29 oct. 2015

Soneto del adiós a la mala musa




(De  Luis Alposta)

Me embalurdaste el cuore y la fui de poeta,
deslizando en tu oreja algún verso discreto,
y hoy mostraste la hilacha al tirar la chancleta
por un gil de otro barrio que te escribió un soneto.

Las décimas aquellas, con sabor a milonga,
que rimaba al pelete para darte alegría,
las dejaste en el mionca que mandó Villalonga
cuando vino esa mano de la sonetería.

Y ahora, que ya al verso hasta lo escribo en morse,
es en la despedida que te sumo catorce
como los que una tarde te apiló ese tilingo.

¡Qué puerta que me abriste deschavando tu prosa!
Me acoyaré a otra musa, tan finoli y juiciosa,
¡que hasta me dará bola “La Nación” del domingo!
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Imagen: Dibujo de Jorge Rando (Tomado de: jorgerando.es). 

27 oct. 2015

Monumentos aéreos



(De Enrique Espina Rawson)

Podría considerarse, y con razón, que la estatuaria ha perdido razón de ser. Los monumentos y estatuas muy poco significan hoy en día, salvo, quizás, para rendir homenajes políticos en apresuradas consagraciones póstumas. En nuestro país el auge de estas expresiones, no siempre artísticas, puede ubicarse entre 1860 y 1940, y, ya luego, fue perdiendo intensidad. Muchos, muchísimos personajes que hubieran merecido su estatua consagratoria no la tienen, y esto no ha impedido de ninguna manera que sean recordados con el respeto y la consideración que se les debe.
¿O acaso no fueron dignos de este reconocimiento Güiraldes, Borges, Marechal, Cortázar, Alfredo Palacios o también, si se quiere Einstein, Jonas Salk, Freud, Roosevelt, Churchill? Suponemos que las estatuas se realizaban por varios motivos. Entre ellos el agradecimiento, para perpetuar en una especie de inmortalidad en el bronce o en el mármol las hazañas y los logros del homenajeado, y también, por qué no, para que los contemporáneos del héroe admiraran la semejanza entre el original y el modelo.
Pasados algunos años, ya este último punto dejó de tener importancia. ¿Alguien podría hoy aseverar con certeza si Manuel Dorrego era tal como lo representa la magnífica estatua de Yrurtia, o si el general Alvear tenía la cara art-déco que le adjudicó Bourdelle? Otras no resistieron el juicio de sus contemporáneos, como el Sarmiento de Rodin, del Parque 3 de Febrero, obra objetada desde el primer momento por no guardar semejanza notoria con don Domingo Faustino, o la estatua de un improbable Gardel, en el Abasto, que es meramente una figura humana de problemática individualización.
Indudablemente, este arte trascendental en la historia de Occidente, se ha desmerecido. Hoy en día se realizan estatuas diseñadas por computadora y con materiales sintéticos que poco tienen que ver con las realizaciones de un taller escultórico, tal como fueron conocidos por siglos. Al transitado y entusiasta dicho admirativo: “Habría que hacerle una estatua”, como materialización del mérito indiscutible y definitivo, podríamos oponerle con sinceridad y escepticismo: ¿Para qué?
Pero, al fin de cuentas, estas expresiones artísticas y sus méritos pueden ser discutidos según los veleidosos meandros de los estilos, las modas, y finalmente los gustos de cada cual, y en este artículo queremos abordar otro género de estatuaria, casi siempre anónima y de calidad pareja: la aérea, que puede contemplarse (¿alguien lo hace?) en la majestuosa coronación de muchos edificios de Buenos Aires.
Decimos de calidad pareja porque estas obras respondían más a la artesanía de maestros albañiles que al arte de un escultor. Están hechos no de mármol, bronce o piedra, sino de mampostería y con moldes, como los enanos de jardín. Estas modestas alegorías aparecen sobre antiguos edificios, generalmente presididas por rígidas y solemnes matronas con gorros frigios y envueltas (a veces no tanto) en túnicas de marcados pliegues, representando no se sabe que.
Acaso alguna de ellas aluda candorosamente al Progreso, otra a la magna Ciencia, así con mayúscula, aquella se propone no hacernos olvidar las Artes o al inasible Ideal, cuando no la Virtud, la Constitución Nacional o la no siempre ciega Justicia... ¡Quién sabe! Las vemos casi siempre sosteniendo con entusiasmo su correspondiente antorcha de cemento y abundantemente rodeadas de figuras secundarias que no hacen más que resaltar su preponderante presencia. ¿Es que acaso alguna vez se supo qué mensaje encerraban, si es que lo hubo, tanto para sus contemporáneos como para la posteridad? ¿Habrá alguien que pueda decirnos hoy el ignorado secreto de estas figuras que nadie contempla, y que si lo hace nada se pregunta? ¿Y por qué se consideraba imprescindible este tipo de culminación edilicia, que sin ventaja aparente sobrecargaba la obra tanto en peso físico cuanto en pesos moneda nacional?
Lucen su inalterable imagen de módicas esfinges ciudadanas, más allá de las afrentosas y frecuentes ofrendas de gorriones y palomas que anidan en sus recovecos, sobre edificios oficiales, como Bancos, Escuelas, e Institutos diversos, pero también sobre algunos edificios particulares, generalmente de arquitectura italianizante, que podríamos datar entre 1870 y 1930. No sabemos si existe alguna especie de inventario -aunque fuera fotográfico al menos- de estas ingenuas manifestaciones de antaño, que si bien no eran el Arte, al menos expresaban una respetuosa tendencia a la belleza y a los valores que deben ser enaltecidos. No es poco.
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Imagen: Uno de los tantos “monumentos aéreos” que embellecen a Buenos Aires y que casi nadie mira. (Foto de Iuri Izrastzoff)
Texto e imagen tomados de la página Fervor x Buenos Aires. 

