19 jun 2011

Cicerone del alma


(De Hilda Guerra)

Ninguno de los muchos premios otorgados al “Alemán” Jorge Enrique Göttling fue tan justo y apropiado como el Don Quijote.
Compartí un café semanal con él durante treinta años. Y digo uno porque muchas veces fueron dos. Hay que tener en cuenta sus viajes y mi viaje obligado por escasos meses en el 79.
Todos los que lo tratamos sabemos perfectamente que fue un caballero. Un hidalgo con la mirada puesta en lo cotidiano. Más precisamente en la gente que deambula por esta ciudad, a la que él hizo suya –aunque nació en Salta. Fue un caballero andante que buscó aventuras para sus notas.
Sólo una pluma noble como la de Jorge Göttling pudo rescatar del olvido a personajes que se desangran por dentro: mujeres y hombres nebulosos, con la bruma de algunos atardeceres.
Con su inseparable cigarrillo sólo oculto al final –en su casa– y largos cafés, fisgoneaba como al pasar lo que acontecía en Buenos Aires. Le dolía tanto el hombre divorciado haciendo malabarismos por contentar a su hijo una vez a la semana, como la muchacha de la noche, incitada a prostituirse. El pibe, que la patota –aparentemente inofensiva– le hacía bullas, o la mujer que como bien dice el tango –de eso sabía mucho–  nunca tuvo novio, se conservaba casta y en vías de pasarle el cuarto de hora. Ni qué hablar del muchacho que hacía la cola del diario para recibir menesterosamente la dádiva de la edición, solamente de avisos, con los que después haría la otra interminable cola de la humillación para no conseguir trabajo.
El “Alemán” no se atrevía a ser escritor, sólo publicó Tango, melancólico testigo, obra en la que recopiló sus peripecias surgidas de noches y reportajes sobre el género que amó. Dije no se atrevió, porque al presentarme a Horacio Barthés lo hizo de esta manera: “Ella es escritora, se atrevió. Nosotros no.” En ese momento no entendí sus palabras pero a juzgar por la manera que las recibió el colega, fue un piropo. Tampoco ahora las comprendo demasiado, porque Göttling era un cuentista nato que usaba sus personajes a los que semblanteaba para ponerle todos los finales, aunque el final fuese abierto y con maestría dejaba en suspenso. También era poeta, si consideramos como cierto el poema “Autopsicografía”  de Fernando Pessoa: “El poeta es un fingidor./ Finge tan profundamente./ Que hasta finge que es dolor./ El dolor que de veras siente./ Y quienes leen lo que escribe/ Sienten, en el dolor leído,/ No los dos que el poeta vive,/ Sino aquel que no han tenido./ Y así va por su camino,/ Distrayendo a la razón./ Ese tren sin real destino/ Que se llama corazón.”
El galardón especial Don Quijote de los Premios de Periodismo Rey de España, fue creado para distinguir el trabajo de mayor calidad literaria. Y vaya si sus laboriosas faenas tienen calidad literaria. Fue un conocedor profundo del lenguaje, un prestidigitador que esgrimió la síntesis como recurso y en cada frase abrió nuevos mundos al lector atento.
Cuando Jorge recuperó la respiración al enterarse del premio no buscado, dijo: ¨Este premio es la culminación de mi carrera. Aceptar, al fin, que he reparado partes oscuras de mi historia y que he devuelto mucho de lo que la calle me enseñó.”
Tal vez sus partes oscuras fueron el haber vivido el tango y hacer carne muchas letras que por su condición social –a veces marginal– hacía suyas. Con la llegada del hijo y un enorme esfuerzo personal fue superando las cargas más pesadas y que lo ponían al descubierto de su vulnerabilidad. No así el cigarrillo –compañero inseparable hasta último momento– al que su organismo no pudo soportar con esas embestidas.
La calle le enseñó y fueron precisamente las de Buenos Aires, sus protagonistas, sus oficios, mezquindades, algarabía y también sus fanfarronadas las que le sirvieron de crónica para todos sus mosaicos.
Su columna titulada “Miradas” y en especial una de ellas: “La espera del ciruja de Plaza Francia” fue la que el jurado de Rey de España distinguió.
Semana a semana sus lectores abrieron el diario Clarín para encontrarse con artículos antológicos. De esto da cuenta la cantidad de e-mail que recibía.
Fueron pequeños ensayos sobre la vida, casi siempre impregnados de nostalgia, sin olvidar la urgencia descarnada del aquí y ahora. Y siempre la virulencia de una ciudad pronta para lo malo y lo bueno y los estragos del tiempo, con el que ni dios puede. Sus
narraciones calaron hondo en la psicología de los personajes. Vivimos con ellos sus pesares, entrando en un mundo medular de sentimientos y con el ropaje de sus propios huesos. Duelen hasta sus posturas.
Göttling fue un conocedor profundo de la música del río de La Plata y también protagonista insoslayable de su historia y costumbrismo arrabalero que involucra no sólo a poetas, músicos, bailarines y chamuyetas del gotán, sino a toda la gente de esta parte del planeta. Y desde hace mucho, del mundo entero. Recordemos que en Turquía muchas parejas celebran sus casamientos con “La cumparsita”.
También su libro fue seleccionado por la Cancillería Argentina. Representó al país en la Feria del Libro de Madrid.
Para recibir el premio debió viajar a España, lo que significó para él un tremendo esfuerzo. Se lo entregó directamente el Rey.
Partió de este mundo el 26 de agosto del 2006. Sólo por pedido de otro amigo entrañable –Rubén Derlis– y cuando la deuda por intereses poéticos es muy abultada, puedo escribir estas palabras.
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Imagen: Jorge Göttling, dibujo de Hermenegildo Sábat.

La guerra de los porteños


(De Germán Cáceres)

