4 ene 2013

El lado tanguístico de José Portogalo



(De Hilda Guerra)

Tratar de desentrañar el alma de un poeta o analizar la poesía es una tarea difícil y apasionante al mismo tiempo. Entramos a un mundo lúdico y misterioso. Los laberintos imaginarios también se adueñan de nuestro sentir y creemos aprehender la verdad, lo que no deja de ser irrelevante. En el juego de imaginar siempre quedan dudas. Por otra parte así debe ser. Lo importante al leer un libro es lo que modificamos de nosotros mismos después de transitar sus páginas. A veces nos identificamos con un solo verso o comprendemos que esa cortina era la que queríamos descorrer pero no lo sabíamos.
Si a todo esto se le suma ahondar en nuestra expresión ciudadana, se complica
mucho más, pero se le agrega un atractivo de yapa.
En principio para intentar ver el costado tanguístico de José Portogalo vamos a aproximarnos a poetas y letristas. Aunque lo uno no invalida lo otro.
La primera pregunta que surge es cuál es el límite que separa el verso que puede ser cantado del poema. Con qué sutil centímetro medirlo. En los vericuetos del tango entra además la identidad surgida de los barcos. Teniendo en cuenta que esa mixtura dejó como saldo un sonido salvaje atado a recuerdos hondos.
Es una música esquiva que para acceder a ella nos arroja a un abismo. Con el fin de que nos miremos desde nuestras propias cavernas.
El letrista sabe relacionarse con músicos y es más verboso en la tertulia. El poeta es más tímido, posee una sicología más escondedora. En tren de elucubraciones podemos pensar que el primero está dispuesto a hacer amansadoras en lugares por aquellos frecuentados, para entregarles sus versos. Pero no siempre es así. Además se puede escribir la música y después la letra y otras exactamente al revés. Aquí surgen más preguntas: ¿por qué algunos escriben tangos y otros le conversan al tango?
Es como si sólo orillasen ese misterio. Muestran el esqueleto de una idea y se guardan el corazón de la misma.
Tampoco podemos obviar el papel definitorio que ejerce la aceptación popular Ese beneplácito influye incluso en obras sucesivas.
 La cancionística tiene sus reglas. Es más fácil acceder cuando un letrista puede ofrecer variedad y cantidad en cualquier momento. Los puntos de vista varían de acuerdo a las modas; aún en épocas de marcaciones libres. Pero existe un ritmo musical, pautas sutiles y sobre todo una sencillez y síntesis que la hace más vulnerable al tratamiento.
Sin embargo no podemos deducir que José Ananía, el italiano nacido a principios de siglo, que adoptó el seudónimo de José Portogalo se quedó en lo simbólico del género, o que le hayan faltado modelos métricos para la definición del 2 x 4. El poseía dominio de las estructuras, las formas, los metros y los ritmos.
Portogalo echó nuevas raíces en Buenos Aires y sus barrios y gentes fueron su constante inspiración. Se desprende que tuvo mucho por decir y no quiso manejar extractos. Tal vez un exceso de respeto a pesar del apronte. Un desmedido celo en el territorio y un abrirse luego al coloquio configuran el resultado de Letra para Juan Tango (1958).
Si nos atenemos a su primera obra, Tregua (1933),editada a través de la editorial del grupo de Boedo "Claridad" ; no se aparta de los modelos tradicionales y sólo en Tumulto (1935) con el que obtuvo (no sin escándalo) el premio Municipal, rompe el cuño y la tonalidad. Esta segunda colección de poemas tuvo ilustraciones de Demetrio Urruchúa. El mundo cotidiano, los personajes laburantes, el quehacer diario son retratados, pero es el recuerdo de la infancia la que lo conmueve. En uno de los poemas de esta selección se pregunta: "¿Qué voz es la que pule mi garganta de niño?" Su poética dará siempre respuestas a esta pregunta. Tendrá luego una concepción menos esquemática, la del "realismo romántico" así definida por Raúl González Tuñón. En la que pueden inscribirse César Tiempo, Nicolás Olivari y después Mario Jorge de Lellis. Ya en su libro inicial define su ambición: "Junto a mi corazón que era una brasa,/ creció este anhelo mío de alcanzar la suprema/ maravilla del arte en un poema". En esta entrega también une los dos pueblos,costumbres y cultura.
Otros de los puntos a considerar en la poética de José Portogalo, es la asimilación lingüística, ya que la lengua materna era otra. Asumió un idioma que si bien es consanguíneo del latino natal, no ha sido el de sus primeros balbuceos. Con qué facilidad captó la lengua. No es ajeno a esto el amor que le inspiró esta ciudad, sus recovecos y sus habitantes con todas sus obsesiones. El supo poner en claro el bosquejo que cada uno lleva dentro y darle acción a la palabra de los que la tienen vedada. No hay que olvidar que en cada hombre hay un poeta escondido. Supo de entrada que lo que hacía era un acto de solidaridad histórica y puso en práctica esta retentiva que vuelve de nuestros ancestros para insertarse en el futuro.
Cómo iban a alcanzarle los dos minutos de un tango para denunciar: "Disculpadme, compañeros poetas, este cartel sin Poesía/ Pero hay hambre en el mundo, hambre en las bocas del mundo./ Y yo tengo un par de gritos violentos y unas ganas tremendas de vivir".
Las expresiones folclóricas muestran el sentir de un pueblo y el tango expresa la modalidad ciudadana; no podía limitarse si además de su procedencia le inquietaba el mundo, artistas nacidos en otras latitudes y su problemática. Baste recordar su homenaje a García Lorca en el libro publicado en 1937, Centinela de sangre: "Ay Capitán de palomas, / ay, niño, qué niño, y ángel./ Pienso que un bosque de estrellas/ madura, fiel, en tu sangre./ Oh, Capitán de palomas:/ ¡qué frío, qué duro el aire!/ Y tú mezclado a la tierra/ con la raíz de los árboles,/.
La técnica literaria no tiene secretos para Portogalo, así como la fineza de su oído musical. La diversidad se manifiesta alternando romances y sonetos, ¿podía escribir letras o no?
Toda poesía encierra un enorme compromiso, el que la aborda está en crisis permanente y ésta se somete a los riesgos inequívocos del pacto latente. Ese que lo acompañó siempre. Es una épica que no soslaya personajes marginales sin perder lirismo. No busca efectos, están enraizados a su sentir, con hondura que estremece por lo simple.  En Ronda de pordiosera  que pertenece a Canción para el día sin miedo (1939), a un reclamo de ésta le canta el coro de los pájaros "Ronda la ronda que ronda ronda./ Levanta el río sus verdes aguas./ La vida tiene color de espacio,/ polen y rosa como la infancia".
Los críticos, con certeza, lo han ubicado dentro de una línea social, comprometida y militante. Heredera en buena medida del "Grupo Boedo".
La poesía como un buen vino hay que beberla lentamente, y con Portogalo sólo en una relectura podemos cumplir con este precepto. La primera vez lo hacemos con el énfasis que él transmite.
Al poeta que le gana el letrista sabe ubicarse sin vueltas y va directo al objetivo. Aunque a veces falte profundidad. Es bueno sincerarse en esto. En oportunidades no poseen giros poéticos que definan un cuadro de situación,otras se cae en el grotesco. Portogalo prefirió pasear detenidamente por su verbo a Juan de Dios Filiberto, la milonguita, la parda Flora, la turquita, el coro barullero de Triunvirato y Canning, Villa Crespo con su vereda de potreros. Sin olvidarse de la cuna de gorriones que albergaba el Maldonado, ni el lustrador de pisos para el baile: “/El Mocho virutea los ladrillos/ para hacerte más plástico, más que fresco/ en la danza que suelta tu glicina de patio./
Apelaba al discurso con un grito sostenido. Construyó una poesía huracanada por la belleza de las cosas puras. Ensalzó un tango que se empeñaba en ser taita y era "gajito de cedrón" y fue siempre fiel a su origen y al poeta de barrio del que se nutrió.
En Mundo del acordeón, editado en el año 1949, proclama: "¡Lindo el tango que tenía entonces asomos fieros!" y retrata con soltura: "era luz en entreveros de abultada picardía", para monologar interiormente: "su corte que, a lo porteño, con la fama se tuteaba". A este libro pertenece también la sentida oda elegíaca del padre que llevó una aurora en los hombros.
Letra para Juan Tango lleva el sello del año 1958 y en su canto no falta ninguna imagen de la ciudad. Ningún personaje que no esté emparentado con la expresión ciudadana. Es una postal de recuerdos con sus cafés fileteados, sus plazas, sus peringundines, su pan negro y el blanco. El ganado con el sudor de la frente y el birlado. El Morocho del Abasto, aquél que tiene carne y hueso de pueblo en su garganta y calandria matutina sobre su hombro.
El solía expresar que la poesía tiene muchas caras, y una de ellas es sin duda la que necesita ser musicalizada.
Una moneda efectivamente tiene dos caras. Una puede tener inscripto un verso que un día por obra de algún músico se convierte en canción o viceversa.
Intuyo que de todos los epitafios de José Portogalo el que más le cabe es: "Mi epitafio es la letra de un tango sin posdata"; y prefiero guardar sus palabras:"Pero amigo, a mí se me hace/ que el tango nació en el mismo/ corazón de Buenos Aires/ ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De qué sitio?/ No le hace..."
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Imagen: José Portogalo, dibujo de Juan Carlos Castagnino.

