14 ene 2012

El correo neumático de Buenos Aires


(De Otto Carlos Miller)

Hoy, Internet mediante, en pocos minutos podemos escuchar una partita de Juan Sebastián Bach, consultar libros y documentos de una biblioteca, visitar un museo y tener noticias de lo que está ocurriendo en un sitio muy remoto para nosotros. En segundos podemos enviar, recibir o mantener un diálogo escrito u oral, incluyendo imágenes fijas o móviles, a cualquier punto del planeta, desde nuestra casa o la calle.
La informática ya se impuso sobre los medios tradicionales que resultaron revolucionarios en los siglos XIX-XX y que antes de iniciar el siglo XXI ya pasaron a ser antigüedades  y algunos  piezas de museo.
Buenos Aires, igual que los principales países europeos y Estados Unidos, tuvo su importante correo neumático que funcionó desde mediados de la década del treinta hasta finalizar la del 70. Vayamos al rescate de su memoria.

¿QUÉ ES UN CORREO NEUMÁTICO Y COMO FUNCIONA?
Se trata de un dispositivo que actúa mediante un sistema combinado y alternado de presión y vacío, dentro de un tubo, y es utilizado para enviar y recibir objetos materiales.
Basado en el principio aerodinámico de Heber, se genera una corriente de aire en uno de los extremos del cilindro (emisor), dicha corriente de aire  presiona como un émbolo al objeto (torpedo) ajustado al tubo conductor. El  material enviado, al llegar a la mitad del recorrido deseado se detiene, y simultáneamente pone automáticamente en funcionamiento una bomba aspirante instalada en el punto opuesto del caño que provoca el vacío y atrae a la carga hasta el  extremo final del recorrido.
La instalación siempre es de doble vía tubular, receptora y transmisora.
Este sistema, hoy todavía se sigue utilizando en algunas empresas comerciales, organismos públicos y naves de ultramar mercantes y de guerra. Por supuesto que con una limitada utilidad restringida al ámbito del espacio cerrado.

LLEGA EL CORREO NEUMÁTICO A BUENOS AIRES
En noviembre de 1887, (1) siendo presidente el doctor Miguel Juárez Celman y vicepresidente el doctor Carlos Pellegrini, se sanciona la ley 2245 autorizando la instalación de un correo neumático en la Capital Federal. El 24 de noviembre del mismo año se vota en el Congreso la disposición de fondos para su instalación.
El 3 de julio de 1888, el presidente Juárez Celman suscribe el decreto comisionando al ingeniero Otto Krause: “[...] para que bajo la superintendencia de la Dirección General de Correos y Telégrafos practique los estudios necesarios y presente el proyecto y planos  definitivo, con las especificaciones y memorias correspondientes, para instalar debidamente el correo neumático en la Capital [...].
El 25 de julio del mismo año,  el director general de Correos y Telégrafos, doctor Ramón J. Cárcano y el ingeniero Otto Krause, firman el convenio respectivo con un plazo de cinco meses para cumplir con la presentación del proyecto y sus respectivos planos.
El ingeniero Otto Krause cumplió su compromiso en los tiempos pautados para concretar la instalación del correo neumático. Problemas de índole técnico, político y burocrático postergaron la ejecución por más de cuarenta años. Uno de los factores –técnicos–  consistió en la complejidad para la  instalación subterránea de las tuberías.
En 1912 comenzaron las obras para habilitar el túnel de cargas del Ferrocarril Oeste, que hoy todavía circula entre Puerto Madero  hasta la zona de la  intersección de la avenida Díaz Vélez y Bulnes. Dicho túnel quedó habilitado el 15 de febrero de 1916.
Posteriormente se utilizaría esta misma construcción para instalar los tubos del correo neumático que permanecen aún.

SE INAUGURA EL CORREO NEUMÁTICO
Finalmente, el 13 de abril de 1934, bajo la presidencia del general Agustín P. Justo se inaugura el correo neumático (2). Lamentablemente, el ingeniero Otto Krause, mentor y entusiasta del proyecto, había fallecido el 14 de febrero de 1920, quizá pensando que jamás se realizaría su sueño progresista.
El diario La Nación del 10 de abril de 1934 destaca un título que dice: Será inaugurado el viernes parte del servicio de tuberías neumáticas de Correos y Telégrafos.
La Dirección General de Correos y Telégrafos inaugurará el viernes próximo a las 9,45 una parte de la red subterránea de tubos neumáticos para sus comunicaciones dentro del radio metropolitano y con la que esa dependencia se propone simplificar considerablemente algunos de los servicios que le está confiados en la ciudad.
El acto inaugural se cumplirá en el puesto número uno de la malla de conductos, situado en la plaza del Congreso, calle Rivadavia a la altura de Montevideo, con la presencia de los altos jefes de la repartición y de algunos invitados. [...] Se trata, por lo demás, de un moderno medio de comunicación adoptado por los países más adelantados en materia postal y telegráfica y que ha de proporcionar también entre nosotros un evidente beneficio público. [...]
El correo neumático que funcionó en Buenos Aires era una maravillosa obra con un recorrido –entre ida y vuelta– de 21 kilómetros que con las desviaciones de los ramales alcanzaba los 60 kilómetros, siempre teniendo en cuenta el doble viaje, es decir 30 kilómetros de recorrido total.
El mecanismo, como ya se señaló, consistía en la combinada alternación automática entre dos bombas neumáticas. La primera, de emisión, “empujaba” a un torpedo ajustado al tubo, y en la mitad del trayecto se desaceleraba hasta detenerse, y de inmediato en forma automática comenzaba a funcionar la bomba del extremo receptor “aspirando” la carga.
Cada torpedo cilíndrico, de aluminio con tapa de cuero, incluía cartas expreso y hasta treinta telegramas.
Unía el palacio central de Correos y Telecomunicaciones con los principales radios de la Capital Federal.
El recorrido constaba de 14 estaciones donde funcionaban 52 aparatos transmisores e intermediarios.
Cada ramal podía trabajar en forma independiente.
La velocidad media del torpedo era de 12 metros por segundo y podía emitirse con una frecuencia de dos minutos.
En Plaza Congreso, donde se realizó el acto inaugural, se encontraba el puesto retransmisor Nº 1, cuya estructura hoy se mantiene pero sin el cartel que decía: “Correos y Telégrafos. Servicio neumático”.
Esa planta actuaba de empalme donde se efectuaba el desvío a la Sucursal deseada o a la Agencia Principal (A.P.). Desde allí se procedía a la inmediata distribución con destino final.
En los cinco primeros días de funcionamiento del correo neumático, el promedio de 1.304 piezas diarias aumentó a 1.424, es decir un incremento de 120 unidades llegando en ocasiones a 1.905 piezas.
A pesar de la innovación, la totalidad de los usuarios habituales del correo común no utilizaban este servicio con frecuencia, estaba más circunscrito a operaciones comerciales.
En sus treinta y cuatro años de funcionamiento hubo muchos ciudadanos de Buenos Aires que ignoraron su existencia.

