10 jul 2012

Agustín Magaldi: la lágrima y la protesta



(De Haydée  Breslav)

Como sucede con otras figuras representativas de nuestro tango, no es posible determinar con exactitud las coordenadas de su nacimiento. Algunos las ubican en Rosario y en 1906; otros, en la también santafesina Casilda, en 1901; otros, en fin, fijan la misma ciudad pero corren el año a 1900, o a 1898. Cuentan que tuvo un hermano que murió antes que él naciera, y cuyo nombre llevó; el hecho, digno de los tangos que lo hicieron famoso, contribuye a la imprecisión de su biografía.
Quienes se ocuparon de ella dicen que sus padres, inmigrantes italianos, le infundieron el amor al canto lírico, y que estudió con Nicola Mignona, quien había llegado a Rosario en una gira de Enrico Caruso, en cuya compañía se desempeñaba como maestro sustituto. En esa ciudad, el joven Agustín integró distintos dúos vocales que no alcanzaron demasiada trascendencia.
Son imprecisas también las circunstancias de su llegada a Buenos Aires, donde en 1924 hizo su debut radial a instancias de la popular cancionista Rosita Quiroga, con quien grabó dos discos poco después. Los directivos de la empresa consideraron oportuno que siguiera grabando con una segunda voz masculina; el guitarrista Enrique Maciel le aconsejó que escuchara a Pedro Noda, y así se formó una de las duplas más significativas de nuestro canto.
El dúo Magaldi-Noda alcanzó rápida y enorme popularidad, que con el correr del tiempo se consolidó a través de actuaciones, presentaciones en radio y grabaciones. Es importante mencionar que el repertorio no estaba consagrado por entero al tango sino que se componía asimismo de otros ritmos nuestros, como zambas, cuecas, valsecitos criollos, chacareras, gatos y estilos.
En opinión del poeta Diego Holzer, Magaldi “sintió la influencia y fue la continuación de los payadores, verdaderos referentes sociales de la época. Era un cantor nacional, como les decían a los que recorrían el país pueblo a pueblo cantando no sólo tangos, sino también zambas, estilos y otras expresiones folclóricas”.
Destacado melodista devenido en prolífico compositor, produjo con Noda primero y solo después unas setenta piezas. A fines de 1935, luego de la participación que ambos cumplieron en la película “Monte criollo”, Magaldi se desvinculó de Noda pero no del éxito, que lo acompañó también en su trayectoria como solista.
Vale la pena recordar que por entonces llegó a Buenos Aires de la mano de Magaldi una muy joven aspirante a actriz llamada Evita Duarte. La relación que los unió fue calificada de amistosa por unos y de sentimental por otros, quienes citan en su apoyo el vals “Quién eres tú”, que le habría inspirado al cantor la mujer que tres lustros después sería consagrada en vida Jefa Espiritual de la Nación.
Cuentan que Magaldi comenzó a sufrir malestares cada vez más frecuentes e intensos a los que, inexplicablemente, intentaba hacer caso omiso. El 17 de agosto de 1938, después de una exigente actuación radial, sufrió una descompensación brusca que se atribuyó a una afección previa del aparato digestivo. Internado en el sanatorio Otamendi, fue intervenido quirúrgicamente. Murió en el posoperatorio veintiún días después.

EL ESTILO
Magaldi poseía una caudalosa voz de barítono atenorado, con mucha llegada a los agudos, gran riqueza armónica y dotada de un vibrato natural. A estas notables condiciones innatas unía una técnica refinada, que seguramente debía a las enseñanzas del maestro Mignona.
Uno de los más respetados cantores de hoy, Reynaldo Martín, precisa: “Utilizaba mucho el falsete para hacer las notas más agudas y así acomodarse a la modalidad de la época, en que deslumbraban los tenores líricos y todos los cantores iban muy arriba”.
A favor de esas cualidades, Magaldi desarrolló un estilo interpretativo ajeno a la reciedumbre y sobriedad del arquetipo gardeliano; se armó para ello de un repertorio que abundaba en elementos melodramáticos y no desdeñó apelar a la emoción lacrimosa. Sus tangos, al decir del poeta Osvaldo Rossler, “fueron una proposición al llanto colectivo”. Y el locutor Dupuy de Lome lo bautizó como “la voz sentimental de Buenos Aires”.
Reynaldo Martín acota: “Era dueño de una enorme personalidad; inauguró un estilo que tenía mucho que ver con la estética de su tiempo, en que el teatro era muy declamatorio y afamados poetas ponían el acento en lo melodramático. Hay que situarse en la época, que era de vacas muy flacas y de mucha marginalidad, sobre todo a partir de la profunda crisis del 30; la situación del país y del mundo no estaba como para ser descripta con medias tintas”.
Con posterioridad a esa época, repertorio e intérprete fueron objeto de acerbas críticas por parte de sesudos reseñadores, quienes no tuvieron en cuenta que la estética de Magaldi significó una suerte de continuación criolla y mistonga del melodrama prerromántico y de la literatura folletinesca del siglo XIX, incluso las tan vilipendiadas “canciones rusas” que entonó reflejan la influencia de las novelas de Tolstoi y de Dos-toievsky.
Del mismo modo que las creaciones de los principales exponentes de aquellos géneros, los tangos de Magaldi se correspondían con las inclinaciones de vastos sectores de la población que aún eran capaces de ingenuidad.
“Magaldi interpretaba ese repertorio sensiblero sin hacer alardes de voz; podría haberse dedicado a cantar canciones efectistas pero prefirió contar las historias del pueblo”, sintetiza Martín.
Por otra parte, es injusto circunscribir todas sus interpretaciones a la efusión lastimera. Su ductilidad le permitió expresar con solvencia distintas emociones, actitudes y estados de ánimo: despecho en “Te odio”, desparpajo en “Se va la vida”, nostalgia en “Yo tan sólo veinte años tenía”, resignación (magistralmente) en “Paciencia”. Sus últimas grabaciones muestran, además, renovación del repertorio con profundización de la crítica social y apertura a formas de expresión más austeras y por eso mismo más dramáticas.

