16 dic 2010

El puente de Ciudad de La Paz


(De Aquilino González Podestá)

Para un chico suele haber experiencias que se le graban de tal manera que muy difícilmente las puede olvidar. Lo digo porque jamás borré de mi mente, por el simple hecho de haber tomado otro tranvía que el de costumbre, la primera vez que crucé el puente de Ciudad de La Paz.
Había decidido mi mamá aquella tarde ir a visitar a su hermana, la tía Amelia. Debí yo apurarme con los deberes y ella hizo lo propio con la cocina para salir lo más temprano posible. Vivíamos entonces en Caballito al sur (Estrada y avenida La Plata), y para ir hasta Colegiales nos íbamos caminando hasta Carlos Calvo y Quintino Bocayuva en busca del tranvía número 30. Eran unas nueve cuadras pero aquella linda tarde de la primavera del 41 hizo que la caminata no se notara. Podíamos haber tomado “La Metropol” hasta Belgrano y desde allí cualquiera hasta Colegiales, pero… se cuidaba el centavito.
Esperamos largo rato, pero el 30 no aparecía. Lo peor es que amagaba a aparecer, pero no era. Lo que para nosotros caracterizaba esta línea eran sus coches. Hasta la integración de la Corporación de Transporte dos años antes, había pertenecido este recorrido a la Compañía Lacroze y, como es sabido, los coches de esta empresa se distinguían de los demás que habían sido del Anglo en varias cosas. Entre otras, llevaban el farol abajo, en el pescante no sobre la visera de la plataforma como los demás, lugar que en cambio era utilizado por un cartel de propaganda frontal que, arqueado y a todo su ancho semejaba un gran peinetón. Tampoco lucían el número en un letrero arriba, sino que lo tenían pintado a un costado del tablero de recorrido, ya que su distintivo era el “destino” que lucía sobre la ventanilla central de plataforma. Toda esta descripción se hace para justificar el enojo de mi mamá porque tranvías de este tipo aparecieron, pero cuando los teníamos cerca, el número no era el 30 sino el 4. ¿Qué hacía esta línea por allí? Eso sí que no lo podré explicar, no sé, un desvío provisorio, qué sé yo; lo cierto es que después de haber pasado tres, ya enojada mi mamá encaró al motorman del cuarto 4 mientras hacía el cambio espetándole: “–Ma… ¿qué pasa con el 30?, ¿no anda más? –Pero señora, ¿adónde va? –A Cabildo y Aguilar. –Pero venga conmigo que voy para allá”.
Yo creo que si hubiera estado tranquila  no le hubiese hecho caso, pero con la bronca que tenía no lo pensó  dos veces y tomándome del brazo corrimos atrás y subimos. Cuando el guarda vino a cobrarnos, preguntó otra vez. La respuesta la tranquilizó más, sobre todo cuando le dijo: “–Al contrario, señora, nosotros vamos por Palermo y evitamos pasar por Chacarita. Es más directo”.
El viaje tuvo el atractivo de transitar por donde nunca habíamos andado, al punto que mi mamá dejó definitivamente de lado su  bronca, comentando casi todo lo que veíamos. Recién se orientó cuando por Paraguay cruzamos la estación de Palermo. “–¿Ya estamos aquí? –comentó asombrada. –¡Qué rápido hicimos!”.
Íbamos, cual era su costumbre, en los primeros asientos, de modo que me permitía ver de lado y de frente durante el viaje. Cuando entramos en Soler, me llamó la atención que una calle común, igual a las otras, tuviera doble vía. Estaba yo entretenido mirando maniobrar al motorman, cuando algo raro se empezó a vislumbrar al fondo de la calle. No sabía qué podía ser. Se me semejaba un paredón del que, oh misterio, me pareció verse caer  un tranvía hacia nosotros. Presté atención, para al fin quedar prácticamente paralizado por el asombro. Ante mí apareció una extrañísima estructura. ¡Y lo mejor es que las vías se metían en ella! Y qué decir de cuando, tras un campanazo, marcó el motorman todos los puntos que pudo, y allá fue con su tranvía contra todo aquello al igual que Don Quijote contra los molinos de viento.
Como nunca oí rezongar los motores, forzados a alcanzar la cúspide de aquello que me parecía un lado de las pirámides de Egipto que había visto en las figuritas de los chocolatines Nestlé. Al alcanzarla, un enorme enjambre de hierros entrecruzados nos rodeaba por completo, como queriéndonos enredar y cortarnos el paso, pretendiendo asustarnos con truenos de Santa Rosa que era el retumbe de las ruedas en la estructura del puente. Como si esto fuera poco, justo acierta a pasar por debajo un tren. ¡Un tren desde arriba! Jamás lo había visto. Al final de ferrerío, la bajada. Descansado, hasta triunfante, el tranvía se dejó llevar por la pendiente con la misma gracia con que nosotros nos largábamos del tobogán del Parque Chacabuco. Inolvidable.
Cuando llegamos a tierra firme, mi mamá, que por mucho que diga también se sorprendió, estaba muerta de risa, junto con otros pasajeros del otro lado del pasillo. Era que, según dijeron, el espectáculo había sido yo con los gestos de mi cara, los giros enloquecidos de mi cabeza y hasta los gritos que, dicen, daba durante aquella travesía.
En casa de mi tía estuve raro. Ni siquiera jorobé al gato, que siempre era mi juguete preferido. El tío Antonio, que había oído lo del puente mientras tomaba mate en el patio en un lugar estratégico que le permitía, a la vez que cumplimentar a la visita, pispiar si entraba algún cliente en la carnicería, me llevó con él al mostrador, puso delante de mí un pedazo de papel de envolver y dándome el lápiz que infaltablemente lucía en su oreja, me dijo: “–Dibujámelo”. Se lo hice, tal como lo había vivido. Con una amplia sonrisa recibió la obra terminada. “ – Mirá qué lindo…, lo voy a poner aquí para que la gente lo vea”. Y lo colgó con dos ganchos de chorizos en la ganchera junto a dos tiras de asado.
Hasta aquí la anécdota, pero creo que merecen recordarse también algunos datos referidos al puente mismo que, al fin de cuentas, también tiene su historia.

