13 oct 2010

Tome soda "Belgrano", la mejor del mundo


(De Ángel O. Prignano)

El origen de la legendaria soda "Belgrano", bebida gaseosa sin alcohol que La Argentina Sociedad Anónima elaboraba en su planta de San Juan 2844, está ligada a las fábricas de refrescos y licores que se desarrollaron en Buenos Aires a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Una de esas empresas, la de Pedro Inchauspe, comenzó a elaborarla y distribuirla en todo el país en los primeros años de la centuria siguiente.
En 1847, Desiderio Charabel fundó una fábrica de soda en un modesto local de la calle Potosí (hoy Adolfo Alsina). Comprada por Juan Inchauspe en 1862, la casa tomó el nombre de su nuevo dueño que se aprestó a continuar la actividad. Nacido en los bajos Pirineos, Inchauspe conservaba el carácter inquebrantable de su origen vasco y comenzó la elaboración de sus productos con dedicación y la firme convicción de vencer los escollos propios de todo inicio.
Paralelamente, frente al viejo Hotel del Globo de la calle 25 de Mayo entre Piedad y Cangallo (hoy Bartolomé Mitre y Tte. Gral. Juan Domingo Perón) venía funcionando la fábrica de licores y soda de Emilio Billiart, fundada años antes por Domingo Marticorena. Andrés y Pedro Inchauspe, hermanos de Juan, la adquirieron el 1° de marzo de 1866 y, desde entonces, dos de las más importantes fábricas del ramo licorero y de bebidas gaseosas de aquellos tiempos giraban con el mismo apellido.
Mientras tanto, Juan Inchauspe incrementaba su producción y mudaba su establecimiento a Moreno y Defensa. Allí fue donde, en 1868, los tres hermanos decidieron fusionar sus fábricas  y unir sus esfuerzos para formar una sola empresa que enseguida comenzó a ganar prestigio. No fue raro, entonces, que se plantearan la necesidad de contar con una nueva planta y adquirieran al año siguiente un terreno en Venezuela entre Balcarce y Defensa para construirla. Después de tantas mudanzas, sus impulsos parecieron aquietarse y permanecieron en ese lugar por casi dos décadas.
A mediados de los ochenta, Juan y Andrés decidieron su salida de la sociedad y Pedro quedó como único dueño. Un nuevo traslado obligado por la expansión del negocio se operó en 1886, cuando la planta elaboradora se instaló en un amplio predio propio de Independencia 456-72.
El desarrollo creciente de sus actividades y el de otras fábricas que prosperaban en el país determinó que sus secciones de soda y aguas gaseosas se fusionaran en un solo local. El sistema de elaboración de estas bebidas difería de la destilación de licores y resultaba más operativo separar ambos procesos.
Así llegamos a 1904 en que Pedro Inchauspe inauguró un gran establecimiento sobre un terreno de 11.000 varas cuadradas con frente a San Juan 2844. La empresa llevó como nombre “La Argentina” y posteriormente se constituyó en una sociedad anónima. Desde el inicio de su producción, la planta fue considerada una de las más importantes de América del Sur, no sólo por su tamaño sino por la calidad de las bebidas que salían de ella. Allí comenzó, precisamente, la producción de la soda Belgrano.
La sección licores, entre tanto, también necesitaba ampliarse y modernizarse, por lo que se levantó un nuevo edificio en Paseo Colón 1170 (más adelante 1150), inaugurado en 1905. La agrupación emprendida con las secciones de aguas gaseosas había sido todo un éxito y se resolvió hacer lo mismo con las de licores. Ello dio origen a una nueva razón social. De este modo, en los años veinte giraban dos establecimientos con el mismo nombre: “La Argentina” Sociedad Anónima para el rubro aguas gaseosas y Destilería “La Argentina” de Inchauspe y Cía. para los licores.
Los refrescos y bebidas alcohólicas de sus respectivas marcas fueron adquiriendo gradualmente el favor de los consumidores. Así, el excelente vermouth Glauda compitió en pie de igualdad con los que venían del viejo mundo cargados de fama internacional. También elaboró el fernet Visconti, el reconfortante licor Capuchinos, el licor de sobremesa El Cazador, el vodka Inchauspe y el vino quinado Chinato Garda, entre otros productos. Para promocionar el último de los citados se ideó el eslogan “Convide a su mejor amigo con un Chinato Garda”.
En el rubro gaseosas, La Argentina había obtenido patente sobre la soda Neuss, que en nuestro país se comercializó con el nombre Belgrano. Otras de sus marcas registradas era El Gnomo. Todos estos datos constaban en la etiqueta de la soda Belgrano impresa en colores azul y rojo sobre papel blanco. Se envasaba en botellas de vidrio regordetas de 220 y 390 cm3 con tapa de cerámica sujetadas con un “resorte” de alambre. Las había de vidrio incoloro y de color levemente verdoso. Las tapas de cerámica llevaban impresa una especie de estrella rodeada con el nombre de la fábrica en color verde oscuro y se completaba con un sello o arandela de goma rosada que aseguraba su cierre hermético. En el cuello de la botella se podía leer el número 22 del registro de fábrica –a veces dentro de un círculo, otras de un rectángulo– y en el borde inferior el nombre y la dirección. En la base de apoyo se exhibía un sol de cara rechoncha, ojos, cejas, nariz y labios bien definidos, y múltiples rayos en su derredor. Todas estas últimas inscripciones y dibujos venían en relieve, es decir que estaban en el molde con que se soplaban las botellas.
 Durante los años treinta y cuarenta circulaban en todos los boliches y almacenes de Buenos Aires. Contenían una bebida pura y burbujeante que se tomaba en las cuatro estaciones del año. Para promocionarla se imprimieron unas chapas metálicas de 24 por 13 centímetros con la imagen de la botella y la frase que inspiró el título de este artículo: “Aquí hay soda Belgrano, la mejor del mundo”. Cientos de ellas se “clavaron” en bares, fondas y restaurantes de todo el país. En los clubes de barrio y lugares donde se bailaba tango y fox-trot se consumían grandes cantidades, muchas veces para “rebajar” el modesto whisky nacional, tal vez un Canadian Club o un Emperor. “Mozo, un Canadian con soda... pero soda Belgrano”, pedían los muchachos.
Estas simpáticas botellitas quedaron superadas con la aparición de la tapa corona, mucho más práctica e higiénica. Hacia fines de la década del cuarenta ya no se las veía. Fueron sustituidas por la botella verde con letras blancas pintadas, de 250 cm3 de capacidad y con el nuevo sistema de cierre: la popular chapita. A partir de entonces aparecieron los característicos dos patitos blancos reemplazando el 22, tanto en la etiqueta como en la tapita. La jerga quinielera había hecho su aporte.
Luego se conocieron nuevos productos: Indian Tonic Cunnington, Ginger Ale Cunnington, 2L lima-limón, naranja Neuss y pomelo Neuss. Así comenzó la etapa de Cunnington Sociedad Anónima a cargo de la planta envasadora de la avenida San Juan. Pero esto es historia reciente.
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Imagen: Foto de uno de los envases de soda "Belgrano".

