19 dic 2011

Jean Jaurès en Buenos Aires


(De Diego Ruiz)

Una de las características del Centenario fue la afluencia de viajeros ilustres invitados a contemplar las “grandezas” de la joven Nación. Más allá de la Infanta Isabel de Borbón –la “chata” para los amigos–, cuyo principal aporte fue causar la instalación en la Casa de Gobierno de un ascensor, hoy de uso exclusivo presidencial, debido a que medía tanto de ancho como de alto y no podía subir más de dos escalones, vinieron invitados entre otros Georges Clemenceau, Anatole France y Adolfo Posada, que junto a Vicente Blasco Ibáñez, ya residente en el país, dictaron conferencias en el teatro “Odeón” y dieron a la imprenta sus impresiones sobre la Argentina y los argentinos. Blasco Ibáñez, en particular, publicó un impresionante tomo ilustrado bajo el título Argentina y sus grandezas con el que pretendía fomentar la inmigración y, de paso, sus emprendimientos en la Patagonia y en el Litoral. Como vemos, en aquellos tiempos –y por muchas décadas más– las conferencias eran el furor de los porteños (recordemos el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa, hoy en día el “Salón Dorado” de la Casa de la Cultura) y, quizá para no ser menos, Juan B. Justo no tuvo mejor idea que invitar a pronunciar algunas en Buenos Aires a Jean Jaurès durante un Congreso socialista celebrado en Copenhague en 1910. A esa altura el francés, nacido en 1859, era la principal figura de la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), había fundado en 1904 el periódico L’Humanité y se había destacado junto con Emilio Zola en la defensa de Alfred Dreyfus, el oficial de ejército injustamente acusado de espionaje principalmente por su condición de judío. Seguramente Justo lo invitó por considerar su pensamiento afín, pues Jaurés no era estrictamente un marxista, sino que preconizaba una visión idealista, reformista si se quiere, del socialismo, que podría condensarse en su frase “[...] No es por el hundimiento de la burguesía capitalista sino por el crecimiento del proletariado por lo que el orden socialista se implementará gradualmente en nuestra sociedad”.
La cuestión es que Jaurès arribó a Buenos Aires el 1º de septiembre de 1911 y brindó cinco conferencias en el “Odeón” con su particular estilo oratorio. Pero acá empezaron los problemas. Jaurès era un orador poderoso, apasionado, que tronaba de pie mientras gesticulaba en amplios gestos... tan amplios que en un momento uno de los puños de su camisa fue a parar al medio de la platea, circunstancia recordada por Ramón Columba –con dibujo incluido– en su ameno testimonio El Congreso que yo he visto. Pero esto hubiese sido lo de menos. La plana mayor del socialismo argentino era de una gran austeridad, una moralidad rayana en la mojigatería y acérrima enemiga del tabaco y el alcohol, tal vez por la profesión médica de gran parte de sus miembros. Y la cuestión es que Jaurès era una suerte de estereotipo del francés: rozagante, hedonista y pleno de vida, se comía todo, fumaba unos grandes habanos, bebía coñac como un cosaco y le apuntaba a cuanta falda se le cruzase, fuera ésta de una compañera o no.
Pero más allá de la anécdota risueña, Jaurès convocó a su paso por nuestra ciudad a multitudes que veían en él al apóstol de una nueva sociedad, al líder incorruptible que encarnaba a la Razón y a la Justicia en un mundo convulsionado que pronto estallaría en mil pedazos. Sería interesante, aunque imposible, saber cuántos jóvenes escucharon su palabra o la vieron impresa en los diarios de aquel tiempo, saber si los futuros internacionalistas, o boedistas, o artistas del pueblo conocieron su opinión de que “el proletariado era una fuerza histórica al servicio del derecho, de la libertad y de la humanidad”.
Pero seguramente todos se conmovieron el 31 de julio de 1914 ante la noticia de que había sido asesinado a causa de su firme posición internacionalista en contra de la guerra. Una semana antes, en Lyon, había pronunciado un discurso responsabilizando a “la política colonial de Francia, la política hipócrita de Rusia y la brutal voluntad de Austria” por la situación bélica y llamado a los obreros de todos los países a  unirse para enfrentar “la horrible pesadilla”. Ese 31 de julio, tres días antes del inicio de las hostilidades, un oscuro personaje llamado Raoul Villain le disparó tres balazos. León Trotsky, en 1917, homenajeó a Jaurès en un artículo en el que describió la escena del crimen: “En 1915 visité el ya célebre ‘Café du Croissant’, situado a unos pasos de L’Humanité. Es un típico café parisino: suelo sucio cubierto de aserrín, banquetas de cuero, sillas usadas, mesas de mármol, techo bajo, vinos y platos especiales, en una palabra aquello que sólo se encuentra en París. Me mostraron un pequeño canapé junto a la ventana: allí fue abatido de un tiro el más genial de los hijos de la Francia actual”.
El “Café du Croissant” aún existe en el 146 de la calle Montmartre de París, mientras que el teatro “Odeón” de Buenos Aires, escenario de gran parte de nuestra historia, fue demolido gracias a un permiso otorgado por el ex Concejo Deliberante entre gallos y medianoche, que a esa hora se fragua lo inconfesable, para instalar una playa de estacionamiento..., aún existente. ¿Es una moraleja? Este cronista no lo sabe.
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Imagen: Jean  Jeaurés

Monumentos y cementerios


(De Rafael E. J. Iglesia)

