3 may 2014

El exclusivo barrio inglés escondido en Caballito



(De Verónica Dema)

Un recorrido por seis manzanas que son un oasis en la ciudad; hay casas de hasta 800.000 dólares; tienen seguridad las 24 horas y los autos duermen en las calles; por qué sus vecinos adoran este lugar

Toc, toc, toc. "¿Podés bajar la ventanilla? ¿Dónde vivís? ¿Por qué estacionás acá frente a mi casa? Hace rato que mi hermana da vueltas y no encuentra un lugar". Es mediodía, hace calor y Josefina interpela a un taxista que se acomodaba para descansar a la sombra. Ella tiene 24 años y desde los dos vive con su familia en el "barrio inglés", en Caballito. "Me encantó crecer acá", dice, en la vereda de su casona en la calle Ferrari al 900. "Es diferente a otros barrios, siento que, como algunas zonas de Puerto Madero, este es uno de esos lugares especiales en el mundo". Habla de su casa "lejos del tumulto" y se le pasa el enojo con el taxista.
Julieta describe al barrio, que tiene como límites las avenidas Pedro Goyena y del Barco Centenera y las calles Valle y Emilio Mitre, como una "comunidad bastante cerrada". En esas seis manzanas la mayoría de los vecinos se conoce, participa de una cadena de mails que se activa cuando hay algo que resolver, y hasta tiene agendado los celulares de los demás. "Recuerdo que yo pasaba a buscar a los chicos de la cuadra en bicicleta, eran los amigos del barrio; se armaba un grupo lindo con los de la edad", dice. "Ahora, si bien no es tan así, hay contacto entre todos, sabemos más o menos quiénes viven, es bueno para el barrio".
Uno de los problemas que tenían y que resolvieron entre los vecinos fue el de la inseguridad. Decidieron pagar un adicional a la Policía Federal y tener custodia las 24 horas. "Acá muchos no tenemos garaje, pero no hay tantos autos. Lo que tenemos que bancarnos es que vengan a estacionar de otros barrios porque tienen sombra y seguridad. Por eso lidiamos con los taxistas", dice. "Pero bueno, la calle es pública", reconoce. Sonríe.
Algunos vecinos cuentan que el barrio inglés adoptó ese nombre porque antiguamente vivían familias de ingleses que vinieron a proyectar el primer tramo del ferrocarril; hoy, el Sarmiento. El estilo de estas casonas es ecléctico: combina el Tudor, una corriente arquitectónica surgida en el siglo XV en Inglaterra, con detalles gregorianos e italianos. Los tres arquitectos que lo proyectaron Lanús, Molina y Ferrari son un sello que se conserva en las fachadas de los palacetes, algunos de los cuales también exponen el nombre de sus dueños. "Casa custodiada", también es un cartel que se replica en los frentes.
En “El portal de Caballito”, una voz autorizada según los vecinos, se informa que el nombre de esta zona fue impuesto por las inmobiliarias, a mediados de los años '60. Hasta entonces se llamaba "Barrio del Banco Hogar Argentino". Incluso algunas de sus calles llevan justamente el nombre de los funcionarios de esa entidad. A finales de los '20 este banco compró los terrenos, potreros donde se criaba hacienda, y construyó el barrio tal como se conoce hoy. El proyecto se basaba en la construcción y la venta con un crédito hipotecario a cargo del banco. En el corazón del barrio, en la calle Ferrari, una placa de mármol informa: "Antonino Ferrari, Presidente de Banco Hogar Argentino, ordenanza municipal 1923".
Nélida Grandoso sale de su palacete de Valle al 900. Tiene 86 años. Lleva maquillaje generoso, sus finos labios pintados de bordó, su cabello rubio carré, pollera y blusa, un monedero de cuero debajo del brazo. Con algo de desconfianza, desde atrás de la reja, dedica unos minutos a hablar del barrio en el que vive hace 44 años. "Mis abuelos vivieron toda la vida en Valle al 500, a unas cuadras de acá. Siete hijos tenían. Mi papá vio construir este barrio", aclara; parece orgullosa. "Cuando mis papás se casaron, como estaban con muchos problemas económicos se quedaron ahí con su familia. Pero a él siempre le gustó el barrio inglés, era más refinado". Nélida empieza a entusiasmarse.
"Cuando me casé yo, con un militar que no sé para qué conocí, me encantó esta casa y vimos que estaba a la venta. Cuando le dijimos a papá nos dijo que le parecía mucho, que era muy opulenta. Nosotros vivíamos en una casa más modesta. Pero al final conseguimos la plata", dice. Todavía recuerda que costaba 10.000 pesos moneda nacional. "Mi papá nos prestó 5000 y nosotros pusimos dos mil; para el resto sacamos un crédito al banco, que daba facilidades". Se refiere al Banco Hogar Argentino.
Nélida empieza a describir la casa y reconoce, ahora, que quizá era exagerada para los recién casados. En la planta baja la casa tiene living, sala, comedor, patio y un baño para el servicio doméstico; una escalera de roble conecta a un descanso, un piso intermedio con una habitación pequeña -que, aclara, también está pensada para una mucama. Arriba hay tres habitaciones. "Tiene todos los placares empotrados, puerta que abrís es un placard. Son elementos muy nobles. Todo piso de parqué de roble", precisa. "Ahora esa calidad ya casi no se ve".
Ella, más allá del confort de la casa, siente que este es el barrio de su familia. "Conozco Londres, claro. Me hace acordar el tipo de casas nuestras. Pero estoy muy aferrada porque esta es mi casa y la de mis hijos", dice. Entonces viaja más atrás aún en el tiempo. "Valle es mi mundo. A tres cuadras me crié con mis primas en la casa de mis abuelos. El otro día recordábamos que tío Vittorio nos llevaba en el guardabarros del auto en los carnavales de Flores; íbamos vestidas de gitanas".
Ahora sí cae en la cuenta de que se tiene que ir. "Cada tanto nos reunimos los vecinos más viejos en una confitería para recordar aquellas épocas de Valle", alcanza a decir antes de quitarle llave a las rejas y salir a la calle.

