5 mar 2013

Elegía de Coghlan




(De Rubén Derlis)

Cuando llegué a estas calles
tenía intactos la mayoría de los sueños,
el alma casi invicta
y el corazón con pocas mordeduras.

Envolvía al paisaje con más cielo que torres
un perfume de azahares y de naranja amarga,
fragancia de recónditos jardines
que al marchitarse
guardaron el último silencio de las siestas.

Salvo la adolescencia que la bebí por Boedo,
y alentando en Palermo
un nuevo resplandor de mis vivencias,
lo demás me lo comí por Coghlan:
con amargor de soledad los variados adioses,
con acritud de incertidumbre la mesa fría de 
   la espera,
con la alegría de un pan lleno de sol
la esperanza de amor y la poesía.

La adultez de los años se fue desmenuzando
por veredas conocidas y viejas.

Entonces había esquinas de suburbio
con mezquinos faroles de macilenta luz
hamacada sobre adoquines tropezados de lunas.

En la nocturnidad de los zaguanes
aguardaba un anticipo de más dulces sorpresas.
Alguna novia antigua que no pasó de eso
en su tristeza lánguida reafirma lo que escribo.

Si digo Guanacache, ¿quién lo sabe?
Si nombro Bebedero, ¿quién lo entiende?
Si leo Naón, ¿quién piensa en Forest?
Si resucito a Del Tejar, ¿quién lo celebra?

En las barreras de Congreso
el otoño guillotinaba crepúsculos
para exaltación de melancólicos;
los últimos baldíos en la frontera saavedrense
alaban de mariposas yuyales y biznagas;
las muchachas anticipaban el verano
liberando el amor y sus promesas de septiembre.

Aquel Coghlan de cervecerías con glorietas
y algún despacho de bebidas
con su sapo mohoso, sus bochas astilladas
y naipes desleídos
que otra ciudad barajó en una esquina.

Ese Coghlan
donde decíamos después
y aún había tiempo,
donde armábamos proyectos que duraban,
donde la vida me retuvo sin que me diera cuenta,
porque si se es feliz todo transcurre como en sueño.

Coghlan:
hay tanta intimidad de barrio bajo la amplitud de tu 
    cielo,
que se me cae de las manos.
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                                        Imagen: Andenes de la estación Coghlan (Foto rubderoliv)

Acerca de la chancha y los veinte



(De Luis Alposta)
  
El cerdo es un animal que, en América, recibió el nombre de chancho. Y chancho, según el señor Corominas, proviene de Sancho, nombre éste que en el siglo XVII se le aplicó a los cerdos como apodo. También están los que creen que es una palabra de origen araucano: chanchu o sanchu. De más está decir que, en este caso, la culpa no es del chancho sino de los que le buscan la etimología.
Y la palabra chancho resultó ser generosa. Tanto, que devino en chanchullo; le dio nombre al inspector de trenes y colectivos, a los jefes pusilánimes y, entre los instrumentos musicales, al contrabajo. Hacerse el chancho rengo significa remolonear, dar vueltas, resistirse a hacer algo. Ser como chanchos, es tener mucha confianza y familiaridad con alguien.
Ahora, si cambiamos de género, nos encontramos con que en el lenguaje delictivo, la chancha es el policía, y dentro de la jerga de la aeronáutica el avión Hércules de transporte.
Si consideramos que la cría de una cerda a través de su vida fértil rara vez llega a la veintena, decir que alguien se quiere quedar con el chancho, la chancha y los veinte lechones es una exageración que sirve para pintar al angurriento de cuerpo entero.
Claro, que con decir la chancha y los veinte es suficiente. Aunque nunca falte el exagerado que se quiera quedar con la chancha, los veinte... y la máquina de hacer chorizos.
Y aquí la yapa: el violinista Antonino Cipolla, antiguo vecino de Villa Urquiza, fue el autor del tango "A mí nunca me mordió un chancho". 
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Foto: Dibujo tomado del  blog: tapalqueneros.blogspot.com

Pares



 (De Rolando Revagliatti)
  
El despertador suena a las cinco y media. Es de noche. No debo pensarlo dos veces, y no lo pienso. Enciendo la luz del velador. Me incorporo (si puede decirse que ese paquete abotagado y que ofrece sólo una contundencia marmota y atravesada, lo que hace es incorporarse), me desplazo hacia el aparato de radio (debajo del lavatorio, sobre un banquito que hubiera podido construir el tío Pacho, o bien, mi padre), manoteo la perilla que me sitúa en la raspante descarga eléctrica que da paso a la voz del locutor de mis matinatas laborales, me quito el saco del piyama casi sin respetar los tres botones ensartados en sendos ojales (no exactamente los simétricos), y lo cuelgo en la perchita colorada que hará nueve días pegué con Poxipol a una altura cómoda para el Increíble Hulk. Enciendo la luz con la mano izquierda mientras con la derecha abro la canilla que indica FR A. Surge el chorro con mayores ínfulas que si abriera la CAL ENTE, y similar temperatura a esa hora del alba, puesto que la caldera del edificio todavía reposa. Echo despabilante agua sobre párpados, mejillas e inevitables adyacencias, y me complazco con los buches. Cierro la canilla, malseco la superficie salpicante con la toalla que me regalaron, en estas navidades, los únicos que me saludaran por las fiestas, y en el espejo del botiquín escruto las marcas de dobleces de funda que surcan mi frente. Cuelgo la toalla, descuelgo el saco del piyama con el que retorno hacia la cama donde una mujer duerme su intenso despatarro, sobre cama y mujer arrojo la prenda, apago la luz del velador, regreso al baño.
Radio Municipal de fondo y bajito, ya higienizado y con mucho talco berreta en el área afeitada, lavo mi ropita con el jabón de tocador y la tiendo en la estropeada cuerda de nailon que cruza la bañera. Preparo mi desayuno y lo tomo. Lavo, seco y guardo los utensilios. Me visto, y depositando besos en quien no cesa de dormir y soñar conmigo o  con su marido, de viaje, yéndome apago las luces y la radio y cierro la puerta de mi departamento. Son las siete.
Mientras bajo los modestos tres pisos por el ascensor y traspongo la puerta de calle, trazo mi plan. Pocos metros por Arenales, llego a Ayacucho. Por esa, una cuadra hasta Juncal. Por Juncal otra, hasta Junín. Por Junín todas las demás, hasta avenida Las Heras, cruzando. Subir al ciento diez (a una cuadra de los paredones de la Recoleta) preferentemente no después de las siete y quince. En Kerszberg S.A.C.I. no debo firmar la planilla de asistencia después de las ocho. Ayer recorrí Arenales hasta Junín y por Junín seguí hasta la parada. El viernes por Ayacucho fui hasta Las Heras y, por esa avenida, hasta Junín. El jueves por Ayacucho llegué a Pacheco de Melo, una por esa y otra por Junín. El miércoles por Ayacucho hasta Peña; por esa, una, y dos por Junín. El otro martes fue como hoy, doblé en Juncal, pero no caminé por las veredas pares.
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Imagen: Amanecer en Buenos Aires (foto tomada de www.minutouno.com)

El monumento a George Washington



(De Miguel Ruffo)