El ilustre bodegón


(De Conrado Nalé Roxlo)

El más ilustre de los bodegones frecuentados por mí –y la lista sería larga– fue sin duda “El Puchero Misterioso”. Como todo lugar histórico, pues ya pertenece a nuestra pequeña historia literaria, tiene su leyenda que no me propongo destruir. Dios me preserve de soplar sobre ningún fantasma, por más desgarbado y contrahecho que sea, de los que la imaginación creadora levantó sobre sus mesas pringosas. La leyenda es la obra del poeta, ante la que el cronista –función que asumo ahora– debe inclinar la cabeza y, despacito y con buena letra, ir trazando la imagen fiel y el relato verídico de los lugares y sucesos que aspira a salvar del olvido.
“El Puchero Misterioso” está hoy donde estaba entonces y dedicado a lo mismo (1). Pero hace cerca de treinta años que no traspongo sus puertas. Para mí ya no existe. Quizás encontrara alguno de sus antiguos parroquianos; quizá algún diariero de los que formaban su clientela habitual siga sentándose a sus mesas después de la venta nocturna, pero ¿de qué hablaríamos?, ¿qué podríamos decirnos, ya envejecidos y nostálgicos), ¿qué podría comer allí que no fuera desabrido después de haber devorado con el apetito de los veinte años el puchero misterioso que le dio nombre manjar hoy tan inasequible como las lenguas de ruiseñor de los cuentos orientales?
Nada más peligroso que esos retornos al pasado –muchas veces lo intentó mi experiencia con resultados desastrosos–: se parecen a cortejos fúnebres y, quieras que no, se termina hablando en el estilo de epitafio. Por todo lo dicho usaré el tiempo pasado para hablar de aquel refugio nocturno de muchos escritores de mi generación y de otras gentes que irán apareciendo.
Su nombre oficial era “Almacén de la Cueva” y estaba en la calle Talcahuano al llegar a Cangallo. En la esquina, la puerta, naturalmente cerrada de noche, del almacén de comestibles y, por Talcahuano, la del despacho de bebidas y fondín, seguida por dos ventanas con antiguas rejas que llegaban casi hasta el suelo;  altos postigos abiertos en verano y mostrando a través de los polvorientos cristales sus luces acogedoras en las noches de invierno.
Nunca faltaba un coche de plaza detenido a la puerta. El viejo cochero, con frecuencia tuerto, (ya explicaré otra vez por qué hay tantos cocheros tuertos en la ciudad), látigo en mano, la galera caricaturesca sobre la revuelta pelambre color pimienta, roja la nariz, tomada, de pie ante el mostrador, su caña o su aguardiente.
A la izquierda del estaño, se abría el comedor, ni muy amplio ni muy reducido; sólidas mesas patinadas por el tiempo, las grasas y el frote de las mangas de los parroquianos, largos bancos haciendo juego y algunas sillas tembleques complementaban el mobiliario. Al fondo, defendida de la curiosidad pública por una cortina de arpillera, la puerta del misterioso y lóbrego laboratorio de la cocina.
Al pintor realista que hubiera querido reproducir en su tela el auténtico color mugre, le habría bastado con pasar sus pinceles por aquellas paredes. En una de aquellas paredes los en otro tiempo vistosos colores de un San Martín de propaganda; el héroe se cubría el pecho con una bandera, sin duda para defenderse de las injurias de las moscas. También colgaba un almanaque con hojas de arrancar, pero estaba siempre muy atrasado, como diciendo que el tiempo no tenía importancia, lo que para nosotros era verdad, ya que entrar y amanecerse era la misma cosa.
En contra de lo que pudiera suponerse, la comida era muy buena y absurdamente barata, y el plato de fuerza, el crédito de la casa, el misterioso puchero epónimo; lo servían en plato sopero, desbordante y prolongado en pirámide, y siempre caliente, ennoblecido por su penacho de vapor oloroso y aperitivo. Un buen trozo de carne de vaca, otro de cerdo, morcilla, chorizo, abundante repollo, zapallo, papas, batatas,  zanahoria y hasta una perdigonada de garbanzos; de todo traía aquel puchero compendio en plato de la abundancia y la liberalidad del país de entonces.
Con todo, era un misterio cómo se podía dar tanto y tan bueno por veinte centavos, que tal era su precio, y de ahí tomó el nombre primero el plato y luego el bodegón.
Con aquella base, un vaso de vino de diez, otros diez de un café, cinco de pan –¡y qué pan, dorado caliente y oliendo a sano, que uno no sabía si era mayor delicia el comerlo o el partirlo– y cinco de propina, suma por la que los mozos gallegos daban cortés y sinceramente las gracias y hasta las mil gracias, un hombre honrado quedaba tan satisfecho como si se hubiera sentado a la mesa de don Baltazar de Alcázar. Sólo habría echado de menos a la bella Inés, pues bueno es aclarar que allí no entraban mujeres, ni de las llamadas decentes –y que a veces lo son, no se me interprete mal– ni de las otras.
Antes de descubrirlo nosotros… ¿Quiénes éramos nosotros? Tiempo al tiempo que ya irán saliendo cuando corresponda, pues a ninguno he olvidado- Pero no me gustan las listas de nombres, los inventarios de personas, que me suenan a trabajo de escribano más que de escritor, como no me gusta el recurso literario de las largas enumeraciones, reconociendo que lo han usado con singular eficacia el doctor Rabelais, Pablo Neruda y el desenfado autor de La lozana andaluza, don Francisco Delicado. Mil perdones por la interrupción.
Antes de descubrir nosotros y bautizar “El Puchero Misterioso”, digo, sus primitivos pobladores eran en su mayor parte cocheros y vendedores de diarios. Con los cocheros tuvimos poco trato. Eran aves de paso, que entre viaje y viaje comían apresuradamente, y aun con viaje se bajaban a tomar una copa en el mostrador y seguían su camino, gordos, astrosos e italianos.
Con los diarieros fue muy distinto. Pronto fraternizamos, y los recuerdo a todos como si los estuviera viendo, pero de ninguno podría escribir el nombre, por la poderosa razón de que nunca conocí a un diariero que se llamara Martínez ni Rodríguez, ni siquiera Pérez, que es tan fácil. Parece que el apodo es obligatorio en el gremio, y los ponen con un acierto sicológico y un don humorístico, sólo comparable al de los provincianos: una o dos palabras y el sayo cae tan al cuerpo que ya es imposible sacárselo.
Tengo para mí que existe en algún lugar de la ciudad una cripta secreta donde un obispo, quizá  un poco herético, con mitra de papel de diario, confirma en sus sobrenombres a los diarieros confiriéndoles  perennidad de sacramento.
No diré, porque no me gusta mentir, que una vez me presentaron a un diariero y que me dio su tarjeta, donde en lugar de Juan, Pedro o Diego se leía un pintoresco seudónimo. Pero el hecho no es inverosímil.
En “El Puchero Misterioso” conocí a “Santito”, decano de los vendedores de diarios y que aún está firme en su parada de Sarmiento y Esmeralda, frente a la farmacia, pulcro en el vestir discreto y amable  un poco distante. Nunca intervenía en las turbulentas discusiones del Puchero. El que sí intervenía y además era un maestro en el arte de provocarlas era el “Sábalo”, que tenía su parada, y aún la tiene, frente a los “36 Billares” de la Avenida de Mayo.
El “Camarada” y el “Compañero” sostuvieron durante mil y un noches la más absurda de las polémicas ideológicas, digamos así, que me ha sido dado presenciar, instigados por el “Sábalo”. Pero esa es una historia que requiere capítulo aparte.
También solían ir algunos ladrones, pero hacían rancho aparte y eran gentes poco comunicativas, quizá por exigencias de su profesión.
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(1) Esta nota fue publicada en la década del 70.
Tomado de: Borrador de  memorias.
Imagen: Foto de Gustavo Frasso.

