22 nov 2010

Buzones porteños


(De Gabriela Sharpe)

Una típica postal porteña: una esquina, un buzón y un bar.  De estos tres elementos, hay uno que cabe preguntarse si sigue funcionando.  En la era de la revolución tecnológica, donde Internet, correos electrónicos y telefonía celular son los pilares de la comunicación, en que todo llega a destino en apenas unos segundos, el buzón parece haber pasado a la historia.
Si bien sigue funcionando, todos los días pasan empleados del Correo a retirar las cartas, estas son cada vez menos y aquellos fueron cayendo en desuso.
Los primeros buzones argentinos datan de 1858, eran de madera, y estaban instalados en las farmacias, donde también vendían las estampillas. No eran totalmente públicos, ya que dependían del horario de los comercios. Las cartas eran retiradas por un cartero que iba a buscarlas a caballo.
Luego se colocaron en las plazas Lorea, de la Independencia, del Temple, del Parque, Once de Septiembre y en el Paseo de Julio (hoy avenida Alem) y luego tres más en las estaciones de trenes, siendo estos públicos.
A finales del siglo XIX se importan desde Inglaterra los buzones pilares, tal cual los conocemos hoy, de hierro, pintados de rojo y con la base negra.
El típico buzón porteño es de color rojo, durante la dictadura se los pintó de azul y con el advenimiento de la democracia se volvió al color original.  En una época imperó el negro y amarillo, pero el sindicato de los taxistas le inició un juicio al Correo, por lo que debieron cambiar el color.
La ciudad llegó a tener más de 1.400 buzones; hoy subsisten 150 en las esquinas porteñas.
Los tiempos cambian; en la actualidad si se le pregunta a los jóvenes por el buzón van a asociarlo con el buzón de voz de los celulares, si esta misma pregunta se la realiza a una persona de cuarenta años en adelante reflexionará y quizás se acuerde del buzón que probablemente esté en la esquina de su casa.
Es cierto que la comunicación pasa por otro lado, pero no por eso dejemos de reivindicar al buzón como parte esencial del patrimonio urbano.
Fue sumamente importante como medio de comunicación para toda una ciudad que se forjó con inmigrantes, donde enviar cartas a sus familiares y amigos de su país de origen, era tan cotidiano como hoy enviar un e-mail.
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Imagen: Buzón en la esquina de Carlos Calvo y Perú (Foto del sitio: travelpod.com) .

Barrio Cornelio Saavedra


(De Jorge Luchetti)

LOS ENCANTOS DE UNA AUTÉNTICA CIUDAD-JARDÍN
Construido durante la primera presidencia de Perón, el Barrio Cornelio Saavedra es un emprendimiento urbano singular. Sus 25 manzanas de calles curvas, las más de 400 viviendas de estilo colonial español allí asentadas, los amplios jardines y el cinturón verde que rodea al conjunto configuran un lugar único de la ciudad de Buenos Aires.

El 10 de noviembre de 1949 fue inaugurado en Buenos Aires el barrio Presidente Perón, hoy llamado Cornelio Saavedra. Este complejo, lindante con la Avenida General Paz, el Parque Presidente Sarmiento y el Parque General Paz, es uno de los más importantes ejemplos urbanísticos realizados en la ciudad de Buenos Aires por el gobierno peronista. Se trata de un emprendimiento de características singulares, que contó desde su inicio con más de 400 viviendas distribuidas en 25 manzanas. Tanto el cinturón verde que rodea al conjunto como sus calles curvas, junto con sus plazas y amplios jardines, hicieron en parte realidad las ideas urbanísticas planteadas por Ebenezer Howard, autor de la teoría de la ciudad-jardín a fines del siglo XIX. La construcción del barrio surgió de la necesidad de dar respuesta al desbordamiento de las familias que llegaban desde el interior del país en busca de la gran ciudad. Su arquitectura responde al llamado estilo californiano, aunque es más acertad, a mi entender, definirlo como un estilo colonial español.

Esta tendencia estilística ha traído un sinfín de discusiones que aún hoy siguen produciendo controversias entre teóricos: fue calificada como una arquitectura retrógrada. Para aquellos arquitectos que venían con un bagaje cultural europeizante, influidos por un estilo internacional y una arquitectura vanguardista, volver al uso de una arquitectura colonial era una acabada muestra del retraso de nuestra cultura. Por otra parte, quienes pujaron por el uso de este estilo, de teja colonial y paredes blancas buscaban no sólo imponer de alguna forma una identidad arquitectónica sino también exponer un proyecto cuyo carácter estético fuese del gusto de quienes lo habitaran. Este propósito se logró en algún aspecto, ya que la mayoría de los habitantes del lugar veían en esta arquitectura un aparente estatus que asemejaba sus viviendas con las construidas en la costa atlántica o en barrios residenciales del conurbano de las grandes ciudades.

IDENTIDAD EN PELIGRO
Si bien es de suponer que se haya acertado con el gusto de la gente, no todo quedó resuelto. Principalmente se puede divisar en esta iniciativa urbanística una falta de resolución en cuanto a las posibilidades de expansión y crecimiento de las viviendas, como si se hubiese pensado en algo estático sin una previa idea a futuro. Esto queda en evidencia dado que una gran cantidad de casas ha sufrido modificaciones, alterando así la totalidad de la obra original: en muchos casos respetando en parte la tipología existente y en otros, precisamente, no tanto. Pero lo más preocupante es una posible subdivisión de los lotes para la construcción de dúplex, con lo que peligraría la identidad del barrio.

De todos modos, las virtudes del lugar siguen siendo únicas e incomparables, ya que no hay en la Capital Federal otro predio con esas características. Las calles curvadas y bien arboladas producen situaciones urbanas de agradables sensaciones, al igual que los retiros de línea municipal que dejan espacio para parquizar las veredas. También cabe destacar la tranquilidad de la zona y la baja densidad de automóviles que circula por sus calles. Por último, queda decir que si bien el barrio subsistió a los absurdos bombardeos de 1955, lo que no podremos saber es si sobrevivirá a la especulación inmobiliaria de nuestros días, que ya ha dejado marcadas huellas de deterioro en la ciudad, y que -al igual que el nacimiento de este complejo habitacional- sería una decisión política.
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Imagen: Una esquina del barrio parque o barrio jardín Cornelio Saavedra. (Foto de la página: Turismo práctico).
Material tomado del periódico El  Barrio, julio de 2002, Nº 40.

