14 nov 2011

Los vecinos porteños luchan por recuperar los cines de barrio


(De Gustavo Sarmiento)

Seis salas tradicionales, de Flores, Floresta, La Paternal, Mataderos, Saavedra y Villa Pueyrredón,  podrían revivir su antiguo esplendor si prosperan diversos proyectos de protección patrimonial enviados a la Legislatura.

Más de 300 salas de cine hubo en la Ciudad de Buenos Aires durante buena parte del siglo XX y hasta 2010. Entre las 50 que quedan, dominan la escena las multisalas (los complejos Hoyts, Village y Cinemark) y hay un gran ausente: los cines barriales. Estas salas tuvieron su esplendor décadas atrás, antes de ser remplazadas por playas de estacionamiento, salas de juego o lugares de culto. Han sido los propios vecinos los que en los últimos años resolvieron luchar para hacer resurgir los cines de sus barrios, como espacios que excedían la proyección de películas para convertirse en lugares de encuentro social. Actualmente, son seis los cines contemplados en distintos proyectos legislativos que buscan su protección cautelar como patrimonio cultural o directamente su expropiación: Taricco, de La Paternal (Av. San Martín al 2300); Pueyrredón, de Flores (Rivadavia al 6800); Gran Rivadavia, de Floresta (al 8600); Aconcagua, de Villa Pueyrredón (Mosconi al 3300); Cumbre, de Saavedra (García del Río al 4100); y El Plata, de Mataderos (Alberdi al 5700).
Este último, el llamado “Gran Rex de Mataderos” (entraban 1.500 espectadores), reabrió en mayo del año pasado, tras 23 años de abandono. Realizó su última función en 1987, luego fue depósito de una casa de electrodomésticos y finalmente cayó en desuso. La idea original del jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, era localizar allí el CGP 9, lo que encontró el rechazo de los vecinos y la justicia. Finalmente, se optó por convertirlo en centro cultural, cuya primera etapa ya culminó. “No queremos que ocurra lo mismo que con el hospital de Lugano, y que el proyecto de dos cines, un teatro y salas de usos múltiples termine siendo sólo un microcine para que Macri mencione en monólogos televisivos”, remarcó Alberto Dileo, referente de la Coordinación Vecinal.
La principal ayuda para los cines vendría desde la Legislatura. Mientras tanto, se apoyan en la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico y Cultural, que organiza tertulias para discutir cada situación. Su secretaria general, Mónica Capano, indicó a Tiempo Argentino: “Este renacer de los cines de barrio representan una impronta de lucha contra el mercado y de apoyo al cine nacional. Pero no quieren que les bajen programas prearmados del centro a la periferia, como pasó con el 25 de Mayo, de Villa Urquiza, cooptado por el Ministerio de Cultura porteño como un apéndice del Teatro San Martín. Los vecinos quieren un espacio para mostrar sus capacidades barriales”.

EL ACONCAGUA.
Nació de la mano de José Patti, inmigrante italiano y vecino de Villa Pueyrredón. “Su idea no pasaba por un cine más. Tenía que ser para el barrio lo que el Aconcagua para los Andes: el más grande, majestuoso, imponente”, contó a Tiempo Argentino su nieto, José Luis Alesina, uno de los que impulsa su resurgimiento. La sala, sobre Mosconi (originalmente, Avenida América), era similar a cualquiera de la calle Lavalle: la fachada modernista, el gran hall, escaleras de mármol, barandas de bronce y una arcada rodeando la pantalla. Tenía 1200 butacas. Se inauguró el 5 de noviembre de 1945, a sala llena, con la película rusa Arco Iris.
“Los estrenos llegaban 15 días después que en el centro. Íbamos a la matiné, empezaba con Sucesos Argentinos, luego venían los avances, la primera película y el intervalo”, describe Alesina, y acota que “las últimas filas y el pullman eran los lugares elegidos por las parejas”. Ir al cine era toda una ceremonia: prohibido entrar en zapatillas.
El declive llegó en los ’60, con la televisión. Entonces se cerró para siempre el Pueyrredón (también erigido por Patti), que hoy es un garaje. El Aconcagua cayó en el olvido, aunque reabrió brevemente en los ’90, cerrando definitivamente en 1996, cuando fue alquilado por una iglesia evangélica. Sin embargo, en abril de 2010, los vecinos crearon la asociación civil Aconcagua, y en noviembre, con apoyo del INCAA, proyectaron Carancho. Su expropiación se encuentra en la comisión de Presupuesto, donde el macrismo objetó el factor monetario y que sea gestionado por los propios vecinos, en lugar del Ministerio de Cultura. El pasado 4 de abril, el edificio fue catalogado. Ahora, la idea es “conseguir recuperar el Aconcagua para hacer allí un complejo cultural”, con talleres y proyecciones destinadas a los 200 mil vecinos del barrio.

EL GRAN RIVADAVIA
El 12 de mayo de 1949, 2.000 personas disfrutaron de la proyección de “Tronado y destronado”, con Bob Hope. Un nuevo cine nacía en el barrio. A la semana siguiente, la cartelera nacional acaparaba el Gran Rivadavia. Para los vecinos de Floresta, es el lugar adonde se “rateaban” de chicos, el de los primeros besos en la última fila.
A mediados de los ’80, el nivel de espectadores decayó: “Fue con la llegada del video. Pero la estocada final fue con los ‘multipantalla’ y el cambio de hábito de encuentros en el shopping, donde el cine era un uso complementario. Sin ayuda, se fueron fundiendo y cerrando”, cuenta Gabriel de Bella, de Salvar a Floresta. El cierre fue en 2004, por una denuncia de ruidos molestos. En las audiencias, la dueña, Edith Suñé, les recrimina a los vecinos: “Los que me obligaron a cerrar, hoy me piden que lo abra.” A mediados de 2009, un cartel de venta sobre la marquesina encendió la luz de alerta. Unas 1.400 firmas (la misma cantidad de butacas que había en la sala 1) fueron entregadas en el Ministerio de Cultura porteño y en la Secretaría de Cultura de la Nación. “Sólo contestó el INCAA, y en 2010, el Gran Rivadavia fue declarado de interés”. El festejo fue en la puerta con la proyección de El secreto de sus ojos, autorizada por el mismo  Juan José Campanella.
Después, los vecinos le mostraron al ministro Hernán Lombardi, su proyecto de un cine-teatro que dinamice las expresiones artísticas de la zona. “Nos confirmó que no lo van a comprar, a lo sumo colaborarán con algún productor”, explica De Bella. Hasta hoy, la única certeza la da la dueña: mientras no haya una definición, el lugar, así como está, sólo genera gastos.

MÁS ESPECTADORES
Aunque en los últimos meses se han cerrado varias salas, como el Atlas Santa Fe o el Arteplex Caballito, el público, ayudado por una mayor capacidad de consumo, asiste cada vez más al cine. En 2011 y hasta la semana pasada, con el sistema 3D ya instalado en más de 100 salas, habían ido al cine 33.821.654 de personas, con una recaudación de 766.386.503 pesos. A esta misma altura del año pasado, los espectadores eran unos 3,1 millones menos, con 223 millones de pesos menos recaudados. Uno de los incentivos de las salas barriales es el espacio al cine nacional, en un sistema de distribución muy concentrado en el que la que más recauda se queda con el 25% de la taquilla.

“LAS MULTISALAS NO CUMPLEN LA FUNCIÓN SOCIAL DEL ENCUENTRO”
Los proyectos vecinales son acompañados por especialistas, como la arquitecta Patricia Méndez, quien escribió, junto a su compañera Marta García Falcó, el libro “Cines de Buenos Aires”. Explicó a “Tiempo Argentino” que “hay cada vez más multisalas, pero no cumplen la función social para las que fueron creadas las salas de cine: un espacio en el que la gente se congregaba para disfrutar un espectáculo. Cuando hablamos de recuperar los cines, no se trata de retrotraerse a la función original, pero sí habría que gestionar que se hagan núcleos culturales que abastezcan al barrio. Yo crié a mis hijos en Villa Pueyrredón y nunca tuve un cine para llevarlos, pero tampoco ha habido un espacio cultural. No ha sido creado”.