EL TESTIMONIO
Como todo artista auténtico, Magaldi fue testimonial; supo reflejar en sus tangos la miseria y la injusticia de su época. Lo suyo no fue la imprecación, desusada en el género; en cambio, elevó su canto como un lamento por los sufrimientos de los pobres.
Así, en “Patoteros” –con letra de Víctor Soliño y música de Adolfo Mondino, grabado en 1927– relata un episodio bastante frecuente entonces, que no siempre se resolvía tan felizmente como en el tango: “El hombre es un obrero que vuelve del taller / cansado de ganarse el pan para comer. / Cobarde la patota, de pronto lo rodea / y un guapo lo golpea haciéndolo caer. / En tanto ellos festejan la hazaña criminal / el hombre se levanta sacando su puñal / y al verlo decidido, los taitas de cartón / se esfuman en la sombra del negro callejón.”
En “Acquaforte”, cuyos autores en letra y música son, respectivamente, Carlos Marambio Catán y Horacio Pettorossi, ilustra con voz doliente los escandalosos niveles de explotación laboral: Un viejo verde que gasta su dinero / emborrachando a Lulú con su champán / hoy le negó el aumento a un pobre obrero / que le pidió un pedazo más de pan”.
Magaldi se animó además a cuestionar, apasionada y valientemente, dogmas consagrados por la religión, la moral y las leyes de entonces. “Levantá la frente”, cuya música le pertenece y lleva letra de Antonio Nápoli, reivindica con audacia entonces inaudita a la madre soltera y la equipara a la casada. Recordamos haber leído en la columna costumbrista que firmaba un tan Don Rudecindo y que se publicaba en el diario Clarín hasta bien entrados los ’60, una exhortación a prohibir este tango: La madre casada, la madre soltera /son todas iguales: son una, no dos. / Lo nieguen las leyes, lo niegue quien quiera / son todas iguales delante de Dios”. Lo grabó en 1936. “Libertad”, también con música propia y con letra de Felipe Mitre Navas, grabado en 1938, pone reparos a la indisolubilidad del matrimonio: “Estamos a tiempo, seguí tu camino / tu ideal yo no he sido ni el mío sos vos. / ¿Por qué esta comedia de amores fingidos? / ¡Quedemos amigos y libres los dos!”. Cabe señalar que recién en 1985 se eliminó de nuestra legislación la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos, y hubo que esperar hasta 1987 para que se instituyera el divorcio vincular.
Como buen cantor nacional, Magaldi interpretó el triste campero “Ave María”, con letra del gran payador anarquista Luis Acosta García y música de Ernesto Rossi, grabado en 1931. Al poeta le bastan pocas líneas para describir la situación del hombre de campo con mayor claridad y precisión que cualquier político metido a experto: “Sin un churrasquito, sin un mate amargo / solo y agobiado por años y penas / […] / veinte años que andamos, mi picazo viejo / como dos basuras en la polvareda / […] / no tenemos nada más que muchos años / ni vos tenés pasto, ni yo tengo yerba…”.
A Acosta García pertenece también la letra de “Dios te salve, m’hijo”, sobre la que Magaldi compuso la música y grabó en 1938. A partir de una anécdota terrible en su concisión, el tango desarrolla un drama que denuncia la farsa electoral de la época, la clase a cuyos intereses servía y los brutales métodos que empleaba; contrariamente al estereotipo de los detractores del género, la figura del padre es la protagonista: “El pueblito estaba lleno de personas forasteras / los caudillos desplegaban lo más rudo de su acción / arengando a los paisanos a ganar las elecciones / por la plata, por la tumba, por el voto o el facón. / Al momento que cruzaban desfilando los contrarios / un paisano gritó ¡viva! y al caudillo mencionó / y los otros respondieron sepultando sus puñales / en el cuerpo valeroso del paisano que gritó. / […] / Pobre m’hijo, quién diría que por noble y por valiente / pagaría con su vida el sostén de una opinión / por no hacerme caso, m’hijo, se lo dije tantas veces / no haga juicio a los discursos del doctor ni del patrón”.
Pocos tangos alcanzan la hondura trágica de “Disfrazado”, grabado en 1938; es fácil darse cuenta de que sólo Magaldi (y por supuesto Gardel, si hubiera podido hacerlo) era capaz de expresarlo en toda su intensidad. La música fue compuesta por Antonio Tello, medio hermano del cantor, sobre una letra del poeta popular José da Silva. En en la edición del  periódico Trascartón de febrero de 2003, otro poeta, Oscar García, relató las desesperadas circunstancias que la originaron: Da Silva, un trabajador obligado en la década infame a ganarse la vida como pintor de brocha gorda, no conseguía ni siquiera una changa y sufría duras penurias cuando una y más cruel desgracia se abatió sobre él. Su hijo mayor, un chico de diez años, murió en carnaval atropellado por un camión que llevaba mascaritas al corso: “El eco de madrugada trae el vaivén de los coches, / de seres que alegremente van vivando el carnaval / mientras me ha sido imposible dormir durante la noche / pensando para los míos poder conseguir el pan. / Seguiré, quién sabe cuánto, disfrazado de miseria / con el rumbo lentamente hacia el gran palco oficial / y en el mundo de los muertos terminarán mis miserias / obteniendo primer premio si festejan carnaval”.
Magaldi dejó sin grabar varias piezas de su repertorio, como “El huérfano y el sepulturero”, un estilo con letra de Juan Manuel Pombo que, a pesar del título y del asunto, tiene un remate sencillo y contundente: “Los ricos están primero / por eso lugar les damos / mal hacemos si lloramos / por una simple pavada / los pobres no somos nada / y hasta en la muerte estorbamos”.
Tampoco llegó a grabar la milonga “Tierra del Fuego”, cuyas décimas, que nos acercó Julio Nader, reclaman el cierre y clausura de la ominosa cárcel de Ushuaia: “Tierra del Fuego es el nombre / como burlona ironía / de la constante porfía / de los errores del hombre. / No habrá ser que no se asombre / de tamaña enormidad / tergiversar la verdad / llamándole fuego al frío / es como decirle impío / al grito de libertad”.

EL COMPROMISO
Nadie pone en duda hoy que Magaldi fue simpatizante anarquista. Compartió ese ideario con muchos grandes del tango, como Juan de Dios Filiberto, Pascual Contursi, José González Castillo, Antonio Podestá, Enrique Santos Discépolo (en sus comienzos) y Teodoro Mouzo, poeta y letrista conocido por el apodo de “Isusi”, creador de “Así nació este tango” y personaje muy querido en el ambiente tanguero.
A sus instancias, y de acuerdo con un estudio de Santiago Senén González publicado en el semanario Hoy, Magaldi cantó en un festival solidario organizado para recaudar fondos destinados a la fianza por la liberación de las obreras costureras de la empresa Gatry, detenidas durante una huelga en protesta por los bajos salarios y las pésimas condiciones de trabajo.
Muchos otros testimonios lo ubican cantando en las ollas populares que la miseria de la época multiplicaba, así como en cárceles, hospitales y asilos. Era muy generoso y, del mismo modo que Gardel y Troilo, supo ayudar a amigos, conocidos y otros que no lo eran tanto, ahorrándoles la humillación de la dádiva; para ello los abrazaba efusivamente y aprovechaba para deslizarles dinero en el bolsillo del saco sin que lo advirtieran.
No sabemos hasta qué punto su pensamiento, solidario y comprometido con la causa de los desposeídos pudo haber influido en la toma de conciencia de la que quiso, y logró, que su pueblo la recordara simplemente como Evita. Lo cierto es su aporte a nuestra cultura, en cuya construcción participó como auténtico artista popular y creador de un estilo que a pesar de tantos años, tantos cambios y tanto olvido, conserva insospechada vigencia, tan múltiple y anónima como sólo aquellos que el pueblo reconoce como suyos pueden alcanzar. Mejor lo dijo Diego Holzer, que por algo es poeta: “La voz de Magaldi es el canto del pueblo. Yo he conocido cantores andariegos, en las cosechas, por ejemplo, y cantaban como él”.
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Imagen: Agustín Magaldi.
Nota tomada del periódico Trascartón.

7 jul 2012

Despedida




(De José Muchnik)

A los boedónicos
…de ayer y de hoy

La piel cae
el alma en calle viva

esta ciudad
ilusión  a la deriva

este bar
un sabio ignorado

esta mesa
alas en melancolía

¿Quién soy?

¿Péndulo oscilando
entre sillas y escolleras?

¿Nómade leyendo
signos entre las islas?

¿O poeta buscando
si el que trenza estos versos
soy yo… o mi ausencia?

Una ventana mira
una valija espera
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Imagen: "Café Margot", dibujo de Anne Sophie Girault.