UNA CONCESIONARIA DE LUJO A CIELO ABIERTO
El oficial encargado de seguridad del barrio, Fabián Lorca, toma mates y mira una serie en un televisor 14 pulgadas en una de las dos garitas de monitoreo del barrio. Tiene la custodia de 98 casas. Cuenta que de los cinco años que hace que está en el barrio nunca presenció un robo. "Es muy tranquilo, un oasis en la ciudad", dice. Su estrategia es caminar, recorrer y también vigilar desde su garita vidriada.
En el barrio inglés la mayoría de los autos duermen en las calles, que parece una concesionaria de lujo a cielo abierto. Algunos vecinos se las ingenian para estacionarlos sobre la vereda, detrás de las rejas del frente de casa, el espacio que suelen ocupar los jardines. "Ni un robo de estéreo hay, parece increíble", reflexiona Lorca. Se sirve un mate. Según recuerda, a fines de los '90 la zona se había puesto complicada. Lo adjudica a las "banditas" y a que muchos usuarios del subte cruzaban por el barrio. "Siempre algo faltaba, algunas manijas de bronce de las casas, también había arrebatos", menciona.
El oficial cree que "se sabe de la presencia policial y eso alejó ese tipo de gente". Algo que también ayuda a mantener la seguridad es -considera- la solidaridad entre vecinos. "Todos están atentos a los movimientos y saben que cualquier cosa rara que ven nos avisan y estamos".
Esa conexión también se vuelve un estricto control con los vecinos que encaran alguna reforma. El barrio inglés es un espacio protegido a partir de una ordenanza del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: no se pueden modificar las fachadas, está prohibido edificar en altura y, si alguien agrega un segundo piso a su casa, debe hacerlo a 40 metros del frente para que no se vean cambios desde adelante.
Elba vive hace 21 años con su familia en uno de los tres PH que hay en el barrio, en Ferrari al 1000, una calle angosta techada de árboles. Dice que fue amor a primera vista. "Siempre fue bello, la construcción, la paz. Es una especie de isla con ruido alrededor", describe. Y es de las que agradece que se haya declarado "área histórica". No se olvida más de un día en que la familia de la planta baja empezó a romper una pequeña pared donde se asentaban las rejas. "Habrán dado dos martillazos los albañiles y ya se cruzó el vecino de enfrente a ver qué hacían", dice. Al final, explicaron y pudieron avanzar con ese cambio, que no modificaba la fachada.
"Los vecinos de enfrente eran distinguidos", dice. "Ahí vivían los Concepción" [el economista Alfredo Concepción fue presidente del Banco Central durante la presidencia de Raúl Alfonsín]. "Alfonsín venía mucho por acá", agrega. También menciona otro de los orgullos del barrio: "A la vuelta de acá se crió [Martín] Maldasena, un joven tipo Einstein".
El sol del mediodía agobia, no llama a conversar. Ella invita a pasar a su casa. Una escalera que es su orgullo conduce a su piso: en el estar, un espejo ocupa toda la pared. En el living - comedor se impone la madera. "Todo pinotea", aclara. [La pinotea es un tipo de madera muy costosa usada sobre todo en los '50]. Tras la puerta y la pared de 45 centímetros de ancho está la cocina, desde donde llega el olor a salsa que prepara la mucama. También abre su terraza, desde donde se ve la maqueta perfecta de casonas de grandes fondos, algunos con piletas de natación. Los patios convergen en el centro de la cuadra y conforman un pulmón verde.
"A la madrugada acá te despiertan las calandrias", dice. Y habla de otra de las virtudes del barrio: "Se valora mucho el silencio, hay mucho respeto". Como ejemplo, habla de una regla implícita: no se puede enseñar música. "Escuchar sí", aclara. "Pero en un volumen razonable, claro". Recuerda que hace unos días una de sus hijas estaba preparando un final y escuchaba la batería de un vecino de fondo. "Supo que era Ignacio. Como tenemos los teléfonos de casi todos, lo llamó y le pidió que suspendiera por unos días. El le hizo caso. Hay mucha consideración acá".
Elba se dedica a la pintura. Dice que a este barrio no lo cambiaría por nada y que si se va lo sentirá en el alma. "Si te manejás por Caballito es una panacea, es soñado. A mí lo único que me queda afuera es la ginecóloga y la odontóloga; a lo demás lo hago todo por acá". Se la nota plácida detallando las bondades de su lugar. Son más de las dos de la tarde. Para algunos ya es la hora de la siesta. Elba acompaña a la salida, de nuevo por las escaleras macizas de roble que son su orgullo. En la puerta principal se detiene para dar un último detalle. Muestra una aplicación de bronce en el marco. "Me contaron los vecinos que acá vivía un ingeniero que está desaparecido. Forzaron la puerta por eso", dice. Aclara que no sabe si creer la historia.

HUBO UNA ÉPOCA...
Los vecinos recuerdan: hubo una época en que el barrio inglés formaba parte del tour oficial de la Ciudad de Buenos Aires; hubo una época en que estudiantes de arquitectura y diseño venían a inspirarse en sus maquetas; hubo una época en que el barrio era fotografiado o filmado por artistas; hubo una época en que no se necesitaba protección con alarmas, rejas y seguridad las 24 horas; hubo una época en que ningún cartel de "en venta" duraba más de unos pocas días porque había lista de espera de compradores; hubo una época en que se conocían todos.
De traje y corbata y zapatos de vestir Guillermo Rivero es uno de los pocos vecinos que se ve a esta hora en la calle. Una brisa tibia pone a volar copos blancos de uno de los palos borrachos del barrio. Este abogado no va solo: está con dos caniches toy que lo llevan a su ritmo. "Dejo que se tomen su tiempo porque estoy de vacaciones", cuenta. Se agacha, recoge los desperdicios de sus perros en una bolsa, sigue su marcha lenta bajo los árboles. Está justo enfrente de una casa en la esquina de Mitre: rejas trabajadas, molduras imponentes sobre puertas dobles, faroles, campanas a modo de timbre, "letters" tallado en el buzón de cartas.
Hace siete años que vive a metros del barrio inglés y dice que no cambiaría por nada este lugar que descubrió. "Mirá ese BMW, ese Nissan. Valen una fortuna y están en la calle. La tranquilidad que uno tiene acá no es fácil de encontrar en la capital", considera. "Y eso que está un poco venido a menos. Por ejemplo, hay una casa en la esquina que tiene varios electrodomésticos afuera, en una galería. No sé si la están por desocupar, pero así queda horrible. Eso antes no se veía".
El corredor inmobiliario Gustavo Giannuzio, socio de Justevila, una firma de emprendimientos inmobiliarios que trabaja con propiedades de esas manzanas, confirma que si bien el barrio aún se considera exclusivo quedaron atrás las épocas en que las propiedades se vendían sin necesidad de colgar un cartel. Lo adjudicó al mal momento del mercado inmobiliario en general y al cepo cambiario. Informa que una propiedad varía entre 350.000 dólares -si es pequeña y con pocas refacciones- y 800.000 las más grandes. El metro cuadrado promedio está entre 2000 y 3000 dólares.
La familiaridad también es un valor que empieza a perderse. Para Jorge Rodrigo, un vecino de Cochimayo al 300, es una pérdida importante. Hace siete años y medio que vive acá y se mudó para que sus chicos crecieran como él con un fondo generoso y en la vereda. "Viví bastante en las sierras de Córdoba", aclara, como si allí residiera el rastro de esa idea romántica de poder criar a sus hijos al aire libre. "Esto es una islita. Acá somos muy familieros, nos cuidamos unos a otros. Son de muchos años las familias que viven acá", dice. Habla de una excepción. "Hace un tiempo compraron unos coreanos y se armó una conmoción en el barrio. Es lógico", agrega.
Las veredas están casi desiertas. Cada tanto, pasa algún auto a poca velocidad. El empedrado ayuda. El transporte escolar es el vehículo de mayor porte que transita por esa zona exquisita de Caballito; se ve uno que circula a esta hora. Ninguna línea de colectivo atraviesa sus calles internas. Una empleada doméstica, con corte a lo garzón, barre con energía un balcón de una casona; abajo, en la casa vecina, tres albañiles jóvenes conversan en los escalones de ingreso a un zaguán en remodelación.
La cuadra en la que vive la familia oriental "de la conmoción" también está tranquila. Sólo un detalle: enfrente de la casa en cuestión la agente Paola Gómez custodia el lugar. "Estoy por protección de persona. Es la casa de un oriental que por una amenaza de otra familia china pidió custodia", informa. "También hay otros vecinos que piden custodia de bienes, a veces. Eso es más común en esta zona. Suele ser gente que vive en el extranjero, que pasa algo, muere alguien acá en la casa, por ejemplo, y necesitan proteger la casa hasta que vuelva alguien".
Gómez dice que también en la comisaría del barrio se reciben muchas denuncias de discusiones domésticas: que el perro le rompió las plantas, que las medianeras, que el vecino construyó sin permiso y el quincho le tapa el sol. Más allá de eso, ella coincide en la tranquilidad de la zona. "Acá no pasa nada, no hay necesidades. Pero si te fijás a un par de cuadras ves gente durmiendo con colchones en la calle". A pocos pasos de la esquina que custodia la joven policía, un cartonero escarba en un contenedor.
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Nota:
El título original del presente artículo es "Descubrí el exclusivo barrio inglés escondido en Caballito".
Imagen: Frentes de propiedades en el llamado Barrio inglés, en Caballito.
Esta crónica, al igual que la foto que la ilustra fueron tomadas de la página web Buenos Aires la Reina del Plata.