3 ene 2013

Acerca de la suerte y "el tarro"



 (De Luis Alposta)

El estudio de las voces lunfardas no sería completo si no se incluyesen también el de muchas frases populares. Es que el lunfardo, además de la creación y recreación de palabras, recurre, muchas veces, a locuciones o frases que le son propias. Estas locuciones o frases pueden estar formadas con términos lunfardos, pero no necesariamente es así. Con mucha frecuencia, suelen estar constituidas con voces corrientes del idioma, configurando un contexto de sentido nuevo, figurado. En la expresión hacer bandera, por ejemplo, el significado de exhibirse, de fanfarronear, está dado por la asociación de las palabras con un sentido metafórico y no por las palabras en sí.
Las frases de origen popular proceden de fuentes que no siempre se pueden establecer. Llega un momento en que nadie, o casi nadie, reconoce ni recuerda el origen de los dichos o frases hechas que se usan a diario.
Ahora bien, de los modos de decir porteños a que me estoy refiriendo, hay uno que, según Arturo López Peña, hizo su aparición en una época fácilmente ubicable. Me refiero a “tener un tarro bárbaro”. Según López Peña, esta frase apareció por primera vez en el diario Crítica con motivo del partido de fútbol que los argentinos disputamos en Amsterdam con los uruguayos, en 1928.
El cronista dijo entonces, comentando el encuentro, que los uruguayos habían tenido un “tarro bárbaro”, con lo que quiso decir un tarro de leche, y  leche en lunfardo significa suerte.
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Imagen: José Nasazzi y Manuel Ferreira, capitanes de Uruguay y Argentina, junto a los árbitros, Estadio Olímpico de Amsterdam, 1928.
La foto y el texto fueron tomados de la página web "mosaicos porteños".

2 ene 2013

Una pizzería, una "bottiglieria" y algunos cafés del Boedo de ayer...



(De Silvestre Otazú)

En el café “Biarritz”, que estaba en Boedo al 800 y que fue acaso el único que existió en la acera este, el público de paso y algunas familias se sentaban en la parte de adelante; la parte de atrás era coto reservado de los señores malandrines y en los altos celebraban sus reuniones los socios de la peña Pacha Camac.
Aquel café era un símbolo del barrio: promiscuo, heterogéneo, tolerante, sin noción de las diferencias sociales y ni siquiera morales. Boedo era un barrio donde el más honrado vecino no le negaba el saludo al capitalista de juego, al “pasador”, al redoblonero, ni siquiera a Luisito, simpatiquísimo muchacho de una familia conocida que se había hecho ladrón de guante blanco y se paseaba tan orondo calle abajo y calle arriba como si su trabajo le diese la aureola de un galán de cine...
A semejanza del “Biarritz” eran los demás cafés de Boedo. Bueno, tanto como eso no. Convengamos en que había algunas excepciones. Una de ellas era el café de Paco.

“EL CUADRO QUINTO”
A ese café lo llamaban “El Cuadro Quinto”, aludiendo al famoso calabozo que hasta hace unos veinte años existió en el Departamento Central del Policía y que era temido hasta por los más avezados delincuentes. Dueño del café era don Francisco Córdoba, un caballero andaluz que había sido mozo en el célebre “El Capuchino”, un café y cine de la calle Carlos Calvo del que se hablará a su debido tiempo. Apenas se instaló el café, lo más granado de la picaresca boedense sentó sus reales allí. Con lo cual, el pobre Paco no ganaba para sustos. El, que era de un temperamento tan pacífico y contemporizador, vino a tener la “mardita suerte” de vivir como sobre ascuas. Y se volvió inquieto, más movedizo que una ardilla y con los ojos en constante movimiento, como si atisbase en qué rincón del café iba a armarse la “bronca” para tratar de suavizarla... si podía.
Nunca se vio gente más quisquillosa que la de aquel café. Allí, todo motivaba espantosas peloteras: las partidas de billar –en las que el dueño iba siempre “prendido”–, las de naipes, la calidad de las bebidas, las maneras de servir de los mozos.¡Guay de Paco si en las noches en que se le ocurría hacer puchero de gallina algún cliente se quedaba con las ganas de probar el sabroso plato! Para evitar el escándalo se veía obligado a hacer muchas más raciones que las que consumían los parroquianos. Pero como su café no era fonda y no tenía el recurso de convertir las sobras en albóndigas, ese plato inventado por los cocineros para no tener que tirar nada, don Paco colocó una pizarra junto a la caja y anunció: “Er que quiera pushero de gayina que se anote”.
Claro, aquellos alborotadores ahuyentaban la clientela tranquila y sosegada que Paco anhelaba tener. El único parroquiano que no le causaba zozobras era un viejo inverosímil que nadie se explicaba cómo estaba todavía en pie. Era un montón de huesos recubiertos con un pellejo arrugado. Tosía constantemente. Los muchachos lo habían apodado Primavera...
Una noche –¡también es puntería!– una familia entró después del teatro al café de Paco. Dos o tres señoras jóvenes, dos o tres criaturas, una dama de edad canónica y dos caballeros. Forasteros en el barrio, tuvieron la santa inocencia de entrar allí para tomar chocolate con tostadas.
Paco en persona recibió el pedido de aquella gente. Sonreía, pero su alma estaba en vilo porque allá en el fondo del salón se estaba incubando una tormenta que haría época. Inútiles fueron las súplicas, conminaciones, ruegos y amenazas de Paco, que corría de la cocina al fondo para acallar a los sediciosos.
–¡Mardita sea, callaos que hay señoras en el salón!
Sus palabras no hacían más que excitar los ánimos caldeados próximos a estallar. ¡Y ese chocolate caliente que ya estaba tibio! Y si por un instante las cosas parecían salirse de madre, como por arte de magia todo retornó a la calma, y Paco pudo servir a sus distinguidos clientes un chocolate ¡tibio! con tostadas...

