27 ene 2011

Moscato, pizza e historia


(De Fátima Montivero)

“El Cuartito, la buena pizza" anuncia el cartel de luces de neón de la entrada.  Y es verdad, esta pizzería, fundada en 1934, lleva 76 años preparando una de las mejores pizzas porteñas.
Cada porteño que se precie de tal cree conocer el lugar donde se come la pizza más rica de Buenos Aires. Algunos sugieren “Angelito”, otros “Las Cuartetas”, algunos “Imperio”, los más tradicionalistas disfrutan del “Moscato, Pizza y Faina” de “Kentucky”, si caminan por Corrientes entran en “Güerrín” o si quieren disfrutar de la tradicional pizza de cancha –o "canchera"– se dan una vuelta por “El Fortín”.  Pero en el corazón de Barrio Norte, ahí donde ahora todo compite por lo "chic", se cuela “El Cuartito”, una de estas pizzerías que no podrían faltar en la menos trabajada de las guías turísticas para recorrer la  ciudad.
En la vereda de Talcahuano 937, donde para muchos se come "la mejor pizza de la ciudad", cuesta encontrar menos de una docena de personas en sala de espera.  Una vez adentro, la opción se bifurca: o se presta un tiempo más a que el mozo asigne una mesa o se come de parado.  La barra es la elección de aquellos que se hacen una escapada al mediodía para disfrutar de lo que este lugar tiene para dar. 
Mozos que vienen y que van, se mueven con gran rapidez y destreza, hablando casi a los gritos. No se podría hablar o escribir acerca de  “El Cuartito” si no se hiciera referencia a ellos. No se trata sólo de la excelente comida que este lugar ofrece o de su característica ambientación, sino que la atención que se brinda es también una parte fundamental de su esencia. Quienes toman los pedidos son hombres, todos ellos con notoria experiencia en el oficio, reconocen a los clientes habituales y los ubican en las mesas de preferencia, sirven alguna que otra porción de fainá de cortesía y realizan pequeños descuentos (que luego, todo buen cliente sabrá reconocer al dejar la propina).
El ambiente es bullicioso, sobresalen los gritos de los mozos por encima del sonido de los moldes, platos, vasos, cubiertos, conversaciones y risas; todos estos elementos componen la sinfonía de “El Cuartito”. No se trata, claro está, del lugar indicado si se busca disfrutar de una cena íntima. Cualquier pareja podría sentirse apabullada entre tanta gente y ruido. En cambio, sí, si lo que se quiere es disfrutar de una generosa pizza con amigos. Y cuanto más numeroso sea el grupo, mejor.
Puede distinguirse con gran facilidad a los que juegan de local de los visitantes.  Los primeros, saben qué pedir: no necesitan mirar la carta, conversan en voz alta, realmente alta, y charlan con los mozos.  Los segundos, que por lo general se acercan a “El Cuartito” por recomendación, observan al resto de los comensales, se muestran tímidos e indecisos a la hora de elegir alguna de las prestigiosas pizzas.
Sin importar cuán hambriento se esté, resulta imposible no detenerse a mirar las paredes de los dos inmensos salones en las que se exhibe gran parte de la cultura popular de los últimos 70 años. Son cientos de afiches y fotografías del mundo deportivo, del fútbol y el boxeo principalmente, y de figuras de la farándula, muchos de ellos con dedicatoria y autógrafo incluido.
Al momento de pedir las pizzas es fundamental recordar que se está en un templo del placer y suspender la culpa por las calorías (y por algunos precios, sobre todo en la bebida), “El Cuartito” es un lugar para comer bien y salir con la barriga hinchada  –de felicidad–.  Las pizzas son de media masa, gorditas pero no tanto, con abundante queso mozzarella que chorrea por los costados de cada porción, que al ser servidas forman hilos de hasta medio metro de longitud.  Imperdibles las clásicas como la de mozzarella, la napolitana, la de fugazzetta y la de anchoas.  En torno a esta última suele generarse la discusión, por un lado se encuentran los puristas que sostienen que "la pizza de anchoas jamás lleva queso", también están aquellos menos ortodoxos que comentan que "está bien, no lleva queso pero me gustaría probarla con queso", o también los fundamentalistas que exclaman que "una pizza sin queso no es pizza", haciendo caso omiso de manjares como la fugazza o la pizza de cancha.  También son recomendables la Atomic, con longaniza y salsa tabasco y la Tutti cuanti, que tiene de todo un poco.
Los postres que se sirven son los más tradicionales: arroz con leche, budín de pan, flan y tarantela.  Para beber, siempre se puede recurrir a una cerveza bien fría, o bien se puede optar por un generoso moscato con un poco de hielo y soda.
Para aquellos que buscan pizzas sofisticadas con un toque gourmet, éste no es el lugar.  Ni siquiera se molesten en preguntar, no encontrarán queso de cabra ni hojas de rúcula.
“El Cuartito” es un lugar para comer pizzas como las de antes, de porciones abundantes con mucho queso, donde siempre hay a mano orégano y ají molido para agregar a gusto.  Como sabiamente reza la canción de Memphis: "Moscato, pizza y fainá..." una tríada infalible.
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Imagen: Interior de la pizzería “El Cuartito”.
Tanto la nota como la imagen fueron tomadas de la página Buenos Aires Sos.

24 ene 2011

"La cumparsita"


(De Stella Maris Taboro)

Ella, grabada en mi alma argentina,
los ritmos queridos de la cumparsita,
exaltando el corazón de las afroditas,
entre la luz débil de los fríos faroles.

Cumparsita de ritmos ondulantes,
cómo escucharte sin dibujar en el suelo
giros de un baile sensual y arrabalero,
en historias de bandoneones resonantes.

Giros extraños de pies hechizados
desenfadados en el aire,
alcanzando el rostro del bailarín osado,
sujetando la cintura con donaire.

Sonrisas en el punto crucial de las miradas
que se amuran sigilosas junto al cuerpo.
Así naciste cumparsita,en el lejano tiempo
entre percantas y bacanas ya olvidadas.
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Imagen: "Tango" (Tomado de travel-buenosaires).