7 oct 2010

La Semana Trágica


(De Mario Bellocchio)

Diciembre de 1918. La guerra no sólo había arrasado su campo de batalla. Nuestro enorme país, indemne a la metralla, padecía las múltiples secuelas del conflicto. Los talleres metalúrgicos de Pedro Vasena e Hijos intentaban reducir los costos de producción para lamer las profundas heridas. Y sus obreros, sujetos a duras condiciones laborales rayanas con la esclavitud, pugnaban por asomar las cabezas por fuera del sometimiento y aspirar, siquiera un poco, de los aires de rebeldía que traían las ideas de la vieja Europa y las revoluciones de rusos y mexicanos.
Dos mil quinientos trabajadores metalúrgicos entran en huelga el día 2. Reclaman jornada de ocho horas, medidas de salubridad y aumento salarial. Los Vasena, que administran la industria ya vendida a capitales ingleses, se muestran intransigentes a la “insolencia obrera”. La respuesta es la ocupación del establecimiento que tiene su planta industrial limitada por Rioja, Barcala, Urquiza y Constitución -hoy plaza Martín Fierro, en San Cristóbal- y los depósitos en Pompeya, en las inmediaciones de Amancio Alcorta y Cachi, donde se va a producir el primer encuentro grave. La aparición de rompehuelgas “krumiros” y grupos de civiles armados de la Liga Patriótica de Manuel Carlés -más tarde abogado de Marcelo T. de Alvear- tiene su contraparte en los piquetes de huelguistas que toman represalias contra los “carneros” y proporcionan una “noche mala” al jefe de Policía quemando su automóvil el 24 de diciembre.
A las tres de la tarde del 7 de enero de 1919 se produce el cruce de piquetes que tratan de impedir la llegada de carga al depósito con los carros que debían transportarla. De ellos descienden grupos armados y aparecen los “cosacos” de “la montada” que completan el enfrentamiento. Según “La Prensa” fueron disparados más de 2.000 proyectiles por unos 110 policías y bomberos. Sólo tres integrantes de las fuerzas represivas sufrieron alguna contusión. Cuatro muertos, más de treinta heridos. Un jornalero de 18 años que estaba tomando mate en su domicilio, un recolector de basura muerto de varios sablazos en el cráneo, otro colega que recibió un balazo mientras se hallaba en una fonda de la avenida Alcorta y un jornalero, víctima de un disparo. Dice “La Nación”: ninguno fue muerto en actitud de combate, ninguno estaba agrediendo a las fuerzas represivas.

La espesa tensión precedida por negociaciones fallidas desemboca en la jornada del 9 de enero con la ciudad totalmente paralizada. Los caídos en la lucha y la esclavitud de los sobrevivientes reclaman nuevas acciones: El crimen de las fuerzas policiales, embriagadas por el gobierno y Vasena, clama una explosión revolucionaria, amenaza “La Protesta”, periódico que lidera el pensamiento anarquista. Ante la violencia de la represión el pueblo obrero asalta armerías y se provee. Una multitud calculada en unas doscientas mil personas acompaña los restos de los caídos en el trayecto hacia Chacarita. La avenida Corrientes es un largo calvario jalonado por escaramuzas que dejan sus primeras víctimas. Todo es el prolegómeno de la verdadera barbarie desatada en el interior del cementerio, donde la policía abre fuego sobre la multitud mientras los oradores despiden los restos de los obreros caídos en la lucha dos días antes. Una masacre que la prensa calcula con liviandad en doce muertos y más de doscientos heridos, lejanos de la estimación popular de cien bajas, ninguna de las cuales pertenece a los represores. El gobierno entra en pánico. Ahora se encuentra acorralado, tanto por la derecha conservadora que reclama la represión más enérgica como por un movimiento obrero decidido a enfrentarlo. La Unión Cívica Radical se moviliza en defensa de Yrigoyen y éste deja correr a la acción de las bandas fascistas organizadas en la Liga Patriótica (1).
Interviene el Ejército. El general Dellepiane declara el día 10 a la prensa: emplazaré la artillería en la plaza del Congreso y atronaré con los cañones toda la ciudad. Afirma igualmente que va a hacer un escarmiento que se recordará durante 50 años. La bravata enardece a los “rebeldes” y se producen nuevos enfrentamientos que siembran el terror donde las patotas de la Liga Patriótica y la Asociación del Trabajo insisten en actos vandálicos de represalia contra todo lo que consideren maximalista. El presidente Yrigoyen, mientras tanto, convoca a su despacho a Pedro Vasena y a su correligionario Leopoldo Melo, abogado de la empresa, instándolos a aceptar los reclamos sindicales. Con la rendición del empresario se produce el quiebre que divide las aguas de la FORA: los del noveno congreso aceptan la postura mientras que los del quinto, entendiendo que ha llegado la hora de la revolución social, producen una extensión del conflicto que se diluye lentamente en las jornadas siguientes.
Para el escritor Diego Abad de Santillán aquella Semana Trágica dejó el ominoso saldo de mil quinientos muertos, cinco mil heridos y unos cincuenta y cinco mil procesados, con la accesoria, para muchos, de una quincena de confinamiento en la isla Martín García. La “más benigna” estimación policial calcula, en cambio, ochocientos fallecidos y cuatro mil heridos. Cualquiera fuera la cifra real, o un promedio, basta para asignarle el calificativo a aquella semana que marcó un punto de inflexión en la historia del movimiento obrero y en la de la propia ciudad de Buenos Aires. Los actores de la tragedia, en los múltiples matices de convicciones y de intereses, nunca se pusieron de acuerdo sobre causas y efectos, salvo parciales coincidencias.


LOS SOCIALISTAS
Eran tiempos de crecimiento parlamentario del partido. El sindicalismo y la revolución habían pasado a un segundo plano puesta la fe en una futura legislación laboral cada vez más progresista. El foco de interés trasladado, de tal manera, a las urnas. La social-democracia por sobre la ortodoxia revolucionaria y maximalista. Yrigoyen, en su afán de desacreditarlos en las siguientes elecciones, fue, según el partido fundado por Juan B. Justo, el responsable de la masacre. Desde esta visión, para el gobierno, el Congreso se ponía cada vez más irreductible frente al Poder Ejecutivo [...] Había que debilitar al Partido Socialista, sobre todo en vísperas electorales, tratando de empujarlo, confundirlo y mezclarlo en movimientos anárquicos desordenados y caóticos, haciéndolo aparecer excesivamente revolucionario ante cierta opinión pública del país. (2)


LOS ANARQUISTAS
En las antípodas del socialismo, rechazaban toda negociación con los poderes constituidos por lo que descartaban la lucha parlamentaria. “La Protesta”, órgano de difusión de las ideas de la FORA V Congreso, señalaba el 8 de enero: [...] Sin falta, trabajadores, vengad este crimen. Dinamita hace falta ahora más que nunca. Esto no puede morir en silencio. ¡No, y mil veces! ¡No!, el pueblo no ha de dejarse matar como mansa bestia. Incendiad, destruid sin miramientos, obreros. ¡Vengaos, hermanos! frente al crimen de la justicia histórica, la violencia del pueblo como única e inmediata consecuencia y solución.

Y el día 21: ¿Dónde, pues, estaban los socialistas? En la Cámara, unos llorando un mea culpa vergonzoso de puro miedo [...] Cualquiera sabe que los socialistas y sindicalistas negaron su concurso a la huelga general, tratando de eludir responsabilidades, mientras la FORA del Vº (sic) [reafirmaba] el movimiento y [asumía] la actitud que correspondía en esos momentos a todo revolucionario. La defección síndico-socialista provocó la reacción burguesa estatal.

LOS SINDICALISTAS
Unos, apartados del sistema (anarquistas); otros, en vías parlamentarias (socialistas), dejaron terreno propicio para el crecimiento del “Sindicalismo revolucionario”, una corriente social surgida en Europa a fines del siglo XIX. La revolución, sí, pero con el protagonismo de los sindicatos. Existe un concepto equivocado de la función que cumple un sindicato en el proceso de la revolución social. Se le asigna un papel secundario, aun cuando encierra los elementos revolucionarios del nuevo orden y es escuela maestra de la conciencia proletaria, decía Sebastián Marotta, destacado militante sindical. A pesar de su participación activa en la huelga existía una marcada propensión a señalar distancias con el extremismo maximalista. Al privilegiar la negociación para lograr conquistas obreras se encaramó como el interlocutor válido del gobierno, deseoso de un diálogo que lo separara metodológicamente de los procedimientos de sus antecesores. Decía la FORA del IX Congreso -a la que adhería el sindicalismo- subrayando distancias: El secretario de la FORA señala que la huelga general tiene por causa inmediata y concreta el conflicto metalúrgico. Se desnaturalizaría su carácter solidario y de protesta si se le añadiese un programa de reivindicaciones extraño a su motivo y propósito (“La Nación”, 12-1-1919).

