29 oct 2015

Soneto del adiós a la mala musa




(De  Luis Alposta)

Me embalurdaste el cuore y la fui de poeta,
deslizando en tu oreja algún verso discreto,
y hoy mostraste la hilacha al tirar la chancleta
por un gil de otro barrio que te escribió un soneto.

Las décimas aquellas, con sabor a milonga,
que rimaba al pelete para darte alegría,
las dejaste en el mionca que mandó Villalonga
cuando vino esa mano de la sonetería.

Y ahora, que ya al verso hasta lo escribo en morse,
es en la despedida que te sumo catorce
como los que una tarde te apiló ese tilingo.

¡Qué puerta que me abriste deschavando tu prosa!
Me acoyaré a otra musa, tan finoli y juiciosa,
¡que hasta me dará bola “La Nación” del domingo!
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Imagen: Dibujo de Jorge Rando (Tomado de: jorgerando.es). 

27 oct 2015

Monumentos aéreos



(De Enrique Espina Rawson)

Podría considerarse, y con razón, que la estatuaria ha perdido razón de ser. Los monumentos y estatuas muy poco significan hoy en día, salvo, quizás, para rendir homenajes políticos en apresuradas consagraciones póstumas. En nuestro país el auge de estas expresiones, no siempre artísticas, puede ubicarse entre 1860 y 1940, y, ya luego, fue perdiendo intensidad. Muchos, muchísimos personajes que hubieran merecido su estatua consagratoria no la tienen, y esto no ha impedido de ninguna manera que sean recordados con el respeto y la consideración que se les debe.
¿O acaso no fueron dignos de este reconocimiento Güiraldes, Borges, Marechal, Cortázar, Alfredo Palacios o también, si se quiere Einstein, Jonas Salk, Freud, Roosevelt, Churchill? Suponemos que las estatuas se realizaban por varios motivos. Entre ellos el agradecimiento, para perpetuar en una especie de inmortalidad en el bronce o en el mármol las hazañas y los logros del homenajeado, y también, por qué no, para que los contemporáneos del héroe admiraran la semejanza entre el original y el modelo.
Pasados algunos años, ya este último punto dejó de tener importancia. ¿Alguien podría hoy aseverar con certeza si Manuel Dorrego era tal como lo representa la magnífica estatua de Yrurtia, o si el general Alvear tenía la cara art-déco que le adjudicó Bourdelle? Otras no resistieron el juicio de sus contemporáneos, como el Sarmiento de Rodin, del Parque 3 de Febrero, obra objetada desde el primer momento por no guardar semejanza notoria con don Domingo Faustino, o la estatua de un improbable Gardel, en el Abasto, que es meramente una figura humana de problemática individualización.
Indudablemente, este arte trascendental en la historia de Occidente, se ha desmerecido. Hoy en día se realizan estatuas diseñadas por computadora y con materiales sintéticos que poco tienen que ver con las realizaciones de un taller escultórico, tal como fueron conocidos por siglos. Al transitado y entusiasta dicho admirativo: “Habría que hacerle una estatua”, como materialización del mérito indiscutible y definitivo, podríamos oponerle con sinceridad y escepticismo: ¿Para qué?
Pero, al fin de cuentas, estas expresiones artísticas y sus méritos pueden ser discutidos según los veleidosos meandros de los estilos, las modas, y finalmente los gustos de cada cual, y en este artículo queremos abordar otro género de estatuaria, casi siempre anónima y de calidad pareja: la aérea, que puede contemplarse (¿alguien lo hace?) en la majestuosa coronación de muchos edificios de Buenos Aires.
Decimos de calidad pareja porque estas obras respondían más a la artesanía de maestros albañiles que al arte de un escultor. Están hechos no de mármol, bronce o piedra, sino de mampostería y con moldes, como los enanos de jardín. Estas modestas alegorías aparecen sobre antiguos edificios, generalmente presididas por rígidas y solemnes matronas con gorros frigios y envueltas (a veces no tanto) en túnicas de marcados pliegues, representando no se sabe que.
Acaso alguna de ellas aluda candorosamente al Progreso, otra a la magna Ciencia, así con mayúscula, aquella se propone no hacernos olvidar las Artes o al inasible Ideal, cuando no la Virtud, la Constitución Nacional o la no siempre ciega Justicia... ¡Quién sabe! Las vemos casi siempre sosteniendo con entusiasmo su correspondiente antorcha de cemento y abundantemente rodeadas de figuras secundarias que no hacen más que resaltar su preponderante presencia. ¿Es que acaso alguna vez se supo qué mensaje encerraban, si es que lo hubo, tanto para sus contemporáneos como para la posteridad? ¿Habrá alguien que pueda decirnos hoy el ignorado secreto de estas figuras que nadie contempla, y que si lo hace nada se pregunta? ¿Y por qué se consideraba imprescindible este tipo de culminación edilicia, que sin ventaja aparente sobrecargaba la obra tanto en peso físico cuanto en pesos moneda nacional?
Lucen su inalterable imagen de módicas esfinges ciudadanas, más allá de las afrentosas y frecuentes ofrendas de gorriones y palomas que anidan en sus recovecos, sobre edificios oficiales, como Bancos, Escuelas, e Institutos diversos, pero también sobre algunos edificios particulares, generalmente de arquitectura italianizante, que podríamos datar entre 1870 y 1930. No sabemos si existe alguna especie de inventario -aunque fuera fotográfico al menos- de estas ingenuas manifestaciones de antaño, que si bien no eran el Arte, al menos expresaban una respetuosa tendencia a la belleza y a los valores que deben ser enaltecidos. No es poco.
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Imagen: Uno de los tantos “monumentos aéreos” que embellecen a Buenos Aires y que casi nadie mira. (Foto de Iuri Izrastzoff)
Texto e imagen tomados de la página Fervor x Buenos Aires. 

Decorado y primer acto


(De Amparo Garcianievas)

Un tanguero hace mimo.
El otro titubea.
Una no entiende nada.
La otra todo.
Cuarenta y cinco observan. Treinta y ocho deducen.
Veintidós juzgan. Dieciocho se equivocan.
Catorce bailan. Ocho firuletean.
Dos ignoran el mundo.
Castillo, desde arribas, exclama: ¡¡¡Eeeepa!!!
Y alguien quiere morirse en ese instante
Porque, si mueres en el Paraíso
-todo el mundo lo sabe- 
queda prohibido trasladar el cuerpo.
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Imagen: Alberto Castillo, cantor.

