9 dic 2010

Barrios de novela



(De Eduardo Criscuolo y Marcelo Benini)

Numerosas obras literarias de autores prestigiosos transcurren en Villa Urquiza, Saavedra y Coghlan. Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Leopoldo Marechal, Ricardo Molinari y Mempo Giardinelli son algunos de los escritores argentinos que ambientaron parte de su obra literaria en las singulares geografías de Villa Urquiza, Saavedra y Coghlan. Este informe reproduce fragmentos de libros conocidos y anécdotas de sus autores.

Nuestros barrios fueron, son y serán frecuentes protagonistas de la literatura argentina. Tal vez su primitiva condición de arrabal o suburbio les confirió un atractivo especial que los escritores nacionales supieron descubrir y luego atesorar en páginas memorables. Villa Urquiza, Saavedra y Coghlan no pasaron inadvertidos y son muchos los ejemplos de su influencia en más de una pluma consagrada. Esta crónica, una suerte de homenaje a quienes retrataron calles y personajes de la zona noreste de la ciudad, no puede iniciarse de otra manera que no sea recordando a uno de los más admirados autores de lengua castellana: Jorge Luis Borges (1899-1986). A mediados de la década del 20 el creador de Ficciones frecuentaba la casa de la familia Lange, en Tronador al 1700. Centro de reuniones literarias, allí se leían poemas y se escuchaba música. Es interesante conocer que Norah Lange, una de las hijas de los dueños de casa y esposa de Oliverio Girondo, recuerda al barrio en Calle de los días y las noches.

LA NOVIA DE BORGES
Volviendo a Borges, en una de sus tantas visitas a la residencia conoció a Concepción Guerrero, una muchacha de 16 años con largas trenzas y grandes ojos oscuros. Se declararon su mutuo amor en las modestas calles que en aquel momento pertenecían a Villa Mazzini. Este barrio, delimitado por las avenidas De los Incas, Alvarez Thomas, Olazábal y Melián, fue cortado en dos por la calle Pampa (hoy La Pampa). La mitad norte fue absorbida por Villa Urquiza y la mitad sur por Villa Ortúzar. La musa de los textos que configuraron Fervor de Buenos Aires (1923), primer libro de poemas de Borges, fue Concepción Guerrero. El académico y poeta Angel Mazzei recuerda que Borges, para verse al atardecer con su amada, salía de Palermo a mediodía y caminaba hasta Villa Urquiza.
Posteriormente Borges viajó a Europa y a su regreso en 1924 Concepción Guerrero, a pesar de haber hablado de casamiento, ya no estaba en su mente. En 1925 publicó Luna de enfrente, libro que incluye una poesía titulada “Patrias”, donde dice: “Quiero la calle huraña / que desgarren la puesta del sol y la salida / Quiero esa calle Plaza que me llevó a la dicha”. Borges se refiere a nuestra calle Plaza, cercana a la casa de la familia Lange, donde se encontraba con su novia urquicense. A propósito de la fluida relación entre Borges y el barrio, en su edición Nº 12 –correspondiente a marzo de 2000–, el periódico El Barrio publicó una nota referida a los dos poemas que el escritor le dedicara a Villa Urquiza. Y en su libro Evaristo Carriego (1930), Borges comenta: “Yo no he sentido el liviano tiempo en Granada, a la sombra de torres cientos de veces más antiguas que las higueras, y sí en Pampa y Triunvirato; inspirado lugar de tejas anglizantes ahora, de hornos humosos de ladrillos hace tres años, de potreros caóticos hace cinco”.

DE ISIDRO PARODI A EMILIO GAUNA
Villa Urquiza vuelve a decir presente en “Las doce figuras del mundo”, uno de los relatos que componen el libro Seis problemas para Don Isidro Parodi (1942). Bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq, Borges incursiona en el género policial junto a su gran amigo Adolfo Bioy Casares (1914-999). La trama sigue los pasos de un detective condenado a 21 años de reclusión por un crimen que no cometió, que desde su celda resuelve los casos más enigmáticos. Uno de sus párrafos habla del barrio: “Sin tan siquiera examinar la página de los deportes, me engolfé en la crónica policial y vi la fotografía del siniestro: a las 0,23 de la madrugada había estallado un incendio de vastas proporciones en la casa-quinta del doctor Abenjaldún, sita en Villa Mazzini [...] A los dos días me vino a visitar un señor muy afable, que me interrogó sobre mi participación en la compra de escobillones y trapos rejilla para la cantina del personal del corralón de la calle Bucarelli; después cambió de tema y habló de las colectividades extranjeras y se interesó especialmente en la siriolibanesa. Prometió, sin mayor seguridad, repetir la visita. Pero no volvió”.
Bioy Casares eligió Saavedra para ambientar El sueño de los héroes, quizá su mejor novela después de La invención de Morel. Escrita en 1954, narra la historia de un grupo de amigos que se involucran en extraños episodios durante los tres días y tres noches del carnaval de 1927. En sus primeras páginas queda definido el escenario donde se desarrolla la historia: “Los amigos se reunían todas las noches en el café Platense, en Iberá y Avenida del Tejar, y, cuando no los acompañaba el doctor Valerga, maestro y modelo de todo ellos, hablaban del fútbol. Sebastián Valerga, hombre parco en palabras y propenso a la afonía, conversaba sobre el turf –‘sobre las palpitantes competencias de los circos de antaño’ –, sobre políticas y sobre coraje. Gauna, de vez en cuando, hubiera comentado los Hudson y los Studebaker, las quinientas millas de Rafaela o el Audax, de Córdoba, pero, como a los otros no les interesaba el tema, debía callarse. Esto le confería una suerte de vida interior. El sábado o domingo veían jugar a Platense. Algunos domingos, si tenían tiempo, pasaban por la casi marmórea confitería Los Argonautas con el pretexto de reírse un poco de las muchachas [...]. Gauna acababa de cumplir veintiún años [...]. Muy chico, había quedado huérfano y unos parientes lo llevaron a Villa Urquiza. Ahí conoció a Larsen: un muchacho de su misma edad, un poco más alto, de pelo rojo. Años después, Larsen se mudó a Saavedra. Gauna siempre había deseado vivir por su cuenta y no deber favores a nadie. Cuando Larsen consiguió trabajo en el taller de Lambruschini, Gauna también se fue a Saavedra y alquiló, a medias con su amigo, una pieza a dos cuadras del parque”.
Hace nueve años Bioy Casares dialogó con el periódico zonal Saavedra al Día (1) y explicó por qué había situado en Saavedra a El sueño de los héroes: “Yo he andado mucho por Buenos Aires y conozco bastantes barrios, a los que solía ir con chicas. Recuerdo que paseando por las quintas me gustó Saavedra y se me ocurrió la historia en esos días que estuve por ahí. Además he tratado de no poner las cosas en mi barrio, porque me parece un juego fácil”, explicaba el más dandy de los escritores.