Los monumentos tan criticados por la arquitectura moderna ortodoxa y tan abusados por el siglo XIX, son a pesar de todo, los grandes mojones del diseño urbano. Su presencia, para bien o para mal, altera el paisaje urbano.
Para bien, cuando son sitio-genéticos; es decir cuando crean o complementan con su presencia sitios urbanos; cuando alrededor de ellos el lugar (espacio vacío que espera actividades y gente) se transforma en sitio. Insisto, el lugar se convierte en un espacio reconocido donde el ciudadano puede ejercitar su urbanidad. El viejo ejemplo del ágora griego puede ser citado aquí. Se me ocurre que la destruida placita-patio de los fondos del Cabildo era cabalmente un sitio. También lo es Caminito.
En nuestra ciudad, sin embargo, los monumentos han sido emplazados con predominio de la concepción  renacentista del espacio urbano; es decir pensando más en la geometría de la regla y del compás y en el placer racional del ojo fijo que mira, que en recorridos, desplazamientos, adyacencias y descubrimientos. Cercanías que pueden llegar al tacto. La Boca tiene todo eso, Purmamarca es rica en estas vivencias.
Como en el Renacimiento (y como en la ciencia ficción), el monumento se coloca allá, a lo lejos, esperando nuestra fija mirada (como le hubiera gustado a Luca Pacioli), reclamando ser eternizado en una simétrica postal, listo para el olvido.
El Obelisco, el monumento a Urquiza, el monumento a Güemes y el que recuerda (¿recuerda?) a los cuatrocientos años de Buenos Aires, son algunos monumentos, entre otros, que han sido puestos sobre infinitos y rectos ejes para deleite del más elemental ejercicio visual, el del punto de fuga único.
En lugar de crear espacios, sitios como me gusta llamarlos, han creado desiertos; desiertos que el espectador no puede transitar, ni, por supuesto, está alentado a hacerlo. La Plaza Spagna, en Roma, sirve para mi alegato; allí la Fontana de la Barcaccia, la escalera y la iglesia de la Trinitá del Monte más el cautivo obelisco egipcio, forman un sitio, cuya fruición va más allá de la óptica simple, es también hodológica, cinestésica y seguiría si no fuera  porque estas palabras me asustan; digamos para resumir, que es integral.
Pienso cuánto ganaría Buenos Aires si en lugar de incomprensibles e inexpugnables volúmenes abstractos (como plazoleta Adán Quiroga) o de lejanos conjuntos que se exhiben más allá de una explanada, como el monumento a Güemes, tuviéramos monumentos que inviten a acercarse, a sentarse a su vera, a vivirlos juntos, a convivirlos.
Güemes, su memoria y nuestra ciudad, ganarían si alrededor de su monumento, en lugar de una solana de piedra y pasto, hubiera bancos, bosquecillos que eviten la visión abierta, que inviten a descubrir el monumento imprevistamente, que definan lugares para estar. Lo actual es un allá distante, inaccesible, donde el monumento, como los dioses en el Olimpo, mora.
Esta insensibilidad urbana, tan cartesiana, se muestra en el monumento al Tetracentenario. Allí, en medio de un rondpoint inaccesible. se levantan cuatro elementos geométricos, simétricos, herméticos, muertos. ¿Quién puede vivir este monumento? ¿Quién puede leer su significado?
Una inmensa torta con un “Feliz cumpleaños, Buenos Aires” y cuatro grandes velas encendidas a perpetuidad (confío en la tecnología contemporánea) sería un monumento de fácil lectura; y si fuera recorrible, cabalgable por los chicos, atractivo para los grandes, sería entonces un sitio más de la ciudad. Imagino distintas actividades para este sitio, imagino una vida urbana más rica a partir (no exclusivamente) de un diseño urbano que reflexione sobre estos problemas y sea capaz de sentir soluciones.
La estética del cementerio produce cementerios; la vida urbana pide una estética que la aliente, enriquezca y comprenda.
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Imagen: Monumento al Tetracentenario de la fundación de Buenos Aires emplazado en la avenida Del Libertador y Udaondo. (Foto tomada de la página web mirebuenosaires.com.ar)
Nota de La ciudad y sus sitios, de Iglesia y Sabugo, editorial CP 67, Bs. As., 1987.

18 dic 2011

Las cinco esquinas y el librero Franco Tedesco


(De Hilda Guerra)

Cuando se abre el semáforo de las cinco esquinas el florista tiembla. Conducen enloquecidos por la copetuda Coronel Díaz, algunos doblan hacia Soler, a la derecha, otros hacia  la izquierda. Yo me dirijo hacía Honduras, (a pie ¡claro!, como la mayoría de los que escribimos y “vamos a pata”) tal vez por ese afán de bucear, recordar, indagar.
Sobre el lado del corazón, hay una gran vidriería; respiro profundo, detengo mi paso y regreso a la adolescencia. Allí estaba la librería de Franco Tedesco, señor mayor que organizaba una peña para la muchachada del barrio que después se llamó Palermo Sensible. Él me regalo –cuando aún estaba en la primaria – el poemario Tú y yo de Paul Geraldy. Iba por esa acera dos veces por semana luciendo mi boina y los pesados libros de música, para llegar a la casa de mi profesora. Pasaba frente a la casa de Evaristo Carriego y luego doblaba  por Bulnes hasta  Gorriti, donde Adelita me daba clases de piano. Pero... Franco Tedesco debió intuir que mi pasión más fuerte sería la literatura; de allí los versos premonitorios y el mandato al goce de la lectura: Yo no quiero verlos. Llévate esos clisés/ donde, tú dices, está nuestro viaje y su historia. /Mis recuerdos son mucho mejores en mi memoria./ Los alejarías, queriendo acercarlos./ Llévate esos clisés donde todo muere y se empequeñece,/ donde el pasado encantador aparece despojado/ de su dolor, de su perfume, de su música/ mientras que un necio detalle revive íntegro/ con una importancia irritante y cruel./  Mi memoria es más fiel... “Estereoscopio”.
Varias generaciones se formaron en esa librería; librería de textos y útiles que contaba con una biblioteca surtida. Asistíamos a la Peña a la que concurrían las hermanas solteronas del dueño. Franco vendía el primer cuaderno y lápiz y luego prestaba el primer libro de poesías o la audaz novela de Eduardo Zamacois. Allí se escuchaban tenebrosas historias de la casa del poeta que había vivido en la esquina y donde además de él habían muerto todos sus habitantes de tuberculosis.
El clan se componía de los que estaban por terminar la secundaría, los que les faltaba poco para obtener el título de doctor y los que comenzábamos –con el permiso paterno– a concurrir sin necesidad de alguna compra para el colegio. El sitio, además, era una usina de piropos. Nos ingeniábamos para pasar varias veces al día. Contábamos con la complicidad de la bifurcación y aparecíamos por la esquina menos pensada: por Soler estaba la  mercería que  justificó siempre el encargo de mamá.
De esto no me dejan mentir algunos vecinos sensibles que mejoran Palermo, editan voceros barriales y ahora la Guía de Palermo-Barrio Norte: Graciela Testa, que desde hace décadas enseña guitarra a más de un desafinado; doña Clara, que días pasados salió ilesa cuando se cruzó una bicicleta transgresora; Norma Barresi, que vive en Nueva York, pero todos los años vuelve al barrio; ni el inmortal Evaristo Carriego, que nos guiña un ojo desde el cielo.
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Imagen: Foto del librero don Franco Tedesco.  

