30 may. 2015

Acerca de la grafía Buenos-Ayres



(De Fernando Sánchez-Zinny)

El tema me ha sumido en hondas cavilaciones, tras las cuales debo confesar, sin ambages, que muy poco sé del hecho en sí, aunque esté a mi alcance hacer algunas elucidaciones más o menos pertinentes sobre el tema, lo que no es lo mismo. Desde ya, con entera certeza puedo aseverar algo marginal aunque concreto: no, jamás hubo disposición, ordenanza, o reglamento que dispusiese la forma de escribir el nombre de nuestra ciudad; por lo tanto, todas las variantes en la grafía que se han producido a lo largo del tiempo sólo han sido reflejo de la costumbre en el sector leído de la sociedad.
Lo primero que, según entiendo, debe puntualizarse es que antes de la paulatina normatización de la ortografía española iniciada a partir de mediados del siglo XVIII, merced al influjo del Diccionario de Autoridades y sus anexos, reinaba una notable anarquía en la materia; incluso en textos hoy día clásicos, en una página la misma palabra figura escrita de dos maneras diferentes.
Luego, que, de origen, la Y –“i griega” o “ye”, como se dice ahora– tiene en castellano un sonido ambiguo, a veces vocálico o a veces consonántico, sin que la cosa termine nunca de aclararse. Todavía escribimos –y esto es un obvio anacronismo– “muy”, “hoy” o “hay”, si bien estas son palabras que no admiten variantes y que por lo tanto no crean situaciones dudosas. Pero si escribo rey, ley o buey para representar los fonemas rei, lei o buei, ¿por qué en los plurales no pongo “reies”, “leies” o “bueies”, como sería lógico?
Este ejemplo no es absurdo, aunque lo parezca, y pienso que bastante se relaciona con el caso de Buenos Aires, nombre en el que de entrada los cronistas y memorialistas coloniales dieron en acomodar lo de “Ayres”, posiblemente porque estaba en el espíritu aquel tiempo y acaso, también, por la cercana y omnipresente presencia del guaraní, idioma para el que la inserción de la Y se prestaba sobremanera: Pindapoy, Queguay, Urunday, Gualeguay, Villaguay, Paraguay, Uruguay. Y vamos aquí al asunto de los derivados: un oriental no es un “uruguaio” sino un uruguayo. Si se trata de alguien de Concepción del Uruguay es un uruguayense. E –incluso en portugués– si es de Uruguayana (ciudad o villa propia del Uruguay), será uruguayano, sólo que en éste caso la fonética es, efectivamente, según la teoría indica que debe ser: “Uruguaiana” y “uruguaiano”.
Durante toda la colonia casi universalmente se escribió Buenos-Ayres, lo que no creo que deba llamar la atención, ya que en los documentos oficiales de la época se escribía, asimismo, “virreynato”.
Pasa lo mismo con la cartografía contemporánea, que mayormente no era española sino primero holandesa y más tarde francesa, señalándose que en este último caso la combinación “Ay”, da, precisamente, el sonido “ai”, en tanto que éste, como grafía, se pronunciaría “e”, circunstancia que tal vez explique por qué en los mapas extranjeros haya subsistido el dichoso “Buenos- Ayres”, por muchísimos años, hasta bien entrado el siglo XX.
En el transcurso de la etapa rosista, lo que circulaba era “Buenos-Ayres”, casi sin excepción. Después de Caseros y sobre todo después de la reunificación de 1860, esa forma desaparece abruptamente y apenas si se la ve sobrevivir en publicaciones de las colectividades escritas en sus lenguas, en algunas denominaciones comerciales, sobre todo francesas, y en intentos arcaizantes. ¿Qué ha pasado?
No sé. Si tuviese que atribuir a algo ese fenómeno sería al creciente predominio intelectual de la generación del 37, vuelto canónico tras la caída de Rosas. Porque Echeverría, Alberdi, Mármol, Juan María Gutiérrez, Sarmiento, Mitre, aparte de ser virulentamente antiespañolistas y, por lo tanto, en principio furibundos antiacadémicos, paradojalmente eran partidarios no menos apasionados de uno de los ideales academicistas más característicos, que es el de la unidad y razonabilidad del idioma, posibilidades vistas hasta como un resorte de cohesión nacional. Para ellos había que prescindir de lo medieval y simplificar las cosas, para favorecer la escolarización; el sanjuanino hasta tiene, al respecto, una gramática reformada y cualquiera sabe el ascendiente que sus criterios adquirieron cuando sobrevino la inmediata eclosión normalista.
Finalmente, acerca de esto: que una palabra que en sí designa sólo una cosa determinada se escriba de manera arbitraria, en el fondo no es sino parte de las arbitrariedades de que habla Saussure; digamos: Miriñay. Pero, visiblemente, “Ayres” quería decir aires, y no se vería razón para escribirlo distinto. Me imagino que sería, en ese caso, una cuestión de mesura, de elegancia, de no querer ser “bárbaro”.
Que no medió ninguna disposición gubernamental específica, lo da cuenta  esa iglesia de estilo románico teñido de eclecticismo que está en la avenida Gaona, obra erigida en la década de 1930 y ante cuyo altar he recibido los óleos bautismales: se llama “Nuestra Señora del Buen Ayre”.
Me queda lo del simpático guión intermedio, propio de una época en que se escribía “Estados-Unidos” y “Provincias-Unidas”, obvia referencia a que lo indicado constituye una unidad, cosa muy común en francés, hasta en los apellidos como Lévi-Strauss, Merleau-Ponty o Royer-Collard. Boulogne-sur-mer es, en conjunto, un nombre completo e inescindible que proclama que esa ciudad de Francia es la que es y no la que está en Italia.
Hoy usamos los guiones sólo para referirnos a una unidad formada por elementos que permanecen ajenos entre sí: Guerra Ruso-japonesa, o Pacto Argentino-boliviano; si, en cambio, esos elementos se amalgaman, desaparece el guión: anglosajón, Sudamérica.
Hasta aquí llegué.
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Imagen: Primera página de la "Gazeta de Buenos-Ayres".