21 ene 2011

Tertulia de los domingos en el café “Gardel”


(De Carlos R. Danelli)
Domingo. Es de tarde. Una cinta gris se tiende a lo largo de la calle Boedo. Las mesas de los cafés son los tapetes en que se juegan la inquietud, la diversión o el aburrimiento. Un diariero vocea: ¡Aquí Boedo!.. El trayecto de paseo elegido por los transeúntes es, naturalmente, el que demarcan las avenidas San Juan e Independencia. Ya son las cinco. Es la hora en que se reúnen algunos colaboradores del periódico Boedo en el viejo café “Gardel”, sito en México y Boedo. Lentamente me acerco a él. De pronto se recorta allá cerca la inconfundible figura de don Vicente P. Giorno, agudo escritor y dúctil poeta; pero, sobre todas las cosas, “rey de la viñeta”. Paso lento, sombrero verde levemente inclinado, mirada firme que el azul de los ojos hace más penetrante. Nos saludamos brevemente. Poco después, ya sentados a la mesa de nuestra predilección, me da algunos consejos literarios. Derechamente, sin odiosas filigranas. Yo lo escucho con sumo respecto. Su presencia es la de un obrero en vacaciones. Pero su mirada, que acaricia el aura de muchas ideas, y algunas palabras, impelidas por una concesión definida de las cosas, imponen su verdadera personalidad. Franca, rotunda, jugosa. Como su pluma, que hace más de treinta años negrea muchos periódicos y revistas. Y les da peso, no importa el tamaño de lo escrito. Indudablemente son muchos los caminos que alumbra el faro de su talento. Y pese a que no ha tenido la previsión de editar ningún libro, son muchos los que ha escrito. Mas, para consuelo, digamos que don Vicente es un libro vivo...
Al rato engrosa la rueda el “jefe”, don Pablo P. Gianotti, director de Boedo. Paso ágil, boina de vasco, sonrisa cordial. Trae bajo el brazo algunos periódicos recién editados. Pese al esfuerzo y la responsabilidad que implica la dirección de un periódico que conoce casi toda Sudamérica, don Pablo hace gala de un genio envidiable. Es alegre, bonachón, tranquilo. Pero las causas justas hallan en él a un defensor inflexible. Y pocas palabras, las necesarias, dibujan perfectamente sus respectivas convicciones. Por otra parte, van diecisiete años que comanda el timón de su nobilísimo periódico, con mano férrea y corazón generoso. Hombre de bien, periodista infatigable, don Pablo va cumpliendo íntegramente, sin vanos estruendos, su loable destino. Y el barrio ve en él a un genuino defensor de sus intereses.
A poco aparece el doctor Antonio Casacuberta, figura casi patriarcal de un viejo barrio: Parque de los Patricios. Paso aún ágil, bastón fino, mirada suave. Pese a sus múltiples actividades, don Antonio halla tiempo para dedicarse a la literatura y hacer de ella su principal apostolado. Fino escritor y poeta de alto vuelo, sus trabajos tiene resonancia dentro y fuera de la Patria. Su voz es suave, sus gestos parsimoniosos. Aparentemente, parece un señor jubilado que ha echado abdomen mirando la vida desde el muelle cetro de la tranquilidad… (¡Oh, engañosa naturaleza!). Su ingenio es de mucha yerba.
Luego hace su entrada el hábil periodista Segundo Ance. Llano, con una cordialidad que subraya su amplia y permanente sonrisa, su presencia resulta muy agradable. Fino y agudo observador, sus certeros brochazos pintan reciamente la urbe porteña. Y sobre ellos sabe salpicar el fuerte condimento del análisis. Creemos que ya define su pluma un creciente aticismo.
Por último llega don Alfredo Mourguiart y se completa así la rueda; Alfredo es hombre sencillo, campechano, amigo de codearse con la naturaleza. (De esto da cuenta su rostro tirante y colorado “cual manzana deliciosa” al decir de don Pablo). Un libro de versos y otras producciones dicen de sus inquietudes literarias.
La peña ya está completa, y las bebidas calientes ya humean en la mesa. La hermosa sonrisa del “Morocho”, que nos mira desde un cuadro, preside la reunión durante la cual se conversa afablemente, se recuerdan hechos y personajes, se comenta algún libro y se acarician muchos proyectos. Todo ello con llana cordialidad. Con una identificación de ideas y de sentimientos que se hacen realidad domingo a domingo. Son minutos de honda camaradería, imprescindibles a nuestros espíritus impelidos por un mismo viento de ensoñación. Entretanto, el crepúsculo esmerila los vidrios del negocio, casi desierto y por lo mismo propicio a nuestra peña (que aún espera la visita de otros colaboradores y amigos de
Boedo).
Ya afuera, nos acercamos a Independencia. Lo hacemos lentamente, prolongando en la calle nuestra reunión dominguera. Poco después, con un: “Hasta el domingo”, nos separamos. Antes de tomar por Independencia rumbo a San Cristóbal norte, echo una última mirada al café amigo, testigo de nuestra amistad y confidente de nuestras inquietudes, y siento una leve emoción.
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Imagen: Escudo del barrio de Boedo.
Texto tomado del libro Pasión de Boedo Aires -Poemas y prosas-, Realizaciones Culturales Boedo 21, Bs. As., 2000. 

20 ene 2011

Almagro: tres antiguas quintas que forjaron el barrio


(De Miguel Eugenio Germino)
Alguien dijo alguna vez: “Me dan pena las personas que viven en el pasado, pero más pena me dan las personas que no tienen pasado”. Las personas, como los barrios, las ciudades, los países y el mundo tienen su pasado que perdura en el presente, aunque por la acción de las mismas personas es posible transformar su entorno.

LA QUINTA DE VALENTE
Natural de Coimbra (Portugal) y activo comerciante de la Colonia, Carlos de los Santos Valente era un próspero dueño de navíos, poseedor de una sustanciosa fortuna y numerosos esclavos.
A mediados del siglo XVIII adquirió una amplia quinta de 18 hectáreas en lo que hoy es el barrio de Almagro. El solar se encontraba en el radio que delimitan las actuales calles Hipólito Yrigoyen, Castro Barros, Medrano, Díaz Vélez y una línea oblicua que partiendo de esta última y Billinghurst, terminaba en Hipólito Yrigoyen y Maza.
Contrajo matrimonio con una dama de la sociedad, María Antonia Pacheco Malaver, quién llegó a comprometer el linaje de Valente, ya que a la mujer le atribuían una descendencia de esclavos, situación que pudo aclarar, puesto que la mulata que siempre la acompañaba era quien la había criado y no su madre. Salvado el mal entendido y la reputación familiar, todo se deslizó por los carriles normales.
Don Carlos construyó en el sector SE de la quinta (hoy Maza e Hipólito Yrigoyen) una imponente casona, lujosamente amueblada, con numerosas habitaciones y techos de tejas, la que se destacaba notoriamente del chato y ralo caserío de entonces, donde predominaban las modestas casas de adobe con techos de paja.
En la quinta se efectuaron importantes mejoras: se construyeron caballerizas y habitaciones para la servidumbre, se plantaron numerosos árboles frutales, se destinó parte del predio a tierras de labranza y fue diseñado un extenso parque de plantas y flores diversas, de procedencia europea. Todo un vergel sobre el Camino Real al Oeste (hoy Hipólito Yrigoyen-Rivadavia), única salida en aquella época hacia el Partido de Flores, el interior y los llamados Reinos de Arriba, como el Alto Perú. Por entonces este camino describía un curso oblicuo, como el que corresponde al de la actual Hipólito Yrigoyen, desde Esparza hasta su cierre en avenida La Plata.
Allí, cercana a la casa principal, Valente erigió una capilla consagrada a San Juan Nepomuceno, santo de origen checo, venerado en España y Portugal, capilla que el obispo Lue, de la parroquia de Flores, designó como ayuda-parroquia en 1806. Estaba destinada a los fieles de la zona, a fin de que, según decía, “tuvieran el consuelo de poder cumplir con el precepto de oír misa sin el grande trabajo que les causaría venir al pueblo abandonando sus casas” y, claro está, dejando las labores de la quinta.
Debido a la trascendencia de esta propiedad en muchos documentos de la época –-a falta de precisiones geográficas– se hacían referencias tales como: “En inmediaciones de la Capilla de don Carlos Valente”, “frente a la Capilla llamada de Valente”, “a tres cuadras de la quinta de Valente”, “camino de la quinta de Balente” (sic), etc. etc., salvando errores ortográficos.
Al fallecer don Carlos, su testamento beneficia a muy diversas personas, entre ellas a 34 muchachas pobres de la ciudad, para que sus familias pudieran cubrir sus dotes. A su vez legó una importante suma al seminario de estudiantes de Coimbra, su ciudad natal. Eran tantas las donaciones de aquel testamento que su viuda lo desconoció, declarándose única heredera, y alegando que su marido había fallecido intestado. Violaba así la ley, hecho que originó un litigio que se fue extendiendo en el tiempo, y que terminó con la quinta concursada y sacada a remate.
El esplendor de la quinta fue decayendo hasta convertirse en una simple huerta de verduras, momento en que fue adquirida, en 1809, por el comerciante Juan Bautista Ferreyra. Tres años más tarde, en 1812, el gobierno revolucionario le embargó a éste la propiedad debido a la acumulación de grandes deudas.
Entre los años 1763 y 1766 residió por cuestiones de salud en la quinta de la viuda de Valente el entonces gobernador en el Río de la Plata, Pedro de Cevallos, quien se hizo famoso por hacer padecer a sus visitantes largas “amansadoras”, que fueron motivo principal del juicio de residencia que finalmente se le efectuara. A pesar de todo más tarde fue nombrado virrey; perlitas del tiempo de la colonia.