Los cines eran un lugar de encuentro social.
–Ese fue el espíritu: reunirse en un espacio para el disfrute con vecinos, que esperaban dos meses a que el estreno del centro llegara a su barrio. Había más autonomía, no había que ir al centro.
–¿Y hoy?
–El espacio arquitectónico del cine fue remplazado por el mundo virtual y la dinámica electrónica, con Internet adelante. De las 300 salas de cine autónomas que había, 140 fueron demolidas, y sólo 50, en el mejor de los casos, siguen siendo cines. Otros, como el Ópera o el Gran Rex, son teatros. El resto son supermercados, salas de culto, playas de estacionamiento, o como el Álvarez Thomas, que hoy es un salón de fiestas. Analizando los planos de los viejos cines, detectamos que muchos eran playas de carruajes antes de ser cines, y después volvieron a ser playas de estacionamiento. Espero que en la vuelta de página de la historia, vuelvan a ser cines. El espacio tiene su memoria y necesita reciclarse.
–¿Cuál fue el período de mayor demolición?
–Los ’80 y los ’90. Cuando llegó el videocasette y luego el DVD, la gente empezó a quedarse en su casa. En los ’70 también, pero por política. El gobierno militar no quería que se juntara gente en una sala, más allá de lo que uno fuera a ver, no querían aglomeración. Y los shoppings les dieron el último palazo a las salas de cines de barrio.
–¿Y el tipo de público cambió?
–Pueden haber cambiado las necesidades: la inseguridad y la vida tan rápida hacen que vayas a un sólo lugar donde está todo. Uno saca números y una familia tipo, que tiene que pagar la entrada al cine, más la comida rápida y el estacionamiento, se queda en su casa. En ese sentido, los cines barriales son más accesibles. Además, hay una movida alrededor que genera beneficios comerciales para el barrio.
–¿Y cuál fue tu preferido?
–Soy de Formosa, y mi sueño era ir al cine Los Ángeles. Después, cuando volví con mis hijos, vi con tristeza que la sala estaba partida en dos, y hay una parte de la película que no ves. Esa división para captar más clientes generó salas inadecuadas.

UN 0,5% DEL ABL, A LOS CINES
“Se incentiva la aparición de más multisalas, cuando la política oficial debería haber defendido más los cines barriales. Si no se mueven los vecinos, todo queda en la nada”, aseguró el diputado Raúl Puy, que presentó un proyecto de ley para crear un Fondo de Ayuda Económica para Salas de Cine-Teatro Barriales de la ciudad. En un mes, si lo aprueba la comisión de Presupuesto, podrá ser tratado en el recinto. Al fondo irá el 0,5%  de la recaudación del impuesto de ABL, distribuido en una sala por comuna. El total recaudado de ABL en 2010 fue de 1.300 millones de pesos, por lo que lo destinado a los cines barriales superaría los 6,4 millones.
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Imagen: Letrero del ex cine Cuyo, del barrio de Boedo, en la avenida homónima,  hoy templo evangélico (foto rubderoliv).
Material tomado de la página Buenos Aires Sos.

Buenos Aires como sistema semiótico


(De Miguel Ruffo)

Buenos Aires, al igual que toda urbe, puede ser analizada desde múltiples puntos de vista. Desde lo económico-social, prestando atención a su estructura productiva, de clases y de distribución del ingreso; desde lo político haciendo hincapié en la organización institucional, el sistema de partidos y el comportamiento electoral de la ciudadanía; desde lo cultural al centrarnos en su sistema educativo y en el conjunto de instituciones culturales (cines, teatros, clubes, conjuntos artísticos). Pero también podemos analizar la ciudad como un sistema (o conjunto de sistemas) de signos. Y como todo signo es bifronte (significante y significados) un análisis centrado en lo semiótico (en el significado de los signos) nos permitirá advertir los múltiples mensajes que la ciudad transmite. Prácticamente la ciudad en su totalidad es un sistema semiótico. Así desde el urbanismo, su planta urbana responde a un diseño (o varios diseños por los cambios estilísticos introducidos por las transformaciones sociales y urbanísticas en el transcurso del tiempo) de planta en cuadrícula. El espacio se divide en manzanas cuadradas separadas por calles rectas. Este esquema data de la época grecohelenística cuando el Hipodamo de Mileto lo propuso como forma organizacional de una ciudad. Los romanos lo tomaron para diseñar los campamentos militares. Y los españoles, cuando conquistaron América, lo adoptaron como matriz de las ciudades que fundarían en el nuevo continente. A fines del siglo XIX, cuando la burguesía pampeana se lanzó a la modernización de Buenos Aires, teniendo por modelo el París del Barón de Hausman, se comenzaron a abrir avenidas y diagonales, que alteraron el damero colonial. La primera de tales empresas renovadoras fue la apertura de la Avenida de Mayo, por entonces La Avenida, ya que era la única de la ciudad. La urbe hispano colonial y criolla fue en su mayor parte demolida ya que bárbaras eran no solo las montoneras y las indiadas sino también la arquitectura del Buenos Aires tradicional. El afrancesamiento era la nota dominante a nivel cultural, urbano y arquitectónico. Es la época del art decó y del art nouveau. La ciudad transformaba no sólo su tejido social sino también su trama urbana y su arquitectura.
Se traza el Parque 3 de Febrero (Palermo) concebido como uno de los parques perimetrales que debía tener la ciudad. Palermo era el paseo dominical de la elite y cuando el desarrollo del sistema tranviario fue interconectando el centro con las periferias, también los sectores populares accedieron al ámbito palermitano. En este parque se instalaron diversas instituciones culturales, muchas de ellas vinculadas con la recreación de la ciudadanía, como el Jardín Botánico y el Jardín Zoológico. Y otras, como la Sociedad Rural, que expresaban el poder de la clase dominante de la Argentina finisecular. Más modernamente, los intereses inmobiliarios y corporativos fueron reduciendo sus espacios verdes en detrimento de la población y en favor de los intereses espúrios de grupos enquistados o vinculados al poder. Pero no podemos dejar de mencionar la presencia de instituciones como el Rosedal, el Jardín Japonés y el Planetario que contribuyen al enriquecimiento cultural y al esparcimiento de la ciudadanía. Hacia la época en que fue fundado el Parque 3 de Febrero se pensó en dotar a la zona sur de la ciudad de un parque similar o de un sistema de parques similares. Expresión de este proyecto fue el Parque Lezama. Este era el jardín privado de la quinta de don José Gregorio Lezama, que cuando su viuda vendió a la municipalidad la casa que había pertenecido a su difunto marido lo hizo con la condición de que el parque público que formarían sus jardines llevaran el nombre de su difunto marido. El Parque Lezama por el simbolismo de sus monumentos y esculturas (Monumento a Pedro de Mendoza, Busto de Ulrico Scmidel, La Loba Roama, Palas Atenea, etc.) es el Parque Fundacional de la ciudad de Buenos Aires.
Hacia la época del Centenario comienza el trazado del parque que lleva este nombre y que puede ser pensado como un parque cultural y recreativo vertebrado por las ciencias de la naturaleza, dado el simbolismo de instituciones como el Museo Argentino de Ciencias Naturales, la Asociación Argentina “Amigos de la Astronomía” y La Fundación de Investigaciones Bioquímicas Luis Federico Leloir.
Todos los monumentos y esculturas de la ciudad son signos que simbolizan los principios de la nacionalidad (como el Monumento al General Manuel Belgrano en la Plaza de Mayo o el monumento al General José de San Martín en la plaza homónima); de la Revolución de 1810 (como los monumentos a Cornelio Saavedra en Córdoba y Callao o el monumento a Mariano Moreno en Plaza Lorea); de las colectividades de inmigrantes (como el monumento a la Carta Magna y a las Cuatro Regiones Argentinas en Palermo o el Monumento a Cristóbal Colón en la plaza homónima detrás de la Casa de Gobierno). Cuando los monumentos se encuentran deteriorados o con grafittis de alguna manera ello expresa que sus mensajes no son apropiados consciente y sentimentalmente por la ciudadanía.
La ciudad tiene Plazas Cívicas como la Plaza de Mayo o la Plaza del Congreso. La primera es heredera de la antigua plaza mayor de la época colonial, centro de la mayoría de la concentraciones políticas y que presenta, entre otros edificios en torno a su perímetro los de la Casa de Gobierno, el Cabildo (restaurado y reconstruido) y la Catedral; la segunda abierta para darle perspectiva al Palacio Legislativo, construido a principios del siglo XX, perspectiva proyectada por Miguel Cané. La sede del tercer poder del estado, el Judicial, también se abre a una plaza, la que lleva el nombre del general Juan Lavalle, cuyo monumento se levanta en la misma.
El más rudo golpe que recibió la ciudad como sistema semiótico son las autopistas que comenzaron por ser proyectadas y realizadas durante la última dictadura militar por el intendente Osvaldo Cacciatore. Pero la ciudad, ahora en plena democracia, continúa recibiendo los embates de los intereses inmobiliarios y de “grupos inversores” cada vez que se demuele una casa para levantar una torre, o cuando se asiste impávido al deterioro de la confitería del Molino o cuando se acepta el cierre de la confitería Richmond en la calle Florida.
Recuperar la ciudad como sistema de signos implica recuperarla socialmente, construir una sociedad integrada y mirar a nuestro pasado como la génesis de nuestra idiosincracia, de nuestra identidad.
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Imagen: Uno de los escudos o emblemas de la ciudad de Buenos Aires.
Material tomado del periódico Desde Boedo, noviembre de 2011).