Decorado y primer acto


(De Amparo Garcianievas)

Un tanguero hace mimo.
El otro titubea.
Una no entiende nada.
La otra todo.
Cuarenta y cinco observan. Treinta y ocho deducen.
Veintidós juzgan. Dieciocho se equivocan.
Catorce bailan. Ocho firuletean.
Dos ignoran el mundo.
Castillo, desde arribas, exclama: ¡¡¡Eeeepa!!!
Y alguien quiere morirse en ese instante
Porque, si mueres en el Paraíso
-todo el mundo lo sabe- 
queda prohibido trasladar el cuerpo.
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Imagen: Alberto Castillo, cantor.

Una nueva adicción



(De Rubén Derlis)

¿Cuántos libros dejaron de abrirse  camino de ida y vuelta al trabajo en subte, o en ómnibus, en estos, digamos, tres o cuatro años, sin ir más lejos en el tiempo, debido al  auge de los celulares? Resultaría imposible realizar una estadística, y si lo fuera, sólo serviría para decepcionarnos al ver la cantidad de lectores que perdió el libro –al menos circunstanciales, pero lectores al fin de cuenta– que por uno u otro motivo sólo daba vuelta la página de una novela únicamente en los viajes. Pero para el libro, algo era algo.
Cuando el viajero fijaba los ojos en una página era para comenzar o continuar una lectura; no cabía otra posibilidad. En cambio, cuando un usuario de telefonía móvil fija su mirada en el pequeño rectángulo mágico –panacea de todas las maravillas–, es imposible saber para qué lo hace, pues es tanta la gama de posibilidades que va de lo imprescindible –el llamado que realmente no puede esperar–  hasta lo francamente anodino  –los estúpidos jueguitos–.
Sin que demande mucho esfuerzo, es posible hacer un amplio paneo en cualquier vagón subterráneo o en el ómnibus, y ver el estrago que está haciendo el Smartphone entre jóvenes y no tanto, pues  últimamente muchos adultos han sucumbido a la mantisa embrujada, acaso para escapar a una realidad aburrida y frustrante que no pudieron o no supieron cambiar, y como acaso consideren que ya eso les resultará imposible, adhieren a esta nueva forma de vacío existencial del siglo XXI.
Lo extraño es que para la mayoría de las personas esto es normal, nadie parece asociarlo con la enfermedad, y en realidad lo es, pues todo indica que camina a pasos acelerados hacia la adicción. Sólo tendrían que preguntarse si les sería posible pasar un solo día sin mandar mensajitos  sin ton ni son, o esperar llegar a sus casas para saber qué almorzarán o cenarán, tal como sucedía cuando eran seres normales y la comida era  una sorpresa que esperaba en familia.  Pero no. Y tengo para mí que un gran porcentaje de congéneres ya no podrán vivir sin el celular; el sólo pensar que les faltaría les haría la vida imposible. Los ganó el Smartphone, los hizo adictos, y esta adición –ya lo veremos con el tiempo–
resultará tan peligrosa como el alcoholismo, el tabaquismo o cualquier otra.  Sólo que en este caso la mayoría de los adictos lo ignora; para estos enfermos indoloros, el mínimo artefacto ejerce la misma fascinación que la lámpara sobre el incauto insecto. Y si no hay cómo zafar, con seguridad que se estará abriendo una nueva faceta de trabajo para psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas.
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Imagen: Celulares y más celulares. 

