17 nov 2013

Kasa Las Estrellas

 

(De Milagros Leiva)

Kasa Las Estrellas es el nombre que se le dio a esta antigua casona del barrio de La Boca. Hasta ahí, todo parece bastante normal. Pero, ¿qué pasa si les digo que la casa es una sinagoga abandonada que fue ocupada y hoy en día se utiliza como sede de diversas actividades culturales? Sí, eso mismo.
La historia cuenta que por mudanzas de barrios y la partida de muchos inmigrantes que participaban en esa comunidad, poco a poco la sinagoga fue perdiendo el protagonismo que había tenido años antes. Después de la muerte del último rabino responsable por el lugar, la casa quedó abandonada y nadie la reclamó aunque legalmente el edificio le corresponde a la AMIA, Asociación Mutual Israelita Argentina. Tras quedar vacía se convirtió en algo así como un escondite, sede de algunas actividades ilegales no muy felices, lejos de ser el lugar sagrado y comunitario que había sido en épocas mejores.
Con el tiempo se instaló allí un grupo de personas que decidió preservar la casa. Fueron ellos los que le dieron el nombre de Kasa Las Estrellas, utilizando la K característica del movimiento Okupa y "Las Estrellas" por los Maguen David -estrellas de David- pintados en las cúpulas de la sinagoga. Se hicieron refacciones para poner  el lugar en condiciones, que tenía un deterioro avanzado y se abrieron sus puertas al público. Comenzaron a realizarse espectáculos de circo, teatro, recitales y varios cursos y talleres a la gorra y así se revitalizó un lugar que estaba perdido.
Aparentemente, la comunidad judía, a pesar de ser los dueños legítimos del edifico, ha manifestado su apoyo a esta iniciativa. Muchos vecinos y hasta descendientes de los miembros participantes en la comunidad de la sinagoga de La Boca se han manifestado a favor de esta ocupación ya que con su trabajo han mantenido el lugar a flote y sumado un nuevo espacio cultural a la ciudad en vez de dejar que el lugar se venga abajo por desinterés.
Visitar la Kasa Las Estrellas es una experiencia movilizante desde la llegada. La casa no tiene timbre, hay que golpear la puerta con un palo de madera que cuelga de la entrada y alguien nos invita a pasar. Luego de atravesar el patio, en la entrada de la casa se pueden apreciar los vitrales con la estrella de David, inscripciones en hebreo y un mural con los nombres de rabinos y miembros de la comunidad que ya no existe. Ojalá que ellos estén orgullosos al ver que esa casa a la que tanto cariño dieron, sigue presente en la vida cultural del barrio y de la ciudad: Kasa Las Estrellas, Magallanes 1265, La Boca.
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Imagen: Kasa Las Estrellas. Foto: Libertinus (http://www.flickr.com/photos/libertinus/)
Nota tomada de la página http://www.eternabuenosaires.com

15 nov 2013

Hermanos de sangre y adoquín


(De Rubén Derlis)

Núñez y Saavedra son los únicos barrios porteños que nacieron siameses. Hasta que el bisturí burocrático de una ordenanza municipal, separándolos, fijó sus límites, les resultaba harto difícil a los vecinos de estos extremos de la ciudad saber con justedad o precisión dónde empezaba uno y terminaba el otro. Aun hoy muchos no lo saben, y llevan más allá de sus fronteras ya delimitadas el inicio o el final de uno u otro.
Pero ambos barrios, sin embargo, poseen características propias, que a lo largo de sus respectivas historias le fue otorgando el vecindario: el color local que cada uno de ellos trasunta en calles y avenidas, y que los hacen lugares únicos, tipificándolos para que no se confundan con otros. Pero si tal confusión se diera y extraviara al meteco, no faltará el natural de uno u otro barrio para hacerle saber que ese sitio es el que es, según da fe su cédula de porteñidad, y avalan, además, sus propios sentimientos. El equívoco pronto será aclarado, porque todo amante de la ciudad, y de su barrio en particular, no ve con buenos ojos ser adjudicatario de una pertenencia barrial que no le corresponde, y mucho menos que se le reste, por equivocación o falta de información, lo que por propio conocimiento sabe que le pertenece. No por desamor al barrio fronterizo, sino por un celoso y arraigado amor al propio.
Núñez y Saavedra, con sus innegables personalidades que testifican quienes son –si se prefiere, ese algo, ese no sé qué que identifica a cada barrrio–, poseen lazos de hermandad imposibles de romper, pues –como se dijo– los dos son nacidos de una misma sangre urbana, la del pater familia Florencio Emeterio Núñez. Esta es una de sus características más notorias, sin menguas de muchas otras. De ahí que al hablar de ambos, al introducirse en las entretelas de sus pasados, al revisar sus anales, el historiador deba por fuerza abordarlos unívocamente, como un todo, hasta llegar al momento en que cada cual respiró por sí solo –previa ablación umbilical– para desarrollarse con autonomía. A partir de entonces, Buenos Aires vio crecer a dos nuevos barrios, sobre unas tierras donde los primitivos lugareños podían avizorar las lejanías sin mucho esfuerzo, en una llanura que ya comenzaba a retirarse porque el progreso irrumpía sin permiso.
De estos recién nacidos, Alfredo Noceti firmó sus respectivas partidas de nacimiento en un libro que aún permanece inédito, a algunos años ya de su muerte física, y que tuve la suerte de leer en su original –por derecho de amistad –, donde este barriólogo de filiación coghlense, puso cuidada investigación ciudadana  y amor porteño sin retaceo en cada una de sus páginas.
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Imagen: Avenida Cabildo, uno de los límites de los barrios de Núñez y Saavedra. (Foto tomada desde el puente General Paz)

13 nov 2013

Desde entonces



(De Natalio Schmucler)

Nací en un yotivenco fulería
con cocinas enfrente de las piezas.
Entraba el agua a todo, si llovía,
como entraban tan solo las tristezas.

A una extraña vecina, "la Meneca", 
que tenía un malvón, al que cuidaba,
le pusieron los muebles en la yeca
porque la pobre, bueno, no garpaba...

Yo era un pibe, ¿sabés?, la vi llorando
y me jodí pa´toda la cinchada;
me entró a fajar la pena, la congoja.

Si ahora mismo, mirá, lo estoy contando
y la oigo broncar a la encargada
y soy aquel malvón, que se deshoja.
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Imagen: Desalojo (Fotografía: www.periodistasenlared.com.ar)

Cayetano Santos Godino, el "Petiso Orejudo"

 


(De Miguel Eugenio Germino)
  
El de Santos Godino fue uno de los primeros casos de un asesino serial, que asoló la sociedad porteña por el año 1912. Del terror colectivo se pasó al asombro cuando se descubrió que el autor de los aberrantes crímenes de criaturas de hasta 5 años era un menor de 15 años, que torturaba a sus víctimas antes de matarlas, confesando que lo hacía por un irresistible impulso de placer interior.
De un hogar marginal de inmigrantes italianos, de familia numerosa, brutalmente violentado por su padre borracho, expulsado de varias escuelas, transcurrió su infancia vagando en la calle, eligiendo como centro de sus correrías los barrios de Balvanera, San Cristóbal y Parque Patricios.
  