12 nov 2011

El día en que a la Junta de 1810 le propusieron fabricar un... submarino


(De Diego Benvenuto)

Un estadounidense llevó el proyecto al entonces gobierno con el fin de enfrentar a los realistas.
En 1810, inmediatamente después de la instalación del primer gobierno patrio, el problema más grave que enfrentaba éste era la tenaz oposición de la Banda Oriental. El espionaje era moneda corriente en las dos orillas y no se descartaba un ataque de los realistas desde Montevideo.
Por esos días arriba a Buenos Aires, procedente de Amsterdan y embarcado en el mercante inglés “Patty”, el ciudadano norteamericano Samuel Williams Taber, con intención de radicarse en el Plata y dedicarse al comercio, según se recuerda en www.lagazeta.com.ar
Taber tenía treinta años, había nacido en la ciudad de Nueva York y pertenecía a una familia acomodada de origen judío. Había arribado a Montevideo en diciembre de 1810, pero al tomar conocimiento de la revolución porteña, optó por pasar a Buenos Aires a efectos de aportar su esfuerzo a la causa emancipadora.
Se presentó inmediatamente en el fuerte, donde expuso a los miembros de la Primera Junta los planos de un artefacto submarino que serviría para atacar a la flota realista. Su invento era una especie de tortuga de madera con un taladro en la punta con el que Taber pensaba perforar el casco de los buques enemigos en la rada de Montevideo, a efectos de colocar allí los explosivos.
La Junta designó una comisión especial para que estudiara los planes de Taber, integrada por Cornelio Saavedra y Miguel de Azcuénaga (1), quienes, mediante un informe secreto, aprobaron la factibilidad de la idea y la posibilidad de volar los polvorines flotantes de la armada española.(2)
En menos de quince días comenzó la construcción del conocido solamente como “proyecto Taber”, dado el secreto de que se le rodeó. El mismo fue financiado enteramente por su inventor.
A poco de iniciarse los trabajos, el norteamericano fue enviado a la Banda Oriental en calidad de espía, a efectos de estudiar in situ el ataque. Taber regresó a Montevideo y se abocó a su misión realizando estudios de sondajes, corrientes, etc.
El 26 de marzo de 1811, junto con dos capitanes, dos subtenientes y un ingeniero, se disponían a huir del puerto oriental en una pequeña embarcación con el resultado de su espionaje, pero fue detenido, acusado de sobornar a marinos españoles. Cargado de cadenas fue llevado a prisión, donde permaneció hasta el 25 de mayo de 1811, en que, luego de muchas protestas, y mediante la intervención del cónsul norteamericano, y la única condición de que se embarcara en el primer navío que se dirigiera a los Estados Unidos y nunca más se inmiscuyera en los asuntos del Río de la Plata, fue liberado.
En agosto abordó la nave que lo depositaría en su país natal. Pero Taber había decidido que su corazón era de Buenos Aires, descendió del buque en Río de Janeiro e inició el regreso, llegando a esta ciudad el 10 de septiembre de 1811.
Inmediatamente se reunió con los miembros de la Primera Junta para exponerles su plan, que consistía en atacar con su invento una fragata y un bergantín españoles utilizados como depósitos de pólvora amarrados en el puerto de Montevideo. La Junta aprueba el plan y nombra a Taber capitán de artillería ad-honorem.
Fabricada la embarcación, construida en madera, de entre ocho a diez metros de largo, pintada de negro y marcada con una “T” en blanco, sus partes son colocadas en un gran cajón de madera de pino, también marcado con una “T”.
El 21 de octubre de 1811 Taber solicita permiso para trasladarse a la Ensenada de Barragán con todo el equipamiento a efectos de completarlo, armarlo y experimentarlo en aguas del río. Esto era necesario porque el bajo calado de las aguas del puerto de Buenos Aires hacía imposible la navegación del artefacto. Además, hubiera llamado la atención de todos y no faltaría el soplón que informaría a los realistas.
Jamás llegó a Ensenada, porque antes que la pesada carreta tirada por bueyes iniciara su travesía, el 22 de septiembre de 1811, cayó la Junta Grande y asumieron Juan José Paso, Manuel de Sarratea y Feliciano Chiclana.
A los miembros del primer triunvirato les pareció arriesgada la idea del norteamericano y la descartaron, a pesar de que Juan José Paso había integrado la Junta que aprobó el proyecto de Taber. Jamás se supo adonde fue a parar el cajón con las partes del aparato.
Taber siguió durante 1812 con sus espionajes, ahora en Chile, y el 8 de noviembre de 1813 murió en la estancia de su amigo Richard Hill, situada a 50 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, víctima de la tisis adquirida en su prisión de Montevideo. Legó todos sus bienes, según hizo anotar en su testamento, a la Junta Revolucionaria.
Los planos del submarino de madera desaparecieron, y la tortuga de Taber jamás pudo participar de la guerra de la independencia. Ninguna calle o plaza recuerda a este visionario precursor que puso su vida y sus bienes al servicio de su país de adopción.