La fama y el reconocimiento necesitan de circunstancias propicias, los favores del azar o del destino, o como se los quiera llamar. Jugando con la ucronía, si la editorial Cielosur no hubiese cerrado por razones económicas la revista Top, y con ello interrumpido la saga de “Marc!”, y si, además, la policía no hubiera clausurado el diario Noticias y convertido “La guerra de los Antartes” en una serie inconclusa, casi seguro que Gustavo Trigo (1940-1999) habría alcanzado la gloria.
Se le reconoce a Trigo –además de los trabajos mencionados– haber dibujado numerosas historietas, varias con guiones propios y otras con los de célebres guionistas.
En “Marc!” (aparecida en Top, Maxihistorietas completas, julio de 1971) su grafismo es sumamente original, así como el guión del escritor y poeta Osvaldo Lamborghini. El dibujante utiliza el gris y saca provecho de una estética algo ingenua y pasada de moda para la época, muy en la onda de las historietas italianas que publicaba la revista Salgari en los años cuarenta. A su vez, el texto de Lamborghini es paródico y destila ironía. Todo en “Marc!” resulta fresco, despreocupado y festivo. El protagonista es el Nº 1 de la policía internacional y vive aventuras inverosímiles: en el episodio “El ocaso de una diosa” se presenta una viñeta de casi una página abigarrada de personajes estrafalarios –aborígenes de Borneo junto a pistoleros con traje y sombrero– que están celebrando una fiesta en un antro que califican de “templo de los amigos de lo ajeno”.
A partir de 1970 Oesterheld escribió la primera y breve versión de “La guerra de los Antartes”, que dibujó León Napoo (seudónimo de Monghiello Ricci) para la revista 2001, pero debió interrumpirla porque Napoo se radicó en Francia. La segunda versión, que Oesterheld firmó como Francisco G. Vázquez,  con arte a cargo de Gustavo Trigo, empezó a aparecer como tira diaria el 22 de febrero de 1974 en el diario Noticias. La historia comienza a ser contada desde el 13 de marzo de 2001 por el teniente Sabino Torres, “El Coya”, un piloto que está de servicio por unos meses en las bases argentinas de la Antártida. Después, su padre Mateo, que vive en Buenos Aires, continúa refiriendo los acontecimientos.
El guión de Oesterheld abunda en textos, en extensos diálogos y evidencia un apresuramiento que redunda contra las posibilidades del dibujo. Debe tenerse en cuenta que ya el escritor de cuadritos militaba como jefe de prensa en Montoneros y que según el dibujante “me dictaba las tiras desde un teléfono público”.
A pesar de optar por el realismo, Trigo obtiene sobresalientes contrastes de negros y blancos. Sus imaginativas onomatopeyas cobran fuerza y contundencia y exhibe eficacia en la planificación.
Como en “El eternauta” (1957), hay una invasión extraterrestre a cargo de los antartes, que tienen forma humana y llevan máscaras y cascos. Poseen una notable supertecnología y son capaces de producir vibraciones que licuan los cerebros: en principio, estos conquistadores parecen imbatibles.
En un planteo similar a la de la citada “El eternauta”, los antartes convocan a la firma de un tratado de paz en Stonehenge (ruina prehistórica situada en Inglaterra) y ofrecen (a EE.UU. y Rusia principalmente) el aporte de su tecnología a cambio de que se le entregue la totalidad de Sudamérica.
En la Argentina el peronismo revolucionario está en el poder y gobierna por intermedio de un Consejo. Los porteños convergen espontáneamente hacia la Plaza de Mayo gritando “¡Que-re-mos pe-lear!”. Y se nutren, según comenta Mateo Torres, del espíritu del “17 de octubre”, y más adelante agrega que: “Los antartes llegaron justo cuando estábamos realizando por fin el mundo nuevo... ¡Cuando por una vez cada hombre empezaba a ser enteramente un hombre!”. Como sostiene Pablo de Santis: “No hubo otro texto de la izquierda peronista que trabajara, en forma de ficción, sus proyecciones políticas”.
La resistencia comienza a organizarse a través de grupos barriales. Y en este punto se interrumpe la historieta porque el 3 de agosto de 1974 el diario Noticias fue clausurado por un decreto del Poder Ejecutivo Nacional.
Esperemos que la historia del género haga debida justicia a este gran dibujante.
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Imagen: “La guerra de los antartes”·, dibujo de Ricardo Trigo.

16 jun 2011

Sobre la fragilidad de Buenos Aires


(De Edgardo Lois)

