9 ene 2012

El barrio de Balvanera al terminar el siglo XIX


(De Carlos Rezzónico)

Balvanera tiene como límite sur la avenida Independencia, al este la avenida Entre Ríos y su continuación, la avenida Callao; al norte la avenida Córdoba y al oeste la calle Gallo, la avenida Díaz Vélez y las calles Sánchez de Bustamante y Sánchez de Loria. Está situada al oeste del habitualmente reconocido centro de Buenos Aires, formado por San Nicolás y Montserrat, y al sur, cruzando la avenida Córdoba, con el denominado "Barrio Norte".


Cuando a la medianoche del 31 de diciembre del año 1900, la mayor parte de la población festejaba el ingreso a un nuevo año y al flamante siglo XX, Balvanera era un barrio en curso de consolidación: lo hecho y lo proyectado jerarquizaban el lugar y se iba desdibujando el antiguo suburbio. Ya se había logrado la cuadrícula de sus calles con el loteo de las viejas quintas aunque todavía circularan por ellas carros, coches y tranvías a tracción animal. La corriente eléctrica pugnaba por desalojar al gas como elemento de tracción y de iluminación.
Aunque en general era  un barrio de casas bajas, salpicado de baldíos, se habían levantado importantes edificios y otros estaban en construcción. El de la estación Once de Septiembre, en la esquina de Centro América ( avenida Pueyrredón) y Piedad (Bartolomé Mitre), cabecera del Ferrocarril del Oeste, se había inaugurado en 1896 y satisfacía las comodidades de los viajeros y las exigencias del servicio.
En la manzana comprendida por la calle Córdoba, Viamonte, Riobamba y Ayacucho, ya se levantaba desde 1895, el imponente y hermoso edificio que hoy conocemos como Palacio de las Aguas Corrientes. Cerca de allí, un poco más al oeste, también desde cinco años atrás, se hallaba el edificio de la Facultad de Medicina, en Córdoba y Andes (Presidente José Evaristo Uriburu).
En orden a las construcciones particulares destinadas a viviendas, se había edificado el ex pasaje Victoria con salida por Alsina (Adolfo Alsina) y Victoria (Hipólito Yrigoyen) a la altura del 2300. En la esquina noroeste de Rivadavia y Azcuénaga, el pasaje que hoy llamamos Carlos Ambrosio Colombo, exhibía sus monumentales cuerpos de edificación y en Rivadavia al 2600, con salida por Piedad (Bartolomé Mitre) y con una imagen que perduraría hasta 1940, se encontraba el que hoy conocemos como pasaje Sarmiento.
Los fieles contaban con tres iglesias: la de Balvanera, desde cuyas altas torres todavía podían divisarse lugares distantes más allá de los límites barriales; la del Salvador que, aunque habilitada desde 1876, recién fue consagrada en 1898, y Regina Martyrum, en la "calle de la Victoria" (Hipólito Yrigoyen), que reconociera como antecesora un humilde oratorio del siglo XVII.
El 17 de octubre de 1883 se había aprobado la Ley 1349 que  encomendaba al Poder Ejecutivo la confección de planos y presupuestos para levantar una nueva sede del Congreso Nacional.
Tanto tiempo insumió su aceptación, la elección del lugar, la designación del director de obra y de la empresa constructora, que la edificación recién comenzó a principios de 1898 y la inauguración tuvo lugar el 12 de mayo de 1906. Por eso, cuando nació el nuevo siglo, el lugar exhibía la desordenada y no bien definida imagen de todo edificio en construcción.
En noviembre de 1892 se había llevado a cabo el último entierro en el Cementerio de Disidentes ubicado en el predio que actualmente ocupa la plaza Primero de Mayo. Todavía y por mucho tiempo, subsistirían el paredón que lo encerraba, el pórtico y la capilla, ya que el traslado de los últimos restos se llevó a cabo en el año 1925.
Las óperas, las operetas, los dramas criollos y otros espectáculos tenían un lugar en el barrio: el teatro "Doria", en Rivadavia 2330, con capacidad para 1.100 espectadores y precios que iban desde los 50 centavos hasta los 6 pesos.
La educación brillaba. En el boulevard Callao 456 funcionaba la Escuela Sarmiento en un hermoso edificio construido para tal fin por el arquitecto Carlosd Morra. En Azcuénaga 164 se alzaba la imponente mole del Colegio San José y también en Callao, pero en el número 542, junto a la iglesia del Salvador, estaba el colegio que lleva el mismo nombre. Cerca, muy cerca, Riobamba 650, ocupaba un edificio recién construido el Colegio La Salle. En el ángulo opuesto del barrio, en la calle Caridad (General Urquiza) al 200, esquina Moreno, funcionaba desde hacía casi doce años, la Escuela Normal de Profesores y junto a ella una escuela de niñas. En Belgrano y Pasco, donde hoy se encuentra el Centro Gallego, se había instalado el Colegio Nacional Oeste. Otras escuelas, como las situadas en Centro América (avenida Pueyrredón) al 600, Rivadavia al 2600, Sarmiento 2573, donde después se instalaría el Museo del Cine y la de Alsina y Alberti, completaban el panorama educativo del barrio. También entre éstas estaba la que recientemente acababa de fundar Max Hopff en la calle Cangallo (Tte. Gral.  Juan D. Perón) 2169 y que todos hemos conocido como "Cangallo Schule".
La caridad se materializaba en el Asilo de Huérfanos instalado en una casona con jardín y arboleda al frente, ubicada en la calle  México 2658. Por su parte, el Ejército de Salvación se había afincado en Rivadavia 3290.
Ya había en el barrio dos importantes centros de salud: el Hospital San Roque, actual Ramos Mejía, y el Hospital Español. También contaba con un instituto único en su género en toda la ciudad, el Instituto Pasteur, que ocupaba, desde el 4 de septiembre de 1894, una casa construida al efecto en Moreno 1959.
El doctor Llovet había instalado su clínica en Belgrano 3141 y en México 2714 funcionaba un consultorio oftalmológico.
La lista de médicos barriales incluía los nombres de los doctores Durañona, Piccardo, Allende, Arana Zeliz, Badía, De la Cárcova, Carnevali, Castilla, Giménez, Gorostiaga, Kolbe, Llames Massini, Mathís, Ray, Rufino, Sicardi, Traversaro y Villarruel. Las parturientas disponían de la maternidad de la Escuela de Parteras de Viamonte 2189 esquina Andes (Pte. José E. Uriburu).