LA GÉNESIS DEL SUBMARINO
Una de las opiniones menos cuestionados del mundo es la que atribuye a Julio Verne la invención del submarino. Como tantas otras, y a pesar de su popularidad, es lamentablemente falsa, porque para la época en que Verne escribió 20.000 leguas de viaje submarino (1870) ya existían embarcaciones subacuáticas, y la primera de ellas se había llamado precisamente Nautilus.
Cuando George Washington avanzaba sobre Nueva York, una ciudad dominada por los realistas y defendida por 350 barcos ingleses, el arma secreta yanqui resultó una innovación tecnológica. Su inventor nunca sospechó que estaba trazando el camino que los Estados Unidos seguirían en los próximos siglos. Inadvertida para los británicos, una cáscara de nuez que se desplazaba bajo el agua intentó taladrar el blindaje de cobre del buque insignia “HMS Eagle” para colocar una carga explosiva. El “Eagle” no sufrió grandes daños, pero el ataque sembró confusión en la flota.
Era la Tortuga Americana, el primer submarino operativo de la historia, impulsado por los músculos del sargento Lee y diseñado por David Bushnell, un estudiante de Yale. Tenía todo lo que era esencial en un submarino: tanques de lastre, sistema de propulsión, cargas explosivas y hasta una torreta de observación. Este prototipo artesanal se convirtió para Robert Fulton (1765-1815) en el germen de toda una filosofía: el submarino sería la “solución tecnológica” para la guerra, el arma definitiva que permitiría cambiar la historia. La tecnología iba a ser el instrumento que cambiaría el eje del poder, aseguraría el dominio total y haría imposible cualquier guerra futura. Cuando Fulton escribió su tratado Guerra de torpedos, resumió su credo en un epígrafe: “La Libertad de los Mares traerá la Felicidad a la Tierra”. El camino de la paz y el triunfo del bien pasaban por la guerra, quizá “punitiva” o aun “preventiva”.
Las enciclopedias suelen mencionar a Fulton como el creador del primer barco comercial de vapor, si bien la mayoría de sus inventos fueron de carácter bélico. Fulton desarrolló el submarino, los torpedos, las minas navales y los cañones Columbiad: otro nombre del cual se apoderó Verne cuando pensó en enviar hombres a la Luna. La paternidad de casi todos sus inventos fue muy discutida, y los historiadores ingleses aseguran que muchos no le pertenecían.
El joven Fulton inició su carrera como artista, pintando esas miniaturas sobre marfil que entonces se conocían como “camafeos”. Pese a ser un ferviente republicano, se marchó a Inglaterra apenas cuatro años después de la independencia norteamericana, para probar suerte como pintor. Su fracaso en el mundo del arte lo llevó a interesarse en otros temas, y en 1796 publicó un tratado sobre los canales de navegación. En Inglaterra, Fulton se impregnó de la ideología del naciente capitalismo industrial, pero depositó toda su confianza en la tecnología de armamentos como clave del desarrollo y de la paz.
E arma definitiva que iba a acabar con el Antiguo Régimen era el submarino. En 1797, Fulton se fue a Francia y le presentó al Directorio algunos escritos en pro del libre comercio y la paz perpetua. Apelando a “los amigos de la Humanidad”, les ofreció el arma que volvería imposible cualquier guerra. En una carta dirigida a un amigo inglés describía el submarino como “una curiosa máquina destinada a corregir nuestro sistema político”, lo cual dejaba muy pocas dudas en cuanto a sus intenciones.
En busca de financiamiento para su empresa, la Nautilus Company, Fulton se dirigió a Napoleón y se ofreció para crear una flota de “nautilus mecánicos” que servirían para atacar a la Armada inglesa. El pánico que causarían los submarinos pondría fuera de combate a la flota real, facilitaría la invasión francesa a las islas y llevaría al colapso de la monarquía británica.
Financiado por Napoleón, Fulton puso a punto su Nautilus en 1800 y realizó una demostración en el Sena ante el futuro emperador. El Nautilus navegaba a vela en la superficie, se movía bajo el agua impulsado por la fuerza de sus tres tripulantes, y podía permanecer hasta seis horas sumergido, usando aire comprimido y un snorkel. En los planos, Fulton se retrató a sí mismo mirando por el periscopio.
El Nautilus de Fulton alcanzó a realizar una incursión en el Canal de la Mancha, donde no llegó a causar daños materiales a los barcos ingleses, pero produjo gran inquietud.
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Bibliografía:
Arguindeguy, Pablo E. - “Apuntes sobre los buques de la Armada Argentina”, tomo I, pgs.58/59 - Departamento de Estudios Históricos Navales, Buenos Aires, 1972
Bauzá, Francisco - “Historia de la dominación española en el Uruguay” - El Demócrata, Montevideo, 1929
Destafani, L.H. - Manual de Historia naval argentina
Ellauri Obligado, Gontrán - El primer submarino argentino - ¡Aquí está!, Buenos aires, 16 de octubre de 1941
Villegas  Basavilbaso  “Un proyecto de submarino en 1810” - Boletín del Centro Naval, tomo XXX

(1) Los dos militares que integraban la Primera Junta.
(2) Estos documentos se encuentran en el Archivo General de la Nación (VII-7-5-14), aunque no se ha podido hallar el informe secreto suscripto por Saavedra y Azcuénaga.
Fuente: http://www.histarmar.com.ar/InfHistorica/PrimerSubmArgentino.htm
22 de mayo de 2010 19:35 

Imagen y nota tomadas de saboogle.blogspot.com 

11 nov 2011

Tiempos pasados, ¿tiempos mejores?


(De Raúl Espino)

“Más de una vez, el conductor del vehículo en que viajamos, auto, colectivo, ómnibus, etcétera, resulta ser un obsesionado, un epiléptico, un enfermo mental o padecer de algún grave mal orgánico; sólo así pueden explicarse los tan frecuentes y graves accidentes que estamos acostumbrados a ver y que a veces llegan a adquirir un matiz repulsivo e impresionante; desde la intemperancia en el trato hasta el delirante desprecio a la vida propia y ajena, todas las gradaciones son posibles”.
Este párrafo, tan expresivo y contundente, no está extraído de una crónica periodística de los últimos tiempos sino de un informe suscripto por el Jefe de la Sección Higiene Industrial y Social de la Ciudad de Buenos Aires, el Dr. Ismael Urbandt, y fechado el 30 de octubre de 1937. Luego de mencionar algunos estudios llevados a cabo en distintas ciudades del mundo para conocer el origen de “las causas determinantes de las falsas maniobras de conductores” que provocan grandes accidentes, el médico señala que “en nuestro país no se practica el examen (médico) con el rigor que es de desear” ni “se conocen tampoco estadísticas médicas de causas de accidentes de tráfico, con los detalles precisos de los mismos”. El informe a que se ha hecho referencia está incorporado al Expediente Nº 389/37 de la Coordinación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires y fue producido a raíz de una solicitud de dicha empresa, preocupada por las condiciones físicas y psíquicas que debe exigirse a los aspirantes a desempeñar puestos de “chauffeurs” y “motorman” de los vehículos de transporte de pasajeros.
El Expediente 389/37 forma parte del conjunto de documentos histórico de la Secretaría de Transporte e integra el acervo archivístico que tiene bajo su custodia el Archivo General de la Nación. Algunos de esos documentos, iniciados en su mayoría por la ex Coordinación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires y la ex Comisión de Control de los Transportes de Buenos Aires, reflejan hechos cotidianos, curiosos y llamativos, que son toda una pintura de los años 30 y 40 de la pasada centuria. Una acabada expresión de las relaciones que vinculaban a los usuarios de ómnibus, tranvías y colectivos con quienes tenían la responsabilidad de organizar, coordinar y controlar su funcionamiento.
El Expediente 209/40 de la Comisión de Control, por ejemplo, se refiere a la reparación económica solicitada por el usuario de un tranvía cuyo pantalón fue dañado por el clavo de un asiento. A la exigencia del pasajero de recibir como resarcimiento la suma de $ 20 m/n, se opuso la contraoferta del ente de control que ofreció sólo $ 10. A pesar de que no surge de dichas actuaciones de qué modo se resolvió este conflicto, cabe advertir la consideración brindada al pasajero y la voluntad de evitar contratiempos similares al establecer las autoridades pertinentes que en el futuro “los coches que salgan a la circulación deberán ser perfectamente revisados por empleados competentes de la empresa a efectos de constatar el estado en que se encuentran, bajo pena de $ 20 m/n de multa por cada contravención”. Como simpática anécdota cabe agregar que el guarda del tranvía, al advertir el “accidente” que derivó en la rotura del pantalón, se apresuró a remachar el clavo con la máquina expendedora de boletos.
A ningún usuario del transporte público de pasajeros se le ocurriría en 2010 iniciar un reclamo semejante sabiendo de antemano que su gestión sería ridiculizada y condenada al fracaso, confirmándose así la presunción de que en este y otros aspectos “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero esta conocida sentencia no podría ser aplicada a la seguridad vial de la Ciudad de Buenos Aires, toda vez que la sucesión de graves accidentes de tránsito provocados últimamente por los medios de transporte genera hoy en día la misma preocupación y desasosiego que parecía experimentar el Dr. Urbandt en octubre de 1937.
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Imagen: Tranvía porteño.
Material tomado del periódico El Barrio, 2011.