Una nueva adicción



(De Rubén Derlis)

¿Cuántos libros dejaron de abrirse  camino de ida y vuelta al trabajo en subte, o en ómnibus, en estos, digamos, tres o cuatro años, sin ir más lejos en el tiempo, debido al  auge de los celulares? Resultaría imposible realizar una estadística, y si lo fuera, sólo serviría para decepcionarnos al ver la cantidad de lectores que perdió el libro –al menos circunstanciales, pero lectores al fin de cuenta– que por uno u otro motivo sólo daba vuelta la página de una novela únicamente en los viajes. Pero para el libro, algo era algo.
Cuando el viajero fijaba los ojos en una página era para comenzar o continuar una lectura; no cabía otra posibilidad. En cambio, cuando un usuario de telefonía móvil fija su mirada en el pequeño rectángulo mágico –panacea de todas las maravillas–, es imposible saber para qué lo hace, pues es tanta la gama de posibilidades que va de lo imprescindible –el llamado que realmente no puede esperar–  hasta lo francamente anodino  –los estúpidos jueguitos–.
Sin que demande mucho esfuerzo, es posible hacer un amplio paneo en cualquier vagón subterráneo o en el ómnibus, y ver el estrago que está haciendo el Smartphone entre jóvenes y no tanto, pues  últimamente muchos adultos han sucumbido a la mantisa embrujada, acaso para escapar a una realidad aburrida y frustrante que no pudieron o no supieron cambiar, y como acaso consideren que ya eso les resultará imposible, adhieren a esta nueva forma de vacío existencial del siglo XXI.
Lo extraño es que para la mayoría de las personas esto es normal, nadie parece asociarlo con la enfermedad, y en realidad lo es, pues todo indica que camina a pasos acelerados hacia la adicción. Sólo tendrían que preguntarse si les sería posible pasar un solo día sin mandar mensajitos  sin ton ni son, o esperar llegar a sus casas para saber qué almorzarán o cenarán, tal como sucedía cuando eran seres normales y la comida era  una sorpresa que esperaba en familia.  Pero no. Y tengo para mí que un gran porcentaje de congéneres ya no podrán vivir sin el celular; el sólo pensar que les faltaría les haría la vida imposible. Los ganó el Smartphone, los hizo adictos, y esta adición –ya lo veremos con el tiempo–
resultará tan peligrosa como el alcoholismo, el tabaquismo o cualquier otra.  Sólo que en este caso la mayoría de los adictos lo ignora; para estos enfermos indoloros, el mínimo artefacto ejerce la misma fascinación que la lámpara sobre el incauto insecto. Y si no hay cómo zafar, con seguridad que se estará abriendo una nueva faceta de trabajo para psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas.
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Imagen: Celulares y más celulares. 

26 oct 2015

Boedo y zapatos



(De Alejandro Segura)

Boedo y tango, Boedo y poesía, Boedo y arrabal, son todas ideas encadenadas a partir de un mismo concepto: el barrio de Boedo evocando algunas aristas culturales que hacen a la mística porteña. Ancladas en un pasado olímpico poblado de ninfas y semidioses, estas ideas afloran cada vez que uno piensa en este barrio de Buenos Aires.
Boedo y zapatos parece una herejía. Sin embargo, en esta idea atrevida que se nos ocurre plantear, subyace la noción de la mezcla del extranjero con el criollo, del comerciante con el vecino, del tranvía con la avenida, del centro con el interior.
Miles de provincianos y capitalinos concurren cada día al tramo ubicado entre el 1200 y el 1600 de la avenida Boedo. Allí se vive un verdadero festival a cielo abierto, una peña, una demostración de fe y de confianza donde inmigrantes armenios, turcos, judíos, italianos y sus hijos venden toda clase de productos vinculados con la industria del calzado. Esto también, es parte de la cultura del barrio de Boedo. Y tiene sus historias. Aquí van algunas

LOS PIONEROS
Elías Moussatche, el comerciante del rubro del calzado más viejo de la avenida Boedo, nació en Esmirna, Turquía. Cuando llegó a la Argentina tenía 6 años.
Don José Moussatche, el padre de Elías, fue un hombre de una vida austera, signada por las luchas en las que vivió su país y por la guerra Greco–Turca, que comenzó en 1919 y terminó en 1922, poco antes de que naciera su hijo Elías.
José Moussatche ya operaba en el mismo rubro en Europa, allí era importador. Los productos llegaban a Turquía de Suiza, Francia, Inglaterra. En el año 1930 Moussatche decidió emigrar a América recalando en Uruguay en aquel año. En 1931, luego de una serie de trámites, pudo entrar en nuestro país. Aquí ya estaban instalados varios parientes.
“Acá los primos trabajaban casi todos el rubro textil –recuerda Elías–. Trabajaban en el Once que era famoso, había mucha gente de la colectividad. Pero mi padre quiso seguir con el rubro del calzado. –No, pero nosotros te podemos ayudar –le decían los sobrinos–. Y él dijo: mira, vamos a hacer una cosa, pruebo con lo mío, si no me va bien empiezo a agarrar otra cosa. Y acá empezó, y de todo el mundo, de todos los que él era cliente, le mandaban mercadería. Así que él comenzó en Buenos Aires con mercadería importada. Inclusive tengo un par de cueritos importados de aquel entonces. Pero después vio que acá se producía, que había curtiembres. Y empezó a comprar aquí. El tenía problemas de idioma, no hablaba en español, hablaba ladino. Pero poco a poco se fue mimetizando. Y recuerdo una anécdota de aquella época: se compró una caja de zapatos y la puso en el estante, y puso un utensilio enfrente. Cuando venía un zapatero y le preguntaba: – ¿Tenés cuchillos?–, o algo así que necesitara, él le decía: –a ver, ¿cuál de éstos es? ¿Cómo se llama? –. Y ahí le ponía el nombre. Así fue actualizándose en el idioma del lugar donde estaba. Y así fue avanzando despacito y nosotros creciendo...”.
Elías, que nació en el año 1923, recuerda cómo llegaron al barrio: “Mi padre compró esta propiedad –Boedo 1257– y acá vinimos a vivir, acá arriba, arriba del negocio. Esto en el año 31. Por entonces yo iba a la escuela Martina Silva de Gurruchaga –continúa Elías– en Independencia y Boedo. Y recuerdo que en la otra cuadra había una estación de tranvía”.
Elías recuerda también el momento en que empezaron a aparecer los comercios de su rubro: “Aquí había mercerías, había otros tipos de comercio pero poco a poco fueron dejando, fueron cayendo y los nuevos que venían eran del gremio del calzado. Hay una gran cantidad de armenios: uno trajo al primo, al nieto, al hermano, por lo que hay mucha gente que está ahora con estos negocios y que son parientes entre sí. Cuando yo era niño había un almacén de suelas en la barranca, donde ahora está la autopista. Jacobo Leberman era bastante importante, tenía cuatro empleados y trabajaba bien.
Después Don León, donde ahora es Casa Gregorio.
Y la llegada de Bonomo en 1934 fue todo un acontecimiento porque Santiago Bonomo era conocido de mi padre. Era importador también. Hacía negocios con mi padre cuando estaban en Europa.”.

LA AVENIDA BOEDO
En los años cuarenta y cincuenta –y si se mira, también hoy– la avenida Boedo no era la misma en todo su recorrido. Hubo –hay– una zona donde la arteria toma el aire céntrico de las localidades urbanas. Esa zona se ubica entre San Juan e Independencia, se podría decir que es el tramo más alegre y más comercial de todo Boedo. Los cines atraían muchísima gente, los carnavales eran maravillosos –sobre todo en el recuerdo de los nostalgiosos– y el comercio florecía en ese segmento. Incluso el Grupo Literario de Boedo se reunía en esta zona, que de alguna manera se convirtió en el polo magnético del barrio.
Más allá, la calle presentaba un declive y el comercio era más salteado, con casas de música, de fotografías, almacenes, mercerías, una librería y algunas casas destinadas al rubro zapatería.
La llegada de inmigrantes fue determinando el perfil de esta zona particular, que actualmente se ubica más allá de la autopista. En el decir del tango, más allá de San Juan y Boedo antiguas, comenzaba el cielo perdido. Y en ese cielo perdido, los extranjeros, los criollos, los recién llegados y los antiguos buscaban forjarse un porvenir. Y el trabajo sostenido junto con los sueños comenzó a darle a la avenida Boedo, más allá de San Juan, la forma de un oficio, el del zapato.
En aquellos años se sumaron nuevos locales a la tarea de ayudar a los zapateros para que pudieran cumplir su labor. Y zapateros de todo el Gran Buenos Aires y del interior vinieron a comprar a la avenida Boedo: cordones, tintas, hormas, sacabocados, suelas, cueros, todo se encuentra en este shopping a cielo abierto, en este universo del zapato, único en Buenos Aires.
La gente venía del interior, hacía su pedido, depositaba el dinero o lo giraba y las mercancías recorrían todo el país.

