10 nov. 2015

Ben Molar



(De Haydée Breslav)

A lo largo de su extensa y proficua trayectoria, Ben Molar se desempeñó como autor, compositor, difusor, productor y promotor artístico. A sus instancias, el 11 de diciembre fue consagrado Día Nacional del Tango.
Hace muchos años, un periodista amigo lo denominó artífice; el epíteto nos pareció exagerado. De vivir hoy, posiblemente se lo llamaría emprendedor, y no sería desacertado: la Academia así designa a quien emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas. Y eso fue lo que hizo durante toda su vida.
Contaba que la que fue su idea más reconocida se le había ocurrido caminando por la calle. La coincidencia en el día de nacimiento de Carlos Gardel y Julio De Caro, más allá de la diferencia de años, era por demás afortunada, pues reunía en una fecha al creador del tango canción y al primer gran renovador del tango instrumental. Y no descansó hasta lograr que el 11 de diciembre fuera consagrado como Día Nacional del Tango.
Dicen que Moisés Smolarchik Brenner, que ese era su nombre, había nacido y se había criado en el barrio de Villa Crespo; pero Ben Molar era una institución del centro porteño. Cierta vez nos habló de sus principios como versionista, que era como se llamaba a los que, con mayor o menor acierto, trasladaban al español las letras de canciones escritas en otro idioma. Se enorgullecía especialmente de su versión de Las hojas muertas, de Jacques Prévert, con música de Joseph Kosma, y explicaba que había querido empezar por transmitir el sonido inicial del primer verso: “Oh, je voudrais tant que tu te souviennes”, y por eso había escrito: “Oyes el viento que llora al pasar”. También versionó canciones de Elvis Presley, Paul Anka, Los Beatles y Caetano Veloso, entre muchos otros, así como las célebres piezas navideñas Noche de paz, noche de amor y Repican las campanas (Jingle bells) y el clásico judío Mi madre querida.
Como autor, se destacan sus letras de los boleros Final y Volvamos a empezar, ambos con música del francés Paul Misraki; como compositor, colaboró en películas y en comedias musicales. Como productor y editor musical, creó el sello Fermata y, como promotor artístico, impulsó a numerosas figuras que se hicieron famosas.
Es necesario admitir que en esta última faceta, y en lo que a calidad respecta, se equivocó muchas veces, y fiero, pues promocionó –y hasta inventó– productos como Las Trillizas de Oro y el Club del Clan; acaso por efecto de la ley de las compensaciones, apadrinó asimismo a Mercedes Sosa. A su vez, promovió al grupo vocal Los cinco latinos y a músicos de un rock entonces embrionario, como Lito Nebbia y Miguel Abuelo. Cabe destacar por otra parte que, a despecho de su extensa y proficua trayectoria, nunca se enriqueció y Fermata terminó por fundirse.
A mediados de la década del 60 convocó a varios de los más notables exponentes del tango, la poesía y la plástica de la época para un proyecto de envergadura, que generó grandes expectativas. Nos referimos, por supuesto, a 14 con el tango, que reunió catorce piezas musicales y otros tantos cuadros.
Los compositores fueron nada menos que Aníbal Troilo, Julio De Caro, Enrique Delfino, Sebastián Piana, Juan D´Arienzo, Lucio Demare, Miguel Caló, Héctor Stampone, Armando Pontier, Alfredo De Angelis, José Basso, Astor Piazzolla, Osvaldo Manzi y Mariano Mores; los autores, Jorge Luis Borges, Baldomero Fernández Moreno, Conrado Nalé Roxlo, César Tiempo, Manuel Mujica Láinez, Ernesto Sábato, Carlos Mastronardi, Ulyses Petit de Murat, Florencio Escardó, Alberto Girri, Leopoldo Marechal, León Benarós, Cordova Iturburu y Nicolás Cócaro (puede advertirse que la selección de los músicos fue más rigurosa y pareja).
Por su parte, Onofrio Pacenza, Raquel Forner, Leopoldo Presas, Raúl Soldi, Carlos Alonso, Héctor Basaldúa, Carlos Torrallardona, Carlos Cañás, Santiago Cogorno, Vicente Forte, Mario Darío Grandi, Luis Seoane y Zdravko Dumelic fueron los pintores convocados para interpretar plásticamente cada uno de los tangos. Los originales fueron expuestos en las vidrieras de las grandes tiendas Harrods, de la calle Florida.
14 con el tango fue una producción del sello Fermata que salió a la venta como un álbum que contenía un disco de vinilo acompañado por láminas con las respectivas reproducciones. En un par de hojas sueltas constaban pensamientos alusivos de los cuarenta y dos creadores.
