11 ene 2013

Villa Modelo




(De Diego A. del Pino)

Del otro lado de la Estación Las Catalinas, se encontraba otro núcleo urbano: Villa Modelo. Entre los dos incipientes poblados sucedía algo frecuente todavía: había una cierta rivalidad entre ellos. El tema de la cuestión: ¿cuál era más progresista?... En términos más absolutos: cuál era más importante?... Espinosa situación que no era óbice para que la vida diaria prosiguiera afanosa, tranquila, como en un lugar de descanso, ni para que hubiera noviazgos entre “ciudadanos” de ambos lados de la estación, o se concluyeran negocios interesantes.
Pero históricamente hablando, es cierto que Villa Catalinas es más antigua que Villa Modelo. En la primera se levantó la iglesia en 1891 y la plaza “Esteban Echeverría”. Pero esto no quita mérito al otro sector –hoy Villa Urquiza también– que creció originariamente en los terrenos del señor Chas, por la calle La Pampa.
En 1895, Villa Modelo estaba separada de la Estación Las Catalinas por un terreno de unos 300 metros de ancho, que pertenecía a don Santiago Roland. Debido a esto, había que rodear estas tierras para cruzar y llegar a la calle Corrientes (Nº 8 y luego Triunvirato), o a la avenida De la Libertad (hoy avenida De los Constituyentes, y antes Calle de la Legua).
Esta villa era muy pequeña, ya que tenía alrededor de 14 manzanas, en contraposición con las casi 60 hectáreas de su vecina, y en 1895 eran sus límites: calle Nº 6 (Bucarelli), Moreno (La Pampa), Corrientes (Triunvirato), Olazábal (calle Nº 1), Bauness, y calle Nº 2. La rodeaban las ya nombradas tierras  del vasco francés
Roland, las de la familia Chas (origen del actual barrio Parque Chas), y las de Dolores Sebastini, Francisco Munita, Cabral y Echegaray.
A los siete años de la fundación de la vecina villa, el núcleo urbano de Villa Modelo (denominación interna que no prosperó), contaba con escasas  viviendas, a tal punto que en las catorce manzanas de tierra que constituían su ámbito específico, sólo había doce casas. En aquellos lugares habitaba Pedro Delponti, con tierras que se extendían desde Andonaegui hasta Bauness y desde La Pampa hasta Juramento, es decir unas cuatro hectáreas aproximadamente, así como fracciones entre Monroe, La Pampa, Triunvirato y Andonaegui.
Otro vecino, apellidado Sáenz, ocupaba extensos terrenos, consignados en los planos de la época como ubicados entre Triunvirato, La Pampa, Ávalos y Juramento. El resto de la villa estaba constituido por quintas, hornos de ladrillo y alfalfares.  
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Imagen: Plano de 1895 de Villa de Las  Catalinas y de Villa Modelo, hoy barrio de Villa Urquiza.
Tomado de su libro El barrio de Villa Urquiza.

7 ene 2013

José María Gatica



(De Isidoro Blaisten)

Se tomó un colectivo
y se bajó en la muerte.
Se dejó olvidado
un arlequín pequeño.

Pero llevó un cajón de lustrabotas y un banquito
y ahora está lustrando los zapatos de Dios.

Previamente le sacaron el corazón
y lo metieron en un guante.
Lo dejaron colgado de un árbol
en una calle de barrio.

No fue el último match
porque aún sigue peleando
disfrazado de lord
y cascando a los ángeles.

Por las noches del cielo
habla con mazorqueros
o se queda mirando
como una botella vacía para adentro.

Entonces gasta todo lo que gana
y tomándose el alma del único mateo
quiere llegar pero olvida la calle
e irremediablemente baja equivocado.

El mateo se va
y él se queda en la muerte.
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Foto: José María el "Mono" Gatica.
 Del poemario de Isidoro Blaisten: Sucedió en la lluvia, Stilcograf, Bs., As. 1965.

Cartoneros, los sin retorno



(De Gabriela Sharpe)

 La recolección informal de residuos es hoy una industria que mueve unos 450 millones de pesos al año, aunque cálculos no oficiales hablan de hasta 700. Un mundo de precaria legalidad queda al desnudo. En la década del 60, Antonio Berni pintó una serie de cuadros con personajes como Juanito Laguna y Ramona Montiel.

Juanito nació en Villa Cartón, allí trabaja juntando basura, recorre los chatarreríos, se baña junto a su perro en los charcos que se forman al costado de los basurales, juega a la bolita, remonta su barrilete, pesca, aprende a leer. Ramona llegó desde el interior en busca de un mejor porvenir. Fue sirvienta, obrera, prostituta y hasta tuvo un amante. Sin embargo, tanto Juanito como Ramona nunca dejaron de soñar con una vida más digna.
Juanito Laguna y Ramona Montiel conforman dos arquetipos de los tantos pobres que tomó Antonio Berni de sus recorridas por las calles de Buenos Aires para llevar a cabo su proyecto cultural y político de reivindicación del oprimido.
Berni murió en 1981 y no llegó a conocer a los hoy denominados "Recuperadores de Residuos", más conocidos como cartoneros.
A partir de la crisis producida en el 2001 aparece un nuevo actor en la escena social: el desocupado que ante la falta de empleo se convierte en cartonero. Esta denominación viene del hecho de que la recolección de papeles y cartones es la modalidad más difundida dentro de esa actividad ya que existen muchos acopiadores que se los compran debido a que la industria del papel, hoy día, está muy desarrollada.
Recorren cada noche la ciudad para hacerse de lo que otros han desechado en un país donde más de la mitad de los 36 millones de habitantes vive en la pobreza y 21,5 por ciento de las personas en edad de trabajar no tiene empleo.(1)
El trabajo de la basura -que empieza con los cartoneros y la recolección y clasificación de los materiales, continúa con los acopiadores y termina en las empresas de reciclado-,es un mundo de precaria legalidad donde quedan al desnudo: el trabajo infantil, la vulnerabilidad y alta exposición a focos infecciosos, la falta de empleo, entre otros.
El kilo de cartón vale cerca de 20 centavos al pie del carrito, un kilo de PET (botellas de gaseosas, plásticos en general) se puede vender a un acopiador por 40 centavos el de color y 60 el transparente, mientras que el camionero que los trae a Capital se queda con un 20 por ciento del material y les gestiona las ventas.
En el Gobierno de la Ciudad admiten no tener cifras exactas no sólo de los cartoneros que hay en las calles porteñas sino tampoco de la dimensión del negocio y los millones que se facturan. En plena crisis del 2001 se calculaba que había unos 40.000 cartoneros en actividad; hoy se habla de 20.000, pero el gobierno reconoce sólo a los más de 6000 (en otra época llegaron a ser 9000) que están actualmente anotados en el Programa de Recuperadores Urbanos (PRU). Llegan en tren, camiones o a pie y el 70 por ciento vive en la provincia.(2)
Ante la falta de cifras oficiales serias, en la Universidad de General Sarmiento se realizó un relevamiento de datos con una proyección por la que se calculaba que cerca de 25.000 recolectores recorrerían el área metropolitana, y por lo tanto, cerca de 100.000 personas vivirían directa o indirectamente de la basura en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Según este mismo estudio el 50% de los cartoneros habían sido trabajadores asalariados industriales o de servicios que cayeron en la desocupación y adoptaron esta actividad como estrategia de supervivencia.
El trabajo de los cartoneros empieza al atardecer, ya que deben anticiparse al recorrido de la empresa de recolección oficial. Recorren la ciudad de diferentes maneras dependiendo de los medios a su alcance y de las rutas de clientes que, con el tiempo, hayan construido. Juntan todo el material inorgánico (papel, cartón, vidrio, plásticos, etc.), desechando lo orgánico.
Ahora bien, la distancia, la duración del recorrido y la capacidad de recolección están especialmente vinculadas con el medio de locomoción del que dispongan. Teniendo en cuenta que los recorridos con carro a pie tienen una extensión de 6 a 9 km y demoran de 2 a 4 hs; los de carro a caballo recorren de 10 a 15 km, en 4 a 8 horas. En cuanto a la capacidad de recolección, el carro a pie permite transportar hasta 200 kilos, mientras que el tirado a caballo cerca de media tonelada, según un trabajo publicado por la consultoría CEDES.
La cadena del reciclado cuenta con diferentes actores sociales que no dejan de relacionarse con el cartonero, entre ellos se encuentran los intermediarios, chatarreros y acopiadores e industrias recicladoras.
El primero de ellos es el vecino, es el que produce la materia prima con la que trabaja el cartonero, es decir, los residuos.
El segundo actor social es el chatarrero o dueño del depósito, son los acopiadores pequeños, que acumulan los residuos para venderlos a las industrias recicladoras. Los precios los ponen los chatarreros y su importancia es fundamental ya que constituyen el eslabón de unión entre la actividad informal (los cartoneros) y la formal (la industrial).
Hay una diferencia importante entre los pequeños y grandes acopiadores que radica en la capacidad financiera de soportar los cheques a largo plazo de las industrias recicladoras.
El último eslabón de la cadena de reciclaje es la industria, la cual condiciona en última instancia el sistema de reciclado informal, determinando qué, cuánto y a qué precio compra los materiales.
El cartonero ya es parte del paisaje de la ciudad, es consecuencia de la política neoliberal que deja al margen a millones de personas. Son los excluidos del sistema, en peores condiciones que el marginado Juanito Laguna, de Antonio Berni, porque no tienen retorno. Son los "nietos de aquellos obreros que fraguaron esa categoría llamada clase obrera peronista", según los define en su último libro el escritor Eduardo Anguita.
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(1) Datos estadísticos del año 2007.
(2) Ibidem.
Imagen: Cartonero en la noche de la ciudad.
Trabajo tomado de la página www.buenosairessos.com