En este artículo nuevamente aludimos a la época del Centenario que tan relevante papel desempeñó en lo que hace al desarrollo del arte público en Buenos Aires. Lo hacemos para analizar el monumento a George Washington. Obra del escultor Charles Keck fue realizado en los EE.UU. y trasladado desde Nueva York a Buenos Aires e inaugurado el 4 de julio de 1913, en ocasión de un nuevo aniversario de la independencia del país del Norte. El monumento fue un regalo del gobierno de los EE.UU. y de los residentes norteamericanos en la Argentina al país al cumplirse el Centenario de la Revolución de Mayo. Inicialmente se había pensado en un monumento ecuestre, pero finalmente se optó por una figura de cuerpo entero del primer presidente de los EE.UU. Es una escultura de bronce, que se levanta sobre un pedestal de granito y se alza frente a la embajada de su país en la intersección de las Avenidas del Libertador y John F. Kennedy en los jardines de Palermo. “Este monumento no hace alusión iconográfica a la República Argentina, ni a sus cualidades como país. Instaura una figura que fue un paradigma de la historia norteamericana e incluso se eligió la fecha de la independencia norteamericana para la inauguración del monumento”. (1) Charles Keck (1875-1952) fue un escultor norteamericano, que estudió varios años en Roma, trabajando no sólo en la ciudad eterna sino también en Florencia (una de las cunas del Renacimiento), en París (la ciudad luz que tan importante función desempeñó en el desarrollo del urbanismo moderno, como así también en la renovación de la pintura, con el movimiento impresionista y en la renovación de las formas y técnicas escultóricas a través de la obra de Rodin) y también en Grecia (cuna del pensamiento filosófico, político y artístico de la cultura occidental). Consecuentemente en Charles Keck nos encontramos con un artista impregnado en las artes de Occidente.
George Washington nació en Bridges Creek en 1732 y falleció en Mount Vernon en 1799. Perteneció a una familia de terratenientes, fue diputado de la Asamblea de Virginia en 1758 y se convirtió en el símbolo de la lucha contra la dominación de los ingleses en las colonias del Norte. En el curso de los enfrentamientos con la corona Británica fue nombrado por el Congreso de Filadelfia jefe de los ejércitos independentistas. El Tratado de Versalles de 1783 reconocía la independencia de los Estados Unidos declarada en 1776. En 1789 ocupó la presidencia de la Convención de Filadelfia encargada de elaborar una constitución para el naciente estado burgués. Fue elevado a la presidencia de la Unión, cargo que ocupó hasta 1796. George Washington fue el héroe máximo de los Estados Unidos, uno de los padres fundadores de la nación del Norte.
La lucha por la independencia de las colonias inglesas en el norte de América se integra a las revoluciones democrático burguesas de fines del siglo XVIII. Esta independencia está relacionada con la Revolución Francesa de 1789, relación que está dada por el ascenso de la burguesía al poder del estado. Junto a la Revolución Industrial en Inglaterra, esta trilogía de acontecimientos marca el ascenso económico, social y político de la burguesía. Se iniciaba una nueva época en la historia de la humanidad, que había sido precedida por la revolución inglesa del siglo XVII.
Si alguno pensase que debido a la política imperialista de los EE.UU. respecto del mundo y en particular respecto de América Latina el monumento a George Washington debiese ser eliminado, consideramos que estaría cometiendo un error de evaluación histórica.
Independientemente de los valores plásticos del monumento, debe señalarse que recuerda a un hombre, a un dirigente de la época de las revoluciones democrático burguesas. Estas revoluciones constituyeron un gran progreso social. Lenin decía que las repúblicas burguesas, pese a su carácter de clase y sus limitaciones, representaban un enorme progreso respecto del feudalismo, el medievalismo y el absolutismo monárquico. Y es el principio de la república burguesa lo que debemos señalar en este monumento. No olvidemos, por ejemplo, que Manuel Belgrano, en el curso de la revolución rioplatense, traduce al castellano el discurso de despedida de Washington al pueblo de los Estados Unidos de Norteamérica. La Revolución de Mayo que representa el momento en que  la burguesía se inicia en el Río de la Plata, esta hermanada con las revoluciones inglesas,  de las colonias del norte de América y francesa. Son parte de los horizontes burgueses de toda una época en la historia de la humanidad. Ello representa el monumento a George Washington.
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Nota:
(1) MAGAZ, María del Carmen; “Escultura y Poder en el espacio público”, Acervo Editora Argentina, Bs. As., 2007, p. 79.

Imagen: Monumento a GeorgeWashington en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Del conventillo a la casa tomada


(De Mario Bellocchio)

 La trayectoria de un drama del que los porteños no tienen la exclusividad pero, seguramente, con su carga de miserias a cuestas, sobrellevan los papeles protagónicos afincados en la gran urbe que atrae como un inmenso faro e incinera a sus víctimas “culpables” de atreverse a tentar una vida mejor. Aquellos inmigrantes que escapaban de la miseria y las guerras europeas, más de un siglo después, trocan el origen a una más cercana América o al interior profundo, conservando intacta la precariedad, el hambre y la necesidad de permanecer cerca de un Moloch nutriente, aún a riesgo de ser devorados por sus llamas.

Aún cuando los antecedentes de los Altos de Escalada lo sindiquen como la primera casa de inquilinato porteña (1785), la irrupción del conventillo y su apogeo se sitúan a fines de la década de 1870 juntamente con la primera gran oleada inmigratoria, el regreso de los combatientes del Paraguay y las pestes cuyo amarillo broche trágico, en 1871, y su saldo de muertes, había terminado de concretar el éxodo del Sur con San Telmo como eje. Hubo quien vio en el abandono de su mansión una notable oportunidad de transformarla en una sucesión de pequeños cuartuchos adocenados sin criterio estético ni higiénico de ninguna índole, y aprovechar la bullente necesidad inmigratoria de un urgente rincón donde arrojar su alma y cuerpo para  las más primarias necesidades.
Mina que te manyo de hace rato, / perdoname si te bato / de que yo te vi nacer... / Tu cuna fue un conventillo / alumbrado a querosén. (1)
De ahí en más, esa miserable cuna fue de miles: a comienzos de 1880 en Buenos Aires había 1.770 conventillos, en los que vivían 51.915 personas repartidas en 24.023 habitaciones de material, madera y chapas. Para mediados de 1890, ya eran 2.249, para 94.743 inquilinos.
[...] El costo de vida aumentaba día a día y el salario iba teniendo casi un sentido testimonial para los miembros de los sectores populares. Uno de los rubros que había sufrido mayores aumentos frente a los rezagados salarios era el de los alquileres, que se llevaban un buen porcentaje de los ingresos familiares.
"Sea propietario", prometían los folletos de las agencias de promoción de la Argentina en Europa destinadas a los proletarios europeos que eran alojados a su arribo en el llamado Hotel de Inmigrantes, un depósito de seres humanos, del cual se los expulsaba a los cinco días, quedando librados a su escasa o inexistente fortuna.
A la salida del Hotel estaban los "promotores" de los conventillos, subidos a carros que trasladaban a los inmigrantes hacia su nuevo destino. No había contratos de alquiler; el primer recibo de pago se lo daban al inquilino a los tres meses, para poder desalojarlo por falta de pago cuando el encargado o el propietario lo dispusiese. (2)
La higiene parecía una palabra prohibida. Según narran los diarios de la época, "un tufo de aceite rancio impregnaba todos los ambientes". Durante las epidemias, los colchones y todos los enseres considerados sujetos a la infección pasaban a formar parte de un incendio general, para la desesperación de sus pobladores.
Para dormir, los más pobres tenían dos opciones: el sistema de "cama caliente", en el que se alquilaba un lecho por turnos rotativos para descansar una par de horas, o la maroma, que eran sogas amuradas a la pared a la altura de los hombros. Quien optaba por ese método debía pasarse las sogas por debajo de las axilas, dejar caer el peso del cuerpo y dormir parado. (3)