MARECHAL, MOLINARI Y GIARDINELLI
En su importante novela Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal (1900-1970) ubica a ciertos parajes de Villa Urquiza: “Se habían despedido largamente de la ciudad: todos los boliches rústicos de la calle Colodrero, desde la de Triunvirato hasta la de Republiquetas, todos los almacenes rumorosos y las cantinas hospitalarias que ofrecen un mostrador de estaño a la sed y la fatiga del caminante...”. En otro momento se refiere a un inmigrante que hizo plata y escribe: “El gringo debía tener los riñones bien forrados... –¿El? –comentó – Media Villa Urquiza era suya... Y pensar que llegó a Buenos Aires en patas... Sí, unos nacen con estrellas y otros nacemos estrellados...”. Asimismo, en su libro Villa Urquiza. Barrio Centenario 1887-1987, el profesor Diego del Pino –prolífico historiador de nuestra ciudad – hace mención a una nota de Rodolfo Zabala en La Gran Aldea de octubre de 1986, donde se destaca que el poeta Ricardo Molinari (1898-1996), de gran trascendencia en nuestra literatura, vivió su infancia y juventud en Villa Urquiza. Al fallecer sus padres cuidó del futuro poeta su abuela, Bartola Delgado de Molinari, que vivía en Donado 2544.
Mempo Giardinelli (1947) es otro de los autores que rinde tributo a esta parte de Buenos Aires que nos toca de cerca. Este fragmento pertenece a “Un barco anclado en el puerto de Buenos Aires”, relato incluido en sus Cuentos Completos: “Por fin llego a mi casa, mi viejo y pequeño departamento de solitario en la estación Coghlan. Como no tengo las llaves, despierto a Edith, la encargada, y le pido los duplicados, Me recibe sorprendida y, aunque la preocupación se le marca en el rostro, con la inigualable amabilidad de los chilenos del sur me dice que quizá no sea conveniente que yo me quede esa noche en casa: algo muy grave está pasando, aunque no sabe precisar qué. Le digo que acuerdo con ella y que sólo voy a cambiarme las ropas”. El escritor afirma que el barrio influyó en su obra, aunque más lo hizo el Chaco, ámbito natural de su producción literaria. “Coghlan es escenario de no pocas de mis narraciones y de hecho varios de mis cuentos y novelas están fechados expresamente allí. Particularmente, creo que el barrio se ve en varios pasajes de la novela Santo Oficio de la Memoria. Mi revista Puro Cuento fue, en cierto modo, un sinónimo de Coghlan y yo siempre me sentí muy orgulloso de ello. Los lectores sabían que no estábamos en cualquier lado y eso me resultaba muy grato”.
Hasta aquí un somero repaso de escritores y libros que encontraron en Villa Urquiza, Saavedra y Coghlan ribetes literarios.
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(1) Fue editado por los actuales responsables del periódico El Barrio.
Imagen: Tapa del libro: Estación Coghlan y otros cuentos, de Mempo Giardinelli, Bs, As., 2005.
Material tomado del periódico El Barrio, Nº 22, enero de 2001.

8 dic 2010

Urquiza Park


(De Daniel Artola)

Durante la excavación del túnel correspondiente a la extensión de la Línea B de Subterráneos, a la altura de Triunvirato y Tronador, fue encontrada la osamenta de un gliptodonte. Lo invitamos a viajar en el tiempo para conocer más a fondo esta especie extinguida, cuyos integrantes llegaban a tener el tamaño de una auto chico.

Cuando el martillo rebotó como una pelota de tenis sobre una de las paredes laterales del túnel en construcción de la Línea B de subterráneos, que dentro de un par de años llegará a Villa Urquiza, los operarios pensaron que habían perdido sus fuerzas o que debían cambiar de herramienta. Al observar con mayor detenimiento se dieron cuenta de que la superficie donde golpearon no se parecía a la tosca sino a algo especial, que estaba allí desde hacía un millón de años: habían descubierto la caparazón de un gliptodonte. En verdad, era el tercer ejemplar detectado en ese área en el lapso de un año. El hallazgo de los restos fósiles se produjo a principios de junio pasado bajo el cruce de la avenida Triunvirato y la calle Tronador, a escasos cincuenta metros de donde aparecieron los otros dos.
Una vez conocida la noticia, las autoridades de Subterráneos de Buenos Aires Sociedad del Estado (SBASE) se comunicaron con un equipo de especialistas para que tomaran cartas en el asunto. Según los cálculos de los paleontólogos que concurrieron al lugar, se trataría de una animal que midió 1,50 metros de largo y 1,20 de alto con un peso de 600 kilos. Nada más y nada menos. Las autoridades informaron que las piezas encontradas serán exhibidas en la futura estación Tronador, cuya inauguración está prevista para mayo del año próximo. La investigación es llevada adelante por José Luis Prado, paleontólogo de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Para el científico, el estudio de estos restos es muy importante porque permite obtener detalles de cómo era la zona hace cientos de miles de años.

COMO UN AUTO PEQUEÑO
El trabajo que Prado lleva adelante junto a un equipo de colaboradores es arduo, ya que este gliptodonte es el más grande que se haya encontrado hasta el momento. Por lo visto, Buenos Aires ha sido un lugar preferido por estos parientes lejanos de los dinosaurios, ya que también se encontraron restos de su osamenta en los túneles de la ampliación de la Línea D, en Belgrano y Núñez. Si miramos un hipotético álbum familiar de estas especies curiosas, su aspecto se parece al de la mulita, claro que con dimensiones diferentes; en realidad, su tamaño es semejante al de un auto pequeño. Otra característica del gliptodonte, cuyo caparazón tiene dibujadas rosetas, es que su columna vertebral alcanzaba el mayor grado de fusión de todos los mamíferos. Era un animal que comía hierbas y hasta se dice que llegó a convivir con el hombre. Algunos estudiosos sostienen que los indios patagónicos lo nombraban en sus leyendas. El mundo le debe el descubrimiento de este integrante de la fauna de antaño a sir Richard Owen (1804-1892), quien escribió sobre él en 1838. Este paleontólogo acuñó cuatro años más tarde el término dinosaurio para bautizar a los grandes reptiles que dominaron el planeta en los tiempos primitivos.
Fernando Novas, integrante del Museo Argentino de Ciencias Naturales, dijo que existen muchas piezas de este tipo bajo de nuestros pies. “Florentino Ameghino (1854-1911, paleontólogo argentino) decía que la ciudad es un gran cementerio de restos fósiles”, acotó. Según los científicos, la caída de un asteroide entre Miramar y Mar del Plata terminó con la vida de los gliptodontes junto con toda la fauna y las plantas. La teoría, publicada por la revista Science, sostiene que el asteroide se precipitó hace tres millones de años, en el período llamado plioceno medio. Hay que aclarar que para ese tiempo los dinosaurios habían dejado de pasearse por la tierra. El informe agrega que en un área específica, llamada Formación Chapadmalal, se observan tierras cocidas que demuestran que tuvo que ser un elemento de gran calor el que fundió los materiales del suelo. Ese suceso provocó un gran cambio meteorológico y alteró las corrientes oceánicas, además de la extinción de los gliptodontes. Evidentemente eran animales muy fuertes, ya que sus huesos sobrevivieron al desgaste del tiempo, las modificaciones climáticas y la montaña de cemento que los cubrió como una lápida.