FINALIZA EL CORREO NEUMÁTICO
El vertiginoso avance tecnológico, entre otras cosas la creciente automatización de los teléfonos en el Gran Buenos Aires, y el sistema de “anticipos telefónicos” para los telegramas, hizo innecesario el costoso mantenimiento del correo neumático.
El 6 de noviembre de 1970 –después de 36 años de inaugurado– dejó de funcionar la red del correo neumático de Buenos Aires.
Su vida fue efímera, aunque larguísima  para la acelerada tecnología actual donde los equipos electrónicos envejecen en un año o menos.
Ver hoy la entrada al puesto retransmisor en Plaza Congreso, con su estructura deteriorada y sin el cartel que ostentaba su condición de correo neumático, causa cierta tristeza porque quizá sea el último supérstite testigo de otra época.
¿Dónde quedó el esfuerzo del ingeniero Otto Krause, del doctor Cárcano, del intendente  Arturo Goyeneche y de tantos otros entusiastas? En el olvido de unos y en el desconocimiento de otros.
El teléfono, el correo electrónico e Internet, suplen con múltiples ventajas a este ingenioso sistema de comunicación, que sin duda marcó un hito en la lucha de las comunicaciones por vencer distancias y tiempos.
El correo neumático hoy nos parece ingenuo y hasta técnicamente artesanal. Pero cabe una pregunta: ¿Los  medios de hoy, garantizan la absoluta privacidad y el secreto de una comunicación? La respuesta es segura: No. Todo mensaje electrónico, por cable o a través del espacio, puede ser interferido sin conocimiento del emisor.
Un torpedo hermético, al menos durante el trayecto, es inviolable.
No sería extraño que en tiempos futuros, para comunicaciones donde sea necesaria la alta seguridad y el secreto, se vuelva al antiguo correo neumático.
La lucha por vencer al espacio y al tiempo trae múltiples ventajas y simultáneamente complicaciones. Los avances técnicos provocan cambios sociales y en las relaciones humanas, para bien o para mal. La tecnología jamás es buena o mala, todo depende del uso que se le dé.
Cabe preguntar el ¿por qué? de ese afán humano por lograr acortar distancias y tiempos.
Quizá porque todo lo viviente es movimiento constante y nosotros, los hombres, somos materia en movimiento dentro de la infinitud del espacio tiempo. Pero nuestro psiquismo no se resigna.
Acortar espacios y tiempos trae múltiples beneficios y también ayuda a mantener una ilusión, cada día más virtual, de que acortando distancias y tiempos se alarga la vida.
Bienvenido el progreso, pero con conciencia plena de que por mucho que se corra tras una quimera, el destino de todos los seres humanos está signado por la finitud de su vida.
Y esta meta, inexorable para todos los hombres, es ajena a los espejismos y  no se pospone jamás.
Con nostalgia, pero mirando hacia adelante, nos despedimos del correo neumático.
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Notas
(1) En 1877, en la Ciudad de Buenos Aires, se repartían diariamente de 900 a 1.200 despachos telegráficos y de 25.000 a 30.000 cartas e impresos. En 1888 las cifras aumentaron un 48%.
(2) El 12 de abril de 1937, la Administración de Correos y Telégrafos de Francia inaugura en las localidades de los distritos postales de París y Marsella sistemas de correo neumático. Es decir, Buenos Aires tuvo su correo neumático tres años antes que París.

Bibliografía
Revistas de Correos y Telégrafos año 1937.
Postas Argentinas, enero y febrero 1977.
Diario La Nación 10 de abril de 1934.

Imagen: Entrada al servicios de tubos neumáticos en Plaza Congreso (Foto tomada de la página www.cai.org.ar).

13 ene 2012

La fiebre amarilla en Buenos Aires (1871)