UNA EXPERIENCIA SINGULAR
Una experiencia particular es la de Juliana Coluccio. También está vinculada con la guerra, esta vez con la llamada Segunda Guerra Mundial.
Juliana, la titular de la empresa Máquinas Argentinas, es italiana. Su padre, Francisco Coluccio fue tomado preso y llevado a Tobruk.
“Por entonces mi abuelo estaba acá con un hijo, con un hermano de mi mamá, recuerda Juliana. Entonces mi mamá le escribe a su padre contándole la situación. Mi abuelo era muy amigo de Perón y Evita. Más de Evita que de Perón y le hacía los zapatos. Lo llamaban “sempravanti” (risas). Así fue que Perón y Evita –cómo hicieron no sé– pero  lo trajeron a mi papá. Te podés imaginar que en mi casa era siempre ¡Perón–Peron que grande sos!, ése era mi himno. Entonces viene mi papá y después nos mandan a llamar, mi papá la manda a llamar a mi mamá, yo no había nacido. Cuando yo llego acá, recién conozco a mi papá. Ya tenía tres años y medio”.
Cuando el papá de Juliana llega a Buenos Aires comienza con la empresa Hormasaca en Constitución al 300. Y trabaja en conjunto con su suegro, Argiró, que estaba en San Juan. El éxito de la empresa fue enorme. Hormasaca brindaba un servicio extraordinario a la industria del calzado, porque allí se podía comprar de todo, incluso las cosas más insólitas, que en otros lugares no se conseguían.  Juliana sigue en el barrio, y una de las causas es que, frente a todas las dificultades, apunta a sostener la tradición iniciada por su padre.

EN LOS NOVENTA
La  industria del calzado, como otras, debió soportar diferentes crisis que afectaron al país desde los años treinta. En los últimos cincuenta años, los golpes de Estado, el Rodrigazo, la política aperturista de Martínez de Hoz, la hiperinflación de 1989, nuevamente la apertura económica en tiempos de Menem con un dólar “planchado” y finalmente la crisis de 2001, afectaron enormemente a la actividad.
Cuando estos contextos se cruzaban con situaciones internas difíciles, muchas empresas, como Hormasaca, dejaron de fabricar.
De todas formas, Hormasaca (Máquinas Argentinas) y otras empresas vinculadas al rubro calzado, siguieron y siguen existiendo. “Toda la vida vendí hormas, se afirma Juliana, mil veces tuve oportunidad de vender Hormasaca, pero  yo tenía que hacerle honor a mi papá.”.
La crisis de los noventa tal vez impulsó al gremio a unirse en torno al eje de la avenida Boedo. Por esos años, muchas empresas que ya existían, se mudaron a la arteria, entre el 1200 y el 1600.
Este es el caso de Héctor Florimonte que llegó a Boedo en el año 1995, aunque su empresa, Casa Florimonte,  arrancó en 1961.
Héctor Florimonte también tiene orígenes europeos: “Mi padre, Francisco Antonio Florimonte, un inmigrante de Salerno, sur de Italia, llegó al país el 8 de diciembre de 1948, y empezó trabajando en la carpintería de un paisano. Empezó allá por el año 1952 en Inclán al 3478. Arrancó fabricando muebles de máquinas de coser Singer, muebles con el enchapado y el lustre completos. Después comenzó a crecer y adicionó máquinas nuevas y usadas. Fue agregando cada vez más máquinas y con ellas comenzaron a aparecer máquinas para la industria del calzado”.
Héctor, empezó a colaborar en el negocio a los 15 años lo ayudaba. Regresaba del colegio y se ponía a trabajar en el negocio familiar.
Con el tiempo, el negocio fue tomando nuevos rumbos, tratando de proveer a una clientela que viene de todo el interior, de todos los puntos cardinales: Salta, Jujuy, Entre Ríos, Río Negro.

HOY
Si usted recorre la avenida Boedo entre la autopista y la avenida Juan de Garay, encontrará los negocios del rubro del calzado. Hay un movimiento permanente: gente que viene del Conurbano, gente que viene de las provincias, gente de Capital. Detrás de estos comercios hay una tradición, que mantiene el estilo de los que trajeron este negocio a Buenos Aires, desde los años de 1930. Esta tradición es parte de la historia. Boedo y zapatos… Otra manera de ver nuestro barrio.
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Imagen: Maquinando calzado.
Texto y fotografía tomados del periódico “Desde Boedo”.

¿Qué será Buenos Aires?



(De María Schujer)

La Pirámide de Mayo se levanta en el centro de la Plaza de Mayo, núcleo real y simbólico del Casco Histórico de la ciudad. Vista de cerca está claro que no solo no está en el centro de la plaza, sino que tampoco es una pirámide.
Se trata del primer monumento patrio de la ciudad de Buenos Aires y, desde su nacimiento, presidió el podio de la alegoría nacional sin mosquearse porque le apodaron pirámide o porque lo desplazaran del centro para dejar paso al subterráneo A. Tampoco parece preocuparle demasiado ser cada tanto carne de grafiti, descanso de palomas o el ojo del huracán que a su alrededor formaron año a año las Madres y las Abuelas.
Sobre el monumento se erige la Libertad, y en el centro mismo de su gorro frigio ladeado, hay una lente invisible que ve el futuro, el pasado y el presente.
Ve un río y una barranca, que en 1536 les pareció a los primeros exploradores europeos un lugar apto para establecerse... sí, ahí donde hoy está el Parque Lezama (por Gregorio Lezama, un rico y excéntrico hacendado que hizo traer de Europa árboles y plantas exóticas para decorar su jardín y dejarlo digno de una novela del otro Lezama).
Observa la llegada de un tal Garay que funda la que se llama ahora Ciudad de la Trinidad. Tiene una Plaza Mayor y un puerto: Santa María del Buen Ayre. Son unas pocas manzanas, un fuerte, dos convento (San Francisco y Santo Domingo), un hospital, una plaza y algunos solares. Con menos de 12.000 habitantes, la ciudad no es más que una aldea.
Pero, poco a poco, crece. En 1776 es capital del Virreinato. Alrededor de la Plaza Mayor se levanta la Aduana y, poco después, el Consulado. En un abrir y cerrar de ojos, brotan nuevos edificios, la recova de los comerciantes, mercados y mataderos.
Pasan los años. Vienen las invasiones inglesas; se escucha crecer el desconcierto causado por la caída de España ante las fuerzas napoleónicas; la insurrección popular y militar de 1810 y la Independencia. Es ya 1820, y la ciudad cuenta con 50.000 habitantes, casi todos concentrados en las 30 manzanas que rodean la Plaza Mayor.
El mundo todo cambia con el siglo XIX y su inédita velocidad. También el centro de Buenos Aires. Las calles están empedradas y son más anchas. Se instalan los primeros artefactos de iluminación pública. Las manzanas, hasta ahora divididas en lotes cuadrados, se fraccionan en tiras angostas y largas con frentes de hasta un octavo de solar, dando paso a las viviendas de triple patio o casa chorizo, donde habita la crema y nata de la aristocracia (esa que pronto se mudará al norte, huyendo de la fiebre amarilla y el cólera).
Tras el éxodo, muchas casonas del sur abandonan su viejo esplendor para convertirse en conventillos. Ya estamos en el siglo XX y en algún lugar debe alojarse el cardumen agitado que llega con las olas migratorias. Comienzan a escucharse sonidos extraños, instrumentos musicales desconocidos y tonadas nostálgicas en todos los idiomas.
Crisis mundial; movimientos obreros y anarquistas; la semana trágica, la construcción del subterráneo; el golpe militar de 1930; la nacionalización de los ferrocarriles; una ciudad que expulsa a los sectores bajos a mediados de los años sesenta. .. El Casco Histórico de Buenos Aires cae en un proceso de deterioro que arranca en los años setenta y se agudiza en la década de los noventa, signada por prácticas segregacionistas ocultas tras un discurso globalizante. El valor social del espacio público parece no poder competir con el valor del mercado y sus caprichos.
 La Pirámide de Mayo ataja hoy nuevos aires. El gorro que abriga la cabeza de la Libertad sigue ahí. Mira el paisaje y reconoce su brevísima historia en algunos edificios, sabores, colores...Su estilo, neoegipcio napoleónico, ese encuentro fortuito surrealista, se atomiza hacia el resto del Casco Histórico, mutante, rebelde y misterioso. ¿Qué lo hace único? ¿Qué palabras lo explican mejor si en sus escasos cinco kilómetros cuadrados conviven casas bajas, bares crujientes alfombrados con cáscaras de maní, hermosos y horrendos edificios institucionales, puestos de venta de antigûedades, oficinas, librerías, plazas, pasajes, iglesias, conventos, túneles, hoteles, estatuas vivientes y estatuas agonizantes, adoquines, catedrales, universidades y hasta un exCentro Clandestino de Detención? ¿Será tal vez que esa esencia cambalachezca es la que adopta para sí la porteñidad, abrazando la mezcla como materia prima de una identidad en permanente discusión? ¿O qué será Buenos Aires?
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Imagen: La Pirámide Mayo.
Nota y fotografía tomadas de la página Buenos Aires Sos.

