17 may 2014

La represión de Plaza Lorea del 1º de Mayo de 1909



(De Miguel Eugenio Germino)

Esta es la historia de un policía bravo, Ramón, orgulloso de reprimir a sangre y fuego toda manifestación popular, especialmente las de los anarquistas, a quienes odiaba con personal saña.
También la de un joven anarquista, Simón, que ajustició a Ramón para desagraviar la sangre de sus compañeros asesinados por éste.
Ramón y Simón vivieron la virulenta época de fines del siglo XIX y principios de XX, cuando la Revolución Industrial recién llegaba a nuestras costas. Con más de cien años de atraso, nacían las primeras fábricas y la explotación obrera, mientras brotaba la resistencia y la represión patronal y policial del régimen.
Esto ocurría en un contexto de la historia que no puede ni debe ignorarse, para analizar y sacar conclusiones.

ANTECEDENTES
El proceso de cambios técnicos y económicos destinados a aumentar y mejorar la producción minera y la manufactura y multiplicar la productividad, aminoró los costos e incrementó las ganancias y la competitividad. La Revolución Industrial, como se llamó a este proceso, comenzó en Europa en los años de 1770. De su mano llegó también la explotación obrera.
Las nuevas relaciones de trabajo fueron tomando diversas formas, que conllevaban siempre novedosas modalidades de expoliación, y en consecuencia de conflictos.
Los antiguos talleres fueron reemplazados por una nueva unidad de producción: la fábrica, que no eran más que grandes galpones en los que se concentraban la materia prima, los medios de producción y la energía humana, a donde confluían miles de trabajadores, en extensas e intensas jornadas de 14 horas diarias, con magros salarios, sin seguridad ni higiene adecuadas y un sinfín de calamidades.
Este proceso se fue dando paulatinamente en las distintas regiones del mundo occidental hasta llegar a la Argentina con más de cien años de atraso, junto con la gran inmigración y las ideas imperantes en Europa. Paralelamente surgía en nuestro territorio la expansión económica de la llamada Generación del 80, de base agroexportadora, por lo que en principio pocas fueron las industrias que se establecieron, por lo general eran fábricas destinadas a abastecer el mercado interno, en la mayoría de los casos de alimentos. 
La industrialización generó una nueva y dinámica estructura social. Surgieron así nuevas categorías sociales: los empresarios (dueños de las fábricas), una burguesía rica, culta y emprendedora (que acumulaba grandes fortunas) y los obreros asalariados, que constituyeron el proletariado industrial y conformaban la escala más baja de la sociedad. Con ello se generará un gran enfrentamiento entre el capital y el trabajo, por un lado con reacciones obreras que luchaban por mejores condiciones de trabajo, y por el otro lado, la resistencia del capital a sacrificar ganancias.
En este contexto internacional y nacional se desarrollaron grandes concentraciones y huelgas, que eran reprimidas violentamente por los regímenes. En el ámbito local, Ramón Falcón fue llamado a ser la punta de lanza de ese tipo de represión, cuando gobernaba José Figueroa Alcorta y el conservadorismo más pertinaz.

LA REPRESIÓN DE PLAZA LOREA
El 1º de mayo de 1909, socialistas y anarquistas conmemoraban desde sus gremios en reuniones separadas el día de lucha de los trabajadores. Los socialistas hicieron lo suyo en Constitución, y los anarquistas en la Plaza Lorea, frente al actual teatro “Liceo”, a pocos metros del Congreso.
Desde temprano comenzaron a llegar las familias anarquistas obreras con sus banderas rojinegras, todos ellos sin otra intención que homenajear a “Los mártires de Chicago”. En el transcurso del acto se sucedieron en el uso de la palabra encendidos oradores, que invitaban a luchar y organizarse para cambiar la sociedad. Mientras tanto, el coronel Ramón Falcón, jefe de la Policía, observaba a la multitud desde su auto. Pronto algunos manifestantes descubrieron su provocadora presencia, entonces lo insultaron y volaron algunas piedras, nada grave si se lo compara con lo que siguió después.
Ramón Falcón dirigió personalmente la represión del acto. Dio la orden a la policía montada, al mando del comisario Jolly Medrano, de dispersar la manifestación a sablazos y balazos. Y así cargó el escuadrón de caballería a machetazos y descargas contra la multitud desarmada.
Un cronista del diario “La Prensa” contó 36 charcos de sangre; una vez concluida la refriega, el saldo era de 12 trabajadores muertos y 105 heridos, incluido niños. El mismo reportero contó que Falcón dijo: “Hay que concluir, de una vez por todas, con los anarquistas en Buenos Aires”, y recurriendo a la obediencia debida, agregó que respondía a instrucciones del Ministerio del Interior.
Tres días más tarde de tan feroz represión, más de 60.000 personas se agolparon frente a la morgue reclamando los cadáveres de sus familiares para poder conducirlos al cementerio. Pero una vez más, en un acto de barbarie sin precedentes hasta el momento, pero que se tornará una práctica de ahí en adelante, la policía le arrebató los féretros a las familias a fin de impedir que se concretara el multitudinario cortejo fúnebre. Los “cosacos” dispersaron a la mayoría, sin embargo, unos 4.000 aguerridos militantes lograron llegar hasta el cementerio. A la salida, integrantes de la comisaría 21 volvieron a balear a los obreros.
Mientras tanto, en la Casa Rosada, el “heroico” coronel Falcón era felicitado por el presidente José Figueroa Alcorta.
Inmediatamente las dos centrales sindicales, la UGT socialista y la FORA anarquista, convocaron a huelga general y exigieron justicia, así como la expulsión de Falcón de la jefatura de Policía. La respuesta del gobierno fue la confirmación de Falcón con todos los honores. Durante toda esta Semana Roja, como se la conoció, la huelga fue total.
Entre los presentes en el acto de Plaza Lorea se encontraba un muchachito llamado Simón Radowitzky, protagonista a partir de ese momento de uno de los capítulos más representativos de la lucha obrera y por los derechos de los trabajadores en nuestro país.

SIMÓN MATA A RAMÓN
Tras varios meses de preparativos, todo estaba listo. En la mañana del 14 de noviembre de 1909, el joven Simón Radowitzky salió poco antes de las once de su casa de la calle Andes 394, tomó el tranvía 17 y bajó en la esquina de Callao y Quintana. Caminó por Quintana hacia el cementerio de la Recoleta y esperó unos minutos, hasta que vio salir el Milord, el coche en el que viajaba Ramón Falcón. El feroz represor departía con su secretario, Juan Lartigau. La conversación lo tenía tan ensimismado que no advirtió la extrema cercanía de aquel joven vestido de negro, que sin mediar palabras le arrojó el paquete que llevaba consigo. Este fue a dar al piso del coche entre las piernas de Ramón.
Falcón no tuvo tiempo de reaccionar; un terrible estruendo partió el auto y lo despidió junto a su acompañante sobre el empedrado. Las piernas le quedaron destrozadas, lo mismo le ocurrió a Lartigau. Para cuando llegó el auxilio ambos ya estaban prácticamente desangrados. Se los trasladó al Hospital Fernández, pero ya era tarde, murieron unas horas después.
Luego de arrojar la bomba, Simón corrió por Callao hacia el Bajo, pero fue perseguido por policías y civiles que lo arrinconaron contra una obra en construcción. Al verse acorralado, extrajo un revólver y tras gritar con un inconfundible acento ruso “viva la anarquía”, se disparó un tiro sobre la tetilla izquierda. Los nervios le jugaron una buena pasada y solo se produjo heridas leves. Tras el disparo, se arrojaron sobre él y lo condujeron a la rastra hasta la comisaría 15, donde fue salvajemente torturado en sucesivos interrogatorios, que no consiguieron sacarle el nombre de sus cómplices. Radowitzky únicamente decía: “Tengo una bomba para cada uno de ustedes” y “Viva la anarquía”; con el tiempo se supo que habían sido al menos cuatro los que ayudaron a preparar la ejecución de Falcón.
Cuando todo indicaba que iba a ser condenado a muerte, un rabino, tío de Simón, Moisés Radowitzky, dio a publicidad su partida de nacimiento que determinaba que era menor de edad, lo que evitó el fusilamiento. Se sustanció un proceso de una rapidez inusitada para los tiempos de la justicia argentina y se dictó una sentencia que no registraba antecedentes: se lo condenó a prisión por tiempo indeterminado y a sobrevivir a pan y agua durante veinte días cada año al cumplirse los aniversarios del atentado.
Tras una breve estadía en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, y tras un intento de fuga, fue trasladado al penal de Ushuaia, donde permaneció hasta 1930, durante 21 años. Simón Radowitzky se transformaba así en un símbolo del movimiento obrero anarquista que no dejó jamás de luchar por su libertad.
En el año 2013 el documental cinematográfico  “Simón, el hijo del pueblo” lo recuerda. Fue dirigido por Rolando Goldman y Julián Troksberg y en el elenco figuran Osvaldo Bayer y Julián Goldman.