26 oct. 2015

Boedo y zapatos



(De Alejandro Segura)

Boedo y tango, Boedo y poesía, Boedo y arrabal, son todas ideas encadenadas a partir de un mismo concepto: el barrio de Boedo evocando algunas aristas culturales que hacen a la mística porteña. Ancladas en un pasado olímpico poblado de ninfas y semidioses, estas ideas afloran cada vez que uno piensa en este barrio de Buenos Aires.
Boedo y zapatos parece una herejía. Sin embargo, en esta idea atrevida que se nos ocurre plantear, subyace la noción de la mezcla del extranjero con el criollo, del comerciante con el vecino, del tranvía con la avenida, del centro con el interior.
Miles de provincianos y capitalinos concurren cada día al tramo ubicado entre el 1200 y el 1600 de la avenida Boedo. Allí se vive un verdadero festival a cielo abierto, una peña, una demostración de fe y de confianza donde inmigrantes armenios, turcos, judíos, italianos y sus hijos venden toda clase de productos vinculados con la industria del calzado. Esto también, es parte de la cultura del barrio de Boedo. Y tiene sus historias. Aquí van algunas

LOS PIONEROS
Elías Moussatche, el comerciante del rubro del calzado más viejo de la avenida Boedo, nació en Esmirna, Turquía. Cuando llegó a la Argentina tenía 6 años.
Don José Moussatche, el padre de Elías, fue un hombre de una vida austera, signada por las luchas en las que vivió su país y por la guerra Greco–Turca, que comenzó en 1919 y terminó en 1922, poco antes de que naciera su hijo Elías.
José Moussatche ya operaba en el mismo rubro en Europa, allí era importador. Los productos llegaban a Turquía de Suiza, Francia, Inglaterra. En el año 1930 Moussatche decidió emigrar a América recalando en Uruguay en aquel año. En 1931, luego de una serie de trámites, pudo entrar en nuestro país. Aquí ya estaban instalados varios parientes.
“Acá los primos trabajaban casi todos el rubro textil –recuerda Elías–. Trabajaban en el Once que era famoso, había mucha gente de la colectividad. Pero mi padre quiso seguir con el rubro del calzado. –No, pero nosotros te podemos ayudar –le decían los sobrinos–. Y él dijo: mira, vamos a hacer una cosa, pruebo con lo mío, si no me va bien empiezo a agarrar otra cosa. Y acá empezó, y de todo el mundo, de todos los que él era cliente, le mandaban mercadería. Así que él comenzó en Buenos Aires con mercadería importada. Inclusive tengo un par de cueritos importados de aquel entonces. Pero después vio que acá se producía, que había curtiembres. Y empezó a comprar aquí. El tenía problemas de idioma, no hablaba en español, hablaba ladino. Pero poco a poco se fue mimetizando. Y recuerdo una anécdota de aquella época: se compró una caja de zapatos y la puso en el estante, y puso un utensilio enfrente. Cuando venía un zapatero y le preguntaba: – ¿Tenés cuchillos?–, o algo así que necesitara, él le decía: –a ver, ¿cuál de éstos es? ¿Cómo se llama? –. Y ahí le ponía el nombre. Así fue actualizándose en el idioma del lugar donde estaba. Y así fue avanzando despacito y nosotros creciendo...”.
Elías, que nació en el año 1923, recuerda cómo llegaron al barrio: “Mi padre compró esta propiedad –Boedo 1257– y acá vinimos a vivir, acá arriba, arriba del negocio. Esto en el año 31. Por entonces yo iba a la escuela Martina Silva de Gurruchaga –continúa Elías– en Independencia y Boedo. Y recuerdo que en la otra cuadra había una estación de tranvía”.
Elías recuerda también el momento en que empezaron a aparecer los comercios de su rubro: “Aquí había mercerías, había otros tipos de comercio pero poco a poco fueron dejando, fueron cayendo y los nuevos que venían eran del gremio del calzado. Hay una gran cantidad de armenios: uno trajo al primo, al nieto, al hermano, por lo que hay mucha gente que está ahora con estos negocios y que son parientes entre sí. Cuando yo era niño había un almacén de suelas en la barranca, donde ahora está la autopista. Jacobo Leberman era bastante importante, tenía cuatro empleados y trabajaba bien.
Después Don León, donde ahora es Casa Gregorio.
Y la llegada de Bonomo en 1934 fue todo un acontecimiento porque Santiago Bonomo era conocido de mi padre. Era importador también. Hacía negocios con mi padre cuando estaban en Europa.”.

