13 oct. 2010

El mito del túnel de la calle Núñez


(De Daniel Artola)

El tango de Gardel dice que siempre se vuelve al primer amor. Y en este caso por partida doble. Porque Andrés Fabrizio regresa a su hogar de la infancia y a su escuela, que son lo mismo. Su mamá fue la portera de toda la vida y vivió en el Colegio Molinari con su hijo en una casita que hoy día sigue en pie.
Andrés ha vuelto a casa y era tanta la ansiedad por el reencuentro que el día anterior dibujó un plano minucioso del colegio y no le erró ni en un centímetro. Hasta ubicó en el papel dónde estaba tal o cual árbol frutal. “Esta palmera era chiquita y mire hasta dónde llega”, dice y levanta la vista, que se pierde en el cielo.
Andrés es de Saavedra, vive cerca, pero nunca había cruzado el umbral para evocar tiempos pasados. Dice que en el verano sus primos venían a jugar a la pelota. La cuadra no le resulta extraña: señala las casas por el apellido de sus antiguos dueños, habla de corralones que no están y de su escuela primaria que se mudó enfrente, a la calle Roque Pérez.
Ahora “su” colegio es técnico y se llama ET  Nº 21 “Fragata Escuela Libertad”. Por ahí andan los chicos, entre máquinas y bancos de carpintero. “Me aparecen muchas imágenes en la cabeza. Pasábamos la Navidad acá. Son cosas que aprietan un poco el corazón”, dice emocionado. Entre los recuerdos que le vienen a la cabeza, están sus abuelos, Guillermo Ferrando e Isolina, que fueron los antiguos caseros de los Molinari, los primeros dueños, que donaron el caserón al Gobierno.
“Mi abuelita le lavaba y le planchaba a los Molinari, que cedieron este lugar al Consejo Nacional de Educación. Entonces mis abuelos se quedaron como porteros. Después entraron a trabajar mi tío José y mi mamá, Amelia”, cuenta Andrés. A la mujer la nombraron  en el cargo en 1947 y se jubiló en 1973. “Su trabajo era su vida. Hasta le regalaba cosas que compraba en la feria a los chicos”, agrega, parado frente al aula donde hizo su primer grado inferior. “Un año antes de empezar a estudiar me la pasaba sentado en una sillita junto a los chicos de primero inferior para escuchar a la maestra. Cuando llegó el primer día de clase llevaba almidonado el guardapolvo; al rato de entrar al aula me escapé y mi vieja me corrió por todos lados. Me dio una paliza y al otro día fui como un hombre”, recuerda sin traumas. En aquellas épocas las tundas maternas tenían buena prensa. “Estaban las señoritas Julia Peirano y Margarita Solano, que fue profesora de piano del maestro José Basso”, dice con nostalgia.

LA PREGUNTA DEL MILLÓN
Toda ciudad crea sus mitos urbanos y Buenos Aires tiene muchos temas que asombran. Aquí, en esta escuela de paredes blancas y remotas, se gestó la leyenda de un túnel que desembocaba en el centro de la ciudad. Algunos defienden esta historia con convicción y otros la refutan. Andrés es uno de ellos. Por eso bajamos al sótano, el supuesto conducto que llevaba a los intrépidos aventureros hacia los confines de la urbe. Descendemos por una escalera empinada de madera que –según Andrés– cruje como cuando era pibe. “No hay ningún túnel. Yo no sé de dónde salió esa historia. Yo bajé doscientas mil veces y nunca vi nada raro”, afirma.
Luego del último peldaño se abre una puerta y por delante hay un espacio lleno de escritorios y computadoras; en un ángulo de la pared se ve un ventiluz. “Acá se guardaban los mapas, el esqueleto humano y un búho embalsamado. Hacia la izquierda había otra habitación, que era el depósito de sillas rotas”, dice Andrés y se asoma a ese espacio, donde en la actualidad está el archivo. “Había unos grilletes en la pared. Quizá era para atar a los presos, porque esta construcción es de la mitad del siglo XIX”, arriesga. Pero de túneles ni hablar, solo un sótano que inspiró  a vaya a saber qué poeta para inventar pasadizos secretos. Es un tema conocido por las autoridades escolares, que sonríen ante la pregunta del periodista. Para espantar dudas nos abrieron las puertas del sótano misterioso y se lo agradecemos. Entonces, el hijo pródigo bajó las escaleras con la confianza del baqueano. En su refutación del mito encontró la ayuda de nuestro guía, Oscar Antonioli, jefe de Talleres y ex alumno. Casi compañero de Andrés por razones cronológicas.
“No, no hay nada. Ese cuento es viejo. Con los maestros de la noche buscamos el túnel en 1970. Nos volvimos locos, pero no hay ni piso ni paredes huecas”,  dice Oscar con certeza. “Me parece que desde acá abajo no vamos a llegar a Plaza de Mayo como decía la leyenda”, acota Andrés con ironía, al tiempo que golpea las paredes para comprobar su solidez inalterable.
Y a este cronista –afecto a las películas de El Zorro– le corre un cosquilleo de sólo pensar en la posibilidad de que se corra el muro y aparezca el misterio mejor guardado del barrio. Pero no, eso sólo le pasaba a Diego de la Vega.
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Tomado del periódico: “El Barrio”, de noviembre de 2006.
Imagen: el Colegio Molinari en 1944. (Foto de: Andrés Fabrizio).