21 nov 2010

Acordeonados: los Anconetani, ligados a su tradición familiar


(De Mario Bellocchio)

En aquel Regno d’Italia de Humberto I, il luogo ed il tempo nativo del Partido Socialista Italiano,  el de la proliferación de los ataques anarquistas de finales del siglo XIX, en 1879, en la pequeña Loreto de Ancona, nace Giovanni Anconetani. Pocos detalles de su vida van a trascender, salvo su afición por la música y los acordeones en particular. Tanto que desde jovencito dedica gran parte de su tiempo a fabricarlos artesanalmente. Siendo aún un muchacho se incorpora al establecimiento de Paolo Soprano quien le encomienda la representación de sus afamados instrumentos en América Latina y especialmente en aquella Argentina ávida de inmigración de comienzos del siglo XX.
Sólo en la primera década, Giovanni soportó catorce veces la dura travesía del Atlántico para arribar a Buenos Aires con los acordeones de Soprano. Claro que a partir de 1909  ya puede lucir la Medalla de Oro y Diploma de la Exposición Internacional de Comercio de Loreto por la invención de un sistema de mecánica en los bajos del acordeón que aún en la actualidad se sigue utilizando con el nombre de conversor.
Seguramente la tragedia de la Primera Guerra pesó tanto como el amor para que Anconetani decidiera asentarse en su tan visitada Argentina. Allá  por 1914, Elvira Moretti acepta su propuesta de matrimonio y se convierte en la que sería la madre de sus cinco hijos y compañera de la aventura pionera de Giovanni: la magia de teclas, soplos y sonidos originados en la lejana Italia, que pronto se descubren autóctonos, especialmente en el litoral de la nueva tierra.
Si algo le faltaba para decidirse a crear su propio establecimiento, esto sucede en 1917 cuando recibe la Medalla de Honor otorgada por el jurado de la Exposición de Comercio e Industria de Milán, por un acordeón de su fabricación. Evidentemente, es un incentivo que lo impulsa y un año más tarde en Guevara 478, una casa chorizo de las tantas que lucen sus amplios patios, coronados por la cocina y el baño al fondo –y cuando el terreno da para mayor amplitud, frutales y gallinero–, comienzan  a escucharse sonidos de fuelles y teclados fabricados por sus propias manos. En aquel Chacarita asentado alrededor del cementerio, una pequeña inquietud artístico-artesanal se transforma en el germen de una ponderada industria instrumental.
Los días transcurren entre encolados, lengüetas, afinaciones, fuelles, mamochas (1), pañales y pentagramas. Sí, porque aunque la mayor parte la lleva el taller, llegan Josefina, Luis, Juan, María y Nazareno con escalas –nunca más ajustado el término– que no superan en mucho el año de intervalo. Papá Anconetani parece resuelto a acunar llantos infantiles con sus composiciones que ya tenían notoriedad en los más diversos géneros. ¡Hasta un tango brota de su fértil creatividad!
Pronto, sin embargo, va retaceando su tiempo de compositor por las requisitorias, ya continentales, de la producción del taller. Mamá, mientras tanto, entre papillas y mamaderas, colabora con los primeros operarios en la construcción de fuelles, estuches y el armado de las voces del acordeón. Josefina, la primogénita, pronto tendrá oportunidad de demostrar en las tapas y ornamentación de los instrumentos las dotes de artista plástica que hoy la distinguen. Y así el resto de sus hermanos, creados entre escalas y afinaciones evaporadas de la cola de carpintero que humea en el brasero, atraídos por la curiosidad que despierta ese fascinante lugar, aprenden, practican –quizá como un juego– y terminan eligiendo una especialidad que los transforma en una pieza imprescindible de la máquina luthier.
Luis, devenido profesor de dibujo, se dedica a la construcción completa de acordeones y su posterior afinación.
Juan, el maestro mayor de obras, se decide por la mecánica de los acordeones y la atención de los clientes del negocio, mientras Nazareno, el más chiquito, le pega a cuanta cosa haga ruido, preanunciando sus dotes de  baterista y, tal vez, generando una culposa vocación por la restauración y las técnicas de enchapado. Hasta María, con su precaria salud a cuestas, no deja de colaborar con alguna tarea.
¿Y cómo esta especie de familia Trapp ítalo-criolla no iba a tener su propia orquesta?
Ya creciditos y con una próspera industria musical –única en América Latina– forman la Orquesta de Jazz Característica Anconetani en la que Luis toma la batuta que no soltaría en los siguientes treinta años de vigencia del conjunto; donde Juan como acordeonista y vocalista y Nazareno en la  batería resultan sus figuras estelares.
Aún hoy, a sus 84 (2), Nazareno despliega vitalidad dándole a bombo, redoblante y platillos con una envidiable energía.
La casona de la calle Guevara se va modificando, gana espacios del entorno de acuerdo con el crecimiento. Un día Giovanni recibe la oferta de fusionar con “Hohner”, nada menos. El núcleo familiar se reúne y papá reflexiona: si ofrecen tanto es porque somos una potencial competencia. Y además, creceríamos enormemente pero fabricando acordeones “Hohner”. Sin duda ese es el momento en que el amor luthier familiar le gana la pelea a la conveniencia.
Los Anconetani se afirman en la casona de Chacarita fieles a su identidad que ni siquiera la muerte de Giovanni –en 1941– entorpece, porque mamá Elvira toma la posta y los nietos, que ya corretean por el taller, comienzan a caminar sobre las huellas de sus padres.
Hace un par de años Aída, Susana y Elvira sintieron necesidad de pujar para dar a luz un deseo que correteaba en su sangre: exhibir la enorme cantidad de elementos que la familia había atesorado en su ya larga trayectoria de hacedores instrumentales: mostrar el acordeón alemán de 1870 que trajo su abuelo, reconstruir el primer taller con las herramientas que ya no se usan –aunque Nazareno vaya cada tanto a buscar alguna que necesita hoy, con promesa de devolución ni bien termine el trabajo–, fotos, recuerdos, curiosidades; conocer cómo es un acordeón, las partes que lo forman y los materiales que se utilizan para su realización, proyectar una escuela infantil de acordeonistas, mostrar, orgullosas, las fotos en que el Chango Spasiuk, Raúl Barboza o Antonio Tarragó Ros posan con sus “Anconetani”. Y otras cuantas ideas más que se las hicieron saber a la Dirección General de Museo del Gobierno de la Ciudad para tratar de ponerlas en práctica.
Tuvieron una aprobación inmediata que se tradujo en el envío de equipos técnicos y museológicos para el desarrollo del guión y del diseño de la muestra de la colección. El 18 de noviembre del 2005, el Museo Anconetani del Acordeón, comenzó a funcionar en Guevara 492. Había que estar allí para palpar la emoción familiar y del entorno vecinal, verlo a Nazareno aporrear platillos con preciso ritmo y una energía que, seguramente, ese día recibe recarga de todo un árbol genealógico presente y recordado. Ver a Diego –bisnieto de Giovanni– orgulloso de su tarea en el taller donde se siguen moviendo teclas, lengüetas y fuelles en este peldaño –el actual– de la larga escalera Anconetani.    
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(1)Tapas y ornamentación del acordeón.
(2) Cuando se publicó esta nota por primera vez, en 2006. (N.de la R.)