Noche suprema


 
(De Horacio Caride Bartrons)

Buenos Aires tiene una animada y plural tradición culinaria, ya se sabe. Hay platos con nombre propio (“Gramajo”, de prosapia campera, “a la Napolitana” o “Golf”) cuyo origen ya no se discute demasiado. Pero dentro de las posibilidades gastronómicas que tiene –o supo tener– la cocina porteña, hay un subconjunto que siempre me ha intrigado, por la variedad y creatividad de sus nombres: las supremas de pollo.
El nombre mismo de “suprema” que se le adjudica a ese determinado corte achurrascado y generalmente empanado de la pechuga sin hueso o con un trozo del radio (?) del ave sobresaliendo a modo de manguito, es un misterio en si mismo. Al parecer habría dos acepciones 1. Se trata del nombre de la pieza, ya que un ave tendría una sola pechuga “y dos supremas”. 2. Se refiere al tipo de corte en gajo y sin piel, aplicable por ejemplo, a los cítricos (“suprema de limón”, “de naranja”…)
En las cartas de los viejos restaurantes es frecuente ver supremas a la “Singapur”, con una salsa agridulce con ananás, uvas pasas, ciruelas y salsa Worcester (paso), al parecer una adaptación de una receta colonial con pavo, que los británicos, a su vez, adaptaron de un plato indio. “A la Kiev”, empanada también, donde intervienen básicamente la manteca y el ajo a la que por estos rumbos se le suele agregar perejil (quiero). Pese a lo desconcertantemente ucraniano del nombre, al parecer se origina en algún restaurante neoyorquino de los años ’20.
También las tenemos más o menos suizas (con queso) francesas (champignones) o españolas (pimentón y jamón crudo). Pero hay una que destaca con brillo propio: la suprema de pollo Maryland. Al parecer su origen está en el estado homónimo de la Unión, según puede constarse en la receta del Maryland Chicken, que suele servirse empanado, frito, con papa ídem y con una salsa de crema. No obstante estoy en condiciones de declarar que la maravillosa creación es porteña. La crema ha mutado en bechamel con choclo, parecida a la humita, las papas fritas, aquí son las sofisticadas “paille” (o “pay”) que posiblemente vengan de Austria; se le ha adosado morrones asados y jamón cocido o, mejor aún, panceta.
El rasgo distintivo del plato, la banana frita, tan común en otras tradiciones gastronómicas como la colombiana o la cubana, aquí surge rara e impar, en el único plato de la cocina argentina (que yo conozco al menos) que la lleva como ingrediente identitario. Fue mi plato preferido durante años. Tuve el honor de hacérselo degustar a mi amigo y colega Roberto Londoño, por vez primera en el “Preferido” de Palermo, pero también recomiendo las versiones del “Larreta” de Belgrano y del “Bar Alemán”, de Villa Devoto.
Roberto, te prometí aquella vez que algún día iba averiguar algo. Trato de cumplir y ahora, te lo dedico.
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Imagen: Suprema de pollo Maryland
Nota e ilustración tomadas de saboogle.blogspot.com

Una representación trágica


(De Enrique H. Puccia)

Había transcurrido casi una década desde el estreno de La fiesta de don Marcos, obra en la que el público pudo apreciar en todo su exacto valer la ductilidad del talentoso comediante que ya también se había lucido como autor, firmando las piezas que escribía  con sus nombres completos: Abelardo Alonso Lastra.(1)
El 21 de junio de 1900, la compañía de Irene Alba y Rogelio Juárez estrenaba en el teatro "Comedia" de la calle Artes, frente al antiguo Mercado del Plata, la pieza de ambiente rosista El chiripá rojo, debida a la pluma de Enrique García Velloso, con música del maestro Antonio Reynoso. Lastra, que integraba la compañía y a quien le había correspondido el papel de sargento mazorquero, de gran gravitación en el desarrollo de la trama, se vio impedido de asistir a los ensayos, por cuanto se hallaba internado en un sanatorio, aquejado de un mal cardíaco, pero igualmente aprendió su parte "de memoria".
Tras varias alternativas y cuando todo hacía presumir que no sería de la partida, llegó la noche del estreno con Lastra en su puesto. La obra se fue desarrollando magistralmente, ante la contenida emoción de los espectadores, ganados por lo hondo del drama que se desenvolvía ante sus ojos.
El final, que culminaba con la muerte del sargento a manos de la heroína, quien le clavaba un puñal en el pecho, arrancó sostenidas ovaciones, debiendo salir varias veces autores e intérpretes a agradecer las calurosas manifestaciones. ¿Todos los intérpretes?... Todos no, puesto que Lastra permanecía echado en el mismo lugar donde había fingido matarlo la dama unitaria. Caído definitivamente el telón, los compañeros se acercaron intrigados a inquirirle sobre su extraña actitud. Pero Lastra nunca más podría contestarles. Estaba allí, muerto, vencidos por su mal y por su acendrado amor al teatro, razón de todos sus afanes en la vida.
Así se cerró la etapa de Abelardo Lastra, un actor español que fue orgullo del teatro argentino.
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(1) Ya que como actor se lo conocía con el nombre de Abelardo Lastra (N.de la R.) 

Imagen: Giorgio De Chirico: La Comedia y la Tragedia, óleo, 1926.
Material tomado del libro de E. H. P. Intimidades de Buenos Aires, Corregidor, Bs. As., 1990.

6 jul 2012

Acerca de la pebeta de Chiclana


(De Luis Alposta)  


Es sabido que muchas veces, a partir de una buena biografía se puede llegar a reconstruir una historia clínica. También en la literatura, en general, en tren de no dejar pasar por alto diagnóstico alguno, podemos encontrar referencias médicas, enfermedades y accidentes, que desde la urdimbre de un relato están abrumando a determinados personajes.
La sífilis ejerció durante siglos una gran influencia sobre la literatura. Fue Gerónimo Fracastoro, médico, poeta, físico y astrónomo italiano, quien en 1524 escribió una novela en la que el personaje central, un pastorcillo llamado Syphilus, contraía esta enfermedad, sin pensar que con el tiempo se la llegaría a identificar con su nombre.
Cuatrocientos años después, los porteños la llamarían “la millonaria”, “la chinche”, “la payasa”, “la interminable”. Claro que lo de “interminable” tenía vigencia antes del descubrimiento de la penicilina, cuando la sífilis significaba “estar una noche con Venus y veinte años con Mercurio”.
Shakespeare se refirió a sus síntomas en Timón de Atenas, Rabelais ridiculizó en su obra el excesivo entusiasmo que despertaba el mercurio para su tratamiento, y Francisco Lomuto le puso música al Salvarsán (1) cuando, a los trece años, escribió su primer tango: “El 606”.
Carlos de la Púa, el poeta de “La Crencha Engrasada”, en su poema “La pebeta de Chiclana”, menciona a esta enfermedad haciendo alusión correcta a su período de evolución, que es de 10 a 20 años: Y bebió en diez años toda la alegría/ y supo en diez años toda la crueldad,/ cuando dio el remache de la fulería/ la seña jodida de la enfermedad.
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( 1) También conocido como 606, por ser el orden de pruebas de este compuesto sintético con que se trataba la sífilis antes del descubrimiento de la penicilina.
Imagen: Partitura del tango "606".
Nota e ilustración tomadas de la página Mosaicos Porteños de L.A.

