22 feb. 2012

EL Parque Retiro o nuevo Parque Japonés



(De Otto Carlos Miller)
 
En 1961 se inicia la demolición del Parque Retiro, que tuvo la doble denominación de Parque Japonés y posteriormente Parque Retiro. El cambio de nombre, en 1945, dio motivo a un sinnúmero de equivocaciones, citas erróneas, referencias que no lo eran y hasta testimonios que no correspondían. Aquí trataremos de historiar y aclarar las diferencias entre dos parques de diversiones que nada tuvieron que ver, salvo en el nombre.

HISTORIA DEL PARQUE RETIRO
Existió un primer y auténtico Parque Japonés (1) del que hoy pueden brindarse escasísimos testimonios de quienes lo hayan conocido.
Este Parque Japonés dejó de existir en 1930, de modo que solamente podrían dar testimonios personas mayores de ochenta años que lo hayan visitado y recuerden bien.
El Parque Japonés fue la obra del arquitecto suizo Alfredo Zücker (1852-1913) quien, mientras residió en Estados Unidos de América dejó importantes obras, entre ellas la catedral de San Patricio, el Guilliard Building, el Majestic Hotel, el Harlem Casino y el Opera House de Meridian.
Alfredo Zücker arriba a Buenos Aires en 1904, y entre los múltiples proyectos, mencionaremos el que realizó para la empresa Villalonga situado en la esquina de Balcarce y Moreno, en 1910 el primer rascacielos de la ciudad, el Plaza Hotel de 60 metros de altura, el Avenida Palace Hotel (demolido), el Gran Hotel Casino en Vértiz y Pampa, la Casa Galmarini en Alsina 1867 y el Parque Japonés en cuestión, que terminó su historia en 1930, luego de un incendio.
Resumiendo, el Parque Japonés ambientado al estilo oriental y considerado una obra excepcional a nivel mundial, nació el 3 de febrero de 1911 y cerró el 26 de diciembre de 1930. Estaba situado a la altura de Paseo de Julio (hoy avenida Del Libertador-Leandro Alem-Paseo Colón) y Callao. Ocupando parte de ese predio, en 1960, se instaló el “Ital Park” que nada tiene que ver con el Parque Japonés (1911-1930), ni con el “otro” Parque Japonés luego llamado Parque Retiro (1939-1961), demolido definitivamente en 1962, y ubicado a unas diez cuadras del anterior Parque Japonés.

NACE EL NUEVO PARQUE JAPONÉS
Pasan nueve años sin que el centro de la ciudad tenga un lugar con juegos típicos de un parque de diversiones como el Japonés.
Dos empresarios vinculados a este tipo de negocios y con el antecedente de haber promovido el “Parque Shangai” en Brasil se interesan por la creación de un parque de diversiones en Buenos Aires. Se trata de Gustavo Meyers y Gaspar Zaragueta quienes gestionan traslados de maquinarias desde Nueva York y San Francisco.
En el área  comprendida entre las calles San Martín, Marcelo T. de Alvear  y Eduardo Madero, espacio que hoy ocupa el Sheraton Hotel y el complejo Catalinas Norte, en el año 1939 se inaugura el Parque Japonés, año donde el mundo se convulsiona nuevamente y la irracionalidad brotada del mezquino poder económico se convoca para el horror. Europa arrastra al mundo hacia una auténtica guerra mundial. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue un conflicto económico entre Estados europeos. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) involucró a los cinco continentes. Gobernaba nuestro país Roberto M. Ortiz y en la Ciudad de Buenos Aires era intendente Goyeneche.
Cuando todavía quedaba el impacto de los suicidios de  Horacio Quiroga (1937), Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, (1938), en ese 1939 se suicida Lisandro de la Torre.
Florencio Escardó publica sus primeros ensayos acerca del porteño: “El porteño es un ser tan preocupado por buscar la alegría , que ha hecho de esa búsqueda un problema que lo pone triste. Por esta razón, en los sitios de diversión el porteño tiene un aire científico y preocupado. Esa esperanza, a la vez aguda e indefinida, de la diversión, es lo que hace de todo porteño un jugador potencial. Es decir un profesor de esperanza y de inconsciencia”, y finaliza: “De ahí que Buenos Aires sea la ciudad del mundo donde hay más rifas, casamientos y audiencias presidenciales”.