Hoy sí, después de convivir con un revuelto de imágenes y pensamientos en mi conciencia, sentí, pensé o me dije, que hoy sí iba a poder escribir sobre mi ciudad. Pero acabo de anotarlo y me parece que el impulso se resiente, se disgrega en posible amague, y no quiero que eso suceda. Necesito mi acto de exorcismo, necesito de estas horas de soledad en mi Luna trucha de barrio de San Cristóbal. Informo: las ventanas de mi cocina dan al pulmón de manzana, un pulmón de techos bajos y silenciosos, sí, muy silenciosos, porque así es mi Luna de mentirita: paisaje lunar con mucha membrana plateada, mucha chapa clara, y restos de satélites artificiales dispersos (ladrillos rotos, cables, cajones de fruta vacíos) entre los cráteres con apariencia de patios chicos. En mi Luna hay un árbol y tres o cuatro gatos, los famosos gatos de la Luna, como avisó el tenebroso H. P. Lovecraft. Es mi Luna una especie de imitación de esos decorados de película de ciencia ficción serie B de allá lejos y hace tiempo: casi cartón pintado, una pura apariencia que acompaña, ella siempre tan en silencio, mi escritura. Hace tres años que escribo oteando a Selene y siento que mal no me ha ido. Entonces aquí me encuentro, entre el impulso y el amague en esta tarde de lunes. Día pintado de gris, nubes de tango y blues, un día, si los hay, para tratar de hablar de mi Buenos Aires.
La primera imagen que necesito escribir tiene que ver con la más pura fragilidad. Copa o vaso chico, juguetito con historia o nuevo, la vida toda, y todavía más, el amor, muestra como principal virtud a la señorita fragilidad. Ayer puse proa a la República de La Boca para ir a hundirme entre las patas de una super araña parida en metal, una expo de arte en la Fundación donde todo destilaba concepto y psicoanálisis. Interesante, me dije, mientras comprobaba que mi pelo se movía por exclusiva acción de la brisa que provenía del Riachuelo. Luego caminé en dirección al puente viejo, mi mirada era de plano general, como lo había sido dentro de Caminito: parejas disfrazadas de tango para la foto, orificios para meter la cabeza dentro de un panel pintado y jugar a que se es otro (ay, es que todo es tan frágil), pintores recién amanecidos en el uso de colores salvajes provenientes de la más pura escuela de la vidriera de ferretería, y hasta un hombre invisible que pedía monedas que festejaran su visible invisibilidad, mientras quizá planteaba nuevas ideas que quitaran protagonismo a las estatuas vivientes. Mi mirada de plano general sobre la rambla costanera encerraba puestos de venta de artesanías y garrapiñadas, incluía la mirada hacia un cuarto piso, balcón con vista al Riachuelo, donde hasta hace poco viviera Salvador Linares, crítico de arte y amigo que se extraña; una observación que registraba la basura eterna sobre el agua oscura y los autos a velocidad sobre el puente que lleva hacia la isla Maciel; al tiempo que miraba el frente del Museo Quinquela Martín mi pensamiento llegaba al tornillo de la orden del maestro y, en una lejanía de la memoria, recuperé bien en presente el rastro de las reuniones en la peña que el pintor organizaba en el subsuelo del Tortoni, encuentros siempre vivos en La comparsa, la novela de Gómez Bas. Así caminaba hasta el toque de lo inesperado.
Vi a dos policías a unos veinte metros de mi posición. Parecía que estaban de charla. Hacía centro en ellos de manera intermitente: gente que se cruzaba en mi visual, gente que se detenía y me negaba el espacio. Pero la cercanía hizo lo suyo, el aire se liberó un poco y al fin pude ver que los policías hablaban parados frente a uno de esos bancos de cemento que están sobre la peatonal, frente al Riachuelo. El banco estaba ocupado por un hombre: vi sus zapatos negros, su pantalón gris, vi la bolsita plástica que tenía a un lado de la mano derecha, su campera azul oscuro, vi sus brazos acomodados a los lados del cuerpo, y entonces vi que su cabeza, la nuca, casi apoyaba en el borde del banco: sus ojos abiertos apuntaban al cielo. Estaba muerto. No llegaba a sesenta años. Mientras pasaba frente al hombre mi pensamiento pronunció una palabra: fragilidad, y de manera inmediata fijé mi vista en la bolsita: blanca, bolsita de mercado chino, tan simple, tan sin importancia mientras la peinaba el viento. La bolsa era la fragilidad, era la historia chiquita de tal vez salir a caminar y sentarme a descansar un poco, o era quizá la que marcaba el momento en que me sentí un tanto mareado y ya. Era la muerte en Buenos Aires, en La Boca, era la vida frágil en esta vida. Y esta imagen de ayer me llevó a otra fragilidad. Ocurrió hace dos semanas, cuando el hombre que trabajaba en la portería del edificio donde se guarda uno de mis paisajes: La Viruta, la milonga de Palermo, también, dejó de estar a poco de haberse sentido mal. Nos saludábamos, a la entrada y a la salida. Unos sesenta años, barba blanca y tupida, pocas palabras, mirada tranquila. Varias veces lo vi leer, y varias fueron las veces que me prometí preguntarle sobre qué era lo que leía, es sabido que los lectores son una especie en extinción, y ahora que lo anoto me digo, que aún sabiendo esto, no tuve el tiempo o el impulso, y dejé la pregunta para mañana. Ahora es imposible saber qué leía Juan Carlos. Cuando me enteré de su muerte me ganó la tristeza, y no fue lo mismo el lunes a la madrugada subir las escaleras para buscar la salida. El suplente estaba alejado del mostrador donde siempre estaba Juan Carlos, se ubicó lejos, sentado en un sillón en la sombra, como para no molestar, por respeto. El mostrador estaba iluminado relativamente, una luz propia de escena de velorio: sentí la ausencia, y no pude decir: Buenos días.
Sigo de escritura mientras la noche va marcando territorio en mi Luna. Sobre el único edificio que veo desde mi ventana leo un cartel de publicidad: Electro Universo, así la declaración que acompaña la escritura, y la tomo como prueba de que mi Luna es verdadera en su simulacro. Tan verdadera como la fragilidad, tan verdadera como la convicción de que no se puede andar por la vida dejando las cuestiones para mañana. Es cierto que a veces el ideal termina en la misma bolsa que el violín, y entonces andamos tratando de emparejar el partido, distraídos y preocupados en ver cómo zafamos del descenso, pero atenti, pebeta, no hay que arriar las banderas.
Para defender la parada de la vida en esta Buenos Aires es necesario contar con la presencia de la muerte, porque tarde o temprano habrá que finirla. La parca acarrea al cementerio, al desporteñadero, como lo llama Rubén Derlis, el poeta de Boedo. El desporteñadero existe debido a la fragilidad que flota en cada uno de los días. Y es al lado mismo de la fragilidad que uno debe fundar una de las tantas, y tan necesarias, memorias: la memoria que guarda a nuestros muertos. En estos días escribía una nota donde contaba parte de mis ceremonias con mis ausentes. Anotaba que mis muertos viajan conmigo, pero que es en mis barrios donde salgo a buscarlos, a estar con ellos. Camino las calles de Boedo y San Cristóbal: y los encuentro, voy en compañía desde mis lugares, desde mi mirada en el paisaje; camino hasta que llego hasta alguno de mis cafés, el Margot en Boedo o el Cao en San Cristóbal, entonces invito y soy capaz de irme de charla con mi buen fantasma: el murmullo le saca lustre a la ventana. Los muertos, su memoria, la práctica de esta memoria, funda uno de los pilares de la identidad. También guardo ceremonias en mi departamento, por ejemplo, cada vez que llega una de las fechas de mi amigo y maestro Gabriel Montergous, establezco el tiempo para que escuchemos los Impromptus de Schubert, y fuera de estos días, me encuentro con él cada vez que escucho a Schubert, y cada vez que me siento a escribir frente a esta Luna de utilería, o sea, en este preciso momento. El amigo Carlos Rigel, él también trabajador de la pluma, me escribió a propósito de la nota en cuestión: ¿Por qué me suena que tus muertos no están muertos?
En estos días escribía también una nota sobre el poeta Roberto Santoro, desaparecido desde el 1º de junio de 1977. Vivo a una cuadra de la escuela de donde los miserables se lo llevaron. Cada vez que paso frente al edificio pienso en él: Santoro, tan vivo el poeta en Jujuy e Independencia, donde trabajaba como preceptor. Cuando camino por la vereda siempre busco con la mirada la placa/baldosa que lleva su nombre, sé que ya no se lee porque la caminaron cantidad de alumnos, pero miro hasta que la encuentro: su rastro en gris.
Me gusta pensar que la sombra es el reflejo del alma mientras estamos vivos, y que cuando llega la muerte, la susodicha se hace noche, se refugia para hacerse fantasma, y mientras hacia el sueño deriva sueña con guardarse en nuestra memoria.
Me gusta sugerir el sano ejercicio de convivir con nuestros muertos, porque ellos lo necesitan y nosotros también, el mar sigue revuelto y los enemigos han modificado caretas, ayer en verde oliva, hoy en amarillo y en extrañas combinaciones dentro de un deslucido arco iris, por eso Santoro me habló en su esquina, él tan vivo, con tanta convicción: yo amo / tu escribes /él sueña / nosotros vivimos / vosotros cantáis / ellos matan. Me aclaró, se llama Verbo irregular y está en No negociable, una de mis carpetas.
Si ellos pueden, yo también, y con más razón, debería poder, así pensé y al final escribí sobre mi Buenos Aires, al menos, sobre una de ellas.
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Imagen: Calle Constitución, en San Crístóbal, circa 1960. (Foto rudberoliv).
Texto tomado del periódico Desde Boedo.