INTRODUCCIÓN
 El siglo XX recién se desperezaba, tras el primer Centenario de Mayo, que transcurría en medio de una violenta agitación social. Gobernaba Roque Sáenz Peña (1910-1914), que proyectaría su nombre mediante la ley que intentó detener los fraudes electorales, mientras el interior era sacudido por la rebelión chacarera conocida como “El Grito de Alcorta”. El mundo se encaminaba hacia la primera gran conflagración mundial, auspiciada por la Guerra de los Balcanes. Se hundía el Titanic, el mayor barco del mundo, en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912, durante su viaje inaugural.
Buenos Aires era aún una ciudad baja, de calles abiertas a los vientos, surcadas por un nuevo medio de transporte: “el veloz tranvía” tirado por caballos y que se transmutaría paulatinamente en “el moderno eléctrico”.
Se vivía una llegada de inmigrantes sin precedentes, que alcanzó ese año a 274.000 ingresos. La metrópoli se jactaba de sus 821.000 habitantes, aunque se originó un gran déficit habitacional y proliferaron los inquilinatos y conventillos, con un hacinamiento ciudadano.
Los barrios de Almagro y Parque Patricios se encontraban al borde de la pampa, cuando comenzaban a dibujarse en su damero las primeras viviendas urbanas, entre las grandes quintas loteadas, y de tanto en tanto la chimenea de un horno de ladrillos inflamando el cielo suburbano.
En aquel panorama pueblerino se viviría el horror, entre enero y diciembre de 1912, al aparecer asesinados alevosamente varios niños de entre 2 y 5 años, el último abusado, estrangulado y con un clavo en la sien.

EL NIÑO CAYETANO
Fiore Godino y Lucía Ruffo, habían arribado al país en 1884 procedentes de Calabria (Italia), junto a dos hijos, aquí tendrían otros nueve. Al menor, nacido el 31 de octubre de 1896 en un conventillo de la calle Deán Funes 1158, le pondrían el nombre del mayor fallecido en Buenos Aires, Cayetano.
Fiore, empleado municipal, encargado del encendido de los faroles, era alcohólico, violento y en los últimos años padecía de sífilis. Al regresar por las noches borracho a su hogar sometía a su mujer e hijos a fuertes palizas.
En aquel clima crecería el niño Cayetano, enfermizo, de composición esquelética y talla baja, la asimetría del cráneo y de la cara respondían a defectos originarios; descollaban sus grandes orejas y sus largos brazos desproporcionados a su estatura, sus manos poseían una extraña flexibilidad. Durante los primeros años estuvo al borde de la muerte a causa de una enteritis.
Durante toda su niñez, sufrió el maltrato y los fuertes golpes paternos, quien no comprendía otro modo de morigerar lo que entendía como “naturaleza maligna de su hijo”.
Inaplicado en la escuela primaria, es expulsado sin otra consideración más que “su falta de interés” y su rebelde comportamiento. La calle sería entonces su lugar formativo, anduvo vagando por ellas desde los cinco años.
Cayetano, con su psiquis atrofiada, producto de una vida dolorosa y marginal, privado del mínimo cariño, transita los caminos de la exclusión social más absoluta, que lo sumerge en una infancia de morbosas fantasías y deseos abyectos.
Esta situación nos lleva a una compartida reflexión: ningún niño nace ladrón y menos asesino, sino que el trato familiar, el hábitat de marginalidad y la trama de la sociedad contribuyen, con mayor o menor presión, al cruel camino que transitará en su adolescencia.

LA CATARATA DE CRÍMENES
Entre 1904 y 1911, Cayetano agrede a los niños Severino González y Julio Botte, entre otros intentos frustrados. Experimenta impulsos piromaníacos, se entretiene además matando pájaros domésticos y con otras formas de agresión, como consta en la Comisaría 8ª de Urquiza 550 –entonces la familia habitaba un inquilinato en la calle 24 de Noviembre 623–, por denuncia de su propio padre que explicita: “que su hijo de 9 años es absolutamente rebelde a la represión paternal, solicitando la reclusión del mismo en donde la policía crea oportuno y por el tiempo que quiera…”.
A raíz de esa denuncia el menor es puesto a disposición de la Alcaldía Segunda y posteriormente aislado en un reformatorio de Marcos Paz. Esto solo sirve para agudizar sus graves problemas, de modo que cuando recobra la libertad en 1911 inicia su brutal carrera delictiva.
Entre enero y diciembre del año 1912, ya adolescente de 15 años, consumará sus más alevosos crímenes, e incendios:
En enero prende fuego a una bodega de la avenida Corrientes; cuando llegan los bomberos, colabora con ellos en apagar las llamas. Declarará un año después cuando es detenido: “Me gusta ver trabajar a los bomberos, es lindo ver como caen en el fuego”.
El 25 de enero asesina al menor Arturo Laurora, quien vivía en Cochabamba 1753; el crimen fue consumado en una casa abandonada de la calle Pavón 1541, donde lo encuentran golpeado brutalmente, estrangulado y semidesnudo.
Por la tarde del 7 de marzo le prende fuego al vestido de la pequeña Benita Vainicoff, frente a la vidriera del comercio de la calle Entre Ríos 322. Su abuelo que cruza de prisa la calle para socorrerla es atropellado por un tranvía y fallece en el acto, la niña muere a causa de las graves quemaduras.
En los siguientes meses ocurrirán en la zona otros incendios intencionales no aclarados. Comete el ataque a la niña Carmen Ghittoni, de 3 años, que es salvada por un policía mientras el “Petiso Orejudo” huye precipitadamente.
El 8 de noviembre intenta asesinar al niño Carmelo Russo, de 2 años, a quien un vigilante lo encuentra con los pies atados y semiasfixiado con un cordón que le envuelve el cuello. Godino a su lado, aduce que lo encontró en ese estado y lo estaba desatando; es detenido, aunque finalmente liberado por falta de méritos.
Siempre el modus operandi de Cayetano es el de acercarse a chicos “con cara de otarios” como declarará después, y ofrecerle caramelos, para luego conducirlos a un baldío o a una casa desocupada y atacarlos.
 El 3 de diciembre el menor Jesualdo Giordano de 3 años, jugaba en la puerta de su casa de la calle Progreso (hoy Pedro Echagüe) entre Jujuy y Catamarca. Cayetano lo tienta con caramelos, lo conduce a una quinta de la calle Moreno, donde lo somete, violándolo y estrangulándolo con un piolín y además le perfora la sien con un clavo.
Al día siguiente fue al velatorio del infortunado y le giró la cabeza para ver si aún conservaba el clavo en la sien, además recortó la noticia de los diarios, no sabía leer pero tal vez pensó ver alguna fotografía. El 5 de diciembre es detenido en el inquilinato de Urquiza 1970 donde entonces vivía; ya la policía lo estaba cercando por testimonios de vecinos que habían visto a un joven orejudo de la mano del chico.
Una vez apresado confiesa todos sus crímenes, además de otro ocurrido en 1906, una niña de 2 años que había enterrado viva en un baldío de la calle Río de Janeiro. Llegadas las autoridades, comprueban que en el lugar se había edificado una casa de dos pisos. Sin embargo los archivos policiales registraban la desaparición de la víctima el 29 de marzo de 1906, se llamaba María Rosa Face, que nunca fue encontrada; sus padres italianos habían regresado a su país.
Confiesa además los incendios de la estación de tranvías de La Anglo Argentina de Estados Unidos 3360, de una fábrica de ladrillos de Garay 3129, de un corralón de maderas en Carlos Calvo 3950 y de otro en Corrientes 2777.
Según el prontuario policial: “no demuestra ningún arrepentimiento por sus actos, conserva la mayor lucidez y demuestra satisfacción al narrarlos, es analfabeto, pero sabe firmar y posee buena memoria.”
Salva su vida –entonces regía la pena de muerte– por ser menor de edad. Es conducido a diferentes encierros, primero al Hospicio de Las Mercedes, luego a la Cárcel de Las Heras, para terminar definitivamente en 1923 en el penal de Ushuaia.

