27 ago 2014

Acerca de Vicente Greco y la orquesta típica



(De Luis Alposta)

La familia de los Greco vivía en el famoso conventillo El Sarandí, que estaba situado en el 1356 de la calle del mismo nombre. Allí vivían también, en la pieza número 15, la legendaria pareja de “la Moreira” y “el Cívico”. A ese domicilio solían concurrir, para escuchar el fueye de Vicente, nada menos que Evaristo Carriego, Roberto J. Payró y el Dr. José Ingenieros.
Vicente Greco, “Garrote”, uno de los valores más jóvenes y más talentosos de su generación, quien a los doce años de edad actuaba ya como ejecutante profesional, fue músico, bandoneonista, director y autor de recordados tangos, tales como El flete, Racing Club, La viruta y Ojos negros, entre otros muchos.
 Digamos ahora que ha sido él, en 1911, quien al ser requerido por la Casa Tagini para grabar sus tangos, adoptó la feliz denominación de Orquesta Típica Criolla, la que pasó a ser al poco tiempo Orquesta Típica a secas.
Y digo feliz denominación, porque fue a partir de entonces y hasta la fecha, que bajo este rótulo se diferencian perfectamente los conjuntos de tango, de todos aquellos que interpretan repertorios populares de otros géneros. En síntesis, Orquesta Típica, un sello de identidad que nuestra música popular debe agradecerle a Vicente Greco, además de sus inolvidables tangos.
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Imagen: Vicente Greco y su Orquesta típica criolla.
Nota y fotografía tomadas del blog de L. A.: Mosaicos porteños.

15 ago 2014

Sobre la buseca


(De  Silvia Long-Ohni)

En italiano, busecca –que solemos escribir buseca– , es una especie de guiso muy común en la Argentina y en Uruguay, aunque tal vez esto haya que referirlo a un cierto pretérito insinuado: plato casero y también de restaurantes baratos, este solo dato ya nos pone al borde de la nostalgia, sin perjuicio de que ahora tampoco las amas de casa son demasiado cocineras.
Los orígenes de la busecca son difusos: en España hay una preparación bastante semejante, los “callos”. Y en Italia, en la región de la Lombardía,  el dialecto de Varese menciona la büsèca (bu'zekka),  (del antiguo germánico butze, vísceras), suerte de sopa espesa preparada con mondongo.
Ese nombre originario se  convirtió en el dialecto lombardo en busa (panza) y derivó en bussech o busecca, de donde llegó al habla popular uruguaya y porteña no sólo para designar al plato del que hablamos, sino también para enriquecer al lunfardo con la expresión “busarda”, designación burlona del vientre prominente.
En el Río de la Plata, la aceptación alimenticia entre los criollos del consumo de las vísceras vacunas fue nula por años –“eso se le tira a los perros”–, a despecho del antecedente hispánico citado, por lo que no es arbitrario suponer que la ulterior difusión de esa costumbre más bien se debe a la influencia de la inmigración italiana. Sin duda, los genoveses de La Boca –no poco afines a los lombardos– tuvieron que ver con la imposición local y eminentemente urbana de la buseca.
 Naturalmente, la busecca sufrió modificaciones por la disimilitud de ingredientes que aquí pudieron hallarse e incorporarse: al mondongo –que es uno de los estómagos de la vaca– le sumamos papas, porotos o lentejas, chorizo colorado, ajíes morrones y tomate. A diferencia de muchos otros guisos, la gracia de la buseca consiste en que los ingredientes permanezcan sólidos al diente pese a que, entretanto, el hervor continúa hasta que el caldo se pone muy espeso; su nivel calórico es muy alto, lo que la vuelve grandemente recomendable en los días fríos, sobre todo acompañada con vino tinto.
Tanto aquí como en la vecina orilla, lo que entendemos por guiso de mondongo es variante directa de la “busecca lombarda”, aunque no cabe desdeñar la influencia subsidiaria de otros platos parecidos, también aportados por la inmigración de fines del siglo XIX, como los nombrados callos a la madrileña o a la asturiana, la trippa alla romana o alla fiorentina o de las tripes á la mode de Caen.
Lógicamente, un plato preparado con la panza de las reses es, con toda evidencia, propio de pobres, sobre todo en un país que, para aquella época, tenía cuatro veces más vacas que habitantes. Explica esto que su difusión fuese entonces rapidísima: por ejemplo, uno de los primeros libros uruguayos de recetas, El consultor culinario, de finales decimonónicos, trae seis versiones del guiso de mondongo, en algunos casos de oveja.
No olvidemos que a principios y mediados del siglo XIX, antes y después de su independencia, hubo un gran ingreso a la Banda Oriental de inmigrantes italianos, que dieron un marcado impulso a actividades como la horticultura y la gastronomía. Sus platos característicos pronto fueron adaptados a las condiciones locales y se fusionaron con especialidades españolas y criollas.
Curioso también es el nombre de mondongo. Se afirma, con bastante verosimilitud, que se trata de la deformación del vocablo español “mondejo” (panza de cerdo o carnero), difundida por esclavos recientes y todavía “bozales” –que sólo tenían nuestro idioma a medias–, y en cuya alimentación, justamente, abundaba esa víscera notoriamente despreciada por sus amos.
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Ilustración:  Buseca criolla servida en cazuela de barro.

13 ago 2014

Monumento a Juan Larrea



(Por Miguel Ruffo)

A Adolfo P. Carranza, primer director del Museo Histórico Nacional (MHN) le corresponden las ideas, iniciativas y asesoramiento a los artistas para erigir en la ciudad de Buenos Aires, monumentos destinados a perpetuar la memoria de los hombres que constituyeron la Primera Junta de Gobierno. Vale decir que si hoy la ciudad tiene en diversas plazas monumentos que recuerdan a los hombres de la Revolución ello se debe a Adolfo P. Carranza. 
Uno de los vocales de la Primera Junta fue Juan Larrea, tal vez injustamente olvidado frente a hombres de la talla de Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan José Castelli o Cornelio Saavedra. Pues bien, Juan Larrea perteneció a la burguesía comercial porteña, participó en la lucha contra los ingleses en 1806-1807, tuvo un rol activo en la polémica Revolución del 1º de Enero de 1809, luego fue, como ya dijimos, vocal de la Primera Junta, se pronunció a favor de Moreno, lo que lo condujo al confinamiento en el interior cuando el morenismo cayó en desgracia; luego fue diputado en la Asamblea del Año XIII y le cupo un papel fundamental en la formación de la flotilla que le permitió al almirante Guillermo Brown vencer a los realistas en El Buceo y sellar la suerte de Montevideo. Fueron muchas las alternativas posteriores en la vida de Juan Larrea: el exilio, tras la caída de la Asamblea en 1815, el regreso gracia a la ley del Olvido de 1822, la lucha por reconstituir su fortuna, la oposición al régimen de Rosas, nuevas expatriaciones y regresos y finalmente su suicidio en 1847. 
Vicente F. López dijo que “Era el más diestro comerciante y financista de su tiempo. Su especialidad culminante en ese ramo, le daba un influjo decisivo en la dirección y en el curso de los negocios públicos. Su vivacidad para comprender las necesidades del momento, para encontrar los recursos a crear y proyectar la manera de sistematizarlos, era tan reconocida que bastaba su dictamen para que se procediera de acuerdo a sus indicaciones.” (1)
El monumento que lo recuerda se levanta en la Plaza Herrera y cuando fue inaugurado en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo se pronunciaron discursos laudatorios, por parte de la comisión promotora de las esculturas de los hombres de Mayo y de la municipalidad, que recibía la obra de arte: Entonces se adelantó el contraalmirante Atilio Barilari –miembro de la Comisión gestada por Carranza para la erección de las esculturas–  y pronunció el siguiente discurso: “Felices los pueblos que saben honrar la memoria de sus benefactores, o saben rendir homenaje pagando el tributo debido a los que han comprometido la gratitud de la posteridad; porque los pueblos que así proceden tienen señalado un hogar prominente en el camino de la civilización y la grandeza.
Buenos Aires, como capital de la República, honrando a los próceres de la Primera Junta, o sea a los que formaron el primer gobierno patrio de esta parte del continente americano, se coloca en la senda venturosa que a de conducirla a ese destino.
Honor y gloria a la capital de la Nación Argentina, en cuyo seno germinó y se formó ese gobierno que fue el pedestal de nuestra libertad y el verdadero precursor de nuestra independencia.
[...] don Juan Larrea, una de las figuras más salientes de los miembros de la Primera Junta. Fue uno de los primeros comprometidos en el reducido número de los campeones que expusieron su porvenir y su vida preparando los acontecimientos de Mayo, y después formó parte de aquel gobierno que sin temor de equivocarnos podemos llamar, por sus hechos y proyecciones, famoso ante la historia, y aplicó en él todas sus energías, todas sus actividades y todos los sentimientos grandes y nobles que animaron su alma, para que irradiara los rayos de luz que debían iluminar el sendero de la emancipación.
[...]
Apagado el eco de los aplausos [...] se oyó la voz del intendente Guiraldes, quien dijo: “Como intendente de la ciudad de Buenos Aires tengo el honor de recibir este monumento, que entrego al respeto público. Él significa la expresión y el voto de los pueblos argentinos, el homenaje del sentimiento nacional, la consagración de uno de los más distinguidos miembros de la gloriosa Junta, de don Juan Larrea.” (2)
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Fuentes:
(1) Cutolo, Vicente Osvaldo; “Nuevo Diccionario Biográfico Argentino”, Elche, Bs. As., 1975, Tomo IV, pág. 92.
(2) “Memorándum sobre las estatuas inauguradas en 1910”, talleres gráficos Rinaldi Hnos., Bs. As., 1912, págs. 45-50.
Nota y foto tomadas del periódico "Desde Boedo".