1 may 2014

Jubardá



(De Alberto Benchouam)
 
Cuando llegamos al bar “La Pura” el tío me apretó la mano. Era verdad, algo grave había sucedido enfrente. Desde que doblamos la calle Vera, corrillos de mujeres hablando por lo bajo anunciaban alguna desgracia; las viejas se iban sumando y reprendían a los chicos, seguramente eran los del turno tarde, que jugaban a la pelota.
De la ambulancia estacionada en la puerta del café “Victoria”, bajaban dos muchachos de uniforme blanco, portando una camilla.
-Son practicantes de la asistencia pública- dijo alguien atrás de mí-, los médicos se quedan en el hospital.
Costaba apartar a los curiosos que impedían el paso. Las personas que salían, con cara de haber presenciado un acontecimiento importante, daban su versión de los hechos. Bojor hablaba fuerte y rápido:
-Estaba jugando al dominó y de repente se agarró el pecho. Nos miró fijo y sin poder abrir la boca que babeaba, golpeó la cabeza contra la mesa, desparramando las fichas.
Otros daban más detalles: cuando corrió el estudiante de farmacia que siempre gana al billar, ya estaba muerto; seguro un ataque al corazón.
La noticia se propagaba y el barrio entero se movilizaba, no verían nunca más a Jubardá, Yaco Donoso no pondría más la mano en su bolsillo.
Miré al tío que hizo una seña, como apartando algo invisible que podía estar cerca nuestro:
 -Leyos de mosotros (1), suplicó, y su voz se mezcló con la de Bojor. -Esta mañana le pidieron al pobre tantas cosas que le dio un infarto.
Logré asomar la cabeza dentro del bar, pero sólo distinguí a un mozo, que en la penumbra brumosa, gesticulaba cerca del mostrador de estaño. Sentí el tirón en el brazo y nos quedamos callados, junto a un árbol al que el fin del invierno arrancaba algunos brotes.
¿Pero quién era Yaco Donoso? Creo que lo poco que sé de él es lo escuchado ese día de finales de agosto, entre las nueve y las doce, antes de prepararme para ir al colegio. Había llegado de Bursa, una ciudad turca más pequeña que Esmirna, hacía unos veinte años, y vivía solo. No se le conocían los vicios habituales en esa época: ni jugador, ni bebedor, ni mujeriego pero, al decir de los viejos, algo negro tenía, no cerraba la mano lo suficiente para hacer buenas parás (2) y salir de pobre, todo lo contrario, lo que ganaba no le paraba mucho tiempo en la aldiquera (3), era tan loco, tan jubardá (4), que parecía tener agujeros en las manos, y por no ahorrar nunca pudo traer a su familia de Europa.
Y así le quedó el nombre; invitaba generalmente con café, anís o algún mesé (5) también; regalaba nueces y pasas de uva a los niños y siempre ayudaba en las colectas. “Ven Jubardá, siéntate”, lo llamaban de las mesas, y él terminaba pagando.
Si por el contrario lo veían sentado, los amigos se agregaban y pedían lo que gustaban.
Mano abierta, cuando lo invitaban a comer la noche de shabat, les mandaba temprano de lo mucho y bueno, pues después no se podían cargar bultos.
Cuando yo iba al café “Victoria” a buscar a mi padre, me hacía sentar y me convidaba con un yogurt; una vez se le acercó un hombre que dijo estar juntando para comprarse un reloj de pulsera.
-Está duro y apretado-, le dijo a Jubardá. Éste se sacó el suyo de la muñeca y se lo dió.
-Tomalo, porque como decimos nosotros, hasta que al rico le viene la gana, al pobre se le sale el alma, y bebe algo caliente.
Se contaban muchas historias: Que a veces ayudaba a algún paisano a completar el pago del alquiler, que colaboraba para el ajuar de alguna muchacha sin mazal (6), hasta compraba los remedios de los desvalidos, pero ¿cómo podía aquel hombrecito que recorría los negocios para revender zapatos, solucionar los problemas económicos, cubrir las necesidades de la colectividad?, ¿que beneficio podía sacar de su escasa mercadería?
Con sus cajas de zapatos, unas ocho en cada brazo atadas con piolines, recorría las avenidas con andar cansino y a veces se paraba, con palabras de consuelo y esperanza.
-No te tomes sejorá (7), mañana lo veremos, decía palmeando las espaldas.
 En realidad, en ese Villa Crespo de los cincuenta, donde el chisme, las alabanzas y el agrandar y empequeñecer eran instituciones, no se podía saber qué parte era verdad, y además sabemos lo necesarias que son las proezas de los héroes.
 ¿Alguien deseaba un vestido?... Va, pídele a Jubardá.... ¿No conoces Mar del Plata?... Que te pague el viaje Jubardá... Hasta se le decía a un jugador empedernido o a un obrero desocupado: que te ayude el Dio (8)...y Jubardá.
Pero hay algo más. Esa triste mañana de jueves había que ir hasta su casa para avisar a la encargada y a los vecinos. Unas diez personas nos internamos por Gurruchaga hacia Warnes. La gente se fue agregando, hacía frío, la escarcha aceraba las veredas y a veces tropezábamos con trozos de pan mojado, alimentos de los gorriones y palomas que bajaban del campanario de la Iglesia de San Bernardo.
Llegamos hasta una puerta oscura, a medio abrir. Tres personas entraron a hablar; oímos un llanto cortado y después unos gritos.
-Somos los primos-, escuchamos los de afuera-, y tenemos que entrar a la pieza para buscar los documentos y preparar todo para el velorio.
Pasó un buen rato. Por fin atravesamos el zaguán, cruzamos el patio de baldosas, me escabullí hasta una pieza y otra vez durante ese día asomé la cabeza donde no debía.
Vi papeles desparramados por el suelo, el aparador revuelto, la cama deshecha y trozos de lana de colchón, hasta que una mujer entró con una escoba y bajó la cortina de juncos.
 Regresábamos hacia Corrientes, en silencio, hasta que por fin un hombre dijo:
-Lo que nos costó encontrar el nifus (9), sabíamos que era un alma de Dios, que se gastaba todo lo ganado en el día. Su alma habrá volado ya a Ganeden (10).
Esa noche soñé con una lluvia blanca de copos de nieve y con un yogurt al que le echaba azúcar que se sumergía hasta el fondo, y que el líquido se cerraba, dejando la superficie lisa, que prefería no revolver.
¿Qué edad tenía Jubardá?
…Ya no existe ni el bar “La Pura”, ni el café “Victoria”, ni la casa donde vivió, pero quizás alguien haya seguido pagando las leches merengadas y los capuchinos.
Además, ya que no se escuchan más los dichos populares, es una suerte que los hayan recopilado en antologías. Y cuando leo en un libro o revista: Hasta que al rico le viene la gana..., pienso que nuestra lengua se fue formando desde hace más de mil años, el refrán no sabemos cuándo alguien lo pensó, otros lo transmitieron y el pueblo lo hizo suyo..., pero sí sabemos, el Dio tenga cargo, que no ha perdido vigencia.
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Notas:
(1) Lejos de nosotros.
(2) Moneda pequeña¸dinero.
(3) Bolsillo.
(4) Persona generosa; se emplea como antónimo de miserable o avaro.
(5) Picada que acompaña a una bebida.
(6) Suerte.
7) Preocupación
(8) Dios.
(9) Documento migratorio, pasaporte.
(10) El paraíso.