16 sept 2015

Para una nostalgia futura



(De Mónica López Ocón)

Como los perfumes, la nostalgia y el prestigio literario se destilan lentamente. Por eso, los nostálgicos del género epistolar aborrecen el mail, aparentemente un medio que tiene la frialdad de la eficiencia tecnológica y que es el favorito de las hordas de jóvenes sospechosos que desconocen el placer de fabricar recuerdos poniendo a envejecer lentamente en una caja un manojo de cartas atadas con una cinta descolorida, como quien deshidrata flores entre las hojas de un herbario. El carácter poético de objetos y rituales es una virtud que sólo le otorga el pasado. Convertidas en parte de la vida que se ha dejado atrás, las cartas mostrarán en alguna tarde de nostalgia su ancianidad venerable. Identificadas con la mano que las escribió, tendrán pecas de color ocre sobre su piel de papel, y la tinta, desleída, sugerirá que también ella se irá borrando lentamente hasta no ser más que una huella, una estela, un rastro que detectarán únicamente los ojos memoriosos.
Sólo se les rinde veneración literaria a los objetos que son rastros de cosas perdidas. Y lo perdido siempre se ha perdido en el pasado. La nostalgia poética es, por lo tanto, un sentimiento retrospectivo.
Sin embargo, es sólo un acto de pereza mental el no poder sentir hoy una nostalgia del futuro. Finalmente, las computadoras son cajas parecidas a aquellas donde se guardan las cartas, cajas, como la de Pandora, en las que es posible encontrarlo todo, desde un mensaje a nuestro nombre hasta la imagen de un hombre desesperado que huye de alguna guerra lejana.
Hace ya mucho tiempo, cuando se inventó el fonógrafo,  la música del mundo comenzó a venir en caja. Ningún misterio más insondable que la posibilidad de atrapar la voz de alguien y guardarla en un cofrecito. Hoy, sin embargo, que el mundo entero se guarda en cajas luminosas, nos parece que este acto mágico carece de grandeza. Ni siquiera nos parece poético el hecho de poseer una clave secreta, una contraseña, para que ante nuestros ojos aparezca, parpadeante, el mensaje que nos está destinado. En pleno día, las pantallas tienen  el misterio nocturno de las ventanas iluminadas, de esos rectángulos infranqueables que sugieren la existencia de tantas vidas de las que estamos definitivamente excluidos, de tantas dichas y desdichas que nunca llegaremos a conocer. Detrás de la ventana de la pantalla, en cambio, existe todo un mundo que reclama ser mirado, que nos exige que ejerzamos un voyeurismo sin culpas espiando por todas las cerraduras.
Quizá porque se sabe que lo nuevo carece de prestigio poético es que la computación ha adoptado algunos vocablos viejos. “Monitor” se le llamaba en el pasado al niño estudioso que ayudaba al maestro en el aula. El verbo “navegar” designa el desplazamiento por ese río caudaloso e invisible por el que baja la jangada de la información, por donde se pierden los inexpertos que se dejan engañar por el canto de las sirenas, por el que los navegantes solitarios buscan compañía. Y el verbo “navegar”, a su vez,  está ligado a palabras tan viejas como literarias: brújula, astrolabio, sextante, bitácora.
Estoy segura de que alguna vez contemplaremos las computadoras como hoy contemplamos las máquinas de coser Singer y que tendremos hacia sus creadores ese sentimiento condescendiente que nos hace perdonarles la ingenuidad de haber creado un objeto tan artístico para darle un fin tan utilitario. Sé muy bien que algún coleccionista fanático se dedicará a recorrer anticuarios para conseguir computadoras de un determinado año y que los curiosos hurgarán en sus entrañas muertas a las que encontrarán repletas de objetos cursis: flores secas, poemas inconclusos, dedicatorias de amor, frases hechas. Las palabras de nuestros mails se habrán evaporado como los perfumes, pero dejarán un aura amarillenta casi imperceptible en los circuitos que los especialistas sabrán reconocer como una antigüedad preciada.
Y nuestra necesidad de nostalgia estará satisfecha: toda esa quincallería informática será el testimonio de lo que hemos perdido. ¿Pero es preciso esperar tanto? Ahora mismo, mientras insistimos en negarle prestigio literario y capacidad evocativa a los mails que escribimos, estamos perdiendo algo que habremos de añorar en el futuro.
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Imagen: Fotos, cartas y postales: recuerdos.