Si bien aún no tenía el magnífico edificio que posteriormente conocimos, pues funcionaba en unos pabellones de una sola planta, el Mercado de Abasto Proveedor era considerado uno de los más higiénicos y mejor construidos de la ciudad. Casualmente, refiriéndose a los alrededores de ese mercado, el diario La Nación comentaba dos años antes de terminar el siglo el crecimiento notable que se había producido: allí todo era nuevo, flamante. Señalaba que, además de hermosos edificio de hasta tres pisos, había un comercio floreciente que nadie hubiera podido imaginar.
Del lado sur del barrio, el 28 de julio de 1894, se había inaugurado el Mercado Ciudad de Buenos Aires, conocido popularmente como "Mercado Spinetto", a pocas cuadras del ya existente Mercado Rivadavia, de Rivadavia, Azcuénaga y Bartolomé Mitre.
Gran cantidad de industrias y comercios habían asentado sus reales en Balvanera. En Cangallo al 2800 se advertía la mole del Molino del Oeste, que a comienzos del siglo XX sería destruido por un incendio. Otros molinos existentes eran el de Bancalari, en Castelli 66, el de Canessa y Pegasano, en Pueyrredón 406/62 esquina Valentín Gómez 2801/45, el Molino Caridad, en Caridad (General Urquiza) 343, el Molino Modelo, en Cuyo (Sarmiento) 3301/15, el Molino Italiano, en Pueyrredón 518.
Más de medio centenar de fábricas elaboradoras de los más diversos productos: licores, cocinas, galletitas, aceite, bolsas, cajones, cerveza, carruajes, fósforos, chocolates, fideos, vidrios, tejidos, sombreros, mosaicos, colchones, etcétera, se esparcían por todo el barrio. Entre las más conocidas podemos citar la Fábrica de chocolates y dulces "Al Sol de Oro", en Bartolomé Mitre 2550, establecimiento fundado por Alfonso Godet en 1865 y que desde 1898 pertenecía a Daniel Bassi y Compañía; la Fábrica de galletitas "La Unión", de Pedro Bercetche, en Sarmiento 2247; la Fábrica Nacional de Cerveza M. Pegasano y Cia, en Caridad (hoy General Urquiza) 350, que en su propaganda expresaba: "La que tiene que criar,/ debe esta cerveza usar,/ pues nutre de tal manera,/ que hasta se la puede dar/ al niño en la mamadera".
El "Establecimiento Granja Blanca" en Cangallo, Laprida y Sadi Carnot (actuales Tte. Gral. Juan D. Perón, Agüero, y Mario Bravo) que fuera fundado en 1891 por Enrique Fynn para la preparación de la leche y la elaboración de manteca, quesos, hielo, etc; el establecimiento mecánico y fundición de Antonio Rezzónico, en Rivadavia 3281, con 4.000 metros cuadrados de superficie, uno de los más modernos en su género; la muy conocida fábrica de artefactos eléctricos de Azaretto Hnos., ubicada en Sarmiento y Riobamba.
Para esa fecha ya estaba en vertiginosa evolución la fábrica de cigarrillos que los señores Juan Oneto y Juan L. Piccardo habían fundado bajo la denominación de "43", en abril de 1898, en una modestísima casa de la calle Piedad (Batolomé Mitre) 1849.
El comercio no le iba en zaga. El barrio contaba con ferreterías y pinturerías como la de Morea, Mendizábal y Cía., frente a la plaza Once de Septiembre; tiendas, peluquerías y entre éstas la muy conocida "Le Morvan", en Callao 22/26, farmacias, cigarrerías, almacenes, relojerías, droguerías, mueblerías; las lecherías incluían dos sucursales de "La Martona": una en Callao 416 y otra en Entre Ríos 489, litografías e imprentas, fondas, carnicerías, panaderías, tintorerías -como las sucursales de Prat en Callao 118 y Rivadavia 2233- corseterías y muchos otros comercios.
En las proximidades de la estación Once se agrupaban depósitos de cereales, vinos y cales y por el resto del barrio se encontraban diseminados otros destinados a almacenar distintos productos, como también numerosos corralones de maderas y aserraderos.
Como lógica consecuencia de los medios de locomoción en uso, abundaban las cocherías y las caballerizas y en este rubro estaban las empresas que se dedicaban a prestar servicios fúnebres, como la de Antonio Costa e Hijo (posteriormente Lázaro Costa) en Rioja 280 y la de J. Spallarossa y Hermano en Andes (Pte. José E. Uriburu) 347.
Aún no estaba en la esquina de Rivadavia y Callao la hoy añorada confitería "Del Molino", pero podríamos citar otras, como la de la estación Once de Septiembre, la de Urreta, en Belgrano 3000, "La Legal" en Cuyo (hoy Sarmiento) 1801, el café "O'Rondeman" de Humahuaca y Agüero, el café "Rivadavia" en Rivadavia y Rincón, que más tarde fue rebautizado con el nombre de café "De los Angelitos".
Tampoco podemos dejar de recordar la "Fonda del Cepo", situada en Bartolomé Mitre a media cuadra de la estación  Once, donde, al decir de Jorge A. Bossio, se comían sabrosos pucheros, anticipo de los que se degustarían  en "El Tropezón" de la avenida Callao. Otras fondas y otros cafés estaban repartidos por muchos otros lugares.
Abundaban los almacenes con  despacho de bebidas y Benarós recuerda un boliche de Cangallo y Ombú (hoy Pasteur) que en su interior, previendo el pechazo, tenía un cartel que rezaba: "Si las Casas Introductoras/ me fiaran las cuentitas/ yo también a mis amigos/ les fiaría las copitas..."
El barrio contaba con sucursales de Correos en Cangallo (Tte. Gral. Juan D. Perón) 1832, Centro América (avenida Pueyrredón) 13 y Corrientes 2922 y un crecido número de vecinos disponía de teléfono.
Pocos eran los entretenimientos. Excepción hecha del citado teatro "Doria", los vecinos sólo contaban con los espectáculos que brindaban los circos que ocasionalmente se instalaban en el barrio, como había acontecido con  el circo "Raffetto", que en el mes de julio de ese postrer año del siglo, había levantado su carpa en Belgrano entre Jujuy y Saavedra.
Los hombres podían concurrir a las tertulias de amigos que se  celebraban en los cafés o en los despachos de bebidas de los almacenes, donde los juegos de naipes y de dados o las conversaciones sobre temas de actualidad distraían sus ocios. No eran temas habituales de esas charlas el fútbol y el boxeo, que todavía se consideraban cosas de ingleses: en 1900 el equipo del English High's School, que más tarde se llamaría Alumni. había conquistado el campeonato argentino de fútbol de primera división. En las noches estivales, en tanto que las chicas ensayaban en las veredas suburbanas sus fideos-finos, las esquinitas, la gallina ciega,  los chicos jugaban al vigilante-ladrón, al rescate y al gorrión.