Imagen: Café “Izmir”, en Gurruchaga al 400 -ya desaparecido- lugar habitual de reunión de los sefardíes villacrespenses.
Crónica tomada de SEFARAires Nº41 / Año 2005. 

Acerca de la manga y de la manganeta



           
(De Luis Alposta)

En lengua española se llama manga a la parte del vestido en que se mete el brazo. En lunfardo se llama manga a una determinada manera de pedir algo. Hacer un mangazo, tirar la manga o mangar es sablear, solicitar dinero o algo prestado sin intención de devolverlo, pechar.
En el lenguaje popular, manga significa, también, conjunto de personas. Es por eso que, cuando los que mangan son muchos, no es redundante decir que se trata de una manga de mangueros.
La palabra pial designa al tiro de lazo que se arroja a las manos del caballo o novillo para voltearlo en su carrera: pialarlo, echar un pial, tirar un pial, se dice. “Que no manye que estás lista al primer tiro de lazo”, aconsejaba Celedonio Flores en "¡Atenti, Pebeta!" Y a ese lazo también se lo llama mangana, que viene del latín manganum, y es el que se le echa a las manos del animal cuando va corriendo, para hacerlo caer y sujetarlo.
De mangana deriva manganilla, con el significado de engaño, treta, ardid de guerra, sutileza de manos. Y de manganilla, tal vez como una deformación italianizada surge, con igual significado, manganeta. De ahí que, hacer una manganeta, signifique engañar, burlar, recurrir a una artimaña, esquivar a alguien tomándolo desprevenido, con amagues, con picardía.
Y así como la manganeta es un artilugio, están los que de la manga... hacen un arte.
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Ilustración: El mangazo. (Dibujo humorístico) 
Texto y dibujo tomados de "Mosaicos porteños", blog de L. Alposta.

26 abr 2014

Baires de mi amor obtuso



(De Jorge Peribáñez Dobarro)

Un lejano país del fin del mundo
un stop final al fin de cuentas
un hasta aquí llegué, fin de la vuelta
un café con chele final, pan y  manteca
y la resaca vulgar, triste, grasienta
de estar varado en la mesa de este bar melancolía                      
emoción pertinaz
me embarga hasta llegar tarde al lugar equivocado
donde suena un fuelle en  la vitrola
y le marca un impasse
al cuore trucho de la mala racha 
entre feca y feca y cigarillo,
che Astor salí Piazzolla de una vez de la gramola
y regalá esta música paria y rantifusa
a los cuatro vientos del hastío
en este bar vacío en medio de la nada
con aroma a flores mustias
marchito velorio en la solapa del jetra azul marino
vendedora ambulante
pútrida corona de margaritas maltratadas
todos han muerto?
dónde estás?
City de Baires del amor esquivo
porque te fuiste tan lejos
con tus citas perdidas junto del río color mugre,
donde el olvido le puso una ginebra al olvido,
y no un color a tus ojos, ni a ti nombre,
rante pasión de musa abandonada
oración parcial voz inconclusa
quisiera recuperar rostros perdidos, borrosas caras tercas,
amores desvaídos
amigos des-nombrados  en la niebla perpetua del recuerdo
cementerios cerrados, desaparecidos oscuros,
ignorados, sin historia, sin lápidas, ni suerte, ni epitafios, 
    ni lágrimas,
ni nombres, ni flores, ni fechas,
ni nada para rescatar
si solo existiera el olvido
no volvería aunque sea para verte.
a comprobar tu falsa máscara de sabelotodo,
sabelosiempre
y huiré entonces por horas a telos suburbanos
sin saber de quién,
sin saber adónde,
sin saber con quién,
eterno pasajero penitente de ninguna parte
qué buscabas?
Qué perdiste aquellas madrugadas?
me pregunto, sólo el despojo hallaré de la efímera ramera  
    burlona de mi alma?
huérfanamadre,
patria del pasaporte caducado
vencida ilegal sin papeles de amor de niño
sudaca tonta amada patria dulce de leche, guardapolvo borracho 
    de  lunes en Almidón Colman,
madreplancha la infancia me he dejado solo para siempre,
y esta vez te pido perdón che Buenos Aires
me pianté de tu sombra aquella tarde
sin decirte soto voce que te amaba.

(Mallorca, Islas Baleares, 2014)
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Imagen: Café, acuarela del autor.

22 abr 2014

"Bohemia Agrupación de Arte"



(De Edelmiro Speranza)

La presente nota demuestra cómo tres pintores más tres pocillos de café, una mesa de bar y las sillas como polo Nº 1 y un barrio que trasciende a toda una gran ciudad como polo Nº 2, pudieron llegar a generar un sistema comunicacional que, durante más de doce años, llegará a agrupar a las grandes figuras de la plástica argentina.