14 jun 2011

Roberto Mariani


(De César Tiempo)

“Nací hace tiempo. Tuve mis cuatro alegrías y mis ocho dolores, como estaba escrito. Fui extranjero en todas partes y bebí la sal de todos los vientos. Se ensangrentaron mis puños golpeando portales que no se abrían, y mi voz se rompió con el último alarido. Y, entonces, como en la vieja fábula del zorro y las uvas, dije que nada valía nada porque nada había conseguido apresar. Estoy, pues, como antes de soñar: sin nada. O peor, porque ya ni sueños tengo.
“¡Los tendría! He entrado en el período en que uno ríe con sorna de toda ingenuidad y en que se precave contra el autoengrupimiento. Y voy más lejos todavía: tengo vergüenza de mí mismo. No cumplo ninguna misión en la tierra, como no sea la de constituir un inútil peso sobre ella. Pero me consuela pensar que acaso Dios en sus inescrutables designios me reserve algo grande que no adivino qué puede ser. Me gustaría explotase la R. S. y representar en ella algún rol. Muy serenamente acumularía sobre mí la responsabilidad histórica y moral de un terror que diera en la canasta con la cabeza del 99 por ciento de mis semejantes.
“Aunque ¿vale la pena esta mezquina humanidad de pícaros, farsantes ladrones, aventureros y asesinos que uno se tome ese trabajo y esa responsabilidad?
“Un día pensé realizar un acto que explicara la idea grotesca y ridícula que tengo de la vida y sus animales: encerrarme en el w.c. y ahorcarme con los tiradores.
“No lo hice, y es porque yo también soy cobarde y sensual. Soy, pues, como todos. La cobardía por una  parte y por la otra la sospecha de algún goce todavía por apurar, impidiéndome despedirme de la gente con una última postura de payaso trágico y obsceno”.
Con estas palabras iniciaba Roberto Mariani un conato de autobiografía destinada a los lectores de una exposición de cuentistas argentinos organizada por Miranda Klix allá por el año 1929. ¿Quién puede decir si la hubiera suscrito con la misma exaltación, o con la misma sonrisa –irónica y melancólica– en 1957?
Roberto Mariani no perteneció nunca a esa especie que se conoce con el nombre de luchador, suerte de arribistas nietzcheanos que llegan a la literatura después de haberse entrenados en los picaderos nihilistas, y que aspiran, hartos de sufrir desdenes y ayunos, más que la gloria artística, a su parte material en el convite. Ni desesperada voluntad de imponerse ni hosquedad zahareña frente a los que se han impuesto, ni simpatía literaria ni personal por esa inferhumanidad que ha reemplazado la dialéctica por la balística y que no es precisamente un paradigma de la lucha de clases, caracterizaban la posición espiritual de este escritor que había tomado partido, pero no admitía directivas, así como no supo nunca buscar el clima favorable en que pudiera frutecer el éxito. Si algo rechazaba con todas sus fuerzas era el oportunismo, la hipocresía, el sometimiento, ese afán de no pocos hombres de letras de suplantar con su ambición al destino, como si el mundo de las ideas y el sueño de la obra estuviesen condicionados al sempiterno juego de las causas segundas.
Mariani fue siempre un apasionado que tuvo el pudor de su tremenda ternura de hombre. Fue un artista que tuvo el pudor de su tremenda capacidad de expresión.
El título de uno de sus últimos libros lo define: En la penumbra. En esa sombra pálida entre la luz y la oscuridad, que no deja percibir dónde empieza la una y acaba la otra, es donde prefirió estar siempre. Y, a pesar de la estridencia de su borrador autobiográfico, donde se sentía mejor era en la soledad y el silencio, y en esa media luz que no daña los ojos e impide verse a sí mismo en los espejos de la vanidad.
Lo conocí cuando acababa de publicar Cuentos de la oficina, el libro que le valió el espaldarazo de Payró y una notoriedad ancha y súbita. Ya entonces parecía uno de esos personajes de Huysmans condenado al celibato y la pobreza, resignado a limpiar siempre su vaso cuando tiene sed y a combatir el frío caminando y blasfemando a través de una habitación nada hospitalaria. Ya entonces tenía ese modo tan singularmente suyo de vocalizar acentuando las sílabas con una especie de voluptuosidad agresiva. Y de reírse con una risa líquida y breve que lo hacía enrojecer como si estuviese al borde de la apoplejía. Reía poco en realidad, y prefería escuchar y callar, pero celebraba de corazón las ocurrencias de sus camaradas, sobre quienes imponía en todo momento una autoridad que nacía, no de sus años, pues ahora advierto que era un muchacho, sino de la seriedad esencial de su inteligencia, de su horror a la ambigüedad y el filisteísmo, de su amor inquebrantable por la verdad, por su verdad. Fue el único escritor de su promoción que pudo escribir indistintamente en Claridad y en Martín Fierro y al que los integrantes de este último grupo, en plenas beligerancia polémica, respetaban como a ningún otro.
Como Daudet, como los Goncourt, como Cambaceres, no tenía Mariani temperamento creador. No creo que haya inventado una sola de sus historias. La realidad ambiente le brindó tema para cada uno de sus libros. Una larga permanencia en Mendoza le permitió escribir Las acequias. Su grumetaje a bordo de una institución bancaria le dio los tipos y los episodios de Cuentos de la oficina. Su desdichada experiencia sentimental le dictó las páginas de El amor agresivo. El canditado pinta literalmente a un conocido caudillo político que fue su cuñado. Su último libro es el dietario de su crisis religiosa.
Tenía Mariani la objetividad irónica de Chéjov y frente a la vida sabía conducirse como un hombre que observa su espectáculo sublimado por el instinto de una gran bondad que no excluía la capacidad de discernimiento y de crítica. Su ausencia de fuego inventivo no resta calidad a una obra que se apoya en la realidad y de la realidad extrae los cuadros que pasan inadvertidos para el observador vulgar. Su técnica era precisa y segura, y aun lector encarnizado y celoso de Dostoievski y Proust, siempre supo ser él mismo, desnudándose en la profunda piedad con que trataba a sus criaturas atormentadas y desamparadas.
Pudo ser el primero de su generación, no le faltaron talento y personalidad para ello, pero retraído y áspero, prefirió permanecer en la penumbra, trabajando calladamente, mientras otros, más ávidos, usurpaban su lugar, distraían la atención de la crítica sobre una labor que al lado de la suya no tenía derecho a ninguna consideración. Si existe una justicia, esa justicia revisará la ligereza de un veredicto que no concedió a Mariani el lugar que le corresponde.
Por de pronto, en la casa donde nació, en la Boca, una placa señala dicha circunstancia, todo un acontecimiento en un país que desdeña oficialmente a sus escritores. Y una editorial acaba de realizar la proeza de reeditar sus Cuentos de la oficina, prologado por Luis Emilio Soto que participó en las escaramuzas iniciales de Boedo contra Florida.
Solía vérsele con frecuencia en las ruedas del “Tortoni”, junto a pintores y escritores, en la primera época de Claridad. José Sebastián Tallon, que le hizo varias caricaturas felicísimas, se divertía haciéndole estallar, al socaire de un juicio de valor que afectaba a un ausente. No se le podía hablar mal de Roberto Arlt, que llegaba siempre después de medianoche, con los zapatos embarrados y su eterna sonrisa sobradora, desde su aquelarre, ni admitía que se le confundiera con Mario Mariani que entonces estaba en auge. Era un camarada con un sentido dogmático de la amistad, un escritor informado y minucioso –fue el primero entre nosotros en difundir La trahison des clercs, allá por 1927 cuando recién lanzaba Grasset el libro en París–, y estaba al tanto de todos los movimientos literarios de vanguardia, que comentó y enjuició con acuidad y responsabilidad. Por ese entonces sostenía que no es una traición el realismo cuando éste no reniega del ideal, sino que lo descubre y reconoce en el seno mismo de la realidad. Aquí está Mariani de cuerpo entero, a ese Mariani a quien se llega cruzando varias capas difusas de socarrona hostilidad hasta dar con el hombre fundamentalmente bueno y adélfico que no toleró nunca la frivolidad y la ligereza. Fue de los pocos escritores que conocí a quien nunca preocupó el dilema entre la propia sinceridad y la probabilidad del premio. Existen obras que no nos satisfacen, y ahondan, sin embargo, nuestro fervor hacia el artista que las creó. Tal cosa ocurre con Mariani.
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Imagen: Una de las ediciones de Cuentos de la oficina.  
Este trabajo fue tomado de la revista Gaceta literaria (Nº 11, año II, noviembre de 1957).