15 sept 2015

El mercado "Lorea"



(De Miguel Eugenio Germino)

Hasta el año 1860 la construcción de los grandes mercados proveedores de Buenos Aires se ubicaron teniendo en cuenta la distribución de la población local, preferentemente en zonas densamente habitadas, de fácil acceso, lo que en el corto plazo trajo aparejado grandes dificultades con el tránsito. En su gran mayoría eran emprendimientos comerciales privados, sin ningún tipo de planificación municipal.
Allá por el año 1858 se comenzó a hablar de la construcción de un nuevo mercado, “Lorea”, en las inmediaciones del entonces Hueco de Lorea, donde en 1873 se levantó el histórico gran tanque de agua para el abastecimiento domiciliario. Con una altura de 20 metros, el tanque superaba a todos los edificios existentes en la época; su depósito de 272 m3 (9 x 9 x 3, 60 m) tenía capacidad para contener un millón cien mil litros, que abastecía a unos 32.000 hogares. Al elegir el lugar en el que se instalaría el nuevo mercado se tuvo en cuenta la equidistancia con los mercados Del Centro y Del Plata, ya que en esos tiempos, y debido a la lentitud de los medios de locomoción, la distribución era más lenta y tediosa.
En principio se pensó como un mercado municipal, con el fin de obtener financiamiento bancario para su construcción. Así se elevó un proyecto de una inversión de hasta 2 millones de pesos de entonces, bajo garantía de propiedades, proyecto que no prosperó. Finalmente este mercado se abrió con capitales privados ocho años más tarde, el 7 de septiembre de 1864. Se instaló en terrenos legados por el matrimonio Lorea, al lado de la plaza que hoy lleva su nombre, en Rivadavia entre Lorea (hoy Luis Sáenz Peña) y Cevallos, vereda sur. Tenía una superficie cubierta de 4788 m2, según datos de la Memoria Municipal de 1890 y 1892, y contaba con aproximadamente 200 a 400 puestos.
Vale recordar que el 5 de julio de 1807 Isidro Lorea, junto a varios de los esclavos que trabajaban para él, enfrentó a los ingleses durante la segunda invasión inglesa y todo terminó en tragedia: Lorea y su esposa resultaron heridos por bayonetas cuando peleaban contra los invasores y murieron unos días después. También cayeron sus esclavos, luego reconocidos como héroes de la resistencia.
Previamente la familia había constituido herencia de la quinta y aledaños al Cabildo, con la condición de que se construyera en el lugar una plaza que llevara su nombre, como paradero de las carretas que llegaban desde el norte por el camino de Las tunas (hoy Callao). En 1808 el virrey Rafael de Sobremonte aceptó la donación y la condición impuesta por el matrimonio Lorea.
En 1875 los grandes mercados de abasto en Buenos Aires eran siete: Del Centro, Del Plata, Lorea, Independencia, Florida, Comercio y Libertad.
Hacia 1908 se planteó la necesidad de derrumbar el mercado Lorea, para levantar en su lugar la Plaza Congreso, que se inauguraría con motivo del primer centenario de la Revolución de Mayo. Los vecinos de Buenos Aires no se opusieron a ello, ya que existía el Mercado Rivadavia, habilitado desde 1882, que ocupaba más de media manzana en la intersección de Rivadavia y Azcuénaga. Asimismo estaba el Mercado Spinetto, que se habilitaría en 1894. Y otro mercado, el Abasto Proveedor, en dos manzanas en la antigua Quinta de Nogueras, entre las calles Corrientes, Anchorena, Lavalle y Agüero, habilitado en 1893, en una zona plagada de otros establecimientos como fábricas de hielo, maduraderos de bananas y depósitos.
No se tiene certeza de quién fue el constructor del mercado Lorea, aunque se presume que fue diseñado por el ingeniero Carlos E. Pellegrini. En cuanto a la gestión del lugar, estuvo en manos privadas hasta 1902, cuando lo adquirió la Municipalidad por $ 418.000. Según la memoria municipal del año 1903, la fisonomía del mercado cambió radicalmente hasta ubicarse a la altura de otros mercados particulares de mayor importancia. En el año 1895 la Guía de Buenos Aires decía: “Recientemente refaccionado, ofrece comodidades tanto al público como a los expendedores”.
Salvo las fotografías de la demolición del predio, no se han descubierto imágenes del mismo, toda una lástima.
El mercado Lorea no fue el único centro de abastecimiento de efímera duración. El Mercado Modelo, propiedad de Juan Lanús, de 5.902 m2 cubiertos, inaugurado en 1884, terminó por ser demolido pocos años después, en 1893, para dar lugar al ensanchamiento de la avenida De Mayo.
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Fuentes:
Aguilar Graciela y otros: Mercados de Buenos Aires. Olmo Ediciones 2014.
http://drparbst.blogspot.com.ar/2015/02/plaza-de-lorea.html
http://www.revisionistas.com.ar/?p=11173
http://www.arcondebuenosaires.com.ar/plaza_del_congreso.htm

Imagen: Demolición del mercado "Lorea" en 1910.
Texto y fotografía tomados del periódico barrial Primera página.

Acorde de ciudad



(De Teresa Vaccaro)

Humor de tango.
Equipaje que cumple horario
de vereda,
de estación,
de andén.

Se obsesiona la música
acorazada en el pentagrama.
La lengua bulle en aceite
cuando araña la realidad,
y entre torpeza y torpeza
vos y yo recordamos
la desgana y el anhelo,
el desvío y el camino,
la sequía y

la lluvia.
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Imagen: Fileteado de Martiniano Arce.

Casa "Ducal", camisería "Penelas Hnos." y Radio Belgrano



(De Carlos Penelas)
He escrito en mi libro Cuaderno del Príncipe de Espenuca (2004) que mis padres, gallegos, formaron una familia donde se manifestaba el ejemplo de una inmigración ejemplar: esfuerzo, cultura, trabajo y una lucha permanente contra todo dogmatismo, contra todo populismo. Allí, entre otras cosas digo que don Manuel Penelas, mi padre, por los años cuarenta tuvo tal vez la lencería porteña más tradicional y de renombre. Los primos hermanos de mi padre se llamaban Manuel, Ramón y Pastor. Pero eso lo veremos más adelante.
Aún recuerdo el cartel del local en letra cursiva: “Ducal”. Y debajo, en letra más pequeña, lencería fina. Estaba en Suipacha 719, a una cuadra de la mueblería “Maple”, a veinte metros de la florería “La Orquídea”, a la vuelta del bellísimo monumento a Dorrego que realizó Rogelio Yrurtia. Los ajuares tardaban dos meses en entregarse, con sucesivas pruebas. Todo a medida. El local tenía muebles de caoba, amplios espejos biselados, sillas compradas en “Quintín y Alfonsín”. Una vez al mes concurría un vidrierista y un contador. Bambase hacía las vidrieras de “Harrod´s”, Roberto Cosla era el contador que abría el escritorio Boston de mi padre.
Mi padre había sido viajante de comercio, de firmas españolas que generaban un crecimiento importante en todo el país. Mi hermano mayor, Roberto, heredó la profesión. Por los años cincuenta viajaba en un Ford 36 a Córdoba, representaba firmas tradicionales de gobelinos franceses, casimires ingleses y los sombreros “Lagomarsino”.
Mi amigo Ángel Prignano, presidente de la Junta de Estudios Históricos de San José de Flores, publicó en 2002 Buenos Aires: el barrio de Flores y sus hechos (Efemérides y cronología). Tuvo la fineza de enviarme el siguiente texto perteneciente a ese libro:
6 de noviembre de 1908 - Abre sus puertas la casa Penelas. Fue fundada por Manuel Penelas en un local de Rivadavia 7299 esquina Terrada. Luego se trasladó a Rivadavia 6720 y en 1923 al 6819/23 de la misma avenida. Se dedicó a la venta de artículos y sastrería fina para caballeros. Importantes reformas realizadas en 1943 modernizaron el local, que a partir de entonces contó con espaciosos salones de exposición y ventas con una superficie de 500 metros cuadrados y amplias vidrieras a la calle. Con don Manuel colaboraban sus hermanos Ramón y Pastor, actuando como gerentes los señores José Fedele y Eduardo Outeda. Esta recordada casa comercial de Flores cerró en 1973.
9 de julio de 1924 - Inicia sus transmisiones LR3 Radio Libertad. Comenzó a emitir desde una casa de Boyacá 472 como LOY Radio Nacional. Sus propietarios eran tres comerciantes de Flores: Raúl Barrando, Ernesto López Barros y Manuel Penelas. La sala de transmisiones, el control y el auditorio fueron instalados con muchas dificultades, pues se trataba de una casa de familia sin los espacios adecuados para la actividad radiofónica. Barrando estaba a cargo de la dirección artística, mientras Barros y Penelas administraban la emisora y Pablo Osvaldo Valle había sido contratado como locutor. Artistas de la talla de Charlo, Azucena Maizani, Mario Pardo, Agustín Magaldi, Jorge Bohr, Manuel Buzón y Rosita del Carril integraron sus elencos. Pasado un tiempo y al quedar como único dueño de la radio, Penelas se la vendió a Jaime Yankelevich en 96.000 pesos. La transferencia fue protocolizada en febrero de 1927. A fines del año siguiente, don Jaime mudó la emisora a un edificio más amplio situado en Estados Unidos 1816 y más tarde a Belgrano 1841. En 1929 la radio cambio sus siglas a LR3 y, luego de una consulta a sus oyentes, el 2 de septiembre de 1933 tomó el nombre de Radio Belgrano.
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Imagen: Tapa del libro de Carlos Penelas: "Cuaderno del príncipe de Espenuca".