De aquellas fétidas pocilgas, cuyo aire jamás se renueva y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de las más terribles enfermedades, salen esas emanaciones, se incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella tal vez hasta los lujosos palacios de los ricos. Un día, uno de los seres queridos del hogar, un hijo, que es un ángel a quien rodeamos de cuidados y de caricias, se despierta ardiendo con la fiebre y con el sufrimiento de una grave dolencia.
[...] Acordémonos entonces de aquel cuadro de horror que hemos contemplado un momento en la casa del pobre. Pensemos en aquella acumulación de centenares de personas, de todas las edades y condiciones, amontonadas en el recinto malsano de sus habitaciones; recordemos que allí se desenvuelven y se reproducen por millares, bajo aquellas mortíferas influencias, los gérmenes eficaces para producir las infecciones, y que ese aire envenenado se escapa lentamente con su carga de muerte, se difunde en las calles, penetra sin ser visto en las casas, aun en las mejor dispuestas; y que aquel niño querido, en medio de su infantil alegría y aun bajo las caricias de sus padres, ha respirado acaso una porción pequeña de aquel aire viajero que va llevando a todas partes el germen de la muerte. (4)
Desde la perspectiva social, el conventillo se constituyó en el tipo habitacional más significativo, que si por un lado daba cuenta de la faz más inhumana del liberalismo con la desprotección de la clase trabajadora, el hacinamiento en tugurios céntricos de cuartos estrechos sin luz ni aire, pésimas instalaciones sanitarias y alquileres abusivos; por otra parte se constituía en un espacio cultural integrador, de alta sociabilidad, donde convivían polacos, italianos y españoles con criollos del interior, compartiendo fiestas, comidas y luchas reivindicativas, generando nuevas expresiones estéticas, musicales y de lenguaje. (5)
El patio, una suerte de Babel de convivencias que incluían los reclamos coincidentes y las contiendas que albergaban el nacimiento de familias, los dramas pasionales, el tango y el sainete. En su centro, el piletón, que hasta mediados de 1880, en que no hubo agua potable en la ciudad, era abastecido por carros aguateros; dramas de verano y uso generador de conflictos y reyertas.
Los –pomposamente llamados baños –una letrina de piso y una canilla, sin cloacas– se compartían, en el mejor de los casos, entre diez cuartos habitados por un promedio de seis personas cada uno. Sólo algunos conventillos tenían un estrecho y común lugar para cocinar. En los que no, el brasero en las habitaciones o los calentadores a querosén –los famosos “Primus”– sustituían a ese ambiente. Cada familia preparaba sus alimentos según sus propios gustos: los piamonteses y genoveses comían legumbres crudas, queso y pan; los asturianos y gallegos, tocino y pan y los criollos, puchero.
Los tufos y entreveros de la promiscuidad tenían su terreno salvador en el patio. El aire libre reunía penas y jolgorios:
El conventillo luce su traje de etiqueta; / las paicas van llegando, dispuestas a mostrar / que hay pilchas domingueras, que hay porte y hay silueta, / a los garabos reos deseosos de tanguear.
[...] El dueño de la casa / atiende a las visitas / los pibes del convento / gritan en derredor / jugando a la rayuela, / al salto, a las bolitas, / mientras un gringo curda / maldice al Redentor.
[...] Termina la milonga. Las minas retrecheras / salen con sus bacanes, henchidas de emoción, / llevando de esperanzas un cielo en sus ojeras / y un mundo de cariño dentro del corazón. (6)

Allá por 1907, época efervescente de rebelión obrera, la explotación de los conventillos tocó una cúspide que se tornó –para sus habitantes –, intolerable. Tanto, que unieron sus fuerzas los de Buenos Aires, La Plata, Rosario y Bahía Blanca y desataron la llamada “huelga de inquilinos” en reclamo de mejoras habitacionales y en las desmedidas pretensiones de alquiler.
Las acciones y la represión cobraron tal magnitud que resultaron incontenibles. Nacía el liderazgo policial de Ramón Falcón quien llegó a la crueldad de bañar a manguerazos con agua helada a familias enteras en el crudo invierno de 1907 (¡Ay las calles de Buenos Aires y sus “homenajes”!). Por el lado de los rebeldes, mientras tanto, un jovencito de tan solo quince años proclamaba: "Barramos con las escobas las injusticias de este mundo".
A los pocos días, una manifestación de escobas, -mayoritariamente compuesta por mujeres y niños, los que más horas por día padecían los males del conventillo–  recorrió Buenos Aires. Salían a la luz los invisibles. Eran miles de escobas portadas pacíficamente. El solidario gremio de los carreros se puso a disposición de los desalojados para trasladar a las familias a los campamentos organizados por los sindicatos anarquistas, donde el gremio gastronómico preparaba suculentas ollas populares financiadas con aportes que llegaban de todo el país.
Tras una durísima y desigual lucha, los huelguistas lograron parcialmente su objetivo de conseguir la rebaja de los alquileres y mejorar mínimamente las condiciones de vida.
Este original movimiento, que fue tomado como ejemplo y replicado en varias capitales del "primer" mundo, representó un llamado de atención sobre las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de la población que ocuparon por aquellos días las tapas y los editoriales de los principales diarios. (7)
El 5 de abril de 1929, en el Teatro Nacional, se estrenaba “El Conventillo de la Paloma”, de Alberto Vacarezza, en cuyos papeles estelares se destacaban Libertad Lamarque y Francisco Charmiello. La vida de estos singulares inquilinatos había trascendido sus propias fronteras que, en el caso de “La Paloma”, perdurarían hasta el presente con sus mitos y sus miserias. ¿Habrá vivido una bella mujer en aquel conventillo masculino, admirada y codiciada por el entorno o sólo fue Vacarezza el que imaginó la travesura?
“Nosotros, los habitantes actuales, somos la continuidad de los antiguos inmigrantes, trabajadores como ellos, y luchamos para que esto sea patrimonio cultural”, proclama Abel Acosta, desde Villa Crespo, uno de las seis decenas de personas que hoy habitan el lugar nacido a fines de la década de 1880 como casa habitación de los obreros de la Fábrica Nacional de Calzado.
La naciente empresa..., vio conveniente la adquisición de unas 30 hectáreas en esta zona prácticamente despoblada, con terrenos baratos y un arroyo próximo, el Maldonado, útil para arrojar los desechos industriales.
El conventillo El Nacional, llamado también el "Conventillo de la Paloma", llegó a tener más de cien habitaciones ubicadas en cuatro cuerpos. Un pasillo extenso y angosto de una cuadra recorría internamente la manzana, con entrada por Serrano 148-156 y otra por Thames 139-147. (8)
Boedo también tuvo su conventillo con su historia para el recuerdo: quedaba en Boedo e Independencia donde hoy tiene su sede el Banco Nación. Cuentan los memoriosos que allí nació el apasionado romance de El Cachafaz y Carmencita Calderón antes de su primer salto a la notoriedad.
Lo cierto es que (Carmencita Calderón, la destacada bailarina tanguera), haya nacido o pasado su niñez en Villa Urquiza, en Boedo o en ambos lugares a la vez, su fama se cimentó en la época que ocupaba una pieza del conventillo de Boedo e Independencia junto con el Cachafaz–. Alguien, en alguna oportunidad, describió esa habitación como un verdadero “nido de amor”, pulcro y acogedor, donde abundaban las fotos familiares.
[…] Sobre el célebre bailarín que habitaba el conventillo en Boedo... Rubio, de buena estampa, “picado” de viruela –lo cual no menguaba su atractivo– el Cachafaz (que debía su apodo, según algunos, a que sus travesuras de niño le hicieron exclamar a sus padres: “¡Mi hijo es un cachafaz!”; según otros, entre los que se encuentra don Augusto P. Berto –lo que es más probable–-, a que su padre tenía un comercio llamado “El Caccia”, que significa “El Cazador”) y Carmencita, de elegante figura, morena y atractiva, no tardaron en ser requeridos por el cine y el teatro. (9)