SU DETENCIÓN EN USHUAIA
Muy poco se conoce de los 21 años de reclusión de Godino en aquel lúgubre penal, que pasó a conocerse popularmente como “La cárcel del Fin del Mundo”, enclavado en un paisaje rústico y agresivo, y que llegó a albergar a más de 900 presos. Fugarse de allí era morir inexorablemente de hambre y de frío.
En un trabajo de investigación del año 1935, el diputado Ramírez señala: "...después de visitar la cárcel de Ushuaia, de haber observado su funcionamiento, régimen y características, puedo afirmar que ese establecimiento está lejos de reunir las condiciones indispensables para responder al amplio programa de reconstrucción psicológica y profesional que necesita el material humano alojado en sus celdas. Por el contrario, constituye un ambiente moral y físicamente malsano, corrosivo, lleno de riesgos y de peligros; no va más allá de un brutal hacinamiento de hombres…; en la cárcel de Ushuaia todo está dispuesto en contradicción permanente con un régimen correctivo de verdad, científico, humano. Comenzando por su ubicación, por la clase de condenados recluidos, por el régimen de trabajo, por las condiciones sanitarias, por el trato; en una palabra ¡por todo!..."
 En este presidio –construido por Julio Argentino Roca en 1902 y levantado íntegramente por los penados hasta 1920, cuando se dieron por concluidas las obras–, se han roto huesos, se han retorcido testículos y se han sometido a los presos a brutales palizas con cachiporras de alambre.
Finalmente por decreto del presidente Juan Domingo Perón del 21 de marzo de 1947, es cerrado este temido presidio de “Ushuaia, tierra maldita”. Actualmente funciona en el lugar un museo, como atracción turística, junto al también histórico “trencito del fin del mundo”.
Allí pasó Cayetano Santos Godino, el “Petiso Orejudo”, los últimos 21 años de su corta vida de 48 años. En el lugar se lo sometió a una de las primeras cirugías estéticas para reducirle las prominentes orejas, al parecer por atribuirle a ese rasgo el origen de su malignidad.

GODINO Y EL CINE
Allí tuvo tal vez un castigo ejemplar para su dimensión asesina, tan inhumano como su permanencia en el sombrío lugar donde sufrirá el desprecio de sus compañeros de encierro, el maltrato cotidiano, violentado sexualmente, solo, sin amigos, sin visitas, sin cartas. Descarnadamente solo en este vértice tan hostil del mundo y tan lejos de la franja de sus correrías por Balvanera, San Cristóbal y Parque Patricios.
Los detenidos de la sección carpintería tampoco perdonaron el último crimen de nuestro personaje, la estrangulación de un gato que era su mascota, le pegaron tanto que tardó más de 20 días en salir del hospital. Murió el 15 de noviembre de 1944, a causa de hemorragias internas producto de las tantas palizas recibidas, sin confesar remordimientos ni entender tampoco que había sido en el año 1912 el centro de las pesadillas de Buenos Aires.
El cine recoge los testimonios de la vida de Godino en la película argentina del año 2007: “El niño de barro”, dirigida por Jorge Algora.
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Fuentes:
-http://es.geocities.com/abbyss69/aspetiso.html
-http://escenadelcrimen.com.ar/santos-godino/
-http://www.portalnet.cl/comunidad/art-y-relatos-gore.165/953862-biografia-cayetano-santos-
 godino-el-petiso-orejudo.html
-http://www.slideshare.net/Haruka303/caso-petiso-orejudo-santos-godino
-http://www.taringa.net/posts/info/1112959/Cayetano-Santos-Godino.html
-Vallejos Marcelo, Todo es Historia nº 312, julio de 1993.

Fotografía: Pabellón de la cárcel de Ushuaia, donde murió el “Petiso Orejudo”.
Nota y foto tomadas del periódico Primera Página, noviembre de 2013.

10 nov 2013

Copérnico



(De Enrique Espina Rawson)

Esta pequeña calle de Buenos Aires lleva el nombre de un médico, matemático, físico, canónigo católico, diplomático, economista, doctor en derecho canónico y a ratos astrónomo amateur, que nació en 1473 en Polonia, y se llamaba Nicolás Copérnico.
Se lo recuerda exclusivamente por esta última afición de ratos perdidos, ya que a través de ella logró, dando coherencia y unificando distintas y antiguas especulaciones, dar fin a la teoría de un cosmos geocéntrico y abrir paso definitivo a la concepción del universo heliocéntrico.
Esta obra capital, fue publicada en el año 1543, bajo el desabrido título  “Sobre las revoluciones de los orbes celestes”, universalmente “De Revolutionibus”. Es fama que el primer ejemplar fue puesto en sus manos el 19 de febrero de ese año, pocas horas antes de su fallecimiento.
Esta obra había sido terminada años antes, y diversos y poderosos nombres, entre los que no faltaban obispos católicos, le urgían su publicación. Copérnico no era hombre dado a las imprudencias, y vaciló mucho tiempo antes de autorizar su impresión. Sus teorías tanto podían conducirlo a la gloria como al patíbulo. Evitó la incertidumbre con dos cautas decisiones. La primera, dedicar la obra al papa Pablo III, ensalzando las múltiples ventajas con que su sistema beneficiaría la correcta medición del tiempo y las predicciones astronómicas, y la segunda, fallecer -como dijimos- el mismo día que su obra se dio a conocer al público.
En el 2005 un equipo de arqueólogos polacos descubrió sepultados en la Catedral de Frombock unos restos que, según antiguos testimonios, podrían ser de Copérnico. Un pelo, también atribuido al astrónomo, apareció en unos manuscritos. Comparado el ADN entre ambos hallazgos, se estableció que pertenecían a la misma persona. Expertos de la policía, sobre la calavera hallada, confeccionaron un retrato computarizado, y resultó idéntico a un retrato de época de Copérnico. Así fue como, novelescamente, Nicolás Copérnico fue vuelto a enterrar hace pocos días, en solemne ceremonia, en la Catedral de Frombork.
Pero hubo un homenaje casi desapercibido que un grupo de extranjeros realizó a la memoria de Copérnico, significando su nombre como símbolo de patria y de redención. Poco nos cuesta imaginar a este grupo de polacos exiliados, hombres de impermeables y rostros adustos bajo los sombreros, y mujeres sin maquillaje, de caras lavadas, con vestidos pasados de moda y zapatos hombrunos, parados en pesado silencio frente a una modesta placa de la calle Copérnico de Buenos Aires.
Es el año 1943. Polonia ya ha sido destruida, aniquilada y devastada por los nazis primero, y terminada de demoler entre estos y las tropas comunistas después. Un fantasmal gobierno polaco en el exilio languidece en Londres, y grupos de polacos dispersos por el mundo, como este de Buenos Aires, viven pendientes de las informaciones de las batallas que se libran tan lejos de ellos.
El acto ha sido tolerado de mala gana por el gobierno de esos años, de manifiesta simpatía por el Eje, y la redacción de la placa debió ser sometida a múltiples depuraciones. Su lacónico texto, no obstante su objetividad, traduce la esperanza y la fe de un pueblo heroico y combativo.
No hay discursos, casi ni se habla. Ojos enrojecidos leen: “Homenaje al gran artista polaco Nicolás Koperniko en el IV centenario de su muerte. 1543-1943- Instituto Cultural Argentino Polaco- Unión de los Polacos en la Argentina”.
Copérnico limita en Gelly y Obes, y, fatalmente, en Galileo.
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Imagen:  Calle Copérnico (Foto de Iuri Izrastzoff)
Nota tomada de la página web: fervor x buenos aires