Salvo pocos lugares, tales como plaza Once (hoy plaza Miserere), las calles que circundaban el Abasto y el Spinetto y ciertas arterias principales, en el resto del barrio, sobre todo en el sur, la vida transcurría con un ritmo casi pueblerino. Las noches se poblaban de ladridos y el "clarín" del gallo madrugador anunciaba el amanecer.
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Imagen: Postal del Hospital San Roque (actual Ramos Mejía) en 1905.
Tomado de la revista Historias de la ciudad, Nº 49, diciembre de 2008.

"No quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad”


(De Gabriela Sharpe)

En el cementerio de la Recoleta habitan historias y leyendas de toda clase.  Es el lugar en el que los personajes que fueron protagonistas de nuestra historia, paradójicamente, nos revelan parte de su vida.
Esta es una historia plagada de amores y desamores, de silencios, de la rebeldía de una mujer del siglo XIX, que con su mutismo, quiso decir muchas cosas.
Salvador María del Carril y Tiburcia Domínguez, de ellos se trata, matrimonio de la alta sociedad porteña.  Él 46 años, ella apenas 17.
El mausoleo, una construcción majestuosa en la que se destaca un baldaquino, en forma de aguja coronada con la figura de Cronos, Dios del Tiempo, es toda una escenografía de una novela sin final feliz.  La belleza arquitectónica no puede, o no quiere, disimular los sentimientos encontrados.
Se lo ve a Salvador María del Carril, quien fuera vicepresidente durante el gobierno del general Urquiza, pero pasó a la historia por ser uno de los promotores del fusilamiento de Dorrego, sentado en un imponente sillón, dirigiendo su mirada hacia el horizonte y a sus espaldas una mujer.
Se trata de Tiburcia Domínguez, su mujer, representada por un sencillo busto, que refleja en su rostro energía, firmeza, convicción.
Cuenta la historia que Salvador María del Carril le reprochó a la joven esposa  su compulsión  a gastar.  Ella continuó como si escuchara llover, y siguió comprando todo aquella que le apetecía.
Él, enfurecido, optó por publicar en los diarios de la época una solicitada en la que dejaba bien en claro que no se haría  cargo de las deudas contraídas por su esposa.
Justamente, en ese punto, finalizó la historia de amor.  Ella decidió nunca más dirigirle la palabra. Y así, sin un sí, sin un no, el silencio matrimonial imperó durante 30 años.
En 1883 Salvador María del Carril fallece, y ella decide mandar a construir el majestuoso mausoleo, donde residen los restos.
En los años que le quedaron de vida, doña Tiburcia se dedicó a hacer lo que sabía hacer bien: gastar.
Así fue que mandó a construir un palacio en Lobos (provincia de Buenos Aires), y no reparó en gastos, Contaba con tres plantas, muchas habitaciones para huéspedes y además se dio el lujo de contratar al paisajista Carlos Thays para diseñar el parque.
Noches de fiestas, tertulias, reuniones sociales, joyas relucientes, brillos y esplendores varios.
Ella muere quince años después que su esposo y en su testamento dejó escrito: “no quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad”…
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Imagen: Busto de Tiburcia Domínguez en el mausoleo de Del Carril / Domínguez (Cementerio de la Recoleta).
Texto e ilustración tomados del sitio Buenos Aires Sos.

6 ene 2012

Los poetas porteños no usan corbata



(De Eugenio Mandrini)

Los poetas porteños son irreverentes, como los que roncan en los conciertos, estornudan en el minuto de silencio, se mueren de risa en los velorios, lloran en las fiestas, fuman en las iglesias, o bostezan en los discursos presidenciales.
Los poetas porteños tienen trastornado el corazón: aman a esas mujeres que trepadas a encabritados zapatones salen en las noches a desabrochar las penas de los hombres; aman a los melancólicos de todo, a los alegres de nunca, a los humillados de siempre; aman al pobre gato que no posee ni un miserable plato de gorrión, al suicida ahogado en océanos de uva barata, al mortecino oficinista que está por incendiar el escritorio, y al viejo ladrón en cuyo esqueleto no cabe un nuevo puñetazo de la ley. Y además me aman a mí, que nunca escribiré un poema a favor del oro, ni una línea elogiando a las estatuas mansas como pantuflas, ni una palabra que no tenga, al menos, el color de la lava líquida.
De la lengua de los poetas porteños salen voces como rosas de carbón, explosiones originales y tremendas como bombas dentro de una panera. Por ejemplo: a la Muerte le dicen “vieja reventada”; a Dios, “tío que nos desheredó”; al Demonio, “hermano de sangre”; a la Vida (si viene torcida), “grandísima turra”. A la calle, le dicen “mar de los tiburones”, y a los pechos de mujer, “almohadas para bienmorir”. A la noche, le dicen “madraza”; a Gardel, “Gilgamesh”; al agua, “óxido mortal”; al vino, “río bendito”; y a la nostalgia no le dicen nada, pero a veces le abren la puerta de la sábana para que ella entre y los colme.
Los poetas porteños son amantes diabólicos: se especializan en las viudas, a las que enamoran con tal ardor que en una noche, acaso en unas horas, ellas incendian su luto y bailan desnudas sobre las cenizas del difunto. Pero en general codician a toda mujer del prójimo, y también a aquéllas que todavía no fueron concebidas.
Los poetas porteños son malditos como los que abren las ventanas en invierno, o silban en los pasillos de los hospitales, o suben al escenario y roban la peluca del famoso cantante, o regalan bandoneones a los mancos y espejos cóncavos a los enanos. Tan malditos son que cuando atrapan a un fantasma, lo sueltan en los dormitorios de los matrimonios felices.
Los poetas porteños son incultos como aquel poeta lunfardo que escribió “campaneando un cacho’e sol en la vedera”, en vez del académico y refinado “visualizando un trozo de Febo en la vía pública”.
Los poetas porteños son espiantados porque se afeitan con un añico de botella de ginebra gastada entre mujeres de estridentes gemidos que un día los traicionarán. Y además porque en las noches abren las jaulas de las cárceles, hospicios y zoológicos, para que los inefables compañeros retocen enardecidos bajo los astros.
Los poetas porteños son el revés de las cosas. Son esas lunas que aúllan a la blanca redondez de los perros.
Los poetas porteños son populares como esas grutas llamadas baches, como goteras en resonantes palanganas, como yerba de anteayer, panes de anteayer o la última moneda de anteayer; son populares como las casas de lata que devora la inundación, las casas de madera que devora el incendio, y todas las casas que devora el desalojo; son populares como las dudas, los adioses, la Muerte, Dios, las plazas, los niños en las plazas, la indiferencia y la estupidez; son populares como los solitarios, como la sabiduría popular, como el zumbar de los mosquitos en la cama del verano, como los anticonceptivos, como el terror a la guerra nuclear, como las miradas furtivas, como derrumbarse en la silla con los huesos deshojados, y como la frase “cuándo será el día”.
Los poetas populares son simples como el pan en el diente, el agua en las manos, el caldo humaredoso hasta el techo, los diversos colores del vino, la baraja doblada. Simples como decir buenas noches y darse vuelta y soñar. Simples como un cuchillo desnudando una manzana. Simples como abrir una ventana y sentirse atrapado por el sol.
Los poetas porteños son tan cotidianos que se resfrían, pagan los impuestos como pacíficos zombies (pero con espuma en la boca), se lavan debajo del ombligo después de interpretar las escenas del amor, y arrojan veneno sobre las atroces manchas marrones que corretean por los zócalos. Tan cotidianos son como la melancolía (esa plaga), como el hambre en los platos agujereados, como la humedad en los huesos y el reuma en las paredes, o como el esgunfio de los lunes y los martes y los miércoles y.
Y como todos los poetas, si son verdaderos, llevan la Muerte consigo para siempre. Por eso le mienten con un golpe de truco, la duermen con un golpe de tinto, la desnudan con un golpe de viento, la violan con un golpe de furca, y la destronan con un golpe de estado que la lleve al paredón.
Alabados entonces sean ellos, con sus terribles dedos de papel de lija cuando acarician al pájaro esquivo de la palabra.
Alabados sean ellos, mis entrañados amigos, los poetas porteños, que no usan corbata para no colgarse de una acacia y arrugar con su balanceo la bella intemperie.
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Imagen: Escudo de la Ciudad de Buenos Aires (1649)
Tomado del sitio El muro/La guía cultural.

5 ene 2012

La viola del sabalaje


(De Jorge B. Rivera)

A su lira, "Poscimur. Si quid vacui..."
Horacio, Odas, I, 32.

Los reos me baten que te pulse, viola,
y si en mis noches de rana canfinflero
chamuyé con vos debutes pijerías,
quiero cantar ahora un canto grande
que haga palpitar el corazón del sabalaje.