OTROS CASOS
A principios de 1999, los trabajadores de la continuación de la Línea D de subterráneos hallaron restos similares por primera vez. El lugar exacto del descubrimiento fue la avenida Cabildo, entre las calles Olazábal y Blanco Encalada, a una distancia de 70 metros de la cuenca del arroyo Vega. Uno de los obreros dijo que nunca había visto nada igual porque “parecía de otro mundo”. El hecho de que una obra del grado de complejidad como la del subte se haya detenido en proteger los restos fósiles es un ejemplo que se debería imitar en todos los emprendimientos edilicios. A veces por intereses económicos y apuro en terminar la construcción se arrasa con elementos de estas características. Hubo casos de excavaciones que dieron con construcciones de la época colonial, donde se encontraron restos de vajilla, jarras y recipientes que se usaban para la higiene. Muchos de los signos del pasado fueron destruidos por la topadora, tal el caso de la empresa constructora de un hotel en Puerto Madero, que ocultó partes de un buque del siglo XIX. Sin embargo, hay ejemplos positivos –como el de Subterráneos de Buenos Aires– que brindan un aporte cultural significativo para conocer más sobre el apasionante mundo de estos animales ya extinguidos.
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Imagen: Hombres primitivos de las pampas al acecho de un gliptodonte. (Dibujo de Henrich Harder tomado de bolsonweb.com). 
Material tomado del periódico El Barrio, agosto de 2001. 

7 dic 2010

Plaza Almagro

 

(De Omar Pedro Granelli)

El barrio de Almagro cuenta con un solo espacio verde, ubicado en la manzana comprendida entre las calles Sarmiento, Bulnes, Tte. Gral. Juan D. Perón y Jerónimo Salguero.
Ese espacio, cuyo nombre de 12 de Octubre obedecía a lo dispuesto por la Ordenanza Municipal Nº 3.380 del 26 de junio de 1929, que fuera librada al público durante el año anterior, constituye lo que en la actualidad se conoce por Plaza Almagro (Ordenanza Municipal Nº 6.273 de 1934). Por muchos años, el vecindario la conoció como “Placita Bulnes”, hasta que alrededor de 1960 se comenzó a llamarla por su verdadero nombre.
Una manzana que hasta promediar el año 1927 estaba ocupada en un tercio de su superficie por un terreno, especie de quinta abandonada, oculto por una empalizada que se extendía a lo largo de la cuadra sobre la calle Sarmiento, y por varios corralones, una especie de tambo con vacas sueltas, algunos conventillos de casas bajas y otros baldíos, todos con frente al resto de las arterias.
La plaza tenía un marco pleno de actividad comercial con distintos locales que se repartían  a su derredor, formando un contorno dispar y disperso, de un movimiento continuo entre los que iban y venían hacia ese pequeño pulmón de la barriada. Así podemos citar algunos de ellos, grabados para siempre en la evocación: Almacen (esquina noroeste, Sarmiento y Salguero), Bicicletería de Leo (esquina noreste, Sarmiento y Salguero), Tapicería "Rho" (mitad de cuadra Sarmiento), Lechería Gianotti (mitad de cuadra Sarmiento), Taller mecánico de Mario Dominioni (Sarmiento casi esquina Bulnes), Almacén (esquina noreste, Sarmiento y Bulnes), Casa de toldos y lonas (esquina sudeste, Sarmiento y Bulnes), Panadería “La buena medida” (Bulnes casi esquina ex Cangallo), Garaje (esquina noreste, Bulnes y ex Cangallo), Almacén de don Francisco (esquina sudeste, Bulnes y ex Cangallo), Sastrería a medida "De Lucía" (esquina sudoeste, Bulnes y ex Cangallo), Corralón de lecheros a domicilio (ex Cangallo, a mitad de cuadra), Almacén y despacho de bebidas (esquina noroeste, Salguero y ex Cangallo), Corralón de lecheros a domicilio (Salguero a mitad de cuadra), Lechería (Salguero a mitad de cuadra).
Esta plaza fue desde entonces una comodidad para que niños de la zona pudieran gozar de sus juegos infantiles, de la calesita que funcionó alternadamente en distintas épocas, y de la pileta (especie de fuente) que para deleite de los más pequeños se construyó hace muchos años, con gran despliegue publicitario.
También fue, en un tiempo no muy lejano, el espacio municipal destinado públicamente al festejo de las fechas patrias y otros actos recordatorios, con gran estruendo de bombas, fuegos artificiales, careras de ciclismo, de atletismo, de embolsados, funciones cinematográficas al aire libre, y conciertos de bandas dirigidas algunas veces por Albérico Spátola y otras por Juan de Dios Filiberto.
El poeta Ángel Renato Nestiero Maré le cantó a la plaza y en uno de sus versos dijo:“El tobogán, para que los más pequeños aprendan a caer sentados,/ con los años vendrá la pendiente y debe practicase temprano./ Las hamacas, para los que sueñan ser pájaros o quizás poetas,/ alas que en tierra se pliegan, y en el vuelo buscan el cielo”.
Hoy continúa siendo refugio de los niños y de los ancianos, con lugares debidamente marcados para ambos, en especial para los jubilados, que tienen su parcela para entretenimiento.
En el centro mismo de la plaza se distingue el mástil que fuera donado por la Seccional 9ª de la Policía Federal Argentina, el 18 de noviembre de 1934. Ese mástil donde se enarbola la bandera nacional en ocasiones especiales vistiendo de gala patriótica a todo el  barrio, el mismo barrio que, al decir de sus vecinos, bautizara a su única plaza como la Placita. Ese barrio que orgulloso ahora custodia a su Placita, que está ahí, como monumento a su propia identidad.
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Imagen: Plaza Almagro (Foto de la página Argentina Total).
Tomado del libro: Almagro en el intento; Bs. As., 1999.

6 dic 2010

Retruque a un poeta de Florida


(De Álvaro Yunque)

¿Pa vos es una blasfemia
que yo afile versos rantes?
Seguí vos con tu Academia,
yo me junto con Cervantes.

¿Vos le negás tu versada
a las chusmas del suburbio;
vos sos un agua filtrada
y ellos son arroyo turbio?

No esperaré que apadrines
nuestro canyengue, es bastardo;
vos seguí con tus latines,
yo me quedo en mi lunfardo.

Veremos, al fin de cuentas,
quién de los dos era el turro,
si vos con tus ornamentas
o si yo con mi champurro.

Ya alumbraremos la vida
si nos da fósforo el genio;
vos, poeta de Florida,
yo del arrabal porteño.
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Imagen: Álvaro Yunque, dibujo de Ricardo Ajler. (Tomado de la página elortiba.org).