15 dic 2011

Mi primer encuentro con Pepe Cao


(De Horacio J. Spinetto)

Cuando estaba preparando los textos para el libro “Cafés de Buenos Aires” –que incluía a los primeros treinta y cuatro cafés porteños declarados “notables” por la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires–, una mañana de enero de 1999, llegué a Independencia y Matheu, barrio de San Cristóbal. Allí estaba, y desde antes de 1930, el tradicional almacén y despacho de bebidas “Cao Hermanos”. A esa altura, sólo lo atendía Pepe Cao, de 87 años. Hacía algún tiempo que su hermano Vicente, de 93,  se había “jubilado”.
Entré por el despacho de bebidas, Matheu 812. Don Pepe, con chaqueta azul y boina, estaba por detrás del bello mostrador con tapa de estaño. Le comenté que su bar había sido declarado “notable” porque se lo consideraba como algo que era característico del barrio y que no debería desaparecer. Don Pepe me preguntó qué quería tomar. Un cortado, le dije. Pida otra cosa, me respondió. Pensando que quería ofrecerme algo especial, insistí con el cortado, señalando la veterana máquina que, como verdadero hito, presidía el salón. Esa máquina se descompuso por los años 50 –comentó don Pepe–, y nunca más volvió a usarse. ¿No quiere una ginebra?, insistió con gentileza.
En ese mismo momento, alguien golpeaba sus manos desde el almacén. Me pidió que lo acompañara. Atravesamos la puerta dejando atrás al despacho de bebidas. Una señora mayor le pidió a Cao aceite de oliva. Don Pepe desapareció un instante para volver con una lata bastante oxidada. No, ese no quiero –dijo la clienta. Este aceite está muy bien, replicó nuestro héroe. Quería Titarelli, manifestó la señora. Haber empezado por ahí. Enseguida volvió don Pepe con una lata de Titarelli, tan oxidada como la otra. ¿Cuánto le debo? –preguntó la vecina. Don Pepe se quitó la boina, se rascó la cabeza y le dijo una suma que me pareció exagerada. La señora le dio el dinero. Don Pepe lo miró, ya en su mano los billetes y dijo: llévelo, señora, que debe ser mucho menos. Tome la plata y me lo paga otro día.
Mientras la clienta iba dejando el almacén, entraron alegremente dos chicas de alrededor de diez años que preguntaron a nuestro entrañable almacenero si tenía la promoción de Pepsi. Debía de hacer varios años que Pepsi no operaba con este local. No obstante con gran inteligencia, conocimiento del oficio y señorío, contestó: Se me acaba de terminar.
Luego de un breve silencio don Pepe sentenció: Conformarse es lo más grande que hay.
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Imagen: Interior del "Bar de los Hermanos Cao", en la actualidad.
Nota tomada del periódico Desde Boedo.

Borges, Arlt y la voz de la calle


(De Oscar Conde)

A propósito de la famosa polémica surgida a partir de un artículo publicado por Guillermo de Torre en La Gaceta Literaria, en el que proponía que Madrid fuese el “meridiano intelectual de Hispanoamérica”, varios escritores argentinos, como Pablo Rojas Paz, Ricardo Molinari, Santiago Ganduglia, Nicolás Olivari, Raúl Scalabrini Ortiz, produjeron respuestas en todos los tonos en el número 42 de la revista Martín Fierro del 10 de junio de 1927. En una de ellas, burlesca y desenfadada, cuyo título era “A un meridiano encontrao en una fiambrera”, firmada por Ortelli y Gasset –escrita en realidad por Jorge Luis Borges y Carlos Mastronardi–, puede leerse:
“¡Minga de fratelanza entre la Javie Patria y la Villa Ortúzar! Minga de las que saltan a los zogoibis del batimento tagai, que se quedamo estufo que se, con las tirifiladas de su parola senza criollismo. Que se den una panzada de cultura esos rafañosos, antes de sacudirnos la persiana. Pa de contubernio entre los que han patiao el fango de la Quinta Bollini y los apestosos que la yugan de manzanilla. Aquí le patiamo el nido a la hispanidá y le escupimo el asao a la donosura y le arruinamo la fachada a los garbanzelis.
Se tenemo una efe bárbara. No es de grupo que semos de la mafiosa laya de aquellos crudos que se basureaban las elecciones más trenzadas en Balvanera. Par’algo lo encendimos al tango entre las guitarras broncosas y salió de taco alto y pisando juerte. No es al pepe que entramos en el siglo a punta de faca y tiramos la bronca por San Cristóbal y fuimos la flor del Dios nos libre en Tierra del Fuego y despachamos bar as agalludas al portador.
¿Manyan que los sobramos, fandiños? No hay miga caso de meridiano a la valenciana, mientras la barra cadenera se surta en la perfumería del Riachuelo: vero meridiano senza Alfonsito y al uso nostro.
Espiracusen con plumero y todo, antes que los faje. Che meridiano, hacete a un lao, que voy a escupir.”
Es evidente que Borges no sólo conocía sino también manejaba cómodamente el léxico lunfardo. En un tono decididamente polémico, varias décadas después escribió en el prólogo de El informe de Brodie: “Recuerdo [?] que a Roberto Arlt le echaron en cara su desconocimiento del lunfardo y replicó: ‘Me he criado en Villa Luro, entre gente pobre y malevos, y realmente no he tenido tiempo de estudiar esas cosas’. El lunfardo, de hecho, es una broma literaria inventada por saineteros y por compositores de tangos y los orilleros lo ignoran, salvo cuando los discos del fonógrafo los han adoctrinado.”
Esta cita consta de dos partes, la primera de las cuales es completamente falaz. Cualquiera que haya leído a Roberto Arlt puede dar testimonio de que conocía, y muy bien, el léxico lunfardo. Al comienzo de una de sus aguafuertes escribió: “El autor de estas crónicas, cuando inició sus estudios de filología ‘lunfarda’, fue víctima de varias acusaciones entre las que las más graves lo sindicaban como un solemne macaneador. Sobre todo en la que se refería al origen de la palabra berretín, que el infrascripto hacía derivar de la palabra italiana berreto y de la del squenún, que desdoblaba de la squena, o sea de la espada en dialecto lombardo.”
Como recuerda Di Tullio, para Arlt “nuestro caló es el producto del italiano aclimatado”. Además del citado, en otros escritos (“El origen de algunas palabras de nuestro léxico popular”, del 24 de agosto de 1928; “Divertido origen de la palabra ‘squenún’”, del 7 de julio de 1928; “El Yetatore”, del 21 de julio de 1931), Arlt se ocupó del análisis de distintos italianismos, como furbo, squenún, fiacún y yetatore.
Pero en otras aguafuertes, como en La crónica N° 231 iría todavía más lejos al defender no sólo la existencia sino también el uso literario de un léxico propio de Buenos Aires: “Escribo en un ‘idioma’ que no es propiamente el castellano, sino el porteño. Sigo una tradición: Fray Mocho, Félix Lima, Last Reason. Y es acaso por exaltar el habla del pueblo, ágil, pintoresca y variable, que interesa a todas las sensibilidades. Este léxico, que yo llamo idioma, primará en nuestra literatura a pesar de la indignación de los puristas, a quienes no leen ni leerá nadie. No olvidemos que las canciones en “argot” parisién [sic] por François Villon, un gran poeta que murió ahorcado por dar el clásico golpe de furca a sus semejantes, son eternas”.
El valor que Arlt atribuía al lunfardo se completa en este par de párrafos incluidos en el aguafuerte “¿Cómo quieren que les escriba?”, publicada el 3 de septiembre de 1929: “Y yo tengo esta debilidad: la de creer que el idioma de nuestras calles, el idioma en que conversamos usted y yo en el café, en la oficina, en nuestro trato íntimo, es el verdadero. ¿Que yo hablando de cosas elevadas no debía emplear estos términos? ¿Y por qué no, compañero? Si yo no soy ningún académico. Yo soy un hombre de la calle, de barrio, como usted y como tantos que andan por ahí. Usted me escribe: ‘No rebaje más sus artículos hasta el cieno de la calle’. ¡Por favor! Yo he andado un poco por la calle, por estas calles de Buenos Aires, y las quiero mucho, y le juro que no creo que nadie pueda rebajarse ni rebajar el idioma usando el lenguaje de la calle, sino que me dirijo a los que andan por esas mismas calles y lo hago con agrado, con satisfacción. Créanme. Ningún escritor sincero puede deshonrarse ni se rebaja por tratar temas populares y con el léxico del pueblo. Lo que es hoy caló mañana se convierte en idioma oficializado. Además, hay algo más importante que el idioma, y son las cosas que se dicen”.
A quien estos testimonios les resultaran insuficientes, le bastaría con recorrer las páginas de Los siete locos y de Los lanzallamas. En su edición conjunta de ambas novelas, Adolfo Prieto agrega un vocabulario que cierra el libro y que recoge voces como atorranta ‘mujer de dudosa moralidad’, batidor ‘delator’, canfinflero ‘proxeneta’, chamuyo ‘conversación’, escolaso ‘juego por dinero’, grela ‘mujer’, lata ‘ficha metálica utilizada en los prostíbulos para llevar la cuenta del trabajo de las pupilas’, mula ‘engaño’, rajar ‘huir’, relojear ‘mirar’, tira ‘agente de investigaciones’, yiranta ‘prostituta’ y yugar ‘trabajar’. Por cuenta propia, me atrevo a sumar cafishio, esgunfiar, merza, otario, paco, ranero y turro. En un pasaje memorable de Los lanzallamas, Ergueta, un personaje embargado de delirio místico, imagina qué les diría a los “pecadores” que podría encontrar en cualquier cabaret: “¿Saben a qué vino Jesús a la tierra? A salvar a los turros, a las grelas, a los chorros, a los fiocas. Él vino porque tuvo lástima de toda esa merza que perdía su alma, entre copetín y copetín. ¿Saben ustedes quién era el profeta Pablo? Un tira, un perro, como son los del Orden Social. Si yo les hablo a ustedes en este idioma ranero es porque me gusta. Me gusta cómo chamuyan los pobres, los humildes, los que yugan. A Jesús también le daban lástima las reas. ¿Quién era Magdalena? Una yiranta. Nada más. ¿Qué importan las palabras? Lo que interesa es el contenido. El alma triste de las palabras, eso es lo que interesa, reos. (Día viernes, ‘Ergueta en Temperley’)”.
Me parece que estos testimonios prueban suficientemente que Arlt conocía y sabía cómo usar el lunfardo, más allá de las ironías del autor de El informe de Brodie. Sobre la segunda parte de los dichos de Borges, debo reconocer que el lunfardo encierra algo de broma literaria, y que tanto los saineteros como los letristas de tango han “instruido” a la gente del pueblo en esa materia, que efectivamente ha habido un ida y vuelta. El sainete y el tango obraron como difusores del lunfardo, especialmente el segundo, merced al fonógrafo y más tarde a la creación de la radio. No obstante, los casos de palabras “inventadas” por saineteros y letristas e incorporadas después al habla popular son verdaderamente muy pocos, como fueron pocos, después, los casos de términos creados por libretistas, conductores o actores de la radio y la televisión.
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Imagen: Borges y Mastronardi (Dibujo de César).
Tomado de la página Agenda de Reflexión.

