1 feb. 2015

La "Hesperidina", ese invento argentino



(De Silvia Long-Ohni)

Grande fue mi sorpresa cuando, no hace muchos días, de compras en un súper, me topé con una botella de "Hesperidina", el típico e inolvidable barrilito, pues había supuesto, erróneamente, que ya se trataba de un producto perteneciente al campo de la arqueología.
Pero otro asunto, al menos, sorprende. No hace falta poner demasiada imaginación para darse cuenta de que entre la "Hesperidina" y la "Coca-Cola" existen similitudes en cuanto al inicial propósito salutífero, más allá de que la primera contenga alcohol y la otra, no. Lo que sí, acaso, asombra, debido, tal vez, a cierta idea no exenta de prejuicio, de que las novedades, los grandes inventos, tienen que venir de Norte América. Sin duda, esto es cierto en muchos casos, pero no en el de la "Hesperidina":
dos jóvenes emprendedores, en distintas latitudes, aunque ambos norteamericanos, buscaban una suerte de “tónico salvador” para todos los males. John Pemberton inventó la "Coca-Cola", y ya se han encargado los estadounidenses de contar su historia, pero Melville Sewell Bagley creó la "Hesperidina"Bagley 20 años antes, en nuestras tierras.
Bagley, nacido el 10 de julio de 1838, en Maine, Estados Unidos de Norteamérica, Boston, llegó a la Argentina a la edad de 24 años, en principio, como representante de una editorial, pero muy pronto comenzó a trabajar como ayudante en la farmacia “La Estrella”, de A. Demarchi y Hnos., que aún subsiste en la porteñísima esquina de Defensa y Alsina y allí, entre alambiques, fórmulas ingeniosas, destilaciones y tubos de ensayo logró hacer realidad su mágica bebida.
Quilmeño por adopción, pues se había instalado con su familia en una vieja quinta en Bernal, en Dorrego y Zapiola que, dicho sea de paso, aún se mantiene en pie,  en cuyos fondos contaba con una buena cantidad de árboles de naranjas amargas que crecían como arbustos. Si bien en los comienzos de su emprendimiento experimentó con diferentes fórmulas, terminó centrándose en el uso de la corteza de las naranjas amargas y así crea una bebida de la que, pronto, hablará todo Buenos Aires.
Es cierto que no se sabe si el joven inventor tenía conciencia de lo que estaba creando o si le salió por casualidad, pero es casi seguro que no sólo tenía ciertos conocimientos de química y preparados y que sabía, no sólo de la existencia de los flavonoides en la corteza de las naranjas amargas, sustancia que tiene múltiples propiedades medicinales, sino que conocía el hecho de que en España ya se utilizaban las cáscaras de diversos cítricos como antídotos, digestivos, antiinflamatorios y reactivantes de la circulación sanguínea.
Desde los 90 del siglo XIX, se sabe que los flavonoides producen efectos antioxidantes altamente beneficiosos para las funciones digestiva y circulatoria pero que, además, son terapéuticamente muy eficientes para las úlceras varicosas, la hipertensión, la reducción del colesterol, la artritis reumatoidea y otras afecciones. En la actualidad, investigadores de la UBA descubrieron que el flavonoide de la "Hesperidina" tiene propiedades sedativas y analgésicas.
En la actualidad se conoce todavía más acerca de las propiedades de los bioflavonoides, de los que se han identificado más de 6.000 en diferentes plantas, y se ha demostrado que colaboran en disminuir la incidencia del cáncer y de las alteraciones inmunológicas.
Desde luego, en su tiempo, Bagley no tenía ni la menor idea de todas estas novedades, pero lo cierto es que su invento revolucionó, por aquel entonces, al mercado de bebidas acaso sólo ocupado por las aguardientes como la grapa y la ginebra. Pero aun en su desconocimiento de todo lo que actualmente se sabe. Melville supo, desde el inicio, que su bebida iba a dar muy buenos resultados.