 Vos, noble lira que pulsaron Gabino y Betinoti
entre las broncas fieras de la carne de leonera
y las puteadas roncas de los puntos de avería;
viola insigne del baile de Pepín y de la Vasca,
con perfume de la Rosa, la Balbina y la María;
viola a la gurda que punteó "La budinera",
"La chiflada", "Z Club", "El porteñito"
en las milongas shiomes de La Red y del Tarana;
viola gloriosa del pardo Canevari,
de Apolinario Aldana y de Luciano,
de los hermanos Ruiz y de Caprino,
de Antonio Rosetti y de Romero...

¡No te hagás la otaria, viola,
y batime el justo
del trovar pulentería!
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Ilustración: Guitarra criolla.

Pichuco no se fue



(De Roberto Díaz)

Ese hombre de manos como patios, feliz imagen que nos diera Horacio Ferrer, se fue de la ciudad un 18 de mayo.
¡Qué absurdo decir se fue! El Gordo, en realidad, nunca podrá irse, porque si él se va, nosotros estaremos, definitivamente, abolidos en el tiempo.
Uno dice: se fue porque ya no lo vemos con su figura extensa, sus ojitos de ángel, su papada cayendo en el éxtasis y esos dedos viajando por una Buenos Aires que es suya, total y musicalmente suya.
Uno dice: se fue y ¡qué mentira! Si el aire lo pronuncia a cada rato, si la garúa lo nombra, si cada rincón de la ciudad tiene un recuerdo que le pertenece…
El Gordo no se puede ir. Le está absolutamente prohibido intentar el “raje”; son millones de manos que lo aprisionan contra el pecho, que no le dejan levantar el vuelo.
Sus hilos lo retienen: La trampera, Responso, María, La última curda, Sur. Sus amigos lo tienen encerrado entre nostalgia y noche; todo un pueblo lo reclama vivo, gordo, tristón, genial, indispensable.
Y, por sobre todo, hay alguien que lo espera siempre, sentadito muy solo, abrigadito en pana, mudo y sordo a cualquiera que venga a seducirlo, a acariciarlo. Le pertenece por entero, es un cacho de corazón del Gordo, un fragmento importante de su alma, es parte de su fuego y de su  vino. El bandoneón, señores, no se entrega si no lo abraza el Gordo; no gime ni se exalta si no es entre los dedos de Pichuco.
Él lo inventó, él le sacó de adentro los mejores fantasmas, los sones turbulentos, el desvelo y la magia. Él lo hizo llorar o detenerse ensimismado, con los párpados bajos, inflamado y desinflando su ternura de viento, su mensaje a los hombres, su eternidad hecha tango.
El Gordo fue, señores. Por eso es que se queda. Que se cierre la puerta, que  cope la parada el silencio, la unción; que todo se resuelva en la penumbra, en la intimidad con uno mismo.
Pichuco está tocando todavía y seguirá tecleando mientras nos quede sangre, dolor, recuerdos por las cosas que se han  ido, ciudad y amor y todo, todo lo que nos hace únicos.
Buenos Aires no puede darse el lujo de dejar que se vaya a darle serenata a los ángeles, a reventar de genio todo el cielo. Pichuco es de la tierra y de esta tierra. Lo armaron con hollín, con cemento, con plazas, con hombres solos y muchachas tristes, con pájaros insólitos, con corazón abierto, con arterias de duende y madrugadas.
Pichuco no se fue. Nunca se irá. Por eso hoy lo abrazamos en el viento, lo despertamos para el desayuno, le contamos las cosas de la vida y, después, le decimos mirándolo a los ojos: Gordo, tocate un tango. Y el bandoneón, solito, se va quitando el abrigo de pana, se endulza lentamente mientras él va entornando los ojos, poniendo a punto el ronroneo…
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Imagen: Aníbal Troilo, dibujo de Hermenegildo Sábat.
Tomado del libro Crónicas para el desayuno de Roberto Díaz, Ediciones La ciudad, Avellaneda, Pcia. de Bs. As.,  1983.

3 ene 2012

De la mosca


(De Luis Alposta)

En el siglo III a. de C., cuando los romanos establecieron su primer taller de moneda, lo construyeron junto al templo de la diosa Juno Moneta, diosa ésta que, por una simple razón de vecindad, dio nombre a unos discos de oro, plata, cobre o estaño, que por aquellos años significaban cuantas ovejas, toros o pieles estaban en circulación. Así nació el vocablo "moneta" o moneda. ¡La moneda! La que según un viejo refrán, "si se la hizo redonda para que ruede, también se la hizo plana, para que quede".
Pero vayamos ya a lo nuestro y recordemos la fecha en que nos decidimos a acuñar moneda propia por primera vez. ¡Fue el martes 13 de abril de 1813! Algo que, más que una fecha, parece ser un destino. Ese mismo año también habría de hacer su aparición, entre nosotros, el papel moneda. El Gobierno solicitó, entonces, un préstamo de quinientos mil pesos a un grupo de capitalistas, y al no poder saldar la deuda dentro del plazo establecido, aquellos pagarés firmados comenzaron a circular como vales, para terminar dando origen al billete de banco.
Y ahora, entre las muchas voces populares que utilizamos para designar al dinero, recordemos una que alude a la velocidad de circulación y a la fugaz permanencia del mismo en una mano para pasar a otra.
Mosca (del latín: musca) f. Insecto díptero, y que en el español familiar significa también moneda corriente.
Éste es un término que ya lo utilizaba Quevedo, y la alusión al tiempo que puede permanecer una mosca en nuestra mano creo que es clara.
Y digamos de paso, que cuando la mosca es mucha y es fácil, pasa a ser la "mosca loca".
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Imagen: Una de la primeras monedas acuñadas en el año 1813.
Del libro Mosaicos porteños de L. A., Marcelo Héctor Oliveri editor, Bs. As., 2005

2 ene 2012

Las chicas grandes de Divito


(De Juan Sasturain)