LA QUINTA DE RODRÍGUEZ
En 1838, durante el gobierno de Rosas, se rectifica el trazado del Camino al Oeste, denominado entonces Nuevo Camino General Quiroga (actual avenida Rivadavia). Entonces la quinta Valente fue dividida en dos grandes sectores, el sur fue comprado el 29 de agosto de 1838 por Miguel Ramón Rodríguez, mientras que un año más tarde, el 28 de septiembre de 1839, Julián de Almagro adquiere el sector norte.
Rodríguez fallece en 1846 y tras la sucesión, su viuda Lucía Carranza se la vende en 1867 a Méndez Caldera, y éste en 1870 a Emilio Castro, gobernador de la provincia de Buenos Aires, quién la compra con fines especulativos, loteándola, lo que le dejó suculentas ganancias.
Un amplio predio sobre la calle Rivadavia (entre Mario Bravo y Billinghurst), donde hoy se emplaza el Colegio “Mariano Moreno”, fue comprado por Mariano Billinghurst (hijo de quien le dio el nombre a la actual calle). Allí estableció una de las primeras líneas de tranvías que unió la Plaza de la Victoria con el lejano Partido de Flores.
A esta altura de la larga historia de la quinta, cuenta el historiador Ismael Bucich Escobar que en la competencia por la venta de lotes, el martillero Florencio Madero acordó con las principales panaderías introducir dentro de cada pieza de pan una cédula con el anuncio: “Gratis. Tramway del señor Lacroze para el gran remate de 200 lotes en el nuevo pueblo de Almagro, el domingo próximo…”
La original propaganda le dio excelente resultado, aunque fue multado por infringir las leyes de salubridad. Quien aplicó la multa, paradójicamente, fue Emilio Castro, el dueño de los terrenos vendidos.
La capilla levantada por Valente a principios del siglo fue demolida en 1860. Once años más tarde surgió cerca de allí, en las actuales calles Quintino Bocayuva entre Hipólito Yrigoyen y Don Bosco, el primer templo consagrado a San Carlos Borromeo y María Auxiliadora, como la continuidad de la capilla de Carlos Santos Valente, según el relato de Arnaldo J. Cunietti Ferrando.

LA QUINTA DE ALMAGRO
Existe bastante confusión acerca de cuál “Almagro” le dio el nombre al barrio. No fue, por supuesto, Diego de Almagro (1475-1538) el conquistador de Perú (el que asesinó junto a Pizarro al cacique Atahualpa en 1532, además de ajusticiar en la hoguera a indios yanaconas). Tampoco fue Toribio Almagro, que tenía tierras en la zona, ni Juan María de Almagro y De la Torre (1755-1843), múltiple funcionario de la Colonia y terrateniente beneficiario de vastas posesiones en Entre Ríos y La Banda Oriental, que fue perseguido una vez producida la Revolución de Mayo y embargados sus latifundios. No se comprobó por lo menos, hasta el momento, que éste poseyera tierras en la zona que nos ocupa. En consecuencia, quien le dio nombre al barrio fue Julián de Almagro, uno de los muchos hijos del gran terrateniente, que adquiere el 28 de septiembre de 1839 el sector norte de la dividida quinta de Valente, comprendido entre las calles Rivadavia, Billinghurst, Díaz Vélez y Medrano, en la suma de 6.500 pesos corrientes, con la casa principal construida en las inmediaciones de Rivadavia y Medrano (actual esquina de la confitería “Las Violetas”).
Hacia 1857 donó a la compañía ferroviaria Sociedad Camino de Hierro al Oeste los terrenos necesarios para dar cabida al trazado del ferrocarril, incluida la estación, que se encontraba en la intersección del actual pasaje Peluffo y la calle Lezica. Ésta, en su homenaje, llevaría el apellido “Almagro”, hasta que fue clausurada en 1887, debido al escaso movimiento y a la proximidad con la Estación Once de Septiembre (Miserere).
Julián de Almagro comienza a vender en lotes los terrenos, desmembrando la quinta, que para entonces y debido a la proximidad del ferrocarril se había valorizado enormemente; destina parte del producido a cancelar una hipoteca que pesaba sobre ésta. En 1861 vende una fracción a Justa Pastora Díaz de la Guerra de Ondarreta, sobre Díaz Vélez y Bulnes. Sin embargo el golpe de gracia a la quinta fue la ejecución de una hipoteca por parte de La Caja de Créditos, donde Enrique Quintana adquiere el remanente de los terrenos.
Ya en la actualidad, el 19 de septiembre de 2002, la Legislatura de Buenos Aires instituyó el 28 de septiembre como el Día de Almagro, la fecha en que Julián adquiere la quinta, allá en 1839.
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Fuentes:
Cunetti Ferrando, Arnaldo, Apuntes hisstóricos de Almagro, Boletín n° 7 del año 1982, Instituto Histórico de Buenos Aires.
Cutolo, Vicente O., Buenos Aires, historia de las calles y sus nombres, Elche, 1994.---Rezzónico, Carlos A., Antiguas quintas porteñas, Interjuntas, 1996.
http://nembers.tripod.com/parroquiasancarlos/historia.htm
http://pasaenlaciudad.blogspot.com/2007/04/000
http://Wikipedia.org/Wiki/almagro – (Buenos Aires)
Imagen: Escudo del barrio de Almagro
Tomado del periódico Primera Página.

