1 ene. 2013

Sobre el enigma de los lagos de Palermo



(De Fernando Sánchez Zinny)

Uno de los tantos inadvertidos enigmas de la ciudad de Buenos Aires lo constituye la existencia de los cuatro lagos (que en realidad son cinco pues debe añadirse uno innominado al sur de la avenida Sarmiento) del Parque Tres de Febrero, lugares pintorescos, hermosos y muy característicos del ornato de los bosques de Palermo. De ellos, el “del Planetario”, es el mejor documentado y fue antaño el de “Los baños de Manuelita”, tras haberlo acondicionado Rosas como uno de los sitios de recreo de su residencia campestre, ubicada aproximadamente en la esquina sudeste de la actual intersección de las avenidas Sarmiento y Libertador. Muy cercano a él se encuentra el “del Rosedal”, con su puente belle épòque y su impregnación de novios atemporales; en dirección opuesta se halla uno más pequeño, oficialmente designado –no sabemos por qué– “Victoria Ocampo”, y, al otro lado de los viaductos ferroviarios y del Maldonado entubado, distante unas quince cuadras, está situado el más grande, llamado “de las Regatas”, paralelo a la avenida Figueroa Alcorta, frente a la sede del Club Gimnasia y Esgrima y a las instalaciones de Obras Sanitarias, extendido hasta no lejos de la calle La Pampa.
Ahí están y nos son muy queridos, además de ser muy bellos. ¿Pero por qué están? Geológicamente nadie ha atinado a explicarlo y tampoco por qué en toda la extensión adyacente y afín no hay formaciones lacustres semejantes ni noticias de que alguna vez las haya habido. Se alimentan de napas superficiales y del agua de las lluvias pero para nada se hallan conectadas a la red fluvial inmediata ni su comportamiento es similar al de los incontables lagunones de la región pampeana, los que, por lo demás, tampoco son propios de esta zona, definida por los geógrafos como “Pampa ondulada”. En otras partes, nuestras lagunas llegan casi a desaparecer durante las sequías y luego se recuperan y desbordan cuando cambia el régimen pluvial; por el contrario, esos lagos de Palermo tienen períodos –que se miden en meses– de más o de menos agua, pero las diferencias no son demasiado acentuadas y jamás llegan a secarse.   
Hagamos un intento por racionalizar los escasos datos presentes e históricos con que contamos, para lo que empezaremos por un atisbo de descripción de la costa originaria, previniendo que en absoluto somos geólogos, sino, simplemente, gente de letras que ama las cosas porteñas y está dotada de, al menos, una pizca de curiosidad memoriosa.
Vamos, siquiera, en búsqueda de una hipótesis para calmar la incertidumbre: la costa de la zona metropolitana arranca con grandes extensiones bajas y pantanosas hacia el sur y sigue con otras de relativa altitud, con barrancas a partir de las correspondientes al Parque Lezama. Estas después disminuyen insensiblemente y casi desaparecen a la altura de la avenida Independencia, punto por el que desembocaba en el Plata uno de los viejos “terceros”. Vuelve la barranca a insinuarse desde algo antes de la Plaza de Mayo, tiene un primer pico en Retiro y un segundo en Recoleta, el que concluye al pie de la Biblioteca Nacional. Viene luego la gran depresión que contiene al Maldonado y la barranca retorna sobre el borde de Luis María Campos más allá de Dorrego, para tener culminación en la plaza de Belgrano. Sigue la depresión por la que discurren, con su permanente amenaza de inundaciones, el Medrano, el Vega y el White, y la barranca se insinúa de nuevo en Olivos y más propiamente a partir de La Lucila (estación Anchorena, en la vía del Bajo). Desde allí, Libertador (es decir, las antiguas avenidas Aguirre y Obarrio) va por el borde superior de esa cresta, que se prolonga hasta San Fernando, punto desde el que la costa continúa carente de todo relieve y llegaba entre cañadas y mimbrerales al término de la zona inicialmente poblada, aunque poco, que concluía en la desembocadura del río Tigre.
Las referencias a terrenos costeros altos son abundantes, pero en los mapas antiguos apenas si hay indicaciones del resto y ninguna acerca de que existieran específicamente lagunas: genéricamente se anota, de modo impreciso, que hay bañados, pantanos, pajonales, sectores anegadizos, sin que en ningún caso figuren designaciones determinadas. Con seguridad no las había, lo que corroboraría el hecho de que esos cuatros lagos ubicados  en Palermo tengan nombres que para nada huelen a vetustos: una se llamó “Baños de Manuelita”, sin duda porque antes del Restaurador era innominada. Y las “del Rosedal” y “de las Regatas” es claro que se llamaron así sólo después de ser inaugurado el mencionado paseo floral y de establecerse el club de remeros.