6 ene 2013

El gordito en el "Marabú"



(De Alfredo de la Fuente)

Estaba indeciso y preocupado luego de llamar por teléfono a representantes artísticos, algunos músicos, tres o cuatro amigos...  El problema persistía. Se había quedado sin orquesta y la casa no podía funcionar así, absurdo, un cabaret sin orquesta, nada menos que el “Marabú”. A quién recurrir, encontrar algo a tono a esa altura del año; todas las conocidas estaban contratadas, tampoco meter una “rascada”,  aquello no era el bajo o la isla Maciel, el lugar tenía su prestigio, pleno centro, Maipú casi Corrientes, zona milonguera por excelencia, rodeado de buenos restaurantes, teatros de revista: debía solucionar esto.
El gerente se levantó de su escritorio. Decidió salir a la calle a tomar fresco, a ver si se le ocurría algo. Cruzó la pista de baile solitaria frente al bar. Qué extraño parecía el cabaret en aquel momento. Dentro de unas horas (serían las seis de la tarde) todo comenzaría a funcionar: los barman, los mozos, las mujeres...  Luego el ruido, el baile, después el show...  El brillo, la música, el fulgor de la noche porteña hasta ir arribando el amanecer.  Pero no era porque sí, él debía vigilarlo todo, atender la marcha de esa compleja y ardua maquinaria sin descuidarse nunca.
Subió las escaleras y salió a la calle.  Mecánicamente caminó hacia Corrientes y se metió en el “Suárez”. Se arrimó al estaño a tomar una copa y lo vio sentado a una mesa de la ventana: el gordito aquel que tocaba el bandoneón, ¿cómo era que se llamaba? Lo saludó y el músico le hizo ademán de compartir su mesa. Se acercó, le dio la mano, se sentó. Sin casi darse cuenta se encontró contándole su problema. El otro lo escuchaba asintiendo con la cabeza comprensivamente. Necesitaba contárselo a alguien. Al cabo de un rato calló, se quedó mirando la calle Corrientes por la vidriera.
El gordito siguió observándolo por unos instantes; luego dijo: “A lo mejor se puede hacer algo...”
–¿Se puede hacer qué?, ¿qué se puede hacer a esta altura?, no hay nadie, todos los que sirven están trabajando...   
Le preguntó: ¿Cuánto tiempo tiene?
–Unos veinte días como máximo; ¿a quién engancho en quince días, a quién, me querés decir?...
El gordito lo seguía observando pensativo, casi cautelosamente, al tiempo que le decía: “Poray se puede armar algo...”
El gerente dejó de mirar la calle y lo semblanteó como si recién lo viera; en realidad había estado hablando solo, monologando como quien dice, por desahogarse.
–¿Podés conseguir una orquesta?
–Creo que puedo “formar” una orquesta.
–Estás loco, vos...
 –Con probar... Perdido por perdido...
Decían que era buen fueye. Había estado con Vardaro, con Julio De Caro. Pero de ahí a formar una orquesta en menos de veinte días y para tocar en el “Marabú” nada menos... Pero tenía razón; no había alternativa.
–Dame nombres…
–Tengo que ver... Podría ser Orlando Goñi al piano.
–Bien. ¿Qué más?
–Lo puedo hablar a Rodríguez Lesende.
–¿Te creés que va a agarrar¿ Está laburando en “Lucerna”, aquí en Suipacha.
–Bueno, tengo que pensar. Fueyes podrían ser Fiore, mi hermano...
–¿Una orquesta, eh?, no un conjuntito. Doce, quince músicos, un cantor: si no es Rodríguez Lesende, otro, aunque sea un estribillero.
–Está Amadeo; lo vi por acá.
–¿Quién es?
–Amadeo Mandarino.
–Dale, metele ligero, teneme al tanto.
Llamó al mozo y pagó. Era un lance, una posibilidad.
Vertiginosamente, a partir de aquella tarde, su accidental interlocutor se puso a la tarea. Algunos tenían teléfono, a otros los encontraría en los cafés.
Rodríguez Lesende tenía contrato hasta el verano; descartado. Una pieza clave sería entonces Fiorentino; había que pensar en el vestuario: Fiore era sastre, bandoneonista, cantor... y estaba desocupado. Sería estribillero y bandoneonista, como en muchas orquestas en que el cantable lo cubría un músico y así salía más barato. Dos fueyes, Rodríguez y Yabitelli aceptaron; también Orlando, ya estaba el pianista. Habló con Fassio, contrabajista, que se ofreció a consultar a Stilman, Nichele y Sapochnik, violines...
Cuando el gordito se apersonó en el “Marabú” para decirle que ya estaba casi listo, no lo podía creer: en pocos días había armado la orquesta. Quiso asistir a los ensayos. Al final se convenció; ninguna “rascada”, un buen trabajo.
–¿Se animan a empezar en pocos días?
–Dénos tiempo para seguir ensayando.
–Fiorentino en bandoneón y estribillos...
–No, cambiamos de idea. El cantor es cada vez más importante. La línea de fueyes ya está.
La noche del primero de julio de mil novecientos treinta y siete, en la semipenumbra del mostrador, el hombre escuchaba el debut de la orquesta del gordito Aníbal Troilo, que por lo menos lo sacara de apuro. Y si la cosa no andaba, tenía más tiempo para arbitrar otra solución. ¿Cómo se llamaba eso que tocaban?  Ah, sí: “Tinta verde”.
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Imagen: La agrupación de Aníbal Troilo en su debut en el “Marabú”. (Foto tomada del blog: nestorscalone.blogspot.com)