Imagen: El viejo taller de la familia Anconetani. (Foto: revista Historias de la ciudad).
Trabajo tomado de la revista Historias de la ciudad. Una revista de Buenos Aires, agosto, 2006, N° 37.

Comentario


(De Arturo Cambours Ocampo)

Allí
donde tajea la Avenida Sáenz a la Avenida Roca,
se levantó guapeando “La Blanqueada”.

Siempre fue obligación tomar la copa
de paso a La Tablada.

Sitio donde los fuertes se encontraban.

Matones y maulas de Patricios,
compadritos de Alsina,
linces de Mataderos
y también allí mismo
mentados en Pompeya.

No quedaba un arriero
al orejear tormenta
sin pedir un permiso para entrar el recado.

Catedral del suburbio
empotrada en el pueblo,
abarcar lo que vales
no es obra de los hombres.

Este es un comentario
que queriendo se olvida
del nombre respetado de Laguna.
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Imagen: Pulpería "La Blanqueada" en avenida Sáenz y avenida Roca, Nueva Pompeya (Foto AGN). 

20 nov 2010

Aníbal Troilo: el músico más poeta de Buenos Aires

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(De Haydée Breslav)

“¡Chau, Buenos Aires! ¡Aguantame un cacho más!”. Esto le escuchamos decir al término del espectáculo que ofrecía en el teatro 'Odeón'. Pocos días después, el 18 de mayo de 1975, moría Aníbal Troilo. Había nacido en la casa de la calle Cabrera 2937, del barrio porteño de Palermo; a los doce años debutó como bandoneonista, inaugurando una sólida e ininterrumpida trayectoria. Gracias a su aporte, el tango alcanzó alturas insuperables.

En un conocido ensayo, Alejo Carpentier señala que la diferencia esencial entre las historias musicales de Europa y de América Latina reside en que, en nuestro continente, “en épocas todavía recientes, una buena canción local podía resultarnos de mayor enriquecimiento estético que una sinfonía medianamente lograda”. Observa también que el músico popular “fue siempre, desde los días de la Conquista, el inventor primero de nuestros estilos musicales... estilos debidos, más que nada, a la inflexión popular, al acento, al giro, al lirismo, venidos de adentro”.
Y de muy adentro debían venir los rasgos del estilo troileano, pues lo definieron de modo que llegó a ser la culminación de nuestro tango. No importa si por designio o por intuición genial, su creador supo tomar los elementos constitutivos del género y reunirlos en una síntesis donde las formas alcanzaron su plenitud y la expresión, una sugestión tan poderosa que muchos calificaron de mágica.
Raúl González Tuñón recomendaba buscar el punto donde se unen lo clásico y lo romántico: en Troilo confluyeron las condiciones que se atribuyen a una y otra corriente. Tenía de los clásicos el equilibrio formal, la elaborada factura musical, el respeto a la tradición y el rechazo a la desmesura, ejemplificado en su mítica goma de borrar, que excluía de los arreglos adornos superfluos o armonías extrañas a la esencia tanguera. Y de los románticos la efusión de sentimientos, la predilección por la melodía, la búsqueda de nuevos y mejores recursos expresivos y, sobre todo, la generosidad de espíritu para identificarse con el de su pueblo.
Porque su música tiene el mérito de reflejar la particular idiosincrasia del porteño de su época, cuyas principales características allí se manifiestan: sobrio y elegante en “Milonguero triste”; alegre y altanero en la “Milonga del mayoral”; orgulloso en “Pa’que bailen los muchachos”; compadre en “La trampera”; canyengue en “Toda mi vida”; prepotente en “Y a mí qué”; tierno en “Romance de barrio”; nostálgico en “La cantina”; dramático en “Garúa”; abrumado por lo perdido y no recuperado en “Responso”.
La obra autoral de Pichuco consta de unos sesenta títulos, verdadero monumento tanguero que hasta hoy no ha sido superado. En los temas instrumentales el profundo mundo interior del músico se revela a través de melodías y sonoridades, plenas de fantasía unas y de dramatismo las otras, compensadas ambas por la concisión de la forma y el vigor del ritmo, siempre porteño, nunca impreciso.
Los temas cantables, por su parte, cuentan con letras que por su belleza y contenido pueden ubicarse, no sólo entre lo mejor del género, sino de nuestra poesía. Baste recordar “Sur” y “Che, bandoneón”, de Homero Manzi; “María”, “La última curda” y “Una canción”, de Cátulo Castillo; “Tango triste”, de José María Contursi, por no citar más que algunos ejemplos. La música no se limita a acompañar o a interpretar los textos, sino que los recrea, desarrollándolos en melodías de riqueza inusitada.
Cabría aplicarle a Troilo el juicio de Liszt sobre Schubert y, cambio de coordenadas mediante, decir que fue el músico más poeta de Buenos Aires. No se trata de una figura retórica: es sabido que incursionó en la poesía, como lo prueba el poema “Nocturno a mi barrio”, que grabó junto al tango del mismo nombre. Dejó también una colección de interesantes manuscritos, que merecerían publicarse.
Como ejecutante, poseía el dominio absoluto de las posibilidades del instrumento –no en vano Julián Centeya lo proclamó “el bandoneón mayor de Buenos Aires”–; sin embargo, desdeñó el virtuosismo vacío, y en lugar de efectos brillantes, hizo brotar de su fuelle esos “sonidos negros” donde Lorca emplaza al duende, y que, según el granadino, “son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte”. Ver y oír tocar a Troilo significaba participar en un ritual, en cuyo sacrificio él era el oficiante y la víctima, el cuchillo y la herida.
Su orquesta, concebida como continuación instrumental del arquetipo gardeliano, se distingue no sólo por la enjundia sonora y la hondura expresiva, sino por la definición de un estilo inconfundible. Allí, paisajes y personajes de Buenos Aires se ven representados por una paleta musical que combina tintes vibrantes con otoñales, valorizados por una instrumentación limpia y elegante.
Otra faceta del talento de Pichuco fue la sabiduría que demostró en la elección de cantores: sólo los mejores pasaron por la orquesta, que exhibió un equilibrio perfecto entre la voz y los instrumentos, y en ocasiones memorables logró abolir el límite entre música y poesía. Francisco Fiorentino, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Jorge Casal, Raúl Berón y Roberto Goyeneche fueron en su momento cantores de Troilo; hoy son parte de la mitología porteña.
La ciudad ha cambiado; sus habitantes también. El hombre y la mujer están más solos que nunca; algunos, ya nada esperan. Únicamente en los barrios –y no en todos– pueden hallarse rastros de la Buenos Aires que supo dar al mundo uno de los ritmos más hermosos y completos, al que en nuestros días –salvo escasas y dignísimas excepciones– se desvirtúa para ofrecerlo como una mercancía más.
A pesar de todo, el duende del bandoneón de Pichuco continúa latiendo, y aprovechando condiciones propicias –una tarde de lluvia, un encuentro o desencuentro amoroso, una pausa en el ajetreo, un instante de recordación– se cuela por las grietas de la fachada posmoderna y se arrima al alma que está en orsai para cantarle despacito, despacito, su canción una vez más.
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Imagen: Aníbal Troilo.
Tomado del periódico: El barrio Villa Pueyrredón.