Las interpretaciones estuvieron a cargo de los cantantes Reynaldo Martín, Enrique Dumas, Claudio Bergé, Paula Gales y Héctor Morano, entonces muy jóvenes, y de la excelente y ya consagrada Aída Denis, con la participación del quinteto vocal de Ricardo Verón, acompañados todos ellos por la orquesta dirigida por Alberto di Paulo, autor también de los arreglos.
Sin embargo, preciso es decirlo, los resultados no estuvieron a la altura de las expectativas. En su gran mayoría, los tangos salieron imprecisos y lábiles, carentes de la fuerza y de la magia del género. Muchos culparon a los escritores: se decía que, poco habituados a escandir, debieron ser ayudados por los músicos; también se comentó desfavorablemente que no se hubiera convocado a poetas que habían demostrado amar el tango, como Raúl González Tuñón o Mario Jorge De Lellis.
Entre las poquísimas excepciones estaba Bailate un tango, Ricardo, un brioso homenaje a Güiraldes y a Carlos de la Púa de Ulyses Petit de Murat, perfectamente ensamblado con la vivaz música de Juan D’ Arienzo, quien ya era denostado por la vanguardia de turno. El tema se popularizó y cobró vuelo propio: D’ Arienzo y Dumas lo incorporaron a sus respectivos repertorios y lo grabaron también otros intérpretes.
Puede rescatarse además En qué esquina te encuentro, Buenos Aires, una letra muy porteña y original de Florencio Escardó, a la que la fina sensibilidad de “Chupita” Stampone le acopló una melodía noble y melancólica; al igual que en Bailate un tango…, la interpretación de Enrique Dumas fue sobria y ajustada.
En otros casos, el talento y el prestigio de los músicos no fueron suficientes. Así, por ejemplo, la inmensa creatividad de Pichuco no logró salvar al tétrico texto de Sábato, una suerte de continuación de su novela Sobre héroes y tumbas, y la bella música de Pontier y la delicada voz de Aída Denis no pudieron compensar los ripios de Marechal. Por su parte, Piazzolla renegó, poco después, de su musicalización del célebre Setenta balcones y ninguna flor, de Baldomero, pero solo fue una de sus tantas ocurrencias.
En cuanto a las pinturas, aun recordamos la magnífica creación dePacenza para Alejandra, con ese sombrío paisaje abatiéndose sobre el personaje, y el luminoso retrato de mujer que Soldi realizó para Oro y gris.
Pese a todo, la producción de Ben Molar contribuyó a poner en el candelero al tango, al que la falta de difusión y la imposición de otros ritmos empujaban a la baja: el público advirtió que grandes músicos del género vivían y creaban, que surgían destacados intérpretes jóvenes y que el tango no era producto del lumpen ni rémora del pasado, como proclamaban los estereotipos de la época, en algunos casos, por boca de reconocidos “intelectuales”.
En 1975, Fermata produjo otro disco de parecidas características:Los 14 de Julio De Caro, un homenaje al creador de la Guardia Nueva con la participación como solistas de eminentes músicos como Osvaldo Pugliese, Horacio Salgán, Ubaldo De Lío, Enrique Mario Francini, Armando Pontier y Symsia Bajour, entre otros, y de cantantes jóvenes de los cuales, lamentablemente, ninguno logró perdurar. Porque Ben Molar ayudó a numerosos intérpretes juveniles del tango, así como a periodistas y difusores, cuando hacía rato que el género había dejado de ser negocio.
En cuanto a la inserción del tango en la cultura oficial, no conforme con haber logrado instituir el Día Nacional, gestionó, y finalmente obtuvo, que la especialidad “obras de proyección folklórica, tango y cultura popular” se incorporara a los premios nacionales a la producción científica, artística y literaria.
Siempre estaba pergeñando proyectos: cierta vez nos confió que imaginaba, a modo de homenaje a las figuras femeninas del tango, imponer sus nombres a las plazoletas de la avenida 9 de Julio. “¿Te imaginás las plazoletas Azucena Maizani, Rosita Quiroga, Paquita Bernardo, Mercedes Simone?”, se entusiasmaba.
Afortunadamente, pudo gozar de merecidos reconocimientos: entre otras distinciones, se lo nombró presidente honorario de la Asociación Gardeliana Argentina, miembro de la Comisión Directiva del Instituto Cultural Argentino-Israelí y Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.
Ben Molar murió el 25 de abril de 1915, meses antes de cumplir cien años. Pensándolo bien, ya no nos parece exagerado llamarlo artífice.