Algunos de estos rasgos del porteño ya los había anticipado Raúl Scalabrini Ortiz, en 1928,
y luego finamente delineados en su obra “El hombre que está solo y espera” publicada en 1931. Quizá por esa extraña búsqueda señalada por Florencio Escardó y luego retratada por Raúl Scalabrini Ortiz en la obra citada, la diversión se hace presente  en un nuevo parque de diversiones en ese terrible 1939.
Europa ya estaba encendida por la irracionalidad. Alemania invade Polonia. Muy pronto hace lo mismo con la Unión Soviética de Stalin. Muere el Papa Pío XI y es sucedido por el cardenal Pacelli con el nombre de Pío XII.
En ese entorno histórico de 1939 y hasta 1961 nació, vivió y murió el Parque Japonés-Retiro –algo más de dos decadas–, que nada tenía de japonés, pero que poseía una magia exclusiva.
Retiro era una zona muy oscura desde todo punto de vista, por su paisaje tanto natural como humano. Las noches en esa zona silenciosa tenían cierto misterio. La Torre de los Ingleses, con su imponente presencia oficiaba de auténtico centinela victoriano. Siempre iluminado, dictaba fatalmente la hora.
Muy cerca se encuentra el Kavanagh, inaugurado en 1936, y  que fue en su momento el edificio más alto de la ciudad, superando al Barolo de noventa metros.
La oscura y melancólica imagen del puerto, las estaciones de los ferrocarriles Mitre, Belgrano y San Martín, la plaza San Martín y la Torre de los Ingleses y el Kavanagh, enmarcaban el predio donde se levantaba el nuevo Parque Japonés que tenía  en un letrero haciendo un semicírculo superior, la leyenda  “Parque Japonés”, que seis años después de su nacimiento será  rebautizado como Parque Retiro, cuando en 1944 la Argentina rompe relaciones con el Eje y un año después le declara la guerra a Japón.
Una mirada al Parque, abierto a primera hora de la tarde, impactaba por las dimensiones exageradas en todo, tanto visuales como auditivas. Penetrar en él era ingresar a un recinto, cubierto a modo de hangar, con un ruido clásico e inconfundible: el rodar de máquinas, el chasquido metálico de los tiros de rifle de aire comprimido, sirenas, los impactos de los autos chocadores, el anuncio verbal y repetido  de “Ya comienza el espectáculo...” 
Era difícil decidir por dónde comenzar porque de todas partes llegaban estímulos simultáneos.
“El Infierno del Dante”, “El Palacio de la Risa”, los “Autos chocadores”, “Lanchas con trole”, puestos para ejercitar puntería con rifles de aire comprimido, en pocos minutos ser capaz tapar manualmente un círculo fijo con varios discos manuales, pescar pelotitas de ping pong con una red de mango largo donde un participante siempre ganaba.
Todo era alegría y promesa. Luego se salía a la intemperie.
La majestuosa “Montaña Rusa”, “La Mina Encantada”, “El Tren Fantasma”,
“El Canal Misterioso”, “La Vuelta al Mundo”, “El Látigo”, “El Gusano”, “El Martillo” donde subían los más audaces y que al quedar cabeza abajo, de sus bolsillos caían las monedas que disimuladamente escondía el operario.
Uno de los que quizá tenía más magia era “La Mina Encantada” que consistía en el recorrido por el interior de una excavación subterránea similar a una mina. Se partía desde una entrada subiendo a una zorrilla montada en un riel para caer, casi verticalmente, hacia una zona totalmente oscura. El interior cavernoso estaba perfectamente ambientado. Luego comenzaba un ascenso hasta llegar al nivel de la partida,  siempre en estado de penumbra, a veces de oscuridad total, se seguía subiendo hasta alcanzar un nivel alto, de varios metros.