HOY COMO AYER
El acceso a la vivienda en la ciudad se ha visto restringido tanto por la evolución de la pobreza como por los precios que expulsan del submercado de viviendas de alquiler a grupos de población de menores recursos que se vuelcan a utilizar otras estrategias de supervivencia como la autoconstrucción en asentamientos y villas, alquileres de cuartos en inquilinatos y hoteles pensión, ocupaciones de edificios (casas tomadas) o vivir en la calle.(10)
Mientras esto se afirma, desde el propio Gobierno de la Ciudad poco y nada se hace en torno a la vivienda popular y, en cambio, se favorece la edificación ociosa y especulativa.
El conventillo renueva su vigencia y Vacarezza ya no está para aportarle su cuota romántica y su Paloma.
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Notas
(1) “Flor de fango”, tango, 1919, Música: Augusto Gentile, Letra: Pascual Contursi.
(2) Felipe Pigna. El Historiador
(3) La Nación, domingo 14 de mayo de 2000, “Todo comenzó en los conventillos”.
(4) Guillermo Rawson, 1885, “Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires”.
(5) “Arquitectura del habitar popular en Buenos Aires: el conventillo”, Arq. Jorge Ramos, noviembre de 1999.
(6) “Oro muerto” (Jirón porteño), tango, 1926, letra y música de Juan Raggi y Julio Navarrine).
(7)“Los inquilinos, en pie de guerra”, Felipe Pigna, Clarín, domingo 29 de julio de 2007.
(8) “‘El Conventillo de la Paloma’ un siglo después”, Carlos Szwarcer, Revista Cultural del CECAO. Año II Nº XIX. Mayo de 2004. Córdoba. Argentina.
(9) Alfredo Luis Soncini, “El Barrio de Boedo”.
(10) “Los habitantes de hoteles familiares, pensiones, inquilinatos y casas tomadas de la Ciudad de Buenos Aires: ¿dónde están?, ¿de dónde vienen?, ¿quiénes
son? y ¿cómo viven?”, Victoria Mazzeo y María Cecilia Roggi, Población de Buenos Aires, revista de la Dir. Gral. de Estadística y Censos de la Ciudad, N° 15, abril de 2012.

Foto: Interior de un conventillo; vecinos.
Material tomado del periódico Desde Boedo, febrero 2013.

29 ene 2013

Memoración de cartas y estampillas



(De Fernando Sánchez Zinny)

Lo que pasa es que ya no hay más cartas. No las hay; al menos, van años que a mí el Correo no me entrega ninguna. Todavía hasta hará una década llegaban algunos sucedáneos de relativa proximidad: invitaciones, tarjetas de fin de año, publicaciones trasnochadas. Pero ya ni siquiera eso sino únicamente facturas de servicios, acerca de las cuales no incurriré en la inocentada de lamentarlas, si bien reconozco que leerlas dista de ser un cometido intelectual estimulante.
Con la muerte de la correspondencia postal, otras cuantas cosas afines han seguido el mismo camino hacia el ocaso, una seguidilla que a cierta altura se convierte en fuente inevitable de reflexión melancólica. No hablemos de los deshabitados buzones, algunos de los cuales subsisten por ahí, quizás olvidados, con porfiado aire de tontos, retacones y boquiabiertos. Ni tampoco del cartero antiguo, vestido de gris, con gorra plato como un también extinto guarda de tren, siempre de mediana edad, cansado, sudoroso, y con una abultada bolsa de cuero pendiéndole del hombro y encorvándolo hacia la izquierda.
No hablemos de las cartas que se guardaban –sobre todo ésas que rezumaban ingenuidad y mala sintaxis– ni de las pretenciosas y con ínfulas literarias, escritas como si aspirasen a una eventual publicación diferida, según terminaba ocurriendo con las enviadas por determinadas personas ilustres, generalmente francesas. Ni de las de despedida, sin remitente, ni de sus primas pobres, las postales, con el infaltable “desde estas hermosas playas…”
Lo que a mi más me gustaban eran las estampillas, todas las estampillas, aun las más sonsas de tan repetidas, como las de San Martín, siempre rojas o rojizas. Y ni qué decir de las transitorias –las “conmemorativas”– aparecidas con motivo de un hecho importante y que se sabía tendrían circulación acotada, o de las de valores infrecuente por lo alto: hasta 25 pesos, digamos, o por lo ínfimo, el irreal medio centavo. O las “sobrecargadas”, de uso oficial, o para ocultar algo con el borrón, como sucedió con las que traían el perfil de Eva Perón, no bien asumió Lonardi.
Como todos en nuestra época, yo también junte estampillas durante tres o cuatro años y lo hice con grandísimo entusiasmo y contracción. Aclaro que no fui ni remotamente coleccionista, pese a haber ordenado de pe a pa mis álbumes, cada estampilla con su correlativa y con su correspondiente “bisagra”, tal como se acostumbraba en esos días. Y hasta llegué a saber bastante de dentados, de filigranas, de casas impresoras, de dimensiones y formas, etc.
Pero nunca me especialicé en nada ni tuve jamás el berretín de la estampilla impoluta; no, todo lo contrario, amaba las sucias por el sello del franqueo y tanto más si era posible leer la fecha, acaso movido por el prejuicio machista de creer que una estampilla virgen era tan poca cosa como una mujer virgen.
Claro que en especial buscaba las extranjeras y las reuní en buena cantidad. Porque me despertaban enorme curiosidad las imágenes raras, las palabras que había que descifrar, las insinuaciones de viajes y de distancias convocadas por grafías como Posta Polka, Posta Magyar, o CCCP, que era la URSS en cirílico. Es más, me encariñé con las de estados o administraciones desaparecidos, y guardaba, avaro, una de Baviera de los tiempos de ñaupa, otra de los Estados Pontificios, junto con Franciscos Josés ancianos –y una de edad remota con este infortunado monarca hecho un mozalbete de uniforme y lampiño–, diminutas águilas de los Romanoff y lunas en creciente otomanas, un Alfonso XIII bebito con la inscripción “Isla de Cuba”, una que reunía a Hitler y Mussolini… Tenía abundantes de las ex colonias italianas y belgas, y mi gran frustración fue no haber conseguido nunca una de las que fueron de Alemania.
(Advierto, por quienes no lo saben, que las estampillas se cambiaban como las figuritas, y que también se vendían, incluso en librerías de barrio, en sobres con un sector en celofán y con indicación del contenido: “25 argentinas”, “50 panameñas”, “100 de buques”, “1000 universales”, y esto era lo más, el desiderátum del chico maniático.)
Pero, como es lógico, lo fuerte de mi colección eran las argentinas; llegué a tener arriba de 1500 y, entre ellas, una de la Confederación. En principio no me llamaban mayormente la atención, excepto aquellas que ilustraban lugares o imágenes que conocía, referidos casi siempre a Buenos Aires. Por la memoria me pasan, ahora, el Juan de Garay de la fundación, según el cuadro, el Palacio de Correos, el del Congreso en la serie del Centenario, la Pirámide de Mayo, el Obelisco, el Cabildo, los paraguas del 25, el monumento al Plus Ultra, el de Luis Viale, el de Roca, la Porteña, las sepulturas de Belgrano y de San Martín, y otros muchos temas que se me han ido. Finalmente, les tomé gusto y empecé a juntarlas con fruición.
Estuve cerca pero, como decía, no llegue a especializarme, seguramente por una cuestión de temperamento que hizo que a mediados de la adolescencia viese como redomado infantilismo eso de la filatelia. Mucho después conocí a Edgardo J. Rocca, gran amigo y compadre, y él, sin quererlo, me mostró lo que al respecto pude haber sido y no fui: se trata de un eminente y omnívoro coleccionista de todo y que, en la materia, ha reunido tal vez la totalidad del material filatélico que existe sobre Buenos Aires, o poco menos, tanto que en repetidas oportunidades ha recibido premios por ese motivo.
Le debo, además, algunas buenas argumentaciones acerca de cuán importantes son las estampillas como hitos de la historia, por su tenaz asociación con personajes, acontecimientos y transformaciones y así también la familiaridad con la geografía, al difundir paisajes, mapas y escenas, más las tantísimas de la fauna y de la flora de cada país. Aunque también en eso llegué tarde al reparto de golosinas, pues vine a enterarme de tales concomitancias trascendentes justo cuando las estampillas dejaban de tener vigencia.
Bastante antes de eso, a comienzos de los 60, andaba yo mal y solo, como un pajarito bajo la lluvia. En una de mis idas y vueltas me encontré con los viejos álbumes que para entonces aún no lo eran tanto. Entendía algo y me di cuenta de que la colección de las argentinas merecía cierta estima. Fui con ella a un local de la galería en ángulo que tiene entradas por  Maipú y Lavalle y la vendí. No recuerdo la suma que me dieron pero con ella fui, a paso rápido, a "Thompson y Williams" y me compré un traje, curioso ejemplo de una afición en una etapa dulce y otra útil.  
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Imagen: Sello postal conmemorativo de la primera estampilla argentina.