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Imagen: Ben Molar.

Dos mercados desaparecidos: el "Rivadavia" y el "Modelo"



(De Miguel Eugenio Germino)

EL MERCADO “RIVADAVIA”
En el año 1862 se prohíbe por ley el funcionamiento de mercados en las plazas públicas, como era habitual entonces. Tales espacios se destinarían a partir de ese momento al usufructo de la población, por lo que comienzan a delinearse las primeras estructuras edilicias específicas de grandes centros de abastecimiento, el más antiguo de todos fue el Mercado del Plata, que se inauguró en 1862.
Hacia el año 1878 se había presentado un pedido de instalación de un nuevo gran “mercado de concentración”, en la zona de Balvanera. Se trataba del Mercado “Rivadavia”, en un terreno de propiedad de Mariano Demaría. Recién en 1881 se autorizó la obra, en la esquina NE de Rivadavia y Azcuénaga, justo frente a la antiquísima y desaparecida pulpería del precursor del barrio de Balvanera, González Varela (El Miserere). Así es como dos comerciantes, E. Cossio y J. Martínez tramitan el permiso municipal, y el mercado finalmente se inaugura el 26 de febrero de 1882.
Los materiales utilizados en su construcción eran de primera calidad; el edificio mostraba un estilo de líneas modernas y, aunque de una sola planta con altillos, no desprovista de elegancia, lucía excelentes comodidades para la época como picos de gas y agua corriente.
El Mercado “Rivadavia” se transformó en uno de los centros comerciales más grandes de Buenos Aires, abarcaba la mitad de la manzana (5.000 m2), tenía tres entradas, una de ellas sobre Rivadavia al 2349, otra sobre Azcuénaga y la última casi llegando a Bartolomé Mitre, que era por donde ingresaban los carros con la provisión de mercaderías que arribaban desde quintas cercanas.
El mercado contaba con 136 puestos minoristas de las más variadas especialidades, especialmente productos frescos, frutas, verduras, carnes, pescados, huevos y pollos, que eran conservados vivos en jaulas, elegidos por el comprador y sacrificados en el mismo momento de la venta.
Además había puestos de ropa, bazar, fiambres, quesos, pajarerías y venta de perros, gatos, torcazas y hasta monitos y conejos que hacían las delicias de los purretes del barrio.
El 12 de octubre de 1923 Justo Romero inaugura en el mercado su pajarería “Once”, que permaneció allí hasta que el mercado cerró, para trasladarse después a la calle Rivadavia 2561, donde continuó abierta muchos años después, atendida por los hijos y nietos de Justo.
Rápidamente la zona se fue poblando de tiendas, cafés, cigarrerías, confiterías y otros comercios afines al rubro, o con productos complementarios  de dicha actividad.
La administración empleaba a un escribiente, un cobrador y cinco encargados de limpieza. En su ochava de Azcuénaga y Rivadavia, junto a los locales más privilegiados, se encontraba el café “Cittá”, de Piacenza, famoso por sus mesas de billar. Asimismo, en la década del 30 se fundó el “Café Bar y Restaurante Gildo”, con parrilla criolla, administrada por Ricardo Cazzolino, donde era curioso ver en sus vidrieras los enjambres de caracoles que trepaban por el vidrio, destinados al consumo. Más tarde cambió de nombre por el de “Ricardo”. Posteriormente también  se levanta otro café en Balvanera con el mismo nombre “Gildo”, en Pueyrredón 39, y una confitería con igual nombre en Corrientes y Medrano.
Tras medio siglo de existencia, en 1937 el mercado se vendió a la compañía de seguros El Comercio, que demolió el grueso de sus instalaciones interiores, no así su fachada, que se conservó hasta el año 2014. En la misma ochava también funcionó la agencia de coches Pérez Roldán. El edificio fue totalmente demolido para construir en su lugar una monumental torre.