En 2009 se cumplieron cuarenta años de la muerte del dibujante Guillermo Divito. Fue en el invierno del 69, en un accidente de autos, en Brasil. Tenía nada más que 57. La revista que fue su creación absoluta y con la cual siempre se lo identificó, Rico Tipo, apenas lo sobrevivió dos o tres años más. Y está bien que haya sido así: para los setenta el humor era otro, el país era otro, el mundo era otro. Sólo las minas seguían ahí, pero ya no estaba él para hacerles su homenaje en vivo y en dibujado.
Divito es, en la historia del riquísimo humor gráfico argentino, en muchos aspectos –basta comparar las firmas, nomás– la antítesis de Dante Quinterno, el talentoso y laborioso autor de Patoruzú, el fundador del imperio editorial subsecuente. O acaso sea su complemento, si se quiere. O mejor aún: su “otro yo”, para utilizar una expresión que define a su personaje emblemático: El Doctor Merengue. Esa me gusta más: imaginarme a Divito como el otro yo de Quinterno, el lado desfachatado del humorista conservador.
Porque cuando en 1944, con algo más de treinta años, Divito se va de Patoruzú –donde había creado, entre otras tiras y muchos humor unitario, a Oscar, dientes de leche, un sintomático tigre de aspecto feroz pero manso y juguetón– no es para hacer lo mismo y mejor sino para hacer otra cosa, lo que se supone “no podía hacer” –la leyenda habla de una discusión sobre la altura de las polleras femeninas– en el sistema del humor de Patoruzú. Divito en Rico Tipo hará lo que Quinterno no (se) permite. Y tendrá un éxito inmediato y enorme. Llegó a vender 350 mil (sic) ejemplares semanales.
Obturada por el régimen peronista la posibilidad del humor político –que no estaba, además, precisamente entre las inquietudes de Divito– el rasgo diferencial, la novedad de Rico Tipo, será la transgresión, la osadía. Un costumbrismo más zafado y grotesco. Es –en comparación con la otra competidora y con las tiras de la última página de La Razón– una revista picaresca, con dibujos y chistes no aptos para toda la familia sino escrita y dibujada en códigos de humor adulto y masculino. Dentro de las convenciones de la época, claro. Algo así como el teatro de revistas en que Adolfo Stray monologaba y Nélida Roca se paseaba con pocas plumas.
Urbana, además. Incluso absolutamente porteña y moderna (en tanto actual), en el registro de tipos, modas, decires y costumbres. No es casual que Calé –Buenos Aires en camiseta– y la dupla Oski-César Bruto hayan encontrado su domicilio creativo ahí. Y otros tantos. Pero será gracias al espíritu de Divito que hay en la revista cierta incorrecta o casi cínica desmesura que va más allá de la audacia para encarar/mencionar temas tabú. Rico Tipo será incisiva y reveladora desde el desprejuicio. Porque más allá de la superficial osadía, el tema recurrente de Divito es –en realidad– otro: la apariencia, la dualidad, la oposición entre lo manifiesto y lo oculto o verdadero. De Santis y Romano, en distintos momentos y aproximaciones, lo han señalado mejor. Así, aunque el mecanismo casi único del humor de la época (de mediados de los cuarenta hasta los avanzados cincuenta) en las tiras de historietas autoconclusivas son los personajes con un rasgo dominante, fijo, que reaccionan una y otra vez según esa cualidad –de Avivato y Ramona a Bólido y Ventajita, entre decenas– y mientras los personajes de las tiras de Lino Palacio o de la revista de Quinterno son lo que parecen; los de Divito –excepto el simple y literal Bómbolo– en general, no lo son. Además, cuando hay un solo rasgo, es para casi celebrar la incorrección: la incontinente Pochita Morfoni, la siempre perversa Gracielita.
Por eso los más ricos personajes de Divito son otros. El freudiano Dr. Merengue –Quinterno sólo se había permitido, en El fantasma Benito, la espontaneidad transgresora puesta “afuera”– con su desaforado otro yo eternamente recubierto por capas y capas de formalidad; el despreciable Fallutelli, una auténtica basura moral, personaje abyecto, servil y emergente “necesario”, funcional a la economía del perverso universo cerrado moderno, la oficina. Y Fúlmine, el correcto bienintencionado que trae –con su sempiterno y agorero paraguas– la catástrofe.
Todo el fenómeno Divito –la revista, el humor, incluso la moda que propone y genera– se concentra casi simbólicamente en las Chicas, dibujadas y concebidas por y para el deseo. Las Chicas de –y no “por”– Divito, que así se las nombró siempre, son el símbolo y la marca de fábrica de Rico Tipo. En su cuadro semanal no hacen nada, simplemente están ahí, cada vez más monstruosamente estilizadas, altísimas y curvilíneas, maniquíes, pretextos para una moda fantástica que las desvista hasta donde se pueda. Siempre sonrientes, puro ojos, piernas interminables y cintura mínima, comentan desde el ocio y con despreocupada malicia las torpezas e ingenuidades de novios y pretendientes; ironizan con liviana ferocidad entre sí.
Descomunales, inaccesibles –para el hombre como conquista, para las mujeres como ideal–, huecas, frívolas y eternamente dominantes, conscientes o no de su poder absoluto, las mujeres/chicas de Divito no hacen nada, sólo se muestran para ser miradas y admiradas, como las modelos de hoy. No existen; son la fantasía masculina que combina la opulencia de formas con los lugares más comunes del “eterno femenino”.
El hedonismo aparatoso de Divito, la construcción de su propio y sonriente personaje público, esa voracidad atropellada de vida contrarreloj –soltería empedernida, autos, pilchas, mujeres, la noche y los viajes– contrasta con el perfil laborioso, recatado, de Quinterno.
El éxito empresarial de Rico Tipo, el dinero y la fama, harán que también Divito, como el autor de Patoruzú, derive sus creaciones, conciba personajes y los entregue –sin dejar de firmarlos– a sus colaboradores. Pero Divito no aspira a fundar un imperio y devenir empresario de tiempo completo sino a disfrutar lo obtenido, y a su manera: morirá en el amado Brasil, volviendo de vacaciones y bien tostado, incrustando su Fiat rojo descapotable contra un camión. En su ley.
Lo mejor del velorio fueron los amigos y las chicas
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Foto: Guillermo “Willy” Divito.
Tomado del blog: Lápiz y Papel.

Los viejos árboles porteños


(De Luis Alberto Ballester)

Buenos Aires también es una ciudad vegetal, atravesada por la dicha de antiguos árboles. Crecen como presencias sacras, y su idioma es el de un intenso silencio expresivo, el del viento que tintinea entre las hojas o que germina un susurro que cae de lo alto y triunfa en la gruta atardecida de los árboles.
Se elevan exactamente piadosos, sabios y hospitalarios, y ése es su ejemplo. Han desechado el orgullo, y son sencillos, casi atemporales. Enlazan lo profundo con el reino de la superficie, y potentes se empinan hacia las alturas, unen  las tres zonas en una sola área sagrada, configuran una escala cósmica que anula la tragedia de los opuestos.
Buenos Aires está recorrida por el callado lirismo de los árboles. El hombre recibe su amistad, escucha los secretos que manan, oye la brisa que se despierta al llegar el crepúsculo a sus copas. Y una felicidad creciente lo invade, como si de nuevo lo amparase el paraíso fugaz de su infancia.
En la avenida Manuel Quintana y Junín, en la Plaza Recoleta, se destaca un viejo gomero surcado por un encaje de venas que laten bajo la alegría de los días. Fue plantado por el agrónomo Martín José de Altolaguirre, cuya quinta se dilataba cerca de la Recoleta. El cáñamo y el lino fluían en las siestas amigables sombras, que caía fútiles sobre Belgrano y Altolaguirre, quienes juntos emprendían por la quinta largos paseos metafísicos.
En la Plaza Rivadavia, que se extiende en Caballito sobre un fragmento de la quinta Lezica, murmura aún un ombú irónico y sabio. Contempló el girar del tiempo, el apagarse y encenderse de numerosas vidas, el fulgor de las estrellas de verano sobre los vidrios de la antigua casa patriarcal. Y en la noria, que todavía se yergue en la plaza, los sollozos de un espectro lunar, que aún gime por las alamedas.
Un gomero, victorioso, que roza la plenitud de lo angélico, madura en la Plaza Lavalle. Tiene más de cuatrocientos años de antigüedad. Proyecta una sombra beata, un círculo religioso sobre los hombres que descansan. Manso, misericordioso, sencillo, como una plegaria en su murmullo, y al escucharlo huye el dolor y la serenidad tranquiliza nuestra alma. Sus raíces sobresalen como un laberinto y se aferran a la tierra y parecen querer trepar al cielo. Las ramas de un ombú próximo caen deliciosamente hacia el suelo en un movimiento prolongado, imperceptible, y voces antiguas ríen en sus hojas y de nuevo, bajo su sombra, nace el amor en los ojos de los hombres.
Somos, en estos instantes, el cielo amplio, el viento y la distancia y la savia y el misterio, pero sobre todo el dios dormido que yace en nosotros y de pronto despierta.
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Imagen: El gomero de la Recoleta.
Tomado del libro Revelación de Buenos Aires de L. A. B.; Torres Agüero editor, Bs. As., 1985.