17 ene 2011

Al rescate de las esculturas urbanas


(De Jorge Luchetti)

El crecimiento de las ciudades latinoamericanas a mediados del siglo XIX implicó la necesidad de embellecer sus calles y paseos con ornamentos de gran riqueza artística. Importantes obras en hierro y bronce, originarias de fundiciones francesas, engalanan algunos barrios de Buenos Aires, entre ellos Villa Urquiza, Coghlan y Saavedra.

La Dirección General de Patrimonio Urbano de la Ciudad de Buenos Aires y la Asociación para la Salvaguarda y la Promoción del Patrimonio Metalúrgico de Haute-Marne (ASPM), una organización francesa no gubernamental que actúa en más de cincuenta países, han salido al rescate de aquellas piezas urbanas que en la mayoría de los casos pasan desapercibidas ante los habitantes de la ciudad y que en algunos otros aparecen veladas en los lugares más recónditos.
Algunas son de hierro forjado y otras de bronce. Todas tienen un valor artístico incalculable que forma parte del mobiliario urbano de Buenos Aires. Hay un gran número de estas esculturas, las cuales se encuentran en un estado de deterioro bastante avanzado ya sea por el mal uso –muchos copones, por ejemplo, son utilizados como maceteros– o por la falta de mantenimiento regular. De allí la idea del Gobierno de la Ciudad de rescatarlas, sanearlas y volverlas a exhibir en los diferentes paseos públicos y en aquellos edificios institucionales donde éstas puedan lucirse.
Más de 400 piezas fueron relevadas como parte del mobiliario urbano que Buenos Aires posee. Entre ellas figuran fuentes, como por ejemplo la ubicada en la avenida 9 de Julio y Córdoba –ésta en particular formó parte de una adquisición realizada para conmemorar el centenario de la Revolución de Mayo de 1810–  o la de avenida Del Libertador y Pueyrredón, de ostentoso diseño. También hay farolas, como las que lucen la Avenida de Mayo o la avenida Alvear, y candelabros como los que resplandecen en el Teatro Colón, que fueron realizados especialmente por encargo.

CÓMO LLEGARON
El crecimiento de las nuevas ciudades de Latinoamérica a mediados del siglo XIX  implicó la necesidad de embellecer sus calles y sus paseos públicos con ornamentos de tendencia neoclásica, que poseían una gran riqueza artística. De esta forma comenzaron a llegar importantes obras en hierro y bronce de diferentes fundiciones de renombre de origen francés, como Durenne, Thiebaut Freres, Susse Freres y Val D’Osne. Esta última es una de las más representativas en nuestro país: su sello figura en una infinidad de esculturas distribuidas en toda la ciudad.
Un gran número de artistas –más de 200–  trabajaron en algunas de estas fundiciones. Entre los más prestigiosos se encuentran el afamado escultor Bartholdi, creador de la Estatua de la Libertad, ubicada en el estado de New York, y de su réplica en menor escala que se encuentra en nuestras Barrancas de Belgrano, más precisamente en La Pampa y Arribeños. También hay obras del arquitecto Guimard, autor de las entradas al metro de París, en estilo art nouveau.
No hay ciudad de Latinoamérica que no se haya vestido de forjados, principalmente franceses. Es así que florecieron estatuas, grupos escultóricos, farolas, relojes, surtidores, ánforas, copones, etcétera. Ciudades como México, Río de Janeiro, San Pablo, Valparaíso, Piriápolis, Recife, Caracas y Buenos Aires son sólo algunas de las que formaron lo que se dio en llamar la “ruta del hierro”. Sin lugar a dudas, una de las obras cumbres pertenecientes a este período es el “Neptuno” realizado por Dubray, que adorna los jardines del palacio de Guanabara, en Río de Janeiro. Ejemplo de la recuperación de estos trabajos es lo realizado en todo Brasil, donde desde 1992 se encargaron de rescatar más de 150 piezas en Río y unas 100 más en Bahía, Recife, Manaos y otras ciudades.
En la Argentina, las ciudades donde más proliferaron estas piezas escultóricas fueron Córdoba, Entre Ríos, Salta, La Plata y Buenos Aires. Esta última no sólo es la que cuenta con el mayor patrimonio en hierro del país sino también de todo el cono sur. Buenos Aires se vio envuelta en hierro de norte a sur y no cabe duda de que el eje cívico de la ciudad fue el más beneficiado, tanto por su riqueza artística como por la magnitud de las piezas expuestas. También es importante la distribución que se hizo de forjados en parques como los de Tres de Febrero y Centenario o en cementerios como los de Recoleta y Chacarita.

LA ESCULTURA BARRIAL
Si bien a nuestros barrios llegó un menor número de piezas con respecto al centro de la ciudad, no podemos dejar de destacar la importancia de aquellos elementos decorativos en hierro y bronce que adornan nuestras calles y plazas. Podemos verlo, por ejemplo, en el vaso de hierro ubicado en la plazoleta de Estomba y Franklin D. Roosevelt, Coghlan, realizado en la fundición Val D’Osne, o en los cuatro copones similares que se hallan en la plaza Esteban Echeverría, en el barrio de Villa Urquiza, pertenecientes a la misma casa. Estos son una muestra de una riqueza artística que sorprende tener tan a mano.
Cabe mencionar en este conjunto de artesanía francesa a los majestuosos mástiles, con grupos escultóricos de imágenes aladas, pertenecientes al ex Pabellón Argentino de la exposición de París de 1889. Uno está ubicado en la plazoleta Malagarriga, en avenida San Isidro y Paroissien, mientras que el segundo ocupa un lugar preferencial en la plaza Sudamérica, en avenida De los Incas y Zapiola. En cualquiera de los dos casos, el estado de conservación es regular. Muy cercanos a estos se encuentra también el grupo escultórico “La Argentina”, que también formó parte de aquel pabellón y hoy luce en el patio de honor de la Escuela Técnica Raggio, en el vecino barrio de Núñez. Todas estas piezas fueron realizadas en la fundición Thiebaut Freres.
La protección y recuperación del mobiliario urbano, como las esculturas, los murales y las fuentes, harán de Buenos Aires una ciudad con mayor identidad. Como la que supo darle el Obelisco, que también estuvo en riesgo de desaparecer cuando al poco tiempo de su inauguración un grupo de ediles había decidido su demolición: gracias a la tan mentada burocracia, la resolución de su derribamiento quedó en el olvido. Seguramente nadie podría imaginar una postal de Buenos Aires sin este digno representante.
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Imagen: La llamada Fuente catalana o del Centenario, del escultor Joseph Llimona, emplazada en el Parque Rivadavia.
Trabajo tomado del periódico El barrio, N° 72, marzo de 2005.