BREVES BIOGRAFÍAS
Ramón Lorenzo Falcón
Había nacido en Buenos Aires el 30 de agosto de 1855. Fue un político, militar y policía que se destacó por la dureza que ejerció al mando de la Policía de la Capital (actual Policía Federal Argentina), al reprimir con mano de hierro las manifestaciones obreras de la época. Falcón fue el primer cadete del Colegio Militar, al que ingresó en 1870, cuando era presidente Domingo Faustino Sarmiento. Egresado con honores en 1873, combatió en la Campaña del Desierto; a su regreso, en 1898, se retiró con el grado de coronel. También resultó electo diputado nacional.
En 1906 recibió el nombramiento de Jefe de Policía de la Capital Federal. En ese cargo creó en 1905 la escuela de policía, ubicada en Rosario y José María Moreno, que llevó su nombre hasta el año 2011. El mismo año de la creación de la Escuela, José Figueroa Alcorta había decretado el estado de sitio como consecuencia de la revolución radical.
En 1907, durante la Huelga de Inquilinos, fue el encargado de desalojar a las familias obreras que se negaban a acatar el aumento unilateral de precios aplicado por su arrendadores. Descontentos con la falta de intervención del gobierno en la regulación de la vivienda y de las condiciones de vida en los inquilinatos, en estado lamentable en su mayoría, mujeres y niños obreros tomaron las calles con escobas, bajo el lema de “barrer la injusticia”. En julio de ese año, en pleno invierno, con la ayuda del cuerpo de bomberos de la ciudad de Buenos Aires, redujo los conatos de protesta arrojando a las familias agua helada con mangueras de alta presión. Falcón llevó adelante los desalojos masivos y los ex inquilinos debieron quedarse en los campamentos organizados por los sindicatos anarquistas.
La represión del 1º de mayo de 1909 en la conmemoración obrera de los caídos en Chicago fue tal vez el punto culminante de su carrera, el que lo llevaría a la muerte. Murió asesinado el 14 de noviembre, bajo la mano de un joven anarquista.

Simón Radowitzky
Había nacido en Ucrania, el 10 de septiembre o 10 de noviembre de 1891. Creció en la ciudad de Ekaterinoslav, donde la familia, de origen judío, se había trasladado para que los niños pudieran ir a la escuela, pero abandonó los estudios a los 10 años para iniciar su aprendizaje como herrero. Fue la hija de su maestro quien lo inició en el anarquismo. Cuatro años más tarde, ingresó como jornalero en una metalúrgica. Justamente en una manifestación reclamando la reducción en la jornada laboral, fue herido por un sable cosaco que lo confinó en cama durante seis meses. Tras la convalecencia, se lo sentenció a cuatro meses de prisión por repartir prensa obrerista. Fue segundo secretario del sóviet de la fábrica en la que trabajaba cuando los eventos de la revolución rusa de 1905. Tras la represión zarista, debió exiliarse para no ser condenado a prisión en Siberia. Irónicamente, en su destino elegido, Argentina, acabaría condenado al penal “Del Fin del Mundo”, en Tierra del Fuego.
Llegó a la Argentina en marzo de 1908; se afincó en Campana, donde trabajó como obrero mecánico en los talleres del Ferrocarril Central Argentino. Mantuvo estrechos contactos con la creciente comunidad anarquista local, inclusive se relacionó con un grupo de intelectuales anarcosindicalistas de origen ruso. Se trasladó a Buenos Aires, donde trabajó como herrero y mecánico. Comentaba que la policía montada argentina le recordaba a los cosacos zaristas que con sus sables dejaban un tendal de obreros muertos en las concentraciones anarquistas de Rusia.
Este militante obrero anarquista se convirtió en uno de los más célebres presos del penal de Ushuaia, donde permaneció 21 años de su vida. Después de recibir el indulto, partió de la Argentina para luchar en el bando republicano durante la Guerra Civil Española. Murió en México, donde trabajaba en una fábrica de juguetes, a los 65 años de edad.
Así lo recordaba el escritor Osvaldo Bayer: “Estoy en Ushuaia, en el edificio del antiguo penal, y hablo sobre Simón Radowitzky ante una concurrencia formada principalmente por gente joven. Nunca hubiera soñado antes que iba a tener esa posibilidad. En los años setenta publiqué un libro que se titulaba ‘Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?’, que fue a parar a la hoguera de la dictadura de los Videla y Massera. ¿Quién era ese Simón Radowitzky que había sido una figura legendaria del movimiento obrero en las tres primeras décadas de este siglo y que había pasado veintiún años de su vida en la cárcel, la mayoría de ellos en el penal de Ushuaia, una de las páginas más negras de la historia penal del género humano de la cual tendríamos que avergonzarnos los argentinos? Y que se mantuvo no sólo durante el gobierno de los conservadores liberales sino también durante los tres gobiernos primeros del radicalismo. Los que más cantaron a Simón Radowitzky, llamado el ‘mártir de Ushuaia’, fueron los payadores criollos en versos como estos:

Traigo aquí para Simón
este manojo de flores,
del jardín de los dolores
del alma y del corazón:
traigo para aquel varón
valiente y decidido,
este manojo que ha sido
hecho con fibras del alma,
en un momento sin calma
de rebelde convencido.

A más de un siglo de aquel magnicidio de Plaza Lorea, aún queda en la ciudad una calle que reivindica el nombre de Ramón Falcón, y la escuela oficial Nº15 DE 6º de Rioja 660, en Balvanera. La “historia oficial” continúa reivindicándolo como héroe y mostrando a Radowistky como villano.
Tristes son los conceptos cuando no son respaldados por el esclarecimiento de las verdades y las mentiras históricas.
______
Fuentes
-http://www.elortiba.org/simon.html
-http://www.lamalatesta.net/product_info.php/products_id/4000
-http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2450784/Anarquistas-simon- radowitsky.html
-http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/mundo/revolucion_industrial.php
-http://www.todo-argentina.net/biografias/Personajes1/ramon_l_falcon.php
-Pigna Felipe: Los mitos, tomo 2, Editorial Planeta 2005

Imagen: Un aspecto de la llegada de familias anarquistas a la Plaza Lorea  para el acto del 1º de Mayo del año 1909, antes de la represión.
Nota y fotografía tomados del periódico barrial Primera Página, mayo de 2014.