            

25 ene 2013

El candombe no murió en el barrio del tambor



(De Ariel Prat)

“Ah maldito, maldito mil veces
Seas blanco sin fe, tu cruel memoria
Es eterno baldón para tu historia.”
(Horacio Mendizábal, 1869, poeta afroporteño)

A menudo tengo que exceder mi papel de simple juglar urbano/suburbano, teniendo que honrosamente, como los es en este caso, aportar con la palabra o la escritura lo poco que sé, vale así mi visión de protagonista curioso, más que la de un profesional licenciado o un antropólogo, quienes en buen número están haciendo un gran trabajo de recuperación y visibilidad de esta oculta argentinidad que hoy explota en miles y miles de brazos, caderas y piernas juveniles, quebrando con africanidad el espacio dedicado por la cultura oficial dentro y fuera del territorio instalando la equivocada y parcial idea de una Argentina “europea”.

A pesar de haber aportado tanto a nuestra formación como nación, la presencia afroargentina no solo se intentó velar sino que incluso en tiempos de cabildantes fervores, los señoritos decían que “la república está muy mal servida” al observar las costumbres de nuestros negros de entonces a bordo de bambulas, chicas y calendas entre otros ritmos que aportaban las naciones, quienes protagonizarían aquel gigante candombe en mayo de 1836, en presencia misma del restaurador de las leyes y su hija Manuelita. El carácter de clase que adoptarían con el tiempo de libertos en nuestra sociedad, estaría signado por la educación basada en los valores europeos (aquello de los negros “ché” y los “negros finos”). En las artes y en las letras como en la política, irían destacando varios representantes de la comunidad afroargentina como Zenón Rolón (músico, profesor, escritor, se puede encontrar obra suya en el museo histórico de Morón), Lucas Fernández y Casildo Thompson, quienes crearon desde el movimiento “Democracia Negra” en el año 1858, el primer órgano de orientación de lucha de clases antes que cualquier influencia europea se haya amarrado a nosotros y que se llamó “El proletario”.  Ya en la música, Rosendo Mendizábal, quien fuera el autor de “El entrerriano”, primer tango que se conoce con partitura del año 1896.
Esto nos sirve como anticipo para observar el desarrollo de los candombes porteños y argentinos y en una rápida ojeada, pasar de los toques rituales, al sincretismo más o menos público de principios del siglo XIX, hasta la participación de las naciones en los carnavales con sus toques y bailes característicos, que dejan como seña de identidad no solo la ropa y el desfile (más varios pasos que hacemos en la murga porteña), sino las famosas “topadas”, para intentar tapar los sonidos de los otros, que a veces solían acabar en riñas generalizadas callejeras y que con el correr de los años nuestras murgas siguieron sin solución de continuidad no ya representando a una “nación”, sino a un barrio. No solo por “tapar” a la otra, también contender para intentar actuar primero en el corso “a lo guapo”.
Cito para ilustrar un estribillo de tema propio “Candombe de Buenos Aires”:
“El candombe no murió/ En el barrio del tambor/ Muy porteño se mezcló/ En los toques del murgón/ En la murga revivió/ Meta rumba y guariló”.
Miles y miles de murgueros que hoy integran con ilusión y vitalidad murgas y agrupaciones de carnaval, tal vez no sepan ni sueñen que sus pasos y el origen de sus murgas, radique en aquellos antiguos habitantes de esta tierra. Cuando el compadrito criollo comenzó a transitar el camino del baile, espiaba de “coté” a los candombes ya ocultos y entre sorna y admiración que fue a derivar en el baile del tango, nos dejó en la murga ese eslabón que yo llamo “perdido” entre el candombe y la murga, entre el compadrito y el negro. De aquel salvaje candombe (guariló o bariló), pasando por la milonga (también de un vocablo africano “mulonga” que significa “palabra”) y la llegada de la inmigración,sobre todo italiana, el aporte del bombo de origen turco que luego terminaría afianzado como parte sustancial de nuestro folklore, que como el bandoneón, sin haber nacido en nuestra tierra, nadie ejecuta ni lo representa culturalmente como en la Argentina, se fue formando nuestra murga que hoy crece y se dispersa vital y pendiente de muchas influencias por todo el territorio y asombra a propios y extraños con su particular y único modo de ser un vehículo latente de negritud.
“Ya no hay negros botelleros,/ Ni tampoco changador,/ Ni negro que vende fruta,/
Mucho menos pescador;/ Porque esos napolitanos/ Hasta pasteleros son/ Y ya nos quieren quitar/ El oficio de blanqueador./ Ya no hay sirviente de mi color/ Porque bachichas toditos son;/ Dentro de poco ¡Jesús por Dios!/ Bailarán zamba con el tambor.”  (Anónimo, probablemente de fines del siglo XIX).
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Fuentes, notas y lecturas recomendadas:
“Breve Historia del Tango” (Fernando Araníbar)
“Cosa de Negros” (Vicente Rossi)
Estudios y escritos de Ortiz Oderigo.
“El periodismo de la Disidencia Social” (Dardo Cúneo)
“El Negro en el Río de la Plata” e “Itinerario de los Negros en el Río de la Plata” (Ricardo Rodríguez Molas)
“El Primer Genocidio” (Emilio Corbiere)
El antropólogo e investigador norteamericano George Reid Andrews
Textos y notas de Pablo Cirio, Alejandro Frigerio y Alicia Martín.