LOS RADICALES
Imbuido de un gradualismo que le permitiera controlar el timón, Yrigoyen no introdujo cambios “radicales” en el modelo agroexportador. Sin embargo, el empeño por incorporar la clase obrera al sistema sumergió al gobierno en la búsqueda del diálogo que sustituyese a la represión conservadora. Quizás ese visceral rechazo produjo un laissez faire inicial que se tornó incontrolable. Y la represión desatada necesitaba un justificativo que no desacreditase el preconizado diálogo con la clase trabajadora. “La Época”, órgano de difusión privilegiado por el partido gobernante, editorializaba el 13 de enero:
La huelga es respetada en todo lo que no excede de los límites que a los trabajadores les asisten de abandonar el trabajo, dentro de condiciones determinadas. [...] Las simpatías del Ejecutivo por los obreros son bien conocidas y están probadas con hechos consecutivos. Pero jamás el presidente de los argentinos cederá a la sugestión amenazante de turbas desorbitadas que quieran sustituir su voluntad al juego libre de las leyes que rigen la actividad social [...] La huelga será reprimida en toda tentativa que desnaturalice su verdadero carácter y que denuncie intenciones de violar el orden social o atentar contra los derechos civiles garantizados por la Constitución a todos los habitantes de la República.

LOS CONSERVADORES
Tanto los conservadores bonaerenses como los agrupados en el partido Demócrata cordobés no escatimaron críticas a la “demagogia populista” de Yrigoyen -proclive a dialogar con un interlocutor descalificado para este sector de pensamiento- generando el crecimiento de “ideologías disolventes y peligrosas”. Sin embargo, la gran debilidad de los conservadores es que operaban sobre una nueva correlación de clases en el país [...] y de allí que la huelga tuvo un resultado diferente del que anhelaban. La chusma, el populacho fue derrotado [...] pero también la empresa Vasena tuvo que conceder para frenar el movimiento, con lo cual se reconoció en el país que también las opiniones de los patrones era materia de decisión estatal
. (3)

Aquellos fatídicos días de 1919 fueron, son y serán materia inagotable para el análisis. Un agudo observador como el historiador David Rock señala: fue manifiesto que ninguna de las facciones dirigentes reconocidas de la clase obrera desempeñó una parte significativa en la organización de la huelga, en su liderazgo o conducción. En realidad, esas fueron las cualidades de las que careció más notablemente el movimiento: un plan, una serie de objetivos, una cadena de comando articulada y coordinada. Esto reflejó en el estilo de la acción, en su incoherencia y en su tipo de agitación, tumultuosa y sin timón…
Nadie salió indemne de aquel tiempo trágico cargado de profundas heridas sociales, políticas e ideológicas. Las cicatrices que dejó -en las más ventajosas condiciones laborales contemporáneas- aún perduran al acecho tras la explotación infantil, el trabajo esclavo de extranjeros indocumentados, el trabajo en negro, los horarios a destajo..., rémoras que aún quedan de aquella amarga semana de enero del 19.
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(1) y (2) Hernán Aragón
(3) Julio Godio
Fuentes Consultadas:
* David Rock, “Argentina 1516-1987, desde la colonización hasta Raúl Alfonsín”. Alianza Editorial S. A., Bs. As., 1989.
* Julio Godio, “La Semana Trágica de enero de 1919”, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
* Felipe Pigna, “Los mitos de la historia argentina III”, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2006.
* Artículo “A 50 años de la Semana Trágica”, Revista “Panorama”, Bs. As., enero de 1969.
* Hernán Aragón, “La Semana Trágica de 1919, bajo la onda expansiva de la Revolución Rusa”. PTS, Partido de los Trabajadores Socialistas.
Texto tomado del periódico: "Desde Boedo".
Imagen: Talleres Metalúgicos Vasena. Intersección de Rioja y Barcala en los días de la Semana Trágica.

Los soñadores del arte


(De Antonio J. Bucich)

Con Francisco Parodi nacen las manifestaciones del arte plástico en la Boca. Es decir, comienzan a surgir los valores con nombre propio. La anonimia forjadora de los hacedores de mascarones de proa y de los modeladores de imágenes religiosas había dejado vistosas expresiones en los barcos que se botaban en los astilleros del Riachuelo y en los recintos de la capilla lugareña. Pero Parodi es algo más significativo. Es un escultor que profesa el amor al arte y que da muestras de su saber. Hábil y a veces inspirado, cultiva la plástica con fervor. Había llegado de la riviera ligur al promediar el siglo XIX en la euforia de su juventud y se había establecido con un taller –de escultura y dorado– sobre la calle Rodríguez, a escasos metros de la esquina donde en 1861 naciera el primer artista nativo de la ribera boquense.
Parodi es el precursor y Cafferata –que vio la luz en Pedro de Mendoza y General Rodríguez – el iniciador. Cafferata permaneció en la tierra suburbana los años de su primera infancia. Después viajó a Italia y estudió con maestros de alto prestigio. A su regreso se le encargó la ejecución  del monumento al almirante Brown que se erigió en 1886 en la plaza del pueblo del mismo nombre, sobre la estación Adrogué. Este monumento –el primero que hiciera  un artista argentino– se inauguró en acto de grandes proporciones populares y oficiales. Muchas obras dejó Cafferata. Entre ellas El esclavo, que puede verse en los bosques de Palermo, y una serie de bustos de próceres que pueblan las plazas del país o se hallan en el Museo Histórico Nacional. Estaba desarrollando el tema de la maquette del negro Falucho que se le había encomendado, cuando sorpresivamente –sin que nada lo hiciera advertible– puso fin a sus días en 1890. Apenas contaba treinta años.
Otro artista boquense que vivió aquellos primeros afanes artísticos fue Américo Bonetti, perteneciente a un hogar de suizos itálicos instalados en la Vuelta de Rocha. Bonetti nació en la calle Australia, a media cuadra de la ribera. Perteneció al núcleo que acompañó a Eduardo Schiaffino, con quien colaboró intensamente en los años del Centenario de Mayo. Se destaco como escultor “animalista” y en temas aborígenes y sagrados. Falleció en Bernal, en 1931.
Muchos hombres más pueden citarse en estas etapas iniciales del quehacer artístico en la Boca. No podría olvidarse el de Alfredo Lazzari, egresado de la Academia del Reino, en Lucca, Italia. Llegó a Buenos Aires al finalizar el siglo XIX y se radicó primeramente en la Boca y en otras zonas suburbanas. Instaló un taller de estudio en la “Unión de La Boca”, y allí enseñó a un grupo compacto y animoso de muchachos que lo seguían en sus caminatas a lo largo de la ribera y de la isla Maciel. Entre ellos, estaban Benito Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto –que al principio trató de cultivar la plástica–, Fortunato Lacamera, Arturo Maresca. Desde que Carlos Enrique Pellegrini hiciera sus andanzas por las orillas del Riachuelo y dejara algunas expresiones de este paisaje, que han quedado indeleblemente fijadas como las constancias iconográficas más antiguas de estas tierras, nadie había logrado llevar al arte con un sentido tan telúrico de sus peculiaridades físicas y humanas, como el discípulo del viejo Lazzari, el pintor por excelencia del Riachuelo, Benito Quinquela Martín.
El siglo XIX fue la cuna de numerosas figuras boquenses de auténtica nombradía. Citemos algunas. Y no será necesario especificar los rasgos biográficos de ellos, porque casi todos han sobresalido por los valores que acreditaron a lo largo de su actuación artística o intelectual. Juan L. Alemany Vila, maestro en el arte escénico y en la declamación, nació en la Boca en 1877. Y en ella también nacen Benito Quinquela Martín, en 1890; Cafferata, en 1861; Bonetti, en 1865; Enrique Gustavino, dramaturgo, escritor, en 1894; Francisco Isernia, poeta, en ese mismo año; Fortunato Lacamera, pintor, en 1887; Roberto Mariani –novelista, cuentista, ensayista– en 1893; Pedro Zonza Briano, escultor, en 1886; Vicente Vento, pintor, en 1886; Cata Mórtola de Bianchi, grabadora, en 1889.
Otros vendrían desde otras tierras o desde “la ciudad”, desde Buenos Aires, a afincarse en sus moradas de patios anchos, cubiertos de higueras y de parrales, Así, Miguel Carlos Victorica, así Santiago Stagnaro –poliédrica personalidad en el mundo del arte– , Hernani Mandolini, Antonio Porchia, el autor de las Voces, y tantos más. La nómina sería interminable. De ella tratamos en Esquema de las generaciones artísticas y literarias boquenses.
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Imagen: “Amarradas”, óleo de Alfredo Lazzari (1941).
Texto tomado del libro: El barrio de La Boca.