5 sept 2015

La plaza Matheu



(De Rodolfo Edwards)

 los juegos de la plaza Matheu
nos enseñaban a vivir
nos mostraban ingratas maquetas
del futuro
ensayos de lo que vendría
caíamos por el tobogán
subíamos y bajábamos
en la tabla del subeybaja
y en la calesita nos mareábamos
para olvidar
pero mirando hacia el balcón
de la vecinita de enfrente
también aprendíamos
a soñar
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Imagen: Plaza Matheu, barrio de la Boca 

16 ago 2015

Vida y pasión de los petiteros porteños



(De Francisco N. Juárez)

Para algunos fue apenas una moda masculina: ajustados sacos cortos con dos tajitos, solapas breves, tres botones -necesariamente de gabardina beige en verano-, camisas de cuello redondo para traba, y puños para gemelos, zapatos con hebilla y mocasines, todo a medida. Fue la indumentaria de los vanguardistas que militaron en esa pituca tendencia que alborotó a la femenina sociedad porteña de los años cincuenta: se los consideró seductores emblemáticos e invitados imperdibles para las mejores fiestas. Su identidad no se ciñó a la vestimenta, sino a otros perfiles costumbristas encumbrados, aunque los petiteros no fueron originarios de la aristocracia nativa. La vestimenta, los lugares de lucimiento, el copetín, la tertulia y los deportes que eligieron como postas de conquista romántica y reclutamiento para fiestas coincidían con los de cierta alcurnia.
Tuvieron su propia geografía con epicentro en Callao y Santa Fe, sombreada por la cúpula de la confitería “Del Águila” y la garita de tránsito. Pero eligieron el “Petit Café”, en la vereda sur de avenida Santa Fe cerca de la esquina de Callao. La sede de esta -inicialmente- mansa iracundia porteña sirvió para que se motejara a sus frecuentadores como “petiteros”. El neologismo surgió con cierto desdén y cobró intencionalidad peyorativa en boca de enemigos con trasfondo de envidia: las refinadas chicas porteñas los preferían. Eran antiperonistas sociales que aborrecían lo que trascendía desde la Quinta de Olivos, donde la Unión de Estudiantes Secundarios tenía su paradigma estético en el dueño de casa, divulgador de sus paseos en motoneta de campera y gorra “Pochito”, pero que velaba su romance -de distancia generacional- con la colegiala Nelly Rivas. Fueron los tiempos de la intromisión política en las aulas intermedias, lo que contrastaba con los refinados gustos petiteros de costumbres sociales más cercanas a las elites contrarias al gobierno.
Para los petiteros era de rigor seguir al rugby en invierno y al polo en primavera. En esa florida estación, las chicas estilaron lucirse por la avenida Santa Fe y detenerse en la esquina de Callao, cuando el más cotizado lustrabotas de la ciudad estaba en la vereda del “Petit Café”, la confitería que habían fundado cuatro catalanes en 1926. Los petiteros heredaron clientes mayores que adoptaron sus elegancias, pero definieron el lugar como refugio antigobierno, tales como el demoprogresista Horacio Theddy y el radical Miguel Ángel Zavala Ortiz.

DE THEDDY A KOUKA
Los petiteros tenían sastres personalísimos o trajerías dilectas (“Rhoder´s” y “Giesso”, que adaptaron diseños a esa moda). Sus camiseros bordaban iniciales personales "in pectoris", y los zapatos y mocasines a medida -previo molde- los modelaba artesanalmente Luciano Banagsco, en “Guido”, la ochava zapatera de la calle homónima y Montevideo. Luciano montó un fábrica, varias sucursales y murió hace un año y medio. Y ya hace años que “Guido” fue demolida; en la sucursal de Quintana al 300 se archiva medio siglo de moldes de pies famosos (entre ellos los del propio Theddy, del también desaparecido Juan Manuel Bordeau, y hasta de Fangio, que no fue petitero, pero sí atildado).
Los legionarios elegantes de Callao y Santa Fe tuvieron identidades firmes (sede principal y vestimenta común); tomaban claritos, se jactaban de ciertas proezas en las fiestas y se bronceaban en las playas del Olivos no contaminado. Caminaban con cierta afectación que imitaba a uno de los amigos de Theddy, el publicista y pintor Cacho Borda. Con apariencia todavía juvenil, Borda hoy lo niega en la barra de “El Verde” de la calle Reconquista -donde una exposición permanente exhibe 40 de sus cuadros-, “porque si influí en el andar de aquella gente no tengo la culpa: siempre caminé así”. Lo que no niega es haber pertenecido a los adherentes al fenómeno, ni sus ideas políticas, a la vez que reconoce que las fiestas llegaron a ser complicadas. Los petiteros no constituían ni un club ni un partido -más allá del antiperonismo- y no pasarían de unos pocos conocidos, fenómeno que, según Borda y otros memoriosos, se desnaturalizó. La moda se amplió para morir, pero también esa sentencia rondó a protagonistas que algún liderazgo ejercieron en la tendencia. Es cierto que se compartían regiones más apartadas a Callao y Santa Fe, “orque la elegancia estaba también en Florida -precisó Borda- y hasta jugábamos billar en el sótano de la ‘Richmond’”. Allí descubrió a una chica de 17 años que hizo retratar por un fotógrafo de plaza. “Achicamos un vestido de fiesta con alfileres y así nació Kouka”, que fue aprobada para la publicidad de un lápiz labial cuya cuenta era de la agencia “Argos”, de Emilio Morales, hijo del fundador de “La Razón”. Kouka pronto pasó a la fama mundial.