19 nov 2010

Cafés de tango en la avenida Santa Fe



(De Ricardo M. Llanes)

Corriendo los últimos días de 1910, días de los pianos de manija, ambulantes y nocheros, en que aún alargaban sus pronunciadas notas los valses y lanceros, que también se bailaban en las salas y los patios de la calle Santa Fe, el tango ya aparecía pintando insinuaciones en las esquinas y aproximando presencias de guitarras en las milongas de pretendidos payadores, en este o aquel café.
 -“No; mi padre -recordaba a nuestro requerimiento un viejo vecino de Anchorena y Santa Fe- nunca vio bailar el tango en las esquinas de esta calle. Pero se lo veía hecho espectáculo a pocos pasos de ella, en el teatro 'Olimpo', de Pueyrredón 1463, y ello por uno de los más famosos bailarines de la primera década, al que los íntimos llamaban 'El Cachafaz'. En realidad, la calle Santa Fe no conoció mucho tango, y mucho menos, sainetes”.
Pero la verdad es que la avenida Santa Fe, desde la de Coronel (Coronel Díaz a partir del 28 de junio de 1894) hasta alcanzar la de Arévalo, estaba con el tango, ya impuesto el bandoneón (año 1912), que se había constituido en los primeros tiempos de aglomeradas concurrencias en el Señor de la por entonces llamada “Orquesta típica”  (bandoneón, flauta, violín y guitarra); y contaba en ella con algunos públicos escenarios de la música tanguera, embanderados con el renombre del famoso instrumento que inventara en 1833 Alfred Band, de Krefeld (Alemania), siendo una variante del acordeón, aparecido en 1829.  
De aquellas peñas de melómanos milongueros, dos eran las que acaparaban la concurrencia devotísima de los muchachos ya hombres, no sólo de Palermo, porque a las dos esquinas (Canning y Almeira, junto al arroyo Maldonado) acudían también los de Almagro, Belgrano y Villa Crespo, con los que solían relacionarse no pocos de la Recoleta. Y por cierto que aquella asistencia en número mayoritario no se debía a las excelentes instalaciones ni al “esmerado servicio de la casa”, ya que los dos cafés, tanto el nombrado “Atenas”, ubicado en la antigua rúa Ministro Inglés (Canning desde diciembre de 1893), como el conocido por “La Paloma” (actual ángulo sudoeste de avenida Santa Fe y Juan B. Justo) habían ya obtenido patente de modestísimos a perpetuidad. La fama, con renovadas resonancias en todos los patios con manchones de uva negra, y en los que domingueramente solía bailarse con fonógrafo de corneta, respondía a las diarias actuaciones de los maestros del “fueye”, como se los reputaba a Domingo Santa Cruz, autor del muy celebrado Unión Cívica, y a Juan Maglio (Pacho), que compusiera, entre tantos buenos, el rotulado Armenonville, en homenaje al restaurante, estilo parisiense, que se encontraba en la denominada avenida Alvear (hoy Del Libertador) y Tagle.
En nuestros recuerdos de las noches del año 1915 vemos a los apretujados grupos de mirones ocupando la vereda del “Atenas”, ya que lo reducido del local no permitía mayores auditorios para escucharlo a Santa Cruz, en un silencio del tango, ejecutar trozos de música clásica en notables variaciones, que hablaban de la maestría con que dominaba el manejo del bandoneón. Y tal novedad igualmente se daba en el de “La Paloma”, cuando Pacho, en un solo de su “arrugado” (1) se lucía con la interpretación de partes de las Czardas de Monti. Digamos, ya con el encuentro de su nombre, que este músico fue de nuestra relación; y que allá por febrero de 1918 le escribimos la letra de su vals más popularizado, el que lleva el rótulo de Orillas del Plata en el historial de su repertorio en número alto.
Recordemos, sí, al café de “La Paloma”,  porque allí, quien integrara por largos años las orquestas de Eduardo Arolas y Francisco Canaro, el notable violinista que era Rafael Tuegols, estrenó al frente de su conjunto musical, el tango llamado Zorro gris, cuyos versos escribiera Francisco García Giménez. Del café de “La Paloma” salió esa pieza, hace ya más de 50 años (2), para incorporarse a la antología de aquellos que hicieron época y se cantaron en teatros y salones de nuestro país como en no pocos de España, Francia y el Japón. Y todo en virtud de la esencia emocional que los animaba, y de la sentida melodía dramatizada por los versos del poema; y en particular por aquel “algo” de raíz porteña que se gustaba como la miel de la melancolía en las sombras del recuerdo enamorado de la ausencia, en alto un nombre de mujer que siempre vuelve con la presencia de la flor.
Además de los nombrados se conocieron algunos otros cafés de bandoneón, “El Maldonado”, “El Pino”, por ahí, cercanos a los cuarteles, entre el arroyo Maldonado y la calle Bonpland. Y debe recordarse que en la historia del tango figura la autenticidad de un suceso que otorgó a la de Santa Fe la prioridad del grande primer certamen de música popular: el celebrado en días de 1924 en el ex teatro “Nacional”, ya conocido como el Cine-teatro “Grand Splendid” (Santa Fe 1860); concurso de tango organizado por la Casa Max Glücksmann, cuyo jurado, después de la ejecución de cada pieza, lo constituía el voto del mismo público. Y a título informativo corresponde puntualizar que en aquel primer concurso fueron premiados verdaderos prestigios que hoy ilustran el historial del tango: 1° Francisco Canaro; 2° Francisco Lomuto; 3° Cátulo González Castillo; 4° N. Farini, y 5° Juan de Dios Filiberto, siendo distinguida con el Primer accesit, por su tango Soñando, la entonces célebre Paquita  Bernardo, la primera bandoneonista porteña que aplaudían los asistentes a los cafés de la calle Corrientes, así como a las veladas del teatro “Smart” que ofrecía la Compañía de Blanca Podestá.
La de Santa Fe, pues, puede figurar, y con bien firmados pergaminos, entre las calles con cafés de tango, en razón indiscutible de que la música del hijo de Buenos Aires salió de sus cafés, impuesta por el sentimiento hecho arte de los bandoneonistas de popular ponderación. Y es motivo de natural satisfacción recordar en estas páginas del regreso, los nombres de Domingo Santa Cruz y Juan Maglio (Pacho), los dos ases de la denominada “Guardia vieja”, cada vez más joven para quienes la llevan desde las primeras alboradas de la juventud, aun con chispazos conmemoradores de sus noches jubilares, en que el bandoneón, silenciando el tango en el café, se desarrugaba frente a una ventana con cualquiera de aquellos valses que se llamaban Olga, Noche de frío o Corazón de artista, para únicamente lucirse en la conquista de una palabra amable traducida en el obsequio de una flor.
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(1) En el lenguaje popular de la década 1910-1920, era común distinguir al bandoneón con los acertados nombres de fueye (por ser instrumento de viento) y de arrugado, por su forma de encogerse.
(2) Al momento de la publicación de este trabajo, año 1978.