Amenábar al 100


(De Rubén Derlis)

Allá por los 60 la calle era recoleta y silenciosa como una siesta prolongada; supongo que hoy no posee tales características debido al creciente estrépito que la ciudad puso en marcha superada la primera mitad de los 70. Pasaron más de treinta años y nunca volví a transitarla; es más, me resisto a ello por fidelidad a las imágenes que mantengo congeladas en mi memoria, imágenes de cada fragmento que devoraron mis pasos cuando pisaba su embaldosado pobre. Ese pasado habita en mí tal como fue, sin posibilidad de ser alterado por una no deseada superposición con instantáneas de otros momentos urbanos que la ciudad real generó a lo largo de tres décadas. Por eso si volviera a transitar estas aceras, la nitidez que guardo se diluiría; la calle actual, con sus nuevas particularidades, desplazaría a aquélla –vivísima aún, aunque sin sístole ni diástole–, o cuanto menos la modificaría, alterando el formato que guardo: veredas con sol de otras tardes, a las que accedo por el recuerdo.
De casas bajas con frentes no siempre bien conservados, el inicio de Amenábar nos plantea una perspectiva de escenografía si la observamos desde su nacimiento en Dorrego; por otra parte, también nos recuerda una postal porteña de ese barrio tomada hacia fines de los 40. Las vías del ferrocarril Mitre que la cruzan en diagonal a bajo nivel, en trinchera, hacen que la circulación por este tramo de calzada sea poco menos que nula; ya se desquitará de esta astenia, pues incrementará su folía motorizada a partir de Jorge Newbery, con rumbo norte. Tal vez sea esta obligada quietud con ribetes de remanso lo que acentúa aún más su aspecto de filme en blanco y negro o de fotografía tomada con una vieja cámara Kodak, sólo posible de hallar hoy en el escaparate de un anticuario. Este es el encuadre de mi película imaginaria rodada por aquellos años; hoy ya es otra cosa.

En la casa que lleva el número 135 de la calle Amenábar, y al final de un largo pasillo, en el departamento 2, con ventana a las vías del tren, vivió los últimos años de su vida el poeta Raúl González Tuñón.
No creo que haya placa recordativa; de ser así –lo que dudo– no estaría de más, pero la importante ya fue puesta: un gran rectángulo de bronce amurado en el frente de un edificio de departamentos de Saavedra 612, solar donde nació Tuñón en 1905. La casa estaba en Balvanera casi recostada contra la incipiente y difusa frontera que comparte con San Cristóbal, cuando su barrio era conocido como el Once (de hecho, una vez y por algunos años esta denominación fue oficial, al igual que la del Abasto, ambos reintegrados a Balvanera). A los quince años, nuestro poeta, andariego pertinaz, desnudo en su lirismo, ponía a prueba su porteño corazón: lo dejaba en manos de la inconstante Buenos Aires, consciente de que quedaba librado a los caprichosos designios de su amada. En los tembladerales de esta pasión siempre compartida nace su primer poemario: El violín del diablo, que tocará durante toda su vida con variada gama de tonalidades, renovado impulso e insobornable vocación.
Todo le sirvió al hombre y al poeta: sus viajes por el mundo, para constatar y asumir en cada regreso que era más argentino; su alternar por distintas redacciones, para pulsar los vaivenes callejeros en su husmear de cronista; su diario contacto con la gente pobre en cosas materiales pero rica en dignidad, para refirmar su ideología. Todo aprendió, todo enseñó, todo cantó. Y como sabía del sueño, también se soñó todo. Ya lo decía Lenin, a quien admiraba: “Ningún marxista es completo si no sabe soñar”. El 14 de agosto de 1974, cuando murió, tengo para mí que lo hizo en silencio para que nadie se enterara, no por no despedirse, sino para no molestar. Porque hay un silencio apacible que es hijo de la humildad, y ésta a Raúl le sobraba. Humildad fue su divisa.

A este departamento llegábamos sus entonces jóvenes amigos en una sucesión casi ininterrumpida de visitas; de cada una de ella siempre salíamos con nuevas sensaciones e ideas para desarrollar, surgidas de la anécdota vital o de la observación inteligente, como cuando hacíamos nuestras sus sesudas apreciaciones acerca de qué es lo medular de la poesía, o por qué no debe confundirse “síntesis con cortito”, como nos solía repetir. Una y otra vez debió contarnos llevado por nuestra insistencia cómo había conocido a César Vallejo, cómo había sobrevivido ese enjambre de artistas y poetas en la más impiadosa bohemia montparnassiana, o por qué le resultaba un tanto molesta la exagerada elegancia de Louis Aragon. Tampoco olvidábamos de preguntar –como si nunca lo hubiéramos hecho– por Blanca Luz, de los diuturnos conciliábulos en “El Puchero Misterioso”, o de los variopintos personajes –reales o de ficción– nacidos en la redacción de Crítica. Lo cierto es que inquiríamos una y otra vez porque siempre aparecía en el nuevo relato, en la nueva aventura, algo que había olvidado decir, que al volver a los mismos recuerdos recuperaba para el entramado de sus vivencias, en donde nosotros abrevábamos con asombro. De a ratos su narración era interrumpida por el paso de los trenes que trepidaban bajo su ventana; ruido en movimiento que hacía vibrar los vidrios con sonido de caireles. Cuando la tarde decidía su mutis tras los últimos durmientes que parecían amontonarse a lo lejos y la penumbra entornaba nuestra charla, o su monólogo –que preferíamos sobre aquélla–, al cerciorarnos que se venía la noche partíamos a desgano; mas siempre al filo de irnos corría por el borde de la amistad la última alegría de una reencontrada anécdota. Nos dolía partir –hoy entiendo que nunca estuvo mejor empleado el término–, ya que siempre quedaban nuevas preguntas por hacer, experiencias de las que aprender, miradas hacia un futuro que urgía alentar.
Pero las más de las veces que lo visité lo hice solo. Acaso porque mi admiración y mi voracidad por la escritura emanada de los poetas que están “más cerca de la sangre que de la tinta”, como dijo Lorca de Neruda, me lo imponían para consolidar la idea de unicidad, es decir, las mínimas fisuras o contradicciones entre el ser humano y el creador. Tuñón fue para mí el ejemplo más acabado de este concepto.
Cuando finalizaban nuestros largos encuentros solía acompañarme unas cuadras, y en el bar de la esquina de Ciudad de La Paz y Dorrego, antes de que yo trepara el puentecito, nos despedíamos junto al mostrador: una copita de Hesperidina para él, un café para mí. Si no me equivoco, el lugar se llamaba “Riberas del Sil”.

En esta porción mínima de Amenábar vivía también el actor Pepe Soriano, bajando la numeración, algunas puertas más acá de la casa del poeta, y frente a ésta, cruzando la calle, vivió durante largo tiempo ese laborioso urdidor de grandes historias pequeñas que fue Lubrano Zas. Así, ocurrió entonces que en un limitado espacio físico se dio una tríada cultural aunada por lazos de vecindad: el teatro, el cuento, la poesía. No sucede en muchas calles de Buenos Aires tal encuentro de talentos en unos pocos metros de vereda. Con esto le bastaría a Amenábar para labrar su orgullo.
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Imagen: tapa de la primera edición de La calle del agujero en la media. Gleizer editor, Bs. As., 1930.