5 dic 2010

Los "Informes" del grupo Barrilete


(De Carlos Patiño)
En agosto de 1963 apareció el primer número de la revista El barrilete, una de las más importantes que dieron las prensas porteñas durante la década del 60 para mejor exponer la nueva poesía –lúcida, desprejuiciada, comprometida–  que se estaba generando en estas márgenes del Plata. Muy pronto convertida en editorial, esta revista dio a conocer, entre otras publicaciones, los Informes, de gran resonancia en su momento.
No bastaba el taller, no bastaba la revista, no bastaban las lecturas de poemas en bares, sociedades de fomento, clubes de barrio, universidades y teatros que el grupo Barrilete hacía cada fin de semana y a veces hasta cada día. El vértigo de la década del 60 exigía más: más trabajo, más presencia, más velocidad. Así nacieron los Informes, para responder a esa necesidad. El primero: el Informe sobre Lavorante. Como se recordará, Alejandro Lavorante fue un boxeador de peso pesado que, apresado en la maquinaria de los promotores, fue obligado a sostener un combate muy poco después de haber perdido una o dos peleas por KO, mucho antes de lo señalado por los reglamentos en casos semejantes. Le costó la vida. La muerte de Lavorante acongojó al país, porque era muy querido y se la equiparó –y lo fue, en realidad– al homicidio. Allí la idea fundamental de los Informes se puso en marcha. Cuando el casi cadáver del infortunado muchacho arribó a Buenos Aires – en estado vegetativo, muriendo poco después– ya el grupo Barrilete había vendido, en las calles, bares y plazas, más de 3.000 ejemplares de ese primer Informe, en donde se atacaba fundamentalmente ese comercio al que no le interesa para nada la vida de las personas. Y al sistema que lo produce y protege, por supuesto.
Los Informes eran algo así como periodismo poético. O poesía periodística, no sé muy bien cómo definirlos; es decir, poemas pegados al suceso, hechos al vapor, de un día para otro, urgentes, de emergencia –en los dos sentidos posibles de esta palabra: asomarse y eventual – con la sola pretensión de dar testimonio, de participar desde la poesía en aquellos acontecimientos que conmovieran a nuestro pueblo. Si un hecho grave o destacado se producía, o un tema preocupaba a la opinión pública, por decirlo de alguna manera, el grupo se reunía, como cualquier redacción de cualquier diario: para el día siguiente todos deberíamos traer nuestro poema. Se leerían, como siempre, en voz alta y aquellos que la mayoría aprobara, uno o dos días más tarde –no más– estarían en la calle. No todos se aprobaban. Así eran las reglas. A casi todos los poetas del grupo les tocó alguna vez quedarse fuera. En el pico de estos Informes llegaron a venderse 25.000 ejemplares en una semana. Si no me equivoco, fue el Informe sobre Santo Domingo, al ser invadida la República Dominicana por los marines. El costo de los Informes, desde luego, era muy accesible.
No hace mucho, en una entrevista concedida a Diario de Poesía, Juana Bignozzi, una de las fundadoras del grupo El Pan Duro, autora, entre otros, de un estupendo libro: Mujer de cierto orden, excelente poeta hoy extraviada en los esteticismos decadentes de la frívola, amurallada y decadente vanguardia francesa  –vive en París, claro–, preguntada que fue sobre la poesía del 60 dijo algo así como "y dónde están ahora los poetas de Barrilete, que tenían la presunción de haber revolucionado la poesía con sus Informes...". Nos enojamos mucho con Juana Bignozzi por eso. Porque nadie dijo jamás en parte alguna que los Informes del grupo Barrilete fueran a revolucionar la poesía. Nunca tuvieron esa pretensión ni esa presunción. Alguien dijo que atribuirle al oponente una necedad y refutarla luego victoriosamente es un procedimiento de personas no muy inteligentes. Este es el caso: los Informes no intentaban revolucionar ninguna poética. Todos cuantos participamos en ellos sabíamos que estaban inmersos en las generales de la ley periodística: nada hay más viejo que el diario de ayer. O, en este caso, el poema de ayer. Lo distinto no era lo poemático, sino los Informes en sí mismos, los Informes en cuanto tales: poesía periodística, género de la inmediatez no destinado a eternidad o revolución alguna sino a decir simplemente que la poesía estaba presente, compartiendo la misma calle en donde estaba el pueblo. Juana Bignozzi, cuya visión de la generación a la que pertenece por derecho y calidad propios es por lo menos miope –y no sólo por este juicio sibilino– sigue demostrando desde hace rato que vive en un placard. De luxe, pero placard al fin.
El último Informe del grupo Barrilete fue el Informe sobre Trelew, desde luego aludiendo a los fríos y cobardes asesinatos de guerrilleros producidos en la base militar de esa localidad. Recuerdo perfectamente al Toto Santoro proponiendo que esta vez no hiciéramos lo de siempre, sino algo distinto: una especie de sobre grande de donde el lector pudiera ir sacando cosas: poemas, dibujos, grabados, notas, etc. Explicaba su idea actuando la fruición con que un niño sacaría cosas inesperadas y maravillosas de una inesperada y maravillosa galera. Lo estoy viendo... Así se hizo este Informe. Por desgracia, una de las cosas que salieron de esa galera fue la persecución, la prohibición definitiva del grupo y de la revista Barrilete, además de la muerte para varios de sus participantes. Nosotros no ignorábamos el riesgo que significaba publicar ese Informe. La Triple A de López Rega nos tenía en la mira; había sacado una solicitada a toda página en los principales diarios "denunciando" a Barrilete [revista] como subversiva e incluyendo los nombres de todos los poetas del grupo, incluso de quienes ya se habían ido, como por ejemplo Miguel Ángel Bustos, poeta místico que no compartía la idea de mezclar poesía y política y por eso dejó el grupo. Pero que se mezclan inevitablemente, lo prueba el propio e infortunado Miguel Ángel Bustos, desaparecido por la dictadura militar, que no reparaba en estas sutiles distinciones. El Informe sobre Trelew era tal vez el Informe que más debía hacerse. Lo prueba el hecho de que en ese Informe participó la mayor cantidad de poetas, escritores, pintores y periodistas, incluso no pertenecientes al grupo, de toda su historia. Hoy es prácticamente inhallable.
Por último, para dar una idea concreta y actual sobre qué eran los Informes del grupo Barrilete, si hoy estuviera en vigencia ya andaría poetizando las calles, y sus poetas distribuyéndolo en cada piquete, en cada movilización.
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Imagen: Tapa del primer número de la revista El Barrilete, agosto de 1963.
Material tomado de  la página web El muro cultural.