“PININ”
 Fue la cantina y bottigleria más conocida de Boedo. Se estableció allá por 1900. Su dueño era un italiano tan pacífico como Paco, pero más afortunado que éste en cuanto a clientela. Cierto es que tomaba sus precauciones. Por ejemplo, después de las diez de la noche, se negaba a despachar vino a los que tenían una cara que a él no le gustaba.
Todo Boedo quería a Pinín, que era un corazón tierno y que sufría mucho a causa de uno de sus hijos, a quien le faltaba el paladar. Una tradición en la cantina de Pinín era que para Navidad su dueño convidara con una vuelta a todos sus parroquianos. Y otra tradición, más bella aún, era que en las vísperas de Año Nuevo, a las doce menos cinco, Pinín echara a todos sus clientes y se quedara solamente con aquellos que no tenían familia y los convidara a comer con él.
Cuando a Pinín se le murió su hijo, fue tal la pena experimentada que cerró su cantina y se fue a rumiar su dolor con la familia que le quedaba.

EL  CAFE “DANTE”
A la historia de Boedo está muy vinculado un viejo café: el “Dante”, hasta no hace mucho lugar de reunión de los hinchas del club San Lorenzo y de algunas de sus figuras más populares. Allí se daban cita casi todas las noches Omar, Fossa y Monti, tres de los más sólidos puntales del club que fue campeón argentino.
Ninguno de los parroquianos del “Dante” ponía jamás los pies en “El Japonés”, pues este era la peña del los hinchas de Huracán. Aquella famosa extrema defensa formada por Cereseto, Nóbile y Parto estaba allí todas las noches, así como el negro Loizo. De aquella tertulia solía participar con alguna frecuencia el doctor Aldo Cantoni, uno de los socios más entusiastas del famoso club.
Pero volvamos al “Dante”. Hacia 1920 contó ese café con una de las peñas más interesantes de Boedo. Los infaltables eran Vaccareza, Folco Testena, Edmundo Montagne, José Mauricio Pacheco, Alberto Weisbach y Elías Alippi, uno de los más conspicuos boedenses más fiel a su barrio. Fue en el “Dante” donde Folco Testena anunció un día un proyecto despampanante: ¡iba a traducir el Martín Fierro!
Inmediatamente se originó una polémica. Unos sostenían que la idea era disparatada porque nuestro poema estaba lleno de criollismos imposibles de verter a otra lengua, ni siquiera al español. Weisbach, en cambio, creía con Folco que todo es posible, puesto que todo lo folclórico tiene sus correspondencias.
–¡Qué absurdo! –se escandalizó Pacheco.
–No es absurdo –sostuvo el futuro traductor del Martín Fierro–. Déme tiempo y le traduzco con exactitud y verdad poética cualquier pasaje.
–Vamos a ver –propuso Montagne–. ¿Cómo podría decirse en italiano aquello de: ¿Al que nace barrigón,/ es al ñudo que lo fajen?
Hubo un silencio. Folco se concentró un instante y luego exclamó:
–¡Ecco! He aquí cómo lo diría en italiano: Al che nasce cosi grasso/ li fa nula l’ortopedia.

 En los años de auge del anarquismo, el “Dante” fue uno de los cafés preferidos por los adeptos a ese credo. Allí solían ir a terminar sus discusiones los delegados al congreso de la Federación Anarquista que se realizó en 1917 en el vecino local de la calle Estados Unidos, entre Boedo y Maza.

DON TRANQUILO
Don Tranquilo Fasciotti tenía bien puesto su nombre. Si hubo alguna vez un hombre calmoso y plácido en Boedo, ese fue el dueño de la pizzería que estaba en esa calle, en Independencia y Estados Unidos. Nada alteraba el ritmo de sus nervios, ni siquiera cierto género de desdichas que exasperan y sacan de quicio al hombre más desaprensivo.
Apenas si una vez lo vieron un poco indignado. Pero no era para menos. Ocurrió que uno de sus mejores clientes, muy generoso, muy dadivoso, muy simpático y muy amigo suyo, a pesar de que ni sabía siquiera cómo se llamaba, lo convidó a una partida de póquer con un “millonario bastante infeliz que va a quedar en la calle porque todo el mundo le gana como quiere”.
Tranquilo, Tranquilo, no te dejes tentar! ¡No seas codicioso! ¿No ganas acaso bastante con la pizza y la fainá? ¡Mira que la codicia rompe el saco!
Pero Tranquilo fue. Fue, jugó y perdió hasta su nombre. Se fueron en aquella partida buena parte de sus ahorros. Nunca más volvió a ver a aquel cliente tan simpático que ponía alegría en la pizzería con su sola presencia. Y Tranquilo no se molestó siquiera en hacer la denuncia a la policía. ¿Para que? El no había perdido más que su dinero, pero se había enriquecido en experiencia...

ALARMA
En la pizzería de Tranquilo había una pieza que estaba reservada exclusivamente a la peña Pacha Camac. Todas las noches, después de las reuniones de la famosa peña boedense, iban a parar allí González Castillo y sus amigos. El autor de Un pobre hombre presidía, peroraba y pagaba. Pagaba porque la mayoría de los artistas jóvenes que siempre lo rodeaban andaban de la cuarta al pértigo y llevaban su devoción hasta pedir lo mismo que él muchas noches. González Castillo se privaba de solicitarle a Tranquilo un whisky porque sabía que toda la tertulia diría también, con cierta displicente vacilación, como si fuera lo mismo que encargar un “cafecito”:
–A mí, también un whisky...
Vicente Roselli, el gran escultor de Boedo, que fue uno de los amigos más íntimos de González Castillo, nos contaba que este, alarmado una noche al ver lo nutrida que estaba la peña, le dijo por lo bajo:
–Roselli, no se le vaya a ocurrir pedir nebiolo esta noche, que el bolsillo no da para tanto...  
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Imagen: Boedo al 700 (de norte hacia el sur), circa 1920.
Tomado del libro de Silvestre Otazú: “Boedo también tiene su historia”, Ediciones Papeles de Boedo, Buenos Aires, 2002. 