De algunos apellidos en el lunfardo


(De Luis Alposta)

Los apellidos son nombres de familia que conforman, con los nombres propios, el nombre en sentido amplio, el que, con relevancia jurídica, y con carácter oficial, identifica y designa a cada persona. Algunos de ellos, además de figurar en la guía telefónica, son incorporados al lunfardo por el simple hecho de presentar similitudes fonéticas con palabras comunes del idioma.
Entre los que se escuchan con frecuencia, están los siguientes: batilana y batistela, para designar al batidor;  escasani, que vale por escaso de dinero, pobre, necesitado. Estar segurola es estar seguro; bejarano es viejo; novoa es nuevo; y se lo suele llamar torterolo al tuerto y ochoa al ocho. Palmieri, que también daba nombre a una conocida joyería de  Buenos Aires, se utiliza para designar al palmado; durañona no es otra cosa que duro, persona rígida, severa; y solari o Solari-Rosi, es estar y andar solo.
Al apellido Paganini, por juego paronomástico, como los anteriores, se recurre para designar al garpa, al individuo de pago fácil, al que acostumbra a pagar cuentas ajenas o comunes. Y a propósito, Paganini, el violinista, no fue precisamente un paganini. Entre sus allegados, según sus biógrafos, era conocido como el señor paganiente.
En cambio, el apellido Gardel responde a un mecanismo distinto. Es el único al que le damos valor de adjetivo y ser Gardel pasa a ser sinónimo de excelencia; tener un prestigio ganado; ser el mejor en una actividad. En cualquier actividad menos en la del canto, por supuesto. Dado que, para nosotros, por más que alguien cante bien, nunca lo podrá hacer como el Zorzal.
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Imagen: Sténcil sobre una pared. (Foto tomada del blog: elprofremarcelo.blogspot.com).

El “Royal Keller”


(De Jorge A. Bossio)

Pasa el único tranvía rumbo al único destino humano certero; la Chacarita es su meta; en su vientre, la muchacha que recién ha dejado la pasarela se inclina sobre el ventanuco pensando un sueño que más parece una tortura. Esmeralda y Corrientes han quedado atrás y el “Royal Keller” aparece silencioso.
“Después del auge de los teatros –sostiene Leopoldo Marechal (1) –sucedía, lógicamente, el de los cafés, hoteles y restaurantes…” Así era, después de las sesiones de teatro, los cafés para las peñas, y los restaurantes elegantes para los bacanes o las familias de éstos. El Keller era el lugar elegante de algunas familias distinguidas.
Alguna vez también sirvió para las reuniones literarias, a las que concurrían, generalmente, la gente de teatro. Otras veces se constituyó en pequeño estadio donde se hicieron las primeras exhibiciones de boxeo, aumentando con esa actividad la multiplicidad de su salón. Mas no sólo serán éstas las reuniones que se realizan en su local. Hacia el año 30, solían reunirse los nacionalistas de derecha que buscaban afanosamente el derrocamiento del viejo Yrigoyen, entre los que se contaron Juan E. Carullas, Rodolfo Irazusta, Augusto Gozalbo y Ernesto Padilla, que intentaban hacer una cena en apoyo del general Uriburu, después jefe del golpe triunfante el 6 de septiembre(2).
Florencio Sánchez, que alguna vez conoció la riqueza del “Royal Keller”, y que debe haberse sentido embargado ante la constante pobreza de sus bolsillos, incluyó en su obra Los muertos una escena que recuerda el sótano del restaurante tradicional de Corrientes casi Esmeralda. Los decorados fueron pintados y realizados por la Sociedad Escenográfica (3).
Asío vivió el Keller, entre las grandilocuencias de los bacanes, la charla amena de los literatos y la proliferación de los ideologismos políticos que sembraban el disconformismo de la elite en las lujosas mesas del sótano.
No podemos alejarnos del “Royar Keller”, sin citar el paso por sus salones de la Revista Oral, aquella expresión literaria que Alberto Hidalgo presentaba todos los sábados en el sótano y con clamoroso éxito público. Así creaban un clima de interés por el arte, en un local subterráneo, que acaso sólo sintiera en otros momentos banales conversaciones; ésa es precisamente una de las revoluciones que realizó la gente de Florida en los años 20. La revolución de las formas en el arte y cambio de la esencia en las cosas.
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(1) Leopoldo Marechal: La historia de la calle Corrientes, pág. 86; Edit. Paidós, Bs. As., 1967.
(2) Juan E. Carullas: Al filo de medio siglo, pág. 182; Edit. Llanura, Bs. As., 1951.
(3) Julio Imbert: Florencio Sánchez, vida y creación, pág. 125; Edit. Schapire, Bs. As., 1954.
Imagen: Salón del "Royal Keller". (Foto tomada del sitio: todo tango).

6 oct 2010

Liniers


(De Hugo Corradi)

Las tierras donde actualmente se halla el pujante barrio de Liniers eran campos en 1887, donde sólo se levantaban algunas casas dispersas, el edificio de la pulpería “La Blanqueada” frente a la estación y la capilla de la casa de Ejercicios.
La modesta estación ferroviaria había sido autorizada a construirse mediante el Acta del Directorio del entonces ferrocarril de la Provincia del 19 de enero de 1872, bajo las siguientes condiciones: “Que don Francisco Sosa, solicitante de la estación done a favor del ferrocarril una manzana de terreno; Que él mismo construya en dicha manzana una estación semejante a la de Almagro, y pozo y balde para el correspondiente servicio; Que el referido Sosa pagará los sueldos de Gefe y peón que deben servir esa estación, hasta tanto produzca lo necesario para cubrir dichos gastos”. El mismo Directorio fijó el nombre de Liniers a la estación el 18 de diciembre del mismo año. Pero recién el 1º de noviembre de 1887 fue librada al servicio del  público. Hacia el oeste la primera estación se llamaba San Martín, denominada, en febrero de 1872, Lavalle, y, en marzo del mismo año, Ramos.
Los campos que la rodeaban pertenecían a la estanzuela de Massini y a las quintas de Fürst y Conde. Las primeras que se subdividieron eran las de don Pedro Natta y Fader Peña, luego de 1890. Las primeras calles habitadas estaban al norte de la estación y fueron numeradas del 1 al 6, siendo años después designadas con los nombres de Cuzco, Gana, Madero, Álvarez Prado –hoy Gallardo–, Magán –actual Barragán– y Maces –hoy Fragueiro– y las paralelas a Rivadavia, a saber: Francisco de Viedma, Tejada –actual Bynnon– y Orinoco –hoy Amadeo Jacques–.

En los terrenos de la Casa de Ejercicios, donde existía una capilla –origen del actual templo de San Cayetano–, se alzaban algunas construcciones donde los religiosos de la ciudad pasaban sus descansos y convalecencias. Más al oeste, cerca de las vías, estaba desde el año 1825 la llamada Tablada del Norte, cercana al camino de Gauna, y luego sobre el de Morón, aproximadamente donde hoy es Ciudadela, se levantaba el caserón llamado La posta vieja, primera parada de carretas en la época de la colonia.

“La Blanqueada” era una pulpería más nueva ubicada también en Rivadavia, dentro de los terrenos de La Gironde de Fürst, haciendo ángulo con un callejón hacia el sur que con los años se habilitó como calle Bariloche y hoy se denomina José León Suárez. En ella los escasos vecinos se reunían con los lecheros, troperos, payadores y otros ocasionales viajeros para cambiar noticias, jugar a los naipes o realizar negocios. “La Blanqueada” era fonda, club, comercio, en fin, faro de aquellas solitarias zonas.

Los antiguos planos de la ciudad muestran al naciente barrio de Liniers como un pequeño damero ubicado entre la estación y el camino de Gauna. Hacia el sur de Rivadavia, en cambio, durante muchos años aparece el verdor de quintas y despoblados. Asimismo se observa proyectada una plaza de dos manzanas frente a la estación, sobre Rivadavia, que nunca llegó a concretarse. A lo largo de esa avenida las viejas chacras de verdura fueron dando paso a hermosas quintas residenciales, palacetes y chalets, que también, a partir de 1930 fueron desapareciendo y en su lugar se alzaron las actuales construcciones. A sus fondos se levantó a mediados de la década del 20 el barrio de Casas Municipales Coronel Ramón L. Falcón. Un poco más al sur corría el camino a San Justo, designado en octubre de 1902 avenida Emilio Castro, solitario sendero de huellas utilizado para llegar a algunas estancias y quintas vecinas y al pueblo de aquel nombre.
Aproximadamente donde hoy se cruza con la calle Tellier –calle San Fernando en 1895 –, existía el casco de la estancia de don Miguel Flores, que lindaba con los campos de Fürst, Penco, Zappetta y Naón.