Olivari, el blues porteño


De Juan Sasturain)

Justo había empezado a leer a Nicolás Olivari, cuando se murió. Recién caído en Buenos Aires y en la facultad, entre Illia y Onganía, yo era un pibe, tenía veintiún años, y él los últimos sesenta y seis que yo tengo ahora. Lo había descubierto en una edición de La musa de la mala pata de Editorial Deucalión, una colección dedicada a Boedo y Florida donde encontré al otro Tuñón, Enrique, con Camas desde un peso. Después leí El gato escaldado que rescató el Centro Editor, con aquel prólogo programático y provocador que es el equivalente, para la poesía, de lo que fue entonces, para la narrativa, la incitación pugilística arltiana, la tan citada del cross a la mandíbula.
Es obvio que no se leía a Olivari en el ámbito académico, por decirlo así. El veterano Julio Caillet Bois, que teníamos de profesor, no lo incluyó –ni a él ni a Tuñón: Raúl, en este caso– en una antología, preparada para Eudeba, de poetas del primer tercio del siglo XX. Parece mentira.
Pero no, era así. El viejito de pelo blanco, amable y sereno, que aparecía en la contratapa de su libro póstumo de crónicas porteñas, no había sido nunca un escritor cómodo, accesible, compartible sin salvedades. Y mucho menos de muchacho, cuando encarnó lo más saludablemente corrosivo de la vanguardia poética. Así, Olivari, creador múltiple –ya que escribió también cuentos, alguna novela, teatro y radioteatro, crónicas, películas, un tango famoso que grabó Gardel: “La Violeta”–, ha sido un autor temible y temido, difícil de clasificar y sobre todo de manipular críticamente.
Recuerdo que hacia comienzos de los ’70 preparé una antología que nadie me pidió antes, ni publicó después, con un prólogo pretencioso –que he saludablemente perdido– y que por entonces poco era lo que había para leer sobre él: un libro extraño del erudito Bernardo Ezequiel Koremblit: Nicolás Olivari, poeta unicaule (sic), comentarios de Martín Alberto Boneo y –más cerca– una hermosa nota evocativa, un retrato del Olivari final que hizo Paco Urondo, creo que en la primera etapa de La Opinión. Poco más. Al poeta y a los poemas –digo– no había donde leerlos.
Recién hace unos años, cuando El Octavo Loco, con la perspicaz mirada crítica de Ojeda y Carbone, volvió a editarlo en prosa y verso, tras el rescate que significó la re-aparición de El hombre de la baraja y la puñalada en Adriana Hidalgo, el lector pudo volver a encontrarse con “La costurerita que dio aquel mal paso” –un soneto como el de Carriego, pero arrasado de ironía–, “Nuestra vida en folletín”, “Antiguo almacén A la ciudad de Génova” y otras extrañas maravillas, inevitables en la más exigente antología de nuestra poesía contemporánea.
Esa edición cuidada y fervorosa de sus tres primeros libros de poesía, escritos, como los de Borges, a lo largo de aquella década del ‘20 prodigiosa para la lírica argentina, incluye poemas desparejos en calidad, pero uniformados por un inconfundible y poderoso aliento. Es que La amada infiel (1924), La musa de la mala pata (1926) y El gato escaldado (1929) se leen como un único y originalísimo texto poético que no se parece a nada coetáneo. Porque si bien Olivari pertenece a una generación, a una ciudad y a una condición social precisas –que él subraya a menudo–, puesto a escribir rompe con todo, se va de cauce y de causa, patea intencionadamente el tablero. Incluso para el lector que entra sin aviso ni vacuna –o, a la inversa, con prejuicio o preconcepto positivo– suele operar una fuerza centrífuga, una cierta resistencia que impide o dificulta entrarle con facilidad.
 En el esquema con que se describe aquel momento de la poesía argentina, se redunda en la oposición Boedo-Florida, el barrio y el centro. Groseramente, la izquierda y el compromiso social estaban de un lado; la vanguardia experimental y el arte por el arte, del otro. Menos Oliverio y la figura magistral de Macedonio, todo el resto de los que vale la pena acordarse eran (de Borges a Marechal y Molinari) pibes brillantes de veintipico. También tenían esa edad los fronterizos y tránsfugas que no encajaban del todo en el esquema simplista: los mencionados González Tuñón, Arlt y este Olivari, nada menos.
La originalidad de ese grupo entre grupos, que no es tal ni programático, resulta, por muchas razones, de lo más interesante. Su obra da cuenta de una mirada y un “estado espiritual” rico en contradicciones –que son las de la ciudad–, menos sujeto a dogmas y más pegado a la calle, sin redencionismo social a la Carriego, ni el turismo urbano del primer Borges. Lo suyo será el grotesco: el ejercicio de un humor amargo ante la sordidez.
Dijimos alguna vez que Olivari viene de los barcos –la raíz tana es muy fuerte, como en los Discépolo–, pero ya no extraña il paese como el ancestro inmediato que alimentó el grotesco; viene del barrio humilde, pero recala en el asfalto y las luces del centro –itinerario tanguero, sin su carga sensiblera–, pero, sobre todo, viene de la literatura: como Arlt se carga de Dostoievski y alucina fuera de programa, Olivari sale a la calle con la cabeza llena de Villon, de Lafforgue, de Baudelaire, y pinta y cuenta desde esos modelos revulsivos. Con vocación de dandy y marginal, se piensa poeta maldito mientras trajina en la redacción de Crítica, rema con “prosa asmática” bajo la tutela del capital. Ahí están las tensiones básicas –lo individual y lo social– entre el ideal y la miseria, belleza y fealdad, todo a flor de piel y sin resolver. El resultado es una tristeza sin melancolía, el tedio sin atenuantes, la rabia destilada en puteada, escupida y mueca; el poema de versos disonantes, cojos, autoconscientes de su rareza.
Hay una pareja clave en casi todos los poemas: por un lado el yo lírico, la voz cantante –el joven enamorado, el periodista asalariado, el cliente ocasional, el paseante cínico–, y enfrente, con el lector de testigo y a veces de interlocutor, ella en sus tres versiones: la novia inicial que compartió los perdidos sueños adolescentes –el cine de barrio encarna ese universo de deseos insatisfechos, de la pantalla a la butaca– y que deviene la sórdida compañera de la rutina matrimonial; la empleadita, dactilógrafa o modista, sometida y expuesta a un mercado perverso y desigual; y finalmente, abyecta y triunfal, la “puta de dos pesos”, la yiranta, la carne callejera que saltó el cerco de la decencia. La novedad no es el tema sino la mirada al ras, solidaria y cruel a la vez: el poeta comparte con la yira –retórica pero sinceramente a la vez– un mismo horizonte de frustraciones sin salida: “Me gustaría tentar otro destino; / pero ya es tarde, / y estamos clausurados por la desdicha / y por la democracia”. Qué bárbaro.
Nicolás Olivari murió el 22 de septiembre de 1966.
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Ilustración: Primera edición del libro de poemas Pas de quatre, editado por Trenti Rocamora. 
Trabajo tomado del diario Página 12.011)