10 ago 2014

Del teatro Odeón al Cafe du Croissant


(De Diego Ruiz)

Anda, este cronista callejero, recorriendo desde el año pasado cafés de Buenos Aires, especialmente aquellos que fueron protagonistas del nacimiento o el desarrollo del tango, pero cuando se disponía a continuar su periplo donde lo dejó hace un mes, en plena avenida Corrientes, una ráfaga de historia se le cruzó en el titular de un periódico tirado en el suelo: el 28 de julio se había cumplido un siglo del comienzo de la Primera Guerra Mundial, y sólo tres días después habían asesinado al único dirigente que no se dejó llevar por la locura chauvinista fogoneada por gobiernos y medios de comunicación.
Recordó entonces que en 2011, completando una serie de notas referidas a la Buenos Aires del Centenario, había escrito algunas semblanzas de personajes de la época, como el Payo Roqué, que encarnó con su dandismo uno de los aspectos –el más frívolo, si se quiere– del espíritu de la época, o a Evaristo Carriego, que fundó una poética inspirada en el pueblo, o a su “descubridor” Charles de Soussens, insigne dipsómano y centro de la bohemia intelectual durante más de dos largas décadas... Pero luego la cosa se complicó cuando entró en escena un médico de Boedo y San Cristóbal que protegió y alimentó –literalmente– a esos bohemios impenitentes, Martín Reibel, y como un matasanos llama a otro apareció Aldo Cantoni, médico de pobres, dirigente del Huracán de los primeros tiempos y destacado político socialista que más tarde sería gobernador de San Juan. Y como Cantoni había sido uno de los protagonistas de la ruptura del Partido Socialista a causa de la primera guerra mundial y fundador del Partido Socialista Internacional, la cosa terminó en algunos de sus conmilitones que trajinaron el barrio de Boedo, como Manuel Lorenzo Rañó, Rodolfo Ghioldi y José Penelón.
La cuestión es que a esta altura el relato se había independizado totalmente del cronista y seguía un curso a primera vista errático pero que, observado en perspectiva, denotaba los múltiples cruces e interacciones que van constituyendo la historia de una época. Repasando entonces lo escrito el cronista cayó en la cuenta de que a lo largo de esta cabalgata había mencionado en varias oportunidades la influencia ejercida por Rubén Darío durante su estada en Buenos Aires, entre 1893 y 1898, que revolucionó el remilgado campo artístico de la época y marcó a un par de generaciones de buenos y malos poetas, y se preguntó si habría alguna figura comparable en el terreno político que hubiera conmovido a esos hombres o muchachos anarquistas, socialistas o sindicalistas que protagonizarían las siguientes décadas de luchas sociales y culturales. Por suerte ese día las Musas estaban con el  cronista –cosa rara, realmente–, la respuesta no se hizo esperar y aquí va:
Una de las características del Centenario fue la afluencia de viajeros ilustres invitados a contemplar las “grandezas” de la joven Nación. Más allá de la Infanta Isabel de Borbón –la “chata” para los amigos–, cuyo principal aporte fue causar la instalación en la Casa de Gobierno de un ascensor, hoy de uso exclusivo presidencial, debido a que medía tanto de ancho como de alto y no podía subir más de dos escalones, vinieron invitados entre otros Georges Clemenceau, Anatole France y Adolfo Posada, que junto a Vicente Blasco Ibáñez, ya residente en el país, dictaron conferencias en el teatro Odeón y dieron a la imprenta sus impresiones sobre la Argentina y los argentinos. Blasco Ibáñez, en particular, publicó un impresionante tomo ilustrado bajo el título “Argentina y sus grandezas” con el que pretendía fomentar la inmigración y, de paso, sus emprendimientos en la Patagonia y en el Litoral, tema que merecería todo un callejeo.
Como vemos, en aquellos tiempos –y por muchas décadas más– las conferencias eran el furor de los porteños (recordemos el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa, hoy en día el Salón Dorado de la Casa de la Cultura) y, quizá para no ser menos, Juan B. Justo no tuvo mejor idea que invitar a pronunciar algunas en Buenos Aires a Jean Jaurès durante un Congreso socialista celebrado en Copenhague en 1910. A esa altura el francés, nacido en 1859, era la principal figura de la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), había fundado en 1904 el periódico L’Humanité y se había destacado junto con Emilio Zola en la defensa de Alfred Dreyfus, el oficial de ejército injustamente acusado de espionaje principalmente por su condición de judío. Seguramente Justo lo invitó por considerar su pensamiento afín, pues Jaurès no era estrictamente un marxista, sino que preconizaba una visión idealista, reformista si se quiere, del socialismo, que podría condensarse en su frase “[...] No es por el hundimiento de la burguesía capitalista sino por el crecimiento del proletariado por lo que el orden socialista se implementará gradualmente en nuestra sociedad”.
La cuestión es que Jaurès arribó a Buenos Aires el 1º de septiembre de 1911 y brindó cinco conferencias en el Odeón con su particular estilo oratorio. Pero acá empezaron los problemas. Jaurès era un orador poderoso, apasionado, que tronaba de pie mientras expresaba en amplios gestos..., tan amplios que en un momento uno de los puños de su camisa fue a parar al medio de la platea, circunstancia recordada por Ramón Columba gesticulaba –con dibujo incluido– en su ameno testimonio “El Congreso que yo he visto”. Pero esto hubiese sido lo de menos. La plana mayor del socialismo argentino era de una gran austeridad, una moralidad rayana en la mojigatería y acérrima enemiga del tabaco y el alcohol, tal vez por la profesión médica de gran parte de sus miembros. Y la cuestión es que Jaurès era una suerte de estereotipo del francés: rozagante, hedonista y pleno de vida, se comía todo, fumaba unos grandes habanos, bebía coñac como un cosaco y le apuntaba a cuanta falda se le cruzase, fuera ésta de una compañera o no.
Pero más allá de la anécdota risueña, Jaurès convocó a su paso por nuestra ciudad a multitudes que veían en él al apóstol de una nueva sociedad, al líder incorruptible que encarnaba a la Razón y a la Justicia en un mundo convulsionado que pronto estallaría en mil pedazos. Sería interesante, aunque imposible, saber cuántos jóvenes oyeron su palabra o la vieron impresa en los diarios de aquel tiempo; si los futuros internacionalistas, o boedistas, o artistas del pueblo conocieron su opinión de que “el proletariado era una fuerza histórica al servicio del derecho, de la libertad y de la humanidad”. Pero seguramente todos se conmovieron el 31 de julio de 1914 ante la noticia de que había sido asesinado a causa de su firme posición internacionalista en contra de la guerra. Una semana antes, en Lyon, había pronunciado un discurso responsabilizando a “la política colonial de Francia, la política hipócrita de Rusia y la brutal voluntad de Austria” por la situación bélica y llamado a los obreros de todos los países a  unirse para enfrentar “la horrible pesadilla”. Ese 31 de julio, tres días antes del inicio de las hostilidades, un oscuro personaje llamado Raoul Villain le disparó tres balazos. León Trotsky, en 1917, homenajeó a Jaurès en un artículo en el que describió la escena del crimen: “En 1915 visité el ya célebre Café du Croissant, situado a unos pasos de ‘L´Humanité’. Es un típico café parisino: suelo sucio cubierto de aserrín, banquetas de cuero, sillas usadas, mesas de mármol, techo bajo, vinos y platos especiales, en una palabra aquello que sólo se encuentra en París. Me mostraron un pequeño canapé junto a la ventana: allí fue abatido de un tiro el más genial de los hijos de la Francia actual”.
El Café du Croissant aún existe en el 146 de la calle Montmartre de París, mientras que el teatro Odeón, escenario de gran parte de nuestra historia, fue demolido gracias a un permiso otorgado por el ex Concejo Deliberante entre gallos y medianoche –que a esa hora se fragua lo inconfesable– para instalar una playa de estacionamiento..., aún existente. Sin comentarios...
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Imagen: Café du Croissant, en París.
Nota y foto tomadas del periódico “Desde Boedo”, agosto de 2014.