5 ene 2013

Las inundaciones en Buenos Aires



(De Osvaldo Guerrica Echevarría)
  
Buenos Aires se inunda ante cada lluvia copiosa. La ciudad colapsa y miles de vehículos quedan imposibilitados de seguir su camino, cientos quedan flotando, las cámaras transformadoras de corriente eléctrica quedan anuladas, miles de vecinos quedan sin electricidad, hay calles que se convierten en ríos. La ciudad se paraliza.
Los funcionarios dicen que eso se debe a las maldades de la madre naturaleza, a que los vecinos sacan la basura fuera de hora o que los adversarios políticos se dedican a tapar lo sumideros para provocar el caos. Por su parte, algunos de esos adversarios políticos aventuran que el oficialismo no ha hecho todas las inversiones necesarias en infraestructura y que no se ha cumplido con las megaobras proyectadas para acabar con "el flagelo de las inundaciones".
La realidad es que los vecinos y circunstanciales ocupantes de la ciudad somos convidados de piedra ante un escenario preparado para que se produzcan esas inundaciones. Los funcionarios y "los emprendedores" inmobiliarios lo vienen preparando desde hace muchos años; los vecinos, desde entonces, estamos tratando de pararlos.
¿Qué ha sucedido en Buenos Aires en los últimos 50 / 60 años para que cada vez sean más graves las consecuencias provocadas por una lluvia copiosa?
Sucedió lo siguiente:
a) se prolongó, hasta en más de 500 m de su lugar original, la desembocadura de los cinco arroyos que desaguan sobre el Estuario del Plata (mal llamado río).
b) se impermeabilizó la mayor parte de la entonces superficie absorbente de la ciudad con nuevas construcciones.
c) se redujo sensiblemente la cantidad de espacios verdes, tanto públicos como privados.
d) se construyeron edificios en altura indiscriminadamente en casi toda la ciudad, pero principalmente en las zonas cercanas a la costa (Puerto Madero, microcentro, Retiro, Recoleta, Palermo, Belgrano, Núñez).
e) en la normativa constructiva de las zonas más densamente pobladas se eliminó la obligatoriedad de mantener el pulmón de manzana absorbente.
f) por obra de sucesivas repavimentaciones, el nivel de las calzadas ha sido elevado ostensiblemente.
g) existen barreras físicas, que separan zonas inundables de terrenos absorbentes (paredones del ferrocarril).
h) los conductos de desagote pluvial que conducen hacia los arroyos entubados, quienes finalmente desaguan en el estuario, transportan también líquidos cloacales y efluentes industriales.
¿Cuál es el efecto de esta permisiva intervención sobre el cuerpo vivo de la Ciudad? ¿Cómo influye cada una de estas circunstancias, potenciando los efectos de una lluvia?
a) los arroyos de llanura, como los que atraviesan la Ciudad de BuenosAires, y que entubados han sido convertidos en pluvioductos, tienen muy poca pendiente y por lo tanto poca velocidad de escurrimiento. Si alegremente se prolonga su desembocadura con rellenos sobre la costa, el escurrimiento de las aguas se retarda sensiblemente (a mayor alejamiento de la costa original, mayor tiempo de desagote de los conductos). La costa de la ciudad ha sido rellenada históricamente en una superficie que casi llega a los 40 Km cuadrados y la desembocadura de los arroyos ha sido prolongada hasta en 500 m. Este tipo de tareas continúa en la actualidad para ejecutar las ilegales obras de ampliación del Aeroparque Jorge Newbery.
b) el auge de la construcción en propiedad horizontal, ya sea entre medianeras o en edificios de perímetro libre (torres), eliminó la existencia de terrenos privados absorbentes.
c) durante el siglo XX se redujo la cantidad de espacios verdes públicos en más de 50 hectáreas. Esto, además de ser un perjuicio directo a la población porque se le eliminó la posibilidad de su disfrute, se constituyó en una sensible pérdida de superficie absorbente.
d) las fundaciones de los edificios en altura implican excavaciones muy profundas que sobrepasan largamente las dos primeras napas de agua. Es a través de estas napas, que los terrenos aún absorbentes acumulan el agua y la envían al estuario. La red de bases de hormigón construidas, constituyen -subterráneamente- un verdadero dique a la evacuación de las aguas de lluvia, retrasando y muchas veces impidiendo el escurrimiento. Este efecto es conocido como el "endicamiento de la napa freática".
e) Los códigos indicaban la existencia de un "pulmón de manzana absorbente". Esta obligación dejó de existir y desde hace más de veinte (20) años se permite construir sobre planta baja en cada parcela, perdiendo así, el pulmón de manzana, su condición de permeabilidad.
f) las calles de la ciudad estaban empedradas en un nivel por lo menos 20 cm por debajo de la vereda. Las sucesivas pavimentaciones y repavimentaciones sobre el adoquinado original ha invertido esa relación; las calles (salvo la cuneta de hormigón) han quedado más altas que las veredas, facilitando así la inundación inmediata de éstas.
g) los largos y continuos paredones que rodean los antiguos predios ferroviarios siguen existiendo, a pesar de que su eliminación haría desaparecer una barrera física entre el agua de las zonas inundadas y un gran sector de superficie absorbente.
h) una parte significativa de la sección útil de los pluvioductos, es utilizada desde hace más de veinte (20) años por líquidos cloacales y efluentes industriales no tratados, ya que la red cloacal está colapsada desde entonces y no existen plantas de tratamiento de efluentes. Esto hace que, no sólo se reduzca la posibilidad de evacuación rápida de las aguas de lluvia, sino que estos líquidos altamente contaminados, descarguen "en crudo" en nuestro ya contaminado estuario.
Todo esto es sabido y reconocido por profesionales y técnicos de diversa extracción, pero dirigentes políticos y funcionarios siguen proponiendo megaobras de transporte, almacenamiento y evacuación de aguas de lluvia (como el peligroso proyecto de los túneles aliviadores del Maldonado) que significan gastos extraordinarios -aún con endeudamiento externo- pero sin contemplar la posibilidad de parar de construir, parar de impermeabilizar y proceder a ejecutar proyectos vecinales como son los de generar nuevas tierras absorbentes en los predios del dominio público del Estado Nacional dentro de la ciudad (ferroviarios, militares, ex Mercado de Hacienda, que suman más de 300 hectáreas) y construir un lago regulador sobre la ex playa ferroviaria de Palermo.
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Imagen: Aspecto de una de las frecuentes inundaciones en el barrio de Belgrano; en este caso la esquina de avenida Cabildo y la calle Blanco Encalada.
Nota tomada de www.mibelgrano.com.ar