LA AVENIDA BOEDO
En los años cuarenta y cincuenta –y si se mira, también hoy– la avenida Boedo no era la misma en todo su recorrido. Hubo –hay– una zona donde la arteria toma el aire céntrico de las localidades urbanas. Esa zona se ubica entre San Juan e Independencia, se podría decir que es el tramo más alegre y más comercial de todo Boedo. Los cines atraían muchísima gente, los carnavales eran maravillosos –sobre todo en el recuerdo de los nostalgiosos– y el comercio florecía en ese segmento. Incluso el Grupo Literario de Boedo se reunía en esta zona, que de alguna manera se convirtió en el polo magnético del barrio.
Más allá, la calle presentaba un declive y el comercio era más salteado, con casas de música, de fotografías, almacenes, mercerías, una librería y algunas casas destinadas al rubro zapatería.
La llegada de inmigrantes fue determinando el perfil de esta zona particular, que actualmente se ubica más allá de la autopista. En el decir del tango, más allá de San Juan y Boedo antiguas, comenzaba el cielo perdido. Y en ese cielo perdido, los extranjeros, los criollos, los recién llegados y los antiguos buscaban forjarse un porvenir. Y el trabajo sostenido junto con los sueños comenzó a darle a la avenida Boedo, más allá de San Juan, la forma de un oficio, el del zapato.
En aquellos años se sumaron nuevos locales a la tarea de ayudar a los zapateros para que pudieran cumplir su labor. Y zapateros de todo el Gran Buenos Aires y del interior vinieron a comprar a la avenida Boedo: cordones, tintas, hormas, sacabocados, suelas, cueros, todo se encuentra en este shopping a cielo abierto, en este universo del zapato, único en Buenos Aires.
La gente venía del interior, hacía su pedido, depositaba el dinero o lo giraba y las mercancías recorrían todo el país.

UNA EXPERIENCIA SINGULAR
Una experiencia particular es la de Juliana Coluccio. También está vinculada con la guerra, esta vez con la llamada Segunda Guerra Mundial.
Juliana, la titular de la empresa Máquinas Argentinas, es italiana. Su padre, Francisco Coluccio fue tomado preso y llevado a Tobruk.
“Por entonces mi abuelo estaba acá con un hijo, con un hermano de mi mamá, recuerda Juliana. Entonces mi mamá le escribe a su padre contándole la situación. Mi abuelo era muy amigo de Perón y Evita. Más de Evita que de Perón y le hacía los zapatos. Lo llamaban “sempravanti” (risas). Así fue que Perón y Evita –cómo hicieron no sé– pero  lo trajeron a mi papá. Te podés imaginar que en mi casa era siempre ¡Perón–Peron que grande sos!, ése era mi himno. Entonces viene mi papá y después nos mandan a llamar, mi papá la manda a llamar a mi mamá, yo no había nacido. Cuando yo llego acá, recién conozco a mi papá. Ya tenía tres años y medio”.
Cuando el papá de Juliana llega a Buenos Aires comienza con la empresa Hormasaca en Constitución al 300. Y trabaja en conjunto con su suegro, Argiró, que estaba en San Juan. El éxito de la empresa fue enorme. Hormasaca brindaba un servicio extraordinario a la industria del calzado, porque allí se podía comprar de todo, incluso las cosas más insólitas, que en otros lugares no se conseguían.  Juliana sigue en el barrio, y una de las causas es que, frente a todas las dificultades, apunta a sostener la tradición iniciada por su padre.