28 jul 2014

Santo Domingo y el porteño que voló

 

 (De Diego Ruiz)

El relato de cómo la vanguardia inglesa, en la invasión de 1807, recorrió la actual avenida Boedo de punta a punta motivó que más de un boedense o almagrino inquiriera si el dato era histórico o fruto de una férvida imaginación. En consecuencia, el cronista desea aclarar que si algo lo caracteriza es su total falta de imaginación, su abrumadora incapacidad para escribir ficción, aunque sea un cuentito para hacer dormir a los niños. La intención siempre fue contribuir al conocimiento de nuestra historia, ya fuese a través de la nomenclatura urbana o, a partir de hechos y sucedidos de los “cien barrios porteños”. Pero como la divulgación bien entendida significa también rigor y documentación, el cronista siempre ha citado escrupulosamente sus fuentes, no como ciertos posmodernos que llaman “intertextualidad” a copiarse páginas enteras de otro autor sin citarlo. Vaya toda esta parrafada antes de narrar las andanzas del coronel Dennis Pack en Santo Domingo y, como el relato va a incluir un suceso extraordinario, el cronista quiere desde ya cubrirse las espaldas ante las posibles acusaciones de mendacidad, exageración o simple macaneo.
Así pues habíamos dejado a los ingleses en los corrales de Miserere, donde Whitelocke tuvo la desdichada idea de aceptar el plan de ataque del general Lewison Gower que suponía que la población se encerraría en sus casas y solamente Liniers y sus bisoñas milicias les harían frente, por lo que las órdenes indicaban que la tropa marchara sin cargar sus armas, no debiendo hacer fuego en el camino por ningún concepto. Lo cierto es que el día 5 de julio, a las cinco de la mañana, los cuerpos ingleses avanzaron hasta las actuales Callao y Entre Ríos, formaron columnas y a las seis y media, tras unos tiros de cañón —algo así como el tañido de la campana en los combates de box— iniciaron la marcha. El grupo de columnas del Norte logró tomar la Plaza de Toros, el arsenal y el cuartel defendidos por el tercio de Gallegos. El grupo del Sur, que avanzó por San Juan, Cochabamba y Humberto I, pudo llegar a la Residencia (actuales Defensa y México) a las siete de la mañana y hacerse fuerte en la posición. Pero en la zona más poblada, entre Córdoba y Rivadavia, las seis columnas del Centro encontraron una fuerte resistencia en los cantones que se habían formado sobre la línea Suipacha-Tacuarí y al mediodía, tras sufrir enormes bajas, ya se habían rendido.
¿Y Pack por dónde andaba? Nuestro coronel formaba en la brigada ligera, que bajo las órdenes del general Craufurd avanzó por Belgrano y Venezuela. Coinciden los historiadores militares, como el insoslayable Carlos Roberts, en que al llegar a Perú —seguramente por sugerencia de Pack, que conocía la ciudad— decidieron tomar las iglesias de San Ignacio y Santo Domingo, luego la de San Francisco y así dominar el Fuerte. Así pues, Pack mandó al teniente coronel Cadogan a tomar San Ignacio por Perú mientras él lo hacía por Bolívar... y ambos cayeron en la trampa. A los fondos de San Ignacio estaba el cuartel de Patricios erizado de cantones y cañones que los desbarataron en instantes. Cadogan se retiró en desorden y se refugió en la “casa de la virreina vieja”, de Perú y Belgrano, donde le hicieron tal carnicería que, según testigos presenciales como Martín Rodríguez, por los caños de desagüe de los techos corría sangre, y Pack con Craufurd optaron por refugiarse en Santo Domingo. Al encontrar allí las banderas inglesas tomadas en la Reconquista —entre ellas la de su Regimiento 71— y exhibidas como trofeos, Pack ordenó izarlas en la única torre que por entonces tenía el edificio que en el ataque subsiguiente, en el que se concentraron todas las fuerzas porteñas de la zona sur, quedó cribado a cañonazos. A las tres y media de la tarde no quedó otra opción que rendirse al coronel Elío, que envió a Craufurd con 46 oficiales y 600 soldados al Fuerte donde fueron recibidos humanitariamente por Liniers. Sin embargo, nuestro personaje no pudo asomar la cabeza pues era “perjuro”: al rendirse el año anterior, junto con Beresford, había jurado no volver a tomar las armas contra el rey de España y ahora una multitud que lo había reconocido quería lincharlo. Pack estaba bien escondido por el prior del convento pero un sobrino de éste, el alférez de caballería José Antonio Leiva entró el templo a caballo, clamando por “llevarse a la cincha” al inglés. Mucho costó tranquilizarlo mientras el piadoso tío le encomendaba subir a la torre a recuperar la sábana que, como señal de parlamento, habían izado los británicos y retirar las banderas británicas. Subió el joven Leiva, pues, a la torre con la bandera española bajo el brazo y del arco del campanario arrancó la sábana y las insignias inglesas pero, como la cornisa estaba resbalosa por la lluvia que todo el día había caído, o más seguramente porque la estructura estaba debilitada por la artillería, la misma se desmoronó y el alférez emprendió vuelo hasta el atrio. Pastor Obligado, quien cuenta esta historia en sus Tradiciones porteñas, supone que las banderas que Leiva mantuvo aferradas en su caída actuaron en cierto modo de paracaídas, pero que también le fue favorable el piso de tierra del atrio que, por la susodicha lluvia, estaba convertido en un colchón de barro. La cuestión es que el subteniente la sacó barata: echando sangre por oídos, boca y nariz fue depositado en la cama del tío y, aunque lo dieron por muerto, pudo asistir el 25 de mayo de 1859 al homenaje que, tarde pero seguro, le realizó la Municipalidad, aunque no pudo disfrutar mucho de los discursos porque a consecuencias de la caída quedó sordo “tapia” por el resto de su vida.
Mientras le daban a Leiva los primeros auxilios, salió Pack de su escondite, preguntando por el “oficial que había querido cincharlo” y, al enterarse de su caída, sólo se le ocurrió comentar: “Regular salto... Treinta yardas...”. ¡Oh, estos hijos de la rubia Albión! Pero luego se convirtió en devoto enfermero del porteño hasta que Liniers pudo sacarlo a salvo de su escondite y enviarlo a Inglaterra en el canje de prisioneros. Ya no regresó al Río de la Plata; como algunos de sus conmilitones pasó a combatir a Napoleón en territorio español y al igual que Craufurd y Cadogan, que allí dejaron la vida, participó en numerosas batallas llenándose de gloria bajo las órdenes de nuestro ya conocido Beresford. Fue herido ocho veces y estuvo presente en Waterloo al mando de una brigada inglesa, donde nuevamente fue herido y mereció que Víctor Hugo lo mencionara en su magistral descripción de la batalla en Los miserables.
Como han dicho los historiadores, el más poderoso ejército de su tiempo fue batido no una, sino dos veces, por milicias de tenderos y almaceneros, a lo que el cronista callejero agrega: y de esclavos, indios, mulatos, capataces de carretas y lúmpenes varios, todos vecinos de aquella lejana Buenos Aires. Y el cronista no puede olvidar que uno de esos vecinos, tan vecino que vivía a metros de Santo Domingo y que asistió a la rendición de Pack y Craufurd, era un mayor de Patricios llamado Manuel Belgrano.
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Ilustración:  Cuadro de época que muestra como era la iglesia de Santo Domingo en el momento del que habla esta nota.