4 ene 2013

El lado tanguístico de José Portogalo



(De Hilda Guerra)

Tratar de desentrañar el alma de un poeta o analizar la poesía es una tarea difícil y apasionante al mismo tiempo. Entramos a un mundo lúdico y misterioso. Los laberintos imaginarios también se adueñan de nuestro sentir y creemos aprehender la verdad, lo que no deja de ser irrelevante. En el juego de imaginar siempre quedan dudas. Por otra parte así debe ser. Lo importante al leer un libro es lo que modificamos de nosotros mismos después de transitar sus páginas. A veces nos identificamos con un solo verso o comprendemos que esa cortina era la que queríamos descorrer pero no lo sabíamos.
Si a todo esto se le suma ahondar en nuestra expresión ciudadana, se complica
mucho más, pero se le agrega un atractivo de yapa.
En principio para intentar ver el costado tanguístico de José Portogalo vamos a aproximarnos a poetas y letristas. Aunque lo uno no invalida lo otro.
La primera pregunta que surge es cuál es el límite que separa el verso que puede ser cantado del poema. Con qué sutil centímetro medirlo. En los vericuetos del tango entra además la identidad surgida de los barcos. Teniendo en cuenta que esa mixtura dejó como saldo un sonido salvaje atado a recuerdos hondos.
Es una música esquiva que para acceder a ella nos arroja a un abismo. Con el fin de que nos miremos desde nuestras propias cavernas.
El letrista sabe relacionarse con músicos y es más verboso en la tertulia. El poeta es más tímido, posee una sicología más escondedora. En tren de elucubraciones podemos pensar que el primero está dispuesto a hacer amansadoras en lugares por aquellos frecuentados, para entregarles sus versos. Pero no siempre es así. Además se puede escribir la música y después la letra y otras exactamente al revés. Aquí surgen más preguntas: ¿por qué algunos escriben tangos y otros le conversan al tango?
Es como si sólo orillasen ese misterio. Muestran el esqueleto de una idea y se guardan el corazón de la misma.
Tampoco podemos obviar el papel definitorio que ejerce la aceptación popular Ese beneplácito influye incluso en obras sucesivas.
 La cancionística tiene sus reglas. Es más fácil acceder cuando un letrista puede ofrecer variedad y cantidad en cualquier momento. Los puntos de vista varían de acuerdo a las modas; aún en épocas de marcaciones libres. Pero existe un ritmo musical, pautas sutiles y sobre todo una sencillez y síntesis que la hace más vulnerable al tratamiento.
Sin embargo no podemos deducir que José Ananía, el italiano nacido a principios de siglo, que adoptó el seudónimo de José Portogalo se quedó en lo simbólico del género, o que le hayan faltado modelos métricos para la definición del 2 x 4. El poseía dominio de las estructuras, las formas, los metros y los ritmos.
Portogalo echó nuevas raíces en Buenos Aires y sus barrios y gentes fueron su constante inspiración. Se desprende que tuvo mucho por decir y no quiso manejar extractos. Tal vez un exceso de respeto a pesar del apronte. Un desmedido celo en el territorio y un abrirse luego al coloquio configuran el resultado de Letra para Juan Tango (1958).
Si nos atenemos a su primera obra, Tregua (1933),editada a través de la editorial del grupo de Boedo "Claridad" ; no se aparta de los modelos tradicionales y sólo en Tumulto (1935) con el que obtuvo (no sin escándalo) el premio Municipal, rompe el cuño y la tonalidad. Esta segunda colección de poemas tuvo ilustraciones de Demetrio Urruchúa. El mundo cotidiano, los personajes laburantes, el quehacer diario son retratados, pero es el recuerdo de la infancia la que lo conmueve. En uno de los poemas de esta selección se pregunta: "¿Qué voz es la que pule mi garganta de niño?" Su poética dará siempre respuestas a esta pregunta. Tendrá luego una concepción menos esquemática, la del "realismo romántico" así definida por Raúl González Tuñón. En la que pueden inscribirse César Tiempo, Nicolás Olivari y después Mario Jorge de Lellis. Ya en su libro inicial define su ambición: "Junto a mi corazón que era una brasa,/ creció este anhelo mío de alcanzar la suprema/ maravilla del arte en un poema". En esta entrega también une los dos pueblos,costumbres y cultura.
Otros de los puntos a considerar en la poética de José Portogalo, es la asimilación lingüística, ya que la lengua materna era otra. Asumió un idioma que si bien es consanguíneo del latino natal, no ha sido el de sus primeros balbuceos. Con qué facilidad captó la lengua. No es ajeno a esto el amor que le inspiró esta ciudad, sus recovecos y sus habitantes con todas sus obsesiones. El supo poner en claro el bosquejo que cada uno lleva dentro y darle acción a la palabra de los que la tienen vedada. No hay que olvidar que en cada hombre hay un poeta escondido. Supo de entrada que lo que hacía era un acto de solidaridad histórica y puso en práctica esta retentiva que vuelve de nuestros ancestros para insertarse en el futuro.
Cómo iban a alcanzarle los dos minutos de un tango para denunciar: "Disculpadme, compañeros poetas, este cartel sin Poesía/ Pero hay hambre en el mundo, hambre en las bocas del mundo./ Y yo tengo un par de gritos violentos y unas ganas tremendas de vivir".
Las expresiones folclóricas muestran el sentir de un pueblo y el tango expresa la modalidad ciudadana; no podía limitarse si además de su procedencia le inquietaba el mundo, artistas nacidos en otras latitudes y su problemática. Baste recordar su homenaje a García Lorca en el libro publicado en 1937, Centinela de sangre: "Ay Capitán de palomas, / ay, niño, qué niño, y ángel./ Pienso que un bosque de estrellas/ madura, fiel, en tu sangre./ Oh, Capitán de palomas:/ ¡qué frío, qué duro el aire!/ Y tú mezclado a la tierra/ con la raíz de los árboles,/.
La técnica literaria no tiene secretos para Portogalo, así como la fineza de su oído musical. La diversidad se manifiesta alternando romances y sonetos, ¿podía escribir letras o no?
Toda poesía encierra un enorme compromiso, el que la aborda está en crisis permanente y ésta se somete a los riesgos inequívocos del pacto latente. Ese que lo acompañó siempre. Es una épica que no soslaya personajes marginales sin perder lirismo. No busca efectos, están enraizados a su sentir, con hondura que estremece por lo simple.  En Ronda de pordiosera  que pertenece a Canción para el día sin miedo (1939), a un reclamo de ésta le canta el coro de los pájaros "Ronda la ronda que ronda ronda./ Levanta el río sus verdes aguas./ La vida tiene color de espacio,/ polen y rosa como la infancia".
Los críticos, con certeza, lo han ubicado dentro de una línea social, comprometida y militante. Heredera en buena medida del "Grupo Boedo".
La poesía como un buen vino hay que beberla lentamente, y con Portogalo sólo en una relectura podemos cumplir con este precepto. La primera vez lo hacemos con el énfasis que él transmite.
Al poeta que le gana el letrista sabe ubicarse sin vueltas y va directo al objetivo. Aunque a veces falte profundidad. Es bueno sincerarse en esto. En oportunidades no poseen giros poéticos que definan un cuadro de situación,otras se cae en el grotesco. Portogalo prefirió pasear detenidamente por su verbo a Juan de Dios Filiberto, la milonguita, la parda Flora, la turquita, el coro barullero de Triunvirato y Canning, Villa Crespo con su vereda de potreros. Sin olvidarse de la cuna de gorriones que albergaba el Maldonado, ni el lustrador de pisos para el baile: “/El Mocho virutea los ladrillos/ para hacerte más plástico, más que fresco/ en la danza que suelta tu glicina de patio./
Apelaba al discurso con un grito sostenido. Construyó una poesía huracanada por la belleza de las cosas puras. Ensalzó un tango que se empeñaba en ser taita y era "gajito de cedrón" y fue siempre fiel a su origen y al poeta de barrio del que se nutrió.
En Mundo del acordeón, editado en el año 1949, proclama: "¡Lindo el tango que tenía entonces asomos fieros!" y retrata con soltura: "era luz en entreveros de abultada picardía", para monologar interiormente: "su corte que, a lo porteño, con la fama se tuteaba". A este libro pertenece también la sentida oda elegíaca del padre que llevó una aurora en los hombros.
Letra para Juan Tango lleva el sello del año 1958 y en su canto no falta ninguna imagen de la ciudad. Ningún personaje que no esté emparentado con la expresión ciudadana. Es una postal de recuerdos con sus cafés fileteados, sus plazas, sus peringundines, su pan negro y el blanco. El ganado con el sudor de la frente y el birlado. El Morocho del Abasto, aquél que tiene carne y hueso de pueblo en su garganta y calandria matutina sobre su hombro.
El solía expresar que la poesía tiene muchas caras, y una de ellas es sin duda la que necesita ser musicalizada.
Una moneda efectivamente tiene dos caras. Una puede tener inscripto un verso que un día por obra de algún músico se convierte en canción o viceversa.
Intuyo que de todos los epitafios de José Portogalo el que más le cabe es: "Mi epitafio es la letra de un tango sin posdata"; y prefiero guardar sus palabras:"Pero amigo, a mí se me hace/ que el tango nació en el mismo/ corazón de Buenos Aires/ ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De qué sitio?/ No le hace..."
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Imagen: José Portogalo, dibujo de Juan Carlos Castagnino.