Vagabundeo de cabotaje



(De Rubén Derlis)
  
Los largos periplos por calles porteñas que incitaban a un sostenido vagabarriar sin ton ni son, paulatinamente se van circunscribiendo –que no aquietándose–, a zonas más restringidas;  la intención de perderse por barrios menos conocidos se va replegando, porque las tabas ya no dan para tanto, hay que hacer posta con más frecuencia de la necesaria entrando a cualquier café que sale al paso, o en el banco de una plaza, si es que su verdor la anuncia en nuestro no fijado itinerario, y tomar aliento, porque hace rato que se ha perdido el paso Pitman y notamos que empiezan a chirriar los goznes de la vida. 
Ante esta realidad incontrastable que impide los agotadores cruceros barriales no hay que entrar en pánico, por el contrario es aconsejable alejar toda idea de desespero, y dado que callejear es parte de nuestra porteñidad, conjugar este verbo en la modalidad de cabotaje: viajar dentro del propio barrio. Y aunque algunos sean de opinión de no encontrar gracia en ello, (por mi parte digo que tampoco se trata de gracia alguna), a poco que se revisiten lugares conocidos, se habrá de dar con nuevos descubrimientos que de tanto ir y venir por las misma calles nos pasaron inadvertidos: fachadas, árboles, esquinas, perspectivas y tantas cosas más que a lo sumo miramos, pero nunca vimos.
Por lo general creemos conocer el barrio donde habitamos, que acerca de él lo sabemos todo, como si un barrio –el nuestro como cualquier otro– fuera un módulo estático cuando en verdad su dinamismo lo mantiene en permanente transformación (si estos cambios son para bien o para mal, es otro asunto).
¿Fuimos conscientes de la transformación del íntimo espacio que nos contiene? Seguramente no; acaso ni nos dimos cuenta de su continua metamorfosis porque se daba mientras nosotros también cambiábamos; ocupados como estábamos en nuestro cambio, acaso reparamos muy poco del que se operaba en el fragmento urbano que nos pertenece. Entonces habría mucho para ver. Pensemos solamente que más allá de diez cuadras a la redonda –que no son pocas–  de la manzana donde habitamos,  casi es territorio desconocido pese a pertenecer al mismo mapa barrrial. Es posible –por no decir seguro– que allí se hayan producidos cambios que ignoramos, algunos de los cuales podrían resultarnos chocantes (la antigua casona demolida para dar nacimiento a un nuevo palomar humano), o gratos (la esquina de un vetusto local clausurado que ahora luce con un café acogedor gracias al buen gusto de una pensada remodelación). Son sólo son dos ejemplos; puede haber más y de distinto tipo; sólo es cuestión de salir a callejear y de asomarnos a nuevos descubrimientos que se nos darán. Y siempre en el barrio, en nuestro barrio, que no termina en las cinco o seis cuadras a la redonda por las que nos movemos para hacer las compras mínimas o para tomar el colectivo que nos transportará a alguna parte.
Si bien soy un apasionado de los largos cruceros barriales, por imperio de las circunstancias (los años no vienen solos), el descubrimiento de los vagabundeos de cabotaje me ha deparado no pocas sorpresas, frustrantes unas, de sostenida alegría otras, tal como sucede en una ciudad en alocado crecimiento.
De crucero o de cabotaje, lo importante es salir a la calle a calibrar sus pulsaciones, que como quedó dicho, pueden sacudirnos la existencia con muy distintas emociones.
En cuanto a salir a la calle, debo rectificarme: entrar  a la calle, en plena adhesión a lo que sostiene el barriólogo Ángel Prignano  cuando escribe con indiscutible acierto que no se sale a la calle, sino que se entra en ella.
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Imagen: Plano del recorrido del Paseo de la Historieta en el barrio de Montserrat.

1 ene 2013

Sobre el enigma de los lagos de Palermo



(De Fernando Sánchez Zinny)