5 jul 2012

La curva del tren a la Floresta



(De Miguel Eugenio Germino)
 
LA CURVA DEL FERROCARRIL OESTE
Si bien el damero porteño de las manzanas de Buenos Aires presenta un alineamiento parejo, existen algunas particularidades, como lo es la rareza del pasaje Enrique Santos Discépolo (antes Rauch), que nace en la avenida Callao al 500 para terminar en Riobamba al 400.
Su trazado se remonta al año 1857, cuando el 29 de agosto el humo de “La Porteña”, la primera locomotora del primer ferrocarril argentino, dibujara su caprichosa forma en “S”. Atravesaba sobre los rieles aquel paraje con destino a la terminal Floresta, arrastrando dos obedientes vagones.
En la esquina del naciente pasaje, se desplegaban las avenidas Entre Ríos-Callao, diseñadas en 1822 como una avenida de circunvalación de “treinta varas de ancho” (25 metros), aunque durante muchos años continuó siendo un ancho camino de tierra, pantanoso en invierno y polvoriento en verano. Esto a pesar de ser una de las escasas rutas que, además de marcar el límite urbano, constituía el acceso por donde ingresaban las carretas rumbo a los mercados de concentración de la ciudad.
A pocas cuadras del lugar, en otro paraje de diez manzanas, se encontraba el llamado “Hueco de Zamudio”, donde empezaba a establecerse la Plaza del Parque (hoy Lavalle), que por entonces sólo ocupaba dos manzanas.
Aquella área cobró relevancia con la instalación de la Fábrica de Armas y luego el Parque de Artillería, en el lugar donde hoy se encuentra el Palacio de Justicia. Fue precisamente en este sector (actual emplazamiento del Teatro Colón) donde se fundaría la estación cabecera del primer ferrocarril argentino, construido por una empresa de capitales nacionales, la Sociedad Camino de Fierro al Oeste.
Las vías de este ferrocarril atravesaban la plaza para tomar la calle Parque (hoy Lavalle) y alcanzar la altura de la actual Callao. Aquí empezaba el tramo que nos ocupa, La Curva del Oeste, un pasadizo en diagonal por el interior de la manzana Callao-Riobamba-Lavalle-Corrientes, y que ingresaba en los terrenos pertenecientes a Josefa de la Quintana, linderos a la chacra del convictorio o Quinta de los Padres Jesuitas (expulsados de Buenos Aires por segunda vez en 1841).
El recorrido del tren, pasada la curva, continuaba por la calle Corrientes en forma terraplenada a lo largo de nueve cuadras, hasta Centroamérica (hoy Pueyrredón), donde giraba al sur hasta llegar a la Plaza Once de Septiembre. Allí se hallaba la primera estación del recorrido, apenas como un apeadero, en las actuales calles Bartolomé Mitre, entre Ecuador y Jean Jaures. Atravesaba luego los barrios de Almagro, Caballito y Flores, para terminar el recorrido en Floresta.
Con el tiempo la cabecera Parque había quedado en un sector demasiado poblado, por lo que en 1883 se dispuso trasladarla a Plaza Once de Septiembre, pero recién hacia 1892 fueron retiradas las vías en desuso. Una nota publicada en La Nación, del 21 de diciembre de 1887, da cuenta del reclamo del Intendente Municipal al Director de Ferrocarriles, en estos términos: Levantamiento de rieles: Que adopte las medidas conducentes, para levantar los rieles de la calle Corrientes que impiden la prosecución de los trabajos de adoquinado hasta Chacarita. Al mismo tiempo manifiesta la necesidad de evitar el estacionamiento de los trenes del Oeste en las calles Rivadavia, Piedad, y Bustamante hasta Medrano, para facilitar el tránsito.
Por otra parte los vecinos de la calle Cangallo a la altura de Bustamante, se quejan del mal estado de las aceras, donde las hay. El tránsito es por demás incómodo y casi imposible en los días de lluvia. Hemos recibido una carta de varios vecinos pidiendo una visita del inspector municipal a aquellos parajes. Damos traslado de este justo pedido al referido empleado.
Levantados los rieles, nace pocos años más tarde –en 1893– esta miniatura vial de la ciudad, el pasaje Rauch, con veredas angostas y futuras casas de altos frentes que le imprimirán un aspecto gris y opaco. En el inicio del pasaje, en Callao, una placa recuerda su origen y reza: “Por aquí pasó La Porteña –30 de agosto de 1857 viaje inaugural– 30 de agosto de 1960 año del Sequiscentenario de la Revolución de 1810. Asociación amigos de la Avenida Callao”
Fue denominado Federico Guillermo Rauch en honor al militar que actuó en los ejércitos napoleónicos y que ya en nuestras tierras se destacó por sus campañas para combatir al indio en las fronteras.
A poco de su nacimiento, el pasaje comenzó a ocuparse con las llamadas “casas de tolerancia”, favorecidas por la oscuridad y porque su trazado en “S” impedía ver el lado opuesto, lo que le brindaba una singular privacidad.
Hacia 1930 se levantó en el lugar una de las tantas pintorescas y económicas Ferias Francas, con sus característicos puestos, de toldos descoloridos debidos al desgaste y la luz del sol.
Antes, en 1926, se había establecido, en el número 1857 del pasaje, una fábrica de bujías, sobre cuya estructura nacerá en 1980 el “Teatro del Picadero” (picadero por su forma circular), frente a los fondos del Normal “Domingo Faustino Sarmiento”. Por su condición de teatro independiente se instaló ahí mismo, en 1981, el “Teatro Abierto”, una contundente respuesta cultural a la dictadura del llamado “Proceso” Videla-Viola y compañía, pero resultó incendiado en forma “accidental” el 6 de agosto del mismo año, a los pocos días de haber ofrecido sus primeras funciones.

EL PASAJE ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO
El 11 de noviembre de 2005 la antigua Curva del Oeste es inaugurada como pasaje peatonal en homenaje al entrañable Enrique Santos Discépolo. Se mantiene la fachada del “Teatro del Picadero”, y en el contrafrente del Normal Sarmiento se emplaza un mural de Mariano Santamaría de 120 metros cuadrados, titulado Discepolín y el paso de La Porteña.
Discépolo había nacido en Balvanera, en la calle Paso 113, el 27 de marzo de 1901. En 1917 debutó como actor cómico, luego fue afirmándose como actor de reparto, pero su mayor mérito estuvo en la composición de tangos y canciones, las que perduraron en el tiempo como Cambalache, ¡Qué vachaché!, Yira…yira, ¿Que sapa señor?, ¡Chorra!, Uno, Cafetín de Buenos Aires, Esta noche me emborracho, entre muchos otros de alto contenido social y humano.
Tras su viaje a Europa en 1935, Discépolo incursionó como guionista y director de cine. Falleció en su departamento de Callao al 700 donde vivía con Tania, muy cerca del pasaje que hoy lleva su nombre.
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Imagen: La ahora calle-peatonal Enrique Santos Discépolo.
Nota y foto tomadas del periódico Primera Página (9 de noviembre de 2009).

Fuentes:
-Buenos Aires nos cuenta, Nº 8, Abril de 1988.
-Del Pino, Diego A., Allá por la Capilla del Carmen, Cuadernos de Bs. As., 1981.
-Llanes, Ricardo M., Antiguas plazas de Buenos aires, Cuadernos de Bs. As., 1977.
-http://coronadosdegloria.wordpress.com/2009/08/14/discepolo-el-autor-del-pueblo.
-http://www.geocities.com/ferrocarrilesargentinoshoy/FCO.htm.

3 jul 2012

El Parque Japonés



(De Otto Carlos Miller)

“Tu vieja
dice que sos un bandido
porque supo que te vieron
la otra noche
en el Parque Japonés...”