14 may 2014

Tiresias y los orígenes del tango



(De Rodolfo Jorge Rossi)

Tiresias fue el más famoso adivino de la Grecia clásica, circa 800 años antes de Cristo.
Nació hombre.
Una tarde en que caminaba por el monte Cilene, fue sorprendido por el intenso coito de dos serpientes entrelazadas. Estas, molestas por su presencia, lo atacaron.
Tiresias las golpeó con su bastón, dando muerte a la hembra.
La reacción de Tiresias enojó sobremanera a los dioses del Olimpo, que lo transformaron en mujer.
Años más tarde vio la misma escena, otra vez fue sorprendido por el coito intenso de dos serpientes. Esta vez mató, de un certero bastonazo, a la serpiente macho. Entonces, los dioses le devolvieron la virilidad.
En una ocasión Zeus discutía con Hera, su esposa. Ésta le reprochaba sus frecuentes infidelidades. Zeus argumentaba que el hombre podía ser adúltero porque la mujer disfrutaba más el sexo. Hera, fuera de sí, convocó a Tiresias, que como había tenido los dos sexos podía dirimir la cuestión.
Tiresias sentenció: Si el placer del amor en diez partes dividía,/ Tres por tres a las mujeres, una a los hombres daría.
Enfurecida, Hera cegó a Tiresias para siempre. El hecho conmovió a Zeus; lo compensó con la predicción del futuro, además le concedió vida eterna.
Y echó a rodar por el mundo hasta que fue convocado por Edipo, necesitaba consultarlo con urgencia. Acompañado por su hija Dafne se estableció en Tebas. Se le preguntó acerca de las causas de la feroz epidemia que asolaba a esa ciudad desde hacía muchos años.
Luego de estudiar la situación dijo Tiresias: Jefe, la peste la genera una persona que ha matado a su padre y ha hecho vida con su madre. No sé si me explico.
Señala Sófocles que cuando trascendió el episodio Yocasta se ahorcó y Edipo se arrancó los ojos.
Tiresias, asustado por las trágicas consecuencias de sus predicciones, se refugió en el Hades, el mundo de los muertos, lugar donde nadie lo iría a buscar.
Pasaron algunos siglos hasta que Ulises, en su frustrada y sangrienta vuelta a casa luego de la guerra de Troya, descendió al inframundo. Necesitaba consultarlo, saber cómo regresar a Ítaca.
Recorriendo el Hades, tuvo una ingrata sorpresa; se encontró con su madre Anticlea que había muerto, y él sin saberlo.
Los hombres sabios del café sostienen que éste momento es de gran importancia en la historia del tango, porque Ulises susurra en el oído de su madre palabras que podrían traducirse de la siguiente manera: Vieja,/ una duda cruel me aqueja.
Ulises no puede controlar el llanto. Anticlea lo tranquiliza, le comunica que debe despedirse, que confíe en Tiresias, que éste le señalará el camino correcto para volver al hogar. Y desaparece lentamente en la oscuridad.
En un pasaje conmovedor de La Odisea, Ulises, con el rostro bañado en lágrimas, canta: Quiero madre que me diga si la infame,/ abusando de mi viaje me ha engañado.
La cátedra del café cree que estos versos fueron dichos bajo la influencia de Tiresias, o directamente dictados por él, motivo por el cual el vidente se convierte en el primer tanguero de la historia universal.
Deberán transcurrir muchos años hasta su reaparición.
Dante Alighieri lo sitúa en el Infierno, en el Canto XX, en el Octavo Círculo donde están fraudulentos y adivinos: Vedi Tiresias, che mutó sembiante/ Quando di maschio fémmina divenne,/ Cangiandosi le membra tutte quante.
El Infierno de la “Divina Comedia” fue escrito entre 1306 y 1308. A partir de esa fecha el ciego vuelve a desaparecer, hasta que asoma en estas tierras en los finales del siglo XIX.
En el café aseguran que se conoce la presencia de Tiresias en el Río de la Plata desde 1870.
Señalan que en la revolución mitrista de 1874, las tropas de José Miguel Arredondo entraron en la ciudad de San Luis comandadas por un ciego. Cantaban “El Queco”, denominación popular del quilombo. El capitanejo no sería otro que el finado Tiresias.
Cabe destacar que “El Queco” es uno de los primeros tangos conocidos.
Además dan como prueba irrefutable la cantidad de tangos cuyo tema es la ceguera: “Viejo ciego”, “Charlemos”, “La cieguita”, “Gallo Ciego”, para citar solo a los más conocidos.
Los profesores del café afirman hasta la insolencia que el famoso ciego inconsolable del verso de Carriego, el que fuma como un poseso sentado en el umbral, no es otro que el desdichado Tiresias.
Como tenía antepasados ilustres que se destacaron en la guerra de Troya, de los cuales dan cuenta Chaucer y Shakespeare, se consultó al bandoneonista Aníbal Carmelo Troilo.
Le preguntaron si la cantidad de ciegos que había en el tango podría tener alguna relación con la presencia de Tiresias en mi Buenos Aires querido.
Troilo dijo que no existía esa relación, que solamente era casualidad.
Agregó suspirando: Ésta es una ciudad de abombados, nunca falta un otario que me pregunta por Crésida. Hablan de la madre de Ulises y se quejan porque hay muchas madres en el tango. Díganme ustedes que son sabios, ¿dónde quieren que estén las madres?
Pero sabihondos y suicidas todavía dudaban.
Entonces se interrogó a Jorge Luis Borges.
Muy sorprendido contestó que no sabía, para entregarse de inmediato a la suspicacia.
Después, visiblemente irritado balbuceó: ¡Yo no soy Tiresias!
______
Ilustración: Tiresias matando la serpiente.

12 may 2014

La "Spica", chiquitita pero cumplidora



(De Orlando Rígoli)