Uno de los tantos inadvertidos enigmas de la ciudad de Buenos Aires lo constituye la existencia de los cuatro lagos (que en realidad son cinco pues debe añadirse uno innominado al sur de la avenida Sarmiento) del Parque Tres de Febrero, lugares pintorescos, hermosos y muy característicos del ornato de los bosques de Palermo. De ellos, el “del Planetario”, es el mejor documentado y fue antaño el de “Los baños de Manuelita”, tras haberlo acondicionado Rosas como uno de los sitios de recreo de su residencia campestre, ubicada aproximadamente en la esquina sudeste de la actual intersección de las avenidas Sarmiento y Libertador. Muy cercano a él se encuentra el “del Rosedal”, con su puente belle épòque y su impregnación de novios atemporales; en dirección opuesta se halla uno más pequeño, oficialmente designado –no sabemos por qué– “Victoria Ocampo”, y, al otro lado de los viaductos ferroviarios y del Maldonado entubado, distante unas quince cuadras, está situado el más grande, llamado “de las Regatas”, paralelo a la avenida Figueroa Alcorta, frente a la sede del Club Gimnasia y Esgrima y a las instalaciones de Obras Sanitarias, extendido hasta no lejos de la calle La Pampa.
Ahí están y nos son muy queridos, además de ser muy bellos. ¿Pero por qué están? Geológicamente nadie ha atinado a explicarlo y tampoco por qué en toda la extensión adyacente y afín no hay formaciones lacustres semejantes ni noticias de que alguna vez las haya habido. Se alimentan de napas superficiales y del agua de las lluvias pero para nada se hallan conectadas a la red fluvial inmediata ni su comportamiento es similar al de los incontables lagunones de la región pampeana, los que, por lo demás, tampoco son propios de esta zona, definida por los geógrafos como “Pampa ondulada”. En otras partes, nuestras lagunas llegan casi a desaparecer durante las sequías y luego se recuperan y desbordan cuando cambia el régimen pluvial; por el contrario, esos lagos de Palermo tienen períodos –que se miden en meses– de más o de menos agua, pero las diferencias no son demasiado acentuadas y jamás llegan a secarse.   
Hagamos un intento por racionalizar los escasos datos presentes e históricos con que contamos, para lo que empezaremos por un atisbo de descripción de la costa originaria, previniendo que en absoluto somos geólogos, sino, simplemente, gente de letras que ama las cosas porteñas y está dotada de, al menos, una pizca de curiosidad memoriosa.
Vamos, siquiera, en búsqueda de una hipótesis para calmar la incertidumbre: la costa de la zona metropolitana arranca con grandes extensiones bajas y pantanosas hacia el sur y sigue con otras de relativa altitud, con barrancas a partir de las correspondientes al Parque Lezama. Estas después disminuyen insensiblemente y casi desaparecen a la altura de la avenida Independencia, punto por el que desembocaba en el Plata uno de los viejos “terceros”. Vuelve la barranca a insinuarse desde algo antes de la Plaza de Mayo, tiene un primer pico en Retiro y un segundo en Recoleta, el que concluye al pie de la Biblioteca Nacional. Viene luego la gran depresión que contiene al Maldonado y la barranca retorna sobre el borde de Luis María Campos más allá de Dorrego, para tener culminación en la plaza de Belgrano. Sigue la depresión por la que discurren, con su permanente amenaza de inundaciones, el Medrano, el Vega y el White, y la barranca se insinúa de nuevo en Olivos y más propiamente a partir de La Lucila (estación Anchorena, en la vía del Bajo). Desde allí, Libertador (es decir, las antiguas avenidas Aguirre y Obarrio) va por el borde superior de esa cresta, que se prolonga hasta San Fernando, punto desde el que la costa continúa carente de todo relieve y llegaba entre cañadas y mimbrerales al término de la zona inicialmente poblada, aunque poco, que concluía en la desembocadura del río Tigre.
Las referencias a terrenos costeros altos son abundantes, pero en los mapas antiguos apenas si hay indicaciones del resto y ninguna acerca de que existieran específicamente lagunas: genéricamente se anota, de modo impreciso, que hay bañados, pantanos, pajonales, sectores anegadizos, sin que en ningún caso figuren designaciones determinadas. Con seguridad no las había, lo que corroboraría el hecho de que esos cuatros lagos ubicados  en Palermo tengan nombres que para nada huelen a vetustos: una se llamó “Baños de Manuelita”, sin duda porque antes del Restaurador era innominada. Y las “del Rosedal” y “de las Regatas” es claro que se llamaron así sólo después de ser inaugurado el mencionado paseo floral y de establecerse el club de remeros.
Y aquí expongo la presunción que me han acercado: en el juego de las mareas, el río llegaba hasta las barrancas y allí obligadamente retrocedía; pero avanzaba sin encontrar contención en las partes bajas de la costa y sin nunca definir en ellas, por lo tanto, una consistente línea de ribera. Más tarde, al alejarse  ya para siempre –proceso sin duda ayudado por la actividad humana, aparte de la acumulación sedimentaria– quedaban hoyones productos de la acción anterior del agua y que la retenían en parte; su fondo erosionado era de tosca, como es en los lagos palermitanos, el que no absorbe el agua como sucede cuando es de limo. Es posible que tal haya sido el origen de esas lagunas, que en este caso serían meros residuos apresados del gran caudal del río.
Pero una dificultad perceptible impide admitir, sin más, esta explicación: de haber sido, en efecto, así las cosas, en todas las zonas bajas que van de Quilmes a Tigre debiera haber un rosario de espejos de agua similares, dado que en esa entera extensión el modo de actuar del río ha sido idéntico. Sin embargo, sólo existen esos cinco de Palermo… ¿Cómo es esto?
Y aquí ya no tenemos a mano más que inferencias: cuando Rosas adquirió las tierras costaneras que iban más o menos desde la finalización de la Recoleta hasta la Calera  (hoy las barrancas de Belgrano), por supuesto eran tenidas como muy malas y necesitadas de saneamiento. Industrioso como era, el “gaucho de Los Cerrillos” se contrajo a esa tarea: hizo rellenos, emparejó sendas, terraplenó el contorno de áreas inundables, realizó plantaciones y, en suma, “fijó las tierras”. Una gran porción la dedicó a actividades de producción y en la parte más próxima a la ciudad estableció una residencia, en la que un lago servía para propósitos recreativos. Se sabe que abrió un canal para regular el nivel de las aguas, paralelo a la actual Libertador y que llegaba al zanjón que bajaba por Austria (aunque otros dicen por Agüero, lo que no es creíble), erigió un amarradero y ató a él botes y hasta un vaporcito para diversión de sus invitados.
En resumen, tendió a utilizar con fines de boato al menos uno de esos lagos y no se habría metido mayormente con los restantes incluidos en su propiedad. Pero si en vez de actuar de esa manera hubiese encarado el saneamiento integral de esas tierras seguramente los lagos se hubieran secado y luego el emparejamiento del terreno habría hecho desaparecer sus restos. Cabría suponer, entonces, que hubo docenas de enclaves lacustres semejantes a lo largo de los sesenta o más kilómetros de costa que estamos considerando, y que existe la posibilidad de que todos se hayan extinguido por la acción del hombre, deseoso de trabajar la tierra o de lucrar con ella, movido por la necesidad y hasta, acaso, por el deseo de suprimir eventuales focos de infección, problema grave en aquellos tiempos. Los pantanos son –aún hoy, en la cultura popular– un mal y está sobreentendido que conviene cegarlos y procurar volver útiles los terrenos que ocupan. Pero los bienes de don Juan Manuel fueron incautados después de Caseros y esa estanzuela a las puertas de la ciudad fue presa de la inveterada incuria de los gobiernos. Veinte años más tarde vino Sarmiento con sus afanes de parquización parisina y, de pronto, he ahí que esos lagos subsistentes se adecuaban notablemente al criterio de embellecimiento que ahora imponía la urbanización. Así, un poco por casualidad, esos lagos se habrían salvado, en tanto que todos los demás caían bajo el hacha del olvido.
Supongamos que haya sido así, lo que –repetimos– no es seguro, pero, justamente, las oscuridades son la esencia de los enigmas. Lo que sí es concreto es que al diseñarse el parque hubo modificaciones en el contorno de esas superficies de agua. La apertura, en 1877, de la Avenida de las Palmeras (la actual Sarmiento) rebanó algo el “Baños de Manuelita”, por su extremo sur. Y es probable que otro tanto haya ocurrido con el lago del Rosedal, al abrirse el paseo Infanta Isabel; asimismo lo es el que algunos de esos lagos estuviesen unidos en algún momento, conexiones perdidas a raíz de las sucesivas obras viales, o debido a la forestación, que altera la altimetría de los lugares. Pues la señalada presencia del vaporcito sería congruente con una amplitud mayor en el hoy conocido como lago del Planetario, en cuya extensión presente dispondría de muy poco espacio para moverse: bastante más sentido hubiera tenido el juguete si ese lago, por ejemplo, conformaba una unidad, tal vez, con el del Rosedal, posibilidad no del todo desdeñable. 
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Imagen: El llamado Lago del Planetario, uno de los lagos de Palermo.

Ayer y hoy


(De Eduardo Semán)

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
hecho de polvo y tiempo el hombre dura
menos que la liviana melodía,
que sólo es tiempo...
(Jorge Luis Borges)

Ayer y hoy, tu magia nos regala
un Flores Sur a Recoleta unido,
un Arolas con lengue revivido
junto a un Astor sinfónico y de gala.

Maravilla que hiciste y nos señala
el sendero hacia un mundo preterido:
que la música es sueno hecho sonido,
y el tango es uno solo y se acamala.

Este escriba que en versos se atormenta
te envidia como nadie lo alcanzado:
el unir en tu acorde armonizado

métrica y consonante  bien polenta,
y en ese dos por cuatro, que hoy intenta
besar con tibio asfalto al empedrado.
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Imagen: "Gardel, Troilo y Piazzolla", dibujo a color de Hermenegildo Sábat.

28 dic 2012

Ensanchando las ideas



(De Mario Sabugo)