Al vislumbrar el potencial comercial de su bebida, Bagley se dedicó a planear una campaña publicitaria muy original para su tiempo. En 1864 Buenos Aires contaba con 140.000 habitantes. Una mañana de octubre, los porteños comenzaron a ver las calles pintadas con enormes letreros con la palabra “Hesperidina”. Desde luego, y durante los dos meses siguientes, el misterioso nombre continuó apareciendo por todas partes sin que nadie pudiera descifrar su significado, de modo que la curiosidad invadió a los habitantes y, por cierto, múltiples fueron las versiones que crecieron. Hasta que el 24 de diciembre de ese año 1864, víspera de Navidad, un aviso en el diario “La Tribuna” develó la incógnita anunciando, además, los locales en los que se podía adquirir la novedosa bebida. Ni qué decir que el público se abalanzó sobre los negocios y pudo comprobar que el mejor y más original de los aperitivos había nacido en la Argentina.
Es fácil comprender que tanto la campaña publicitaria como el lanzamiento resultaron ser todo un suceso en Buenos Aires y que rápidamente la bebida, que según el aviso del periódico era “Una bebida curativa […] que protege al estómago de las úlceras y es un antialérgico que se utiliza para el tratamiento de la fiebre del heno”, amén de notificar que ya estaba en venta en cafés, bares, boticas y droguerías, se puso de moda, no sólo entre los hombres tanto del campo como de la ciudad sino también entre las mujeres que, en aquel tiempo, no bebían en público ninguna bebida alcohólica, pero como el nuevo tónico de Bagley era de muy baja graduación y, además de medicinal, con un sabor suave y algo dulce, no se veía imprudente que las féminas lo consumieran.
Realmente, la "Hesperidina" llegó a todas partes y así lo atestigua Pedro Luis Barcia, que fue presidente de la Academia Argentina de Letras: “Quien no conoce los hábitos del gauchaje, piensa que tomaban vino tinto recio. Nada de eso: bebían ginebra, caña y "Hesperidina", como puede apreciarse en los inventarios de boliches”
En fin, que el invento tuvo tanto éxito que  Bagley, que ya había extendido la plantación de naranjos en su casa, tuvo que requerir los frutos de las localidades vecinas como Florencio Varela y Adrogué, cuyas calles estaban ornadas de naranjos amargos. Pero el éxito extralimitó incluso las fronteras de nuestro país, pues la "Hesperidina" también se hizo presente en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), más precisamente en las tiendas de campaña para revitalizar a los heridos y para subsanar los problemas estomacales ocasionados, principalmente, por la poca potabilidad del agua y, no mucho después, de las tiendas de campaña llegó al campo de batalla.
Lo concreto es que a dos años de su lanzamiento, la "Hesperidina" ya había generado a su alrededor toda una mística sobre sus virtudes curativas pero, como es lógico, también se había acarreado numerosos intentos de imitación. En un comienzo, Bagley, que ya había demostrado sus dotes de publicista, salió a defenderse mediante curiosos volantes que, repartidos por las calles, alertaban al consumidor con el siguiente texto: “A elegir sólo las botellas que tengan los rótulos con mi nombre y firma al pie, que sean vendidos por los respetables depositarios de mi "Hesperidina" anunciados por los diarios, que su precio no sea inferior a 300 pesos la docena o 30 pesos la botella, debiendo desconfiarse de todo artículo que se ofrezca a precio menor, y que no procedan de venta en público porque mi "Hesperidina" nunca se ha vendido ni se venderá en remates”
Si bien ya por aquel entonces las tan exclusivas y originales botellas con forma de barrilito fabricadas por Cristalerías Rigolleau eran muy características y era todo un reto para los obreros sopladores del vidrio su confección, porque eran ralladas y llevaba, además, el nombre en relieve, no faltaron los falsificadores que se atrevieron al desafío, lo cual llevó a Bagley, en un afán de ajustar el control “antipiratería”,  a encargar la impresión de etiquetas a la Bank Note Company de New York, la misma imprenta que hacía los dólares estadounidenses.