Primeros pobladores de Balvanera


(De Miguel Eugenio Germino)

La conquista en el Río de la Plata recién comienza en 1580, cuando Juan de Garay funda por segunda vez la Ciudad de Buenos Aires, tras el efímero intento hecho por Pedro de Mendoza en 1536, en las inmediaciones del actual Parque Lezama.
Recién entonces, casi cien años después del descubrimiento, se inicia en estas latitudes una conquista que ya había dejado en el resto del continente millones de muertos, desplazados y esclavizados.
La región de Buenos Aires era habitada por los querandíes (“gente con grasa”, al decir de los viajeros), denominación que los guaraníes daban a la etnia también conocida como pampas. Estos pueblos querandíes eran nómadas, no conocían la agricultura y vivían de la caza y de la pesca, abundantes entonces. Se armaban con arcos y flechas, lanzas, pedernal afilado y bolas con cordel (boleadoras).
Construían sus viviendas temporarias, precarias, con cueros sin curtir. Ocupaban una ancha franja de la hoy Provincia de Buenos Aires hasta el sur de Santa Fe. Presentaban un bien proporcionado físico, de elevada estatura y eran sumamente belicosos. Vestían un abrigo de cuero, similar al quillango; las mujeres también usaban una falda que cubría su cuerpo hasta las rodillas.
Existen muy pocos testimonios de su lengua, aparte de un par de frases y unas cuantas palabras compiladas por navegantes franceses hacia 1555. Esa pequeña evidencia, aunque dudosa, sugiere una relación con el gününa küne (puelche); los querandíes fueron el grupo más occidental de los pueblos pampas antiguos.
Diversos repositorios encontrados por el profesor Carlos Rusconi en 1932, en paraderos querandíes y guaraníes de Villa Lugano y Puente de la Noria, le permitieron rescatar fragmentos de cerámica, pipas y puntas de flechas que revelan importantes detalles de su vida.
Fueron estos pueblos los que tras una endeble armonía, terminaron con el pequeño emplazamiento de Pedro de Mendoza, poniéndole fin a la primera fundación de Buenos Aires.
El poeta salteño Tomás “Tutu” Campos (1940-2001), reflejaba en sus versos aquella época de la conquista:

"Cuando vinieron, ellos tenían la Biblia
y nosotros teníamos la tierra.
Nos dijeron, cierren los ojos y recen.
Cuando abrimos los ojos,
nosotros teníamos la Biblia
y ellos tenían tierra."