Los ensanches son, notoriamente, un proyecto muy antiguo. Recién en los últimos tiempos, San Juan, Independencia, Jujuy, Garay, se han ganado un merecido carácter de avenida.
Pero es nuestro deber alertar a usted que detrás de todo esto se mueve la poderosa influencia del dios Tránsito (cuyo nombre mencionamos no sin estremecernos), cuyos devotos entonan el maligno himno “Circulate in excelsis et gaudeamus traficum vehicularicum” y cuya música de fondo es el rugido de cientos de motores de explosión de gran cilindrada. Aunque justo es reconocer que las acciones de este ídolo se han ido a pique en otras latitudes, y que nuestras latitudes son ya de las pocas que conservan un fanatismo tal por las virtudes del transporte urbano individual. Fanatismo del cual las autopistas son quizá el ejemplo más luminoso.
Luego del ruidoso paso de los autos, break, taxis, colectivos, remolques y demás, que se mueven disciplinadamente al compás de las ondas verdes de los semáforos, algo, sin embargo, nos queda para analizar. Este algo, es la gente que “está”, la que queda allí, luego de que pasa la fauna multiforme del Tránsito.
Las operaciones de ensanche pertenecen, sin duda, a la especie de las cirugías urbanas… (“Lamento decir esto, pero va a tener que operarse…”). Esta operación consiste, esencialmente, en una reducción de los espacios privados y en un incremento equivalente de espacio público. Ahora bien, la situación actual es que el Tránsito (y sus laderos permanentes, Ruido y Humo), se han quedado con la parte del león del nuevo espacio público.
Obsérvese esto: durante el prolongado lapso en que por ejemplo, Independencia no se terminaba de ensanchar, los sectores en que la edificación ya retirada dejaba una abundante vereda, funcionaban como pequeños sitios para estar: charla de señoras, “picado” de los pibes, asoleo de jubilados. Estos sectores, luego del ensanche, cayeron bajo las fauces gasolineras del Tránsito. Me mortifica, le cuento, muy en particular, la pérdida del atrio de la Concepción, de Independencia y Tacuarí, con su piso en damero blanquinegro, veterano de los arroces matrimoniales y de los “picados” de las tardes de iglesia cerrada.
Los ensanches terminados están y es cierto, han producido también las placitas sobre San Juan. Quedan cosas para hacer: el tratamiento de los rincones y “retazos” que se han producido, el tratamiento de los muros (algunos exhibiendo los tradicionales recuadros de colores posdemoliciones), los que constituyen una gran oportunidad para los muralistas.
Finalmente, existe el caso de una calle que, preparada para el ensanche, aún no ha pasado por el bisturí. Y como creemos que a Buenos Aires le falta espacio público, que venga el ensanche. Pero, cuidado con el Transito que siempre quiere más.
El ensanche de Perú podría ser un espacio nuevo para los que están ahí, disponiendo de una abundante vereda y arbolado a escala de la calle. O sea, un pequeño “boulevard” desde “El Querandí” hacia el sur, con mesitas con sombrillas, quioscos de revistas, otros de flores y (miren todo lo que se puede poner), teléfonos públicos, estatuas. bancos de plaza, y los empleados, señores, pibes del secundario, señoritas, lo que usted quiera. Y (no me pide nada el cuerpo) que los colectivos vayan por otra paralela, que las hay. Soñar no cuesta nada.
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Imagen: Placita "Rodolfo Walsh". El mural está realizado, en una pared de un edificio de la vieja traza de la calle Perú, esquina Chile.
Tomado del libro: “La ciudad y  sus sitios” de Rafael Iglesia y Mario Sabugo, editorial CP 67, Bs. As, 1987.

27 dic 2012

Desde Floresta con sol y pájaros




(De Alfredo Agustín De  Cicco)

Yo crecí por jardines de chatarra
entre acantos de alambre pueblerino,
con porteño linaje de argentino,
alma de pez y genes de cigarra.

Alguien me dio sus ojos de pizarra,
alguien también su escándalo y su vino.
Llegué hasta el fondo del amor genuino.
Tropecé con la luna y la guitarra.

Sufrí la desventura de un momento.
Hice la pausa cautelar del viento
y ambulé por Floresta nido a nido.

Tal vez soy el final del niño viejo.
Un acorde del barrio o el espejo
de algún tango dejado por olvido.
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Foto: Graffiti en una pared de Floresta.

20 dic 2012

Calle Bella Vista



(De Ricardo De Lafuente Machain)

Se llamó más tarde Buenos Aires y ahora avenida Alvear.
Es la última calle de importancia formada en el barrio, no obstante lo cual, pronto sobrepasó en lujo y animación a las otras, convirtiéndose en la más representativa de la zona.
En el plano de Cristóbal Barrientos, de 1772, se ve una calleja casi paralela a la calle Larga, más o menos desde Juncal hasta Callao y se lee en una advertencia: Callejuela que se debe cerrar por ser inútil e infructuosa.
Su dirección no es exactamente la misma que tiene la avenida Alvear y su existencia parece haber sido precaria, pues no vuelve a figurar en otros planos, pero merece citarse como un antecedente.
En el que fue editado por el Departamento Topográfico en 1867, ya existía la calle Bella Vista, en el sitio que ocupa actualmente la avenida Alvear, pero termina en Callao. donde la cierra la propiedad del señor Tomás Armstrong, que poco antes llegaba en un bloque hasta la de Montevideo.
Pasaron muchos años sin que la calle Bella Vista adquiriera importancia, pero en 1882 ya estaba prolongada hasta unirse con la  Bajada de la Recoleta, comunicando por medio de ésta con la calle Larga y el camino a Palermo, que desde entonces se consideró continuación de la nombrada en primer término. Por este motivo, al cambiársele el nombre llamose “avenida Alvear” a todo el trayecto hasta la antigua casa de Rosas, en el Parque 3 de Febrero.
Víctor Gálvez anota, en 1888, que en la calle Bella Vista y sus contornos, comienzan “a edificarse lindas casas con jardines al frente”.
En 1890 el autor de Buenos Aires, que usó el seudónimo de Carlos Martínez  (Carlos D’Amico), dice de la nueva vía: “Qué sorpresa al entrar en la avenida Alvear, que sólo tiene cinco años de existencia y que es una ancha calle toda de palacios de recreo de lo más suntuoso que hay en América, que concluye en la Recoleta, plaza paseo en cuyo fondo está la antigua iglesia de los recoletos, que le da su nombre; en el centro una soberbia gruta coronando una eminencia, un juego de agua coronando la gruta, un hermoso estanque reflejando hermosos árboles de las especies más escogidas, y a ambos lados de la barranca por que continúa el camino, hermosos jardines con toda la lujuriosa frondosidad que adquieren las plantas en este clima y en esta tierra, y allá en el fondo, al norte, inmensos invernáculos de flores tropicales, y un caprichoso lago, y puentes bonitos, y un bosque de sauces, y en fin, el amigo de todos, el Río de la Plata, que es como el rasgo del genio en todos los cuadros de la naturaleza en esta región.”
En su última esquina, a la derecha, antes de la Bajada de la Recoleta, hubo durante largo número de años, un recreo conocido con el nombre de “Belvedere”, café, restaurante y despacho de bebidas, que tenía anexo un velódromo muy concurrido por aficionados y profesionales del pedal en horas del día. Por la noche la clientela era otra, elemento jaranista y bochinchero que, con su música, cantos y bromas, armaba escándalos mayúsculos, rompía la tranquilidad del vecindario y el silencio nocturno, suscitando protestas. Luego la Municipalidad adquirió el terreno, y lo agregó al paseo Intendente Alvear, levantando la estatua del ingeniero Emilio Mitre. Así desapareció algo típico, vencido por el progreso.
La otra media manzana, hasta Ayacucho, estuvo ocupada durante muchos años por un edificio de elegantes líneas Luis XIII, propiedad del doctor Carlos Dosse.
En  lo que fue del siglo XX, ninguna calle sobrepasó a la avenida Alvear como exponente de lujo y recuerdos en los fastos históricos de la Capital Federal.
Por ella desfilaron los más lujosos coches tirados por yuntas de caballos rusos, anglonormandos o Hackney de pura sangre, en los días de grandes premios en el Hipódromo o del Corso de las Flores y en las tardes de Palermo, llevando a las mujeres más elegantes y bellas de Buenos Aires.
Por allí, cuando la población de la Capital resultó excesiva para la capacidad de las aceras de Florida, desfilaron las tropas en días de fiesta patria y las multitudes que se congregaron en las inolvidables jornadas del XXXIII Congreso Eucarístico, en una manifestación única de fe.
Tuvieron sus moradas en esta avenida, numerosas personalidades de la política y de las finanzas como también sociales, quienes recibían a lo más representativo del país en ambientes de refinamiento y buen gusto. Se recuerdan las de los doctores Aristóbulo del Valle, Leopoldo Basavilbaso, señores Casimir de Bruyn, Vicente L. Casares, Ángel T. de Alvear y otros. En ellas se alojaron S. A. la Infanta Isabel de Borbón, embajadora especial en las fiestas del Centenario de 1910 y S. E. el cardenal Eugenio Pacelli, delegado de S. S. el Sumo Pontífice, y luego su sucesor.
Uno de los primeros palacios que hubo en esta avenida fue el del señor Hume, en la esquina de Rodríguez Peña, inaugurado a fines del siglo XIX con una exposición de objetos de arte provenientes de colecciones particulares, dando lugar a un hecho que aprovecharon los espíritus burlones, siempre dispuestos a poner en ridículo a las autoridades. Según se contó entonces, la Policía tuvo noticias de que un anarquista se preparaba a hacerla volar y esto provocó un aumento de vigilancia y cierta nerviosidad en un personal no habituado a esos peligros. A poco de inaugurarse, se vio a un visitante observar prolijamente los objetos, deteniéndose largo rato frente a ellos. Tal actitud, diferente a la de la generalidad de los concurrentes, llamó la atención de los guardianes, quienes comenzaron a sospechar de él. Por fin le detuvieron, encantados de haber dado con el temible personaje, gracias a su perspicacia. Pero cuando fue identificado en la comisaría, resultó ser un distinguido hijo de una de las más destacadas figuras políticas de su patria, conocedor de arte y que, como tal, observaba minuciosamente los objetos expuestos. Entretanto, el verdadero perillán, provisto de una invitación especial, recorría con tranquilidad los diversos salones, sin despertar sospechas.
La calidad de los vecinos no impedía que cierta muchachada, en esos años de “patotas” e “indiadas”, hiciera alguna de las suyas, en bromas de gusto discutible. Fue comentada una de las últimas, que tuvo lugar cuando todavía no regía ningunas ordenanza limitando las horas y las zonas para los organillos de música. Dicha broma consistió en hacer tocar el popularísimo vals Sobre las olas, debajo de los balcones de una casa donde se celebraba una tertulia, con orden al organillero de no cesar mientras hubiera invitados en la casa. El “artista”, temeroso de las consecuencias que podría acarrearle la violación del convenio, lo cumplió concienzudamente, sin que valieran para nada las protestas, ofertas y las buenas o malas palabras de los dueños de casa. El vals siguió sonando en la acera hasta apagarse las luces de la fiesta.
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Imagen: Postal de la avenida Alvear (1919).
Tomado del libro de Ricardo De Lafuente Machain: El barrio de la Recoleta.