El primer matadero


(De Silvestre Otazú)

El primer matadero de que se tenga memoria existió a comienzos del siglo XVII en la manzana comprendida por las actuales calles Rivadavia, Victoria (Hipólito Yrigoyen), Maipú-Chacabuco y Esmeralda-Piedras. Reunido el cabildo el 29 de octubre de 1607, se acordó por unanimidad “que se tome un pedaço de tierra para un corral de bacas para propios desta ciudad”. Esto de “propios” significaba que el terreno era de propiedad del ayuntamiento y que los frutos que diesen habrían de ser para beneficio de la ciudad.
Ya entonces aquel “corral de bacas” comenzó por tener unas características que habrían de conservarse en el tiempo. Y fue que del faenamiento de los animales no se encargaron como cabía esperar, los españoles, sino los indios. En efecto, consigna el acta citada que la tarea correría por cuenta de un tal Antonio de Moyano, “persona que tiene yndios para alquilar en esta ciudad, a quien se le darán cuatro yndios que la Justicia Mayor tiene presos por delinquentes etc” . Es decir que se acude al aborigen para la matanza  de una hacienda que al proliferar monstruosamente en la pampa infinita, se había hecho cimarrona y ofrecían a los que lidiaban con ella peligros desconocidos en las dehesas del viejo mundo. Para dar caza a aquellos animales chúcaros, se requerían hombres hechos a la vida salvaje de la pampa. Y eso, sólo podían hacerlo los indios. Los indios y el gaucho. Pero el gaucho todavía no había nacido a la vida a principios del siglo XVII.
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Imagen: Reses en la ganchera.
Tomado de la nota Mataderos, el último rincón gaucho (Diario Clarín, año 1951).

4 dic 2010

El violín en la bolsa


(De Mario Sabugo)

Semana tras semana –en un aluvión ya que no zoológico, por lo menos tipológico–, enormes bandadas de arquitectos, prearquitectos, protoarquitectos (éstos impulsados por sus talleres de diseño), postarquitectos en incluso tardoarquitectos peregrinan fervorosamente hacia el flamante prodigio de Medrano 170, casi Díaz Vélez, en cuya presencia –según dejan traslucir los iniciados– algo así como a la manera San Genaro-napolitana, entrarían en completa licuefacción los arrugados parámetros de la Viejarquitecturantigua, o Neovieja. ¡Miracolo-a-Medrano!
Ni más ni menos que un edificio de departamentos, puesto a pasos de la esquina, al lado de una torre vidriohormigonada más habitual –paleofuncional–, vecina igualmente de otras construcciones menos complicadas. Stop.
Orientado Este-Oeste y presentado en una túnica ladrillera que no deja de favorecerlo, el edificio aborda la temática supertipológica de la propiedad horizontal introduciendo algunas variantes dignas de mención. Entrada centralizada (aunque la puerta, con sus dos barras simétricas verticales, no declara para qué lado abre); hall también simétrico en varias alturas, con una escalera “imperial” y columnas blancas y grises; portería en el primer piso; algunos dúplex en el tope; y –sobre todo– una impresionante sala de máquinas sobre la terraza oriental, resuelto en forma de cuarto de esfera.
A esta altura, finaliza el listado “gags”, porque las variantes tienden a desaparecer cuando se llega al diseño de las unidades. Las jubilosas canciones acerca de las “tipologías” o las “soluciones permanentes” encuentran allí su verdad última y –en ella– todos sus defectos, todos sus “misfits” (como se los llamaba en otro artículo): el tamaño de sus ambientes y sus circulaciones, la relación con los “aire y luz”, la cantidad crítica de roperos y depósitos, y demás aspectos suficientemente detectados, estudiados y diagnosticados en los departamentos, aunque todavía sin mucha terapéutica adecuada.
Ahora bien: los problemas no sólo son los de siempre, sino que, para peor, resultan incrementados por la aplicación del “estilo”.
En los “tres ambientes” a la calle, en sus livings, aparecen curiosos pares de cajas vidriadas de 0,40 de profundidad que dificultan toda disposición de muebles, elevan a nivel de enigma la posición de las cortinas y difícilmente sirvan como balcones. Se comprende: los balcones en voladizo arruinan la bidimensionalidad del plano de fachada; en otras palabras, calzan mal con Andrea Palladio.
En los “dos ambientes” del contrafrente (los que por otra parte, deben usar el ascensor que es “de servicio” para los del frente), notables y gruesas columnas cilíndricas prepotean en livings de 3 por 5; columnas, que, de no tener connotaciones “clásicas”, guillotinarían de inmediato a cualquier proyectista de barrio que se atreviera a proponerlas. Planteando, evidentemente, al que amueble, un grave desafío, o más exactamente, arrojándolo a los leones. Como es lógico, todas estas travesuras espantan a las señoras más sensatas y disgustan a los arquitectos maduros.
En síntesis, el “estilo”, además de inflar el precio, agrava al enfermo. Estilo que, siendo un poco “triste” (un poco “todomodernista”), un  poco trágico, un poco “de temporada otoño-invierno”, no proviene para nada de mejoras en la calidad o en la forma de vida en los departamentos. Claro que, como simple “estilo”, no hay razón para censurarlo (“que florezcan mil flores”)…; más aburrida, todavía, sería la ciudad sin la “mélange” que la distingue.
La arquitectura del Miracolo-a-Medrano… (arquitectura también “panchomodernista”, ya que J. F. Liernur le ha extendido su nihil obstat)…, arquitectura venida al mundo –ensimismada y neofuncionalísima–  en algunos gabinetes de Postmodernópolis (N. York); luego entrada en “clinch” con la temática de la propiedad horizontal; finalmente ha culminado: ya sea respetando-demasiado-una-tipología, tal vez confundiéndola con un monumento; ya sea haciendo-caso-omiso-del-problema (y entonces toda crítica es improcedente, pero también lo es el edificio); ya seas transitando por fachadas, paliers y terrazas, pero deteniéndose –impotente o perezosa– ante la puerta de cada departamento, metiendo violín en bolsa ante la envergadura del problema, de las condiciones y de las circunstancias. Cambio y fuera.
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Imagen: El edificio de Medrano 170, al que se refiere la nota.
Material tomado del libro: La ciudad y sus sitios.  

3 dic 2010

Memoriosos y barriólogos


(De Ángel O. Prignano)

La noción de memoria surgió en los albores del siglo XX de la mano del sociólogo francés Maurice Halbwachs, creador de la sociología de la memoria y, a la vez, introductor del concepto de memoria colectiva. A la memoria se le contrapone el olvido, inconsciente o deliberado. “La historia está hecha de lo que unos quisieran olvidar y de lo que otros no pueden olvidar”, dijo Pierre Vilar en el discurso final del coloquio sobre los franceses y la guerra civil española realizado en 1989. Y sentenció: “Es tarea del historiador averiguar el porqué de lo uno y de lo otro.” En ese sentido, y sin ánimo de comparaciones, a la barriología le cabe reparar, si se me permite el verbo, los “olvidos” que separan la investigación de los grandes acontecimientos con la de las expresiones emergentes de una determinada microsociedad urbana. Ello porque las historias de estas últimas aún hoy son desdeñadas despectivamente por ciertos ámbitos intelectuales, o relegadas a simples anécdotas de inquilinos. Este tipo de prejuicio es el que esperan los centros del poder globalizador, que prefieren las culturas amnésicas, insustanciales e inocuas en lugar de las enriquecedoras propuestas que ofrecen las diversidades emergentes en los espacios primarios.

Hay memoriosos en cada punto del planeta. Son como venerados ancianos que atesoran la tradición de la tribu para trasmitirla a los demás. Los pibes, cuya curiosidad es natural, prestan oídos atentos a los discursos sencillos y amenos. Suelen escuchar historias mínimas como si se tratara de grandes acontecimientos universales. Al fin y al cabo, se habla siempre del mundo entero, por más ceñido y limitado que sea el escenario donde se desarrollan los hechos.