10 jun 2011

Villa Pueyrredón, ese cachito de Buenos Aires


(De Francisco Pelegrin)

Villa Pueyrredón es un barrio de Buenos Aires, pequeño, simple, alejado del centro. En la superficie de la Capital ocupa poco espacio y su historia es bastante nueva. A fines del siglo pasado, el escritor tradicionalista Manuel Bilbao en uno de los libros en que habla de la Capital Federal dice: “Villa Devoto está separado de Villa Catalinas –fundada en 1887, actualmente Villa Urquiza– por un despoblado”. El despoblado que menciona el autor es la futura Villa Pueyrredón que en aquel momento no existía.
Recién en el mes de abril de 1905 en el cruce de la calle Milán –hoy Condarco– se inaugura el apeadero del Ferrocarril Central Argentino –ahora General Mitre– llamado “Km. 14”. Llegó el ferrocarril con sus rechinantes caravanas y sus camellos de fierro de tracción a leña para pasar por ésta, que era una tierra de nadie. Los primeros vagones envueltos en sábanas de humo  parecían fantasmas en medio de ese territorio desolado. Desierto y nada, nada en ese desierto. En él el viento se hamaca, allí se queda; no vale la pena cambiar de lugar porque todos sus puntos son iguales. En los días claros todo es abandono y en las noches negras el vacío se agranda. De día nada se ve; en las noches largas sin faroles y sin ojos que miren, tampoco. No hay quién entre a él, tampoco ninguno que salga. Los soles ardientes del verano no queman y las lluvias torrenciales del invierno no mojan, porque las cosas sólo tienen realidad cuando alguien las ve, las siente, las usa, o las piensa.
Los primeros pobladores llegaron para convertir el “despoblado” de Balboa en un recuerdo. Seguramente a partir de ese momento los primeros habitantes construyeron sus humildes viviendas en los alrededores del paradero ferroviario. Desde un principio el trazado de sus arterias fue simétrico, salvo en las manzanas cercanas a las vías férreas, que se desplazan en diagonal, y que presentan aún un trazado irregular. Por entonces Pueyrredón todavía era un pedazo de pampa; un barrio que estaba naciendo. Pronto llegarían de lejos las gentes que en él iban a encontrar su sitio, y con sus risotadas y vozarrones, y con sus cómicos chapurreados gringos acabarían con el silencio.
El crecimiento debió ser rápido, mayor y creciente el número de pasajeros que empezaron a viajar en tren, porque en 1907 prolongaron el andén hasta la calle Sud América, hoy General Artigas. Poco tiempo más tarde, a la altura de Bolivia y Cabezón hicieron la boletería y entonces el humilde y provisorio apeadero se convirtió en estación. En lugar del modesto “Km 14” con que se lo identificaba, se le dio un nombre más acorde con su nueva jerarquía: Estación Pueyrredón. Don Enrique Pereda, fundador de la Junta de Estudios Históricos de Villa Pueyrredón, llegó a la conclusión de que 1907 es el año en que el barrio fue fundado.

Muchos de los primeros nombres que tuvieron nuestras calles con el tiempo fueron cambiando. Algunos eran apellidos que pertenecieron a expedicionarios que vinieron con Garay en la fundación de Buenos Aires; hasta la actualidad han perdurado algunos: Griveo, Escobar, Franco, Pareja y Vallejos.

Los primeros faroles que alumbraron las calles fueron alimentados a querosene; colgaban en postes de madera de tres metros de alto que estaban enterrados en las esquinas más importantes. El farolero, don Nicola, que vivía en Tequendama, actual Gabriela Mistral, y Condarco; con Jaime, su ayudante, en los atardeceres recorría las calles con una escalerita  y unas latas con combustible. Aparte del encendido hacía tareas de mantenimiento, como el de cambiar mechas y reponer los vidrios rotos por los piedrazas de los pibes. En Timbó y el pasaje 26 de Julio, hoy Carlos A. López y Joaquín Castellanos, vivía don Mamberto, que tenía en su depósito herramientas, postes y faroles de repuesto, mechas, vidrios, materiales varios y tambores para llenar las latas de combustible.

Los pocos vigilantes que tenía el distrito naciente andaban a caballo. Entre ellos, tal vez atraídos por la espectacular vestimenta, había italianos, españoles  y turcos. Hasta 1925 vestían uniforme azul, botines, polainas, cartuchera de cuero negro, casco tipo prusiano, revólver Colt 38, bastón blanco, dos silbatos: uno común y otro para llamadas de auxilio a un compañero en las noches de ronda.

La enorme propiedad que había sido la casa de veraneo del dueño de la cadena de bazares Bignoli, fue adquirida por una sociedad de beneficencia sirio-libanesa para ser destinada a hospital. La idea era que atendieran a la colectividad y también a la gente de la zona. En 1937 se inauguró con el nombre de “Hospital Sirio Libanés”, con entrada por Campana al 4600. La ceremonia, de la que fue padrino el presidente de la Nación, general Agustín P. Justo, fue todo un acontecimiento.

Promediando la década del 30 el barrio ya tenía forma. Las calles más transitadas estaban llenas de pequeños negocios. Había escuelas, sociedades de fomento con sus bibliotecas, varias iglesias y un cine. La avenida América, hoy General Mosconi, las calles Sud América y Nazca y la avenida Nacional, actualmente Salvador María del Carril, estaban adoquinadas, las demás, en su gran mayoría, eran de tierra.
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Imagen: Escudo de Villa Pueyrredón.