Nació de una necesidad de la Compañía de Tramways Lacroze de Buenos Aires, sucesora del Tramway Rural de la conocida y casi legendaria familia Lacroze, una verdadera dinastía local dedicada a la industria del transporte desde 1870. Había comenzado a electrificar sus líneas en 1907 y años después, en 1915, comenzó tratativas de nuevas concesiones que culminaron en agosto de 1918, con la firma del contrato respectivo por el cual se le daba una gran ampliación a su primitiva red que abarcaba zonas hasta entonces desprovistas de este servicio, en un ambicioso plan de 14 recorridos. La mayoría no se llevó a cabo, aunque sí algunos y la construcción de ramales de intercomunicación, lo que les permitió duplicar sus líneas, algunas de las cuales tenían iguales cabeceras pero con distinta ruta.
Una de las construidas fue la que se denominaba con el número 11 en el contrato, que recorría las calles Honduras, Arguibel hasta empalmar con sus vías en Costa Rica y por General Paz desde Dorrego hasta Federico Lacroze, empalmando con la vía existente. Pero, al llegar por Soler a Dorrego, donde la calle cambiaba el nombre en ese entonces por el de General Paz (que cuando se inauguró la avenida homónima pasó a ser Ciudad de La Paz) la línea quedaba cortada por las vías del Ferrocarril Central Argentino que en ese sitio pasan a un nivel más bajo que la cota de la calzada, en una especie de trinchera a media altura. Sin embargo, el escollo se encontraba salvado en la misma concesión que en su artículo 7º establecía: “Encontrándose cerrada la calle General Paz por la línea del F.C.C.A., la Compañía se obliga a construir un paso a alto nivel, siempre que dicha calle no se encuentre abierta al tráfico público al tiempo de construir dicha línea”.
Así pues, la Compañía construyó el puente por su cuenta y cargo, inaugurando las primeras líneas en 1919, con lo que Lacroze quedó con ventaja sobre el Anglo que cruzaba el ferrocarril por la barrera de Cabildo-Santa Fe, incordio que recién ahora se ha solucionado.
El puente lo construyó Lacroze únicamente para el paso de sus  tranvías, contrariando a sabiendas lo estipulado por el Departamento de Obras Públicas que estableció que debía estar abierto al tránsito y tráfico público. Para ello, en cada rampa de acceso, que estaban perfectamente adoquinadas, se dejó una abertura de varios metros en que la calle se interrumpía a modo de guardaganado de manera que cualquier otro vehículo que intentara cruzarlo, caería en aquella trampa. El tiempo corría, y a pesar de lo establecido por la Comuna, de sus reclamos formales, las multas (ignoradas olímpicamente), los pedidos de juntas vecinales y hasta la acción directa de concejales como los que en 1933 lograron que el Intendente diera acción sumarial sobre el asunto, siempre quedó para el uso exclusivo de tranvías. No faltaron los que hicieran caso omiso. Por ejemplo: el 19 de enero de 1963, volvía de una fiesta desde Belgrano rumbo a Flores una barra de muchachos a bordo de un Kaiser Carabela. Al enfrentarse al puente y, aprovechando el espíritu farrista que traían, se decidieron a cruzarlo sí o sí, pero resultó ser no y no, y allí quedaron colgados del puente hasta que la grúa vino a socorrerlos. Parece cuento, pero el hijo de una de las parejas que protagonizaron la aventura, Hernán Rosso, es hoy miembro muy activo de la Asociación de Amigos del Tranvía, y quien nos narró el hecho.
Las últimas líneas en utilizarlo fueron las número 4 y 38, y les cupo el “honor” (si así puede llamarse) de que por él, el 26 de diciembre de 1962, cruzó el convoy tranviario que, desde estación Las Heras llegó a Belgrano para protagonizar el emotivo desfile de despedida del servicio tranviario, en el que un auténtico coche a caballos circuló, escoltado por dos eléctricos, por las calles belgranenses. El 38, última línea porteña, continuó circulando hasta el 19 de febrero de 1963, y el puente perdió su motivo de existir. No habría más tranvías que cruzar.
Su destino comenzó siendo muy incierto; pensándose hasta venderlo como chatarra. Finalmente, la Municipalidad se hizo cargo. Le construyó las partes faltantes y asfaltó todo el recorrido habilitándolo para el tránsito automotriz. Hasta la habilitación del complejo Carranza, actuó de necesario aliviador de la circulación de Cabildo. Hoy está siendo sometido a restauración general, por lo que parece que podremos seguir cruzándolo por muchos años, pero no será lo mismo que hacerlo en tranvía.
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Imagen: El tranvía, bajando, pasa sobre la trampa que impedía el paso de cualquier otro vehículo. Foto de Aquilino González Podestá; 1961).
Trabajo tomado de la revista: Historias de la ciudad, marzo del 2000.

15 dic 2010

Un edificio abandonado y una novelita macabra


(De Fernando Sánchez Zinny)

Las Heras y Azcuénaga, no lejos de la Recoleta. Un extraño edificio ruinoso diseña una anacrónica imagen “gótico-civil” en medio de las indiferenciadas construcciones de la zona: viejos departamentos con toques afrancesados, otros racionalistas, otros modernos e inexpresivos a secas, otros más nuevos en los que se aproxima la configuración en torre. ¿Qué hacen ahí esas ojivas y arquitrabes, esos muros sucios de ladrillo sin revocar que acumulan verdín  y hasta malezas, e infinitas palomas resguardadas en los recovecos?  Una Europa medieval -pero demasiado deteriorada para ser turística- duerme en gris sopor como para recordarle a ese enclave bacán  las ilusiones cosmopolitas de una Buenos Aires extinguida.
Es -absurdamente, dado su estado-, una de las sedes de la Facultad de Ingeniería de la UBA, pero los todavía preservados vitraux dan un indicio sobre cuál fue su destino inicial: una y otra vez aparecen en ellos esa mujer de ojos vendados que sostiene una balanza. En efecto, el edificio se construyó para albergar a la Facultad de Derecho, que allí funcionó a partir de 1925. La inacabada obra la ideó Arturo Prins, arquitecto entre uruguayo y argentino nacido en 1877, al que cuyos viajes de perfeccionamiento al viejo continente habían imbuido de afección por los refinamientos y ostentaciones de las culturas entonces apetecidas. Esa tendencia era coincidente con la de muchos en aquel tiempo y ello hizo que los planos de su propuesta “faraónica” fuesen aprobados y  las obras respectivas  comenzaron en 1912.
Debían abarcar la entera media manzana que definen las calles mencionadas junto con Cantilo y Pacheco de Melo, pero nunca se terminaron. La construcción resultó especialmente cara por la necesidad de incorporar numerosos elementos importados y las dificultades en el aprovisionamiento derivadas de la Primera Guerra Mundial la demoró enormemente. Hacia 1925 hubo una inauguración con sólo la mitad del edificio erigido, para peor sin revocar y casi privado de la decoración prevista. Para 1930 la construcción se detuvo del todo e inquirida la razón algún funcionario alegó que había fallas en la estructura y que estaba en riesgo su estabilidad. No era cierto y la prueba es que aun hoy ese esbozo está perfectamente en pie, sin que haya mediado la menor reparación y aunque el mantenimiento brille por su ausencia. Pero la versión corrió junto con otra asimismo falsa y además truculenta: desesperado por su fracaso, Prins se habría suicidado, novelita clásica de Buenos Aires que todos alguna vez hemos escuchado, sin que nadie pudiese dar mayores datos al respecto.
Nadie pudo haberlos dado, porque Prins -que fue un gran arquitecto y uno de los fundadores de la Academia Nacional de Bellas Artes- murió tranquilamente en su casa en 1939. Tampoco jamás se presentó estudio o dictamen alguno acerca de eventuales errores en el cálculo de resistencias previsto por el proyecto que, por lo demás, no preveía extremos de altura excesiva. Lo único cierto es que después del prolongado abandono la superficie de ladrillos a la intemperie se ha mineralizado y resultaría hoy imposible adherirle revoque.
Fue una maldad; aunque poco funcional para el criterio de nuestro tiempo, el edificio hubiese sido un hermoso exotismo del que estaríamos orgullosos. Pero, en fin, no había plata, los gustos y favoritismos cambiaron, las envidias y emulaciones ya estaban inventadas y lo que hubo de ser no fue: más valdría que la piqueta le ahorrase a la ciudad la cruel ironía de que en una obra inconclusa y desechada cursen su carrera nuestros aspirantes a ingenieros.
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Imagen: Edificio de la Facultad de Ingeniería en la avenida Las Heras al 2200 (Foto de la página: turismoenba.wordpress.com).