La vida entre torres


(De Sergio Kiernan)
 
Hace muchos años, ese gran periodista que es Carl Bernstein me explicó aquello que les dijo Garganta Profunda en un estacionamiento de Washington. Bernstein y Bob Woodward, entonces dos jóvenes periodistas, se habían topado con un escándalo que simplemente los superaba porque involucraba a la misma Casa Blanca. Una y otra vez, no entendían lo que veían y Garganta les decía siempre lo mismo: “Follow the money”. Sentado en Buenos Aires, Bernstein contaba que con el tiempo aprendió que la frase se aplicaba a mucho más que al caso Watergate.
Cuando se ven procesos enormes de cambio en los que el gobierno, cualquier gobierno, termina involucrado con consistencia, año tras año, titular tras titular y con una coherencia rara en este planeta, uno termina necesariamente pensando en quién se beneficia. Uno empieza a seguir al dinero.
La sistemática destrucción de Buenos Aires, el reemplazo de nuestro ecosistema urbano por algo fuera de escala, feo y manifiestamente inferior a lo que estaba antes sólo es entendible si se piensa en el dinero que hacen algunos. Y se trata de exactamente “algunos”, porque la industria de la construcción es concentrada y los jugadores en serio son un grupo relativamente pequeño. Si se compara a la construcción con las autopartes, el vino, o esa gigante que es la agroindustria, resulta que el Quién es Quién tiene muchas menos páginas. Ni hablar de si se compara con un sector realmente grande, como el de comercio o servicios.
Para que este grupo haga dinero se arrasa con nuestras ciudades, porque el proceso no es sólo porteño. Donde se vaya, en este país se verá el mismo panorama de ciudades grandes o pequeñas, de pueblos y hasta de pueblitos, arruinados por la simple construcción de grandes edificios. Basta que el lugar sea comercialmente atractivo, que haya gente mudándose allí, que haya turismo –y ahí entran los pueblitos– para que aparezca alguien haciendo una torre o lo que en el contexto local resulta una torre.
Nuestras anticuadas leyes tratan a la construcción como a una frágil damisela que necesita constantes socorros y favores para perdurar. Esto se entiende porque es un sector que, pese a su concentración, registra en el PBI y es un gran empleador. Lo que no se entiende, y es anticuado, es que se le permita la total falta de imaginación que exhibe. Todo empresario de la construcción quiere un lote donde ya vive el máximo posible de gente. Todo empresario quiere hacer el máximo posible de metros en ese lote. Ningún empresario parece imaginar que las ciudades pueden crecer, excepto si se trata de un Puerto Madero o de cargarse un barrio periférico residencial para entorrecerlo.
Sin crear recesión alguna, sin fomentar el desempleo y sin empobrecernos de manera alguna, se podría redirigir el negocio de este sector de modo que dejen en paz a sectores de la ciudad que no quieren crecer más. No podemos seguir con este vampiro que ronda buscando oportunidades, excepciones, favores legales y que cuando no los logra quiebra la ley aprovechando que el gobierno porteño se rehusa a sancionarlos. No podemos ver pasivamente cómo se arruina toda la ciudad como se arruinó Belgrano o Caballito.
Los hombres de la industria suelen escuchar estas razones poniendo cara de superioridad, de persona realista oyendo a un romántico. Su cinismo no les permite ver que se trata simplemente de pensar el negocio de otro modo, en otra escala. Con un poco de imaginación, podrían seguir igual de ricos sin destruir nuestro patrimonio e imponernos una pobreza de vida entre torres.
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Imagen: Torres en el barrio de Belgrano (foto wikipedia)
Material tomado del periódico Desde Boedo, 2011

Los cementerios de Flores


(De Ángel O. Prignano)