9 jun 2011

Pablo Emilio Coni, el servicio postal y el telefónico


(De Mario Tesler)

Con el diploma obtenido en la Cámara de Impresores de París, Pablo Emilio Coni abandonó su patria rumbo a California. No obstante y debido a razones ajenas a su voluntad, se vio obligado a quedarse en Montevideo.
Al poco tiempo se trasladó a Corrientes, donde comenzó su labor profesional. Lo realizado en esa provincia constituyó la primera etapa. En Buenos Aires y con la participación de sus hijos, Fernando y Pablo, transcurrió la segunda.
Coni se vinculó con el primer mandatario constitucional correntino de ese entonces, el doctor Juan Pujol, quien le encomendó reorganizar y dirigir la envejecida imprenta oficial, llamada Imprenta del Estado. Se desempeñó en tal función desde el año 1856 hasta 1859. Durante el citado período fundó el periódico oficial La libre navegación de los ríos, nombre reemplazado por el de El comercio y luego por el de La opinión. Cabe agregar que a partir del número 49 Coni además de ser el impresor aparece como  editor responsable.
El establecimiento en el cual funcionó la Imprenta del Estado, que luego fue Imprenta del Comercio, estuvo en la calle 25 de Mayo, antes Convento de Santo Domingo, de la ciudad de Paraná.
De ese establecimiento salieron los primeros libros que imprimió Pablo Emilio Coni, para cuya realización se emplearon matrices francesas, entre ellos el célebre Calendario perpetuo, que hoy día integra la nómina de las piezas codiciadas entre el mundillo de los bibliófilos.
Las publicaciones periódicas, como cualquiera de los otros muchos impresos salidos de su taller se caracterizaron por la irreprochable factura.
En 1859 se trasladó con su familia a Europa y retornó en 1861. Radicado en Buenos Aires, Pablo E. Coni fundó la imprenta que llevó su nombre y luego el de Pablo Coni e hijos.
En esta, su segunda etapa, las actividades comenzaron en un pequeño local de la calle Cangallo 47 ( hoy Tte.Gral. Juan Domingo Perón ), entre Reconquista y San Martín. Meses después mudó el establecimiento a Perú 101-107, para trasladarlo en 1874 a la calle Alsina 60 (actual 466). El asiento definitivo fue en la calle Perú 680, su propio local. Tales cambios pueden ser constatados en los diferentes colofones de las muchas obras impresas.
Además de libros y folletos, fue editor de las primeras publicaciones periódicas especializadas de considerable nivel que se produjeron en el país: la Revista farmacéutica, los Anales del Museo Público de Buenos Aires, la Revista médica quirúrgica y los Anales de la Sociedad Científica Argentina, entre otras.
Por sus cualidades como impresor y editor, aunado a su desinterés y generosidad para con los autores, el nombre de Pablo Emilio Coni está íntimamente ligado con todo cuanto se relaciona a la historia del arte tipográfico argentino en el siglo XIX. Por ello también en la historia del servicio postal y del servicio telefónico en la República Argentina se advierte su presencia, tanto en la primera como en la segunda etapa de su actividad.
Durante la gobernación de Juan Pujol, su padrino de boda, el ejecutivo sometió a la aprobación de la legislatura correntina un proyecto de ley para imponer el cobro de porte por el servicio postal en esa provincia. Entonces desde las columnas de su periódico El Comercio, Coni expresó en un suelto, publicado en la entrega del domingo 10 de febrero de 1856, su apoyo a la iniciativa.
El proyecto contó con sanción favorable y después de promulgado, el gobernador Pujol le encomendó imprimir los sellos postales a Coni, en su condición de director de la Imprenta del Estado.
En aquella época y en aquel lugar, cumplir con el cometido no fue tarea fácil. Por último Coni se conformó con el único que poseía rudimentarias nociones de grabado, me refiero al panadero francés Matías Pipet, y le encargó el grabado de la lámina, o clisé.
Teniendo como modelo un sello francés, con la esfinge de la libertad, Pipet efectuó el grabado en una plancha de cobre. El cuidado de la impresión quedó a cargo de Coni.
Silenciados los anteriores y exitosos ensayos vernáculos de instalación de líneas y fabricación de aparatos telefónicos a partir de año 1878, a fines de 1880 llegaron a Buenos Aires personeros y empresas extranjeras con el propósito de explotar las posibilidades comerciales del nuevo servicio.
Clemente Cabanettes fue quien representó a la Sociedad Nacional del Panteléfono, cuyos comienzos reales datan de los primeros días del mes de enero de 1881.
La disputa por el predominio en el medio porteño alcanzó contornos insospechados, que obligaron la intervención de la policía y la justicia. Mientras tanto Cabanettes prosiguió su campaña publicitaria, sin recurrir para ello al empleo de métodos reprobables. Además de la publicidad a través de los diarios no obvió recurrir a la tribuna pública.
En efecto el director de la Sociedad del Panteléfono L. de Locht y Cía. hizo una medular exposición en el Coliseum, de Buenos Aires, el día 8 de febrero de 1881. Alberto Navarro Viola, en su Anuario bibliográfico de la República Argentina correspondiente al año 1882, señala que el disertante no poseía bien el español.
El texto de la exposición leída fue dado a conocer en un opúsculo de 32 páginas, in-cuarto (o sea que teóricamente debiera medir 16 cm. de largo por 22 cm. de alto). El periodismo de entonces no mencionó su aparición, por lo menos entre aquellos importantes que he revisado.
Hasta no hace mucho tiempo se ignoraba si algún ejemplar del citado impreso había logrado sobrevivir. Felizmente en la biblioteca de la Sociedad Científica Argentina encontramos uno. Gracias a este hallazgo se comprobó que El Panteléfono L. de Locht, conferencia sobre la telefonía y el panteléfono dictada por Clemente Cabanettes, fue impreso en el taller de Pablo Emilio Coni cuando estaba instalado en la calle Alsina 60.
No deja de ser ciertamente agradable esta coincidencia, que introduce el nombre del recordado impresor en los anales de la historia de las comunicaciones argentinas.
Pablo Emilio Coni nació en 1826, se dice que fue en Saint Malo, y se sabe que falleció en Buenos Aires el 17 de abril de 1910.
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Imagen: Primer sello postal argentino, diseñado por Matías Pipet, impreso por Pablo Emilio Coni en 1856.

8 jun 2011

Dos sociedades porteñas de afro-argentinos del siglo XIX


(De Arnaldo J. Cunietti-Ferrando)