Recordar es reconstruir el pasado desde la subjetividad. Tiene mucho que ver con el corazón. De hecho, recuerdo y corazón son vocablos de una misma raíz. De modo que es fácil coincidir en que los memorialistas surgieron espontáneamente, sin tanteo previo, como diletantes de la historia –de la historia reciente– cuando se pusieron a escribir esos recuerdos, en principio quizá sólo apelando a la nostalgia. En todo caso, sus ganas de conocer y comprender lo acontecido en su patria chica y reflexionar sobre la vida cotidiana de su entorno les exigió tiempo y atrevimiento. Así, solos o en compañía de otros con inquietudes análogas, dieron forma a la mesa de café de la historia barrial. En términos futboleros, se constituyeron en los tabloneros de esa historia, porque no la miraban sentados en la platea sino parados en la popular.

Primero sacaron la silla a la vereda y se restringieron a lo que pasaba frente a sus ojos. Luego extendieron su mirada y volaron sobre los otros barrios de la ciudad. Este pensamiento emergió como la necesidad de valorizar la historia local, descartada en los supuestos estructurales que analizan la “gran historia”, desenredarla de la maraña en que, muchas veces, esta “pequeña historia” quedaba confundida, sumida o minimizada dentro de aquella “historia mayor”. Era cuestión de descubrir sus pormenores y llegar hasta sus detalles más intricados, tal vez emulando al anónimo picapedrero que, sin prisa pero sin pausa, pica y pica la bajada del cordón de granito.

Fue en ese momento que la barriología adquirió su mayoría de edad e irrumpió como una nueva disciplina dentro de los estudios históricos. Ello cuando el memorialista no se confinó sólo en los meros recuerdos –propios o ajenos– y pasó al documento, cuando fue al expediente, al legajo, y se convirtió en un investigador; cuando recorrió el campo de los hechos y dejó de hablar de un día caluroso y húmedo para consignar la temperatura y el porcentaje de humedad. El memorioso se convierte en barriólogo cuando entra en los archivos. Porque para cerrar el círculo es necesario ser preciso.

El barriólogo hurga en los documentos escritos y se vale de las ciencias auxiliares de la historia, pero también apela a los testimonios orales, donde la información a veces resulta ambigua y casi siempre cargada de subjetividad. El trayecto que separa la verdad que busca el historiador de la que revelan los testimonios orales es difícil de superar. Si bien es un muy buen camino hablar con los actores de la historia reciente para conocer sus motivaciones y creencias, a menudo es la propia información que ellos proporcionan, en apariencia pulcra, clara y pretendidamente prístina, el principal escollo que atenta contra esa verdad. Don José “hizo el barrio”, ¡cómo no creerle! Actúa de buena fe, habla con total convencimiento de que las cosas fueron como las relata y está persuadido de que su memoria puede reconstruir lo que vivió sin equivocarse. Con todo, a veces estos memoriosos no cuentan las cosas como ocurrieron sino como les hubiera gustado que ocurrieran, aunque no tengan conciencia de ello.

Es tarea del barriólogo descontaminar estos testimonios, discernir sobre su veracidad contrastándolos con otros más confiables, desnudarlos de su ropaje anecdótico. Así, pues, llega el momento de hundir la uña en la cáscara de la mandarina para empezar a pelarla. Es la ocasión para la pesquisa de datos en las fuentes primarias y secundarias. Es el tiempo de desgajar la fruta entre los dedos. Es la hora de los archivos y las actas institucionales, de las investigaciones de otros autores y de los periódicos barriales antiguos, estos últimos casi siempre atesorados por aquellos mismos viejos vecinos en sus propias casas. Es, en definitiva, la oportunidad de la fascinante tarea de extraer los datos para intentar comprender y pintar con otro color.
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Imagen:Escultura de El Pensador de Rodin, con el edificio del Congreso Nacional al fondo.
Texto tomado de Barriología y Diversidad Cultural, Ediciones CICCUS, Bs. As., 2008.

Realidad pueyrredonense entre las décadas del 20 y del 30


(De Jorge César)
   
Apenas comenzada la década de 1930, leíamos en el diario La Prensa de fecha 22/08/30, una entonces intrascendente nota, que con nuestros ojos de principios de milenio, aquí y ahora, constituye un hallazgo por su precisión de detalles, casi fotográfica. La rareza era que tomaban al "populoso barrio de Villa Pueyrredón y Miguelete" (título de la noticia); Miguelete quedaba dentro del partido de San Martín, unida a nuestro barrio sin la cicatriz "bien hundida" de la actual Gral. Paz, entonces un gran descampado.
Insistía el cronista de La Prensa en que "la higiene, vialidad y seguridad en la zona de Villa Pueyrredón y Miguelete son renglones que merecen atención de parte de las autoridades...". Autoridades de distintas jurisdicciones –Nación y provincia– debían "...mejorar el servicio de recolección de residuos porque la gran mayoría de los vecinos arrojan éstos en las calzadas o zanjas de desagüe". Agregaba un interesante dato: "sólo unos pocos vecinos tienen la precaución de quemar las basuras de sus casas y colocarlas en pozos adecuados, que luego recubren con tierra" (¡!). O, por ejemplo: "las calles no tienen abovedamiento y están repletas de profundos baches..., no tienen ellas pavimento alguno".
El artículo mencionaba que la Asociación de Vecinos Pro Fomento Pueyrredón había hecho insistentes gestiones para que se pavimentaran dos calles, pero sin resultado alguno. Y que "desde la estación Pueyrredón (nombre viejo) hasta Miguelete sólo existe un paso a nivel, el de la calle Nazca"; aún no estaba entubado el arroyo Medrano.
La citada Asociación de Vecinos mencionaba otro párrafo: que "inició en 1928 ante la Dirección de Ferrocarriles una gestión para que se obligara a la empresa a establecer un paso a nivel en la calle Helguera". Dice empresa porque se refería al Ferrocarril Central Argentino, aún británico. Pasó el tiempo y ese paso a nivel aún lo soñamos.
Por último, el periodista del más que centenario diario añadía: "no debe olvidarse que los barrios Pueyrredón y Miguelete en los últimos cinco años han aumentado su población en un 400 por ciento". Sigue englobando nuestro barrio y una localidad sanmartinense y nos tira un porcentaje un poco excesivo, pero dice que son datos de la "nueva nota dirigida al director de Ferrocarriles" por la Asociación Pro Fomento Pueyrredón.
La nota finalizaba refiriéndose a "los trabajos de electrificación que efectúa el ferrocarril, que hacen sentir más la necesidad de que se ejecuten las obras ordenadas".
Penurias de nuestros padres y abuelos y un accionar sin fin de aquellas pioneras instituciones fomentistas, sobre las cuales las asociaciones Pueyrredón Sud, Pueyrredón Norte y los periódicos barriales de la época (Información, Noticias Devotenses, La Razón de Villa Devoto, Tres Cruces, etc.) nos dejaron abundantes testimonios.
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Imagen: Plaza Carlos Gianantonio (Foto de: bureaudesalud.com).
Tomado de La web de Villa Pueyrredón.

