17 may. 2015

El Congreso de la Nación y su trágica historia


  
(De Silvia Long-Ohni)

Vittorio Meano, nacido en el Piamonte y formado como arquitecto en Torino, llegó a Buenos Aires en 1884 del brazo de su mujer, Luigia Fraschini.
Dos habían sido los motivos que lo trajeran a estas costas rioplatenses. Uno, que, por cuestión de vida o muerte, debía escapar con su amada de la furia de un marido despechado. El otro, más profesional que personal, fue el pedido que le hiciera Francesco Tamburini, también italiano y arquitecto que trabajó en la Casa Rosada y en el proyecto original del Teatro Colón, a los fines de incitarlo a que se presentara en la licitación para el proyecto y realización del edificio del Congreso Nacional, concurso que ganó en 1995.
Vittorio Meano lo pensó como un palacio laico. Eran otros tiempos y la fastuosidad con que Buenos Aires se preparaba para la celebración del Centenario de la Revolución de Mayo justificaba ese aire de gala que quería dársele a toda obra de carácter público. Casi cincuenta años de obra en total llevó la construcción del monumento edilicio, aunque ya en 1906 había comenzado a funcionar, en parte, como palacio legislativo.
Amarguras también tuvo Meano cuando se hiciera vox populi aquello de “el Palacio de Oro”, sarcasmo con el que las gentes pretendían sentar el supuesto de un negociado habida cuenta de la importante diferencia entre los números del presupuesto inicial y el gasto final. Y no servían como excusa ni las cuarenta mil piedras que recubrían el edificio ni que la araña del Salón Azul pendiera a 75 metros del suelo y requiriera de un complejo aparato especial para poder maniobrarla.
Otra pena antigua también conservaba en su corazón. Había imaginado junto a su maestro, Francesco Tamburini, ese templo de la ópera y del ballet cuya realización habría de llevar veinte años de trabajos, obra a la que Tamburini no pudo ver terminada pues murió siete años antes de la inauguración. Vittorio, seguramente, había imaginado que su tutor tendría la satisfacción de ver en pie su ópera magna.
Y como si los destinos hubieran de calcarse, Meano tampoco pudo ver su gran obra terminada, aunque por razones bien diferentes de las que lo privaron a su maestro en relación al Teatro Colón.
A Vittorio Meano, seguramente un meticuloso obsesivo, le gustaba vivir siempre a pocos pasos de su obra y, por tal motivo, había conseguido vivienda en la calle Rodríguez Peña Nº 30. Ese 1º de junio de 1904, el hombre vuelve a su casa y descubre a su esposa en un trance amoroso con su ayudante, Juan Passera. Posiblemente Meano haya pensado en esos momentos en lo paradójico de la vida y haya recordado, como en un vértigo, aquellos días de 1884 cuando tuvo que escapar con Luiggia a causa de una traición.
No pensó, seguramente, en aquel trance en toda la sabiduría que encierra aquel viejo adagio que reza: “Cuando veas las barbas de tu vecino afeitar, etcétera…”
Cierto es, los años han pasado, pero Luiggia, por lo visto, no ha cambiado y ahora se repite la secuencia. Furioso, el arquitecto se lanza sobre su ayudante quien, amparado por la oscuridad, manotea un arma y dispara dos veces.
En su propia habitación, viendo a su mujer en brazos de otro, con el corazón destrozado por el dolor y la humillación, con dos balas en el pecho, el gran arquitecto muere.
Passera escapa entre las sombras de una madrugada alerta, pero días más tarde se entrega acompañado por un abogado. Alega entonces que mató en defensa propia y que el arma no le pertenecía.
Miente. La policía comprueba que el arma era de su propiedad y, para mejor, en su cuarto de pensión descubre una buena cantidad de cartas de amor escritas de puño y letra de Luiggia.
El asesino recibe entonces una pena de 17 años de prisión y la infiel, Luiggia Fraschini, es procesada por complicidad y encubrimiento, aunque finalmente logra el perdón a cambio de su compromiso de regresar a Italia.
Mientras, los diarios de la época se hacen el festín y, pasada ya la euforia de la noticia, se suceden las dos comisiones investigadoras, una en 1907, la otra en 1914, en las que participarían Alfredo Palacios, Jorge Newbery y Lisandro de la Torre, destinadas a probar los negociados de la obra del Congreso Nacional y la posible muerte por encargo de Vittorio Meano. Ninguna de las dos logrará descubrir nada. Sólo el interior del Congreso guarda los pasos fantasmales de Vittorio Meano.
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Imagen: Frente actual del Congreso de la Nación de la República Argentina con las esculturas de Lola Mora vueltas a su sitio original. (Foto tomada de escultoralolamora.blogspot.com).