3 ene 2013

Acerca de la suerte y "el tarro"



 (De Luis Alposta)

El estudio de las voces lunfardas no sería completo si no se incluyesen también el de muchas frases populares. Es que el lunfardo, además de la creación y recreación de palabras, recurre, muchas veces, a locuciones o frases que le son propias. Estas locuciones o frases pueden estar formadas con términos lunfardos, pero no necesariamente es así. Con mucha frecuencia, suelen estar constituidas con voces corrientes del idioma, configurando un contexto de sentido nuevo, figurado. En la expresión hacer bandera, por ejemplo, el significado de exhibirse, de fanfarronear, está dado por la asociación de las palabras con un sentido metafórico y no por las palabras en sí.
Las frases de origen popular proceden de fuentes que no siempre se pueden establecer. Llega un momento en que nadie, o casi nadie, reconoce ni recuerda el origen de los dichos o frases hechas que se usan a diario.
Ahora bien, de los modos de decir porteños a que me estoy refiriendo, hay uno que, según Arturo López Peña, hizo su aparición en una época fácilmente ubicable. Me refiero a “tener un tarro bárbaro”. Según López Peña, esta frase apareció por primera vez en el diario Crítica con motivo del partido de fútbol que los argentinos disputamos en Amsterdam con los uruguayos, en 1928.
El cronista dijo entonces, comentando el encuentro, que los uruguayos habían tenido un “tarro bárbaro”, con lo que quiso decir un tarro de leche, y  leche en lunfardo significa suerte.
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Imagen: José Nasazzi y Manuel Ferreira, capitanes de Uruguay y Argentina, junto a los árbitros, Estadio Olímpico de Amsterdam, 1928.
La foto y el texto fueron tomados de la página web "mosaicos porteños".

2 ene 2013

Una pizzería, una "bottiglieria" y algunos cafés del Boedo de ayer...



(De Silvestre Otazú)

En el café “Biarritz”, que estaba en Boedo al 800 y que fue acaso el único que existió en la acera este, el público de paso y algunas familias se sentaban en la parte de adelante; la parte de atrás era coto reservado de los señores malandrines y en los altos celebraban sus reuniones los socios de la peña Pacha Camac.
Aquel café era un símbolo del barrio: promiscuo, heterogéneo, tolerante, sin noción de las diferencias sociales y ni siquiera morales. Boedo era un barrio donde el más honrado vecino no le negaba el saludo al capitalista de juego, al “pasador”, al redoblonero, ni siquiera a Luisito, simpatiquísimo muchacho de una familia conocida que se había hecho ladrón de guante blanco y se paseaba tan orondo calle abajo y calle arriba como si su trabajo le diese la aureola de un galán de cine...
A semejanza del “Biarritz” eran los demás cafés de Boedo. Bueno, tanto como eso no. Convengamos en que había algunas excepciones. Una de ellas era el café de Paco.

“EL CUADRO QUINTO”
A ese café lo llamaban “El Cuadro Quinto”, aludiendo al famoso calabozo que hasta hace unos veinte años existió en el Departamento Central del Policía y que era temido hasta por los más avezados delincuentes. Dueño del café era don Francisco Córdoba, un caballero andaluz que había sido mozo en el célebre “El Capuchino”, un café y cine de la calle Carlos Calvo del que se hablará a su debido tiempo. Apenas se instaló el café, lo más granado de la picaresca boedense sentó sus reales allí. Con lo cual, el pobre Paco no ganaba para sustos. El, que era de un temperamento tan pacífico y contemporizador, vino a tener la “mardita suerte” de vivir como sobre ascuas. Y se volvió inquieto, más movedizo que una ardilla y con los ojos en constante movimiento, como si atisbase en qué rincón del café iba a armarse la “bronca” para tratar de suavizarla... si podía.
Nunca se vio gente más quisquillosa que la de aquel café. Allí, todo motivaba espantosas peloteras: las partidas de billar –en las que el dueño iba siempre “prendido”–, las de naipes, la calidad de las bebidas, las maneras de servir de los mozos.¡Guay de Paco si en las noches en que se le ocurría hacer puchero de gallina algún cliente se quedaba con las ganas de probar el sabroso plato! Para evitar el escándalo se veía obligado a hacer muchas más raciones que las que consumían los parroquianos. Pero como su café no era fonda y no tenía el recurso de convertir las sobras en albóndigas, ese plato inventado por los cocineros para no tener que tirar nada, don Paco colocó una pizarra junto a la caja y anunció: “Er que quiera pushero de gayina que se anote”.
Claro, aquellos alborotadores ahuyentaban la clientela tranquila y sosegada que Paco anhelaba tener. El único parroquiano que no le causaba zozobras era un viejo inverosímil que nadie se explicaba cómo estaba todavía en pie. Era un montón de huesos recubiertos con un pellejo arrugado. Tosía constantemente. Los muchachos lo habían apodado Primavera...
Una noche –¡también es puntería!– una familia entró después del teatro al café de Paco. Dos o tres señoras jóvenes, dos o tres criaturas, una dama de edad canónica y dos caballeros. Forasteros en el barrio, tuvieron la santa inocencia de entrar allí para tomar chocolate con tostadas.
Paco en persona recibió el pedido de aquella gente. Sonreía, pero su alma estaba en vilo porque allá en el fondo del salón se estaba incubando una tormenta que haría época. Inútiles fueron las súplicas, conminaciones, ruegos y amenazas de Paco, que corría de la cocina al fondo para acallar a los sediciosos.
–¡Mardita sea, callaos que hay señoras en el salón!
Sus palabras no hacían más que excitar los ánimos caldeados próximos a estallar. ¡Y ese chocolate caliente que ya estaba tibio! Y si por un instante las cosas parecían salirse de madre, como por arte de magia todo retornó a la calma, y Paco pudo servir a sus distinguidos clientes un chocolate ¡tibio! con tostadas...