A principios de 1953, tres amigos, jóvenes pintores, comienzan a hacer de una simple charla de café, la estructura de lo que muy pronto llegará a ser uno de los pilares del movimiento de artistas plásticos en la ciudad de Buenos Aires, que es un poco decir: el país entero.
Es en la esquina de Labardén y Patagones, pleno Parque de los Patricios, bar de Luis A. Ísola, Paulino Onorati, José Rombola y Héctor Fernández. Los pintores, como tantos parroquianos, alternando entre los discutidos goles del último partido futbolero, teorías de Picasso y Mondrián, las formas, luz y color en la nueva corriente que arrancan los informalistas o el “tachismo” de Juan del Prete –que ya escandalizaba señoras gordas– en las galerías de arte de Florida.
Y he aquí un hecho importante. Como exponer en las galerías de Florida es costoso, no hay dinero, y hay deseos de trasmitir, se discute de procedimientos y… sigue el truco y las añoranzas de los goles de Onzari con las opiniones sobre arte entre Justiniano García, Francisco López Boudón y Juan Laurido (los tres pintores de mentas) y algunos más que alternativamente se van  acercando al bar.
Una noche –junio 1953–, deciden comentar con los propietarios del local la necesidad de colgar sus obras y los convencen para hacerlo en las paredes. Ante el asombro de los proponentes la respuesta es rápida y rotundamente afirmativa. Y es así como se da a la luz una de las experiencias más interesantes en materia artística.
El 8 de julio se inaugura la primera exposición de la ya denominada organización artística con el nombre consecuente con su gente, su modo de vida, su forma de ser, se llama: “Bohemia, Agrupación de Arte”.
La muestra cuenta con 34 autores, muchos de los cuales ven, con emoción, colgadas por primera vez sus obras y sometidas al juicio del público. El éxito no tiene precedentes, el barrio responde con todo, la trascendencia supera a todo lo previsible.
Pero con una exposición no se hubiera ni remotamente satisfecho el espíritu que motivó la creación del organismo aun cuando pudiera existir la satisfacción de haber gestado por vez primera la realización de tomar un bar de barrio como galería de arte. Existía conciencia general de que además de las exposiciones, Bohemia puede y tiene que hacer algo más contundente, e inmediatamente se comienza a esquematizar la estructura de la Agrupación con más vuelo.
Las exposiciones se suceden. Se efectúan en forma alternada “colectivas” y “de conjunto” –estas últimas formadas por un invitado de honor y cinco pintores que lo acompañan–. Para dar una idea de la importancia de las muestras del primer año de actuación, basta señalar que colgaron obras pintores de la talla de Alfredo Guido, Enrique de Larrañaga y Lino Enea Spilimbergo como invitados, a quienes acompañaron Antonio Geraci, Héctor Tessarolo, López Boudón, Francisco Reyes, Enrique Gaimari, etcétera.
Bohemia inaugura las muestras “tout petit” (obras, exclusivamente, de pequeño formato), que serán el tipo característico que las definirá, salvo excepciones, a lo largo de toda su trayectoria.
Cumplidores con la determinación de la primera exposición, el 6 de diciembre efectuaban el primer “concurso de manchas” –elemento fundamental para dar vitalidad a cualquier agrupación de artistas plásticos–. Intervienen 96 participantes entre artistas y estudiantes. Nuestro barrio los acoge y vive con ellos la emoción festiva de ver sus veredas convertidas en apoyo de caballetes, cajas de pintura, pomos y pinceles estableciéndose el diálogo pintores-cuadro-barrio. Estas obras no son expuestas en el bar –quizás por la cantidad de las mismas–, pero gracias a la gentileza del señor Tomás A. Ducó, el club Huracán sirve de marco a la muestra del primer concurso de manchas de Bohemia.
En el bar siguen las reuniones y ya, a esa altura de los acontecimientos, la comunicación barrio-Bohemia es un hecho real porque ambos hablan un mismo idioma. Bohemia  absorbe vecinos con inquietudes, les expone sus obras y recibe a jóvenes principiantes a los que el señor Antonio Geraci inicia en un curso de perspectiva.
Pero el hecho realmente revolucionario, en el primer año de vida, lo significó la noche del 16 de enero de 1954, cuando las calles de Parque de los Patricios se vieron invadidas por pintores que farol en mano se disponían a plasmar la noche porteña. Se trataba del primer concurso (mundial tal vez) de manchas nocturno. Intervinieron 141 participantes. El jurado seleccionó 34 después de ardua tarea. Como muestra, si en el diurno se otorgaron premios a Mateo Mollo, Jorge Sotrel e Inocencio Muñoz, en el nocturno a Teresio Fara, David Heineman y León Martínez. En ambos casos citamos solamente los primeros premios.

TRASCENDENCIA
Bohemia ya es un sistema que funciona cuando el 8 de julio de 1954 se efectúa en el bar la exposición “Primer Aniversario”. Se hace una reseña de lo actuado; se aprovecha para agradecer la colaboración de todos los medios de difusión que posibilitaron esta integración; a los pintores que dignificaron las muestras, pero sobre todo, al barrio que les había brindado tanto apoyo, señalándose, en la oportunidad, la colaboración de todo tipo recibida por los vecinos J. Roncoroni, A.  Osquiguil y J. Rossi, que junto a otros parroquianos del bar contribuyeron a hacer posibles las metas que se habían fijado.
Las intenciones de superación anunciadas en la exposición “Primer Aniversario” habrán de ser el norte que en definitiva se fijará para Bohemia.
El punto clave lo constituye la necesidad de un local propio para erigir la escuela a través de la cual se pueda dictar clases de dibujo, pintura, modelado, estética y demás disciplinas a los habitantes del barrio, en especial jóvenes y niños por ser esta necesidad sentida ante el interés demostrado por la pintura, mediante el decidido apoyo brindado a los concursos de manchas infantiles. En el primero de ellos, 17 diciembre 1955, se presentaron 123 trabajos y se otorgaron 20 premios, uno de los cuales fue el instituido por la revista “¡Aquí, Boedo!” que mencionamos para demostrar que Bohemia ya había trascendido los límites de Capital Federal, pues el premio fue otorgado a los envíos del Ateneo de la Juventud de Lincoln, provincia de Buenos Aires. El acto de inauguración de la muestra, en este certamen, fue abierto por el escritor Francisco Mazza Leiva, que se refirió a la “Influencia de la pintura en la formación estética del niño”.
Las muestras subsiguientes mantuvieron el nivel. Cada una de ellas fue presentada por un charlista, escritor o un plástico. Entre otros muchos: Juan Gil Ferreyra Basso, que llevó a algunas de las muestras su particular manera de ver “el otro lado de las cosas”.
Bohemia siguió creciendo y entre las figuras que la corporizaron aparecen nombres ya galardonados con premios en salones municipales, provinciales y nacionales, llegando en función de su importancia a hacerse acreedora la Agrupación Bohemia al derecho de enviar representantes a jurados en todo tipo de salones, culminando con el Nacional de Bellas Artes.
Pero la búsqueda del local propio será una de las preocupaciones fundamentales y la única intención que se arrastrará hasta la disolución sin lograr el objetivo, pudiendo decirse que ese fue quizás el motivo principal de la desaparición.
Sobre las mesas trasnochadas del bar quedó demorada la trayectoria de Bohemia.
En 1956, de Labardén y Patagones hicieron una fugaz visita al “Sandrín” de la avenidas Caseros, de donde debieron mudarse a poco de llegar, al club “Bristol”, desde donde deben emigrar para volver, al estaño, ahora, del bar de Patagones 2902 (y Zavaleta). ¡Mucho deambular pero siempre en el barrio!
Se iniciaron trámites para obtener  un local de la Municipalidad en el centro del Parque de los Patricios sin que el éxito coronara la gestión.
Durante doce años de labor se presentaron más de medio centenar de muestras con puntos culminantes en la exhibición del décimo aniversario en la Galería Velázquez, en 1963, o en el homenaje póstumo a Francisco López Boudón en la Galería Nice en diciembre de 1967 (última exposición efectuada).
El compromiso asumido por los fundadores y sus consecuentes seguidores, como producto de las fuertes intenciones autoimpuestas y la trayectoria cumplida, demuestran que sin fronteras de edad ni grado de intelectualismo y bastando sólo una serie de intenciones y voluntades artísticas más un público ávido de recibir y dar, y con el manejo de un lenguaje conciso, con claridad que pueda llegar al pueblo sin ataduras ni modismos que lo invaliden, existe el arte como sistema y que éste realmente funciona.(1)
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Nota:
(1) El título original del presente trabajo es “Un movimiento artístico y el barrio”.

Imagen: Emblema de “Bohemia Agrupación de Arte”.
La nota fue tomada del cuadernillo Nº 5 del Ateneo de Estudios Históricos Parque de los Patricios, octubre de l971.