12 ene 2011

Roque Sáenz Peña, un barrio dentro de Saavedra


(De Eduardo Criscuolo)
El primer gobierno del Gral. Perón le dio importancia a la construcción de casas en diversos sectores de la ciudad. Se cumplía así con “el derecho a la vivienda” postulado en la Constitución de 1949. El barrio 1º de Marzo, hoy Roque Sáenz Peña, constituyó en Saavedra una buena demostración de la política habitacional de aquel entonces.
El 15 de diciembre de 1945 una nueva iglesia iniciaba su actividad religiosa con la bendición del Cardenal Primado de la Argentina, Dr. Santiago Copello: Dulcísimo Nombre de Jesús, ubicada en la calle Valdenegro 3611. Tiempo después comenzaron las obras para la construcción de un sub-barrio en Saavedra, al que se le impondría el nombre de 1º de Marzo. Se trataba de una iniciativa del Gobierno Nacional –presidido en aquel entonces por el Gral. Juan Domingo Perón– y la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires a través de la Dirección General de la Vivienda, dentro del predio comprendido entre las calles Republiquetas (hoy Crisólogo Larralde), Galván, Ruiz Huidobro y Miller, en las inmediaciones de lo que había sido la Chacra Saavedra. En el ángulo conformado por Republiquetas y Galván, hacia el noroeste, se encontraba el Vivero Municipal y terrenos colindantes. Los chicos solían internarse hasta un cañaveral, donde corría un pequeño arroyo y abundaban las liebres.

VIVIENDA PARA TODOS
El levantamiento de este sub-barrio respondía a la ideología del Gobierno, que decidió construir hogares destinados a los sectores de menores recursos. El “derecho a la vivienda” había sido enunciado por Perón e incorporado a la Constitución en 1949 y este nuevo arrabal, llamado 1º de Marzo, respondía fielmente al modelo de barrio vecinal donde cada casa individual era habitada por una familia, logrando una relativa independencia de sus vecinos. Esto lo traigo a colación por el tipo de urbanización elegido en el proyecto del conjunto habitacional, que no respondía al concepto de casas colectivas tipo monoblock sino al prototipo de vivienda mínima decente que el arquitecto Antonio Vilar había ofrecido al Gobierno, pero que no tuvo apoyo oficial. Aparentemente le habrían copiado la idea. Resta decir que la obra del arquitecto. Vilar es impresionante: el ACA de avenida Del Libertador y Tagle, el hospital Churruca, el Banco Popular Argentino de Florida y Tte. Gral. Perón, el edificio Nordiska de Florida y Marcelo T. de Alvear e infinidad de estaciones de servicio YPF-ACA de estilo colonial, con techos de teja y piedra, esparcidas por todo el país.
Las casas presentaban un aspecto modesto, de una planta, de forma rectangular, con techo de tejas a dos aguas, y constaban de un living comedor, dos dormitorios, cocina, baño, lavadero y más o menos treinta metros de terreno. Las ventanas tenían postigones de madera y en toda la extensión de la vivienda existía una especie de desván; en fin, era un barrio que llamaba la atención por sus espacios verdes, abiertos al cielo. Así nacieron los pasajes desde Republiquetas hacia Ruiz Huidobro: Achira, Flor del Aire, Aromo y Quebracho y las continuaciones de las calles ya existentes como Jaramillo, Manzanares, García del Río y la que lo atravesaba de Norte a Sur: Valdenegro. En aquella época mi familia y yo vivíamos en Manzanares y Zapiola, un poco alejados del barrio en cuestión, pero muchas veces paseamos por sus jardines que, en algunos lugares, ofrecían juegos para niños.

MEMORIA FOTOGRÁFICA
Luis Suvervil, extraordinario artista fotográfico que pasó muchos años trabajando en el Teatro Municipal Gral. San Martín y al que me une una buena amistad, vivió en ese sub-barrio entre los años 1948 y 1958 (de los seis a los 16 años de edad) y recuerda vívidamente muchos de sus aspectos. Memora con lujo de detalles la presencia del mítico boxeador José María Gatica, que habitaba la casa N° 20 en la calle Galván y que solía pasear por la zona con un convertible, siempre descapotado. En una oportunidad se topó con un heladero ambulante y le compró todos los helados para los chicos que estaban jugando al fútbol en uno de los amplios terrenos del sector, y en otra ocasión les regaló un equipo completo de fútbol a cada uno de los pibes.
Las viviendas se vendieron con créditos a 20 y 30 años y Suvervil recuerda que a su padre el título de propiedad se lo entregó la mismísima Eva Perón. En su evocación el amigo Suvervil tiene presentes los festejos de fin de año: el 31 de diciembre, cerca de medianoche, los vecinos salían a la calle llevando tapas de cacerolas, pitos y matracas. Se juntaban alrededor de 25 personas de seis o siete casas del barrio y recorrían las calles como si fueran una murga. Por supuesto, siempre eran convidados por los habitantes de las viviendas por las que pasaban con sidra y pan dulce. Asimismo, el mencionado amigo, que vivía en la casa Nº 163 sobre el pasaje Quebracho, reunía una vez por año a los pibes del barrio y organizaba una especie de olimpíada, que incluía carreras de 100 y 200 metros, maratón, saltos en alto y en largo y otras disciplinas: a los ganadores les entregaba un diploma. También existía un equipo de fútbol que integraba una especie de liga con equipos de los sectores que circundaban al barrio, los cuales disputaban un campeonato que otorgaba copas y medallas a los campeones.

HISTORIAS MÍNIMAS
En lo personal guardo el recuerdo de un personaje singular: se comentaba que era el dueño de un almacén que se encontraba en el centro del barrio 1º de Marzo. Uno muy particular, ya que se trataba de una especie de casilla levantada en alguna de las plazoletas que rodeaban las viviendas, con mercadería de todo tipo, casi como los almacenes de ramos generales de los pueblos provincianos, donde se surtían los vecinos del barrio y de las zonas circundantes.
Alrededor del año 1950, en los terrenos ubicados en la esquina de la avenida Del Tejar (hoy Ricardo Balbín) y Galván, comenzó a construirse una de las entradas de lo que iba a ser el Jardín Zoológico, cuyo proyecto era trasladarlo de su actual ubicación, Palermo, a esa zona.
Con el correr del tiempo, las cosas fueron cambiando. Los modestos chalecitos de un principio se fueron alquilando, otros se vendieron, los nuevos habitantes los transformaron o los demolieron – levantando en su lugar construcciones mucho más importantes–- y hoy pueden observarse unas casas hermosas. Ya no es el sub-barrio 1° de Marzo: ahora pasó, hace ya tiempo, a llamarse Roque Sáenz Peña. Todavía quedan algunas viviendas de la primera época, muy pocas, con buen mantenimiento. Al paseante le resultará muy agradable visitar el barrio, casi desconocido en relación a su primera época. Bueno, pasaron más de 50 años y el tiempo, mi experiencia lo afirma, es un excelente pintor. Lo cambia todo casi sin darnos cuenta de ello.
Cabe destacar que el nombre de 1° de Marzo recuerda el anuncio formal de la compra de los ferrocarriles británicos por el Estado Nacional en esa fecha de 1947.
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Imagen: Calle Valdenegro en el sub-barrio Roque Sáenz Peña (Foto Wikipedia).
Texto tomado del periódico El barrio, N° 70, año 2005.