La aparición de un pequeño adminículo, el transistor, modificó los hábitos de toda una generación, que lejos estaba de suponer lo que sus ojos alcanzarían a ver en materia de cibernética.
Pero junto con él o mejor, merced a él, llegó a nuestras manos la radio portátil y el símbolo por excelencia de esa revolución se llamó Spika, la contracara exacta del burrito Platero, que "era tan suave y blanco como el algodón". La Spika en cambio, era retacona y morocha, venía abrigada por una funda de cuero y con el tiempo demostró ser más aguantadora que un laburante de Singapur.
Hasta su arribo, escuchar radio implicaba una compleja negociación familiar para lograr la mejor ubicación frente al voluminoso aparato. Pero a partir de la introducción de la Spika se hizo posible hasta escuchar el programa favorito mientras se sellaban facturas proforma en la Aduana -lo que dio origen a contrabandos en escala mayorista- y aún llevarse la pequeña a la cama.
Los fanas futboleros que otrora estaban obligados a permanecer paralizados en la cocina comprimiendo la vejiga hasta que terminara el primer tiempo para no perder detalle de los avatares de su equipo relatados por Fioravanti, podían satisfacer sus necesidades fisiológicas sabedores de que si ganaban uno a cero y tenían un corner en contra a los 44 minutos nada les impedía irse al baño con todos los defensores juntos.
Nuestra heroína fue también la responsable de la desaparición en las canchas del famoso tablero de la revista Alumni, que informaba de los resultados que se registraban en los demás estadios. Así, el propietario de la portátil pasó a ser el referente obligado a la hora de las consultas. "Che negro, cómo van los bosteros" o "ya terminó Lanús", se conviertieron en requisitorias habituales. Los más perjudicados fueron los comentaristas, quienes dejaron de gozar impunidad. Si alguno se animaba, por ejemplo, a decir que el triunfo visitante por 6 a 0 había sido justo, los plateístas locales se amontonaban frente a la cabina y Spika en mano lo miraban con el mismo cariño que un militante del IRA al primer ministro inglés.
El aparatejo incrementó además el nivel de puteadas contra los relatores deportivos, ya que permitía comparar lo que se escuchaba con lo que se veía. Se advertía entonces que la velocidad de la transmisión no condecía con el ritmo de siesta santiagueña que tenía el partido. A su modesta manera se constituyó en la antecesora del telebeam -al alcahuete futbolístico de los 90- con la ventaja de que cada uno la manejaba a su antojo.
Luego se fueron agregando nuevos servicios: fue accesorio obligado del 2CV -que venía más desnudo que la Maja de Goya- amenizó la hora de química en la secundaria y permitió que prestigiosos profesionales que asistían a la función de abono del Colón con su legítima esposa para deleitarse con la Quinta de Beethoven, pudieran enterarse -audífono mediante y con cara de circunstancias- de cómo le iba a Estudiantes en la Libertadores.
Sin embargo no faltaron los escépticos, aquellos que ateniéndose a una lógica inobjetable descreían de su seriedad. ¿Cómo se puede confiar -pensaban- en la información que pueda proporcionar un artefacto tan pequeño e inexperto?
______
Ilustración: La  radio portátil "Spica."
Material tomado de la revista “Los ‘70”, número 4.


7 may 2014

Raza de tango



(De Norma Pérez Martín)

A los poetas que integrábamos el Grupo de los 7

¿Dormirá la pena
bajo su propia rabia?
Rubén Chihade

Ni coraje orillero
fraguado
en marchitas borracheras
de suburbio.
Ni cortes y quebradas
y amores y desdenes
y minas sin destino.
Nuestra raza de tango
nuevo siglo
se martiriza
cuchilladas de bronca.
Intemperies mal habidas.
Nuestra raza
que Piazzolla hizo inmortal
alejó las viejas arrogancias.
Hoy avanza
el dos por cuatro
aplaudido por el mundo
donde vuela Julio Bocca
como pájaro infinito
sobre pueblos diferentes
amarrados con su danza.
Se borró el malevaje
pero
Uno y Cambalache
le sacan viruta al piso
como entonces
más que entonces.
En el cuartito azul
se encerró la nostalgia.
Entre paredes
oscuras de oscuridades
y silencios clandestinos
yira-yira la sombra.
Los fantasmas
milonguean firuletes.
Bajo la ventanita de arrabal
caen las hojas
y esta porteña garúa
que susurra
veinte años no es nada.
______
Imagen: Tapa de una de las entregas poéticas periódicas del Grupo de los 7.

Dónde encontrar a Buenos Aires




 (De Pablo Babini)

En la década del sesenta Buenos Aires estaba -además de en los barrios- en el circuito que iba desde Callao y Corrientes, pasando por los teatros, los cines y las librerías, cruzaba el Obelisco y llegaba por Corrientes hasta Florida y derecho por allí hasta Plaza San Martín. Si uno tenía suerte podía ser testigo de la "precuela" de la Feria del Libro, con la salida a la calle peatonal de las mesas con las novedades literarias entre las que había más ficción que autoayuda y más autores que productos de marketing. El fin del recorrido era el Di Tella, aunque un buen caminador podía volver por la avenida Santa Fe con altas probabilidades de cruzarse con Ernesto Sábato en pleno chamuyo platónico.
Después Buenos Aires creció y se puso seria, como esos chicos creativos y espontáneos a los que la educación formal trata de convertir en estereotipos hasta que maduran y recuperan, si pueden, su naturalidad. La globalización rebotó contra la personalidad de la ciudad sin dejar un tendal. McDonald's tuvo que hacer McCafés y Starbucks rendirse ante las tacitas de loza.
El progreso, la evolución o como se llame, sí hizo mella. Los bodegones con parrilla y las increíbles pizzerías de barrio se transformaron en "restobares", aunque en realidad sus sabores se replegaron a los hogares porteños y suburbanos, donde hoy se practica (con entusiasmo no siempre justificado por los resultados) la gastronomía hecha en casa.
Si bien las amistades son hoy tecnológicamente más virtuales, la ciudad sigue cultivando el amor por los gomías del mismo palo y el temor al sexo opuesto que dieron letra a tantos tangos.
Buenos Aires, la auténtica, está hoy más desparramada, ¿democratizada?, que antes. Abarcarla es una utopía y atravesarla en cualquier tipo de transporte es un suplicio. Dado que cunde el trabajo -precario- a distancia, se ha descentralizado en comunas administrativas pero sobre todo geográficas, cada una con sus cafés, sus calles arboladas y su cultura vecinal, imponiéndose sobre ellas la identidad sentimental de la ciudad, esa que se llevan los que se van.
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Imagen: Corrientes y Obelisco vista nocturna.
Texto y fotografía tomados de la página http://www.buenosairessos.com.ar

4 may 2014

El Museo de la Ciudad de Buenos Aires



(De María Clara Rosselli)