Imagen: Candombe en una fogata de San Juan  (año 1938). Foto tomada de Wikipedia.
Nota tomada del sitio raizafro.com.ar 

22 ene 2013

Gabino Ezeiza, payador y revolucionario



(De Diego Ruiz)

Desde un viejo disco de pasta canta la voz de Ignacio Corsini: Buenos Aires de mi amor/ ¡oh, ciudad donde he nacido!/ No me arrojes al olvido/ yo que he sido tu cantor... Es una vieja canción de Héctor Pedro Blomberg, aquel periodista y poeta que en los años 20 popularizó la temática de la época de Rosas –La pulpera de Santa Lucía, La mazorquera de Monserrat, Los claveles de San Ignacio y tantas otras– con la colaboración del músico negro Enrique Maciel que, no casualmente, era guitarrista de Corsini. La milonga se llama El adiós de Gabino Ezeiza y podemos decir que, como pide la estrofa, Buenos Aires no lo olvidó pues muchos nombres integran el Olimpo de los payadores –Juan y Arturo Nava, Nemesio Trejo, Pablo Vázquez, Federico Curlando, el también moreno José Higinio Cazón, entre otros–, pero Ezeiza y Betinoti constituyen el alfa y el omega del mito payadoril. Santos Vega, más allá de su existencia real o supuesta, no pasa de ser una figura literaria creada por Bartolomé Mitre y Rafael Obligado, otro mito creado para reivindicar la vida pastoril –cuando el verdadero gaucho ya había sido aniquilado mediante la papeleta de conchabo o el fortín– frente al “aluvión inmigratorio” que amenazaba el imaginario del país patricio y hallaría su figura máxima en Martín Fierro a partir de la reivindicación de Leopoldo Lugones. Y, asimismo, es significativo que en esos dos nombres se condense la edad de oro de los payadores: desde Gabino, nacido en San Telmo exactamente seis años después de la caída de Rosas  y descendiente de negros esclavos, hasta Betinoti, hijo de italianos; la vieja Argentina criolla y el nuevo país de mayoría inmigratoria que, bien o mal, configuraría nuestro presente y que –¡notable símbolo!– reclamaría su lugar al sol el mismo día de la muerte de Gabino, al asumir su primera presidencia Hipólito Yrigoyen.
Como decíamos, Gabino nació el 3 de febrero de 1858 en el barrio de San Telmo, quizá en el mismo predio en que hoy se encuentra un antiguo conventillo devenido en galería de anticuarios y que algunos denominan “casa de los Ezeiza”, induciendo al error de que en dicho edificio moraba esa familia patricia. Es posible que así haya sido en algún momento, pero la actual construcción es la típica de las que con el eufemismo “casas de renta” construían y explotaban empingorotados personajes como Lezama y Anchorena y en las que se hacinaban los recién llegados al “granero del mundo”. Pero, en nuestro afán de aclarar, corremos el riesgo de perder de vista a nuestro personaje, de cuya infancia poco y nada se sabe, aunque el mismo Blomberg en una nota, afirmaba que a los 15 años poseyó su primera guitarra, regalada por un pardo muy viejo llamado Pancho Luna que tenía una pulpería en el bajo de San Telmo y  habría sido payador en tiempos de Rivadavia, y que con ese instrumento salió a recorrer los pueblos de la provincia. Otros autores, como Luis Soler Cañás, afirman que Gabino (o Gavino, como aparece muchas veces) no salió de la ciudad, iniciando su carrera por Barracas, por el Parque y otras incipientes barriadas mientras publicaba artículos y poesías en hojas hoy inhallables, apareciendo por primera vez noticias sobre sus actuaciones en 1882, en el local “Locos alegres” de Córdoba entre Artes (hoy Pellegrini) y Cerrito y en la “Confitería del Concierto” de Bolívar y Comercio (hoy Humberto I).
A partir de ese momento ya tenemos noticias concretas de su actividad, de su viaje inaugural a Montevideo para payar con Juan Nava en 1884 y, ese mismo año, los tres encuentros con Nemesio Trejo en funciones a beneficio de tanto éxito que son publicados como folletos. Nuevamente en Montevideo, en 1888, se mide con Arturo Nava y luego, a lo largo de los años, con el gran Pablo Vázquez –para muchos el mejor payador de todos–, con Maximiliano Santillán, Luis García, Ramón J. Vieytes, Federico Curlando, Francisco Bianco, José Betinoti –en 1902 y en el circo que se alzaba en Venezuela y Maza–, entre tantos otros y con José Higinio Cazón, cuya amistad recuerda el conocido tango: Café de los Angelitos/ bar de Gabino y Cazón... Pero en realidad esta nota, desde su título y más allá de las anécdotas más que conocidas del personaje, apunta a otra de sus facetas: la del ciudadano comprometido políticamente que militó desde muy joven en el Autonomismo, ese protopartido porteñista en que se refugiaron muchos antiguos federales rosistas; el que combatió en Puente Alsina y los Corrales en 1880 contra las tropas nacionales defendiendo, precisamente, la “autonomía” de Buenos Aires; el que siguió a Leandro Alem en la fundación de la Unión Cívica y en las jornadas del Parque de Artillería teniendo luego destacada participación en la revolución radical de 1893. En esa oportunidad Gabino, que con el dinero ganado en la lotería había comprado un circo al que llamó “Pabellón Argentino”, viajó a Rosario con el santo y seña para los conjurados y, según parece, con cajones de armas disimuladas entre los petates circenses. Estallado el movimiento, combatió en la Aduana contra el Regimiento 3 de Infantería y, vencido, pasó un tiempo en la cárcel –desde donde entabló un contrapunto epistolar con Félix Hidalgo– para encontrarse, al ser liberado, con que le habían quemado el circo dejándolo en la miseria. Cobran entonces cabal dimensión las palabras de Yrigoyen en su día de gloria, el 12 de octubre de 1916, al enterarse de la muerte del viejo amigo: ¡Pobre Gabino!... ¡Él sirvió!
En una de sus giras con el circo, en 1892, Gabino conoció en San Nicolás de los Arroyos a Petrona Peñaloza, una descendiente del Chacho con quien se casó y tuvo descendencia. En sus últimos años, signados por una extrema pobreza, se radicó en el barrio de Flores y allí murió, siendo enterrado en su cementerio con la presencia de un gran amigo de juventud: Pepe Podestá. Allí reposa, en el sector de nichos sobre Balbastro y San Pedrito, como recuerdo de una época de Buenos Aires y de un arte popular del que casi no quedó registro, como dice en uno de sus tangos Manuel Romero: No cantó pa’ los discos Gabino,/ por la radio su voz nadie oyó,/ pero en cambio su lírico trino/ en el alma del pueblo vibró...
Poca suerte tuvieron también sus composiciones, más de quinientas, de las que sólo se recuerda su Saludo a Paysandú, ignorándose asimismo que compuso dos obras teatrales, Lucía Miranda y El cacique Mangoré. Y para colmo, por alguna de esas incomprensibles ocurrencias de los ediles de turno, la calle que lo nombra se halla en... ¡Villa Devoto!, barrio que ni siquiera existía en la época de sus correrías. Una sola cuadra, entre Baigorria al 4749 y Nogoyá 4752, entre Diamante y Allende, recuerda a uno de los grandes mitos del arte payadoril. El otro, José Betinoti, aún espera.
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Imagen: Gabino Ezeiza.