Barrios, minas y represores



(De Germán Cáceres)

La obra del guionista Ricardo Barreiro resulta inabarcable, y se publicó en nueve países y se tradujo a cuatro idiomas. Su primera serie, de ciencia ficción, fue Slot-Barr (1977), y el arte de Francisco Solano López, con el que conformó una dupla artística insigne.
As de pique (1977), con dibujos de Juan Giménez, es una suerte de continuación de Amapola negra (1958), de H.G. Oesterheld y F.S. López.
Bárbara (1979), con arte de Juan Zanotto, constituyó un éxito notable. La sensualidad gráfica de la casi desnuda heroína cumplió con otra faceta del guionista: su perturbadora carga de erotismo.
En 1980, radicado en París –antes, en 1978, se había exiliado en España– crea Ciudad, dibujada por Juan Giménez, otro hallazgo dentro del género de la ciencia ficción. Ciudad contó con una segunda parte, pero con gráfica de Luis García Durán. 
En 1982 se instala en Roma y aparece Nueva York, año cero, con dibujos de Juan Zanotto, una serie que relata una guerra en Venus.
La batalla de Malvinas comenzó a salir en el Nº 1 de la revista Fierro (9/1984), y contó con varios dibujantes (Alberto Macagno, Marcelo Pérez, Carlos Pedrazzini, Julio César Medrano), y en ella prevaleció el afán de opinar e informar.
Hacia 1985 regresa a la Argentina y publica en Fierro, junto con Juan Giménez, War III, sobre una guerra atómica en el futuro.
Ministerio (1986) es uno de los grandes logros del binomio Barreiro-Solano López. El universo se ha convertido en una inmensa oficina burocrática, cuyas costumbres y diálogos el guionista refleja con perspicacia. Por tramos el dibujo se torna enérgico, colosal y expresionista. Carlos Pibe, el cadete, está enamorado de Susanita, una de las miles de telefonistas. Y un pelotón de “eseses” las secuestra para goce de los superiores. Al final, Carlos Pibe emprende una rebelión. Y en el último cuadrito de la serie un grupo de las fuerzas armadas argentinas realiza un operativo de secuestro de personas. Ministerio es tanto una alusión al nazismo como a la última dictadura militar.
Navarrito (1986), con dibujos de Alberto Dose, lleva el nombre de un periodista que, al investigar extraños casos de mujeres asesinadas por un destripador, visita lupanares del Buenos Aires de principios del siglo XX, urbe recreada con un aura pintoresca que juega con la oposición blanco-negro. En la sección Redacción del diario Crítica, donde trabaja Navarrito, también aparece Roberto Arlt, y un titular del diario del 6 de setiembre de 1930 anuncia: “El general Uriburu: nuevo jefe de Estado”.
Posiblemente Parque Chas (1987) resuma los ensueños de Barreiro, ese fabulador de mundos fantásticos en los que la lógica dejaba de funcionar, el tiempo alteraba su linealidad, terroríficas invenciones y ciborgs se erigían como protagonistas y el espacio se quebraba junto con las viñetas. En un episodio el presidente Perón ordena construir un subterráneo secreto que conecta Plaza de Mayo con un depósito ubicado en Parque Chas, la estación final que, sin mediar ninguna explicación, desaparece junto con el subte y sus ocupantes. “¿Qué no puede pasar en Parque Chas, el domicilio de los desconocido?”, comenta un texto. El notable dibujo de Eduardo Risso, de fuertes contrastes matizados por grisados, posee rasgos humorísticos a la vez que plantea enfoques insólitos y un registro onírico. Parque Chas tuvo una segunda parte que apareció en el Nº 86 de Fierro (10/1991).
Risso también graficó los textos de Caín (1988), y su estilo se tornó fantasmagórico al utilizar inusitados primeros planos, ángulos audaces en contrapicada y sombras proyectadas. Hay una extensa explicación de la madre de Caín sobre su origen, en la que cita su segundo casamiento con un anciano a punto de morir sugestivamente llamado Bunge de Hoz. El plan del diabólico marido era transplantar su cerebro al niño recién nacido y de esta manera prolongar su existencia. Pero nacieron trillizos: dos varones y una nena. La madre de Caín, con el fin de cobrar la herencia, hace desaparecer a los dos mellizos, ya que por la niña no habría problema, pues el prejuicioso Bunge de Hoz jamás hubiera alojado su cerebro en el cuerpo de una mujer. Los hermanos varones fueron arrojados a un terreno baldío, pero Caín pudo salvarse.
En El Instituto (1989), ambientada en la época victoriana, otra vez la figuración de Francisco Solano López contribuye a crear una atmósfera de encierro de magistrales climas nocturnos. La dupla continuó la serie con El Instituto II y El Instituto III.
La colaboración de Barrerio y el eximio dibujante Enrique Alcatena dio obras de excepción, como, por ejemplo, La fortaleza móvil, su continuación: El mundo subterráneo, y El mago, las tres de fines de la década del ochenta. 
Oswald participa con su personalísimo estilo de trazos ágiles y espontáneos en Buenos Aires, las putas y el loco (1990). Las aplicaciones de pincel son exquisitas, y Barreiro impone un guión moderno y dinámico acerca de una lucha entre tratantes de blancas, en la que hay mucha acción y movimiento, en un alarde de imaginación gráfica.
En Yaguareté (1991) llama la atención la estética de Pablo Páez no sólo por lo suelta, fresca y creativa, sino también porque retrata a los personajes sórdidos con las caras de Martínez de Hoz, María Julia Alsogaray, Domingo Cavallo, y los hermanos Carlitos Junior y Zulemita Menem. María Sánchez viaja desde el interior a Buenos Aires para trabajar como mucama en la mansión de la acaudalada familia Acuña Maldonado. Allí es considerada tanto “una negrita de mierda” como una “putita de mierda”.
 En 1999 Barreiro comenzó a guionar junto a Pablo Muñoz El Eternauta. Odio Cósmico, dibujada por Walter Taborda en lápiz y Gabriel Rearte en tinta, pero fallece en ese año. Había nacido en 1949.
Los textos de Ricardo Barreiro son tan ricos y múltiples que, sin duda, con su lectura se gratificarán las futuras generaciones.
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Imagen: Buenos Aires, las putas y el loco, dibujo de Oswald.    

8 ene 2011

Un momento del primitivo “El Japonés”


(De Josefa Rúa de Tortorella)