El Museo de La Ciudad tiene, desde hace varios años, su ubicación neurálgica: Defensa 219, donde se expone la historia de la ciudad contada en objetos cotidianos que la gente dona. Pero también se extiende por toda la zona histórica. Una de las premisas del museo siempre ha sido la de asumir una actitud activa frente al patrimonio ya sea impulsando ferias y encuentros al aire libre como incentivando la refuncionalización de los edificios antiguos. La farmacia “La Estrella”, instalada en la esquina de Defensa y Alsina desde el año 1885, es parte del museo pero sigue funcionando como farmacia. La misma intención está puesta en la próxima inauguración de las salas y locales comerciales ubicados en dos de las casas más antiguas del casco histórico: La casa de Josefa Ezcurra y Los Altos de Elorriaga, frente a la farmacia.
 “El Museo de la Ciudad se creó con el objeto de preservar para la historia de la ciudad la forma de vida de los porteños, desde cómo funciona la ciudad, o sea desde cómo se armó la ciudad y se sigue armando a través de su arquitectura, su patrimonio arquitectónico y los usos y costumbres de la gente que vive en la ciudad. La forma de hacerlo es a través de la investigación y de la recopilación de objetos que forman parte de su patrimonio”. Así resume el actual director del Museo de La Ciudad, Eduardo Vázquez (1), el espíritu de uno de los museos de Buenos Aires que atesora, desde 1968, los modos de vida porteños.
Hace años ya que se ha instalado la costumbre entre los porteños, de donar aquellos objetos cotidianos que consideran importantes de su casa o de algún familiar y que relatan los hábitos de la vida en Buenos Aires. De esta manera son los mismos habitantes los que cuentan lo que es y ha sido la ciudad a través de los años. “El museo tiene en este momento catalogadas como unas setenta y cinco mil piezas, la mayoría de las cuales vinieron de esa forma”, comenta Vázquez.
A fines de los 60, cuando el arquitecto José María Peña, el primer director del museo, propuso su creación, el barrio se perdía en los trágicos artículos de una ordenanza que disponía su demolición total. Sumado a eso, existía cierto desconocimiento y desinterés por el patrimonio como se lo entiende actualmente. “El patrimonio es todo aquello que muestre fehacientemente el proceso, en este caso, de la ciudad y de la vida de los habitantes. Por eso para nosotros no tiene tanto valor material el objeto sino lo que representa en sí mismo. El patrimonio es lo que nos dejaron nuestros padres y nuestros padres son nuestro pasado. Todo lo que ellos crearon, toda esa historia que armaron consciente o inconscientemente hoy está en el Museo de La Ciudad”, precisa  Vázquez.
El objetivo que proponía el museo desde sus inicios era el de movilizar a la gente para que entendiese el valor que tenía el casco histórico tanto para sus vecinos como para la gente de otros barrios. Esto se logró por un lado mediante las ferias que aún hoy siguen en actividad. “La de los domingos, que se creó por tres razones: la primera, porque curiosamente nunca ha habido en Buenos Aires una feria así, que era común en Europa, en Montevideo, en Chile, por ejemplo. El segundo motivo fue que todo lo que se iba a vender en la feria había estado dentro de las casas de Buenos Aires con lo cual era como si fuera una sala al aire libre del museo. Cosa que no era nada habitual, los objetos estaban dentro de casas. La tercera razón, no menos importante, era la aspiración de que por ir a la feria, la gente empezara a reconocer uno de los barrios más viejos”, nos aclara el arquitecto Peña. Además de esa, se crearon otras ferias más: la Feria de las Artes frente a la Iglesia de San Francisco, la Feria de los Libros, la Feria de los Metales, la Feria de la Ropa y hay una feria los cuatro sábados de abril a la cual puede anotarse cualquier persona. Además, las ferias, con la venta de objetos viejos, impulsaron también el surgimiento de los anticuarios en el barrio, ya que hasta ese momento había pocos locales de venta de antigüedades.
Por otro lado, se organizaron los “Encuentros porteños en Plaza Dorrego” un sábado de por medio. De tres a seis había juegos que la gente proponía, había un coro para cantar tangos, se hacían tapices colectivos en un gran bastidor y donde todo el mundo hacía algo,  había concursos de pintura, visitas guiadas por las calles del barrio, se jugaba a “Embocar a la tetera” en reemplazo de “El sapo”, donde las fichas eran las monedas devaluadas de principios de los 80. A las seis tocaba una orquesta de San Telmo que estaba suspendida en el tiempo. “Tanto que un día terminan de tocar una melodía, que bailaba el público, y Teófilo Ibáñez, quien dirigía la orquesta y cantaba, se dirige al público y dice: “Estimado público, damas y caballeros, para que muevan esos cuerpos arrogantes interpretaremos ahora un bonito Foxtrox”,¡que era música que se bailaba en los años 40!” nos cuenta aún asombrado el arquitecto Peña. También se armó el encuentro entre “Los porteños y sus máquinas sonoras” donde asistieron vecinos que tenían organitos, valijas fonógrafos, cajas de música. Estaba también el “Encuentro entre los porteños y sus mascotas vivas” donde se elegían  entre el público el jurado para votar a la mascota más linda, a la mascota más rara, a la mascota más simpática y a la mascota más parecida a su dueño y se les daban diplomas.
Cerca de 1970 el museo adquirió las casas de Josefa Ezcurra y  Los altos de Elorriaga para que fueran parte de sus salas. “El museo no tiene una sala donde se pueda recorrer toda una muestra de la historia de la ciudad con todo un desarrollo de Buenos Aires desde fines del siglo XVIII hasta 1880 que fue el gran cambio de la ciudad” comenta Vázquez. El dinero para la restauración de ambas casas llegó recién veintiséis años más tarde, momento en el cual se comenzó el rescate de lo más grueso. En 2010 finalizó la primera etapa de trabajos que involucró la restauración de las fachadas y ya se comenzará toda una etapa de recuperación de la casa de Elorriaga, la de la esquina, cuya estructura e instalaciones ya están totalmente consolidadas. Restan dos etapas más de trabajo: una es la planta baja, y la segunda es la planta alta. La recuperación de la planta baja, donde habrá locales más una sala muy grande para museo, comenzará cuanto antes aunque el proceso es lamentablemente largo.
De la trayectoria del Museo de La Ciudad debemos aprender dos cuestiones: por un lado el valor de lo que significa la historia común de una sociedad y su difusión, y por otro el ejemplo de conservar sin frenar, manteniendo una actitud de preservación pero al mismo tiempo permitiendo el crecimiento de la ciudad y más que nada, dándole vida al patrimonio apropiándonos de él, usándolo, recordándolo y viviéndolo.
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Nota:
(1) Según nos informa la lectora María Eugenia Lisio, el actual director del Museo de la Ciudad es el licenciado Ricardo Pinal Villanueva. La presente nota, fechada en el año 2011 y publicada en "El Sol de San Telmo",  fue "levantada" del blog al que se hace referencia, cuando aún era su director Eduardo Vázquez, y  "subida" a este blog recientemente por considerar que el trabajo tiene una mirada bastante abarcativa con respecto a la evolución del Museo de La Ciudad.  
  
Imagen: Una de las salas del Museo de La Ciudad (Foto tomada de miraargentina.com)
Nota tomada del blog “Crónicas porteñas”.

3 may 2014

El exclusivo barrio inglés escondido en Caballito



(De Verónica Dema)

Un recorrido por seis manzanas que son un oasis en la ciudad; hay casas de hasta 800.000 dólares; tienen seguridad las 24 horas y los autos duermen en las calles; por qué sus vecinos adoran este lugar