24 dic 2011

Cementerios en Belgrano


(De Silvia Vardé)

El 6 de diciembre de 1855, el gobierno de la provincia de Buenos Aires aprueba el proyecto del trazado del nuevo pueblo de Belgrano, que fuera presentado por el Departamento Topográfico y  realizado por el ingeniero Saturnino Salas.
En dicho proyecto figuraban la superficie de la población, las calles con sus respectivos nombres y otras importantes disposiciones para el futuro pueblo. Con respecto al cementerio, en un párrafo del documento establecía: “En cuanto al sitio en que deberá establecerse el Cementerio, que más adelante pueda llegar a ser muy necesario, proveerá ulteriormente la Municipalidad”.
La instalación del primer cementerio que tuvo el pueblo de Belgrano estuvo muy ligada a la construcción de la parroquia de la Inmaculada Concepción, ya que cuando la Comisión Municipal solicitó al Obispado de Buenos Aires la creación de la misma, debió cumplir uno de los requisitos necesarios que era la creación de un camposanto.
El 21 de enero de 1860 la Municipalidad comunicó al Obispado de Buenos Aires que ya había finalizado la construcción del cementerio y que éste estaba ubicado donde actualmente se halla la manzana de forma irregular delimitada por las actuales calles Blanco Encalada, Zapiola, Monroe y avenida Ricardo Balbín; cabe señalar que el mismo estuvo habilitado hasta 1875.
El 11 de marzo de 1871 con el objeto de instituir un nuevo cementerio, el gobierno de la provincia de Buenos Aires dispuso por decreto que el Juez de Paz de  Belgrano procediera a conceder los terrenos de la Chacarita de los Colegiales, que se hallaban bajo la jurisdicción de dicho partido.
El motivo de dicho pedido residía en la urgencia de habilitar un nuevo enterratorio ya que los existentes en la Ciudad de Buenos Aires habían sido clausurados por encontrarse colmados a raíz de la epidemia de fiebre amarilla que devastó a la ciudad en los primeros meses de ese año.
El 5 de agosto de 1874 la Municipalidad del pueblo de Belgrano creó una comisión compuesta por el cura párroco Diego Miller, el doctor Tarnassi, el señor. Policarpo Mom, el arquitecto Buschiazzo y el señor Vicente Pardo con el fin de que se procediera a la construcción de un nuevo cementerio. Poco tiempo después, ésta cumplió su cometido y el cementerio fue establecido en el lugar donde se encuentra actualmente la plaza Marcos Sastre, delimitada por las calles Monroe, Miller, Valdenegro y las vías del  FF.CC.  Mitre.
Al mismo se ingresaba por un gran portón de hierro ubicado sobre la avenida Monroe; desde allí partía la calle central amplia y pavimentada  en cuyos fondos, junto a las vías del ferrocarril había un banco debajo de un ombú donde los concurrentes solían reposar bajo su sombra. A  ambos lados de la calle principal se levantaban las bóvedas que sumarían quince en total.
El 26 de marzo de 1898 por ordenanza municipal fue clausurado el cementerio de Belgrano; el mismo permaneció varios años semiabandonado hasta que, el 28 de noviembre de 1919, fue dispuesta su total desocupación, la cual finalizó en 1922.
Los propietarios de las bóvedas firmaron un convenio con la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires –ad referéndum– por el cual permutaban las sepulturas y sepulcros del cementerio de Belgrano por otras en el Cementerio del Oeste.
Años más tarde por decreto municipal Nº 5003/1946 la manzana que ocupaba el cementerio de Belgrano o cementerio De Miller, como familiarmente lo llamaban los vecinos, fue destinada a plaza pública denominada Marcos Sastre debido a que sus restos originariamente descansaron en la bóveda de la familia Sagasta Isla ubicada  en ese lugar.
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Imagen: Entrada al cementerio de Belgrano también llamado cementerio de Miller, ubicado en lo que hoy es la plaza Marcos Sastre.
Tomado del sitio diariodebelgrano.com

23 dic 2011

Dios, sueños y filosofía


(De Haydée Breslav)

En la década del 60, sentados a la mesa de un bar, seguramente de Corrientes, varios jóvenes con veleidades literarias discutían a quién le correspondía el título de “poeta de Buenos Aires”. Uno mencionó a Borges; otro, a Tuñón; un tercero, a Fernández Moreno. Las voces se exaltaban y llegaban hasta las mesas vecinas; desde una de ellas, un hombre que para los discutidores sería viejo, escuchaba en silencio. Terminó su ginebra y pagó; al encaminarse hacia la puerta, se paró ante los jóvenes y les dijo: “El poeta de Buenos Aires es Discépolo”.
Osvaldo Pellettieri señaló que nunca nombró a la ciudad en sus tangos; sin embargo, varios de ellos han sido consagrados como verdaderos himnos extraoficiales por los porteños, quienes tienen a la llamada filosofía discepoliana como un compendio de duras verdades largamente probadas a través de sucesivas experiencias. Porque, como nos comentó Rubén Derlis, “más que poeta [Discépolo] es un filósofo que escribe en verso y después le pone música a lo que piensa”.
La mordacidad, el desenfado y la desesperanza, características que conformaron su filosofía, aparecen por primera vez en Qué vachaché, escrito en 1926. “El público no comprendía esa letra, en la cual la mujer ambiciosa critica a su noble y desinteresado esposo; nadie podía entender que ese discurso debía ser interpretado como su propia crítica”, refiere Roberto Selles.
A ese tango siguieron Esta noche me emborracho, Chorra, Yira… yira… y muchos otros, donde Discépolo se vale de la ironía, la paradoja y la sátira social para contar las pequeñas y grandes miserias de los habitantes de una urbe en pleno proceso de corrupción. Algunos creyeron ver que en esos tangos “se exaltaba peligrosamente la filosofía cínica de los amorales”, sin entender que constituían una suerte de conciencia callejera que estigmatizaba, en clave grotesca, el doble discurso de la moral dominante, tanto pública como privada. De ahí su bien ganada popularidad, su actualidad permanente.
Sólo otros poetas como Manzi,  Cátulo Castillo, Troilo –lo nombro a propósito– y más tarde Santoro, comprendieron que Discépolo se hería a sí mismo cuando revolcaba en el barro a sus personajes; el sarcasmo era la contracara del íntimo sufrimiento de un hombre que supo interpretar como ninguno los sentimientos de un pueblo al que –como definió otro poeta, Oscar García– siempre le han durado muy poco las alegrías.    