Nací en la avenida La Plata 678 cuando era bulevar,  tramo final de la avenida San Juan, hace muchísimas primaveras, y durante toda mi vida estuve en esta zona, salvo un al igual que elcorto tiempo que pasé en Caballito, pero aquí enfrente no más, en la parte que es frontera con Boedo; actualmente vivo en Independencia al 4300. Boedense de toda la vida.
Mis recuerdos del café “El Japonés” vienen desde muy lejos, desde el nacimiento del mismo, y ha corrido tanta agua bajo los puentes, como quien dice, que si algunas cosas pueden ser difusas en mi memoria, otras en cambio están tan patentes como si hubieran ocurrido ayer no más.
 Cuando el café abrió sus puertas corría el año 1918; estaba al lado del que tiempo después sería el cine “Alegría” y mucho más tarde el “Select Boedo” (1). Cuando inició sus actividades ya existía el “Dante” (2) –que creo que es de 1908 – y no recuerdo si “El Aeroplano”, que cambió varias veces de nombre y que ahora esperamos ver  reciclado  (3).
Mi padre, José Rúa, que era español, siempre tuvo la locura de los cafés, porque le gustaba el bullicio y la camaradería que había en ellos; así que a la edad de 30 años, más o menos, se asoció con cuatro japoneses de los cuales sólo recuerdo el nombre de uno: Nakamura. Por lo tanto mi padre resultó ser el único gallego de la nueva entidad comercial.
No sé si después los hubo, pero en “El Japonés” primigenio –el que recuerdo de cuando era niña–, no había ni naipes ni billares. Donde en ese entonces se jugaba fuerte era en la casa “Balear”, según contaba mi padre; desde allí, cuando abandonaban el tapete, iban a “El Japonés” a descansar de tantas emociones fuertes frente a un pocillo de café. No pocas veces se encontraba entre los concurrentes a estas mesas de  juego, alguno de sus socios…
De la mano de mi madre solía ir por las tardes a visitarlo al café, en una rápida pasada en nuestro invariable paseo por Boedo; no era cosa tampoco de detenerse mucho, pues en esos tiempos a los cafés sólo iban los hombres. La noche que no trabajaba, en la cena a veces comentaba con mi madre acerca de personajes más o menos conocidos entonces que habían pasado por el café: el actor Pedro Zanetta –que formaba compañía con Rosario Serrano– y José González Castillo, el padre de Cátulo, entre otros.
Una noche  cuando volvía a casa por Estados Unidos, que era su recorrido habitual, fue asaltado por dos ladrones que le salieron al paso desde la oscuridad; pero uno de ellos lo reconoció, y mientras bajaba el revólver le dijo al otro: “¡Pero no, che, que es el gallego Rúa!”.  Le pidieron las disculpas del caso y se alejaron. Seguramente mi padre también los conocía, porque a no pocos malandras que andaban por el barrio muchas veces los invitaba con un café con leche o un capuchino para hacerles más llevadero el hambre; además, ahora creo que también lo hacía como una manera de protección. En 1925 mi padre vendió su parte societaria y poco después se instaló con otro café –no podía con su genio– en la esquina de Estados Unidos y Quintino Bocayuva.
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(1) Actualmente allí se encuentra un supermercado. (N. de la R.).
(2) En este solar hoy hay una pinturería. (N. de la R.).
(3) Posteriormente se llamó “Nippon”, luego “Canadian”. No hubo tal reciclado: se demolió la vieja edificación y allí se levanta hoy el café-show “Esquina Homero Manzi”. (N. de la R.).

Imagen: Una simple taza de café.
Este trabajo proviene del libro colectivo Pasión de Boedo Aires, edición de Boedo 21 Realizaciones Culturales, C.A.B.A., 2000.

El “Petit Café” y los petiteros


(De Ernesto Goldar)

El “Petit Café” era una confitería tradicional del Barrio Norte. Estaba situada en Santa Fe pasando Callao, más precisamente en Santa Fe 1820, en “la gran vía del norte”, según era costumbre decir. Se había inaugurado a fines del siglo XIX y perdurará hasta la década del setenta.
La confitería era de estilo art-déco; disponía de dos salones amplios con grandes espejos, columnas de mármol, aplicaciones de hierro forjado, bronces y tulipas. Las mesas eran de mármol veteado, sobre las que se apoyaban grandes ceniceros de quebracho, y las sillas de cuero, comodísimas. Al fondo estaba la peluquería para caballeros. En un tiempo se consumieron “chatos” de cerveza, los proverbiales sándwiches triples, los canapés, y en los cuarenta y cincuenta está de moda beber Cuba-libre, o claritos cuando toca ostentar ante el mozo de la “Meca” de Santa Fe y Callao.

UNA HISTORIA SIGNIFICANTE
A grandes trazos, en su larga historia, la confitería fue una parte significativa de la vida de la ciudad. En un primer sentido, en la existencia circular del barrio, privilegiado y elegante. Aún lo es, aunque para muchos no es ni la sombra de lo que fue. Se dice que el barrio está en decadencia. En segundo lugar, el “Petit Café” emblematizó la opinión de los argentinos. Ha sido un símbolo, y por dicho carácter debió pagar las consecuencias. En los años cuarenta y cincuenta, cuando el país estaba duramente dividido entre peronistas y antiperonistas adquiere resonancia nacional. La opinión pública, el gobierno de Perón y Evita, la oposición, etcétera, lo visualizan como uno de los baluartes del antiperonismo. Allí, se comentaba, se reunían los opositores, los contras; allí concurrían los jóvenes antiperonistas, los oligarcas y los pitucos del Barrio Norte a hablar mal del Gobierno, y para complotar. Tal es así, que en la noche del 15 de abril de 1953 el “Petit Café” fue incendiado intencionalmente y saqueado; los bomberos aparecieron varias horas más tarde. Ese 15 de abril fue un día salvaje, que debe llenar de vergüenza a los unos y los otros. Se pusieron bombas en un acto peronista en la Plaza de Mayo, se incendiaron locales de partidos políticos, la Casa del Pueblo entre ellos, y el Jockey Club de la calle Florida.

PERSONAJES Y CULTURA
Al “Petit Café” van los petiteros, así se les denomina, y la moda se extiende a los barrios. Al petitero lo condiciona la vestimenta, y en los barrios es una imitación  –por lo tanto exagerada y falsa– de la cultura vestimentaria masculina de la clase media alta. El petitero advenedizo de los barrios de clase media o de las zonas populares, remeda a los “niños bien” del Barrio Norte. Veamos la vestimenta: el saco debe ser con dos tajitos y tres botones (“dos tajitos/ tres botones/ petiteros maricones”). Es decir, justo, derecho, corto, apretado, comprimido. El pantalón, de acuerdo con el saquito, también será estrecho, a veces sin botamanga. En el calzado se imponen los mocasines, la corbata de lana de un solo color o de tipo escocés, el nudo tradicional, y el cuello de la camisa, de ser posible redondo, se le encaja la “trabita”, brete que obliga al que la usa a una incómoda posición de “firme”. El uniforme del petitero es el blazer azul y el pantalón gris, símil del atuendo de los colegios privados del Barrio Norte, Belgrano, Devoto, San Isidro. En invierno usa sweter celeste o amarillo.
La cultura petitera es una parodia de aquello que se considera “bien” o bian, según se hable. Es de rigor que el petitero sea antiperonista, jamás hincha de Boca, afecto al rugby (aunque más nos sea sentimentalmente) y a todo lo que sea “americano”. Debe bailar exclusivamente jazz y algún bolero, muy apretado, con las chicas de la barra. El petitero es cursi, haciendo grave el tono de la voz (habla con la papa en la boca), adoptando un andar de brazos caídos a lo largo del cuerpo, levemente inclinado hacia delante, sin arrastrar los pies. Aspira al tipo de semiintelectual, pues para el petitero un libro bajo el brazo también viste. Parlotea inglés e “idiomas”, es candidato a estudiar abogacía y se peina con fijador, bien estirado, exhibiendo un semblante sin barba y sin bigotes. Además es misero: proviene de colegios religiosos o anda cerca de las parroquias.