2 dic 2010

El primer hospital de Buenos Aires


(De Ricardo Llanes)

En el repartimiento de solares dentro de la planta urbana, que dispone el fundador, don Juan de Garay, la manzana hoy encuadrada por las calles 25 de Mayo, Reconquista, Corrientes y Sarmiento, queda destinada para el futuro hospital "San Martín". Pero en 1611, el Cabildo cambia la ubicación, en atención a que el lugar designado se encontraba “distante del comercio y por lo mismo la dificultad para reunir las limosnas, y que viniendo por la mar la mayor parte de los pobres enfermos, era más a propósito la cuadra que tenían  Antonio Fernández Barrios, Francisco Rivero, Pedro Izarra y el capitán Antón Higueras” (1). Y como estos pobladores cedieron sus tierras, se fundó el hospital en la manzana comprendida en el repartimiento de 1583 con los números 129, 130, 131 y 132, vale decir la hoy delimitada por las calles México, Chile, Balcarce y Defensa. En ella, pues, se levantó el hospital, y al poco tiempo de su instalación eran tantas su pobreza y su mucha necesidad, “que la renta con que contaba se reducía a 337 pesos, algunos pequeños censos, el noveno y medio, que se había concedido, que importaba 300 pesos anuales, y el impuesto sobre el aguardiente en botijuelas, que en once años produjo 27.147 pesos (2). Para su mejor existencia resultó providencial que interviniera –ya convertido en hospital general, dado que por mucho tiempo había estado exclusivamente al servicio de los militares del presidio–  el acaudalado vecino don Domingo de Basavilbaso, quien hizo construir la enfermería, y conforme a la gracia concedida por el rey, trajo de Potosí, a su costa, a los Padres Bethlemitas, confiándoles su cuidado y atención. El terreno de este hospital cuya iglesia estaba bajo la advocación del Santísimo Sacramento, tenía 109 varas de frente a la calle Defensa, por 80 de fondo a la de México. Se lo mantuvo en dicho lugar hasta fines del siglo XVIII, pues, por razones de mayor espacio, se lo trasladó al edificio conocido por la Residencia, que se encontraba en la actual calle Humberto I entre las de Balcarce y Defensa, ocupando así, con la dirección de los bethlemitas, la que fuera morada conventual de los miembros de la Compañía de Jesús, cuya expulsión de todos los dominios de la monarquía española, fuera decretada por cédula real del 27 de febrero de 1767, firmada por Carlos III. Y corresponde anotar, en recuerdo de los abnegados bethlemitas, que al funcionar la Iglesia de la Inmaculada Concepción como viceparroquia de la Catedral, pasaba a depender de ella la Ayuda de Parroquia con oficinas en el Real  Hospital de San Martín, atendida por aquéllos, y cuyo traslado tuvo efecto el 23 de octubre de 1769.
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(1) Acuerdos del extinguido Cabildo,. tomo II.
(2) Vicente G. Quesada: Revista de Buenos Aires, tomo II.
Imagen: Monumento a Juan de Garay en  Buenos Aires.
Nota tomada de: Recuerdos de la ciudad porteña. Ediciones Corregidor, Bs. As., 2000.

Buenos Aires abigarrada


(De Rafael E. J. Iglesia)

En Córdoba y Montevideo, una casa de bajos se viste con una pintura profusa de figuras coloreadas. En Belgrano, frente a las barrancas, una Gioconda gigantesca, evocadora de la enigmática figura de Leonardo, se expande sobre el frente de una casa de altos (1).
Buenos Aires no está acostumbrada a estos estruendos visuales; su tradición fue, primero, ocre (cuando lo colonial era adobe); más tarde, blanca (cuando lo colonial, en su apogeo, resplandecía en las paredes enjalbegadas); y finalmente gris (cuando el progreso, la generación del ochenta y los inmigrantes prefirieron el revoque símil piedra).
Nuestra ciudad no se caracteriza por un color, como París por su dorado, Roma por el rojo sanguina, Lisboa por los rosados y celestes de sus azulejos. En una nota, Sabugo argumentó por una ciudad abigarrada. Hay ejemplos que robustecen su afirmación: el de la aludida esquina de la calle Córdoba y el de un edificio de oficinas (obra de los arquitectos Ramos y Berdichesky) que está en la calle Uruguay entre Córdoba y Paraguay.
El primero nació de un gesto alegre, irreverente y pintoresco, apela a la sensibilidad pictórica, y en él las paredes se cubren con imágenes inspiradas en motivos distantes entre sí; ángeles (con trompetas); figuras prerrafaelistas y elefantes de un hipotético friso hindú.
Así la calle se alegre y de golpe nos encontramos con una sonrisa en la boca, regalo de tan inusitada cosmética.
El otro ejemplo es más serio, alegra discretamente. Tres tramos de colores no destruyen la unidad del conjunto. No se trata de un gesto espontáneo, sino de una acertada y (pienso) cuidadosa opción que demuestra cuánto valor pueden tener los colores “colores” en la mejora de nuestro paisaje urbano.
Hace muchos años, un discutido pintor orillero del Riachuelo, movido por su fanatismo cromático nos regaló con colores puros, muy saturados, que él aprendiera a usar (y a amar) guiado por el ejemplo del instinto certero de los inmigrantes “xeneises”, cuyas casas de chapas onduladas lucían mil y un colores.
Quinquela hizo algo más: envió un mensaje de alegría al resto de la ciudad, alarmando (cromáticamente) a los tranquilos (y tristes) barrios del Norte, cuyas fachadas presentan unos grises que van desde el gris piedra hasta el gris pizarra de las mansardas.
Entonces los puristas del buen diseño prefirieron el plateado uniforme de la Corporación de Transporte a los estridentes anaranjados, rojos, amarillos y verdes de Quinquela.
Éste también transformó (pincel mediante) las viejas grúas de la Vuelta de Rocha en esculturas urbanas que voceaban colores vivos en cada engranaje, en cada tornillo, en cada manija. No hubo críticos de arte que alabaran  esta obra (que fue a la pintura lo que los Beatles a la música); pero hubo miles de paseantes que gozaron con este gesto vanguardista sin sospechar su audacia. Muy cerca de ellas, Caminito sigue dándonos una lección con sus colores desprejuiciados; apostando (y ganando) a la vida contra la seriedad adusta y empacada.
La arquitectura actual no desdeña el color, pero no lo usa mucho que digamos. Le Corbusier amó los colores vivos; Bofill llegó hasta el abuso en La Muralla Roja y en Barrio Gaudí; Barragán no dejó pared blanca en su casa; Miguel A. Roca llenó con verdes y rojos vivos sus obras cordobesas; algunos barrios económicos se han vestido (modestamente) de colores; el Centro Cultural de la Ciudad de Buenos Aires luce (no sin atrevimiento), junto al blanco ribeteado de amarillo de El Pilar, su gris acerado y su rojo-sangre calabrés.
Aprendido o espontáneo, el manejo del color requiere maestría; vale la pena (por la alegría que el color implica) tratar de conseguirla, por uno u otro medio.
Buenos Aires espera de sus arquitectos el color que le caerá de sus tableros, el encuentro con el color perdido.
Setenta veces siete fachadas hay en la ciudad; a sus habitantes, Señor, ¿qué les pasa?...
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(1) Esta casa ha sido demolida; allí se levanta ahora un moderno edificio. (N.de la R.).
Imagen: El frente de la calle Juramento, que perdió la ciudad (Foto del libro: La ciudad y sus sitios).
Texto extraído del libro: La ciudad y sus sitios, Bs. As., 1987.