(De Omar Néstor De Napoli
Terminada la guerra de la Triple Alianza en 1870, el brote asomó en Paraguay, luego en Corrientes (murieron cerca de dos mil, de sus once mil habitantes y se lo atribuyó a los prisioneros llegados a la ciudad mediterránea).
Al comienzo, se discutió respecto a la gravedad de la peste y se la mantuvo en secreto debido a las divergencias entre los dictámenes médicos, porque algunos descartaban que fuese “fiebre amarilla” y otros no, como los doctores Eduardo Wilde, José Penna, Leopoldo Montes de Oca y Guillermo Rawson, entre los renombrados, hasta que en marzo de 1871 la peste invadió los alrededores del Riachuelo y se extendió a San Telmo y al bajo Belgrano, dejando una secuela de muertes que llegaron, de diez o veinte por día, a casi seiscientas. Se culpó, en principio, a los inmigrantes italianos, muchos de los cuales fueron expulsados de sus empleos y vagaban por las inmediaciones (en aquella época no existía el “asistencialismo colectivo”). Una conocida  empresa de viaje vendió más de cinco mil pasajes a Europa.
Ya el viajero francés H. Armaignac, que visitó el país en 1868, decía “que los saladeros establecidos cerca del Riachuelo de los Navíos arrojaban al agua los trozos sangrantes de sus faenas”. La Nación, fundada por Mitre y dirigida por su hijo Bartolomé Mitre y Vedia (enfermos, a su vez, pero salvados posteriormente), argumentaba que “las materias putrefactas convertían los colores del agua del Riachuelo en correntadas de pus”.
Cuando la fiebre arrasó con unas veinte a veinticinco mil almas (imposible precisar las cifras ni identificarlas en su totalidad) de la población de Buenos Aires (calculada en más de cien mil), muchos habitantes ya habían escapado. La gente que poseía mansiones en el Sur, fue la que provocó con su despego el origen de barrios recoletos, tales los llamados del “Barrio Norte”. Los demás se refugiaron en el campo o en los pueblos cercanos, favorecidos por los pasajes gratis que las autoridades cedían a los pobres (más de un ladino se disfrazó de pobre para eludir el gasto); si bien, hubo provincias que restringieron la entrada por sus fronteras limítrofes. También fue grave que los familiares de sufrientes, los dejaban y huían por el terror amarillo. Así, el Dr. Guillermo Rawson, alegaba: “Yo he visto al hijo abandonado por el padre; he visto a la esposa abandonada por el esposo: he visto al hermano moribundo abandonado por el hermano...”. El ambiente se complicó con los suicidios, el aumento de los casos de neurosis y de alcoholismo, al margen de la delincuencia, siempre dispuesta a sacar beneficios de la tragedia.
Otros, en su mayor parte inmigrantes, se quedaron en los conventillos de San Telmo, principales focos de la infección, hasta que fueron desalojados y anduvieron errando por los suburbios o alquilando casuchas a precio humillante. Los enfermos llenaron los hospitales, el de Hombres (antecesor del Hospital de Clínicas) y el de Mujeres (estuvo en Esmeralda 50, donde se alzaba la Asistencia Pública; hoy, plazoleta Roberto Arlt), no dieron abasto y para cubrir plazas se levantó el Lazareto de San Roque (sitio actual del Hospital Ramos Mejía). El Hospital Italiano y la Sociedad de Beneficencia contribuyen asimismo con su atención a los atacados por la peste. El Gobierno decretó feriado nacional, se cerraron las oficinas públicas, bares, comercios, escuelas (se suspende la apertura del Colegio Nacional), teatros, iglesias, Bancos, tribunales, la Bolsa... Clausuran el puerto, la Aduana, nada de importaciones y exportaciones, se prohíbe el lavado de ropa en la ribera. El Ferrocarril del Sud (hoy, Constitución) recibía el flujo de los que partían fuera de las zonas afectadas. Por las calles solamente circulaban los coches fúnebres y cuando escasearon las reservas vehiculares, se utilizó cualquier tipo de carruaje, mateo o carros de basura, para llevar a muertos y delirantes, hacinados de tal manera que más de uno habrá sido enterrado vivo en las fosas comunes del Cementerio del Sud o estibados allí porque desaparecían los sepultureros y peones.
La Prensa cuenta un caso, el del señor Pittaluga, que se desvaneció bebido y fue cargado con los cadáveres. ¡Menos mal que despertó a tiempo para largarse de los despojos humanos!
¡Cuántos supuestos no habrán logrado librarse de dicha situación, al confundírselos con fallecidos!
El presidente Sarmiento y el vice Adolfo Alsina, junto con sus ministros, tuvieron que irse de Buenos Aires para preservar los mandos. El hecho fue criticado por La Prensa, que se expresaba sobre la cobardía de los magistrados elegidos por el pueblo.
Después de todo, siempre es necesario proteger a los gobernantes ante el peligro de contagio o de otro mayor, porque de ocurrir lo contrario, un país puede quedar sumido en el caos. Bastante habrá soportado Sarmiento con la guerra del Chaco, la revolución entrerriana de López Jordán, el asesinato de Urquiza y luego, la plaga que diezmaba a su pueblo; entretanto, no eludía sus funciones: la inauguración del Observatorio Astronómico de Córdoba, el Colegio Militar, la Escuela Naval, el Jardín Botánico, luego fue “la idea” del Zoológico...(donde “hubo fieras, fieras habría”), mientras arribaban los primeros profesores de ciencias contratados y seguía erigiendo escuelas, a favor de los educadores y educandos.
Oficialmente, la epidemia se inició a principios de enero, creció en febrero durante las fiestas y candombes de Carnaval, en marzo y abril (Semana Santa) y, el contrasentido de los resultados de la liturgia: en aquel Sábado de Gloria fallecieron cuatrocientos treinta, y quinientas el día pascual, incluido cuarenta sacerdotes. Tantos eran los muertos, que los dirigentes de los diarios porteños propusieron fundar la Comisión Popular de Socorro. Los convocantes fueron varios directores jóvenes (23 a 28 años): Aristóbulo del Valle, de El Nacional, Manuel Bilbao-La República-, Héctor Varela-La Tribuna-, José C.Paz-La Prensa-, Bartolomé Mitre y Vedia-La Nación- y el diario alemán Freie Presse, cuyo director fue Adolfo Korn, padre del futuro hijo y escritor Alejandro Korn. Pronto se formalizó la Comisión en audiencia pública, integrada por los citados y por meritorias personalidades, como Roque Pérez (designado Presidente), M. Argerich, E. y P. Gowland, Carlos Guido Spano, Francisco Uzal, Evaristo Carriego, Matías Behety, J. Viñas, Quintana, P. J. Dillon, Tomás Armstrong, Lucio V. Mansilla, A. Larroque, José María Cantilo, Florencio Ballesteros y otros. El número fue elevado, pero algunos solo se hicieron notar por sus nombres y ausencias; en cambio, los menos (de ciento sesenta médicos, apenas cincuenta se entregaron en plenitud a combatir el mal y unos doce perdieron la vida durante sus tareas profesionales y humanitarias: entre ellos, los renombrados Roque Pérez, Manuel Argerich, Florencio Ballesteros, Francisco Javier Muñiz -cirujano mayor del ejército en la batalla de Cepeda y en la guerra con el Paraguay, vino a morir entre sus pacientes, el 8 de abril de 1871-, y el militar Lucio Norberto Mansilla (padre del autor de Una excursión a los indios ranqueles, Lucio V. Mansilla).
La prensa urbana mencionó como “heroica” la acción de los médicos, enfermeros y farmacéuticos que cayeron por causa de la peste. Llegó entonces una instancia en que la Comisión ordenó la salida de Buenos Aires de todas las personas no contagiadas y así lo hicieron los ocupados en proteger sus moradas, mientras entraba a funcionar el robo, los asesinatos y el saqueo de las casas desiertas. Había ladrones con carros o vestidos de enfermeros, que en las calles se dedicaban a despojar de ropas y pertenencias a los yacentes, cuando no lo hacían los perros vagabundos y hambrientos que se comían los cadáveres y que por las noches escarbaban en las tumbas y fosas del Cementerio. Según testigos, reinaba el espanto, el “sálvese quien pueda”, cualquier cantidad de huérfanos deambulaba dispersa y llorosa; la asistencia no alcanzaba a todos los desventurados. Recién el 10 de abril se dictó feriado nacional, y Curia y Gobierno pusieron distancia del foco céntrico. No obstante, el párroco de San Nicolás de Bari, Eduardo O‘Gorman, hermano del jefe de Policía, impulsó y fundó el Asilo de Huérfanos y la Sociedad de Beneficencia se hizo cargo de la construcción.
Como aún es costumbre, junto con la desgracia surgen los aprovechadores; en tanto varios negocios quebraban y los diarios carecían de papel, con ediciones al mínimo, se notó rápido la escasez de medicamentos o se acaparaban para ofrecerlos a valores prohibitivos, ataúdes también se vendían a precios irrisorios, los carpinteros desertaban y el costo del acarreo crecía por la falta de vehículos, choferes y sepultureros, porque también varios de ellos habían huido. Y como siempre, la policía “fue desbordada”, aunque los historiadores destacaron el comportamiento ejemplar y épico de las fuerzas, en especial de su jefe Enrique O’Gorman.
En los impresos, ciertos escribanos ofrecían sus servicios para la vil compra o venta de propiedades, y cuando, prácticamente, a partir de los días finales de junio de 1871 la epidemia se desvaneció de súbito, aparecieron los pleitos y litigios por las sucesiones de los muertos y por los inmuebles entregados de forma dolosa a otras personas.
En La Prensa, el aviso de un tal Miranda, escribano público, ofrecía hacer testamentos a toda hora del día y de la noche.
Paul Groussac recordaba y confirmaba, años después, en su libro Los que pasaban, que: “Gradualmente, desde mediados de marzo, el cuadro fue cobrando cada vez tintes más sombríos. El éxodo se hizo general cuando se comprobó que la fiebre no se alejaba de la costa, quedando indemnes las regiones mediterráneas... Después de los sospechosos saladeros, que de orden superior interrumpieron sus faenas, fueron cerrando sus puertas, por falta de elementos, las principales fábricas. Siguiendo a las industrias, se paralizaron las instituciones... En abril las defunciones alcanzaron el 14% de la población, y ésta, más que diezmada, había dejado de contar sus desaparecidos. Ya no eran coches fúnebres los que faltaban y tenían que suplirse con carros abiertos, sino carreros que aceptasen la espantosa tarea. Intereses, deberes, vínculos sociales y acaso carnales: todo se había destemplado y relajado en ese general menoscabo de la vida... Por centenares sucumbían los enfermos, sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro”.
¡Cuánto cristiano muerto sin confesión!, clamaba el público, y la prensa, también o tan bien, se ocupada en incomodar a los partícipes de la política nacional.
Los rieles se extendieron hacia el Oeste para llevar a los muertos en trenes a las tierras donadas de la Chacarita. Se comentó asimismo que “fue el primer ferrocarril de la historia cuyos usuarios eran difuntos”.
Desaparecida misteriosamente la epidemia a fines de junio de 1871, con el paso de los años el Municipio inauguró un monumento en memoria de “las víctimas caídas en cumplimiento de su deber”, cerca del Hospital Muñiz, en el parque Ameghino. Pocos saben que bajo sus pies, y cual inaudito testigo de la catástrofe, se halla el antiguo Cementerio del Sud.
En 1872, como un alivio a la dura prueba de los vecinos porteños y para los buenos lectores, aparecen dos libros importantes de nuestra literatura: Santos Vega de Hilario Ascasubi y el Martín Fierro de José Hernández; sin embargo, nadie esperaba una nueva mala noticia: el incendio y naufragio del vapor “América” y el heroísmo de Luis Viale, pero... esta es otra historia.
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Imagen: La epidemia de fiebre amarilla en 1871. (Óleo de Juan Manuel Blanes)
Tomado de monografias. com

12 ene 2012

El regreso del "Mople"


(De Mario Sabugo)