EL TESTIMONIO DE LAS MEDALLAS
Nos vamos a referir a dos instituciones que acuñaron las primeras medallas de la colectividad afro-argentina de Buenos Aires. Debemos aclarar que existen medallas dedicadas a miembros de la colectividad negra, siendo la más antigua la concedida a Ventura, un esclavo de doña Valentina Feijóo que denunció la conspiración de Alzaga en 1812 y que lleva una simple leyenda, “POR FIEL A LA PATRIA”.
También se acuñaron medallas de homenaje a Lorenzo Barcala, un ex esclavo negro que ingresó como soldado al batallón de Cívicos-Pardos organizado por San Martín en Mendoza ascendiendo con los años por méritos propios a coronel. Hay medallas en su homenaje y una calle de Buenos Aires lleva su nombre.
Pero si bien están dedicadas a dos afro-argentinos, estas medallas no fueron acuñadas por miembros de esa colectividad. En cambio, nos referiremos a dos interesantes piezas hasta ahora inéditas, mandadas acuñar por sociedades de negros y mulatos de Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX.
La más antigua corresponde a la Sociedad Fraternal, fundada en 1854, una de las primeras instituciones de socorros mutuos de los afro-argentinos porteños, cuya Comisión Directiva estaba integrada por Casildo Thompson como presidente, José María Morales como secretario y Ricardo Mendizábal, Rufino San Martín, Federico Mendizábal y Raimundo Llanes, en los otros cargos.
Ese mismo año de 1854 fundaron con gran sacrificio una escuela primaria a la que bautizaron “Colegio del Carmen”, con el fin de “proporcionar a sus hijas una educación independiente” y la sostuvieron de su peculio hasta 1859 en que la situación se complicó, pues ese año: “todos los miembros que componen esta asociación y que contribuyen con sus recursos a llenar las exigencias del establecimiento, tienen que salir a campaña a cumplir con los deberes del ciudadano y defender los derechos de la Patria que sostiene con dignidad el Estado de Buenos Ayres.” Debemos aclarar que por ese entonces, nosotros estábamos separados de la Confederación que tenía su sede en Paraná y recién en 1859 a raíz del Pacto de San José de Flores, se logró la unificación del país.
Muchos negros porteños fueron enganchados en los ejércitos que hicieron frente a las tropas de Urquiza, tanto en los campos de batalla de Cepeda como de Pavón.
Aquí sólo había quedado un pequeño número de socios que si bien durante cinco años hicieron esfuerzos superiores a sus facultades para mantener el colegio, ya no podían hacerlo y peligraba su continuidad. Fue en estas circunstancias que se presentaron al gobierno solicitando un subsidio de 1.500 pesos mensuales, que se les acordó con la condición que esta ayuda debía “cesar después del regreso a esta ciudad del batallón a que pertenecen los suplicantes”.
Cuando regresaron, luego de combatir en Cepeda y en otros hechos de armas, la mayoría había perdido sus trabajos y ya no podían mantener esta modesta escuela primaria. En 1860, al solicitar la extensión del subsidio, sólo les concedieron 750 pesos, que se usaban para abonar el sueldo de la maestra, doña Guadalupe Viera.
Ese año, un informe de Juan María Gutiérrez, presidente del Departamento de Escuelas, señalaba que el Colegio del Carmen tenía 43 alumnos de ambos sexos “pertenecientes a la clase de color, la mayor parte de los cuales se educaban gratis por ser hijos de padres pobres, y el resto abonaban mensualidades que eran destinadas a llenar los gastos del establecimiento.”
En 1863 ya recibía 60 alumnos, la mitad gratis ya que muchos padres de los pequeños alumnos apenas ganaban para subsistir y si no lo subsidiaban debía cerrar sus puertas. El gobierno les otorgó esta vez 700 pesos mensuales “que es lo que gana la Preceptora” y la escuela quedó bajo la inspección del Departamento de Escuelas, que les aconsejó presentarse a la Municipalidad para que resolviera incluir este colegio en las partidas del presupuesto municipal. Ese año se pierden sus rastros y también los de las Sociedad Fraternal.
No obstante su estrechez económica, el Colegio del Carmen otorgaba anualmente premios a los mejores alumnos que consistían en medallas, acuñadas por el famoso grabador italiano Pablo Cataldi que, casi con seguridad se las entregaba gratis.

LAS MEDALLAS
En el anverso, leyenda perimetral superior: SOCIEDAD FRATERNAL. En el campo en cinco líneas, la última en el segmento perimetral inferior: COLEGIO / DEL / CARMEN / DE / BUENOS-AIRES. En el reverso, dentro de dos ramas de laurel frutado leyenda en tres líneas: A LA / APLICACIÓN / 1857.
Son medallas de plata, con un diámetro de 25 milímetros y fueron acuñadas por Cataldi, cuyas iniciales PC. figuran en el exergo (1). Algunas tienen punzonado el número 57 del año; otras muestran la fecha incompleta 18…  y existen ejemplares, como el que ilustramos, que llevan un aro ornamental para poderlos lucir los niños premiados en sus vestimentas. 
La otra sociedad de socorros mutuos entre afro-argentinos de Buenos Aires que acuñó medallas, fue La Protectora, fundada por Eugenio del Sar, nieto de esclavos y figura destacada de la colectividad negra, el 15 de julio de 1877 con 30 socios considerados “Fundadores”.
Precisamente, la medalla que conocemos es una pieza única y hasta ahora inédita que se conserva en la colección del Museo Mitre (2) y fue otorgada a los miembros fundadores. Su foto y descripción es la siguiente:
En el anverso, estrella de siete puntas con círculo de puntos. En su centro aparecen dos manos entrelazadas sosteniendo tres ramas de laurel. La leyenda perimetral del círculo dice: LA PROTECTORA FUNDADA, y se continúa en  brazos de la estrella: EL / 15 / JU / LIO / DE / 18 / 77. Sigue en el campo: AL / SOCIO FUNDADOR. En el reverso liso, se colocó un anillo para colgar. Es de plata, mide 42 milímetros y no figura el nombre del artista grabador.
Al año siguiente de 1878, ya los socios se habían duplicado, incorporando además 25 miembros honorarios. En ese mismo año se mudaron a un local más grande ubicado en la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre) entre Talcahuano y Uruguay. En enero de 1881 comenzaron a editar una hoja periódica titulada “La Protectora”, con noticias de interés para los lectores, e instalaron una biblioteca pública en su sede.
Bajo la presidencia de Tomás B. Platero, inauguraron el 28 de octubre de 1883, un panteón en la Recoleta, siendo padrinos el Dr. Bernardo de Irigoyen, por entonces ministro del Interior y la señora Carmen Alvear de Benítez, con la presencia del intendente Torcuato de Alvear y de más de 300 afro-argentinos (3). El terreno había sido comprado y donado por Eugenio del Sar poco antes de fallecer (4).
Decía el diario La Crónica: “La Sociedad Protectora es compuesta por negros y mulatos, de esos negros y mulatos que vemos desfilar en los batallones en masas compactas armadas y que son el muro vivo que la patria opone hoy a la lanza de los salvajes para conquistar a precio de su sangre, el desierto a la civilización, y a los que esta vio ayer rodeando al gran capitán de los Andes y reflejando el Campo de su gloria, o en el Paraguay coronando la fortaleza enemiga a la voz de los oficiales y de los gefes, siempre sufridos y bravíos desafiando la muerte y sirviendo a la patria con la abnegación admirable de los que no aspiran a las glorias y a los honores y no recibirán tal vez ni la cruz humilde que señale a los demás los restos de los que cayeron por ella.” Y concluye: “La Sociedad La Protectora merece el aplauso y el aprecio de todos. Ella no sólo ha luchado por llevar a cabo un acto piadoso y grande cuyo objetivo directo son los muertos, sino que trabaja también con fe y con ardor para levantar el nivel moral de sus miembros vivos y de las clases de color a fin de reivindicar para ellas el lote de derechos que la ley les acuerda y del que no gozan aún en la práctica plenamente, desde que se les somete por violencias muchas veces al servicio de las armas o son retenidas injustamente en él, o contra su voluntad de ciudadanos de una nación libre y civilizada” (5).
El fundador Eugenio del Sar, quien había ideado para los actos de la Sociedad el uso de un estandarte rojo con un símbolo masónico en su centro, falleció el 9 de noviembre de 1882 (6). Esta es la segunda medalla que hemos detectado mandada acuñar por la sufrida colectividad afro-argentina de Buenos Aires.
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Notas:
(1) Eduardo de Urquiza: “Catalogación de las piezas acuñadas por Pedro Cataldi”. Nº 9. Boletín de IBNA. Nº 8. Bs. As., 1960.
(2) Museo Mitre, Catálogo, Nº 3485. Bs. As., 1995.
(3) “La Nación”, 30 octubre 1883.
(4) Esta bóveda se vendió años más tarde, en la década de 1920.
(5) “La Crónica”, octubre 1883, Bs. As.
(6) Tomás Platero: “Piedra libre para nuestros negros”.