DE OLIVOS A DEVOTO
Borda recuerda la extensión petitera (“tomábamos copas en ‘Jimmy’, sobre Callao, y durante el verano en el ‘Pingüino’ de Olivos”) y hasta conoció a los personajes que desprestigiaron al petiterismo inicial. Pero en los tiempos felices “desde Olivos llamábamos a Héctor Tobar García, del Devoto residencial, y enseguida armaba una fiesta en la casona de su familia”, recuerda el pintor. Era en la calle Melincué, mojón de esa sucursal petitera que compartían -entre otros- Enrique “Quique” Roche y uno de los joyeros Giulani. La moda también se extendió a Belgrano (sus lugartenientes paraban en el “Modern Salón”) y por encontrarle la veta comercial algunos soñaron con un boom de vestimenta petitera. El “Petit Café” -que soportó varias trifulcas- seguía liderando a pesar de otras postas petiteras como “La Biela”, “05” y “Las Delicias”, entonces en Guido y Callao. Aumentaban los escándalos de petiteros iracundos que competían con sus proezas en fiestas o la de uno que entró al “Petit Café” de a caballo. La caída vertiginosa del peronismo aumentó allí los conflictos dirimidos en pugilatos y roturas, y fue víctima de las agresiones e incendios que el mismo día atacó al “Jockey Club” de la calle Florida y la Casa Radical.
Los más famosos y conflictivos petiteros fueron El Indio Servetti -grandote y morocho- y Titi Ayala, que en realidad era un paraguayo indocumentado. Todos recuerdan al Inglés Martínez, el único simpático “travieso y vanguardista”, como lo definió Borda. Ayala mató a Servetti -en febrero de 1966- en una desaparecida whiskería de Paraguay al 1200 (disputaban por la misma mujer). Pero el asesino no vivió mucho para contarlo: lo mataron en otra disputa en Corrientes.
Mucho antes, el petiterismo se había masificado a partir de los trajes veraniegos de tres botones que, a precios populares, impuso la fugaz cadena de tiendas “La Avispa” y sepultó al fenómeno. La lápida final: el “Petit Café” cerró sus puertas en febrero de 1973. Resucitó años después, pero los petiteros ya no entraban en sus pilchas y estaban avejentados. Volvió a cerrar.
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Imagen: Ilustración de Cacho Borda sobre el mundo de los petiteros.
Nota y dibujo tomados del diario “La Nación” del 30 de septiembre de 2001.

4 ago 2015

Los amigos del pintor


(De Federico Moreyra)
   
 (A Pedro Gaeta)

Miran con el asombro de quien vio su muerte
reflejada en el fondo de una copa
justo en el instante del último trago.
Miran como la desolación, como el vacío.
Son violentos como un tajo en la mejilla.
Deformes como el alma, borrosos como el llanto,
tibios como la sangre: están hechos de sangre.
Por las noches, cuando nadie los ve, salen del cuadro;
se van a tomar vino, se van a encamar con mocosas y yiros.
Van a misas blasfemas: escuchan tangos como quien mira a Dios.
Sólo pudieron nacer por la mano de un hombre como ellos;
son un sueño hecho vida, son la sonrisa del mejor amigo.
Una uña, un responso, una luna,
un temblor de la ciudad violenta.
Son como el respirar de Buenos Aires.
Por las noches, cuando nadie los ve, salen del cuadro,
y besan la sombra del hombre al que crearon;
porque suele haber casos -unos pocos- 
en que las sombras recrean al pintor.
Y cuando cae el gris de la mañana, 
por el lomo vencido de la noche;
a la hora de los reos y los pobres,
los amigos del pintor vuelven al cuadro:
son limpios como el odio, o como la amistad.
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Imagen: El pintor Pedro Gaeta. (Foto tomada de claramente.com.ar ).

"Pirilo", pizza y fútbol. Una perlita oculta en la barriada



(De Martín Magurno)

San Telmo esconde secretos con los que la gente lo identifica con relación al ámbito cultural, artístico y social: la Plaza Dorrego, la Iglesia Parroquial San Pedro González Telmo y el bar "Británico"; entre otros. Pero también el mundo gastronómico construye y contribuye a la historia de un barrio, desde sus sabores que se sirven en la mesa de los vecinos.
Así sucede con "Pirilo", la pizzería ubicada en Defensa 821 (a pocos metros de Independencia). Este local representa un patrimonio para los santelmeños. Sus clásicas bandejas gigantes de muzzarella al molde, fugazza común, fugazza con queso y anchoas, fainá y pizza a la cancha (con ají molido, tomate y orégano que se degusta fría) son su marca registrada. "Acá amasamos la pizza a mano, lo hacemos todo a pulmón y sin máquinas", afirma Silvia Vizzari, hija del fundador de "Pirilo" y santelmeña de nacimiento. Estos productos se fabrican con la ayuda de un horno a leña. Otra cosa que lo identifica es que los clientes comen parados, es decir sin mesa y sillas de por medio.
A pesar de que es un hito en el barrio, sin embargo algunos vecinos no llegan a reconocer el negocio a simple vista debido a que la fachada es angosta y su cartel pasa desapercibido entre las casas que lo rodean. Más allá de que la pizzería esté casi oculta en el tradicional paisaje turístico, su crecimiento popular convoca -entre otros- a vecinos, estudiantes universitarios y trabajadores de la zona. Es más, hasta taxistas estacionan su auto y se toman un tiempo de descanso para comer alguna porción con la característica servilleta gris en mano, de "Pirilo".
Este local se originó como un emprendimiento familiar. Fue fundado en 1932 por Vicente Vizzari bajo el nombre de "Luigin". Pero más tarde su hijo, Juan "Pirilo" Vizzari, estableció el apodo definitivo y asentó su crecimiento gracias a la recomendación de sus comensales. En aquella época no solo vendían pizzas sino también helados, torta de ricota y pastaflola.
En 1994 fallece Juan y sus descendientes se hicieron cargo. Pero el negocio familiar y el fanatismo por el fútbol se mantuvieron intactos durante estos 83 años. Gorros, banderas y banderines de color azul y celeste demuestran la pasión por el Club Atlético San Telmo. Vale aclarar que Juan Vizzari seguía atentamente al equipo "Candombero" en la categoría que le tocase jugar. Durante la década del ´50, la pizzería "Pirilo" se ocupaba de anotar los resultados de los partidos en una pizarra para hacérselos saber a los vecinos.
"Me acuerdo que cuando San Telmo ascendió a primera división, en 1975, mi viejo le regaló pizza a todo el mundo que pasaba por 'Pirilo'" confiesa -entre risas- Silvia Vizzari, quien trabaja allí desde hace 25 años. Silvia tiene 51 años y también la apasiona el fútbol. Es socia e hincha del club San Telmo y, desde 1975, casi siempre va a ver al Candombero. No es sólo una simple espectadora, sino que ayuda ad-honorem con la venta de entradas en la boletería. "Seguimos fiel al club", agrega.
La popularidad de las pizzas de "Pirilo" atravesó las fronteras del barrio y -seguramente por eso- personajes del mundo del espectáculo también anduvieron por allí, como por ejemplo Luis Brandoni, Jorge Porcel, Alberto Olmedo, Rodolfo "el Tano" Ranni, "Teté" Coustarot y Fabián Matus (hijo de Mercedes Sosa), entre otros. Hay varias fotos en el local que atestiguan eso.
Actualmente "Pirilo" está en manos de Silvia, su hermana "Piru", su sobrino y un empleado. "El legado que quiero dejar es tratar de enseñarles lo mismo que me enseñaron a mí. Y seguir manteniendo esto como es. No modificar, porque modificando las cosas dejan de ser lo que son y de tener la esencia del lugar", concluye.
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Imagen: Frente de la pizzería "Pirilo". (Foto tomada del diario "Clarín").
Texto tomado de la página web: buenosairessos.com       

2 ago 2015

"La Gayola", explicada por Segismundo



 (De Rodolfo Jorge Rossi)