La primera iglesia de San José de Flores fue levantada en un lugar cercano a la actual calle Rivera Indarte, entre Rivadavia y Cnel. Ramón L. Falcón, sobre la primitiva manzana donada por la familia Flores para tales fines. Hacia el este de aquel primitivo y precario templo se ubicó el camposanto, cuya ha­bilitación data del 2 de septiembre de 1807 en que se sepultaron los res­tos del vecino Pedro Ximénez, español nacido en Murcia. Hasta entonces el pueblo de Flores carecía de enterratorio propio y las personas que fallecían eran inhumadas indistintamente en los cementerios de La Recoleta, Piedad o Montserrat.
El constante e incontenible incremento de la población y la muy céntrica ubicación de este pequeño enterratorio motivaron que, en 1830, el gobierno or­denara su traslado a otro lugar más apartado, razón por la cual el padre Martín Boneo inició gestiones a fin de obtener tierras donde instalarlo. Para este pro­pósito, los herederos de Esteban Villanueva y de Norberto de Quirno cedieron una parcela de 38 varas de frente por 78 de fondo en la manzana comprendida por las calles que hoy conocemos con los nombres de Varela, Remedios, Culpina y Tandil. Lue­go de la construcción de algunas dependencias imprescindibles merced al apor­te del gobierno de la provincia y a los donativos de los propios vecinos, el nue­vo cementerio fue bendecido el 20 de septiembre de 1832, aunque la prime­ra inhumación había tenido lugar el día anterior, cuando recibió sepultura un militar hallado muerto por asfixia en el Bañado de Flores, según consta en la foja 187 (frente) del libro segundo de defunciones de la iglesia de San José de Flores.
El nuevo cementerio fue ampliado al doble en 1850 y posteriormente recibió los restos mortales de algunas víctimas de la batalla de Caseros. En febrero de 1856 fue sepultado el cadáver del infortunado Gerónimo Costa, fusilado por orden del Gobernador Obligado luego de su fracasado intento revolucionario. En abril de 1863 se destinó una parte para el entierro de protestantes y disidentes, aunque dos años después fue secularizado y la municipalidad local lo habilitó para todas las confesiones.
Esta segunda locación se mantuvo en la jurisdicción eclesiástica hasta 1865, año en que los cementerios fueron transferidos a la propiedad pública, aunque por algún tiempo más las partidas de defunción continuaron asentándo­se en la iglesia. Mientras tanto y como había acontecido años atrás con el anterior, el avan­ce de la urbanización sobre sectores hasta ese entonces deshabitados del pue­blo de Flores hizo que se encontrara circundado por numerosas viviendas particulares. Por ello, luego de algunos pro­yectos de trasladarlo al sur de la ciudad y a la Chacarita, se decidió habilitarlo en un área lindera al bañado del partido, sobre tierras que venía arrendando el antiguo juez de Paz Isidro Silva. Fue así, entonces, que la Municipalidad de San José de Flores dispuso la clausura del enterratorio de Varela y Re­medios a partir del 1° de enero de 1872 y resolvió destinar ese solar a la construcción de un corralón, dependencia que ha perdurado hasta nuestros días. La actual locación del Cementerio de Flores había quedado habilitada cinco años antes, cuan­do el 9 de abril de 1867 fueron sepultados los restos mortales de la niña Elena Bergallo. En un principio ocupó una pequeña superficie con frente a la ac­tual calle Balbastro, entre las líneas de prolongación de San Pedrito y Castañón.
Al poco tiempo de su inauguración, concretamente durante ese mismo 1867, los herederos de Ramón Fran­cisco Flores hicieron una presentación formal ante la comuna local solicitando la adquisición de un terreno para construir una bóveda y trasladar allí los restos del general José María Flores –hijo de Ramón Francisco Flores– y otros miembros de la familia. Ante tal pedido, el presidente de la Municipalidad propuso la donación de dicho terreno en virtud de que el fundador Flores había cedido varias parcelas de tierra en el pueblo, entre ellas las que se destinaron a plaza y corrales. Esta propuesta fue aprobada por unanimidad y se les otorgó una fracción de “tres varas de frente por tres de fondo”, que “ser­viría para los que fallecieran de sus familias”.
Luego de algunas discrepancias entre los funcionarios municipales y los herederos de Flores acerca del lugar más adecuado donde erigir la bóveda, se accedió al pedido de los Flores que pretendían tierras en la calle principal dado que se trataba del fundador del pueblo. Entonces se construyó la blanca y colonial bóveda que los visitantes pueden ver en medio del camino principal, donde finaliza el sector de bóvedas y comienza el enterratorio general. En su frontispicio se lee una fecha: 1868, y una leyenda: Aquí yacen los restos mortales de la familia de Flores, fundadores de este Pueblo.
Transcurrida una década aún existían sepulcros en la antigua necrópolis que no habían sido trasladados. Por ello, en 1879 la Municipalidad de San José de Flores otorgó a los propietarios de bóvedas y sepulturas del ce­menterio viejo un plazo de noventa días a partir del 2 de junio de ese año pa­ra exhumar y trasladar los restos que ellos contuvieran “bajo apercibimiento que de no hacerlo así se procederá por la Municipalidad á hacer dicha exhumación y á depositar los restos en el osario general”. Lo hizo a través de avisos publicados en El Nacional y en poco tiempo se completó el traslado.
El cementerio carecía de oratorio, razón por la cual el sacerdote católico decía el responso al pie de la sepultura. La capilla recién fue inaugurada el 1° de noviembre de 1890, Día de Todos los Santos. A partir de entonces, el servicio se cumple en la capilla, que a partir de la construcción del peristilo, en los primeros años de la década de 1910, quedó integrada a la misma estructura, a la izquierda del portal.
La comunidad israelita, por su parte, a comienzos del siglo XX arrendó toda la sección sexta del nuevo cementerio. Lo ocupó entre 1900 y 1935. Así, en distintas jornadas del año sus ministros religiosos permanecían las veinticuatro horas del día en ese sector oficiando el ritual de los muertos. Cabe aclarar, si embargo, que la sociedad israelita Katscha se había presentado a la Municipalidad a mediados de 1903 para explicar una solicitud girada con anterioridad a esa fecha, dado que había generado ciertas confusiones. Aclaraba que ofrecían un terreno anexo al cementerio de Flores para que fuera destinado a un cementerio judío y pedía como única compensación que se le cobrara la mitad del precio de las sepulturas en ese recinto. Katscha tenía ramificaciones en todo el mundo y estaba compuesta en su mayor parte por gente trabajadora. “El propósito de la propuesta no se inspira en ningún negocio” y el “fin que persigue la sociedad es proveer de sepultura a sus asociados, dentro de las condiciones de su ley religiosa”, argumentaban sus directivos. Es sabido que ser sepultados en un cementerio propio es para los israelitas una obligación ineludible, por lo que en el caso de que el pedido no fuera atendido, la Katscha anunció que establecería su enterratorio en la provincia de Buenos Aires, cosa que al final ocurrió.
La Municipalidad de Buenos Aires adquirió, en 1903, una fracción de terreno a efec­tos de ocuparlas en la ampliación del cementerio, aunque recién al finalizar esa década encaró algunos estudios y proyectos de nivelación de tierras pa­ra ese fin. En 1910 se creó la Dirección General de Cementerios que tuvo como prin­cipal objetivo la centralización y reorganización de los servicios. En el tras­curso de ese año hubo escasez de espacio para nuevas sepulturas en Flores, por lo que fue necesario habilitar parte de las secciones destinadas a bóvedas para inhumaciones en tierra. Al año siguiente seguían los mismos problemas y debió avanzarse sobre algunas calles interiores, pues de otro modo no hubiera sido posible enterrar todos los cadáveres que ingresaban a diario. Además no se contaba con hornos crematorios, carencia que obligaba a ocupar tierras en la inhumación gratuita de los pobres fallecidos en los hospitales. Urgía, entonces, solucionar estos inconvenientes con el terraplenado y anexión de la totalidad de los terrenos que se habían adquirido a tal fin. Pero esa tarea se dilataba. La crítica situación, sin embargo, se vio atenuada con la construcción de nichos contra el muro de la calle Balbastro, lo que permitió desocupar 5.305 sepulturas que fueron destinadas a nuevas inhumaciones. Poco tiempo después se procedió a tomar parte de los terrenos adquiridos para ampliar la zona de enterramientos y se concretó la construcción del peristilo sobre la misma calle Balbastro, el mismo que puede apreciarse en estos días.
Con todo se seguían utilizando las sendas interiores para las inhumaciones, por lo que pronto gran parte de esos caminos quedaron ocupados con nuevas sepulturas. Durante 1912 se procedió a abovedar las calles no afectadas y se construyeron cunetas para facilitar su desagüe. Los caminos principales, asimismo, fueron adornados con jardines y se proveyeron seis columnas surtidoras de agua y otros servicios complementarios. Cinco años más tarde se encaró la forestación integral del cementerio, plantándose 310 ejemplares de distintas variedades de árboles. Mientras tanto, los terrenos adquiridos para su ensanche seguían sin aplicarse en su totalidad a esos fines, por lo que en 1926 se trató de paliar el déficit de tierras con la construcción de “200 nichos para cadáveres y 1.000 urnas” a un costo de treinta mil y ochenta mil pesos moneda nacional, respectivamente. Durante ese año se hicieron 2.324 inhumaciones. Al promediar la década del ‘30 se llevaron a cabo, por fin, algunos trabajos de cierta envergadura para ocupar definitivamente las tierras aledañas. Tales obras demandaron de la Municipalidad una erogación superior a los seiscientos treinta y dos mil pesos moneda nacional.
Otro serio problema era la falta de un cerco perimetral adecuado y duradero que reemplazase al precario y en muchas partes seccionado alambre tejido existente. Esta carencia motivaba las continuas quejas del vecindario –cada vez más numeroso– que debía presenciar a diario el triste espectáculo de las inhumaciones y el ingreso de animales que deambulaban entre las sepulturas pastando en total libertad. Las autoridades comunales tomaron cartas en el asunto, pero recién en 1941 se llegó a una solución definitiva cuando el Departamento Ejecutivo autorizó al Ente Autónomo de Industria Municipal la iniciación de diversas obras, entre ellas un cerco perimetral de mampostería en los terrenos comprendidos por las calles Varela, Balbastro, Lafuente y Castañares. También en 1941 se estableció ¡la censura previa a las leyendas recordatorias que los familiares de los difuntos colocaban en sus sepulcros! Un decreto municipal de ese año dispuso que “toda inscripción en monumentos, panteones o placas de homenajes deberá previamente ser autorizada por la Dirección de Cementerios”.
Hacia fines de la década siguiente se concluyó una monumental obra: el Gran Panteón que ocupó el lugar de una laguna, en las proximidades de Varela y Castañares. Esta obra fue realizada por la empresa de construcciones Seminara SRL e inaugurada en 1958. El solar había sido donado en 1937 por la Intendencia Municipal a la Asociación de Fomento de San José de Flores, junto con otro situado en el lugar que hoy ocupa la plaza Francisco Sicardi, para que construyera allí un polígono de tiro, pero todo quedó en la nada. Años más tarde se encararon estudios para la construcción de un nuevo muro en sectores próximos a este Gran Panteón, la playa de estacionamiento, el portón de acceso a dicha playa que se ubicó en Balbastro y Varela, la casilla para vigilancia y diversos senderos de los alrededores. Ello demandó la elaboración de un proyecto presupuestado en diez millones cuatrocientos mil pesos. Al mismo tiempo se previó la construcción del Osario General a un costo de dos millones de pesos. Además se hizo necesario atender otras obras, algunas de importancia relacionadas sobre todo con el sector de nichos mencionado más arriba. Los contratistas Lasta y Lejarraga, entre tanto, se encargaron de la pavimentación de senderos y la construcción de desagües en el sector de sepulturas de niños. A fines de 1963 llevaban realizados el treinta por ciento de esos trabajos y al año siguiente los concluyeron.
Ya en épocas más recientes se concretó la última ampliación. Un sector ubicado hacia el norte, calle Balbastro de por medio, fue habilitado oficialmente el 1° de octubre de 1979 como Cementerio Parque. La primera inhumación correspondió a los restos de la señora Rosa Guida de Gnocchi. Este ensanche fue objetado por la población del Bajo Flores, que consideraba más lógico su expansión hacia el sur, sobre zonas recuperadas de los antiguos bañados. No obstante, a partir de entonces todo esa parcela se viene cubriendo paulatinamente con nuevas sepulturas. Una vez consumada tal ampliación, el tramo de Balbastro entre Lafuente y la plaza Francisco Sicardi quedó en el interior del cementerio, con lo que el tránsito público en ese sector queda clausurado cuando cierra sus puertas. En consecuencia, desde dicha plaza fue abierta otra arteria que en amplia curva bordea el paredón del cementerio parque y desemboca en Lafuente, entre Velázquez y Balbastro. A principios de la década del ‘90, el Cementerio de Flores ocupaba una superficie de 17 hectáreas con 30.190 sepulturas, 882 bóvedas, 16 panteones, 156.703 nichos para ataúdes y 83.552 nichos para restos. Pero, como ha quedado dicho, en años posteriores fue ampliada la zona de inhumaciones en el llamado cementerio parque, por lo que un registro actualizado deberá incrementar necesariamente el número de sepulturas.