No olvidaban los pueblos originarios, ni sus descendientes, las “encomiendas y la mita”, cuando, tras perder la tierra terminaron en situación de esclavos, o exterminados. A este despojo lo completaría Julio Argentino Roca con la llamada “Conquista del Desierto” en 1879, rematando campañas de gobernantes anteriores.
Aunque sería imposible precisar el paso de los querandíes por lo que hoy es el barrio de Balvanera, no es difícil deducir que debieron haber transitado estas pampas en persecución de su presa para el sustento diario. El pueblo querandí nunca pudo ser domesticado; prefirió el éxodo o la muerte.
Ya hacia 1595, con la introducción de esclavos negros, llegará la mano de obra barata que dejaba vacante el indio. Esta inmigración forzada de gentes africanas influyó considerablemente en la población del actual territorio argentino. La mayoría procedían de los territorios de las actuales Angola, República Democrática del Congo, Guinea y República del Congo, pertenecientes al grupo que habla la familia de lenguas bantú.
En 1778 estas etnias y sus descendientes constituía el 30% de la población de Buenos Aires, y se organizaba en “naciones”, o mutualidades, como “Tambor de Mají”, “Tambor del Congo Anguenga” –éste ubicado en Tucumán y Callao–, la “Nación Bengala” sobre la calle México, a tres cuadras del actual Congreso, y la de los “Morenos Congos de San Baltazar”.
Con el tiempo comenzó la mezcla de padres españoles y madres negras y/o indias, dando lugar a nuevos grupos raciales: mulato (de blanco con negro), mestizo (de blanco con indígena) y zambo (de indígena con negro).
Hasta 1810 el grueso de la población extranjera era de origen español, y en el resto de las colectividades minoritarias se destacaba la inglesa, que consiguió entablar buenas relaciones con los sectores más acomodados de la sociedad de entonces. Tuvo más adelante su propio cementerio en el barrio, el de “los Disidentes” (hoy Plaza 1º de Mayo).
Uno de los primeros ingleses que ingresó fue Roberto Billinghurst, en cuyo homenaje una calle de Almagro lleva su nombre. Fue además el padre de Mariano, pionero de los tranvías, con estación terminal también en Balvanera (Rivadavia entre Billinghurst y Mario Bravo).
Lo que hoy es Balvanera comenzó siendo una campiña sin cultivar, que con el correr de los años se convirtió en quintas de fin de semana de los sectores sociales altos de la ciudad. Balvanera nace hacia 1775, cuando el gallego Antonio González Varela instala su quinta en las inmediaciones de las actuales Azcuénaga y Rivadavia, ganándose el apodo de “Miserere” por su propensión a las dádivas. Donará un sector de su quinta para crear un hospicio (alojamiento) y un oratorio para los franciscanos que llegaban a Buenos Aires con destino al interior. El lugar era el del actual emplazamiento de la Iglesia de Balvanera.
Durante el gobierno de Rivadavia en 1826, ingresarán al país los primeros inmigrantes irlandeses, entre ellos el capellán Domingo Fahi, quien compra tierras en las proximidades de Callao y Tucumán. Vende parte de ellas a los jesuitas, que dan nacimiento al Colegio y la Iglesia Del Salvador.
El 11 de abril de 1833 se conforma la parroquia eclesiástica de Balvanera, con un inmenso territorio que llegaba al este hasta el Riachuelo y al oeste hasta el fin de la ciudad, límite con el Partido de Flores: las calles Boedo-Medrano, y hasta Santa Fe por el norte. Una verdadera “Provincia de Balvanera”. Es muy interesante saber que para 1836 el barrio tenía una población de 3.635 almas: 2.998 blancos, 506 negros y 131 extranjeros.
La colectividad francesa también se estableció allí, eran los vascos franceses y los bearneses, que se afincan en los sectores de quintas, estableciendo sus tambos y lecherías junto a los vascos españoles. Hacia 1887 existían en el radio urbano 82 tambos y 37 lecherías, la mayoría en Balvanera. Escribirá el poeta Baldomero Fernández Moreno:

"El Once huele a un vaso de leche grande y fresca,
se adivina el oeste de boina y alpargatas…"

En 1858 los Padres Bayoneses fundan el Colegio San José en la esquina de Azcuénaga y Bartolomé Mitre, compran prontamente las tres cuartas partes de la manzana contigua: Mitre-Azcuénaga-Cangallo y Larrea.
Hacia 1870 comienza a fluir la inmigración italiana, principalmente calabresa, siciliana y napolitana. Muchos se instalan hacia 1890 en la zona del Mercado de Abasto. Esta colonia será luego la más numerosa del país, superando a la española, que introducirá nuevos contingentes (los tataranietos de los conquistadores) provenientes en su mayor parte de Almería, Cádiz, Granada, Huelva, Jáen y Málaga.
Argentina debió homogeneizar sus leyes y cultura con las de los inmigrantes. Favorecida por los rasgos comunes (el origen latino de casi el 80% de los llegados en estas oleadas), el gobierno federal instrumentó una política de educación e inserción forzosa, basada en la obligatoriedad de la enseñanza primaria laica y gratuita, a partir de 1884, y estableció el matrimonio civil en 1888. Hasta entonces ambos eran de carácter católico.
En 1914 se asienta en el sector norte del barrio (Córdoba-Mitre-Riobamba y Anchorena) una poderosa colectividad judía, proveniente de Polonia y Rusia quienes, dedicados al comercio, cambiarán la fisonomía de la zona. Allí establecerán sus asociaciones, convirtiéndose en la séptima comunidad judía en el mundo, con más de 185.000 miembros. Su núcleo se estableció en la calle Corrientes, con sinagogas y clubes judíos, y también se concentró en ella el comercio textil.
Los árabes, armenios, libaneses, sirios y algunos turcos, se instalaron en la parte sur del barrio, traspasando la frontera con San Cristóbal. Sobre Corrientes a la altura del Mercado de Abasto, se establecerá también una pequeña colonia griega.
Muchas de las colectividades venían huyendo de sus países por las guerras y las persecuciones políticas y religiosas.
El censo de 1914 indicó que un 30% de los habitantes eran extranjeros: 2.358.000 sobre un total de 7.885.000. El siguiente cuadro ilustra la magnitud de los arribos entre 1895 y 1946, que llegaron a 3.800.000:
Italianos 1.476.000; Españoles 1.364.000; Polacos 155.000; Rusos 114.000; Franceses 105.000; Alemanes 60.000.

INMIGRACIONES MÁS RECIENTES
Los movimientos migratorios más recientes están vinculados a las transformaciones económicas de sus metrópolis y a las crisis recesivas que afectan sus economías. Ello implica movilidades a distancias más cortas (migraciones limítrofes), donde los factores de tal comportamiento tienen que ver con una función netamente material.
La paraguaya es la comunidad extranjera más grande radicada actualmente en el país, con un 21,2% del total de los inmigrantes, seguida por la boliviana (15,2%) y la peruana (5,8%). En menor grado siguen los asiáticos (chinos, coreanos y japoneses).
Otras migraciones menos numerosas de diverso origen constituyen una minoría, muchos también afincados en el Once, como africanos y dominicanos.