14 dic 2010

La feria del ombú


(De Carlos Costa)

En el verano de 1943, organizado por la entonces revista Rojinegro, se reunieron por primera vez alrededor del añoso ombú ubicado en la entrada principal del Parque Rivadavia, numerosos filatelistas de todas las edades, en un encuentro que facilitó la comunicación y el intercambio de estampillas entre los coleccionistas convocados. El encuentro fue un éxito y lo que no sabían entonces los organizadores ni el público participante, era que, a partir de ese momento, aquellos encuentros jamás se interrumpirían. Estas reuniones de los domingos por la mañana, hasta el día de hoy, luego de más de sesenta años, fueron el inicio de una feria única y original en América. Estas reuniones dieron origen a gran cantidad de instituciones filatélicas y numismáticas de prestigio internacional, contribuyendo a la formación cultural de todos los ciudadanos que pasaron por allí a través de tres generaciones.
Motivó además que numerosos coleccionistas que actuaban en forma individual, trabaran conocimiento con otros colegas que estaban en la misma situación, iniciando así una provechosa amistad y camaradería entre ellos. En aquellos primeros años era muy evidente la presencia de coleccionistas extranjeros que se radicaron en la República Argentina, muchos escapados de las persecuciones y la guerra. Entre ellos se destacaban diversos personajes de Ucrania, Alemania, Checoslovaquia y otras naciones de Europa Oriental, que llegaron con importantes colecciones en sus equipajes. Estos inmigrantes, sumados a la ya destacada presencia de coleccionistas argentinos, fueron la columna vertebral de la incipiente feria.
Durante los primeros tiempos, los coleccionistas que se instalaron en el Parque Rivadavia o plaza Lezica, como la llamaban algunos, llegaban con sus maletines, cajas y carpetas, exhibiendo sus colecciones sentados en el banco circular que aún existe alrededor del añoso ombú, o en los bancos de la plaza y, aun, en el mismo piso.
Con el tiempo, hacia los años 1958 o 1959, algunos “audaces” se atrevieron a venir con unas pequeñas mesitas, pues el indudable éxito que se estaba produciendo en la improvisada feria y la creciente cantidad de concurrentes, hacía escasos los bancos que tenía el parque.
El carácter masivo que fue tomando la feria se documenta en las fotografías de la época, donde la cantidad de personas que estaban canjeando o simplemente observando ofrece un aspecto multitudinario. Grandes coleccionistas y estudiosos eran concurrentes frecuentes, pues allí podían encontrar todo tipo de material, incluso piezas raras o desconocidas y hasta concretar negocios insospechados.
Esta reuniones fueron consolidándose, concitando la atracción de numeroso público habitual en estas tempranas reuniones, incorporándose pocos años después, los cultores de las disciplinas numismáticas.
La propias autoridades del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires honraron entonces su importancia, con la Ordenanza del 16 de agosto de 1959, construyendo una plazuela y una calle alrededor del añoso ombú, sobre las que aún hoy, numerosos coleccionistas y estudiosos de estas disciplinas, toman como punto obligado de reunión.
También debe ser mencionada la participación de instituciones oficiales como el Correo Argentino, cuyas autoridades llegaron a crear una estafeta ambulante para entregar en el mismo parque las emisiones del primer día de emisión filatélica.
No es casual que en nuestro país, de arraigada tradición filatélica y numismática, estas reuniones se transformaran en uno de los paseos tradicionales más originales de la ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Caballito y los turistas y coleccionistas extranjeros de visita no dejaran de concurrir al parque.
A estas reuniones de filatelistas y numismáticos, se fueron poco a poco agregando los vendedores y coleccionistas de revistas y libros, que hoy forman un abigarrado conjunto, lindero con la Escuela Normal Nº 4, en una franja que va de Rivadavia a Rosario. Las reuniones dominicales en la famosa “feria del ombú”, no se interrumpen en los días de lluvia, y muchos coleccionistas y comerciantes trasladan su mercadería a los dos o tres bares que se encuentran enfrente del parque.
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Imagen: La feria del ombú del Parque Rivadavia en sus primeros tiempos (Foto de Carlos Costa).
Trabajo tomado de la revista: Historias de la ciudad, Una revista de Buenos Aires, Nº  42,  agosto de 2007.

13 dic 2010

Evocación del trolebús


(De Eduardo Criscuolo)

El 29 de abril de 1882 apareció en Berlín, Alemania, el primer trolebús. Fue creado por el ingeniero Werner Siemens y se llamó fahrdrahtbus (autobús con cable de tranvía).

Una de las primeras noticias sobre este medio de transporte público en nuestro país apareció en un artículo del diario La Prensa del 4 de diciembre de 1902, el cual informaba que se establecía la Compañía Argentina de Ómnibus Eléctricos sin otras precisiones.
Los primeros en llegar a la Argentina fueron los Westram W40, provenientes de los Estados Unidos, y eran de 1942 (algunos opinan que de 1943). El primer ensayo con este tipo de transporte se hizo por iniciativa de Agustín Llambí y Gothold Frankel.
Recién en 1946 se inició la planificación de una red de trolebuses en reemplazo de los tranvías y su estudio lo formuló la Comisión de Control de Transporte de la Ciudad de Buenos Aires. En la publicación Impulso se destacaban las ventajas del trolebús, su bajo costo de operación y mantenimiento, radio de movilidad, velocidad comercial (16 km./h en zonas urbanas), su mayor resistencia y seguridad en el frenado. A principios de 1946 se dispuso la adquisición de 30 unidades, que debían ser entregadas a la Comisión. por la empresa Siam Di Tella. El pedido original se incrementó a 130 unidades. Se trataba de vehículos sólidos y con buen espacio para 40 pasajeros sentados.
El primer viaje de prueba se realizó el 30 de enero de 1948 entre la estación Centenario y Plaza Italia. Se fijó como fecha inaugural de los servicios el 25 de mayo de 1948, pero finalmente fue el 4 de junio de ese año la salida a la calle de la línea A, con recorrido desde Plaza Italia hasta Puente Saavedra y tarifa única de 20 centavos. El 7 de abril de 1949 se prolongó esta línea por la avenida Maipú (Vicente López) hasta la estación Bartolomé Mitre. Ya en 1951 circulaban 80 unidades de trolebuses por la ciudad, que a fines del año llegaron a ser 130. En enero de 1952, quebrada la Comisión, se hizo cargo del servicio de transportes la Administración General de los Transportes de Buenos Aires, que a partir del 11 de mayo del mismo año modificó la identificación del servicio por números (A = 301, B = 302, C = 303 y D = 304). En setiembre de 1952 llegaron al país 120 trolebuses Mercedes Benz de 11 metros de largo y 38 asientos. En pocos años la flota se incrementó notablemente.
En 1954 se inauguró la línea 310 desde Eduardo Madero y Córdoba hasta Vedia y avenida Del Tejar (hoy Ricardo Balbín), cuyo recorrido era Bouchard, Viamonte, Eduardo Madero, Córdoba, Santos Dumont, Alvarez Thomas, Galván,  Del Tejar, Vedia, Valdenegro, Pico y estacionaba en Valdenegro y Del Tejar. Esta línea estableció un servicio auxiliar que hacía un recorrido hasta la estación Urquiza. Funcionó hasta el 28 de febrero de 1966 y a partir del 2 de enero de 1969 fue reemplazado por el actual colectivo 140. Un año más tarde se proyectó la instalación de un servicio (el 315) con recorrido desde el Correo Central hasta Constituyentes y Republiquetas (hoy Crisólogo Larralde), que no se llevó a cabo. En 1958 se extendieron algunos recorridos y se creó la línea 325, que nacía en Córdoba y Eduardo Madero, pasaba por Chacarita y finalizaba en Vedia y avenida Del Tejar. Luego extendió su recorrido hasta avenida De los Constituyentes y Republiquetas. El 1962 se inició el ocaso del servicio eléctrico de transporte en la ciudad. Y poco a poco se fueron suprimiendo líneas hasta llegar al año 1966, cuando el trolebús desapareció de las calles de Buenos Aires luego de 18 años de recorrerlas.
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Bibliografía:
Trasmonte, Aníbal F.: El trolebús y otros ómnibus eléctricos. Bs. As., Editorial El Escriba, 2001.
Guía Peuser Metropolitana y sus alrededores, años 1956, 1962 y 1968.
Nota:. Expreso mi reconocimiento a Aníbal F. Trasmonte, quien tuvo la gentileza de aclararme personalmente algunos detalles sobre este tema, al margen de su obra (El autor).

