5 oct 2010

San Juan y Boedo


(De Julio Carabelli)

Era en Buenos Aires y nos juntábamos
en el Club Boedo que no sé si existe
como no sé por qué
siempre recuerdo la calle lluviosa
un desnudo río que iba al fin del mundo
mientras el negro
apuraba calendarios con su celular.
Era un club despejado
se comía barato
y tomábamos tres botellas de vino tranquilo
entre Corti
la Bibi
el negro y yo
sin pretender arreglar el mundo
y mucho menos el país
tal vez sabiendo
que ya no nos contaba entre sus pertenencias
teniendo como teníamos cosas urgentes que arreglar
como el cosmos por ejemplo
o el portón de madera.
Ahora escribo sobre esos años
recordando que era lindo bajar del subte
y doblar la esquina de Boedo
como si la ciudad
no estuviera bajándose las medias en otras esquinas
donde tal vez
gente de humaredas empañadas
contrataba a la muerte
porque el ser humano en general
aborrece
al ser humano en particular
pequeñeces
que se alcanzan a cierta edad 
frente al incierto mañana proceloso
como ese río de la calle San Juan
celoso lagrimón que iba hacia el fin del mundo
en tanto nosotros agendábamos fechas
recitales
cada uno con un gerundio cruel en sus amores
cargando muertos en la espalda
sin dialogar con ningún más allá
ocupados como estábamos
en descubrirle el color al universo
a ciencia cierta bermellón como aquel vino.
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Imagen: Indicadores callejeros (Foto: gasometro.com.ar)

El Conventillo de la Paloma



(De Luis Alberto Ballester)

En Serrano 152, amparado por una zona antigua de Villa Crespo, en donde crece el oro de los paraísos y es más profundo el azul del cielo, se yergue una vieja casa de inquilinato. Gozó de varios apelativos. Primero, fue el de Conventillo Nacional; luego su nombre entró al dominio de la mitología porteña: Conventillo de la Paloma.
Este edificio, que semeja un dédalo sufriente, inspiró el sainete homónimo de Alberto Vacarezza, que se estrenó en 1929 en el Teatro Nacional. Aún se conserva el conventillo, horadado por un largo y estrecho pasillo, que desemboca, atravesando la manzana, en Thames 151.
El frente, construido en madera tallada, alza el color gris, melancólico 
 -semejante al punzar de una lluvia constante- de su puerta y celosías. La puerta se encuentra flanqueada por dos columnas delgadas, de madera, corintias, oprimidas por el dintel semicircular, surcadas por un matiz gris pálido, donde el dolor madura silencios. La puerta está coronada por un adorno curvo de hierro, atravesado por barrotes. Las ventanas laterales -en realidad escaparates-, soportan también la tristeza sureña de una reja de hierro, cuyas flechas claudican en repetidos redondeles.
Esta fachada de madera pertenecía a un viejo negocio, hoy cegado. Rosetones de madera lo envuelven, perviven en la crueldad de los días. A su lado se eleva la puerta del conventillo, desde la que agoniza el pasillo. Es un corredor que invade la zona de lo metafisico. En la mitad de su recorrido otra puerta de hierro lo separa en dos secciones: la que se inicia en Serrano, la que concluye en Thames.
El color de las paredes del pasillo es de un amarillo sobre el que calores y fríos formaron nuevas gamas, deltas y lentos ríos. Pero prevalece un tono pleno de pausadas tristezas. Sus paredes están ahondadas por múltiples puertas numeradas, que al ser abiertas descubren la mínima pieza, o a veces un minúsculo patio donde la luz arrastra su resplandor.
En el centro del edificio se eleva un piso superior, de un gris ceniciento, al que se asciende por una escalera cansada, trágica.
Sale al pasillo una viejita que vive en un cuarto. Sus ojos, empañados, repiten la vastedad indiferente del cielo.
Arriba de la casa giran las alturas de Buenos Aires. Corre el frío de la mañana otoñal, y como una plegaria parece nacer del Conventillo de la Paloma.
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Imagen: El Conventillo de la Paloma. (Foto, circa 1910,  tomada del sitio: galeon.com)
Texto extraído de: "Revelación de Buenos Aires", Bs. As.1985.

4 oct 2010

¡Mozo... una Mariposa!


(De Ángel O. Prignano)