Toc, toc, toc. "¿Podés bajar la ventanilla? ¿Dónde vivís? ¿Por qué estacionás acá frente a mi casa? Hace rato que mi hermana da vueltas y no encuentra un lugar". Es mediodía, hace calor y Josefina interpela a un taxista que se acomodaba para descansar a la sombra. Ella tiene 24 años y desde los dos vive con su familia en el "barrio inglés", en Caballito. "Me encantó crecer acá", dice, en la vereda de su casona en la calle Ferrari al 900. "Es diferente a otros barrios, siento que, como algunas zonas de Puerto Madero, este es uno de esos lugares especiales en el mundo". Habla de su casa "lejos del tumulto" y se le pasa el enojo con el taxista.
Julieta describe al barrio, que tiene como límites las avenidas Pedro Goyena y del Barco Centenera y las calles Valle y Emilio Mitre, como una "comunidad bastante cerrada". En esas seis manzanas la mayoría de los vecinos se conoce, participa de una cadena de mails que se activa cuando hay algo que resolver, y hasta tiene agendado los celulares de los demás. "Recuerdo que yo pasaba a buscar a los chicos de la cuadra en bicicleta, eran los amigos del barrio; se armaba un grupo lindo con los de la edad", dice. "Ahora, si bien no es tan así, hay contacto entre todos, sabemos más o menos quiénes viven, es bueno para el barrio".
Uno de los problemas que tenían y que resolvieron entre los vecinos fue el de la inseguridad. Decidieron pagar un adicional a la Policía Federal y tener custodia las 24 horas. "Acá muchos no tenemos garaje, pero no hay tantos autos. Lo que tenemos que bancarnos es que vengan a estacionar de otros barrios porque tienen sombra y seguridad. Por eso lidiamos con los taxistas", dice. "Pero bueno, la calle es pública", reconoce. Sonríe.
Algunos vecinos cuentan que el barrio inglés adoptó ese nombre porque antiguamente vivían familias de ingleses que vinieron a proyectar el primer tramo del ferrocarril; hoy, el Sarmiento. El estilo de estas casonas es ecléctico: combina el Tudor, una corriente arquitectónica surgida en el siglo XV en Inglaterra, con detalles gregorianos e italianos. Los tres arquitectos que lo proyectaron Lanús, Molina y Ferrari son un sello que se conserva en las fachadas de los palacetes, algunos de los cuales también exponen el nombre de sus dueños. "Casa custodiada", también es un cartel que se replica en los frentes.
En “El portal de Caballito”, una voz autorizada según los vecinos, se informa que el nombre de esta zona fue impuesto por las inmobiliarias, a mediados de los años '60. Hasta entonces se llamaba "Barrio del Banco Hogar Argentino". Incluso algunas de sus calles llevan justamente el nombre de los funcionarios de esa entidad. A finales de los '20 este banco compró los terrenos, potreros donde se criaba hacienda, y construyó el barrio tal como se conoce hoy. El proyecto se basaba en la construcción y la venta con un crédito hipotecario a cargo del banco. En el corazón del barrio, en la calle Ferrari, una placa de mármol informa: "Antonino Ferrari, Presidente de Banco Hogar Argentino, ordenanza municipal 1923".
Nélida Grandoso sale de su palacete de Valle al 900. Tiene 86 años. Lleva maquillaje generoso, sus finos labios pintados de bordó, su cabello rubio carré, pollera y blusa, un monedero de cuero debajo del brazo. Con algo de desconfianza, desde atrás de la reja, dedica unos minutos a hablar del barrio en el que vive hace 44 años. "Mis abuelos vivieron toda la vida en Valle al 500, a unas cuadras de acá. Siete hijos tenían. Mi papá vio construir este barrio", aclara; parece orgullosa. "Cuando mis papás se casaron, como estaban con muchos problemas económicos se quedaron ahí con su familia. Pero a él siempre le gustó el barrio inglés, era más refinado". Nélida empieza a entusiasmarse.
"Cuando me casé yo, con un militar que no sé para qué conocí, me encantó esta casa y vimos que estaba a la venta. Cuando le dijimos a papá nos dijo que le parecía mucho, que era muy opulenta. Nosotros vivíamos en una casa más modesta. Pero al final conseguimos la plata", dice. Todavía recuerda que costaba 10.000 pesos moneda nacional. "Mi papá nos prestó 5000 y nosotros pusimos dos mil; para el resto sacamos un crédito al banco, que daba facilidades". Se refiere al Banco Hogar Argentino.
Nélida empieza a describir la casa y reconoce, ahora, que quizá era exagerada para los recién casados. En la planta baja la casa tiene living, sala, comedor, patio y un baño para el servicio doméstico; una escalera de roble conecta a un descanso, un piso intermedio con una habitación pequeña -que, aclara, también está pensada para una mucama. Arriba hay tres habitaciones. "Tiene todos los placares empotrados, puerta que abrís es un placard. Son elementos muy nobles. Todo piso de parqué de roble", precisa. "Ahora esa calidad ya casi no se ve".
Ella, más allá del confort de la casa, siente que este es el barrio de su familia. "Conozco Londres, claro. Me hace acordar el tipo de casas nuestras. Pero estoy muy aferrada porque esta es mi casa y la de mis hijos", dice. Entonces viaja más atrás aún en el tiempo. "Valle es mi mundo. A tres cuadras me crié con mis primas en la casa de mis abuelos. El otro día recordábamos que tío Vittorio nos llevaba en el guardabarros del auto en los carnavales de Flores; íbamos vestidas de gitanas".
Ahora sí cae en la cuenta de que se tiene que ir. "Cada tanto nos reunimos los vecinos más viejos en una confitería para recordar aquellas épocas de Valle", alcanza a decir antes de quitarle llave a las rejas y salir a la calle.

UNA CONCESIONARIA DE LUJO A CIELO ABIERTO
El oficial encargado de seguridad del barrio, Fabián Lorca, toma mates y mira una serie en un televisor 14 pulgadas en una de las dos garitas de monitoreo del barrio. Tiene la custodia de 98 casas. Cuenta que de los cinco años que hace que está en el barrio nunca presenció un robo. "Es muy tranquilo, un oasis en la ciudad", dice. Su estrategia es caminar, recorrer y también vigilar desde su garita vidriada.
En el barrio inglés la mayoría de los autos duermen en las calles, que parece una concesionaria de lujo a cielo abierto. Algunos vecinos se las ingenian para estacionarlos sobre la vereda, detrás de las rejas del frente de casa, el espacio que suelen ocupar los jardines. "Ni un robo de estéreo hay, parece increíble", reflexiona Lorca. Se sirve un mate. Según recuerda, a fines de los '90 la zona se había puesto complicada. Lo adjudica a las "banditas" y a que muchos usuarios del subte cruzaban por el barrio. "Siempre algo faltaba, algunas manijas de bronce de las casas, también había arrebatos", menciona.
El oficial cree que "se sabe de la presencia policial y eso alejó ese tipo de gente". Algo que también ayuda a mantener la seguridad es -considera- la solidaridad entre vecinos. "Todos están atentos a los movimientos y saben que cualquier cosa rara que ven nos avisan y estamos".
Esa conexión también se vuelve un estricto control con los vecinos que encaran alguna reforma. El barrio inglés es un espacio protegido a partir de una ordenanza del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: no se pueden modificar las fachadas, está prohibido edificar en altura y, si alguien agrega un segundo piso a su casa, debe hacerlo a 40 metros del frente para que no se vean cambios desde adelante.
Elba vive hace 21 años con su familia en uno de los tres PH que hay en el barrio, en Ferrari al 1000, una calle angosta techada de árboles. Dice que fue amor a primera vista. "Siempre fue bello, la construcción, la paz. Es una especie de isla con ruido alrededor", describe. Y es de las que agradece que se haya declarado "área histórica". No se olvida más de un día en que la familia de la planta baja empezó a romper una pequeña pared donde se asentaban las rejas. "Habrán dado dos martillazos los albañiles y ya se cruzó el vecino de enfrente a ver qué hacían", dice. Al final, explicaron y pudieron avanzar con ese cambio, que no modificaba la fachada.
"Los vecinos de enfrente eran distinguidos", dice. "Ahí vivían los Concepción" [el economista Alfredo Concepción fue presidente del Banco Central durante la presidencia de Raúl Alfonsín]. "Alfonsín venía mucho por acá", agrega. También menciona otro de los orgullos del barrio: "A la vuelta de acá se crió [Martín] Maldasena, un joven tipo Einstein".
El sol del mediodía agobia, no llama a conversar. Ella invita a pasar a su casa. Una escalera que es su orgullo conduce a su piso: en el estar, un espejo ocupa toda la pared. En el living - comedor se impone la madera. "Todo pinotea", aclara. [La pinotea es un tipo de madera muy costosa usada sobre todo en los '50]. Tras la puerta y la pared de 45 centímetros de ancho está la cocina, desde donde llega el olor a salsa que prepara la mucama. También abre su terraza, desde donde se ve la maqueta perfecta de casonas de grandes fondos, algunos con piletas de natación. Los patios convergen en el centro de la cuadra y conforman un pulmón verde.
"A la madrugada acá te despiertan las calandrias", dice. Y habla de otra de las virtudes del barrio: "Se valora mucho el silencio, hay mucho respeto". Como ejemplo, habla de una regla implícita: no se puede enseñar música. "Escuchar sí", aclara. "Pero en un volumen razonable, claro". Recuerda que hace unos días una de sus hijas estaba preparando un final y escuchaba la batería de un vecino de fondo. "Supo que era Ignacio. Como tenemos los teléfonos de casi todos, lo llamó y le pidió que suspendiera por unos días. El le hizo caso. Hay mucha consideración acá".
Elba se dedica a la pintura. Dice que a este barrio no lo cambiaría por nada y que si se va lo sentirá en el alma. "Si te manejás por Caballito es una panacea, es soñado. A mí lo único que me queda afuera es la ginecóloga y la odontóloga; a lo demás lo hago todo por acá". Se la nota plácida detallando las bondades de su lugar. Son más de las dos de la tarde. Para algunos ya es la hora de la siesta. Elba acompaña a la salida, de nuevo por las escaleras macizas de roble que son su orgullo. En la puerta principal se detiene para dar un último detalle. Muestra una aplicación de bronce en el marco. "Me contaron los vecinos que acá vivía un ingeniero que está desaparecido. Forzaron la puerta por eso", dice. Aclara que no sabe si creer la historia.