18 oct 2013

El monumento a las víctimas de la fiebre amarilla


(De Miguel Ruffo)

Uno de los más graves problemas a los que tuvo que hacer frente Buenos Aires desde el momento de su fundación hasta bien entrado el siglo XIX, fue el de las epidemias de diverso tipo: viruela, sarampión, cólera; a todas ellas se las denominaba “contagio”, para hacer referencia a la difusión que adquirían estas enfermedades con su secuela de muertes. La ciudad se encontraba prácticamente indefensa – no se conocían las causas de estas enfermedades- y toda la ayuda que podía recibir era la de las fuerzas divinas y sobrenaturales, a las que se rogaba y pedía por el fin de la enfermedad por medio de misas y procesiones.
En 1871 Buenos Aires sufrió una terrible epidemia de fiebre amarilla. Su saldo fue de casi 14.000 muertos (el doble – como señala James Scobie- del total normal de fallecimientos anuales de la ciudad) (1). Por entonces no se conocía la causa de la enfermedad. La mayor parte de las víctimas se registraron en los meses del verano de 1871. Si uno presta atención a las fuentes periodísticas de la época se encontrará que las opiniones que se tenían en cuanto a la causa de la epidemia, se relacionaba directamente con la higiene urbana. Los conventillos como ámbitos de hacinamiento, los residuos de los saladeros que se arrojaban al Riachuelo, el sistema insalubre de eliminación de los desechos humanos, las aguas pútridas, eran señaladas como las causas de esa enfermedad que día a día se cobraba nuevas víctimas, sin que se pudiese doblegar su difusión. “A principios de marzo, más de 100 personas morían diariamente de fiebre amarilla y en abril las autoridades municipales tuvieron que habilitar un cementerio de emergencia en la sección noroeste de la ciudad, en la Chacarita. El pánico se apoderó de la población. Todos los que podían abandonaban la ciudad y el transporte ferroviario gratuito apresuró el éxodo. (…) Luego, con el retorno del tiempo más frío, en mayo, la epidemia decayó: se producían menos de 100 muertes diarias que, a mediados de mes, declinaron a 20. Gradualmente tanto los habitantes como la salud volvieron a la ciudad.” (2). Si bien se desconocía que el agente transmisor era un mosquito, la crítica a las condiciones de salubridad pública que presentaba la ciudad, no estaban del todo desacertadas, ya que las aguas pútridas y los desechos urbanos, contribuían a crear una condición propicia para la proliferación de estos mosquitos.
El pintor uruguayo Juan Manuel Blanes con su óleo “Episodio de la Fiebre Amarilla en Buenos Aires”, contribuyó a inmortalizar en el arte esta lamentable epidemia. Buenos Aires, es su espacio público, cuenta con un monumento que recuerda a las víctimas de esa enfermedad. “El monumento está en la gran plaza Ameghino, en Parque Patricios, a metros de la avenida Caseros y frente a la vieja cárcel. Y no es una casualidad. Porque en ese parque, hoy con mucho verde, quedó sepultada parte de una historia trágica: la brutal epidemia de fiebre amarilla que mató a más de 14.000 habitantes de ese Buenos Aires. (…) En esa obra hecha en mármol (se le adjudica al escultor Juan Ferrari) se sintetiza algo de lo que significó aquella tragedia. Por ejemplo, en uno de sus laterales, tallada sobre el mármol, hay una representación de la imagen que Juan Manuel Blanes pintó en un óleo y tituló “Episodio de la Fiebre Amarilla”. En aquella escena dramática se ve a unos médicos entrando a una habitación donde hay una mujer muerta y su bebe llorando junto al cadáver. También hay listados con los nombres de sacerdotes, farmacéuticos, asistentes de la Comisión de Higiene y médicos que murieron contagiados mientras auxiliaban a las víctimas. Entre ellos está Francisco Javier Muñiz, el médico cuyo nombre lleva el Hospital de Infectología que hoy funciona sobre la calle Uspallata, frente al parque. Una frase grabada sobre el monumento rinde homenaje a aquellos héroes: ‘El sacrificio del hombre por la Humanidad es un deber y una virtud que los pueblos cultos estiman y agradecen.’” (3)
Si sacrificarse en bien de la sociedad es una virtud, si es la suprema forma del servicio de un individuo a la sociedad de la que forma parte, entonces aquellos que murieron prestando auxilios medicinales a los aquejados por la fiebre amarilla merecen el permanente recuerdo de los ciudadanos.
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Notas:
(1)   SCOBIE, James; “Buenos Aires del Centro a los Barrios 1870-1910”, Solar/Hachette, Bs As, 1977, p 159.
(2)   SCOBIE, James; Ob. Cit., pp 158-159.
(3)  PARISE, Eduardo; “Una epidemia, un monumento” en “Clarín”, 12 de noviembre de 2012, p 39.

Foto: El monumento al que hace referencia la nota, erigido en la Plaza Ameghino en el barrio de Parque Patricios.
Nota e ilustración tomadas del periódico Desde Boedo, octubre de 2013.

10 oct 2013

Acerca de la palabra tranca


(De Luis Alposta)

Para designar al que anda con unas copas de más se suele decir, aunque cada vez con menos frecuencia, que tiene una flor de tranca o una tranca bárbara. ¿Y de donde viene eso de tranca?
Consultando el Diccionario de la Real Academia Española, leemos que tranca es un palo grueso que se pone para mayor seguridad, a manera de puntal o atravesado detrás de una puerta o una ventana cerrada, y que en segunda acepción significa borrachera, embriaguez, lo que en sentido figurado equivale a pasar sobre todos los obstáculos. Pero, y aquí lo curioso, el diccionario también nos dice que tranca es una palabra de origen celta. Y si ahora recordamos que el pueblo celta en sus primeras migraciones se extendió por Europa central y avanzó hasta las Galias (actual Francia), las Islas Británicas y España, no debe extrañarnos, o sí, si encontrándonos en Alemania, en lugar de la estereotipada palabra bar, leemos tranke o G-tranke, que en alemán significa lugar para beber; y donde nos podemos seguir sorprendiendo, ya con un diccionario bilingüe en la mano, al encontrar que trank es bebida y tranken dar a beber.
 Después, reflexionando sobre estos germanismos, es fácil advertir que los mismos están fonéticamente muy próximos a la conjugación del verbo beber en inglés: drink, drank, drunk (beber, bebió y bebido) y a la palabra francesa trinquer, que significa brindis.
Y con esto sólo he querido destacar, en parte, la prosapia de una palabra que con muy escasas variantes en su grafía y en su pronunciación, se viene añejando -como los buenos vinos- desde tiempo inmemorial en varios idiomas.
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Imagen: "Bebedores de ajenjo" de Edgard Degas.

Un siglo del riel en Villa Pueyrredón



(De Jorge Luchetti)

Los cien años de vida de la Estación Pueyrredón son el testimonio de la nobleza de un sistema de transporte que alguna vez fue orgullo nacional y que, además, unió al país donde alguna vez existieron sueños de grandeza.