18 jul 2014

Almacén Julio




(De Carlos Cantini)

 En Floresta, en pleno epicentro febril de comerciantes, manteros y vendedores ambulantes, en la esquina de Concordia y Aranguren, a una cuadra de la calle Avellaneda y dos de Cuenca, en una construcción de 1913 resiste heroico e inmutable el Almacén Julio (o de Don Julio).
Julio fue un inmigrante libanés de apellido Jalil, pero como a tantos otros no hispano parlantes llegados desde muy lejos entre la pronunciación y lo que los vecinos entendían le quedó “Julio”. Su nombre real era Mohamed. Y también, como de costumbre, le decían “turco” siendo justamente de estos de quienes había escapado hacia tierras más amigables. En 1938 compró el local donde ya funcionaba uno de los tantos almacén-bar que tenía Buenos Aires. Con los años la normativa municipal los reconvirtió en almacenes. Don Julio vivió hasta 1983 y vio transmutar el barrio de comerciantes árabes y judíos hacia coreanos. Un auténtico combo multicultural. Lo que se mantuvo inalterable fue su almacén que lo continuó su segundo hijo a quien llamó como lo dictaba su historia de vida: Julio.
Desde 2011, la tercera generación Jalil, nietos de don Mohamed, siguen al frente con la tradición familiar, pero incorporando al gran espacio para la clientela lo que antiguamente era una pieza aledaña y sumando mesas para tomar café o comer y, a  veces, escuchar recitar o cantar unos tangos.
No conocí el almacén antes de la modificación, pero puedo asegurar que si Leila (hija de Julio y nieta de Mohamed) no me lo contaba es imperceptible. El resto de la carpintería, estanterías, adornos, publicidades, son las originales y propias de la casa de una misma familia a la que no se la han hecho cambios significativos en 80 años.
Entrar al Almacén Julio a tomar algo o comer es un privilegio insospechado en una Buenos Aires de mutaciones permanentes. Los vecinos de Floresta tienen allí un auténtico templo de cultura barrial originaria. Y los que vayan de compras por la zona y no lo visiten se habrán perdido la oportunidad de entrar en la vida de uno de tantos inmigrantes que poblaron nuestra ciudad y que todo lo que tiene para contar lo preserva en su lugar, con los aportes lógicos para que además de las compras diarias de pan, fiambres, etc. se pueda pasar un rato acogedor sin puestas falaces o guiones poco creíbles.
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Imagen: Esquina del Almacén  Julio en Concordia y Aranguren.
Nota y fotografía tomadas del blog Café contado.

17 jul 2014

Tor: clásicos, literatura y policiales por moneditas



(De Víctor O. García Costa)