Noches de invierno en Buenos Aires. Frío y viento; viento y heladas. Siempre hay un bar amigo en cualquier esquina porteña. Allí están sus noctámbulos cotidianos y ocasionales visitantes reunidos en su afán de mitigar los rigores del tiempo, sea al borde de sus largos y profanos altares o acodados sobre sus alquitranados pupitres de universidad de la calle. Mientras tanto, el aserrín chupador de humedades insiste en quedarse en la suela de los zapatos.
¿Qué porteño puede decir que nunca visitó sus mesas raspadas por la musa inspiradora de un poeta ausente? ¿Quién no ha querido, aunque más no sea una sola vez en la vida, hacerle una gambeta al invierno y dejarse adormecer por su aire tibio al trago de un cafecito reparador de almas? ¿Quién no hizo desaparecer alguna vez el frío de sus huesos con una Mariposa? Licor de miel Mariposa. Líquido dorado que entra dulce al paladar, se hace fuerte en la garganta, explota en el estómago y calienta hasta el último dobladillo del sobretodo.
Comenzó a elaborarlo Cusenier, una destilería de origen francés que sentó sus reales en Buenos Aires en la última década del XIX. La Destilería E. Cusenier Fils Auné & Cie. fue fundada en 1857 por Eugenio Cusenier. Se inició con una modesta destilería en Ornans (departamento de Doubs), aunque enseguida tomó vuelo y fue creciendo al tiempo que se incorporaba un hermano de nombre Eliseo. Inmediatamente se transformó en sociedad anónima con un capital de veinte millones de francos y sede en París. Ya estaba dado el impulso para que a corto plazo se convirtiera en la destilería más grande del mundo, con fábricas en París, Charenton, Ornans, Mulhouse, Marsella, Cognac y Buenos Aires. De ellas se destacaba la de Cognac, cuyos viñedos anexos le permitían elaborar los mejores vieilles fine Champagne. Tanto era así que obtuvo el Gran Premio en el concurso vitivinícola de esa ciudad, realizado en 1901. En los años siguientes, la destilería fue distinguida con medallas de oro y plata y diplomas de honor en otras exposiciones locales e internacionales. Así fue imponiendo su marca en todo el mundo.
Su arribo a nuestro país acaeció en 1890, cuando se formó la Sociedad Anónima Gran Destilería de Buenos Aires con el aporte de capitales argentinos e inauguró una planta productora en la localidad bonaerense de Campana y escritorios en Buenos Aires (San Martín 718). Pero el pequeño establecimiento muy pronto se vio superado por la demanda y debió ser trasladado a la Capital. Para ello fue necesario adquirir un amplio terreno situado entre O’Brien, Salta, Progreso (hoy Pedro Echagüe) y Santiago del Estero, donde construyó una moderna fábrica que comenzó a funcionar en 1896. Al año siguiente le fue agregada una destilería modelo para la producción de alcohol. Todo el complejo tenía su entrada por O’Brien 1202.
Por muchos años, el Ajenjo Oxigenado Cusenier fue uno de sus más afamados productos. Sin embargo, la restricción de su consumo lo fue haciendo desaparecer de los bares porteños. Se decía que beberlo llevaba a la locura. En Europa, la Constitución Federal de la Confederación Suiza de 1874 había prohibido su fabricación, importación, transporte, venta y tenencia para la venta, salvo para usos farmacéuticos. Lo mismo ocurriría después en otros países. En su reemplazo salió el Oxigénée Cusenier, "el ideal de los aperitivos totalmente exento de ajenjo". Otros de sus productos eran el estimulante a base de mandarina marca Mandarín, el aperitivo Imperial, los coñacs procedentes del Château du Solençon (distrito de Cognac, Francia), el Anís de Luxe y el Licor Mazarine, elaborado con "una fórmula compuesta en 1837 por los RR.PP. de la Abadía de Montbenoit".
Con el paso de los años, la Gran Destilería de Buenos Aires fue ampliando su gama de productos y lanzó al mercado nuevas bebidas. Aparecieron los licores de banana (Créme de Fruits a base de Bananes) y de guindas (Merisette), el licor amarillo (Liqueur Jaune), en cuya etiqueta se podía leer la inscripción "Solem Teneo", el Curaçao dulce (Curaçao Dubb. Orange), el anisado de tipo español El Loro y el famoso Maraschino envasado en una botella de base cuadrada con canastilla y etiqueta donde se certificaba que era "de calidad superior elaborado con verdadera agua de Marasca".
Pero la estrella de bares y cafés durante los duros meses invernales de los años cincuenta, sesenta y setenta era "la Mariposa". Venía en botellas comunes de color verde, como las de vino de mesa, de 950 centímetros cúbicos de "contenido neto". Su etiqueta era blanca a excepción de una franja inferior verde donde se colocó el nombre de la casa productora en caracteres destacados de color amarillo. En la parte superior podía leerse claramente el nombre del producto en letras negras con sombras amarillas y su género: Licor con Miel. Entre ellos, el insecto lepidóptero que identificaba la bebida: una gran mariposa marrón verdosa con detalles rojos y amarillos, rodeada por una sombra de múltiples rayitas color verde agua. El tapón hacía honor a la botella: era de corcho como el que se utilizaba para los vinos comunes de mesa de entonces.
Con los años, la botella viene sufrido modificaciones para adaptarla a los tiempos que corren. También su etiqueta. El corcho fue reemplazado por la tapa metálica a rosca. En los supermercados se las expone en fila, una al ladito de la otra, como para que esperen que alguien las tome por el cuello y las deposite en el changuito. En los bares permanecen inmóviles detrás del mostrador, pegadas al espejo, codeándose con vinos, whiskies y vermuts. Otras aguardan su resurrección en un oscuro rincón de la licorera hogareña. Sólo se necesita que el frío vuelva a apretar.
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Imagen: Botella de licor de miel "Mariposa".

La Miguel Cané


(De Mario Bellocchio)