En 1927, Alberto Vila graba y estrena el tango “Niño bien” con letra de Víctor Soliño y Roberto Fontaina y música de Juan Antonio Collazo.
En el libro Tangos, Letras y Letristas de José Gobello y Jorge a Bossio puede leerse la cita que hacen los autores transcribiendo las palabras del mismo autor, Soliño, para referirse al reciente estreno de “Garufa”: “‘Niño bien’ poco antes había marcado un éxito. Quizá porque su letra humorística pareció en aquel momento una reacción contra los tangos lacrimógenos. Y se convino en que había probabilidades de que una repetición del intento podía significar un acierto. Allí mismo empezamos a pensar en “Garufa”. En pocos días Juan Antonio Collazo, Roberto Fontaina y yo presentábamos a la alta cátedra de la cantina del ‘Atenas’ la nueva producción.”
 Así nació “Garufa” sobre el filo de los finales de 1928. Hasta aquí no hay algo que llame la atención a no ser por la cita del Parque Japonés.
Hasta el día de hoy, es común escuchar a personas, mayores de cincuenta años, que cuenten anécdotas y recuerdos sobre el Parque Japonés citado en el tango “Garufa”.Tampoco esto tendría que llamar la atención, salvo que quienes tengan recuerdos  del Parque Japonés, citado en "Garufa", tendrían que tener como mínimo 86 u 88 años, dado que el citado parque cerró hace más de 80.
La confusión es entendible, hubo un Parque Japonés inaugurado en 1911 que cerró en 1930 y otro Parque Japonés, también llamado  nuevo Parque Japonés que abrió en 1939 y cerró en 1962.
El  nuevo Parque Japonés, cuya estructura e instalaciones nada tenían de japonés, en un momento pasó a llamarse Parque Retiro hasta la fecha de su cierre y demolición en 1962: cambio de nombre que se produjo debido a que durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el 26 de enero de 1944, la Argentina rompe relaciones con el Eje (Alemania-Japón) y posteriormente, ya sobre el final de la contienda, le declara la guerra. Esto fue el 27 de marzo de 1945, pocos días antes que se rindiera Alemania en abril y en agosto Japón. Aclarada la confusión entremos al Parque Japonés citado en “Garufa”.

Buenos Aires 1911: todavía brillaban los resplandores emotivos de la gran fiesta del centenario y el paso del cometa Halley. Comienza la segunda década del siglo XX y el mundo sigue con sus significativas transformaciones. Amundsen llega al Polo Sur, convulsiones en políticas en Portugal, España  y China, Italia en guerra con Turquía.
En la Argentina el doctor Roque Sáenz Peña acompañado de Victorino de la Plaza estaban al frente del poder Ejecutivo. Comienza a sentirse el peso de un país, ya centenario, que asimilaba al gran caudal de inmigrantes, especialmente españoles e italianos. Muere el eminente Florentino Ameghino y los porteños se asombran ante el primer vuelo de un avión sobre la ciudad de Buenos Aires.Se inicia la construcción del Puerto Nuevo para un creciente flujo de movimiento de ultramar. Una zanja se abre en la ciudad, se trata de las obras para la realización de la Línea “A” de subterráneos desde Plaza de Mayo a Plaza Miserere. Se forma el Dúo Gardel-Razzano y en el “Armenonville” se baila el tango.
La Ley Sáenz Peña ya estaba en proceso de germinar.
Buenos Aires brillaba orgullosa en su porteñismo y su rápida asimilación de la arquitectura, el arte y las letras europeas.En esa atmósfera de optimismo y progreso, siete años antes, había llegado a Buenos Aires el arquitecto Alfredo Zücker, uno de los exponentes de la corriente arquitectónica germana. Zücker había nacido en Friburgo, Suiza, en 1852. Desde 1874 hasta 1904 estuvo radicado en EE. UU. dejando importantes obras como la catedral de San Patricio, el Guilliard Building, el Majestic Hotel, el Harlem Casino y el Opera House de Meridian.
En Buenos Aires también dejó una importante huella con obras de la magnitud arquitectónica del edificio para la Empresa Villalonga en la esquina de Balcarce y Moreno, el entonces primer rascacielos de Buenos Aires en su centenario: el Plaza Hotel de 60 metros de altura. Otras maravillosas realizaciones fueron el Avenida Palace Hotel, demolido, el Gran Hotel Casino en Vértiz y Pampa, la Casa Galmarini en Alsina 1867 y el desaparecido Parque Japonés que nos ocupa.