Imagen: Anverso y reverso de la medalla del Colegio del Carmen.

7 jun 2011

Estampa colonial

 

(De Enrique Méndez Calzada)

Portalones negros y bajos,
ventanas de macizas rejas,
muros pardos, techos de tejas
ornamentados de yerbajos.

La calle, angosta y desigual,
de alumbrado harto circunspecto,
esta noche tiene un aspecto
marcadamente virreynal.

¡Es extraño! ¿Qué habrá pasado?
He aquí que el orden se subvierte.
¿Qué hará el sereno, que no advierte
que ya son las doce y nublado?

(Desgarrando el negro tirante
raso del cielo nocturno,
da la hora el gallo de turno
que es el sereno reemplazante).
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Imagen: Fachada colonial, dibujo de Omar J. Blanco.

Para contribuir a la memoria


(De Rubén Derlis)

¿Tiene algún sentido poner placas conmemorativas en el lugar donde vivió alguien que alguna vez fue un vecino más y que ahora, por sus actuaciones y sus méritos ha pasado a ser un personaje (aunque en lo personal no me gusta esta palabra) en la memoria colectiva del barrio? ¿Sirve de algo fijar hitos que marquen el sitio donde tuvo lugar tal o cual acontecimiento que hizo trascender el nombre de la barriada hacia otros ámbitos ciudadanos? Sin dudarlo digo que sí, ya que es una de las maneras de fijar la historia, de llamar la atención –aun en la brevedad que por lógica encierran dos fechas y una mínima referencia– acerca de aquello que hace a nuestra identidad: dice quiénes somos, dónde estamos parados, hacia dónde nos dirigimos. Nada menos. Esta forma de homenaje es también una manera de ejercer la memoria activa.
Buenos Aires es bastante mezquina en mármoles y bronces que señalen vidas, acontecimientos o lugares que cimentaron su acervo ciudadano; toda suerte de militares y otros aláteres están representados con dadivosa profusión pese a que a muchos de ellos les vendría mejor un piadoso manto de olvido; pero aquellos que fueron los verdaderos artífices de la porteñidad brillan  por su ausencia; hago salvedad de ciertas esquinas nombradas criteriosamente y de algunas que otras placas, que por supuesto las hay; pero no bastan. Esto en lo general, pero como lo que me ocupa ahora es lo particular, hablemos de Boedo.
La Junta de Estudios Históricos hace denodados esfuerzos por lograr poner en algún frente un simple rectángulo de bronce que, cuando lo logra, se celebra como un triunfo por la ardua lucha que antes debió librar en largas amansadoras de antesalas burocráticas o –también hay que decirlo– por la oposición de los mismos frentistas. Contra los primeros la contienda es desigual, ya que, como lo registra el folclore porteño, es muy difícil, cuando no directamente imposible, vencer de primer intento a los burócratas por más empuje y tesón que se tenga; en cuanto a los segundos, me parece que no debiera mediar batalla alguna, sino todo lo contrario: éstos tendrían que mostrar orgullo de estirpe boedense de que el frente de su casa o comercio luzca un bronce que no es más –y no es poco– que el reconocimiento de los vecinos hacia uno de sus iguales, o a la conmemoración de algún evento que sirvió para dar mayor fuste y trascendencia al barrio. Es de suponer que todos alentamos una igual esperanza: que se hable de Boedo tanto en el presente como en el más lejano futuro, como del lugar que fue cuna de hombres cuyo protagonismo, mediante hechos o ideas, quedó inscripto en la conciencia ciudadana, y no como el barrio que a partir de la década del 70 pasó a ser el mayor centro de ventas de electrodomésticos de la ciudad.
Quien haya caminado París  en breve plan turístico, es decir, no más allá del Barrio Latino, la Torre Eiffel y la breve visita a Montmartre, habrá notado sin embargo sin mucho esfuerzo la cantidad de chapas e indicios recordativos que le salen al paso desde mansiones, comercios, plazas y aun desde el malecón del Sena; los que dispusieron de más tiempo y se adentraron en sus barrios, pudieron ver que casi no existen calles que no tengan algún edificio condecorado con alguna placa en su frente y que a veces ésta –como casi todas, de mármol– está a nivel de un segundo piso, lo que dificulta su lectura; pero está. Y no creo que su actual habitante se sienta molesto porque allí diga: “Aquí vivió Madame Curie”, o “Aquí habitaron Vincent Van Gogh y su hermano Theo”, o “Sobre este puente fueron muertos por los nazis los ocho mártires del Liceo Bufón” o “En este solar estaba la casa de campo de Molière” entre otras muchas.
Lo que pretendo significar es que cada uno de estos fragmentos de mármol o bronce desperdigados por uno y otro lado, es un pedazo de la vida de París que oficia de disparador para activar la memoria del parisino. De eso se trata. Se podrá argüir que París tiene varios siglos y no poco para recordar. De acuerdo: pero alguna vez empezaron, y no fue hoy precisamente. Buenos Aires tiene muchísimos menos años y Boedo menos todavía; sin embargo esto no quiere decir que carezcan de historia. Para tener pasado hace falta tan solo nombrar el ayer; asumido éste se puede pensar en anteayer, y ya estaremos memorando. Pero para trasmitir esta memoria es preciso fijarla, patentizarla, que cobre vida en la calle ante cualquier transeúnte sin recurrir a los libros, que le hable desde los frentes de los edificios y lo haga sentir partícipe de una misma gesta. Cuando esto ocurre, miramos hacia adelante con otros ojos y otra conciencia, porque vamos aprendiendo a mirar hacia atrás. Y a asumirnos.
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Imagen: Chapa fileteada y bronces recordativos en la pared del ex Café "Canadian", actual "Esquina Homero Manzi", en Boedo y San Juan (Fotografía de Gustavo Frasso).
Nota tomada del libro de R. D. Boedo y otras adicciones, Bs. As., 2000.