Tor es el apócope del apellido de Juan Carlos Torrendell, nacido en Palma de Mallorca en 1895, que usó para denominar la editorial que fundó en Buenos Aires y que es motivo de esta crónica.
Juan Carlos Torrendell era hijo de Juan Torrendell, también nacido en Palma de Mallorca el 31 de agosto de 1869 y que habría de morir en Buenos Aires el 12 de marzo de 1937. Comenzó a publicar en el Semanario Católico de su ciudad natal, que dirigía José Miralles y Sbert (1860-1947). Miralles y Sbert, ordenado sa­cerdote en 1884, obispo de Lleida (1914), de Barcelona (1925) y de Mallorca (1937), enrolado en el clero franquista y que regis­tra en su haber la bendición de aviones italianos que llegaron para intervenir en la Guerra Civil Española, masacrando al pueblo español.
Juan Torrendell, seminarista frustrado, después de pu­blicar en La Almudaina, de Palma, llegó a Montevideo, República Oriental del Uruguay, en plena juventud, para dedicarse al periodismo y a la crítica literaria. Comenzó su labor en El Día, de Montevideo, firmando sus artículos con el seudónimo de "Blan­dengue". En esa ciudad dio a luz su primer libro: El picaflor, novela de costumbres sociales (1891), al que siguieron La ley y el amor, drama (1894), Pimpollos, novelitas breves (Barcelona, 1895), Currita Albornoz, comedia inspirada en Pequeñeces del sa­cerdote Luis Coloma (1851-1915) -estrenada en el Teatro Principal de Barcelo­na y en el Teatro Princesa de Madrid-, La familia Roldán, come­dia (1898) y dos obras de teatro, en catalán: Els encarrilat (drama estrenado en el Teatro Novedades de Barcelona, 1901) y Els dos esperits (drama estrenado en el Teatro Español de Barcelona, 1902).
 Don Juan Torrendell regresó a España y en Barcelona pu­blicó sus trabajos en La Ilustración Ibérica, dirigió La Última Hora y el semanario Fígaro, fundó y dirigió La Nova Palma y La Veu de Mallorca. En Barcelona  fundó La Cataluña, revista que apareció entre 1907 y 1910 para difundir el pensamiento de Soli­daridad Catalana. Se vinculó al político y economista Francisco de Asís Cambó y Batlle (1876-1947), el mayor inversionista en la Compañía Hispano Argentina de Electricidad,  CHADE, antecedente de la CADE,  -fallecido en Buenos Aires- y apoyó sus campañas desde La España Grande. En 1910 regresó a Montevideo donde fundó El Co­rreu de Catalunya y en 1912 se afincó en Buenos Aires vinculándo­se con los ambientes literarios de su tiempo. Así, fue redactor de El Diario Español y colaboró con las revistas Nosotros y Atlántida, especialmente como crítico literario. En Buenos Aires publicó El año literario (1918), con prólogo de Constancio C. Vigil (1876-1954), Los concursos literarios y otros ensayos críticos (1926), La literatura catalana  en su actual renacimiento (1928), Las lenguas de España (1933) y Crítica menor, en dos tomos, aparecidos en 1933 y 1934, respectivamente. Durante seis años integró el Jurado de los Con­cursos Municipales de Buenos Aires.
Su hijo Juan Carlos Torrendell, como decimos, motivo principal de esta nota, nació en Palma de Mallorca el 25 de oc­tubre de 1895 y murió en Buenos Aires el 11 de enero de 1961. Tenía 12 años cuando vino a Argentina y rápidamente se vinculó con las actividades relativas al libro. Trabajó en la librería La Facultad, de Juan Roldán, que importaba libros de España y que hacía, también, de editorial, con local en Florida 359. El 16 de junio de 1916, a los 20 años de edad, fundó la Editorial Tor, que revo­lucionó la producción editorial, con talleres en Río de Janeiro 760.
El sello editorial era una suerte de escudo con una barca en medio del oleaje y con una leyenda que decía: Contra viento y marea y así fue su labor editorial.
Tuvo locales de venta al público en la calle Florida y, también en la calle Maipú. Durante una crisis financiera, instaló en su local una gran balanza y ofreció y vendió libros por kilo: 1 kilo de libros m$n 1, y 2 kilos de libros m$n 1,50. Esta mo­dalidad fue muy criticada por la Academia Argentina de Letras, que se oponía a que el libro se vendiera como cualquier mercancía de almacén.             
Las ediciones de Tor eran económicas, en papel diario, con tapas en papel satinado y con dibujos  anónimos en colores. Alguna vez, con los cantos coloreados.
Entre sus “exclusividades” estuvieron las novelas román­ticas de M. Delly, César Duayen y Pedro Mata, las poesías de Ama­do Nervo y las obras de Anatole France, Manuel Gálvez, Knut Ham­sun, Giovanni Papini, Marcelo Peyret, Eça de Queiroz, Eduardo Za­macois, Stefan Zweig, entre muchos otros.
Entre esa literatura romántica, resubida de tono para su tiempo y hoy más pálida que el rostro de Manón, publicó El árabe y El hijo del árabe, de F. M. Hull, con cuyas lecturas muchas jovencitas soñaban ser ellas la raptada Virginia Mayo, llevadas a las are­nas calientes de Arabia y poseídas por estos poderosos persona­jes, y que mi hermana Nieves leía a escondidas de mis padres, seguramente con iguales esperanzas,  lectura que yo usaba como factor de extorsión para que pusiera la mesa y levantara los pla­tos y que ella me devolvía amenazándome con decir a mis padres que yo, a los 8 años, fumaba y guardaba el atado de "Combinados" en el ropero, en un bolsillo interior de mi sobretodo. 
Tor editó, del citado Marcelo Peyret: Alta Gracia, Car­tas de amor, Mientras las horas pasan, Padre nuestro y, sobre to­do, Los pulpos, cuya lectura era conceptuada como alta y grave­mente pecaminosa, casi delictual. En esa misma onda, también pu­blicó Naná,  novela de Emilio Zola y Safo de Alfonso Daudet, cu­yas lecturas eran pecado mortal.
También editó y difundió Mi Lucha, de Adolfo Hitler, El fascismo, de Benito Mussolini y Mirando adelante de Franklin De­lano Roosevelt.
Dentro de la colección El Pensamiento Argentino publ­icó, de Juan Bautista Alberdi, Las Bases y El crimen de la gue­rra; de Agustín Álvarez, ¿Adónde vamos?, El mundo moral, Historia de las instituciones libres y La transformación de las razas en América; de Miguel Cané, Juvenilia; de Godofredo Daireaux, Los milagros de la Argentina, de Esteban Echeverría, El matadero; de Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Recuerdos de provincia y Viaje a los Estados Unidos; de José María Ramos Mejía, Las mul­titudes argentinasSimuladores del talento; de José Ingenie­ros, El hombre mediocre, La simulación en la lucha por la vida, Las fuerzas morales, Hacia una moral sin dogmas, Las doctrinas de Ameghino, La locura en la Argentina; de Manuel Gálvez, Vida de Sarmiento, Vida de Rosas y Vida de Hipólito Yrigoyen, además de Nacha Regules, Historia de arrabal y otras, de Julio y Rodolfo Irazusta La política británica en el Río de la Plata; de E. M. S. Danero, Toda la historia de las Malvinas.
También editó los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, un relato novelado de la historia de España, y lo hizo en una gran cantidad de tomitos accesibles al bolsillo popular.
Entre las exclusividades de Tor estaba la Colección En­canto de cuentos encuadernados ilustrados, para niños y adoles­centes, iniciada con Simbad el marino y al que seguían Pulgar­cito, Alicia en el país de las maravillas, Gulliver en el país de los enanos, Aladino y la lámpara maravillosa, Caperucita Roja, El Príncipe Copete, Piel de asno, Alí Babá y los 40 ladrones, etc.
En la década de los años '40, para su Colección Los Maestros de la Música, editó las biografías de Beethoven, Wagner, Gounod, Verdi, Massenet, Mozart, Schubert, Schumann, entre muchas otras.
Hacia la década de los años 50 publicó la Enciclopedia de Gómez Nerea-Feud, con 10 títulos iniciados con Freud y el chiste equívoco y concluidos con Freud y su manera de curar.
En el área de las novelas policiales Tor editaba las Aventuras de Mister Reader, con una producción de una aventura por semana. Mister Reader era, aparentemente, un anciano policía de Scotland Yard que transitaba los sórdidos barrios londinenses y que sólo usaba como arma un pedazo de cubierta neumática que llevaba dentro de su infaltable paraguas, que jamás abría, y que estaba muy vinculado a algunos viejos delincuentes retirados que le pasaban información, uno de ellos apodado "el Ratón". Todos los adolescentes de mi generación disfrutábamos con las andanzas de Mister Reader y, alguna vez, con libritos de la Colección Ras­tros que publicaba Acme Agency, pero que era algo más cara. Los policiales del Séptimo Círculo, que editaba Emecé, no estaban al alcance de nuestros jóvenes escuálidos bolsillos.
Recuerdo una dura polémica sobre los libros de Tor, en medio de otra polémica mayor, de carácter político, desatada en el seno del Partido Socialista después del golpe militar de 1955 y antes de las elecciones presidenciales de 1958. Las cabezas vi­sibles de esa polémica eran, por un lado, el profesor José Luis Romero (1909-1977) y, por otro lado, el profesor Américo Ghioldi (1899-1985). La confrontación incorporaba polemistas de ambos lados, cuyas largas tiradas recogía el órgano oficial del Parti­do, La Vanguardia, que por entonces dirigía la doctora Alicia Mo­reau de Justo (1885-1986).
José Luis Romero, historiador e investigador depurado, cuestionaba a sus contrincantes políticos, devenidos en contrincantes literarios, porque en sus citas mencionaban las ediciones de Tor, aduciendo que las traducciones no eran exactas y que no siempre los textos estaban completos, lo que ponía como locos a los "ghioldistas" que sostenían que Romero, profesor uni­versitario y ex Rector de la Universidad de Buenos Aires, debía de tener buenos recursos como para comprar otras ediciones más cuidadas, pero que los trabajadores socialistas apenas podían acceder a la lectura gracias a los libros de Tor.
En lo personal, debo decir que desde que me interesé por los libros, sobre todo en los primeros tiempos en que conté con algunos recursos de un remanente que me quedaba de mi sueldo como cadete -civil o administrativo- de la Municipalidad de Bue­nos Aires, no sólo compraba libros de Tor, sino también de Calo­mino, libros muy baratos que rara vez superaban los m$n 0,50 el ejemplar. Usados, en las mesas de saldos, se compraban por m$n 0,10 y m$n 0,20.
Cayetano Calomino, a quien también es bueno recordar, editor de La Plata, en la calle 7 Nros. 152/66, publicó para una Biblioteca de Cultura Integral, obras de Plejanov, Stalin, Glas­ser, Engels, Lenin, Marx, Sobolev, Serafimovich, Shestakov, Glad­kov. Liebknecht, Luxemburgo, Schire, etc. y, para su colección Ediciones Populares Calomino, obras de Rilke, Wolf, Delly, Fran­ce, Stendhal, Wilde, Turguenev, Maupassant, Balzac, Gorki, Puschkin, Bjoernson, Queiroz, Chateaubriand, Loti, Dostoievski, Conan Doyle, Bocaccio, Daudet, Darío, Andreiev, Berlioz, Kuprin, Voltney, Verlaine, Zola, Poe, etc.
 Juan Carlos Torrendell tuvo 7 hijos: Carlos Enrique, Jorge Mario, Ofelia Margarita, Miguel Ángel, Juan Carlos, Julio César y Ana María, vivió en Vicente López muchos años y murió en Buenos Aires el 11 de enero de 1961.
En las páginas de los libros de Tor, los jóvenes de mi generación, que trabajábamos y estudiábamos y por entonces poco o nada sabíamos de cuidadas ediciones, tuvimos la posibilidad de conocer a los clásicos de la literatura universal y argentina. De ahí que siempre haya tenido para Tor, como para Calomino, un afectuoso y agradecido recuerdo. Tanto es así, que a pesar de tener de esos libros en buenas ediciones, atesoro cientos de libros del sello editorial  Tor y los conservo impecables.
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Imagen: Librería de la editorial Tor en la calle Maipú, en Buenos Aires.
Material tomado del periódico barrial  ABC.Almagro+Boedo-Caballito.