En la ciudad hay sitios buenos, sitios malos y sitios más-o-menos; sitios viejos y sitios nuevos; sitios alegres y sitios "tristes". Y, además de todo eso, hay sitios "latentes".
Los sitios latentes son los que, sin llegar jamás a realizarse en concreto, provocan la generación continua de ideas y proyectos. Al no trascender el plano de la fantasía van a parar, derecho viejo, al inconsciente colectivo de la ciudad.
La 9 de Julio es un sitio "latente". Originada, se supone, con la intención de solucionar problemas de circulación vehicular, la 9 de Julio se manifiesta, al fin y al cabo, como una fenomenal cirugía urbana. A su escala, los relativamente diminutos bloques de la embajada de Francia y de la parroquia de Constitución no llegan, ni por asomo, a mitigar el hueco.
El caso del Obelisco es distinto. El Obelisco, puesto en situación dominante (en el eje de la avenida y de Corrientes), extrayendo fuerzas ciudadanas de los subtes que se deslizan, mansamente, bajo su base, y, sobre todo, haciendo uso de su innegable potencia tanguera, consigue dominar el espacio en sus cercanías.
Pero con  esta honrosa excepción, las perspectivas de la 9 de Julio se diluyen tristemente: ni la estación Constitución, hacia el sur; ni la usina de Puerto Nuevo, hacia el norte, pueden (ni fueron hechas para) dar una buena culminación a las visuales. Es que no están a escala de la 9 de Julio. Esta escala, que usted puede llamar faraónica o descabellada, sin embargo traduce la escala de la ciudad: es la ausencia de una tira de sus manzanas; su trazado, pero vacío.
Ahora bien, tenemos otra carta en la manga: en la esquina de Moreno el viejo Ministerio de Obras Públicas (el MOP). Si la 9 de Julio es "latente", el MOP es el hecho más "latente" de la 9 de Julio.
Es imposible resistir a la tentación de completar el MOP, poniéndole, al otro lado del eje de la avenida su doble simétrico. Luego de esto, es todavía más irreprimible la necesidad de unirlos con un elemento horizontal y conseguir (¡por fin!) el doble MOP... ¡el "Mople"!, gran arco de triunfo porteño, hecho arquitectónico a escala de la 9 de Julio.
Con el dibujo que ilustra esta nota, realizado contemporáneamente a la construcción del medio MOP actual, el ingeniero José C. Álvarez daba cuenta de la inevitabilidad de este objeto urbano. (Aquí cabe hacer referencia a la figura del ingeniero Álvarez -1887/1970-, perteneciente a los equipos de diseño del mismo ministerio y autor de los puentes Uriburu y De la Noria. Los cuales, así como otras obras menores, certifican su identificación con el movimiento de arquitectura hispanoamericana que, impulsada por Noel, Guido y otros, floreció entre nosotros a partir de los años 20.)
La fantasía del "Mople" regresa a más de cuarenta años. Como se comprende, para las fantasías 40 años no son muchos. De tanto en tanto, la memoria de la ciudad abre una de sus botellas de náufrago y, más o menos conscientemente, el proyecto retorna a los tableros de dibujo de las nuevas generaciones del lápiz.
Con el Obelisco y el "Mople", la ciudad iría curándose de su "herida absurda" urbana, la 9 de Julio, convertida en algo para lo que (observe usted atentamente el dibujo de Álvarez), todavía no hay palabras en las teorías de la ciudad.
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Ilustración: Dibujo del "Mople" del ingeniero José C. Álvarez.
La nota y el dibujo fueron tomados del libro de Iglesia y Sabugo: La ciudad y sus sitios. 

9 ene 2012

El barrio de Balvanera al terminar el siglo XIX


(De Carlos Rezzónico)

Balvanera tiene como límite sur la avenida Independencia, al este la avenida Entre Ríos y su continuación, la avenida Callao; al norte la avenida Córdoba y al oeste la calle Gallo, la avenida Díaz Vélez y las calles Sánchez de Bustamante y Sánchez de Loria. Está situada al oeste del habitualmente reconocido centro de Buenos Aires, formado por San Nicolás y Montserrat, y al sur, cruzando la avenida Córdoba, con el denominado "Barrio Norte".


