14 oct. 2010

El Palacio de Las Flores


(De Eduardo Gudiño Kieffer)

El tango se enroscaba y se desenroscaba en lentas volutas de dos por cuatro, jadeaba un ratito, bostezaba con el bandoneón y luego proseguía deslizándose trabajosamente y arrastrando a cinco o seis parejas en un ritmo asmático.
Abel buscó con la mirada a la mujer entre las mesas que rodeaban la pista. La descubrió en un rincón. Estaba sola.
Una atontada sonrisa parecía clavada en la cara demacrada, como si el esfuerzo de acomodar los músculos faciales fuera algo obligatorio, impuesto desde afuera. Tenía los ojos muy abiertos: dos pozos oscuros y sin fondo ni reflejos. El pelo, de un sospechoso color cobrizo, se alzaba sobre la cabeza en un complicado peinado de rulos superpuestos. Abel recordó –las manos se le humedecieron de pronto– que la semana anterior, en un cuartucho de Pichincha al setecientos, antes de desnudarse, ella se había despojado de esa especie de torre rococó mostrando sus verdaderos cabellos, finitos y ralos como pelusa de bebé, que cubrían apenas un cráneo pequeño y redondo.
Cuando la mujer lo vio las comisuras de sus labios se movieron imperceptiblemente hacia arriba. Hizo un gesto vago con la mano, empujando sin querer el vaso de cerveza. Abel dio unos pasos hacia ella y se detuvo, contemplando el cutis reseco. Por un momento tuvo la impresión de que pellizcándola con el índice y el pulgar, a partir de la frente, podría arrancar sin esfuerzo toda la epidermis. Celofán transparente. Esa piel muerta desprendiéndose de un cuerpo escuálido y extenuado.
–¿Volviste, pibe? –la pregunta de ella sonó como una afirmación.
–Sí –la afirmación de Abel sonó como una pregunta.
–Todos vuelven al Palacio de las Flores –dijo ella. –No sé por qué. Ni siquiera sé por qué vuelvo yo misma.
Se encogió de hombros y por un segundo su vestido colorado pareció a punto de resbalar sobre las clavículas, amenazando con dejar al descubierto el osario que Abel ya conocía. Pero no, el vestido permaneció colgado flojamente de la percha humana. Los ojos de ella pasaron a través del cuerpo del muchacho, todavía de pie.
–Hace dieciocho años que vengo todos los sábados. Date cuenta: desde que cumplí los quince. Al principio me traía mi vieja. Pero cuando se murió seguí viniendo sola. Fijate que la pobre reventó un jueves y el sábado yo ya estaba aquí, firme. Bueno, es lo que ella hubiera querido al fin y al cabo. “Las chicas tienen derecho a divertirse, no quiero que tu juventud sea triste como la mía”, decía siempre. Y mi deber de hija era darle el gusto ¿no te parece?
La carcajada (o el cacareo) cesó tan bruscamente como había empezado. Abel aprovechó el instante de silencio para decir:
 –Tengo que hablar con usted.
Ella se llevó la derecha a la garganta y comenzó a juguetear con una cadena dorada de la que pendía una cruz. Bajo el esmalte escarlata se adivinaban las uñas comidas. El índice y el mayor estaban manchados de nicotina.
 –¿Vos también? ¡Todos tienen que hablar conmigo! ¿Sabés cómo me dicen aquí?
Abel negó con la cabeza.
–Me dicen “La Confesora”, porque pilas de tipos vienen a contarme todo lo que les pasa. Dicen que lo que quieren es bailar. Pero no. Lo que quieren es confesarse. No creen en los curas, pero a alguien le tienen que largar sus entripados. Y siempre es lo mismo: que están cansados, que sus mujeres no los entienden, que si las cosas hubieran sido distintas, que por un número le erraron a la grande de Navidad…
–Lo mío es diferente –dijo Abel con rapidez.
–¡Qué va a ser! El único que decía algo diferente era el marinero aquél. Inglés o irlandés, no sé. Y no importa, porque para mí todos los  hombres son iguales. En una de esas este también, sólo que yo no le entendía muy bien el idioma. Y debía entenderlo, porque mi abuelo era de aquellos lados… Mi abuelo Morrigan.
–Escúcheme…
–De todos modos, el marinero ese me gustaba más que otros. Me llamaba su novia de mayo, aunque estábamos en enero y hacía un calor de la gran siete. También me llamaba a veces merry maid. ¿Sabés lo que quiere decir merry maid? No, qué vas a saber vos, con esa cara. Yo tampoco sabía, no te vayas a creer. Pero le pregunté al tipo y me explicó que lo de merry maid tenía algo que ver con Santa María Egipcíaca. ¿Te das cuenta? Era un tipo decente. En el fondo me entendía y me respetaba.