Los años 60 dejaron una singular impronta en la historia del mundo. 
Se inician en 1961 con la invasión norteamericana a Cuba y el fracaso en Bahía de los Cochinos. Es el año de Iuri Gagarin en el espacio y  sus declaraciones al volver a la tierra: “no he visto a Dios”. En 1962 se construye el ominoso muro de Berlín.
La década concluye el 25 de noviembre de 1970 con el suicidio ritual del escritor japonés Yukio Mishima, haciéndose el  harakiri en público, desesperado por la decadencia espiritual, cultural e irreversible del hombre.
En esos años los  sabios del café asistían perplejos a la presunta  muerte del tango y al surgimiento arrasador del psicoanálisis.
Cierto día  de 1965  me encontraba  rodeado de  sabihondos y suicidas cuando Ceferino Musante -el tanguero que volvió de la muerte- dijo muy suelto de cuerpo: en mis épocas de finado emérito frecuentaba la mesa que Carlos Gardel compartía a diario con  Freud en el café “Otro Cielo”, en el mismísimo Paraíso Terrenal. En una oportunidad  la conversación giraba acerca de nuestros tangos preferidos; el Morocho confesó que se emocionaba hasta las lágrimas al entonar La Gayola, compuesto por  su gran amigo Armando Tagini.
Interrumpió Segismundo: ese es, sin duda alguna, un tango notable, superlativo, extraordinario, donde el autor pone de manifiesto el famoso complejo de Edipo, que yo  descubrí mientras caminaba silbando bajito  por las calles de Viena. Si quieren expongo.
Continuó Musante: como siempre tengo a mano mi viejo Geloso y grabé la disertación de Freud en el café. Acá está, dijo  extrayendo el grabador.
¿Quieren escucharla? Preguntó.
Sin esperar respuesta apretó play; tuvimos la emoción de oír  la voz del brujo de Viena. Arrancó así:
“La personalidad del malevo que expone sin tapujos la sórdida historia de su vida en la letra del tango La Gayola, presenta síntomas y procesos mentales característicos de un cuadro psicológico donde resalta el complejo de Edipo y una fuerte fijación por su viejita. Podemos agregar, también, una feroz neurosis de abandono.
“Comienza con un: No te asustes ni me huyas, no he venido pa’vengarme. Ahí expresa una acusación implícita y si dice que no se va a vengar es porque él cree que tiene, como todo cornudo que se precie, el derecho de hacerlo. Después aclara: si mañana justamente ya me voy pa’no volver. He venido a despedirme, continúa humilde; como dicen los criollos: con el sombrero en la mano.
El personaje busca el afecto perdido: el gustazo quiero darme y en tus ojos campanearme: esta última es una frase de gran efecto psicológico porque el protagonista no mira a su gran amor como es: una mujer de la vida, muy putarraca ella; el otario se mira a si mismo en los ojos de la turra.
Es Narciso contemplándose en las turbias aguas del Riachuelo o en los ojos brillantes de la mujer-madre. Un claro intento de volver al pasado, al que nunca se vuelve; el penoso malevo no ha podido despegarse.
He venido pa’que juntos recordemos el pasado, como dos buenos amigos que hace rato no se ven.
El personaje quiere volver al pasado; revivir momentos gratos cuando se sentía seguro  y querido por su santa madrecita, mateando con ella en el patio de su casa rodeado de malvones.
Y acordarme de aquel tiempo cuando yo era un hombre honrado, y el cariño de mi madre era un poncho que había echado sobre mi alma noble y buena contra el frío del desdén.
Acordarse del tiempo en que era un hombre honrado es recordar el tiempo cuando era querido y venerado por su señora madre. Regresa a la mujer amada a la que identifica con su madre. En un acto de pensamiento  tanguero cree que contemplándose en los ojos de su amor puede volver al pasado. En definitiva, un dolobu atómico. Cabe destacar el gran simbolismo en la imagen de poncho-madre.
Una noche fue la muerte que vistió mi alma de duelo, mi querida madrecita se me fue a vivir con Dios.
La madre vuelve a vivir en la única condición posible de triunfo sobre la muerte: al lado de Dios.
Y en mis sueños parecía que la pobre desde el cielo me batía que eras buena, que confiara siempre en vos.
Estos versos demuestran sueños de poesía y tango, no hay censura onírica. De esta manera el malandra resuelve su neurosis.
El conflicto edípico es realizado a través de la ficticia encamada con su viejita a través de la otra mujer. Pero debido a su patética neurosis siente de manera patológica la pérdida de su  madre y eso le hace mucho daño. La primera pérdida materna se da a través de la muerte, la segunda, la de la trola amada, se da a través de los cuernos.
Y la pérdida de la mujer-madre con la que tiene sexo es por otro hombre
Pero me jugaste sucio y sediento de venganza mi cuchillo en una noche lo llevé hasta un corazón.  Desde el punto de vista psicoanalítico no hay duda de la equiparación del cuchillo como símbolo fálico. Se reactualiza el conflicto edípico de matar al rival que es el padre para lograr hacer vida con la mujer-madre.
Y más tarde ya sereno, muerta mi última esperanza, una lágrima rebelde la sequé en un bodegón.
Son lágrimas rebeldes de niño frustrado que no consigue afecto materno ni aún después de muerto el rival. A la frustración el personaje lo sustituye por el acto oral de la bebida; el guacho se agarra un pedo de camionero.
Las lágrimas cesan con la compensación simbólica que otorga la bebida; el bodegón sustituye la vagina  materna.
Viene ahora el momento del castigo, la rebelión contra el padre la pagará cara. Recuerden que Edipo se arrancó los ojos. El personaje del tango dice: Me encerraron muchos años en la sórdida gayola. La gayola actúa en este momento como un coño terrible donde no se recibe ningún tipo de compensación.
Y una tarde me largaron pa’ mi bien o pa’ mi mal
Fui sin rumbo por las calles y rodé como una bola
El compadre camina sucio y borracho; errante como Edipo ciego. Ese deambular es muy doloroso, en curda, sin que nadie le brinde afecto.  Eso es peor que la ceguera o la cárcel.
Pa’ tomar un plato e sopa cuantas veces hice cola,
Las auroras me encontraron atorrando en un umbral
Pone de manifiesto la sensación, ya mencionada, de desamparo total. El infame apoliya en un zaguán.
Hoy ya no me queda nada, ni un refugio, estoy tan pobre,
Padece de la peor de las pobrezas que es la falta de afecto. La pobreza afectiva es terrible.
Solamente vine a verte pa’dejarte mi perdón
Esta estrofa debe interpretarse por el contrario.
Pa’que no me falten flores cuando esté dentro e’l cajón.
Este cajón sustituye al poncho anterior como albergue materno; hablando en criollo, representa la reverendísima concha de su madre, dicho sea esto con el mayor de los respetos. El cajón es un símbolo mucho más apropiado que gayola y bodegón.
y flores; sexo y chumina materna, ser amado después de muerto, así pues en un texto aparentemente sencillo como es  La Gayola está la clave de la personalidad de un hombre  que es el reflejo de todos los hombres del mundo.”
“Se escucharon aplausos de los parroquianos  presentes en el café Otro Cielo.  Después de unos segundos resonó, única, la voz de Carlos Gardel: “Segis, ¿Lo que acabas de contar es  pulenta, pulenta?”
“Por supuesto.”
“Escupió Carlitos, rotundo: Tagini no era ningún manú! ¡Escribió el tango La Gayola y escrachó las miserias del hombre en veinte renglones!”
Quedamos con la boca abierta. Musante miraba a su alrededor con la sorpresa de los que vuelven de la muerte. El Geloso  nos reveló secretos del más allá; sorprendentes e indiscutibles. Pagamos y nos fuimos en silencio, con la cabeza baja. Sospeché desde siempre sobre la importancia superlativa de  La Gayola; un tango más profundo que La  Biblia. Ahora no tengo la más mínima duda.
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Ilustración: Partitura del tango La Gayola.