¿DÓNDE ESTABA EL PARQUE JAPONÉS? 
En Paseo de Julio entre Callao y Recoleta donde treinta años después que cerrara, sus mismos terrenos albergarían al Ital Park. Se trató de un obra faraónica, quizá entre las más importantes en su género en 1911. Se realizó con una inversión de dos millones de pesos. La inauguración oficial fue el viernes 3 de febrero de 1911 y el público pudo concurrir al día siguiente, es decir el sábado 4. El diario “La Nación” del 3 del mismo mes publica una nota a cinco columnas con dos fotografías cuyos epígrafes son “Circo Romano” y “Estación del Ferrocarril Panorámico”.
A continuación se transcribe un fragmento de la nota: En el parque japonés se realizó anoche la fiesta con que obsequiaba a los miembros de la prensa el directorio de las exposiciones internacionales, con motivo de la próxima inauguración.
Orientado en la dirección del Paseo de Julio, con ubicación dentro de las seis  hectáreas de terreno comprendidas entre la línea del ferrocarril Central Argentino, Callao y Recoleta, aquel tiene tres entradas: la principal frente a la calle Ayacucho, la de carruajes y automóviles con acceso al restaurant del Club Japonés, correspondiendo la otra a Callao, inmediata a la falda sur del volcán Fuji-Yama.
De pura arquitectura japonesa, se destaca de estas tres entradas la de Ayacucho que es una casita nipona con toda las características de línea, colorido y luz que tan sugerentes hacen estas viviendas asiáticas.
Las otras dos, de construcción más sencilla pero del mismo estilo, llaman igualmente desde lejos la atención por su gracia exótica; la impresión que se experimenta una vez en el Parque Japonés y la visión en primer término de la mole clásica del circo romano contrastando con el fondo rocoso y bravío de la montaña del Fuji-Yama que se erige sobre la orilla acantilada del gran lago, semeja una maravillosa transposición a un paraje extraño y bello donde todos los medios de solaz hubieran sido reunidos.
El circo romano, reproducción del de la antigua ciudad de los Césares, se levanta en primer término con sus ciento veinte columnas, seis esfinges y los dos pabellones que flanquean el escenario inmenso, abierto al cielo y en donde son posibles los desfiles interminables de cabalgatas y comparsería por las dos rampas laterales que desde los subterráneos ascienden a la arena.
El circo tiene capacidad para 3.500 espectadores sentados y el anfiteatro ofrece la particularidad que desde cualquier punto de observación no se pierde detalle de lo que ocurre en la arena o en el escenario. Los palcos y los asientos están construidos como el auténtico circo romano.
El volcán Fuji-Yama con su cráter entre nieves eternas se abre a considerable altura sobre el nivel del gran lago y del lago menor. Esta montaña de dos cumbres con una base de cuadra y media está penetrada  en sus vertientes, hendeduras y abismos por los rieles de un servicio de dos coches cada uno, llamados trenes panorámicos.
Durante el recorrido de mil metros, se penetra en túneles, se recorren valles, se ascienden cuestas, se deslizan pronunciadas pendientes y siempre y en todo instante se experimenta la sensación de un viaje aéreo atrevido.
Dos lagos bañan la falda del Fuji-Yama, el gran lago y el lago menor, con una diferencia de nivel de 0,65 metros, lo que determina, por medio del canal subterráneo citado y un aparato elevador, el movimiento continuo de las agua. Descuellan en el centro del gran lago sobre mansa superficie surcada por canoas, los quioscos japoneses de las islas de las Gueisas. 
Dando vuelta por la avenida principal de los jardines y rodeándole circo romano hacia el norte, se hallan las ruinas de Taj-Mahal a la margen del lago menor donde se toma pasaje en el tren panorámico y sobre el canal que luego cruza las entradas del monte hasta comunicar, como se ha dicho, con el gran lago. En estas ruinas empalma la línea de los botes del Water-Chute con los trenes del Fuji-Yama, según reza el rótulo de uno de los sillares. Estos botes hacen un recorrido subterráneo y ondulado antes de salir lanzados al lago menor, igual en longitud y duración al de los trenes.
El Club Japonés es una construcción de estilo nipón que habrá de ser el punto de reunión para las clases elegantes. Llama la atención en el comedor de invierno la reproducción exacta del templo Nico de Tokio. El pabellón de música es de líneas graciosas y delicadas que se destaca en las inmediaciones del club y frente a la casa de té (Tia-Ya).
Aparte de otras numerosas diversiones que tiene el Parque Japonés, como la reproducción del terremoto de Mesina, donde se presencia desde el comienzo al fin el desastre que aniquiló a esta ciudad, el círculo de la risa donde una simple ley física es aprovechada para pasar un rato de hilaridad, riéndose de los otros y de sí mismo, está la curiosa aldea indostánica establecida en el extremo norte de los jardines con sus talleres y fábricas, bazares y objetos de la India. 
 El mismo día viernes 3 de febrero el diario “La Prensa”, (número 14.714), publica una nota en tono crítico y hasta parece hacer una advertencia, que lamentablemente luego se cumpliría, relativa al futuro funcionamiento del Parque Japonés.
La nota dice así: SOBRE UNA DIVERSIÓN PÚBLICA COVENIENCIA DE REALIZAR UNA INSPECCIÓN
“Inspirada en loables fines de seguridad pública, una persona entendida en tales asuntos, nos ha hecho ver la conveniencia de indicar a la Intendencia Municipal, la necesidad de realizar una detenida inspección técnica en las instalaciones del local de diversiones titulado Parque Japonés, que según se anuncia, se inaugurará mañana.
Parece que la empresa que ha construido los edificios de los citados jardines y que se prepara a explotarlos por un crecido número de años, ha hecho caso omiso de las ordenanzas a cuyos términos debe sujetarse esa clase de construcciones, lo que entrañaría toda una serie de grandes y casi inevitables peligros para el público, en caso de un siniestro.
En primer lugar se ha hecho uso y abuso de la madera liviana, lona y paja en las construcciones que representan montañas del Japón, las cuales forman un verdadero dédalo de pasadizos, corredores y estrechas galerías, todo destinado a la circulación del público, en trenes denominados panorámicos e iluminados con lamparillas de luz eléctrica.
Después, no se ha consultado a nadie para establecer el servicio contra incendios, el que según los empresarios “de sistema norteamericano” y consiste en unos cajones de madera forrados por dentro de zinc y colocados en el interior de la montaña, por la que circulan unos pequeños trenes eléctricos.
Continúa dando detalles referentes a defectos al sistema hidráulico no apto para usar en caso de incendio. Además cuestiona la instalación eléctrica, cuyos cables fueron colocados sobre la madera sin tubos aisladores, advirtiendo sobre los peligros ante un eventual cortocircuito. Finaliza la nota con una queja acusando de negligentes a las autoridades municipales exigiéndoles una inmediata inspección y el cumplimiento de las reglamentaciones vigentes.
 El diario “La Razón” de ese mismo 3 de febrero comenta la inauguración oficial y acompaña una fotografía tomada desde lo alto.
La revista “PBT” en su número 324 del 11 de febrero, es decir apenas inaugurado, presenta una fotografía del interior del Parque Japonés, en la “Aldea Indostánica”,
donde se aprecia a un conjunto de indostanos con sus correspondientes indumentarias y atuendos, además hace mención de la presencia en su inauguración, del Intendente doctor Anchorena. 
“Caras y Caretas” en su número 645 del 15 de febrero exhibe dos fotografías, una del imponente Circo Romano y otra desde la altura donde se visualiza el “Tren Panorámico”. Además de los elogios arquitectónicos del parque comenta algunos aspectos que transcribimos: “[…] En el centro del ‘Gran Lago’, cuya superficie surcan canoas, se advierten los kioskos  japoneses de las ‘Islas de las Gueisas’. […] Cerca del club y frente a la ‘Casa de Té’ se encuentra el ‘Pabellón de música’, de graciosas líneas y excelentes condiciones acústicas”.Y  refiriéndose al  Circo Romano: “[…] pues los trajes, armas e indumentaria general que ostenta la corte imperial constituyen una reproducción fidelísima de la verdad histórica, que se extiende hasta la notable semejanza física del artista que interpreta a César. La idea de esta obra genial se debe a un conocido arquitecto, quien no ha descansado un momento hasta ver realizada su feliz iniciativa, dotando a Buenos Aires de un parque espléndido, por el que ya han desfilado, en sólo seis días, más de 150.000 personas, y cuya construcción ofrece la garantía de solidez y seguridad, que le presta la inspección diaria ejercida en las obras por el ingeniero municipal señor Iturbe.
Este comentario, es posible que haya sido hecho  para disipar los comentarios hechos unos días antes por el diario “La Prensa”. Luego finaliza la nota de “Caras y Caretas”: “En opinión de muchos, el Parque Japonés es mejor y más completo que el Coney Island, el Luna Park de París, o la gran White City, de Londres, por cuyo triunfo merece el autor del proyecto, señor Zucker, una entusiasta felicitación, que haremos extensiva al director general, señor Richard Savade, por el acierto demostrado en la organización interna del parque”.
La inauguración del 4 de febrero contó con notables avisos publicitarios.
“La Nación” publicó un aviso de 3 columnas por 23 centímetros y “La Razón” del mismo día un aviso de 4 columnas por 25 centímetros. El texto de ambos, salvo en algunas palabras, es similar. Únicamente varían en los títulos.
Reproducimos ambos y títulos y el texto de “La Razón”.
“La Nación” titula: ACONTECIMIENTO EN SUD-AMÉRICA
“La Razón”: LA PRIMERA MARAVILLA DE SUD AMÉRICA

Hoy apertura del Parque Japonés
a las 8.30 p.m.
AVE CÉSAR
Función magna en el CIRCO ROMANO a beneficio de los vendedores de diarios patrocinada por el Int. de la Capital Dr. Anchorena en la que tomarán parte 200 personas y la famosa colección de fieras HAGENBECK.
FUEGOS ARTIFICIALES
Mañana domingo tarde y noche el mismo programa
AYACUCHO Y PASEO DE JULIO
Tramways por Paseo de Julio 35-56-58-59
Tramways  por Recoleta 8-10-11-15-38-69-78-87
Entrada al Parque 0,50 cvs.
Menores de 10 años, acompañados GRATIS.

Numerosos avisos publicados en los diarios y exaltando la variedad de diversiones  se sucedieron durante los días siguientes a la inauguración del Parque Japonés.
“La Nación” del domingo  26 de febrero publica uno de grandes dimensiones(6 columnas por 26 centímetros) que llama la atención por el carácter del premio en libras esterlinas:

HOY EN EL PARQUE JAPONÉS HOY
Concurso de trajes asiáticos
145 £ EN PREMIOS £ 145

La entrada ya no es de 50 centavos sino de un peso. Y también cabe destacar quienes integraban el jurado: Jurado Calificador: Alfredo Zucker, José León Suárez, Luis de Villalobos, Ricardo Sawade, Vicente Fanelli.
Antes que el maravilloso parque cumpliera su primer mes, quizá por alguna de las razones que advertía el diario “La Prensa”, se produjo un incendio que felizmente no cobró víctimas y pudo ser rápidamente sofocado. Fue al comenzar el viernes 13 de marzo.Al respecto dice “La Razón” de ese mismo día: INCENDIO EN EL PARQUE JAPONÉS. Posible origen del siniestro: Falta de agua.
Aproximadamente a las 12,40 de esta madrugada, estalló un incendio en el Parque Japonés destruyendo totalmente las instalaciones del local donde se exhibía el espectáculo titulado “El terremoto de Mesina”.
Además se quemaron pequeñas barracas colocadas a espaldas del sitio donde se inició el fuego, en las cuales funcionaban distintos juegos, como ser el billar japonés, tiro al blanco, la pesca y otros.[…] Sería por un corto circuito o falla en el simulador de fuego.”
Una vez pasado este accidente sin consecuencias, el Parque Japonés con su equilibrada conjunción de exotismo, fieras, ambientación japonesa, aldea indostana, montaña rusa de 50 metros de altura y  una alta tecnología que permitía efectos especiales, siguió provocando el asombro de los porteños, gente del interior y hasta turistas.
También se daba  un curioso fenómeno,  la cercanía del Parque Japonés y los lugares marginales del Paseo de Julio, donde la noche nucleaba a cafishios y malandras. El tango “Garufa”quizá al decir “sos un bandido” sea para ironizar lo inocente de las andanzas de Garufa en el parque de diversiones o bien porque lo vieron en la zona “roja” de la época.