En 1935 Boedo aún conserva, en brochazos, algunas parcelas de las quintas originarias. Avenida La Plata, San Juan e Independencia hasta Castro Barros tienen su plazoleta central que divide ambas manos en las que se sigue circulando —a la inglesa— por la izquierda. San Lorenzo luce orgulloso su primer título profesional conquistado un par de años antes y en Carlos Calvo al 4300 —a metros de avenida La Plata— un palco emperifollado con los símbolos patrios aguarda la llegada de las autoridades. Se ha cortado el tránsito, hasta el tranvía 48 debe dar un rodeo para no interrumpir la celebración que atrae una notable cantidad de público. Es el atardecer del viernes 6 de diciembre y se está por producir la inauguración de las modernas instalaciones a las que se ha trasladado la primera biblioteca pública municipal. Ocho años antes, el 11 de noviembre de 1927, en Independencia y Castro Barros, se había dado apertura a esta institución bautizada Miguel Cané en honor al autor de la celebrada “Juvenilia”.
En esos pocos años las dimensiones del primitivo local resultaron escasas para la numerosa concurrencia y la doble casona de Carlos Calvo 4319 resultó el lugar elegido para la mudanza. Allí se podrán brindar los mayores adelantos conocidos para este tipo de establecimientos: comodidad, amplitud, pupitres diseñados a imagen de los de la Biblioteca Nacional de Amberes y una instalación lumínica similar a la de la Biblioteca de Michigan, asistiendo al lector que podrá orientar su búsqueda de material en un completo fichero multitemático. La amplitud admitirá tres anexos: hemeroteca —la primera en su género— con más de tres mil diarios y revistas mundiales; biblioteca infantil, que incluye una sección de pasatiempos, y la biblioteca circulante que, por medio de la asociación gratuita, va a permitir el préstamo, con plazo de devolución, a los lectores que lo requieran.
La Banda Municipal entrega la melodía del Himno Nacional. El intendente —Mariano de Vedia y Mitre— corta la tradicional cinta inaugural. Lo acompañan el ministro del Interior, un numeroso grupo de autoridades municipales y de instituciones vecinales que, junto a la concurrencia, visitan por primera vez lo que se constituiría con los años en un destacado hogar barrial de la cultura.
Esta apertura se transformó en uno de los hitos más importantes para el giro que las asociaciones barriales habían comenzado a tomar en la ciudad como valor agregado a las inquietudes edilicias: la preocupación cultural. Quedaba ya lejano el Primer Congreso de Bibliotecas Argentinas celebrado en 1908, el proyecto de Carlos M. Coll de bibliotecas populares municipales en las distintas parroquias —1912— y la ordenanza municipal de 1921 para la instalación “de armarios o escaparates en las plazas públicas y parques de esta Capital, conteniendo un selecto número de libros de los que podrán hacer uso directamente y sin contralor alguno, los concurrentes”. El éxito de este último emprendimiento generó la inquietud municipal de creación de bibliotecas tales como las de Artes Industriales, especiales para obreros, al estilo de las parisinas, proyectadas en 1925. Un año más tarde la ordenanza N° 1656 reglamentó el funcionamiento de las llamadas “Bibliotecas públicas municipales” y creó una Comisión honoraria integrada por Alberto D. Justo, Juan Farini, Alvaro Melián Lafinur, Ismael Bucich Escobar y Ricardo Güiraldes, cuya primera misión se concretó con la fundación de la primitiva Miguel Cané de Independencia y Castro Barros.
Lo cierto es que el nuevo edificio de dos frentes (17 metros), dos plantas y susbsuelo, da comienzo a la época de mayor actividad. La hemeroteca promedia una asistencia de 120 lectores diarios mientras que la biblioteca infantil recibe 140 consultas y la circulante 35 requisitorias cada jornada. Todas ellas en el marco de una concurrencia anual que en 1939 reune 97.200 visitantes. El establecimiento cuenta con sala de investigaciones, taller de restauración y encuadernación, oficina de bibliografía y traducciones y es sede de la Comisión Protectora de Bibliotecas Municipales.
A partir de 1937 el elenco de bibliotecarios suma como tal a quien, con el tiempo, se transformaría en uno de los máximos referentes de nuestra literatura, Jorge Luis Borges. Francisco Luis Bernárdez sugiere esa incorporación que prestigia a la institución durante nueve años hasta que en 1946, la desubicación política de algún funcionario traslada a Borges a la humillante “inspección de aves de corral”. Ahí quedan aún, en el espacio Borges de la actual biblioteca —inaugurado en 1997— algunos de los muebles y enseres que utilizó el escritor, como testimonio de su paso.
Con el correr de los años el desfile de visitas ilustres ha provisto mojones destacados. La más reciente, el escritor mexicano Juan Villoro, quien señaló que “los libros, que son la mejor forma de viajar, me trajeron a este sitio donde Borges descubrió el mapa oculto del universo”, pasó hace unas semanas por la biblioteca donde también concurrió Mario Vargas Llosa en marzo de este año (1). “Esta biblioteca, cuya existencia conocía como todos sus admiradores, fue prestigiada por los nueve años que Borges pasó aquí”, manifestó el escritor.
Julian Barnes lo había precedido un mes antes. El autor de “El loro de Flaubert” ironizó —en una placa manuscrita que se atesora— sobre la autenticidad de una talla de loro que se exhibe, como la posibilidad de que ese sea el auténtico de Flaubert.
Actualmente la biblioteca, que cuenta con una existencia “consultable” de 40.000 volúmenes —se estima que unos 10.000 más se hallan en restauración, algunos de ellos con proceso de baja por obsolescencia—, es visitada por 50 personas diariamente. La biblioteca provee servicio de Internet de consulta y una gentileza no arancelada de fotocopias de consulta. En la planta alta el anexo infantil “La jirafa enamorada” cuenta con unos 2.600 volúmenes y una visita diaria de 12 concurrentes. Un enorme patio techado acompaña al gran salón de actos que se halla a disposición del uso público. Una sala pequeña guarda algunos tesoros como una “Historia de San Martín” de Bartolomé Mitre o una colección de la revista PBT ambas datadas a fines del siglo XIX. Sobre esta sala el presidente de la Junta de Estudios Históricos de Boedo, Aníbal Lomba, señalaba: “Comprobé estupefacto que aquellos anaqueles de madera lustrada, cálidos, añosos, habían sido suplantados en gran parte por estanterías metálicas, grises, frías, sin alma, similares a las que vemos en cualquier sótano de un descuidado comercio barrial”. Sobre las observaciones de sustitución de mobiliario y bajas de volúmenes sería deseable que las autoridades dieran una explicación que satisfaga tales inquietudes.
El simple e inexorable transcurso del tiempo fue señalando cambios sociales que determinaron la baja en la requisitoria pública sobre las bibliotecas. Mayor acceso al libro propio de los estudiantes y bibliófilos, nuevos medios de comunicación —a los que últimamente se suman la computación e Internet— modificaron sustancialmente el perfil del visitante de los claustros del libro; el cierre de la hemeroteca —voluminosa requisitoria de espacio— derivada a la Legislatura; el traslado de la Dirección General de Bibliotecas cuyo asiento era la Cané, generaron, en 1981, una reestructuración que se tradujo en la reducción de la propiedad a sólo una de las dos casonas que la componían, la de Carlos Calvo 4319.
El “Espacio Borges”, una recreación de lo que fuera el entorno de trabajo del escritor, conserva entrañables recuerdos de su paso por la biblioteca en tiempos en que el libro era el indiscutido centro de irradiación de cultura. Hoy, la reducida Cané, trata de no aparecer anacrónica incorporando Internet y software de voz para la lectura de los ciegos. Es de esperar que sus directivos tengan el equilibrio respetuoso de su decurso que permita jerarquizar el patrimonio sin transformarlo en un “depósito de libros ordenados”, como señalaba Aníbal Lomba en sus observaciones.
La historia del lugar y sus vivencias no admiten otro tratamiento.
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(1) Año 2008, cuando se originó esta nota con motivo del 80 aniversario de la Biblioteca Municipal "Miguel Cané".
FUENTES CONSULTADAS
Miranda, Arnaldo Ignacio Adolfo; Las Bibliotecas Públicas Municipales de la Ciudad de Buenos Aires, Cuadernos de Buenos Aires, 62, Buenos Aires, 1996.
González, Daniel H.; Guía de bibliotecas y centro de documentación de la República Argentina, Sociedad de investigaciones bibliotecológicas, Buenos Aires, 1998.
Lomba, Aníbal; ¿Muere otro orgullo del patrimonio cultural de Boedo?, en : www.nuevociclo.com.ar
Imagen: Frente de la biblioteca. (Foto tomada del periódico "Desde Boedo").