Cuando a la medianoche del 31 de diciembre del año 1900, la mayor parte de la población festejaba el ingreso a un nuevo año y al flamante siglo XX, Balvanera era un barrio en curso de consolidación: lo hecho y lo proyectado jerarquizaban el lugar y se iba desdibujando el antiguo suburbio. Ya se había logrado la cuadrícula de sus calles con el loteo de las viejas quintas aunque todavía circularan por ellas carros, coches y tranvías a tracción animal. La corriente eléctrica pugnaba por desalojar al gas como elemento de tracción y de iluminación.
Aunque en general era  un barrio de casas bajas, salpicado de baldíos, se habían levantado importantes edificios y otros estaban en construcción. El de la estación Once de Septiembre, en la esquina de Centro América ( avenida Pueyrredón) y Piedad (Bartolomé Mitre), cabecera del Ferrocarril del Oeste, se había inaugurado en 1896 y satisfacía las comodidades de los viajeros y las exigencias del servicio.
En la manzana comprendida por la calle Córdoba, Viamonte, Riobamba y Ayacucho, ya se levantaba desde 1895, el imponente y hermoso edificio que hoy conocemos como Palacio de las Aguas Corrientes. Cerca de allí, un poco más al oeste, también desde cinco años atrás, se hallaba el edificio de la Facultad de Medicina, en Córdoba y Andes (Presidente José Evaristo Uriburu).
En orden a las construcciones particulares destinadas a viviendas, se había edificado el ex pasaje Victoria con salida por Alsina (Adolfo Alsina) y Victoria (Hipólito Yrigoyen) a la altura del 2300. En la esquina noroeste de Rivadavia y Azcuénaga, el pasaje que hoy llamamos Carlos Ambrosio Colombo, exhibía sus monumentales cuerpos de edificación y en Rivadavia al 2600, con salida por Piedad (Bartolomé Mitre) y con una imagen que perduraría hasta 1940, se encontraba el que hoy conocemos como pasaje Sarmiento.
Los fieles contaban con tres iglesias: la de Balvanera, desde cuyas altas torres todavía podían divisarse lugares distantes más allá de los límites barriales; la del Salvador que, aunque habilitada desde 1876, recién fue consagrada en 1898, y Regina Martyrum, en la "calle de la Victoria" (Hipólito Yrigoyen), que reconociera como antecesora un humilde oratorio del siglo XVII.
El 17 de octubre de 1883 se había aprobado la Ley 1349 que  encomendaba al Poder Ejecutivo la confección de planos y presupuestos para levantar una nueva sede del Congreso Nacional.
Tanto tiempo insumió su aceptación, la elección del lugar, la designación del director de obra y de la empresa constructora, que la edificación recién comenzó a principios de 1898 y la inauguración tuvo lugar el 12 de mayo de 1906. Por eso, cuando nació el nuevo siglo, el lugar exhibía la desordenada y no bien definida imagen de todo edificio en construcción.
En noviembre de 1892 se había llevado a cabo el último entierro en el Cementerio de Disidentes ubicado en el predio que actualmente ocupa la plaza Primero de Mayo. Todavía y por mucho tiempo, subsistirían el paredón que lo encerraba, el pórtico y la capilla, ya que el traslado de los últimos restos se llevó a cabo en el año 1925.
Las óperas, las operetas, los dramas criollos y otros espectáculos tenían un lugar en el barrio: el teatro "Doria", en Rivadavia 2330, con capacidad para 1.100 espectadores y precios que iban desde los 50 centavos hasta los 6 pesos.
La educación brillaba. En el boulevard Callao 456 funcionaba la Escuela Sarmiento en un hermoso edificio construido para tal fin por el arquitecto Carlosd Morra. En Azcuénaga 164 se alzaba la imponente mole del Colegio San José y también en Callao, pero en el número 542, junto a la iglesia del Salvador, estaba el colegio que lleva el mismo nombre. Cerca, muy cerca, Riobamba 650, ocupaba un edificio recién construido el Colegio La Salle. En el ángulo opuesto del barrio, en la calle Caridad (General Urquiza) al 200, esquina Moreno, funcionaba desde hacía casi doce años, la Escuela Normal de Profesores y junto a ella una escuela de niñas. En Belgrano y Pasco, donde hoy se encuentra el Centro Gallego, se había instalado el Colegio Nacional Oeste. Otras escuelas, como las situadas en Centro América (avenida Pueyrredón) al 600, Rivadavia al 2600, Sarmiento 2573, donde después se instalaría el Museo del Cine y la de Alsina y Alberti, completaban el panorama educativo del barrio. También entre éstas estaba la que recientemente acababa de fundar Max Hopff en la calle Cangallo (Tte. Gral.  Juan D. Perón) 2169 y que todos hemos conocido como "Cangallo Schule".
La caridad se materializaba en el Asilo de Huérfanos instalado en una casona con jardín y arboleda al frente, ubicada en la calle  México 2658. Por su parte, el Ejército de Salvación se había afincado en Rivadavia 3290.
Ya había en el barrio dos importantes centros de salud: el Hospital San Roque, actual Ramos Mejía, y el Hospital Español. También contaba con un instituto único en su género en toda la ciudad, el Instituto Pasteur, que ocupaba, desde el 4 de septiembre de 1894, una casa construida al efecto en Moreno 1959.
El doctor Llovet había instalado su clínica en Belgrano 3141 y en México 2714 funcionaba un consultorio oftalmológico.
La lista de médicos barriales incluía los nombres de los doctores Durañona, Piccardo, Allende, Arana Zeliz, Badía, De la Cárcova, Carnevali, Castilla, Giménez, Gorostiaga, Kolbe, Llames Massini, Mathís, Ray, Rufino, Sicardi, Traversaro y Villarruel. Las parturientas disponían de la maternidad de la Escuela de Parteras de Viamonte 2189 esquina Andes (Pte. José E. Uriburu).
Si bien aún no tenía el magnífico edificio que posteriormente conocimos, pues funcionaba en unos pabellones de una sola planta, el Mercado de Abasto Proveedor era considerado uno de los más higiénicos y mejor construidos de la ciudad. Casualmente, refiriéndose a los alrededores de ese mercado, el diario La Nación comentaba dos años antes de terminar el siglo el crecimiento notable que se había producido: allí todo era nuevo, flamante. Señalaba que, además de hermosos edificio de hasta tres pisos, había un comercio floreciente que nadie hubiera podido imaginar.
Del lado sur del barrio, el 28 de julio de 1894, se había inaugurado el Mercado Ciudad de Buenos Aires, conocido popularmente como "Mercado Spinetto", a pocas cuadras del ya existente Mercado Rivadavia, de Rivadavia, Azcuénaga y Bartolomé Mitre.
Gran cantidad de industrias y comercios habían asentado sus reales en Balvanera. En Cangallo al 2800 se advertía la mole del Molino del Oeste, que a comienzos del siglo XX sería destruido por un incendio. Otros molinos existentes eran el de Bancalari, en Castelli 66, el de Canessa y Pegasano, en Pueyrredón 406/62 esquina Valentín Gómez 2801/45, el Molino Caridad, en Caridad (General Urquiza) 343, el Molino Modelo, en Cuyo (Sarmiento) 3301/15, el Molino Italiano, en Pueyrredón 518.
Más de medio centenar de fábricas elaboradoras de los más diversos productos: licores, cocinas, galletitas, aceite, bolsas, cajones, cerveza, carruajes, fósforos, chocolates, fideos, vidrios, tejidos, sombreros, mosaicos, colchones, etcétera, se esparcían por todo el barrio. Entre las más conocidas podemos citar la Fábrica de chocolates y dulces "Al Sol de Oro", en Bartolomé Mitre 2550, establecimiento fundado por Alfonso Godet en 1865 y que desde 1898 pertenecía a Daniel Bassi y Compañía; la Fábrica de galletitas "La Unión", de Pedro Bercetche, en Sarmiento 2247; la Fábrica Nacional de Cerveza M. Pegasano y Cia, en Caridad (hoy General Urquiza) 350, que en su propaganda expresaba: "La que tiene que criar,/ debe esta cerveza usar,/ pues nutre de tal manera,/ que hasta se la puede dar/ al niño en la mamadera".
El "Establecimiento Granja Blanca" en Cangallo, Laprida y Sadi Carnot (actuales Tte. Gral. Juan D. Perón, Agüero, y Mario Bravo) que fuera fundado en 1891 por Enrique Fynn para la preparación de la leche y la elaboración de manteca, quesos, hielo, etc; el establecimiento mecánico y fundición de Antonio Rezzónico, en Rivadavia 3281, con 4.000 metros cuadrados de superficie, uno de los más modernos en su género; la muy conocida fábrica de artefactos eléctricos de Azaretto Hnos., ubicada en Sarmiento y Riobamba.
Para esa fecha ya estaba en vertiginosa evolución la fábrica de cigarrillos que los señores Juan Oneto y Juan L. Piccardo habían fundado bajo la denominación de "43", en abril de 1898, en una modestísima casa de la calle Piedad (Batolomé Mitre) 1849.
El comercio no le iba en zaga. El barrio contaba con ferreterías y pinturerías como la de Morea, Mendizábal y Cía., frente a la plaza Once de Septiembre; tiendas, peluquerías y entre éstas la muy conocida "Le Morvan", en Callao 22/26, farmacias, cigarrerías, almacenes, relojerías, droguerías, mueblerías; las lecherías incluían dos sucursales de "La Martona": una en Callao 416 y otra en Entre Ríos 489, litografías e imprentas, fondas, carnicerías, panaderías, tintorerías -como las sucursales de Prat en Callao 118 y Rivadavia 2233- corseterías y muchos otros comercios.
En las proximidades de la estación Once se agrupaban depósitos de cereales, vinos y cales y por el resto del barrio se encontraban diseminados otros destinados a almacenar distintos productos, como también numerosos corralones de maderas y aserraderos.
Como lógica consecuencia de los medios de locomoción en uso, abundaban las cocherías y las caballerizas y en este rubro estaban las empresas que se dedicaban a prestar servicios fúnebres, como la de Antonio Costa e Hijo (posteriormente Lázaro Costa) en Rioja 280 y la de J. Spallarossa y Hermano en Andes (Pte. José E. Uriburu) 347.
Aún no estaba en la esquina de Rivadavia y Callao la hoy añorada confitería "Del Molino", pero podríamos citar otras, como la de la estación Once de Septiembre, la de Urreta, en Belgrano 3000, "La Legal" en Cuyo (hoy Sarmiento) 1801, el café "O'Rondeman" de Humahuaca y Agüero, el café "Rivadavia" en Rivadavia y Rincón, que más tarde fue rebautizado con el nombre de café "De los Angelitos".
Tampoco podemos dejar de recordar la "Fonda del Cepo", situada en Bartolomé Mitre a media cuadra de la estación  Once, donde, al decir de Jorge A. Bossio, se comían sabrosos pucheros, anticipo de los que se degustarían  en "El Tropezón" de la avenida Callao. Otras fondas y otros cafés estaban repartidos por muchos otros lugares.
Abundaban los almacenes con  despacho de bebidas y Benarós recuerda un boliche de Cangallo y Ombú (hoy Pasteur) que en su interior, previendo el pechazo, tenía un cartel que rezaba: "Si las Casas Introductoras/ me fiaran las cuentitas/ yo también a mis amigos/ les fiaría las copitas..."
El barrio contaba con sucursales de Correos en Cangallo (Tte. Gral. Juan D. Perón) 1832, Centro América (avenida Pueyrredón) 13 y Corrientes 2922 y un crecido número de vecinos disponía de teléfono.
Pocos eran los entretenimientos. Excepción hecha del citado teatro "Doria", los vecinos sólo contaban con los espectáculos que brindaban los circos que ocasionalmente se instalaban en el barrio, como había acontecido con  el circo "Raffetto", que en el mes de julio de ese postrer año del siglo, había levantado su carpa en Belgrano entre Jujuy y Saavedra.
Los hombres podían concurrir a las tertulias de amigos que se  celebraban en los cafés o en los despachos de bebidas de los almacenes, donde los juegos de naipes y de dados o las conversaciones sobre temas de actualidad distraían sus ocios. No eran temas habituales de esas charlas el fútbol y el boxeo, que todavía se consideraban cosas de ingleses: en 1900 el equipo del English High's School, que más tarde se llamaría Alumni. había conquistado el campeonato argentino de fútbol de primera división. En las noches estivales, en tanto que las chicas ensayaban en las veredas suburbanas sus fideos-finos, las esquinitas, la gallina ciega,  los chicos jugaban al vigilante-ladrón, al rescate y al gorrión.