PARQUE JAPONÉS Y LITERATURA: “ECHE  VEINTE CENTAVOS EN LA RANURA”  Y  “SETENTA BALCONES Y NINGUNA FLOR” 
Además del ya mencionado tango “Garufa” de 1928, según la referencia de Horacio J. Spinetto, citada en su trabajo “Retiro, testigo de la diversidad”, Raúl González Tuñón escribió en 1922 su hermoso poema “Eche 20 centavos en la ranura” en el viejo bodegón “I Rei del Vini”. Cabe destacar que en la década del 60 el músico y cantor argentino residente en París Juan Tata Cedrón lo musicalizó y grabó. Este poema da cuenta de la variedad de diversiones de este pintoresco parque. Efectivamente, por veinte centavos introducidos en la mágica máquina podían verse unas audaces “vistas” de hermosas mujeres que exhibían sus piernas en mallas, por supuesto enterizas de una sola pieza.
Se ha discutido acerca de los setenta balcones que inspiraron a Baldomero Fernández Moreno. ¿Dónde están?  ¿En Callao y Corrientes? ¿Pueyrredón y Corrientes? ¿En Flores? Están frente a donde se encontraba el Parque Japonés.
El escritor y periodista Roy Bartolomew se encargó de aclarar la confusión que posteriormente, como luego se explicará, volvió a generarse.
Roy Bartolomew, en una nota publicada en “La Nación” con el título “Los setenta balcones y ninguna flor, ¿dónde?”, relata que el 13 de junio de 1950 en el antiguo local de la SADE en calle México se le entregó a Fernández Moreno el Gran Premio de Honor.En sus palabras de agradecimiento habló de lo efímero de todo, hasta de sus poemas, del cual indicó que apenas sobrevivía uno, los “Setenta balcones y ninguna flor” y según palabras del poeta, citadas por Roy Battolomew: “Setenta balcones, ni uno más, ni uno menos. La de una casa nueva, en el Paseo de Julio, alturas del primitivo Parque Japonés, contados una noche estuosa, en compañía de Pedro Herreros, desde un banco de piedra.”
Por el testimonio de Roy Bartolomew  tendría que haberse cerrado la polémica, pero la confusión volvió a generarse cuando más de un periodista, no bien informado, citaba al edificio frente al Parque Japonés “que ocupaba el sector donde hoy se alza el Sheraton Hotel”, es decir que se está refiriendo al  nuevo Parque Japonés”. 

EL FIN DEL PARQUE JAPONÉS
En 1925 había caducado la concesión municipal original y funcionaba con un permiso precario. No obstante, nada anormal sucedía. Pero 1930 fue un año terrible para el país, además de iniciarse un período de ruptura del orden constitucional con la destitución de Hipólito Yrigoyen, al mediodía del 26 de diciembre se incendiaba el Parque Japonés.
Ya no se trató de un incendio menor sino total. Durante el año entrante, 1931, permaneció como parque abierto parcialmente demolido, hasta que en 1933 se demolió el Teatro Romano.
Las causas que dieron origen al incendio jamás fueron aclaradas. “La Nación” del sábado 26 de diciembre se refirió al siniestro con el título: LA MONTAÑA RUSA DEL PARQUE JAPONÉS FUE DESTRUIDA POR UN INCENDIO QUE ESTALLÓ EN LA MAÑANA DE AYER. Al comentar el hecho, descarta que el siniestro se debiera a causas de origen eléctrico.
“La Prensa” del mismo día lo hace con un título así: UN VIOLENTO INCENDIO QUE SE DECLARÓ AYER A MEDIODÍA EN EL PARQUE JAPONÉS, DESTRUYÓ EN PARTE LA MONTAÑA ARTIFICIAL POR DONDE CIRCULABA EL TREN ELÉCTRICO
También invalida la hipótesis de origen eléctrico. Comenta que “el fuego pudo iniciarse a  consecuencia de haberse desprendido una chispa de alguna de las locomotoras del ferrocarril Central Argentino que realizan maniobras por las vías próximas a la montaña”.)
El diario vespertino “Crítica”, también del 26 de diciembre titula la noticia en primera plana: SE INCENDIÓ HOY EL FUJIYAMA. Es la célebre montaña del Parque Japonés.
En la página interior hace una extensa nota con el título: “Ha Desaparecido un Pedazo de Nuestra Historia Emocional”.

De los casi veinte años de vida del Parque Japonés quedan muy pocos testigos.
Es muy difícil encontrar testimonios,  pues se hacen necesarios diferentes factores tales como tener más de ochenta años, haber estado en Buenos Aires y tener buena memoria.
No obstante fue posible hablar con una persona que tenía trece años cuando el Parque Japonés ya estaba por desaparecer: el señor Serafín Oterino, quien además de recordar a la montaña rusa y las lanchas del lago, dijo que la entrada daba derecho un juego gratis, pero como no estaba aclarado, más de una persona no la utilizaba, “y ahí estábamos los chicos en la puerta del parque para pedir la entrada, ya inútil pero que nos permitía disfrutar de un juego, cuando teníamos varias, entrábamos”.
Luego, en 1939 aparecería el nuevo Parque Japonés y en 1960 el Ital Park.
Pero esos parques, también desaparecidos, ya corresponden a otra historia y a una  Buenos Aires diferente.
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Imagen: El primitivo Parque Japonés.

2 jul 2012

Costo de vida en Buenos Aires para 1790


(De Andrés M. Carretero)

