16 may. 2015

Acerca de un hipotético enroque de capitales



(De Fernando Sánchez-Zinny) 

Voy a contar algo que me es imposible demostrar: ningún testimonio, prueba o documento lo menciona, ni siquiera como chismorreo menor de la historia; no obstante tiendo, en lo personal y moderadamente (es cierto), a suponerle un grado aceptable de verdad, al margen de la verosimilitud  que le da su carácter lógico, único sostén real de lo que sigue, dada –como digo– la inexistencia de elementos que permitan establecer certidumbres.
Se trata de una versión que me ha llegado por tradición familiar y lo explicó: a la muerte de Adolfo Alsina se produjo la diáspora de sus seguidores. Uno, Carlos Pellegrini, dio origen a los conservadores, y otro, Leandro N. Alem, a los radicales; estos son los dos más conocidos y para la narración de los grandes hechos basta con saber de ellos. Pero hubo otros acólitos de Alsina que también hicieron su camino e, incluso, con singular relieve, aunque, por supuesto, muy lejos estuvieran de alcanzar la trascendencia de los mencionados.
Uno de ellos fue Dardo Rocha, del que se sabe, en general, que fue gobernador de la provincia y fundador de La Plata; tuvo su momento y alcanzó a ser una figura política importante. Era activo y hábil era pero fue, además, una figura de suma importancia: político activo y hábil, y eficaz administrador, llegó a competir por la Presidencia de la República con aparente pronóstico de ganador, pero se quedó en el intento, frenado por la  zorrería mucho mayor de don Julio Argentino Roca.Terminó con esto su cuarto de hora y quedó como personaje expectable y de respeto, pero con mínima influencia sobre el curso de los acontecimientos. Rocha fue, en esas circunstancias, el típico derrotado que consigue conservar prestigio: una especie de predecesor preinmigratorio de Arturo Frondizi.
Pues bien, ocurre que en mi familia remota de entonces era “rochista” y lo siguió siendo hasta la muerte del fallido primer mandatario, ya bien entrado el siglo XX, opción que, de paso, aisló a los varones de la política, al habérseles cerrado en las narices, simultáneamente, las puertas del conservadorismo y del radicalismo, y empeñados en no ver en las izquierdas –según el uso de la época– sino restos desleídos del gran enemigo, que había sido el mitrismo. Mi padre recordaba haber acompañado, de adolescente, al suyo a visitar unas cuantas veces a Rocha, anciano de aire caballeresco que amaba dirigir la charla de un puñado de canosos retirados de los ajetreos cívicos.
Se hablaba de política y de cosas viajas. Y de lo notable, hermosa y prospera que era La Plata. Se me ha contado que creía Rocha –y también la generalidad de su grupo– que todo el proceso de federalización de Buenos Aires ciudad y de creación de la Capital Federal, había sido una necesidad imperiosa resuelta con una jugada diestra, pero que, en el fondo, se trataba de una solución anti natura que cuyas consecuencias, tarde o temprano, se mostrarían nefastas o absurdas. Buenos Aires –pensaban– es una, una sola, la ciudad y su campaña, que conforma el resto llamado provincia, y no se puede “separar la cabeza del cuerpo”.
¿Entonces? Pues ahí, precisamente ahí, sería el turno de la maniobra eximia: Buenos Aires volvería a ser la capital de su provincia, de la provincia heroica que fundó la patria y lo dio todo por ella, y La Plata –la niña de los ojos de Rocha– se entregaría a la Nación para ser la nueva capital, propuesta con la que el viejo político  a la vez satisfacía, su devoción porteña y halagaba su egolatría, en cuanto padre de la ciudad de las diagonales, de pronto llamada a mayores destinos. Supondría tener, de esa manera, una reivindicación  histórica que seguramente anhelaba.
Convengamos, en principio la idea no parece descabellada y huele mucho a un tipo de solución de factura anglosajona, pues así se procedió, poco más o menos pero con éxito, en los Estados Unidos, en Canadá y en Australia –y últimamente en Brasil–, donde se eligió erigir ciudades diseñadas ex profeso para ser capitales, en la búsqueda de una falta de antecedentes que garantizase la neutralidad del nuevo foco de poder e inhibiesen los enconos de unas provincias contra otras.
Como me lo contaron lo cuento: Rocha estaba convencido de esto y asimismo su grupo, sin perjuicio de que existiesen en él dudosos acerca de la viabilidad del plan. Por lo bajo decían: “La Plata está demasiado cerca de Buenos Aires y es claro que ningún presidente querría serlo desde una ciudad menor, teniendo a un  paso a la metrópoli inmensa”. Los entusiastas, en cambio, alegaban que la propuesta era compartida, en el fondo, por todos los porteños de origen alsinista, aún los antaño peleados con el rochismo: envueltos en reservas conspirativas afirmaban  que “había trabajos” y citaban nombres que apenas significan hoy algo, pero que seguramente tenían peso en aquel tiempo: Julio Costa, Juan Ortiz de Rosas, Ignacio Irigoyen, José Inocencio Arias –los cuatro fueron gobernadores–,aparte de que el consenso habría abarcado, también, a los finados Alem, Aristóbulo del Valle y el gringo Pellegrini, y al vivo –vivísimo–  orejudo Marcelino Ugarte.
¿Política-ficción? ¿Novela histórica? Posiblemente, pero creo que el relato, extemporáneo y todo, da tela para pensar. Además, confieso que, en ocasiones, se me hace deseable que sí, que un día Buenos Aires vuelva a rehacer la perdida comunidad con sus pueblos, pagos y partidos, y admito que, acaso, algo de tal disposición emocional venga de ese relato preservado por la filiación. Es más, es probable que ese sedimento haya tenido también relación con la simpatía con que, en su momento, vi la iniciativa de Alfonsín de trasladar la capital. No es que me hubiese  convencido de que debía irse a Viedma, nada de eso; simplemente deseaba que se fuese de aquí porque entiendo que su presencia alimenta incesante y malamente la animadversión que nos tienen los provincianos, punto del que nadie habla pero que todos conocemos. Y pienso que ésa es una lamentable pasión, tanto para nosotros como para ellos. ¿Y La Plata? Bueno, está al pelo con sus tilos y su universidad, su museo y su bosque: dejémosla así.
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Imagen: Dardo Rocha.