EN LOS NOVENTA
La  industria del calzado, como otras, debió soportar diferentes crisis que afectaron al país desde los años treinta. En los últimos cincuenta años, los golpes de Estado, el Rodrigazo, la política aperturista de Martínez de Hoz, la hiperinflación de 1989, nuevamente la apertura económica en tiempos de Menem con un dólar “planchado” y finalmente la crisis de 2001, afectaron enormemente a la actividad.
Cuando estos contextos se cruzaban con situaciones internas difíciles, muchas empresas, como Hormasaca, dejaron de fabricar.
De todas formas, Hormasaca (Máquinas Argentinas) y otras empresas vinculadas al rubro calzado, siguieron y siguen existiendo. “Toda la vida vendí hormas, se afirma Juliana, mil veces tuve oportunidad de vender Hormasaca, pero  yo tenía que hacerle honor a mi papá.”.
La crisis de los noventa tal vez impulsó al gremio a unirse en torno al eje de la avenida Boedo. Por esos años, muchas empresas que ya existían, se mudaron a la arteria, entre el 1200 y el 1600.
Este es el caso de Héctor Florimonte que llegó a Boedo en el año 1995, aunque su empresa, Casa Florimonte,  arrancó en 1961.
Héctor Florimonte también tiene orígenes europeos: “Mi padre, Francisco Antonio Florimonte, un inmigrante de Salerno, sur de Italia, llegó al país el 8 de diciembre de 1948, y empezó trabajando en la carpintería de un paisano. Empezó allá por el año 1952 en Inclán al 3478. Arrancó fabricando muebles de máquinas de coser Singer, muebles con el enchapado y el lustre completos. Después comenzó a crecer y adicionó máquinas nuevas y usadas. Fue agregando cada vez más máquinas y con ellas comenzaron a aparecer máquinas para la industria del calzado”.
Héctor, empezó a colaborar en el negocio a los 15 años lo ayudaba. Regresaba del colegio y se ponía a trabajar en el negocio familiar.
Con el tiempo, el negocio fue tomando nuevos rumbos, tratando de proveer a una clientela que viene de todo el interior, de todos los puntos cardinales: Salta, Jujuy, Entre Ríos, Río Negro.

HOY
Si usted recorre la avenida Boedo entre la autopista y la avenida Juan de Garay, encontrará los negocios del rubro del calzado. Hay un movimiento permanente: gente que viene del Conurbano, gente que viene de las provincias, gente de Capital. Detrás de estos comercios hay una tradición, que mantiene el estilo de los que trajeron este negocio a Buenos Aires, desde los años de 1930. Esta tradición es parte de la historia. Boedo y zapatos… Otra manera de ver nuestro barrio.
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Imagen: Maquinando calzado.
Texto y fotografía tomados del periódico “Desde Boedo”.

¿Qué será Buenos Aires?



(De María Schujer)