Imagen: Cuartero de la "Guardia vieja" de Juan Maglio, integrado por -de izquierda a derecha- Luciano Ríos, Juan Maglio (Pacho), Juan Bonano (Pepino) y Carlos H. Macchi (Hernani).
Material tomado del libro Biografía de la avenida Santa Fe, Cuadernos de Buenos Aires, N° 50; Ediciones de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Bs. As., 1978.

Buenos Aires: quema, vaciadero y “tren de las basuras”


(De Ángel O. Prignano)

La ciudad de Buenos Aires debió soportar, desde su misma fundación, la desidia de sus pobladores que no se preocupaban por mantenerla limpia o en condiciones higiénicas medianamente aceptables. Primero fue el foso que rodeaba el primitivo fuerte, convertido en el primer vaciadero de basuras de la ciudad; luego las calles se vieron invadidas por desperdicios de toda clase, animales muertos y hasta cadáveres de negros esclavos. Las sucesivas autoridades libraban bandos y provisiones prohibiendo ensuciar calles y espacios abiertos, pero estas medidas eran desoídas convirtiéndose en letra muerta. De ahí sus constantes reiteraciones.

A fines de 1803 dio comienzo el primer servicio de limpieza a cargo de pequeños carros que alejaban las basuras hacia sectores marginales, generalmente las barrancas de sur. Promediando aquel siglo, este sistema de recolección era altamente deficiente y no alcanzaba a transportar todos los desperdicios que generaban los vecinos, artesanos, vendedores de frutas y alimentos, y también algunas pequeñas factorías. Ello provocaba la acumulación de inmundicias en las calles y en los muchos terrenos baldíos existentes en aquellos tiempos, pues todos ellos no encontraron mejor solución que volcarlas desaprensivamente en esos sitios para sacarse el problema de encima. Sin embargo, esta actitud se volvía en contra de ellos mismos al verse expuestos a las enfermedades por acción de los focos infecciosos que se generaban en esos basurales.
En 1856 quedó instalada la Municipalidad de Buenos Aires y rápidamente se dispuso a tomar medidas sobre el asunto. Luego de cotejar distintos modos de eliminar tales basurales, decidió que lo mejor y más rápido era valerse del fuego, por lo que trató de encontrar en la actividad privada al que propusiera algún modo práctico de llevar esa tarea adelante. Pero fue un funcionario de la propia corporación recién instalada quien encontró la solución. Domingo Cabello, encargado de los carros de limpieza, en 1858 ideó un sencillo y rudimentario aparato de hierro que podía ser transportado a cada uno de los numerosos depósitos de basuras al aire libre que se habían formado a lo largo y lo ancho del municipio. Su utilización intensiva logró eliminar dichos muladares con una rapidez asombrosa. 
Cuando se creyó haber encontrado la solución a dicho problema, este sencillo sistema fue abandonado sorpresivamente sin optarse por ningún otro, de manera que los baldíos volvieron a colmarse con desperdicios de toda clase para festín de perros callejeros, roedores y otras alimañas. De este modo, lo que ya se presumía superado regresó con mayor intensidad.
Como aún no se había aprobado el impuesto a la limpieza, que recién entró en vigencia en 1872, la Municipalidad debió encontrar una forma de procurarse los medios económicos para aplicarlos a la solución de este problema y a la limpieza pública en general. La crítica situación que volvió a presentarse en la ciudad no admitía más indecisiones. Fue así que la Comisión de Higiene firmó, el 1º de julio de 1861, un convenio con Francisco Bellville para que se hiciera cargo de las basuras que recogían los carros de limpieza. Este concesionario, el primero de una larga serie, pagaría 2.500 pesos mensuales por todo aquello que podía recuperar a su beneficio y se obligaba a quemar diariamente el resto de las basuras. La corporación municipal, por su parte, se reservaba las cenizas resultantes a los fines que más le conviniera. Este primer contrato fue por seis años, aunque luego se extendió por más tiempo. Así dio comienzo lo que con el correr del tiempo se convirtió en un gran negocio.
En un principio, estos “empresarios” hicieron el trabajo en lugares muy próximos a las edificaciones urbanas, sobre terrenos baldíos que ocupaban para esos menesteres. Pero lo hacían mal, pues su afán estaba en la separación de los elementos y materiales que podían darle ganancias y no en la incineración de lo demás. De allí que los muladares no desaparecieran y continuaran amenazando la salud de la población. Al quedar habilitada la Quema en el sudoeste de la ciudad, esta actividad fue trasladada a ese lugar.
La enorme riqueza de la basura porteña, constituida por principalmente por metales, botellas, vidrios, huesos, trapos, cartón, papel, etc., cuya venta o industrialización era factible, rindió enormes ganancias a los concesionarios que se sucedieron en el tiempo. Ellos también obtuvieron importantes beneficios con las materias grasas que extraían hirviendo huesos, carnes y animales muertos en grandes tachos.
           