En un tramo del recorrido, la caverna tenía un corte tipo ventana con vista hacia afuera. Desde allí se podía ver varios metros abajo a la avenida Leandro Alem. Inversamente, los transeúntes de Leandro Alem podía ver el fugaz paso de un vagón en la altura. Finalmente se comenzaba el descenso en forma violenta llegando al punto de partida inicial.
Continuando el paseo exterior del parque, a modo de isletas, había numerosos puestos, tipo kiosco, donde primitivas máquinas, monedas mediante, entregaban respuestas impresas acerca del tema elegido y, según la fecha de nacimiento, variaban las alternativas del dinero o el amor. También los visores donde aparecían fotografías “audaces” de mujeres en malla.
Sin cargo estaba el salón de los espejos deformantes y pagando entrada podía verse al ayunador fakir con agujas clavadas en todo el cuerpo.
Otra gran atracción, que sin duda implicaba grandes riesgos para los protagonistas, era
“El Globo de la Muerte”. Se trataba de una esfera de varios metros de diámetro, hecha con tiras de acero y tramada como rígida red para dejar perfectamente visible lo que acontecía en su interior. Por una puerta curvada como el globo, penetraba primeramente un ciclista. Con denodado esfuerzo hacía unas vueltas circulares y como un insecto, quedaba cabeza abajo  sin caer verticalmente impelido por la inercia y la fuerza centrífuga. Luego del ciclista venía un motociclista, quizá con menos esfuerzo físico y más riesgo mecánico, daba unas ruidosas vueltas que el abundante humo magnificaba. Lo más espectacular llegaba con la presencia de una segunda motocicleta, también dentro del globo. Mediante silbatos, de los mismos motociclistas, se coordinaba el cruce para evitar un choque fatal. Esta era una exhibición de auténtico coraje y elevados riesgos.
Siempre dentro del predio descubierto eran muchas otras las ofertas de juegos de emociones o para poner a prueba la fuerza o destreza, como el golpe de puño para lograr el sonar de una campana o el empuje de un pequeño vagón sobre un riel en elevación, para medir la potencia muscular.
También estaban los escenarios que oficiaban de estudio fotográfico donde podía tomarse una fotografía pilotando un avión, luchando contra un tigre o boxeando.
Así  transcurría una tarde semanal, con público multiplicado varias veces los sábados, domingos y feriados. Sí,  una tarde... No la noche...
Si la metáfora del hombre y la bestia o el santo y el demonio sirven para mostrar los extremos y la dualidad latente que encierra un  ser humano, el Parque Retiro tomado como el  cuerpo de un hombre y siendo el alma el movimiento que le confieren sus habitantes fijos y  transeúntes, podemos asegurar que estábamos frente a “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de. Stevenson.
Sobre las dos de la tarde de cualquier sábado, domingo o feriado, las caras de ingenuidad y asombro de los niños, acompañados por mayores, entraban al Parque Retiro para vivir emociones tan inocentes como profundas. Gritos de alegría, ilusión, y a veces de auténtico temor daban vida fresca al Parque Retiro.
Caía el sol y como pájaros que vuelven a sus nidos, niños y adultos acompañantes emprendían el regreso. Las luces multicolores del exterior despertaban al “otro” Parque Retiro.
Del mismo modo que al dar vuelta una floja y húmeda baldoso se pone a la vista una heterogénea y variada fauna hasta ese momento invisible,  así aparecían junto a las primeras luces artificiales los ejemplares más heterogéneos de la ciudad pero con el común denominador de la marginalidad.  Desocupados, provincianos desorientados que solían ser víctimas de crueles bromas y a veces de “cuentos del tío”, marineros argentinos o de cualquier país del mundo, contrabandistas de cigarrillos y bebidas, soldados conscriptos en busca de emociones, estafadores que ofrecían anillos de “oro” a cualquier precio porque “tenían que viajar de apuro al interior porque su madre estaba enferma”,  y solitarios de todo tipo. 
Un nuevo espíritu oscuro y amorfo reemplazaba al hasta entonces arcádico paisaje. En los alrededores del Parque Retiro y en su gigantesco predio al descubierto, la débil humareda se elevaba dejando un suave tufo a chorizo cocinado al aire libre junto a los vahos alcohólicos de los puestos de vino ubicados en los alrededores. Otras caras. Otros códigos.