Caretear


(De Marcelo Héctor Oliveri)

Según el Nuevo Diccionario Lunfardo de José Gobello, un careta es un desfachatado (“Es de los caretas el tipo más puro”: Carlos de la Púa, La crencha engrasada).
Oscar Conde, a su vez, dice en su diccionario que caretear es ser un careta, un desfachatado. También da otras acepciones como la de actuar con falsedad, hipócritamente, representando lo que uno no es; intentar atraer la atención de otros hacia sí y finalmente aparecer o mostrarse en los medios de comunicación. Con respeto al careta Conde dice que es el atrevido, descarado y caradura; o la persona que no consume drogas o el falto que representa lo que no es.
Desde mi punto de vista caretear significa fingir capacidad de consumo, concurriendo a lugares caros.
En la década de 1970, casi a los finales, aparecieron los chetos. Estos eran jóvenes de clase media alta acomodada que solían frecuentar los boliches de San Isidro, Recoleta y Belgrano. Se diferenciaban de los otros jóvenes en que consumían música importada, vestían ropa de marca y bailaban en discotecas de última generación. Solían manejar los automóviles de sus padres, que generalmente eran importados. Tomaban whisky y fumaban cigarrillos, importados también. Además tenían un código muy especial para expresarse y utilizaban un tonito canchero cuando remataban cualquier frase con la muletilla: ¿viste?
Para los jóvenes de clase media y de clase baja ellos eran los caretas que se mostraban en lugares caros, que no habían logrado por sus propios medios; eran los nenes y las nenas de papá que se exhibían los fines de semana.
Los roqueros no escuchaban música importada sino el rock argentino, fumaban Camel, tomaban whiscola o cerveza y usaban ropa con la marca de Fiorucci. Por otra parte no usaban fragancias caras sino un perfume barato llamado patchouli, naufragaban (caminaban) o tomaban el bondi (autobús).
Hasta 1981 estuvieron bien diferenciadas las categorías de caretas y grasas. Cuando aquel año llegó a Buenos Aires el conjunto de pop británico “The Police”, los caretas y los grasas supieron convivir en un mismo estadio. El conjunto, que tocó en Obras, se vio desbordado por los caretas y los roqueros, que también estaban allí; se sentían invadidos porque, según comentaban, los conchetos estaban careteando en un gheto que no les pertenecía. La historia se repitió a la inversa a los dos días, cuando la misma banda actuó en un boliche de moda por aquellos años, llamado New York City. Los roqueros, que no podían solventar la entrada, se hicieron presentes ante la puerta tratando de caretear una entrada que les era imposible pagar.
En los últimos años las canciones de los adolescentes reflejaron esa suerte de discriminación en letras que son muy populares entre ellos. “Nena, sacate la careta dejá ya de actuar”, canturreaba Raúl Porcheto, músico mercedino. El conjunto “Los Gardelitos” dice en su tema Gardeleando: “Si no te gusta como soy, andate, No me mirés, caretas, caretas, y no careteen más”.
En los últimos meses (1), la cumbia villera, que parece no tener límites, alude constantemente a los caretas que se visten bien (saco y corbata), no consumen droga ni alcohol. La Piba, la primera solista mujer de la cumbia villera, dedica sus canciones a los villeros de Fuerte Apache y corea que el que no es del palo es un caretón. Braulio, un niño de diez años, es el primer chico solista de cumbia villera y una de sus canciones se titula Basta de caretas. Dice: “Vivís en un rancho de chapa y vas al Shopping a caretear con una birra que arrebataste en la estación”.
Como puede inferirse caretear y ser careta son expresiones discriminatorias referidas a las personas de menos poder adquisitivo que aparentan ser ricas y, si les es posible, convertirse en famosos.
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(1) Año 2002.
Es comunicación académica Nº 1568 (Academia Porteña del Lunfardo).
Imagen: Recital de rock.

"Garrá lo libro que no muerden"



(De Roberto Díaz)

El título de la nota tiene que ver con ese latiguillo que utilizaba el actor Mario Fortuna, convertido por obra y magia de un escritor de nuestros lares: Manuel A. Meaños, en el Ñato Desiderio.
Y así, es cierto. Los libros no tiran tarascones, a lo sumo sus tarascones pueden ir hacia esa zona del alma donde suelen quedarse a habitar si somos capaces de ser buenos anfitriones.
Quien lee, nunca estará desamparado y, siempre, encontrará un rebusque para ser más bueno.
Esto no tiene nada que ver con esos títulos de Ilustre que se dan por ahí a tipos que, pobres, ni saben lo que es ilustración.
Pero ahora, merced a una medida impresionante de nuestros funcionarios, repartirán libros en los estadios de fútbol (1). ¡Me parece brillante! Pero, claro, ya empiezan las cosas que te ponen piedras en el camino como Víctor Hugo que no los repartirá porque la iniciativa es de la empresa competidora a la de él. ¡Rencoroso el hombre!
Hay opiniones, en contrario, decía, porque hay tipos que son recalcitrantes. El ronco Esgunfio me comentó, el otro día, la idea ésta de distribuir libros y se me rió en la cara. Me dijo: "¿Así que la lectura para terminar con la violencia? Decime: ¿Van a repartir Crimen y cstigo?, donde el ñato ese le rompe la sabiola a la usurera? O te van a dar Misery donde la loca esa le hace bolsa las dos piernas al escritor que tiene secuestrado? ¿O te regalarán El hombre de la máscara de hierro donde a ese punto lo tuvieron guardado años con una cacerola remachada en la jeta? ¿O a lo mejor ligás Los alcohólicos donde a ese millonario le hacen la lobotomía para dejarlo turulato guardado en una clínica y afanarle la herencia? ¿Te parece que vamo'a terminar con la violencia?" Lo que el ronco Esgunfio no sabía es que los libros a repartir son cuentos sobre fútbol...
En fin, basta de pálidas. Está bien que llevemos la cultura a las gradas. La cultura para el pueblo. Recuerdo cuando mi amigo Roberto Santoro, en la década del 60, iba a la cancha (era fana de Racing) y tiraba volantes con poemas. Roberto creía que el que recogía ese volante, iba a leer los versos y se iba a olvidar de putear al referí... Utopías del bueno de Roberto...
Seguramente, como me dijo ese cínico del petiso Corneta: "Los libros le van a servir para juntarse una biblioteca y después venderla en alguna librería de viejo. Es decir, hacer guita lo que con tanto amor y dedicación le entregan los funcionarios".
Yo tengo muchas más ideas para "educar al soberano". Por ejemplo: en vez de las Diablitas o cualesquiera otras porristas, dar el primer acto del ballet Cascanueces; en vez de "La Voz del Estadio" transmitir conciertos de la Sinfónica de Londres. En cualquier momento del partido, detenerlo para que el número 2 local haga un número de prestidigitación a lo David Copperfield; en el entretiempo, los once jugadores del equipo visitante protagonizarán una escena de El conventillo de la Paloma, de don Alberto Vacarezza y el árbitro hará de apuntador. En las tribunas, mientras se juega el partido, habrá una zona donde se debatirán temas como la deuda externa, la separación de Susana Giménez, el riesgo del tabaco, la sexualidad precoz o hacia dónde mira Kirchner.
En fin, temas sobran y sería un aporte formidable para que las masas futboleras se cultiven. Esos mismos procederes habría que extenderlos al turf donde los boletos podrían venir con frases de Jorge Bucay o aforismos de Narosky y la distribución gratuita de El jugador de Dostoievski donde un tipo se amasijó a las puertas del Casino de Montecarlo porque se patinó hasta la muela de oro.
"¡Un cacho de curtura, laralaralará...!"
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(1) Esta nota fue escrita el 27 de octubre del 2003.
Imagen: Tribuna con la hinchada boquense.