11 jul 2014

Sodoma al sur



(De Mario Sabugo)

Como la Nada, el Vacío y otras negaciones, el Desorden es –también– un seudoconcepto; y cualquier escéptico de ello puede recorrer y revisar la “Evolución creadora” de Bergson, en busca de una fundamentación profunda.
Aquí, para nuestro tema, interesa más que nada lo que implica ese seudoconcepto en relación a la ciudad.
Ante todo, deberíamos quitar del asunto la idea de “perversidad”, que es poco pertinente, indemostrable y, en todo caso, poética. Lo de la “ciudad perversa” puede comprenderse como un grito de batalla metafórico, pero no tiene ninguna utilidad operativa. No hay ninguna relación lógica entre “ordenamiento” y “perversidad” ya que no es difícil imaginar –ni encontrar– realidades urbanas (y no urbanas) muy ordenadas y a la vez completamente perversas. La perversidad puede subsistir a pesar de que se tenga buen asoleamiento, visuales amplias o privacidad.
Sodoma y Gomorra pudieron ser igualmente ordenadas o “desordenadas”. Y si nuestra Buenos Aires fuera, por desgracia, esencialmente “perversa” no se corregiría con la más ingeniosa planificación física; el Señor no castigó a Sodoma y Gomorra con autopistas o determinados factores de ocupación del suelo, sino que optó –directamente– por el azufre y el fuego. 
Es también necesario insistir en que la idea de “la ciudad como caos” es una idea históricamente constante: nos la encontramos en la oposición de Platón contra Atenas y en los conflictos feudales-burgueses; en los anacoretas y en sus recientes émulos “hippies”; se la reconoce en la reseña de los Withe titulada El intelectual contra la ciudad, que exhibe en esa postura a tantos pensadores yanquis entre Emerson y Wright; algo de ello aparece, entre nosotros, en un Martínez Estrada.
El seudoconcepto del “desorden” es inconveniente porque nos limita y nos separa de lo real: buscamos el orden “a”, no lo reconocemos, decimos que hay “desorden” y concluimos la operación. La ciudad verdadera, por el contrario, tiene un orden “x”, un orden distinto, que no hemos comprendido, porque hemos supuesto (“a priori”) que el único orden posible era el que buscábamos. Así se acaba suplantando lo que existe por la sombra de una idea.
Por otra parte, y así como se dan, en potencia, tantas órdenes como ciudades, en rigor todos ellos (el orden “a”, el orden “x”, el orden “n”) son relativos; no siendo lo mismo la “ciudad” para el porteño que para el neoyorquino, para el correntino o para el veneciano.
Precisamente por esta relatividad de las visiones y experiencias urbanas (paralela a la relatividad de las visiones filosóficas, históricas e incluso científicas), es que los enfoques no pueden dejar de ser, inevitablemente, subjetivos.
Se podrá, a lo sumo, distinguir si la subjetividad es individual o colectiva. Pero no es aceptable que dejemos de lado nuestro propio existir, nuestras historias y afectos cuando debemos tratar el tema del ambiente en que vivimos. Desentenderse de lo relativo, de lo subjetivo, es la misma cosa que suponer que existiría un solo orden universal –y solo uno–  válidos para las ciudades.  
Piénsese, por ejemplo, en los tipos (o sea, los órdenes) urbanos magistralmente esbozados por Chueca en su Breve historias del urbanismo: lo anglosajón, lo mediterráneo clásico, lo islámico, son irreductibles entre sí. Y ante el último, ante la ciudad islámica, nos sentimos siempre tentados de calificar como “desorden” lo que es irregularidad, manera de constituir un grupo de viviendas o determinado uso y concepción de lo público.
Las relatividades no sólo se expresan en distancias kilométricas; entre muchos  planes destinados a ella y la Buenos Aires real también está la distancia de muchos miles de tangos jamás escuchados.
El seudoconcepto del “desorden” conduce casi siempre a ciertas prácticas muy conocidas. Se niega el orden verdadero, el orden porteño, y todo se refiere luego a un orden universal, que se intenta introducir por la ventana, a caballo del mayor o menor prestigio del proponente. Se trata, como lo expresaba Ramón Gutiérrez en S.C.A. de “superponer” planes sobre la ciudad concreta, recordando lo sucedido con los planes ingleses y franceses del siglo X IX, e incluso los más cercanos de Bonet y Kurchan.
Al estilo del Moisés que desciende del Sinaí con las Tablas del la Ley, se exige a “la gilada” que abandone, de una vez por todas, el becerro dorado del eclecticismo y el trazado indiano; con la pequeña “diferencia” de que ninguna voz divina resonó en los congresos del CIAM, muchos de cuyos productos urbanos son cabal demostración de tal silencio. El “orden”, aunque no lo explicite la arquitectura Dodero, está sin embargo denunciado por la torre proyectada por Williams en el ‘48, cuya prole se expone a la consideración del público en el área de Catalinas Norte.
Finalmente, son dignos de comentario otros conceptos de la arquitectura Dodero, que se pueden relacionar con todo lo anterior. En primer término, el concepto de “down-town”, sector que –infructuosamente– podemos tratar de rastrear consultando mapas, guías, tacheros y centros de información, sin que nadie pueda aclarar por dónde se lo encuentra en Buenos Aires, no dejando por ello, el “down-town” de ser un magnífico nombre para “discoteca” o restaurante finísimo en la zona bancaria; siendo mucho menos grave la importación de conceptos para estos frívolos fines que para la teoría de la ciudad. En segundo término, es notable la crítica de la arquitectura Dodero al Barrio Norte si se tiene en cuenta que Odilia Suárez ha sostenido últimamente (en la S.C.A. y en “Summa”) que ese barrio es una “excelente alternativa residencial”, lo que haría lamentable que fuera invadido por las oficinas del Área Central en expansión; proponiendo a cambio que ese crecimiento se oriente hacia el Barrio Sur, eliminando las regulaciones actuales. Y si, como es probable, la arquitectura Dodero piensa también en el Barrio Sur cuando nos habla acerca de “down-town” o de sectores “desjerarquizados y obsoletos” cercanos al Área Central, comprobaríamos que dicha parte de la ciudad se revela como una víctima predilecta del moderno orden universal, fuera por los argumentos que fueren (con Barrio Norte malo o Barrio Norte bueno): “Palos porque bogas, palos porque no bogas”. Víctima predilecta, el Barrio Sur,  que acelera día a día el apetito de los “ordenados” y sus topadoras, porque, precisamente, no calza bien en los moldes universales: no es históricamente homogéneo, produce una discontinuidad en aquella expansión central, y todo lo que se declara habitualmente mientas se guarda en la manga la última adaptación del  Plan Voisin.
No hay en Buenos Aires, como en ninguna otra parte, un “desorden”; no hay un orden específico, relativo a su gente y a su historia. Orden porteño que no deja de existir porque no lo comprendamos, ni tampoco porque tenga los innumerables defectos que todos reconocemos, pero que se podría intentar corregir sin abandona su esencia, su identidad. 
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Imagen: Destrucción de Sodoma y Gomorra. (De un grabado medieval).
Nota tomada del libro: La ciudad y sus sitios, de Rafael Iglesias y Mario Sabugo; Bs. As, 1987.                                                                                                                                                                                                                                                                                        

10 jul 2014

Berretín



(De Enrique Cadícamo)

Nada tengo que hacer en la rueda del feca
ni en la alegre tenida de las barras nocturnas.
Mi berretín fue siempre agarrar una lleca
y andar monologando con mi alma taciturna.