Salvo pocos lugares, tales como plaza Once (hoy plaza Miserere), las calles que circundaban el Abasto y el Spinetto y ciertas arterias principales, en el resto del barrio, sobre todo en el sur, la vida transcurría con un ritmo casi pueblerino. Las noches se poblaban de ladridos y el "clarín" del gallo madrugador anunciaba el amanecer.
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Imagen: Postal del Hospital San Roque (actual Ramos Mejía) en 1905.
Tomado de la revista Historias de la ciudad, Nº 49, diciembre de 2008.

"No quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad”


(De Gabriela Sharpe)

En el cementerio de la Recoleta habitan historias y leyendas de toda clase.  Es el lugar en el que los personajes que fueron protagonistas de nuestra historia, paradójicamente, nos revelan parte de su vida.
Esta es una historia plagada de amores y desamores, de silencios, de la rebeldía de una mujer del siglo XIX, que con su mutismo, quiso decir muchas cosas.
Salvador María del Carril y Tiburcia Domínguez, de ellos se trata, matrimonio de la alta sociedad porteña.  Él 46 años, ella apenas 17.
El mausoleo, una construcción majestuosa en la que se destaca un baldaquino, en forma de aguja coronada con la figura de Cronos, Dios del Tiempo, es toda una escenografía de una novela sin final feliz.  La belleza arquitectónica no puede, o no quiere, disimular los sentimientos encontrados.
Se lo ve a Salvador María del Carril, quien fuera vicepresidente durante el gobierno del general Urquiza, pero pasó a la historia por ser uno de los promotores del fusilamiento de Dorrego, sentado en un imponente sillón, dirigiendo su mirada hacia el horizonte y a sus espaldas una mujer.
Se trata de Tiburcia Domínguez, su mujer, representada por un sencillo busto, que refleja en su rostro energía, firmeza, convicción.
Cuenta la historia que Salvador María del Carril le reprochó a la joven esposa  su compulsión  a gastar.  Ella continuó como si escuchara llover, y siguió comprando todo aquella que le apetecía.
Él, enfurecido, optó por publicar en los diarios de la época una solicitada en la que dejaba bien en claro que no se haría  cargo de las deudas contraídas por su esposa.
Justamente, en ese punto, finalizó la historia de amor.  Ella decidió nunca más dirigirle la palabra. Y así, sin un sí, sin un no, el silencio matrimonial imperó durante 30 años.
En 1883 Salvador María del Carril fallece, y ella decide mandar a construir el majestuoso mausoleo, donde residen los restos.
En los años que le quedaron de vida, doña Tiburcia se dedicó a hacer lo que sabía hacer bien: gastar.
Así fue que mandó a construir un palacio en Lobos (provincia de Buenos Aires), y no reparó en gastos, Contaba con tres plantas, muchas habitaciones para huéspedes y además se dio el lujo de contratar al paisajista Carlos Thays para diseñar el parque.
Noches de fiestas, tertulias, reuniones sociales, joyas relucientes, brillos y esplendores varios.
Ella muere quince años después que su esposo y en su testamento dejó escrito: “no quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad”…
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Imagen: Busto de Tiburcia Domínguez en el mausoleo de Del Carril / Domínguez (Cementerio de la Recoleta).
Texto e ilustración tomados del sitio Buenos Aires Sos.

6 ene 2012

Los poetas porteños no usan corbata



(De Eugenio Mandrini)

Los poetas porteños son irreverentes, como los que roncan en los conciertos, estornudan en el minuto de silencio, se mueren de risa en los velorios, lloran en las fiestas, fuman en las iglesias, o bostezan en los discursos presidenciales.
Los poetas porteños tienen trastornado el corazón: aman a esas mujeres que trepadas a encabritados zapatones salen en las noches a desabrochar las penas de los hombres; aman a los melancólicos de todo, a los alegres de nunca, a los humillados de siempre; aman al pobre gato que no posee ni un miserable plato de gorrión, al suicida ahogado en océanos de uva barata, al mortecino oficinista que está por incendiar el escritorio, y al viejo ladrón en cuyo esqueleto no cabe un nuevo puñetazo de la ley. Y además me aman a mí, que nunca escribiré un poema a favor del oro, ni una línea elogiando a las estatuas mansas como pantuflas, ni una palabra que no tenga, al menos, el color de la lava líquida.
De la lengua de los poetas porteños salen voces como rosas de carbón, explosiones originales y tremendas como bombas dentro de una panera. Por ejemplo: a la Muerte le dicen “vieja reventada”; a Dios, “tío que nos desheredó”; al Demonio, “hermano de sangre”; a la Vida (si viene torcida), “grandísima turra”. A la calle, le dicen “mar de los tiburones”, y a los pechos de mujer, “almohadas para bienmorir”. A la noche, le dicen “madraza”; a Gardel, “Gilgamesh”; al agua, “óxido mortal”; al vino, “río bendito”; y a la nostalgia no le dicen nada, pero a veces le abren la puerta de la sábana para que ella entre y los colme.
Los poetas porteños son amantes diabólicos: se especializan en las viudas, a las que enamoran con tal ardor que en una noche, acaso en unas horas, ellas incendian su luto y bailan desnudas sobre las cenizas del difunto. Pero en general codician a toda mujer del prójimo, y también a aquéllas que todavía no fueron concebidas.
Los poetas porteños son malditos como los que abren las ventanas en invierno, o silban en los pasillos de los hospitales, o suben al escenario y roban la peluca del famoso cantante, o regalan bandoneones a los mancos y espejos cóncavos a los enanos. Tan malditos son que cuando atrapan a un fantasma, lo sueltan en los dormitorios de los matrimonios felices.
Los poetas porteños son incultos como aquel poeta lunfardo que escribió “campaneando un cacho’e sol en la vedera”, en vez del académico y refinado “visualizando un trozo de Febo en la vía pública”.
Los poetas porteños son espiantados porque se afeitan con un añico de botella de ginebra gastada entre mujeres de estridentes gemidos que un día los traicionarán. Y además porque en las noches abren las jaulas de las cárceles, hospicios y zoológicos, para que los inefables compañeros retocen enardecidos bajo los astros.
Los poetas porteños son el revés de las cosas. Son esas lunas que aúllan a la blanca redondez de los perros.
Los poetas porteños son populares como esas grutas llamadas baches, como goteras en resonantes palanganas, como yerba de anteayer, panes de anteayer o la última moneda de anteayer; son populares como las casas de lata que devora la inundación, las casas de madera que devora el incendio, y todas las casas que devora el desalojo; son populares como las dudas, los adioses, la Muerte, Dios, las plazas, los niños en las plazas, la indiferencia y la estupidez; son populares como los solitarios, como la sabiduría popular, como el zumbar de los mosquitos en la cama del verano, como los anticonceptivos, como el terror a la guerra nuclear, como las miradas furtivas, como derrumbarse en la silla con los huesos deshojados, y como la frase “cuándo será el día”.
Los poetas populares son simples como el pan en el diente, el agua en las manos, el caldo humaredoso hasta el techo, los diversos colores del vino, la baraja doblada. Simples como decir buenas noches y darse vuelta y soñar. Simples como un cuchillo desnudando una manzana. Simples como abrir una ventana y sentirse atrapado por el sol.
Los poetas porteños son tan cotidianos que se resfrían, pagan los impuestos como pacíficos zombies (pero con espuma en la boca), se lavan debajo del ombligo después de interpretar las escenas del amor, y arrojan veneno sobre las atroces manchas marrones que corretean por los zócalos. Tan cotidianos son como la melancolía (esa plaga), como el hambre en los platos agujereados, como la humedad en los huesos y el reuma en las paredes, o como el esgunfio de los lunes y los martes y los miércoles y.
Y como todos los poetas, si son verdaderos, llevan la Muerte consigo para siempre. Por eso le mienten con un golpe de truco, la duermen con un golpe de tinto, la desnudan con un golpe de viento, la violan con un golpe de furca, y la destronan con un golpe de estado que la lleve al paredón.
Alabados entonces sean ellos, con sus terribles dedos de papel de lija cuando acarician al pájaro esquivo de la palabra.
Alabados sean ellos, mis entrañados amigos, los poetas porteños, que no usan corbata para no colgarse de una acacia y arrugar con su balanceo la bella intemperie.
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Imagen: Escudo de la Ciudad de Buenos Aires (1649)
Tomado del sitio El muro/La guía cultural.