21 abr 2014

Andamios del Cervantes



(De Enrique Espina Rawson) 

Muchos recordarán los andamios de madera, que se usaron durante siglos, hasta que aparecieron los de hierro, que, además de ser mucho más seguros, se montan y desmontan con facilidad.
Esta innovación trajo, en su momento, aparejada una serie de ventajas, entre ellas las de su costo. Ya no era necesario comprar todo el infinito maderamen que demanda la construcción de un edificio; estos andamios metálicos se alquilan, se usan y se devuelven y se vuelven a reutilizar indefinidamente.
Por supuesto, no en todos los casos es así. Hay en la vía pública andamios que, no sabemos por qué, están emplazados hace años, y que podríamos felicitarnos que no sean de madera, ya que si no estarían transformados en bosques, gracias a las lluvias y a la humedad perenne de nuestra amada ciudad.
El problema inmediato y visible es, lógicamente, la molestia que genera a los transeúntes, que deben caminar esquivando las columnas y travesaños metálicos que obstruyen el paso.
Un caso emblemático es del Teatro Nacional Cervantes, ubicado en Córdoba y Libertad. Hace mucho, y en buena hora, se decidió su restauración, se montaron los andamios y algunas personas anduvieron por ahí haciendo alguna cosa, por algún tiempo. Después desaparecieron tan misteriosamente como habían llegado. Las personas, porque los andamios quedaron, aparentemente para no irse más.
Dado el tiempo transcurrido (¿años?) uno podría preguntarse si estos andamios, como casi todos los andamios de Buenos Aires, son alquilados. En tal caso, ¿se seguirá pagando el alquiler?...y ya que estamos ¿Qué pasó con las obras? ¿Seguirán alguna vez? ¿Habrá que restaurar las restauraciones?
La historia del Teatro Nacional Cervantes es conocida. Fue construido por iniciativa de dos grandes figuras de la escena hispánica, que obtuvieron resonantes sucesos en Buenos Aires: Fernando Díaz de Mendoza y María Guerrero. Por gestión de don Enrique García Velloso, estos nobles artistas convinieron en donar esta magnífica obra a la República Argentina, siendo inaugurado en 1921, con la presencia de las más destacadas personalidades del arte y la cultura.
Su fachada, de estilo plateresco, reproduce la del Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá de Henares, y su interior fue  terminado con finísimas y decorativas mayólicas, y con carpintería y herrería de la más alta calidad importadas de España.
El Cervantes sufrió un par de incendios en su larga existencia. El segundo en 1961, sirvió, más allá de la tragedia y las pérdidas que significaron, para adecuar escenarios y todos los sistemas técnicos que posibilitan las puestas en escena a las necesidades de la época.
También se construyó el gran edificio adosado sobre la Avenida Córdoba, que significó una gran expansión de todo orden de las múltiples actividades, no sólo representación de obras, que se desarrollan en el Teatro.
Lamentablemente, la marquesina que da a la calle Libertad, obra del estudio de Mario Roberto Álvarez al igual que el edificio anexo mencionado, fue reconstruida, ignoramos las razones que llevaron a esta decisión, con un diseño que no concuerda para nada con todo el resto del edificio original.
Entendemos que debió respetarse el carácter histórico de la obra, tal como fuera concebida. Pero más allá de estos detalles, lo cierto es que el Teatro Nacional Cervantes, dependiente de la Secretaría de Cultura, que a su vez depende de la Presidencia de la Nación, está en el estado que cualquiera que pase por allí puede constatar y calificar sin necesidad de mayores explicaciones. Seguramente podremos coincidir en que este edificio histórico, emblema y orgullo de nuestra ciudad, merece mejor tratamiento.
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Ilustración: Andamios en el Teatro Nacional Cervantes. (Foto de Iuri Izrastzoff).
Nota y fotografía tomadas de la página güeb Fervor x Buenos Aires.

16 abr 2014

Los mezclados de "Cambalache"

 

De Eduardo Parise)

La idea original era que el público lo conociera con el estreno de “El alma del bandoneón”, la película para la que había sido compuesto y que se proyectó en febrero de 1935. Pero Luis César Amadori, quien conocía a Enrique Santos Discépolo, decidió otra cosa: llevárselo a Sofía Bozán para que lo cantara por primera vez en el Teatro Maipo. Cuando Ángel Mentasti (productor de la película) se enteró, corrió indignado hacia la calle Esmeralda para frenar aquello. Amadori lo paró casi en la puerta y fueron a debatir el tema a la confitería “Richmond” que estaba casi frente al teatro. Y mientras discutían, sobre el escenario “La Negra” Bozán estrenaba aquel tango de Discépolo. Ocurrió a fines de 1934, la revista se titulaba “Esmeralda al 400” y el tango era “Cambalache”.
Convertido en un símbolo de lo que fueron esos años de corrupción (y para muchos de otros que los siguieron), “Cambalache” es un fiel reflejo de la poesía irónica y lacerante que Discépolo supo ponerle a la mayoría de sus obras. Y para eso usó imágenes duras como aquellas de “la Biblia contra un calefón” o “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”.
 Pero esta vez la intención es centrarse en los personajes que el poeta mencionó en su letra para graficar aquella mezcla donde “¡cualquiera es un señor!” y “¡cualquiera es un ladrón!”.
Los primeros que desfilan son Stavisky, Don Bosco y “la Mignón”. La última es una imagen figurada para representar a una prostituta. Pero los otros dos existieron e hicieron historia.
Serge Alexander Stavisky (20 de noviembre de 1886 - 8 de enero de 1934) fue un famoso estafador. Nació en Ucrania y luego se nacionalizó francés. Su mayor golpe fue cuando, con apoyos financieros y hasta políticos, defraudó en más de 200 millones de francos al municipio de Bayona. La estafa se descubrió a fines de 1933. Y cuando fueron a detenerlo, lo encontraron muerto con un balazo en la cabeza. En cambio Juan Melchor Bosco (16 de agosto de 1815 - 31 de enero de 1888) fue todo lo contrario. Educado por su madre en la fe, en su Italia natal y desde chico, mostró su vocación por servir a Dios y a los humildes. Y creó una obra religiosa con contenido social que se extendió por el mundo, incluida la Argentina: la congregación salesiana. Conocido simplemente como Don Bosco fue canonizado en 1934, el mismo año en que Discépolo compuso “Cambalache”.
 En la letra, también aparecen “Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín”. El emperador francés y nuestro máximo prócer son figuras a las que no se necesita historiar. Pero, ¿quiénes son los otros dos? Don Chicho se llamaba en realidad Juan Galiffi (9 de diciembre de 1892 - Milán, 1943). Nacido en Sicilia, había llegado a la Argentina en 1910. Siempre se lo acusó de ser “el Al Capone argentino”, porque dicen que convirtió a la ciudad de Rosario en la “Chicago” del país. Él siempre negó tener relación con la mafia. Lo conocían como “Chicho Grande” y lo deportaron en 1933.
Por su parte, Primo Carnera (25 de octubre de 1906 - 29 de junio de 1967) también era italiano. Había nacido en Sequals, cerca de Udine. A los 18 años medía 2,05 metros y pesaba 125 kilos. Empezó haciendo demostraciones en un circo pero un promotor lo convenció para que fuera boxeador. Y aunque no era brillante, en 1933 llegó a campeón mundial de los pesos pesados. Tras su retiro, terminó haciendo peleas de catch (incluso estuvo en la Argentina) y hasta papeles breves en películas de Hollywood.
 La difusión de “Cambalache” muchas veces fue prohibida por los censores de turno. Y el tango también generó debate por su temática similar a la de “Al mundo le falta un tornillo”, obra que Enrique Cadícamo hizo en 1933. Los defensores de Discépolo dicen que otro tema suyo titulado “¡Qué sapa, Señor!”, fue escrito en 1931. Y ya estaba en esa misma línea. La polémica está abierta. Pero esa es otra historia.
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Imagen: Evocación de Discépolo, obra del artista plástico Jorge Cosenza. (Tomado de www.kp1.net)
Material tomado de "Ciudades", clarin.com del  6/8/2012.