2 oct 2010

Buenos Aires es tu fiesta


(De Horacio Ferrer)

Y fue un extraño laberinto,
diez idiomas, mil delirios,
gauchos, gaitas, tanos, sirios
y un milagro convivir.
Y fue un colmao de Andalucía,
de Inglaterra fueron vías,
del Japón tintorerías
y fue un toque de París.

Y fue que un día el ser porteño
fue un fanático evangelio,
prepotente como el sueño
de un planeta en soledad.
Y fue toda Buenos Aires
como un cosmos de ciudades
subyugadas por la sangre
de una mágica ciudad.

Y fue una forma de vivir,
de ambicionar y de bailar,
y tantas formas de decir: ¡amá!

Buenos Aires es la vida
que maquina en cada esquina
y un enigma que descifran
los filósofos de un bar.
Es un chiste al Obelisco
y un sainete en colectivo,
el tablón de los domingos
y la misa en el Pilar.

Es el arte de la hermosa
que trasnocha y madrugó.
Buenos Aires tiene sombras
del color del bandoneón.
Es la voz de un coliflor
disfrazado de Gardel
y es volver a enamorse
por Callao y Santa Fe.

Cuando llegues de New York,
de Hong Kong o de Madrid,
hay un bife en "Chiquilín"
y un abrazo para vos.
Volvé, mirá, soñá, ¡viví!

Es por el sur un laburante,
por el norte un viejo dandy,
y en el centro es Woody Allen
mezcla con Discepolín.
Es algún fato en Recoleta,
en Palermo una tripleta
y un rumor de feria persa
por Corrientes y Junín.

Es un menú de sabios, zonzos,
vagos, santos y mafiosos,
Locos Chávez e Isidoros
y un amigo siempre ahí.
Dice adiós en Chacarita,
dice hola en cada cita,
dice frente al curita,
dice yes y dice oui.
 Y es una forma de cinchar,
de presentir y de cantar,
y tantas formas de decir: ¡amá!

Buenos Aires se persigna
por los verdes del cambista,
por la cara del artista
que lloró en el camarín.
Es la luz en las ventanas
a las tres de la mañana,
un viejito en plaza Irlanda
y el ritual del copetín.

Es Clarín, Prode, analista,
cheques, libros y nocauts,
el mitin, Plaza de Mayo,
y la fe rumbo a Luján.
Es Traviata en el Colón
y La Yumba en el café,
"Buenos Aires es tu fiesta"
dice el verso de Rubén.

Cuando llegues de New York,
de Hong Kong o de Madrid,
hay un bife en "Chiquilín"
y un abrazo para vos.

Volvé, mirá, soñá, ¡viví!
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Imagen: Vista aérea de Buenos Aires. ( Foto tomada del sitio: enbuenosaires.com ) 

1 oct 2010

El monumento a Mariano Moreno


(De Miguel Ruffo)

En ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo y como parte de los festejos conmemorativos destinados a perpetuar la memoria de los hombres que habían protagonizado los sucesos revolucionarios de 1810, se erigieron monumentos a todos los miembros de la Primera Junta. Entre ellos el destinado a Mariano Moreno, que se encuentra emplazado en la Plaza Lorea, cuyo artista fue Miguel Blay y Fábregas y su comitente Adolfo P. Carranza, primer director y fundador del Museo Histórico Nacional.
El Centenario fue un momento muy particular. Por un lado la elite conservadora que gobernaba el país se había lanzado a conmemorar los cien años de vida independiente en una situación histórica donde la Argentina atravesaba por profundos cambios sociales y económicos como resultado del modelo agroexportador que llevaba a “La Prensa” a afirmar que la Argentina, como país joven y pujante, redimía al proletariado de los pueblos viejos posibilitando su ascenso social; y por el otro, agudos contrastes y desniveles sociales que dieron origen, sobre todo en la capital, a un combativo movimiento obrero que sembraba la preocupación en muchos miembros de la elite por lo que consideraba “la pérdida de los valores nacionales que habían encarnado en los Hombres de Mayo y de la Independencia”. Se imponía la necesidad de reestablecer el espíritu patriótico de los ancestros, de los padres de la patria, a efectos de educar cívicamente a las nuevas generaciones. En este sentido ya Ricardo Rojas había hablado de la pedagogía de las estatuas, postulando a los monumentos públicos como materializaciones de un espíritu nacional que debía imponerse, frente al agravio que significaban las estatuas que en la ciudad se habían levantado a personalidades extranjeras como la de Mazzini o la de Garibaldi.
El Centenario
ofrecía la oportunidad de sembrar el espacio público con esculturas y monumentos portadores de valores nacionales. Pero entre lo proyectado y lo realizado, a veces mediaba un abismo, sobre todo para el pensamiento de los hombres más vinculados a la comitencia de estas obras de arte. Veamos lo que escribía Adolfo P. Carranza en su diario personal respecto de lo sucedido el día que se inauguró el monumento a Mariano Moreno. “1º de octubre de 1910. Acabamos de inaugurar la estatua de Moreno, a las 3 ½ p.m. [...] Poca gente. Un regimiento y una escuela. Indigna esta conducta tratándose del más grande hombre civil de nuestro país. Debió inaugurarla el Presidente, debieron ir las escuelas públicas, ser día feriado, tener por decreto honores de teniente general. Lo que se le decreta a cualquier cachafaz que ocupa un puesto público no ha merecido el gran Moreno. Es cierto que, ¡que le importa a Figueroa [José Figueroa Alcorta, Presidente de la República] y a Güiraldes [Manuel Güiraldes, intendente Municipal] honrar la memoria de ellos! Este último es el culpable pero más por ignorancia e inconciencia que por mala fe” (1).
Obviamente los monumentos y las esculturas no son ideológicamente neutros y son un punto de entrecruzamiento de disputas en ese sentido; pero frente a la indiferencia hacia los espacios públicos, hacia la ciudad como expresión artística, bueno es que recordemos, cuando pasamos ante el monumento a Moreno en Plaza Lorea, que el secretario de la Primera Junta Gubernativa fue el jefe de la facción más radicalizada de la Revolución de 1810 y que consideraba que un gobierno era bueno en la medida en que procurase la felicidad de los habitantes de su estado y que ello requería una justa y equitativa distribución de la riqueza.
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(1) Adolfo P. Carranza:  “Diario Personal”, Libro I, folios 105-106.