La Pirámide de Mayo se levanta en el centro de la Plaza de Mayo, núcleo real y simbólico del Casco Histórico de la ciudad. Vista de cerca está claro que no solo no está en el centro de la plaza, sino que tampoco es una pirámide.
Se trata del primer monumento patrio de la ciudad de Buenos Aires y, desde su nacimiento, presidió el podio de la alegoría nacional sin mosquearse porque le apodaron pirámide o porque lo desplazaran del centro para dejar paso al subterráneo A. Tampoco parece preocuparle demasiado ser cada tanto carne de grafiti, descanso de palomas o el ojo del huracán que a su alrededor formaron año a año las Madres y las Abuelas.
Sobre el monumento se erige la Libertad, y en el centro mismo de su gorro frigio ladeado, hay una lente invisible que ve el futuro, el pasado y el presente.
Ve un río y una barranca, que en 1536 les pareció a los primeros exploradores europeos un lugar apto para establecerse... sí, ahí donde hoy está el Parque Lezama (por Gregorio Lezama, un rico y excéntrico hacendado que hizo traer de Europa árboles y plantas exóticas para decorar su jardín y dejarlo digno de una novela del otro Lezama).
Observa la llegada de un tal Garay que funda la que se llama ahora Ciudad de la Trinidad. Tiene una Plaza Mayor y un puerto: Santa María del Buen Ayre. Son unas pocas manzanas, un fuerte, dos convento (San Francisco y Santo Domingo), un hospital, una plaza y algunos solares. Con menos de 12.000 habitantes, la ciudad no es más que una aldea.
Pero, poco a poco, crece. En 1776 es capital del Virreinato. Alrededor de la Plaza Mayor se levanta la Aduana y, poco después, el Consulado. En un abrir y cerrar de ojos, brotan nuevos edificios, la recova de los comerciantes, mercados y mataderos.
Pasan los años. Vienen las invasiones inglesas; se escucha crecer el desconcierto causado por la caída de España ante las fuerzas napoleónicas; la insurrección popular y militar de 1810 y la Independencia. Es ya 1820, y la ciudad cuenta con 50.000 habitantes, casi todos concentrados en las 30 manzanas que rodean la Plaza Mayor.
El mundo todo cambia con el siglo XIX y su inédita velocidad. También el centro de Buenos Aires. Las calles están empedradas y son más anchas. Se instalan los primeros artefactos de iluminación pública. Las manzanas, hasta ahora divididas en lotes cuadrados, se fraccionan en tiras angostas y largas con frentes de hasta un octavo de solar, dando paso a las viviendas de triple patio o casa chorizo, donde habita la crema y nata de la aristocracia (esa que pronto se mudará al norte, huyendo de la fiebre amarilla y el cólera).
Tras el éxodo, muchas casonas del sur abandonan su viejo esplendor para convertirse en conventillos. Ya estamos en el siglo XX y en algún lugar debe alojarse el cardumen agitado que llega con las olas migratorias. Comienzan a escucharse sonidos extraños, instrumentos musicales desconocidos y tonadas nostálgicas en todos los idiomas.
Crisis mundial; movimientos obreros y anarquistas; la semana trágica, la construcción del subterráneo; el golpe militar de 1930; la nacionalización de los ferrocarriles; una ciudad que expulsa a los sectores bajos a mediados de los años sesenta. .. El Casco Histórico de Buenos Aires cae en un proceso de deterioro que arranca en los años setenta y se agudiza en la década de los noventa, signada por prácticas segregacionistas ocultas tras un discurso globalizante. El valor social del espacio público parece no poder competir con el valor del mercado y sus caprichos.
 La Pirámide de Mayo ataja hoy nuevos aires. El gorro que abriga la cabeza de la Libertad sigue ahí. Mira el paisaje y reconoce su brevísima historia en algunos edificios, sabores, colores...Su estilo, neoegipcio napoleónico, ese encuentro fortuito surrealista, se atomiza hacia el resto del Casco Histórico, mutante, rebelde y misterioso. ¿Qué lo hace único? ¿Qué palabras lo explican mejor si en sus escasos cinco kilómetros cuadrados conviven casas bajas, bares crujientes alfombrados con cáscaras de maní, hermosos y horrendos edificios institucionales, puestos de venta de antigûedades, oficinas, librerías, plazas, pasajes, iglesias, conventos, túneles, hoteles, estatuas vivientes y estatuas agonizantes, adoquines, catedrales, universidades y hasta un exCentro Clandestino de Detención? ¿Será tal vez que esa esencia cambalachezca es la que adopta para sí la porteñidad, abrazando la mezcla como materia prima de una identidad en permanente discusión? ¿O qué será Buenos Aires?
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Imagen: La Pirámide Mayo.
Nota y fotografía tomadas de la página Buenos Aires Sos.