EL SENTIMIENTO RELIGIOSO
“Qué vachaché, si ya murió el criterio / vale Jesús lo mismo que el ladrón”. Al equiparar a Cristo con su compañero de calvario, los dos últimos versos de Qué vachaché inician una serie de expresiones que, a través de distintos tangos, revelan el profundo (y atormentado) sentimiento religioso de Discépolo.
No encontramos en el género, ni en la poesía (denominada) culta de Buenos Aires, manifestaciones de una religiosidad tan intensa –es conocido el agnosticismo de muchos de nuestros mejores poetas– a excepción de Francisco Luis Bernárdez, cuya obra refleja una fe serena y sin fisuras. En cambio, Discépolo siente que Dios se aleja de él, y lo desgarra el conflicto entre los preceptos divinos y las conductas humanas. En uno de sus mejores tangos, apostrofa al Todopoderoso (“Aullando entre relámpagos / perdido en la tormenta / de mi noche interminable ¡Dios! / busco tu nombre”, Tormenta); en otro, y en un verso terrible en su sencillez –y que mucho impresionó a Sabato, quien lo incluyó en Sobre héroes y tumbas– cuestiona la ausencia divina (“¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?”, Canción desesperada).
En la torturada espiritualidad del poeta, Dios sólo se manifiesta a través del castigo, capaz de inspirar pasiones tan violentas como desdichadas (“Quién sos, que no puedo salvarme / muñeca maldita, castigo de Dios”, Secreto); (“…qué castigo de Dios / me condenó al horror / de que seas vos / vos solamente, sólo vos / nadie en la vida más que vos / lo que deseo”, Martirio).
Y no vacila en achacarle su propio resentimiento y su particular venganza (“Perdóname, si es Dios / quien quiso castigarte al fin”, Sin palabras, con música de Mariano Mores).

LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON
“Las agonías que son se derivan de los éxtasis que pudieron haber sido”, escribió Edgar Poe, de quien dijo Raúl González Tuñón que “bebía ¿para olvidar? cuando aún no existían las letras de los tangos tristes”
Como no podía ser de otra manera, varios de ellos se han referido a la tristeza que emana de la brecha abierta entre los sueños y la realidad; destacamos el notable Sueño querido, de Mario Battistella, con música de Ángel Maffia. Pero sólo Discépolo (junto con el Cátulo Castillo de La última curda) logró hacerlo con la intensidad que la aseveración de Poe merece; en sus tangos más dramáticos, esa brecha es una fosa donde queda sepultado el sentido de la existencia (“La vida es tumba de ensueños / con cruces que, abiertas, / preguntan... ¿pa' qué?”, Desencanto).
Sin embargo, en Cafetín de Buenos Aires –que tiene música de Mores–, la fe en los sueños forma parte de la conquista iniciática: “Ya de muchacho me diste entre asombros, / el cigarrillo, la fe en mis sueños / y una esperanza de amor"). Dicho sea de paso, en 1949 el subsecretario de Cultura, Antonio Castro, intentó prohibir este tango porque consideró alarmante la primera cuarteta de la segunda parte (“Cómo olvidarte en esta queja / cafetín de Buenos Aires / si sos lo único en la vida / que se pareció a mi vieja”). El indignado funcionario así fundamentó su iniciativa: “Es inadmisible que dentro o fuera del país se pueda suponer que exista un argentino que lo único que halla para compararlo con su madre sea un cafetín”.
Fe, esperanzas y sueños vuelven a aparecer al principio de Uno (ese hermoso tango, también con música de Mores, que ha sido objeto de abuso por parte de tantos malos cantantes) para guiar al protagonista en lo que puede considerarse como una original descripción de la utopía (“Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños / prometieron a sus ansias... / Sabe que la lucha es cruel y es mucha / pero lucha y se desangra / por la fe que lo empecina”).

EL FINAL DE LA UTOPÍA
¿Qué fue lo que pasó para que, en Alma de bandoneón, el protagonista compartiera su frustración con el fuelle? (“Igual que vos soñé / igual que vos viví / sin alcanzar mi ambición”).
¿Quién fue el culpable de que los sueños no se hubieran cumplido? ¿Acaso el amor? (“¿Por qué me enseñaron a amar / si es volcar sin sentido los sueños al mar", Canción desesperada).
¿O tal vez esa masa sin identidad pero con malevolencia, llamada “la gente”? (“La gente es brutal y odia siempre al que sueña / lo burla y con risas desdeña su intento mejor”, Infamia).
El amor y la gente son dos de las tres esperanzas (fallidas) que dan título a otro tango (la tercera es la madre, que murió). Paradójicamente, se trata del más desesperanzado de cuantos compuso; el lenguaje es desnudo, como corresponde a la dureza del tema, expuesto al principio como un diálogo entre un hombre y su alma.
Aquí es el protagonista quien, en una mirada retrospectiva, se ríe de sus propios sueños (“Me he vuelto pa' mirar / y el pasao me ha hecho reír... / ¡Las cosas que he soñao! / ¡Me cache en dié, qué gil!”). Esta es siempre mala señal, pues si al que ríe le ha ido bien, quiere decir que traicionó sus sueños, lo que entraña ruindad; y si le ha ido mal –como en este caso– significa que los abandonó, y eso es desesperación.
Sintiéndose defraudado por aquellos en quienes depositó sus esperanzas (la muerte puede considerarse una especie de traición) sólo quiere dormir sin sueños. “Nos miramos con pena / durmiendo sin soñar; / nos ha engañado el sueño, / ya no soñamos más”, expresó Ezequiel Martínez Estrada en su delicado poema “El mate”.
La idea de Discépolo es otra: “Cachá el bufoso, y chau... / vamo´ a dormir”.
Acaso por haber muerto tan joven, no llegó a trocar el dolor en melancolía; pero su agudo sentido de la observación le hizo notar que nadie está exento de que, en algún momento de la vida, la realidad se le presente como una imagen distorsionada de sus sueños, similar a la que devuelven los espejos deformantes.
La historia que cuenta Quien más... quien menos... (un hombre sorprende a una antigua novia haciendo striptease en un cabaret) ha perdido actualidad; incluso, otros la desarrollaron mejor. Pero el tango resuelve en dos versos que confirman la opinión de Roberto Díaz en el sentido de que Discépolo “era un arquitecto de las palabras, un tipo que podía pasarse un año buscando la que más le convenía para expresar sus conceptos”.
Son dos versos que recuerdan al Mozart asesinado de Saint-Éxupéry; dos versos que ponen de manifiesto, con poética síntesis, la frustración material y espiritual que esta sociedad produce en sus miembros:

“Quien más... quien menos... pa´mal comer / somos la mueca de lo que soñamos ser”.
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Fotografía: Enrique Santos Discépolo.
Nota tomada del periódico Trascartón, diciembre 2011.

21 dic 2011

El “Hueco de los Sauces” y un papel para la historia


(De Ricardo M. Llanes)

Algunos de los numerosos baldíos que el gobierno de la ciudad (primero el Cabildo y después la Corporación municipal) transformaría en plazas públicas, no fueron más que huecos no desprovistos de arbolado, y en los cuales por lo general se contaba con lo sombroso del ombú. Es de creer, entonces, que en el perímetro abarcado por la plaza Garay el sauce se vería en número mayor, ya que el lugar era conocido como el “Hueco de los Sauces”, designación ésta que se comprueba en el plano catastral que diseñara el cartógrafo José María Manso en el año 1817, dejando ver que los propietarios vecinos más cercanos al hueco se llaman Tomás Rocamora y José Sandoval. Medio siglo más tarde, en el plano topográfico de la ciudad de Buenos Aires, año 1867, el hueco ha desaparecido, pues el terreno ha quedado convertido en la plaza que nombran 29 de Noviembre; denominativo que años más tarde es sustituido por el de Bolívar. Respecto de ella dice el Censo Municipal de Buenos Aires, tomo I, levantado en 1887: “Plaza Bolívar, con superficie de 15.832 metros cuadrados. Tiene hermosos jardines de estilo inglés. Hasta hace poco se llamaba Plaza 29 de Noviembre”. Digamos nosotros que desde el año 1905 lleva el nombre de Garay, como la calle que encuadra su rectángulo por el lado sur.