BÓVEDAS Y PANTEONES

Un cuidadoso recorrido por el sector de bóvedas y nichos nos dio material para confeccionar una lista con los nombres de algunas antiguas y notorias familias de Buenos Aires y del viejo Partido de San José de Flores. A la ya nombrada bóveda de los Flores, se agregaron las de las familias de Antonio Terrero, Juan Nepomuceno Márquez, Montarcé, Aranguren (con los restos del doctor Juan F. Aranguren, primer director del hospital Álvarez), Melián Blanco (donde descansan los huesos de José Antonio Melián, militar que combatió durante las Invasiones Inglesas y en las guerra de la Independencia), Romero Bilbao (con el sepulcro del historiador Manuel Bilbao), Cambiasso (con los restos de Juan y Antonio Cambiasso, propietarios de tierras en lo que hoy es Villa del Parque), Mercante (donde descansan los restos del Cnel. Domingo A. Mercante, gobernador de la provincia de Buenos Aires durante el período 1946-52), Francisco Santojanni (donante del hospital que lleva su nombre), Agustín Méndez (concesionario del primer servicio de tranvías a caballo de Buenos Aires junto a sus hermanos Teófilo y Nicanor), Manuel B. Bahía (ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires), Rómulo D. Carbia (primer historiador de Flores con su libro “Bosquejo Histórico de San José de Flores” publicado en 1906), Martín Farías (juez de Paz de San José de Flores entre 1829 y 1831), Juan Guereño (iniciador de una tradicional casa jabonera) y Próspero Pángaro (comerciante e industrial vitivinícola).
En sendas modernas bóvedas sin identificación exterior fueron depositados los restos del pintor Tomás Ditaranto y los de la educadora Ángela S. de Muscio, benefactora de escuelas, entre ellas la Nº 18 del Distrito Escolar XI (Lautaro 1440). La Asociación Cooperadora de este establecimiento educativo lleva su nombre. Asimismo, poseen bóvedas en este cementerio las siguientes comunidades y congregaciones religiosas: Hijas de La Misericordia, Hermanitas de la Asunción, Instituto del Buen Pastor, Comunidad de P. F. Capuchinos, Misioneros y Cofradía del Inmaculado Corazón de María, Congregación de Hermanas Trinitarias de Madrid, Hermanas Oblatas de S. S. Redentor, Religiosas de la Sagrada Familia y Comunidad de La Visitación. Una muy pequeña y antigua, situada entre otras más grandes y suntuosas, es la que alberga los restos del doctor Manuel Vicente Soriano, considerado el primer médico de San José de Flores. Se había establecido en 1835, cuando Flores era un pequeño pueblo de campaña.
Entre los panteones merecen destacarse el de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, habilitado en mayo de 1901, el de la Sociedad Italiana La Providenza, inaugurado el 25 de abril de 1904, el del Círculo y Escuela de Obreros San José de Flores, el de la Sociedad Juventud de Flores, de 1916, el de La Recíproca, perteneciente al personal de Obras Sanitarias de la Nación, y el Panteón Naval. Hasta no hace mucho tiempo, aún se mantenían en pie los sepulcros de Isidro Silva, juez de Paz de San José de Flores entre 1848 y 1852, de la familia Silveira, ganaderos y antiguos vecinos de Flores que poseyeron tierras en lo que ahora es el barrio de Flores, y la familia de Antonio Millán. Estas bóvedas, lamentablemente, fueron vendidas y luego demolidas para construir otras en su lugar.
En la sección quinta del enterratorio general se encuentra el monumento erigido en memoria del doctor Edelmiro R. Franco, “el médico de los pobres”, que ofrendó su vida para salvar la de un niño en el bañado. En el sector de nichos de Balbastro y la línea de continuación de San Pedrito, entre tanto, el que lleva el Nº 5235 corresponde al payador Gabino Ezeiza, fallecido el 12 de octubre de 1916.
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Imagen: Pórtico del Cementerio de Flores.

28 oct 2011

El primer partido de fútbol televisado en vivo en nuestro país


(De Mario Bellocchio)

18 de noviembre de 1951. El viejo Gasómetro de avenida La Plata. Más de cuarenta mil personas flexionan los tablones con la gimnasia del aliento futbolero. La mayoría de ellos no tiene otra preocupación que su pasión por el “Ciclón” o los “Millonarios”, porque se enfrentan San Lorenzo y River a dos fechas del final del torneo. Un cuervaje que aun conserva destellos  de los fulgores del 46 –Blazina, Basso, Zubieta, Farro y Silva– con nuevas pinceladas de fútbol y goles en los pies de “buenavida” Benavídez y los morenitos Maravilla y Picot. River cuenta con Amadeo –a la postre figura del encuentro– y figurones que son el Cuco del Racing puntero y finalmente campeón: Vernazza, Pizzuti, Walter Gómez, Labruna y Loustau. River va por la punta. San Lorenzo sólo por el prestigio puesto en juego en el clásico. El interrogante por ese ómnibus sin ventanillas que lleva la leyenda “Canal 7 TV” se reduce al tumulto curioso a su alrededor, antes del ingreso. Dentro del estadio todo es cántico de tribunas, rivalidad y ambición por el arco de enfrente.
El negrito Maravilla pone una gamba, la ball supera las tenazas de Carrizo, y Ferrari –half izquierdo “millo”– rechaza sobre la línea. ¡Mi Dios, Macaya qué ocasión te perdiste para el Telebím! Porque no hay repetición. En esa televisión recién  nacida –tiene un mes de vida– el video tape no se conoce y sólo se comienza a registrar imágenes, filmando cinematográficamente un monitor con una cámara de 16 milímetros. Así que, a confiar en la decisión del árbitro Mr. Cross. “Nou” dice al principio. El cuervaje se le va al humo y el mister, seguramente temiendo que le impacten su apellido en la mandíbula, concede el gol cambiando el color del asedio de azulgrana a albirrojo. Pero ya es inútil, San Lorenzo gana uno a cero y algunos pocos privilegiados lo ven en su Capehart en “vivo y en directo”. Ernesto Beltri –remoto antecedente de Araujo– aun se siente extraño relatando el encuentro, la imagen pondría en evidencia cualquier equivocación, no está tan a salvo como en su habitual trabajo radiofónico.       
Si su piloto no es Aguamar, no es impermeable, se lo puedo asegurar... Entretiempo. La pasión se va al vestuario personal y da lugar a la observación del entorno. Recién entonces la mayoría vocinglera –en la pausa– repara en las tres cajas con lentes, paradas sobre trípodes, cuyo único referente conocido –por aspecto– son las cámaras de los fotógrafos de plaza.
Lo están televisando –comenta un hincha a otro–. Y le cuesta modular el término, sorprendido por el comienzo deportivo de un medio que –para bien y muchas veces para mal– a partir de ese momento pasaría a formar parte insoslayable de nuestra vida diaria.
Para la estadística queda un penal de Basso a Labruna que Vernazza se encarga de convertir en empate. Pitazo final, curiosidad de los que pasan cerca del desarme de las cámaras Dumont y la paradoja de conocer esos “sofisticados” equipos antes que al propio televisor, un elemento aun vinculado a hogares pudientes, vidrieras de comercio céntrico o comedias de Hollywood.
Se acabó el fútbol. El regreso con la “depre” del atardecer dominguero. Los de River por Mármol, los Santos por avenida La Plata, van camino a sumergirse en casas sin televisor.
Aquí en Boedo es domingo 18 de noviembre de 1951.
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Imagen: El primer camión de exteriores de Canal 7.
La nota fue tomada del periódico Desde Boedo.

5 oct 2011

Mafalda


(De Gabriela Sharpe)

Mafalda, el famoso personaje de Quino, apareció como tira cómica por primera vez el 29 de septiembre de 1964 en la revista  Primera Plana.
La niña dio un paso más a la fama el mismo año que los Beatles, su grupo favorito, conquistaron Estados Unidos.
El personaje fue creado en 1962 para una campaña para las lavadoras Mansfield, pero ésta nunca se realizó.
“En realidad Mafalda iba a ser una historieta para promocionar una nueva línea de electrodomésticos llamada Mansfield. La agencia Agnes Publicidad le encargó el trabajo a Miguel Brascó, pero como él tenía otros compromisos, me lo pasó a mí. La campaña nunca se hizo y las ocho tiras que dibujé quedaron guardadas en un cajón. Hasta que al año siguiente Julián Delgado, secretario de redacción de Primera Plana, me pidió una historieta. Entonces rescaté esas tiras y bueno, ahí empezó todo”, ha relatado Quino en diversas ocasiones.
Ya convertida en una tira cómica, la pequeña de cuatro años criticaba el entorno que se vivía en la Argentina en los años 60, pero sus inquietudes y las de sus amigos eran de carácter universal.
 Durante los años que duró la tira cómica, el lector pudo enterarse que Mafalda llegó al tercer o cuarto grado de educación, que desea estudiar idiomas y trabajar en las Naciones Unidas con el objetivo de contribuir a la paz mundial.
Además, un tanto adelantada a su época, la niña muestra su feminismo al estar convencida del progreso social de la mujer.
En un principio en la tira sólo aparecieron ella y sus padres, pero después fueron agregándose personajes como: el soñador e ingenuo Felipe, Manolito –que representa las ideas capitalistas y conservadoras en la tira, la chismosa y agobiante Susanita, el histérico Miguelito, y los pequeños Guille y Libertad.
La influencia de Mafalda incluso alcanzó el mundo de las letras, donde famosos autores se refirieron a ella:
“No tiene importancia lo que yo pienso de Mafalda. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí”, Julio Cortázar.
“Puesto que nuestros hijos se preparan para ser, por elección nuestra, una multitud de Mafaldas, no será imprudente tratar a Mafalda con el respeto que merece un personaje real”, Umberto Eco.
“Después de leer a Mafalda me di cuenta de que lo que te aproxima más a la felicidad es la quinoterapia”, Gabriel García Márquez.
La tira dejó de publicarse el 25 de junio de 1973. A punto de cumplir medio siglo, Mafalda se mantiene como la niña precoz, llena de preguntas e imaginativas reflexiones, e intransigente con su odio a la sopa.
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Foto: Mafalda.
La nota y la ilustración fueron tomadas de la página buenos aires sos.

