3 oct. 2011

Las primeras fábricas de fósforos de la Argentina


(De Ángel O. Prignano)

Hasta el desarrollo de una industria fosforera fuerte en el Río de la Plata, el mercado de este artículo en ambas orillas estaba abastecido por fabricantes franceses e italianos establecidos en Francia. En Marsella se embarcaban hacia Buenos Aires los fósforos de Roche y Cía. y de Caussemille jeune (joven) envasados en sencillas cajitas de cajón corredizo que traían burdas litografías impresas en papel pegadas sobre la caja exterior. Estos primitivos envases luego fueron perfeccionados con la adopción del anillo de goma, que permitía el deslizamiento “automático” de la caja interior hacia adentro, y mejorados estéticamente con litografías de dibujo más acabado y fino. Además se fabricaron de diversas formas que no necesitaban de la caja interior, algunas semejando tabaqueras y otras rectangulares. Así las cosas hasta que el gobierno galo implantó el monopolio. La consecuencia inmediata fue el traslado al norte de Italia de algunos de aquellos industriales, que montaron sus fábricas en los alrededores de Turín desde donde continuaron exportando sus productos a nuestras costas. Los italianos fueron, precisamente, los que dieron a las cajas de fósforos sus características definitivas.

GOENAGA Y LOPETEGUY
Los orígenes de esta actividad en la Argentina se remontan a 1860, cuando dos jóvenes ingenieros españoles, José María Goenaga y José Lopeteguy, instalaron una fábrica en Buenos Aires, calle San José entre San Juan y Cochabamba. La pusieron a punto para producir 200 gruesas diarias, pero no pudieron alcanzar inmediatamente esa cifra por la falta de personal idóneo. En aquellos años, la industria fosforera era prácticamente desconocida en esta parte del mundo. La solución llegó al poco tiempo, cuando un hábil armero residente en la ciudad fue incorporado para dedicarse a estudiar el nuevo oficio. Se trataba de Andrés Arriarán, quien con su trabajo contribuyó enormemente al perfeccionamiento de la elaboración de fósforos en nuestro medio y se constituyó en el principal factor para que el establecimiento se encaminara hacia el éxito. Sin embargo, la guerra franco-prusiana de 1870 y la gran epidemia de fiebre amarilla que castigó a Buenos Aires al año siguiente frenaron esta marcha casi por completo. Ante tal fracaso y algunos desacuerdos entre los socios, Lopeteguy se retiró y Arriarán se incorporó a la firma, que entonces comenzó a girar como Goenaga y Arriarán. Más tarde, el primero dejó la fábrica y Andrés Arriarán quedó como único dueño. Empeñado, entonces, en ampliar su empresa, inició contactos con algunos posibles capitalistas que quisieran invertir en ella. Así, en 1873 se asoció con los comerciantes Bustamante y Galup para construir un establecimiento fabril con mayores capacidades productivas. Fue instalado en California 150 (numeración antigua) e inaugurado poco tiempo después, pero la fortuna tampoco acompañó a los socios que debieron cerrarlo y depositar las maquinarias en un galpón de las cercanías.

BOLONDO, LAVIGNE Y CÍA.
A mediados de la década de 1870 aparecieron algunas pequeñas fábricas de fósforos que no tuvieron larga existencia. Con mejor suerte, el 6 de mayo de 1879 surgió un nuevo emprendimiento muy cerca del que había pertenecido a Arriarán, en la calle California 50 (numeración antigua), entre Salta y la avenida Santa Lucía (hoy Montes de Oca). Sus dueños eran Eduardo Bolondo, argentino y capitalista de la sociedad, y Jean Maurice Lavigne, industrial de origen francés que conocía el oficio. Estos talleres ocupaban un terreno de 2.000 varas cuadradas y fueron provistos de alguna maquinaria no muy sofisticada.
En sus inicios, la producción se vio restringida por la falta de insumos nacionales. Tanto la materia prima necesaria para la fabricación de los fósforos como la cajita que los contenía se importaban de Europa. Por otra parte, los productores no contaban con fuerza motriz a vapor, por lo que debían valerse de un malacate accionado a mano por un obrero. A pesar de lo rudimentario del proceso, la fábrica creció rápidamente e impuso su producto desplazando en alguna medida a los de origen europeo. Más firme fue su paso cuando, en 1884, logró instalar un pequeño motor de 5 HP, que con el tiempo fue reemplazado por otros de mayor potencia. De esta forma, se constituyó en uno de los principales hitos de la industria fosforera argentina y con el paso del tiempo esta actividad pasó a ser una de las más importante del país.
La poderosa casa Antonio Devoto y Hno. se incorporó a la firma en 1882 y se convirtió en su agente. De este modo, comenzó a girar como Bolondo, Lavigne y Cía. y amplió su establecimiento fabril, que llegó a ocupar una superficie de 12.000 varas cuadradas. En ese año allí trabajaban 170 operarios que manufacturaban 1.500 gruesas de cajas al día, con lo que dominaban completamente el mercado. La alta calidad del producto mereció el reconocimiento de los jurados de ferias industriales que le otorgaron sendas medallas de oro en la Exposición Continental de 1882, en la de Mendoza de 1885 y en la de Paraná de 1887.

DELLACHÁ Y LAVAGGI
En el mismo año en que los Devoto ingresaron a la empresa, es decir 1882, otra fábrica se agregó al mercado fosforero local con pretensiones de ocupar su propio lugar. Le cupo construirla a Gaetano Dellachá sobre un amplio terreno cuyo frente daba a la avenida Mitre 245, en Barracas al Sud (hoy Avellaneda), que comenzó a girar bajo el nombre de A. Dellachá y Hno. En las guías comerciales de la época encontramos a Esteban Della Chá como importador de fósforos en San Martín 193, de Buenos Aires, con fábricas en Moncalieri (Italia) y Barracas al Sud (Argentina). Los fósforos Della Chá estaban avalados por nueve medallas de oro y dos diplomas de honor obtenidos en las exposiciones de Viena, Filadelfia, Milán, Niza, Torino, Mendoza y Buenos Aires. Sus corredores en la Argentina eran L. Pellerano y Hno. Tres años más tarde, es decir en 1885, vio la luz otra fábrica levantada por Francisco Lavaggi e Hijo en el barrio de Belgrano.
Muy pronto dio comienzo una despiadada competencia entre ellas, cada cual tratando de acaparar la mayor parte posible del mercado. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que las dos primeras se pusieran de acuerdo para fijar los precios mínimos de venta. Además firmaron un compromiso que estableció una multa de 10.000 pesos oro para aquella que no cumpliera lo pactado, desde el 19 de marzo hasta el 31 de octubre de 1885. Luego terció Francisco Lavaggi y todos terminaron por convencerse de que la competencia no les convenía, que era mejor fusionarse en una sola empresa. Así, en 1888 tomó cuerpo la Compañía General de Fósforos. A partir de entonces, el desarrollo de la industria fosforera en la Argentina corrió paralela a su historia.
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Imagen: Antigua caja de fósforos marca América. (Coleccionista particular).
Tomado de Historia del fósforo en la Argentina, Buenos Aires, Acervo, 2007.