UN PAPEL PARA LA HISTORIA
El documento que se escribe y se firma en dicho hueco la tarde del 3 de febrero de 1852, ha de conferirle a este lugar el indiscutible reconocimiento de que fue escenario del acto final que representará don Juan Manuel de Rosas. Aquí, dentro del Hueco de los Sauces, donde dio resuello al pingo de su último galope en suelo argentino, selló de su puño y letra la seguridad de su derrota al enviar a la Honorable Legislatura, su renuncia de gobernador de Buenos Aires. En este punto dejemos que nos ilustre Manuel Gálvez, el notable novelador histórico desaparecido: “A caballo, acompañado de su asistente, Lorenzo López, llega al Hueco de los Sauces, lugar del suroeste de la ciudad. Se apea, y bajo un árbol y sobre su rodilla, escribe con lápiz su renuncia, en un papel que le alcanza su asistente. Él mismo saca una copia. Monta de nuevo, disimúlase con el poncho y el gorrete del asistente, y se dirige, no a su casa, sino a la del encargado de Negocios de Inglaterra, Roberto Gore (1). He aquí reproducidas las últimas palabras que escribiera en Buenos Aires el general don Juan Manuel de Rosas: “Señores Representantes: Creo haber llenado mi deber como todos los señores representantes, nuestros conciudadanos, los verdaderos federales y mis compañeros de armas. Si más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, en nuestra integridad y nuestro honor, es porque no hemos podido. Permitidme, Honorables Representantes, que al despedirme de vosotros reitere el profundo agradecimiento con que os abrazo tiernamente y ruego a Dios por la gloria de V. H., de todos y cada uno de vosotros. Herido en la mano derecha y en el campo, perdonad que escriba con lápiz esta nota y de una letra trabajosa. Dios guarde a V. H.”.
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(1) Vida de don Juan Manuel de Rosas, Librería Editorial El Ateneo, año 1942.

Imagen: Plaza Garay en el año 1940.
Tomado del libro de R. M. Llanes: Antiguas plazas de la ciudad de Buenos Aires, Cuadernos de Buenos Aires, Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, 1977.

20 dic 2011

Las ciudades de cielo y nuevo barro


(De Guillermo Sosa)

Las nuevas corrientes arquitectónicas ya hablan del “Cemento Clasista” , algo así como ir colocando a la vista de millones de habitantes locales y turistas cómo las grandes ciudades se van construyendo de una manera que –nunca visto antes– la opulencia y la pobreza se cercan una a otra, y sus muros de contención son estaciones de trenes, grandes avenidas, algunos accidentes geográficos, muros, alambrados con puntas de púas o simplemente las fuerzas de “seguridad”, que van de acuerdos en acuerdos para que ningún negocio decaiga por culpa de la necesidad humana de comer, vestirse o trabajar, y que lleva a entremezclar morochos/as con blancos turistas o habitantes de grandes nuevas torres de la ciudad de Buenos Aires. Algo que no queda bien, ¿vio?
Los pobres con los pobres, los ricos o camino a ricos con ellos mismos.
Lo nuevo que ahora están allí, pegaditos, a la vista, cerquita, casi se rozan. Unos (las torres al cielo) con una mirada discriminatoria hacia sus vecinos. Los otros (trabajadores, desocupados, casas sin revoques), también ven, olfatean y de noche van a la búsqueda de sus sobras. No todos.
También ocurre lo mismo en  Sao Pablo, Río de Janeiro, Medellín o Estambul.
Las villas (se quintuplicaron en una década, según el INDEC) de Capital Federal se construyen con cemento, cal, arena y ladrillos. Ya no más cartón.
Si Macri (Mauricio) u otro gobernador de turno, quisieran  correr a sus casi 300.000 habitantes, deberían declarar algo así como....una guerra.
Las torres con vista al cielo, con la misma base material que las villas, no pararon de crecer, en Caballito, Boedo o Puero Madero.
Según la socióloga Susana Torrado “las clases medias tienden a precarizarse o a ser el nuevo sector alto de la ciudad”.
La “histórica clase media de los 60y 70 está en vía de extinción”.
“Los que se quedan en el medio siempre pierden, les pegan de los dos lados”, diría el escritor Osvaldo Ardizzone.
Los datos más conservadores señalan que en 2025 cerca de un millón de sectores bajos y desclasados estarán en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.  Los datos más conservadores también dicen que para esa fecha habrá el triple de edificaciones de más de 30 pisos en Palermo, Caballito, Barracas, Costanera Sur y Boedo.
“Los barrios, sus culturas, formas de relacionarse tienden a desaparecer en las nuevas metrópolis. No hay determinaciones políticas para que ellos permanezcan. Para las constructoras la historia pasada no es negocio. Para la pobreza, que se extiende, la ciudad tiene más rendijas para sobrevivir que Chascomús o San Andrés de Giles”, señala Daniel Mercado, sociólogo.
En la década de los 90 se habló del “choque de culturas”, refiriéndose a las guerras entre Occidente y Oriente. Ello ahora ocurre en las ciudades.
Con tres migraciones: 1) Una interna del país de pertenencia, 2) las que proceden de los países limítrofes y 3) la de los turistas. Una especie de mochileros de aviones con euros y dólares. Tan necesarios para cualquier Estado.
En Europa, a los africanos los devuelven y depositan en el mar.
En Francia, de vez en cuando un disparo da en la nuca de un marroquí o nigeriano. Luego millares de autos arden bajo la ideas de “justicia por propias manos”.
En Latinoamérica se va conformando el “Cemento Clasista”.
Los countries van desapareciendo en Colombia y Brasil, y ahora en el Gran Buenos Aires vienen a descubrir que quienes cuidan a sus habitantes son los propios ladrones. Esos futuros (o viejos) “caceroleros”, se vuelven a los edificios torres. Primero: lagos, cancha de golf y casas. Ahora una huida hacia el cielo.
Mientras: cal, cemento, arena y ladrillo le dan fortaleza al más débil.
Saben que algún día vendrán por ellos. Saben que entonces habrá guerra. Aunque suene fuerte.
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Imagen: La Villa 31 contra  un fondo de modernos edificios (Foto de mundovilla.com).
Texto tomado de la página web buenos aires sos.

19 dic 2011

Centenera y Cruz


(De Eduardo Semán)

Terraplén.
Las rodillas más sucias de la tarde
saludando a aquel tren,
y su incienso de hollín
bautizando
los diez primeros años.
Frontera de esperanzas
y aventuras...
Terraplén.
Una lata vacía era un navío,
y una caña se volvía pájaro
con la piel de papel
que hacíamos volar
con la primera
lección de paciencia.
¡Qué lejos estás hoy,
terraplén!
Y la novia... Una niña
descifrando los versos en papel Canson.
Nos vinimos al Centro,
y empilchados,
a gastar tabaco e ilusiones.
Y el hollín más oscuro de mil noches
nos devolvió a tu magia,
terraplén.
Con el alma manchada y otra tarde,
y la ausencia
después...
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Imagen: Escudo del barrio de Nueva Pompeya.