3 oct 2011

Las primeras fábricas de fósforos de la Argentina


(De Ángel O. Prignano)

Hasta el desarrollo de una industria fosforera fuerte en el Río de la Plata, el mercado de este artículo en ambas orillas estaba abastecido por fabricantes franceses e italianos establecidos en Francia. En Marsella se embarcaban hacia Buenos Aires los fósforos de Roche y Cía. y de Caussemille jeune (joven) envasados en sencillas cajitas de cajón corredizo que traían burdas litografías impresas en papel pegadas sobre la caja exterior. Estos primitivos envases luego fueron perfeccionados con la adopción del anillo de goma, que permitía el deslizamiento “automático” de la caja interior hacia adentro, y mejorados estéticamente con litografías de dibujo más acabado y fino. Además se fabricaron de diversas formas que no necesitaban de la caja interior, algunas semejando tabaqueras y otras rectangulares. Así las cosas hasta que el gobierno galo implantó el monopolio. La consecuencia inmediata fue el traslado al norte de Italia de algunos de aquellos industriales, que montaron sus fábricas en los alrededores de Turín desde donde continuaron exportando sus productos a nuestras costas. Los italianos fueron, precisamente, los que dieron a las cajas de fósforos sus características definitivas.

GOENAGA Y LOPETEGUY
Los orígenes de esta actividad en la Argentina se remontan a 1860, cuando dos jóvenes ingenieros españoles, José María Goenaga y José Lopeteguy, instalaron una fábrica en Buenos Aires, calle San José entre San Juan y Cochabamba. La pusieron a punto para producir 200 gruesas diarias, pero no pudieron alcanzar inmediatamente esa cifra por la falta de personal idóneo. En aquellos años, la industria fosforera era prácticamente desconocida en esta parte del mundo. La solución llegó al poco tiempo, cuando un hábil armero residente en la ciudad fue incorporado para dedicarse a estudiar el nuevo oficio. Se trataba de Andrés Arriarán, quien con su trabajo contribuyó enormemente al perfeccionamiento de la elaboración de fósforos en nuestro medio y se constituyó en el principal factor para que el establecimiento se encaminara hacia el éxito. Sin embargo, la guerra franco-prusiana de 1870 y la gran epidemia de fiebre amarilla que castigó a Buenos Aires al año siguiente frenaron esta marcha casi por completo. Ante tal fracaso y algunos desacuerdos entre los socios, Lopeteguy se retiró y Arriarán se incorporó a la firma, que entonces comenzó a girar como Goenaga y Arriarán. Más tarde, el primero dejó la fábrica y Andrés Arriarán quedó como único dueño. Empeñado, entonces, en ampliar su empresa, inició contactos con algunos posibles capitalistas que quisieran invertir en ella. Así, en 1873 se asoció con los comerciantes Bustamante y Galup para construir un establecimiento fabril con mayores capacidades productivas. Fue instalado en California 150 (numeración antigua) e inaugurado poco tiempo después, pero la fortuna tampoco acompañó a los socios que debieron cerrarlo y depositar las maquinarias en un galpón de las cercanías.

BOLONDO, LAVIGNE Y CÍA.
A mediados de la década de 1870 aparecieron algunas pequeñas fábricas de fósforos que no tuvieron larga existencia. Con mejor suerte, el 6 de mayo de 1879 surgió un nuevo emprendimiento muy cerca del que había pertenecido a Arriarán, en la calle California 50 (numeración antigua), entre Salta y la avenida Santa Lucía (hoy Montes de Oca). Sus dueños eran Eduardo Bolondo, argentino y capitalista de la sociedad, y Jean Maurice Lavigne, industrial de origen francés que conocía el oficio. Estos talleres ocupaban un terreno de 2.000 varas cuadradas y fueron provistos de alguna maquinaria no muy sofisticada.
En sus inicios, la producción se vio restringida por la falta de insumos nacionales. Tanto la materia prima necesaria para la fabricación de los fósforos como la cajita que los contenía se importaban de Europa. Por otra parte, los productores no contaban con fuerza motriz a vapor, por lo que debían valerse de un malacate accionado a mano por un obrero. A pesar de lo rudimentario del proceso, la fábrica creció rápidamente e impuso su producto desplazando en alguna medida a los de origen europeo. Más firme fue su paso cuando, en 1884, logró instalar un pequeño motor de 5 HP, que con el tiempo fue reemplazado por otros de mayor potencia. De esta forma, se constituyó en uno de los principales hitos de la industria fosforera argentina y con el paso del tiempo esta actividad pasó a ser una de las más importante del país.
La poderosa casa Antonio Devoto y Hno. se incorporó a la firma en 1882 y se convirtió en su agente. De este modo, comenzó a girar como Bolondo, Lavigne y Cía. y amplió su establecimiento fabril, que llegó a ocupar una superficie de 12.000 varas cuadradas. En ese año allí trabajaban 170 operarios que manufacturaban 1.500 gruesas de cajas al día, con lo que dominaban completamente el mercado. La alta calidad del producto mereció el reconocimiento de los jurados de ferias industriales que le otorgaron sendas medallas de oro en la Exposición Continental de 1882, en la de Mendoza de 1885 y en la de Paraná de 1887.

DELLACHÁ Y LAVAGGI
En el mismo año en que los Devoto ingresaron a la empresa, es decir 1882, otra fábrica se agregó al mercado fosforero local con pretensiones de ocupar su propio lugar. Le cupo construirla a Gaetano Dellachá sobre un amplio terreno cuyo frente daba a la avenida Mitre 245, en Barracas al Sud (hoy Avellaneda), que comenzó a girar bajo el nombre de A. Dellachá y Hno. En las guías comerciales de la época encontramos a Esteban Della Chá como importador de fósforos en San Martín 193, de Buenos Aires, con fábricas en Moncalieri (Italia) y Barracas al Sud (Argentina). Los fósforos Della Chá estaban avalados por nueve medallas de oro y dos diplomas de honor obtenidos en las exposiciones de Viena, Filadelfia, Milán, Niza, Torino, Mendoza y Buenos Aires. Sus corredores en la Argentina eran L. Pellerano y Hno. Tres años más tarde, es decir en 1885, vio la luz otra fábrica levantada por Francisco Lavaggi e Hijo en el barrio de Belgrano.
Muy pronto dio comienzo una despiadada competencia entre ellas, cada cual tratando de acaparar la mayor parte posible del mercado. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que las dos primeras se pusieran de acuerdo para fijar los precios mínimos de venta. Además firmaron un compromiso que estableció una multa de 10.000 pesos oro para aquella que no cumpliera lo pactado, desde el 19 de marzo hasta el 31 de octubre de 1885. Luego terció Francisco Lavaggi y todos terminaron por convencerse de que la competencia no les convenía, que era mejor fusionarse en una sola empresa. Así, en 1888 tomó cuerpo la Compañía General de Fósforos. A partir de entonces, el desarrollo de la industria fosforera en la Argentina corrió paralela a su historia.
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Imagen: Antigua caja de fósforos marca América. (Coleccionista particular).
Tomado de Historia del fósforo en la Argentina, Buenos Aires, Acervo, 2007.