Imagen: Trolebús en la avenida Paseo Colón.
Este trabajo fue tomado del periódico: El Barrio, junio de 2003.

12 dic 2010

Buenos Aires y los talleres barriales de historia oral


(De Mercedes E. Míguez)

¿Qué es la historia oral? Simplemente historia, más allá de cualquier calificativo. Su particularidad radica en el uso de testimonios orales, pero sólo los que son producto de la interacción entre el historiador y el informante, quien va desplegando sus recuerdos dentro del marco de la entrevista.
Todos sabemos que la transmisión oral es previa a la escritura, pero cuando hablamos de historia oral, nos estamos refiriendo a una metodología de investigación que surge a mitad del siglo XX y se va desarrollando con el auxilio de la psicología, el psicoanálisis, la sociología, la antropología. Su razón de ser es la intención de “dar voz a los que no la tienen, a los excluidos de la historia tradicional”.
Tres aspectos fundamentales de esta metodología están absolutamente interrelacionados y no pueden separarse: oralidad, entrevista y recuerdo.
La oralidad es la desplegada en el contexto de una entrevista programada y preparada de acuerdo al tema que se quiere investigar. Esto supone un trabajo previo, tanto en relación a conocimiento de todas las otras fuentes disponibles, como a la elección de los informantes adecuados y a los aspectos que no puede dejar de ser abordados, ya sean expuestos en forma espontánea o inducidos por el investigador.
Hay una interrelación entre entrevistador y entrevistado. El historiador desempeña un rol activo pero no introduce respuestas, ni interviene con sus opiniones, ni limita el despliegue de recuerdos del informante. Su forma de escuchar es crítica, atenta a lo dicho y a lo no dicho, a las lagunas del relato y a las contradicciones. Permite que el informante estructure su discurso, pero pide aclaraciones, pregunta y repregunta y lo puede hacer porque conoce el tema. Lo que no conoce y sólo el entrevistado puede informar, es cómo él, integrante de un grupo o una comunidad, vivió determinadas circunstancias, los efectos que le causaron, cómo reaccionaron y qué sentimientos y motivaciones despertaron ciertas conductas.
El recuerdo apela a la memoria, tema controvertido si se lo relaciona con la historia. Como fuente oral, su validez no está en discusión. Los no interiorizados en esta metodología hacen cuestionamientos sobre subjetividad, fallas de la memoria e imposibilidad de abordar lo colectivo a partir de lo individual.
Pero la memoria, al conservar determinadas informaciones, remite a un complejo de funciones psíquicas, por las cuales el hombre está en condición de actualizar impresiones e información del pasado, comprender y producir ideas, transmitir experiencias y definirse a sí mismo. Ha sufrido la influencia familiar, barrial y socio-cultural en que ha vivido y vive y encarna de manera única e irrepetible los valores, modas, costumbres, mitos del orden familiar, grupal, social que los incluye en un contexto no estático, sino afectado por contradicciones, rivalidades y tensiones de sus miembros.
El recuerdo colectivo presupone y se expresa a partir del recuerdo individual. Josef Yesushalmi en “Los usos del olvido”, diferencia memoria de recuerdo. La memoria sería aquello que permanece esencialmente ininterrumpido, en cambio el recuerdo sería la reminiscencia de aquello que se olvidó. Cuando habla de memoria colectiva se refiere a un pueblo que recuerda un pasado activamente transmitido a las generaciones contemporáneas y que se recibió cargado de un sentido propio. La memoria así definida, no incluye un cúmulo de fechas, acontecimientos, referencias, sino que habla de tradiciones, ritos, valores, mitos, símbolos, creencias que dan a un pueblo el sentido de su identidad y su destino.
La historia oral no reemplaza a los documentos; ambos se completan y complementan. El historiador no busca en las fuentes orales datos, fechas, etcétera, que puede encontrar en documentos escritos. Pueden aparecer en el testimonio oral, pero no es lo que se busca.
La confiabilidad de un informante no pasa por olvidos y errores de información pasibles de ser constatados, sino por la presencia de olvidos “significativos” que dan cuenta de valores, prejuicios, creencias del contexto grupal, social, cultural de pertenencia. Esos son los que el historiador tiene que analizar.
Vale como ejemplo un hecho del taller realizado en Parque Chacabuco. En su transcurso fue surgiendo como elemento emblemático del barrio el parque: “El más grande de América – el más grande del mundo”. En el relato de los participantes se perfila como unificador del espacio barrial, lugar de pertenencia y encuentro. Los recuerdos se relacionan con épocas de progreso, seguridad y bienestar donde el parque era representado como un espacio pleno, sin fisuras, donde no falta nada: confería orgullo a la identidad barrial.
La estatua de un puma era un elemento importante, símbolo propio y distintivo. La construcción de la autopista que lo atravesó, derrumbó casas y obligó a la emigración vecinal y ese corte fue vivido como una herida en ese orgullo barrial.
Los vecinos asociaban temporalmente la construcción de la autopista con el retiro de la estatua y ambos, con el advenimiento de un tiempo nefasto. Lo cierto es que la autopista fue construida por el gobierno militar, pero el retiro de la estatua lo fue durante el período democrático anterior.
Este “error” de todos los integrantes del taller, pierde riqueza si sólo es visto como una falla de la memoria, en lugar de ser leído con otra significación. Nos dice cosas que no aparecen en el relato. El quiebre del mito barrial, donde el puma simbolizaba al parque como referente de identidad y del pasado como de un paraíso perdido.
Hemos intentado explicar aquí una nueva metodología. El documento, el libro, la fotografía, el plano, el diario y la historia oral se van conjugando entre sí para hacer más comprensible el pasado, tarea que siempre estará incompleta y por ello siempre abierta a nuevas miradas.
No podemos ni debemos simplificar. Pensar en la historia oral como recopilación de anécdotas conmovedoras o nostalgiosas es simplificar. Hacer historia oral es hacer historia.
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Imagen: “El yaguareté”, escultura de Emilio J. Sarniguet emplazada en el Parque Chacabuco; el “puma” al que se refiere esta nota. (Foto: M.A.F.)
Trabajo tomado de la revista Historias de la ciudad, Nº 3, marzo de 2000.