 El tan mentado modelo agroexportador argentino siempre aparece como un referente dentro de los artículos que tratamos: al hablar del ferrocarril se hace insoslayable mencionarlo. Este modelo neoliberal siempre estuvo en el ojo de la crítica de aquellos revisionistas de la historia, quienes aducían que si bien el país se hacía fuerte económicamente a su vez la brecha social crecía en forma desmesurada.
También se han levantado cuestionamientos sobre los planes de desarrollo de la infraestructura ferroviaria, portuaria y de almacenamiento, bajo el argumento de que sólo se favorecía a hacendados y empresas exportadoras de capitales internacionales. A todo esto agreguemos que en el país no había industria, lo que obligaba a traer desde una casa completa hasta un insignificante clavo. De todas formas, y más allá de esa realidad, el país estaba en pleno crecimiento y se había convertido en el granero del mundo. Las principales ciudades, como Rosario, Córdoba y Buenos Aires, dejaron su pasado colonial para convertirse en cosmopolitas.
En 1910 todos los ojos del mundo miraban hacia la Argentina. Los festejos para los primeros cien años de libertad iban a ser la excusa para vestir de gala a la Capital de la joven República. Muchos edificios fastuosos se construyeron para la época, principalmente sobre la Avenida de Mayo, paseo que por otra parte fue símbolo del progreso porteño. Edificios como el de la Inmobiliaria y la Confitería Del Molino fueron inaugurados ese mismo año. Una parte del Palacio de Tribunales también abrió sus puertas en 1910 y fue finalizado una década después. Lo mismo sucedió con el Congreso de la Nación. El Teatro Colón (1908) ya estaba presto para recibir los festejos. El país se abría al mundo y grandes personalidades, como la Infanta Isabel (España), George Clemenceau (Francia), Guillermo Marconi (Italia), Albert Einstein y otros tantos pasaron por la Argentina del centenario.
La ciudad ya venía engalanándose con trabajos urbanísticos, de parques y jardines, como la apertura de la Plaza Congreso en 1909, los parques Tres de Febrero y Centenario, realizados por el admirado paisajista Carlos Thays. Al mismo tiempo nacía la afamada tienda Gath y Chaves. Un año después empezaban los trabajos para la construcción del primer tren subterráneo de Sudamérica. La red ferroviaria pasó de tener unos 9.000 kilómetros de vías en 1889 a 33.000 kilómetros para el centenario: finalmente llegaría a tener 53.000 kilómetros toda la red del país. Durante 1910 tuvo lugar uno de los hitos en el desarrollo de la telegrafía argentina, al inaugurarse el Cable Argentino a Europa. La pregunta de muchos era cómo hicieron para sacar de la nada esto que se parece a París.
Esta imagen argentina, de un país donde florecían por doquier mansiones y edificios públicos descomunales, con la infraestructura ferroviaria más grande del cono sur, el sistema de subterráneos más importante de Sudamérica y otros tantos emprendimientos de gran porte, se contraponía a los conventillos y a las casas de chapa del barrio de la Boca. Además estaban aquellos habitantes más postergados, denominados atorrantes, ya que vivían en los caños acopiados por obras sanitarias de la firma francesa A. Torrent. La Biblia y el calefón se empezaban a entremezclar. Es por esto que años después surgiera aquella expresión de André Malraux, quien definió a Buenos Aires como la capital de un imperio que nunca existió.

LAS VENAS DEL PAÍS
Sabemos que durante largos años el ferrocarril fue en la Argentina el encargado de abrir fronteras, reducir distancias, forjar pueblos y fomentar el progreso. Más allá de las críticas que se le han hecho al sistema ferroviario, creado principalmente como una de las herramientas para poner en marcha el modelo agroexportador, la infraestructura y el armado del ferrocarril fueron impecables. Cada componente fue diseñado hasta en los mínimos detalles. Sepamos que los ingleses ya habían previsto los desbordes de los arroyos porteños, de allí que parte del sistema esté elevado. Si bien esto parece obvio, quienes siguieron urbanizando la ciudad no tuvieron en cuenta esta situación.
La infraestructura ferroviaria iba desde los simples bulones que unían los rieles, los picaportes de las puertas y los bancos hasta las locomotoras, vagones y edificios propios de la estación; todo el sistema tienen un promedio de cien años de existencia. A pesar del poco mantenimiento y del uso y abuso excesivo que debió soportar, siempre mostró la nobleza constructiva de cada una de sus partes. Para tener una idea de lo efectivo que fue el ferrocarril, en las primeras décadas del siglo veinte el viaje Buenos-Aires Rosario se hacía en tres horas y 45 minutos, una marca que jamás fue superada. Por otra parte, dejando de lado los tiempos, tengamos también en cuenta que una formación de carga remplaza a veinte camiones de gran porte, con costos increíblemente bajos, además de reducir la contaminación y liberar las rutas de estos mastodontes.
Hoy, después del exterminio que se produjo con los Ferrocarriles Argentinos, extrañamos el buen servicio que alguna vez brindó este medio de transporte, además de la seguridad que ofrecía. Por eso es incomprensible que el sistema ferroviario haya sido reducido a su mínima expresión, creando pueblos fantasmas, aumentando el desempleo, y destruyendo un sistema que generaba vida en la gente. En estos últimos años las estaciones ferroviarias de aquellos ramales que dejaron de funcionar pasaron a ser utilizadas para distintos fines, menos para su función original. Los viajes a ciudades más próximas, como Mar del Plata, se han vuelto una odisea para los pasajeros. Seguimos a la espera de mejoras tangibles de todo el sistema ferroviario, ya que a pesar de los anuncios explosivos sobre su recuperación aún no se ha visto nada concreto.

PARADA KM. 14
Todo lo expuesto viene a cuento, ya que la Estación Pueyrredón festejó el pasado mes de julio sus primeros cien años de vida. Estos agasajos han tenido como objetivo fomentar la raigambre de los vecinos con el barrio a través del ferrocarril. La parada 14,650 del antiguo Ferrocarril Buenos Aires-Rosario (actual Ferrocarril Mitre), que en 1907 fue bautizada como Estación Brigadier Juan Martín de Pueyrredón, le dio origen al barrio homónimo. La primitiva estación había sido construida seis años antes a unos metros del actual edificio, con una arquitectura de menor porte.
Por años fue un barrio semirural, que vino a alojar a familias humildes, de inmigrantes europeos, que llegaban para trabajar en el gran proyecto ferroviario argentino que, sin duda, alguna vez funcionó en el país. El gran generador del crecimiento poblacional del barrio fue el ferrocarril, ya que era el medio de transporte más importante que llegaba a este rincón de la ciudad. La estación fue remodelada hace unos años tratando de mantener su apariencia original, ya que sin duda es una construcción de un gran valor arquitectónico. Fue catalogada como Patrimonio de la Nación, para lo cual recibió protección cautelar una superficie de 4.513 metros cuadrados que incluye al edificio principal de pasajeros, el refugio, la cabina de señales, el pasaje subterráneo y el depósito, además de aquellos mobiliarios que dieron identidad al ferrocarril.
El pintoresquismo, que fue el estilo predominante en gran parte de la arquitectura ferroviaria de nuestro país, aparece en la Estación Pueyrredón definido por sus techumbres a distintos niveles cubiertas de tejuelas, los reticulados en madera que visten sus frentes, las cresterías, las ventanas ojivales, las carpinterías con vidrio repartido y otros tantos detalles que hacen a este estilo. La revalorización de la obra incluyó la reconstrucción de baños a nuevo -se agregó uno para discapacitados- y también de la sala de espera. En estos trabajos de recuperación se ha valorizado cada una de sus partes en su forma original. Todos los agregados, como por ejemplo la señalética e iluminación, están acordes con la estética del edificio.
Uno de los puntos más importantes en la conservación de un edificio -siempre que sea posible- es mantener su uso original, lo que le permitirá cambios y renovaciones que no alteren o desvirtúen la arquitectura primaria: esto se ha logrado en la Estación Pueyrredón. Es importante que este tipo de trabajos sirvan como modelo para que se repitan en otros tantos edificios que tengan un significativo valor, ya sea por su arquitectura o su historia.
No nos quedan dudas de que el sistema ferroviario ha retrocedido a lo largo de estas últimas décadas. Esta idea de festejar el centenario de la estación de trenes de Villa Pueyrredón muestra el valor que tiene para los vecinos.
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Imagen: Tomado de la página elbarriopueyrredon.com.ar
Material tomado del periódico "El barrio”.