Otro espíritu ya había concretado la transformación. Abrían los salones  de baile y teatro de revistas.
En la entrada misma del Parque, un diariero voceaba la “Crítica sexta, fóbal y carreras” y abriendo disimuladamente su campera, mostraba, ante la cercanía de algún joven o soldado, una borrosa foto pornográfica en blanco y negro de seguramente una alta cotización.
Ahora en el interior el ruido aumentaba, y los puestos, además de ofrecer probar la destreza que podía llegar a premiarse con un objeto de menor valor que el pago por la  participación, en esos mismos puestos, robustas y sofisticadas mujeres exhibían sus abundantes senos y bocas exageradamente pintadas.
Desde la barra de un cercano bar un hombre de zapatos blancos, fino y recortado bigote, anillos llamativos y boquilla que bien  podría ser de oro, vigilaba atentamente a las señoritas cuarentonas o cincuentonas que atendían los puestos desde donde podían negociar un encuentro a la salida o en un breve intervalo.
Una tarima exhibía, en una torpe posición de Buda, a un  el fakir que hacía videncias mirando a la persona o analizando su firma, o un hombre con micrófono en mano invitaba a un salón a ver el maravilloso espectáculo.Para atraer al público masculino solía estar acompañado de una provinciana  joven que  no podía disimular la expresión triste y de un largo cansancio. Vaya uno a saber con que falsas promesas –quizá ser actriz o modelo– habría sido traída desde el interior. Vestida con ropas mínimas era objeto de agresivas bromas eróticas.
Otras veces un ventrílocuo con su muñeco sentado hacía decir palabras zafadas tales como culo o teta que arrancaba sonoras carcajadas a los hipnotizados espectadores.
Una de las variantes del espectáculo consistía en que el ventrílocuo interrogaba al muñeco acerca de su viaje a Francia. Se establecía un diálogo entre ambos: Ventrílocuo: Decime, ¿como se dice mesa en francés? Muñeco: Meseté.Ventrílocuo: ¿Y silla? Muñeco: Silleté.
Ventrílocuo: ¿Y ojo? Muñeco: Ojeté.Y la carcajada estallaba entre el público ante la “audacia” de la palabra.
Robustos jóvenes conscriptos con la inscripción P.M. (Policía Militar) en su  ropa de soldado, con casco blanco y amenazadores bastones, recorrían el Parque Retiro para
intervenir en caso de disturbio o ebriedad de algún soldado.
Espectáculos de torpe crueldad, en vivo, con parejas de enanos vestidos con ropa gauchesca. Imitadores de cantores de tango haciendo fonomímica actuaban de atractivo para hacer ingresar a la sala donde siempre estaba por comenzar el espectáculo.
Más de un cantor de tangos, posteriormente afamado hizo su debut en el Parque Retiro.
Fuera del Parque, pero dentro del mismo predio estaban los salones de espectáculos picarescos y  baile: “Babilonia” y  el “Salón Chamamé” y el cine supuestamente pornográfico.
En el cine se exhibían películas rigurosamente prohibidas para menores: “Como venimos al mundo”, “Como se nace y como se muere”. Se trataba de películas ingenuamente educativas donde se explicaba narrativamente  la naturaleza del amor y la familia.
Comenzaba con el inicio del vínculo de una pareja adulta, dándose la mano al presentarse. Posteriormente se los veía paseando por una ciudad hasta que –siempre de acuerdo con la explicación del narrador – decidían “comprometerse”. Entonces el hombre obsequiaba a la mujer, colocándole un anillo, mientras él repetía la operación en su dedo. A los pocos minutos la pareja de comprometidos salía  de un Registro Civil e inmediatamente de una Iglesia. A esta altura, el film llevaba unos quince minutos y la impaciencia del público se manifestaba en comentarios y bostezos. Pero la expectativa lograba una pausa ante la promesa del film. Apenas salían de la Iglesia se dirigían a un hotel. Entraban con cara de felices mientras el relator seguía: “y ahora ya están casados y podrán disfrutar del placer que da el amor…”La pareja entraba a un cuarto y de inmediato se enfocaba la puerta que mostraba un cartel con la inscripción: “No molestar, recién casados”. Algunas personas del público, por supuesto únicamente masculino, comenzaba a proferir exclamaciones ansiosas de erotismo desenfrenado. De golpe la puerta de la habitación se abría apareciendo la misma mujer, recién casada pero sonriente y exhibiendo un avanzado embarazo de varios meses, del  brazo de su marido irradiante de felicidad. Segundos después, la mujer embarazada aparecía alternativamente fregando un piso o levantando un bulto pesado.