13 abr 2014

De Palermo a Balvanera


(De Diego Ruiz)

Andaba el cronista, durante su último callejeo allá por los Portones de Palermo, evocando al viejo café “La Paloma” que, como tantos, ya es sólo parte de la memoria de Buenos Aires y, siguiendo su periplo, prometió rumbear para el Centro, no sin hacer algunas escalas necesarias en su gira por aquellos cafés y afines que fueron cuna y hogar del tango. Una parada obligada es el antiguo barrio de Balvanera, que incluye los sub-barrios del Abasto, Once y Congreso, aunque para el imaginario popular dichas denominaciones tengan más fuerza identitaria que la fría letra de las ordenanzas municipales. El cronista no puede dejar de comentar que Balvanera –hoy delimitada por Independencia, Entre Ríos-Callao, Córdoba y Sánchez de Bustamante-Sánchez de Loria– es, fuera de los fundacionales Monserrat y San Nicolás, uno de los más antiguos barrios de la ciudad, pues su primer antecedente es un oratorio público puesto bajo la advocación de “Nuestra Señora de Valvanera”, creado en 1799 por fray Damián Pérez, procurador del Colegio de Propaganda Fide. Asimismo supo ser hasta bien entrado el siglo XIX su parroquia más extensa, pues abarcaba todo el territorio al oeste de la actual línea Entre Ríos-Callao hasta toparse con su similar de San José de Flores. Sufrió una primera partición en 1869 al crearse San Cristóbal, desgajándole el territorio comprendido entre Independencia, Boedo-Sáenz y el Riachuelo, y el crecimiento posterior de la ciudad hizo el resto hasta reducirla hasta sus actuales límites.
Pero, en el tiempo imaginario en que el cronista anda vagabundeando, Balvanera ya estaba totalmente urbanizada y en la esquina de San Luis y Pueyrredón se alzaba el café “Garibotto”, donde en la década de 1910 sentó sus reales Juan “Pacho” Maglio, que venía de actuar largo tiempo en el ya mencionado “La Paloma”, acompañado por José “Pepino” Bonano en el violín, Carlos “Hernani” Macchi en flauta y Luciano Ríos o Leopoldo Thompson en guitarra de siete cuerdas. Acá el lector estaría en todo su derecho de increpar al cronista: “–¿Pero en todos lados estaba Pacho, caray? —. Y sí... no en todos lados, pero en esos primeros tiempos heroicos Maglio tocó casi en cuanto café, peringundín o lugar de mala fama tuviera un palquito para la “orquesta”, palquito que en más de una ocasión sólo constaba de unos cajones vacíos apilados. El cronista piensa a veces que Maglio está un poco olvidado y que en la radio sólo pasan, y de vez en cuando, su famoso tema “Sábado inglés”, pero la obra de difusión que hizo este músico no tiene parangón. Piense nada más el lector que, allá por la década de 1920, era habitual que cuando alguien iba a comprar un disco dijera simplemente “déme un Pacho” para medir la popularidad que llegó a alcanzar. Pero volviendo al “Garibotto”, si en “La Paloma” Maglio se quejaba por las ratas que pululaban entre las mesas, aquí también encontró la anécdota joco-seria: según refieren los hermanos Bates –primeros historiadores del tango que llegaron a entrevistar a muchos de sus primigenios protagonistas–, una noche irrumpió en el local la policía debido a una denuncia por juego ilegal –o sea timba de la pesada– y parroquianos, propietarios y músicos fueron a parar en dulce montón a la comisaría. La cosa fue debidamente aclarada, por medios forenses o “de los otros”, y a las pocas horas el local fue nuevamente habilitado, pero quiere la leyenda que Pacho aprovechó esas horas de calabozo para componer “¡Qué papelón!”, seguramente inspirado por el trago amargo que acababa de sufrir.
A unas pocas cuadras, en Corrientes y Pueyrredón, se erguía por la misma época un antiguo reducto de payadores, el “Almacén Suizo”, o sea uno de esos establecimientos que a la “despensa” propiamente dicha sumaban un despacho de bebidas, herederos de las antiguas pulperías y germen de los posteriores cafés con orquesta. Allá por 1908 actuaba en dicho almacén un trío formado por Ernesto “el pibe” Ponzio en el violín, el morocho y ciego Eusebio Aspiazu en guitarra y Vicente “el tano” Pecci en flauta. Ponzio ya acreditaba por entonces, pese a su juventud, una larga carrera tanguera: nacido en 1885 en “la Tierra del Fuego” –o sea entre la Recoleta y la Penitenciaría Nacional– de padre napolitano y arpista y madre uruguaya, la temprana muerte del progenitor lo obligó a abandonar los estudios en el Conservatorio Williams y a ganar el pan familiar tocando y pasando el platito en cafés y cantinas. Según Juan Silbido (el periodista e historiador Emilio Juan Vattuone) habría compuesto su primer éxito, “Don Juan”, en 1898, estrenándolo en 1900 en la casa de bailes de Concepción “Mamita” Amaya, de Lavalle 2177. Ponzio logró después renombre en los establecimientos de Palermo “El Tambito” y “Hansen”, haciendo dupla con el clarinetista Juan Carlos Bazán, en “lo de Laura” y en lo de María “la Vasca” Rangolla, de Carlos Calvo 2721, donde se codeó con Vicente Greco, Manuel Campoamor (el de “La c...ara de la l...una”) y, posiblemente, con Rosendo Mendizábal.
Parece que Ponzio tenía pocas pulgas, o que era bastante compadrito, pues en 1902 fue procesado por lesiones en Coronel Suárez y, en 1906, condenado a dos años por lesiones con arma de fuego. Lo cierto es que en enero de 1924, en un prostíbulo del barrio Pichincha de Rosario, mató de un balazo a otro concurrente y fue condenado a veinte años de cárcel con la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado por registrar antecedentes, pena que sólo cumplió hasta 1928 cuando fue indultado. A pesar de todo esto, se había casado en 1906 con Adela Savino en Lanús Oeste, de donde era la niña, instalando el almacén “El Pibe”, luego trasladado y rebautizado “Los Paraísos”. En la década de 1930 formó la Orquesta Ponzio-Bazán, en la que participaban Vicente Pecci (flauta), “el Pardo” Alcorta (violín), José María “el Yepi” Bianchi (bandoneón) y el cieguito Aspiazu en la guitarra, orquesta que llegó a actuar en el Luna Park. También fue convocado por Pascual Carcavallo para actual en el teatro “El Nacional”, en la Orquesta de la Guardia Vieja junto a Bazán, Enrique Saborido, José Luis Padula, Luis Teisseire y otros viejos próceres. En eso estaba cuando, en 1934, falleció del mismo mal que su padre, de un aneurisma en el corazón. Curiosamente para un músico que trabajó tanto, no han quedado grabaciones propias ni en otras agrupaciones, pero podemos ver su estampa junto al “gordo” Bazán en la película “Tango”, donde aparecen tocando, con una orquestita, “Don Juan”.
El otro reducto insoslayable de Balvanera, más precisamente en el Abasto, fue el café “O’Rondeman” de los hermanos Traverso, en Humahuaca 2202, donde dio sus primeros pasos artísticos Carlos Gardel, pero este cronista ya ha hablado largo y tendido sobre este lugar legendario, por lo que pide disculpas al lector por la omisión y prosigue su camino hacia el Centro, deteniéndose quizá en algunos cafés de la Avenida de Mayo si es que el tranvía lo deja cerca.
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Imagen: Parroquia Nuestra Señora de Balvanera.
Nota tomada del periódico “Desde Boedo”, abril de 2014. 