20 ene 2013

De Papá Noel, Reyes Magos y colonización cultural



(De María Virginia Ameztoy)
  
Cuando aprendí a leer no había texto que escapara de mis ojos. La era del aprendizaje había dado paso a la apetencia por descifrar –más bien decodificar– letras antes visualizadas como entidades solitarias y descubrir que unidas daban paso a una idea. Leía cualquier cosa, libros escolares, de cuentos, historietas..., hasta llegué a leer Mecánica Popular.
Observando mi quasi fanática avidez me regalaban libros, supuestamente para niños.
Encabezaban el desfile de papel impreso esos libros grandes y de pocas páginas, con escasas líneas de texto y grandes dibujos coloreados, no siempre del mejor rigor estético, los clásicos infantiles: Blancanieves, La Cenicienta, La Bella Durmiente, el Gato con Botas, Caperucita Roja.
A la ficción de mis primeras lecturas infantiles se agregaba el mundo ficcional de otros personajes, representaciones culturales propias del contexto sociohistórico: los santos, los próceres, los dioses del Olimpo, los patriarcas bíblicos, algunos de ellos homenajeados en determinadas fechas a lo largo de todo el año.
En el imaginario infantil todos tenían cabida en la misma medida y, en una suerte de indiscriminación entre los diferentes relatos, todos, personas y personajes, poseían casi idéntica cuota de realidad fantástica.
Alrededor de los ocho o nueve años manifesté deseos de más textos y menos dibujos. Aparecieron entonces relatos erróneamente dedicados a infantes lectores, error afortunado que provocó que, sin saberlo, descubriera la literatura cuentística: Hans Christian Andersen, cuentos españoles, las fábulas en verso de Esopo, La Fontaine y Samaniego, los cuentos de Navidad, de Charles Dickens, El gigante egoísta y El príncipe feliz, de Oscar Wilde.
Los relatos de Andersen eran los que más me impresionaban, impresión a la que  iba unida la necesidad de su relectura, tanto que a muchos podía recordarlos casi de memoria. Uno de mis cuentos preferidos era La pequeña sirena que se hacía cortar la lengua por amor al príncipe quien sólo podría amarla si tuviera dos piernas en lugar de una cola de pez. Pero también me conmovía el arrepentimiento de La niña que caminó sobre el pan y no concebía que existiera un ser tan malvado como La reina de las nieves.
Wilde, otro de mis autores favoritos, me provocaba congoja y piedad por la valiente golondrina, símbolo del amor a ultranza, y me emocionaba con el arrepentimiento del gigante, ya no más egoísta.
En el mundo infantil pocas noches significaban tanto como la del 5 de enero, cuando los Reyes Magos esperaban que nos durmiésemos y, previa puesta de los zapatos en la ventana o junto a la cama, nos dejaban regalos.
Los chicos hablábamos familiarmente de Melchor, Gaspar y Baltasar y sus ofrendas al niño nacido en el pesebre, pero la mayoría ignorábamos el origen de Papá Noel, ese señor de barba blanca vestido de brillante carmín. Sólo algún relato, su figura en publicidades callejeras y revistas, pero nunca supimos quién era ni su origen.
Recién mucho después, ya adulta, me enteré que varios siglos atrás había surgido en el imaginario europeo la mítica figura de un señor Nicolás, al parecer un filántropo que ayudaba a los pobres. Pero el barbado del traje carmín fue un invento de Coca-Cola, que vistió al mítico Nicolás con su color distintivo.
Y mientras Andersen, Wilde y Dickens abrían las cabezas de los chicos y a través de moralejas y utopías nos convencían de que siempre era posible un mundo mejor, desde el imperio se violentaba simbólicamente a América Latina exportando a un gordito de aspecto aparentemente bonachón para sumarlo al imaginario de nuestros incipientes sueños colectivos.
Hoy varias generaciones de chicos creen que Blancanieves, La Cenicienta y la Pequeña Sirena fueron creadas por Walt Disney. Ninguno sabe que sus autores fueron Charles Perrault y Hans Christian Andersen. El imperio continúa implacable realizando su sempiterna tarea distorsionadora.
Y mientras la golondrina muere por amor al príncipe –ya no feliz– el señor de la eterna carcajada sigue trabajando todos los años para honrar al imperio que le dio vida.
Creo que el niño del pesebre prefiere a la pequeña sirena y a la valiente golondrina.
Yo también.
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Imagen: El Papá Noel inventado por la multinacional Coca-cola, otra de las tantas “infiltraciones” del imperialismo yanqui.
Ilustración y texto tomados del periódico “Desde Boedo”, enero de 2013.

Carlos Alberto Rezzónico



(De Ángel O. Prignano)

 Con hondo pesar hemos recibido la noticia de su desaparición física el primer día de 2013, pocos meses antes de cumplir los 90 años. Había nacido en la ciudad de Buenos Aires el 9 de mayo de 1923. Dedicó su vida a su familia, a su profesión y a la investigación de la historia porteña. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires, estudió abogacía y notariado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires para luego obtener un doctorado en Notariado en la Universidad del Salvador.
Sus investigaciones sobre la historia de Buenos Aires se basan en la rigurosidad de las fuentes consultadas, especialmente en los temas que tienen que ver con las viejas quintas, cuyos fraccionamientos dieron lugar a los barrios más populosos de la ciudad porteña. En tal sentido, muchos de los que nos dedicamos a desentrañar tales historias recurríamos a él para completar nuestras indagaciones. Fiel a su profesión, también se ocupó de la historia del notariado y su antiguo cuerpo profesional.
Formó parte de numerosas instituciones dedicadas a estudiar el pasado de Buenos Aires y sus barrios, como las juntas de estudios históricos de Almagro, Caballito, La Recoleta, Balvanera y del Puerto, ocupando cargos directivos en algunas de ellas. Además fue miembro fundador de la Academia de Historia de la Ciudad de Buenos Aires, integrante del Instituto de Historia Notarial y vicepresidente de la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad de Buenos Aires.
Fue designado Miembro Honorario de la Junta de Estudios Históricos de La Recoleta, Presidente Honorario de la Junta de Estudios Históricos de Balvanera, Miembro Honorario de la Junta de Estudios Históricos de Villa Ortúzar y distinguido como “Historiador Porteño” por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires en 2004.
Publicó dos documentados libros: “Carlos Spada, médico y filántropo” (1988) y “Antiguas quintas porteñas” (1996). Por otro lado dio a conocer varios folletos, entre ellos “Algunos vecinos de Balvanera” (1997), “Mirando hacia atrás... Efemérides del barrio de Balvanera” (1997-98) y “Tres desaparecidas capillas del barrio de Balvanera” (2004). Además publicó numerosos artículos en revistas especializadas: “Historia del Hospital Italiano”, “El ingeniero Bateman y el puerto de Buenos Aires”, “Réquiem para una Costanera”, “El Puerto y la higiene (Bosquejo de una normativa durante los siglos XVIII y XIX)”,  “Las quintas de los Alén”, “La llamada Quinta de Liniers”, “Un personaje singular de Buenos Aires: el martillero Hermenegildo Baizán”, “Quinta de Vermoelen en el barrio de Balvanera”, “Historia de un inmueble del barrio de San Nicolás”, “La quinta de Vélez Sarsfield en el barrio de Almagro”, “El escribano Pantaleón Gómez”, “Escribanos de registro en los mercados”, “Los escribanos en la época del gobernador Láriz”, “Los escribanos Eufrasio J. Boyso y Tomás J. Boyso. 1769- 1832” y “La muerte del escribano Alejandro Araujo y una extraña solución jurídica”.
Se nos fue un gran amigo que siempre se manifestó dispuesto a entregar sus propias investigaciones, con generosidad y sin ningún tipo de reservas, desinteresadamente y reticente a que dejáramos asentada su ayuda en nuestros trabajos. ¿Cuántas veces en el “Homero Manzi” de San Juan y Boedo compartíamos investigaciones e información con Arnaldo Cunietti-Ferrando, Luis Cortese y Mario Tesler? ¿Y cuántas otras tantas veces nos habremos peleado en el café “Margot” cuando armábamos la revista Historias de la Ciudad, que habíamos fundado junto a Cunietti, Cortese, Fernando Sánchez Zinny y el recordado Norberto García Rozada? Conmigo mantenía una vieja polémica: ¿Nosotros, los que nos dedicamos a estas “pequeñas historias”, somos realmente historiadores?, dudaba. Yo le respondía que al menos éramos barriólogos..., y se sonreía, con esa mueca amistosa que siempre alimentó al grupo, mostrándose generoso, activo y lleno de proyectos hasta el último suspiro de su vida que acaba de apagarse, cuando aún teníamos un montón de cosas por hacer. ¡Chau, Carlitos!
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Foto: Carlos Alberto Rezzónico.