¿Se acuerdan de...?



(De Leonardo Busquet)

Hay frases, “citas”, de dudoso origen. Malas copias o simplemente estafas intelectuales. También las hay estúpidas o vulgares. Como sea, el ciber espacio está colmado de estos albures del verbo.
Un ejército de gentes siente y perpetra la urgencia de expresar algo, por primario que sea. Entonces percibe ese “oxígeno” de jugar en las grandes ligas. En medio de semejante barullo, alguien escribió: “El nivel de hipocresía de una sociedad se mide por la distancia que existe entre los valores que se proclaman en público y los actos (y pensamientos) privados. Cuando lo que reclamamos a los demás no coincide –en nada– con lo que hacemos y pensamos, además de hipócritas podemos estar siendo esquizofrénicos o, sencillamente, mal nacidos”. El ciber espacio es tan amplio, tan dispar, que seguramente esa frase la escribió algún pensador de peso. Lo importante aquí es rescatar el mensaje. Nos cae como anillo al dedo. Es una buena síntesis de nosotros mismos. Y aclaro: no soy de los que se eternizan frente a la computadora. Deploro esa actitud individualista y deshumanizada. No la rechazo como herramienta de trabajo, aunque con los debidos cuidados del caso. Gozo de una biblioteca tradicional a mano para constatar dudas. Hasta aquí con la bendita computadora. Prefiero salir, ver el sol, mirar a los ojos y redescubrir mis alrededores. Afuera espera una ciudad caótica, fragmentada, dislocada. Una ciudad que parece miles de ciudades. Por momentos se presenta colmada de espantapájaros. De caminantes zombis rumbo al futuro incierto. Apuro los pasos por la peatonal del centro. Me detengo frente a la Confitería-Café que ya no es. Constato que los malos augurios eran ciertos. Que ya no es la de antes, que la estaban desalentando, vaciando y esas cosas. Miro en mi entorno circundante y registro que nadie se atreve con la angustia de esa patética soledad de mesas y sillas vacías que se adivinan tras los ventanales tapiados por la urgencia de la desaparición. ¿Ya habrán robado todo?
Tantas veces, en esos ayeres seducidos por la esperanza, las mesas latieron con el ritmo de una ciudad diferente y este concepto no remite al viejo nostalgioso y melancólico del “todo pasado fue mejor”. Nada de eso. Pero la ciudad de mi infancia fue otra. Hoy, el óxido vergonzante del tiempo (junto a otros óxidos deleznables), mira de reojo las cenizas póstumas de elegantes maderas, suntuosos mármoles y arañas imponentes con el sello de manos artesanales. Desde aquella infausta noche todo es recuerdo e impotencia. Porque fue en esa noche que le vaciaron la vida a la Confitería-Café. El cortejo expoliador partió de madrugada, sin miradas entrometidas ni demasiada polvareda. Pasaron las horas y la luz del día alumbró el despojo nocturno. Algunos caminantes se indignaron en cuotas y dejaron correr un suspiro a destiempo y sin mayor fuerza. Esos pocos, fueron superados por los muchos, los indiferentes del elenco estable, preocupados por otras urgencias. Son los tristes que transitan, una y otra vez, por delante del lugar despojado, por ese frente que ya no anuncia aquello que se presentaba con esplendor. Hay una mezcla extraña de tilinguería y desaprensión en esos caminantes ausentes. Es el medio pelo al que poco le importa todo, o casi todo. Al medio pelo nada le importó el grito de las agónicas mesas y sus sillas que anunciaban la caída. “Una más” dirán, mientras dirigen la mirada para un costado más cómodo, el de la indolencia.  Otros, más despabilados, más comprometidos, recolectaron más de 7000 firmas, petitorios, abrazos solidarios y quejas formales con recaudos legales incluidos.
El pillaje patrimonial tuvo eco en la Justicia y apareció un “no innovar”. Entonces se respiró un aire aunque no tan puro. La cosa no es fácil, no te la hacen fácil, por lo menos como uno lo desea. Los fuertes intereses comerciales del poder real decidieron cambiar la histórica Confitería-Café por un espacio para vender zapatillas, o muñequitos, o cueros, o gofio (¿se acuerdan?). Todo vale, todo, menos la preservación del patrimonio histórico y tradicional de la caótica ciudad. Y mientras esto sucede, al medio pelo tilingo la vida le pasa por el costado más gris y nada importa. Salvo la billetera. Entonces sí, salen a las calles con sus abolladas cacerolas, siempre meando fuera del tarro.
La débil memoria de la Confitería-Café solo atina a recordar que en una de esas mesas (la más atrevida), Cortázar se dejó enamorar por una mujer.
Pero qué carajo importa, eso ya fue, no se puede estar mirando siempre al pasado, hay que darle paso al progreso…, dice el medio pelo precario y uno queda girando en falso como un estúpido que niega el futuro.
Esta es una historia cuya derrota se repite con insolencia. Los oportunos centauros del cemento y las tasas de interés, están atentos y al acecho. Son voraces, salvajes y van por todo. Ostentan por sables sus gruesas chequeras.
Sospecho que en aquellos viejos humos de los ceniceros del débil otoño, quedaron aferrados sonidos de conversaciones, disputas, debates atenienses, murmullos atrevidos, secretos inconfesables y la media voz de futuros vientos huracanados. En esas mesas hubo poetas que –dicen– rivalizaron con otra poética, más al sur profundo, más proletaria que el desplante de alcurnias heredadas, de los que miran dos centímetros por encima de la historia y los apañan las luces del centro. El lugar que referimos, al borde de la indiferencia peatonal, va camino –¿inexorable? – al silencio penumbroso, obligado por una “modernidad” que no se llega a entender bien. Mientras tanto, la burocracia oficial da cuenta de pingües negocios. Lo demás, lo que nos importa, tendrá el infame destino del inútil papel con membrete, el sello correspondiente, la firma de la autoridad “competente” y el oscuro archivo. O no. Quizás pueda suceder otra cosa. Puede triunfar la utopía. Pero, para que ello suceda, para que los sueños se impongan, hay que caminar de otra manera, con otro espíritu. Con una conciencia de amor más sólida. De eso se trata, de un acto de amor que la ciudad necesita. Un mimito al alma de esos reductos porteños que hicieron historia y que no merecen el destierro al que los lleva el olvido colectivo. En el camino quedaron “El Tropezón”, “El Aguila”, “El Paulista” y esa monumental herida que sangra indignación: “El Molino”, entre muchos otros lugares memorables. En este punto, el lector integrará a la leve lista sus propios recuerdos. Es cierto, algunos lugares fueron recuperados pero no por eso debemos dormitar en laureles escasos. Hay un patrimonio que es nuestro, que pertenece al pueblo, a su cultura, a su idiosincrasia. Es el patrimonio que da cuenta de lo vivido por padres y abuelos y lo crecido por nosotros. Si lo tenemos a mano, también será vivido y disfrutado por los que vienen en camino. La memoria no debe ser eso que sólo recordamos a través de una ajada foto. Hay espacios vitales que se deben preservar para disfrutarlos y memorar en sus entrañas y no desde un descolorido cartón. Perdón, me olvidaba. Hasta aquí hemos hablado de la Confitería-Café Richmond de la calle Florida… ¿Se acuerdan?
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 Imagen: Marquesina de la confitería "Richmond" (Foto tomada de www.cronicasportenas.blogspot.com)