“PININ”
 Fue la cantina y bottigleria más conocida de Boedo. Se estableció allá por 1900. Su dueño era un italiano tan pacífico como Paco, pero más afortunado que éste en cuanto a clientela. Cierto es que tomaba sus precauciones. Por ejemplo, después de las diez de la noche, se negaba a despachar vino a los que tenían una cara que a él no le gustaba.
Todo Boedo quería a Pinín, que era un corazón tierno y que sufría mucho a causa de uno de sus hijos, a quien le faltaba el paladar. Una tradición en la cantina de Pinín era que para Navidad su dueño convidara con una vuelta a todos sus parroquianos. Y otra tradición, más bella aún, era que en las vísperas de Año Nuevo, a las doce menos cinco, Pinín echara a todos sus clientes y se quedara solamente con aquellos que no tenían familia y los convidara a comer con él.
Cuando a Pinín se le murió su hijo, fue tal la pena experimentada que cerró su cantina y se fue a rumiar su dolor con la familia que le quedaba.

EL  CAFE “DANTE”
A la historia de Boedo está muy vinculado un viejo café: el “Dante”, hasta no hace mucho lugar de reunión de los hinchas del club San Lorenzo y de algunas de sus figuras más populares. Allí se daban cita casi todas las noches Omar, Fossa y Monti, tres de los más sólidos puntales del club que fue campeón argentino.
Ninguno de los parroquianos del “Dante” ponía jamás los pies en “El Japonés”, pues este era la peña del los hinchas de Huracán. Aquella famosa extrema defensa formada por Cereseto, Nóbile y Parto estaba allí todas las noches, así como el negro Loizo. De aquella tertulia solía participar con alguna frecuencia el doctor Aldo Cantoni, uno de los socios más entusiastas del famoso club.
Pero volvamos al “Dante”. Hacia 1920 contó ese café con una de las peñas más interesantes de Boedo. Los infaltables eran Vaccareza, Folco Testena, Edmundo Montagne, José Mauricio Pacheco, Alberto Weisbach y Elías Alippi, uno de los más conspicuos boedenses más fiel a su barrio. Fue en el “Dante” donde Folco Testena anunció un día un proyecto despampanante: ¡iba a traducir el Martín Fierro!
Inmediatamente se originó una polémica. Unos sostenían que la idea era disparatada porque nuestro poema estaba lleno de criollismos imposibles de verter a otra lengua, ni siquiera al español. Weisbach, en cambio, creía con Folco que todo es posible, puesto que todo lo folclórico tiene sus correspondencias.
–¡Qué absurdo! –se escandalizó Pacheco.
–No es absurdo –sostuvo el futuro traductor del Martín Fierro–. Déme tiempo y le traduzco con exactitud y verdad poética cualquier pasaje.
–Vamos a ver –propuso Montagne–. ¿Cómo podría decirse en italiano aquello de: ¿Al que nace barrigón,/ es al ñudo que lo fajen?
Hubo un silencio. Folco se concentró un instante y luego exclamó:
–¡Ecco! He aquí cómo lo diría en italiano: Al che nasce cosi grasso/ li fa nula l’ortopedia.

 En los años de auge del anarquismo, el “Dante” fue uno de los cafés preferidos por los adeptos a ese credo. Allí solían ir a terminar sus discusiones los delegados al congreso de la Federación Anarquista que se realizó en 1917 en el vecino local de la calle Estados Unidos, entre Boedo y Maza.

DON TRANQUILO
Don Tranquilo Fasciotti tenía bien puesto su nombre. Si hubo alguna vez un hombre calmoso y plácido en Boedo, ese fue el dueño de la pizzería que estaba en esa calle, en Independencia y Estados Unidos. Nada alteraba el ritmo de sus nervios, ni siquiera cierto género de desdichas que exasperan y sacan de quicio al hombre más desaprensivo.
Apenas si una vez lo vieron un poco indignado. Pero no era para menos. Ocurrió que uno de sus mejores clientes, muy generoso, muy dadivoso, muy simpático y muy amigo suyo, a pesar de que ni sabía siquiera cómo se llamaba, lo convidó a una partida de póquer con un “millonario bastante infeliz que va a quedar en la calle porque todo el mundo le gana como quiere”.
Tranquilo, Tranquilo, no te dejes tentar! ¡No seas codicioso! ¿No ganas acaso bastante con la pizza y la fainá? ¡Mira que la codicia rompe el saco!
Pero Tranquilo fue. Fue, jugó y perdió hasta su nombre. Se fueron en aquella partida buena parte de sus ahorros. Nunca más volvió a ver a aquel cliente tan simpático que ponía alegría en la pizzería con su sola presencia. Y Tranquilo no se molestó siquiera en hacer la denuncia a la policía. ¿Para que? El no había perdido más que su dinero, pero se había enriquecido en experiencia...

ALARMA
En la pizzería de Tranquilo había una pieza que estaba reservada exclusivamente a la peña Pacha Camac. Todas las noches, después de las reuniones de la famosa peña boedense, iban a parar allí González Castillo y sus amigos. El autor de Un pobre hombre presidía, peroraba y pagaba. Pagaba porque la mayoría de los artistas jóvenes que siempre lo rodeaban andaban de la cuarta al pértigo y llevaban su devoción hasta pedir lo mismo que él muchas noches. González Castillo se privaba de solicitarle a Tranquilo un whisky porque sabía que toda la tertulia diría también, con cierta displicente vacilación, como si fuera lo mismo que encargar un “cafecito”:
–A mí, también un whisky...
Vicente Roselli, el gran escultor de Boedo, que fue uno de los amigos más íntimos de González Castillo, nos contaba que este, alarmado una noche al ver lo nutrida que estaba la peña, le dijo por lo bajo:
–Roselli, no se le vaya a ocurrir pedir nebiolo esta noche, que el bolsillo no da para tanto...  
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Imagen: Boedo al 700 (de norte hacia el sur), circa 1920.
Tomado del libro de Silvestre Otazú: “Boedo también tiene su historia”, Ediciones Papeles de Boedo, Buenos Aires, 2002. 