19 ene 2013

Bar "San Bernardo": contrastes de Villa Crespo


(De Mailén Sosa)

Caminando por Corrientes un martes a eso de las diez de la noche me encontré con un barcito, sus puertas abiertas de par en par invitándome a entrar, y eso hice, me acerqué, pispié un poco desde afuera y rápidamente entré.
Me sorprendió la pinta de ese bar, antiguo, humilde, sencillo pero a la vez lleno de juventud, rodeado de jóvenes con sus cervezas y sus vestimentas exóticas. Cortes carre, pelos cortos, largos, de diferentes colores, zapatos llamativos o no tanto. No cabe la menor duda que estaba rodeada de un ambiente juvenil, con una música de fondo compuesta por murmullos y risas, y eso es lo que me sorprendió, el encantador contraste entre esos jóvenes y  las paredes decoradas con manchas de humedad, los ventiladores de techo, el banderín de Atlanta, y uno o dos cuadros de Gardel, parecido al contraste entre el televisor viejo cerca de la entrada y el plasma ubicado más adentro del salón.
En este bar hay, por lo menos,  siete mesas de pool y cinco de ping pong, además cuando me senté y pedí una gaseosa me di cuenta que se podía jugar a la generala en tu mesa. Un lugar donde el protagonista es el juego, el juego sano, con amigos, con tranquilidad, con armonía.
Me paré y recorrí el salón, me llamó mucho la atención el ambiente y los contrastes. Caminando paralelamente a las mesas de pool hacia el fondo del lugar cuando éstas terminaban y antes de que empezaran las de ping pong, había separando estos dos juegos una barrera de mesas con más jóvenes con sus cervezas, sus murmullos y sus risas.
Se hicieron las doce y cada vez entraba más gente, por un momento pensé que si me quedaba hasta más tarde podríamos llegar a apretujarnos para entrar en aquel lugar, a pesar de su amplitud, ya que es muy grande. Volví a la mesa, y continué observando esos rostros jóvenes, algunos jugando al pool, otros al ping pong, muchos charlando en las mesas y demasiados parados, conversando, esperando algún que a otro amigo quizás o esperando su turno para jugar.
La mayoría, exceptuando a los mozos, tenían entre 25 y 40 años, tal vez un poco más. Definitivamente ese martes, que pensé que nada me sorprendería, que solo caminaría en busca de algún trago, me encontré con una masa de gente con frescura en su rostro y una gran sonrisa como dibujada.
Y de repente, observando, lo vi a él. Esto sí que fue un contraste espectacular: dentro de esa multitud de adolescentes y adultos, apoyado en una de las columnas del bar estaba Mario, con sus 75 años cargando en su hombro un estuche con su palo de pool desmontable –que le había costado algo así como 500 pesos– y además de ese tenía cuatro más. Un viejito adorable, de ojos claros y pelo canoso con una camisa negra y un jean dispuesto a jugar con quien se atreviera, ya que su experiencia le aseguraba una calidad fabulosa a la hora de jugar a lo que a él más le fascina: el pool.
 Después de acercarme y hablar con Mario supe varias cosas sobre este acogedor barcito y sobre la vida de Mario. Me enteré que hace 17 años que vive en Villa Crespo y desde  entonces frecuenta  el lugar. Me informé de que ese bar donde durante día y noche se puede jugar al pool y al ping pong, al billar, burako, dados, dominó, ajedrez y naipes, tiene más de cien años, y eso se nota en su fachada. Es realmente bello de ver la mezcla entre lo antiguo del bar y lo moderno que aporta la gente que asiste. Todos los días está abierto, y pueden utilizarse los juegos, pero es el martes cuando se forma este ambiente tan particular, donde jóvenes y grandes (como Mario) juegan y disfrutan hasta el amanecer.
“Antes no frecuentaba la misma gente que ahora, sólo eran vecinos del barrio o algunos de más allá los que visitaban el lugar, pero de repente los días martes no cesaba de entrar gente, jóvenes, con sus ganas de jugar, de charlar y pasarla bien”, esto lo sorprendió a Mario quien asegura que “lo deben haber promocionado, porque si no no se encuentra una explicación coherente para este fenómeno que se está dando, donde tanta gente se junta un día martes a la noche y se desvela hasta altas horas de la madrugada”. No pude dejar de preguntarle qué le producía a él, con sus 75 años, este cambio de generaciones y esta moda que explotó hace pocos meses, Mario me aseguró “que le gustaba, que era lindo ver a los jóvenes jugando y que no le molestaba ya que estos eran tranquilos y no traían ningún conflicto como en otros bares donde iba”. Es más, Mario ya conocía a chicos del barrio con los que se juntaba a jugar un rato y como él mismo me dijo, mientras tenga con quien jugar podía quedarse hasta las 5 de la mañana. Este bar es frecuentado por los turistas, como todo lo que se pone de moda, y este viejito adorable les sacaba la ficha a todos, de donde eran y en qué idioma hablaban.
Es así que conocí el bar “San Bernardo”, y encontré en él una particularidad: es un lugar lleno de contrastes hermosos de ver y analizar. Para ir con amigos, familia, o pareja a disfrutar una noche espectacular.
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Imagen: interior del bar “San Bernardo” en el barrio de Villas Crespo.
Nota y fotografía tomadas de sitio Buenos Aires Sos.  

16 ene 2013

Buenos Aires




(De Mariana Kruk)

hay una memoria de la ciudad sin dudas,
del espacio, de los rincones,
de las casas, de una calle
y de una numeración exacta.

por eso Buenos Aires se me hace tajo,
tan llena está de todos
que es ya un hombre nuevo,
irresistible, impredecible, hijo de puta.

que me dice que sí pero no,
que me busca y me aleja,
que es hermoso y sabe que es hermoso
y no hay cosa peor.

Buenos Aires es un macho
que se hace el macho,
que me ignora y después llora o llueve
marcando territorio.

sabe cómo,
y cuándo,
y dónde,
pedir perdón.

conoce cierta inclinación que tengo
hacia el masoquismo,
por eso sigue y sigue,
sabe que me puede.

sabe que por más que amenace y reniegue
no me puedo ir muy lejos,
en las entrañas llevo su demencia,
sus penas, su sexo, su bandoneón.
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Imagen: Avenida 9 de Julio.