Tango que me hiciste mal


(De Enrique Medina)

Nace el tango cuando en Buenos Aires la aglomeración de inmigrantes se convierte en un aluvión de almas en pena. La mayoría viene de España e Italia. Son familias muy humildes. También vienen muchos hombres solos. Esto da lugar a que la ciudad se convierta en un centro de prostitución muy importante. El libro El camino a Buenos Aires, del francés Albert Londres, se transformó en un best seller mundial. Fueron los polacos judíos quienes coparon el mercado disimulando la actividad detrás de la organización Sociedad de Socorros Mutuos Zwi Migdal. Desnudó ese mundo el comisario Julio Alsogaray; Trilogía de la trata de blancas se llamó su ensayo publicado en 1933. El libro es inhallable y nunca se reeditó. Se dijo que la Sociedad había comprado la totalidad de los ejemplares y amenazado al autor y al editor. Existen otros libros, pero el de Alsogaray siempre fue considerado el mejor, quizá porque el cargo de comisario le permitió un conocimiento profundo del tema. En ese panorama, en tanto que sirve para ventilar amores y desamores de proxenetas, cafishios y prostitutas, el tango encarna el espíritu de Buenos Aires. Discépolo filosofó que “el tango es un pensamiento triste que se baila” y el vulgo escupió: “Es el lamento de un cornudo”. En realidad, son castigos del cafishio que pierde a su “mina” (alusión a las minas de metales que generan enormes ganancias). Y las peleas entre guapos jerarquizadas a niveles de La Eneida son broncas por minas que desean ir a otro burdel o cambiar de dueño. Los títulos eran axiomáticos: “El choclo” (el pene), “A la gran muñeca” (referido al ejercicio masturbatorio), etc. Había letristas y músicos que eran cafishios; otros no, pero querían serlo. Por algo Gardel cantaba: “Detrás de cada otario siempre hay un gigoló”. Arolas, el compositor, fue uno de los más renombrados. Lo apuñalan en París al intentar robarle la mina a un cafiolo del lugar. Cuando el tango llora “percanta que me amuraste”, no se refiere a una pena de amor, lamenta la pérdida de la mina que fue ganada por otro cafishio. No le deja el alma herida, le deja el bolsillo vacío. El tango era el aperitivo, el precalentamiento, la verificación de que ese cuerpo aferrado estaba fuerte y pronto para lo que Borges llamó “la trabazón carnal”. Se verificaba el estado de la carne viva para faenarla, así de simple. Luego, la competencia obligó al retoque y los bailarines adquirieron estilo y pretensiones. Cuando aún no era la hora de abrir el prostíbulo, las pupilas bailaban entre ellas y en la calle los hombres hacían lo mismo; pero ello no indicaba ningún flagrante homosexualismo, no, sencillamente practicaban, ensayaban nuevos pasos. El gran bailarín de ese tiempo fue “El Cachafaz”. De él sólo existe un fragmento de pocos segundos en la primera película sonora, Tango. Bailaba canyengue, orillero, que está más cerca de lo exagerado que de lo elegante. Cuando este bajo mundo entra en decadencia, el tango, gracias a grandes cantores, Gardel especialmente, emerge limpio y sólido, autocalificándose como la música ciudadana de un pueblo que resume el linaje de una patria, y lo que nació sólo para ser bailado comienza a ser escuchado por sus letras. Hoy, el tango vive una etapa muy extraña: goza de una popularidad mundial nunca soñada, aún mucho más que cuando en 1924 el papa Pío XI le dio la bendición. Pero no hay bailes con orquestas en vivo ni cantores de arrastre que simbolicen nuestro tiempo. Y más curioso se torna el panorama al ver en los salones de baile con grabaciones, que las orquestas que se escuchan son todas del ’40 y del ’50. Aquí el nombre de Piazzolla tiene responsabilidad en mucho: siempre dijo que hacía música para escuchar. Su indiscutible y merecido éxito hizo desaparecer los espacios para las milongas. Milongas que hoy pretenden sobrevivir aferradas a la cuerda de viejos tiempos inolvidables y señeros en que, a pesar de esos ambientes prostibularios, existían normas, valores y un país, a diferencia del de hoy, que florecía como la primavera. Bueno será entonces que actualicemos nuestra música con tangos exitosos que retraten y narren nuestro presente, para testimoniar la alegría y el horror que nos asedia, y así darles felicidad (es un decir) a los cuerpos argentinos que, vaya a saberse por qué, sea en las buenas o en las malas, tanto seguimos necesitando el abrazo.
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Imagen: El Cachafaz y Carmencita Calderón (Foto de la página web: malena-tango.com).
Nota tomada de la página web: Buenos Aires Sos.

11 dic 2010

Latas, cospeles y fichas


(De Mario Tesler)

No constituye una novedad de estos tiempos el suplir la moneda metálica, de curso legal, por cospeles (piezas de metal chata y lisa) o por fichas (necesariamente impresas, ya sea con algún sellado o con algún estampado).
Debo señalar que dichas palabras no fueron empleadas como sinónimo de moneda. En cambio el término que se usó por aquel entonces para designar al elemento sustituto era lata; así fue no solamente en Buenos Aires sino en todo el país. Hoy ha caído en el olvido, pero lo recuerdan quienes se ocupan en acopiar palabras utilizadas vulgarmente.
Antes y por lo general, el término lata era frecuentado por quienes mercaban con el género humano y sus víctimas, me refiero a la explotación del hombre y de la mujer por el varón.
Las empresas dedicadas a la explotación de los trabajadores en los obrajes, yerbatales y actividades análogas entregaban latas en pago de los jornales, las cuales sólo se admitían en sus comercios o en los regenteados por algún testaferro.
Hoy día persiste este sistema prohibido por la ley nacional, pues de tanto en tanto aparecen denuncias al respecto. No obstante, ya no se trata de latas sino de vales en reemplazo del papel moneda.
También la lata fue ficha metálica utilizada en los lenocinios, para controlar y contabilizar el trabajo de las mujeres sometidas a la prostitución.
En los casos mencionados las piezas eran de diferentes valores pero todas de latón, de donde proviene precisamente la denominación que les fue dada para identificarlas. Lo mismo ocurrió con las antiguas monedas de uno y de dos centavos, llamadas cobres porque la mayor proporción en la aleación era de ese metal.
Ahora bien, en los últimos años, el reemplazo de la moneda por una pieza de metal acuñada para acceder al tren subterráneo o bien para establecer una comunicación, desde un teléfono público alcancía, ha generado el uso de los vocablos cospel y ficha cual si fueran sinónimos; sin percibir que se trata de términos cuyo significado si bien no es opuesto, representa uno la primera etapa en la elaboración de la pieza y el otro la segunda y última.
En otras actividades y para ciertos menesteres, el fragmento de metal o plástico (con forma de disco preferentemente) no se vio involucrado en esta confusión. Quienes se refieren a ellos nunca emplean la palabra cospel para su designación genérica. Tal el caso de las piezas que se utilizan en el funcionamiento de los parquímetros.
De los servicios públicos citados, el telefónico y el de subterráneos, no recuerdo con precisión cuál originó la incorporación de cospel en el habla popular, o bien en el vocabulario vulgar. Lo que sí puedo afirmar es que tal objeto fue incorporado por la Empresa Nacional de Telecomunicaciones, al habilitar el servicio de telediscado entre la ciudad de Mar del Plata  y la  Capital Federal. En adelante el empleo del término cospel, tanto en la documentación oficial de la ENTel como en la publicidad que efectuó a través de los diferentes medios de información, contribuyeron de manera primordial y fundamental a la asimilación y empleo indebido de esta palabra.
Contrariamente a lo que suponen algunos refractarios a consultar el diccionario, esta palabra se halla incorporada a la lengua castellana. Por consiguiente no se está frente a un vocablo nuevo. Tampoco se trata de un extranjerismo.
Gracias al espíritu crítico que permanece en algunos, al poco tiempo se develó el error de tal denominación para referirse al disco de metal acuñado con el propósito de sustituir la moneda corriente.
 Claro está. La corrección en estos casos no es tarea fácil. Mucho menos factible de realizar con la misma celeridad con que se difundió el error.  No obstante la Empresa procuró expurgar el término cospel de su lenguaje. En su documentación sólo se habló entonces de fichas. Esto no es óbice para que algún organismo o algún funcionario lo siguiera empleando, tal lo ocurrido hasta poco antes de la privatización, en la oficina pública "Catedral", donde un destacado cartel colocado en uno de los escaparates ofrecía cospeles en venta.
Oportunamente el titular del Instituto Americano de Lexicografía y Lexicología, profesor Alberto F. J. Otamendi, remitió una nota a la ENTel (Empresa Nacional de Telecomunicaciones), formulando al respecto consideraciones de orden lexicográfico.
Atento a la argumentación expuesta por el presidente de dicha entidad y con un previo estudio sobre el particular que efectué, a la luz de diccionarios y vocabularios especializados, el otrora titular de la Gerencia de Explotación, Carlos A. Vidal, en nota fechada 12 de abril de 1976, pudo asegurar al recurrente que se tomaron los recaudos para sustituir el empleo de la cuestionada denominación por la de ficha. Pero al parecer el error caló en el habla con mayor intensidad que el afán de rectificación. Entre quienes parece haber producido más tibio efecto es en los medios periodísticos (especialmente en matutinos y vespertinos). Aquí se puede constatar la gran influencia que, para bien o para mal, se puede ejercer desde los medios de difusión masiva. Es dable observar que el común sólo asocia y confunde con cospel a la ficha para hablar telefónicamente o –en algunos casos– para viajar en subterráneo.
A nadie se le ocurre comprar cospeles en las casas de juego, especialmente en los casinos. En cambio se suele usar fichas o cospeles para el juego de pool.
En algunos locales que recientemente han instalado mesas para esta versión moderna de billar, he podido constatar que se emplean piezas de metal con o sin grabar. (Las del tradicional Café “Tortoni”, por ejemplo, son cospeles porque se trata de piezas lisas). Aún así los interesados en dicho juego y quien lo administra sólo frecuentan la palabra  ficha  en  su  trato  cotidiano. Los mismo ocurre en los parques de diversiones o en los locales que explotan comercialmente los juegos electrónicos.
Tampoco los mozos usaron el término cospel. Con anterioridad a las actuales registradoras, en los bares y en las confiterías éstos iniciaban su labor diaria recibiendo una cantidad de fichas, de diferentes valores, reintegrando el resto en relación con el monto de las consumiciones atendidas. Al finalizar la jornada canjeaban la cantidad entregada por su equivalente en dinero.
Así, con estas observaciones, se puede apreciar el limitado mal uso del término cospel. Es decir que no se generalizó como sinónimo de ficha. Su empleo en la actualidad sólo prosperó entre los propensos en preservar mañas, con el agravante de estar alimentado por uno de los medios informativos de penetración más eficaz: la palabra escrita. En consecuencia lo prudente es la rectificación del error. Pues, en manera alguna justificaría este caso obviar la ortodoxia académica. Es decir que nada obliga a provocar un enfrentamiento estéril entre la etimología y la semántica.
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Imagen: Cospeles que se usaron en Subterráneos de Buenos Aires.