1 dic 2010

César Tiempo, el irónico y lírico, impar memorioso


(De Ulyses Petit de Murat)
Me señalaba una vidriera. Allí liaba cigarrillos Onassis. Lo dice casi distraídamente. Añade: le gustaba el tango. Admiraba a Gardel. Solía andar por la Real de Cadícamo y Firpo, pero no se atrevió a decir que se lo presentaron. Todo se vuelve mágicamente actual y humano en la voz de diapasón bajo, con mil planos chispeantes, conmovidos, originales, inclinados hacia la confidencia, el recuerdo, la estupenda broma personal, libre de acritud, hecha  juicio perdonador y otorgando alternativa de  novela a la densa, a ratos turbia, correntada del diario vivir. Es un individuo fuera de serie: por él quisiéramos extirpar de la expresión todo aspecto convencional. Sí, César Tiempo, si es acertada la hipótesis de Platón, es una idea única en el cerebro de la Divinidad. Personas, personajes como César Tiempo no son pensados dos veces por el Hacedor. Se constituyen en el mundo y alguien, en un lugar remoto, rompe un molde  ideal. Es una de las tantas bienaventuranzas de Buenos Aires. Lo trajeron desde miles de kilómetros hasta la ciudad que ha hecho suya. ¿Quién más porteño que él? Su espíritu se abre a todos los rumbos espirituales que marca la rosa de los vientos. Esto no incide en un localismo sin pequeñeces, pero con cierto matiz de orgullo, segundo atributo del porteño de primera clase. Se percibe en él lo mismo que en Raúl González Tuñón, Homero Manzi, Jorge Luis Borges o aquel petiso nervioso, Raúl Scalabrini Ortiz, que en la tercera zona franca del porteño, la sentimental, situó al hombre de esta ciudad como uno que está solo y espera. Yo diría que momentáneamente solo, si se trata de César Tiempo. Porque el constante ir, venir o detenerse de Tiempo dibuja una impalpable red de aproximaciones afectuosas: para él siempre está por llegar el amigo que trae la vida de la mano. Y para su calidad de impar memorioso ninguno de los que amó puede morir. El único caso contrario es también coincidente: si marcha, en lugar de esperar, le nace la sonrisa tras la neblina de los lentes y una calidez única, aunque reservada en su expresión externa, mostrando que se encamina hacia un amigo. Tiene decenas de amigos y todos lo aman con una sensación de alegría, no solamente porque es un gran poeta, un notable prosista, un inventor de teatro y de cinerías, de letras de canciones, de una broma tan colosal como aquella fingida existencia de una poetisa de maison closé, y caminada de calles, Clara Beter, sino porque no se cansan nunca de asombrarse por el hecho inefable de su presencia, su voz, su risa, su mano apretada en el dichoso encuentro.
El poeta se deja ganar por la ciudad y por las siete calles de sus siete alegrías, nos dice, en cuanto abrimos al azar la colección de sus Poesías completas, publicadas por Stilman. Con su misteriosa brújula, en ese inteligente dédalo de su creatividad, César Tiempo se acordó de Al Jolson, vio a una niña pecosa, tuvo sueños pluviales, observó el nacimiento del Sábado en toda su mística proyección milenaria, definió el largo diálogo entrañable que mantiene con el pintor Rodrigo Bonome, exaltó a las novias judías, pronunció con unción un nombre querido… Y si el ánimo poético entraba en pausa, César Tiempo subrayó Capturas  recomendadas. Nadie que él quisiera detener en las amables celdillas de su imaginería, pudo escapar a las suaves, divertidas, piadosas o sutiles indagaciones de César Tiempo. Actrices, humanistas, escritores, hombres de teatro, novelistas de fama internacional, la portentosa soledad de Horacio Quiroga, una evocación vehemente de San Martín en Bruselas, la batuta de Arturo Toscanini, Edith Piaf, Jean Paul Sartre o un torero, recuperan su lenguaje, acrecido por el de César Tiempo, uno de los más ricos de la literatura española. Son ejercicios de maravillosa soltura. A ratos el  autor ejecuta algunos saltos mortales. Sin red, como lo prescribe su intrepidez. El memorioso se torna deslumbrante, como antes el poeta, en una profundidad donde su intenso lirismo alcanzó resonancias magníficas.
A un hombre acostumbrado a vencer las dificultades del poema, a luchar con él a brazo partido, toda prosa le resulta sencilla. Es bueno que César Tiempo la haya usado para ser generoso. En periódicos del mundo entero, difundió nombres argentinos. Lo sigue haciendo con incansable paciencia (1) y esa facultad de admirar que lo mantiene con la vivacidad mental de un  joven. Es notable su talento para expresar conceptos y la agudeza para percibir los que expresan los otros. Julián Centeya se entreveraba en alardes de un extraño lenguaje. Todos lo queríamos mucho y no nos alarmábamos de verlo andar con pie y verba suelta por intrincados jardines. César Tiempo supo arrancarle lo mejor que dijo. Escuchemos la anécdota: “Cuando le pregunté a Julián qué daría para no morir, me contestó:  –La vida”. Tal vez no lo haya dicho. Tal vez la memoria asombrosa de César Tiempo se componga de una inventiva de singular autoridad, que no vacila en volver plásticos, vivientes, instantes que yacen en los recodos de un aire marchito hace ya mucho. ¿Qué importa? Un producto de amor –y todos los de Tiempo lo son– no puede contener una falsedad substancial. A lo mejor, únicamente, la colaboración que César Tiempo le dio a sus amigos para que tengan, compartiendo su perdurabilidad, ironía, impulso lírico, repentismo ingenioso. Al  fin y al cabo no hay retrato válido, si el autor no se coloca en el centro, muy próximo a la transparencia de los rasgos, de los colores, de los sesgos por los que se vislumbra el espíritu del retratado(2).
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(1) César Tiempo (cuyo verdadero nombre era Israel Zeitlin) falleció en 1980. Había nacido en 1906 en Ucrania. (N.de.R.).
(2) Este trabajo fue publicado en el diario La Opinión el 19 de octubre de 1979. Posteriormente se incluyó como Prólogo con motivo de la aparición de su obra póstuma: Manos de obra, Ediciones Corregidor, Bs. As., 1980. 
Imagen: César Tiempo junto a su máquina de escribir.