Y aquí expongo la presunción que me han acercado: en el juego de las mareas, el río llegaba hasta las barrancas y allí obligadamente retrocedía; pero avanzaba sin encontrar contención en las partes bajas de la costa y sin nunca definir en ellas, por lo tanto, una consistente línea de ribera. Más tarde, al alejarse  ya para siempre –proceso sin duda ayudado por la actividad humana, aparte de la acumulación sedimentaria– quedaban hoyones productos de la acción anterior del agua y que la retenían en parte; su fondo erosionado era de tosca, como es en los lagos palermitanos, el que no absorbe el agua como sucede cuando es de limo. Es posible que tal haya sido el origen de esas lagunas, que en este caso serían meros residuos apresados del gran caudal del río.
Pero una dificultad perceptible impide admitir, sin más, esta explicación: de haber sido, en efecto, así las cosas, en todas las zonas bajas que van de Quilmes a Tigre debiera haber un rosario de espejos de agua similares, dado que en esa entera extensión el modo de actuar del río ha sido idéntico. Sin embargo, sólo existen esos cinco de Palermo… ¿Cómo es esto?
Y aquí ya no tenemos a mano más que inferencias: cuando Rosas adquirió las tierras costaneras que iban más o menos desde la finalización de la Recoleta hasta la Calera  (hoy las barrancas de Belgrano), por supuesto eran tenidas como muy malas y necesitadas de saneamiento. Industrioso como era, el “gaucho de Los Cerrillos” se contrajo a esa tarea: hizo rellenos, emparejó sendas, terraplenó el contorno de áreas inundables, realizó plantaciones y, en suma, “fijó las tierras”. Una gran porción la dedicó a actividades de producción y en la parte más próxima a la ciudad estableció una residencia, en la que un lago servía para propósitos recreativos. Se sabe que abrió un canal para regular el nivel de las aguas, paralelo a la actual Libertador y que llegaba al zanjón que bajaba por Austria (aunque otros dicen por Agüero, lo que no es creíble), erigió un amarradero y ató a él botes y hasta un vaporcito para diversión de sus invitados.
En resumen, tendió a utilizar con fines de boato al menos uno de esos lagos y no se habría metido mayormente con los restantes incluidos en su propiedad. Pero si en vez de actuar de esa manera hubiese encarado el saneamiento integral de esas tierras seguramente los lagos se hubieran secado y luego el emparejamiento del terreno habría hecho desaparecer sus restos. Cabría suponer, entonces, que hubo docenas de enclaves lacustres semejantes a lo largo de los sesenta o más kilómetros de costa que estamos considerando, y que existe la posibilidad de que todos se hayan extinguido por la acción del hombre, deseoso de trabajar la tierra o de lucrar con ella, movido por la necesidad y hasta, acaso, por el deseo de suprimir eventuales focos de infección, problema grave en aquellos tiempos. Los pantanos son –aún hoy, en la cultura popular– un mal y está sobreentendido que conviene cegarlos y procurar volver útiles los terrenos que ocupan. Pero los bienes de don Juan Manuel fueron incautados después de Caseros y esa estanzuela a las puertas de la ciudad fue presa de la inveterada incuria de los gobiernos. Veinte años más tarde vino Sarmiento con sus afanes de parquización parisina y, de pronto, he ahí que esos lagos subsistentes se adecuaban notablemente al criterio de embellecimiento que ahora imponía la urbanización. Así, un poco por casualidad, esos lagos se habrían salvado, en tanto que todos los demás caían bajo el hacha del olvido.
Supongamos que haya sido así, lo que –repetimos– no es seguro, pero, justamente, las oscuridades son la esencia de los enigmas. Lo que sí es concreto es que al diseñarse el parque hubo modificaciones en el contorno de esas superficies de agua. La apertura, en 1877, de la Avenida de las Palmeras (la actual Sarmiento) rebanó algo el “Baños de Manuelita”, por su extremo sur. Y es probable que otro tanto haya ocurrido con el lago del Rosedal, al abrirse el paseo Infanta Isabel; asimismo lo es el que algunos de esos lagos estuviesen unidos en algún momento, conexiones perdidas a raíz de las sucesivas obras viales, o debido a la forestación, que altera la altimetría de los lugares. Pues la señalada presencia del vaporcito sería congruente con una amplitud mayor en el hoy conocido como lago del Planetario, en cuya extensión presente dispondría de muy poco espacio para moverse: bastante más sentido hubiera tenido el juguete si ese lago, por ejemplo, conformaba una unidad, tal vez, con el del Rosedal, posibilidad no del todo desdeñable. 
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Imagen: El llamado Lago del Planetario, uno de los lagos de Palermo.