20 dic. 2012

Calle Bella Vista



(De Ricardo De Lafuente Machain)

Se llamó más tarde Buenos Aires y ahora avenida Alvear.
Es la última calle de importancia formada en el barrio, no obstante lo cual, pronto sobrepasó en lujo y animación a las otras, convirtiéndose en la más representativa de la zona.
En el plano de Cristóbal Barrientos, de 1772, se ve una calleja casi paralela a la calle Larga, más o menos desde Juncal hasta Callao y se lee en una advertencia: Callejuela que se debe cerrar por ser inútil e infructuosa.
Su dirección no es exactamente la misma que tiene la avenida Alvear y su existencia parece haber sido precaria, pues no vuelve a figurar en otros planos, pero merece citarse como un antecedente.
En el que fue editado por el Departamento Topográfico en 1867, ya existía la calle Bella Vista, en el sitio que ocupa actualmente la avenida Alvear, pero termina en Callao. donde la cierra la propiedad del señor Tomás Armstrong, que poco antes llegaba en un bloque hasta la de Montevideo.
Pasaron muchos años sin que la calle Bella Vista adquiriera importancia, pero en 1882 ya estaba prolongada hasta unirse con la  Bajada de la Recoleta, comunicando por medio de ésta con la calle Larga y el camino a Palermo, que desde entonces se consideró continuación de la nombrada en primer término. Por este motivo, al cambiársele el nombre llamose “avenida Alvear” a todo el trayecto hasta la antigua casa de Rosas, en el Parque 3 de Febrero.
Víctor Gálvez anota, en 1888, que en la calle Bella Vista y sus contornos, comienzan “a edificarse lindas casas con jardines al frente”.
En 1890 el autor de Buenos Aires, que usó el seudónimo de Carlos Martínez  (Carlos D’Amico), dice de la nueva vía: “Qué sorpresa al entrar en la avenida Alvear, que sólo tiene cinco años de existencia y que es una ancha calle toda de palacios de recreo de lo más suntuoso que hay en América, que concluye en la Recoleta, plaza paseo en cuyo fondo está la antigua iglesia de los recoletos, que le da su nombre; en el centro una soberbia gruta coronando una eminencia, un juego de agua coronando la gruta, un hermoso estanque reflejando hermosos árboles de las especies más escogidas, y a ambos lados de la barranca por que continúa el camino, hermosos jardines con toda la lujuriosa frondosidad que adquieren las plantas en este clima y en esta tierra, y allá en el fondo, al norte, inmensos invernáculos de flores tropicales, y un caprichoso lago, y puentes bonitos, y un bosque de sauces, y en fin, el amigo de todos, el Río de la Plata, que es como el rasgo del genio en todos los cuadros de la naturaleza en esta región.”
En su última esquina, a la derecha, antes de la Bajada de la Recoleta, hubo durante largo número de años, un recreo conocido con el nombre de “Belvedere”, café, restaurante y despacho de bebidas, que tenía anexo un velódromo muy concurrido por aficionados y profesionales del pedal en horas del día. Por la noche la clientela era otra, elemento jaranista y bochinchero que, con su música, cantos y bromas, armaba escándalos mayúsculos, rompía la tranquilidad del vecindario y el silencio nocturno, suscitando protestas. Luego la Municipalidad adquirió el terreno, y lo agregó al paseo Intendente Alvear, levantando la estatua del ingeniero Emilio Mitre. Así desapareció algo típico, vencido por el progreso.
La otra media manzana, hasta Ayacucho, estuvo ocupada durante muchos años por un edificio de elegantes líneas Luis XIII, propiedad del doctor Carlos Dosse.
En  lo que fue del siglo XX, ninguna calle sobrepasó a la avenida Alvear como exponente de lujo y recuerdos en los fastos históricos de la Capital Federal.
Por ella desfilaron los más lujosos coches tirados por yuntas de caballos rusos, anglonormandos o Hackney de pura sangre, en los días de grandes premios en el Hipódromo o del Corso de las Flores y en las tardes de Palermo, llevando a las mujeres más elegantes y bellas de Buenos Aires.
Por allí, cuando la población de la Capital resultó excesiva para la capacidad de las aceras de Florida, desfilaron las tropas en días de fiesta patria y las multitudes que se congregaron en las inolvidables jornadas del XXXIII Congreso Eucarístico, en una manifestación única de fe.
Tuvieron sus moradas en esta avenida, numerosas personalidades de la política y de las finanzas como también sociales, quienes recibían a lo más representativo del país en ambientes de refinamiento y buen gusto. Se recuerdan las de los doctores Aristóbulo del Valle, Leopoldo Basavilbaso, señores Casimir de Bruyn, Vicente L. Casares, Ángel T. de Alvear y otros. En ellas se alojaron S. A. la Infanta Isabel de Borbón, embajadora especial en las fiestas del Centenario de 1910 y S. E. el cardenal Eugenio Pacelli, delegado de S. S. el Sumo Pontífice, y luego su sucesor.
Uno de los primeros palacios que hubo en esta avenida fue el del señor Hume, en la esquina de Rodríguez Peña, inaugurado a fines del siglo XIX con una exposición de objetos de arte provenientes de colecciones particulares, dando lugar a un hecho que aprovecharon los espíritus burlones, siempre dispuestos a poner en ridículo a las autoridades. Según se contó entonces, la Policía tuvo noticias de que un anarquista se preparaba a hacerla volar y esto provocó un aumento de vigilancia y cierta nerviosidad en un personal no habituado a esos peligros. A poco de inaugurarse, se vio a un visitante observar prolijamente los objetos, deteniéndose largo rato frente a ellos. Tal actitud, diferente a la de la generalidad de los concurrentes, llamó la atención de los guardianes, quienes comenzaron a sospechar de él. Por fin le detuvieron, encantados de haber dado con el temible personaje, gracias a su perspicacia. Pero cuando fue identificado en la comisaría, resultó ser un distinguido hijo de una de las más destacadas figuras políticas de su patria, conocedor de arte y que, como tal, observaba minuciosamente los objetos expuestos. Entretanto, el verdadero perillán, provisto de una invitación especial, recorría con tranquilidad los diversos salones, sin despertar sospechas.
La calidad de los vecinos no impedía que cierta muchachada, en esos años de “patotas” e “indiadas”, hiciera alguna de las suyas, en bromas de gusto discutible. Fue comentada una de las últimas, que tuvo lugar cuando todavía no regía ningunas ordenanza limitando las horas y las zonas para los organillos de música. Dicha broma consistió en hacer tocar el popularísimo vals Sobre las olas, debajo de los balcones de una casa donde se celebraba una tertulia, con orden al organillero de no cesar mientras hubiera invitados en la casa. El “artista”, temeroso de las consecuencias que podría acarrearle la violación del convenio, lo cumplió concienzudamente, sin que valieran para nada las protestas, ofertas y las buenas o malas palabras de los dueños de casa. El vals siguió sonando en la acera hasta apagarse las luces de la fiesta.
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Imagen: Postal de la avenida Alvear (1919).
Tomado del libro de Ricardo De Lafuente Machain: El barrio de la Recoleta.