NUEVO VACIADERO Y SITIO DE LA QUEMA
Los sucesivos contratistas que tuvieron a su cargo la incineración de las basuras -como ha quedado dicho- realizaban muy deficientemente su trabajo. Definitivamente, la presencia de aquellos muladares donde intentaban la incineración no podía tolerarse más, por lo que se adoptaron diversas medidas para hacerlos desaparecer. Así, los propietarios de baldíos fueron obligados a tapiarlos o edificar en ellos; otros “huecos” fueron urbanizados y devinieron en bellos paseos públicos que han llegado hasta nuestros días. Tales los casos del "hueco de los sauces" y el "de las cabecitas", por sólo nombrar dos, convertidos en las plazas Garay y Vicente López, respectivamente.
Se tornó necesario, entonces, contar con un lugar despoblado y apartado de la ciudad para depositar los desechos que producía el municipio, por lo que se decidió habilitar un lugar en los suburbios, hacia el suroeste. Estas tierras eran de muy bajas cotas de nivel y escaso valor comercial, razones fundamentales que decidieron su elección.
Así se fue ocupando una extensa zona, en esos años propiedad de José Gregorio Lezama y de los herederos de Simón Pereira, que podríamos delimitar entre el antiguo camino conocido sucesivamente como "de las cina-cinas", "al Paso de Burgos" y "al Puente Alsina" (hoy Amancio Alcorta), las estribaciones de los "Altos de la Convalecencia" (inmediaciones de la Av. Vélez Sarsfield), el Riachuelo y el límite del municipio en aquellos años (actual Av. Sáenz), aproximadamente. Estas tierras hoy están en jurisdicción de los barrios de Parque de los Patricios y Nueva Pompeya. Con el tiempo, en un sector de este campo se establecieron numerosas familias e individuos que hallaron en el basural el modo de ganarse la vida. Ellos conformaron el Pueblo de las ranas.
A un costado del Riachuelo se alzaron rápidamente enormes montículos de basuras hurgados por un enjambre de hombres, mujeres y niños que diariamente esperaban las chatas municipales o las zorras ferroviarias para recuperar todo aquello que pudieran usar, vender... o comer. Hacia 1871, unos pocos trabajadores trataban de cubrir dichos montículos con tierra para evitar que las fermentaciones contaminaran el aire. Ante tal circunstancia, la autoridad municipal terminó por convencerse de que la calcinación era el mejor modo de eliminar la basura allí acumulada. Y así lo comenzaron a hacer los concesionarios que tenían a su cargo destruirlas por contrato, según ha quedado dicho anteriormente.
La dimensión del servicio de limpieza pública que se cumplía en aquellos años queda demostrada por la magnitud de los gastos que insumía su operación: 4.900.106 pesos en 1871. Era el rubro municipal que mayores montos requería, seguido del Alumbrado con dos millones. Sin embargo, la eliminación de las basuras seguía sin ser resuelta y se estaba convirtiendo en un gigantesco problema de difícil solución.

LA QUEMA
La forma irregular y primitiva en que, hasta fines de la década de 1860, los distintos concesionarios intentaron destruir las basuras del municipio, jamás logró eliminar el gran volumen que se fue amontonando en aquellos descampados del sudoeste porteño. Así lo demostraban las innumerables actuaciones de la Comisión de Higiene o los parte del inspector de la limpieza Felipe Riolfo, que en 1869 informaba que "del total de basuras que se lleva diariamente al Vaciadero (léase Quema) no se llega a quemar la cuarta parte". Entonces se terminaron tales concesiones y la autoridad tomó el toro por las astas.
La solución, una vez más, no la trajeron los empresarios, contratistas ni licitadores. Fue Ángel Borches, Inspector General de Limpieza nombrado en octubre de 1871, a quien le correspondería tal honor. Comenzó su tarea a mediados de septiembre del año siguiente utilizando hornallas "a cielo abierto". El trabajo de sus hombres fue tan eficaz que, en poco más de tres meses, fueron consumidas por el fuego todas las existencias y diariamente las que volcaban los carros recolectores.
Al 31 de diciembre de 1872 se calcinaron alrededor de 108 mil toneladas acumuladas durante los últimos dos años. Al año siguiente pudieron aprovecharse las cenizas resultantes de esta operación para la nivelación de caminos y terrenos bajos. Con ellas fueron cegados algunos pantanos de La Boca y Barracas y treinta carradas se volcaron en el paseo de Palermo.
Todo el perímetro de aquel campo -unas 85 varas de frente por 150 de fondo- fue alambrado y posteriormente arado con el propósito de hacer un plantío con árboles frutales y algunos eucaliptos.
                     
LA BASURA VIAJA EN FERROCARRRIL
Al mismo tiempo que se tomaba la decisión de habilitar aquella quema al aire libre en el sudoeste de la ciudad, fue resuelto el traslado del Matadero del Sur ubicado en la confluencia de las actuales avenidas Caseros y Amancio Alcorta, parte de cuyo predio hoy ocupa la plaza España, a la meseta donde luego se formaría el Parque de los Patricios. Paralelamente, un decreto provincial dictado el 21 de septiembre de 1865 aprobó la traza de un ramal ferroviario que, desprendiéndose de su línea principal, debería pasar por dichos futuros mataderos. En realidad, el tendido de estas vías estaba estructurado dentro de un proyecto mucho más ambicioso que deseaba llevarlas hasta el puerto de La Boca para facilitar el transporte de mercaderías. 
En 1869, el directorio del Ferrocarril del Oeste elevó a consideración del Ministerio de Hacienda de la provincia un presupuesto de 760 mil pesos para realizar las obras necesarias y poner en funcionamiento este servicio de las basuras.
Teniendo en cuenta la nomenclatura actual y partiendo de la Estación Central (Once de Septiembre), los rieles se desprendían de la línea troncal a la altura de la calle Agüero para atravesar en diagonal la manzana de Agüero, Bartolomé Mitre, las vías principales y Sánchez de Bustamante. Por ésta cruzaban Rivadavia para tomar Sánchez de Loria hasta Carlos Calvo, donde torcían por Oruro hasta la avenida Chiclana. El curioso trazado de la calle Oruro se debe, precisamente, al tendido de estas vías. En Chiclana y Deán Funes, epicentro de una gran depresión natural del terreno, debió construirse un viaducto que, en poco tiempo fue conocido como "Puente Colorado", seguramente por el color con que se lo había pintado. Desde este punto, las vías tomaban Deán Funes y su continuación, Zavaleta, hasta llegar a orillas del Riachuelo. Allí se ubicó la estación del mismo nombre que, posteriormente, fue denominada "Ingeniero Brian".
La decisión de construir este línea carguera creó la necesidad de contar con un embarcadero donde depositar transitoriamente las basuras hasta tanto fueran reencaminadas a su destino final. Este lugar de transferencia, donde acudirían los carros a volcar su diaria recolección, debía estar al comienzo de su recorrido, tener las características topográficas ideales para tales fines y contar con la infraestructura adecuada para transbordar las basuras a los vagones de carga.
Una vez aprobada la traza del futuro ramal, en octubre de 1868 la Sección de Higiene Municipal aconsejó la compra de un terreno perteneciente a la familia Sillitoe comprendido entre las actuales Sánchez de Loria, Rivadavia, Esparza e Hipólito Yrigoyen. Allí fue construido el muelle de carga y los empedrados perimetrales necesarios para el atraque de las chatas recolectoras y la labor de los peones encargados de transbordar su nauseabundo contenido. Al poco tiempo, este embarcadero de basuras tomó el nombre de "Vaciadero", pues era el lugar donde las chatas recolectoras vaciaban su contenido. Fue natural, entonces, que el sitio donde se las incineraba fuera denominado "Quema". Vaciadero y Quema estarían unidos por las vías del legendario "Tren de las Basuras" durante los 16 años en que cumplió este servicio.
Cuando el tendido de rieles y la construcción de viaductos y alcantarillas fueron concluidos, este ferrocarril carguero quedó habilitado con el doble propósito de llevar los residuos desde el Vaciadero hasta la Quema y acarrear el carbón que consumían las locomotoras y otros materiales traídos por las barcazas que atracaban en el Riachuelo. El transporte de carnes, tarea incompatible con los otros usos de este ramal, no se hizo sino muy espaciadamente. El contrato entre la Municipalidad y el Ferrocarril de Oeste fue firmado en 1869 por un monto mensual de 21 mil pesos, aunque en los años posteriores este canon se incrementó varias veces.
Antes de su inauguración y cuando apenas había cesado la gran epidemia de fiebre amarilla que azotó a Buenos Aires en 1871, el Concejo Municipal consideró oportuno prolongarlo cinco o seis leguas. La idea era llevarlas fuera del municipio "y dejar que los cerdos devoren los desperdicios" con el propósito de disminuir los volúmenes a incinerar. Pero la iniciativa no prosperó debido a los altos costos de la obra. Por consiguiente, nunca llegó más allá del sitio de la Quema junto al Riachuelo.
El ramal Estación Central-Riachuelo fue inaugurado oficialmente dos años después, concretamente el 30 de mayo de 1873, oportunidad en que se engancharon dos coches de pasajeros para uso de la comitiva que encabezó el ex Presidente Bartolomé Mitre. El acarreo de basuras, mientras tanto, había comenzado el año anterior a razón de tres viajes diarios, el primero saliendo del Vaciadero a las 9:30 horas y el último a las 15:30. Ellos fueron suficientes para conducir la recolección del día durante todo ese año.