LOS QUE LO FUERON ANTES
Aunque el “Petit Café” de Santa Fe y Callao ha desaparecido, aún quedan petiteros, mejor dicho, ex petiteros en el Barrio Norte. Redondean los setenta años. Claro, no se visten de la manera distintiva  de entonces ni caminan de ese modo amanerado, pero no se olvidaron los pequeños detalles de los tiempos idos, sea en el blazer azul, los mocasines, los peinados. Y, para asombro de la metamorfosis, algunos, en su momento, se hicieron menemistas.
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Imagen: Antigua máquina expréss.

1 ene 2011

Un habitante “gris” de Coghlan: Julián Centeya


(De Eduardo Criscuolo)

El 15 de octubre de 1910 nació en Borgotaro, un pueblo de la provincia de Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati, hijo de un periodista del diario Avanti, cuyo jefe de redacción era Benito Mussolini, el futuro “Duce”. Diez años después, realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos opositores al régimen a decidir su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre, Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no fue una excepción y viajó hacia la Argentina como casi la mayoría de los refugiados políticos de ese momento. Llegados al país, se instalaron en San Francisco, pueblo de la provincia de Córdoba, lugar en el que el padre trabajó de carpintero, ya que su escaso conocimiento del idioma le impedía desarrollar su actividad periodística.
A fines de 1923 se trasladaron a Buenos Aires y recalaron en un conventillo del barrio de Parque Patricios. Amleto cursó sus años primarios en el Colegio "Abraham Luppi", del barrio de Pompeya, donde uno de sus compañeros fue Francisco Rabanal, futuro intendente de la Ciudad de Buenos Aires. Finalizados sus estudios primarios se inscribió en el Colegio Nacional "Bernardino Rivadavia", ubicado en Chile y Entre Ríos, donde su mala conducta obligó a su expulsión cuando cursaba el tercer año. Vivió un tiempo en Chiclana y Boedo y allí comenzó a ser “habitante” del barrio que lo signaría para toda la vida. Se hizo hombre de Boedo consustanciado con las calles y las cosas que luego transitará Homero Manzi en la inolvidable letra del tango Sur.

“PARA ESCRIBIR HAY QUE VIVIRLA”
En 1938 escribió el texto de una milonga que llevará música de José Canet y allí se otorgó el seudónimo que lo acompañará toda su vida: Julián Centeya. Cabe destacar que, asimismo, utilizó otro seudónimo: Enrique Alvarado. Con Julián Centeya comienza el mito de una trayectoria que atravesará el lunfardo con una visión única, como puede apreciarse en La musa mistonga, colección de versos aparecida en 1964. Cinco años después publicará otro libro de versos, La musa del barro, con poemas-homenaje a Aníbal Troilo (Pichuco), Barquina –personaje emblemático de la bohemia porteña– y otros dedicados a Eduardo Arolas, Celedonio Flores y Enrique Santos Discépolo, figuras señeras del tango en su mejor época. Su primera obra de poemas se tituló El recuerdo de la enfermería de San Jaime, bajo el seudónimo de Enrique Alvarado, en el que puede leerse el poema dedicado a Louis Armstrong, el legendario trompetista negro que revolucionó la época del jazz. Escribió una única novela, titulada El vaciadero (1971), que mostró la dura realidad de los marginados, de los hombres de la “Quema”, una llaga viva que aún perdura. Julián siempre decía que “para escribir hay que vivirla; si no nos acunamos en el camelo literario”. Era su filosofía existencial.
César Tiempo (Israel Zeitlin) escribió el prólogo de La musa del barro, que llegó a ser una biografía de Julián Centeya, quizás la más acertada: “Julián era un hombre triste que sonreía. Tenía la tristeza de Don Quijote, que combate con los molinos de viento pero no puede romperles la cabeza a los arrieros que hacen escarnio de él porque su corazón no puede ver sangre y la piedad, la maldita piedad, le ata las manos. Sí, acaso un ejemplar para nuestra amiga Oriana Fallaci, que habría visto en Julián a un personaje para sus galerías y habría comprendido qué es la tristeza de un hombre que se encuentra ante el dilema de ser sincero en un mundo de hipócritas, valiente en un mundo de cobardes, bueno en un mundo de malvados”. Estuvo casado con Elena Gorizia Vattuone,  hermana de la cantante Nelly Omar, pero la vida bohemia que llevaba determinó el final de esa pareja.

ESPÍRITU DE BUENOS AIRES
Horacio Ferrer lo ubica en la corriente de escritores de Boedo de 1925, que cambiaron la literatura en boga por el lunfardo, otorgándole una dimensión de escuela. Junto con Juan Carlos Lamadrid, Juan Bautista Devoto y Cátulo Castillo fue la figura más transcendente de esa promoción contemporánea. También afirma que Centeya “más que conocedor es baqueano, mejor que habitante es materia y espíritu de Buenos Aires”. Julián incursionó también en la radiofonía, especialmente en Radio Colonia, en un programa titulado “En una esquina cualquiera”. En Radio Argentina hizo “Desde una esquina sin tiempo” y colaboró en los diarios Crítica, Noticias Gráficas y El Mundo y las revistas Sábado y Prohibido. Escribió las letras de algunos tangos: sus más conocidos son Claudinette, con Enrique Delfino; Lluvia de abril y La vi llegar, con Enrique Francini; Lison, con Ramieri; Felicita, con Hugo del Carril; y Más allá de mi rencor, con Lucio Demare.
Julián Centeya fue “hombre de Boedo”, pero a veces los avatares de la vida presentan hechos curiosos. Durante un largo tiempo recorrió las calles de Coghlan y vivió en el pasaje Sócrates, esa cuadra única que va desde Quesada hasta Iberá, cuyo silencio acompañó sus horas mientras el sol se derramaba en las veredas y un luminoso pedazo de cielo se perdía en los ojos del recuerdo. A treinta años de la muerte de Roberto Arlt, relevante e inolvidable figura de la literatura argentina, y veinte años después de la desaparición de Eva Perón, la “abanderada de los humildes”, el 26 de julio de 1974 Julián Centeya se fue de noche a esa Buenos Aires de la que no se vuelve, pero que tiene su barrio de Boedo para que el poeta “en demoras de boliche, en la recalada amistosa del feca”, camine por los adoquines que nos dejan su recuerdo.

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Bibliografía
Ferrer, Horacio: El Libro del Tango. Crónica y diccionario 1850-1977. Bs. As., Edit. Galerna, 1977, 769 p.
Noceti, Alfredo y Bence, Emilio: Coghlan. Una estación, un barrio. Bs. As., Instituto  Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, 78 p., croq., fotos, etc.
Tiempo, César: En el prólogo del libro de Julián Centeya Piel de palabra. La musa maleva y otros poemas inéditos. Bs. As., Torres Agüero Editor, 1978, 121 p., fotos.

Imagen: Una de las últimas fotos de  Julián Centeya; aquí, en su bulín en la catrera. (Foto de la revista Gente, 1974).
Nota tomada del periódico El Barrio, diciembre de 2003.