5 ene 2012

La viola del sabalaje


(De Jorge B. Rivera)

A su lira, "Poscimur. Si quid vacui..."
Horacio, Odas, I, 32.

Los reos me baten que te pulse, viola,
y si en mis noches de rana canfinflero
chamuyé con vos debutes pijerías,
quiero cantar ahora un canto grande
que haga palpitar el corazón del sabalaje.

 Vos, noble lira que pulsaron Gabino y Betinoti
entre las broncas fieras de la carne de leonera
y las puteadas roncas de los puntos de avería;
viola insigne del baile de Pepín y de la Vasca,
con perfume de la Rosa, la Balbina y la María;
viola a la gurda que punteó "La budinera",
"La chiflada", "Z Club", "El porteñito"
en las milongas shiomes de La Red y del Tarana;
viola gloriosa del pardo Canevari,
de Apolinario Aldana y de Luciano,
de los hermanos Ruiz y de Caprino,
de Antonio Rosetti y de Romero...

¡No te hagás la otaria, viola,
y batime el justo
del trovar pulentería!
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Ilustración: Guitarra criolla.

Pichuco no se fue



(De Roberto Díaz)

Ese hombre de manos como patios, feliz imagen que nos diera Horacio Ferrer, se fue de la ciudad un 18 de mayo.
¡Qué absurdo decir se fue! El Gordo, en realidad, nunca podrá irse, porque si él se va, nosotros estaremos, definitivamente, abolidos en el tiempo.
Uno dice: se fue porque ya no lo vemos con su figura extensa, sus ojitos de ángel, su papada cayendo en el éxtasis y esos dedos viajando por una Buenos Aires que es suya, total y musicalmente suya.
Uno dice: se fue y ¡qué mentira! Si el aire lo pronuncia a cada rato, si la garúa lo nombra, si cada rincón de la ciudad tiene un recuerdo que le pertenece…
El Gordo no se puede ir. Le está absolutamente prohibido intentar el “raje”; son millones de manos que lo aprisionan contra el pecho, que no le dejan levantar el vuelo.
Sus hilos lo retienen: La trampera, Responso, María, La última curda, Sur. Sus amigos lo tienen encerrado entre nostalgia y noche; todo un pueblo lo reclama vivo, gordo, tristón, genial, indispensable.
Y, por sobre todo, hay alguien que lo espera siempre, sentadito muy solo, abrigadito en pana, mudo y sordo a cualquiera que venga a seducirlo, a acariciarlo. Le pertenece por entero, es un cacho de corazón del Gordo, un fragmento importante de su alma, es parte de su fuego y de su  vino. El bandoneón, señores, no se entrega si no lo abraza el Gordo; no gime ni se exalta si no es entre los dedos de Pichuco.
Él lo inventó, él le sacó de adentro los mejores fantasmas, los sones turbulentos, el desvelo y la magia. Él lo hizo llorar o detenerse ensimismado, con los párpados bajos, inflamado y desinflando su ternura de viento, su mensaje a los hombres, su eternidad hecha tango.
El Gordo fue, señores. Por eso es que se queda. Que se cierre la puerta, que  cope la parada el silencio, la unción; que todo se resuelva en la penumbra, en la intimidad con uno mismo.
Pichuco está tocando todavía y seguirá tecleando mientras nos quede sangre, dolor, recuerdos por las cosas que se han  ido, ciudad y amor y todo, todo lo que nos hace únicos.
Buenos Aires no puede darse el lujo de dejar que se vaya a darle serenata a los ángeles, a reventar de genio todo el cielo. Pichuco es de la tierra y de esta tierra. Lo armaron con hollín, con cemento, con plazas, con hombres solos y muchachas tristes, con pájaros insólitos, con corazón abierto, con arterias de duende y madrugadas.
Pichuco no se fue. Nunca se irá. Por eso hoy lo abrazamos en el viento, lo despertamos para el desayuno, le contamos las cosas de la vida y, después, le decimos mirándolo a los ojos: Gordo, tocate un tango. Y el bandoneón, solito, se va quitando el abrigo de pana, se endulza lentamente mientras él va entornando los ojos, poniendo a punto el ronroneo…
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Imagen: Aníbal Troilo, dibujo de Hermenegildo Sábat.
Tomado del libro Crónicas para el desayuno de Roberto Díaz, Ediciones La ciudad, Avellaneda, Pcia. de Bs. As.,  1983.

3 ene 2012

De la mosca


(De Luis Alposta)

En el siglo III a. de C., cuando los romanos establecieron su primer taller de moneda, lo construyeron junto al templo de la diosa Juno Moneta, diosa ésta que, por una simple razón de vecindad, dio nombre a unos discos de oro, plata, cobre o estaño, que por aquellos años significaban cuantas ovejas, toros o pieles estaban en circulación. Así nació el vocablo "moneta" o moneda. ¡La moneda! La que según un viejo refrán, "si se la hizo redonda para que ruede, también se la hizo plana, para que quede".
Pero vayamos ya a lo nuestro y recordemos la fecha en que nos decidimos a acuñar moneda propia por primera vez. ¡Fue el martes 13 de abril de 1813! Algo que, más que una fecha, parece ser un destino. Ese mismo año también habría de hacer su aparición, entre nosotros, el papel moneda. El Gobierno solicitó, entonces, un préstamo de quinientos mil pesos a un grupo de capitalistas, y al no poder saldar la deuda dentro del plazo establecido, aquellos pagarés firmados comenzaron a circular como vales, para terminar dando origen al billete de banco.
Y ahora, entre las muchas voces populares que utilizamos para designar al dinero, recordemos una que alude a la velocidad de circulación y a la fugaz permanencia del mismo en una mano para pasar a otra.
Mosca (del latín: musca) f. Insecto díptero, y que en el español familiar significa también moneda corriente.
Éste es un término que ya lo utilizaba Quevedo, y la alusión al tiempo que puede permanecer una mosca en nuestra mano creo que es clara.
Y digamos de paso, que cuando la mosca es mucha y es fácil, pasa a ser la "mosca loca".
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Imagen: Una de la primeras monedas acuñadas en el año 1813.
Del libro Mosaicos porteños de L. A., Marcelo Héctor Oliveri editor, Bs. As., 2005

2 ene 2012

Las chicas grandes de Divito


(De Juan Sasturain)