5 oct 2013

El Normal 7 "José María Torres" o el Normal 7 de Almagro

 


(De Miguel Eugenio Germino)

“Los libros piden escuelas, y las escuelas piden libros”, sostenía Domingo Faustino Sarmiento, aunque muchas veces los libros, las escuelas y la educación suponen riesgos.
Pensar suele ser peligroso ante el desafío de una sociedad y un mundo injusto e inequitativo, en el que deben enfrentarse los intereses del dinero y un clero hegemónico, globalizados en un “poder real”.
Un osado símbolo se muestra en mampostería y letras de molde, en los cascos de algunas estancias de Salta “la linda y devota”: “Reza, trabaja y calla". Con ese lema, y a punta de fusil, la oligarquía azucarera construyó su imperio en todo el noroeste argentino. Robustiano Patrón Costas fundador del ingenio”San Martín del Tabacal”, fue parte de esa estirpe; también lo fueron los Arrieta, los Blaquier y los Cornejo. “A la sabiduría del libro oponerle el rezo y el silencio”, en directa alusión a no reclamar por condiciones de trabajo dignas.
 Sin embargo no existe otro camino para la justicia y la libertad que la educación, y la instrucción pública como  garantía de imparcialidad e igualdad para todos.
 A pesar de ello, la educación pública llegó al barrio de Almagro ya entrado el siglo XX, con más de 30 años de retraso respecto a la educación confesional, que había llegado en 1874, aún diez años antes de la Ley 1.420 de enseñanza pública, laica y obligatoria.
 Así es como en 1910, en un sólido  edificio construido en el año 1906 sobre la calle Corrientes hoy 4262 por el arquitecto Enrique Cottini, estilo art nouveau, se instala la Escuela Normal de Maestras, creada por decreto del Poder Ejecutivo Nacional del 5 de enero de 1910 con la firma del entonces Presidente de la Nación doctor Figueroa Alcorta. Los cursos comenzaron el 16 de agosto de ese mismo año, y esa inauguración formó parte de los festejos del centenario de la Revolución de Mayo.
Al acercarnos hoy a esta escuela centenaria, una colorida baldosa nos detiene en la vereda de su frente, en la que se escriben tres nombres: “Dora Falco, Teresita Israel y María Delia Leiva -secuestradas desaparecidas por el terrorismo de estado- firmado: Barrios por la Memoria y la Justicia”.
Al trasponer el gran zaguán de la escuela, nos enteramos de quiénes eran aquellos nombres, tres ex alumnas del Normal inmoladas por expresar sus ideas, y nos enteramos que también allí estudió hace 63 años Taty Almeida, hoy una “Madre de Plaza de Mayo”, que viene batallando desde hace 36 inviernos para recuperar a su hijo secuestrado-desaparecido.
A propuesta del centro de estudiantes de la escuela se decidió homenajear a esta madre, designando con su nombre desde el 2 de noviembre de 2012 a la terraza de la nueva construcción del establecimiento, sobre la calle Humahuaca 4260.
También tomamos conocimiento de la larga lucha por el nuevo anexo que llevan a cabo desde 1995 tanto maestros como Cooperadora, padres y alumnos, ya que el viejo edificio resultaba chico, y además requería grandes trabajos de conservación.
Finalmente las obras llegaron a su término, aún con cuantiosas falencias y fallas edilicias. También se logró adicionar al primitivo edificio una nueva planta, el tercer piso, y efectuar reformas en el segundo.
La nueva construcción consta de tres pisos y dos subsuelos, con importantes instalaciones para la biblioteca y un salón de actos para más 500 alumnos.
En el hall del sector antiguo del edificio, una estatua en bronce, con pie de mármol rememora: “José María Torres (1823-1895) - "Español de origen, argentino de corazón. Director de la Escuela Normal de Paraná. Orientador de la Enseñanza Pública. Maestro ejemplar. Buenos Aires 16 de agosto de 1935”.
Este sería el nombre del Normal, instituido por decreto del 9 de junio de 1927, momento en el que la entidad cumplía 17 años de existencia.
Hoy en el edificio funcionan tres establecimientos: la Escuela Normal Superior Nº 7 (el centenario Normal 7), que consta de los niveles preescolar, primario, secundario y terciario (magisterio), al que hoy concurren en total más de 1.300 alumnos; el Comercial 8 “Patricias Argentinas” con horario vespertino, y el Comercial 25 “Santiago de Liniers”, con horario nocturno; estos dos últimos en conjunto suman otros 700 alumnos.
Fue director fundador del Normal 7 el profesor Olegario Maldonado, durante 29 años hasta el año 1939. Como reconocimiento a su labor y dotes organizativas, el patio del nivel primario del normal lleva su nombre; asimismo su biblioteca personal forma hoy parte de la del establecimiento.
Según el censo del año 1909, en aquel año funcionaban en el país 42 escuelas para formar docentes, todas contaban con su biblioteca de mayor o menor capacidad bibliográfica. La biblioteca del Normal 7 comenzó con tan solo 411 volúmenes; en la actualidad atesora 24 mil ejemplares, en gran parte digitalizados.
En ocasión de conmemorarse el 22º aniversario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, el director profesor Olegario Maldonado dictó una resolución por la que se imponía aquel nombre a la biblioteca. Poco tiempo después, el 11 de septiembre de 1915 se crearían las Bibliotecas del Aula con el objeto de poner al alcance inmediato de las alumnas libros propios de cada grado o curso, además de una sección de textos y otra de obras recreativas.
Como todas las escuelas normales, formó maestros hasta 1969, extendiendo títulos de nivel medio. Con la creación del Profesorado de Enseñanza Primaria en 1986, recuperó la posibilidad de diplomar docentes. Comenzó haciéndolo en horario matutino y desde 1997 también en horario vespertino.
La Asociación Cooperadora “Manuel Belgrano” se fundó en los inicios del Normal 7, hoy es presidente de la misma Pablo Cesaroni. En diferentes épocas editó boletines: en 1951 con el nombre “Nuestra Escuela”, en 1958 un periódico de ocho páginas con el nombre “Notiescuela” y en el año 2007 publicó “El Normal”, aunque que por razones económicas estos boletines aparecieron en forma discontinua.
En el año 1993 inicia sus actividades el Centro de Estudiantes, con el lema de “Defender la Escuela Pública”. Tanto este Centro como la Cooperadora cumplieron un rol importante durante la lucha por conseguir el nuevo anexo, hoy hecho realidad.