Vagabundeo de cabotaje



(De Rubén Derlis)
  
Los largos periplos por calles porteñas que incitaban a un sostenido vagabarriar sin ton ni son, paulatinamente se van circunscribiendo –que no aquietándose–, a zonas más restringidas;  la intención de perderse por barrios menos conocidos se va replegando, porque las tabas ya no dan para tanto, hay que hacer posta con más frecuencia de la necesaria entrando a cualquier café que sale al paso, o en el banco de una plaza, si es que su verdor la anuncia en nuestro no fijado itinerario, y tomar aliento, porque hace rato que se ha perdido el paso Pitman y notamos que empiezan a chirriar los goznes de la vida. 
Ante esta realidad incontrastable que impide los agotadores cruceros barriales no hay que entrar en pánico, por el contrario es aconsejable alejar toda idea de desespero, y dado que callejear es parte de nuestra porteñidad, conjugar este verbo en la modalidad de cabotaje: viajar dentro del propio barrio. Y aunque algunos sean de opinión de no encontrar gracia en ello, (por mi parte digo que tampoco se trata de gracia alguna), a poco que se revisiten lugares conocidos, se habrá de dar con nuevos descubrimientos que de tanto ir y venir por las misma calles nos pasaron inadvertidos: fachadas, árboles, esquinas, perspectivas y tantas cosas más que a lo sumo miramos, pero nunca vimos.
Por lo general creemos conocer el barrio donde habitamos, que acerca de él lo sabemos todo, como si un barrio –el nuestro como cualquier otro– fuera un módulo estático cuando en verdad su dinamismo lo mantiene en permanente transformación (si estos cambios son para bien o para mal, es otro asunto).
¿Fuimos conscientes de la transformación del íntimo espacio que nos contiene? Seguramente no; acaso ni nos dimos cuenta de su continua metamorfosis porque se daba mientras nosotros también cambiábamos; ocupados como estábamos en nuestro cambio, acaso reparamos muy poco del que se operaba en el fragmento urbano que nos pertenece. Entonces habría mucho para ver. Pensemos solamente que más allá de diez cuadras a la redonda –que no son pocas–  de la manzana donde habitamos,  casi es territorio desconocido pese a pertenecer al mismo mapa barrrial. Es posible –por no decir seguro– que allí se hayan producidos cambios que ignoramos, algunos de los cuales podrían resultarnos chocantes (la antigua casona demolida para dar nacimiento a un nuevo palomar humano), o gratos (la esquina de un vetusto local clausurado que ahora luce con un café acogedor gracias al buen gusto de una pensada remodelación). Son sólo son dos ejemplos; puede haber más y de distinto tipo; sólo es cuestión de salir a callejear y de asomarnos a nuevos descubrimientos que se nos darán. Y siempre en el barrio, en nuestro barrio, que no termina en las cinco o seis cuadras a la redonda por las que nos movemos para hacer las compras mínimas o para tomar el colectivo que nos transportará a alguna parte.
Si bien soy un apasionado de los largos cruceros barriales, por imperio de las circunstancias (los años no vienen solos), el descubrimiento de los vagabundeos de cabotaje me ha deparado no pocas sorpresas, frustrantes unas, de sostenida alegría otras, tal como sucede en una ciudad en alocado crecimiento.
De crucero o de cabotaje, lo importante es salir a la calle a calibrar sus pulsaciones, que como quedó dicho, pueden sacudirnos la existencia con muy distintas emociones.
En cuanto a salir a la calle, debo rectificarme: entrar  a la calle, en plena adhesión a lo que sostiene el barriólogo Ángel Prignano  cuando escribe con indiscutible acierto que no se sale a la calle, sino que se entra en ella.
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Imagen: Plano del recorrido del Paseo de la Historieta en el barrio de Montserrat.

1 ene 2013

Sobre el enigma de los lagos de Palermo



(De Fernando Sánchez Zinny)