Imagen: Monumento a Mariano Moreno, en la Plaza Lorea.

Un recuerdo para Dante A. Linyera


(De Epifanio Orozco Zárate)

Francisco Bautista Rímoli... Yo lo conocí antes que comenzara a popularizarse su seudónimo de Dante A. Linyera. Fue en la época de mi iniciación literaria, cuando una vocación invencible me llevaba por los caminos siempre áridos de las letras, y sólo tenía el elogio de los amigos para mis versos. Sólo años después llegó el de los hombres a quienes yo admiraba como maestros de la literatura.
En ese tiempo, con Álvaro Yunque, Gustavo Riccio, el gran poeta muerto a los veintiséis años de edad, Claudio Amoroso, Juan Guijarro, Atilio Camarota, Rímoli, Siciliano, el escultor Pedro Biscardi y otros poetas y prosistas, nos reuníamos en una especie de peña, que yo llamaría de Boedo, y que habíamos constituido en el café de San Juan y Pichincha. Si a la escasez de recursos económicos y a la falta de sentido práctico y de apego al dinero, puede dársele la definición de "bohemia", todos nosotros éramos bohemios. A Rímoli y a mí nos ocurría que, a veces, no teníamos los diez centavos para pagar el café. Él pagó más veces el mío, que yo el suyo.
Juan Bautista Rímoli, que poseía una cultura literaria superior a la que habíamos asimilado los que éramos, más o menos, de su edad, quería y admiraba,  más que a nadie, a Álvaro Yunque. A él le leía sus versos más queridos, las prosas en las que creía haber puesto mayor talento, y a él le contaba sus dificultades. Yunque, que, siempre, fue como un padre para todos nosotros, tenía, en todos los casos, la palabra sabia o la ayuda necesaria para darnos tranquilidad. Una vez me dijo que Yunque era genial; y a fe, que yo creía lo mismo.
En aquel tiempo, no obstante sus pocos años, era muy copiosa la producción que había reunido Francisco Bautista Rímoli: versos, cuentos, artículos de crítica literaria o estudios sobre temas sociales. Infinidad de temas habían sido abordados por él, y lo había hecho con talento y con esa riqueza de imaginación que le brotaba hasta en las conversaciones más triviales. En una oportunidad, cerca de media noche, cuando salíamos de la peña me dijo: "¿Tenés algo que hacer?". "Absolutamente nada", respondí. "Vamos a casa, entonces. Mientras tomamos mate te voy a leer algunas cosas. De paso, me recitás algunos versos tuyos".
Fuimos a su casa de la calle Cochabamba al 2000. Mientras se calentaba el agua fue a buscar sus versos y volvió con una pila de manuscritos que, fácilmente, podrían representar dos volúmenes de más de doscientas páginas impresas. Entre mate y mate comenzó a leer. Todos los matices de la poesía estaban allí: desde el verso humorístico y la sátira hasta el madrigal y la elegía. Tenía algunas páginas de real mérito. Sin embargo, nada de eso iba a dar celebridad a su nombre. Tuvieron esa virtud los tangos y las obras que firmó con el seudónimo de Dante A. Linyera.
La magia de sentirnos identificados a través de los versos, nos escamoteó esa noche que pasamos en la cocina de su casa. Al oír ruido, miré hacia afuera, y vi a las hermanas de mi amigo que se lavaban la cara en una canilla del patio. Me miraron asombradas de ver que, tan temprano, ya había un visitante. Eran las siete de la mañana.
Mi trabajo como colaborador de El Hogar, Mundo Argentino y algunas publicaciones de Centro América me hicieron perder de vista a mis compañeros de bohemia. Después... mientras Rímoli se convertía en uno de los fundadores y directores de La Canción Moderna, se vinculaba al teatro y a la radiotelefonía e incursionaba en las redacciones de los diarios, yo comenzaba a adquirir prestigio en el periodismo, donde, pronto, me absorbieron tareas de responsabilidad. Dejamos de vernos... Lo encontré, tiempo después, en la redacción del diario La Montaña, hasta la cual fui, algunas noches, para ayudar a un amigo, y donde él escribía admirables artículos. Luego, volví a verlo cuando ya su cerebro estaba envuelto en las sombras. En esa oportunidad, para saludarme, casi me derriba, con un golpe que me dio en la espalda.
Cuando me dijeron que había muerto no fui a verlo. Quería recordarlo siempre como yo lo había conocido: con su rostro risueño, su vivo ademán y su gesto resuelto; con esa sensación de confianza en la vida que le era tan propia.
Y así lo veo ahora, que ya se cumplen siete años (1) de su ausencia corporal, ausencia corporal solamente, porque su alma, que volcó generosamente en el fruto de su talento, está y estará perennemente en el sentimmiento del pueblo, al que legó una obra que será evocada cada vez que, como en esta ocasión, se recuerde su nombre.
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(1) Este trabajo se publicó por primera vez en 1955.
Imagen: Dante A. Linyera, seudónimo d -Francisco Bautista Rímoli. (Foto tomada del sitio: todotango). 

El avioncito de Safac


(De Ángel O. Prignano)

