5 oct. 2010

El primer arrabal de Buenos Aires


(De José Juan Maroni)

En los últimos decenios del siglo XVII la ciudad de la Santísima Trinidad, fundada por don Juan de Garay, era aún paupérrimo villorrio de ranchos de adobe con techos de paja, repartidos sobre una veintena de manzanas.
Por las afueras, rumbo al Sur, justamente en el ángulo que formaba la barranca limitante de la meseta fundacional, existía un sitio conocido por el nombre de “San Pedro”, que dominaba desde un alto al puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires, ubicado entonces en la primitiva desembocadura del Riachuelo. El lugar quedaba alejado de la Plaza Mayor, no tanto por la distancia –apenas mil quinientos metros– como por la pésima transitabilidad del camino y por el cauce, no siempre vadeable, del “tercero” del Sur.
San Pedro fue el asiento del primer depósito de pólvora, del primer molino de viento y del primer horno para la fabricación de ladrillos, que tuvo la ciudad. Posteriormente, en ese mismo sitio, levantaron algunas “barracas” (según se acostumbró llamar a los galpones) que tanto sirvieron para el almacenaje de cueros y otras mercaderías, como de albergue transitorio de negros esclavos que la Colonia importaba del África para reemplazar a los españoles y criollos en el trabajo manual, considerado entonces denigrante. A fines del siglo XVII el afincamiento se completaba con varios ranchos habitados por gente que se ocupaba en tareas del puerto, por pescadores y por los individuos de mal vivir desplazados del centro de la ciudad.
Este primer aposentamiento quedó exactamente ubicado y registrado en el plano de la ciudad que trazó el ingeniero Bermúdez en 1708 con el nombre de “Hornos y Barracas de San Pedro”. Fue también en ese mismo lugar donde en 1723 se construyó el nuevo edificio destinado a la Guardia del Riachuelo, situado aproximadamente en la vecindad de la actual esquina formada por las calles Cochabamba y Balcarce, reemplazando las instalaciones de la antigua Guardia que existió en “el bajo”, destruidas por un incendio en el año anterior.
En esa época, según lo testimonia un escrito del capitán Domingo Petrarca (1721), aquel incipiente caserío era considerado como uno de los tres arrabales de la ciudad, el del lado Sur, ya muy bien conocido con el nombre de “Altos de San Pedro”.
Personalmente nos resistimos a aceptar la versión de que así se lo denominara por la circunstancia de existir, en el expresado sitio, un hueco baldío que servía de “parada” o de “alto” de las carretas, para el descanso de carreteros y bestias; es el mismo que más adelante, en 1745, el propio Cabildo resolvió reservar oficialmente con aquel fin, prohibiéndose, además, cualquier edificación en el lugar.
Opinamos en cambio, que el nombre debió referirse a la situación altimétrica del lugar: “en el Alto”, es decir, encima de la barranca, distinguiéndolo de “el Bajo”, donde estaba el puerto. Esta modalidad o costumbre del nomenclador popular lo veremos repetirse en otros parajes de la ciudad; por ejemplo, en la zona de la actual plaza Constitución, cuando el primitivo mercado de frutos de 1857 se llamó precisamente “del alto”, para no confundirlo con el mercado “del bajo”, instalado entonces a la vera del camino a Barracas, antes de llegar a la barranca.
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Texto extraído de: “El Alto de San Pedro”, Bs. As., 1971.
Imagen: Plano del Alto de San Pedro. La zona gris es el territorio del Alto de San Pedro mostrando su relación con la traza de la ciudad, el ejido y la división en cuatro cuarteles: A: Esquina clave (actual Piedras e Hipólito Yrigoyen), B: La Plaza Mayor, C: El Fuerte, D: Riachuelo. Las cruces indican la ubicación de las iglesias y capillas. (Tomado del libro homónimo).