. 
Este tango es una de las más sombrías expresiones del escepticismo discepoliano, apenas aligerada por la hábil utilización del lenguaje popular entreverado con lunfardismos; en cambio, las metáforas grotescas y pintorescas, por contraste, acentúan el dramatismo del tema. Como en todos los tangos de este autor, el escepticismo no está divorciado del pensamiento trágico: la desesperanzada apreciación de la naturaleza humana tiene su origen en el sufrimiento. Entre la serie de males de la sociedad, Discépolo menciona la pérdida de la fe, pero no precisa si es causa o consecuencia de ellos   (“Cuando no tengas ni fe / ni yerba de ayer / secándose al sol; / cuando rajés los tamangos / buscando ese mango / que te haga morfar / la indiferencia del mundo, / que es sordo y es mudo, / recién sentirás”).
El 28 de mayo de 1931 el Zorzal graba Como abrazado a un rencor, de Antonio Podestá, con música de Rafael Rossi. Se ha dicho que este tango, que expresa los pensamientos de un moribundo pobre y solitario, constituye un arquetipo del nihilismo; consideramos más bien que ese soliloquio entraña una entereza que lo emparenta con lo trágico. Precisamente es en el sufrimiento experimentado a lo largo de toda su vida donde ese hombre encuentra el coraje para aceptar lo inexorable y enfrentarlo dignamente y en soledad.
Podestá tiene el acierto de emplear un lenguaje directo y bastante desnudo, al que los lunfardismos aportan fuerza expresiva; un par de metáforas ocupan el sitio de la muerte (“Yo quiero morir conmigo, / sin confesión y sin Dios, / crucificado en mis penas / como abrazado a un rencor. / Nada le debo a la vida, / nada le debo al amor: / aquella me dio amarguras / y el amor, una traición”).
“Mientras a consecuencia de las leyes y de las costumbres exista una condena social, creando artificialmente, en plena civilización, infiernos…”. Así comienza el prólogo que el gran Hugo escribió para su novela fundamental. El suceso que desencadena el drama del protagonista también inspiró a Celedonio Flores. Los dos fueron poetas comprometidos con la causa de los oprimidos. Del primero dijo Baudelaire que “ningún artista es más apto para ponerse en contacto con las fuerzas de la vida universal”. Y escribió Los miserables. De Celedonio dijo Cátulo que su poesía “anda en el tráfico vivo de todos los tangos que forman la antología verdaderamente porteña”. Y escribió Pan, que lleva  música de Eduardo Pereyra; uno de los preferidos del Zorzal, que lo grabó el 22 de julio de 1932.
Flores esquiva metáforas y otros embellecimientos para concentrarse en el dramatismo, que en la segunda parte se recarga de sensiblería, y en la acción, que en la primera bis va creciendo en dinamismo e intensidad. La interpretación de Gardel es prodigiosa (“¿Trabajar? ¿Adónde?  Extender la mano / pidiendo al que pasa, limosna ¿por qué? / ¿Recibir la afrenta de un ‘perdone, hermano’ / él, que es fuerte y tiene valor y altivez?  / Se durmieron todos, cachó la barreta / ¡si Jesús no ayuda, que ayude Satán! / Un vidrio, unos gritos, carreras, auxilios, / un hombre que llora y un cacho de pan”).
El Zorzal canta “si Jesús no ayuda, que ayude Satán”; otros intérpretes remplazaron ese verso por “se puso la gorra, resuelto a robar”, que es el que figura en la partitura que circula por Internet (en la que no consta la fecha) y que en SADAIC nos sugirieron consultar en ocasión de negarnos el acceso a la original. 
En una entrevista con la revista Cancionera, de Montevideo, publicada en noviembre de 1931, Gardel anunció: “Tengo pronto y ensayado un tango, Pan, del veterano Flores, que considero extraordinario y casi seguramente estrenaré en una de mis próximas cintas sonoras”.
 El tango fue registrado en SADAIC el 11 de junio de 1949 (dos años después de la muerte de Flores). Precisamente en 1949, la férrea censura imperante determinó que la orquesta de Alfredo De Ángelis grabara Al pie de la Santa Cruz con la letra cambiada; ese año el subsecretario de Cultura, Antonio Castro, intentó prohibir Cafetín de Buenos Aires porque consideró “inadmisible que dentro o fuera del país se pueda suponer que exista un argentino que lo único que haya para compararlo con su madre sea un cafetín”.
Es importante observar que Celedonio no empleaba la rima asonante; pero “se puso la gorra resuelto a robar” y el verso final, “un hombre que llora y un cacho de pan”, son asonantados.
Todo parece indicar, entonces, que otra persona modificó la letra después de la muerte del autor.
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Imagen: Carlos Gardel.