La propiedad a fin de siglo ya había sido dividida en nueve quintas, siendo la mayor propiedad de don Francisco Santojanni, quien muchos años después, cuando casi todo aquello había cambiado, donó cinco manzanas, dos de ellas destinadas a la construcción de un hospital y las restantes a parque. Estas instalaciones se inauguraron en marzo de 1940.
Las familias de Garavanno, Silva, Cánepa y Fussoni –entre otras– ocupaban las restantes, cuyos frentes daban a Rivadavia.
Los potreros que bordeaban la avenida Emilio Castro se mantuvieron durante mucho tiempo, ocupados sólo por tambos y hornos. La extracción de tierra por parte de los mismos provocó desniveles y lagunas, como la conocida por “la cava”, que se mantuvo hasta fines de la década del veinte en Emilio Castro y Basualdo y fue la primera pileta de natación para muchos muchachos de entonces.
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Imagen: La primitiva estación Liniers sobre la calle Rivadavia en 1903. (Foto: Archivo General de la Nación).  

5 oct 2010

La ciudad y sus sitios


(De Rafael E. J. Iglesia)

Nos dice Kevin Lynch que la imagen de la ciudad nace cuando ésta puede ser leída y sus distintos elementos pueden ser organizados en un todo coherente y significativo. Esto ocurre cotidianamente cuando contamos o nos cuentan experiencias de otras ciudades: “Rosario es…, Roma es..., Córdoba es…”
Esta imagen se construye con lo que prefiero llamar sitio (paraje o propósito para alguna cosa, según el diccionario) más que lugar (espacio que puede ser ocupado por algo), porque sitio tiene una clara referencia funcional, es decir, el sitio es para algo, para que alguna actividad se realice en él.
Los sitios, enhebrados en nuestra experiencia, organizados mentalmente, producen la imagen de la ciudad. Son entonces lugares reconocibles, identificables, con una forma determinada, con ciertas actividades que en ellos se desarrollan, con cierta gente que los frecuenta. Separables del contexto, como una figura que se separa (no se independiza) del fondo, son los protagonistas del recuerdo de una ciudad. No importa cuál sea su naturaleza o especie: plaza, calle, esquina, accidente geográfico, explanada o monumento, el asunto es que a ese lugar podamos sentirlo como un sitio, podamos vivirlo como tal.
Celedonio Flores (Arrabal salvaje) es un buen ejemplo. Para él barro + boliche esquinero +  pibes + matón +  casamiento +  broncas +  fabriqueras es igual a: “ Mi arrabal así lo veo,/ así lo quiero ver cuando muera…/ luz de luna en un hueco sucio y reo,/ o un brochazo de sol en la vedera”.
 Aquí está todo lo que define a un sitio. Noeberg-Schulz lo llama “espacio existencial”, lugar en que vive, no con un sentido residencial permanente (aunque también la residencia puede ser un sitio), sino con un sentido vivencial. Importa más la intensidad que la extensión.
Las ciudades que más recordamos son aquellas ricas en sitios (que quiere decir todo lo que Celedonio invocaba). Puedo presentar aquí también la prueba de la vida infantil, rica en sitios secretos, propios e intensamente vividos.
¿Quién no recuerda  una experiencia que aclara y corrobora lo que escribo?
¿Tiene Buenos Aires sitios? ¿Cuáles son?
Además de los lugares cuya condición de sitio nace de experiencias personales e individuales, creo que hay sitios que sólo existen por la experiencia compartida. Esto golpea en pleno pecho del diseño urbano, consciente o inconsciente.
También es posible una propedéutica de los sitios: enseñar a encontrarlos, a vivirlos, a crearlos. Y la teoría resultante, cito a Canter, “y los instrumentos a ella asociados, parecen proveer la posibilidad de nuevas bases para las decisiones sobre la configuración del entorno”. Yo retiraría el potencial. Creo son estas excelentes bases para tomar decisiones sobre el entorno. Y así nos hemos metido de cabeza en la arquitectura.
Los sitios en Buenos Aires no son muchos, hay quien los cuestiona casi en bloque, hay quien los encuentra a cada vuelta de esquina. Yo siento que los que son, son lo que son a pesar de un descuidado diseño urbano, de ordenanzas municipales que los ignoran, de usuarios que no sienten lo que están viviendo o lo que perderían con su ausencia. Pienso en las plazoletas que escoltan al Obelisco o en el desierto interedilicio de Catalinas Norte.
Yo propongo estudiar los sitios de Buenos Aires, señalarlos, incitar a su fruición, a su respeto, a su creación. Descubrir nacimientos y asesinatos, floreceres y violaciones, alentar y proteger, en fin, querer y preocuparnos por lo que hace que nuestras ciudades sean queribles y queridas.
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Imagen: Catalinas Norte. (Foto tomada del sitio: commons.wikimedia,org.)

Cartón y lata


(De Jorge Melazza Muttoni)

I
Clavada en el suburbio, hecha cartón y lata
abre Villa Miseria su tarde de arpillera
y algún sucio purrete de esa vida fulera
está buscando un ángel prendido al barrilete.

Por mistonga y barata la ciudad la abandona
con su mate lavado, su pena y su malvón,
pero Villa Miseria, tan rante y pobretona,
se lleva entre sus manos a nuestro corazón.

II
Viene desde sus calles esa gente gastada
con mucho de laburo, miseria y popular;
la encuentran esperando la intensa madrugada
silbando el viejo tango que los hace llorar.

Mujeres con tristeza, sin rouge y sin mañana
con hombres silenciosos por tutear a la muerte.

Villa Miseria sueña vestirse de bacana
si Dios chapa algún día el naipe de la suerte.
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Imagen: Nenas en una villa miseria.

Que trata de farsantes y del mercado


(De Carlos Penelas)