Más allá de esta medida, Melville ya había convencido al entonces presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, de la necesidad de crear un Registro de Marcas y Patentes, pedido que se consumó en 1876  y que llevó a "Hesperidina", como reconocimiento, a obtener, el 27 de octubre de ese año, el honor de figurar con la Marca Registrada Número Uno, siendo la primera patente nacional.
Este joven emprendedor no dejaría nada librado al azar, nada, tampoco el nombre de su invento. ¿"Hesperidina", por qué? Parece cierto que para el caso Melville se haya inspirado en el mito de El Jardín de las Hespérides. Según la mitología, cuando los griegos navegaban por el Mediterráneo, cerca de la costa de Valencia, unas islas, posiblemente las Canarias, en las que resplandecía un fulgor dorado procedente de las naranjas que, en medio del follaje verde, parecían frutos de oro y supusieron que en esas islas se encontraba el tal Jardín de las Hespérides, las ninfas que custodiaban ese tesoro y, acorde con el mito griego, tales frutos dorados serían las naranjas que sólo Hércules pudo llevar al continente europeo.
Sin duda, la "Hesperidina" es todo un icono cultural y también sinónimo de argentinidad. Por lo pronto, aparece en tres cuentos de Julio Cortázar: “Casa tomada”, “Tía en apuros” y “Circe”, así como en la obra de Juan Carlos Casas, “Fraile Muerto” y en el cuento “Perdido”, de Haroldo Conti.
Fue bebida favorita del viejo Mitre, en “La Helvética” y hasta, mucho después, del “Polaco”, en la barra del bar “La Sirena” en el barrio de Saavedra. Incluso existe un tango de nombre “Hesperidina. Tango de Moda” compuesto por Juan Nirvassed en el año 1915 y ganador del premio al mejor tango de la Sociedad Sportiva Argentina, entre otros reconocimientos. "Hesperidina" también apareció en varios almanaques del recordado y célebre Florencio Molina Campos.  Por otra parte el gran explorador Francisco Pascasio Moreno, más conocido como Perito Moreno, llevaba siempre "Hesperidina" en sus largas y crudas excursiones como fiel compañera para atenuar la rudeza del clima.
"Hesperidina", "Birome" y "Maizena" forman el trío de las marcas argentinas más antiguas y reconocidas. A pesar de sus diferentes etiquetas la "Hesperidina" y contra lo que pensaba mi ignorancia original, sigue hoy más vigente que nunca, incluso para el gusto de los más jóvenes que la consumen como trago largo, mezclada con agua tónica, con pomelo, con jugo de naranja, con vodka, con cointreau  o bien, "Hesperidina-Campari", siempre
acompañada de una rodaja de limón, como aconseja la etiqueta, pero si uno pide una "Hesperidina" en cualquier bar de Buenos Aires o de Rosario, se la traen con un sifón de soda, y listo.
Muchos otros emprendimientos salieron de la mano de Melville Bagley, desde luego, las tan famosas galletitas argentinas, ya que por aquel entonces estos dulces venían importados del Reino Unido, que nacieron en su primera planta de la calle Maipú y se consolidaron en el emblemático edificio de Geneal Hornos 256. Pero, además de casarse con Juana Hamilton, inglesa, y ser padre de ocho hijos, fue uno de  los primeros que se preocupó por el trasporte en la zona sur, inaugurando el tranvía a caballo, en 1873, en Quilmes.
Melville Sewell Bagley murió muy joven, a la edad de 42 años, el 14 de julio de 1880, a causa del tifus. Está enterrado en el Cementerio Británico de la Ciudad de Buenos Aires. Lo increíble de esta historia es que Bagley pudo consumar todos sus logros en sólo 18 años de trabajo, en tanto que sus productos lo sobrevivieron por más de 120 años y su nombre, como el de "Hesperidina", siguen siendo hoy emblemas de la Argentina.
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Ilustración: Etiqueta de “Hesperidina”.