Los dedos manchados de nicotina acariciaban la crucecita de la cadena.
–Vea, es algo muy importante –soltó Abel inclinándose un poco.
–¿Santa María Egipcíaca? Claro que es importante.
–Lo que yo tengo que decirle es importante.
–Bah, todos con lo mismo. Siempre es importante. Importantísimo. Lo más importante del mundo. Y en realidad en el mundo no hay nada importante. Lo que parece importante en un momento, deja de serlo en cuanto te descuidás. Mirá lo que pasa en este dichoso Palacio de las Flores, por ejemplo. ¿Viste que hay tres pistas de baile, una en cada piso? ¿Viste que la más grande es la de la planta baja? Bueno: cuando yo empecé a venir aquí, en esa pista enorme que era la más importante se bailaba la música más importante. Tango y folklore. Pero ahora lo más importante es la música beat, de modo que tango y folklore han tenido que achicarse, y la pista grande es para la música beat. Raro que vos no estés allí, que te hayas venido a la de tangos.
–No estoy hablando de música –dijo Abel.
–Y raro también que no usés bluyines. Lástima, te quedarían fenómenos. Por lo que me acuerdo tenés lindas piernas y un culito hermoso.
–No se burle y escúcheme.
–¡Pero si te estoy escuchando!
Tomo el vaso de cerveza y se lo llevó a los labios. Por un instante un blanco bigote de espuma subrayó el contorno superior de la boca. Merry maid lo borró con el dorso de la mano. 
 –Ya sé lo que me tenés que decir –murmuró golosamente–. Que esta noche querés repetir lo de la otra noche.
Abel meneó la cabeza. Se atragantó con el monosílabo como con un carozo de aceituna, pero al final pudo largarlo.
–No.
–¿Por qué no? Podemos hacer más cosas si querés. Otras cosas.
Ella sacaba lentamente la lengua, molusco viscoso entre rosado y amarillento saliendo de su valva. Abel se llevó una mano a la frente sudada.
–No quiero hacer otras cosas. No quiero hacer nada con usted.
La mandíbula deshuesada de ella intentó recuperar brevemente una perdida firmeza, pero sólo logró convertir la sonrisa en una vagina calva y pintada de rouge.
–¡Vamos! ¿Le tenés miedo a mamita?
Mamita, justamente esa palabra.
–Mamita te dio todos los gustos ¿no?
–Cállese, por favor.
–Está bien, está bien, me callo. Sobre todo visto y considerando que vos sos el que tiene que hablar. Vamos, confesate. ¿No ibas a decirme algo importantísimo?
Todo se volvía espeso, oscuro, hostil, escurridizo.
Abel manoteó en el espacio inasible como buscando un precario equilibrio.
–Dale, hablá –dijo ella.
–Me da vergüenza.
–¿Viste? Lo que suponía. Querés venir conmigo y no te animás a decírmelo. Bueno, nene, no te aflijas. Mamita se encarga de todo. Mamita paga su cerveza, mamita paga el taxi, mamita te lleva a casa, mamita te coge.
–¡Basta! –explotó Abel.
La voz de ella reptó ominosamente:
–Por si no te diste cuenta, te voy a hacer notar que soy una dama. A mí no me grites. Estoy acostumbrada a que me traten con delicadeza.
Abel miró a su alrededor. Las parejas seguían girando hipnotizadas en las espirales del tango.
–Usted está enferma –dijo en un susurro.
–¿Desde cuando te preocupás por mi salud?
–Le digo que está enferma.
–¿Y de qué?
Un sabor agrio en la boca, Vómito.
–Me contagió una venérea.
La sonrisa crucificada entre las hundidas mejillas femeninas se hizo más rígida, más exterior, más vacía.
–No sé de qué te quejás.
–¿Cómo que no sabe de qué me quejo? ¿Oyó lo que le dije? ¡Me contagió una venérea!
–Pero no te cobré. Fue gratis.
El tango había terminado y las parejas volvían a sus mesas.
Abel sintió el latigazo de la rabia primero, el sollozo incontenible después.
–¡Podrida!–gritó. –¡Usted está podrida, recontrapodrida!
El llanto lo sacudía convulsivamente. Una mano pesada de apoyó en su hombro. Quiso sacársela de encima, pero la mano se convirtió en garra. Oyó la voz:
–¿La están molestando, señorita Morrigan?
–Un poco. Sería mejor que lo sacara de aquí. Debe ser uno de esos maricones.
–Vamos, pibe. Tomátelas. –Dijo la voz.
Abel se cubrió los ojos con las dos manos y se dejó guiar hacia la salida. Lo último que escuchó fue que ella decía:
–Suerte que en este lugar hay guardapista.
Después empezó otro tango.
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Fragmento tomado de la novela: "Será por eso que la quiero tanto".
Imagen: Ilustración tomada del sitio: elbuzoncarmin.iespana.es