El credo del estaño


(De Jorge B. Rivera)

Creo en los que copan la noche, ángeles extáticos
de la muerte de Buenos Aires;
en el dolor a la deriva, en el dolor
que no ancla, hermano del hombre;
en los que se arrancan los ojos para ver
en las tinieblas, la lengua para hablar,
el sexo para amar sin ser sentidos.
Creo en la agria desnudez de la palabra mendiga;
en la apolillada amistad de cuatro copas,
en los que aman y en los que odian
con la misma sed brutal de sentimiento.
Creo en esa yiranta que buscaba a Dios por Talcahuano;
en Francisco Fiorentino que se ahogó en el canto;
en los estaños donde recala la tristeza
bebiéndose el perfil de milonguita.
Creo en Corrientes entre Callao y el Obelisco,
en los que se fueron de pronto sin sentirlo;
en la mañana que sube desde el Bajo
remando a contrapelo como un tango de Enrique.
Creo todos los días puntualmente, en Buenos Aires.
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Imagen: “Sombra en la calle” (Foto sin autor tomada de la web).

10 dic 2010

Puentes en una Buenos Aires que no existe


(De Fernando Sánchez Zinny)

Presuntamente, las calles definitorias de nuestra porteñidad transcurren por una superficie casi absolutamente plana, sin más contradicción que las barrancas del Bajo; es cierto, en general, pero no del todo. Si prestamos atención es fácil advertir que algunos desniveles existen, a veces bastantes marcados, según cabe verlos en la avenida Garay, más arriba de Jujuy, lo que da cuenta de que no andan demasiado desencaminados los manuales que hablan de la “pampa ondulada”.
Los criollos viejos hablaban de “altos” y de “lomas” y, en efecto, los hay, disimuladas hoy por las construcciones y los sucesivos nivelamientos que cada una de ellas entraña. Abajo están la tierra negra, la madre nutricia, la arcilla, la tosca. Buenos Aires tenía fama, hasta antes de su gran apogeo, de ser muy sucia. La culpa era de los vecinos, por supuesto, pero también del terreno, al que bastaba un poco de agua para convertirlo en fangal, sin contar con que su misma regularidad facilitaba que lo llovido se estancase  en transitorios pantanos y lagunones, lugares que al ser en prevención eludidos se convertían en ámbito de marginales y menesterosos y en receptáculo de todo tipo de basuras, entre las que en aquel tiempo no eran pocas las consistentes en restos de animales.
Entre las lomadas corrían mínimos cursos temporarios que actuaban como bocas de tormenta. Al unirse varios daban nacimiento a un zanjón, al que otros aportes terminaban constituyendo en uno de los “terceros”, dos de los cuales fueron frontera real de la urbanización originaria: en el sur el “de Granados” que discurría por atrás de Santo Domingo hasta llegar al Bajo por la actual Chile. Al norte, el impreciso tercero “de  Matorras” que venía desde atrás de Miserere, seguía más o menos las trazas de Anchorena y Córdoba y se perdía aproximadamente al llegar a Talcahuano para seguir luego por Paraguay –donde ha dejado en recuerdo el espacio que ocupa la plaza Alsina, antiguo hueco “de doña Engracia”–, y también por Libertad.
¿Puentes en la Gran Aldea? Sí que los hubo y no sólo el “de Gálvez”, construcción de madera tendida sobre el Riachuelo, donde hoy está emplazado el puente Pueyrredón viejo. Había, además, otros, de los que muy poco se sabe. El Granados tuvo uno a la altura de Defensa, un segundo en Bolívar entre Méjico y Chile, y el tercero en Perú y México, los tres de madera. El más popular fue el segundo, popularmente conocido como “de las Beatitas” y teatro, a estar a lo que relata la tradición, de alguna de las infames hazañas de la Mazorca.
Por su parte, el Matorras, tuvo uno en Florida y Paraguay, que algunos creen que era portátil y sólo se colocaba en los días de lluvia. Se le ha atribuido, en virtud de ello, alguna inestabilidad y ello justificaría lo que narra Ricardo M. Llanes: Estanislao del Campo y un amigo, yendo a una fiesta –y acaso ya un poco “alegritos” –, fueron ahí a dar al zanjón de modo que quedaron horriblemente enlodados y en estado sólo de huir en alas del papelón. En cambio, el construido en Viamonte y Libertad era de material y lo suficientemente coqueto como para haber merecido convertirse en inocente reminiscencia veneciana: se lo llamaba –tal vez con sorna– “el puente de los suspiros”.
Está documentado que el más viejo puente de Buenos Aires se tendió  en 1614 cerca de la desembocadura cenagosa del Maldonado, tal vez en las proximidades de la actual Libertador, para comunicar con la ciudad al molino establecido por un tal Hernán Suárez Maldonado, cuyo apellido en una de ésas hasta ha originado la enigmática denominación de ese arroyo hoy subrepticio.
Pero para la época independiente ese puente había desaparecido hacía muchísimo y ese curso era salvado por otro de madera a la altura del camino del Norte, que así se conocía a Santa Fe, lugar en que era necesario pagar peaje, o “pontazgo”, mejor dicho. De madera en un comienzo, hacia 1870 se lo reconstruyó de material, años en que también se habilitó otro a la altura de Morón, designación para entonces del tramo superior de Corrientes.
Quienes han conocido el Maldonado “y han visto en sus aguas reflejarse la luna” –gente ya muy mayor– dan fe de que era una zanja de mala muerte, de repente convertida en caudalosa. Como se sabe, si la lluvia coincide con sudestada la consecuencia son las inundaciones que hasta hoy afectan su cuenca; de lo contrario el agua acrecida circula aunque sea lentamente con la inevitable lentitud que le imponen la llanura y las sucesivas hoyas del terreno, lo que incluso pasaba en muchas calles. Las hoy México y Paraguay, por ejemplo, pasaban inopinadamente de andurriales polvorosos a criaderos de ranas. Chiclana –para entonces el “Camino de la Arena”– era por donde venían las tropas de ganado: las pezuñas ahondaban el declive natural y a la altura de Rioja bastaban algunas gotas para formar un verdadero río, al punto de que “el tren de la basura” contaba con un terraplén para pasarlo: lo salvaba a la altura de la proyección Oruro­ - Deán Funes, donde había un puente de hierro, de esos clásicos que han dejado los ingleses por tantos lados.
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Imagen: El primitivo puente Alsina.