11 abr 2014

El intrépido gran señor



(De Haydée Breslav)

La muerte lo sorprendió a Jorge Newbery el 1º de marzo de 1914 en un accidente aéreo ocurrido en la localidad de Los Tamarindos, de la provincia de Mendoza. Precursor de nuestra aviación civil, creador de la militar y defensor de los intereses nacionales, varios tangos fueron compuestos en su homenaje.

Nacido el 27 de mayo de 1875 en Buenos Aires, en la calle Florida 251, Jorge Newbery realizó sus estudios universitarios en los Estados Unidos, el país de su padre, donde tuvo entre sus maestros a Thomas Alva Edison y se recibió de ingeniero electricista.
Es sabido que “el intrépido gran señor”, como lo llamó el general Mosconi, cumplió históricas hazañas aéreas: la primera, el cruce del Río de la Plata en globo, que realizó con Aarón de Anchorena a bordo del “Pampero”. Voló después en el “Patriota”, en cuya segunda ascensión lo acompañó Alfredo Palacios, en lo que fue el inicio de una estrecha amistad; en un tercer globo, llamado “Huracán”, llegó hasta Brasil, marcando el cuarto récord mundial de tiempo de suspensión y el sexto de distancia recorrida. Y en el “Buenos Aires” batió el récord sudamericano de altura al ascender por sobre los 5.100 metros.
No se conoce tanto su preocupación por el desarrollo científico, industrial y energético, el cual le inspiró varios artículos que fueron publicados por la Sociedad Científica Argentina, en los que puso de manifiesto su pensamiento laicista, ni su desempeño al frente de la Dirección de Alumbrado de la Municipalidad de Buenos Aires, desde donde municipalizó los servicios eléctricos de la ciudad, ni del libro “El petróleo”, que en 1910 escribió junto con Justino Thierry, en el que propiciaba que, para proteger a la zona petrolífera de Comodoro Rivadavia de las multinacionales, se la declarara territorio nacional.
Decidido a volar en aparatos más pesados que el aire, en 1912 cruzó en avión el Río de la Plata y en 1914 alcanzó con su monoplano los 6.225 metros de altura superando el récord mundial. Se había propuesto cruzar la cordillera de Los Andes y con ese objetivo se trasladó a Mendoza donde, ante unas jóvenes que querían verlo volar y a pesar de que otros aviadores, entre ellos Teodoro Fels, intentaron disuadirlo, inició una exhibición que sería la última.

JORGE NEWBERY, TANGO Y POESÍA
Cuentan que a principios del siglo pasado no era aconsejable transitar por las veredas de Buenos Aires (y de muchas localidades suburbanas) entre la caída de la tarde y bien entrada la mañana, porque en ese lapso barras de compadritos solían instalarse en las esquinas, desde donde agredían a los transeúntes: a las mujeres de palabra, dedicándoles expresiones soeces, y a empujones y golpes, si se daba la ocasión, a los hombres.
Quiere la tradición que cierta vez la patota que había sentado sus reales en Corrientes y Esmeralda quiso burlarse de un elegante joven, pero las pullas cesaron cuando quienes las proferían dieron con sus huesos en el suelo: Jorge Newbery, que no otro era el joven, los había noqueado. El boxeo, de práctica incipiente entonces en Buenos Aires, era uno de los muchos deportes en que sobresalía. El episodio quedó inmortalizado por Celedonio Flores en los versos iniciales del tango “Corrientes y Esmeralda”, con música de Francisco Pracánico: “Amainaron guapos junto a tus ochavas / cuando un cajetilla los calzó de cross”.
No es este el único nexo de Newbery con el tango: varios autores del género le dedicaron sus creaciones. Se mencionan, entre otros, los tangos “Jorge Newbery”, de Aquiles Domingo Barbieri; “Newbery”, de Luciano Ríos;  “Un recuerdo a Newbery”, de José Arturo Severino; 
“De pura cepa”, de Roberto Firpo; “Prendete del aeroplano”, de José Ezcurra, y los dos titulados “El Pampero” como el globo aerostático en el que Jorge Newbery navegó varias veces y a cuyo bordo encontró la muerte su hermano Eduardo: uno pertenece a José De Caro y el otro a Luis San Martino; también se nombra al vals de Eduardo Arolas “Tu sueño”.
En ese sentido, uno de los homenajes más entrañables fue el que le dedicaron Gardel y Razzano en el primer aniversario de su muerte, con un estilo que titularon  “A la memoria de Jorge Newbery” y no llegaron a grabar, y de cuya letra transcribimos la primera décima: “En un abrazo inmortal / la guitarra y el poeta / sollozan por el atleta / de la Aviación Nacional... / ¡Newbery, el cóndor genial / que fue en sublime locura / a seis mil metros de altura / rompiendo brumas ignotas, / cayó con las alas rotas / en la negra sepultura!”.
Según contó Razzano, Newbery fue uno de los más entusiastas admiradores del dúo que aquel conformaba con Gardel, cuyas actuaciones solía presenciar en el elegante local nocturno Armenonville, donde tocaban además Firpo y Arolas, integrando un cuarteto típico que completaban Tito Roccatagliata y Lorenzo Thompson.
En un interesante trabajo, Miguel Alejandro Sánchez Peña traza un paralelo entre Gardel y Newbery en el que encuentra, entre muchas otras similitudes, que “los dos fueron ídolos de Buenos Aires” y que “los dos sedujeron a la multitud”. Por nuestra parte, agregamos que los dos cayeron en accidentes de aviación (obviedad trágica, pero obviedad al fin) y que los dos fueron homenajeados por poetas. Así, Raúl González Tuñón escribió, en “Muerte y entierro de Gardel”: “Cuando muere un cantor suele nacer un sueño / y en algún mar distante se desploma un albatros”.
Y Belisario Roldán, en la oración fúnebre que pronunció en las exequias de Newbery en la Recoleta, expresó, entre otros, estos conceptos: “Ha caído esta gloria, toda nuestra; ha caído el héroe de la sonrisa eterna, ha caído con el ala rota, como el ave fastuosa de la leyenda antigua”.
Ahora reposan los dos –Newbery y Gardel– en la Chacarita, donde el pueblo les construyó sendos monumentos. En 1937, en oportunidad de dar sepultura definitiva a Newbery, Alfredo Palacios dijo, ante una multitud: “[…] Y eso que él ejecutó, en una escala tan grande, no lo hizo sólo para sí mismo, sino para todo el país. Lo dominaba el afán de ensanchar los límites del hombre y lo consiguió espléndidamente. Dilató nuestros dominios en el aire y en la atención y el respeto de las gentes”.
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Imagen: Monumento a Jorge Newbery en el cementerio de la Chacarita, obra de Hernán Cullen Ayerza; atrás y a la izquierda, la bóveda que guarda los resto del aviador (Foto tomada de  http://www.arcondebuenosaires.com.ar ).
Nota tomada del periódico barrial “Tras Cartón”, marzo de 2014.