XENOFOBIA Y EXPLOTACIÓN
Especialmente a los inmigrantes de los países limítrofes se los ve como una “competencia ilegítima”, como individuos que vienen a quitarle el trabajo a los argentinos. O se los ignora, esa “invisibilidad” da lugar a la proliferación de mitos y también a quitarles la voz, lo que por lógica los hace sentir discriminados. Algunos sufren situaciones violentas que no tienen nada de mítico.
Son muchos los casos de maltrato y explotación hacia ellos (especialmente los indocumentados), en general por parte de empleadores. Es irónico el caso de los inmigrantes chinos que emplean en negro y en condiciones abusivas a inmigrantes indocumentados de nuestros países limítrofes. O el caso de la policía, que les impone un maltrato injustificado, principalmente a los africanos.
Desde la agudización en 1990 de la aplicación de políticas liberales, suman decenas y decenas los casos de abusos, de reducción a la servidumbre y de esclavitud laboral, especialmente en las colectividades bolivianas y peruanas. También han proliferado empresas de “trabajos temporarios”, que encubren precariedad y trabajo no registrado, utilizando la modalidad de “monotributistas”.
A su vez es típica en Balvanera la discriminación hacia el inmigrante peruano, de gran concentración en el barrio, partiendo de sus condiciones de hacinamiento en hoteluchos e inquilinatos, y su modo de vida un tanto pública, que provoca molestias a muchos, a veces exageradas e injustificadas, lo que configura una actitud de abierta xenofobia.
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Fuentes:
-“Buenos Aires nos cuenta”, nº 8 de abril de 1988.
-Cordero, Héctor Adolfo, Cuando Buenos Aires era colonia, Aguilar, 1980.
-Difrieri, Horacio A., Atlas de Buenos Aires. Tomo l, Municipalidad de Buenos Aires, 1980.
-Frau, Salvador Carlos, Las poblaciones indígenas de la Argentina, Hyspamérica, 1953.
-http://es.wikipedia.org/wiki/Inmigraci%C3%B3n_en_Argentina
-http://omerfreixa.blogspot.com/2010/09/los-inmigrantes-en-argentina-hoy-dia.html
-Periódico Primera Página, números 14 y 15, de noviembre y diciembre de 1994
-Wilde, José A – Buenos Aires desde 70 años atrás, Eudeba, 1960.

Imagen: Escudo del barrio de Balvanera.
Nota tomada del periódico Primera Página, año 2011.

5 dic 2011

De los bailes del internado


(De Luis Alposta)

El 21 de septiembre de 1914, los estudiantes de medicina porteños, coincidiendo con la reciente reglamentación del Internado, institución equivalente a lo que fue después el praticantado, y a los que es ahora la residencia, decidieron celebrar su día con un gran baile, el que estuvo animado por los quintetos de Roberto Firpo y de "Pirincho" Canaro. El primer escenario fue el Palais de Glace; los primeros tangos El apronte y Matasano, que estaban dedicados a los internos del Hospital Durand.
Estos bailes se realizaron en forma ininterrumpida durante once años, inspirando cada uno de ellos tangos memorables: Clínicas, Rawson, Muñiz, El anatomista, El internado, El galeno, El cirujano, Bicarbonato, Sal inglesa, Amoníaco, Bicloruro, Sulfato de soda, Cloroformo, La muela careada, La fractura, Pulmonía doble y Cuidado con los rayos X, entre otros muchos títulos.
El último de esos bailes, el  undécimo, tuvo lugar en 1924, fue cuando Osvaldo Fresedo en el Teatro Victoria, le dedicó a los estudiantes el tango El once.
Aquella fue una época en la que siempre se encontraban motivos  para componer música, y la ciudad entera era canto. Una época que nos muestra lo frecuente que era entonces, entre los músicos, dedicar tangos a los médicos como testimonio de gratitud y amistad. Y no sólo a los doctores, sino también a todo lo relacionado con la profesión médica. ¡Si hasta El termómetro tuvo su tango!
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Imagen: Grabación del tango El internado de F. Canaro Canaro en disco de 78 rpm.

4 dic 2011

Villa Santa Rita, el barrio del oeste porteño, sin plazas ni parques


(De Victoria Russo)
 
Las plazas y los parques de la ciudad de Buenos Aires fueron, desde siempre, lugares de recreación para porteños y visitantes, tanto en verano como en invierno.
Sin embargo, hay un barrio de la Capital que no puede ejercer ese derecho, pues carece de esos espacios verdes. Es Villa Santa Rita, situado al oeste de la ciudad. La población estimada del barrio es de 33.700 habitantes, según la Dirección General de Estadísticas y Censos, en un relevamiento realizado en 2001, como se informa en la página web del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. La densidad habitacional es de 14.658,2 habitantes por km2.
A partir del informe de Sostenibilidad local: una aproximación urbana y rural, realizado por el Observatorio de la Sostenibilidad en España (OSE), la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que las ciudades dispongan de entre 10 y 15 metros cuadrados de área verde por habitante, distribuidos equitativamente. En Buenos Aires, están concentrados en la zona norte de la ciudad.
Los espacios verdes son considerados por la OMS como “imprescindibles” por los beneficios que reportan al bienestar físico y emocional. “Que no tenga un espacio verde significa que sus habitantes viven en una cárcel de cemento. No tienen el jardín del barrio”, dijo Sonia Berjman, licenciada en Historia del Arte, doctora en Filosofía y especialista en preservación de parques.
El déficit de espacios verdes es alarmante en toda la ciudad y especialmente en esta zona que, directamente, no los posee.
Osvaldo Guerrica Echevarría, arquitecto y coordinador de la Asamblea permanente de los Espacios Verdes Urbanos (Apevu), realizó una investigación, en la que concluyó que en la Capital tan sólo “hay 1,77 m2 de espacios verdes parquizados por habitante, sin contar la reserva ecológica, que suma 1,17 m2”. Además, el arquitecto afirmó que “la creación de espacios verdes va en retroceso”.
En el gobierno de la ciudad reconocieron que el déficit de espacios verdes es un problema por resolver. “Hasta el momento se realizó la revalorización de 41 espacios verdes. El Ministerio de Ambiente y Espacio Público está trabajando para sumar nuevas áreas de ese tipo”, informó Guido Iannaccio, del área de Prensa del Ministerio de Ambiente y Espacio Público del gobierno de la ciudad. Sin embargo, oficialmente reconocen que todavía no hay ningún plan para Villa Santa Rita.
Según explicó la especialista, “una regla urbanística dice que, a cinco cuadras de la casa de un vecino, debe haber un espacio verde público”. Se entiende como tal una superficie de no menos de una manzana.
“Tanto los árboles como los espacios verdes representan vida, calman la vista y ayudan psicológicamente a los habitantes de un barrio, más que nada en esta ciudad, que está plagada de contaminación visual”, dijo Berjman.
Ciudades como Nueva York y Bruselas superan los 20 m2 de espacios verdes por habitante; Madrid tiene 14, París 11,5 y San Pablo, 5,2 m2. Aunque la ciudad brasileña también tiene déficit de estas áreas, la densidad habitacional es mayor en comparación con Buenos Aires, aún así la supera.