9 dic 2010

La República de Luis Luchi


(De Lilian Garrido)

Teníamos varias cosas en común. Nos gustaba juntarnos a charlar hasta altas horas de la madrugada: la noche, en Buenos Aires y en Barcelona, es más apta para que fluyan los pequeños y grandes temas. Leíamos hasta el hartazgo (él mucho más que todos nosotros).
La literatura –sobre todo la poesía–, ocupaba un lugar importante en nuestro temario. Lo que más me interesaba escuchar, sin embargo, era el enorme anecdotario que rodeaba cada poema, cada edición, cada nombre. Para todo y para todos había un contexto, una referencia. Y era entonces como revisar la historia, la universal y la cotidiana, la oficial y la secreta. Paseábamos por el mundo sin movernos de esa mesa de café, sin salir del comedor de su casa o de la mía.
Por las rendijas de la interminable conversación se filtraban sus análisis políticos, su visión de las cosas. Nunca lo escuché hablar mal de nadie, quizá porque su infinita bondad le permitía comprenderlo todo y si la cosa se prestaba para una opinión adversa, su ironía la disimulaba.
Me acuerdo del día en que le mostramos una foto de Paco Urondo en Cuba, al lado de un retrato de José Martí. "Ah, sí. A ellos les gustaba sacarse esas fotos importantes", fue el único comentario.
Había nacido en Buenos Aires el 11 de octubre de 1921 pero se mantuvo siempre más joven que todos y por eso nos acercábamos a pedir opinión o consejo o simplemente a buscar sus oídos atentos y su palabra amiga. Era un sabio. Su sabiduría radicaba más que en los conocimientos que le habían dado sus lecturas y experiencias de vida, en su sencillez y humildad sin límites.
Enemigo de los homenajes y las fajas de honor, nunca conocí a nadie tan sinceramente desinteresado por los premios, tan ajeno al lobby. Habíamos crecido en el mismo barrio y esa denominación de origen nos hacía indestructibles. Parque Chas no tenía secretos para nosotros y mucho menos para ellos, una buena barra, que había pasado de las calles de tierra al asfalto casi sin darse cuenta. Ir de Cádiz y Victorica a Bauness y Bauness era sólo caminar cien metros.
En otro barrio hubiera sido una línea recta, pero en el nuestro es todo curvo y ondulante, como las caderas de las musas de Pedro Gaeta. Esa distancia tan corta se transformaba en un "viaje" en sentido griego, un camino de aprendizaje. En uno de mis viajes aprendí, Luchi me enseñó, que el trabajo debe ser remunerado; en otro, me llevé a Hemingway bajo el brazo; en otro, supe que el conocimiento es una tarea sin fin. . .
Una vez a mi hermano, entonces un pibe, se le había ocurrido leer la Biblia. "Tenés que pedirle permiso a tu papá, porque tiene algunas partes pornográficas". Papá, que nunca la había leído, se sorprendió con la advertencia.
No había motivos para prohibir su lectura, pero si Luchi lo observaba… Había hacia Luchi cierta veneración y respeto. El propio Roberto Santoro, íntimo amigo, en un reportaje que le hizo y que quedó registrado, por momentos preguntaba con excesivo cuidado.
Era, por otra parte, complicado lograr una entrevista: su modestia –sincera, nunca falsa– lo ubicaba en una situación incómoda cuando se sentía centro. Era orgulloso, sin embargo, de su trabajo de poeta y muy cuidadoso de sus publicaciones. He estado toda una tarde junto a él corrigiendo las pruebas de Fuera del margen y, me consta, tenía en claro cada verso, cada palabra.
Para la edición de Amores y poemas en Parque Chas, seleccionó y envió los poemas desde Barcelona, eligió el título, revisó las pruebas que le llegaron por correo y nos las reenvió a la semana siguiente con algunas aclaraciones ad hoc. Un modo de mostrarnos que en su elección por el ocio –ocio creador, se entiende–, había responsabilidad y respeto por la gente.
Por lo demás, es un error creer que Luchi se desentendía de las ediciones: en la medida de sus posibilidades, manteniendo un estilo "porteño por la sutileza", seguía de cerca el asunto. Sin dudas, faltó un agente literario que viera en sus escritos valiosa mercancía. No faltaron en cambio amigos –tenía a montones–, que valoraran su poesía.
Su primer libro, El obelisco y otros poemas, fue publicado porque el escritor Juan José Manauta, entonces director de Signo, se había entusiasmado con los poemas de Luchi, quien trabajaba como vendedor viajante para esa editorial. Desde la publicación de El obelisco..., en 1959, hasta Poemas y pinturas (1999), fueron 40 años dedicados a la poesía.
Trece libros aparecidos en la Argentina y cinco en España, además de los tres discos y el compact disc donde quedó registrada su voz, hablan de una producción vasta y muestran un universo poético donde absolutamente todo tiene cabida.
En su casa de Bauness y Bauness  –Bauness entre Bauness y Atenas, para ser más precisa–, era fácil encontrar a Luchi durante el día, sentado en una habitación tapizada con libros del piso al techo, leyendo o escribiendo. Papá había ido a visitarlo una mañana y ahí estaba, muy concentrado en la lectura de una novela: –Hola, Luchi!, ¿qué está leyendo?  –Los Karamazov. –¡Dostoievski!. Yo la leí hace mucho… –Yo la leí cinco veces. –¿Qué le parece?  –¡Una porquería!
Los domingos a la mañana podía vérselo en la plaza (la placita del Trébol, por supuesto), hamacando a sus nietos. Por las noches había que buscarlo en algún bar de la avenida Corrientes o sus alrededores o en algún acto de homenaje a o de solidaridad con o en la presentación de algún libro –propio o ajeno–, o en una lectura de poemas o en la inauguración de una muestra o simplemente caminando por ahí, recorriendo librerías o disfrutando de los colores y olores de Buenos Aires. Difícilmente anduviera solo.
Era habitué del bar “Ramos” –cuando el “Ramos” era el “Ramos”–, de “El Estaño” de Talcahuano y Corrientes –que había bautizado El Gardelito– o del viejo “Bachín”, la cantina que estaba sobre Sarmiento, casi esquina Montevideo. Solía ir a “La Paz”, “Los Pinos” y “La Academia”, también.
En Parque Chas tenía su "despacho" en el bar de Triunvirato y La Pampa. Le gustaban los bares a la vieja usanza y una de las cosas que más lo había tocado fue descubrir, en una de sus venidas a Buenos Aires, la impersonalidad que habían adquirido los boliches, todos iguales, con sus luces de neón y mesas de fórmica. Gran caminante, conocía Buenos Aires mejor que cualquier porteño y Barcelona mejor que cualquier catalán.
Ese andar observándolo todo, en sus mínimos detalles, le daba material para sus poemas. Su observación del habla popular, de las costumbres, de las pequeñas y grandes cosas de la vida, su percepción del alma humana y su conocimiento de la historia, lo colocaban en una situación de privilegio.
Cuando a fines de 1975 decidió irse a Barcelona, en barco, algunos amigos organizaron la cena de despedida en la cantina “Chicho”, de Plaza y Zárraga. Roberto Santoro, tras haber comido los tallarines y albóndigas de rigor, especialidad de la casa, se puso de pie, leyó un "discurso" optimista y le entregó obsequios preciosamente preparados para la ocasión: un boleto de tranvía y una bolita cachuza.
Nadie pensaba en el adiós, pero todos intuíamos –situación política mediante–-, una larga ausencia. Contra todos los pronósticos, Luchi quedó anclado en Barcelona. Vino unas cuantas veces a Buenos Aires pero su idea de volver para siempre quedó incumplida. Tenía, eso sí, estrategias que irremediablemente lo traían al barrio. Repetía hasta el cansancio que el dedo de la estatua de Cristóbal Colón, erigida en el puerto de Barcelona, señalaba Parque Chas.
Siendo consciente, además, de la personalidad del barrio y como buen anarquista, la fundación de la República Independiente de Parque Chas se había transformado en un objetivo a corto plazo. Decía que sobre Pampa, "nuestro río navegable", debíamos anclar los barcos para defendernos de los ataques de Villa Urquiza. Había elaborado numerosas tácticas militares, envidia de los mejores estrategas, para sorprender al enemigo en esa especie de tela de araña, contándose entre las más eficaces la cita en Ávalos y Berlín…
Una noche, desde el balcón de su departamento de Victorica y Pampa, atalaya de la República, me señaló los puntos estratégicos para la ubicación de los francotiradores. Esa misma noche y en ese mismo balcón, me confesó la tristeza que le producía regresar a España. "¡Y justo ahora te ponés melancólico!  Pensá que vas a hacer un trámite y volvés”, le dije. "¡Eso!”–me respondió “–¡Sí señor! Voy a arreglar unos asuntos con mi notario y vuelvo”.
La última vez que estuvo por estos pagos fue en 1995, cuando se presentó su libro Jardín Zoológico. En Barcelona fue siempre un porteño más. Nunca abandonó el mate ni la vida de boliches. Siguió escribiendo en español rioplatense (en Resumen del futuro publica "Vida rea", poema lunfardo que pocos catalanes habrán entendido). Siguió participando activamente de toda causa que considerara justa.
Allá –24 años no es poco–, se hizo su lugar (no muy diferente del de acá). Los poetas jóvenes lo respetaban y admiraban y prueba de esto es el homenaje que le hicieron en las Ramblas, hace algunos años. Tan desinteresado por ser centro de nada (no desagradecido, ¡cuidado!), el día que tenía que leer dejó los poemas en su casa y hubo que ir a buscarlos. Pero así era Luchi y por eso lo queríamos.
Haciéndole un corte de manga a las leyes de la naturaleza lo creíamos inmortal. Sabíamos de sus problemas cardíacos, de su fatiga, de su internación en el Hospital del Mar y de su resistencia a la internación. Sabíamos de sus años de alcohol y cigarrillo. Sabíamos muchas cosas pero la convicción de su inmortalidad era más fuerte.
Por eso, cuando el 21 de octubre de 2000 me llamaron para decirme que había muerto, no pude más que despedirlo con un ¡Parque Chas libre o muerte!, en un esperanzado intento de confirmar que la República Independiente de Parque Chas seguía en pie.
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Imagen: El poeta Luchi (Foto tomada de la página ramblejant.com).
Nota tomada del blog luisluchi.blogspot.com