BIBLIOTECA
Como quedó dicho, con motivo del 22º aniversario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, se impuso su nombre a la biblioteca del establecimiento. El 11 de septiembre de 1919, la sección infantil de la Biblioteca “Sarmiento” fue instalada independientemente del Curso Normal, con muebles y libros propios y una organización de acuerdo con sus fines particulares.
La Biblioteca siempre ocupó un espacio reducido en el establecimiento, situación superada hoy cuando cuenta con un amplio salón y con personal capacitado para administrarla.
En el año 2002 se inicia una nueva etapa, con la creación de un nuevo cargo en el turno vespertino de la Biblioteca del Profesorado, cuando pasa a ser titular de la misma la profesora Marina Peleteiro. Había mucho por hacer en cuanto a su organización de acuerdo a criterios bibliotecológicos, así como también en la implementación de estrategias para cumplir con objetivos de formación de usuarios, alfabetización informacional y promoción de la lectura.
Todas las acciones que se emprendieron a partir de ese momento tuvieron un anclaje en ese pacto institucional con la lectura, que entendía a la Biblioteca como espacio de acceso a los derechos culturales para los futuros maestros. Con otro enfoque recuperaba el sentido formativo que le había dado Maldonado.
Desde el año 2009 la docente María Inés Mori coordina la Biblioteca, que está abierta al uso del alumnado y del cuerpo docente entre las 8 y las 22 horas, reafirmando así el principio de que “la biblioteca debe ser un espacio formativo y no un mero apoyo escolar”.
Hoy, conformado su acervo por la incorporación de las bibliotecas personales de José María Torres, Ernesto Bavio y Olegario Maldonado, e incrementado con nuevas obras, desarrolla una intensa actividad en articular el plan educativo cultural, junto a los proyectos pedagógicos de los docentes, tendientes a reforzar la capacitación del alumnado.
Se encuentran digitalizados cerca del 70% de los textos, además se cuenta con una importante colección de CDs y DVDs. Existe la más variada disponibilidad de manuales técnicos, novela, cuento, poesía y ensayos. Los préstamos domiciliarios de libros alcanzan un promedio de 1.500 mensuales, un servicio muy apreciado en un barrio en el que se mezclan alumnado de clase media con otras más humildes.

JOSÉ MARÍA TORRES
Había nacido en Málaga, el 19 de abril de 1825. En su país desarrolló una intensa actividad pedagógica y en 1864 llega a Buenos Aires y ocupa la vicerrectoría del Colegio Nacional Buenos Aires.
Radicado en Paraná, despliega una amplia labor docente. Allí fallece el 17 de septiembre de 1895. En mérito a su labor en pos de la educación en el magisterio, el centenario establecimiento de la calle Corrientes 4261 y el nuevo edificio de Humahuaca 4260 llevan su nombre.
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Fuentes:
-http://normal7.buenosaires.edu.ar/biblio/bibliotecahistoria.htm
://normal7.buenosaires.edu.ar/historiatorres.htm
http://www.buenosaires.gob.ar/areas/educacion/docentes/superior/llama_ens7.php?menu_id=20596
-Boletín Nº 3, “Nuestra Escuela”, año 1956.
-http//normal7.buenosaires.edu.ar/historia.htm.
-Revista “Monitor” Nº 21, junio de 2009.
Agradecemos el asesoramiento de la docente María Inés Mori.

Imagen: La Sala de Profesores en el año 1940.

Nota y fotografía tomadas del periódico “Primera Página”, octubre de 2013.

28 sept 2013

Tango


(De Carlos Penelas)

a Ricardo Carpani

Usted sabe, Ricardo, cómo llegué al tabaco.
El desamparo, la luna, la comparsa.
Las hembras y Chaplin y la poesía.
La infancia tuvo el sol en los geranios,
la voz del adoquín, el bandoneón del sur.
Adentro era la esquina, el bar del tío Pedro,
el almacén de Osvaldo, la parra de la abuela.
En esos días, la ternura llevaba de la mano
el sombrero del padre.
Descubría Barracas, Palermo, Avellaneda.
La cancha de los rojos, la leche con vainillas.
En el fondo vivían los canarios,
el silbido de Celso, el vermú de los primos.
Y un álbum que mi hermana hilvanaba de lejos.

En esta biografía se organizaban sueños.
Se discutían líderes,
se amaban a los muertos en silencio.
Escuchaba la lengua campesina,
el almohadón gallego, los calderos herejes.
No existían santos ni templos ni patriotas.
Se blasfemaban tumbas, banderas, monumentos.
Sólo era sagrado el pan, el trabajo, la entrega.
La niñez se encontraba en el barquillo.
La starosta, el tinenti, la gomera.

Yo era un marinero de patios y malvones.
Con Sandokán, el invierno y el puchero.
Esa era la casa, hermanos.
La madre incubaba bordados,
hacía crecer hortensias con su canto,
mientras Carlitos
doblaba las hojas del Estrada pensando en el picado.
Raquel y Coca ilustraban los cuentos de Calleja.
Y Roberto, distante, entonaba zarzuelas.
Con timidez, Fernando.
Y don Manuel se reía del mundo
evocando a Betanzos y a un cura putañero.
Esa era la vida, amigos.
La estufa, la pieza, el querosén.
El pantalón corto que no bajaba nunca a tomar agua.
El dinero que siempre nos faltaba.
Y los libros de una biblioteca con huelgas y proclamas.
El cielo un barrilete azul desde el Billiken.
El barrio se llenaba de sextas, de vecinos, de hijos.
La radio remolcaba la vida
los goles de Angelillo, las locuras del Zorro,
la gracia de Niní. Y la hora del Toddy y Poncho Negro.
En la esquina el almacén gardeliano.
La hija de don Juan, el carbonero.
El morocho del cross, la enagua de la prima.
El carnaval, las luces, las minas de los sueños.
Y los guapos buscaban su laburo en La Prensa.
Recuerd
o los bigotes del abuelo Tomás

y un botellón de agua para todo el almuerzo.
El oporto, el huevo, las torrejas.
Recuerdo el picaporte, la siesta,
el Smith & Wetson arriba del ropero.
El almidón, la tabla de la ropa, la valija de cuero.
Y el olor de la infancia que se fue para siempre.

Ahora me llevo al hombro los recuerdos.
Los palotes, el llanto, la rabona.
El zaguán de una niña de ojos claros.
La lluvia, el alcanfor, las revistas de cowboys.
El gol que Rugilo pudo atajarle a Grillo.
Ya no hay otarios ni chuenga ni baldío.
Ni corazón grabado en un árbol del parque.
Ya no están Abertondo ni Palacios ni Pascualito Pérez.
Ya no están más el Luna ni los barcos del puerto.
Se fueron en tranvía, con hamacas y ábacos.
Me llevo al hombro las tardes de Frascara,
los Primero de Mayo en Plaza Miserere.
El cine continuado y el himno de Sarmiento.
Los poemas de De Lellis, de Fernández Moreno, de Tuñón.
La brisca, el truco, los estado de sitio.
Me llevo el terror a Burgos, el descuartizador.
Y el carrusel de don Bernardo con sus tigres.

Hoy tengo sobre la mesa una página en blanco.
"Usted sabe, señor. Déjeme paso."
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Ilustración: Tango  de Ricardo Carpani.