18 dic 2012

Arrabales de la muerte




(De Abel Langer)

Al bar "El Cultural",
in memorian
  
En ese sitio una mesa
Con una pata más corta...
Coja,
Nunca se adaptó
a ciertas circunstancias...dadas
Lugar de vanidades parlantes
y muy de vez en vez
decires certeros

Esa mesa
titubeó, tartamuda
en un equilibrado desarreglo
y académica la cultura
hizo de nosotros
gastados retazos
Refugiada del espanto

Ya
No habla
Muda
Nada espera
Miguel Ángel Bustos
Roberto Carri
Ana María Caruso
Daniel Hopen
Diego Magliano Allan
Alberto Noailles
Jorge Rébori
Marcos Szlachter
Nora Wolfson
Inventores de la Nada

Sitiados...
Sitiados...

Habitantes de esa mesa
No hablan
Descarnadamente descarnados...
Nos esperan.
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 Ilustración: "Interior de café", pintura de Horacio Spinetto

No creo en brujas, hermano



(De Orlando Umberto Acosta)

Mirá hermano, lo que te cuento parece cosas de brujas, pero te aseguro que está escondido en algún lugar de Buenos Aires y nos está buscando.
En una esquina de Lavalle, el Negro Montero acariciaba el antiguo reloj de cobre y el recuerdo de mi viejo se me prendió en el alma, seguí subiendo y casi al llegar a la otra esquina fue Rivero el que acarició las notas de un tango. Pude continuar la noche parado en esa cuadra, pero algo me tiró a cruzar la 9 de Julio. Llegué a Corrientes y con el gigante a mis espaldas miré hacia donde se pone el sol, me di vuelta para ver donde nace, después cerré los ojos y quise imaginarla angosta, pero al abrirlos las luces me cegaron devolviéndome la imagen de esta linda Buenos Aires que tiene tantos misterios como historias, que no querés que se escapen, que se pierdan o queden escondidas en algún zaguán.
Cuando llegué a Belgrano caminé hasta San José, después tomé al sur buscando los burdeles que te hacen ruido de antes. La noche estaba serena, tranquila, con un calorcito del norte invitándome a un trago.
De golpe, como por antojo, sin ser invitado, un trueno pareció partir la tierra en dos pedazos, las luces se apagaron, pero un relámpago agregó misterio a la noche. Cuando todo pasó… más oscuro que antes, las casas más bajas –no puedo creerlo–, en la esquina un farolito apenas iluminando, la luna tira un hilo de plata en las piedras negras, pero brillando en la noche de Montserrat. En algún lugar suenan los tambores de los negros y el candombe vive con el tango en esa calle. De un boliche se escapan las notas de un dos por cuatro, me arrastran para adentro sin preguntarme, parece que está diciendo: Sé que me estás buscando.
Cuatro mesas y algún borracho. Me metí como si fuera mi casa; del otro lado del mostrador una puerta a un patio, una planta de glicina con sus racimos celestes colgando, a la izquierda una escalera a un cuarto y otros cuantos a la derecha; Charlo canta “Viejo Ciego” y Canaro lo acompaña. Crucé el patio como si la mina me esperara, giré la cabeza a un lado, juntas las caras y salimos bailando. A un costado un guapo canfinflero de bigotito afinado, me mira como con bronca y amaga, otro lo para, le chamuya al oído, y se rajan.
–Quedate, no te vayas –imploró la percanta. –Sé que te están esperando.
La tomo suave de los hombros para calmarla. Me acomodé el sombrero y el cuchillo, caminé unas cuadras para el lado del bajo. Dos sombras se cruzaron… ya estoy en el suelo, en la camisa, roja brota la sangre… escucho un mateo, me subo… Cuando despierto, sentado en la cama, tengo los ojos tapados con las manos para que esas imágenes no se me pianten, pero al sacarlas veo el sombrero, me miro y tengo una herida en el costado, en el suelo hay una camisa manchada con sangre.
Yo no creo en brujas, hermano, pero te aseguro que en algún lugar de Buenos Aires anda escondido un cacho de tiempo que no quiere irse, siempre nos está esperando, está en alguna esquina, en algún barrio o en un tango, no le gusta verte desnudo, si te encuentra te tira entre otras cosas un sombrero y un cuchillo.
Esto no le pasa a cualquiera. Desde entonces, donde esté, quiero sacarlo, por eso cuando camino solo por Buenos Aires, por sus barrios, siempre, siempre, voy cantando o silbando un tango.
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Ilustración: “Duelo criollo”, dibujo humorístico tomado de la página Esgrima criolla.