FIN DEL VACIADERO Y ÚLTIMO VIAJE DEL “TREN DE LAS BASURAS”
Durante la primera mitad de la década de 1880, el Vaciadero de Rivadavia y Sánchez de Loria recibía diariamente un promedio de 230 toneladas de basuras. El cúmulo de trabajo y la discontinuidad del mismo hacían que los vagones cargados permanecieran allí estacionados por largo tiempo, a la vista de todos, esperando ser arrastrados hasta el sitio de la Quema. Durante esa misma época se fue generalizando el ingreso de intrusos que, burlando la escasa vigilancia existente, se apropiaban de los materiales útiles para comercializarlos a su beneficio. Esto, sumado a las quejas de los vecinos que pedían su traslado o clausura definitiva, motivó una ordenanza en este último sentido sancionada por el Concejo Deliberante en 1886. Pero no pudo cumplirse debido a la falta de buenos caminos para que las chatas municipales pudieran llevar las basuras a la Quema.
Un decreto del Intendente Antonio F. Crespo promulgado el 27 de junio de 1888 intentó desactivarlo, aunque sin éxito porque continuaban las mismas causas que lo habían impedido dos años antes. Su sucesor, el Intendente Guillermo A. Cramwell, impulsó finalmente los trabajos necesarios para que aquellos caminos se hicieran transitables y ejecutar de una buena vez la tan ansiada clausura. Así se llegó al 10 de diciembre de 1888, último día en que se admitieron desperdicios en el Vaciadero. Durante los casi doce meses de aquel año, 187 carros y 584 caballos conducidos por 217 hombres realizaron 129.468 viajes hasta ese lugar. De este modo, alrededor de 125 mil toneladas fueron reencaminadas al sitio de la Quema a través del “tren de las basuras”.
Por otra parte, la zona de su recorrido fue creciendo en edificaciones e hizo poco decorosa su presencia. Además causaba múltiples inconvenientes al tránsito público por los numerosos pasos a nivel que tenía. Y lo peor era que, al estar obligado a circular con carga máxima, las basuras sobrepasaban sus vagones y dejaba caer parte de ellas en todo su trayecto. Si a esto le agregamos lo costoso de su operación, tenemos los motivos principales para que la Municipalidad pensara en prescindir de sus servicios y dejar que las chatas recolectoras se encargaron de esta tarea.
El “tren de las basuras”, entonces, terminó por convertirse en una pesada carga para el Ferrocarril del Oeste, que ya no contó con la renta que le proporcionaba el transporte de residuos. Sin embargo siguió activo por unos años más, pues venía transportando pasajeros entre las estaciones Once, Muelle, Calle Puente Alsina y Riachuelo desde un tiempo atrás. El valor de los boletos era de tres y cinco pesos moneda corriente, según fueran de ida o de ida y vuelta, para viajar entre cualquiera de los puntos de su itinerario.
Aunque siguió funcionando por algunos años más conduciendo escasos pasajeros y carbón para sus locomotoras, ya se vislumbraba el día del levantamiento de sus vías. Así, el 14 de septiembre de 1895 la empresa propietaria informó de su desactivación definitiva.
Ese mismo día, el Ferrocarril del Oeste inauguraba otro ramal carguero en su reemplazo. Se desprendía de su línea troncal en las inmediaciones de la actual estación Villa Luro y llegaba al mismo punto terminal del anterior, a orillas del Riachuelo. Hoy por allí corren –de sur a norte– la calle Iriarte, la avenida Perito Moreno y la autopista de igual nombre.
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Imagen: Puente Colorado. Viaducto en la intersección de las actuales avenida Chiclana y calle Deán Funes. (Foto A. Pozzo, circa 1880. AGN).    

Radowitzky: el ejercicio social de la memoria


(De Oscar Taffetani)
     
Simón Radowitzky tenía sólo 18 años cuando arrojó una bomba humeante al piso del carruaje en el que viajaba Ramón Falcón (54), jefe máximo de la policía de la Capital Federal. A fines de 1909, la llamada República del Centenario era un claroscuro de bronces y guirnaldas y sangre humana entre los adoquines de las calles.
Ramón Lorenzo Falcón, blanco de aquel atentado mortal que también costó la vida a su secretario, tenía una abultada foja de servicios represivos cumplidos. Había empezado como subteniente de Ejército, acompañando al presidente Sarmiento a sofocar al rebelde López Jordán. Tras la rendición de la ciudad de Córdoba, se desplazó al sur de esa provincia a combatir “a la indiada”. De allí -siempre siguiendo el hilo conductor represivo- marchó a la frontera sur bonaerense, participando de la llamada Campaña al Desierto. A la vuelta de esa masacre, comandó un regimiento de artillería en la contienda entre autonomistas y mitristas, disparando sus cañones en Corrales y Puente Alsina, aunque por estar del lado equivocado (es un decir), sufrió la baja del Ejército. Pasó entonces a ser comisario de la policía bonaerense. Muy pronto lo nombraron Jefe del Batallón Guardiacárcel (sic). Hizo un viaje de estudios (represivos) a Europa y a la vuelta lo llamaron para sofocar la Revolución del Parque. Allí fue tomado prisionero por lo insurgentes y entró en un cono de sombra hasta que en 1891 el presidente Pellegrini aprobó su reingreso al Ejército, con el grado de teniente coronel. Comenzó entonces su ciclo como legislador. Fue senador provincial y después diputado nacional, con un breve interregno represivo (no podía faltar) en 1893. Así llegó al siglo XX. Ascendido a coronel en 1906, se hizo cargo de la jefatura de policía de la ciudad de Buenos Aires. Ya no quedaban “indios” en la frontera. Ahora, el enemigo interno era otro.