EL MERCADO “MODELO”
Según la Memoria Municipal del año 1884, la Municipalidad de Buenos Aires se resistía a otorgar nuevas concesiones para la instalación de mercados privados, debido a que perdía una inmejorable fuente de recursos: “La concesión a particulares para construir y habilitar establecimientos de esta clase, envuelve la completa renuncia de la Corporación a una pingüe renta verdaderamente municipal”.
Ya en 1883, el intendente Torcuato de Alvear señalaba que la renta de los mercados constituía un incalculable ingreso que perdía el municipio si se les otorgaba como concesión a los particulares, por lo que no era bueno abandonar estos mercados, al tiempo que dejaba en manos privadas la fijación de alquileres en el arrendamiento de puestos.
Para ese año, el producto anual de los mercados municipales había aportado al fisco la suma de 317.542 m/n, pero a pesar de ello se otorgaron concesiones particulares para los mercados Pilar, Modelo y San Cristóbal, ascendiendo a nueve los mercados particulares de entonces.
El Mercado “Modelo” era un espléndido edificio de dos plantas ubicado en la calle Lorea (hoy Pte. Luis Sáenz Peña) entre Rivadavia y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), o sea que atravesaba a lo ancho la actual Av. de Mayo. Propiedad de Teófilo Lanús, el mercado se construyó bajo la dirección del arquitecto Fernando Mogg y fue inaugurado el 23 de marzo de 1884.
Con una superficie de 5.700 m2, se erigió como el mejor de los establecimientos en su género, sobre todo por su constitución distributiva e higiénica. Albergaba excelentes puestos de venta de carne, verdura, frutas, pescados, etc.; según la Guía Ilustrada de Buenos Aires era envidiable por los mejores mercados de Liverpool. A pesar de ello el edificio se mantuvo abierto solo por dos años, después de que el intendente Alvear solicitara a Bernardo de Irigoyen que declarara de utilidad pública a las manzanas ubicadas entre las actuales Rivadavia e Hipólito Yrigoyen, para la apertura de la actual avenida De Mayo. Sin dudas, la edificación del mercado resultó ser todo un error de cálculo de los emprendimientos privados de entonces. Así, cuando el 21 de septiembre de 1885 se reglamentó la ley de apertura de la citada avenida, el Mercado “Modelo” pasó a la órbita municipal con destino de demolición; se recomendaba trasladar los sólidos pabellones de hierro a otro punto de la ciudad.
Fue quizás el mercado de más efímera duración de la ciudad, dejó de funcionar hacia el año 1893.
En su reemplazo se levantó el Mercado “Nuevo Modelo” (1895), en Montevideo y Sarmiento, con una superficie de un cuarto de manzana. Realizado por el arquitecto Juan Antonio Buschiazzo y construido por la empresa Zamboni,  toda una  interesante estructura metálica, que se inauguró el 12 de junio de 1895.
Los muros de la fachada sugieren dos pisos de altura con una arquería rústica en la base y una doble en el piso superior. El acento estaba puesto en los accesos, con arcos de doble altura seguidos por una bóveda de cañón. Esta caja relegaba hacia el interior y hacia atrás la mayor altura de la estructura de la cubierta de hierro y vidrio.
Afortunadamente, el grueso de los puesteros del Mercado “Modelo” se reubicó en este último mercado, en el Spinetto y en el Abasto de Buenos Aires.
La paradoja de este efímero Mercado “Modelo”, víctima de las imprevisiones y vaivenes de la política, es que se haya pulverizado en menos de diez años tan importante estructura edilicia, que tal vez nunca debió haberse construido en aquel lugar.
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Fuentes:
-Radovanovic, Elisa, Avenida de Mayo, Buenos Aires, Ediciones Turísticas, 2002.
-Aguilar Graciela y otros, Mercados de Buenos Aires, Olmo Ediciones, 2014.
-http://www.arcondebuenosaires.com.ar/plaza_del_congreso.htm
-http://arquitecto-buschiazzo.blogspot.com.ar/2009/08/caba-montevideo-y- sarmiento-nuevo.html
-http://es.wikipedia.org/wiki/Mercado_Modelo_%28Buenos_Aires%29
-Periódico Primera Página nº 90, octubre de 200s1.

Imagen: El mercado "Rivadavia".
La nota y la foto fueron tomadas del periódico “Primera Página”.