La mística dicha del Jardín Japonés


(De Luis Alberto Ballester)

Las obras de los hombres suelen reflejar sus más trascendentes deseos y aspiraciones: el mundo y el espíritu representan un idioma  que el ser humano descifra.
Los jardines participan de ese universo. Son como un símbolo creado directamente con los elementos de la naturaleza: en ellos crece el misterio, los interrogantes ante una realidad incontestable y a la vez velada.
El jardín, ubicado en los bosques de Palermo, fue donado a la ciudad de Buenos Aires por la colectividad japonesa, y se inauguró en 1979.
Una simbología poética y mística se desprende de este quieto jardín, que alberga también la fugacidad del agua de su lago. Observándolo, el paseante sensible se adentra en el compás rítmico de lo que es. Rocas irregulares, de una descarnada comunicatividad, hablan de lo duradero, de lo permanente. Pero este sentimiento se quiebra, irónicamente, al contemplar el agua del lago, rizada por el viento, que nos confiesa que impera la fugacidad. Como dijo Buda: "El verdadero dolor reside en que todo es impermanente". El agua es surcada por los destellos dorados y rojizos  de los peces, es atravesada por senderos de madera o de piedra de donde el transeúnte puede observar el paisaje desde distintos ángulos. Cobra, entonces, una inusitada riqueza.
Un puente curvo lleva a una isla alomada, sobre la que reina la beatitud de la soledad, flanqueada por un farol japonés de piedra. Los árboles susurran con la brisa: el paseante sabe, al mirar el jardín, que debe colocarse más allá de los pares de opuestos, más allá de lo durable y lo efímero, en un estado que alcance el “satori”. El poeta y monje budista japonés Basho confesó en un luminoso poema de diecisiete sílabas, un “haiku: “Hasta una choza puede convertirse en este tornadizo mundo en una casa de muñecas”. En el recinto vegetal, en el que cada elemento es un símbolo sutil del hombre, nace  una visión religiosa, que une al hombre con lo que lo rodea. Es efímero como el agua que corre y cambia, pero volcado hacia lo perdurable, representado por la piedra. Su destino reside también en la armonía de la belleza. Un golpe suave de su presencias y el hombre alcanza la “iluminación”, un estado de paz por donde se navega por el todo, lejos del dolor, de la enfermedad, de la vejez.
Mientras estamos en el Jardín  Japonés estas existencias brotan para desaparecer. Esta calma arriba como un viento que después es brisa, y luego serenidad y silencio.
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Imagen: Foto tomada de la página web: enlamaleta.es
Texto tomado del libro: Revelación de Buenos Aires.