Uno de los tantos inadvertidos enigmas de la ciudad de Buenos Aires lo constituye la existencia de los cuatro lagos (que en realidad son cinco pues debe añadirse uno innominado al sur de la avenida Sarmiento) del Parque Tres de Febrero, lugares pintorescos, hermosos y muy característicos del ornato de los bosques de Palermo. De ellos, el “del Planetario”, es el mejor documentado y fue antaño el de “Los baños de Manuelita”, tras haberlo acondicionado Rosas como uno de los sitios de recreo de su residencia campestre, ubicada aproximadamente en la esquina sudeste de la actual intersección de las avenidas Sarmiento y Libertador. Muy cercano a él se encuentra el “del Rosedal”, con su puente belle épòque y su impregnación de novios atemporales; en dirección opuesta se halla uno más pequeño, oficialmente designado –no sabemos por qué– “Victoria Ocampo”, y, al otro lado de los viaductos ferroviarios y del Maldonado entubado, distante unas quince cuadras, está situado el más grande, llamado “de las Regatas”, paralelo a la avenida Figueroa Alcorta, frente a la sede del Club Gimnasia y Esgrima y a las instalaciones de Obras Sanitarias, extendido hasta no lejos de la calle La Pampa.
Ahí están y nos son muy queridos, además de ser muy bellos. ¿Pero por qué están? Geológicamente nadie ha atinado a explicarlo y tampoco por qué en toda la extensión adyacente y afín no hay formaciones lacustres semejantes ni noticias de que alguna vez las haya habido. Se alimentan de napas superficiales y del agua de las lluvias pero para nada se hallan conectadas a la red fluvial inmediata ni su comportamiento es similar al de los incontables lagunones de la región pampeana, los que, por lo demás, tampoco son propios de esta zona, definida por los geógrafos como “Pampa ondulada”. En otras partes, nuestras lagunas llegan casi a desaparecer durante las sequías y luego se recuperan y desbordan cuando cambia el régimen pluvial; por el contrario, esos lagos de Palermo tienen períodos –que se miden en meses– de más o de menos agua, pero las diferencias no son demasiado acentuadas y jamás llegan a secarse.   
Hagamos un intento por racionalizar los escasos datos presentes e históricos con que contamos, para lo que empezaremos por un atisbo de descripción de la costa originaria, previniendo que en absoluto somos geólogos, sino, simplemente, gente de letras que ama las cosas porteñas y está dotada de, al menos, una pizca de curiosidad memoriosa.
Vamos, siquiera, en búsqueda de una hipótesis para calmar la incertidumbre: la costa de la zona metropolitana arranca con grandes extensiones bajas y pantanosas hacia el sur y sigue con otras de relativa altitud, con barrancas a partir de las correspondientes al Parque Lezama. Estas después disminuyen insensiblemente y casi desaparecen a la altura de la avenida Independencia, punto por el que desembocaba en el Plata uno de los viejos “terceros”. Vuelve la barranca a insinuarse desde algo antes de la Plaza de Mayo, tiene un primer pico en Retiro y un segundo en Recoleta, el que concluye al pie de la Biblioteca Nacional. Viene luego la gran depresión que contiene al Maldonado y la barranca retorna sobre el borde de Luis María Campos más allá de Dorrego, para tener culminación en la plaza de Belgrano. Sigue la depresión por la que discurren, con su permanente amenaza de inundaciones, el Medrano, el Vega y el White, y la barranca se insinúa de nuevo en Olivos y más propiamente a partir de La Lucila (estación Anchorena, en la vía del Bajo). Desde allí, Libertador (es decir, las antiguas avenidas Aguirre y Obarrio) va por el borde superior de esa cresta, que se prolonga hasta San Fernando, punto desde el que la costa continúa carente de todo relieve y llegaba entre cañadas y mimbrerales al término de la zona inicialmente poblada, aunque poco, que concluía en la desembocadura del río Tigre.
Las referencias a terrenos costeros altos son abundantes, pero en los mapas antiguos apenas si hay indicaciones del resto y ninguna acerca de que existieran específicamente lagunas: genéricamente se anota, de modo impreciso, que hay bañados, pantanos, pajonales, sectores anegadizos, sin que en ningún caso figuren designaciones determinadas. Con seguridad no las había, lo que corroboraría el hecho de que esos cuatros lagos ubicados  en Palermo tengan nombres que para nada huelen a vetustos: una se llamó “Baños de Manuelita”, sin duda porque antes del Restaurador era innominada. Y las “del Rosedal” y “de las Regatas” es claro que se llamaron así sólo después de ser inaugurado el mencionado paseo floral y de establecerse el club de remeros.
Y aquí expongo la presunción que me han acercado: en el juego de las mareas, el río llegaba hasta las barrancas y allí obligadamente retrocedía; pero avanzaba sin encontrar contención en las partes bajas de la costa y sin nunca definir en ellas, por lo tanto, una consistente línea de ribera. Más tarde, al alejarse  ya para siempre –proceso sin duda ayudado por la actividad humana, aparte de la acumulación sedimentaria– quedaban hoyones productos de la acción anterior del agua y que la retenían en parte; su fondo erosionado era de tosca, como es en los lagos palermitanos, el que no absorbe el agua como sucede cuando es de limo. Es posible que tal haya sido el origen de esas lagunas, que en este caso serían meros residuos apresados del gran caudal del río.
Pero una dificultad perceptible impide admitir, sin más, esta explicación: de haber sido, en efecto, así las cosas, en todas las zonas bajas que van de Quilmes a Tigre debiera haber un rosario de espejos de agua similares, dado que en esa entera extensión el modo de actuar del río ha sido idéntico. Sin embargo, sólo existen esos cinco de Palermo… ¿Cómo es esto?
Y aquí ya no tenemos a mano más que inferencias: cuando Rosas adquirió las tierras costaneras que iban más o menos desde la finalización de la Recoleta hasta la Calera  (hoy las barrancas de Belgrano), por supuesto eran tenidas como muy malas y necesitadas de saneamiento. Industrioso como era, el “gaucho de Los Cerrillos” se contrajo a esa tarea: hizo rellenos, emparejó sendas, terraplenó el contorno de áreas inundables, realizó plantaciones y, en suma, “fijó las tierras”. Una gran porción la dedicó a actividades de producción y en la parte más próxima a la ciudad estableció una residencia, en la que un lago servía para propósitos recreativos. Se sabe que abrió un canal para regular el nivel de las aguas, paralelo a la actual Libertador y que llegaba al zanjón que bajaba por Austria (aunque otros dicen por Agüero, lo que no es creíble), erigió un amarradero y ató a él botes y hasta un vaporcito para diversión de sus invitados.
En resumen, tendió a utilizar con fines de boato al menos uno de esos lagos y no se habría metido mayormente con los restantes incluidos en su propiedad. Pero si en vez de actuar de esa manera hubiese encarado el saneamiento integral de esas tierras seguramente los lagos se hubieran secado y luego el emparejamiento del terreno habría hecho desaparecer sus restos. Cabría suponer, entonces, que hubo docenas de enclaves lacustres semejantes a lo largo de los sesenta o más kilómetros de costa que estamos considerando, y que existe la posibilidad de que todos se hayan extinguido por la acción del hombre, deseoso de trabajar la tierra o de lucrar con ella, movido por la necesidad y hasta, acaso, por el deseo de suprimir eventuales focos de infección, problema grave en aquellos tiempos. Los pantanos son –aún hoy, en la cultura popular– un mal y está sobreentendido que conviene cegarlos y procurar volver útiles los terrenos que ocupan. Pero los bienes de don Juan Manuel fueron incautados después de Caseros y esa estanzuela a las puertas de la ciudad fue presa de la inveterada incuria de los gobiernos. Veinte años más tarde vino Sarmiento con sus afanes de parquización parisina y, de pronto, he ahí que esos lagos subsistentes se adecuaban notablemente al criterio de embellecimiento que ahora imponía la urbanización. Así, un poco por casualidad, esos lagos se habrían salvado, en tanto que todos los demás caían bajo el hacha del olvido.
Supongamos que haya sido así, lo que –repetimos– no es seguro, pero, justamente, las oscuridades son la esencia de los enigmas. Lo que sí es concreto es que al diseñarse el parque hubo modificaciones en el contorno de esas superficies de agua. La apertura, en 1877, de la Avenida de las Palmeras (la actual Sarmiento) rebanó algo el “Baños de Manuelita”, por su extremo sur. Y es probable que otro tanto haya ocurrido con el lago del Rosedal, al abrirse el paseo Infanta Isabel; asimismo lo es el que algunos de esos lagos estuviesen unidos en algún momento, conexiones perdidas a raíz de las sucesivas obras viales, o debido a la forestación, que altera la altimetría de los lugares. Pues la señalada presencia del vaporcito sería congruente con una amplitud mayor en el hoy conocido como lago del Planetario, en cuya extensión presente dispondría de muy poco espacio para moverse: bastante más sentido hubiera tenido el juguete si ese lago, por ejemplo, conformaba una unidad, tal vez, con el del Rosedal, posibilidad no del todo desdeñable. 
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Imagen: El llamado Lago del Planetario, uno de los lagos de Palermo.

Ayer y hoy


(De Eduardo Semán)

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
hecho de polvo y tiempo el hombre dura
menos que la liviana melodía,
que sólo es tiempo...
(Jorge Luis Borges)

Ayer y hoy, tu magia nos regala
un Flores Sur a Recoleta unido,
un Arolas con lengue revivido
junto a un Astor sinfónico y de gala.

Maravilla que hiciste y nos señala
el sendero hacia un mundo preterido:
que la música es sueno hecho sonido,
y el tango es uno solo y se acamala.

Este escriba que en versos se atormenta
te envidia como nadie lo alcanzado:
el unir en tu acorde armonizado

métrica y consonante  bien polenta,
y en ese dos por cuatro, que hoy intenta
besar con tibio asfalto al empedrado.
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Imagen: "Gardel, Troilo y Piazzolla", dibujo a color de Hermenegildo Sábat.