La misma voz en off que relataba la película desde su comienzo, con un vals oficiante de música de fondo, hablaba  a la mujer embarazada con autoritario reproche advirtiendo sobre el peligro que implica hacer tareas pesadas. La embarazada dejaba las tareas y mirando a cámara escuchaba la voz: “cuando esté por ser madre no lave pisos ni haga tareas pesadas...” Luego repetía  los mismos consejos pero respecto de las comidas. La imagen mostraba  unos grotescos platos con lechón condimentado a la vista de la embarazada.
“No coma comidas pesadas...la futura madre debe comer bien y siempre comidas sanas...”
Minutos después llegaba la escena más audaz, que consistía en unos confusos planos visuales de una mujer gimiendo de dolor al parir y la clásica imagen de un recién nacido llorando sostenido por las manos de una partera. Y allí terminaba la película “pornográfica”. Hay quienes aseguran que ciertos días, previa circulación del rumor entre los iniciados del Parque Retiro, se exhibían “cortos” con desnudos femeninos totales y hasta una escena erótica en pareja de pocos minutos de duración.
El Parque Retiro cerraba alrededor de las cuatro de la mañana del sábado y del domingo.
La salida del último público coincidía con la de quienes trabajaban en el mismo lugar.
Se producía una confluencia mágica, con seres más cerca de lo mitológico que de lo real.
Enanos, gigantes, forzudos, magos, adivinos, prostitutas, cafishios, borrachos monologando y punguistas salían por la gran puerta vigilada por la rígida Torre de los Ingleses siempre intemporal pero acusando el paso inexorable del tiempo.
También, el tropel incluía desahuciados que habían ido en busca de alguna mujer u hombre con finalidades sexuales. Estaban los eternos y falsos conscriptos que lo único que tenían de soldado era la ropa ya gastada por el permanente uso, y cuyo origen podría haber sido el robo o bien tratarse de un antiguo desertor.  Ese uniforme oficiaba de pasaporte hacia la piedad del desprevenido a quien a modo de fórmula se mangueaba “para el sánguche”.
Amanecía y se esfumaba la magia de lo nocturno, lo subterráneo y lo prohibido.
Algunos hombres y mujeres partían hacia el sueño físico porque el otro ya había finalizado. Quizá  ese nuevo  estado aplazaría su soledad por otras horas, hasta llegar la noche y salir a vivir la muerte lenta de los marginales. La noche quedaba atrás y se producía el relevo humano, como respondiendo a un finalismo ecológico, existencial o hasta quizá metafísico.
Aparecía la otra cara de la vida en el Retiro diurno.
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Notas:
(1) Sobre el Parque Japonés puede leerse la nota “El Parque Japonés, Historia y Literatura” en el número 22 de la revista “Historias de la Ciudad. Una revista de Buenos Aires”, correspondiente al mes de agosto de 2003.
Bibliografía:
-Horacio J. Spinetto. “Retiro, testimonio de la diversidad”. Cuaderno Nº3 del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires.
-Historia Viva. La Razón. 1966.
-Diario “La Nación”. Años 1911 y 1930
-Diario “La Prensa”.
-Diario “Crítica”.
-Fernández Moreno, Poesía y Prosa. Centro Editor de América Latina. 1968.
-Consultado en las Hemerotecas de la Biblioteca del Congreso,  de la Biblioteca Nacional y del Instituto de Estudios Históricos de  la Ciudad de Buenos Aires.

Imagen: El Parque Japonés -luego Parque Retiro- frente a la ex plaza Britania, ahora plaza Fuerza Aérea Argentina.