En 2009 se cumplieron cuarenta años de la muerte del dibujante Guillermo Divito. Fue en el invierno del 69, en un accidente de autos, en Brasil. Tenía nada más que 57. La revista que fue su creación absoluta y con la cual siempre se lo identificó, Rico Tipo, apenas lo sobrevivió dos o tres años más. Y está bien que haya sido así: para los setenta el humor era otro, el país era otro, el mundo era otro. Sólo las minas seguían ahí, pero ya no estaba él para hacerles su homenaje en vivo y en dibujado.
Divito es, en la historia del riquísimo humor gráfico argentino, en muchos aspectos –basta comparar las firmas, nomás– la antítesis de Dante Quinterno, el talentoso y laborioso autor de Patoruzú, el fundador del imperio editorial subsecuente. O acaso sea su complemento, si se quiere. O mejor aún: su “otro yo”, para utilizar una expresión que define a su personaje emblemático: El Doctor Merengue. Esa me gusta más: imaginarme a Divito como el otro yo de Quinterno, el lado desfachatado del humorista conservador.
Porque cuando en 1944, con algo más de treinta años, Divito se va de Patoruzú –donde había creado, entre otras tiras y muchos humor unitario, a Oscar, dientes de leche, un sintomático tigre de aspecto feroz pero manso y juguetón– no es para hacer lo mismo y mejor sino para hacer otra cosa, lo que se supone “no podía hacer” –la leyenda habla de una discusión sobre la altura de las polleras femeninas– en el sistema del humor de Patoruzú. Divito en Rico Tipo hará lo que Quinterno no (se) permite. Y tendrá un éxito inmediato y enorme. Llegó a vender 350 mil (sic) ejemplares semanales.
Obturada por el régimen peronista la posibilidad del humor político –que no estaba, además, precisamente entre las inquietudes de Divito– el rasgo diferencial, la novedad de Rico Tipo, será la transgresión, la osadía. Un costumbrismo más zafado y grotesco. Es –en comparación con la otra competidora y con las tiras de la última página de La Razón– una revista picaresca, con dibujos y chistes no aptos para toda la familia sino escrita y dibujada en códigos de humor adulto y masculino. Dentro de las convenciones de la época, claro. Algo así como el teatro de revistas en que Adolfo Stray monologaba y Nélida Roca se paseaba con pocas plumas.
Urbana, además. Incluso absolutamente porteña y moderna (en tanto actual), en el registro de tipos, modas, decires y costumbres. No es casual que Calé –Buenos Aires en camiseta– y la dupla Oski-César Bruto hayan encontrado su domicilio creativo ahí. Y otros tantos. Pero será gracias al espíritu de Divito que hay en la revista cierta incorrecta o casi cínica desmesura que va más allá de la audacia para encarar/mencionar temas tabú. Rico Tipo será incisiva y reveladora desde el desprejuicio. Porque más allá de la superficial osadía, el tema recurrente de Divito es –en realidad– otro: la apariencia, la dualidad, la oposición entre lo manifiesto y lo oculto o verdadero. De Santis y Romano, en distintos momentos y aproximaciones, lo han señalado mejor. Así, aunque el mecanismo casi único del humor de la época (de mediados de los cuarenta hasta los avanzados cincuenta) en las tiras de historietas autoconclusivas son los personajes con un rasgo dominante, fijo, que reaccionan una y otra vez según esa cualidad –de Avivato y Ramona a Bólido y Ventajita, entre decenas– y mientras los personajes de las tiras de Lino Palacio o de la revista de Quinterno son lo que parecen; los de Divito –excepto el simple y literal Bómbolo– en general, no lo son. Además, cuando hay un solo rasgo, es para casi celebrar la incorrección: la incontinente Pochita Morfoni, la siempre perversa Gracielita.
Por eso los más ricos personajes de Divito son otros. El freudiano Dr. Merengue –Quinterno sólo se había permitido, en El fantasma Benito, la espontaneidad transgresora puesta “afuera”– con su desaforado otro yo eternamente recubierto por capas y capas de formalidad; el despreciable Fallutelli, una auténtica basura moral, personaje abyecto, servil y emergente “necesario”, funcional a la economía del perverso universo cerrado moderno, la oficina. Y Fúlmine, el correcto bienintencionado que trae –con su sempiterno y agorero paraguas– la catástrofe.
Todo el fenómeno Divito –la revista, el humor, incluso la moda que propone y genera– se concentra casi simbólicamente en las Chicas, dibujadas y concebidas por y para el deseo. Las Chicas de –y no “por”– Divito, que así se las nombró siempre, son el símbolo y la marca de fábrica de Rico Tipo. En su cuadro semanal no hacen nada, simplemente están ahí, cada vez más monstruosamente estilizadas, altísimas y curvilíneas, maniquíes, pretextos para una moda fantástica que las desvista hasta donde se pueda. Siempre sonrientes, puro ojos, piernas interminables y cintura mínima, comentan desde el ocio y con despreocupada malicia las torpezas e ingenuidades de novios y pretendientes; ironizan con liviana ferocidad entre sí.
Descomunales, inaccesibles –para el hombre como conquista, para las mujeres como ideal–, huecas, frívolas y eternamente dominantes, conscientes o no de su poder absoluto, las mujeres/chicas de Divito no hacen nada, sólo se muestran para ser miradas y admiradas, como las modelos de hoy. No existen; son la fantasía masculina que combina la opulencia de formas con los lugares más comunes del “eterno femenino”.
El hedonismo aparatoso de Divito, la construcción de su propio y sonriente personaje público, esa voracidad atropellada de vida contrarreloj –soltería empedernida, autos, pilchas, mujeres, la noche y los viajes– contrasta con el perfil laborioso, recatado, de Quinterno.
El éxito empresarial de Rico Tipo, el dinero y la fama, harán que también Divito, como el autor de Patoruzú, derive sus creaciones, conciba personajes y los entregue –sin dejar de firmarlos– a sus colaboradores. Pero Divito no aspira a fundar un imperio y devenir empresario de tiempo completo sino a disfrutar lo obtenido, y a su manera: morirá en el amado Brasil, volviendo de vacaciones y bien tostado, incrustando su Fiat rojo descapotable contra un camión. En su ley.
Lo mejor del velorio fueron los amigos y las chicas
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Foto: Guillermo “Willy” Divito.
Tomado del blog: Lápiz y Papel.

Los viejos árboles porteños


(De Luis Alberto Ballester)

Buenos Aires también es una ciudad vegetal, atravesada por la dicha de antiguos árboles. Crecen como presencias sacras, y su idioma es el de un intenso silencio expresivo, el del viento que tintinea entre las hojas o que germina un susurro que cae de lo alto y triunfa en la gruta atardecida de los árboles.
Se elevan exactamente piadosos, sabios y hospitalarios, y ése es su ejemplo. Han desechado el orgullo, y son sencillos, casi atemporales. Enlazan lo profundo con el reino de la superficie, y potentes se empinan hacia las alturas, unen  las tres zonas en una sola área sagrada, configuran una escala cósmica que anula la tragedia de los opuestos.
Buenos Aires está recorrida por el callado lirismo de los árboles. El hombre recibe su amistad, escucha los secretos que manan, oye la brisa que se despierta al llegar el crepúsculo a sus copas. Y una felicidad creciente lo invade, como si de nuevo lo amparase el paraíso fugaz de su infancia.
En la avenida Manuel Quintana y Junín, en la Plaza Recoleta, se destaca un viejo gomero surcado por un encaje de venas que laten bajo la alegría de los días. Fue plantado por el agrónomo Martín José de Altolaguirre, cuya quinta se dilataba cerca de la Recoleta. El cáñamo y el lino fluían en las siestas amigables sombras, que caía fútiles sobre Belgrano y Altolaguirre, quienes juntos emprendían por la quinta largos paseos metafísicos.
En la Plaza Rivadavia, que se extiende en Caballito sobre un fragmento de la quinta Lezica, murmura aún un ombú irónico y sabio. Contempló el girar del tiempo, el apagarse y encenderse de numerosas vidas, el fulgor de las estrellas de verano sobre los vidrios de la antigua casa patriarcal. Y en la noria, que todavía se yergue en la plaza, los sollozos de un espectro lunar, que aún gime por las alamedas.
Un gomero, victorioso, que roza la plenitud de lo angélico, madura en la Plaza Lavalle. Tiene más de cuatrocientos años de antigüedad. Proyecta una sombra beata, un círculo religioso sobre los hombres que descansan. Manso, misericordioso, sencillo, como una plegaria en su murmullo, y al escucharlo huye el dolor y la serenidad tranquiliza nuestra alma. Sus raíces sobresalen como un laberinto y se aferran a la tierra y parecen querer trepar al cielo. Las ramas de un ombú próximo caen deliciosamente hacia el suelo en un movimiento prolongado, imperceptible, y voces antiguas ríen en sus hojas y de nuevo, bajo su sombra, nace el amor en los ojos de los hombres.
Somos, en estos instantes, el cielo amplio, el viento y la distancia y la savia y el misterio, pero sobre todo el dios dormido que yace en nosotros y de pronto despierta.
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Imagen: El gomero de la Recoleta.
Tomado del libro Revelación de Buenos Aires de L. A. B.; Torres Agüero editor, Bs. As., 1985.