HUBO UNA ÉPOCA...
Los vecinos recuerdan: hubo una época en que el barrio inglés formaba parte del tour oficial de la Ciudad de Buenos Aires; hubo una época en que estudiantes de arquitectura y diseño venían a inspirarse en sus maquetas; hubo una época en que el barrio era fotografiado o filmado por artistas; hubo una época en que no se necesitaba protección con alarmas, rejas y seguridad las 24 horas; hubo una época en que ningún cartel de "en venta" duraba más de unos pocas días porque había lista de espera de compradores; hubo una época en que se conocían todos.
De traje y corbata y zapatos de vestir Guillermo Rivero es uno de los pocos vecinos que se ve a esta hora en la calle. Una brisa tibia pone a volar copos blancos de uno de los palos borrachos del barrio. Este abogado no va solo: está con dos caniches toy que lo llevan a su ritmo. "Dejo que se tomen su tiempo porque estoy de vacaciones", cuenta. Se agacha, recoge los desperdicios de sus perros en una bolsa, sigue su marcha lenta bajo los árboles. Está justo enfrente de una casa en la esquina de Mitre: rejas trabajadas, molduras imponentes sobre puertas dobles, faroles, campanas a modo de timbre, "letters" tallado en el buzón de cartas.
Hace siete años que vive a metros del barrio inglés y dice que no cambiaría por nada este lugar que descubrió. "Mirá ese BMW, ese Nissan. Valen una fortuna y están en la calle. La tranquilidad que uno tiene acá no es fácil de encontrar en la capital", considera. "Y eso que está un poco venido a menos. Por ejemplo, hay una casa en la esquina que tiene varios electrodomésticos afuera, en una galería. No sé si la están por desocupar, pero así queda horrible. Eso antes no se veía".
El corredor inmobiliario Gustavo Giannuzio, socio de Justevila, una firma de emprendimientos inmobiliarios que trabaja con propiedades de esas manzanas, confirma que si bien el barrio aún se considera exclusivo quedaron atrás las épocas en que las propiedades se vendían sin necesidad de colgar un cartel. Lo adjudicó al mal momento del mercado inmobiliario en general y al cepo cambiario. Informa que una propiedad varía entre 350.000 dólares -si es pequeña y con pocas refacciones- y 800.000 las más grandes. El metro cuadrado promedio está entre 2000 y 3000 dólares.
La familiaridad también es un valor que empieza a perderse. Para Jorge Rodrigo, un vecino de Cochimayo al 300, es una pérdida importante. Hace siete años y medio que vive acá y se mudó para que sus chicos crecieran como él con un fondo generoso y en la vereda. "Viví bastante en las sierras de Córdoba", aclara, como si allí residiera el rastro de esa idea romántica de poder criar a sus hijos al aire libre. "Esto es una islita. Acá somos muy familieros, nos cuidamos unos a otros. Son de muchos años las familias que viven acá", dice. Habla de una excepción. "Hace un tiempo compraron unos coreanos y se armó una conmoción en el barrio. Es lógico", agrega.
Las veredas están casi desiertas. Cada tanto, pasa algún auto a poca velocidad. El empedrado ayuda. El transporte escolar es el vehículo de mayor porte que transita por esa zona exquisita de Caballito; se ve uno que circula a esta hora. Ninguna línea de colectivo atraviesa sus calles internas. Una empleada doméstica, con corte a lo garzón, barre con energía un balcón de una casona; abajo, en la casa vecina, tres albañiles jóvenes conversan en los escalones de ingreso a un zaguán en remodelación.
La cuadra en la que vive la familia oriental "de la conmoción" también está tranquila. Sólo un detalle: enfrente de la casa en cuestión la agente Paola Gómez custodia el lugar. "Estoy por protección de persona. Es la casa de un oriental que por una amenaza de otra familia china pidió custodia", informa. "También hay otros vecinos que piden custodia de bienes, a veces. Eso es más común en esta zona. Suele ser gente que vive en el extranjero, que pasa algo, muere alguien acá en la casa, por ejemplo, y necesitan proteger la casa hasta que vuelva alguien".
Gómez dice que también en la comisaría del barrio se reciben muchas denuncias de discusiones domésticas: que el perro le rompió las plantas, que las medianeras, que el vecino construyó sin permiso y el quincho le tapa el sol. Más allá de eso, ella coincide en la tranquilidad de la zona. "Acá no pasa nada, no hay necesidades. Pero si te fijás a un par de cuadras ves gente durmiendo con colchones en la calle". A pocos pasos de la esquina que custodia la joven policía, un cartonero escarba en un contenedor.
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Nota:
El título original del presente artículo es "Descubrí el exclusivo barrio inglés escondido en Caballito".
Imagen: Frentes de propiedades en el llamado Barrio inglés, en Caballito.
Esta crónica, al igual que la foto que la ilustra fueron tomadas de la página web Buenos Aires la Reina del Plata.

1 may 2014

Jubardá



(De Alberto Benchouam)
 