Aunque fulero el viaje, siempre me abro soñando
y nunca espero nada sentada en una silla.
Tengo alma de jaliva y siempre voy buscando
sensación de distancia. Soy campeón de la milla.

Yo sé que en este tren de taco, suela y punta,
no he de encontrar la nami que haga conmigo yunta
pa curar mis fatigas de neura y andarín.

Pero igual sigo tras de ese imposible ansiado
y añorando mis tiempos de cuando era soldado
de un  hombro al otro echo mi loco berretín.
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Imagen: Enrique Cadícamo (Foto tomada del sitio malena-tango.com)

9 jul 2014

Barquilleros


 (De Enrique Espina Rawson)

 Parece que en España todavía existen. En Buenos Aires hace rato que no se los ve más. Hasta la década del 40, quizás algo de los 50 su presencia era habitual en las plazas y luego, paulatinamente la especie se fue extinguiendo sin que ninguna asociación conservacionista denuncie su extinción.
Enfundados en un largo guardapolvo y gorra gris, anunciaban su llegada haciendo sonar un triángulo de metal, para atraer la atención de la clientela menuda. No hacía falta, por cierto. Su presencia era detectada sin necesidad de aviso de ninguna índole.
El barquillero -tal era su apelativo y su oficio- portaba ceremoniosamente un recipiente de metal, de aproximadamente un metro de alto, cilíndrico, muy parecido a los rojos buzones de la esquinas, que colocaba en el suelo mientras era rodeado por los chicos, que pugnaban por ser atendidos.
Pero digamos primero, para quienes no saben, que era el barquillo. Consistía en una masa de harina de maíz tostada, sin levadura, confeccionada con miel y huevo. Es la misma, a muy parecida, a la de los cucuruchos de los helados. En aquellos años, de placeres infantiles más modestos, esta golosina, superada hoy infinitamente por toda clase de combinaciones del consumismo, constituía una verdadera y codiciada atracción.
Según parece, el nombre de barquillero y barquillo, proviene del hecho que los primeros productos- imaginamos que en España- tenían una forma curvada similar a la de un bote, y de ahí devino el característico nombre, y, lógicamente, quien vendía barquillos no podía ser otra cosa que barquillero.
En Buenos Aires, aún cuando persistía la denominación original, el diseño había sufrido modificaciones importantes, ignoramos si por afán de modernidad, o por simples cuestiones utilitarias. En efecto, el mítico barquillo original se había convertido en una redonda plancha de masa replegada sobre si misma, casi como un cartón doblado, y su superficie estaba marcada por una cuadrícula en relieve, sin duda producto del molde sobre el cual se cocinaba. Lamentablemente, la historia, tantas veces ingrata con los precursores, no ha registrado el nombre del innovador que introdujo esta nueva técnica, como tampoco el de quien imaginó la novedosa estratagema que impulsó considerablemente las ventas.
En efecto, la astucia de este ignorado talento de las finanzas, seguramente inspirado en la vieja máxima que nos aconseja unir lo útil con lo agradable, lo hizo avanzar un paso más allá, y en un rapto de genio, entrevió la clave del éxito: vinculó la nutrición con el juego.
El negocio funcionaba así. El niño pagaba un único precio, digamos 10 centavos, y con este sencillo requisito ya estaba en condiciones de participar. Como hemos dicho, y esta es la clave, el recipiente era cilíndrico, de un diámetro que podríamos calcular en unos cuarenta centímetros, y en la tapa tenía instalada una especie de ruleta.
Creemos recordar que en el borde seccionado del artilugio, en vez de los números de las ruletas verdaderas, tenía espacios alternados numerados del 1 al 3. El reglamento de la casa era muy simple: el consumidor o jugador, como se prefiera, debía accionar el eje central que giraba adosado a una lengüeta larga, que finalmente se detenía en alguno de los casilleros mencionados.
Quien lograba el número 3 tenía, además de los tres barquillos, la satisfacción inenarrable del triunfador, seguramente similar a la de los legendarios jugadores que alguna vez lograron desbancar al Casino de Montecarlo; algo menos para quienes embocaban el 2 y el que sacaba el 1 quedaba conforme, porque al fin y al cabo, era el precio básico del barquillo. En suma, en última instancia nadie perdía, y todos se retiraban contentos a saborear el inefable barquillo y siempre se podía volver a tentar fortuna, si se contaba con el capital necesario. Algún moralista podría objetar que se estaba iniciando a la niñez en los escabrosos senderos del vicio al vincularlos a tan temprana edad con la compulsión del juego, pero no creemos que la desaparición de este personaje de las plazas porteñas se deba a una denuncia de esta índole. Simplemente se ha extinguido por el cambio de las costumbres, de los gustos, de la vida, en definitiva.
En algunas plazas existen ahora kioscos o carritos con venta de bebidas y panchos que, desde luego, no tienen nada que ver con nuestro injustamente olvidado barquillero y la precursora e inocente ruleta sin bolilla, que deleitó a varias generaciones de chicos porteños.
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Imagen: Barquillero.
Nota tomada de la página Fervor x Buenos Aires.

5 jul 2014

Monumento a la Cordialidad Argentino Uruguaya



(De Miguel Ruffo)