Las ambulancias están detenidas frente a la clínica, Estacionan en la calle, frente a la parada de los colectivos. Llueve. Bajan pacientes. A veces sólo viene un joven médico con el chofer. A veces sólo el chofer de la ambulancia. Pide ayuda a un cartonero para poder bajar la camilla con un paciente. Lo ingresan a la clínica para hacerle un estudio. A veces hace calor y el sol golpea con fuerza los ojos del enfermo. La clínica no tiene playa de estacionamiento, las obras sociales desconocen o ignoran como viajan sus “clientes”. Pobres diablos del sistema, nadie es responsable. Y cada cual atiende su juego. A nadie le importa cómo son recibidos, cómo se los trata. No existe Comité de Ética. Y si funciona nadie se entera. Algunos camilleros fuman, algunos médicos fuman. Casi todos los choferes lo hacen en la vereda, mientras esperan al paciente, a veces dentro de las ambulancias, en el asiento delantero. Otras, contra la pared de la clínica. Nadie ve nada, un mundo de discapacitados, de cieguitos. Tac, tac, tac. Suelen hablar por sus celulares, suelen reírse.
Desde la calle observé que administrativos fumaban en el pequeño hall. Había un visitador médico. Empleados esperando completar formularios o bebiendo café. Lo hacen durante la noche, cuando adentro siguen trabajando con la piqueta, volteando paredes, puliendo pisos, golpeando una y o otra vez sin remordimiento a toda hora. Cada cual atiende su juego. Sin piedad, sábado o domingo. Hemos llamado para medir la radiación de nuestros departamentos. Lo hicieron en casi todos los que lindan con la clínica. Nos prometieron enviarnos un informe por escrito. Pasaron más de doce meses, no nos respondieron nunca. La casa está en orden. Vino una doctora y un ingeniero, gente respetable, padres de familia, seguramente. Recuerdo la película rumana de Cristo Puiu, La noche del señor Lazarescu. Es todo un símbolo de nuestra sociedad. Lo vivimos de manera continua.
La clínica alquiló una casona que adquirió un italiano y tardó meses en arreglarla. Quedó hermosa. Una facha reconstruida, molduras a nueva, un trabajo serio. Iba a ser un restaurante de buen nivel, iba a ser un salón de fiestas. Planta baja y dos pisos. Lo alquiló la clínica. Hicieron lo que los ignorantes saben planificar. Divisiones, paneles, pequeños consultorios, guaridas para empleados. Hacia un cultivo de la estética de la indiferencia. Las disculpas son siempre deliberadas, a veces hasta cándidas. El fuerte de estos caballeros no es la retórica, es la gestión. Son íconos de la modernidad, de la salud a plazos, de las regletas y los tiralíneas. Hay restos inabsorbibles en el estilo de sus dueños, de sus lacayos. Visten como señores anticuados, moderados.
Las ambulancias estacionan en la calle. Otra forma de la estética de la indiferencia. Bajan los pacientes con cánulas, en sillas de ruedas, con la palidez de la dolencia, con suero. Desdichados, llenos de temor y esperanza. En el interior pican paredes, instalan equipos, amontonan proyectos. Aprobados, todos legalmente aprobados. El país entero es una sombra de Cromagnon. La deshistorización es parte de ellos. Como Gran Hermano o los discursos de los hombres patriotas. Cómplice o socios. O socios cómplices.
Recuerdo la película francesa de Laurent Cantet, Recursos humanos. Es posible que alguno de ellos la haya visto, es posible. Cada tanto alguno de sus lacayos nos habla para comprar nuestros departamentos. “Deben ampliar, el tema de la salud es importante, la empresa crece, necesitan más oficinas…”. Ofrecen miserias, pisan basura, señuelos. Nos dicen que es preferible que vivamos en otro lugar, con más comodidad, que ellos seguirán arreglando, instalando equipos. Seguirán los pasos del progreso, del bienestar, del futuro. Ofrecen miserias, pisan basura. Afuera nadie ve nada. O ven y no quieren hablar. O son tantas las cosas deformadas, tantos los engaños que prefieren hacerse los distraídos, conversar de fútbol, del regreso de Susana a la televisión, del circo cotidiano. O de Irak, que queda lejos. La picaresca avanza entre ambulancias, pasillos, calles, colectivos y cartoneros. Ahora vienen las elecciones. Ahora es el momento. En breve se colocan los radares, se arreglan los hospitales, la justicia deja de ser parcial. El discurso por un lado y la realidad por otro. Irracionalidad y desmesura, desazón y engaño.
Desde el baño de mi departamento escucho voces, escucho el teléfono, cómo otorgan turnos. Me enteré que una muchacha quedó embarazada en un ascensor. No, no fue violación, lo hizo con su novio. Controla unas trescientas palabras, la niña. Con eso se puede atender al público. Sus jefes no poseen muchas más palabras. Ganan bastante mejor y alquilan departamentos por hora en Recoleta. Esa es la diferencia.
Nadie se queja, ya es hábito. Hay un buen servicio, buenos profesionales explotados con dignidad. Con eso se hace un negocio. Afuera obras sociales, ambulancias, lluvias, granizo, sol, temperatura otoñal. Somos todos  felices. Como suele decirse “es lo que hay”. Y sonreímos, saludamos con cordialidad, sospechamos que somos buenos ciudadanos.
Anoche me emocionó ver Elogio del amor, una película suizo-francesa de Jean-Luc Godard. Un cine libre, contra la industria. Una bella parábola del compromiso, de la vida, de la estética, de la soledad, de lo perdido. Un film contra el sistema desde lo intelectual, lo afectivo, la inteligencia. Es de 2002, no se estrenó en Buenos Aires, ni creo que se estrene. Ya no hay público para ese cine. Ni para leer el “Rico Tipo” en el baño, como suele decir Mónica, una amiga del alma. Lo hay para Harry Potter, para Susana, para los dueños de las clínicas. Para los operadores de la salud, para los caballeros del mercado o los estudiantes de marketing. Para los gestores de una industria sospechosa. Felizmente Lisandro, mi hijo menor, está haciendo un bello espectáculo de clowns.
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Texto tomado del libro: “Fotomontajes”, Bs. As. 2009.
Imagen: Ambulancia (wallpaper).

El primer arrabal de Buenos Aires


(De José Juan Maroni)

En los últimos decenios del siglo XVII la ciudad de la Santísima Trinidad, fundada por don Juan de Garay, era aún paupérrimo villorrio de ranchos de adobe con techos de paja, repartidos sobre una veintena de manzanas.
Por las afueras, rumbo al Sur, justamente en el ángulo que formaba la barranca limitante de la meseta fundacional, existía un sitio conocido por el nombre de “San Pedro”, que dominaba desde un alto al puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, ubicado entonces en la primitiva desembocadura del Riachuelo. El lugar quedaba alejado de la Plaza Mayor, no tanto por la distancia –apenas mil quinientos metros– como por la pésima transitabilidad del camino y por el cauce, no siempre vadeable, del “tercero” del Sur.
San Pedro fue el asiento del primer depósito de pólvora, del primer molino de viento y del primer horno para la fabricación de ladrillos, que tuvo la ciudad. Posteriormente, en ese mismo sitio, levantaron algunas “barracas” (según se acostumbró llamar a los galpones) que tanto sirvieron para el almacenaje de cueros y otras mercaderías, como de albergue transitorio de negros esclavos que la Colonia importaba del África para reemplazar a los españoles y criollos en el trabajo manual, considerado entonces denigrante. A fines del siglo XVII el afincamiento se completaba con varios ranchos habitados por gente que se ocupaba en tareas del puerto, por pescadores y por los individuos de mal vivir desplazados del centro de la ciudad.
Este primer aposentamiento quedó exactamente ubicado y registrado en el plano de la ciudad que trazó el ingeniero Bermúdez en 1708 con el nombre de “Hornos y Barracas de San Pedro”. Fue también en ese mismo lugar donde en 1723 se construyó el nuevo edificio destinado a la Guardia del Riachuelo, situado aproximadamente en la vecindad de la actual esquina formada por las calles Cochabamba y Balcarce, reemplazando las instalaciones de la antigua Guardia que existió en “el bajo”, destruidas por un incendio en el año anterior.
En esa época, según lo testimonia un escrito del capitán Domingo Petrarca (1721), aquel incipiente caserío era considerado como uno de los tres arrabales de la ciudad, el del lado Sur, ya muy bien conocido con el nombre de “Altos de San Pedro”.
Personalmente nos resistimos a aceptar la versión de que así se lo denominara por la circunstancia de existir, en el expresado sitio, un hueco baldío que servía de “parada” o de “alto” de las carretas, para el descanso de carreteros y bestias; es el mismo que más adelante, en 1745, el propio Cabildo resolvió reservar oficialmente con aquel fin, prohibiéndose, además, cualquier edificación en el lugar.
Opinamos en cambio, que el nombre debió referirse a la situación altimétrica del lugar: “en el Alto”, es decir, encima de la barranca, distinguiéndolo de “el Bajo”, donde estaba el puerto. Esta modalidad o costumbre del nomenclador popular lo veremos repetirse en otros parajes de la ciudad; por ejemplo, en la zona de la actual plaza Constitución, cuando el primitivo mercado de frutos de 1857 se llamó precisamente “del alto”, para no confundirlo con el mercado “del bajo”, instalado entonces a la vera del camino a Barracas, antes de llegar a la barranca.
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Texto extraído de: “El Alto de San Pedro”, Bs. As., 1971.
Imagen: Plano del Alto de San Pedro. La zona gris es el territorio del Alto de San Pedro mostrando su relación con la traza de la ciudad, el ejido y la división en cuatro cuarteles: A: Esquina clave (actual Piedras e Hipólito Yrigoyen), B: La Plaza Mayor, C: El Fuerte, D: Riachuelo. Las cruces indican la ubicación de las iglesias y capillas. (Tomado del libro homónimo).