AL MENOS, 18 PASAJES
El barrio fue diseñado con 18 pintorescos pasajes que aún conserva. Sus vecinos dejan antiguas macetas de barro en las veredas, algunas, como las viejas vasijas con patas, pintadas a rayas rojas y blancas.
Es uno de los últimos barrios de la Capital en los que todavía no se han generado asentamientos ni bolsones de pobreza y que conserva la arquitectura típica de hace 40 años. Tan sólo se construyó una torre, de dos módulos, y por sus calles no circulan muchos autos.
Santa Rita no tiene una gran zona comercial delimitada como otros barrios de la ciudad. Tampoco posee bares ni discotecas para jóvenes. Sin embargo, mantiene algunos tradicionales cafés, como “El Tokio”, en la avenida Álvarez Jonte y la calle Tokio, que funciona desde 1930. “Es un bar cultural de la ciudad. Desde siempre fue un punto de encuentro. Han pasado figuras como el dibujante Carlos Garaycochea, Diego Maradona y el músico Norberto Pappo Napolitano”, cuenta Leonardo Álvarez, hijo del dueño del bar.
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Imagen: Café bar “El Tokio”. (Foto tomada del sitio www.misfavoritosweb.com.ar )
Nota tomada del diario La Nación, julio de 2009. 

2 dic 2011

Cecilia o la fuerza del deseo


(De Viviana Demaría y José Figueroa)

Porque hay una historia que no está en la historia
y que sólo se puede rescatar aguzando el oído
y escuchando los susurros de las mujeres.
Rosa Montero

El 22 de noviembre de 1859 nacía una niñita a quien sus padres llamarán Cecilia. Lo más probable es que hayan elegido ese nombre por el Santoral. Su padre John Parish Robertson Grierson, era descendiente de los primeros colonos escoceses que llegaron al país y su madre  Jane Duffy,  era de origen irlandés.
Si alguien en la estancia de su familia donde pasó parte de su infancia en la provincia de Entre Ríos hubiese anhelado que la niña fuese una famosa cantante o una prodigiosa intérprete de música, la vida le depararía una sorpresa mucho mayor.
Cecilia era una muchacha inquieta y curiosa. Estudiar era su meta desde los 6 años que fue enviada a Buenos Aires a escuelas inglesas y francesas hasta que regresó debido a la muerte de su padre.
Para las posibilidades de la época, ser maestra era lo máximo que le estaba permitido a una mujer. Así que, en primera instancia, tomó lo que la sociedad le otorgaba ingresando a la Escuela Normal Nº1 en la ciudad de Buenos Aires. Ese establecimiento entregaba el título de Maestra de Grado Primario. Cecilia se recibió en 1878.
Al mismo tiempo que estudiaba, su mejor amiga, Amelia Kenig, enfermaba y Cecilia –profundamente impactada por su sufrimiento– decide que su vida debe dar un giro inevitable y controvertido. Estudiaría medicina.
Nada sería sencillo a partir de ese momento. Ninguna mujer argentina había logrado ingresar a ese recinto académico y luego de superar muchísimos obstáculos logra graduarse siendo la primera médica argentina, el dos de julio de 1889 en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires. Su tesis se tituló “Histero-ovariotomías efectuadas en el Hospital de Mujeres desde 1883 a 1886”  se hallaba impregnada de una fuerte mirada de género y absolutamente contemplativa de las cuestiones socioeconómicas que influían en las pacientes.
Cecilia, ahora la Dra. Cecilia Grierson, completó su carrera en el plazo estipulado por la academia de seis años. Mientras tanto participaba como  Ayudante del Laboratorio de Histología, al tiempo que realizaba la práctica hospitalaria en la Asistencia Pública. Tanta energía vital había en esa muchacha que antes de recibirse, en 1886, fundó la Escuela de Enfermeras del Círculo Médico Argentino.
Como podemos imaginar su tesis recibió burlas y críticas. Según el Feminist Theory Website de la Universidad Virginia Tech, Cecilia sufrió el ridículo y el aislamiento en su paso como la única mujer de la Facultad, luego de lo cual tuvo que dar una prolongada batalla legal para poder ejercer.
Sus fuerzas, sin embargo, no la abandonaron nunca. Apenas recibida se incorporó al actual Hospital Ramos Mejía dedicándose a la ginecología y obstetricia. Y si bien en 1891 participó en la fundación de la Asociación Médica Argentina y en 1892 colaboró con la realización de la primera cesárea que tuvo lugar en la Argentina, cuando en 1894 se presentó en el concurso para cubrir el cargo de profesor sustituto de la Cátedra de Obstetricia para Parteras, los miembros del comité académico lo declararon desierto porque en aquel entonces las mujeres no tenían permitido ni siquiera desear aspirar a la docencia universitaria.
Sin embargo, esos acontecimientos no amedrentaron su anhelo de cambiar el mundo. Ella encontró en otros espacios educativos, el lugar donde desplegar su deseo de enseñar. De ese modo fue integrante del Consejo Nacional de Educación. Como tal viajó por Europa y trajo a nuestro país nuevos planes de estudios para profesionales médicos. Al mismo tiempo escribe y publica sus primeras obras  “Educación Técnica para la Mujer”, “La educación del ciego” y “Cuidado del enfermo”.
Sin embargo, algo más allá de su tarea diaria la desvelaba. Fue así que  en 1906 concluyó un extenso estudio del Código Civil, en el cual demostraba que a las mujeres casadas se les otorgaba un  estatus de niños en la Argentina, discriminándoselas en mayor medida que a las mujeres solteras o viudas respecto de los mismos derechos civiles de los hombres adultos. Al llegar el año 1926, alcanzaría a ver algunos cambios “cuando se reformó el Código Civil con la incorporación de muchas de las demandas acerca de la condición de la mujer en el país, como la posibilidad de disponer de sus propias ganancias, formar parte de sociedades civiles o mercantiles, etc.”  Tuvo la oportunidad, además, de fundar una escuela técnica y de labores domésticos para mejorar la inserción económica de las mujeres.
Solidaria con sus compañeras de género, promovió y presidió el Congreso Argentino de Mujeres Universitarias así como el Primer Congreso Feminista Internacional de la República Argentina. Incansable luchadora por el sufragio femenino y pionera en la lucha por los derechos de las mujeres, dejó su huella en todos los ámbitos a los que tuvo acceso por una reforma civil y política para terminar con la discriminación de las mujeres en el ámbito académico y político.
Como si fuera poco, su veta artística la plasmó en la pintura, la escultura y la gimnasia y aunque al final de su vida, Cecilia Grierson sufrió la pobreza y debió sobrevivir con una magra jubilación, nada impidió que convirtiera su casa en un lugar de descanso para médicos y artistas. Al momento de su muerte, dejó en claro su voluntad de donar su casa que se encontraba en la localidad de los Cocos (Córdoba) al Consejo Nacional de Educación, donde luego se construyó la Escuela Nº 189 que lleva su nombre.

Sintiéndome decaer, pensé en acogerme a los beneficios de la jubilación ordinaria, a la cual creía tener derecho, pues había trabajado asiduamente en el magisterio durante cuarenta y dos años. Eso sí, nunca me había preocupado de que el puesto fuese rentado o no; de si era municipal, provincial o nacional la repartición en que servía. Presentados algunos documentos que conservaba, resultó que, según la ley, no pudo computárseme sino veintidós años de servicios con sueldo. ¡Había principiado demasiado joven y había trabajado demasiado ad honorem, y, por lo tanto, quedé excluida del amparo que la Nación Argentina presta a sus servidores!... (Cecilia Grierson)
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Imagen: Cecilia Grierson.
Nota tomada de  la revista El Abasto, noviembre del 2011.