La publicidad aérea con humo fue iniciada en la Argentina por Siro Alberto Comi, aviador y mecánico propietario del Aeródromo Monte Grande, que en realidad estaba ubicado en la localidad de Luis Guillón, entre la actual avenida Luciano Valette (ex Fair) y las calles Luis de Sarro (ex Prayones), Bruzzone, Dora C. de Fleitas (trazada sobre el curso del arroyo Santa Catalina) y Subteniente Fox. Comi llegó a tener la representación local de la fábrica de aviones Cessna y en su aeródromo se reparaba la mayor parte de las máquinas que despegaban y aterrizaban en sus dos pistas. Con el tiempo, los antiguos hangares se convirtieron en depósitos que sirvieron al Parque Industrial Luis Guillón, cuya administración quedó en manos de su hijo homónimo.
Siro Comi nació el 25 de septiembre de 1910 en Sampacho, localidad cordobesa cercana a Río IV. Hizo el curso de aviador civil en el Aeródromo Presidente Rivadavia de Morón, donde fue alumno de José Nugoli y rindió examen el 23 de febrero de 1932 obteniendo el brevet de tercera. El examen fue fiscalizado por José Ignacio Cigorraga y Alberto Arata. Luego se asoció al Aero Club Argentino. Falleció el 1° de octubre de 1978.
Esta forma insólita de publicidad comenzó hacia fines de los años treinta y se prolongó por tres decenios. Siro la realizó hasta los últimos años de la década de 1940; luego se incorporó su hermano Aldo, quien la continuó hasta finales de los sesenta. Aldo también había nacido en Sampacho, el 23 de octubre de 1914, y dejó de existir el 12 de septiembre de 1982. Por una noticia aparecida en el diario "La Nación" del 19 de mayo de 1948, nos enteramos de que la Dirección General de Aeronáutica había otorgado a Siro Comi la autorización para realizar vuelos de propaganda en el territorio nacional, aunque con la aprobación previa de las tarifas a cobrar. Esto no fue más que la oficialización de la tarea que ya venía haciendo desde tiempo atrás.
Si bien se desplegaban campañas por todo el país, en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores tenían gran repercusión. Se aprovechaban los multitudinarios actos deportivos, como los encuentros de fútbol en los grandes estadios y las carreras de automóviles, entre otros. Pero la cosa era más íntima en los barrios periféricos. "¡Allá va el avioncito de Safac!", alertaba algún pibe señalándolo con el dedo mientras se interrumpía el picado en el potrero. Aunque existían restricciones para volar sobre la metrópolis, los Comi se las ingeniaban para hacerlo en los alrededores o sobre el Río de la Plata, con lo que se aseguraban que la publicidad fuera vista desde distintos puntos de la ciudad.
Un dato al pasar. Siro Comi le prestó un Cessna de su propiedad al piloto Miguel Fitzgerald. Con esta máquina, Fitzgerald protagonizó aquel resonante aterrizaje en las Malvinas, el 8 de septiembre de 1964. Fue el primer argentino en volar a las islas y plantar la bandera nacional.

PUBLICIDAD CON HUMO: TODA UNA NOVEDAD
En los años previos a la Segunda Guerra Mundial llegaron al país, procedentes de Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, algunos vendedores de aviones que organizaban festivales aéreos demostrativos de los aparatos que ofrecían. Una de las atracciones era el humo de colores que despedían las máquinas norteamericanas. A ellas se acercó Siro Comi, quien pudo ver y enterarse a través de los pilotos que se lograba mediante la inyección de productos químicos en el múltiple de escape de los motores. Entonces vislumbró que la novedad podía ser rentable en nuestro país.
Decidido a probar suerte, trató de adaptar aquel sistema en un biplano de su propiedad, un Curtiss Travel Air de tres plazas pintado de plateado. Ya tenía experiencia en publicidad aérea, pues venía haciendo vuelos a baja altura con la marca del artículo a promover estampada en el intradós del ala inferior. Luego de experimentar distintos productos con el fin de obtener humo blanco (los químicos que generaban colores eran muy caros), comprobó que el aceite usado era lo más económico y generaba el mejor humo. También debió encontrar el segmento del múltiple de escape donde hacer la perforación para inyectarlo. Las sucesivas pruebas demostraron que si lo hacía muy cerca del motor, el aceite se incendiaba; y si lo hacía muy próximo a la salida del caño, salía crudo y todo se ensuciaba. Así, probando y probando, encontró el lugar exacto.
Pero faltaba lo más importante: aprender a escribir en el firmamento. Para practicar le vino muy bien una bicicleta vieja que tenía en desuso. La puso en condiciones y le ató un tarro lleno de cal con un orificio que dejaba caer un pequeño chorro. Una llave manual fabricada por él mismo le permitía cortar el líquido a voluntad. El rastro blanco que dejaba la cal en el piso le permitiría comprobar si lo “escrito” se leía correctamente. Además tuvo que sortear una dificultad adicional: debía escribir a la inversa, de derecha a izquierda y al revés, como si lo hiciera sobre un vidrio. De este modo ensayó todos los virajes y movimientos hasta que logró un óptimo resultado.
Pero una cosa era escribir en tierra y otra en el aire, por lo que Siro se impuso la tarea de perfeccionar esta operación antes de largarse a ofrecer sus servicios. Volaba a una altitud de entre 2.000 y 2.500 metros, donde las corrientes de aire eran más estables. Pero no era raro que se elevase a los 3.000 metros para lograr tal armonía. Esto era fundamental para que el humo no se diluyera rápidamente, aunque a veces no se podía evitar que vientos inoportunos desdibujaran la primera sílaba de la palabra cuando aún no la había completado. Buscaba los días de cielo despejado para una mejor lectura y, en cualquier caso, la altitud del vuelo era directamente proporcional al tiempo que le llevaba concluir la escritura. Otro tema eran los puntos de referencia que necesitaba para el diseño de las letras. Las vías ferroviarias, las rutas, el trazado de avenidas importantes y la sombra de la propia escritura proyectada en la tierra se constituyeron en buenas guías.
Cada campaña de un nuevo producto era un desafío, pues implicaba ensayar todo otra vez. Al no tener comunicación radial, durante las primeras pruebas resultaba sumamente importante la opinión de los observadores en tierra, que le señalaban los defectos cuando aterrizaba. En el siguiente vuelo los corregía y así afianzaba la caligrafía, muchas veces soportando la invasión del humo en el propio habitáculo.
Siro Comi patentó su sistema luego de perfeccionarlo. Para proteger su idea y mantener en secreto el aceite usado que utilizaba, apeló al ardid de camuflarlo bajo el rótulo de “producto peligroso” que manipulaba un empleado ataviado con uniforme y guantes “especiales”.