Cuando llegamos al bar “La Pura” el tío me apretó la mano. Era verdad, algo grave había sucedido enfrente. Desde que doblamos la calle Vera, corrillos de mujeres hablando por lo bajo anunciaban alguna desgracia; las viejas se iban sumando y reprendían a los chicos, seguramente eran los del turno tarde, que jugaban a la pelota.
De la ambulancia estacionada en la puerta del café “Victoria”, bajaban dos muchachos de uniforme blanco, portando una camilla.
-Son practicantes de la asistencia pública- dijo alguien atrás de mí-, los médicos se quedan en el hospital.
Costaba apartar a los curiosos que impedían el paso. Las personas que salían, con cara de haber presenciado un acontecimiento importante, daban su versión de los hechos. Bojor hablaba fuerte y rápido:
-Estaba jugando al dominó y de repente se agarró el pecho. Nos miró fijo y sin poder abrir la boca que babeaba, golpeó la cabeza contra la mesa, desparramando las fichas.
Otros daban más detalles: cuando corrió el estudiante de farmacia que siempre gana al billar, ya estaba muerto; seguro un ataque al corazón.
La noticia se propagaba y el barrio entero se movilizaba, no verían nunca más a Jubardá, Yaco Donoso no pondría más la mano en su bolsillo.
Miré al tío que hizo una seña, como apartando algo invisible que podía estar cerca nuestro:
 -Leyos de mosotros (1), suplicó, y su voz se mezcló con la de Bojor. -Esta mañana le pidieron al pobre tantas cosas que le dio un infarto.
Logré asomar la cabeza dentro del bar, pero sólo distinguí a un mozo, que en la penumbra brumosa, gesticulaba cerca del mostrador de estaño. Sentí el tirón en el brazo y nos quedamos callados, junto a un árbol al que el fin del invierno arrancaba algunos brotes.
¿Pero quién era Yaco Donoso? Creo que lo poco que sé de él es lo escuchado ese día de finales de agosto, entre las nueve y las doce, antes de prepararme para ir al colegio. Había llegado de Bursa, una ciudad turca más pequeña que Esmirna, hacía unos veinte años, y vivía solo. No se le conocían los vicios habituales en esa época: ni jugador, ni bebedor, ni mujeriego pero, al decir de los viejos, algo negro tenía, no cerraba la mano lo suficiente para hacer buenas parás (2) y salir de pobre, todo lo contrario, lo que ganaba no le paraba mucho tiempo en la aldiquera (3), era tan loco, tan jubardá (4), que parecía tener agujeros en las manos, y por no ahorrar nunca pudo traer a su familia de Europa.
Y así le quedó el nombre; invitaba generalmente con café, anís o algún mesé (5) también; regalaba nueces y pasas de uva a los niños y siempre ayudaba en las colectas. “Ven Jubardá, siéntate”, lo llamaban de las mesas, y él terminaba pagando.
Si por el contrario lo veían sentado, los amigos se agregaban y pedían lo que gustaban.
Mano abierta, cuando lo invitaban a comer la noche de shabat, les mandaba temprano de lo mucho y bueno, pues después no se podían cargar bultos.
Cuando yo iba al café “Victoria” a buscar a mi padre, me hacía sentar y me convidaba con un yogurt; una vez se le acercó un hombre que dijo estar juntando para comprarse un reloj de pulsera.
-Está duro y apretado-, le dijo a Jubardá. Éste se sacó el suyo de la muñeca y se lo dió.
-Tomalo, porque como decimos nosotros, hasta que al rico le viene la gana, al pobre se le sale el alma, y bebe algo caliente.
Se contaban muchas historias: Que a veces ayudaba a algún paisano a completar el pago del alquiler, que colaboraba para el ajuar de alguna muchacha sin mazal (6), hasta compraba los remedios de los desvalidos, pero ¿cómo podía aquel hombrecito que recorría los negocios para revender zapatos, solucionar los problemas económicos, cubrir las necesidades de la colectividad?, ¿que beneficio podía sacar de su escasa mercadería?
Con sus cajas de zapatos, unas ocho en cada brazo atadas con piolines, recorría las avenidas con andar cansino y a veces se paraba, con palabras de consuelo y esperanza.
-No te tomes sejorá (7), mañana lo veremos, decía palmeando las espaldas.
 En realidad, en ese Villa Crespo de los cincuenta, donde el chisme, las alabanzas y el agrandar y empequeñecer eran instituciones, no se podía saber qué parte era verdad, y además sabemos lo necesarias que son las proezas de los héroes.
 ¿Alguien deseaba un vestido?... Va, pídele a Jubardá.... ¿No conoces Mar del Plata?... Que te pague el viaje Jubardá... Hasta se le decía a un jugador empedernido o a un obrero desocupado: que te ayude el Dio (8)...y Jubardá.
Pero hay algo más. Esa triste mañana de jueves había que ir hasta su casa para avisar a la encargada y a los vecinos. Unas diez personas nos internamos por Gurruchaga hacia Warnes. La gente se fue agregando, hacía frío, la escarcha aceraba las veredas y a veces tropezábamos con trozos de pan mojado, alimentos de los gorriones y palomas que bajaban del campanario de la Iglesia de San Bernardo.
Llegamos hasta una puerta oscura, a medio abrir. Tres personas entraron a hablar; oímos un llanto cortado y después unos gritos.
-Somos los primos-, escuchamos los de afuera-, y tenemos que entrar a la pieza para buscar los documentos y preparar todo para el velorio.
Pasó un buen rato. Por fin atravesamos el zaguán, cruzamos el patio de baldosas, me escabullí hasta una pieza y otra vez durante ese día asomé la cabeza donde no debía.
Vi papeles desparramados por el suelo, el aparador revuelto, la cama deshecha y trozos de lana de colchón, hasta que una mujer entró con una escoba y bajó la cortina de juncos.
 Regresábamos hacia Corrientes, en silencio, hasta que por fin un hombre dijo:
-Lo que nos costó encontrar el nifus (9), sabíamos que era un alma de Dios, que se gastaba todo lo ganado en el día. Su alma habrá volado ya a Ganeden (10).
Esa noche soñé con una lluvia blanca de copos de nieve y con un yogurt al que le echaba azúcar que se sumergía hasta el fondo, y que el líquido se cerraba, dejando la superficie lisa, que prefería no revolver.
¿Qué edad tenía Jubardá?
…Ya no existe ni el bar “La Pura”, ni el café “Victoria”, ni la casa donde vivió, pero quizás alguien haya seguido pagando las leches merengadas y los capuchinos.
Además, ya que no se escuchan más los dichos populares, es una suerte que los hayan recopilado en antologías. Y cuando leo en un libro o revista: Hasta que al rico le viene la gana...pienso que nuestra lengua se fue formando desde hace más de mil años, el refrán no sabemos cuándo alguien lo pensó, otros lo transmitieron y el pueblo lo hizo suyo..., pero sí sabemos, el Dio tenga cargo, que no ha perdido vigencia.
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Notas:
(1) Lejos de nosotros.
(2) Moneda pequeña¸dinero.
(3) Bolsillo.
(4) Persona generosa; se emplea como antónimo de miserable o avaro.
(5) Picada que acompaña a una bebida.
(6) Suerte.
7) Preocupación
(8) Dios.
(9) Documento migratorio, pasaporte.
(10) El paraíso.

Imagen: Café “Izmir”, en Gurruchaga al 400 -ya desaparecido- lugar habitual de reunión de los sefardíes villacrespenses.
Crónica tomada de SEFARAires Nº41 / Año 2005. 

Acerca de la manga y de la manganeta



           
(De Luis Alposta)

En lengua española se llama manga a la parte del vestido en que se mete el brazo. En lunfardo se llama manga a una determinada manera de pedir algo. Hacer un mangazo, tirar la manga o mangar es sablear, solicitar dinero o algo prestado sin intención de devolverlo, pechar.
En el lenguaje popular, manga significa, también, conjunto de personas. Es por eso que, cuando los que mangan son muchos, no es redundante decir que se trata de una manga de mangueros.
La palabra pial designa al tiro de lazo que se arroja a las manos del caballo o novillo para voltearlo en su carrera: pialarlo, echar un pial, tirar un pial, se dice. “Que no manye que estás lista al primer tiro de lazo”, aconsejaba Celedonio Flores en "¡Atenti, Pebeta!" Y a ese lazo también se lo llama mangana, que viene del latín manganum, y es el que se le echa a las manos del animal cuando va corriendo, para hacerlo caer y sujetarlo.
De mangana deriva manganilla, con el significado de engaño, treta, ardid de guerra, sutileza de manos. Y de manganilla, tal vez como una deformación italianizada surge, con igual significado, manganeta. De ahí que, hacer una manganeta, signifique engañar, burlar, recurrir a una artimaña, esquivar a alguien tomándolo desprevenido, con amagues, con picardía.
Y así como la manganeta es un artilugio, están los que de la manga... hacen un arte.
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Ilustración: El mangazo. (Dibujo humorístico) 
Texto y dibujo tomados de "Mosaicos porteños", blog de L. Alposta.