En 1936, en ocasión de festejarse el cuarto centenario de la Primera Fundación de la ciudad de Buenos Aires, en la misma se erigieron o comenzaron a erigirse algunos monumentos. Uno de ellos es el de la “Cordialidad Internacional” o “Cordialidad Argentino Uruguaya” que le fuera obsequiado a la ciudad de Buenos Aires por su vecina de la otra orilla del Río de la Plata, la ciudad de Montevideo. La iniciativa para la erección de esta magnífica obra de arte surgió del Rotary Club de Montevideo en septiembre de 1935. Para llevarla adelante constituyó un “Comité Pro Monumento a la Cordialidad Internacional de la ciudad de Montevideo a la ciudad de Buenos Aires”, organizando una colecta popular para recaudar los fondos necesarios. Se recolectaron $ 10.272 que fueron entregados a la Municipalidad de Montevideo, que cubrió la diferencia necesaria hasta redondear los $ 40.000. Se convocó a concurso para premiar a la obra ganadora, que resultó ser el trabajo presentado por el escultor Antonio Pena y el arquitecto Julio Villamajó. En la actualidad el monumento se levanta en Parque Lezama frente a la avenida Martín García. Esta formado por una pequeña embarcación, de la que se destaca la proa, con una columna rostral al centro y una escultura, denominada “La Ofrenda” a modo de mascarón de proa. La columna que es el eje de la composición tiene cuatro metros de diámetro y quince metros de altura y esta asentada sobre la nao, que presenta dos alerones que tienen grabados “caballos marinos”. El conjunto de la obra nos remite a la antigüedad clásica. En la parte anterior de la columna están representadas un conjunto de constelaciones del cielo austral que brillaron el día de la fundación de Buenos Aires y también algunas constelaciones zodiacales: Aries, Acuario, Sagitario, Escorpio y Capricornio. Recordemos que las constelaciones recibieron sus nombres antes de que los hombres distinguiesen su condición de zodiacales en la antigua Grecia. Sus denominaciones hacen referencias a las historias o cuentos que escuchaban por las noches en torno a un fogón narradas posiblemente por un anciano de la comunidad. Es así como el cielo representado en la columna nos remite a antiguos lenguajes cosmogónicos. Pero aquí no se agotan los lenguajes de la columna. En la parte posterior, en el registro superior, están representados los conquistadores españoles enfrentando a un grupo de aborígenes. Entre los españoles, distinguimos a don Pedro de Mendoza a caballo con la cruz en la mano. Sobre las cabezas de los españoles están las carabelas con las que hicieron la travesía transoceánica. Es el momento de la conquista. En el registro medio, pasamos a otro momento de nuestra historia: el de la independencia y entre los personajes representados se encuentran Manuel Belgrano enarbolando la bandera y José de San Martín con su sable. También están representados en forma sedente: Domingo Sarmiento y Juan B. Alberdi. Finalmente, en el registro inferior, se representa al Río de la Plata, que une a las dos ciudades, coronado por dos doncellas que representan el Paraná y el Uruguay. Cierran la composición dos figuras femeninas, que portan los escudos de ambas ciudades. Asimismo, este lenguaje histórico es rematado por otro de características naturales, con la representación de un yacaré y diversos peces; así como también ostras, valvas, hipocampos, cangrejos, langostinos, etc.
Más arriba señalamos que otro componente del monumento era la escultura femenina denominada “La Ofrenda” que nos hace recordar a la “Victoria de Samotracia” en el Museo del Louvre en París. La columna rostral y la escultura descansan sobre una pequeña embarcación, a la que el autor le dio el carácter de esquife (pequeño barco que llevan los navíos para desembarcar en las costas). La nao representa la unión de ambas capitales por medio de la navegación del Río de la Plata.
Como ya señalamos, “El Monumento a la Cordialidad Internacional” conocido también como “Monumento a la Cordialidad Argentino Uruguaya” se levanta actualmente en el Parque Lezama, que es el “Parque Fundacional” de la ciudad de Buenos Aires.
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Imagen: Vista de un fragmento del  Monumento a la Cordialidad Argentino Uruguaya, emplazado en el parque Lezama, sobre la vereda que da a la avenida Martín García.

4 jul 2014

Zoom histórico: Bar "La Giralda"


 (De Gabriel Luna)

En 1650 la avenida Corrientes no era avenida ni tenía nombre, ni siquiera era calle sino un sendero desdibujado entre pastizales que crecían mucho más rápido de lo que tardaba en formarse una huella. En 1729 Domingo de Acasusso fundó un templo donde hoy está el obelisco; y el sendero, ya más transitado por lavanderas que iban o venían del río, carretas tiradas por bueyes, feligreses junto a la iglesia, y esclavas negras vendiendo empanadas y churros crocantes, tomó el nombre del templo: calle de San Nicolás. En el tiempo de las Invasiones Inglesas, la heroica resistencia de los vecinos impidió que ondeara el pabellón inglés en el templo. Hubo tertulias apasionadas de muchachos románticos de pelo largo y patillas espesas que querían cambiar el mundo. El afán libertario hizo que en 1812 flameara por primera vez en la ciudad la bandera celeste y blanca desde la torre de la iglesia San Nicolás. En 1822 nuestra calle se llamó Corrientes, en honor al protagonismo que tuvo esta provincia en las guerras de la Independencia, y se le asignó un ancho de 30 varas y el rango de avenida. En 1882 llegaron el alumbrado eléctrico, los teléfonos, y los tranvías tirados por caballos. Se tendían a lo largo de la avenida lámparas blancas y celestes para los festejos de los aniversarios patrios, que se iniciaban con un desayuno de chocolate con churros. Corrientes era la calle de los comercios, los cafetines, las confiterías de tertulias y de orquestas típicas, las librerías, y los teatros célebres. Tal fue el caso del teatro “Politeama Argentino”, que funcionó entre las calles Paraná y Uruguay, donde José Podestá hizo una grandiosa puesta de Juan Moreira en 1884, y Sara Bernhardt hizo Fedra en 1886. San Nicolás crecía, 1908 fue un año de opulencia, se inauguraron el teatro “Colón”, la Plaza Lavalle, y el Palacio de los Tribunales. Siguiendo la línea estética del academicismo francés, algunos vecinos encargaron suntuosas residencias o casas de rentas. Fue así, que el arquitecto Carlos Nordmann construyó frente al Teatro “Politeama” un bello edificio de cinco pisos, con mansarda y remate en cúpula imperio. 1930 (año de crisis bursátil y dictadura militar). Un andaluz, Francisco Garrido, instaló una sencilla lechería en la planta baja del edificio Nordmann, la llamó “La Giralda”. Pensó sin duda en la torre de la Catedral de Sevilla y tal vez, exagerando, en la cúpula imperio del propio edificio. 1936: se ensanchó Corrientes, “un juego de calles se da en diagonal” -como dice el tango- y del cruce de las diagonales surgió el Obelisco, “ese pedazo de tiza en el pizarrón de la noche”. Al lado de “La Giralda” se instaló un restorán de lujo: “La Emiliana”. En 1951 Antonio Nodrid compró “La Giralda”, conservó el nombre, la marca de chocolate del andaluz: “Colonial”, y la tradición de los churros. En 1960 y 1970, Corrientes amplió su oferta al público, ya era “la calle que nunca duerme”, a los teatros se sumaron los cines y a los bares las pizzerías y las parrillas. Se convirtió en calle de bohemia y paseo obligado de familias los fines de semana. “La Giralda” fue un bar abierto las 24 horas, atendía durante el día a los oficinistas y abogados de Tribunales, y por la noche a muchachos de pelo largo, pantalones de campanas, poleras negras o camisas búlgaras, y a muchachas con ponchos o faldas indias, camisolas estampadas o túnicas, bolsos tejidos y sandalias de cuero. Leían Rayuela de Cortázar, Eros y Civilización de Marcuse, El Hombre Nuevo del Che, a Sartre y a Fromm, a Benedetti y a Girondo, a tantos otros… Querían cambiar el mundo. Hoy no está “La Emiliana” ni el teatro “Politeama” pero La Giralda sigue en pie atendida por los hijos y la nieta de Antonio Nodrid, y no ha caído en la moda posmoderna ni en otras decadencias, es fiel a sí misma, tiene el aspecto de hace cincuenta años. Al frente una ventana guillotina, una vidriera con chocolates, y entre ellas, la puerta de dos hojas. El piso es de granito, paredes cubiertas de azulejos blancos -como corresponde a las lecherías- y más arriba muros color beige. Cuatro aparatos de tubos fluorescentes y cuatro ventiladores de techo.A la izquierda el largo mostrador de madera, cinco campanas de vidrio, la máquina de café; y a la derecha el salón con mesas de madera y tapas de mármol blanco, las sillas clásicas de bar, un cuadro de la torre de la Catedral de Sevilla. No hay mucho más, no hace falta más, la magia se produce con apenas estos elementos. Porque a más de treinta años de distancia, de persecuciones y muertes inútiles, sucede que los muchachos de pelo largo y las muchachas con ponchos y bolsos tejidos siguen concurriendo a “La Giralda”. Están con sus libros, entre chocolates y churros, escriben poemas imprescindibles en servilletas o anotadores, entre cafés con leche y sándwiches tostados, discuten y ríen, imaginan y sueñan. Quieren cambiar el mundo. Sólo cuando esto ocurra,”La Giralda” cambiará con ellos.
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Imagen: Bar “La Giralda”. (Foto tomada de www.cafecontado.com)
Tomado del periódico Vas Buenos Aires, Prensa Alternativa Porteña.