LA YERBA MATE
La marca que hizo famoso al avioncito de los Comi fue Safac, nombre de una yerba mate elaborada. Corresponde, entonces, hacer un breve comentario de esta planta, cuyo nombre científico es ilex paraguayensis. Sus orígenes están vinculados con numerosas y bellas leyendas indígenas. En cuanto a su nombre, los guaraníes la llamaban caá-mate, por “caá”, que en su lengua significa planta o hierba, y mate, término que se supone deriva de la palabra quechua “matí” con el que este pueblo designaba a la calabacilla que usaban para beber.
El primer historiador americano, Ruiz Díaz de Guzmán, fechó el descubrimiento de su uso en 1592. Así se lo refirió a Hernando Arias de Saavedra en su historia escrita en 1612. Lo había comprobado al encontrar el polvo de yerba en las guayacas de los indios hostiles tomados prisioneros por los conquistadores. Los nativos lo guardaban envuelto en suaves y delgadas pieles de animales.
Las propiedades medicinales y estimulantes de la yerba mate eran bien conocidas y muy apreciadas por los indígenas, que la masticaban durante sus largas marchas o bebían su infusión mediante bombillas hechas con diminutas cañas. Su consumo se difundió rápidamente entre los españoles después de la conquista de estas comarcas americanas y así se inició un intenso tráfico en el virreinato de Río de la Plata. A comienzos del siglo XVII, los jesuitas radicados en la región guaraní introdujeron su cultivo en sus reducciones erigidas en territorios que hoy forman parte de las provincias argentinas de Misiones y Corrientes, y en el Paraguay. Después de la expulsión de la orden, tales yerbatales fueron abandonados y hasta se perdió la tradición de este cultivo.
Le correspondió al médico y naturalista francés Aimé Goujaud (Bonpland) iniciar los estudios científicos sobre esta planta. Hacia 1820 visitó el Paraguay y recorrió sus yerbatales, pero fue tomado prisionero y confinado al interior del país ante el temor de las autoridades de perder el monopolio que ejercían sobre su cultivo y comercialización. Recién fue liberado en 1829 por las gestiones de Alejandro Humboldt y el gobierno de su patria.
En 1896 y luego de muchos intentos, Federico Neumann logró obtener la germinación de semillas. La experiencia fue desarrollada en la colonia Nueva Germania situada a orillas del río Aguaray Guazú y en 1901 obtuvo un producto elaborado con plantas de cultivo. Esta práctica propició, dos años más tarde, una plantación de importancia en San Ignacio, Misiones, junto a los edificios jesuíticos –ya en ruinas– que habían sido testigos del florecimiento de esta actividad en tiempos pasados. Pero el impulso y verdadera expansión del cultivo de yerba mate en nuestro país se inició en 1911 y fue creciendo rápidamente a través del otorgamiento de tierras fiscales. Así se fueron formando pequeñas y grandes fincas, algunas de ellas enormes, como también importantes establecimientos industriales para su selección, elaboración y fraccionamiento.
En las pulperías se la vendía suelta. Luego aparecieron las bolsas de 15 y 30 kilogramos que compraban los almacenes para despacharla también al menudeo. Estas bolsas valían también para cuarteles, hospitales y otras dependencias oficiales que las utilizaban para preparar el mate cocido. Al mismo tiempo llegaron los cilindros de tela con base y tapa de madera. Estos discos de madera eran utilizados por los pibes como ruedas de rudimentarios carros que fabricaban con cajones de fruta. Los envases de tela coexistieron un tiempo con los de lata que mostraban multicolores ilustraciones, pero los de lata terminaron por imponerse. Más tarde llegaron los envases de papel que hoy conocemos, aunque algunas marcas hasta se atrevieron nuevamente a las latas.
En los años cincuenta existieron numerosas marcas que despachaban los almacenes de barrio, algunas de ellas ya desaparecidas: Rigoletto, Salus, Cruz del Sur, Gato, Apipé, Pájaro Azul, Piporé, Escarapela, Perbo. Otras han subsistido en el tiempo y hoy se exhiben en las modernas góndolas de los súper e hipermercados: Flor de Lis, Cruz de Malta, Nobleza Gaucha, La Hoja.
Una de las más recordada entre las que ya no existen es Safac, sigla de la empresa que la elaboraba, la Sociedad Auxiliar, Fabril, Agrícola y Comercial, perteneciente al grupo Bemberg. A mediados de la década de 1940 tenía domicilio en Cevallos 1473 y en la siguiente en Tronador 71. La publicidad gráfica de este producto mostraba una simpática negrita portando un paquete de yerba; en otras se la veía junto a varios paquetes de yerba de distintos tipos y calidad. En una se la ve saludando con un pañuelo al avioncito.
En tiempos del gobierno del general Perón, algunas de las empresas del grupo fueron acusadas de “fraude y actividades lesivas del bien público”, por lo que en 1948 se les quitó la personería jurídica y cuatro años más tarde las adquirió el Estado. Por último, en 1959 fueron restituidas a sus dueños.

GRAN CAMPAÑA DE SAFAC Y OTROS PRODUCTOS
Los fabricantes de la yerba mate Safac decidieron iniciar una campaña nacional para promocionar el producto. Pensaron que un gran golpe de efecto sería la publicidad con humo que hacía Siro Comi. Entonces dieron comienzo las giras pueblo por pueblo, principalmente en la provincia de Buenos Aires. El avión era precedido por el corredor que ofrecía el producto a los almaceneros y el camión o el tren lo entregaba. Las radios y “propaladoras” callejeras difundían ampliamente la posibilidad de un vuelo de bautismo en el “avioncito de Safac” para aquellos felices poseedores de los cupones incluidos en los paquetes de yerba, obviamente en número reducido. La campaña resultó un éxito; los consumidores compraban paquetes “al por mayor” entusiasmados por tal posibilidad. Y cada pueblo esperaba la llegada del avioncito, que a falta de buenas pistas bajaba donde podía, generalmente campos y caminos de tierra.
Siro hizo campañas sólo para Safac. Como ha quedado dicho, a la tarea se agregó su hermano Aldo, que rápidamente aprendió todos los secretos de la actividad. Utilizó un monomotor Cessna matrícula LV-NGO de fuselaje de aluminio con el capó pintado de verde y dos rayas del mismo color en el fuselaje. Tenía alas enteladas pintadas de plateado y llevaba un depósito de 200 litros para el aceite quemado.
Volaba por todas las provincias continuando las campañas publicitarias de Safac. Luego se agregaron las de Geniol, General Electric, Saccol, Pepsi, Odol, crema Nivea y la agencia de automotores Sergi, entre otras. La marca Safac era escrita tanto en letra de imprenta como en cursiva. El logotipo de General Electric en cursiva. Las demás marcas sólo en letra de imprenta. Para dar una idea de las dimensiones de estos frágiles anuncios desplegados en el aire, digamos que a 3.000 metros de altitud, el palote de la pe inicial de Pepsi medía 600 metros.
Cuando Aldo Comi dejó de hacer este trabajo se registraron algunos intentos de otros para continuarlo, aunque fueron tenues y sin éxito. A partir de entonces nunca más se vio la pequeña máquina voladora haciendo piruetas en el firmamento de Buenos Aires. La fascinación que estos vuelos ejercían en nuestras mentes infantiles era notable. Todos nos quedábamos mirando la estela blanca flotando en el aire hasta que desaparecía arrastrada por los vientos. Y nos preguntábamos: ¿cómo lo hacen?
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Imagen: Afiche de época.