RECORTES DE CARAS & CARETAS
El 20 de noviembre de 1909, Caras y Caretas dedica su tapa y diez páginas al asesinato del coronel Falcón. La cobertura es básicamente gráfica y el juego (o la tensión) entre fotos y epígrafes sugiere que había criterios encontrados en la redacción de la revista. “Charco de sangre donde el jefe de policía fue curado de primera intención”, dice un epígrafe. Alrededor del charco posa un grupo de niños, casi sonrientes, mirando a la cámara. Luego se ve el frente del local de La Protesta, periódico anarquista asaltado por “un grupo de ciudadanos (sic), quienes empastelaron la imprenta y destruyeron las máquinas”. Más adelante, fotos del multitudinario cortejo fúnebre que acompañó los restos de Falcón hasta el cementerio de la Recoleta. La cobertura cierra con fotos de un álbum familiar: los padres de Falcón, su esposa prematuramente fallecida, el dormitorio con la cama de bronce, junto a un teléfono a manivela (lo que no es tan raro, ya que se trataba del jefe de policía). Y Falcón con fez (el sombrero turco que le gustaba). Y Falcón sonriente. Y serio. Y con niños.
De ese número de noviembre de Caras & Caretas pasamos a otro editado seis meses antes, con las imágenes de la “tragedia” (así la llamaron) del Primero de Mayo de 1909, cuando la policía al mando del coronel Falcón reprimió con ferocidad, a balazos y sablazos, a una manifestación obrera que homenajeaba en la Plaza Lorea a los Mártires de Chicago y exigía la implantación de la jornada laboral de ocho horas.
“Momento en que cayó el anciano Miguel Bosch –leemos en un epígrafe- y el ruso Reniskoff (sic), que falleció en el hospital”. Allí también hay niños que miran a la cámara, pero serios. Y hay uno que sostiene la cabeza de Reniskoff, y pide ayuda. “José Silva, español, 24 años, dependiente de una tienda de Pergamino: una bala en el occipucio. Al caer muerto”. “En la esquina de Avenida y Solís. El cadáver de Juan Semino, electricista, 19 años, domiciliado en La Plata”. “Inocencio Quiroz, 15 años, español, dos balazos en la pierna izquierda”. “Manuel Cereda, 16 años, italiano, pierna derecha”. “Salvador Tafani, 18 años, argentino, muslo derecho”. “Timoteo Fernández, 17 años, español… Juan Gradillo, 18 años, argentino…Pedro Firming, 22 años, alemán…”
También se tomaban fotos ambientales en el lugar de la masacre: “El sombrero de Eguren, mortalmente herido”. “Una galera y dos gorras dejadas también por los fugitivos”. “Banderas abandonadas en la fuga”. “Limpiando la sangre en Avenida, entre Solís y Entre Ríos”…
La cuenta oficial de víctimas fue de 11 muertos y 40 heridos, aunque los periódicos anarquistas y socialistas denunciaron mucho más.
Puesto que un gran responsable de la masacre era el jefe de policía, fue un clamor popular en los meses que siguieron, el pedido de renuncia y enjuiciamiento de Falcón. La respuesta del presidente Figueroa Alcorta (muy coherente, ya que era el máximo responsable político) fue terminante: "Falcón va a renunciar el 12 de octubre de 1910, cuando yo termine mi período presidencial".

SEMBLANZA DE UN MILITANTE
Poco se puede contar -que no se haya contado ya, y en detalle- de la vida de Simón Radowitzky, aquel joven herrero (había empezado como aprendiz, a los 10) que quiso vengar a sus hermanos asesinados el Primero de Mayo de 1909 por los cosacos y fusileros del coronel Falcón. 
Comencemos por decir que ni documentos de identidad tenía. No sabían cómo juzgarlo por no poder confirmar su edad. El fiscal le daba 25 o 30, porque quería que lo condenaran a muerte. Pero llegó una partida de nacimiento, desde Ucrania, donde decía que se llamaba Szymon Radowicki, nacido en 1891. Siendo menor, sólo pudieron condenarlo a cadena perpetua. Pero además, el juez agregó que debía castigárselo por 20 días seguidos, cada año, con reclusión en soledad y dieta de pan y agua.
Dado que la Penitenciaría de la calle Las Heras fue considerada “insegura”, se lo envió al penal de Ushuaia. Allí fue sistemáticamente golpeado, torturado e incluso violado por guardiacárceles, quienes no pudieron evitar que se convirtiera en el líder valiente y puro del penal. Cualquier demanda o reclamo de los presos, allí estaba Radowitzky. Intentaron sobornarlo, comprarlo. Cualquier beneficio que le otorgaron, incluso sueldos por su trabajo de herrero, lo destinaba a los más necesitados.
Todas las gestiones ante el presidente Yrigoyen para conseguir el indulto fueron infructuosas, pero en el año ’30, al producirse el naufragio del paquebote Cervantes frente a Ushuaia, un periodista del diario Crítica que viajó hasta allí pudo hacerle un breve reportaje, que conmovió a la opinión pública del país. Fue entonces cuando Yrigoyen firmó el indulto, tras 21 años de cautiverio. Sin embargo, lo obligó a abandonar la Argentina.
Invitado por anarquistas uruguayos, Radowitzky se radicó en Montevideo. Pero su prédica y su presencia incomodaron al presidente Terra, que pidió que le aplicaran la Ley de Extranjeros Indeseables. Sus compañeros le solicitaron que no abandonara el país, para poder sostener la lucha. Entonces, le fue dictado un arresto domiciliario. Pero Radowitzky no tenía domicilio, de modo que fue a parar nuevamente a la cárcel, por varios meses.
Al estallar la guerra civil en España, se alistó en las Brigadas Internacionales. Combatió primero en el frente de Aragón y luego, por su deteriorada salud, pasó a desempeñar tareas en la retaguardia republicana, en Valencia. Tras la victoria franquista, marchó a México, trabajando en una delegación consular uruguaya (por gestión de un compañero) y también como obrero en una fábrica de juguetes. Murió el 4 de marzo de 1956, a los 65 años, de un ataque cardíaco.
Actualmente, algunas calles de la ciudad de Buenos Aires y el Conurbano bonaerense llevan el nombre de Ramón Falcón. Todavía no hay ninguna que se llame Radowitzky. No obstante, desde hace décadas, jóvenes libertarios tienen la costumbre de escribir con aerosol, sobre las oxidadas chapas y señales de la calle Ramón Falcón, el nombre de Simón Radowitzky, recordándonos que hubo un luchador solitario y solidario que honró el Primero de Mayo y que honró a sus mártires. Es el ejercicio social de la memoria.
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Retrato de Simón Radowitzky.
Material tomado de la Agencia de Noticias Pelota de Trapo, abril 2010.