1 dic 2011

El sur de Villa San Carlos


(De Hugo Corradi)

Un poco más al sur de San Carlos comenzaba la zona de grandes terrenos baldíos y potreros incultos que por entonces rodeaban la ciudad, como los pertenecientes a don Carlos Guedes, despoblados solitarios que ocupaban más de veinte hectáreas entre Pavón, Asamblea, Viel, Zuviría, Cochabamba y Treinta y Tres por los cuales atravesaba solamente un desdibujado camino muy poco transitado –hoy avenidas Pavón-Asamblea–, que llegaba hasta los llamados “terrenos de la pólvora”, ubicados al sur de Caballito. Por aquellos parajes rara vez  cruzaba un carro y, menos aún, alguna volanta, pues el estado del referido camino era malísimo. Sólo  ocasionalmente se veían solitarios jinetes o cazadores acompañados de sus perros. Si algún carrero se atrevía a aparecer  con su “charret”, era únicamente para amansar caballos de tiro bravos, o potros, favorecido por la ausencia de tránsito, árboles y alambrados.
A la altura donde hoy se cruzan Asamblea y Doblas existían unos pantanos intransitables, cuya prolongación con destino a los bañados de Flores, consistía en un profundo zanjón, conocido por los vecinos que luego fueron poblando esos lugares, por el nombre de “la tercera”. Ese accidente era bastante peligroso, en especial para el paso de carros y carretas en días de lluvia. Por ello, a fin de siglo (1), las autoridades debieron construir un puente, que, a poco de quedar habilitado, fue bautizado por la voz popular como “el puente del muerto”, designación que se mantuvo durante muchos años, hasta su desaparición al urbanizarse la zona. El origen del curioso nombre fue el crimen –en el lugar– de un solitario jinete, lechero a caballo, como era común entonces (2).
En los terrenos donde actualmente levanta su estadio el club San Lorenzo de Almagro (3) se encontraban los alfalfares de la quinta de Carballo, que en 1895 pertenecía a don Francisco Oneto y, vecinas, dando frente a la avenida Pavón, las de Bartolomé Pereyra y Coulín, donde se fueron instalando hornos de ladrillo. En la última, descuidado e ignorado, estuvo emplazado muchos años el portón de hierro que había pertenecido al histórico Fuerte de Buenos Aires, trasladado e instalado allí luego de su demolición. Uno de los pilares que lo mantenía  llevaba la chapa Nº 4050 de la referida avenida (4).
Finalmente, bien al sur, corría rumbo a los bañados el “camino de la arena”, actuales avenidas Chiclana-Cruz, bastante solitario, que conducía a los pasos “chico” y “de la noria”.
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1. El autor se  refiere al siglo XIX. (N.del E.) 
2. Dato referido por el antiguo vecino don Ambrosio Cerruti.
3. El autor se refiere a la antigua cancha y sede social del mencionado club, que entonces estaba en la avenida La Plata. ((N.del E.)
4. Ver Caras y Caretas del 25-5-1910.

Imagen:  La avenida La Plata en la cuadra de la entonces entrada a la cancha de San Lorenzo de Almagro, y donde hoy se levanta el supermercado Carrefour.
Texto tomado del libro de H.C.: Guía antigua del oeste porteño. (Cuadernos de Buenos Aires, 1ª edición, Bs. As., 1969).

Tango para cruzar Corrientes


(De Roberto Esmoris Lara)

cuando Corrientes se inclina allá en el bajo
donde oscurecen las historias de ultramar
se desbarrancan las voces y los gestos
la confianza
el candor
la caridad
y cruza la noche una niña de provincia
disimulando sus ganas de llorar

entonces sopla el viento desde el este
agita el cielo portuario de Viamonte
y en las mesas del bar El Navegante
brilla como el filo de un puñal

gracias a dios el hombre de las luces
no para de alumbrar
y enciende de verde su semáforo
para dar paso a la emoción de algún encuentro
en una esquina de la calle Soledad
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Imagen: Corrientes y Callao (Foto tomada del sitio www.rochester-hotel.com )

Enrique Puccia, el historiador autodidacta


(De Diego González)

Enrique Horacio Puccia nació en Barracas en el año 1910. Hijo de familia inmigrante, vivió parte de su adolescencia en un conventillo de la actual avenida Ramón Carrillo, frente al Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Moyano. Las vivencias en aquel Buenos Aires fueron plasmadas en su libro  póstumo La cuadra de los locos.
Se casó y tuvo de aquel matrimonio dos hijos. Aquella familia fue testigo de la pasión que Enrique ponía en su tarea, recopilando, redactando y compartiendo las historias de su querido barrio.
Su formación educativa se resume en un 6° grado de escuela primaria. No obstante, su amor por la lectura y su temprana inserción en los círculos ilustrados porteños, hicieron de él un historiador autodidacta. Años más tarde, sus colegas y amigos comenzarían a llamarlo “el maestro”.
A lo largo de su vida llegó a ser miembro de las más diversas y prestigiosas instituciones de la ciudad. Podemos nombrar entre tantas a la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad de Buenos Aires, la Academia Porteña del Lunfardo, la Academia Nacional del Tango, la Asociación Fraga, el Club Sportivo Barracas y la Junta de Estudios Históricos de Barracas.
Su obra literaria se compone de más de 20 libros, entre los que se destacan Historia de la Calle Larga, El Buenos Aires de Angel Villoldo, Historia del Carnaval Porteño y Barracas, su historia y sus tradiciones 1536-1939, cuya 3ra edición se editó al cumplirse el centenario de su nacimiento.
El 18 de noviembre de 1990 fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires a través de la ordenanza N° 44589 decreto 7121. En el año 1996, se instauró el Día del Historiador Porteño (Ley N° 833, ordenanza N° 51088/CjD/96), y la fecha elegida fue el 14 de noviembre. Esta efeméride es un homenaje a Enrique H. Puccia, ya que dicha fecha conmemora el día de su nacimiento. A partir de ese momento, cada año, la Legislatura porteña entrega el galardón de Historiador Porteño a 3 personalidades elegidas por la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad.
Antes de despedirse de esta vida, don Enrique nos dejó un legado enorme. El Archivo Histórico de Barracas, que lleva su nombre, sigue vigente y en crecimiento. La profunda admiración que siente cada uno de los que forman parte de aquel reducto por el material historiográfico que Enrique reunió durante toda su vida, hace que cada jornada de trabajo se vea envuelta de alegría y amor por la tarea realizada. Colaboradores e integrantes de la Junta de Estudios Históricos enfrentan el desafío diario de mantener vigente la memoria y la identidad del querido Barracas. El querido maestro falleció el 26 de septiembre de 1995.
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Imagen: Enrique Puccia.
Tomado del blog de la Junta de Estudios Históricos de Barracas.