Contrariando la opinión general, la vida en la época colonial en Buenos Aires y su campaña, no fue fácil ni barata.
Una casa de tres habitaciones, dependencias para el servicio y tres patios, ubicada en el barrio de Santo Domingo, no se podía alquilar por menos de cuatro mil quinientos a cinco mil pesos, dependiendo de la calidad de los materiales empleados y si tenía terraza.
El amoblamiento de la misma superaba los dos mil quinientos y se acercaba mucho a los tres mil, o algo más si los muebles eran de jacarandá o nogal fabricados en España o Francia y traídos por encargo.
Los cortinados, fundas de los muebles, espejos, almohadones y otros complementos representaban como mínimo los quinientos pesos, dependiendo de los géneros usados, pues había diferencias apreciables entre el damasco, la seda y el algodón posibles de utilizar en ellos.
En lo referente a las comida y la bebida, los gastos anuales eran tolerables, dado que el alimento básico era la carne, tanto vacuna, como ovina o porcina, a la que se agregaban los animales domésticos, las aves de corral, o los salvajes de la fauna menor. Pero en promedio se necesitaba, para una familia que podemos llamar tipo de la época, de cinco personas y otros tantos sirvientes, no menos de 8 o 10 pesos diarios, que eran entre 250 y 300 mensuales, o sea unos 1.100 al año.
Aunque parezca excesivo este gasto en comida y bebida, debe considerarse que el personal de servicio no cuidaba los utensilios utilizados y buena parte de los elementos usados eran tirados a la basura o dados a los perros y gatos de la casa o a los limosneros que a diario hacían su recorrido por el polo urbano de la ciudad.
Respecto a estos mendicantes, hay relatos que indican a varios de ellos con sitios reservados en la Plaza Mayor, donde se dirigían, junto a su o sus perros, cuando habían logrado la cantidad de comida apetecida y, tirados en el suelo, daban entre todos cuenta de lo recogido.
Respecto a los gastos de comida y bebidas, existía la recomendación de tener como plato principal, carne de vaca hervida, no asada, acompañada con mate o agua.
Una estimación promedio del costo de la batería de cocina era de cien pesos o algo más, siempre que predominaran las piezas de cobre, pues si se preferían las de plata, esa cantidad se multiplicaba por cuatro.
La cantidad de ropa blanca para las camas, como las toallas, insumía al año una suma estimada en cien pesos.
Un gasto nunca ajustado y siempre cambiante fue el correspondiente al calzado de las mujeres mayores, pues además de hacerse en cada casa los zapatos, para ahorrar una buena suma, esa confección casera resultaba ajustada al gusto estético de quien los llevaría, pero deficiente, y por ello, al año cada mujer necesitaba renovar el calzado entre cuatro y cinco veces.
A ello había que agregar que cada dueña de casa, como sus hijas en edad de casarse, necesitaban por lo menos tres tipos de calzado. Uno para entre casa, otro para salir de visita o compras y un tercero para las reuniones sociales, donde se bailaba.
Un gasto que era incontrolable e imposible de evitar era el ocasionado por el mal trato que los esclavos del servicio doméstico  daban al menaje que no era metálico. Hay muchos inventarios de bienes que indican ese menaje como averiado en mayor o menor proporción y son muchos los juegos de tazas, platos, copas o vasos incompletos o desportillados. Muchas de las piezas metálicas –bronce, hierro o plata–, presentaban abolladuras y hasta rajaduras que afeaban el aspecto o imposibilitaban el uso. No eran raros en los inventarios los asideros o mangos defectuosos y hasta faltantes.
La cantidad de personal doméstico variaba de casa en casa, pero para la familia tipo mencionada, no era menos de cinco. El precio promedio de cada uno de ellos era de entre 200 y 300 pesos, dependiendo de la edad, tiempo de estada en la ciudad y habilidades. Su distribución en las tareas de la casa era más o menos fija. Este personal se componía de un cocinero para hacer las compras en el mercado y distribuir el menú diario en forma armónica y dentro del presupuesto disponible; una persona para acarrear el agua necesaria en la cocina y para fregar los utensilios usados; una tercera para paje y lacayo, que acompañaba a la señora de la casa al templo, a recorrer tiendas y a hacer las compras y que se ocupaba de la limpieza de los niños; una cuarta persona era quien hacía de cochero y en los ratos libres se ocupaba de la limpieza de la casa y demás menesteres interiores.
En las familias pudientes, a este plantel básico se agregaba la negra de cría, así llamada por ser quien amamantaba a los niños pequeños y ayudaba a la señora en la intimidad de su alcoba. Todo ese personal doméstico de origen esclavo estaba supervisado por el mayordomo blanco que los controlaba y corregía, evitando roturas y robos.
Como no había profesionales en ese entonces para este último trabajo, se lo agregaba con una asignación anual y un lugar para vivir. A pesar de estas ventajas, hubo quienes lograron ubicarse en el seno de familias importantes para desaparecer al poco tiempo con dinero, alhajas o ropas, como consta en el archivo de Tribunales.
Otro gasto que significaba preocupación era la limpieza y conservación de las prendas, pues además del lavado era necesario almidonarlas, especialmente las enaguas y los delantales, para cuando se recibían  visitas, La ropa de uso personal y la de cama e higiene, se deterioraba bastante, por el método utilizado para lavarla, ya que los jabones usados estaban fabricados en base a lejías que debilitaban, cuando no carcomían, las fibras de los tejidos, junto con el apaleamiento complementario, que se hacía en las toscas del río, para sacar de ellas los excesos de jabón.
En general esa sociedad colonial puede ser considerada como austera, salvo cuatro vicios. Uno de ellos era el abanico, prenda imprescindible para una mujer que apreciaba la elegancia y la sofisticación sociales. Otro correspondía a los hombres y era el uso de relojes de bolsillo, también considerados esenciales, para completar el vestir masculino en todas las actividades diarias. Un tercero de hombres y  mujeres, y consistió en el consumo de tabaco y rapé. Este último se decía que estaba reservado para las personas de estudio y se le atribuían propiedades para aclarar los pensamientos y tener la cabeza clara. El cuarto defecto o vicio fue el de la excesiva limosna, cuando superaba las realidades fácticas de quien la prodigaba. Hubo familias que hicieron una cuestión de honor de la cantidad de mendicantes que acudía a su  puerta a diario para obtener comida, ropa, calzado. Esa ayuda incluía a sacerdotes, sin distingo de órdenes.
Son muy raras las manifestaciones sobre mujeres dadas al excesivo consumo de bebidas, pues ni aun entre las esclavas, manumitidas o libertas ha quedado registro de sus nombres o costumbres.
Un rubro de poca repercusión en la sociedad de su tiempo es el que corresponde a los gastos en bibliotecas y libros, posiblemente por el elevado precio de ambas cosas.
De los inventarios, legajos y herencias posibles de consultar, se desprende que las casas más lujosamente puestas, correspondían al alto clero, especialmente en los rubros de muebles, ya que en ellas predominaron los de jacarandá con patas torneadas de pie de cabra, colgaduras de damasco y hasta mulas mansas con las consiguientes guarniciones adornadas con penachos de seda.
Dado los cambios ocurridos en la economía argentina resulta imposible hacer una estimación del valor adquisitivo de la moneda de aquel entonces comparándola con la actual, pero es posible inferir que el presupuesto de la familia tipo considerada, significó el equivalente de quince o más de las familias de los sectores trabajadores.
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Imagen: Señoras por la mañana, litografía de H. Bacle.
Tomado de la revista Historias de la Ciudad, Nº 18, diciembre de 2002, Buenos Aires.

28 jun 2012

El bar "Ramos" ya no brilla en la calle Corrientes



 (De Gabrielas Sharpe)

El bar “Ramos”, ubicado en la esquina de Corrientes y Montevideo, uno de los cafés tradicionales de la ciudad, ya no existe. Su lugar es ocupado hoy por una sucursal de la pizzería “Banchero”.
Junto con el café “La Paz”, el “Ramos” fue un bar emblemático durante la década de 1960. Mientras que en “La Paz” se reunían los intelectuales, el “Ramos” fue el epicentro de los artistas. Con sus mesas y su barra en el medio del local las charlas eran infinitas.
Fundado en 1929, luego en la década de 1990, remodelado con escaso gusto, fue un lugar de reunión de muchos porteños.
En la literatura quedó para siempre en los libros de Juan Sasturain, al convertirlo en el lugar de encuentro del investigador jubilado Etchenaik y el mozo del “Ramos”, Tony, dos hombres unidos por la soledad. En Manual de Perdedores, Sasturain lo describe como “El viejo bar ‘Ramos’ parecía una pecera iluminada en la noche”.
Lamentablemente la bohemia porteña se trasladó a otros barrios.  Lamentablemente el patrimonio cultural se va perdiendo. Los bares tradicionales de Corrientes,  conocida como “la calle que nunca duerme”, algo que ya no ocurre, cada vez se va a acostar más temprano y los viejos reductos están extinguiéndose; las cadenas de cafés junto con  la marginalidad están copando la parada.
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Imagen: Una de las últimas fotografías del bar “Ramos”.
Nota y foto tomadas de la página Buenos Aires Sos. (Mayo de 2012)